Presentación

Vida imaginaria, publicado por primera vez por Mondadori en 1974, con el título Vita immaginaria, es la tercera recopilación de textos de no ficción de Natalia Ginzburg tras Las pequeñas virtudes (título original Le piccole virtù, 1962) y Nunca me preguntes (título original Mai devi domandarmi, 1970). No ha vuelto a publicarse como obra independiente. Esta primera reimpresión del sello Einaudi, casi medio siglo después, tiene por tanto el valor de una novedad editorial.

Por la misma razón, el aparato de noticias y observaciones críticas que cierran el volumen será más abundante que de costumbre; pero aquí, en la apertura, se ha considerado pertinente ofrecer al lector dos textos tan breves como reveladores. El primero es de la propia autora: la revista semanal Epoca, antaño perteneciente al grupo Mondadori, le pidió que escribiera una presentación de Vida imaginaria, publicada el 30 de noviembre de 1974, (a. XXV, n.º 1.260) con el título que le dio la redacción: «El autor se confiesa».

He reunido en este volumen algunos de mis artículos publicados en La Stampa y en el Corriere della Sera en el curso de los últimos años. Solo «Vida imaginaria», que está al final, es inédito.

La verdad es que cuando escribía estos artículos me decía que el día en que me decidiera a recogerlos en un único volumen los corregiría y los ampliaría. Pero no lo he hecho y la mayoría se ha quedado como estaba. Me resulta difícil, o mejor dicho imposible, meter mano a algo que escribí hace años o meses. El deseo de ampliar, o recortar, o aclarar, solo perdura mientras escribo. Cuando acabo, o creo que he acabado, mi relación con lo que he escrito se rompe. Entre las faltas y las culpas en las que incurre mi comportamiento con respecto a lo que escribo, de las que soy consciente, esta me parece una de las peores, o la peor.

Con exclusión de «Vida imaginaria», que no sé por qué escribí, los artículos recopilados en este volumen fueron escritos para respetar el compromiso, contraído sobre todo conmigo misma, de colaborar con una cierta constancia en las páginas culturales de los periódicos. Empecé a colaborar en las páginas culturales hace unos ocho años, y cuando lo hice pensé que no sería algo duradero, porque no me veía capaz de escribir para cumplir con una obligación. Siendo una novelista, me resultaba raro tanto escribir para respetar un compromiso como entablar con las personas que leerían mis textos una relación no de naturaleza oscura y subterránea, como la que une a quien escribe libros con quienes los leerán, sino una relación de alguna manera expuesta a la luz del sol, porque un artículo periodístico se convierte inmediatamente en blanco de aceptación o rechazo, mientras que un libro toma derroteros lentos y oscuros. De la repulsión que causa estrechar con los lectores una relación tan áspera y expuesta, del miedo a escribir mal por prisa y por ansiedad, del deseo por enterrar en las profundidades de uno mismo la ansiedad y la prisa y de anular la expectación que genera la aceptación o el rechazo, y del deseo de escribir como siempre se ha escrito, es decir, sin prisa y sin ansiedad y manteniendo con quienes leerán relaciones insensibles y subterráneas, nace en el novelista la atormentada felicidad de escribir artículos para las páginas culturales de los periódicos.

El segundo texto que se considera pertinente reproducir es la solapa de la sobrecubierta de la primera edición, firmada por Cesare Garboli:

¿En qué consiste la importancia de los ensayos, de los artículos, de las ideas de Natalia Ginzburg? ¿Por qué razón el periodismo de una mujer que no duda en admitir que no entiende de nada (de nada salvo asuntos literarios y poéticos) despierta estados de ánimo tan diferentes?

El periodismo de opinión también se adapta, a estas alturas, a las arrogantes leyes del consumo. Y entre los preceptos que lo inspiran —intocable conformismo— prevalece la receta empalagosa y banal de la maldad. La astucia, la mala fe, la diplomacia, la sonrisa maliciosa de quien se las sabe todas sustituyen a menudo los ingenuos axiomas del periodista de antaño. Pues bien, el primer escándalo de Ginzburg (suma provocación) es que separa la inocencia de la ingenuidad. Reconocerán que mantenerse inocente, transparente y puro sin correr el peligro de quedar continuamente como un tonto es, en los tiempos que corren, una virtud casi imposible de encontrar.

Pero el verdadero escándalo es otro. Si los artículos de Ginzburg estuvieran escritos por un hombre, ¿acaso no los tacharíamos de ingenuos? Pues bien, la novedad del ensayismo de Ginzburg consiste en el uso irritante de una inteligencia diferente: una inteligencia que cuanto más se expresa con claridad y se organiza con racionalidad, más ensalza las connotaciones primitivas y emotivas originarias, las oscuras y enrevesadas premisas pasionales. La impresión no es la de un pensamiento infantil o naíf, sino la de un pensamiento cuyo perezoso organismo, atravesado por intuiciones y concatenaciones fulminantes, se ve obligado a despertarse y a salir de un larguísimo letargo. A cada llamada, la femineidad, caprichosa e imperiosa, se despabila y se traduce en una fuerza intelectual de por sí y en sí misma, un arma que dicta sus leyes. El resultado es que los códigos de la cultura masculina se hacen añicos y al mismo tiempo se utilizan.

