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Me despierto. Mi camiseta está arrugada sobre una moqueta mullida; mis pantalones cortos, tirados encima de una cómoda. Y creo que la ropa interior la he perdido para siempre. Estará entre las sábanas o tal vez cerca de la puerta. No me acuerdo de cuándo me la quité ni de qué estaba haciendo. Quizá me desvistiera él.
Cuando echo un vistazo al bello durmiente, me arde el cuello. El chico tiene el pelo dorado y una cicatriz en el hueso de la cadera. Rueda un poco entre las sábanas, poniéndose de cara a mí. Me quedo quieta, pero no abre los ojos: se agarra a la almohada, adormilado, casi besando la tela blanca. Exhala con la boca abierta, casi roncando, y el fuerte hedor a alcohol y a pizza con pepperoni flota directo hacia mí.
Qué bien los elijo.
Me levanto de la cama con sigilo y maestría y recorro la habitación de puntillas, a la caza de mis shorts negros. Renuncio a la ropa interior: otras bragas desaparecidas tras un encuentro con un chico sin nombre. Cuando recojo del suelo mi camiseta gris rota, prácticamente hecha jirones, la imagen borrosa de la noche de ayer empieza a aclararse. Crucé el umbral de su cuarto y me arranqué la ropa literalmente, como si fuese el increíble Hulk. No sé ni si fui sexy. Me estremezco. Aunque supongo que lo fui lo bastante para que se acostara conmigo.
Estoy desesperada, pero por fin encuentro una camiseta sin mangas descolorida en el suelo. Me la pongo y me saco por fuera la melena castaña que me llega hasta los hombros, que está grasienta y enredada. Entonces atisbo mi gorro de punto. ¡Bingo! Me lo encasqueto y salgo pitando de esta habitación.
El pasillo está lleno de latas de cerveza vacías y hasta me tropiezo con una botella de Jack Daniel’s llena de espuma negra y lo que parecen caramelos. La puerta que hay a mi izquierda está decorada con un collage de universitarias borrachas. Por suerte, no es la del cuarto del que acabo de salir. Al menos, conseguí esquivar a ese salido de la Kappa Phi Delta y dar con un tipo que no presume de conquistas.
Quién me mandaba a mí… Después de mi última experiencia en Alfa Omega Zeta, me juré que no me volvería a acercar a una fraternidad. La noche que llegué a la calle donde están todas sus mansiones, en AOZ celebraban una fiesta temática. Yo, sin saberlo, crucé el umbral del edificio de cuatro plantas y fui recibida con cubos de agua y tíos que coreaban que me quitase el sujetador, como si fuera una especie de Spring Break venido a menos. Y eso que no tengo mucho para enseñar, al menos en la parte de arriba. Antes de convulsionar de vergüenza, me agaché por debajo de los brazos, me escurrí entre los torsos y me fui en busca del placer en otros sitios y con otra gente.
Con gente que no me hiciera sentir como si fuese ganado al que hay que tasar.
Anoche rompí mi regla. ¿Por qué? Pues porque tengo un problema. Bueno, en realidad tengo muchos problemas, pero uno de ellos es decir «no». Cuando en Kappa Phi Delta anunciaron que Skrillex tocaría en su sótano, di por hecho que el público sería una mezcla de chicas de sororidades y universitarios normales y que tal vez consiguiera ligarme a un chico normal al que le gustara la música house, pero, al final, el público de la fiesta estaba formado sobre todo por miembros de fraternidades. Había montones de ellos, al acecho, en busca de cualquier presa con dos tetas y una vagina.
Y, encima, de Skrillex, ni rastro. Solo era un DJ de pacotilla con unos amplificadores. Ya ves tú.
Oigo unas voces profundas y masculinas que llegan por entre los balaústres de mármol del balcón y por las escaleras. Me quedo plantada junto a la pared. ¿Hay gente despierta a estas horas? ¿Abajo? ¡Ay, no!
El camino de la vergüenza es una aventura que tenía pensado evitar durante los cuatro años que dura la universidad. En primer lugar, me sonrojo mucho. Y con esto no me refiero a unas adorables mejillas sonrosadas, no: yo me pongo como un tomate. Me salen unas manchas rojas en el cuello y los brazos que parecen un sarpullido, como si fuese alérgica a la vergüenza.
Las risas masculinas se intensifican y se me hace un nudo en el estómago. Me persigue una imagen de pesadilla en la que me tropiezo en las escaleras y todas las cabezas se vuelven hacia mí. En sus rostros aparece una expresión de sorpresa; se preguntan cuál de sus «hermanos» habrá decidido enrollarse con esa chica flacucha y plana como una tabla. Quizá hasta me tiren un hueso de pollo, para ver si consiguen que coma.
Lamentablemente, eso me sucedió cuando iba a cuarto de primaria.
Lo más probable es que balbucee unas palabras ininteligibles hasta que uno de ellos sienta compasión al verme la piel llena de manchas como de leopardo, pero rojas, y me saque por la puerta como a una bolsa de basura.
Esto ha sido un terrible error (lo de la fraternidad, no el sexo). Nunca más permitiré que me fuercen a tragar chupitos de tequila como si fuese una aspiradora. Y todo por la presión social. Existe; lo tengo comprobado.
Mis opciones son bastante limitadas: unas escaleras, un único destino. A no ser que de repente me crezcan un par de alas y pueda salir volando por la ventana de la segunda planta, me dispongo en estos momentos a emprender el camino de la vergüenza. Me asomo por el balcón y, de repente, envidio a Velo, un personaje de uno de los últimos cómics que he leído. La joven Vengadora es capaz de vaporizarse y convertirse en la nada, un poder que ahora mismo no me vendría nada mal.
Cuando llego al primer escalón, suena el timbre. Me asomo por la barandilla y veo a unos diez «hermanos» de la fraternidad despatarrados en los sofás de cuero vestidos con distintas versiones de un uniforme compuesto por pantalones cortos de color caqui y camisa. El más lúcido de todos se erige como el encargado de abrir la puerta, ya que al menos consigue sostenerse sobre sus dos pies. Tiene el pelo castaño peinado hacia atrás y la mandíbula tan cuadrada que intimida. Cuando abre la puerta, me pongo de mejor humor. ¡Por fin! Es mi única oportunidad de poner pies en polvorosa sin que nadie me vea.
Aprovecho la distracción para deslizarme escaleras abajo y conseguir pasar desapercibida, sacando a la Velo que llevo dentro. Cuando llego a la mitad, Mandíbula Cuadrada se apoya en el umbral de la puerta impidiendo la entrada a quien está al otro lado.
—La fiesta ya se ha terminado, tío. —Habla como si tuviera la boca llena de algodón. Le cierra la puerta en las narices.
Bajo de un salto un par de escalones más.
El timbre vuelve a sonar, y esta vez, no sé por qué, parece que con más enfado e insistencia.
Mandíbula Cuadrada gime y abre la puerta de malos modos.
—¿Qué?
Otro de los tipos de la fraternidad se echa a reír y dice:
—Dale una cerveza y que se largue.
