Mister Phileas Fogg era todo un caballero inglés, educado, ...

Mister Phileas Fogg era todo un caballero inglés, educado, elegante y puntual. Todos los días seguía la misma rutina: salía de su casa del centro de Londres para ir al famoso club Reform, del que era socio, y allí almorzaba, jugaba a cartas y cenaba, siempre a la misma hora y en la misma mesa.

El 2 de octubre de 1872, mister Fogg despidió a su criado porque el agua para afeitarse estaba fría. Su nuevo mayordomo, Jean Passepartout, llegó puntual, para servir a un señor tan respetable y tranquilo. Pero, en el club Reform, tras hablar sobre el atraco a un banco, se desató una gran discusión, pues el diario decía que se podía dar la vuelta al mundo en 80 días.

—¡Imposible! —exclamó Andrew Stuart, uno de los seis compañeros habituales de mister Fogg—. Apostaría cuatro mil libras a que ese viaje es imposible.

—Al contrario, es muy posible.

—¡Pues demuéstrelo! ¡Haga usted el viaje!

—¿La vuelta al mundo en 80 días?

—Sí.

—Con mucho gusto.

—¿Cuándo?

—Hoy mismo —intervino mister Fogg y, volviéndose hacia sus colegas, añadió—: Tengo veinte mil libras en mi cuenta del banco. Las apuesto.

Redactaron el acta de la apuesta y los siete caballeros la firmaron. Phileas Fogg estaba muy tranquilo, ya que pretendía jugar y no ganar, y solo había apostado la mitad de su fortuna. Sus adversarios, en cambio, estaban preocupados por aquella apuesta que parecía tan ventajosa para ellos.

A las ocho menos diez de la tarde, mister Fogg entró en casa y dio la noticia al pobre Passepartout, que se dejó caer en una silla y exclamó:

—¡Y yo que quería vivir tranquilo!

Una vez en la estación, los dos se despidieron de los caballeros del club.

—Recuerde, tiene que estar de vuelta… —comenzó a decir Andrew Stuart.

—En ochenta días —terminó la frase mister Fogg—. El sábado, 21 de diciembre de 1872, a las 8.45 de la noche. Adiós, señores.

Ilustración de un hombre con bigote que viste una gabardina larga y sostiene unas manillas.Pero Phileas Fogg no imaginaba el revuelo que causaría su partida: en pocos días, toda Inglaterra estaba pendiente de la apuesta. Para complicar la situación, siete días después de su marcha, el detective Fix, de Scotland Yard, identificó a mister Fogg en Suez como el posible ladrón del banco. Fix solicitó que le enviaran una orden de arresto a la siguiente parada, Bombay, en la India.

El 22 de octubre, dos días antes de lo previsto, el buque de vapor llegó a Bombay, donde tomaron el tren que los llevaría a Calcuta en tres días.

Al segundo día de trayecto, el tren se detuvo en una gran planicie rodeada de cabañas de obreros. El conductor del tren pasó por los vagones diciendo:

—Señores viajeros, por favor, bajen del tren.

Passepartout, tan sorprendido como sus compañeros de vagón, saltó del tren y regresó enseguida exclamando:

—¡Señor! ¡Se ha acabado la vía!

—¿Qué quiere decir? —preguntó su compañero de compartimento, el general sir Francis Cromarty.

—Quiero decir que ya no hay más ferrocarril.

Solo encontraron un elefante domesticado y un guía para conducirlo, por lo que mister Fogg, sir Francis y Passepartout se subieron en él.

Un día después, a solo veinte kilómetros de la estación, escucharon ruidos y el guía los ocultó entre los árboles. Ante ellos vieron pasar un desfile de tambores y sacerdotes que transportaban el cuerpo de un anciano rajá fallecido y a su mujer, temblorosa, hasta un templo.

—Es un sacrificio humano voluntario —susurró sir Francis.

—¡Canallas! —exclamó Passepartout indignado.

—En este caso no será voluntario —dijo el guía, y les contó que la mujer se llamaba Aouda y que ya había intentado escaparse, pero sin éxito.

Mister Fogg no lo dudó.

—Vamos a salvar a esa mujer.

Aunque la misión era peligrosa, todos estaban decididos a arriesgar su vida. La puerta del templo estaba vigilada y tampoco podían acercarse a las paredes para hacer un agujero, pero, aun así, mister Fogg no se dio por vencido.

Justo antes del sacrificio, Passepartout se disfrazó del viejo rajá y se alzó como un fantasma llevando a la mujer en brazos. Los faquires, los guardias y los sacerdotes, espantados, se quedaron tendidos boca abajo sin atreverse a levantar la vista mientras ellos desaparecían en el bosque a lomos del elefante.