El escándalo no se acaba aquí. Diríase que Ginzburg sufre de un oscuro complejo de superioridad. En cuanto mujer, Ginzburg considera que la condición femenina ofrece un puesto de observación privilegiado. Del vasto patrimonio de la sensibilidad y del pensamiento occidentales se limita a extraer dos o tres principios guía (la poesía, el comunismo) que le bastan para orientarse protegida por una sensación de infalible seguridad. Ahora bien, estos principios se usan contra nuestra civilización, no para ella. El resultado es una larga serie de infracciones. Se nos restituye un paisaje cultural bajo su aspecto familiar, e incluso doméstico, pero con los rasgos desfigurados, irreconocible, minado en su cimentación, como si un soplo de caliente aire africano hubiera arrasado los edificios.

Última rareza. Ginzburg abraza sus principios con un radical y, justamente, femenino extremismo. Sin medias tintas, sin peros. Hoy en día nuestra cultura (sobre todo literaria) rebosa de peros, se mueve cautelosa, con extrema prudencia y atenta moderación. Ya no es una cultura genéricamente comprometida, sino intensamente politizada. Es también una cultura sofisticada, exclusiva, juguetona, siempre dispuesta a mostrarse graciosa, siempre en una situación de ánimo propicia para mostrar su propia impotencia. ¿Está de moda la frivolidad? ¿Nuestra cultura es curil, escolar, hipotáctica? Pues bien, Ginzburg es paratáctica, severa, impulsiva, emotiva y alinea coordenadas que son como proyectiles. Así se invierten los papeles. Los instrumentos femeninos se usan en defensa del hombre. Pero de un hombre que no existe, cuya figura va desapareciendo cada vez más deprisa de la faz de la tierra. Vida imaginaria, como Querido Miguel, es un adiós, un réquiem por la virilidad, o demasiado exhausta o demasiado infantil, de nuestro siglo.[1]

cap-2

Vida imaginaria

A mis amigos Lola Balbo y Cesare Garboli

cap-3

Nota

En este libro se recopilan algunos de los artículos que publiqué en La Stampa y en el Corriere della Sera entre 1969 y 1974. El texto «Vida imaginaria» es inédito.

N. G.

cap-4

Primera parte

cap-5

Biagio Marin

Este verano Einaudi publicó La vita xè fiama (La vida es llama), una antología de poemas de Biagio Marin, escritos entre 1963 y 1969. Caí en la cuenta de que en el fondo nunca me había preguntado si los poemas de Biagio Marin eran bonitos. Me encantaban y punto. Si me encantaban por capricho o por casualidad, no lo sabía. Leyendo La vita xè fiama pensé que eran estupendos. Me pareció muy raro que a los dos nos cayera en suerte el mismo editor. Explicaré por qué.

De jovencita, cuando iba al instituto, leí un día en la revista Pegaso un ensayo crítico sobre un poeta que escribía en el dialecto de Grado. Contenía algunos de sus poemas, que me conquistaron de manera incondicional. Decían: «Cuando tu pelo se inflama / y de blanco se pinta tu sonrisa / mi alma emprende el vuelo / con las alas de tu risa. / Entonces sueños de cielo / anidan en mi pecho por meses / y oigo cantar paraísos / en las notas de un gorrión».

El autor de aquel ensayo era, ahora lo sé, Silvio Benco. El poeta, Biagio Marin.

Recorrí todas las librerías de Turín buscando con desesperación los volúmenes de Biagio Marin que el ensayo mentaba: Fiuri de tapo (Lavanda de mar) y Cansone picole (Canciones pequeñas). Nadie lo conocía, y fui tan necia que no se me ocurrió escribir a los editores, o incluso al autor. Pensé que los poemas de Biagio Marin eran imposibles de encontrar. Y el hecho de que lo fueran me pareció una de las muchas privaciones y limitaciones que me tocaban en suerte.

Leía la revista Pegaso en las salas de lectura de la Pro Cultura Femminile, famosa biblioteca de Turín que aún existe. En aquellas salas leía revistas literarias con pasión pero deprisa, pues no estaba segura de que tuviera derecho a sentarme a las mesas al no ser yo la socia, sino mi madre; también porque en aquella época tenía la sensación de que mi ardiente deseo de leer revistas literarias y conocer el mundo de los críticos y de los poetas era una extravagancia secreta y una inclinación en cierto modo culpable. Creo que en mi casa eran de la opinión de que las revistas literarias formaban parte de una sociedad ajena a la nuestra; además, después de haber escrito una cantidad desorbitada de poemas durante la adolescencia, en aquellos años del instituto me di cuenta de golpe de que mis poemas no valían nada y de que había desperdiciado mucho tiempo escribiéndolos en vez de dedicarme a estudiar. Como creía que era demasiado tarde para recuperar el tiempo perdido, pasaba los días ociosa, con la conciencia remordiéndome.

En un estado de ánimo de poeta fracasado, leía revistas y me consumía de tristeza y de envidia; tenía la impresión de contemplar el mundo desde una remota provincia. Las palabras de las que disponía me parecían rancias; la ciudad en la que me había tocado vivir, el lugar menos poético del universo. A mi alrededor se hablaba piamontés, dialecto que sentía ajeno y que conocía muy poco porque no era el de mis orígenes: en mi casa hablaban una mezcla de otros dialectos e italiano; me pareció que las pocas palabras que sabía de piamontés y el italiano fúnebre que usaba cuando escribía, embebido de acentos escolares y de literatura contemporánea espiada por el ojo de la cerradura, eran exactamente lo contrario de la poesía.

