Gracias a Andreas Reize, organista, director de orquesta y décimo octavo Thomaskantor en sucesión de Johann Sebastian Bach, por su amabilidad y su paciencia conmigo. Tras nuestro encuentro comprendí que, como todo genio, Bach es una pregunta eterna que nunca nadie podrá contestar.
Gracias al professor Dr. Peter Wollny, musicólogo y director del Bach Archive de Leipzig, por abrirme sus puertas, por su inmensa sabiduría y por ser la persona que me ayudó a acabar de perfilar la fina línea entre lo veraz y lo verosímil.
Gracias a Christian Ratzel, historiador al frente del Museo de Köthen, por mostrarme las dependencias e interioridades del palacio del príncipe Leopold, por su pasión y su conocimiento de los mejores años de Bach. En este libro también está él.
Gracias a Lina Tur Bonet, sin duda una de las mejores violinistas del mundo, y una de las más amables, por iniciarme en la magia de Bach y por contagiarme de su pasión.
Gracias a José Manuel García-Margallo, eurodiputado y exministro de Asuntos Exteriores, por abrirme las primeras puertas en el proceso de documentación de este libro.
Gracias a Isabel Rubiales, a Alejandro Abellán y a todos los profesionales de la Embajada Española en Berlín y de la Embajada Alemana en Madrid, por su inestimable ayuda.
Gracias a Ana Rosa Semprún, por inspirarme, por ser la primera chispa que prendió este viaje, como siempre, con una cuestión.
Gracias a Nathalie García por llevarme siempre más allá. Contigo todo es a lo grande.
Gracias a mi editora, Carmen Romero, por creer en mí y en el proyecto desde el principio.
Gracias a Máximo Huerta y a Juan Gómez-Jurado, por estar siempre ahí, por leer, comentar y hasta corregir mi primer manuscrito. También esta vez.
Gracias, James Rhodes. Tu magia al piano es sólo comparable con tu valentía ante la vida. Eres toda una inspiración. Y un verdadero amigo.
Gracias, Albert Uría, el pato al que más he incordiado en todo momento, tanto que hasta se vino conmigo a Sajonia y Turingia, tu entusiasmo y tu sensibilidad fueron la tinta de muchos pasajes.
Gracias también al resto de los patos, Iván de Cristóbal, Gonzalo Abadía, Aritz Iriarte y mi tercer hombro, Marc Solanas, sin duda parte importante de mi vida y, por lo tanto, de este libro también.
Por último, gracias a todos los que, pese a no haber sido nombrados, os habéis buscado en esta página, porque eso significa que de alguna forma os lo merecíais y yo seguramente lo he pasado por alto, vayan por delante mis disculpas y mi más sincero agradecimiento.
El Catálogo de las obras de Bach (Bach Werke Verzeichnis, BWV) fue numerado y categorizado en 1950 por el musicólogo alemán Wolfgang Schmieder en su obra Thematisch-systematisches Verzeichnis der musikalischen Werke von Johann Sebastian Bach. Este catálogo sustituyó a los de la Bachgesellschaft (Sociedad Bach), y a los de la Neue Bachgesellschaft (Nueva Sociedad Bach), y desde entonces es el catálogo oficial de referencia para cada una de sus composiciones, que por primera vez no aparecen ordenadas cronológicamente, sino por tipo de pieza.
Ésta es una historia inspirada en hechos reales, también reordenados. El BWV de cada capítulo es su banda sonora.
Cuando me fui aproximando más y más a la vida de Bach, que supuestamente había transcurrido por raíles tranquilos, ordenados y discretos, me impresionaron profundamente las grandes tempestades de su biografía, y muy pronto hube de constatar que el imponente monumento que había sido construido por tantas manos consistía mayormente en papiermâché, mezclado con yeso para que se sostuviera mejor, pero que en el vacío que deja en su interior se encuentra algo más interesante que todas las alabanzas: la verdadera vida de Johann Sebastian Bach.
KLAUS EIDAM,
La verdadera vida de Johann Sebastian Bach
Bach es un dios benevolente al que los músicos deberían ofrecer una plegaria antes de empezar a trabajar, para que los preservase de la mediocridad.
CLAUDE DEBUSSY
Louis, te lo ruego, mon amour, volvamos a palacio. Me muero de frío.
Las palabras de Marie-Angélique se desvanecían en la noche sajona, interrumpida sólo por las herraduras de los caballos contra el firme irregular de la Wigardstrasse. Pese a ostentar la capitalidad del electorado de Sajonia, el Dresde de 1720 era como cualquier alcohólico: venido a menos durante el día y suficientemente peligroso durante la noche.
Tras las ventanas de los edificios se abrían miles de rendijas como puñaladas sobre un cartón, todas entornadas para poder espiar a la misteriosa comitiva, tratando de averiguar quién se desplazaría a esas horas dentro de la lujosa berlina con suspensión de correas de cuero mientras el carruaje segaba implacable la densa bruma que arropaba ya el río Elba.
Las calles, mal empedradas y sin atisbo de reconstrucción desde la guerra de los Treinta Años, se cernían oscuras e inhóspitas. Sin duda no eran lugar para un vehículo tan lujoso. Fuera quien fuese a bordo, se exponía a que lo asaltaran para robarle, en el mejor de los casos, cuando no a perder la vida.
—Como mínimo podrías decirme adónde nos dirigimos… O qué es lo que vamos a hacer.
Marie empezaba a abandonar su tono habitualmente conciliador. La jornada había sido larga, intensa, extenuante. Y ahora sólo le faltaba eso.
Louis, mientras tanto, callaba y fruncía el ceño. Como si algo le preocupase mucho más que el frío, o el peligro o, tan sólo, poder descansar.