Cuando llegaron a la ciudad de Allahabad, mister Fogg le regaló el animal al guía, que se marchó muy agradecido. Después, los cuatro se subieron a un confortable vagón del tren con destino a Benarés. Sir Francis los dejó en Benarés, mientras que la joven Aouda quiso acompañarlos en su aventura, ya que, por su seguridad, no se podía quedar en la India.

Seguidos por el detective Fix, que todavía pensaba que Fogg era el ladrón, se embarcaron en un buque, el Rangoon, que los llevaría a Hong Kong. Durante el trayecto, Fix aprovechó para acercarse a Passepartout y sonsacarle la información que necesitaba. Quería detener a Fogg a toda costa.

El Rangoon atracó a tiempo en Hong Kong, pero Fix engañó a Passepartout y le hizo embarcar hacia Yokohama sin su señor ni Aouda. El detective esperaba retener así a Fogg el tiempo suficiente para que le llegara la orden de arresto, pero no contó con que era un hombre de recursos: Fogg compró un barco de madera. Atravesando un tifón y el peligroso mar de China, llegaron a Shanghái y, después, a Yokohama, donde encontraron al pobre Passepartout trabajando de payaso en un circo que le llevaría a América, donde encontraría a su señor.

Juntos de nuevo, los tres subieron al buque de vapor General Grant y, veintidós días después, tras haber hecho las paces con Fix, que prometió no interponerse más, llegaron a la bahía de San Francisco. Aouda, enamorada de mister Fogg y con el único pariente cercano viviendo en Holanda, decidió continuar la aventura con ellos.

Nada más desembarcar en territorio americano, mister Fogg se informó de que el primer tren para Nueva York salía a las seis de la tarde. El ferrocarril del Pacífico unía Estados Unidos de costa a costa en tres grandes tramos, el último habitado por indios y lleno de fieras salvajes.

El viaje transcurrió sin problemas hasta llegar a las Montañas Rocosas. De pronto, sonaron unos fuertes pitidos y el tren se detuvo. Passepartout se asomó a la puerta y no vio nada. No había ninguna estación a la vista. Solo nieve.

Ilustración de la locomotora de un barco de vapor echando humo.

Passepartout saltó a tierra. El tren estaba parado delante de una señal roja que cerraba el paso. El mecánico y el conductor discutían con un guardavía. Algunos viajeros se habían acercado e intervenían en la discusión. Passepartout se unió al grupo y escuchó lo que decía el guardavía.

—No, no se puede pasar. El puente de Medicine Bow está en mal estado y no aguantará el peso del tren.

Hablaban de un puente colgante que pasaba por encima de un torrente, a un kilómetro y medio de allí. Según el guardavía, el puente amenazaba con derrumbarse porque muchos de los cables que lo sujetaban se habían roto y no podían arriesgarse a pasar por él.

La discusión empezaba a convertirse en alboroto hasta que el maquinista del tren, un auténtico yanqui llamado Forster, exclamó:

Ilustración de un abanico.—Señores, es posible que podamos pasar.

—¿Por el puente? —preguntó un viajero.

—Por el puente.

—¿En el tren? —preguntó otro.

—En el tren —respondió Forster—. Creo que si ponemos el tren a máxima velocidad tenemos alguna probabilidad de pasar.

Passepartout estaba estupefacto. Aquello le parecía demasiado «americano» y pensaba que lo más lógico era que primero pasaran los viajeros a pie por el puente y, después, el tren. Pero todos aceptaron la proposición de Forster y nadie le escuchó.

Así pues, la locomotora silbó con fuerza. El maquinista llevó el tren marcha atrás un kilómetro y medio para tomar impulso. Después, con otro silbido, el tren empezó a avanzar; aceleró y pronto alcanzó una velocidad tremenda. La locomotora rugía, sus pistones daban veinte golpes por segundo, los ejes echaban humo. El tren volaba sobre los raíles… ¡Y pasó!

Fue cuestión de segundos; ni siquiera vieron el puente. El tren prácticamente saltó de un lado al otro. Eso sí, apenas hubo pasado el tren, el puente se vino abajo y cayó con un gran estruendo al torrente de Medicine Bow.

Días después, cuando casi habían olvidado el incidente del puente y entraban tranquilos en la estación de Plum-Creek, escucharon tiros y gritos: los siux los estaban atacando. Los indios habían saltado primero a la locomotora y habían golpeado al maquinista y al fogonero. Uno de los siux intentó detener el tren, pero movió la manilla del regulador de manera equivocada e hizo que la locomotora aumentara su velocidad al máximo.

El conductor le dijo a mister Fogg que la única forma de salvarse era detener el tren, ya que se estaban acercando a la estación de Fort Kearney, donde había un destacamento militar.

