La historia es la degradación del presente. Cuando esta pierde facultades, ya es demasiado tarde para ostentar otro cargo que no sea el de pasado. Pero no todo lo que es historia colinda con la nostalgia. Ni viceversa. Hay futuros que se muerden los labios por lo que pudieron ser. Hay pasados que se relamen por lo que siempre será un caos imperturbable, y cicatrices que no fueron más herida que una autovía de uñas por los daños colaterales de un orgasmo.
La historia es cíclica, pero se vive en sus curvas. La del placer es un juego antiguo que busca constantemente nuevos participantes, y, en lo que respecta al amor, hay que ser muy narcisista para saberse conocedor de qué punto es el final, y cuál, aparte.
Mi historia con Estefanía también tuvo placer, juego, curvas, puntos (seguidos, apartes, finales, lunares y constelaciones). También tuvo amor, química en la dermis, antigravedad en la física, distancia negativa, contenido explícito que no pasaría la censura y adoración apasionada.
Travia y Ennio.
Sorolla y Clotilde.
Oasis extasiado.
En un universo alternativo, el poema de Pausanias versaría sobre la leyenda de la némesis de Caronte. Una barquera encargada de llevar las sombras errantes de los difuntos crónicos a la vida y sus placeres. Estefanía hizo eso y más conmigo.
Esta primera novela de ella no me sorprende. En sus páginas me he excitado al poner cara a las caricias y memoria a las posturas; me ha ardido la sangre cuando he terminado un capítulo y me ha tocado cultivar la paciencia hasta que llegaba el siguiente. He aplaudido su capacidad de cincelar imágenes visuales con la maestría de una escultora virtuosa. Incluso he descubierto detalles del pasado con la sensación de que solo un libro como este puede tender tantos puentes para que los lectores conozcan los secretos de la realeza. No me sorprende esta ópera prima, porque siempre la vi capaz de ello. Estefanía es una de esas autoras elegidas cuya mano no se nota en el escrito, pero sí su aliento.
Es un placer para mí (valga la redundancia) invitaros a entrar en otra época con los mismos secretos y cuartos rojos. A la historia de Julia.
La historia es cíclica, pero se vive en sus curvas, y la protagonista viene para romper todas las ruedas que le han querido imponer desde que nació como la hija del pintor de cámara de la corte de los Monteros.
DAVID MARTÍNEZ ÁLVAREZ, «RAYDEN»
Aquel no era un día cualquiera en el Palacio Real; el tiempo parecía haberse detenido. Los pájaros se habían levantado mudos y una neblina cubría el cielo; se adivinaba el devenir de aquella jornada. No se oían las risas de los niños y las niñas ni el ajetreo diario. Era como si todo el mundo esperase la sentencia.
Alfonso, el camarero mayor del rey Carlos, llevaba meses indispuesto después de haber ingerido con un ansia desmedida un pavo a la naranja en mal estado. Él era la única persona que tenía el beneplácito del monarca para ayudarlo a vestirse. Ante la faena de su indisposición, el rey decidió no buscarle un sustituto y ofrecer este puesto temporalmente a su ayudante de cámara, un apuesto joven de ojos oscuros con manos aterciopeladas y largos dedos de pianista. Aquella mañana, cuando este entró en los aposentos reales, deseó con todas sus fuerzas no haber sido el elegido para sustituir al camarero mayor.
—Su Majestad, no tiene buena cara —dijo con un tono de voz que dejaba en evidencia su preocupación.
—¿Me habla a mí? —preguntó el rey con cierto sarcasmo—. No recuerdo haberle dado permiso para hacerlo.
—Lo-lo-lo siento, Su Majestad, no volverá a ocurrir —contestó el joven con un leve tartamudeo, preso de los nervios.
—Claro que no volverá a ocurrir, porque, de ser así, su nuevo puesto de trabajo será limpiar las caballerizas —sentenció el monarca con voz hiriente.
El joven ayudante agachó la cabeza y no musitó palabra alguna después de la reprimenda que acababa de recibir. Aun así, el monarca quiso asegurarse de que aquel sirviente tenía claro quién mandaba en el palacio.
—¿Lo ha entendido? —preguntó con sorna.
—Sí, Su Majestad —alcanzó a decir el muchacho con un apagado hilo de voz.
El ayudante comenzó a vestirlo con las manos temblorosas y un desmesurado miedo a equivocarse. En ese momento, un golpe en la puerta dio aviso de que alguien al otro lado esperaba para ser recibido en los aposentos reales. Cuando el ayudante de cámara, que sintió cierto alivio ante la perspectiva de la presencia de otra persona en aquella estancia, bajó el pomo de la puerta, esperaba detrás impaciente Francisco, el conde-duque de Pastrana. Este adivinó rápidamente, al igual que había hecho el ayudante de cámara, que las ojeras del rey daban buena cuenta de que había pasado la noche sin pegar ojo.
—Buen día tenga usted, Su Majestad —dijo el conde-duque intentando calmar el ambiente que allí se respiraba.
—Buen día será para usted —cortó tajante el rey.
—Créame que yo tampoco he podido cerrar los ojos en toda la noche —dijo con empatía el conde-duque.
—Espero, Francisco, que no esté usted intentando compararse —lo azuzó.
—No era mi intención, Su Majestad —se excusó aquel.
—¿Sabe, Francisco? No es fácil tener el deseo de enviar a todas esas mujeres a la horca —sentenció el rey Carlos.
El ayudante de cámara, que continuaba vistiéndolo, tragó saliva al oír aquellas palabras. Al conde-duque tampoco pareció hacerle mucha gracia el comentario.
—Y bien, Su Majestad, ¿ha tomado alguna decisión? —preguntó el noble con cierto halo de preocupación.
Los dos hombres se miraron a la espera de que el rey abriese la boca. A sabiendas de que quizá su respuesta no sería la que querían escuchar; de que aquel día podría cambiar el futuro de muchas personas. La habitación quedó envuelta en un suspense que prometía delatar pronto los pensamientos del monarca. El destino de muchas mujeres pendía de la decisión que el rey tomara aquella noche. Lo que sus labios pronunciaran podría acabar siendo el principio del fin. Y, con aquella frase de su superior, el conde-duque ya creía saber cuál sería su decisión.
—Todas ellas merecen morir, es lo único que sé —contestó lleno de rabia el monarca—. Julia y Olimpia deben pagar por su traición.
—Pero, Su Majestad, creía que ayer habíamos llegado a un entendimiento. Sé que lo que hicieron no tiene perdón divino, pero, créame, enviarlas a la horca no es la solución —argumentó con ímpetu el conde-duque.
—¡Francisco, no puedo llegar a entenderlo! Primero me presiona para que las castigue y ahora, de la nada, suplica clemencia —exclamó incrédulo.
—La muerte será un castigo que se volverá en nuestra contra. Ruego lo tenga en consideración —suplicó el interesado.
Julia tampoco durmió aquella noche. El calabozo estaba dividido en tres celdas contiguas y se encontraba en los sótanos del palacio. Era un lugar lúgubre con un hedor a humedad que penetraba en sus fosas nasales. El frío no había hecho estragos porque las nereidas se encontraban apelotonadas en esos minúsculos cubículos. Algunas habían conseguido descansar algo; otras rezaban; muchas lloraban, y unas cuantas habían decidido montar guardia para proteger al resto.
Los ojos de Julia estaban hinchados, y no porque no hubiese dejado de llorar, como alguna de sus compañeras, sino porque estaba agotada. Su rostro reflejaba el cansancio por la rapidez de todo lo vivido en los últimos meses. De repente crujió la puerta de la entrada y una corriente de aire les abofeteó la cara. El carcelero venía a por ellas.
—Señoras, Su Majestad las espera. Salgan de forma ordenada —les exigió el carcelero mientras abría las tres celdas.
Las mujeres obedecieron y abandonaron el calabozo una detrás de otra. Un guardia esperaba en la puerta para guiarlas. Olimpia encabezaba el grupo. Era increíble cómo aquella dama mantenía el rostro impasible, sin ningún signo de hastío. Estaba segura. Caminaron sumidas en un profundo silencio que solo interrumpían algunos sollozos casi imperceptibles. Al llegar, el conde-duque las aguardaba en la puerta del salón del trono.
—¿Están todas? —preguntó Francisco al ver la hilera de nereidas desfilando.
—Ahora sí —dijo Olimpia con una sonrisa victoriosa al ver aparecer a la infanta Loreto, para sorpresa de los allí presentes.
