1

No estaba con Finny esa noche de agosto, pero mi imaginación ha grabado la escena en mi mente hasta tal punto que la siento como un recuerdo.

Estaba lloviendo, cómo no, y Finny se deslizaba bajo la lluvia con su novia, Sylvie Whitehouse, en el coche rojo que su padre le había regalado por su decimosexto cumpleaños. Dentro de unas pocas semanas, Finny cumpliría diecinueve años.

Estaban discutiendo. Nadie dice nunca nada sobre el motivo de la discusión. Para los demás, no es un detalle importante de la historia. Lo que no saben es que hay otra versión. Una historia que acecha bajo los hechos de la que ellos quieren ver. Lo que no saben, la causa de la discusión, es crucial para mi historia.

Casi puedo verlo: la carretera, resbaladiza por la lluvia, y las luces intermitentes de las ambulancias y de los coches de policía atravesando la oscuridad de la noche, advirtiendo a los transeúntes que había ocurrido una catástrofe y debían conducir despacio. Veo a Sylvie sentada de costado en la parte trasera del coche patrulla, tamborileando con los pies sobre el asfalto mojado mientras habla. No puedo oírla, pero la veo contarles el motivo de la discusión, y lo sé, lo sé, lo sé, lo sé. Si él hubiera estado conmigo, todo habría sido diferente.

Los veo a los dos en el coche antes del accidente; la lluvia torrencial, el mundo y el asfalto tan húmedo y resbaladizo como si lo hubieran engrasado para ellos. Se deslizan a través de la noche, juntos, lamentablemente, y discuten. Finny frunce el ceño. Está distraído. No está pensando en la lluvia ni en el coche ni en que la carretera está mojada. Está centrado en la discusión con Sylvie. Está pensando en la causa de la discusión justo cuando el coche se desvía repentinamente a la derecha, sacándolo de sus pensamientos. Imagino que Sylvie grita y él intenta recuperar el control girando demasiado el volante.

Finny lleva puesto el cinturón de seguridad. No hay nada que reprocharle. No se puede decir lo mismo de Sylvie. Cuando se produce el impacto, esta atraviesa el parabrisas y sale a la noche. Contra todo pronóstico, milagrosamente solo sufre cortes menores en los brazos y la cara. Aunque es cierto, es difícil de imaginar, tan difícil que ni siquiera yo lo logro. Todo lo que puedo ver es el momento posterior, el momento en que está suspendida en el aire, desafiando la gravedad, agitando los brazos a cámara lenta; el pelo, un poco ensangrentado y ahora mojado por la lluvia, ondea detrás de ella como el de una sirena; la boca está abierta en una O, en un grito de pánico; la noche, oscura y húmeda, hace de ella una silueta perfecta.

De repente, Sylvie está en la tierra otra vez. Choca contra el asfalto con un fuerte golpe y se queda inconsciente.

Yace en el suelo encogida. A Finny no le ha pasado nada. Respira con dificultad, está en estado de shock y desconcertado, y mira hacia la noche. Ese es su momento de ingravidez. Tiene la mente en blanco. No siente nada, no piensa nada; solo existe, perfecto e ileso. Ni siquiera oye la lluvia.

«Quédate», le susurro. «Quédate en el coche. Quédate en este instante».

Pero, por supuesto, no lo hace.

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2

Phineas Smith es el hijo de la tía Angelina. En realidad no es mi tía; es, además de la vecina de al lado, la mejor amiga de mi madre desde la infancia y sigue siéndolo aún hoy. Nuestras madres estuvieron embarazadas al mismo tiempo, durante una primavera y un verano de hace ya muchos años. La mía, muy decente, llevaba más de un año casada con el que fue su novio en el instituto y tenía numerosas fotos de la boda esparcidas por toda la casa, con un jardín trasero cercado. Mi padre siempre estaba —y sigue estando— ausente por su trabajo, pero a mi madre no le importaba. Ella tenía a Angelina, que estaba embarazada de su amante. Este estaba casado, era rico y demasiado mayor para ella. Y también se negaba a creer que el niño fuera suyo. Fue necesaria una prueba de ADN por orden judicial, unas semanas después del nacimiento de Phineas, para que su padre hiciera lo correcto: comprarle a la tía Angelina la casa contigua a la de mi madre y, además de firmarle un cheque mensual, fingir que ella y el bebé no existían durante los treinta días siguientes.

Mi madre no trabajaba y la tía Angelina enseñaba arte en la escuela Vogt, frente a su dúplex, por lo que tenían todo el verano para ellas. Nos contaron que, el verano en que estuvieron embarazadas, la tía Angelina iba caminando desde su dúplex en Church Street —la barriga, grande y pesada, le sobresalía como si estuviera abriendo el camino— a nuestra gran casa victoriana en Elizabeth Street, y pasaban el día juntas en el porche trasero descansando los pies en la barandilla. Bebían limonada o té helado, y solo entraban a casa para ver Te quiero, Lucy, ya por la tarde. Se sentaban muy juntas para que Finny y yo pudiéramos darnos pataditas, como si fuéramos gemelos.

Ese verano hicieron muchos planes para nosotros.

Phineas nació primero, el 21 de septiembre. Una semana después, probablemente porque echaba de menos al que me había estado pateando, llegué yo.

En septiembre la gente suele decir que su estación favorita es el otoño. Pero no dicen lo mismo durante ningún otro mes del año. La gente olvida que septiembre es en realidad un mes de verano. En Saint Louis, esto debería resultarles evidente; las hojas de los árboles aún están verdes y el clima todavía es cálido, pero todo el mundo cuelga espantapájaros sonrientes en la puerta de su casa. Para cuando las hojas y el clima comienzan a cambiar, a finales de octubre, se han cansado del otoño y están pensando en la Navidad. Nunca se detienen; siempre quieren más.

Mi madre me llamó como el otoño, Autumn. La gente me dice: «Oh, qué bonito», y luego el nombre parece perder todo su significado implícito, como los tonos de rojo, el cambio y la muerte.

Phineas entendió antes que yo mi nombre, que tenía lo que el suyo no: asociaciones, significado, una historia. Me sorprendió su decepción cuando, en cuarto de primaria, todos en clase buscamos en los libros de nombres para bebés el significado de cada uno. Cada libro le daba a Phineas un significado y origen diferentes: serpiente, nubio, oráculo, hebreo, árabe, desconocido. Mi nombre significaba exactamente lo que era; no había connotaciones ocultas. Pensé que, si un nombre era de origen y significado desconocidos, no podía defraudar. Pero entonces no entendía que un niño sin un verdadero padre pudiese anhelar un origen y un significado.

Hubo muchas cosas que no entendí sobre él a lo largo de los años, pero, por supuesto, por supuesto, por supuesto, por supuesto, todas tienen sentido ahora.

Phineas y yo crecimos en Ferguson, un pequeño pueblo a las afueras de Saint Louis, formado por casas victorianas, antiguas iglesias de ladrillo y un pintoresco centro plagado de an­tiquísimos comercios familiares. Supongo que tuve una infancia feliz.