Unos pasos más. Quizá lo consiga. La fortuna nunca ha estado de mi lado, así que supongo que ya me toca tener un golpe de suerte.
Mandíbula Cuadrada planta una mano en el umbral, lo que me impide el paso.
—Habla.
—En primer lugar, ¿tengo pinta de no saber leer la hora o de no haberme dado cuenta de que es de día? Pues claro que ya se ha terminado la fiesta, no te jode. —No puede ser. Conozco esa voz.
Me quedo paralizada a más de la mitad del camino. La luz del sol se cuela por un espacio diminuto entre el umbral de la puerta y el polo de color mandarina de Mandíbula Cuadrada. Aprieta los dientes; está a punto de cerrar la puerta en las narices del otro chico, pero el intruso pone una mano en la puerta y dice:
—Anoche me olvidé aquí una cosa.
—No me parece haberte visto por aquí.
—Pues estuve. Un rato.
—Ahora miramos en objetos perdidos —contesta Mandíbula Cuadrada secamente—. ¿Qué es? —Se aparta de la puerta y le hace un gesto a otro de los tipos que hay en el sofá, que están mirando la escena como si fuese un reality show de la MTV—. Jason, ve a por la caja.
Miro de nuevo hacia la puerta y descubro al chico que está fuera. Me está mirando fijamente.
—No hace falta —dice.
Contemplo sus facciones. Pelo castaño claro, corto a los lados y más largo por arriba. Un cuerpo bastante tonificado escondido bajo un par de chinos descoloridos y una camiseta negra de cuello redondo. Tiene unos pómulos tan marcados que podrían cortar como el hielo y los ojos de color whisky. Loren Hale es una bebida alcohólica en sí mismo y ni siquiera es consciente de ello.
Su metro ochenta y ocho ocupa todo el umbral de la puerta.
Me mira entre divertido e irritado; tiene la mandíbula apretada. El tipo de la fraternidad sigue su mirada y se detiene en el objetivo.
Yo.
Es como si hubiese aparecido de la nada.
—Ya la he encontrado —aclara Lo con una sonrisa tensa y amarga.
Noto el calor en el rostro. Me cubro la cara con las manos para esconder lo humillada que me siento, como si fueran escudos humanos, y echo a correr hacia la puerta.
Mandíbula Cuadrada se echa a reír como si hubiera ganado una pelea de gallos.
—Tu novia es una guarra, tío.
No oigo nada más. Mientras el aire fresco de septiembre me llena los pulmones, Lo cierra de un portazo, probablemente más fuerte de lo que pretendía. Me encojo, presionando las manos contra las mejillas mientras reproduzco la escena en mi mente. Dios mío.
Se me acerca por detrás y me rodea la cintura con los brazos. Apoya la barbilla en mi hombro encorvándose un poco para compensar la diferencia de estatura.
—Espero que el tipo haya merecido la pena —susurra. Su aliento cálido me hace cosquillas en el cuello.
—¿Por qué? —Se me queda el corazón atorado en la garganta. Su cercanía me confunde y me tienta. Nunca sé cuáles son sus verdaderas intenciones.
Me guía hacia delante, todavía con el pecho apretujado contra mi espalda. Apenas soy capaz de mover los pies, así que mucho menos de pensar con claridad.
—Tu primer camino de la vergüenza en una fraternidad. ¿Cómo te sientes?
—Avergonzada.
Me da un beso en la cabeza, se separa de mí y me adelanta.
—Acelera, Calloway. Me he dejado la bebida en el coche.
Abro mucho los ojos al comprender lo que eso significa, olvidando poco a poco el horror que me acaba de pasar.
—No habrás conducido, ¿no?
Me lanza una mirada en plan: «¿Por quién me tomas, Lily?».
—Como mi conductora habitual estaba ocupada… —Enarca las cejas en un gesto acusador—. He llamado a Nola.
Ha llamado a mi chófer personal. No me molesto en preguntar por qué se ha abstenido de llamar al suyo, aunque este no se negaría a pasearlo por toda Filadelfia si él quisiera. Pero Anderson tiene la lengua muy larga. Cuando teníamos catorce años, al volver de una fiesta apoteósica que había montado Chloe Holbrook, a Lo y a mí se nos ocurrió hablar de los narcóticos ilegales que pasaban de mano en mano en la mansión de su madre. Las conversaciones que tienen lugar en el asiento trasero de un coche deberían considerarse privadas entre los presentes, pero, al parecer, Anderson no estaba al corriente de esta norma no escrita, porque al día siguiente hicieron una redada en nuestras habitaciones en busca de sustancias y objetos ilegales. Por suerte, la sirvienta se olvidó de buscar en la chimenea falsa, donde solía esconder mi caja de juguetes para adultos.
Además de salir indemnes de aquel incidente, aprendimos una lección muy valiosa: no confiar jamás en Anderson.
Yo prefiero no recurrir a los chóferes de mi familia para no caer todavía más en sus garras, pero a veces Nola es necesaria. Por ejemplo, en ocasiones como esta, en las que estoy un poco resacosa y no puedo llevar al perpetuamente ebrio Loren Hale.
Me ha nombrado su conductora principal, ya que se niega a gastarse ni un centavo en taxis desde que casi nos atracan en uno. Nunca le contamos a nuestros padres lo que había pasado. No les confesamos que estuvo a punto de ocurrirnos algo terrible, sobre todo porque pasamos aquella tarde en un bar con dos carnets de identidad falsos. Esa noche, Lo bebió más whisky que un hombre adulto y yo me acosté con un tipo en unos baños públicos por primera vez. Luego nuestras indecencias se convirtieron en un ritual. Nuestra familia no tiene por qué enterarse de eso.
Mi Escalade negro está aparcado en la curva de la calle de las fraternidades. Cada una de estas casas debe de valer millones de dólares. Las columnas de las fachadas son a cada cual más impresionante. En el patio más cercano, que está plagado de vasos de plástico rojo, hay un barril de cerveza tristemente tirado en la hierba. Lo camina delante de mí.
—La verdad es que pensaba que no ibas a aparecer —comento mientras sorteo un charco de vómito que hay en la acera.
—Te dije que vendría.
Resoplo.
—Eso no siempre se cumple.
Se detiene junto a la puerta del coche. Como las ventanillas están tintadas, no vemos a Nola, que espera en el asiento del conductor.
—Ya, pero estabas en Kappa Phi Delta. Si te follas a uno, puede que todos los demás quieran su parte del pastel. He tenido pesadillas, la verdad.
Hago una mueca.
—¿Pesadillas en las que me violaban?
—Por eso se llaman pesadillas, Lily. No son agradables.
—En fin, seguramente esta sea mi última expedición a una fraternidad en una década, o al menos hasta que me olvide de esta mañana.
La ventanilla del lado del conductor desciende y aparece el rostro en forma de corazón de Nola, acariciado por sus rizos negros.
—Tengo que ir a buscar a la señorita Calloway al aeropuerto dentro de una hora.
—Solo será un minuto —le aseguro.
Sube la ventanilla y desaparece de nuestra vista.
—¿Qué señorita Calloway? —pregunta Lo.
—Daisy. Acaba de terminar la Semana de la Moda de París.
