

El sol apenas había salido en el pueblo y Joel ya tenía los ojos abiertos como platos, listo para saltar de la cama de un momento a otro.
—¡Que se haga de día, vaaa! —se quejó impaciente.
El motivo de tanto estrés era el Aldeano Tendero. La noche anterior le había dicho a Joel que tenía una sorpresa para él, una novedad muy novedosa. Que lo fuera a visitar a la tienda a primera hora y que alucinaría en colores.
—Me pregunto si será algo nuevo, como un objeto, por ejemplo… —dijo.
Joel no podía más con el hype y se pasó la noche entera en vela, como si fuera Navidad. Dio cien mil vueltas en el colchón mientras imaginaba qué podría ser lo que le quería enseñar el tendero.
—¿Qué será? ¿Qué será? ¿Qué será? —repitió igual que un taladro.
—¡Quiquiriquíííííí! —cacareó el gallo, al fin, para anunciar el nuevo día.
—¡Ya era hora!
Joel lanzó las sábanas por los aires y… ¡FIU! Salió de casa como un misil teledirigido, levantando una nube de polvo.
—¡Un momento! ¡Un momento! —Frenó en seco al pisar el jardín—. Primero tengo que tomar un desayuno nutritivo. ¡Soy un adulto responsable! —se convenció a sí mismo.
Dio media vuelta y se fue a la cocina. Abrió un cajón y sacó lo que para él era un «desayuno nutritivo»: cereales Superchoc con extra de chocolate.

Se zampó la caja entera de un único bocado. Con el estómago lleno, ahora sí, estaba listo para ir a ver la sorpresa del tendero.
Salió a la calle dando saltitos de alegría y se sorprendió al ver lo animado que estaba todo.
—¡Hola, Joel! —le saludó el policía mientras perseguía a un ladrón.
—¡Hora de mazarse! —anunció Fuertaco, camino del gimnasio.
—¡A la cazuela que vas! —avisó Yatekomo a un escarabajo que revoloteaba por allí.

En realidad, era un día como cualquier otro en el pueblo, y los aldeanos hacían sus quehaceres habituales. Pero Joel no era muy madrugador y era la primera vez en la vida que bajaba a la calle a esas horas.
—¡Guau! ¡Me encanta mi pueblo! —dijo Joel para sí mismo.
Luego, se sacudió la cabeza un par de veces y recordó lo que estaba haciendo.
— ¡Dios! ¡Si yo iba a ver al Aldeano!
Aceleró el paso, dio un par de esquinazos y se plantó delante de la tienda en un periquete. La persiana estaba medio bajada, así que Joel prefirió avisar primero y golpeó con todas sus fuerzas.
¡POM! ¡POM! ¡POM!
—¡Aldeano! ¡Aldeano! ¡Soy yo, Joel! —lo llamó a pleno pulmón.
Pero no obtuvo respuesta alguna y repitió la operación:

—¡Aldeanoooooo! —exclamó hasta que se le acabó el aire.
Como no había manera, Joel decidió atajar por lo sano y se agachó para entrar.
—Seguro que se ha sobado en la trastienda —dedujo.
Cruzó al otro lado y apenas entraba la luz, lo que le daba a todo un aspecto de lo más tenebroso.
—Aldeano… —pronunció Joel con la voz temblorosa—. ¿Hola?
Dio un par de pasos y sin querer tiró una lata al suelo, pero, lejos de asustarse, Joel tuvo una revelación.
—Voy a gastarle una broma, ji, ji, ji… —murmuró como un niño travieso.
Agarró un slime mugriento de una de las estanterías y fue a hurtadillas hasta el mostrador. Aguantándose las carcajadas, abrió la caja registradora y escondió esa baba asquerosa ahí dentro.
—¿Tienes cambio de cien mocos? ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! —se rio solo de su pésimo juego de palabras.
—¡JOEL! —berreó alguien por detrás.
Era el Aldeano, que apareció de la nada, como si hubiera olido las trastadas del chico.
—¡Te-Te-Tendero! ¡¿De dónde has salido?! —respondió mientras se escondía el slime en el bolsillo disimuladamente.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó enfurruñado.
—¡¿Cómo que qué hago aquí?! —se indignó de pronto el chaval—. Si fuiste tú el que me dijiste que viniera a primera hora. ¡Que tenías una novedad novedosa!
—Mmm… —El vendedor de cachivaches raros se rascó la barbilla.
—¿Te has olvidado? ¡Oh, venga ya! —le riñó.
—Aaaaaah, sí, la novedad novedosa… Je, je, je… —El tendero cambió el tono para hacerse el interesante—. Está en la trastienda. Ve tú primero, ahora te alcanzo, je, je, je…
«Pues OK», pensó Joel sin entender muy bien el comportamiento de ese señor.
El chico cruzó el establecimiento y dejó al tendero detrás. Siguió por un pasillo oscuro hasta que…
—¡JOEL! —gritó de nuevo el Aldeano.
Lo raro era que, de algún modo, el señor había llegado antes y ya estaba en la trastienda.
—¡¿CÓMO?!
Joel se llevó un susto de muerte. Era incapaz de pronunciar una palabra, solo podía balbucear y señalar hacia ambas direcciones.
—Je, je, je… —murmuró siniestramente el tendero.
—Bueno, ¿y qué hay de lo mío? —Joel se recompuso y recordó el motivo de su visita.
—Pronto lo descubrirás.
El vendedor abrió un cajón y sacó algo de dentro: un misterioso aparato que Joel no alcanzaba a ver del todo bien.
—Es algo increíble y asombroso —le reveló el tendero—. Mira, mira…
El corazón del chico latía a un ritmo tropical. ¿Qué sería?, ¿qué sería?

Poco a poco, el viejo comerciante alargó el brazo para entregárselo.
—Es… es un… —titubeaba Joel tratando de ver lo que era—. ¿UN BOTÓN?
El Aldeano Tendero tenía un botón rojo de lo más simple en la palma de la mano. Al chico le empezó a salir humo de las orejas del enfado.

—¿Me has hecho madrugar para un estúpido botón? ¡Si tengo mil en casa!
—Pero no es un botón cualquiera, es un botón mágico…
—¿Un botón mágico? —dudó Joel—. ¿Y qué hace este botón mágico?
—Con él, podrás espiar a tus amigos… volviéndote invisible.
— ¿Volviéndome invisible?
—Efectivamente.
—Nah…, seguro que me estás troleando y es otro de tus chismes baratos.
—Que no, que no. Ya verás, te lo demostraré.
El Aldeano le arrebató el botón y lo pulsó. De pronto…

Desapareció delante de él, como por arte de magia.
—¿QUÉ NARICES…? —Joel pegó un bote del sobresalto.
Estaba tan impresionado que se le desencajó la mandíbula y le llegó al suelo.
—Ahora me crees, ¿no? —dijo la voz del Aldeano, que no venía de ninguna parte.
—Sí, sí, ¡te creo! —reconoció muy emocionado.
Y… ¡FLAS! Al chico se le bajaron solos los pantalones y quedaron al descubierto sus calzoncillos de corazones. Rápidamente se los subió, rojo como un tomate de la vergüenza.

—¡¿Qué haces?! —se enfadó el chico.

El tendero reapareció entre carcajadas; su invento funcionaba a la perfección.
—Eso por tomarme por un charlatán.
—Lo que tú digas. ¿Me lo das? —dijo con estrellitas en los ojos.
—Sí, ten. —Se lo dio—. Pero con una condición…
Pero ya era demasiado tarde. Joel se había esfumado como un huracán tras usar ese objeto milagroso.
—¡Voy a gastar la broma del siglo ! —resonó por toda la tienda.
—¡Espera, Joel! ¡Todavía no te he explicado los efectos secundarios! —trató de alertarlo el Aldeano Tendero.
Pero Joel no estaba, así que se encogió de hombros y volvió al curro sin darle más importancia.
—Total, seguro que lo rompe en cero coma dos segundos…
¿Quién sería la
primera víctima de Joel
y su nuevo juguete?