—No te entiendo, mon cher. Hemos pasado el día entero en la corte. Debes de estar agotado. Yo estoy agotada. Necesito quitarme este corsé, me está asfixiando hasta las ideas. Además, el propio rey te acaba de condecorar. Me ha encantado cómo pronunciaba tu nombre: «Louis MaRRRchand, sin duda sois el mejor organista del mundo». MaRRRchand… ¿Te has fijado en sus caras? Sí, ya sé que me dirás que los sajones no son tan exigentes como los parisinos. Pero ¿has visto cómo te admiraban? Es increíble lo que haces con esos dedos. Y ahora, en vez de estar celebrándolo los dos, me llevas no sé adónde, tan tarde y con este frío. Con lo bien que estaríamos bajo las sábanas… Yo también tengo derecho a poner a prueba esos dedos…
La última frase la había acompañado Marie con una breve incursión manual en la zona de los genitales de Louis. Y todo lo que obtuvo a cambio fue una mirada fuera de contexto. Como diciendo «¿Qué haces?». Como diciendo «¡Quita de aquí!».
—Ya hemos llegado —fue todo lo que salió de su boca.
El coche se detuvo al final de la Münzgasse. Louis bajó de un salto. A Marie le costó un poco más. Tuvo que esperar la ayuda del cochero. Gajes de llevar esos vestidos tan ampulosos. «¿Para cuándo un culotte femenino?», pensó. Pero la idea le pareció tan absurda que enseguida la desestimó. Además, toda su atención quedó inmediatamente secuestrada por la imponente y majestuosa edificación que tenían ante sí.
—La Frauenkirche—dijoMarie-Angélique.
—En efecto, frauMarchand. La mayor iglesia protestante de Europa construida hasta la fecha. ¿A que impresiona? Permitidme.
El hombre que le tendía la mano para ayudarla a bajar era Jean-Baptiste Volumier, director musical de la corte de Dresde, con el cual habían compartido audición real ese día.
—¿MonsieurVolumier?
—El mismo, madame —contestó quien, en realidad, prefería que lo llamaran Woulmyer, su apellido traducido al alemán, la lengua de la corte.
—Igual vos me podéis aclarar qué hacemos aquí —inquirió Marie, impaciente.
—¿Él no os lo ha contado?
—No. De hecho, no me ha dicho casi nada en todo el trayecto.
Volumier miró a Louis, que ya se alejaba en dirección a la iglesia.
—Pues supongo que os lo tendré que explicar yo. Vuestro marido ha lanzado hoy un reto al rey.
—¡No me digáis que se va a batir en duelo con el soberano!
—¡¡¡No, no!!! —exclamó Volumier mientras aplacaba una carcajada—. Nada más lejos. No es un duelo de armas, y en cualquier caso tampoco sería contra el rey.
—¿Entonces…?
Volumier le ofreció el brazo para acompañarla.
—Vuestro marido, tras las palabras de nuestro sire, y cuando se encontraban bebiendo a solas en su cámara, le ha lanzado un reto… interesante. Le ha dicho que, si Su Majestad gustaba, estaba dispuesto a batirse en duelo organístico contra el mejor músico alemán que pudieran encontrar.
—¿Un duelo organístico? Mais qu’est ce que ça?
—Un reto musical: un organista muestra a otro la partitura más difícil que sea capaz de hallar y este último debe interpretarla a primera vista sin dilación. Y después el otro hace lo propio. Sería lo más parecido a un combate, si bien en este caso no se juegan la vida, sino el prestigio, en realidad.
—Pero ¡si mi marido es el mejor del mundo! ¡Si acaba de reconocerlo el mismísimo rey!
—Verá, madame, Su Majestad me ha encargado buscar al rival de vuestro esposo, y eso he hecho.
—¿Y se van a enfrentar ahora?
—No, no, el duelo será mañana por la tarde en la residencia del general Joachim Friedrich, conde de Flemming y ministro del electorado sajón.
Se detuvieron a las puertas de la iglesia.
—Entonces ¿qué hacemos aquí?
—Bueno, digamos que vuestro marido me ha solicitado poder escuchar a su contrincante en secreto antes del duelo.
—Y el contrincante está…
—Ahí dentro, madame.
Ambos se quedaron un segundo en silencio.
—El órgano que suena…
—Es él.
—Y no sabe que estamos aquí.
—Nadie lo sabe…
Volumier se llevó el índice a los labios antes de pronunciar la siguiente frase:
—… ni lo debe saber.
Los portones de la Frauenkirchecrujieron como si no quisieran ser cómplices de ningún intruso. Marie-Angélique y Volumier se deslizaron por el pavimento de piedra sin levantar los pies, tratando de no añadir más ruido a su pequeño escándalo.
Casi todos los cirios seguían prendidos, seguramente a causa de los oficios dominicales previos, lo cual dotaba a la estancia de una apariencia semilitúrgica. Daba la sensación de que estaba pasando algo que valía la pena iluminar lo justo y necesario. Como cuando se habla con cualquier dios. Pero en susurros. Marie-Angélique no había llegado a ser una gran intérprete. Por mucho que su padre, fabricante de instrumentos, se empeñó en instruirla, lo que realmente la extasiaba era consumir música, no producirla. Igual que el mundo se divide hoy entre grandes chefs y grandes comensales, en ese momento quien era un gran consumidor de música tampoco podía disfrutarla en muchas ocasiones, pues no existía la forma de coleccionarla ni de oírla a placer, cuando a uno le viniese en gana. Ese privilegio sólo estaba reservado a los reyes y a los príncipes. Uno siempre dependía de los oficios religiosos, de las fechas señaladas y, sobre todo, de los intérpretes. Y los intérpretes dependían de acceder a un instrumento en condiciones. Y los instrumentos en condiciones, de ser situados y convenientemente mantenidos en un espacio acorde con su sonoridad. En definitiva, escuchar lo que escuchaban esa noche en la Frauenkircheera poco menos que un milagro. Y Marie-Angélique, como apasionada melómana que era, esposa del presunto mejor organista del mundo y ser humano de piel permeable, sabía que aquello no era ni de lejos algo habitual.
