Introducción

Blanca, blanquísima se veía esa habitación. Tan blanca como insoportable era el ambiente saturado por el olor a pintura fresca. Yo estaba solo, esperaba a que llegara alguien al que había visto mucho, pero con el que no había conversado hasta entonces. Era el 17 de agosto de 2004, en plenos Juegos Olímpicos de Atenas, y Carlos Moyá abrió la puerta trayendo prácticamente de la mano a un prodigio: Rafael Nadal.

En aquella noche griega fue Moyá el que llevó el peso de la conversación. Número uno del mundo por dos semanas en marzo de 1999, meses después de aquel gran título en Roland Garros 1998, con Moyá nos conocíamos bien: hacía años que lo seguía en el circuito y que escribía sobre él para la agencia de noticias DPA, en la que trabajaba en aquellos tiempos.

A Moyá lo había visto ganar en 1995 su primer torneo de la ATP. Fue en mi ciudad, en Buenos Aires. Casi nadie lo conocía, pero nadie lo olvidaría: Moyá pasó a ser adoptado por los argentinos, una gente y un país entre los que se sintió siempre muy cómodo.

El joven Rafael estaba ante un momento similar al de aquel de Moyá nueve años antes. Venía de ganar en Polonia, en el balneario de Sopot, su primer título en el circuito mayor. Tenía bastante para contar, pero Nadal respetaba a sus mayores, en este caso, a Moyá, que fue mentor, rival y luego entrenador, además de siempre amigo. Nadal, semblante serio y ojos bien abiertos, habló poco y escuchó mucho.

«Para mí era una meta estar aquí, también en individual. No pudo ser porque en España hay muy buen nivel, no pude estar entre los cuatro primeros y, bueno, es lo que hay».

Enternece, casi dos décadas después, la frase de un Nadal que venía de perder en la primera ronda de dobles de Atenas 2004 junto a Moyá.

Era imposible imaginar todo lo que lograría el mallorquín, pero sí estaba claro que allí había algo especial, alguien muy especial.

Aquel Nadal de los inicios aún miraba con frecuencia al suelo, aplastado por una timidez que se evaporaba en el instante de pisar las pistas.

Ya era otro, menos de tres años después, cuando nos encontramos en la cafetería del Aviation Club de Dubái, en una tarde de marzo de 2008 en la que armó en medio minuto y sin dudar su equipo ideal de futbolistas del momento. Demostró saber mucho, porque tras ubicar a Robinho en la punta derecha tachó el nombre y lo sustituyó por otro: Messi.

El brasileño era jugador del Real Madrid, y Messi, del Barcelona, aunque eso nunca le importó a Nadal, que tiene sus momentos hooligan, pero que ve y entiende el fútbol en profundidad y más allá de los colores. Y que lo juega demasiado bien, de hecho; basta con darse un paseo por YouTube para admirar algunos de sus goles y jugadas en los tiempos de juventud en los que aún podía permitirse jugar.

Nadal ya parecía más adulto en aquella charla en el club que lo vio nacer como tenista en Manacor, o en el restaurante familiar de Porto Cristo, en Mallorca. Estaba de mal humor y sin dormir en el vestíbulo del hotel Intercontinental de Miami, chispeante junto a su novia en la fría y gris sala de jugadores de París-Bercy, relajado al aire libre en medio de la exuberancia del hotel Princess de Acapulco y serio y cansado en el Monte Carlo Country Club mientras charlábamos perdiendo la vista en el Mediterráneo.

