—¡Eh, tú! ¿Quieres saber de qué va la vida de verdad? —me dijo un hombre una vez—. Pues lo primero que tienes que hacer es conocerte a ti mismo. —Estaba bebiendo alcohol de una botella escondida en una bolsa de papel, sentado en los escalones de la puerta trasera de un hotel de cinco estrellas. Era mi décimo cumpleaños y había salido a tomar un poco de aire fresco. Lo necesitaba. En aquella convención, todos los asistentes tenían más de treinta y cinco años. No había ni uno solo de mi edad.

Mi cuerpo preadolescente estaba embutido en un traje que me apretaba demasiado y estaba intentando ignorar a mi madre, que, con su abultada barriga, se mezclaba entre sus socios en el interior. Incluso embarazada, era capaz de imponerse sobre cualquiera de los presentes, se valía de una reticencia y un estoicismo que a mí no me costaba nada imitar.

—Ya sé quién soy —le contesté. Era Connor Cobalt, el chico que siempre se portaba bien. El chico que siempre sabía cuándo cerrar el pico y cuándo hablar. Me mordí la lengua hasta sangrar.

Echó un vistazo a mi traje y resopló.

—No eres más que un mocoso, niño. Si quieres ser como esos tíos que hay ahí dentro… —señaló la puerta que había tras él y luego se inclinó hacia mí, como si quisiera confesarme un secreto. Retrocedí al notar el hedor a vodka, casi tropezándome. Y, sin embargo, ya me imaginaba lo que me iba a decir—, tendrás que ser mejor que ellos.

El consejo de ese viejo borracho me acompañó durante más tiempo que ninguna de las enseñanzas de mi padre. Dos años después, mi madre me sentaría en el salón de la casa familiar para darme una noticia que se pondría a la altura de ese recuerdo, que me moldearía de una forma catalítica.

Veréis, una vida puede descomponerse en años, meses, recuerdos y momentos que fluctúan. La mía la definieron tres de ellos.

Uno.

Tenía doce años. Estaba pasando las vacaciones en el Internado para Jóvenes Fausto, pero, por casualidad, un fin de semana decidí visitar la casa que mi madre tenía en las afueras de Filadelfia.

Fue el día que escogió para contármelo. No es que hubiera elegido la fecha con antelación. No había planificado el acontecimiento ni le dio más importancia de la que juzgó necesaria. Me dio la noticia como si estuviera despidiendo a un empleado, de forma rápida y constructiva.

—Tu padre y yo estamos divorciados.

«Estamos». Como si ya hubiera pasado. En algún momento, me había perdido un acontecimiento dramático de mi propia vida. Lo había tenido delante de las narices y no me había enterado, solo por la poca importancia que ella le daba. Y me hizo creer a mí lo mismo.

La consideraron una separación amistosa. Simplemente, se habían ido alejando. Katarina Cobalt nunca me abrió las puertas de su vida al cien por cien. No permitía que nadie viera más allá de lo que ella mostraba, y fue en ese momento cuando aprendí ese truco. Aprendí a ser fuerte e inhumano a la vez.

Perdí el contacto con Jim Elson, mi padre. Tampoco tenía ningún deseo de retomar mi relación con él. Las verdades que guardaba cerca de mí solo eran dolorosas si yo se lo permitía, así que me convencí bastante bien de que no eran más que hechos. Y pasé página.

Dos.

Tenía dieciséis años. En la sala de estudio tenuemente iluminada de Fausto, con el aire lleno de humo, dos chavales de los cursos superiores evaluaban una fila de diez chicos, deteniéndose delante de cada uno. Unirse a una sociedad secreta te proporcionaba tanto prestigio como que te aceptaran en el equipo de lacrosse. Con nuestros pantalones de traje, nuestras americanas y nuestras corbatas, estábamos destinados a honrar los pasillos de Harvard y Yale, y a repetir los mismos errores una y otra vez.

Le hacían a cada no iniciado la misma pregunta. Este respondía con un simple y sumiso «sí» y luego obedecía a una nueva orden, la de arrodillarse. Después pasaban al siguiente no iniciado.

Cuando se detuvieron delante de mí, mantuve bastante bien la compostura. Intenté cuanto pude esconder una incipiente sonrisa engreída. Aquellos tipos me recordaban a dos orangutanes golpeándose en el pecho y pidiendo un plátano. Sin embargo, lo que me hace particular es que no estaba dispuesto a darle mi puto plátano a nadie. Todo beneficio debe ser mayor que su coste.

—Connor Cobalt —dijo el rubio con una sonrisa lasciva—. ¿Me chupas la polla?

Al responder a esa pregunta, debíamos demostrar que estábamos dispuestos a seguir órdenes, y lo cierto es que no estaba seguro de lo lejos que eran capaces de llegar.

«¿Qué saco yo de todo esto?», me había preguntado.

El premio sería formar parte de la élite. No obstante, yo creía que podía conseguirlo de otro modo. Vi un camino que nadie más vio.

—Creo que lo has entendido al revés —contesté dejando que por fin asomara mi sonrisa—. Eres tú quien debería chupármela a mí. Lo disfrutarías más.

Los no iniciados rompieron a reír y el rubio dio un paso al frente. Su nariz casi rozaba la mía.

—¿Qué has dicho?

—Creo que he sido bastante claro. —Me estaba dando otra oportunidad para doblegarme, pero, si yo hubiera querido que me liderara un grupo de orangutanes envenenados de testosterona, me habría apuntado al equipo de fútbol americano.

—No, no lo has sido.

—Pues permíteme que te lo repita. —Me incliné hacia delante; la seguridad en mí mismo rezumaba por todos los poros de mi piel. Le rocé la oreja con los labios, lo que le gustó más de lo que pensaba—. Chúpame la polla.

Me dio un empujón, rojo como un tomate, y enarqué las cejas.

—¿Algún problema? —le pregunté.

—¿Eres gay, Cobalt?

—Simplemente, me quiero a mí mismo. Visto así, tal vez lo sea. Pero no pienso hacerte ninguna mamada.

Y, con esa frase, dejé la sociedad secreta atrás.

Ocho de los diez no iniciados me acompañaron.

Tres.

Tenía diecinueve años y estaba en la Universidad de Pensilvania, que forma parte de la Ivy League.

Corría por los pasillos del centro de estudiantes, aunque reduje la velocidad al llegar al baño de las chicas. Abrí la puerta y me encontré a una chica morena con unos tacones de diez centímetros y un vestido azul de corte conservador junto a la pila, frotándose una mancha con papel mojado y con los ojos rojos de ira y angustia.

Al verme entrar, dirigió toda su frustración acumulada hacia mí.

—Este es el baño de las chicas, Richard. —Solía usar mi verdadero nombre. Intentó tirarme una bola de papel, pero esta se limitó a revolotear hasta el suelo, como derrotada.

No era yo quien le había derramado una lata de refresco Fizz de cereza en el vestido, pero, en la mente de Rose Calloway, bien podría haber sido yo el culpable. Nos cruzábamos cada año, cuando mi internado y su colegio privado competían en sociedades de honor y en el Modelo de Naciones Unidas.

Ese día me tocaba ser su embajador: tenía que enseñarle el campus antes de su entrevista con el decano, que decidiría si entraría o no en el Programa de Honores de la universidad el curso siguiente.

—Soy consciente de ello —contesté preocupado por el estado en el que se encontraba. Rose se aferraba al lavamanos con fuerza, como si estuviera a punto de gritar.

—Voy a matar a Caroline. Le voy a arrancar la cabellera mechón a mechón y luego le robaré toda la ropa.

Sus exageraciones y excesos siempre me hacían pensar en un rumor que corría por Fausto. Se decía que, durante una clase de educación para la salud en la Academia Dalton, su colegio, había cogido el muñeco con el que estaba practicando y lo había apuñalado con unas tijeras. Alguien me había contado que había escrito algo en la frente del muñeco bebé y se lo había devuelto al profesor. La frase era: «Me preocuparé por un objeto inanimado cuando los chicos también lo hagan».

La gente pensaba que estaba pirada, aunque de una forma genial, en plan «devoraré tu alma».

A mí me parecía fascinante.

—Rose…

Golpeó la encimera con las palmas de las manos.