Era una música que nunca antes había oído. Ni ella ni nadie. Parecía una fuga en do menor, pero iba mucho más allá. Cada enunciado, cada propuesta, cada pregunta que hacía la melodía parecía ser contestada no por una voz sino por miles de voces al unísono que iban desplegándose poco a poco hasta llenar todo el espectro cromático sonoro posible. De pronto habían aplicado un caleidoscopio al haz de luz de la más bella frase musical jamás compuesta. La única posible. La más blanca y luminosa de todas. A continuación, los colores, los matices, los planos de ejecución iban superponiéndose, creando así una escalera de caracol en ambos sentidos que confluían irremediablemente en la siguiente forma de vida. Esa vida superior que se expandía al final de cada nota, que se convertía en otras notas como de los árboles surgen ramas que darán lugar a otras ramas. Todas en constante evolución. En continuo balance. En incesante equilibrio. Ante ella se levantaron todos los andamios posibles de la armonía y el contrapunto. Unos andamios sobre los que se podrían construir todas las melodías futuras. La plantilla de todas las plantillas. La masa madre de cualquier manjar musical.
Marie-Angélique cerró los ojos. Se quedó allí, inmóvil, incapaz de identificar lo que le recorría la piel. Había escuchado durante miles de horas a su marido. Había llegado a comprender la dificultad técnica de ciertos pasajes. Pero lo que le entraba ahora por los poros no era sólo eso. Era distinto.
Cuando al fin pudo abrir los ojos, reparó en lo que ocurría a escasos metros de ella. Su marido, el gran Louis Marchand, organista entre los organistas, el mejor de todos los tiempos, o al menos eso se decía él mismo todos los días, se encontraba de hinojos en medio del pasillo central de la basílica. No era un arrodillarse para rezar. Tampoco era el arrodillarse del penitente. Era un hacerse pequeño ante tanta inmensidad. Era un verse superado. Era un «¿por qué a mí?».
Louis se levantó de aquel castigo y, enjugándose las lágrimas con la palma de su mano, se dirigió a Volumier.
—¿Quién es? ¿Lo conozco?
—Lo dudo, herrMarchand, es bastante conocido aquí, en Sajonia, pero me temo que su fama aún no ha trascendido hasta París. Casi no viaja, si no es para examinar órganos, y prácticamente no ofrece recitales públicos, como monsieurHaendel.
—¿Y para quién trabaja?
—Ahora es konzertmeister en Weimar.
Louis Marchand cerró los ojos un instante. Y preguntó:
—¿Cómo se llama?
—Johann…
—… Sebastian Bach.
La creatividad es más que ser simplemente diferente. Cualquiera puede hacer extravagancias, eso es fácil. Lo difícil es ser tan simple como Bach.
CHARLES MINGUS
En Leipzig llovió durante más de doscientos días a lo largo del año 1894. Algunos de ellos fueron de auténticos aguaceros. Tres días seguidos diluviando significaba tres días sumergidos en lodo. Tres días a pico y pala agujereando el terreno. Con dos breves pausas para comer o descansar. Franz y Ferdinand no se reconocían ya más que por sus voces. El resto era todo barro y agua. Deberían haber acabado durante el fin de semana, pero ya era lunes y ahí seguían.
Según registros de sacristía, buscaban un ataúd de roble enterrado a unos seis metros de la puerta sur de la iglesia de San Juan, cerca del muro, el 31 de julio de 1750, es decir, ciento cuarenta y cuatro años atrás. Había que encontrarlo ya, pues la semana siguiente los operarios tenían permiso para iniciar las labores de ampliación de una de las iglesias más importantes de Leipzig. Y en principio no debía de ser muy difícil, pues de los cerca de mil cuatrocientos difuntos enterrados allí ese año tan sólo doce se habían inhumado utilizando ese tipo de madera.
El petricorhacía tiempo que había dado paso al hedor de las hojas podridas por la humedad. Si no fuera por el campanario de la iglesia, que marcaba las horas por varios sentidos a la vez, cualquiera habría pensado que saltaban de las cinco de la mañana a las diez de la noche, como si el sol no se atreviese a firmar las horas centrales del día.
Ferdinand se sentó sobre un montículo de arena. Empezar un hoyo no es lo mismo que agrandar o profundizar uno ya hecho. La tierra, como la piel, se resiste siempre a que algo o alguien la penetre de buenas a primeras. Sin embargo, una vez dentro, todo son vísceras, sangre y fragilidad. Aunque también es cierto que la resistencia a ser herida baja considerablemente cuando está mojada. En eso también coinciden tierra y piel.
De cualquier modo, el bueno de Ferdinand solía esperar a que su compañero, más joven y enérgico, iniciase los nuevos hoyos. Que rompiese Franz la primera capa. Y después, a remolque de sus paladas iniciales, ya se apuntaría él para ayudar. Era parte de un pacto no escrito que respetaban desde hacía ya algo más de setenta horas.
Había otra gran diferencia entre ambos, aparte de la edad. Mientras Ferdinand contaba sólo las horas en monedas, las gotas de sudor en salario y los días en distancia hasta la jubilación, a Franz lo movía un objetivo muy superior: la oportunidad de realizar un auténtico hallazgo. La llamada de la historia. Aparecer en los libros de texto. Poder ser alguien en la vida. Aunque sólo fuera por haber desenterrado los huesos de Bach. Poder tocarlos y mostrárselos a la humanidad. Convertirse en el Howard Carter centroeuropeo. Aparecer en las noticias de todo el mundo. Hacerse fotos para los rotativos del planeta entero. Hacerse un nombre por lo que algún día fue capaz de mostrar. Lo más parecido a un influencer, pero de finales del siglo XIX.
Quizás por ello cavaba con mayor ahínco. Quizás por ello no notó nada cuando la tierra, de pronto, crujió. Ni cuando volvió a crujir por segunda vez bajo su pala.
Fue sólo cuando Ferdinand silbó muy fuerte, con un silbido de esos realizados con dos dedos en la boca, de los que no hace falta volver a oír para saber que se trata una advertencia.
Ahí, bajo sus pies, húmeda y sucia, tenía la respuesta a todas sus preguntas: una astilla de madera de roble.
Lo que Franz había encontrado no podía ser el ataúd de un adulto. Hubo que escarbar con sumo cuidado para poder identificarlo, y todo para certificar que, definitivamente, era demasiado pequeño. La madera, firme pero ajada, podía ceder con cualquier golpe mal dado. Una vez extraído, lo que parecía el histórico hallazgo del féretro de Bach acabó siendo la vulgar exhumación de una sepultura infantil. Los peritos forenses, recién llegados tras el aviso del juez y dirigidos por el anatomista y profesor Wilhelm His, hacían sus primeras valoraciones a vuelapluma. Se trataría probablemente de una niña de unos cinco o seis años. Así lo harían constar en sendos informes.