Leyendo una y otra vez en aquel ejemplar de Pegaso los pocos versos de Biagio Marin que habían llegado a mis manos y murmurándolos para mí misma por la calle, me pareció tristísimo no haber nacido en Grado y no poder escribir en su dialecto. De repente tuve la impresión de comprender adónde quería llegar y dónde estaba la verdadera poesía. Cada vez que decía «Cuando tu pelo se inflama», me estremecía profundamente, con fuerza, de felicidad. (En aquel ensayo también había un fragmento sobre el mar. Decía: «El mar también me parece grisáceo / él él que él es tan grande / él él que él es como Dios / ahora se oscurece temblando»).

En el curso de la vida pensé muchas veces en Biagio Marin. Me preguntaba qué sería de él y si seguiría escribiendo. Repetía tan a menudo, para mis adentros, aquel puñado de versos suyos que me sabía, que poco a poco me pareció que formaban parte de mi pensamiento. Me hicieron compañía toda la vida. Permanecieron dentro de mí sin entristecerse ni morir.

Las calles de Turín y los lugares de mi juventud, las salas de lectura de la biblioteca Pro Cultura, mis deseos y mis tristezas de aquella época quedaron muy lejos cuando fui a parar a otro lugar y, si volvía la vista atrás, me parecían un montón de cenizas. A veces me costaba reconocerme en aquella persona árida y desmemoriada a la que le ocurrían cosas insólitas y que vagaba por ciudades desconocidas. Me encontraba a mí misma cuando las antiguas y queridas palabras «Cuando tu pelo se inflama» afloraban en mi recuerdo.

En estos últimos años, en Roma, me encontré un día con una copia de I canti dell’isola (Los cantos de la isla), de Biagio Marin. Extrañamente no celebré ese hallazgo que tanto había ansiado de joven. Debía de estar de malas y espesa en aquel momento y no supe encontrar el fragmento del mar. Creo que me acerqué al libro con recelo, con el temor secreto de que iba a decepcionarme. Alguien se lo llevó y creo que no protesté. Este verano, cuando tuve conmigo La vita xè fiama, comprendí que la poesía de Biagio Marin era para mí una fuente inagotable de felicidad.

Entonces le escribí una carta. No tenía su dirección y la mandé a la sede de su editorial, rogando que se la entregaran. Luego recorrí todas las librerías de Roma buscando las obras anteriores a 1963. No encontré ninguna, pero descubrí que él era famosísimo.

Me respondió al cabo de un tiempo. Me preguntó por qué había esperado tanto para decirle que adoraba su poesía. Por qué se lo decía ahora, cuando «estaba moribundo».

Me dijo que creía que tenía pocos lectores. Unos veinte; veintiuno conmigo. Hizo que me enviaran una recopilación casi completa de sus poemas, impresa por la Caja de Ahorros de Trieste. Allí encontré, por fin, el fragmento del mar.

La poesía de Biagio Marin es una poesía inmóvil: no ha cambiado desde que nació. Es modulada y melodiosa, hecha de pocas cosas y de poquísimas palabras, que siempre se repiten: nubes, arena, conchas, estaciones felices, gaviotas, chicas, conversaciones con los seres queridos fallecidos; la espera de la muerte, serena y amarga a la vez; los vínculos con la propia tierra mezclados con la cólera, la ironía y una terca ternura; el adiós al hijo: «Tenías veinticuatro años / el corazón como un jardín / esa clara luz gentil / consuela nuestra aflicción».

Debo añadir que cuando recibí el libro de la Caja de Ahorros de Trieste, que no está a la venta, encontré unos versos que también debían de estar en el ensayo de Benco, porque sentí que resurgían de las cenizas de mi memoria, y que ahora quiero transcribir aquí porque los encuentro preciosos: «¡Si tuviera una casa / cuadrada, lejos en la marina / cerca del nuevo pinar / y enfrente solo nuestro mar! / Si tuviera una casa / con dentro una mujer mía / por días nuestra melancolía / con un llanto desconsolado en el pecho».

Octubre de 1970

cap-6

Antonio Delfini

Hay en Italia un escritor, no sé si grande o pequeño, pero para mí extraordinario. Dejó cuentos, prosa, poemas, cartas. Se llama Antonio Delfini, murió en 1963. Cuando murió tenía cincuenta y dos años. Soy consciente de que hablo de él como de un desconocido. No es un desconocido. Pero creo que, a excepción de algún crítico y algún amigo suyo, nadie se acuerda de él y nadie lee sus libros. Considero que nadie cuenta nunca la verdad sobre él: que era un escritor diferente al resto y que casi todo lo que escribió es extraordinariamente bello. Por desgracia, sus libros están desperdigados en varias editoriales y es casi imposible encontrarlos.

Pienso que si fuera editor reuniría todos sus libros en un solo volumen, en orden cronológico. Lo haría de inmediato, sin perder un instante.

Cuando él todavía estaba vivo, yo no leía sus libros y pensaba que era un escritor aburrido y frívolo. Es más, he de confesar, lamentándolo y con remordimiento, que cuando pensaba en escritores aburridos y frívolos pensaba sobre todo en él. Los títulos de sus libros —Il fanalino della Battimonda, Il ricordo della Basca, La Rosina perduta— me parecían la máxima expresión de la frivolidad y del aburrimiento. Creía que él hacía una cosa que no me gusta, y que antes odiaba, esto es, prosa artística. (Ahora he comprendido que hay cosas mucho más merecedoras de odio; en cualquier caso, él jamás escribió prosa artística).