Yo era bastante peculiar y no tenía más amigos aparte de Finny. Él podría haber tenido otras amistades íntimas si hubiera querido; se le daban bien los deportes y no había nada raro en él. Era dulce y tímido, y todos lo querían. Todas las chicas estaban enamoradas de Finny. Los chicos lo elegían primero en clase de gimnasia. Y los maestros siempre le preguntaban a él para que diera la respuesta correcta.

Yo quería aprender sobre la historia de los juicios de brujas en Salem. Leía libros a escondidas bajo mi pupitre durante las clases y me negaba a comerme la esquina inferior izquierda de los sándwiches. Creía que los ornitorrincos eran una conspiración del Gobierno. Era incapaz de hacer una voltereta o de chutar, golpear o lanzar cualquier clase de pelota. En tercero de primaria me declaré feminista. Y en quinto, durante la semana del trabajo, le expliqué a la clase y a la maestra que mi objetivo profesional era mudarme a Nueva York, vestir suéteres negros de cuello alto y pasarme el día sentada en cafeterías pensando en cosas profundas e inventando historias.

Después de un momento de sorpresa, la señora Morgansen escribió «escritora independiente» debajo de mi sonriente foto Polaroid y la pegó en la pared destinada a los futuros maestros y estrellas de fútbol. Después de preguntarle, estuve de acuerdo en que se acercaba bastante a mi idea. Creo que se alegró de haber encontrado algo para mí, pero a veces me pregunto si se habría preocupado tanto por mí si yo hubiera sido fea además de rara.

Desde que tengo memoria, la gente siempre me ha dicho que soy guapa, los adultos con más frecuencia que los compañeros. Me lo decían cuando me conocían; se lo susurraban unos a otros cuando creían que no los oía. Y aquello se convirtió en un dato más sobre mí misma, como que mi segundo nombre era Rose o que era zurda. Yo era guapa.

No es que esa información me hiciera ningún bien, aunque todos los adultos parecían pensar que sí, o que al menos debería, así que en la infancia mi belleza satisfacía más a los adultos que a mí.

Para los demás niños, lo que me definía era otro hecho que yo había aceptado sobre mí misma: era rara.

Nunca traté de ser rara, y odiaba que me vieran de esa manera. Era como si hubiera nacido sin la capacidad de ver que aquello que estaba a punto de decir o hacer era extraño, por lo que estaba destinada a ser rara para siempre. Ser «guapa» era, a mi modo de ver, un pobre consuelo.

Finny me fue leal; se burlaba de cualquiera que se atreviera a atormentarme, desairaba a cualquiera que me despreciara y siempre me elegía la primera para su equipo.

Todos pensaban que yo estaba con Finny, que éramos inseparables. Nuestros compañeros de clase nos aceptaban como una rareza y la mayor parte del tiempo me dejaban en paz. Y yo era feliz así; tenía a Finny.

Rara vez nos separábamos. En el recreo, me sentaba en la colina a leer mientras Finny jugaba al kickball con otros niños en el campo de abajo. Hacíamos todos los trabajos en grupo juntos. Volvíamos a casa juntos, y juntos pedíamos caramelos por Halloween. Hacíamos los deberes codo con codo en la mesa de mi cocina. Como mi padre no solía estar en casa, nuestras madres se invitaban con frecuencia la una a la otra a cenar. Podía pasarme fácilmente la semana entera con Finny, separándonos solo para dormir cada uno en su cama, e incluso entonces sabíamos que el otro no estaba muy lejos.

En mis recuerdos de la infancia, los del verano siempre están en primer lugar. Veo la luz danzante y las hojas verdes, y Finny y yo nos escondemos tras los arbustos o los árboles. Después vienen los de otoño, con nuestros cumpleaños y nosotros caminando juntos a la escuela mientras esa luz dorada se intensifica. Él y su madre pasan la Navidad en nuestra casa. Mi padre hace acto de presencia, y el suyo le envía un regalo caro e insondable. Un juego de química. Palos de golf hechos a medida. Finny se encoge de hombros y los deja a un lado. El invierno es un borrón de manos blancas por el frío metidas en los bolsillos. Finny me rescata cuando otros niños me tiran bolas de nieve. Montamos en trineo o nos quedamos dentro de casa. La primavera es un cuadro pintado de verde pálido, y me siento a mirar desde las gradas mientras Finny juega al fútbol.

Todo aquello que se me grabó en la mente acabó siendo el pasado.

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3

Camino hacia la parada del autobús con la mochila colgada de un hombro. Ya hay algunos chicos esperando más o menos agrupados, pero no van juntos. Miro al suelo. Me he pintado las botas con espray plateado. Llevo el pelo y las uñas negras. Me detengo en la esquina y me quedo a un lado. Estamos todos callados.

Nuestra parada de autobús está en la cima de la gran colina de Darst Road. Finny y yo solíamos bajarla en bicicleta. A mí siempre me dio miedo, pero a él nunca.

Miro a los otros chicos a mi alrededor tratando de que no se me note. Somos siete. A algunos los reconozco de años anteriores o incluso de la escuela. A otros no.

Es el primer día tras las vacaciones.

Vuelvo a mirar hacia abajo y estudio el dobladillo, hecho trizas, de mi vestido negro. Corté el encaje con un cortaúñas hace una semana. Mi madre dice que puedo vestirme como quiera mientras mis notas sigan siendo las mismas. Pero, claro, todavía no se ha dado cuenta de que este año no voy a ser una de las chicas populares.

El último día de clase, Sasha y yo caminamos hasta el súper y pasamos una hora eligiendo tintes. Quería que me tiñera el pelo de rojo por mi nombre. Pensé que era una estupidez, pero no se lo dije. Desde nuestra reciente expulsión de The Clique, Sasha ha sido mi única amiga.

—Hey —dice alguien.

Todo el mundo levanta la mirada. Finny está de pie junto a nosotros, alto, rubio y lo suficientemente pijo para salir en las revistas. Todos apartan la mirada de nuevo.

—Hola —oigo decir a una chica.

Está de pie, en algún lugar detrás de mí, y no puedo verla. Debería haber saludado a Finny, pero estoy demasiado nerviosa para hablar ahora.

Anoche celebramos en su casa lo que nuestras madres llamaron una barbacoa de fin de verano. Mientras ellas estaban ocupadas con la parrilla, me senté en el porche trasero y observé a Finny chutar un balón contra la valla. Estaba pensando en un cuento que había empezado el día anterior, mi primer intento de novela gótica. Se me había ocurrido un final muy trágico, y estaba detallando las desgracias de mi heroína mientras lo veía jugar. Cuando nos enviaron dentro a buscar los platos de papel, me dijo:

—¿Y cómo es que te has teñido el pelo?

—No lo sé —respondí.

Si alguien me hubiera preguntado por qué Finny y yo ya no éramos amigos, habría dicho que fue un accidente. Nuestras madres habrían dicho que nos habíamos ido distanciando en los últimos años. No sé qué habría dicho Finny.