Ferdinand consolaba a Franz: seguro que su descubrimiento acababa siendo importante también. No iba a sacarlo de pobre, ahí no había acudido ni un triste reportero local. Aun así, debía de ser una noticia relevante para alguien.
La comitiva judicial estuvo pendiente hasta que se levantó acta, y poco más, pues se acercaba la hora de cenar y el aguacero no daba tregua.
—Bueno… Parece que aquí ya estamos —dijo el juez acompañándolo de un suspiro.
—Sí, señoría, eso parece —respondió el subteniente al cargo de la policía forense.
—Háganme llegar sus informes cuando los hayan terminado —indicó.
—Por supuesto.
—Hablamos, subteniente.
—Adiós, señoría.
El juez se dirigió a su carruaje acompañado de su fiel secretario, que le sostenía el paraguas. A medida que se alejaba, la lluvia parecía empeñarse en borrar sus figuras. De pronto, cuando estaba a punto de poner el pie en el estribo, se oyeron un silbido y un grito. Eran el brío de Ferdinand y la voz de Franz.
—¡Hay otro!
El juez no estaba seguro de haberlo oído bien.
—¿Qué dice? —preguntó al secretario.
—Creo que ha dicho que hay otro.
El juez chistó a la vez que daba media vuelta.
—¿Otro… qué?
—Hay otro, señoría —dijo entre jadeos el subteniente, que se le había acercado a la carrera.
—Ya, pero ¿otro… qué?
—Otro ataúd, de adulto. Y puede que incluso otro más.
La apertura de éstos fue aún más rápida que la del primero, pues la comitiva ya se encontraba ahí y no hizo falta ser tan protocolarios. Hay que ver lo rápido que trabaja la gente cuando todo el mundo cree que ya se debería haber acabado.
El segundo ataúd contenía los huesos de un hombre de mediana edad, de un metro setenta aproximadamente. Nada reseñable a simple vista.
El tercero, otro tanto: los restos de otro hombre de mediana edad y casi de la misma estatura. Sin embargo, había una diferencia notable en el estado físico y la causa posible de la defunción.
Este último, al contrario de los dos anteriores, tenía algo que lo cambiaba todo. Algo que, de pronto, dotaba de sentido la presencia del juez y de la policía. Algo que nadie se habría esperado encontrar un atardecer como aquél.
Tenía el cráneo destrozado.
Bach es la razón principal por la que me convertí en músico. En un sentido, el amor a su música ha impregnado todos mis intereses musicales.
GLENN GOULD,
Junio de 1955 fue de los meses más calurosos que se recuerdan en Manhattan. La sala de juntas se encontraba en el trigésimo quinto piso de un edificio art déco,en plena calle Treinta. Justo treinta y cinco pisos por encima de la realidad. Y treinta y seis por encima del estudio de grabación. Mientras esperaba a que el ascensor hiciera aquello para lo que se había inventado, Glenn se preguntó si esa distancia sería también mental. Si alguien que trabajaba tan lejos del suelo también pensaría tan lejos del suelo.
Estaba a punto de comprobarlo.
Las puertas se abrieron y dieron paso a otro mostrador de control. Parecía que a la gente que trabajaba ahí no sólo le preocupaba marcar distancias en vertical. Glenn tuvo que seguir el mismo protocolo que había seguido treinta y cinco plantas más abajo:
—Buenos días. ¿Nombre?
—Gould. Glenn Herbert Gould.
—¿Puedo ver su documento de identidad?
—Claro, aquí lo tiene.
Glenn puso su identificación sobre el mostrador con la rapidez justa para evitar cualquier contacto físico con aquella mujer. Ella se dio cuenta del gesto, arqueó las cejas y dejó escapar un suspiro y un leve movimiento de cabeza que denotaba cierto hartazgo. «Me pagan poco para aguantar estas cosas», pensó.
—¿Y a quién viene a ver?
—Al… al señor…
La pausa fue la peor de las tarjetas de presentación en el peor momento posible. Glenn había olvidado por completo el nombre del directivo que lo había llamado hacía cosa de un mes, tras su extraordinario debut. El mismo con el que al día siguiente había firmado un contrato discográfico. El mismo que lo había traído hasta Nueva York. Un señor bajito y calvo, pero claro, no le iba a dar esas señas a la mujer.
En Canadá todo era distinto, porque en Canadá todo estaba bajo control. Su madre, su vida, su piano, su todo. Ni siquiera el pequeño sello para el que había grabado en exclusiva hasta entonces ocupaba la trigésima planta de un rascacielos en Nueva York, sino una humilde casita a las afueras de Toronto en la que, más que discos, parecía que se grababan nomeolvides.
—Ah, sí, al señor Oppenheim, ya lo veo.
—Eso, sí, David Oppenheim, exacto.
—¿Le guardo algo? —dijo la recepcionista señalando la mano derecha de Glenn.
Glenn se miró la mano y de pronto recobró la paz. Allí estaba, impertérrita a los cambios, bien asida por sus dedos, su silla. La silla de siempre. La que su padre había recortado ocho centímetros para que pudiese tocar sobre ella con tan sólo diez años. La misma, a treinta y cinco centímetros del suelo, sobre la que su madre le había enseñado todo lo que sabía. La misma silla que crujía casi tanto como su espalda. La misma silla sobre la que sabía mantenerse erguido, concentrado, controlado y a salvo.
—No, gracias.
—Y… ¿abrigo o bufanda?
El verano achicharrante en Manhattan se había adelantado. Puede que hiciera unos ochenta grados en la calle.
—Tampoco, gracias.
En la mirada de la recepcionista de pronto se mezclaron miedo, compasión y un «en mi casa no se lo van a creer cuando lo cuente».
Por un largo pasillo llegaron a una puerta corredera traslúcida pasada la cual caminaron hacia una luz con forma de sala.
—Espérese aquí. El señor Oppenheim vendrá enseguida. ¿Desea tomar algo?