Después de su muerte abrí un libro suyo, I racconti, volumen póstumo publicado por Garzanti. Se me fueron los ojos detrás de estas líneas: «Tuve la impresión de que, mientras se marchaba, formaba la rueda con las plumas de la cola. Fue una ilusión: aquel gran amigo mío no podía tener una cola de pavo real. (Sin embargo, diez años después, convertido en un político socialmente destacado, pero no popular, le asomaba por detrás una gran cola de pavo real. La tenía realmente. Cuando notaba que lo miraba, formaba una rueda grande y multicolor. Me miraba a su vez y, satisfecho, se reía para sus adentros)».

Siguiendo el rastro de este personaje con cola de pavo real, intrigada y fascinada, leí todo el relato y luego la recopilación. Si Delfini hubiera vivido, le habría escrito una carta. Creo que la carta de un lector a cuyas manos había llegado un libro suyo por casualidad, un lector ofuscado por viejas hostilidades y prevenido en contra de él y luego, de golpe, fulgurado y conquistado, incluso podría haberle agradado mucho.

No lo conocía en persona; conozco a gente que lo conocía. En los últimos años vivía en Roma, en la zona de piazza Ungheria. Solía sentarse con un amigo en el café Hungària, que está en esa plaza.

Ese amigo, que lo es también mío, me contó un montón de cosas acerca de Delfini. Me contó que cuando el escritor Silvio Micheli ganó el Premio Viareggio con la novela Pane duro, Delfini se enfadó porque él nunca había ganado el Premio Viareggio (lo ganó después de muerto). Disgustado, dijo que escribiría un libro titulado Brioche.

De uno de sus libros, Il ricordo della Basca, publicado por Fratelli Parenti Editori en 1938, Delfini escribe lo siguiente: «Cuando por fin se publicó, no fue promocionado. Es más, fue el libro menos promocionado, de la colección menos promocionada, del editor menos promocionado de Italia». Pero no haber tenido éxito como escritor no lo amargaba en lo más profundo. Solo lamentaba muchísimo que sus escritos no lo cubrieran de gloria delante de algunas chicas y que sus relatos fueran rechazados por las grandes revistas ilustradas y se publicaran en cambio en las revistas literarias. «Ella, que pertenecía a la burguesía, ¡no leía Il Selvaggio! ¡Leía revistas famosas!».

Murió en Módena, solo. Su madre y su hermana lo habían precedido; su hermana, soltera, murió unos meses antes, cuando él ya estaba enfermo. Aparte de su madre, era su única familia. Nació en Módena, donde, en su juventud, poseyó una casa, un palacio con muchos salones del que tuvo que irse con la última silla. Cuando aún era suya, por las noches, al recogerse, se sentaba un rato en cada salón, tocaba el piano, leía a Leopardi y bebía vino. «Aquella noche —por otra parte como siempre—, sacié la sed con una botella de lambrusco. Era un vino muy ligero, efervescente, con aroma de violeta, ya raro entonces en la producción del lambrusco y ahora desaparecido por el avance de la filoxera». «Esa noche aún no sabía que pocos años más tarde la casa ya no me pertenecería». No lo sabía, pero quizá presentía que todo lo que lo rodeaba desaparecería pronto y ese presentimiento confería un aire de fugacidad a aquellos salones, a aquellas paredes y a aquellos techos con frescos, y volvía encantadores y conmovedores aquellos lugares y aquellas veladas, del mismo modo que el presentimiento de la filoxera se insinuaba con venenosa dulzura en el sabor del último vino.

Entre diciembre de 1958 y febrero de 1959, en Módena, tuvo una historia de amor, creo que la última de su vida, que acabó muy tristemente. Han quedado treinta y nueve cartas suyas. La chica, una cierta G., apareció en su vida «con pantalones y paseando a un oso con correa». Durante aquellos meses fue un novio. Uso esta palabra porque a él le gustaba. «Tengo que pedirte perdón por haber desconfiado de tus croquetas de pollo mientras las hacías. ¿Volveré a tener la oportunidad de que sean para mí? ¿Seré perdonado? ¿Qué relato inédito deberé escribir para recuperar mis croquetas de pollo?». «Tú eres joven, yo soy viejo. Las primeras sílabas forman Jovi, Júpiter. Juntos dominaremos el mundo». «Quizá esos infames falsos distinguidos burgueses comunistas piensan y quieren que los demás piensen que tu nariz no es bonita. Yo, en cambio, adoro tu nariz. ¡Perdona! ¡Perdóname!».