En la escuela, nos veían como una rareza. En el instituto, era raro que fuéramos amigos, y al principio teníamos que dar explicaciones a los demás. Pero luego fuimos dejando de vernos, y cada vez teníamos que dar menos explicaciones.

Por alguna casualidad, mi rareza se volvió aceptable y pasé a formar parte del grupo de chicas populares en el semestre inaugural del primer curso de instituto. Nos llamábamos The Clique, como en el libro. Comíamos juntas cada día y después íbamos al baño a peinarnos. Todas las semanas nos pintábamos las uñas del mismo color. Teníamos apodos secretos y pulseras de la amistad. No estaba acostumbrada a que me admiraran ni me envidiaran y tampoco a tener amigas. Y aunque en el pasado Finny siempre había sido suficiente para mí, bebí de aquella situación como si llevara años sedienta.

Finny se unió a un grupo de chicos un poco frikis, pero a los que nadie acosaba, y yo solía saludarle con la mano cuando lo veía en la escuela. Él siempre me devolvía el saludo.

Íbamos a clases diferentes, lo que significaba deberes diferentes. Después de unas semanas, dejamos de estudiar juntos y lo veía aún menos. Ser una de las chicas populares me quitaba mucho tiempo. Después de las clases querían que fuera a sus casas a ver películas mientras nos peinábamos las unas a las otras, y los fines de semana íbamos de compras.

Cuando veía a Finny, ya no teníamos mucho de que hablar. Cada momento que pasábamos en silencio era como otro ladrillo en el muro que se levantaba entre nosotros.

Por algún motivo, ya no éramos amigos.

No fue una elección. No exactamente.

Me estoy mirando las botas y el cordón roto cuando llega el autobús. Todos dan un paso adelante, con la cabeza gacha. Subimos en silencio y, una vez dentro, todo el mundo empieza a hablar. Aunque no tenía motivos para pensar que Sasha no estaría aquí, me siento aliviada cuando la veo sentada en los asientos del medio del autobús. Lleva una camiseta negra y los ojos perfilados con una gruesa línea negra.

—Hey —la saludo mientras me deslizo a su lado, colocándome la mochila sobre el regazo.

—Hey —responde ella.

Como me negué a teñirme el pelo de rojo, ella se tiñó de un tono artificial. Nos sonreímos. Nuestra transformación está completa. Más o menos.

Puedo decir exactamente por qué Sasha y yo ya no éramos amigas de Alexis Myers ni de ninguna de las demás chicas.

No hice la prueba para el equipo de animadoras.

Tenía la intención de hacerla. Quería ser animadora. Quería ser popular y salir con un jugador de fútbol (porque eso es lo que se lleva en el instituto McClure, y no el fútbol americano) y todo lo que implicaba formar parte de The Clique. Pero no pude inventarme mi propia coreografía y realizarla sola en las pruebas, así que eso fue todo.

Alexis, Taylor y Victoria entraron en el equipo, pero Sasha no. Oficialmente, no nos echaron de The Clique, pero de lo único que hablaban durante la comida era del campamento de animadoras y de lo simpáticas que parecían las chicas mayores del equipo.

El último día de clase, Alexis, Taylor y Victoria llegaron al instituto con el pelo recogido en trenzas. No nos habían dicho que iba a ser un día de trenzas. Siempre acordábamos qué día nos hacíamos trenzas todas. A hora de la comida, cuando les preguntamos por qué no nos habían avisado, simplemente se miraron y se rieron. Supuse que al final se habían dado cuenta de la verdad que yo había intentado ocultar: era una chica guapa, sí, pero no era una chica popular. Era diferente. Era rara. Así que me di por vencida y volví a ser la chica rara, y Sasha me siguió.

En el autobús, Sasha se inclina hacia mí y dice:

—Te queda genial.

—A ti también —respondo.

Me giro para mirar hacia delante y veo a una chica avanzar por el pasillo con el uniforme azul y rojo. El pelo, recogido en una coleta rubia, se le mueve de un lado a otro. Todavía siento una punzada de rechazo cuando la veo sentarse junto a Finny. Para finales de mes, estarán saliendo juntos y mi madre me dirá que Finny conoció a Sylvie Whitehouse en el campus mientras él estaba en un entreno de fútbol y ella estaba allí como animadora.

—¿Qué crees que dirá la gente? —me pregunta Sasha.

Y casi le suelto que no sea tan tonta.

—No sé —digo.

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4

Durante los primeros días, Sasha y yo comemos solas en lo que he empezado a llamar «camino a ninguna parte». Son los escalones de cemento que descienden por una colina desde el patio delantero del instituto hasta una zona de césped cubierta de maleza que no se usa para nada.

Alexis y las demás, con sus uniformes, sonríen con superioridad cada vez que nos ven, como si nuestro cambio de imagen les fuera hostil. Sylvie, una chica nueva que viene de la Escuela Católica Saint John’s, se sienta a su mesa. Casi todos los estudiantes de primer año son del mismo centro público, pero hay algunos recién llegados que proceden de colegios católicos cuyos padres no pueden permitirse el elevado coste de los institutos privados. Estos niños han tenido los mismos compañeros de clase desde la guardería, y ahora parecen perdidos, intimidados por el vasto mar del instituto McClure. Es incómodo los primeros días, ya que todos intentan hacerse un hueco. Luego, lentamente, van formando nuevas alianzas y comienza a establecerse un patrón que se seguirá durante el resto del año, quizá durante el resto del instituto.

Sasha ha conocido a una chica del Saint John’s que lleva un crucifijo y una calavera en la misma cadena. Coinciden en clase de Educación física y caminan juntas por la pista durante unos días, hasta que Sasha la invita a comer con nosotras. Su nombre es Brooke y trae a su novio, Noah, y a su primo Jamie con ella. Al día siguiente, aparecen más personas: el amigo de tal y de cual, alguien de la clase de no sé quién que parece majo… Pronto somos un grupo pasando el rato en nuestro camino a ninguna parte. Algunos solo vienen unos días, hasta que encuentran otros grupos; unos pocos se quedan. Al final de la segunda semana, tenemos un grupo de amigos.

Hay cuatro chicas y tres chicos en nuestro grupo. Brooke y Noah ya están juntos y se les ve muy unidos. Incluso se parecen: tienen el pelo castaño y pecas, y cuando se ríen se les achinan los ojos.

Eso nos deja a mí, a Sasha y a Angie para Jamie y Alex. Angie, rubia y regordeta, sigue enamorada de un chico de su antiguo colegio. Alex tiene ojos bonitos, pero es bajito y del tipo tonto tontísimo, todavía un poco inmaduro. Por la forma en que Sasha mira a Jamie, está claro que las dos estamos por él.

Sentí mariposas en el estómago la primera vez que vi la cara de Jamie; tiene los ojos verdes, bordeados por pestañas larguísimas. En cuanto a su pelo, es oscuro, un poco rizado y muy alborotado. Es alto, flaco y pálido.