Mi hermana llegó al metro ochenta de la noche a la mañana, y eso, sumado a su complexión delgada, le confería el aspecto adecuado para ser modelo de alta costura. Mi madre no tardó ni cinco minutos en sacar provecho de su belleza. Una semana después de su decimocuarto cumpleaños ya había firmado por la agencia de modelos IMG.
Lo cierra los puños.
—Solo tiene quince años y ya está rodeada de modelos mayores que ella, haciéndose rayas en un baño.
—Seguro que han mandado a alguien con ella. —Odio desconocer los detalles. Cuando llegué a la Universidad de Pensilvania, me aficioné a no contestar las llamadas y a evitar las visitas, una costumbre bastante maleducada. Separarme del resto de la familia Calloway me resultó muy fácil una vez que entré en la universidad. Supongo que era algo que estaba escrito en mi futuro. Siempre había jugado con los límites de mi hora de llegada y pasaba muy poco tiempo con mi madre y mi padre.
—Me alegro de no tener hermanos. La verdad es que tú ya tienes bastantes por los dos —comenta Lo.
Nunca había pensado que tener tres hermanas fuese demasiado, pero es cierto que una familia de seis personas llama un poco la atención.
Se frota los ojos; está cansado.
—Vale, necesito beber algo. Luego nos vamos.
Respiro hondo antes de hacerle una pregunta que los dos hemos evitado hasta ahora.
—¿Hoy vamos a fingir?
Con Nola, siempre es una cuestión a cara o cruz. Por un lado, nunca nos ha traicionado, ni siquiera cuando tenía quince años y me follé a un jugador de fútbol del último curso en el asiento de atrás de la limo. La pantalla de privacidad estaba puesta, así que no podía vernos, pero él gruñó un poco demasiado alto y yo golpeé la puerta un poco demasiado fuerte. Nos oyó seguro y no se chivó.
Pero siempre está el riesgo de que un día nos traicione. El dinero le suelta la lengua a la gente y, por desgracia, nuestros padres nadan en la abundancia.
Debería darme igual. Tengo veinte años. Puedo acostarme con quien quiera, ir a las fiestas que quiera; en fin, todo lo que se pueda esperar de una universitaria adulta. Sin embargo, mis trapos sucios, mi lista de sucios (muy sucios) secretitos, supondrían un auténtico escándalo en el círculo de amigos de mi familia. A la empresa de mi padre no le haría ni pizca de gracia esa clase de publicidad y si mi madre se enterara de que tengo un serio problema me mandaría a rehabilitación y a terapia hasta que me dejaran como nueva. Y yo no quiero que me dejen como nueva. Quiero seguir viviendo y alimentando mis apetitos. Simplemente, resulta que mis apetitos son de tipo sexual.
Además, si mis indecencias salieran a la luz, mi fondo fiduciario se esfumaría como por arte de magia. No estoy preparada para renunciar al dinero con el que me mantengo mientras voy a la universidad. Y la familia de Lo sería igual de implacable.
—Fingimos —responde él—. Vamos, mi amor. —Me toca el culo—. Al coche.
Que me llame con frecuencia «mi amor» apenas me afecta. Cuando íbamos al instituto, le dije que pensaba que era el apelativo cariñoso más sexy, así que se lo apropió, aunque no le pegara mucho.
Lo miro fijamente y el rostro se le ilumina con una gran sonrisa.
—¿Es que el camino de la vergüenza te ha dejado paralizada? —pregunta—. ¿Tengo que entrar en el Escalade contigo en brazos?
—No será necesario.
Su sonrisa torcida hace que no devolverle el gesto sea muy difícil. Se inclina hacia mí a propósito para provocarme y desliza una mano en el bolsillo trasero de mis vaqueros.
—Si no te espabilas, voy a tener que espabilarte yo. Y no tendré piedad.
Noto una opresión en el pecho. Ay, madre… Me muerdo el labio y me imagino cómo sería el sexo con Loren Hale. Nuestra primera vez fue hace tanto tiempo que casi no me acuerdo. Niego con la cabeza. «No pienses en eso». Me vuelvo para abrir la puerta y subirme al Escalade, pero entonces caigo en la cuenta.
—Nola ha venido a buscarme a una fraternidad… Estoy muerta. ¡Dios mío! Se acabó.
Me peino el pelo hacia atrás con los dedos y empiezo a respirar con dificultad, como una ballena varada. No tengo ninguna buena excusa para estar aquí, aparte de haber venido a buscar a un tío con el que acostarme, y esa es justo la respuesta que estoy tratando de evitar. Sobre todo porque nuestros padres creen que Lo y yo tenemos una relación seria, una relación que acabó con su peligroso gusto por las fiestas y lo reformó en un joven del que su padre puede estar orgulloso.
Esta situación, que haya venido a buscarme a una fiesta en una fraternidad con el sutil aroma a whisky impregnándole el aliento, no es lo que su padre tiene en mente para su hijo. No es algo que vaya a estar dispuesto a aceptar, ni siquiera a pasar por alto. Así que, a no ser que queramos despedirnos de los lujos que nos proporciona la riqueza que hemos heredado, tenemos que fingir que estamos juntos. Y fingir que somos dos seres humanos del todo funcionales.
Y no lo somos. Simplemente, no lo somos. Me tiemblan los brazos.
—¡Eh! —Lo me pone las manos en los hombros—. Relájate, Lil. Le he dicho a Nola que un amigo tuyo celebraba un brunch de cumpleaños. Tienes tapadera.
Sigo sintiéndome como si mi cabeza fuese a salir flotando, pero esa excusa es mejor que la verdad. «Oye, Nola, tenemos que ir a buscar a Lily a la calle de las fraternidades, que anoche se acostó con un tipo cualquiera y se quedó a dormir allí. —Y entonces ella miraría a Lo esperando a que estallara de celos y él añadiría—: Ah, no, tranquila, solo soy su novio cuando nos conviene. ¡Te lo has creído!».
Lo percibe mi ansiedad.
—No lo descubrirá. —Me da un apretón en los hombros para tranquilizarme.
—¿Estás seguro?
—Sí —responde con impaciencia.
Entra en el coche y yo lo sigo. Nola arranca.
—¿Volvemos al Drake, señorita Calloway? —Tras años intentando que me llamase cualquier otra cosa, incluso «niña» (por alguna razón pensé que con eso conseguiría que se dejase de tonterías, pero me parece que la ofendí), me rendí. Juraría que mi padre le paga un sobresueldo por los formalismos.
—Sí —respondo, y ella se dirige al Drake, el complejo de apartamentos donde vivimos.
Lo acuna en sus brazos un termo de café del que va dando largos tragos, aunque estoy segura de que lo que contiene no es café. Veo que hay una lata de Fizz light en la neverita de la consola del medio y la abro. El líquido oscuro y carbonatado me asienta el estómago revuelto.
Lo me rodea el hombro con el brazo y yo me apoyo un poco en su firme pecho.
Nola nos mira por el retrovisor.
—Señor Hale, ¿cómo es que a usted no lo han invitado al brunch de cumpleaños? —pregunta. Solo está intentando ser amable, pero, aun así, siempre que Nola empieza a hacer preguntas me pongo nerviosa y paranoica.