—Si el tren no se detiene antes de cinco minutos, estamos perdidos.

—Se detendrá —afirmó Fogg disponiéndose a saltar al exterior del vagón.

—¡Espere, señor! —le dijo Passepartout—. Esto es cosa mía.

Mister Fogg no tuvo tiempo de impedírselo. Passepartout se descolgó hasta debajo del vagón sin ser visto por los indios, se deslizó con agilidad por debajo de los vagones y llegó hasta la cabeza del tren saltando de un coche a otro con gran destreza. Al llegar a la cabeza, soltó las cadenas que unían los dos vagones y estos se detuvieron a pocos pasos del fuerte.

Los soldados del fuerte acudieron rápidamente, pero al pasar lista de los pasajeros se dieron cuenta de que faltaban tres, entre ellos Passepartout.

Mister Fogg sabía que si perdía un solo día no podría tomar el barco en Nueva York y no ganaría la apuesta. Pero debía cumplir con su deber.

—Le encontraré. No podemos perder ni un minuto —dijo.

Enroló a treinta soldados y marchó en busca de los supervivientes.

Al amanecer del día siguiente, una pequeña tropa apareció en la estación con Fogg a la cabeza, acompañado por Passepartout y los otros dos desaparecidos. Salvadores y salvados fueron acogidos con gritos de alegría.

Pero Fogg llevaba veinte horas de retraso. Podía esperar al siguiente tren o atravesar el terreno nevado con un trineo de vela. Así pues, Fogg, Aouda, Passepartout y Fix se subieron al trineo y se envolvieron en sus mantas de viaje. Cinco horas después, llegaban a Omaha para subir al tren directo a Chicago y, de allí, a Nueva York.

El 11 de diciembre a las 10.45 de la noche llegaron al muelle. El buque de vapor China, con destino a Liverpool, se había marchado cuarenta y cinco minutos antes. A pesar del contratiempo, mister Fogg, sin perder la calma, contrató al día siguiente un barco de mercancías con destino a Burdeos, el Henrietta.

Al cabo de unas horas de partir, mister Fogg sobornó a la tripulación, a los marinos y a los maquinistas, que no estaban contentos con el capitán Speedy. Fogg, exmarino, era ahora el comandante y dirigía el barco a Liverpool.

Si no había problemas, el barco podría recorrer los cinco mil cuatrocientos kilómetros que separan Nueva York de Liverpool en los nueve días que faltaban hasta el 21 de diciembre.

Passepartout estaba encantado. La última hazaña de su señor le entusiasmaba y no pensaba en las posibles consecuencias. Era el mozo más feliz del mundo. Fix, por su parte, no entendía nada. La toma del Henrietta, el soborno a la tripulación, Fogg pilotando como un marino consumado… Todo aquello le confundía y no sabía qué pensar.

Pero, al cabo de unos días, el maquinista subió al puente y les dio una terrible noticia: no tendrían suficiente combustible para llegar a Liverpool.

—Continúen a toda máquina hasta agotar el combustible —espetó mister Fogg.

El navío continuó a todo vapor. Dos días después, el mecánico anunció que el carbón se terminaría en pocas horas.

Minutos después, Fogg hizo llamar al capitán Speedy, que había permanecido encerrado en su camarote.

Ilustración de un hombre con bigote agachado hacia una mujer que está sentada en el suelo. Ella va descalza y lleva un vestido largo. Su pelo es moreno y tiene un punto dibujado en la frente.—¿Dónde estamos? —preguntó el capitán, ahogándose de rabia.

—A mil cuatrocientos kilómetros de Liverpool —le dijo mister Fogg.

—¡Pirata! —gritó el capitán Speedy.

—Señor, le he hecho llamar para pedirle que me venda su buque. Voy a tener que quemarlo.

—¡Quemar mi barco! Un navío que vale cincuenta mil dólares.

—Tome, sesenta mil —dijo Phileas Fogg tendiendo un fajo de billetes.

La cara del capitán cambió de repente; olvidó su enfado, su encarcelamiento y todo lo que tenía contra el pasajero. Mister Fogg había arrancado la mecha de aquella bomba humana antes de que estallara.

Aquel día los camarotes, el entrepuente y otros elementos de madera fueron a parar a los hornos del barco. Al siguiente, 19 de diciembre, los mástiles, los botes salvavidas y los palos transversales. El 20, las bordas, el maderamen interior del casco y la mayor parte del puente. El Henrietta quedó plano como una balsa. Pero ese mismo día divisaron la costa de Irlanda.