El semblante de los rostros delató a todas. La inquietud se adivinaba en el temblor de los cuerpos, que se balanceaban trémulos casi al unísono. Se miraban inquietas, en busca de un atisbo de esperanza en los ojos de sus compañeras, como si creyeran poder encontrar en la mirada ajena su propia salvación. Se aferraban a la creencia, ahora que ya todo estaba perdido, de que quien les sostenía la mano contaba con una carta escondida bajo la manga. Esa era la mentira que se decían a sí mismas para poner a prueba el noble arte del autoengaño. Pero el desasosiego invadía aquel salón del trono y el miedo casi se olía. Resultaba irónico que el destino de su vida pendiera de la voluntad de otros, concretamente de aquel rey terco y engreído.
Y Julia lo sabía. Su sino estaba sujeto al deseo del hombre al que había desafiado. El hombre al que todas habían desafiado. Así que, a diferencia de muchas otras, había decidido no engañarse. Sabía que las posibilidades de salir victoriosas de aquella contienda eran casi nulas. No se podía volver atrás en el tiempo, y ya nada iba a cambiar lo que se avecinaba. La decisión estaba tomada y pronto pagaría muy caro el precio de su libertad.
La cabeza de Julia era un hervidero de pensamientos que se sucedían. Todos los caminos la llevaban a la misma pregunta: ¿merecía la pena pagar con su vida todo lo que había acontecido? Clavada en su sitio, con el terror pisándole los talones, repasó fugazmente cuanto había vivido, experimentado y sentido en aquella corte. Y esbozó una leve sonrisa. Aquel gesto era la respuesta a la pregunta que llevaba días atormentándola. Porque ella no siempre fue así. La Julia que ahora todos conocían en la corte, fuerte, valiente, rebelde, decidida y llena de vida, había luchado mucho, incluso contra sí misma, para poder comportarse de esa manera. Y también para llegar hasta allí.
Había roto todas las cadenas que la ataban a un futuro que otros habían decidido por ella; había alzado la voz en contra de lo que todos esperaban y utilizado el sexo para liberarse de los prejuicios que la atormentaban desde su niñez. Pero no siempre había sido así. Antes de liberarse de juicios y prejuicios, Julia nunca había reparado en su cuerpo. No se conocía a sí misma. Siempre había tenido miedo a sentirse viva, a dejar escapar sus emociones. Había obedecido los designios de su familia, y el sexo por divertimiento era un pecado que en aquella corte nadie estaba dispuesto a cometer. O eso pensaba ella. Lo que nunca hubiera esperado era que formaría parte de muchos de los secretos que escondía la corte de los Monteros. Pero, sobre todo, lo que jamás habría imaginado era que ser libre le costaría la vida.
El silencio reinaba en el salón del trono. Todas aquellas mujeres, cogidas de la mano, esperaban impacientes la sentencia. Ríos de lágrimas resbalaban por las mejillas de muchas de las allí presentes. Mientras, otras apretaban los dientes en un intento de canalizar la ira; algunas sonreían con nerviosismo, y varias cerraban los ojos, pues creían que en la oscuridad se sentirían a salvo.
—¿Su Majestad ha tomado ya una decisión? —preguntó Olimpia al rey Carlos con una seguridad pasmosa, como si no fueran las cabezas de las nereidas las que estuvieran en juego.
Así formuló la misma pregunta que el conde-duque instantes antes le había hecho al rey. Solo que aquella vez la respuesta del monarca dictaría el destino final de todas las mujeres allí presentes.
Un silencio casi aterrador se adueñó de la sala. El miedo y la ira casi cortaban el aire que se respiraba en el recinto. Y eso que algunas en aquel momento apenas se atrevían a cogerlo. Todo el mundo podía ser muy valiente mientras no los enviaran a la horca. Y allí, frente a aquel tribunal inquisidor, Julia sonrió victoriosa, a sabiendas de que ese momento podría ser el último de su vida. Entonces aquella frase volvió a taladrar su interior: «Me llamo Julia Ponce de León y soy la culpable del cambio de rumbo de la dinastía de los Monteros».
Pacheco no se rindió porque creía firmemente en las virtudes de Velázquez. Fue a través de otro buen amigo como consiguió que el conde-duque de Olivares llamara a Velázquez para retratar al monarca. Felipe IV, al ver el retrato que le había pintado, quedó totalmente prendado de sus dotes artísticas e hizo que el pintor fijara su residencia en la corte.
Sobre cómo Velázquez llegó a ser pintor de la corte de Felipe IV[1]
Madrid, finales del siglo XVIII
Siete meses antes del juicio de las nereidas
Julia Ponce de León tenía veintitrés años recién cumplidos y era una rara avis dentro de la corte de los Monteros. La joven cortesana era hija de Rafael, el pintor de cámara del rey, y de Mercedes, una reputada costurera de palacio. A Julia le gustaba pintar, al igual que a su padre, y sentía una devoción absoluta por los libros, pero, sobre todo, por su familia, que auguraba para ella un futuro prometedor. Por eso, como era hija única, recaía sobre su espalda el peso de todas las expectativas familiares, y tenía un miedo atroz a no cumplirlas. Esto provocó que su carácter se moldeara, sin maldad alguna por parte de su familia, hacia una obediencia y una sumisión desmesuradas.
Julia tenía la piel clara, herencia de su madre, y los ojos de color avellana. A ella le habría gustado que fueran más rasgados, pero lo compensaba con un mar de pestañas tupidas que los hacía muy llamativos. Su pelo era castaño como la madera de nogal, y, aunque ella habría preferido esas cabelleras largas y onduladas que tanto se veían por palacio, se conformaba con tenerlo lacio y conseguir con mucha maña unas tímidas ondas de vez en cuando. Su cuerpo se alejaba bastante del tipo menudo de su progenitora, porque era de estatura media y no precisamente delgada. Tenía un pecho perfecto digno de admiración y había sido bendecida con unas buenas curvas. La joven cortesana se hallaba todavía soltera, algo poco habitual en las muchachas de su edad, ya que los mandatos de la época empujaban a las jóvenes casaderas hacia matrimonios concertados para preservar el buen nombre familiar y su honor.
Julia llegó al Palacio Real cuando aún se tambaleaba como un cervatillo y a duras penas era capaz de decir dos o tres palabras con sentido. Su familia tenía orígenes nobles y, aunque su vida en la ciudad podría haber sido bastante digna, sus padres pensaron que crecer en palacio sería el mayor regalo que podrían ofrecerle. Consideraron que sería importante para su educación, ya que en la corte estaban los mejores educadores y los medios adecuados. Por todos era sabido que se auguraba un buen futuro para cualquiera que allí creciera. El protocolo de la corte consistía en aprender a leer, escribir y montar a caballo. No obstante, la mayoría de las mujeres de fuera tenían prohibido el acceso a la educación. Pero la enseñanza más relevante, que se cotizaba alto en palacio, eran las clases sobre modales. Aprender a comportarse era la mejor inversión en la vida de cualquier infante de la corte. Los padres de Julia creyeron que, de esta manera, la joven conseguiría convertirse en una mujer casadera codiciada y tendría, por tanto, un buen futuro asegurado. Para ello diseñaron al milímetro su plan de vida: educarla en la corte de los Monteros, casarla con un hombre noble y que diera a luz a unos retoños dignos de continuar el linaje de su familia. Lo que Julia no sabía era que ese hombre noble que sus padres buscaban para ella ya lo habían encontrado, y que su futuro ya estaba escrito, sin que pudiera hacer nada para remediarlo.
Julia siempre había seguido las reglas del juego y caminado por la senda marcada con rectitud desde el principio. Tenía claro que sus padres siempre habían querido lo mejor para ella, al igual que sus abuelos lo quisieron para sus hijos. A ellos les concertaron un matrimonio con el fin de que una mala decisión no les arruinara la vida. Al fin y al cabo, la experiencia es un grado. Por eso Julia se había preocupado de ser lo que sus padres esperaban. Siempre había querido honrar el apellido de su familia, porque no conocía mayor satisfacción que el sentirte validada por el orgullo ajeno.
Llegaron a la corte gracias a los contactos de su abuelo materno, Enrique. Él creía que su yerno, Rafael, había sido bendecido con el don de la pintura. Fue merced a la amistad de su abuelo con el conde-duque de Pastrana como consiguieron instalarse en la corte de los Monteros y seguir así el plan de vida que habían formulado para Julia.