—Yo no soy tan popular como Lily —contesta. Mentir siempre se le ha dado mucho mejor que a mí. Lo achaco al hecho de que está ebrio constantemente. Yo también sería una Lily mucho más segura de mí misma si estuviese empinando el codo todo el día.
Nola se echa a reír y, con cada carcajada, su barriga regordeta choca contra el volante.
—Seguro que es usted tan popular como la señorita Calloway.
Cualquiera (y, al parecer, también Nola) daría por hecho que Lo tiene muchos amigos. En una escala del atractivo, lo situarías entre el cantante de una banda de rock al que te gustaría follarte y un modelo de pasarela de Burberry y Calvin Klein. Nunca ha formado parte de ninguna banda, pero sí que hubo una agencia de modelos que contactó con él una vez. Querían contratarlo para una campaña de Burberry, pero le retiraron la oferta tras verlo beber directamente de una botella de whisky casi vacía. En la industria de la moda también te exigen unos mínimos.
Lo debería tener muchos amigos, sobre todo del sexo femenino. Y, sí, las chicas suelen revolotear a su alrededor, pero nunca se quedan mucho tiempo.
El coche dobla una esquina mientras yo cuento los minutos mentalmente. Lo inclina su cuerpo hacia el mío y me acaricia el hombro desnudo con los dedos, casi con afecto. Lo miro fugazmente a los ojos y, cuando su mirada se clava en la mía, noto que me arde el cuello. Trago saliva con fuerza e intento no apartar la vista. Se supone que salimos juntos, así que no debería mostrarme incómoda e insegura, temerosa de esos ojos de color ámbar.
—Esta noche, Charlie toca el saxo en el Eight Ball. Nos ha invitado a ir a verlo.
—Vale, no tengo planes. —Es mentira. Han abierto una discoteca nueva en el centro; se llama The Blue Room y dicen que todo, absolutamente todo, es de color azul. Hasta las bebidas. No pienso perderme la oportunidad de enrollarme con alguien en un baño azul. Espero que los inodoros también lo sean.
—Pues ahora ya tienes uno.
Cuando sus palabras se desvanecen en el aire, se hace un silencio incómodo. Normalmente, le hablaría sobre The Blue Room y mis perversas intenciones para esta noche y organizaríamos cómo nos lo montamos, ya que soy la encargada de conducir. Pero en la limusina de la censura es más difícil mantener conversaciones que no son aptas para todos los públicos.
—¿Hay comida en la nevera? Me muero de hambre.
—Acabo de ir al supermercado —contesta él.
Entorno los ojos; me pregunto si estará mintiendo para representar mejor el papel de novio ejemplar o si de verdad habrá hecho la compra. Me ruge el estómago. Al menos es evidente que yo no he mentido.
Aprieta los dientes; le molesta que no sepa distinguir una mentira de una verdad. En general, sí sé, pero cuando se comporta de forma tan despreocupada son más difíciles de distinguir.
—He comprado tarta de limón y merengue —añade—. Tu preferida.
Disimulo una arcada.
—No deberías haberte molestado. —Lo digo en serio, no debería. Odio la tarta de limón y merengue, pero es evidente que quiere que Nola piense que es un novio excelente. Sin embargo, la única novia que Loren Hale tratará bien en esta vida es su botella de bourbon.
La limo se para en un semáforo en rojo a solo unas manzanas del complejo de apartamentos. Ya casi saboreo la libertad; el brazo de Lo sobre mis hombros empieza a parecerse más a un peso que a un apéndice reconfortante.
—¿No era un evento formal, señorita Calloway? —pregunta Nola.
¿Cómo? Ay… Mierda. Está mirando la camiseta de tirantes que le cogí al tipo de la fraternidad. Era blanca, pero ya no lo es: está manchada de Dios sabe qué.
—Hum, yo… —balbuceo. Lo se pone rígido. Coge su termo con fuerza y se termina la bebida—. Me he manchado de zumo de naranja. He pasado mucha vergüenza. —¿Cuenta eso como mentira?
Me pongo roja como un tomate, aunque, por primera vez en mi vida, agradezco las manchas parecidas a un sarpullido. Nola me mira con una expresión comprensiva. Me conoce desde que iba a la guardería, cuando era tan tímida que no era capaz ni de recitar el Juramento a la Bandera. La timidez es lo que podría resumir mis primeros años de existencia.
—Seguro que no ha sido para tanto —me consuela.
La luz se pone verde y Nola vuelve a concentrarse en la carretera. Al final, llegamos ilesos al Drake, una enorme estructura de ladrillo marrón que se erige en mitad de la ciudad. El histórico complejo de treinta y tres plantas acoge a miles de personas y culmina en forma de triángulo. Tiene influencias barrocas y parece un cruce entre una catedral y un hotel corriente de Filadelfia.
Me gusta lo suficiente para considerarlo mi hogar.
Nola se despide y yo le doy las gracias antes de bajar del Escalade. En cuanto mis pies dan contra el suelo, Lo me coge de la mano. Con la otra, me acaricia la suave piel del cuello; sus ojos no se despegan de él. Mete las manos en las mangas anchas de la camiseta y me acaricia las costillas a la vez que protege mis pechos de las miradas de los transeúntes de Filadelfia.
Me observa. Analiza cada movimiento… Y a mí se me acelera el corazón.
—¿Nos está mirando? —digo en susurros, preguntándome por qué de repente se muestra ansioso por devorarme. «Es parte de nuestra mentira —me recuerdo—. No es real».
Pero lo parece. Siento sus manos sobre mí, noto su calor sobre la piel.
Se lame el labio inferior y se acerca a mí para susurrar:
—En este momento, soy tuyo.
Recorre las aberturas de mi camiseta con las manos y las deja quietas sobre mis clavículas desnudas. Contengo el aliento y me quedo inmóvil. Me he convertido en una estatua.
—Como soy tu novio, debo decir que no soporto compartir —murmura. Luego me da unos mordisquitos juguetones en el cuello.
Yo le doy un cachete en el brazo, pero caigo rendida a sus provocaciones de todos modos.
—¡Lo! —chillo.
Me retuerzo al notar esos dientes que me pellizcan la piel con suavidad. De repente, cierra los labios en la base de mi cuello, lo besa, lo succiona, y sube hacia arriba. Me tiemblan los brazos y las piernas, así que me agarro a las presillas de su cinturón. Él sonríe entre beso y beso; sabe lo mucho que me afecta. Presiona los labios contra mi mandíbula, contra la comisura de mi boca… Y se detiene. Me contengo para no tirarme a sus brazos y terminar lo que ha empezado.
Entonces me mete la lengua en la boca y me olvido de la falsedad de sus acciones para creer, solo por este momento, que de verdad es mío. Le devuelvo el beso; tengo un gemido atrapado en la garganta. El sonido lo incita y se aprieta contra mí, tratándome con más brusquedad y dureza que antes. Tal y como me gusta.
Pero abro los ojos y veo que el Escalade ya no está en la curva. Nola se ha ido. No quiero que esto se termine, pero sé que debo ponerle fin, así que interrumpo el beso y me toco los labios, que se están hinchando.