—¡Me ha tirado un refresco encima! Habría preferido que me diera un puñetazo en la cara. Al menos llevo maquillaje.

—Tengo una solución.

Alzó una mano.

—En este baño no se permiten los egos.

—Entonces ¿qué coño haces aquí? —repuse ladeando la cabeza.

Me fulminó con la mirada, pero me acerqué a ella, dispuesto a ayudarla. Airada, me dio un empujón en el pecho.

Apenas me moví del sitio.

—Eso ha sido un poco infantil, incluso para ti.

—Ha sido un sabotaje —me dijo con ojos llameantes, mientras me señalaba con el dedo—. Gula académica. Odio a los tramposos, y ella me acaba de dejar fuera de Penn con trampas.

—Pero si ya te han aceptado… —le recordé.

—¿Irías a una universidad en la que no te han admitido en el Programa de Honores? —No contesté, aunque ella ya sabía mi respuesta—. ¡Ya decía yo!

Tiré el papel mojado en una papelera. Ella me observaba de cerca; mis gestos empezaban a relajarla, se le notaba en los hombros, que estaban cada vez menos tensos. Luego comencé a quitarme la americana roja.

—¿Qué haces? —preguntó.

—¿No ves que estoy intentando echarte una mano?

Negó con la cabeza.

—No quiero estar en deuda contigo. —Me señaló con el dedo otra vez y dio un paso atrás—. Sé muy bien cómo funcionas. Lo pillo. Haces cosas por los demás estudiantes y luego tienen que pagarte con algún método enfermizo. —Coste de oportunidad, beneficios, acuerdos… Eran los pilares de mi vida.

—Tampoco es que obligue a la gente a prostituirse. —Le tendí la americana—. Te la presto sin condiciones. No espero nada a cambio. Cógela.

Ella siguió negando con la cabeza.

Dejé caer la mano.

—¿Qué?

—¿Por qué te comportas así con Caroline? —preguntó de repente.

Leí entre líneas y oí: «¿Por qué te gusta?». Caroline era la típica chica blanca de buena familia. Siempre me miraba con ojos de depredadora, como si me preguntara en silencio: «¿De qué me servirás? ¿Me casaré contigo algún día y me quedaré con todo tu dinero?».

Pero Rose Calloway era distinta. Iba a la moda, pero no era la típica chica que pertenecía a una sororidad. Era un genio, pero no se relacionaba bien con los demás. Despreciaba a la gente sin remordimientos, pero tampoco estaba en contra del amor.

Era una complicada ecuación que no hacía falta resolver.

Ni siquiera me dio tiempo a contestar; así de rápido se movía Rose, con lo irritada que estaba. Puso los brazos en jarras y me imitó:

—«Qué bien montas a caballo, Caroline. Te vi en el evento ecuestre de la semana pasada. ¿Cómo está tu madre?».

—Solo estaba siendo amable.

—Te comportas diferente con ciertas personas —continuó—. Hace tiempo que nos vemos en las conferencias académicas, así que lo sé. Te conozco. Actúas de una forma con ellos y de otra conmigo. ¿Cómo sé quién es el auténtico Connor Cobalt?

«Nunca lo sabrás».

—Contigo soy todo lo auténtico que puedo ser.

—Eso es una puta trola —me espetó.

—No puedo ser como tú. Tus miradas fulminantes dejan un reguero de cadáveres. A la gente le da miedo acercarse a ti, Rose. Eso es un problema.

—Al menos sé quién soy.

De algún modo, nos habíamos acercado. Yo le sacaba una cabeza; era más alto que la mayoría de los hombres y tenía la complexión de un atleta. Jamás me encorvaba ni me encogía. Lucía mi altura con orgullo.

Ella alzó la barbilla para enfrentarse a mí. Yo hacía que quisiese ser la mejor versión de sí misma.

—Sé exactamente quién soy —contesté con cada gramo de seguridad en mí mismo que poseía—. Lo que te inquieta, Rose, es que no tienes ni idea de cómo es ese chico. —Di un paso hacia ella y se puso rígida—. Si la gente ve mis problemas cuando me mira, no les sirvo de nada, así que les doy justo lo que quieren, ni más ni menos. Soy quienquiera o lo que sea que necesitan. —Volví a tenderle mi americana—. Y tú necesitas una chaqueta.

Cogió la americana a regañadientes.

—No puedo ser como tú —dijo, vacilante—. No puedo guardarme todos mis sentimientos para mí. No entiendo cómo lo haces.

—Tengo práctica.

Nos miramos a los ojos un largo momento. Había algo poderoso entre nosotros, algo que en aquel momento yo no estaba preparado para destapar. No estaba preparado para las profundas conversaciones que aquella chica me obligaría a mantener.

Rose Calloway no me soportaba porque yo era quien era: un chico que quería llegar a la cima. Lo irónico era que ella quería lo mismo, solo que no estaba dispuesta a hacer lo que yo para lograrlo.

Se puso mi americana, que le quedaba demasiado grande.

—¿Y qué parte de ti es la que me enseñas? —preguntó.

—La mejor.

Puso los ojos en blanco.

—Si no tienes nada auténtico que decir, Richard, ¿para qué hablar?

Fui incapaz de formar las palabras para contestar lo que ella quería oír. Había pasado años construyendo barreras, levantando defensas. Podía cuidar de una mujer mejor que ningún otro tío, pero mi madre nunca me había enseñado a amar. Me había enseñado historia, idiomas, cómo funcionaba la bolsa. Me había hecho inteligente.

Me había hecho lógico y objetivo.

Conocía el sexo. Conocía el afecto. Pero ¿el amor? Como habría dicho Katarina Cobalt, eso era un concepto ilógico, algo tan ficticio como la Biblia. De niño, pensaba que el amor era una fantasía, como las brujas y los monstruos, que no podía existir en la vida real y que, si existía, era igual que la religión: solo servía para que la gente se sintiera bien.

El amor.

Para mí, era una falsedad.

Estuve a punto de poner los ojos en blanco. «Toma ya, Connor —me dije para mis adentros—. Eso sí que es auténtico. Sí que es algo que te sale del corazón».

—Rose —la llamé. Se volvió para mirarme. Sus ojos eran pozos tan profundos como los del infierno. Fríos como el hielo, amargos, tumultuosos; estaban colmados de dolor. Y yo quería soportar todo ese dolor, pero, para ello, debía mostrarle mis cartas, y eso no podía hacerlo. No podía dejarla entrar. Sería el primero en perder la partida, y esta acababa de empezar—. Te irá genial.

Y eso fue todo.

Se marchó.

Por un amigo de un amigo, me enteré de que a Rose Calloway la admitieron en el Programa de Honores. Y también me enteré de que rechazó su plaza en Penn. Por alguna razón, eligió Princeton, nuestra universidad rival.

Seis meses después, empecé a salir con Caroline Haverford y, no mucho después, se convirtió en mi novia.

Era una vida que ya veía venir.

La vida para la que estaba preparado.

En ella no había nada espontáneo ni atractivo.

Cuando tenía diecinueve años, todo era simplemente práctico.

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Todo el mundo conoce esas historias en las que un hombre fuerte y musculoso irrumpe en una habitación con la cabeza alta, el pecho henchido y los anchos hombros hacia atrás. Es el rey de la jungla, el hombretón del campus, el que hace que a las chicas les tiemblen las piernas. Tiene un aire de injustificada superioridad por el simple hecho de tener polla, y lo sabe. Y espera que la chica se quede sin palabras y acceda a todas sus demandas.

Bueno, pues ahora mismo estoy viviendo esa historia.

El hombre se sienta en una butaca a la cabeza de la mesa de la sala de reuniones (en lugar de elegir la silla que tengo al lado) y se limita a mirarme.

Quizá esté esperando a que represente el papel de chica estupefacta, que me empequeñezca bajo su mirada gris y profunda y ese pelo repeinado entre rubio y castaño. Tiene veintiocho años y lleva el elitismo hollywoodiense y la superioridad moral escritos en la frente. La primera vez que hablé con él, se dedicó a mencionar casualmente nombres de actores, productores y directores, esperando que me quedara boquiabierta y aletargada. «Conozco a este y al de más allá. Hice un proyecto con fulanito».

Mi novio tuvo que quitarme el teléfono de la mano antes de que lo insultara. Ese ejecutivo hollywoodiense me sacaba de quicio.