—Nada, de verdad. Gracias.
Cuando logró acostumbrarse a semejante intensidad lumínica, Glenn pudo al fin ver dónde se encontraba. La sala de juntas era una inmensa pecera blanca en la que los turistas y los mirones eran los rascacielos contiguos de Manhattan. Dio una vuelta completa a la mesa, de dieciocho sillas, todas de piel blanca, todas perfectamente colocadas, custodiando aquel mueble con un tablero de cristal impoluto sobre el que nadie se podría imaginar la de sangre que se derramaba todos los días, y, como no se atrevió a tocar nada de todo eso, optó por sentarse en una esquina de la sala en su cómoda y querida silla.
Entre los dos componían una mancha grisácea en medio de tanta blancura. Un punto y aparte en medio de tanta asepsia.
A treinta y cinco pisos de altura, ¿cuánto tardaría su cuerpo en estrellarse contra el suelo? Ésa era la única pregunta que en ese instante preocupaba a Glenn. Veamos, contando unos tres metros por piso, eso daría una altura inicial de ciento cinco metros sobre el suelo. Multiplicado por dos y partido por nueve coma ocho metros por segundo al cuadrado, y una vez realizada la correspondiente raíz cuadrada, eso daría un total aproximado de unos cuatro coma seis segundos. En cuatro coma seis segundos un cuerpo como el suyo podía verse estrellado contra el pavimento de la calle Treinta. En ésas estaba, en dilucidar qué pensamientos podían durar cuatro coma seis segundos, cuando se abrió la blanca puerta de la sala blanca.
—Perdona por haberte hecho esperar, Glenn.
El hombrecillo se dirigió a él con una velocidad preocupante para Glenn. Era de esas velocidades que acaban con un apretón de manos o, peor aún, con un abrazo.
—Señor Oppenheim, no se preocupe. Estoy muy cómodo —respondió llevando sus hombros hacia el lado opuesto del presunto agresor.
David Oppenheim se dio cuenta entonces de dónde estaba sentado Glenn y de que no iba a levantarse para estrechar su mano tendida, así que redujo su velocidad de aproximación y guardó su sudorosa diestra en el bolsillo más cercano.
—Llámame Dave, por favor. Y perdóname, no me acordaba de lo del contacto. Cero contacto, sí, lo tenemos hasta por escrito en tu contrato. ¿No quieres… no prefieres pasar a la mesa?
—Estoy bien aquí.
—Bien, como gustes.
Dave acercó una enorme silla blanca de ruedas a la diminuta silla de Glenn, dejó los papeles en el suelo y entrecruzó los dedos con cierto nerviosismo, un gesto que realizó demasiado cerca de la cara de Glenn.
—Mil gracias por venir. ¿Tu mánager no está?
—¿Walt? No, llega mañana.
—Ah, pues con más razón, gracias. Sabemos que estás ensayando muy duro para la grabación del viernes.
—Sí, mucho.
—Tenemos muchísimas ganas, creemos que la industria discográfica y, sobre todo, la música clásica necesitan un revulsivo como tú.
—Ajá.
—No sé si te lo había dicho ya, pero lo plancharemos en un vinilo de ciento ochenta gramos, y en principio está prevista una tirada de cinco mil ejemplares, que es una barbaridad. ¿Está todo a tu gusto? ¿Hay algo que pueda hacer por ti?
—Frío.
—¿Frío?
—Mucho frío.
—¿En pleno junio?
—¿Podrían apagar el aire acondicionado?
—¿Aquí?
—No, durante los ensayos.
—Cla… claro. Sí, tomo nota.
Dave lo apuntó en una de sus carpetas.
—Hay una cosa que tú también podrías hacer por mí.
Glenn lo miró extrañado.
—La elección de la obra.
—¿La elección…?
—Sí, la que has elegido para el disco.
—¿Qué le pasa?
—No le pasa nada. Es increíble. Las Variaciones Goldberg son… son increíbles.
—Son más que eso. Es una obra infinita: sin principio ni final.
—Pero… ¿al piano? Siempre se han grabado con clave…
—Pues precisamente por eso. Es que no hay grabaciones para piano de las Variaciones.
—Igual habría que preguntarse por qué…
Glenn sonrió con tristeza antes de contestar:
—No las hay porque nadie se ha atrevido, y nadie se ha atrevido porque en el clave suena todo siempre al mismo volumen. En cambio, en el pianoforte hay que tomar decisiones. Dónde poner énfasis. Dónde suavizar la expresión. Dónde gritar, donde simplemente decir las cosas y dónde susurrar. Y la gente, por muy virtuosa que sea, tiene miedo a jugársela. Y es que cuando decides te expones a equivocarte. Cuanto más virtuoso, más miedo. Cuanto más prestigio, más abismo. Cuanto más pedestal, más vértigo. Y a mí todo eso me da igual.
El directivo entornó los ojos y lo vio por fin.
—Será la primera vez —añadió Glenn—. En la historia. Y quien hace algo por primera vez lo hace para siempre.
—Claro, claro —dijo Dave. Pero llevó a cabo un último esfuerzo por argumentar—: Sin embargo…, de todo el repertorio de Bach, no hay nada… a ver, ¿no hay nada de todo lo demás que te apetezca grabar? Ojo, o fuera de Bach. Tenemos también los nocturnos de Chopin, que gozan siempre de mucha aceptación entre la gente, o los de Schumann. ¿O por qué no la Patética de Beethoven…? No sé, busquemos algo más romántico, más comercial, con más punch…
Glenn volvió a dedicarle una mirada extrañada, aún más que la anterior.
—Verás… —dijo Dave ya a la desesperada, añadiendo a sus palabras una dosis extra de súplica y complicidad—. Arriba están preocupados. Y no los culpo. Los de marketing les han contado que Bach compuso la obra para que un caballero cogiese sueño. Glenn, por favor, intenta entenderlo… Si queremos hacer de ti una estrella internacional, alguien de quien hable todo el planeta, ¿realmente te parece que la mejor forma de presentarte al mundo es a través de un somnífero musical?