Jamie siempre está animado, es divertido y sonríe mucho. Me recuerda a Puck de El sueño de una noche de verano. Anima a los otros chicos a hacer trastadas, que las chicas del grupo miramos sentadas en los escalones, riéndonos. Juegan al fútbol con el zapato de Brooke como pelota, cuelan bolas de papel por las ventanas abiertas de alguna aula y cantan canciones para burlarse de la banda de la escuela. Jamie echa la cabeza hacia atrás y se ríe cuando sus gamberradas resultan según lo planeado. Yo lo observo y me imagino a Peter Pan diciéndole a Wendy que solo alardea cuando está satisfecho consigo mismo.

Cada una a su manera, Sasha y yo intentamos llamar la atención de Jamie. Ella se burla de él y muestra su poco femenina ternura. Yo soy alternativamente recatada y coqueta. Sasha baja corriendo las escaleras y participa en los juegos de los chicos. Yo le río las bromas y le echo miraditas. Sasha levanta la mano para chocarle los cinco. Yo le animo desde los escalones. Es una batalla, pero nunca hay sangre. Sasha y yo sabemos que cuando termine debemos seguir siendo amigos.

Lentamente al principio, pero luego de repente, porque sucede en cuestión de días, adelanto a Sasha. Ella hace un valiente esfuerzo durante algunos días, pero resulta obvio que Jamie está interesado en mí. Se sienta a mi lado en los escalones. Me ofrece el resto de sus patatas fritas. Me hace cosquillas. Me sonríe desde el campo mientras él y los demás chicos juegan al fútbol con un zapato, y siento mariposas en el estómago.

Jamie. Jamie. Jamie. Jamie.

Un lunes por la tarde cualquiera, en el camino a ninguna parte, Jamie me coge de la mano, como si hubiera decidido ya hace mucho que es suya y puede cogerla cuando le plazca, y todos actúan como si nada. Yo le devuelvo el gesto y bajo la mirada hacia los escalones de cemento para no sonreír y revelar mis sentimientos. Por dentro, siento que estoy temblando; por fuera, me mantengo tan tranquila como él. Por supuesto que estamos juntos, está claro. Está claro.

Ese día, Alexis y las demás me miran con curiosidad cuando Jamie y yo nos cruzamos con ellas por el pasillo, luego se dan la vuelta como si no les importara lo más mínimo. Pero tienen que haberse dado cuenta. Él es innegablemente guapo. Un adonis de cabello oscuro, un príncipe gótico. Y ahora es mío.

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5

Jamie quiere dar un paso más en la relación, pero le digo que no estoy lista. Llevamos juntos desde la tercera semana de clase, pero solo estamos a principios de noviembre y me sorprende que ya estemos teniendo esta conversación. Hace unos días me dijo por teléfono que me quería. Yo le contesté que no estaba lista para corresponderle y ahora, recostada a su lado mientras miro al techo, me pregunto si ese es el motivo de que lo haya sugerido.

—No pasa nada —dice, y me coge de la mano.

Estamos completamente vestidos todavía, con el excéntrico estilo adoptado por nuestro grupo. No somos góticos ni hípsteres, solo raros. Las chicas se tiñen el pelo de colores llamativos y los chicos se esfuerzan por parecer recién levantados. Todos usamos botas y nos mordemos las uñas. Sé que simplemente seguimos una moda diferente, pero no es algo que tenga intención de admitir. Lo que une a nuestro grupo es la idea compartida de que somos diferentes y, por lo tanto, mejores en cierto sentido que todos los niños «normales» del instituto. Especialmente mejores que los populares.

Ahora que estoy de verdad en el instituto, no tengo ninguna intención de ser una de esas chicas con coletas y faldas plisadas. Estoy encantada de que finalmente se me permita ser yo misma, incluso aunque todavía haya ciertos límites. Con mis nuevos amigos, ser rara es algo bueno, siempre y cuando sea igual de rara que ellos.

—Tu casa es muy extraña —dice Jamie.

Me giro y lo miro. Esta es la primera vez que ha visto mi casa por dentro. Mis padres están en el festival de otoño que organiza la empresa de mi padre. Jamie estaba enfermo la noche en que celebré mi fiesta de cumpleaños, y mamá todavía no me ha convencido de que lo invite a cenar.

—¿Qué quieres decir? —le pregunto.

—Es tan perfecta… —me explica—. Incluso tu habitación. —No lo dice como un cumplido.

Observo las paredes color lavanda y los muebles de mimbre blanco. Me encojo de hombros.

—La decoró mi madre —comento.

Una mentira a medias, porque ella decoró el resto de la casa, y es perfecta, como ella. Todo combina; todo tiene su espacio por una razón. Podría aparecer en una revista de diseño: mi madre sentada a la mesa de la cocina con un jarrón de tulipanes blancos, ni un pelo fuera de sitio, mientras finge leer el periódico. Decoramos mi habitación juntas. En la revista, yo aparecería con el uniforme de animadora. Sonriendo.

—Deberías colgar unos cuantos pósteres o algo así —dice Jamie.

Ruedo sobre un costado y apoyo la cabeza en su hombro. Pienso para mis adentros que tiene el atractivo clásico de un chico alto y moreno. Dice que quiere perforarse la ceja, pero yo he estado tratando de convencerlo de que no lo haga.

—Sí, a lo mejor lo hago —le respondo.

Jamie me gusta de verdad, aunque todavía no estoy segura de quererlo. Es inteligente y peculiar, y es el líder de nuestro grupo. Mientras esté con él, jamás podrán echarme. Me coloca una mano en la nuca y enreda los dedos en mi pelo.

—Te quiero, Autumn —me dice. Abajo, la puerta trasera se cierra de golpe y ambos nos sentamos—. ¿Tu madre está en casa? —pregunta.

Se supone que no debo estar a solas con Jamie en casa, sobre todo porque mis padres no lo conocen. Todavía me sorprende que me haya convencido para que lo invitara. Miro el reloj. Se suponía que estarían fuera de casa durante horas. Niego con la cabeza.

—Probablemente sea Finny —comento.

—¿Hablas en serio? —dice Jamie.

—Sí.

Le he contado a Jamie mi sórdido pasado, la popularidad y las coletas. Lo conté como una historia de revolución. Que estuve a punto de convertirme en uno de ellos. También le he contado que mi madre es la mejor amiga de la madre de Finny. Que él y yo jugábamos juntos cuando éramos pequeños. Antes había una vieja foto de los dos en mi tocador que por alguna razón sobrevivió a nuestra separación; durante casi dos años, solo he hablado con Finny cuando no tenía más remedio, pero nunca se me había ocurrido quitar la foto de allí hasta esta mañana, cuando me estaba preparando para la visita de Jamie. La he escondido en el cajón superior del tocador, debajo de los calcetines.

Todos saben quién es Finny ahora, solo que no lo llaman así. Lo llaman Finn. Fue el único estudiante de secundaria en fichar por un equipo universitario de fútbol. Él y algunos de sus antiguos amigos frikis han sido absorbidos por The Clique, que ya no se llaman así. Tener un nombre para tu grupo parece muy inmaduro de repente. Es extraño que hace solo unos meses considerara a esas chicas mis mejores amigas, y aún más extraño que Finny se esté haciendo su amigo.