El pecho le sube y le baja con fuerza. Me mira un largo momento, sin apartarse de mí.
—Ya se ha ido —le informo. Odio que mi cuerpo lo ansíe de este modo. Sería tan fácil rodearle la cintura con una pierna y empotrarlo contra la pared… El corazón me da un vuelco, me excito solo de imaginarlo. No soy inmune a esos cálidos ojos ámbar, esos ojos que pertenecen a un alcohólico funcional. Son tiernos, vidriosos y poderosos, unos ojos que piden a gritos «fóllame» y que me torturarán por toda la eternidad.
Aprieta los dientes al oírme. Poco a poco, despega sus manos de mí y luego se frota la boca. La tensión que hay entre nosotros es innegable; mi fuero interno me pide que me abalance sobre él, que le salte encima como si fuese un pequeño tigre de Bengala. Pero no puedo. Porque es Loren Hale. Porque tenemos un sistema que no podemos desestabilizar.
Tras unos segundos, su expresión cambia por completo, como si hubiesen apretado un interruptor.
—Dime que no le has hecho una mamada a algún tío.
Dios mío.
—Esto… Yo…
—¡Joder, Lily! —Empieza a limpiarse la lengua con los dedos. Con un gesto dramático, se echa en la boca el alcohol que le queda en la petaca, se enjuaga y escupe.
—Me había olvidado. —Se estremece—. Te habría avisado…
—Sí, seguro.
—¡No sabía que ibas a besarme! —intento defenderme. «Me habría molestado en buscar pasta de dientes en el cuarto de baño de la fraternidad. O un colutorio».
—Se supone que estamos juntos —replica—. Pues claro que voy a besarte, joder. —Se mete la petaca en el bolsillo y se dirige a la entrada del Drake—. Nos vemos dentro. —Se da media vuelta y, caminando hacia atrás, añade—: Ya sabes, en nuestro piso. Ese en el que vivimos juntos porque somos pareja. —Me dedica esa sonrisa amarga tan suya—. No tardes mucho, mi amor.
Me guiña un ojo y una parte de mí se desmorona, se derrite. La otra parte solo está confundida.
Intentar interpretar las intenciones de Lo me provoca dolor de cabeza. Lo sigo, todavía intentando descifrar sus verdaderos sentimientos. ¿Era real o estaba actuando?
Dejo las dudas de lado. Llevamos tres años de relación falsa. Vivimos juntos. Me ha oído llegar al orgasmo desde la habitación de al lado; yo lo he visto dormido sobre su propio vómito. Y aunque nuestros padres crean que estamos a un paso de comprometernos, jamás volveremos a tener relaciones sexuales. Pasó solo una vez y tendrá que ser suficiente.
2
Inspecciono el contenido de la nevera. Está abarrotada, pero casi todo lo que hay es champán y marcas caras de ron. Abro un cajón y descubro una triste bolsa de zanahorias. Soy una chica que quema miles de calorías frotándose contra pelvis varias, así que necesito mi dosis de proteína. Ya he oído suficientes comentarios malintencionados sobre mi figura esquelética, así que me gustaría que un poco de carne me recubriera las costillas. A veces las chicas son muy crueles.
—No me puedo creer que me hayas mentido con lo del supermercado —protesto irritada.
Cierro la nevera de un portazo y me siento en la encimera. Por muy histórico que sea el Drake, por dentro parece un edificio moderno: encimeras blancas, techos y paredes blancos, acabados blancos y plateados… De no ser por los muebles tapizados en rojo y gris y los cuadros inspirados en el arte de Andy Warhol, parecería que vivimos en un hospital.
—Si hubiera sabido que tendría que parar en la calle de los gilipollas, te habría comprado un bagel en Lucky’s.
Lo fulmino con la mirada.
—¿Ya has desayunado?
Me mira como si la respuesta a esa pregunta fuese obvia.
—Un burrito. —Me pellizca la barbilla. Aunque esté subida en la encimera, sigue siendo más alto que yo—. No pongas esa cara, cariño. Me podría haber quedado en la cafetería y haber dejado que te las arreglaras tú solita para volver a casa. ¿Quieres que vuelva atrás en el tiempo?
—Pues sí, y mientras yo me escapo de la fraternidad, puedes ir a hacer la compra, como le dijiste a Nola.
Pone las manos a los lados de mi cuerpo y me quedo sin respiración.
—He cambiado de opinión. No me gusta esa realidad. —Quiero que se acerque a mí, pero se aparta y empieza a sacar botellas de alcohol de los armarios blancos—. Nola tiene que pensar que te alimento, Lil. Se te ve un poco esquelética. Creo que se te marcan las costillas cuando respiras. —A veces, también los chicos son crueles.
Se empieza a llenar un vaso cuadrado de whisky.
Aprieto los labios y abro un armario por encima de su cabeza. Cuando lo cierro de golpe, da un respingo y se le derrama el alcohol en las manos.
—Joder. —Coge un trapo para secar el charco de whisky—. ¿Es que el señor Kappa Phi Delta no ha hecho bien su trabajo?
—No ha estado mal.
—¿No ha estado mal? —Enarca las cejas—. Lo que todo chico quiere escuchar.
Me salen unas ronchas rojas en los brazos expuestos.
—Se te están poniendo los codos rojos —observa sonriente—. Eres como Violet de Willy Wonka, solo que tú te has comido una cereza mágica.
Gimo.
—No me hables de comida.
Se inclina hacia mí y me pongo rígida. Ay, Dios… Pero, en lugar de estrecharme entre sus brazos —algo que me imagino en un momento de debilidad—, me roza la pierna desnuda mientras desconecta su teléfono del cargador. Me quedo inmóvil de nuevo. Casi ni se inmuta al tocarme; sin embargo, en mi interior se desata una tormenta de deseo y anhelo. Aunque es posible que me sintiera igual si fuese un pelirrojo sin nombre y con acné. Creo.
O tal vez no.
Mi fantasía se descontrola: Lo deja los dedos sobre mi rodilla, se inclina bruscamente hacia mí, atrapándome bajo su peso. Arqueo la espalda contra los armarios…
—Si vas a darte una ducha, pido una pizza. Hueles a sexo y estoy rozando mi límite de inhalaciones de hedor masculino ajeno.
Se me cae el alma a los pies. Mi fantasía ha reventado como una burbuja. Odio imaginarme con Lo de forma poco casta porque, cuando bajo de nuevo a la tierra, él está a centímetros de mí y siempre me pregunto si se habrá dado cuenta. ¿Será capaz?
Lo observo mientras se bebe su whisky. Tras un breve instante de silencio, frunce el ceño y me mira desconcertado.
—¿Voy a tener que repetírtelo?
—¿Qué?
Pone los ojos en blanco y da un buen trago, sin hacer ni siquiera una mueca al notar el fuerte sabor del alcohol.
—Tú, ducha; yo, pizza. Tarzán come Jane. —Me muerde en el hombro.
—¿No querrás decir «Tarzán gusta Jane»? —Me bajo de la encimera de un salto para ir a quitarme los restos de fraternidad de la piel.