¿Cómo sentir que estamos dirigidos por Dios? Mirando con atención hacia dentro y viviendo tranquilamente en el interior de nuestra morada, de modo que el hombre se pruebe a sí mismo en su corazón y renuncie a esa incesante persecución de las cosas exteriores.
ESTHER MEYNELL,
La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach
Yo era una niña. Algunos dirán que sigo siéndolo, que sigo representando lo que para ellos sería una criatura caprichosa, consentida y malcriada. Y puede que hasta tengan razón. Pero lo que está claro es que, por aquel entonces, y te hablo del año 1706 o 1707, yo era todavía más cría.
Mi padre, Johann Caspar Wilcken, fue un gran músico en la corte de Zeitz antes de trasladarse, y trasladarnos a todos, a Weissenfels, una pequeña localidad cercana a Halle y Leipzig, rodeada de colinas y a orillas del río Saale. Mi madre, Margaretha Elisabeth Liebe, también llevaba la música en la sangre —era hija de organista—, pero posiblemente porque jamás desarrolló su talento siempre fue mucho más dócil, menos rebelde, menos avanzada y, sin duda, menos liberal que mi padre.
Quizás por eso fue él quien me enseñó a valerme por mí misma desde muy pequeña. A no depender de nadie. Solía decir que quien se entregaba moría en vida en cierto modo. Que las mujeres teníamos los mismos derechos a desarrollarnos que cualquier hombre. Que no entendía por qué, habiendo tanto talento, no se nos daban las mismas oportunidades que a ellos. Mi padre se adelantó a su tiempo, que es otra forma de decir que sufrió mucho.
Seguramente sus palabras fuesen objeto de todo tipo de chanzas y burlas por parte de los demás. Jamás me lo contó. Pero lo noté. Lo noté en muchas ocasiones. Cada vez que comíamos o cenábamos en casa de familiares y nos dedicaban esas preguntas o miradas condescendientes. Cada vez que me llevaba a la corte a cantar ante el duque, la gente me miraba a mí con asombro y a él con preocupación, casi con lástima. Como si pensaran: «Pobrecillo, el talento se lo ha dado a una mujer, a la que tendrá que casar para tener hijos y olvidarse así de toda la inversión en tiempo y táleros que está haciendo».
Porque hay que decirlo así. Para aquella gente, nobles y aristócratas de la época, invertir en mujeres era tirar el dinero. Sigue siéndolo, para muchos.
Pero para mi padre no. Para mi padre, enseñarme música y desarrollar mi voz de soprano era algo así como comprar mi libertad.
Lo cierto es que durante mi estancia en Weissenfels, en la escuela religiosa luterana sólo para señoritas las diferencias entre mis compañeras y yo se hicieron cada vez más grandes. Mientras ellas parecían muy preocupadas por la intendencia del hogar, aprender a remendar la ropa para dejarla como nueva, los secretos de la cocina para el paladar masculino o las diferencias entre la papilla de verduras y la de carne para un bebé, a mí sólo me interesaba cantar, conocer mundo y explorar. Salir. Cantar. Descubrir.
Y todo sola, si pudiera ser.
Un día, al término de las clase, cuando me había despedido ya de mis compañeras e iba de camino a casa, me encontré con una pintada en medio de la calle más concurrida de la ciudad, justo enfrente del instituto:
A Anna Magdalena:
jamás te casarás porque no vales la pena.
Apenas tendría yo trece años. Recuerdo llegar llorando a casa. Destrozada. Imposible disimular semejante vejación pública. Llegué, y me fui directa a mi cama, a taparme con la almohada y con lo primero que encontré.
Mi padre, que en ese momento estaba ensayando con su trompeta junto con otros músicos, les dio un descanso para ir a verme.
—Eh, ¿qué pasa, bollito?
Así me llamaba siempre, desde que nací, porque decía que era comestible como un bollo recién hecho. Entre sollozos, le conté lo que había pasado, la humillación pública que acababa de sufrir. Recuerdo que mi padre no hizo ni una mueca.
—Cariño, la gente siempre rechaza al diferente. Ésa es la cruda realidad, y cuanto antes la aprendas, mejor. Nos pasamos la vida uniformando vidas, aplacando sueños, rebajando expectativas, y cuando te das cuenta has renunciado a todo aquello que querías a cambio de todo aquello que jamás te hizo ilusión. Y es entonces cuando te piden, te exigen, te retan para que seas tú misma, cuando ya te han despojado de todo aquello que te hacía especial, cuando te han limado asperezas, cuando te han quitado tu propio ser y te han convertido a la imagen y semejanza de cualquier otro. Pero ¿sabes qué? Que eso a ti no te va a pasar.
Se fue a la habitación de al lado y volvió con un pincel y un pequeño frasco de tinta roja.
—Piénsate qué vas a poner mañana. Te levantarás antes que nadie, antes incluso de que amanezca, y responderás debajo de esa frase con otra. Tienes toda la noche para construirla.
Y ahí me dejó. Sola. Construyendo.
A la mañana siguiente, las niñas se arremolinaban alrededor de la pared frente a la escuela luterana de Weissenfels. Todas las alumnas reían y algunas señalaban hacia la pared con cierto rubor. Bajo la vieja inscripción, una nueva lucía con tinta roja:
A Anna Magdalena:
jamás te casarás porque no vales la pena.
A quien lo haya escrito:
a mí tu opinión me importa un pito.
Bach es un artista extraordinario en el órgano y clavicémbalo, y no he dado con ningún músico que haya podido rivalizar con él.
JOHANN ADOLF SCHEIBE
Un duelo de organistas de primerísimo nivel no era algo que fuera a ocurrir todos los días del siglo XVIII. Estamos hablando de la Superbowl de las artes que, además, se sabía casi con toda seguridad que no volvería a celebrarse. Decir que había expectación sería quedarse muy corto. Aquí no se vendían entradas, sino que se rifaban sólo entre algunos escogidos. Y encima éstas no podían pagarse con dinero, sino con privilegios e influencias. Además, resultaba ser la ocasión soñada por cualquier aristócrata o monarca europeo para hacer valer su poderío.