El conde-duque pertenecía a una familia noble sevillana, y en poco tiempo, gracias a su ingrávida labia, se convirtió en el todopoderoso valido del rey Carlos Serna de los Monteros. Su buen hacer y su más que inmaculada fidelidad hicieron que poco a poco el monarca delegara en él muchas decisiones. Tanto que el conde-duque de Pastrana favoreció la entrada de numerosos andaluces en la corte. Fue entonces cuando el abuelo de Julia vio la oportunidad de presentarle a su yerno.
El abuelo de Julia era un hombre serio, de porte elegante y refinados modales. Todo el poder de la familia recaía sobre él y ni siquiera la voz del padre de Julia tenía peso si aquel decidía lo contrario. Sumado a ese carácter de mandamás que lo caracterizaba, Enrique era de esas personas que creía firmemente en seguir su intuición. Tenía claro que el marido de su hija poseía el don de la pintura.
Rafael tardó varios meses en acabar el retrato del monarca que le habían encargado, pues sabía que cada pincelada era un pequeño paso hacia su nueva vida. Tras entregárselo al rey, este quedó sumamente prendado del arte que poseía el pintor. Sus trazos eran tan reales que el padre de Julia consiguió, con el paso de los años, convertirse en uno de los más reputados pintores de cámara del rey Carlos, el oficio más codiciado entre todos los artistas de la corte.
Rafael era un hombre vivaz y dicharachero. Su piel tostada se asemejaba al color del trigo tras el verano. Esto se debía a las largas horas que pasaba en los jardines de su casa retratando a hombres, mujeres y familias al completo de la alta alcurnia andaluza. Los ojos los tenía de color verde, como el de las aceitunas que crecían en los olivos. El pelo negro azabache, corto pero a la vez ondulado, y un bigote peculiar que le hacía parecer demasiado serio eran su seña de identidad. Su altura no distaba mucho de la de la mayoría de los señores; no obstante, su porte atestiguaba unos orígenes señoriales. Los productos de limpieza que utilizaba para sus óleos hacían que sus manos fueran una muestra inequívoca de su pasión por la pintura. Tenían una porosidad que al tacto se hacía rugosa, algo que a Julia le encantaba.
Tras la petición del rey de contar de nuevo con el arte de Rafael, con tan solo tres maletas —llenas de, en su mayoría, libros, telas, hilos, lienzos y óleos— y acompañados por una niña de corta edad, los padres de Julia fijaron su residencia en el Palacio Real de Madrid. Su madre siempre le contaba lo que sintió al llegar a aquel mágico lugar recién salida de Andalucía.
—Aquel lugar era como esos castillos que describe en los cuentos algún que otro trovador fantasioso. Se me erizó la piel nada más poner un pie en aquella plaza. El cielo teñido de azul; la gente sonreía mientras iba de un lugar a otro; el sonido de los instrumentos; un terreno enorme, que no veía su final, y un palacio con 3.418 habitaciones y una fachada majestuosa de estilo barroco…
»Todas estas cosas hicieron que algo dentro de mí se encendiera. Como esa conexión que sientes al cruzarte con alguien en tu camino y saber que te acompañará hasta el final de tus días. Esa mezcolanza entre miedo y ganas por comenzar aquella nueva etapa como familia me removía todo por dentro. No niego que me alegré en ese instante de aquel incendio que había acabado con el Alcázar Real en el pasado para dar paso a este sublime palacio —contó ensimismada Mercedes.
—Pero ¿qué pasó realmente, madre, con aquel incendio? —preguntó Julia curiosa.
—Las malas lenguas cuentan que el rey Carlos veía el alcázar poco digno para él y su familia. Nació en Francia y venía de conocer otros lugares mucho más majestuosos, así que corrió como la pólvora la comidilla de que fue él quien ordenó que lo quemaran.
—¡Conociendo su temperamento no me extrañaría! —sentenció Julia risueña—. Pero ¿qué pensaste al verlo?
—Reconozco que al tener delante aquel imponente palacio imaginé todos los secretos que esconderían aquellas paredes y de cuántos acabaríamos formando parte —se sinceró—. Pero sobre todo en los secretos en los que participarías tú, Julia.
A Mercedes le brillaban los ojos cada vez que contaba aquella historia, aunque se apagaban un poco al pensar en que su inocente hija pudiera coquetear con alguno de los peligros que aquel palacio entrañaba.
Rafael y Mercedes se habían casado bien jóvenes, no por decisión propia, sino porque fue la mejor opción que sus respectivas familias encontraron para ellos. Un salvoconducto pactado que auguraba el mejor futuro. El enamoramiento nunca había marcado su relación, pero el paso del tiempo instauró entre ellos un afecto desmedido. El dicho tenía razón, y el roce acabó haciendo el cariño, como si se hubiera tratado de un pacto aceptado sin leerlo, esperando que al firmarlo estuviesen escritos en él las mejores condiciones. Siempre se trató de suerte, y ellos la tuvieron; aunque Julia nunca vio entre ambos la más mínima muestra de deseo, sí existía un respeto descomunal y verdadero. A veces, cuando estaban juntos, los observaba desde la distancia y anhelaba en su fuero interno que se besaran, que se desearan, que notaran el ardor en la piel… Sin darse cuenta, quería ver en ellos eso que ansiaba para sí misma, pero que había aceptado que no le correspondía. El amor verdadero era cosa de cuentos. No era algo a lo que ella pudiera optar. Por más que en el silencio de las noches suspirara por alguien, no podía anhelar casarse con el hombre que le robaba el sueño, porque Julia debía aceptar que otros eligieran por ella a quién amar. Ese era el porvenir que le esperaba a cualquier joven casadera si quería preservar su reputación.
Mercedes provenía de una buena familia y había crecido rodeada de bastantes lujos, pero eso no le impidió maravillarse a su llegada a palacio. Aquella mujer poseía una sensibilidad acérrima que la hacía emocionarse y estremecerse con el arte en todas sus vertientes. Su facilidad para conectar con él fue lo que la hizo finalmente sentirse atraída por Rafael.
Mercedes había heredado esta sensibilidad de su madre, Pepita, a la que siempre le había gustado escribir poesía. Al contrario que Enrique, ella era más dicharachera; se pasaba el día tarareando alegres melodías y jamás le importó lo que los demás pensaran de su persona. Era una mujer adelantada para su época; había aprendido a leer a escondidas y, aunque Enrique era una figura autoritaria, en el fondo se derretía cuando su mujer lo reprendía con gran salero. A Julia le apenaba no haber disfrutado más de su abuela en vida, ya que falleció cuando ella era prácticamente una niña. Sobre todo porque su madre siempre le repetía que tenía un pequeño halo de rebeldía de su abuela Pepita.
—Julia, ¿recuerdas aquella vez que interrumpiste la recepción de Sus Majestades y recriminaste al conde-duque de Pastrana que hubieran invitado a aquel señor mayor? A tu padre casi le da un síncope cuando te pusiste a regañar a todos los allí presentes —recordó Mercedes, que se llevó las manos a la cabeza.
—Pero, madre, ¿qué querías que hiciese? Aquel hombre era un viejo asqueroso que palmeaba el culo de las sirvientas de palacio —se excusó Julia.
—Igualita que tu abuela Pepita, incapaz de callarte ante las injusticias y en defensa siempre de las causas perdidas —dijo Mercedes al recordar con cariño a su madre, deseando que su hija no hubiera heredado tanto de ella.
—Dichosos son los que a los suyos se parecen —siguió la joven cortesana tentando a la suerte.
—Pues ya podrías haberte parecido un poco más a mí, porque vaya dobladillo me has cosido —le reprochó Mercedes mientras revisaba una de las prendas que Julia acababa de dar por finalizada.
Aunque el peso de la familia recaía en el arte de Rafael, la madre, nada más llegar a palacio, consiguió trabajo como modista en la corte. De ahí que Julia creciera con las manos llenas de pintura y con los pies enredados entre madejas de hilo y lana. Pero Mercedes no solo poseía un don para la costura, sino que tenía también el de encandilar a cualquiera. Le bastó una semana en palacio para conseguir que la reina le confesara hasta el último de sus pecados. Era capaz de empatizar con una piedra, y esto la llevó a ser la confesora de la mitad de la corte, pero también ser conocedora de algunos de los entresijos de esta hizo que quisiera mantener a su hija al margen de muchos de los secretos que allí se ocultaban.
—¡Anda, Mercedes! No seas exagerada. Si eso con dos puntadas nadie se da cuenta —dijo la joven para quitarle importancia al asunto.
—¡Vosotras las jóvenes con dos puntadas lo solucionáis todo! —recriminó la costurera, y dirigió la mirada hacia su hija, que pareció no inmutarse ante el comentario.