Un relato estupendo de unos años antes, «Il fidanzato», trataba de un hombre que cruza el campo en calesa para visitar a su prometida. Los recuerdos del pasado y los planes de futuro se entremezclan formando arabescos apasionados y alegres. «Tenía la impresión de acercarse a la coronación de su existencia, a la que aspiraba desde que era un muchacho: casarse, tener una esposa». Pero no sabremos cómo acaba; la única conclusión del relato es un hondo suspiro final de felicidad. Por otra parte, los relatos de Delfini nunca tienen un final; los pasos se detienen al borde de un valle. Las protagonistas de sus relatos —Margherita Matesillani, la Beatrice del siglo XX, y también la G. de las cartas— salen a su encuentro como iluminadas por el destino: el tiempo se detiene y todo parece anunciar una inminente y radiante felicidad. «Era rubia como ninguna lo ha sido jamás, y aquel era el día de primavera más intenso y más verde... ¡Era primavera! ¡La única primavera que recuerdo como primavera!». En sus últimas cartas a G., Delfini ha perdido la esperanza, pero su ardiente y mortal voluntad de ser feliz no se apaga: «¿Te gustaría que fuera a verte a San Remo?». «¿Te gustaría que alquilara una casa en Parma?». «Vivir contigo en Florencia sería maravilloso, como lo sería vivir en Módena, en Matera, en Bari, en Mariano o en cualquier otro sitio».

Al haber sido tan rico y luego pobre y necesitado, conoció tanto los obstáculos, las complicaciones y el desorden de una riqueza inusitada y opresiva como los numerosos espectros que esta dejó cuando se esfumó. En ambas condiciones, él era un exiliado y se sentía un marginado, siempre en busca de un lugar en el mundo donde establecer una demora sólida y definitiva, siempre en busca de un destino parecido al de los demás. Su arte creció alimentándose de esta inquietud.

Lo mejor de su producción es I racconti, y el mejor es el primer cuento, titulado «Una storia», escrito en 1956. Es un largo relato autobiográfico: por encima, la historia de su vida. No tiene desenlace ni final, o al menos, si los hay, permanecen secretos e invisibles, y los años, los lugares y la gente aparecen remotos y lejanos, pero precisos y nítidos, como vistos desde lo alto por una golondrina en vuelo o desde un avión.

Leyendo este cuento y luego los demás, y sus otros libros, me impresionó el hecho de que en ellos revivía, con una evidencia luminosa y real, la Italia de mi juventud, el fascismo y la guerra, el ambiente y la historia de mi generación, y que eso ocurriera a pesar de que casi solo hablaba de sí mismo, sus amores y sus amigos; no sé, quizá sea tonto maravillarse, siendo este el prodigio habitual y natural que obra la poesía.

Huelga decir que ambientar Italia en un determinado momento histórico no se le había pasado por la cabeza; solo se tenía presente a sí mismo, y los hilos enredados y minuciosos de su memoria. Como creo que les ocurre a quienes sufren violentas humillaciones, era una persona libre y totalmente carente de ideas artificiosas. Para un gran número de escritores italianos las ideas artificiosas son un vicio constante, se rodean de ellas y se coronan con ellas. Si nos gustan sus obras, debemos aprender a aislar las ideas artificiosas que contienen. Este acto es penoso para nosotros, sentimos que nos ahogamos al hacerlo, nos falta la respiración; las ideas artificiosas son de un gris oprimente, e incluso cuando las hemos esquivado a lo largo de un trayecto agradable su grisura flota alrededor. Todos tenemos ideas artificiosas porque son contagiosas y nuestro pensamiento se doblega ante ellas con extraña resignación y docilidad. La obra de Delfini no conoce la grisura de las ideas artificiosas. No conoce la grisura; su escritura es transparente como el aire. Podemos respirar y caminar envueltos por una luz clara y risueña sin esquivar nada, sin fingir nada, sin resignarnos a nada, seguir su narración, que no responde ni a imposiciones ni a estructuras, que viaja libre y rápida, original e impredecible, llevándose consigo el secreto de todos sus finales.

Me pregunto si el hecho de no haberse rodeado de ideas artificiosas sea la razón, o una de las razones, de que sus libros no hayan tenido suerte. A pesar de que a la gente no le gustan las ideas artificiosas, cree que deberían gustarle. Llaman la atención como banderas delimitando un campo de deportes. Careciendo de banderas que lo delimitaran, a Delfini no se le prestó atención alguna, no lo vieron o lo confundieron con otros que no tenían nada que ver con él.

El amigo que solía sentarse con Delfini en el café de piazza Ungheria, el que también es amigo mío, me contó una cosa más: Delfini, de vez en cuando, arremetía contra el neorrealismo; un día le dijo: «¿La realidad? La realidad no existe. Solo existe la imaginación. ¿La realidad? La realidad somos tú y yo, sentados en el café Hungària como dos imbéciles».

Enero de 1971

cap-7

Moravia

El último libro de Moravia, Yo y él, no me gusta, y cuando vi a Moravia la otra tarde me pasé todo el rato preguntándome si debía decírselo o no. Fui una cobarde y no se lo dije. Si me lo hubiera preguntado, habría procurado decirle la verdad a pesar de que me daba apuro. Pero me habría costado mucho. Moravia me cohíbe. Me cohíbe por varias razones. Creo que, inconscientemente, no logro olvidarme de que cuando era una chiquilla leí Los indiferentes a escondidas y tuve la impresión de que el mundo que me rodeaba, un mundo que me parecía muerto y embalsamado, de golpe se estremecía de vida. El mundo que me rodeaba era el de la Italia fascista, donde la verdad aparecía velada y remota, inaprensible como un espectro, y buscarla y tocarla parecía una hazaña desesperada. Leí Los indiferentes una y otra vez con el propósito expreso de aprender a escribir. Pretendía que se me enseñara a moverme en un mundo estancado, y Moravia me parecía el primer ser humano que se había puesto de pie y había echado a andar en dirección a la verdad.