Cuando no había guerra, el arte y la música eran las armas más adecuadas para ostentar la capacidad de apabullar al prójimo. Si no podías invadirlo, conquistarlo o saquearlo, la mejor manera de someterlo era bajo el yugo del talento que fueses capaz de reunir, no ya detrás de un ejército, sino de un puñado de pinceles… o de instrumentos.
Era la primera vez que Sebastian pisaba el castillo de Hermsdorf, residencia del conde de Flemming, que se encontraba rodeado de unos jardines que parecían haberlo acorralado en una hermosa emboscada. En su interior, bajo la cúpula, la sala del clave brillaba como nunca antes lo había hecho. Entre la luz crepuscular que entraba por las ventanas, la cantidad de velas ya encendidas y la cantidad y calidad de las joyas que lucían las damas presentes, todo parecía augurar una velada histórica.
La ocasión era tan solemne que hasta Su Alteza Real el príncipe Ernesto Federico I de Sajonia-Hildburghausen aguardaba en pie pese a la dificultad con la que se mantenía erguido desde que resultase herido en la pierna derecha en Höchstädt, durante la guerra de Sucesión española. Su esposa, Sofía, había intentado sin éxito varias veces que tomase asiento en el trono que los anfitriones habían improvisado para él.
Quinientos táleros. Más del doble de lo que ganaba Sebastian trabajando a destajo durante todo un año en Weimar. Ése era el generoso botín que Su Majestad había puesto para amenizar el duelo organístico y que, así, los asistentes pudieran sentir la presión que ese dinero produciría sobre los contendientes.
Al lado de Su Majestad se encontraban el anfitrión, general Joachim Friedrich, conde de Flemming y ministro del electorado sajón, su esposa y varios nobles de la región, desde el mismísimo embajador de Rusia en Sajonia, Heinrich Karl Graf von Keyserlingk, un influyente diplomático que había solicitado específicamente ser presentado a los contendientes (lo que vendría a ser un meet and greet de hoy), hasta algún que otro clérigo luterano que no había querido perderse tan magna cita. Todos expectantes, todos atentos a lo que podría ocurrir esa tarde en casa del general.
—Con el permiso de vuestra majestad, me he tomado la libertad de pedir a mi primo Lazskó que me hiciese llegar este vino de sus plantaciones de Tokaj para abrirlo justo hoy.
—Está delicioso, general. ¿De dónde decís que viene? —preguntó el monarca.
—De la región de Tokaj-Eperjes, majestad, concretamente de Kopasz, una estrecha franja que cubre la ladera sur de la cordillera de Zemplén. En apenas siete mil hectáreas cultivan esta variedad de uva única en su especie porque está afectada por un hongo parásito, el Botrytis cinerea, que causa la podredumbre noble.
—¿Un vino podrido? ¿Eso es lo que servís a vuestro rey? Ni que fuéramos franceses…
Las risas de compromiso que se oyeron en la sala colocaron al anfitrión en una delicada controversia de la que debía salirse de inmediato.
—Al contrario, sire. Primero es necesario conseguir una selección de las mejores uvas de la variedad aszú, que da lugar a racimos muy exclusivos y delicados. Se trata de uvas acariciadas durante meses por la suave climatología de las laderas soleadas, protegidas de los fuertes vientos del norte, manteniendo así la temperatura alta e impidiendo la congelación de los abundantes ríos y flora autóctona.
—Bien, hasta ahí entiendo lo de «nobles»: delicados, exclusivos y bien cuidados. Me gusta. Pero ¿dónde ponemos lo de «podridos», general?
Más risas.
—Es la historia de un descuido, majestad. Por culpa de las constantes guerras contra los otomanos, un año fue necesario posponer la recolección de las uvas. De esta forma, casi por error, descubrieron que recolectarlas más tarde producía una concentración de azúcar más elevada de lo habitual, provocada justo por esa podredumbre. Una concentración que hoy se mesura en puttonyos, es decir, en masas de uvas aszúañadidas en un barril de ciento treinta y seis litros. Y es precisamente esa concentración tan atípica como deliciosa la que dota al vino de ese sabor tan especial. En la actualidad se sabe que cuando la concentración de azúcar alcanza los siete puttonyos, es decir, los setecientos gramos por litro, se trata de lo que en Tokaj denominan «el néctar», la excelencia. Y eso, majestad, es lo que acabáis de disfrutar en vuestros labios.
—En resumen, cuanto más podridos, más exclusivos. Y todo, como siempre, por error. Cuánta razón tiene vuestro primo… Es el espirituoso más adecuado para la nobleza. ¡Por vuestro primo!
Todos los asistentes levantaron su copa y secundaron el brindis real. Todos menos uno.
—Konzertmeister Bach, ¿acaso no os convence el vino podrido del general? ¿O es que igual no os creéis nada de su apasionante historia? —preguntó el príncipe.
—Majestad, sólo sé que está delicioso.
—¡Qué buen paladar para el alcohol tenéis siempre los músicos! Por cierto, imagino que habréis oído hablar del pianoforte de Silbermann.
—Silbermann es un buen amigo, majestad.
—Qué raro, desconocía que ese tipo de carácter pudiera tener amigos. ¿Y qué os parece? El pianoforte, no Silbermann. ¿Lo habéis probado?
—Aún no. Pero por lo que cuentan, creo que se tratará de un artilugio… prometedor.
—Vamos, que no os convence.
—Bueno, dicen que permite…
La explicación de Sebastian se vio bruscamente interrumpida por la entrada de varios lacayos. Entraban como no se supone que debían entrar en una estancia ocupada por nobles, y menos aún por Su Alteza Real. Uno de ellos, el más anciano, se acercó al príncipe y le susurró algo al oído.
—Caballeros, parece que no podremos disfrutar del duelo que tanta ilusión nos hacía. Por lo visto, nuestro invitado se ha sentido indispuesto esta misma mañana y ha abandonado la ciudad rumbo a París en una posta especial. ¿Sabíais algo, Woulmyer?
Jean-Baptiste Volumier, director musical de la corte de Dresde, contestó tras un breve carraspeo:
—No tenía ni idea, sire.
—¿Y de verdad no os ha dado ninguna explicación para dejarnos plantados?
—Ninguna.