Casi nos vimos obligados a invitarnos el uno al otro a nuestros respectivos cumpleaños. En la escuela no habría supuesto mucho problema, excepto porque en mis fiestas solo había niñas y en las suyas solo niños. Este año, nuestras madres pensaron que si teníamos un grupo mixto, debíamos invitar al otro. Lo que no entendían era que, este año, Phineas y yo estamos separados por algo mucho más grande. Nos movemos en planos de existencia del todo opuestos: que uno de nosotros entre en el reino del otro causaría un cambio en la realidad capaz de trastornar toda la estructura del universo. Finny es popular ahora. Yo, una inadaptada que ha encontrado a otros inadaptados con los que encaja.

No hablaron de esto delante de nosotros dos; mi madre y yo discutimos por ese tema, y cuando le aseguré que era absolu­tamente imposible que Phineas viniera, suspiró y dijo: «¿Qué os pasa este año?». Entonces supe que él estaba teniendo la misma discusión con la tía Angelina.

—¿Por qué iba a estar Finn Smith en tu casa? —pregunta Jamie.

—Probablemente haya venido a buscar algo.

—¿Cómo qué?—me suelta. Yo me encojo de hombros, sin saber cómo explicarlo—. Vamos a ver.

No discuto con él, aunque se me hace un nudo en el estómago.

Jamie se queda atrás en el pasillo mientras miro en la cocina. Finny está agachado frente a la nevera, que está abierta, y no alcanzo a ver su rubia cabeza.

—Hola —le saludo.

Él me mira por encima del hombro. Hasta la secundaria, siempre habíamos sido igual de altos. Durante esos años, sin embargo, me adelantó no sé cómo y ahora mide un metro ochenta. Es extraño verlo mirándome desde abajo.

—Oh, hola —dice. Se pone de pie y me mira desde el otro lado de la habitación. Se sonroja ligeramente—. Lo siento, la puerta trasera estaba abierta, pero no creí que hubiera nadie en casa.

—No he ido con ellos —le explico.

—Ah. ¿Tienes huevos?

—Eeeh, sí. —Cruzo la cocina y abro de nuevo la nevera. Finny se hace a un lado. Antes de agacharme, lo veo dirigir la mirada hacia la puerta y sé que ha visto a Jamie acechando en el pasillo—. ¿Cuántos necesitas? —le pregunto.

—No sé. Mi madre me ha pedido que viniera a ver si teníais huevos. —Me pongo de pie y le entrego todo el cartón—. Gracias —me dice.

—No hay problema.

—Nos vemos —se despide Finny.

—Adiós.

Me quedo donde estoy y lo oigo bajar ruidosamente los escalones. Luego vuelvo al pasillo.

—Guau —suelta Jamie—. Qué confianza.

—Ya te lo había contado —le digo.

—Sí, pero esto ha sido raro. —Yo me encojo de hombros de nuevo y me dirijo hacia las escaleras—. ¿Lo hace muy a menudo?

—Vive en la casa de al lado —respondo.

—Sí, pero… Bueno, da igual.

No hablamos hasta que volvemos a mi habitación. Me acuesto sobre la floreada colcha y él se desliza a mi lado. Nos besamos durante un buen rato, después le aparto las manos y nos quedamos tumbados en silencio. Me pregunto si esto es lo que se siente al estar enamorada. No estoy segura.

—Es casi como si fueras una de ellas —me dice Jamie de repente—. Pero en realidad no lo eres.

—¿Qué quieres decir?

—No lo sé. Tu habitación y él.

—Bueno, no lo soy —sentencio, y empiezo a besarlo de nuevo. Lo estoy besando para que deje de darle vueltas a ese tema. La habitación vuelve a estar en silencio excepto por el sonido de nuestra respiración.

Pero yo sí estoy dándole vueltas. Estoy pensando en cuando iba con la tía Angelina a recoger a Finny después del entrenamiento de fútbol. Estoy pensando en cuando las animadoras me preguntaban si era mi novio. Estoy pensando en cuando me senté al lado de Finny en el autobús el primer día de clase.

Podríamos haber terminado juntos, y me doy cuenta de ello cuando Jamie comienza a rozar la pelvis contra la mía. A estas alturas, Finny me habría dicho que me quería, pero no me habría insinuado que nos acostáramos. Aún no.

Puedo verlo todo como si ya hubiera sucedido, como si fuera lo que sucedió. Sé que sería así, hasta el más mínimo detalle, porque, a pesar de todo lo que sí ha ocurrido, todavía conozco a Finny y sé lo que habría pasado.

—Te quiero —le digo a Jamie.

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6

La muñeca está llorando de nuevo.

—No pienso tener sexo jamás —dice Sasha.

Se arrodilla entre los percheros y saca la muñeca de su carrito. La vendedora, que está doblando ropa junto a la caja registradora, nos mira. Sasha le levanta la camisa a la muñeca e inserta la llave que lleva colgada del brazo en la parte baja de la espalda de la bebé. Sigue llorando.

—¡Eso es lo que quieren que digas! —le grito para hacerme oír entre el ruido. Miro hacia atrás, a la vendedora—. Creo que cree que es de verdad.

Unos momentos después, el llanto de la muñeca cesa. Sasha todavía la sostiene sobre un brazo con la llave girada en la espalda. Si la saca antes de que transcurran dos minutos, comenzará a llorar de nuevo, y si el chip interno de la muñeca registra que ha sido ignorada, Sasha suspenderá el proyecto, y aspirará como máximo a un suficiente en clase de Ciencias familiares. Sasha mira a la vendedora y se encoge de hombros.

—Bueno, está funcionando —se queja—. No pienso tener sexo jamás.

—¿Alex lo sabe? —le pregunto. Vuelvo al estante de las rebajas y sigo echando un vistazo a la ropa.

—Si comienza a llorar durante la película, entonces se lo soltaré —me asegura Sasha, y sonrío.

Se supone que los chicos se reunirán con nosotras más tarde. Ha sido un buen semestre. Me gustan nuestros nuevos amigos y mi ropa nueva. Acabaré el semestre con excelentes y notables, y, según nuestro acuerdo, mi madre no puede decir nada sobre cómo me visto mientras mis notas no bajen.

Cojo un falso corsé negro con gruesos tirantes de encaje. Sasha levanta las cejas.

—Podría usarlo con una rebeca —comento. Esta vez se ríe de mí, pero hablo en serio. Me gusta la idea de mezclar algo sexy con algo de institutriz. Me acerco a la vendedora—: Quiero probarme esto. —Ella me mira y asiente. La veo mirar un segundo hacia donde está Sasha, arrodillada colocando la muñeca de vuelta en su cochecito. La sigo hasta los probadores y la observo abrir la puerta—. Gracias.

—¿Qué edad tenéis, chicas? —me pregunta la vendedora, todavía de espaldas.

—Quince años. —El cumpleaños de Sasha no es hasta marzo, pero yo ya los he cumplido.

—Hmmm —me dice, y se gira para irse. Una parte de mí odia a esa mujer, y otra parte quiere tirarle de la manga y decirle que en realidad soy una buena chica.