Por fin se decide a hablar:

—¿Tienes los contratos? —Se inclina hacia atrás en la silla.

Saco el montón de papeles del maletín.

—Tráemelos. —Me hace un gesto con dos dedos.

—Podrías haberte sentado a mi lado —replico mientras me pongo de pie sobre dos zapatos de tacón grueso con botones de latón de inspiración militar, parte de la nueva colección de Calloway Couture.

—Pero no lo he hecho —responde como si nada—. Ven aquí.

Recorro peligrosamente la distancia que me separa de Scott Van Wright, haciendo repiquetear los tacones contra el suelo.

Se apoya un tobillo en el muslo y se lleva un dedo a la mejilla mientras observa mi cuerpo detenidamente y con descaro. Desde mis piernas esbeltas al cuello alto y recto del vestido, pasando por el dobladillo de la falda plisada y las mangas tres cuartos transparentes. Recorre con la mirada mis labios pintados con un brillo oscuro, el colorete de las mejillas y luego pasa sobre mis ojos iracundos sin fijarse en ellos. Al final, se entretiene más de la cuenta sobre mis pechos.

Me detengo ante él y tiro los contratos encima de la mesa. Resbalan por la pulida superficie y caen en sus piernas. Un montón grapado se desliza hasta el suelo. Dibujo una sonrisa de oreja a oreja, porque ahora tendrá que agacharse para recogerlo.

—Recoge eso —me ordena.

Mi sonrisa se esfuma.

—Está debajo de la mesa.

Ladea la cabeza y me da otro repaso.

—Se te ha caído a ti.

No puede estar hablando en serio. Me cruzo de brazos y no le contesto, pero se queda ahí sentado, esperando a que obedezca.

Me está poniendo a prueba.

Estoy acostumbrada. A veces soy yo quien lo hace, pero ahora no me llevaría por buen camino.

Si me agacho, establecerá ese extraño poder sobre mí. Podrá darme órdenes del mismo modo que Connor Cobalt puede obligar a la gente a hacer lo que él quiere con un par de palabras sencillas.

Es el don de los manipuladores.

Yo no tengo nada parecido. Creo que llevo las emociones demasiado a la vista como para ejercer esa influencia sobre los demás.

—Recógelo —insiste mirándome otra vez los pechos.

Me recuerdo por qué necesito a Scott y por qué quiero que un enjambre de cámaras siga todos mis movimientos. Respiro. Está bien. «Tienes que hacerlo, Rose. Cueste lo que cueste». Me estremezco y, a pesar de ir con vestido, me pongo de rodillas. Esta tarea le correspondería a un asistente personal, no a un cliente.

Lo oigo toquetear el bolígrafo mientras recojo los papeles. No llevo un top con el que pueda verme el escote, ni siquiera tengo mucho pecho. Lo peor que puede hacer es darme una palmada en el culo e intentar mirar por debajo del vestido, cuyo dobladillo está subiendo peligrosamente por mis muslos.

Cuando me vuelvo a poner de pie y dejo los papeles sobre la mesa, sus labios se curvan hacia arriba.

Scott Van Wright (gilipollas) 1 - Rose Calloway (patética) 0.

Me siento en la silla de al lado mientras Scott mete los contratos en su maletín.

Mi novio había insistido en que viniera a esta reunión con su abogado, pero yo no quería que Scott pensase que no era capaz de gestionar esto por mí misma. Cuando las cámaras me estén siguiendo, no contaré con ningún abogado, así que prefiero no posponer el momento de tomar las riendas de la situación.

Aunque no me está saliendo muy bien.

Si le diese una orden a Scott, se reiría en mi cara. Sin embargo, hice algunas asignaturas de derecho antes de graduarme en Princeton, así que conozco mis derechos.

—Solo para que quede claro, eres tú quien trabaja para mí —le recuerdo—. Te he contratado para que produzcas la serie.

—Qué mona. Pero una vez que has firmado ese contrato, te conviertes oficialmente en mi empleada. Eres el equivalente a una actriz, Rose.

«Ni hablar».

—Puedo echarte, pero tú no puedes despedirme a mí. Eso no me convierte en tu empleada, Scott. Me convierte en tu jefa.

Espero que se retire de esta batalla, ya que está perdiendo, pero niega con la cabeza, como si la equivocada fuese yo. Estoy convencida de que tengo razón… ¿No?

—Mi productora es la propietaria única de cualquier cosa que las hermanas Calloway filmen en televisión. Si me despides, necesitas una causa procedente y no podrás trabajar con otro productor. Soy tu única oportunidad de tener un reality show, Rose.

Me acuerdo de esa cláusula, pero no se me había ocurrido que pudiera ser un problema. Había dado por hecho que vería a Scott un par de veces durante todo el rodaje, pero sus primeras palabras cuando ha entrado en la sala de reuniones han sido las siguientes: «A partir de ahora nos veremos las caras muy a menudo». Estupendo.

Me sube el calor al rostro. Tengo que rendirme. Ha ganado. No sé cómo, pero ha ganado. Lo odio.

—Bueno, ahora que están las cosas claras… —continúa, mientras se pone recto y se acerca un poco a mí. Sus rodillas casi chocan con las mías. Me pongo rígida—. Tenemos que repasar algunos de los detalles del contrato, no sea que los hayas entendido mal.

—No entiendo mal las cosas.

—Es evidente que hay una parte de tu cerebro que no estabas utilizando, porque, si no, te habrías dado cuenta de que eres tú quien trabaja para mí y no habríamos desperdiciado… —se mira el reloj— cinco minutos de mi tiempo. —Me dedica una sonrisa sardónica, como si fuese una niña pequeña.

—No soy idiota —replico—. Me gradué la primera de mi clase con honores y…

—Tu título me importa un pimiento —me corta—. Ahora estás en el mundo real, Rose Calloway. Ninguna universidad te va a enseñar cómo moverte en esta industria.

Surgen las dudas. No sé mucho sobre telerrealidad, pero llevo el tiempo suficiente metida en los medios de comunicación para saber que puede ayudarte tanto como destruirte.

Y necesito que me ayude.

Comprendo muy bien por qué esta cadena tiene interés en las hijas de Fizzle. La marca de mi padre ha superado a Pepsi en ventas los últimos dos años, y ahora está trabajando para que Fizzle sea el refresco más vendido en los estados del sur. Deberíamos ser tan anónimos como el rostro que se esconde detrás de Coca-Cola, pero, desde que mi familia saltó a la fama, los medios no nos dejan en paz, y todo por el escándalo de mi hermana pequeña.

Con toda la cobertura de la prensa y los medios, el crecimiento de mi marca debería haberse disparado, pero ahora el nombre de Calloway Couture está unido a los sucios secretitos de Lily. Lo que una vez fue una marca floreciente comercializada en H&M ha acabado desahuciada en un montón de cajas, que ahora están almacenadas en mi oficina de Nueva York.

Necesito buena publicidad, de la clase que hará que las mujeres deseen un abrigo único, un par de botas originales y un bolso chic, pero al alcance de sus bolsillos. Y Scott Van Wright me ofrece un reality show en horario de máxima audiencia que tentará a los espectadores a comprar mis prendas.

Por eso he accedido a esto.

Quiero salvar mi sueño.

—Habrá cámaras en tu salón y en tu cocina en todo momento, incluso después de que las tres personas del equipo de grabación se marchen —dice Scott—. Solo tendrás privacidad en el dormitorio y en el baño.

—Eso lo recuerdo.

—Bien. —Scott aprieta el botón del bolígrafo—. Entonces tal vez también recuerdes que espero entrevistas con el elenco cada semana, lo que te incluye a ti, a tus tres hermanas…

—Tres no —lo interrumpo—. Solo Lily y Daisy han accedido a salir en la serie. —Mi hermana mayor, Poppy, no ha firmado el contrato porque no quería que grabaran a su hija. Mi sobrinita ya ha sufrido bastante a los paparazzi desde el escándalo de Lily.

—Está bien, habría sido un aburrimiento de todos modos. —Lo fulmino con la mirada—. Solo estoy siendo sincero.

—Estoy acostumbrada a la sinceridad sin filtros —replico—. Pero la tuya me resulta desagradable.