—A mí no me metas en ese saco, que yo ya no soy tan joven —se excusó Lola riendo.
—¿Cómo que no? Si tienes una cara estupenda hoy. ¡Mira qué mofletes más sonrojados! —afirmó la veterana señalando las mejillas de la sastra.
—Ay, Mercedes, ¡si yo te contara! —susurró Lola, acercándose a la mesa de su compañera.
—¡Ay, pillina! ¡Tus mejillas y el brillo de tu piel te delatan! —rio aquella, a sabiendas de que la costurera estaba ansiosa por desahogarse.
—Es que menuda noche, Mercedes. Se me hizo tarde cosiéndole un ribete a la casaca de don Iván, el ruso, y me sorprendió con su presencia a altas horas de la madrugada porque quería ver cómo llevábamos su encargo. El caso es que una cosa condujo a la otra y su pene acabó dentro de mí embistiéndome con tanto ímpetu que todavía me tiemblan las piernas —confesó divertida Lola. Y bajando aún más la voz añadió—: Lo hicimos ahí. —Y señaló, entre risas, un montón de telas que se agolpaban en la esquina de la sala.
—¡Madre mía, Lola Valderrama! ¡Como se entere doña Luisa de que habéis mancillado sus telas, te mata!
Doña Luisa era una de las costureras que más tiempo llevaba en palacio trabajando para los reyes. En aquella sala de costura, todas le profesaban un respeto absoluto. No solo por su avanzada edad, sino porque era fiel consejera del conde-duque y le reportaba todo lo que ocurría entre aquellas paredes. El noble gustaba de contar con muchos «oídos» en palacio para tener controlado todo lo que allí sucedía.
Mientras que Mercedes era lo contrario a doña Luisa, una mujer conocida por su discreción, de cuerpo menudo y tez blanca como la neblina cuando le roza el sol. Los ojos los tenía de color aguamarina y su pelo cobrizo recordaba al de las calderas de palacio, de ese rojo anaranjado que se tornaba más oscuro con el paso de los años. Una belleza única.
Mercedes despachó rápido el desastre de Julia y sacó la cinta métrica del cajón de su mesa. Se puso en pie y se dirigió a la silla donde se encontraba su hija arreglando el bajo de otro pantalón.
—Desvístete —ordenó la madre a la hija mientras se sentaba en un taburete cercano al espejo.
Julia acató la orden de inmediato. La joven nunca había sentido estupor al mirar su reflejo, porque le maravillaba verse desnuda.
—Julia, ¿puedes dejar de mirarte y levantar los brazos para que te mida el contorno del pecho? —le increpó Mercedes.
—Me gusta lo que veo, madre —contestó segura.
Ese pensamiento de la joven era totalmente contradictorio. Esa seguridad en la desnudez de su cuerpo en contraposición a esa Julia inocente, condenada a la sumisión familiar y social a la que se veía expuesta en todos los ámbitos de su vida, dejaba en evidencia que algo en su interior resonaba como un castigo. Algo dentro de ella se empeñaba en permanecer dormido, pero, por mucho que intentara reprimirlo, aquel instinto animal no tardaría en despertarse.
Lo primero que quiero que sepa una mujer es que su principal virtud es la castidad.
Enseñanza del libro de Juan Luis Vives, Instrucción de la mujer cristiana
Julia apresuró el paso para no volver a llegar tarde. Había prometido a su madre que la ayudaría con los encargos que tenía pendientes en la sala de costura. Aunque aquel día los demás cortesanos disfrutarían en breve de un suculento desayuno, que se iba a preparar en el jardín de palacio para conmemorar el día en el que el monarca fue nombrado rey de España, Julia debía hacerse cargo de todos los deberes que Mercedes le había encomendado. Para empezar, descoser los bajos de los vestidos, algo que la joven odiaba con todas sus fuerzas.
—¿Has vuelto a dormirte? —le preguntó su madre cuando la vio aparecer por la puerta con ritmo ligero.
—Lo siento, madre, me han entretenido por el camino —alegó Julia para excusarse mientras le regalaba un cariñoso beso en la frente.
—¡Anda, siéntate ahí y descose los dobladillos! —le ordenó con apremio ante su demora.
Julia obedeció el mandato sin oposición, pero un jolgorio en el jardín hizo que no tardara mucho en desear estar en otro lugar. Las costureras jóvenes se levantaron de un salto de la silla y se dirigieron a uno de los ventanales. Habían preparado una larga mesa con manteles blancos de lino y rebosaba de un festín gastronómico donde las flores y las frutas daban color al paisaje.
—Daría lo que fuese por estar ahí —suspiró una de las costureras.
—Si estuviéramos fuera, a ver quién iba a vestir a toda esa tropa de engreídos —añadió otra, provocando la carcajada de las allí presentes.
—¡Niñas, esa boca! —les reprochó Mercedes.
Pero todas sonrieron, pues la consideraban casi una segunda madre.
—Carmela tiene razón, Mercedes, ¿acaso has olvidado el numerito que montó el otro día el rey Carlos porque el botoncito de la camisa no estaba «en la coordenada exacta» que él quería? —dijo otra de las jóvenes imitando con voz cómica al rey, y a Mercedes no le quedó otro remedio que echarse a reír.
—¡Qué bonita te está quedando la capa del conde-duque, Mercedes! —le aplaudió Lola, que se acercó a tocar el género.
—Ya no me siento ni la yema —se quejó esta mientras se daba golpecitos en los dedos para comprobar que la sangre seguía corriendo—. Si no fuera porque es para quien es…, ya hubiera mandado esta capa al cuerno hace días.
—Pero ¡si te brillan los ojos cuando la miras! —le increpó Lola, que sabía todo lo que significaba aquella capa.
—¡Ay, pícara! A ti sí que te brillan los ojos. Y da gracias de que doña Luisa no se enterase de que mancillaste sus telas. —Rieron ambas al unísono, recordando el momento de la confidencia de Lola.
—Ya me ando yo con cuidado para que no se entere. Pero he de confesarte, Mercedes, que ese hombre es una bestia. No escatima en embistes y tengo todavía el sexo tan hinchado que apenas puedo caminar juntando las piernas. Mi cuerpo experimenta cosas increíbles que no soy capaz de describir con palabras —confesó Lola entre risas, bajando la voz.
—¡Ay, niña, vaya cabecita la tuya! —dijo la otra en un tono de educada reprimenda.
—¡No me seas antigua, Mercedes! Y eso que no te he contado cuando me… —dijo Lola sacando la lengua y lamiendo el aire— ahí abajo…
—¡Anda, tira y no me seas bruta! —la instó Mercedes, arrojándole una madeja de lana.
A pesar de que Julia tenía un semblante como de tener la mirada perdida, había estado con la oreja puesta en toda la conversación de su madre con la joven costurera. Y un mar de dudas la asaltaban. Porque, a pesar de su edad, era el resultado inocente y casto de una rígida educación. Tenía un miedo atroz a fallar a sus padres, a no ser el ejemplo de niña buena y correcta que ellos o su abuelo esperaban. Así que allí estaba, muriéndose de ganas de estar presente, como invitada, en el desayuno del jardín, pero aguantando estoicamente en aquella sala descosiendo dobladillos. Por tanto, aun sabiendo que a su madre no le gustaba tratar esos temas con ella y que se sonrojaba al hacerlo como si le hubieran coloreado las mejillas con dos tomates, Julia sintió la necesidad de averiguar más sobre aquello de lo que nunca hablaban: el sexo.
—¿Qué son los embistes, madre? —preguntó, haciendo alarde de esa candidez que la caracterizaba.
—Pues es cuando alguien se lanza con ímpetu hasta chocar con algo —contestó Mercedes, intentando salir del paso.
—Me refiero a los embistes de los que hablaba Lola —insistió la muchacha.
—Julia, ¿cuántas veces te he dicho que es de mala educación escuchar conversaciones ajenas? —le reprochó su madre.
—No estaba escuchando, pero mis oídos están en su sitio y el tono de Lola no ayuda precisamente a evadirte —confesó Julia.
—Un embiste… Ay, hija, eso son cosas de mayores —alcanzó a decir Mercedes, dejando en evidencia que, efectivamente, no le gustaba hablar de esos temas.
—Madre, tengo veintitrés años, ¿acaso no te parezco lo bastante mayor? —le recriminó mientras su progenitora suspiraba, dándose por vencida.
—Julia, el sexo por placer es algo peligroso. Lola Valderrama es una descerebrada y no le auguro un buen porvenir si sigue por ese camino. La castidad y la virginidad hasta el matrimonio son las principales virtudes de una mujer —alegó Mercedes.