—Es una muñeca —le suelto. Y ella se vuelve hacia mí.

—¿Qué?

—Que es una muñeca. Un proyecto escolar —me explico. Me mira entrecerrando los ojos y se aleja.

Una hora más tarde, mientras Sasha busca un collar para su hermana pequeña en una tienda de bisutería, veo la tiara. Es plateada con pedrería fina, como las que usaron para coronar al rey y la reina del baile anual, hace apenas dos meses. Nos reímos y pusimos los ojos en blanco ante semejante tradición, pero en aquel momento yo quería una corona, aunque no lo que simbolizaba. La cojo y me deslizo los peines por el pelo para ajustármela. Observo cómo me queda, girando la cabeza de un lado al otro mientras me miro en el espejo; luego doy un paso atrás para ver cómo queda con tejanos y camiseta. Me gusta.

—¿Qué vas a hacer con eso? —me pregunta Sasha cuando se reúne conmigo en la caja registradora.

—Usarlo —le aseguro—. Todos los días.

—Su Alteza —me saluda Jamie cuando nos encontramos con ellos más tarde, frente a la sala de cine del centro comercial. Estoy encantada de contar con su aprobación. Le doy la mano y él me da un beso a modo de saludo.

Durante la película, la muñeca empieza a llorar de nuevo. Sasha y yo nos miramos y nos echamos a reír. Nos reímos tanto que tenemos que salir de la sala mientras mete la llave en la muñeca. Allí, riendo las dos en el pasillo, ella con su muñeca y yo con mi tiara, la gente que pasa nos mira extrañada.

Habíamos pasado un buen primer semestre. Era el tipo de felicidad que te engaña haciéndote creer que todavía hay mucha más, tal vez incluso la suficiente para reír para siempre.

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7

—Y ¿cómo es que llevas esa tiara? —me pregunta Finny. La forma en que lo dice me recuerda la forma en que me preguntó por qué me teñí el pelo, pero por alguna razón esta vez me cabrea.

—Porque me gusta —le suelto.

Es Nochebuena y estamos poniendo la mesa con la vajilla del ajuar de mi madre. Mi padre está bebiendo whisky frente al árbol de Navidad. Nuestras madres están en la cocina.

—Está bien, lo siento —se disculpa.

Le echo un vistazo. Lleva un suéter rojo que haría parecer tonto a cualquier otro chico, pero a él le da un aire de alumno de alguna escuela privada de la Costa Este que pasa los veranos remando o algo así. Se desplaza alrededor de la mesa poniendo las servilletas. Lo sigo con los cubiertos.

—Perdona —digo.

—No pasa nada —me asegura Finny.

Es difícil hacerlo enfadar.

—Es que no paran de preguntármelo en el instituto.

—Entonces ¿por qué te la pones?

—Porque me gusta —repito, pero esta vez sonrío y él se ríe.

En la cena, nuestras madres nos dejan tomar media copa de vino a cada uno. Estoy secretamente encantada de que me traten como a una adulta, y el vino me ha dado sueño. Mi padre pasa mucho tiempo hablando con Finny sobre el hecho de que sea el único estudiante de secundaria que juegue en un equipo universitario. Parece contento de tener algo de que hablar con alguno de nosotros, como si Finny y yo fuéramos intercambiables para él, como si su deber para con cualquiera de nosotros fuera el mismo. Es comprensible que lo vea de esa manera; el único periodo de tiempo lo bastante largo que pasa en casa es durante las vacaciones, y Finny y la tía Angelina siempre están con nosotros en esos momentos. Quizá mi padre ve a la tía Angelina como su otra esposa.

Mi madre y ella hablan de todas las Navidades que pueden recordar y las comparan con la actual. Hacen lo mismo todos los años. Cada año es la mejor Navidad de todas.

Ojalá yo también creyera siempre que esa es la mejor Navidad de todas, pero no puedo, porque recuerdo cuál fue la mejor. Fue la Navidad en que teníamos doce años, nuestra última en la escuela.

Aquel año nevó la noche anterior a Nochebuena. Yo tenía un abrigo nuevo y guantes que hacían juego con mi bufanda. Finny y yo caminamos hasta el arroyo y en las aguas poco profundas pisoteamos el hielo hasta agujerearlo. Nuestras madres nos prepararon chocolate caliente y jugamos al Monopoly hasta que mi padre llegó a casa de la oficina, y nada más importaba porque era Navidad.

No ha nevado ninguna Navidad desde entonces, cada año ha habido más y más cosas que sí importaban, y cada vez parecía menos Navidad.

Jamie está pasando las vacaciones con su abuela en Wisconsin y me complace sentir que lo echo de menos. Me gusta la sensación.

«Jamie», pienso para mí misma, «Jamie, Jamie, James», y recuerdo su lengua en mi boca. No me gusta tanto como pensaba, pero me estoy acostumbrando. Ahora le digo que le quiero todo el tiempo, y él no ha vuelto a proponerme tener sexo. Me regaló un diario nuevo por Navidad, y aunque todavía no he terminado el viejo, lo voy a empezar en Año Nuevo. Él estará en casa para entonces y lo pasaremos juntos. «Jamie, Jamie, James».

—Autumn —me llama mi padre—, ¿eres el Hada de Azúcar este año?

Se hace el silencio en la mesa mientras trato de entender lo que quiere decir. Entonces veo a mi madre morderse el labio y me doy cuenta de que lo dice por mi tiara. No se ha dado cuenta de que me la he puesto todos los días durante las últimas tres semanas. Respiro hondo.

—Sí —le digo—. He querido hacer la cena un poco más festiva.

Mi padre me sonríe y se come un bocado de jamón, satisfecho consigo mismo. Mi madre le dice algo a Finny y lentamente se reanuda la conversación. Al cabo de unos minutos, utilizo algún pretexto para irme a mi habitación.

He comprado algunos pósteres: Jimi Hendrix rodando por el escenario con su guitarra, Ofelia ahogada y mirando al cielo, y una foto en blanco y negro de un árbol sin hojas. Me gusta el contraste con los tonos lavanda y blanco de la habitación, como el corsé y el cárdigan, como mi tiara con tejanos rotos. Sin embargo, no miro los pósteres. Me acuesto en la cama y miro al techo.

Alguien llama a la puerta y finjo que estoy dormida. Un momento después, la puerta se abre de todos modos y Finny asoma la cabeza.

—Hey, me han pedido que te dijera que hemos terminado de cenar.

—Vale —digo, pero no me muevo.

Estoy esperando a que se vaya. Sin embargo, no lo hace; permanece allí de pie como aguardando a que yo haga algo. Pero no hago nada. Miro al techo hasta que vuelve a hablar.

—Es una mierda que no se haya dado cuenta —tantea Finny.

—Al menos mi padre está en casa por Navidad —le suelto—. Su expresión cambia solo por un instante. Entonces es como si una puerta se hubiera vuelto a cerrar—. No quería decir eso.

—No pasa nada —responde—. Están esperándonos todos abajo.