Me mira de una forma nueva, como si mis palabras llevaran consigo una nube de feromonas tóxicas. No lo comprendo. Estoy siendo muy mala. Lo estoy mirando como si quisiera arrancarle el pene y, aun así, se siente atraído por mí. Tiene un problema grave.

Y puede que mi novio también.

Cualquier chico que quiera estar conmigo, en realidad. Ni yo estoy segura de querer estar conmigo misma.

—Como iba diciendo… —Me roza la rodilla con la suya.

Me echo hacia atrás, pero él se limita a sonreír más. Esto no es el juego del gato y el ratón, como él se cree. Yo no soy ningún ratón, y él no es ningún gato. Ni a la inversa. Soy un puto tiburón y él no es más que un triste humano que se baña en mi océano.

Y mi novio pertenece a la misma especie que yo.

—Continúa —le espeto.

—Te entrevistaré a ti, a tus dos hermanas, al novio de Lily y a su hermano. —6 personas + 6 meses + 3 cámaras + 1 reality show = drama infinito. He hecho los cálculos.

Aunque será Scott quien haga las entrevistas… Vomito para mis adentros.

—Te olvidas de mi novio —le recuerdo—. Él también es parte del programa.

—Ah, claro.

—No hagas como que te has olvidado, Scott. Acabas de decir que practicabas la sinceridad y ahora… Bueno, estás quedando como un mentiroso.

Finge no haberme oído.

—Cada episodio se emitirá una semana después del rodaje. El estreno será en febrero, pero empezaremos a grabar cuanto antes. Como te dije por teléfono, vamos a intentar que este reality show sea tan en tiempo real como sea posible. Hace seis meses que saltó la noticia de que tu hermana es adicta al sexo. Tenemos que beneficiarnos del interés lo antes posible.

—Sí, tú y cualquiera que tenga una cámara —contesto.

Siempre hay al menos dos hombres regordetes aparcados frente a las puertas de mi casa, que nos apuntan con sus objetivos. Lily suele bromear sobre ello. Dice que deben de estar esperando a que ella salga a hacerles una mamada. Me haría más gracia si no viese los correos electrónicos que le mandan un montón de pervertidos, la mayoría junto a fotos de sus genitales peludos. Tiene un club de fanes repugnante. Ahora siempre reviso las cartas antes de dárselas.

—Y, por último —añade Scott—, no tendrás ningún control sobre el montaje. El corte final lo decido yo.

Tengo tanto poder sobre el reality show como sobre las instantáneas de los paparazzi. Puedo intentar comportarme como un angelito amable y dócil ante las cámaras y Lily puede intentar ser una santa virginal, pero, en última instancia, las cámaras nos descubrirán tal como somos. Con defectos y con todo. No hay forma de forzar algo diferente. Es la condición a la que accedieron mis amigos y mis hermanas.

«Para hacer el reality show, no podemos fingir ser otras personas».

Aunque yo jamás les pediría algo así.

Nos la estamos jugando. Es posible que la gente nos odie; a Lily ya la llaman puta en los blogs de cotilleo. Pero, si la pequeña posibilidad de que la gente llegue a amarnos funciona, tal vez consiga salvar mi empresa. Solo necesito buena publicidad para que alguna tienda tenga razones para volver a vender mi colección.

Y quizá así Fizzle no sufra demasiado por las indecencias de Lily. Quizá la empresa de refrescos de mi padre consiga que sus acciones suban en lugar de bajar.

Esa es mi esperanza.

—¿Te parece bien? —quiere saber Scott.

—No sé para qué me lo preguntas. Ya he firmado el contrato. Tiene que parecerme bien; de lo contrario me llevarás a juicio.

Suelta una breve carcajada y me hace un repaso por tercera vez.

—Tu novio no debe de saber qué hacer contigo.

—Eso lo dices porque no lo conoces.

—He hablado con él. Parece maleable. —Da unos golpecitos con el boli—. Creo que, si le pidiera que se arrodillara y me la chupara, lo haría.

Arrugo la nariz. Estoy que echo chispas.

—Piensa lo que quieras. —Me pongo de pie—. Cuando te clave una puñalada en el pecho, yo estaré sonriente a su lado.

Scott sonríe. ¡Sonríe!

—Acepto el reto.

Estos capullos intelectuales…

Lo más gracioso es que estoy saliendo con uno.

Y eso significa que, si estoy en medio de esta estúpida pelea de gallos, es porque tengo parte de culpa.

Sabía que tendría que haber bajado mis expectativas y salir con un tipo que fuese por ahí con un monopatín y la camiseta del revés. Hago una mueca. Es broma. Me quedo con mi novio trajeado. Me quedo con el alto coeficiente intelectual y las réplicas ingeniosas. Solo espero que las ganas que Scott tiene de incomodarlo no interfieran con el reality show.

Pero, si de algo estoy segura, es de que a mi novio le encanta ganar.

Y odia perder.

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Al llegar al porche, busco las llaves en el bolso mientras hago malabarismos con una caja de facturas viejas, el teléfono y una bolsa de plástico con ensalada y pollo primavera preparados que llevo colgada del brazo. Me esfuerzo por mantener el equilibrio, tambaleándome sobre mis botines de tacón de diez centímetros.

Vivo en una ciudad de estudiantes: Princeton, Nueva Jersey. Mi casa de estilo colonial, con sus portones y sus persianas negras, cuenta con grandes extensiones de prados verdes y flores de invierno. Sin embargo, ahora mismo no puedo regodearme en la atmósfera serena que me rodea.

Un objetivo brilla a mi izquierda. Me están grabando. El cámara, que es alto y desgarbado, tendrá más o menos mi edad. Durante los últimos dos días, Ben ha hablado tanto como sus dos compañeros, lo que no es mucho. Se limitan a filmarnos.

Su sola presencia basta para desestabilizarme un poco y…

Y la salsa roja se sale de la bolsa de plástico blanco. Mi abrigo se libra, pero acaba aterrizando en mi mono. Me muevo consternada, intentando mantener un mínimo de gracia, pero se me empieza a caer la caja de facturas.

Y entonces, de repente, alguien me la quita de los brazos y me quedo en esa posición encorvada tan torpe, para evitar la bolsa de plástico que gotea como si fuese la fuente de la peste bubónica.

Miro hacia atrás y mi mirada se cruza con la de Connor. Contemplo sus rasgos con rapidez: pelo castaño, grueso y ondulado, piel blanca, labios rosados, penetrantes ojos azules y una sonrisa petulante que, no sé cómo, pero nunca lo mete en líos. Luce su seguridad en sí mismo como si fuese su traje más caro, con dignidad y grandes dosis de encanto. Me entran ganas de medirme con él de inmediato, de combatir sonrisa con sonrisa, gesto con gesto, palabra con palabra. Sin embargo, ahora mismo, su expresión no aligera mi desgracia.

No obstante, me siento muy agradecida por que haya evitado que mis facturas terminen desperdigadas por el porche. Mi margen de beneficios es una vergüenza, así que prefiero que Connor no vea los números.

—¿Vas a hacer un casting para interpretar a Quasimodo? —bromea.

Le dedico una sonrisa irónica.

—Muy gracioso.

—Dame eso. —Me hace un gesto para que le pase la comida.

—Puedo yo —contesto—. El daño ya está hecho. —Tendré que dejar el mono en remojo durante más de una hora para que se le vayan las manchas.

De todos modos, él se inclina y abre la puerta con su llave. No sé por qué, pero me excita. Quizá sea el simple hecho de que tenga una llave, de que viva conmigo. Todavía no me puedo creer que hayamos dado ese paso en nuestra relación, sobre todo porque todavía no he logrado a Connor Cobalt del todo, y eso que hace más de un año que salimos juntos.

No conozco a nadie que sea más difícil de entender, y es porque él lo quiere así.

Pero jamás lo reconocería delante de Scott Van Wright.

Debería alegrarme de que mi novio me haya echado una mano, pero lo que acaba de ocurrir me ha estropeado el día y me hace sentir un desastre, como si llevara el pelo despeinado, el pintalabios corrido y el vestido torcido… En fin, lo que llevo puesto está manchado, así que no voy tan desencaminada. Y, de repente, me quedo boquiabierta sin poder hacer nada por evitarlo.