Y muy amable en 2015. Tras dieciocho años viviendo en España, yo había vuelto a Buenos Aires para asumir la dirección de Deportes del diario La Nación. Vueltas que da la vida: en realidad debía irme a Washington como corresponsal de la agencia DPA, pero algo sucedió, los planes cambiaron. En enero de 2015, convencido de que en breve mi mente periodística debía apuntar a la Casa Blanca y no a Roland Garros, cubrí el Abierto de Australia de aquel 2015 y le expliqué a los Nadal que me despedía del tenis, al menos del intenso seguimiento que había hecho hasta entonces. Toni Nadal, genuinamente impactado por mi cambio del deporte de primer nivel a la alta política, me dedicó unas palabras muy amables, y poco después me llegó un regalo impensado: la raqueta de Nadal. Durante cuatro años no la toqué, me parecía un sacrilegio que mi tenis se juntara con esa raqueta. Pero un día decidí probarla. Me sorprendí.

Cinco meses después, en junio, ya archivados por un tiempo los planes washingtonianos, asistí a la rueda de prensa de Nadal en Wimbledon tras una sencilla victoria en primera ronda sobre el brasileño Thomaz Bellucci.

Un mes antes se había publicado Sin red, el libro en el que desmenuzo la rivalidad de Nadal y Roger Federer, la más trascendente que haya dado nunca el tenis masculino.

Termina la rueda de prensa, Nadal sale de detrás del escritorio ante el que habitualmente hablan los jugadores y se acerca a mi asiento a saludarme, ante el estupor de varios colegas anglosajones en la sala. Sabía que estaba viviendo nuevamente en Buenos Aires. Gentilmente, me saludaba en mi nueva vida.

Yo le había hecho llegar un ejemplar de Sin red.

—¿Te llegó, lo leíste?

—Sí, sí. Lo tengo. Y debo decir que he leído bastante, bastante para mí.

—¿Qué te pareció?

—Me he divertido…

Siete años más tarde, en noviembre de 2022, en Buenos Aires, Nadal estaba en modo jocoso. Reciente padre primerizo, había viajado a Argentina para jugar una exhibición con el noruego Casper Ruud. Mientras esperaba el momento de sentarme a hablar con el nórdico, que venía de una sorprendente temporada, una voz sonó a mis espaldas y junto a mi oreja.

«Sebastián, deja de mentirle a la gente».

Era Nadal. Hacía un tiempo que no nos veíamos, lesiones y pandemia mediante, y esa aproximación, a mitad de camino entre la calidez y la ironía, era muy nadaliana, llevaba su sello. Y era una buena forma de saludarnos sin decirnos mucho más.

Tengo la suerte de haber podido hablar en español con Nadal, la lengua materna que compartimos, y en alemán con Roger Federer, también su lengua materna. De esos diálogos surgen matices que, cuando el ida y vuelta se produce en inglés, la lengua franca en el mundo del tenis, se pierden. No es el caso en este libro.

Matices había muchos en la madrugada del 14 de septiembre de 2010, una madrugada vibrante.

«Eh, felicitaciones, es increíble lo que hiciste». Probablemente no fue mi frase más ingeniosa ni cálida, seguramente podría haber dicho algo más sustancioso. Pero era la una y media de la madrugada, yo estaba en la fila media de asientos de una furgoneta blanca en un oscuro estacionamiento de Queens, en Nueva York, y la emoción y la tensión de las últimas horas golpeaban no sólo en mi cuerpo: también habían hecho mella en mi agilidad mental. Tan poca luz había en ese estacionamiento al aire libre en aquella noche cerrada del final del verano neoyorquino, que, de no haber subido a la furgoneta junto a él, sencillamente no habría sabido con quién hablaba. Casi no podía distinguir su rostro en esa fila contigua.