También me cohíbe por sus maneras bruscas e impacientes. Yo solo lograría hablarle muy despacio. Hay personas con las que se habla despacio y otras con las que se habla deprisa. Ante su impaciencia solo podría responder con penosos balbuceos. Me cohíbe, además, porque suelo pensar que mi opinión, acerca de él o de cualquier otro escritor, le interesa poquísimo. Es un error, porque la verdad es que creo que sí le importa la opinión de los demás. En cuanto a su impaciencia, es solo aparente, un aspecto exterior y nervioso de su persona.

Así que cuando lo vi la otra tarde pensé algunas cosas sobre él que no le dije y que ahora escribiré. Al día siguiente, él partía rumbo a Arabia en compañía de un árabe, y creo que ahora está allí.

Para empezar, pensé que le tenía mucho cariño. Lo conozco desde hace muchos años. Conociéndolo desde hace mucho, creo que es imposible no tenerle cariño, pues es una de las personas más transparentes, amables y humildes que existen. Pero es muy famoso, así que alguien que no lo conoce en persona o que pasa mucho tiempo sin verlo tiene delante de los ojos su imagen pública. Esta imagen pública suele molestarme y no me gusta. En ella aparecen, aumentados, deformados y aislados de sus profundas cualidades todos sus defectos, de manera que no se percibe nada de su verdadera amable fisonomía. Leyendo en los periódicos sus entrevistas y opiniones acerca de temas de interés público, a menudo tengo la sensación de que son enrevesadas, intricadas.

Cuando una persona se hace muy famosa, chocamos continuamente contra sus peores rasgos; para llegar a su verdadera imagen hay que despojarla de toda la exterioridad, real y falsa, de la que ha ido recubriéndose. En lo que respecta a Moravia, creo que su imagen pública es todo lo contrario de su persona real. Su apariencia es la de alguien altivo, autoritario, despectivo y pagado de sí mismo. Cuando lo conoces de cerca, te sorprende con su inocencia y su profunda y cándida seriedad. Entonces se vienen abajo las ideas preconcebidas a propósito de su imagen pública y uno se siente desarmado, indulgente y humilde en presencia de alguien humilde, impaciente pero aun así indulgente y desarmado.

No hay nada tan contagioso como la sinceridad, y en presencia de una persona tan franca dan ganas de confesarle de golpe el fastidio que en su ausencia nos causaba su imagen. Sin embargo, a mí me resulta imposible, tanto por timidez como porque cuando lo tengo delante se me pasa el enfado. Este verano estaba muy disgustada con él porque había escrito cosas inexactas y falsas sobre Pavese. Hacía mucho que no lo veía. Cuando lo vi no pude dejar de pensar que lo que había escrito sobre Pavese era injusto y falaz, pero me di cuenta de que no sentía ni una pizca de rencor.

Como hablar con él me resulta difícil, aunque lo conozca desde hace muchos años, nunca he logrado decirle que adoro algunos de sus libros, cuáles y por qué. Ni siquiera le dicho que me cohíbe, sobre todo porque creo que aprendí a escribir de él.

En mi opinión, sus libros feos y equivocados son los que ha escrito con la cabeza. Su cabeza es racional, intricada y confusa, como llena de pequeños mecanismos complicados y rudimentarios. Estos mecanismos se parecen a ciertos juguetes infantiles, animalitos mecánicos a los que se da cuerda con un pequeño resorte para que giren sobre sí mismos. En esos libros feos y equivocados hasta nos parece oír, de vez en cuando, el ruido del resorte. Creo que su inmensa inteligencia no reside en su cabeza, sino en otro lugar, en alguna zona secreta de su ser. Pienso que sus mejores libros no salieron de su cabeza, sino de su límpida, humilde y seria persona.

No pretendo afirmar que sus mejores libros carezcan de pensamiento; son fruto de este, pero se trata de un pensamiento natural y profundo como la respiración, un pensamiento que se ha convertido en vida, amargura, dolor y juicio moral, que respira en los seres humanos y no tiene nada que ver con los juegos de lógica —metálicos, burdos y ruidosos— que viven en su cabeza. Sus mejores libros salen de su extraordinaria capacidad para posar sobre la realidad una mirada fulminante, penetrante, furtiva e involuntaria, en extremo atenta y enjuiciadora, pero al mismo tiempo casual, despistada y desatenta. De semejante mirada nacieron Cuentos romanos, La campesina, Agostino, Los indiferentes; y una cantidad enorme de cuentos estupendos que nos ha regalado profusamente y como si nada: «El engaño», «La provinciana», «El invierno de un niño enfermo», «La mexicana».

«La mexicana» está incluido en una recopilación que lleva el título del primer relato, «El amor conyugal», y es un cuento largo que no me gusta mucho porque la idea en la que se inspira lo marchita: el protagonista es un intelectual. Tengo la impresión de que Moravia, cuando crea intelectuales, siempre falla, o casi siempre. Los fabrica con los mecanismos de su cabeza. Logra, en cambio, retratar a una multitud que parece muy distante de él, una multitud de simples e ingenuos que vagan por la ciudad bajo un cielo oscuro, a merced de un destino adverso, cuya única defensa es una especie de astuta inocencia. Moravia los ve pasar y posa sobre ellos una mirada distraída, amarga y penetrante.