—Eso se te da muy bien. —Él enarca una ceja; sabe perfectamente a qué me refiero.

—¿El qué? ¿Meter mi llave en una cerradura? —Me coloca una mano sobre la curva de la cadera.

—No he dicho nada de ninguna cerradura —replico.

—No, pero creo que ibas a hacer un comentario sobre tu cerradura y mi llave…

—Si estás intentando ponerme nerviosa con comentarios sexuales, que sepas que no va a funcionar.

—No lo pensaba, teniendo en cuenta que eres tú la que ha empezado a hablar de agujeros. —Es como si pudiera leerme la mente. Pensamos igual en demasiadas ocasiones—. Pasas mucho tiempo con tu hermana —añade con una sonrisa.

Supongo que tiene razón. Lily no habría tardado ni cinco segundos en hacer ese comentario. Llaves, cerraduras… Sexo. Su mente suele dirigirse siempre hacia el sexo. Me gustaría decir que a la mía no le pasa nunca, pero soy humana.

Miro al objetivo y Ben niega con la cabeza, como diciendo: «No mires a cámara». Pero nuestra conversación no me avergüenza. Solo estoy intentando acostumbrarme a la presencia de terceros, de gente que deambula por aquí como una carabina en una cita.

—La puerta está abierta —anuncia Connor.

Así es. Le paso mi bolso y mi teléfono y luego sacrifico mi mano para tapar el agujero de la bolsa de plástico y así contener la salsa derramada en la mano, lo que evita, por suerte, que deje un reguero rojo sobre el parquet.

Entro en la cocina de casa, donde me encuentro con el segundo cámara, Brett, que es bajito, achaparrado y un poco regordete, el polo opuesto de Ben. Está filmando con los ojos muy abiertos y su steadicam enganchada al pecho, igual que la lleva su compañero.

Tardo dos segundos en descubrir el porqué de su expresión sorprendida. Loren tiene a mi hermana arrinconada contra un armario y se apretuja contra ella con tanta fuerza que es imposible que pase aire entre ellos. Se besan profunda y apasionadamente, como si nadie más viviera en el mismo universo que ellos.

Las manos de él desaparecen bajo la blusa de ella; es evidente que le está manoseando los pechos. Pero entonces saca una mano. «Gracias a Dios —pienso, pero a continuación él se pone una pierna de mi hermana alrededor de la cintura—. No cantemos victoria».

Lily ahoga un grito y le acaricia el pelo castaño, más largo en la parte superior que a los lados. Mi hermana es más menuda que yo y tiene el pelo más claro. A mí me han tocado el culo y las tetas más grandes y las caderas más anchas. A ella le ha tocado ser la delgada.

Connor carraspea y Lily se despega de Loren (o Lo, según de qué humor esté; suelo ir cambiando entre los dos. Él prefiere el diminutivo, pero la verdad es que no me importa).

Lily se sonroja.

—¿Os estamos molestando? —pregunta Connor de forma despreocupada mientras deja mis cosas sobre la barra de la cocina.

Lo levanta las cejas y se seca la boca.

—Pues sí.

—No seas grosero, Loren —le espeto mientras dejo la bolsa en el fregadero. Lily intenta esconderse detrás de sus propias manos. Connor y yo nos sentimos más cómodos en este tipo de situaciones.

—¿Grosero, yo? —repone Loren con una carcajada—. La semana pasada me dijiste que si alguna vez me veías con la polla dura me la machacarías contra el marco de la puerta.

Connor le hace un gesto con la cabeza.

—En defensa de Rose, la única persona que quiere ver tu polla dura es Lily.

—Pues anoche no decías eso —bromea Loren.

Connor sonríe.

—Calla, que quede entre los dos, amor mío.

Lo fulmino con la mirada.

—Estás pidiendo a gritos dormir en el suelo. —La amistad entre ellos dos, aunque sea divertida, es a costa mía.

Connor se acerca a mí e inclina la cabeza para susurrarme al oído. Su mirada es poderosa.

—Como quieras, ya te convenceré luego para que me dejes volver a tu cama.

Tiene una voz profunda y sexual; no sé qué emana de ella, pero me corta la respiración. Estoy a punto de responder, pero Lo le hace cosquillas a Lily en las caderas y ella suelta un gritito. La escena me distrae, y el momento que estaba viviendo con Connor se interrumpe.

Loren es un alcohólico en recuperación y Lily está intentando superar su adicción al sexo. En este momento, se hacen bien el uno al otro, pero no pueden vivir solos, porque fue el aislamiento lo que exacerbó sus adicciones… Así que están aquí. Con nosotros.

Y es todo tan incómodo como parece.

Pensaba que, con las cámaras por aquí, serían más discretos, pero ha sucedido lo contrario. Loren ha llevado las muestras de afecto en público a niveles desconocidos.

Algunos periódicos sensacionalistas creen que él y Lily solo están comprometidos para limpiar la imagen manchada de mi hermana, la adicta al sexo, así que ahora a Loren le ha dado por meterle la lengua hasta la campanilla delante de la cámara, como si fuera un modo de mandar al mundo a tomar viento por dudar de su amor. Aunque, llegados a este punto, lo que piense el público le da igual.

Pero a mí no.

Por eso están las cámaras aquí.

Antes de que Lily se libere por completo del abrazo de Loren, él la atrae de nuevo hacia su pecho y le muerde un hombro con aire juguetón. Ella se resiste un poco con una sonrisa bobalicona y le da un cachete en el brazo. Sus mordisquitos no tardan en convertirse en besos.

Y las dos cámaras se apartan de mí y hacen zum sobre ellos.

La verdad es que me parece estupendo. Lily va vestida de Calloway Couture y es posible que a los espectadores les guste el atuendo: es una falda de encaje de color ciruela con una blusa de un tono champán (que lleva fuera de la falda porque su novio tiene las manos muy largas). Normalmente, viste con leggins y con una de las camisetas anchas de Loren, sin ponerse ni siquiera un sujetador, así que parece un poco incómoda con ese atuendo. Pero sé que está intentando arreglar las cosas con todas sus fuerzas.

Abro el grifo con un golpe de muñeca y Loren aparta la mirada de Lily para ver cómo me lavo para eliminar la salsa roja de las manos.

—¿A quién le has arrancado el corazón esta vez?

«A Scott Van Wright». Ojalá.

—A Connor —contesto—, pero me ha parado antes de que llegara demasiado lejos.

Connor sonríe.

—Es rápida con las manos, pero yo lo soy más.

Entorno los ojos. Ya le gustaría.

—¿Cuándo viene la vidente? —pregunta Lily de pronto.

Se peina el pelo con los dedos con cierta ansiedad y se mueve de un lado a otro, como si no se sintiera a gusto en su propio cuerpo. Loren la abraza desde detrás por la cintura y apoya la barbilla en su hombro y ella se relaja de inmediato.

La presencia de Loren le resulta tranquilizadora, es como si la iluminara. Si no lo tuviera a él, imagino que estaría tirada en alguna esquina, acostándose con cualquier tío para satisfacer sus compulsiones sexuales. No se lo doy a entender, pero me siento agradecida de que él esté aquí, ayudándola.

—No tardará en llegar. —Me pongo más jabón en las manos y me froto por debajo de las uñas.

Connor se apoya en la encimera, a mi lado.

—Una vidente en una cena —comenta—. Lo próximo será tirar sal al lado de las puertas y dibujar círculos espirituales.

—Son un par de horas —le recuerdo—. Y para disfrutar de una lectura de cartas no hace falta creer en ello.

Me mira con tanta intensidad que el corazón empieza a latirme desbocado. Le recorro los labios con la mirada para luego concentrarme de nuevo en sus ojos.

—No —responde al cabo de un largo momento—. Solo tengo que escuchar cómo una bruja saca nuestros trapos sucios…

Me echo más jabón en la palma de la mano.

—Eso no pasará.

—Puedo adivinar el futuro mejor que cualquiera que entre por esa puerta… Te apuesto mil dólares a que esa tipa hará llorar a alguien.

—Vale —accedo—. Si quieres perder mil dólares, acepto la apuesta.

¿Quién se va a echar a llorar? Los chicos no, yo tampoco… Eso deja a Lily y a Daisy, y no me imagino a mi hermana pequeña derramando una sola lágrima. Lily es imprevisible, sí, pero apostaría por su fortaleza.