Pese a que llevo treinta años cubriendo grandes eventos, esos detalles del deporte de alta competición no dejan de estremecerme: en el momento del triunfo (o de la derrota) hay mucha luz, incluso demasiada, hay miles de espectadores y decenas o cientos de millones de televidentes. Todos pendientes de la estrella. Pero antes o después, esa estrella se queda sola y a oscuras. Y así estaba él, prácticamente solo. Y a oscuras, sin duda. «Gracias, gracias», fue la respuesta que se deslizó entre el hueco del apoyacabezas que oficiaba de «frontera» entre ambos y nos permitía mantener cierta distancia. Así fue que optamos entonces por el silencio, cada uno intentando ordenar su particular torbellino de las últimas horas —incomparable el suyo, meramente periodístico el mío—, respetuoso yo además de un joven que venía de cuatro horas de batalla sobre el cemento, de una extensa rueda de prensa y varias entrevistas con los periodistas acreditados en el torneo. Una intensa jornada laboral de más de doce horas. Eso, y la barrera que siempre me autoimpongo: la de una cercanía distante con los protagonistas. Muy lejos te enfrías, pero muy cerca te quemas.

En ese minuto escaso que pasamos solos en la furgoneta, yo era un privilegiado, la envidia de casi cualquiera: estaba a solas con Nadal, el hombre que acababa de conquistar el US Open, el número uno que podía ya decir que había alzado los trofeos de los cuatro grandes, el joven que era leyenda al nivel de Fred Perry, Rod Laver, Donald Budge, Roy Emerson, Andre Agassi y Roger Federer. Y desde esa noche, también Nadal. Luego se sumaría Novak Djokovic.

¿Qué hacía yo ahí con Nadal? La furgoneta era el escenario de su última entrevista de aquella noche, un sitio tan inusual como ideal, porque mientras cruzábamos la autopista vacía rumbo a una calma Manhattan, ya muy locuaces y reenergizados ambos, Nadal me dio una de las mejores entrevistas que le haya hecho. Si para una buena entrevista se necesita un buen entrevistador, pero también un entrevistado predispuesto, Nadal era la contraparte ideal aquella noche. Tanto que neutralizó el obstáculo que seguía representando aquel apoyacabezas, por cuyo costado yo había colado mi grabadora. «¿Quieres que la sujete yo? Así será más cómodo». Y durante los siguientes veinte minutos, con la furgoneta blanca cortando la oscuridad de la noche, el que ya era uno de los más grandes tenistas de todos los tiempos mantuvo la grabadora alzada junto a su boca. Mientras hablábamos de raquetas de madera, del miedo que le da el mar cuando no ve el fondo o de si es posible «odiar» el tenis, un séquito nada habitual en una entrevista escuchaba en absoluto silencio: su padre, su novia, su agente, su jefe de prensa, su hombre en Nike y su fisioterapeuta. Al final, y antes de que me dejaran en la esquina de mi hotel, terminamos hablando de fútbol. Al fin y al cabo, dos meses antes Nadal y yo habíamos estado en Johannesburgo, en el Estadio Soccer City —él como aficionado, yo trabajando—, aquel en el que España se consagró campeona mundial por primera vez en su historia. Al fin y al cabo, Argentina, mi país, había goleado sorprendentemente días antes a España 4-1 en un amistoso en Buenos Aires. «Campeones mundiales de los amistosos», me provocó Nadal entre risas. No era una mala definición, sobre todo viniendo de un hombre que tanto sabe de fútbol, aunque la broma caducaría en Qatar 2022. Dos minutos después los Nadal me dejaron en la Segunda Avenida con la calle Cincuenta, a veinte metros de mi hotel.

Madrugada de calles vacías en la ciudad por excelencia de Estados Unidos. Un país en el que, cuando se trata de deporte, ofrece estadísticas para todo. Todo es mensurable, siempre hay una cifra para explicar lo que sucede. Eso lleva en muchas ocasiones a crónicas deportivas en las que sobran los números y escasean el alma, el corazón, la vida, que de eso va (también) el deporte.

Pero los estadounidenses se olvidaron de una estadística, dejaron pasar una oportunidad de medir un fenómeno extraño, novedoso: el de la máquina de decir gracias.

Puede sonar a boutade, pero no lo es: difícilmente en la historia del deporte alguien haya dicho más veces «gracias» que Nadal.