—Lo sé, madre, yo he seguido siempre tus consejos. Sé que he de esperar, la castidad es una gran virtud, pero también lo es la paciencia —dijo de memoria Julia para demostrar que tenía más que interiorizado el discurso familiar.
—No tengas prisa, hija, no te pierdes nada. El sexo está pensado únicamente para dar a luz una vida, es sinónimo de procreación; todo lo demás es pecado. Y eso bien lo sabe el que nos vigila desde arriba —dijo Mercedes, señalando con el dedo índice el cielo para hacer referencia a Dios.
—Lola ha dicho que su cuerpo experimentó cosas indescriptibles con el tal Iván, y que no era capaz de definirlo con palabras —repitió Julia tenaz, como si en el fondo aquel discurso no llegara a convencerla del todo.
—Lola es una charlatana, hazme caso a mí que soy tu madre. Ya sabes las tres palabras mágicas que te convertirán en una mujer de provecho —insistió Mercedes.
—Castidad, obediencia y respeto —dijeron Julia y la madre al unísono.
Sus padres se las habían marcado a fuego para que el día de mañana fuera una buena esposa y madre. Ellos creían en la importancia de la castidad y la virginidad; no podía llegar al matrimonio siendo una cualquiera desposada antes en la cama de alguien que no fuera su marido. La obediencia era otro de los pilares fundamentales para ser una esposa sobresaliente: complacer los deseos del esposo, acceder a sus peticiones, mirar por su bienestar, cuidarlo, alimentarlo y aprender a quererlo. Y por último, el respeto, aunque en realidad este solo servía para disfrazar lo que de verdad seguía a la obediencia: la sumisión. Debía ser sumisa, aceptar que el día que se casara su voluntad estaría a merced de su marido, vivir por y para él. Pero, a pesar de saberse a pies juntillas aquella retahíla de deberes que debía cumplir, un pequeño resquicio de curiosidad le arañaba los adentros.
A Julia y al príncipe Gonzalo los separaban tan solo dos años de diferencia, pero eso no les había impedido hacerse inseparables. Al principio nadie reparó en esta amistad, hasta que él se hizo un hombre y aquella unión entre ambos dejó de estar bien vista por los reyes, ya que, a fin de cuentas, ella era una cortesana más y no pertenecía a la nobleza.
A temprana edad, eran pocos infantes en palacio, por lo que en las clases había una mezcolanza etaria. Motivo por el cual Gonzalo y Julia se convirtieron con el tiempo en buenos amigos, tras haberse descubierto como compañeros de fechorías.
Con seis y ocho años cometían travesuras menores y corrían tras las faldas de Mercedes para escapar de las reprimendas de Eugenia, el ama de llaves, cuando esta veía que, de nuevo, le habían escondido las gafas a Alfonso, el camarero mayor, justo en el momento en el que debía ir a ayudar al rey Carlos con la vestimenta. Otras veces robaban mendrugos de pan de la cocina cuando todos se encontraban en misa y, apostados en los balcones reales, disparaban misiles de migas contra los visitantes de palacio, con especial hincapié en los lampiños que se cruzaban en su camino.
Pero entre sus fechorías había una que repitieron durante años cada lunes. Aún era una cita imprescindible que Gonzalo y Julia vivían con inocencia, con la que descubrieron por primera vez lo que sucedía cada semana en la Biblioteca Real. Porque la realidad era que no solo las palabras de Lola habían despertado la curiosidad en Julia, sino también aquello que habían visto cada lunes desde niños escondidos tras una estantería de libros y llevados por un fisgoneo desmedido. Aquella fechoría infantil le había generado siempre demasiadas preguntas. Gracias al encuentro que habían descubierto entre Eugenia y Alfonso, Julia comprobó, con el paso del tiempo y la influencia de su madurez, que el sexo era algo más que una herramienta para procrear.
—No pares, Alfonso, por Dios, no pares —jadeaba Eugenia mientras se levantaba el vestido con ambas manos y lo sujetaba a la altura de las caderas.
—¿Lo quieres más fuerte? —decía Alfonso, que apretaba con un deseo desmedido su cuerpo contra el de Eugenia.
—Quiero sentirte más dentro —suplicaba el ama de llaves.
—¿Así? —preguntaba pícaro Alfonso mientras hundía su verga en ella.
—¡He dicho que más fuerte! —le recriminaba Eugenia, que tenía el mismo carácter para echar una reprimenda que para suplicar más placer.
La biblioteca ocupaba el ala noreste del palacio y constaba de dos plantas. El acceso se hacía a través de un interminable pasillo copado por librerías de caoba que albergaban más de trescientas mil obras impresas entre fondo antiguo y moderno. Julia y Gonzalo se escondían detrás de la tercera estantería, donde se encontraban los tomos de geografía española. Aunque la única geografía que allí estudiaban era la de la lengua del camarero mayor del rey recorriendo cada centímetro de la piel del ama de llaves. Aquella señora gruñona perdía los vientos por el que fuera uno de los ayudantes más importantes del rey Carlos. Allí cada lunes se reunían en secreto para estudiar, o más bien estudiarse, la anatomía.
El modo de actuar siempre parecía el mismo. Como si de una fantasía se tratase, el ama de llaves aguardaba a su caballero en la sexta columna repleta de libros del pasillo. El tema de dichos ejemplares eran los idiomas extranjeros, aunque estaba visto que el que mejor hablaban dichos amantes era el del sexo. Ella apoyaba los codos en la repisa y, sin enaguas, esperaba la entrada del falo de Alfonso. Él siempre aparecía en escena ataviado con sus mejores galas y, sin mediar palabra, le levantaba bruscamente la parte de abajo del vestido y se lo arremangaba hasta la cintura. Entonces la embestía una y otra vez contra aquella librería y ella gemía, intentando que nadie los oyera, a la vez que lo reprendía para que cumpliera sus deseos. Tras penetrarla con fuerza, el viaje de sus lenguas. Se desnudaban mutuamente con la prisa del que toca una olla que quema al intentar cambiarla de fogón. Era ahí cuando, por turnos, se recorrían todo el cuerpo cual animal que marca su territorio.
Julia y Gonzalo eran muy jóvenes cuando se encontraron con aquella escena por primera vez. La inocencia de dos críos que descubren en cuerpos ajenos el sexo. Al principio no entendían bien por qué ambos respiraban con más fuerza y giraban los ojos, clamándole al cielo tanto cuando la lengua de él recorría el sexo de ella como cuando la de ella rodeaba el pene de él. Mientras aquellos amantes se sumían en el placer más profundo, Julia y Gonzalo se mordían los carrillos para no explotar de la risa, pues todavía no habían sido desprovistos de la inocencia.
Pero no fue hasta que Gonzalo cumplió los catorce años cuando el joven quiso poner fin a ese encuentro que los reunía cada lunes en la biblioteca.
—A ti te andaba buscando —dijo Julia con tono de enfado.
—Pues aquí estoy —contestó seco el príncipe, que se encontraba cepillándole la crin a su caballo.
—Es el segundo lunes que me quedo esperándote en la biblioteca. Si esto me lo hace mi mejor amigo no quiero imaginar qué me harán mis enemigos —le recriminó la muchacha.
—Tenía cosas que hacer —contestó él con cierto halo de tristeza.
—Sí, claro, cepillarle de nuevo la crin a tu caballo, igual que el lunes pasado. Parece que cumplir catorce años te ha vuelto un completo idiota —porfió Julia ante el nuevo desplante de su amigo.
—Julia, no insistas más, te dije que no pensaba volver a espiar a Eugenia y a Alfonso. Me he aburrido ya de ese estúpido juego, y me sorprende que esto tenga que explicártelo yo a ti, que tienes dieciséis años y sigues actuando como una cría —confesó Gonzalo.
—Ese no es el problema. Llevas meses con la cara mustia y ya ninguno de nuestros planes parece divertirte. Quizá el problema es que te has aburrido de mí —le reprochó la joven, que no entendía el comportamiento de su mejor amigo.
A partir de ese día vivieron un claro distanciamiento. La joven intentaba entender la razón de actuar así de su amigo, y, aunque lo procuró en numerosas ocasiones, no hubo éxito. Lo que Julia no sabía es que tras aquel enrarecimiento estaban los reyes. Con el paso de los años habían dejado de ver con buenos ojos esa amistad. Todo cambió cuando los vapores melancólicos del rey Carlos empezaron a hacer mella en él. Corrió por palacio el rumor de que más pronto que tarde el monarca ansiaba abdicar en su hijo. Por lo que la cercanía entre ambos jóvenes comenzó a ser un problema para los reyes, pues creían que Gonzalo gastaba demasiadas energías en realizar estúpidas fechorías con Julia en vez de centrarse en seguir los pasos marcados que lo acercaran al amor y a la corona. Porque el estatus en palacio era un regio mandato que marcaba sin clemencia las diferentes clases sociales. Todo el mundo sabía cuál era su sitio, y, si alguien no lo sabía, ya habría quien no dudaría en recordárselo.