Lo niega con la cabeza con aire burlón.
—No a este Tarzán.
—Eres malo cuando bebes —comento.
Levanta el vaso a modo de respuesta mientras yo me alejo por el pasillo. Nuestro espacioso apartamento de dos habitaciones es un buen escenario para nuestro nidito de amor. Pasar tres años fingiendo que estamos juntos no ha sido fácil, sobre todo porque cuando empezamos con este ardid todavía íbamos al instituto. Cuando decidimos ir a la misma universidad, fueron nuestros padres quienes propusieron que viviéramos juntos. No son muy conservadores, pero dudo que entendieran mi estilo de vida o que estuvieran de acuerdo con él. La cantidad de tíos con los que me acuesto no es apropiada para una chica joven.
Mi madre alegó la experiencia de mi hermana mayor como razón suficiente para que compartiese piso con mi «novio». La compañera de piso de Poppy invitaba amigos a casa todo el tiempo, incluso durante la semana de los exámenes finales, y se dejaba la ropa sucia (bragas incluidas) en la silla de mi hermana. Ese comportamiento tan poco considerado bastó para que mi madre se decidiera por un alojamiento fuera del campus y para que prácticamente me metiera a Lo en la cama.
En general, funciona. Recuerdo que cuando mi familia cerró la puerta y se marchó me quité un peso de encima. Me dejaron sola. Me dejaron en paz.
Entro en el pintoresco cuarto de baño y me quito la ropa. Una vez que estoy bajo el agua caliente, exhalo. El agua me quita el olor y la suciedad, pero mis pecados no se irán a ningún sitio. Los recuerdos no se esfuman. Intento desesperadamente no imaginar lo sucedido esta mañana. El despertar. El sexo me encanta, el problema es lo que viene después. A eso todavía no estoy acostumbrada.
Me echo champú en la mano y me enjabono los cortos mechones castaños. A veces me imagino el futuro. Loren Hale trabaja para su empresa, que está entre las quinientas mayores empresas del país, y va vestido con un traje ajustado que le aprieta demasiado el cuello. Está triste. En los futuros que imagino nunca lo veo sonreír. Y yo no sé cómo cambiarlo. ¿Qué ama Loren Hale? El whisky, el bourbon y el ron. ¿Qué podría hacer cuando termine la universidad? No veo nada.
Quizá sea bueno que no sea pitonisa.
Prefiero ceñirme a lo que sé. Conozco el pasado, en el que Jonathan Hale llevaba a Lo a partidos de golf amistosos a los que asistía mi padre. Yo siempre iba con él. Ellos hablaban de lo de siempre: acciones, inversiones y posicionamiento de producto para sus respectivas marcas… Mientras tanto, Lo y yo jugábamos a La guerra de las galaxias con nuestros palos de golf. Una vez, me regañaron porque le hice un moratón en las costillas por atacarle con mi espada láser con demasiada fuerza y muy poco control.
Lo y yo podríamos haber sido amigos o enemigos. Nos veíamos siempre: en las salas de espera de conferencias aburridas, en despachos, en galas benéficas, en el colegio… Y, ahora, en la universidad. Lo que podría haber sido una relación basada en chincharnos y en una provocación constante se convirtió en algo más clandestino. Compartíamos secretos, formamos un club al que solo podían pertenecer dos personas, él y yo. Juntos, descubrimos a los superhéroes en una pequeña tienda de cómics de Filadelfia. Hubo algo en las aventuras galácticas de Havok y los viajes en el tiempo de Nathaniel Grey que conectó con nosotros. A veces, ni siquiera Cíclope o Emma Frost eran capaces de arreglar nuestros problemas, pero siempre estarán ahí para recordarnos la existencia de tiempos más inocentes, tiempos en los que Lo no se emborrachaba y yo no me acostaba con cualquiera. Nos permiten revisitar esos momentos tan cálidos y puros, y vuelvo a ellos con gusto.
Termino de frotarme el desenfreno de anoche de la piel y me envuelvo en un albornoz. Me lo ato a la cintura y vuelvo a la cocina.
—¿Y la pizza? —pregunto con tristeza al ver las encimeras vacías. En realidad, están de todo menos vacías, pero estoy tan insensibilizada ante las botellas de alcohol de Lo que bien podrían ser invisibles, o uno más de los electrodomésticos.
—Está en camino —contesta—. Deja de mirarme con ojitos de cordero degollado. Pareces a punto de llorar. —Se apoya en la nevera y, de forma inconsciente, le miro la bragueta. Imagino su mirada sobre el cinturón del albornoz. No quiero estropear la imagen—. ¿Cuándo fue la última vez que comiste?
—No estoy segura. —Yo solo pienso en una cosa, y no es comida.
—Eso es perturbador, Lil.
—Como —me defiendo con poco entusiasmo. Lo veo tirar del cinturón en mi fantasía. Igual debería quitármelo yo sola. «¡¡¡No!!! No lo hagas, Lily». Por fin levanto la vista; me está mirando tan fijamente que noto el calor en el rostro de inmediato.
Sonríe y da un trago. Cuando se aparta el vaso de los labios, se los lame.
—¿Quieres que me los desabroche, mi amor, o prefieres que espere a que te pongas de rodillas?
Lo miro boquiabierta. Lo que quiero es que se me trague la tierra. Pues claro que se ha dado cuenta. ¡No soy nada discreta!
Con la mano que tiene libre, se desabrocha el botón y se baja la cremallera despacio, enseñándome el borde de su bóxer negro ajustado. Observa cómo inhalo y exhalo de forma esporádica y superficial. Luego se quita la mano de los vaqueros y apoya los codos en la encimera.
—¿Te has lavado los dientes?
—Para —le pido con la voz demasiado ronca—. Me estás matando. —Estoy hiperventilando, no solo por los pulmones, ¡por todo el cuerpo!
Aprieta la mandíbula, lo que le marca aún más los pómulos. Deja la bebida sobre la encimera, se sube la cremallera y se abrocha el botón.
Trago saliva y, tensa, me siento en el taburete gris. Me paso los dedos temblorosos por el pelo húmedo y enredado. Para dejar de reproducir el momento, finjo que nunca ha pasado y recupero nuestra conversación anterior.
—Es un poco difícil llenarse la boca si nunca tenemos comida. —Comemos fuera demasiado a menudo.
—No me parece que tengas problemas para llenarte la boca. Lo que pasa es que no lo haces con comida.
Me muerdo la lengua y le hago una peineta. Sus palabras me herirían más si vinieran de otra persona, pero Lo lleva sus propios problemas a flor de piel. Todo el mundo se da cuenta. Lo miro a él y luego a la bebida y su sonrisa torcida se endurece. Se lleva el vaso a los labios y me da la espalda.
Lo y yo no hablamos sobre nuestros sentimientos. No hablamos sobre cómo se siente cuando yo me traigo a un tío diferente cada noche y él no me pregunta cómo me siento yo cuando bebe hasta perder el sentido. Él se traga sus juicios y yo los míos, pero nuestro silencio crea una tensión entre nosotros de la que no sabemos escapar. Es tan fuerte que a veces lo único que quiero es chillar. Pero me lo trago todo. Me contengo. Cada comentario referido a nuestras adicciones fractura el sistema que hemos instaurado, ese en el que los dos somos libres de hacer lo que nos apetezca: yo, acostarme con cualquiera; él, beber todo el tiempo.