Gracias al público, gracias a los organizadores, gracias a los rivales, gracias a los recogepelotas, gracias a los periodistas, gracias a los choferes, gracias a los empleados de los restaurantes, gracias a las azafatas de las líneas aéreas, gracias a los empleados de los hoteles.

Gracias.

Una, diez, cien y miles y miles de veces a lo largo de más de dos décadas de exposición pública. Hermosa palabra, porque dice mucho del destinatario, pero mucho más del emisor. De ahí que la eligiéramos para bautizar este libro.

Gracias, dice Nadal.

Y gracias, les digo yo. Gracias por leer.

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El joven

París, 4 de junio de 2023. Noche de domingo, Carlos Alcaraz cena con su círculo más estrecho. Familia, cuerpo técnico y poco más.

Lo suyo en Roland Garros estaba siendo espectacular, pero el resto de la mesa lo miraba extrañado: el español no estaba contento.

«Lo que dije no fue lo que quería decir», argumentó.

¿De qué estaba hablando Alcaraz? ¿Qué no había querido decir ese prodigio de veinte años que llegó a París como número uno del mundo y con aura de favorito? ¿Cómo podía estar inquieto, si la vida le sonreía?

Aquella edición del Abierto de Francia era especial, porque faltaba Rafael Nadal. El catorce veces campeón del torneo había anunciado semanas antes, durante una conferencia de prensa de ribetes inquietantes en Manacor, que ponía un «punto y aparte» en su carrera. Se dedicaría a acondicionar su cuerpo, su físico. Quería concentrarse en arreglar lo que había que arreglar —lo que se pudiera arreglar, si es que se podía— en esa armadura que fue su mayor aliada y, a la vez, la gran traidora.

Lo explica Toni Nadal, su tío y entrenador desde la infancia hasta 2016: desde que comenzó a competir en el alto nivel, en 2003, hasta finales de 2023, Nadal se perdió dieciséis torneos de Grand Slam por lesiones. En veintiún años estuvo cinco sin jugar. Y, así y todo, compite por el título de jugador más exitoso de todos los tiempos.

El tenis venía preguntándose hacía ya años por lo que vendría tras el «Big Three», la trilogía Federer-Nadal-Djokovic. Los tres le dieron forma a una época única, irrepetible del tenis, pero como suele suceder, cuando algo dura mucho, no importa si es sublime, muchos se preguntan: «¿Y ahora qué, quién viene ahora?».

La respuesta estaba clara en ese junio de 2023: ahora Alcaraz, el que viene es Alcaraz, campeón del US Open 2022 a los diecinueve años y de Wimbledon 2023 a los 20. El número uno del mundo más joven de la historia desde que la ATP comenzó a publicar en 1973 su ranking mundial. El primer teenager en la historia en cerrar una temporada como número uno.

De Nadal, en aquel Roland Garros, quedaba el recuerdo, su estatua junto al estadio y una pregunta incómoda, casi angustiante: ¿y si nunca más volvía, y si todo había terminado?

En ese contexto de efervescencia por el new kid on the block y la nostalgia anticipada ante la posibilidad de que París ya no volviera a ver a su abrumador campeón, la sucesión simbólica de Nadal a Alcaraz se aceleró.

Una periodista francesa le preguntó a Alcaraz, en español, si creía que los fans de Nadal, huérfanos en ese 2023 en París, ahora lo apoyaban a él. Y Alcaraz, audaz veinteañero, contestó que sí, que confiaba en que esos fans ahora estuvieran de su lado.

La pregunta, sencilla, había dado paso a una respuesta de tintes complicados. ¿Estaba acaso Alcaraz instalándose como sucesor de un jugador que aún no se había retirado, como el nuevo poder en lugar del mejor deportista de la historia de España?

Claro que no, pero en vez de responder que no se puede decir algo así, ya que nadie igualará nunca lo hecho por Nadal en París y que su plan era regresar a competir y ganar, Alcaraz respondió que sí, que esperaba ese trasvase de fans.