—Hijo, cambia esa cara, ni que se hubiera muerto alguien —lo azuzó el rey con poco tacto.
—No me importaría haber sido yo ese alguien —contestó con ira el joven príncipe.
—¿Todo esto por la chiquilla esa? —añadió con desdén la reina Victoria.
—La chiquilla esa tiene nombre y se llama Julia —refunfuñó Gonzalo.
—Esto es lo mejor para ti y para ella. ¿Cómo crees que iba a tomarte en serio tu futuro séquito si andas correteando por palacio con una simple cortesana? —intentó hacerle entender el rey.
—Créeme que has hecho lo correcto, hijo —dijo la reina mientras hacía un amago de abrazarlo, pero él rápidamente se zafó de los brazos de su madre.
—Me obligasteis a hacerlo. El conde-duque me dijo que, si seguía viéndola, tendría que invitarlos a ella y a su familia a marcharse de palacio —reconoció enfadado el joven, sacando a relucir el chantaje al que se había visto sometido por parte del conde-duque.
—¡Ay, hijo, será por falta de mujeres! —finalizó su padre, obviando el pesar de Gonzalo.
Durante varios años el príncipe estuvo sumido en un halo de tristeza y cumplió a pies juntillas la orden de distanciarse de su amiga, jugando al despiste para evitar cualquier encuentro entre ambos y balbuceando monosílabos cuando las concurrencias eran inevitables.
No fue hasta el decimoctavo cumpleaños de Julia cuando Gonzalo decidió retomar poco a poco la única causa de felicidad que poseía en aquel palacio: su mejor amiga.
—Julia, rápido, abre —dijo al otro lado de la puerta de la habitación de la joven.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Julia incrédula al ver después de tanto tiempo a su viejo amigo.
—Felicidades —espetó Gonzalo, que sostenía una tarta con las manos y empujaba con la pierna derecha la puerta de la habitación para cerrarla a su paso.
—Tú y tus patéticas tartas —rio con recelo Julia al ver la horrorosa creación del joven.
—La intención es lo que cuenta —se excusó él.
—Pues, sinceramente, no entiendo bien, después de tanto tiempo, cuál es tu intención —dudó la muchacha.
—Pedirte perdón —confesó el príncipe.
—Creo que tu perdón llega un poco tarde —reconoció Julia con recelo.
—No hay nada que esta horrible tarta no pueda curar —dijo el joven, y le arrancó la risa a su vieja amiga.
—Exactamente, dos años tarde —añadió empecinada ella.
—Lo siento —respondió él sinceramente.
—Te he echado de menos, ¿sabes? Y no era justo —confesó Julia, que jamás había entendido a qué se debía aquel distanciamiento.
—Yo también te he echado de menos —añadió Gonzalo.
—Anda, deja esa tarta ahí —le ordenó la joven señalando una mesa— y abrázame.
Los dos amigos se fundieron en un sincero abrazo que dejaba en evidencia el cariño que había entre ambos y lo mucho que se habían echado de menos todo ese tiempo distanciados.
—Por cierto, hoy tengo un aburrido desayuno en el jardín de palacio que ha organizado mi madre para sus amigas. Te suplico que vengas luego a salvarme —le pidió él, rogándoselo con las manos.
—O sea que ¿solo me querías para eso? —rio la joven.
—Por supuesto —le siguió la broma Gonzalo.
—Bueno, así haré. Acudiré a tu rescate —repuso Julia al ver que por fin su amigo volvía a ser el de siempre.
—Solo una cosa más —dijo él, agachando la cabeza.
—Dime —lo animó ella.
—Será mejor que nadie nos vea juntos —pidió el joven príncipe con un tono de voz que insinuaba avergonzamiento.
—¿De veras has venido aquí a pedirme perdón y ahora me vienes con estas? —preguntó Julia atónita sin dar crédito al comentario de su amigo.
—Confía en mí, por favor. Te juro que algún día lo entenderás —le suplicó Gonzalo mientras le cogía las manos a modo de súplica—. Te espero luego en el jardín.
Aquella vez, a Julia la mañana en la sala de costura se le hizo interminable.
Miles de pensamientos se sucedían en la cabeza de Julia mientras que le zurcía los botones a una camisa. Quería entender qué le había sucedido a su amigo para que dos años atrás hubiera desaparecido sin explicación alguna, pero la felicidad por tenerlo de vuelta era mayor que aquellas incógnitas.
—Madre, ya he terminado de zurcir los botones de las seis camisas y de coser el dobladillo de todos los pantalones. ¿Puedo irme? —suplicó visiblemente nerviosa y con una amplia sonrisa en el rostro.
—¿A qué se debe tanta prisa? —preguntó extrañada su progenitora.
—Tengo que hacer unos recados —quiso disimular Julia.
—¿Y esa sonrisa? Recuerda que soy tu madre y te conozco más que tú misma —añadió Mercedes.
—Es porque estoy feliz de haber terminado todos mis deberes. ¡Mira qué bien he cosido los botones de las camisas! —dijo para intentar zafarse de las pesquisas.
—Puedes irte, pero ándate con cuidado —la sermoneó su madre.
Y es que a una madre es imposible mentirle.
En cuanto la joven obtuvo el permiso para acabar la jornada de costura, salió corriendo de la sala en dirección al jardín. Pero al llegar ya era tarde y los sirvientes estaban recogiendo la larga mesa con mantel de lino y portando las pocas sobras que habían quedado a la cocina. Julia llevaba toda la mañana impaciente por ver a Gonzalo, aunque fuera a hurtadillas, pero se había demorado en su promesa de salvarlo de aquel aburrido desayuno entre damas de la nobleza. En ese momento una mano tiró de ella y los ocultó detrás de unos enormes setos.
—Ya pensaba que no vendrías, bribona —reconoció el príncipe Gonzalo mientras le propinaba un cariñoso coscorrón.
—¡Para, idiota! —le gritó Julia riéndose—. Mi madre me ha tenido toda la mañana descosiendo dobladillos y zurciendo botones.
—Por tu expresión adivino que esa sigue sin ser tu tarea favorita. —Se rio.
—La odio, pero es mi deber.
Julia tenía muchos deberes. La palabra «debo» era su muletilla preferida. Vivía sumida en un mandato continuo que los demás le imponían y que ella solo se atrevía a cumplir. Sentía que se lo debía a sus padres y a su abuelo. Quería que estuvieran orgullosos de ella y que la validaran. Al fin y al cabo, su familia solo deseaba lo mejor para su futuro.
—Tu deber era haberme salvado a mí esta mañana de este aburrido desayuno. Y no lo has cumplido —le recriminó entre risas el príncipe.
—No me lo tengas en cuenta, anda —contestó Julia disimulando su pena, porque en el fondo sentía no haber disfrutado de la compañía de su amigo.
—Te perdono, pero esta tarde no se te ocurra faltar a las caballerizas. El mozo de cuadras irá a hacer unos recados y podremos montar sin que nadie nos vea —dijo Gonzalo emocionado.
—Vas a matarme. Esta tarde debo ayudar de nuevo a mi madre en la sala de costura —suspiró Julia refunfuñando, porque en el fondo se moría de ganas por salir a montar a caballo junto a Gonzalo.
Y ahí de nuevo estaba ese «debo» que tanto la atormentaba. Ese «debo» que cargaba como una robusta roca y que no la permitía avanzar. Que le había impedido ser dueña de sus propias decisiones. Que pesaba como una condena. Que le hacía cumplir al milímetro el plan de vida que su familia había diseñado para ella. Que la alejaba cada vez más del hombre al que en silencio amaba. Porque la jaula de Julia tenía bonitos barrotes de oro y cadenas de bronce, pero, sobre todo, tenía presa la vida de una joven sin voz ni voto en su destino.
Fue el amor por su primera mujer, María Luisa Gabriela, el que le hizo vivir momentos de enaltecido éxtasis, aunque eso no lo libró de esos episodios depresivos que a menudo sufría.