—Oh, ¡vamos! —interviene Loren, que todavía tiene a Lily entre sus brazos—. ¡Vaya mierda de apuesta! Tenéis que jugaros algo de verdad.

—Mil dólares es mucho dinero —dice Connor.

—¿Para quién? Eres el heredero de una empresa multimillonaria, y Rose también. Vuestros padres cagan oro.

—Qué asco —contesto de forma inexpresiva.

—Un bailecito erótico. En plan bailarina de estriptís —sugiere Loren de repente—. Si Rose pierde, le hace un baile erótico a Connor de cinco minutos.

Noto una presión en el pecho. Fulmino a Loren con la mirada con tanto ahínco que siento como si me estuviesen serrando los ojos.

—No tienes por qué hacerlo —repone Connor mientras me observa intentando respirar.

Yo no soy mi hermana.

En los asuntos íntimos, soy una gallina. No tengo problema en reconocerlo. Si veo un par de brazos abiertos, lo más probable es que salga corriendo en la dirección contraria.

Y Loren es consciente de mis aprensiones. Parte de mí se pregunta si se sentirá mal por Connor, pues sabe que después de tanto tiempo todavía no me abro de piernas, aunque quizá solo esté intentando provocar mi reacción.

Reacción que todo el mundo está a punto de ver.

—¿No me ves capaz? —le pregunto a Connor. No sé si podría restregarme contra él. En público. Sin sentirme humillada. Soy una mujer segura de sí misma en todos los ámbitos, menos en ser sexy, ser buena en la cama, ser un as en el sexo. Creo ciegamente que el sexo no es algo que pueda estudiarse. No, tienes que aprender a base de experiencia.

Y yo no tengo ninguna.

Así pues, me da la sensación de que, cuando me acueste con Connor, nuestra relación cambiará. Que cualquier atracción que haya entre nosotros se apagará debido a mis torpes movimientos y mi incapacidad de complacerle.

Hasta ahora no me ha presionado para que tengamos relaciones, pero estoy esperando a que llegue el momento en el que me deje plantada, cuando por fin se canse de lo intensa que soy y de mi comportamiento obsesivo-compulsivo.

En fin, hasta yo quiero dejarme plantada a veces. Hasta mi terapeuta me odia. Me ha recetado alprazolam, paroxetina, fluvoxamina y clomipramina, medicamentos que he tomado y que luego he dejado. Cuando los tomo, me siento tan colocada como si fuera flotando por la vida o tan densa y pesada como si me estuviera hundiendo en un infierno mortal.

No soy una de esas chicas con las que te apetece acostarte cada semana. Soy la que quieres perseguir. La que atrapas y luego dejas ir. Así que, una vez que Connor se acueste conmigo, lo habrá conseguido. Habrá cumplido el reto más difícil de su vida: desvirgar a la virgen más virgen.

Lo sé de buena tinta. Así es como los hombres funcionan conmigo.

Pero yo nunca, jamás les dejo ganar.

Sin embargo, Connor se está acercando.

Me observa frotarme con fuerza la piel, con todo el cuerpo tenso e inmóvil, excepto por los enfurecidos movimientos de mis dedos.

—No le contestes —le advierte Loren—. Es una trampa.

Connor no despega sus ojos de los míos.

—Puedo con ella, Lo.

«Sí, y puede que sea el único». Se acerca a mí y cierra el grifo.

Yo lo vuelvo a abrir.

—No he terminado. —Todavía hay una fina capa de salsa bajo mis uñas.

—Los dos sabemos que no me vas a hacer ningún baile erótico, así que limitémonos a la apuesta de mil dólares. —Su voz es imperturbable. Si está decepcionado, jamás permitirá que me dé cuenta de ello.

Me siento tremendamente derrotada.

—Puedo hacerlo —replico.

—No estoy usando psicología inversa contigo, Rose. La verdad es que creo que no deberías hacer esa apuesta. —Vuelve a cerrar el grifo y cuando me dispongo a abrirlo de nuevo se pone delante de mí, tapándome el fregadero, y me envuelve las manos con una toalla—. Están limpias —me asegura.

Me miro el mono, que está manchado de salsa.

—Tengo que cambiarme.

—Bueno, entonces ¿al final veremos un baile erótico esta noche o no? —interviene Loren.

—Solo si pierdo —respondo.

Connor aprieta la mandíbula, la única señal que sé interpretar. Es evidente que no quiere que siga con esto, pero tampoco me gusta la forma en que me está mirando. Como si yo fuera un pajarillo asustado.

No estoy asustada. Todavía no.

—Y, si pierdes tú, ¿qué gano yo? —pregunto.

Connor contempla mis labios, igual que he hecho yo con él. Me acaricia el inferior con el pulgar y me pregunta:

—¿Qué quieres, cariño?

El corazón me late desbocado. Quiero ser fantástica en la cama. Quiero complacerle más de lo que me complace él. Quiero ganarle.

Pero sé que, en lo relativo al sexo, jamás le ganaré, así que contesto:

—Si pierdes, no tengo que hacerte el baile.

—¡Buuu! —nos abuchea Lily.

—Qué aburrido —coincide Loren.

Pero la única persona que importa dice:

—Hecho.

Connor ignora a mi hermana y a su novio y termina de secarme las manos. En ese momento me doy cuenta de lo irritada y roja que tengo la piel. A veces me dejo llevar sin percatarme de que…

—De todos modos, ¿de quién ha sido la idea de contratar a una pitonisa? —pregunta Loren.

—Lo ha organizado producción —le recuerdo. Tanto Brett como Ben me miran horrorizados tras escucharme pronunciar la palabra «producción». Ni que estuviéramos en directo. Esto no es Gran Hermano—. ¡Por favor! —protesto mirando a cámara—. Scott, si me oyes, borra esta parte. —Fulmino a Ben con la mirada—. Hale, ya está. Ahora no te azotará en el culo por portarte mal.

Y, como buenos cámaras, se quedan en silencio.

Loren observa a Brett, el bajito y regordete, durante unos segundos, hasta que por fin consigue que le preste atención… Y entonces recorre el cuello de Lily con la lengua con la mirada fija en el objetivo, como si quisiera seducir a los espectadores. Mi hermana casi se derrite bajo sus caricias; se le corta la respiración y se le transforma en un gemido audible. Loren esboza una sonrisa traviesa, sobre todo cuando Brett da un paso atrás, impactado.

Y entonces mete la lengua en la oreja de Lily.

Están jugando con los cámaras…

Y solo es el segundo día.

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Han cambiado muchas cosas desde mis diecinueve años. Y, sin embargo, todo sigue igual. Tengo a la chica, pero no del todo. Si hubiera sido tan fácil —tan aburrido—, no seguiría aquí. Si, además, metes a Scott Van Wright en nuestras vidas, una amenaza de alto nivel, no perder a Rose va a ser problemático. Pero pienso luchar con uñas y dientes.

Hasta ha cambiado el día para la fiesta «mágica» con la vidente tras alegar alguna trola sobre la falta de tiempo, pero está decidido a sacar el mayor provecho posible del reality show. Simplemente, todavía no he descubierto cómo piensa hacerlo.

Me aclaro el pelo castaño y ondulado; el agua me envuelve en su calor. Nunca había vivido con una chica. Nunca había compartido mi espacio con nadie, ni siquiera en el internado.

Lo que es mío siempre ha sido mío.

El estante de la ducha está lleno de perfumes caros. Comparto el cuarto de baño con Rose, y también el dormitorio. Hemos pasado tantos años enfrentados que no está del todo claro que en nuestro futuro vayamos a formar un equipo.

En la cama seguimos siendo rivales.

Subo la temperatura del agua; el vapor se concentra y me llena el pecho de gotitas de agua. Bajo la mano y me imagino a Rose como nunca la he visto. Desnuda. Llena de deseo. No me deja llegar a tanto.

Todavía.

Pongo las manos sobre sus rodillas flexionadas y la abro de piernas con un gesto rápido y duro. Ella da un respingo; el grito de placer se le queda atrapado en el pecho.

—Por favor… —gimotea.