Por eso estaba preocupado Alcaraz aquel domingo, una estrellada noche de primavera en París.

«No quiso decir de ninguna manera que se llevaría a los fans de Nadal. Pero se lio en la respuesta, se dio cuenta enseguida», explicó un miembro de su entorno.

Que el nombre de Nadal surgiera casi en cada contacto de Alcaraz con la prensa era natural. La historia era demasiado buena, casi irreal. Dieciocho años después de la explosiva aparición de Nadal en la temporada 2005, otro español, también moreno, también alucinantemente intenso y talentoso, sacudía el tenis. ¿Cómo no compararlos?

Había, además, un consenso en el mundo de este deporte: Al­caraz incluía en su juego un destilado de lo mejor de Nadal, Federer y Djokovic. Lo decían muchos, entre ellos Juan Carlos Ferrero, entrenador de Alcaraz, en una entrevista con el sitio CLAY: «A nivel competitivo, Carlos es buenísimo, a nivel de golpes tiene esa agresividad de Djokovic, ese subir a la red de Roger y la mentalidad, obviamente, de Rafa. Si se los quiere comparar con los tres, iría por ahí».

Alcaraz lo ve de manera algo diferente. En aquellos días del 2023 parisino, el autor de este libro le planteó la pregunta: «Mucha gente ve golpes de Nadal, Federer y Djokovic en tu juego, ¿coincides?».

La pregunta era fallida, no se trataba de golpes, sino de impronta, actitudes y cualidades: lo que dijo Ferrero, competitividad, agresividad ofensiva, fortaleza mental. Y Alcaraz, que a sus veinte años tenía toda la ambición del mundo y no le interesaba en absoluto ocultarla, respondió con lógica:

«Dicen que tengo golpes de Nadal, Federer y Djokovic, porque es lo que la gente ha estado acostumbrada a ver durante vein­te años. Pero yo no me defino, no he buscado ser como nadie. Me gusta pensar que soy yo al cien por cien, y no la copia de golpes de ningún otro jugador».

Tiene razón Alcaraz, él no es la copia de nadie. Y eso es tan cierto como aquello de que «la gente ha estado acostumbrada a ver durante veinte años» a Nadal, Federer y Djokovic. La gente… y él.

Antes de que Nadal irrumpiera en el primer plano del tenis, ningún jugador —al menos no un jugador de los grandes— saltaba como un poseso en el túnel de ingreso a las pistas o en la red ante su rival en el momento del sorteo. Las fotos de Roland Garros 2023 muestran a Alcaraz haciendo exactamente eso mismo que hizo Nadal en toda su carrera: saltar, soltar la tensión ante sus rivales, arrojándoles de paso un buen baño de intimidación.

Alcaraz hace eso porque lo hizo Nadal. Creció viéndolo por televisión y lo incorporó como algo natural.

Alcaraz no sería como es de no haber existido Nadal. Lo explica muy bien Toni Nadal.

—De no haber habido un Nadal, ¿habría sido posible un Alcaraz en España?

—Sí, claro, porque un jugador como él nace por generación espontánea. Y todo, evidentemente, siempre sigue una cadena. Al final en la vida, ¿tú qué haces? Alcaraz le pega más fuerte que Rafael. Y Rafael le pegaba más fuerte que Bruguera. Los dos jugaban con efecto, Rafael hacía lo mismo, pero más fuerte. Tú siempre partes de donde ha llegado el otro. Cuando llegamos al circuito y queríamos ganar en tierra, debimos ganarles a Coria, a Ferrero y a Moyá. Es ley de vida, siempre el que llega después tiene que superar. El que quiera superar a Usain Bolt sabe que tiene que correr 9,50, y que lo otro no bastará.

—¿Qué hay de Nadal, Federer y Djokovic en el juego de Alcaraz?