Suena el timbre. ¿La pizza? Una sonrisa me ilumina el rostro. Me dirijo al interfono y aprieto el botón.
—¿Hola?
—Señorita Calloway, tiene una visita. ¿La dejo subir? —pregunta la vigilante.
—¿Quién es?
—Es su hermana Rose.
Gimo para mis adentros. No es la pizza. Toca volver a fingir con Lo, aunque a él le gusta seguir con la farsa también cuando no hay nadie presente, solo para provocarme.
—Sí, que suba.
Lo se pone en plan correcaminos y empieza a recoger la cocina, metiendo las botellas en armarios con cerrojo. Vierte su bebida en un vaso azul. Yo cojo el mando a distancia y enciendo la televisión. Ponen una película de acción. Lo se sienta en el sofá gris y pone los pies sobre la mesita de cristal, para que parezca que llevamos una media hora viendo la película.
Se da unos golpecitos en las piernas.
—Ven aquí. —Me mira con un brillo travieso en los ojos de color ámbar.
—No voy vestida —replico. Y el punto entre mis piernas ya está palpitando con demasiada fuerza solo por estar al alcance de su mano. Solo de pensarlo siento una descarga eléctrica.
—Llevas un albornoz. Y te he visto desnuda un montón de veces.
—Cuando éramos pequeños.
—No creo que te hayan crecido las tetas desde entonces.
Lo miro boquiabierta.
—Eres un… —Cojo un cojín de la silla y empiezo a atacarlo. Consigo darle un par de veces antes de que él me coja de la cintura y me siente en su regazo.
—Lo… —le advierto. Lleva todo el día provocándome, lo que hace que resistirme a él sea más difícil de lo normal.
Me dirige una mirada penetrante mientras desliza una mano rodilla arriba, por debajo del albornoz. Se detiene al llegar al muslo y no sigue. «Joder». Me retuerzo bajo su tacto, necesito que siga. Sin pensar, pongo mi mano sobre la suya, guio sus dedos hacia ese punto palpitante y me los meto. Él se pone rígido.
Por Dios… Se me enroscan los dedos de los pies; apoyo la frente en su hombro. Mantengo su mano ahí cogida con fuerza; no le dejo hacer nada sin mi permiso. Justo cuando me dispongo a sacarme y meterme sus dedos, alguien llama a la puerta.
Recupero el sentido de inmediato. ¡¿Qué estoy haciendo?! No soy capaz de mirar a Lo. Le devuelvo la mano y me aparto de él.
—¿Lil? —pregunta dubitativo.
—Ni lo menciones —contesto avergonzada.
Rose vuelve a llamar.
Me pongo de pie para abrir; camino aún más tensa que antes. Estoy tensa en todas partes.
Oigo los pasos de Lo tras de mí y luego el grifo al abrirse. Miro atrás y veo que se está lavando las manos con jabón.
Soy idiota. Giro el pomo de la puerta, inhalo e intento quitarme esta mala combinación de la mente: sexo y Loren Hale. Tenerlo como compañero de piso es como menear una bolsita de coca en las narices de un adicto. Sería más fácil si me permitiera lanzarme, pero no quiero que nuestra relación de amistad pase a ser de amigos con derecho a roce. Él es más importante para mí que los otros chicos con los que me acuesto.
Abro la puerta y me encuentro a Rose: dos años mayor que yo, cuatro centímetros más alta y seis veces más guapa. Entra en el apartamento tan campante, con su bolso de Chanel colgado del brazo, como si fuese un arma. Rose aterroriza a niños, a mascotas e incluso a hombres adultos con sus ojos implacables y unas miradas que te hielan la sangre. Si hay alguien en el mundo capaz de desenmascararnos, es ella, la más despiadada de mis hermanas.
Ahora mismo, palidezco solo con cruzar una mirada con Lo, así que no digamos con fingir que soy su novia. No le pregunto a Rose por qué se ha presentado aquí sin invitación y sin avisar. Es lo habitual en ella. Es como si todos los lugares le pertenecieran, especialmente los míos.
—¿Por qué no me devuelves las llamadas? —pregunta con voz gélida. Se pone las enormes gafas de sol redondas sobre la cabeza.
—Hum… —Rebusco en una cesta de llaves que hay en la mesita del recibidor. Normalmente, guardo ahí el teléfono, que aprovecha cualquier oportunidad para escapar de mí. Mi negativa a usar bolso no ayuda, un asunto que a Rose le gusta abordar. Pero no me sirve de nada llevar conmigo algo que pueda dejarme en el piso o el dormitorio de algún chico. Podría encontrar el modo de devolvérmelo, lo que me obligaría a interactuar con él una segunda vez.
Rose resopla.
—¿Lo has perdido? ¿Otra vez?
Retomo mi búsqueda, pero solo encuentro unos cuantos billetes, horquillas y las llaves del coche.
—Creo que sí. Lo siento.
Mi hermana vuelve sus ojos rapaces hacia Lo, que se está secando las manos con un trapo. Luego lo tira a un lado.
—¿Y tú? ¿También lo has perdido?
—No. Lo que pasa es que no me gusta hablar contigo.
Me estremezco. Rose aprieta los labios y se pone roja. Se acerca a él haciendo repiquetear los tacones contra el suelo de parquet. A él se le ponen blancos los dedos con los que sujeta el vaso de plástico azul.
—Soy una invitada en tu casa —le espeta—. Trátame con respeto, Loren.
—El respeto se gana. La próxima vez, llama antes de venir o empieza con un «Hola, Lo, hola, Lily, ¿cómo estáis?», en lugar de exigir como una zorra de la realeza.
Rose se vuelve de golpe hacia mí.
—¿Vas a permitir que me hable de ese modo?
Abro la boca, pero las palabras se pierden en mi incertidumbre. Rose y Lo siempre discuten, hasta el punto de resultar muy molestos, y yo nunca sé a cuál de los dos apoyar, si a mi hermana, que a veces es tan mala que reparte odio hasta hacer daño, incluso a mí, o a Lo, mi mejor amigo y supuesto novio, mi única constante.
—Muy maduro por tu parte —replica Lo con desdén—. Oblígala a elegir como si fuese un perro que tiene que decidir cuál es su dueño preferido.
Rose arruga la nariz a modo de respuesta, pero sus ojos de gato entre verdes y amarillos intentan suavizarse.
—Lo siento —se disculpa y, para mi sorpresa, parece arrepentida de verdad—. Pero me preocupas. Nos preocupas a todos. —Los Calloway no entienden la soledad, o que alguien necesite un poco de distancia del resto de la familia. En lugar de ser los típicos padres ricos que pasan de sus hijos, los míos te consumen. De pequeñas teníamos una niñera, pero mi madre se inmiscuía en cada aspecto de nuestras vidas, a veces demasiado, pero siempre fue devota y afectuosa. Si no me avergonzaran tanto mis actividades diarias (y nocturnas), amaría a mi familia y lo dependientes que son.