En la ducha, me acaricio la polla, que se tensa con cada movimiento rítmico, endureciéndose ante las imágenes fugaces de mi fantasía. Su cuerpo reacciona; noto sus pechos y sus caderas exuberantes bajo mi fuerza. Ella me ataca con la misma intensidad, pero yo la vuelvo a empujar contra el colchón. Se le ilumina el rostro; es puro fuego.

La domino, le doy todo lo que sé que va a adorar.

Es lo bueno de ser tan jodidamente listo: la entiendo mejor de lo que se entiende a sí misma.

Tenso los músculos, subo y bajo la mano por mi miembro y un sonido se escapa involuntariamente de mis labios. Apoyo una mano en la pared de azulejos y acelero mis movimientos. ¡Sí, joder!

Y, justo cuando estoy a punto de correrme, la puerta del baño se abre.

Veo sus formas femeninas a través del cristal empañado; sé que ella puede ver mi figura con la misma facilidad. Una sonrisa se adueña de mis rasgos al verla volverse hacia la ducha con los brazos en jarras. Casi puedo sentir la ira caliente y desenfrenada que emana de su cuerpo.

«Ven aquí», pienso.

Se acerca a toda prisa a la ducha y abre la puerta de cristal.

No me detengo.

Está ahí, de pie, con los ojos encendidos ante la sola idea de que yo pueda correrme en la ducha. Nuestra ducha. Sin embargo, se queda en silencio; no baja la vista para ver mi erección ni abre la boca para regañarme. Una curiosidad silenciosa la ha dejado paralizada, y no dudaré en aprovecharme de ello.

La observo, recorriendo con la mirada la curva de su cuello, que asoma de su bata de seda negra. El pecho le sube y le baja, colmado de una atracción profunda y física, pero es demasiado insegura para hacer nada al respecto. Se queda plantada sobre la alfombra del baño; ni siquiera hace ademán de mirarme la mano, que sube y baja con habilidosa eficiencia. No quiere darme esa satisfacción. No piensa dejarme ganar.

Me agarro la polla con más fuerza y un grave gemido nace en mi garganta.

Ella inhala con brusquedad.

Vuelvo a sonreír. Aunque es una mujer muy segura de sí misma, altiva y descarada, todo eso desaparece cuando se trata de sexo. De follar. De afecto.

Y tal vez yo sea paciente, pero no pienso seguir poniéndoselo fácil, no ahora que Scott Van Wright ha entrado en la ecuación. Antes de mudarme con Rose, habría intentado apaciguarla. Habría dejado de masturbarme en cuanto hubiese abierto la puerta.

Pero ahora no pienso ser tan galante.

La observo de arriba abajo, hasta la curva de sus caderas, visible bajo la seda que le abraza la cintura. Recorro su cuerpo con mi mirada intensa y ella responde moviendo las piernas y flexionando las rodillas.

Tengo tanto efecto sobre ella como ella sobre mí.

Me froto más rápido y me estremezco al llegar al clímax.

Ella da un paso atrás, rígida, antes de que me dé tiempo a mirarla a los ojos, y enchufa el rizador de pelo junto al lavabo.

Controlo la respiración mientras sigo aguantando mi peso con la mano izquierda, que tengo apoyada en la pared. Dejo que mis pensamientos vuelvan a un lugar más lógico, menos hormonal. Llevo con Rose un año entero y me he pasado gran parte de él cascándomela.

Esperándola. Aunque eso no es lo más duro. Lo más duro es saber qué es lo mejor para ella y ver que se lo niega por testarudez.

Abro la puerta de la ducha. Ella le pone el tapón a la pasta de dientes y la vuelve a dejar en el armario meticulosamente ordenado. Tiene el cuerpo tenso y encendido; es muy probable que más tarde decida entregarse al autoplacer para aliviar las palpitaciones que siente entre las piernas.

Me mira una vez, pero aparta la vista de inmediato.

—Tenemos toallas, Richard. —Señala el estante con su manicura perfecta—. De buen tejido. Suaves. Dan ganas de usarlas. ¿No quieres probar una?

Las comisuras de mi boca se curvan hacia arriba.

—Solo es una polla, Rose —le digo—. Si la tuvieras dentro, la disfrutarías.

Pone los ojos en blanco en un gesto teatral, pero se sonroja.

Tiene miedo de perder su poder. Somos iguales en muchos aspectos, pero, cuando se trata de sexo, yo soy un dios al lado de una mortal. Y eso la vuelve loca. Aunque no es que haya estado del todo cuerda alguna vez.

Me acerco a ella con aire despreocupado.

—Así que en Princeton aprendiste filosofía, política, francés, economía y moda, pero es evidente que no se te daban bien las ciencias del dormitorio. Te habría ido mejor en Penn.

Me fulmina con la mirada.

—¿Por qué? ¿Porque tu universidad estaba llena de salidos?

Me pongo tras ella, y me dirige una mirada interrogante a través del espejo. Acercarme a Rose Calloway es como aproximarse a un tigre dormido. Siempre corres el riesgo de que te muerda.

—No —susurro apartándole la bata de la nuca para dejar más expuesto su cuello—. Porque estaba yo. —Presiono suavemente los labios contra su piel.

Y todo su cuerpo empieza a temblar. Cuando mi mano desciende hacia el lazo de su bata, se da la vuelta de golpe y me pone las manos sobre el pecho. Normalmente, retrocedería, pero esta vez me resisto. Me quedo donde estoy y no cedo a sus demandas. Levanto las manos y me las pongo a la espalda, para demostrarle que no voy a tocarla más, pero si quiere rizarse el pelo tendrá que hacerlo conmigo pegado a ella… Y desnudo.

—Apártate.

—Si de verdad creyera que es lo que quieres, lo haría.

—Es lo que quiero. —Sin embargo, hay un destello de curiosidad en el verde amarillento de sus ojos, y echa un vistazo a mi polla por primera vez.

Se muestra seria, casi imperturbable, pero las comisuras de la boca la traicionan, pues se elevan en una sombra de sonrisa. Cuando vuelve a mirarme a los ojos, ladeo la cabeza con una sonrisa de satisfacción, de esas que tanto la provocan.

Ella levanta un dedo a modo de advertencia.

—No te atrevas a preguntarme si me gusta lo que veo. Romperé contigo aquí mismo si te atreves a pronunciar esas palabras tan estúpidas.

Esbozo una sonrisa aún más ancha, casi una carcajada, y contesto:

—No tengo que preguntártelo, Rose. Ya sé que te gusta.

Me da un empujoncito en el pecho mientras intenta no devolverme la sonrisa.

—¿Por qué estoy contigo? Eres engreído, arrogante…

—Narcisista —agrego—, atractivo, adorable, brillante…

—No te estaba invitando a enumerar alabanzas hacia ti mismo.

—¿No? Perdona, pensaba que estábamos haciendo una lista de mis mejores cualidades. —Vuelve a bajar la vista—. Sí, mi polla es una de ellas, sin duda.

Rose se cruza de brazos y la bata se le desliza un poco por el pecho, revelando la parte superior. Siento calor al ver su piel suave; el pezón casi asoma bajo la tela negra.

—Guárdala —me ordena.

—Si estás conmigo es porque no puedes pisotearme como un felpudo —le recuerdo—. Si quieres un hombre así, deberías haber elegido a Lewis Jacobson.

Finge una arcada.

—Por Dios, ni lo nombres. Le miraba el culo a todas las chicas cuando corría por el campo. —Jugaba como base en el equipo de Princeton; era el tipo de chico al que le habría encantado que Rose lo controlara.

—Recuerda que no me voy a doblegar a tu voluntad.

—Pero ¿esperas que yo me doblegue a la tuya? —me espeta.

—Y aquí llegamos a nuestro enésimo impasse. —Me paso una mano por el pelo mojado para peinar los mechones hacia atrás; ella me observa y coge aire—. Dos cocineros en una única cocina.

—Dos dominantes y ningún sumiso —añade.

Niego con la cabeza e intento rebajar mi sonrisa, que la está llevando al límite, y no en el buen sentido. Parece tener ganas de abofetearme.

—No —contesto.

Ella se queda boquiabierta.

—¿Cómo que no? ¡Mi metáfora era tan válida como la tuya!