—Yo creo que Alcaraz es más parecido a Rafael que a Djokovic, que juega con menos intensidad que Rafael. Alcaraz juega con alta intensidad. Djokovic juega con gran tranquilidad, sin desmontarse, como Murray.

—¿Y de Federer qué le ve?

—A lo mejor la ambición ofensiva. Alcaraz es muy rápido y tiene la capacidad de acabar el punto rápido. Creo que Federer le pegaba de manera mucho más elegante, Federer lo hacía mucho más elegante que cualquiera.

Antonio Martínez Cascales, el hombre que llevó a Ferrero al número uno y que ejerce de «entrenador del entrenador» de Alcaraz, al que acompaña por el mundo en algunos torneos, ve las cosas de manera muy similar a Toni Nadal.

«Carlos sobre todo tiene formas de juego, más que golpes, de Nadal, Federer y Djokovic. La tenacidad de Nadal, la transición veloz y los golpes de talento de Federer, la elasticidad de Djokovic».

Y, sí, es verdad que en el joven Alcaraz hay trazas del joven Nadal. «Es cierto que uno ve y copia lo mejor. Es cierto que él salta en el túnel y en la red de la manera que saltaba Nadal, algo que nadie hacía».

Hay, sin embargo, algo en lo que el rey y el príncipe, el consagrado y su sucesor, son muy diferentes. Nadal hizo gala a lo largo de toda su carrera de una modestia a veces lindante con la exasperación. Una modestia que descansaba en aquello que la educación prusiana del tío Toni le había grabado en la mente: respeto, siempre hay que respetar al otro. Sentirse ganador antes de tiempo es, en la mirada de los Nadal, una falta de respeto al rival. Y plantearse en público metas exageradas también. Aunque íntimamente se esté convencido de que se puedan alcanzar.

Ese fue el «método Nadal». El «método Alcaraz» es radicalmente diferente.

En diciembre de 2020, Alcaraz era el número 141 del ranking mundial y, en una entrevista con la Cadena SER, habló de sus próximos pasos en el tenis: ser el número uno del mundo.

Dos años más tarde, aquella apuesta era ya insuficiente. «He tenido suerte de conseguir mis sueños muy pronto, ser número uno del mundo, ganar un Grand Slam».

A esas alturas estaba ya claro que Alcaraz no sueña, que a Alcaraz no le «gustaría» nada, Alcaraz no le ofrece espacio a la duda: él se propone y dispone. Y lo anuncia previamente, casi siempre con esa sonrisa de oreja a oreja que muestra con generosidad en las ruedas de prensa y en muchos momentos de partidos en los que se lo ve disfrutar. ¿Sonreía Nadal en las pistas? Muy poco, muy poco. Lo suyo fue siempre de entrecejo fruncido y tensión competitiva. Si Nadal se activó desde la coraza, Alcaraz lo hizo desde la sonrisa.

¿A qué aspiraba entonces Alcaraz dos años después de plantearse y alcanzar objetivos inalcanzables para casi cualquier mor­tal? «Ahora mismo mi sueño en el tenis es ser uno de los mejores de la historia, como ya he repetido muchas veces. Es posible que sea demasiado ambicioso, demasiado grande, pero en este mundo hay que soñar siempre a lo grande, pensar siempre en grande, ponerse objetivos de alta gama». Absolutamente impensable en Nadal. Hablar de «soñar a lo grande» y de «objetivos de alta gama» está tan lejos de él como la posibilidad de afiliarse al Partido Comunista.

Nadal, en su primer Roland Garros, aquel de 2005, se llevó el título. Tenía diecinueve años. Alcaraz, en su primer Roland Garros, el de 2021, con dieciocho años, perdió en la tercera ronda. Tampoco lo ganó en 2022, ni en 2023.

Hay similitudes, claro. Y muchas diferencias.

Porque Alcaraz es Alcaraz. Y Nadal es Nadal.