Pero hay cosas que deben seguir siendo secretas.
—Bueno, ya me ves. Estoy bien —contesto, evitando mirar a Lo. Hace dos minutos estaba dispuesta a hacerle cualquier cosa. Y el deseo de ser complacida no ha disminuido, pero la estupidez de querer hacerlo con él, sí.
Rose entorna los ojos hasta casi cerrarlos y me mira de arriba abajo. Me cierro más el albornoz mientras me pregunto si sabrá cómo me siento solo con mirarme. Me ha quedado claro que Lo sí que tiene ese poder.
Tras un largo momento, retracta las garras.
—No he venido a discutir contigo. —Claro…—. Como ya sabes, mañana es domingo, y Daisy vendrá a comer. Te has perdido las últimas comidas familiares porque dices que estás de exámenes, pero para nuestra hermana significaría mucho que pudieras dedicar un par de horas a darle la bienvenida.
La culpa me hace un nudo en el estómago.
—Sí, claro, pero me parece que Lo ya tiene planes, así que no creo que él pueda ir. —Al menos puedo ayudarlo a librarse de esta obligación.
Rose aprieta los labios y dirige su irritación hacia Lo.
—¿Qué es más importante que acompañar a tu novia a un evento familiar?
«Todo», lo imagino contestar. Aprieta los dientes para contener una respuesta mordaz. Seguro que se muere por decirle que ese evento tiene lugar todos los domingos, esté Daisy o no.
—Voy a jugar al tenis con un amigo —miente con facilidad—, pero puedo cancelarlo si es tan importante para Greg y Samantha. —Lo sabe que, si Rose le da tanta importancia a la comida del domingo, mis padres se subirán por las paredes si aparezco sin él. Llegarán a todo tipo de conclusiones precipitadas, como que me está poniendo los cuernos o que ha vuelto a sus viejos hábitos de fiesta y excesos. Esto es verdad (quizá incluso más que antes), pero lo mejor es que no lo sepan.
—Pues sí, significa mucho para ellos —contesta mi hermana, como si tuviese el poder de hablar por los demás—. Os veo a los dos mañana. —Se detiene junto a la puerta y echa un vistazo a los vaqueros y la camiseta negra sencilla de Lo—. Y, Loren, intenta ponerte ropa adecuada.
Se va. Oigo cómo sus tacones repican en la distancia.
Exhalo un largo suspiro y reordeno mis ideas. El impulso de terminar lo que he empezado con Lo me reconcome, pero sé que es mejor que no lo haga.
—Lily…
—Estaré en mi habitación. No entres —le ordeno. Anoche me bajé un vídeo titulado Tu dueño. Tenía pensado verlo más adelante, pero voy a modificar mi horario.
—¿Y si llega la pizza? —pregunta, impidiéndome el paso.
—No tardaré. —Intento sortearlo, pero alarga un brazo para que no pase.
Veo cómo flexiona el bíceps y doy un gran paso hacia atrás. No, no, no.
—Estás excitada —dice con la mirada fija sobre mí.
—Si no me hubieras provocado, ahora no estaría así —contesto desesperada—. Si no consigo saciarme, tendré que pasar la tarde dando vueltas por Filadelfia en busca de algún tipo que quiera echar un polvete a media tarde. Muchas gracias.
Lo hace una mueca y baja el brazo.
—Bueno, a mí me toca ir a tu comida familiar, así que estamos empatados. —Se vuelve para dejarme pasar.
—No entres —repito. Se me salen los ojos de las órbitas. Lo que más miedo me da es lo que le haría si se atreviera a entrar.
—Nunca lo hago —me recuerda. Se dirige a la cocina y me saluda con la mano mientras se acaba el resto del whisky.
Tras mi segunda ducha y mi automedicación en forma de estrellas del porno y un vibrador muy caro, me visto con un par de vaqueros y una camiseta granate con el cuello en forma de V.
Lo está en el salón comiendo pizza y zapeando, con un nuevo vaso de whisky haciendo equilibrios sobre su pierna.
—Lo siento —me disculpo.
Me mira un instante antes de volverse de nuevo hacia el televisor.
—¿El qué?
«Haberme metido tus dedos».
—Que por mi culpa tengas que ir a la comida familiar del domingo. —Insegura, me siento en la tumbona que hay enfrente del sofá.
Me mira como siempre, evaluando mi estado actual. Traga un bocado de pizza.
—La verdad es que no me importa ir. —Se limpia los dedos en una servilleta y coge su vaso—. Mejor tu padre que el mío.
Asiento. Es una gran verdad.
—Entonces… ¿Estamos bien?
—¿Lo estás tú? —Enarca las cejas.
—Ajá… —mascullo.
Evito su mirada cogiendo un trozo de pizza y deslizándome enseguida al abrigo de mi butaca. Necesito una distancia de seguridad.
—Me lo tomaré como un débil sí, teniendo en cuenta que no puedes ni mirarme a la cara.
—No eres tú, soy yo —contesto con la boca llena, y me lamo la salsa del dedo.
—Una vez más, lo que todo chico quiere oír. —Noto sus ojos sobre mi cuerpo—. Ahora ni siquiera te estoy entrando.
—No empieces. —Levanto un dedo a modo de advertencia—. Por favor, Lo.
—Vale, vale. —Suspira—. Esta noche vas a The Blue Room, ¿no?
Doy un respingo, sobresaltada.
—¿Cómo lo sabes?
Me mira como si no pudiera creérselo.
—Casi nunca vas a la misma discoteca más de tres o cuatro veces. Hubo un tiempo en el que pensé que tendríamos que cambiarnos de ciudad para que encontraras un sitio donde… —hace una pausa intentando encontrar la palabra adecuada— follar. —Me dedica esa sonrisa amarga tan suya.
—Muy gracioso. —Quito un trozo de pepperoni de la pizza—. ¿Necesitas una conductora sobria esta noche? Puedo dejarte donde quieras antes de irme. —Para mí no es un problema renunciar a la cerveza, ni tampoco al alcohol más fuerte.
—No, voy a ir a la discoteca contigo.
Disimulo mi sorpresa. Solo se aventura a salir conmigo algunas noches selectas, y varían demasiado como para que entienda cómo las elige.
—¿Quieres ir a The Blue Room? ¿Eres consciente de que es una discoteca y no un tugurio con una barra llena de humo?
Me fulmina con la mirada.
—Lo sé perfectamente. —Mueve los hielos de su vaso sin despegar la vista de él—. En fin, así no nos quedaremos hasta muy tarde y no nos perderemos la comida de mañana.
No le falta razón.
—¿Y no te importará que…? —Ni siquiera soy capaz de acabar la frase.
—¿Que me dejes plantado para ir a follarte a alguien? —termina él mientras pone los pies sobre la mesita, al lado de la pizza. Abro la boca para contestar, pero me vuelvo a perder en mis pensamientos—. No, Lil. No me interpondré entre tú y lo que quieres.
A veces sus deseos son un misterio. Quizá sí que quiera estar conmigo. O quizá siga fingiendo.