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Julia tardó en entender que de pequeña el corazón no le latía a un ritmo frenético porque tuviera miedo a la colleja que pudiera propinarle el ama de llaves cuando los pillaba con las manos metidas en la cesta de los panes. El corazón le latía a ese ritmo siempre que el príncipe Gonzalo estaba cerca de ella. Quiso negarse a sí misma, con todas sus fuerzas, que lo que sentía por el príncipe no era más que un inocente amor de infancia. Esa clase de amor que los griegos bautizaron como philia. Un amor fraternal, entre amigos, alejado del romanticismo y que tan solo busca el bien de la otra persona. Pero, tras dos años de distanciamiento, al volver a retomar su amistad, Julia tuvo que aceptar que lo que sentía por su amigo iba más allá de un simple juego de niños. Los recuerdos junto a él eran infinitos, siempre destacaba alguno en su memoria.
—¿En qué piensas, Julita? —preguntó curioso el joven.
—Te he dicho que no me gusta que me llames Julita —le reprochó enfadada.
—Perdooone usted, señorita. Desde que ha cumplido los dieciocho está insoportable. —Gonzalo se rio.
—Yo por lo menos les dedico tiempo a mis amigos —le recriminó Julia.
—No estarás celosa, ¿no? —preguntó el príncipe entre carcajadas, burlándose de ella, mientras le daba un pellizco en la mejilla.
—No digas bobadas, simplemente me remonto a las evidencias. Desde que sales a pasear con Casilda por el jardín de palacio, tienes poco tiempo para los demás. Pensaba que después de estos años separados harías propósito de enmienda… —se sinceró Julia.
—¿Para los demás…? ¿Te refieres a ti, Julita? —preguntó con cierta sorna, porque no quería reconocer que su amiga tenía razón.
—Mira, ¡olvídalo! —respondió ella mientras se levantaba airada y lo dejaba casi con la palabra en la boca.
Fue al empezar Gonzalo a compartir más tiempo con Casilda, la hija de los condes de Aurioles, que pasaron una temporada en Madrid por una serie de negocios, cuando Julia reparó en que sus sentimientos por el príncipe distaban mucho de los que se sienten por un buen amigo. La realidad era que los celos la invadían al ver que con la otra paseaba a la vista de todos. Aunque Casilda duró lo que dura la floración de la lavanda: solamente los meses de aquel verano.
Julia siempre tuvo miedo a enamorarse porque no lo tenía permitido. Ella sabía que tener sentimientos hacia alguien era cavarse su propia tumba y dejar que otra persona la enterrara viva. ¿De qué le servía sentir si serían sus padres los que tomarían la decisión de a quién debía amar? Esa era la duda que le rondaba día y noche en la cabeza. Y se odiaba por la respuesta: amar a Gonzalo no tenía ningún sentido. Así que, al cumplir los dieciocho, decidió arriesgarse con un juego peligroso: hacer como si nada. Porque no solo estaba el miedo a fallar como hija, sino que temía aceptar la peor de todas las certezas: su amigo de la infancia jamás le correspondería, porque Gonzalo era un príncipe, y ella, una simple cortesana.
La familia de él, a diferencia de la de Julia, no debió ganarse su sitio en palacio, porque sus derechos sucesorios les otorgaban el beneplácito de instalarse. El rey Carlos Serna de los Monteros fue el primero de su dinastía.
Su llegada a Madrid le hizo anhelar su amada Francia y desear con todo su ser volver allí. El amor por su primera esposa, Ana, fue el único motor capaz de hacerle recobrar las fuerzas para seguir llevando la corona. Quiso desprenderse de ella en numerosas ocasiones. Todas aquellas veces en las que deseó cerrar los ojos y volver a su vida de antes, pues siempre creyó que esa herencia era un regalo envenenado.
—Querida, no soporto este lugar, odio el Alcázar Real, y mira esos desgraciados, ¿acaso creen que pueden llevar esos ridículos ropajes? —criticó el rey Carlos cuando llevaba tan solo unos días en España.
—Te entiendo, querido. Pero debes darle una tregua a este país, su corona ahora te pertenece. A los dos. —Su primera esposa lo intentaba reconciliar con España, haciendo acopio de paciencia.
—¿No entiendes que no quiero gobernar a esta panda de ineptos? Míralos, con esa estúpida sonrisa, como si creyeran que me pueden hacer cambiar de opinión sobre este lugar —sentenció el rey, que ansiaba con todo su ser volver a Francia.
Pero su odio hacia este país no era lo único que lo traía de cabeza. Había dos fuerzas mucho peores que lo arrastraban hacia un abismo, y el monarca no disponía de vigor para acabar con ellas. Una eran los vapores melancólicos que lo azotaban. Una dolencia que le hacía oír voces en su mente que eran más fuertes que su fuerza de voluntad. Imaginaba cosas irreales. Su estado de ánimo fluctuaba de un lado a otro y sus ganas de vivir venían y se iban de manera poco ordenada. El segundo de sus problemas era la lujuria. Sí, la lujuria. Porque la corte de los Monteros no era una pradera celestial y virginal. Nada más alejado de la realidad. El rey Carlos sufría una vorágine de emociones y su vida se regía por un continuo viaje entre la depresión y la euforia. Su máxima en la vida era la consecución del orgasmo múltiple. Para ello recurría al onanismo, y tras practicarlo corría a confesarse, porque necesitaba oír el perdón de Dios por sus actos. Pero también acudía a su esposa Ana, una bendita santa, para que complaciera sus más anhelados deseos. El rey se pasaba su jornada laboral o masturbándose o teniendo sexo con la reina.
El rey pasaba largas horas en su habitación, lo que provocaba que toda la corte se preguntase qué estaba haciendo allí. La realidad era que se encontraba en sus aposentos manteniendo relaciones con la reina, porque para él el sexo diario era mandato expreso. Tanto era así que la salud de la reina se vio perjudicada por tan intensa actividad. Su primera esposa no tardó en empeorar. Su cuerpo necesitaba quietud, pero su marido le imploraba que no cesara en sus uniones carnales. Incluso durante sus últimos alientos, el rey Carlos seguía metido bajo sus sábanas y mantuvo relaciones sexuales con ella hasta el final de sus días, cuando una enfermedad desconocida acabó con ella.
Su segunda esposa, la reina Victoria Ladrón de Guevara, llegó a su vida como una luz que alumbra el camino. La eligieron a ella porque necesitaban una mujer fuerte que tirara de aquel carro y, sobre todo, que poseyera caderas anchas como símbolo de buena engendradora de hijos sanos, ya que el rey no contaba todavía con descendencia. La gente de la corte esperaba que llegase a palacio una jovencita dócil y manejable, pero se encontraron con una mujer de larga cabellera rubia, hipnóticos ojos pardos y un paso firme. Una mujer que limpió rápidamente aquel entorno de cualquier posible adversario. La reina Victoria era de armas tomar y pronto le quedó claro a todo el mundo.
—Alfonso, esta noche quiero llevar a la cena de gala la tiara de Turín —ordenó la reina Victoria.
—Pero, Su Majestad, sabe que esa tiara… —intentó explicar el camarero mayor del rey con miedo a la represalia.
—¡Quiero-esa-tiara! —gritó ella, haciendo breves pautas entre palabra y palabra para enfatizar su orden.
—Pero, Su Majestad, sabe que el rey Carlos mandó que nadie tocara las joyas de la antigua reina —se excusó Alfonso.
—¿Ve usted por aquí a la antigua reina? No, ¿y sabe por qué? Porque se la están comiendo los gusanos. Y ya no va a poder disfrutar de esa bonita tiara de perlas naturales y diamantes. ¿Y sabe quién sí puede disfrutarla? —preguntó con cierta sorna la reina Victoria.
—Usted, Su Majestad —contestó dándose por vencido el hombre.
—Efectivamente, yo —sentenció con soberbia.
Y es que Victoria Ladrón de Guevara había crecido en la soledad de su habitación bajo el regio mando autoritario de su madre, que quería hacer de ella una futura reina. Tal fue su ahínco en este reto que su progenitora la cultivó en el mundo de los idiomas, la música, la política y las bellas artes. Y la instruyó en los más delicados modales. Imperiosa y altanera desde que tenía uso de razón, su mayor habilidad consistía en espetar de forma poco asertiva cualquier veneno de serpiente que escupiera por su boca. Sus palabras eran dardos que alcanzaban su objetivo sin tan siquiera verlos venir. Pero su belleza era hipnótica. No había persona que no se desnucara tras el paso de la reina con tal de seguir esa ristra de hermosura. Tenía algo indescriptible en su mirada. Dicen que el día que el rey Carlos la conoció, sus ojos se tornaron y su cuerpo estremeció ante tal cantidad infame de encanto. Y desde entonces jamás se separaron. Lo hacían todo juntos: comer, pasear, dormir y hasta confesarse. Fruto de su amor y su desenfrenada pasión nacieron dos vástagos.