A la una de la madrugada, en el puerto de Queenstown, Phileas Fogg se despedía del capitán Speedy con un fuerte apretón de manos y se marchaba con sus compañeros. Tomaron el tren en Queenstown a la una y media, llegaron a Dublín al amanecer y se embarcaron enseguida en un vapor rápido.

El 21 de diciembre, a las 11.40, desembarcaban por fin en el muelle de Liverpool. Londres solo estaba a seis horas de camino. Pero, justo en ese momento, Fix le detuvo.

—Queda detenido en nombre de la reina —afirmó con solemnidad.

Mister Fogg permaneció inmóvil en la celda de la aduana, sentado en un banco de madera, imperturbable como siempre. El reloj de la aduana dio la una de la madrugada. Luego las dos. Finalmente, a las 2.33 escuchó un ruido. Se abrió la puerta de la celda y aparecieron Aouda, Passepartout y Fix. Fix estaba sin aliento.

—Señor —balbuceó—. Señor…, perdón… Un error lamentable… El ladrón fue detenido hace dos días… Usted queda libre.

Mister Fogg, Aouda y Passepartout salieron de la aduana, subieron a un coche y llegaron a la estación a toda prisa. Sin embargo, el tren había salido de la estación a las 8.50.

Después de dar la vuelta al mundo, Phileas Fogg llegaba con cinco minutos de retraso. Había perdido.

Al día siguiente, mister Fogg, alicaído, le pidió disculpas a Aouda. Estaba arruinado.

—Señor Fogg —dijo Aouda mientras se levantaba y le tendía la mano—, ¿quiere usted tener una compañera y una amiga? ¿Quiere que yo sea su esposa?

Mister Fogg se puso en pie. En sus ojos había un brillo diferente, sus labios temblaban un poco.

—Yo la amo —repuso Fogg—. Por lo más sagrado del mundo le digo que la amo y que soy suyo.

Llamaron a Passepartout, que se presentó al instante. Mister Fogg tenía entre sus manos la mano de Aouda. Le preguntaron si era demasiado tarde para ir a avisar al reverendo.

Passepartout mostró su mejor sonrisa.

—¡Nunca es tarde!

Solo eran las 8.05 de la noche.

—¿Cuándo le digo al reverendo que será la ceremonia?

—¿Mañana lunes? —preguntó mister Fogg a la joven.

—¡Mañana lunes! —contestó Aouda.

Ilustración de un hombre de barba espesa con sombrero. En una mano sujeta un maletín y con la otra agarra un bastón.Passepartout tuvo que esperar más de veinte minutos a que llegara el reverendo. A las 8.35 salió de casa del reverendo, despeinado, sin sombrero, y corrió como nunca había visto correr a nadie, atropellando a los transeúntes y saltando por las aceras. En tres minutos estaba de vuelta en la habitación del señor Fogg, sin aliento y sin apenas poder hablar.

—¿Qué ocurre? —preguntó mister Fogg.

—Señor… —dijo Passepartout con voz entrecortada—, boda… imposible.

—¿Imposible?

—Imposible… mañana…

—¿Por qué?

—Porque mañana… ¡es domingo!

—Es lunes —le corrigió mister Fogg sin alterarse lo más mínimo, como de costumbre.

—Hoy… sábado.

—¿Sábado? ¡Imposible!

—Sí, sábado —exclamó Passepartout—. Usted se equivocó en un día. Llegamos veinticuatro horas antes. ¡Pero ahora nos quedan diez minutos!

Passepartout agarró a su señor por el cuello de la camisa y lo arrastró con una fuerza irresistible, lo sacó de la casa y subió con él en un coche que los llevó hasta el club Reform. A las 8.44 se abrió la puerta del salón del club y, un segundo antes de que el péndulo marcara la hora pactada, apareció Phileas Fogg, seguido de una multitud entusiasta.

—Señores, ya estoy aquí.

¡Había dado la vuelta al mundo en 80 días y había ganado la apuesta!

El matrimonio entre Fogg y Aouda se celebró cuarenta y ocho horas más tarde y Passepartout, orgulloso, fue el testigo de la boda.

Phileas Fogg había ganado la apuesta. Había dado la vuelta al mundo en 80 días, empleando variados medios de transporte. Y, sobre todo, había conocido a una mujer que lo había convertido en el hombre más feliz de la tierra. ¿No era motivo suficiente para dar la vuelta al mundo?

Portadilla con el título: «Dos años de vacaciones». Es una ilustración de una playa. Sentados en un tronco hay cinco chicos de distintas edades y de pie tres más. Ante ellos hay un perro de gran tamaño y color marrón claro junto a un par de cangrejos y, al fondo, en el mar, flota un barco de vela inclinado hacia un lado. Encima de los chicos hay la imagen superpuesta de una mujer recostada en un árbol.