Algunos de sus cuentos son cómicos. Por otra parte, Moravia o es cómico o trágico, no conoce matiz alguno de crepuscular melancolía. De este último libro, Yo y él, dijo que había querido escribir una novela cómica. Sin embargo, creo que cuando escribió sus relatos más cómicos —el cuento de la visita al parque zoológico con la chica insolente o el de la fea que quiere ser una diva del cine— no se había propuesto escribir nada cómico, no se había propuesto escribir nada en concreto. Su comicidad, cuando la hay, es impasible e impenetrable. Es como si de repente, sobre su borrascoso mundo, brillara un sol demacrado y risueño, cruel y afectuoso, un sol que sale de la nada, ardiente pero fugaz, próximo a ocultarse entre nubes de tormenta.

Yo y él no me parece cómico. Tampoco trágico. No me gusta. Me parece no solo atiborrado de mecanismos de su cabeza, sino que además parece escrito por otro, por su imagen pública. En sus libros que no me gustan siempre hay algo que me gusta y que debo extraer y aislar en la memoria: una página, un instante o algún rasgo de una persona. En este también. Es la esposa. La esposa pertenece a la categoría de algunas mujeres extraordinarias de Moravia: perezosas, dóciles, horribles y dulces. Son mujeres pesadas y maternales, arrebujadas en jerséis de lana, tontísimas, atónitas, a las que hombres que les hablan en un lenguaje que las desconcierta, al que responden con un triste y apacible sentido común, las arrastran en aventuras que no entienden. Su estupidez es profunda y misteriosa, oscura como las aguas de un pozo. En este libro, la estupidez de la esposa representa los únicos instantes de misterio. Todo el resto carece de él. La sublimación y la desublimación, de las que tanto se habla en todo el libro, y los problemas que el protagonista discute con su propio sexo, a decir verdad, me dan absolutamente igual.

Moravia declaró que tardó cinco años en escribir este libro. Por eso creo que se enfadará por lo que he escrito, dirá que he liquidado su libro en pocas líneas. Quisiera responderle que invertir cinco años en escribir un libro, sea bueno o malo, es tiempo bien aprovechado. Da igual que sean cinco años o cinco meses, no importa: uno se esfuerza y quizá falle, pero ese es el trabajo de un escritor. Aun así, creo que sería injusto que los fieles de Moravia, los que creen en él pero a quienes el libro no les ha gustado, callaran, porque decirle que se ha equivocado es un acto de fe.

No es la primera vez que escribe un libro menos hermoso y conseguido, y como ha podido comprobarse no ha tenido ninguna importancia, porque después ha vuelto a escribir otros preciosos. Es un gran escritor. Deberíamos estarle profundamente agradecidos. Si Moravia no hubiera existido, nuestro paisaje interior no sería el mismo. Sería completamente diferente. Puede que no nos hayamos dado cuenta, pero él lo ha poblado con una flora y una fauna que antes no existían y ha diseminado generosamente en él seres humanos, lugares y pensamientos que hemos acogido e incorporado como si fueran nuestros.

Espero que Moravia vuelva a escribir libros que no me parezcan escritos por su imagen pública, sino por su imagen solitaria, única en el mundo y real.

Febrero de 1971

cap-8

Niccolò

El 4 de septiembre, en Santa Liberata, murió Niccolò Gallo. Era crítico y estudioso. Era siciliano. Estaba afiliado al Partido Comunista. Otros han hablado de él como crítico y estudioso. A mí me importa comprender por qué era un hombre tan diferente al resto.

Vivía en Roma, en piazza Ungheria. Su casa estaba en los bajos y era vieja, rebosaba de libros, y al entrar daba la sensación de que estaba abierta a todos y a la vez apartada. Reinaba en ella una penumbra silenciosa. Reinaban al mismo tiempo el orden de las costumbres y el desorden del trabajo. Trabajaba para una editorial. Desde hacía muchísimos años, leía y valoraba manuscritos de novelas para esa editorial. Desempeñar ese trabajo debía de costarle mucho, porque siendo un hombre indulgente a menudo se veía obligado a decirle al prójimo verdades crueles. Además, debía de estar acorralado y agobiado por los manuscritos, porque la gente escribe mucho.

De él se sabía que trabajaba muchísimo, pero daba la sensación de que guardaba para sí una posibilidad y un deseo de ocio ilimitados. El ritmo de su trabajo debía de ser febril y marcado por fechas de entrega, pero su ritmo interior era, en cambio, lentísimo, como lentas son las horas que transcurren en las aldeas. Él vivía en la ciudad como si fuera una aldea, y el hecho de no vivir en una probablemente lo entristecía, como lo entristecía que lo asediaran con entregas y compromisos que chocaban con su profunda sed de ocio y contemplación.

Tenía un perro. Solía salir a pasearlo varias veces al día. Él era alto, delgado, con el bigote entrecano, los ojos trasojados y la tez morena, toda surcos y arrugas. Tenía arrugas hasta en la chaqueta. Estas arrugas parecían originarse en su sonrisa maliciosa y amable, instalada constantemente en la profundidad de su espíritu. Caminaba con pasos largos y rápidos, pero el perro iba aún más deprisa y parecía tirar de él. Niccolò, creo, le sonreía tanto a su esquiva persona como a la vivacidad y el ímpetu del joven perro.