Cuando se va, me quedo en la cama un rato más. Pienso en decirle a Finny que no me importa, y que me duele, y que en realidad no me importa, pero que me gustaría que le importara a mi padre. Me imagino que Finny me abraza de repente para consolarme y me dice que puedes sentirte de muchas maneras respecto a una sola persona. Bajamos las escaleras y me coge de la mano mientras miramos juntos It’s a Wonderful Life en el sofá. Cuando él y la tía Angelina se van, me da un beso de buenas noches en el porche y vemos que ha empezado a nevar.

Saco las piernas por el borde de la cama, me seco las lágrimas y bajo.

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8

Celebramos la Nochevieja en mi casa porque es grande y así mis padres pueden conocer a Jamie antes de que se vayan a la fiesta que organiza la empresa de mi padre.

Jamie ha causado una buena impresión. Les ha estrechado la mano manteniendo el contacto visual y no olía al humo de nada. Papá estaba satisfecho. Mamá estaba complacida, y tengo la molesta sensación de que es porque Jamie es muy guapo, como si con ello pudiera estar segura de que no soy demasiado impopular en el instituto.

Sasha, Brooke y Angie se quedan a dormir. La madre de Alex recogerá a los chicos después de medianoche. Hasta entonces, estamos solos.

Brooke ha robado una botella de champán de su casa. La ha traído envuelta en su saco de dormir, y no nos damos cuenta hasta que es demasiado tarde de que deberíamos haberla metido en la nevera.

Cenamos pizza y vemos una película que resulta no ser muy buena que digamos. Los chicos hacen bromas y compiten entre ellos por ser el que más hace reír a las chicas. Jamie va ganando, por supuesto. Me recuesto en el sofá de cuero y me siento como una consorte.

Después nos sentamos y hablamos, y ahora todos tratamos de ser divertidos. Sobre todo hablamos de nuestros compañeros de clase. En algún momento, la conversación se desvía al sexo, como acaba pasando con todas las conversaciones, según estoy constatando. Ninguno de nosotros ha tenido relaciones sexuales, pero somos lo suficientemente jóvenes para que eso no nos resulte vergonzoso; es solo un hecho que el tiempo cambiará. Nos tomamos el pelo unos a otros e intercambiamos historias de quién ha hecho qué en el instituto y dónde. Nos reímos y nos lanzamos algunos cojines. El sexo es algo para bromear. Parece tan posible, tan real, como que se acabe el mundo a medianoche.

Medianoche. Estoy tan emocionada por el beso con Jamie como si fuera el primero. Solo me han besado a medianoche una vez en mi vida, y quiero que este sea mejor, quiero recordarlo para siempre.

A las doce menos diez asaltamos la cocina en busca de ollas y sartenes. A las doce menos cinco nos colocamos en la puerta principal y le preguntamos a Jamie la hora cada treinta segundos. Por alguna razón, hemos decidido que su móvil es el más fiable.

Y luego, como siempre, el momento viene y se va. Y aunque una parte de mí se sorprende una vez más porque no me siento diferente a como me sentía hace un momento, corro por el césped con los demás, golpeando mi olla y mirando las estrellas y los fuegos artificiales ilegales que lanzan mis vecinos. Gritamos como si nos hubieran dado noticias maravillosas. Nos gritamos feliz Año Nuevo los unos a los otros, y a los árboles, y a todas las personas a las que no vemos, pero que también gritan al cielo, como nosotros. Gritamos como si esta demostración de alegría fuera a ahuyentar todos nuestros miedos, como si supiéramos que este año no nos va a suceder nada malo y eso nos llenara de felicidad.

—¡Jamie, ven a besarme! —grito.

Lanzo mi olla y mi cuchara de madera sobre la hierba y extiendo los brazos hacia él. Jamie se pavonea y me atrae hacia él por las caderas. Los demás golpean sus ollas. Es un buen beso, como todos nuestros besos. Los demás dejan caer sus ollas y también se besan. Yo recojo la mía de nuevo, y la cuchara, y durante el relativo silencio que se hace antes de que empecemos a golpear de nuevo, me doy cuenta de que no estamos solos.

A diez metros de distancia, Finny, Sylvie, Alexis, Jack y todos los demás golpean sus cacerolas y también sonríen al cielo. Finny y yo nos miramos a los ojos y él echa un vistazo a ambos lados antes de saludarme disimuladamente. Le devuelvo el saludo, con la mano apenas a la altura de las caderas, aterrorizada por si alguno de sus amigos piensa que los estoy saludando a ellos. En ese momento exacto, todos parecen percatarse de los demás y empezamos a competir de inmediato, aunque ninguno lo reconocería en voz alta. Nos estamos divirtiendo más que ellos. Nos queremos más. Estamos haciendo más ruido. Nos esperan mejores cosas este año que a ellos. Gritamos y gritamos, y nos besamos un poco más. Los muchachos comienzan a cantar a capela y nosotras extendemos los brazos y nos ponemos a dar vueltas en la calle.

Y, por supuesto, nos estamos divirtiendo tanto que ni siquiera les prestamos atención.

Luego, Jamie hace algo que demuestra una vez más por qué es nuestro líder.

—¡Hora del champán! —grita, y los demás lanzamos unos vítores que inundan la calle con nuestra euforia. Corremos por el césped riendo antes de que los demás puedan contraatacar. Ya nos hemos cansado de golpear cacerolas en la calle; ahora tenemos cosas mucho más divertidas que hacer dentro.

Bebemos el champán tibio en vasos de agua y actuamos como si no fuera gran cosa.

Borrachos por primera vez en nuestra vida, nos retamos a besarnos. Brooke y Angie se besan. Yo beso a Noah. Sasha besa a Jamie. Y luego decidimos que cada uno de nosotros debe besar a todos los demás para sellar eternamente nuestros lazos de amistad. Nos acercamos los unos a los otros entre risillas. ¿Te he besado? ¿Nos hemos besado ya? Dios mío, he besado a Alex dos veces.

Después lavamos todos los vasos dos veces. Jamie y los chicos asumen la varonil tarea de romper la botella en la puerta del garaje y luego barren los pedazos. Cuando regresan dentro, todos nos comemos un caramelo para el aliento y nos reunimos en la cocina; las chicas con sus respectivos novios, preparadas para la inminente separación. Nos cogemos de la mano y apoyamos la cabeza en sus hombros, suspirando del cansancio. Ellos nos sonríen con cariño. Angie se sienta a la mesa de la cocina y espera a que acabemos, como siempre.

—Oye, ¿Finn Smith nos ha saludado con la mano? —pregunta Noah.

Brooke abre los ojos y levanta la cabeza.

—Sí, lo he visto —dice.

—Probablemente estaba saludando a Autumn —comenta Sasha.

—¿Por qué? —exclaman Angie y Noah al mismo tiempo.

—Eran mejores amigos —explica Sasha.

Todos me miran.

—Vive en la casa de al lado. Nuestras madres son muy amigas —me justifico.

—Pasan juntos el día de Acción de Gracias y las Navidades —añade Sasha—. Todos los años.