A la mayor la llamaron Loreto. Su nombre provenía del latín lauretum, que significa «lugar poblado de laureles». El laurel se utilizaba en la antigua Roma para coronar a emperadores, guerreros…, como símbolo de victoria, triunfo y grandeza. Y es que su nombre era un presagio de su porvenir.
Loreto fue una niña tímida y conservadora, que pasaba los días en palacio rodeada de libros. Los devoraba uno detrás de otro, recabando informaciones de todo tipo, desde cocina hasta geografía, pasando por cultura. Su leve sonrisa vaticinaba un mundo interior bastante amplio. Ella parecía estar siempre ensimismada. Unos diminutos ojos azules se escondían entre un océano de pecas. Su melena castaña, por encima de los hombros, multiplicaba la imagen de bondad que rezumaba por los cuatro costados. Su saber estar, su complicidad con toda la corte y su espíritu cultivado hacían de Loreto una sucesora perfecta, pero las leyes favorecían al hombre de la familia y su hermano era el primero en la línea de sucesión.
El amor por los libros de la joven infanta la llevó a entablar una bonita amistad con Julia; compartían comentarios y reflexiones acerca de lo que leían. Este vínculo se hizo más fuerte en aquellos años en los que la joven cortesana y su hermano se distanciaron, por lo que la infanta se convirtió para Julia en un importante pilar donde apoyarse.
El segundo vástago de los reyes era el príncipe Gonzalo, futuro rey de España. Llevaba el cabello perfectamente recortado. Era de un color oscuro, paseándose entre el negro más puro y un castaño intenso. Lo bonito de sus ojos no era solo su color arena, sino el brillo especial que poseían, capaz de contar mil y una historias. El muchacho era alto como el reloj de la torre. Su cuerpo estaba cincelado como las hojas de acanto de los capiteles de una columna corintia, resultado de su apego por las carreras que se daba cada día en los jardines de palacio. Por el mismo motivo, su piel era dorada como los pomos de las puertas de las habitaciones reales. Al príncipe le gustaba correr por el jardín con los primeros rayos de sol de la mañana. Como un ritual, desde que habían vuelto a reconciliarse, Julia se sentaba cada día a esperarlo mientras leía en el banco de piedra que daba acceso a los jardines y en el que tantas horas pasaban juntos. Era el banco preferido de ambos porque se hallaba oculto entre una arbolada, ajeno a miradas impertinentes. Además, no faltaban, como siempre, ojos indiscretos de jovencitas que se aglutinaban en cada rincón del jardín a la espera de que Gonzalo levantara la vista, jadeando por el ajetreo de su cuerpo sudoroso entre carrera y carrera, y la clavara en ellas. Para delirio de estas muchachas, eso nunca sucedía.
—Corre, Rocío, disimula. Creo que nos está mirando —dijo nerviosa una de las jóvenes cortesanas que paseaban por el jardín.
—¿Tú crees, Cristina? Por la expresión de su rostro yo diría que está rezando para no desfallecer —contestó bastante segura su amiga.
—Verás como no, levantemos con esmero la mano y saludémoslo —la convenció la otra mientras le agarraba la mano a su amiga y la subían a la vez realizando aspavientos para llamar la atención del príncipe Gonzalo. Pero él nunca reparaba en la presencia de las bonitas muchachas.
Gonzalo se había convertido en uno de los más apuestos mancebos de las monarquías europeas. Su sonrisa cautivadora hacía derretirse a las jóvenes cortesanas y a las que no lo eran tanto. Tenía un encanto natural que generaba los suspiros de todas las mujeres casaderas. Incluida Julia.
—Ahí tienes a tus polluelas revoloteando —le advirtió esta al ver a las chicas, que disimulaban para no ser pilladas con los ojos puestos en Gonzalo.
—Anda, Julia, ¡no seas despiadada! —En el fondo le gustaba ser el centro de atención de las féminas.
—No soy despiadada, pero podría llenar un estanque con las babas que van dejando a tu paso. —Se rio.
—¿Acaso te molesta, señorita? —la picó Gonzalo, que comenzó una guerra de cosquillas.
—Me es indiferente —lo cortó rápidamente Julia.
—Ah, ¿sí? ¿Yo también te soy indiferente? —preguntó el príncipe mientras apoyaba la barbilla en los puños, a la espera de una respuesta.
—Por supuesto que sí —contestó ella intentando mentir y ocultar que no soportaba que su amigo de la infancia poseyera un arsenal de pretendientas.
Porque a Julia la invadía un sentimiento de insuficiencia, de inferioridad. Al lado de Gonzalo ella siempre se había sentido inepta. E invisible. La educación que había recibido y que se basaba en la castidad, la obediencia y el respeto la había llevado a desarrollar una personalidad sumisa e insegura. Tenía la certeza de haber sido engendrada con la única misión de servir a su futuro marido. Un buen esposo para el cual ella estuviera dentro de su nivel social, cosa que no se cumplía con Gonzalo y que el conde-duque Francisco, como buen amigo de la familia, se ocupó de recordarle en numerosas ocasiones a través de su padre. Motivo por el cual ella entendió que verse a escondidas era la mejor opción para ambos.
Julia ya no era una niña. Y eso también se adivinaba en las conversaciones que mantenían el príncipe y ella; a medida que pasaban los años, se iban tornando más maduras, y siempre ocultas a los oídos del resto. La diferencia de edad entre ellos no era obstáculo y las charlas viraron hacia otros lares más intensos. Su educación en palacio les servía de trampolín para comentar cualquier tema referente a la cultura, la música, la política e incluso el amor. Habían creado una burbuja en la que el tiempo parecía que no pasaba. Salir de ella era aceptar que habían perdido, que el tiempo corría en su contra y que debían hacerse mayores para seguir los caminos que ambas familias les habían diseñado. Y eso significaba aceptar las obligaciones que la madurez conllevaba. Contando Julia veintidós años y el príncipe Gonzalo veinte, los jóvenes sellaron su amistad para siempre.
—Esta mañana he hablado otra vez con mi padre de «eso» —dijo el joven mientras echaba una ojeada a uno de los libros de la Biblioteca Real, escondidos los dos tras unas columnas para no ser vistos.
—¿Y «eso» es…? —preguntó Julia con cierto interés.
—Lo de mi futuro matrimonio —contestó su amigo con una frialdad pasmosa y sin levantar los ojos de la página.
—¿Y algo que contar? —quiso saber ella rápidamente mientras notaba un pellizco en la tripa solo al oír esa palabra de boca de Gonzalo.
—Voy a solicitarle a mis padres que se cumpla mi deseo de heredar el trono solo si encuentro el amor verdadero —explicó este como si estuviera hablándole de una receta de galletas.
—¿Qué significa eso? —indagó la joven cortesana mientras la pena la invadía al saber que en esos planes jamás estaría ella incluida.
—Significa que solo aceptaré ser rey de España si me caso por amor, sin que nadie elija a mi futura mujer por mí —declaró el príncipe con aires victoriosos.
—Tienes suerte —confesó Julia, que aprovechó que su amigo seguía inmerso en el libro para limpiarse tímidamente una lágrima.
—¿No piensas acaso que cada vez que hablamos de este tema es como si una fuerza nos empujara a crecer de repente? —planteó el joven en voz alta, levantando su mirada del libro para dirigirla a Julia.
—Hace mucho tiempo que crecimos, Gonzalo. Otra cosa es que nosotros hayamos hecho como que eso nunca ha sucedido —repuso ella.
—Ya, pero no quiero imaginar una vida en la que no podamos seguir viniendo los lunes a la biblioteca a espiar a Eugenia y a Alfonso —confesó el joven, que desde que habían vuelto a ser amigos había aceptado retomar la fechoría de los lunes—. Y no me imagino una vida en la que no seamos mejores amigos. No quiero volver a separarme de ti —se sinceró.
—Eso nunca pasará, Gonzalo —lo tranquilizó Julia, aunque realmente se estaba intentando calmar a ella misma.
—Júramelo por tu vida —le propuso mientras escupía saliva en su mano y se la tendía, como solían hacer cuando habían hecho alguna trastada y se tenían que jurar fidelidad hasta la muerte.
—¡Dios, no, Gonzalo!
—Por tu vida —repitió el príncipe.
Y no les quedó más remedio que sellar aquel pacto escupiéndose en las manos.