Era un hombre silencioso y solitario. Tenía, sin embargo, incontables amigos. Todos ellos se sentían acogidos por su soledad. No le gustaba la soledad por hostilidad hacia los demás, sino por amor a la penumbra de su pensamiento. Su soledad estaba despojada de cualquier forma de orgullo. Por eso se la desbarataban y la asaltaban sin cesar. Era una soledad asediada e invadida por el prójimo. Él establecía con el prójimo una relación rigurosamente privada y personal, nunca pública ni superficial. A veces te lo encontrabas en una sala abarrotada. Parecía estar allí por casualidad y por docilidad. Estaba allí, solitario a pesar de estar rodeado de amigos. Su cara, alargada y absorta, recordaba la expresión absorta y mansa de su perro.

Creo que no elegía a sus amigos: eran ellos quienes lo habían elegido a él. Puesto que lo habían elegido, les regalaba su silencio, su atención, su sonrisa de aprobación. Para ellos era una ayuda incalculable. Las personas se sentían inmediatamente tocadas en la zona más secreta de su ser. Se sentían tocadas en el mejor punto de su espíritu, donde cada uno guarda sus angustias y sus desventuras. Sin decir nada o casi nada, asentía a las desventuras del prójimo y compartía sus penas.

Las personas no sentían, en su presencia, el deseo de abrirse a él. No era necesario abandonarse a las confidencias; bastaban unas pocas palabras. Estaba claro que él lo sabía todo de los demás. Se mezclaba con personas muy diferentes porque cada una de ellas podía ocultar una pena, algo que no era infame y que era digno de compasión y atención.

No se hacía ilusiones acerca del prójimo. Conocía a fondo las vilezas y las mezquindades de los demás, sus debilidades y su frívola envidia, sus estupideces y voracidades, pero no se entretenía en esa tenebrosa mezcla. Conocía los vicios de los demás, pero los pasaba por alto, juzgándolos quizá tristes, pero secundarios y accidentales.

Semejante atención era además una cualidad excepcional porque la regalaba, no la vendía. Solemos otorgar atención esperando algo a cambio. En el mejor de los casos, dedicamos atención para obtenerla. O bien para sentirnos apreciados y buenos a los ojos de los demás. En el momento en el que creemos que concedemos atención a los demás, en realidad estamos distraídos, perdidos en una complacida admiración de nuestra imagen a la escucha. Él concedía atención sin dirigir la mirada hacia sí mismo. No quería nada a cambio, nada de nada, y no tenía por costumbre pedir nada ni a los hombres ni a la vida.

Cuando escribíamos una novela, deseábamos ardientemente que la leyera. Pero nos frenaba saber que siempre tenía muchos compromisos y entregas y que debía de estar cansadísimo de leer y dar su opinión. Además, pensábamos que siendo tan indulgente le debía de costar mucho emitir un juicio, tal vez duro y cruel. Cuando por fin le dábamos a leer algo que habíamos escrito, naturalmente le pedíamos que nos dijera la verdad. Pero al mismo tiempo comprendíamos que decir la verdad lo haría sufrir si decir la verdad significaba herir y golpear.

Sus juicios eran una sonrisa, a veces sufrida y a veces radiante. Había que adivinar lo que pensaba a través de ella. Pero su sonrisa y las pocas palabras con las que nos juzgaba nos ayudaban. Nunca nos decepcionaba ni humillaba. Sentíamos que tras la pantalla protectora de la amabilidad y del deseo de no hacerle daño ni a una mosca, en él habitaba, inexorable y llana, la verdad sobre nosotros. Veíamos nuestra imagen real reflejada en su pensamiento. Su visión fortalecía como fortalece toda contemplación de la amarga verdad. Por eso nos llevábamos a casa sus escasas palabras sintiéndonos más serenos y más fuertes.

Pensar en su existencia nos daba seguridad porque teníamos la absoluta certeza de que no era un hombre injusto, de que no existía la más remota posibilidad de que un pensamiento injusto se le pasara por la cabeza. Todos hemos sentido, quizá por un instante, que nuestro espíritu está lleno de montones de basura. Puede dominarnos una insólita envidia o una insólita ambición, o la ira, y no sabemos cómo defendernos. Nuestros pensamientos echan humo negro y la ira nos nubla el juicio y nos ciega. No logramos reconocer nuestra vida ni nuestra imagen tras esa capa de humo. Cuando se disuelve y nuestra alma se despeja, estamos abatidos. Hechos un trapo. Creemos que nunca olvidaremos las hordas de ideas viles que han cruzado nuestro espíritu. Que nos quedaremos desfigurados y humillados para siempre.

Al mirar a los demás creemos que a ellos también los ha dominado alguna vez semejante furia injusta y nos sentimos empujados a desconfiar de nosotros mismos y de ellos. Saber que en la ciudad había una persona a la que nunca le había ocurrido y a la que nunca le ocurriría, saber que había una persona que no se dejaba dominar por pensamientos injustos infundía seguridad y serenidad, porque ponía a nuestro alcance un punto de referencia del que no se podía dudar ni desconfiar.

El misterio esencial de su persona consistía en la ausencia de ingenuidad. Se supone que un hombre afable como él también debía ser ingenuo. Por el contrario, palabras como ingenuidad y candor eran ajenas a su persona. En la mirada que posaba sobre las cosas y los hombres no había ingenuidad. Tampoco había pesimismo o amargura. Solo la luz de la inteligencia. Pero era una mirada tan fulminante que ni él ni nadie la percibían cuando miraba. Semejante mirada se alzaba, comedida, serena y sonriente, pero sin ilusión alguna.

Septiembre de 1971