—Uy, qué cosa más rara —sentencia Brooke.

—Somos como primos —les digo—. Si Jamie fuera uno de los chicos populares, aún tendrías que verlo, ¿verdad, Brooke?

—¿Yo? —dice Jamie, y todos ríen.

—Aun así, es raro —comenta Sasha—. Durante un tiempo en el instituto, todavía ibais juntos, ¿verdad? Quiero decir que aún podríais ser amigos, aunque…

—Oye, no soy yo la que hizo las pruebas para ser animadora —me defiendo para no ser el centro de atención.

—¿Hiciste qué? —exclama Alex, como si Sasha lo hubiera traicionado.

Ella suplica clemencia alegando su juventud, su inexperiencia y su ingenuidad.

—No sabía lo que hacía —dice, con las manos entrelazadas delante del cuerpo.

Escuchamos su declaración, y cuando ya ha sido lo suficientemente melodramática, Jamie la declara perdonada y todos la abrazamos. Entonces la madre de Alex llama a la puerta.

El tema de nuestro pasado se deja por esa noche, desenrollamos nuestros sacos de dormir y nos acurrucamos juntas en el suelo de la sala de estar. Hablamos de nuestros novios y de cuál de las chicas populares es la que se lo tiene más creído. No nos ponemos de acuerdo, cada una elige a aquella a la que tiene más tirria.

—Sylvie es siempre tan engreída… —digo—. Cómo la odio.

—Pero Victoria se queda mirándome —asegura Angie—. Lo digo en serio. En plan así.

Todas nos reímos de su imitación, con la que se parece más a Popeye que a Victoria. Sasha y yo nos reímos aún más, porque incluso cuando era nuestra amiga pensábamos que ponía unas caras muy raras.

Mis padres llegan a casa antes de que nos hayamos quedado dormidas. Están discutiendo, aunque intentan ocultarlo, y las chicas fingen no darse cuenta. Después de unos minutos, oigo a mi padre subir las escaleras. Luego, mi madre asoma la cabeza en la sala de estar.

—¿Lo habéis pasado bien, chicas? —pregunta con alegría.

—Sí, señora —asienten todas.

—¿Y tú, cariño? —me pregunta mirándome directamente. Asiento, pero me mira extrañada y se marcha.

Probablemente Sasha habría contado, si no la hubiera detenido, que Finny y yo también solíamos pasar juntos todos los días de Año Nuevo.

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9

El invierno siempre me ha parecido un tiempo muerto. Quisiera ser como los árboles. Ojalá pudiera fingir mi muerte, o al menos dormir hasta que acabase la estación. Mi tiara continúa su reinado como accesorio permanente en mi cabeza. Al cabo de poco tiempo, ya nadie me pregunta.

En el segundo semestre cambio la asignatura de Educación física por la de Salud. El primer día, la profesora, la señora Adams, nos cuenta que era esquiadora acuática profesional, pero omite la parte sobre cómo terminó siendo profesora de Salud profesional. Tras el primer mes de clase, tenemos la impresión de que conoce a alguien con cada una de las enfermedades que estudiamos; la mayoría son de su equipo de esquí acuático. Angie también viene a clase conmigo, así que la señora Adams se convierte en un tema frecuente de nuestras conversaciones durante la comida.

Caminar hasta la parada y esperar el autobús es ahora mi infierno personal. Piso con fuerza, mantengo la cabeza baja y los hombros encorvados, y en silencio odio al mundo por ser tan frío. Procuro estar siempre de espaldas a Sylvie y Finny. Nunca le he dicho a nadie cuánto odio verlos juntos; le darían demasiada importancia y le atribuirían alguna razón estúpida. Lo único que pasa es que Sylvie no me gusta, y me molesta verlos.

Algunas mañanas tengo la impresión de que Sylvie habla solo para que yo la oiga. Cuando fuera hace mucho frío, la idea me parece ridícula y creo que soy estúpida por siquiera pensarlo. Hace frío y nada importa excepto entrar en ese autobús y estar con Jamie.

—Así que estaba pensando que este fin de semana deberíamos ir a esa fiesta, ya sabes a cuál me refiero.

—Sí.

—O sea, todos estarán allí, así que deberíamos ir sí o sí.

—¿Va Jack?

—Va todo el mundo, Finn.

—A ver… —nos dice la señora Adams—, los trastornos alimentarios no son algo sobre lo que bromear. He visto lo que pueden hacerle a una persona. Una chica de mi equipo de esquí acuático tenía anorexia. Otra era bulímica. Eran chicas preciosas, pero no se trata de enfermedades bonitas.

Jamie y yo charlamos por teléfono todas las noches antes de irnos a dormir. Hablamos de casarnos algún día, sobre qué tipo de casa tendremos y cuántos hijos. Me sorprende lo mucho que quiere esas cosas tan normales y nada más.

A veces el amor me decepciona. Yo creía que cuando estás enamorada, el sentimiento siempre está ahí, mirándote a la cara, recordándote cada momento que amas a esa persona. Pero parece que no siempre es así. Sé que quiero a Jamie, pero a veces no lo siento, y me pregunto cómo sería estar con otra persona.

Cuando más siento que le quiero es cuando discutimos y tengo miedo de que me deje. Después de cada riña, solo me apetece estar junto a él, y al día siguiente, que me coja la mano en todo momento. A veces me quiere más que yo a él, y me pide que le preste atención, pero preferiría que me dejara en paz para poder seguir leyendo o hablando con Angie sobre la señora Adams. A veces los dos nos queremos mucho y es difícil colgar por la noche, y ojalá pudiera ser siempre así.

—Clase, yo también fui joven una vez —dice la señora Adams—. Sé que tenéis mucha presión respecto al sexo. No solo de vuestra pareja, sino de vuestros amigos y las redes sociales, e incluso de vuestro propio cuerpo. Puede ser duro. Pero, por favor, tened cuidado. Sé que pensáis que no conocéis a nadie con una ETS, pero así es como se contagian. He tenido que consolar a varias de mis compañeras de equipo después de que se enteraran de que tenían una ETS. Una chica contrajo herpes y, como hemos aprendido, este nunca desaparece. Imaginad tener eso para siempre.

Una mañana, parece que Sylvie y Finny están discutiendo. Se susurran todo el rato y, de repente, Finny dice mucho más que «Sí».

Ahora que quiero oír lo que están diciendo, resulta que no puedo. Los miro por encima del hombro. Finny está de pie junto a ella, mirando al suelo. Sylvie está girada hacia él y se aferra a su costado mientras lo mira a la cara. Desde la distancia, sería difícil decir que están peleando.

—Por favor. —Más que escucharlas, veo las palabras en sus labios. Finny niega con la cabeza y no responde.

Jamie me regala un anillo de compromiso por San Valentín. A lo largo del día, cada vez que veo a alguien que conozco, corro a enseñarle la mano y a decirle que tengo el mejor novio del mundo. Jamie también me regala otra tiara. Esta es dorada y tiene más florituras.

Para sorpresa de todos, este año la primavera llega temprano.