Ella todavía no lo sabe, pero no es ni por asomo igual de dominante en la cama. Esa es la razón por la que tiene pisado el freno. Tiene tanto control sobre su vida que está convencida de que cuando monte a un hombre sucederá lo mismo, pero, si de verdad lo deseara, se sentiría atraída por un tipo de hombre muy distinto a mí y ya habría perdido la virginidad. Ya se lo habría follado hasta hartarse.

—Me parece que los dos sabemos que aquí solo hay un dominante.

Me fulmina con la mirada.

—Retíralo, Richard.

Quiero hacer que se sienta tan segura de sí misma y tan fuerte dentro del dormitorio como fuera. Y Scott Van Wright no me robará ese propósito, por mucho que lo intente.

—¿Que retire la verdad? —Frunzo el ceño—. Eso me convertiría en un mentiroso, y sé lo mucho que odias a los mentirosos, cariño.

Doy un paso hacia ella, aunque todavía tengo las manos tras la espalda. Ella se agarra de la encimera que tiene detrás y alarga un brazo para coger una toalla, que luego me empuja contra el pecho.

Pero todavía no he perdido.

Me la pongo alrededor de la cintura, pero de forma que ella pueda seguir viendo mis músculos definidos. Saco tiempo para ir al gimnasio con Loren y con su hermanastro, aunque siempre he estado en forma. Crecí con el deseo de alcanzar la máxima perfección, tanto física como mental. Es un objetivo inalcanzable, pero es el que me he marcado. El que busco.

La gente tiene la esperanza de tocar el cielo.

Yo sueño con besarlo.

Rose da media vuelta y empieza a peinarse con el rizador, creando ondas poco definidas. Asustaría casi a cualquier hombre, así, con un arma ardiendo en la mano. La observo a través del espejo y la polla empieza a palpitarme.

Respira con dificultad mientras intenta no prestarme atención, pero le cuesta. Mido más de un metro noventa; la sobrepaso, con mucho, en altura. Ella es pequeña y femenina; podría envolverla por completo.

Traga saliva y dice:

—¿Crees que Lily y Loren están teniendo más relaciones que de costumbre?

Cada vez que sale el tema de la vida sexual de Lily y Lo, se cierra la puerta a hablar sobre la nuestra. Es una treta, una simple distracción, pero lo cierto es que a Rose le preocupa de verdad la recuperación de su hermana. Le importa. Y a mí también, pero para mí Rose siempre será mi prioridad número uno.

—Se tocan más que de costumbre —contesto—, pero creo que lo hacen sobre todo por las cámaras.

—Como siga provocándola así, va a conseguir que ella tenga una regresión… Después de todos los progresos que ha hecho.

—Tienes que confiar en él.

Se estremece ante la idea de tener fe en Loren Hale. Solo se toleran el uno al otro por el bien de Lily. Estoy en una posición difícil, porque Lo se ha convertido en un amigo de verdad para mí.

—Necesito un favor —dice de repente.

—Favores, ¿eh? —musito con una sonrisa—. Te costará caro.

—Ya sabía yo que ser tu novia no me traería muchos beneficios. Todavía te debo cosas.

—Tienes un montón de beneficios —respondo—, simplemente, te niegas a disfrutar de ellos. —Me aproximo más a ella, pongo una mano en la encimera y le acerco la boca al cuello. Ella se pone tensa cuando con la otra mano la cojo de la cadera—. ¿Qué favor necesitas? —pregunto, deslizando la palma bajo su bata.

—Te voy a quemar —me advierte, aunque no a modo de amenaza. Hay miedo en su voz. Desenchufa el rizador y lo deja a un lado.

Le muerdo una oreja y susurro:

—Respira.

Exhala a duras penas.

—Necesito que tengas «la charla» con Lo.

Apoyo la barbilla en su hombro unos segundos. Mantengo una expresión autocomplaciente y compuesta, la que llevo conmigo a lo largo del día, la que Rose define como «falsa».

—Me parece que es un poco tarde para eso, Rose.

Me fulmina con la mirada; todo su cuerpo responde a la emoción. Entorna los ojos, cierra las piernas y echa los hombros atrás, forzándome a ponerme recto.

Casi se me pone dura.

—No seas condescendiente conmigo —replica—. Loren va a dejar a mi hermana embarazada sin querer. Es impulsivo y no tiene cuidado. Así que haz lo que mejor se te da e incúlcale algo de sentido común.

—Me parece que esa conversación será tan tranquila como un huracán. —La cojo de la cintura y le doy la vuelta, de modo que queda apoyada en la encimera, de cara a mí—. Así que te va a costar caro.

—Pagaré lo que haga falta.

Mis labios se curvan poco a poco.

—¿Segura?

—Sí. —Sin embargo, sus ojos dicen otra cosa, y mi sonrisa se esfuma. Está asustada, asustada de verdad.

—Estás a salvo conmigo, Rose, lo sabes, ¿verdad? —le pregunto—. Yo nunca te haré daño. —Siempre la he tratado como si fuera una extensión de mí mismo.

El lado más hostil y tórrido.

Es la razón por la que me he ido haciendo tan posesivo con ella a lo largo de los años, incluso cuando no estábamos juntos.

—Lo sé —responde relajando los hombros.

—Entonces hablaré con Lo.

—¿Y qué tendré que hacer yo por ti? —pregunta demasiado testaruda para echarse atrás, aunque lo desconocido la asuste.

—Deja de pensar por un minuto.

—¿Qué…?

La beso moviendo los labios con suavidad mientras le acaricio el delicado rostro con una mano. El aliento se le atora en la garganta; su cuerpo se arquea para encontrarse con el mío. Se alza y se agarra de mis brazos musculosos, aunque su inquietud sigue sobre sus labios vacilantes.

Me separo.

—Deja de pensar —le digo mientras bajo una mano hacia su culo. La empujo contra mí y encajo su pelvis con la mía. La bata se le desliza por las piernas y revela la desnudez de sus muslos.

Un gemido escapa de sus labios. La apretujo contra la encimera; la toalla es lo único que separa mi polla de su cuerpo. Conmigo, le cuesta hacerse con el control. Echa la cabeza hacia atrás, excitada, y se coge de mis brazos con desesperación mientras me clava los dedos en los bíceps. No obstante, no parece saber qué hacer con las piernas; una quiere enrollarse a mi cintura, la otra está medio levantada del suelo debido a la fuerza de mi cuerpo.

Levanto su pierna izquierda, me la pongo al lado y la estiro, y ella exhala de forma temblorosa.

—Espera, espera… —empieza a decir poniéndome las manos en el pecho. Está ruborizada y tiene la piel caliente, pero de nuevo vuelve a ser una rehén de sus propios pensamientos.

—Rose… —la regaño y bajo su pierna al suelo.

Apoya los codos en la encimera. Su mirada está llena de confusión.

«Te estaba gustando. Está bien que te guste, Rose», pienso. Vuelvo a llevar la mano a su mandíbula y le acaricio la mejilla. Mientras tanto, ella intenta asimilar lo que ha sucedido: mis movimientos dominantes la han vencido, la han derretido.

Le acaricio el labio inferior con el pulgar.

—Je suis passionné de toi —le confieso. «Siento pasión por ti».

Exhala con fuerza; me comprende bien.

Le meto el pulgar en la boca y ella emite un fuerte sonido. Se sonroja al oírse. Sin sacar el pulgar, le doy un beso en el cuello y luego lamo los puntos más sensibles, subiendo hacia su mejilla.

Puede librarse de mí cuando quiera.

Pero, para mi sorpresa, cierra los labios sobre mi pulgar. No lo succiona, no lo lame, no creo que sepa qué hacer, pero la adoro todavía más por intentarlo. La ayudo reemplazando mi mano por mis labios, por mi lengua; intento hacer que se deje llevar.

Ahora se mueve con más seguridad. Enreda las manos en mi pelo, lo estira, lo acaricia. Su espalda vuelve a arquearse, su cuerpo se encuentra de nuevo con el mío. «Así, Rose, ya te tengo. Conmigo estás a salvo».

Al cabo de un minuto, todo desaparece: vuelve a quedarse atrapada en sus pensamientos, los besos se acortan, sus labios se cierran y se aparta.

Ha sido un momento breve y fugaz; he estado a punto de poseerla, desnuda y vulnerable. Pero, si puedo meterle el pulgar en la boca sin que me lo arranque de un mordisco, que esté completamente dentro de ella es solo cuestión de tiempo.