—En fin… Lo malo es que hemos hecho venir a herrBach desde Weimar para nada. Por favor, konzertmeister,trasladad mis más sinceras disculpas al duque Wilhelm Ernst por haberos sustraído de Weimar durante estos días. Lo bueno es que los quinientos táleros vuelven a las arcas reales.
Tras una carcajada exagerada para la calidad del chiste, volvieron todos a beber. Todos menos Sebastian. Su cuenta corriente sólo había hecho que empeorar con un viaje que había tenido un final de lo más absurdo. Jamás se pudo decir que Marchand perdiese un duelo con Sebastian. Aunque, para ser precisos, tampoco se pudo decir que Sebastian lo hubiese ganado. Así que, aunque le fastidiase, era justamente injusta la decisión de Su Alteza Real. Como todas las que dependen de un solo hombre.
A pocos kilómetros de allí, Marie-Angélique despertaría sobre un enorme colchón de plumas, bajo un enorme dosel dorado, absolutamente sola.
—Chéri… Chéri…
A tientas lograría llegar hasta las ventanas y cuando descorriese las cortinas descubriría la realidad. La ciudad de Dresde, como la vida, seguía sin ella. Los baúles de Louis no estaban. Sobre la cama, en el lado de él, una nota:
Ma chérie:
Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir. Sí, es posible que el organista germano me hiciese abrir los ojos anoche. Dicen que el talento es la capacidad de provocar algo en los demás. Y puede que el talento de ese hombre me haya provocado esto. Je ne sais pas. Lo que sí sé es que yo he estado viviendo en una mentira y tú has vivido con un impostor. Me debo a mí mismo volver a saber quién soy. Y después de todo lo vivido juntos, he de ser totalmente sincero contigo, te lo debo. Désolé. Te deseo toda la suerte del mundo y que encuentres el amor que mereces. No pienses que me voy ahora. En una relación, cuando uno toma la decisión de irse es que hace tiempo que ya se ha ido. Debo asumir mi lugar en el mundo, y eso empieza por ser franco con mi propio corazón. No me busques. Si me va bien, sabrás de mí. Y si no, conociendo a tus padres, también.
Suerte,
LOUIS
El clave estaba bien, pero a Sebastian le gustaba ensayar siempre sobre el órgano, no tanto para practicar las piezas, que ya se las conocía más que de memoria, sino para ver qué le decía cada uno, qué le explicaba. Acariciar sus teclas era preguntarle: «¿Cómo estáis?». Tirar de cada uno de sus registros era interesarse por su pasado. Y es que cada órgano era como cada uno de nosotros. Todos andamos por ahí deseando contar nuestra historia a quien esté dispuesto a escucharla. Y por eso no hay dos individuos iguales. Es imposible. Básicamente porque, como ocurría entonces con cada órgano, todo dependía de mil factores que poco o nada tenían que ver con la interpretación de cada cual.
Para empezar, toda la música se hacía para un lugar. Era el sitio el que determinaba la música, no al revés. Las iglesias no eran más que cajas de resonancia y, por eso, para el organista era fundamental conocer y anticipar cómo sonaría cualquier pieza en esa planta y con ese alzado. Años más tarde, invitarían a Sebastian al nuevo teatro de la Ópera en Berlín y sabría colocar, sin haber hecho ninguna comprobación previa, a dos personas en paredes opuestas que, susurrando contra la pared, pudieran oírse perfectamente entre ellas y sólo entre ellas.
La planta de la Frauenkirche de Dresde,barroca y de base cuadrangular, se había construido a partir de los planos de George Bähr, arquitecto oficial de la ciudad, sobre una iglesia medieval. Eso significaba dos cosas: la primera, que el lugar era una adaptación, de manera que no se había creado para incorporar un órgano, lo que implicaría limitaciones acústicas; y la segunda, que, conociéndolo, Bähr habría incluido las florituras justas para no interferir en la resonancia del órgano. Porque al final todas las notas rebotaban en los muros. Y si en éstos había demasiada ornamentación interior, el rebote de una nota celestial podía llegar a convertirse en un verdadero infierno.
Un órgano situado en un lugar que no estaba ni pensado ni preparado para él. Ahí Sebastian no pudo más que empatizar. Era como se había sentido toda su vida. Desde la muerte de sus padres, cuando él apenas contaba diez años, hasta ese preciso momento. Desde que tuvo que buscarse la vida de aquí para allá, siempre se sintió en el lugar incorrecto. Si alguien había sobrado siempre, era él.
A continuación, el emplazamiento del órgano era fundamental. Determinar dónde se colocaba dentro de la iglesia era una resolución mística más que arquitectónica. Se trataba de decidir desde dónde Dios iba a hablarte. Porque la música del órgano era la propia voz del Altísimo. Y no era lo mismo que estuviese frente a los feligreses que detrás de ellos. No era lo mismo notar el aliento del Creador detrás de ti que frente a ti, saliendo por detrás del oficiante y barrándote el paso. Lo primero era vigilancia. Lo segundo, impedimento. Lo primero, un Dios que te aconseja. Lo segundo, un Dios que te prohíbe. Lo primero, un Dios que te empuja, que te anima, que te da aliento. Lo segundo, un Dios que te entorpece, que te juzga, que te vigila.
Sebastian reparó en que el órgano estaba detrás del altar, delante del público. Vaya, le habría gustado más que se encontrara detrás de los feligreses; ese gesto de acompañamiento era, al fin y al cabo, la decisión más humilde. Le gustaba que su Dios todopoderoso fuese, después de todo, tan humilde, cercano y mundano como para no pretender intimidar. Como un compañero. Como un buen amigo. Alguien que sabes que siempre está, pero no se impone. El poder, el verdadero poder, no necesita demostrar que lo es.
Después estaba la altura a la que se ubicara el órgano. Cuanto más arriba se colocase, más imponente sonaría, pero, a la vez, cuanto más alejado del hombre estuviera, más se perdería la conexión con lo terrenal, con la gente que, a fin de cuentas, era la que había acudido a notar la presencia del Gran Jefe. En este caso era el primer piso, nada demasiado alejado, también porque el tamaño de la iglesia no daba para más.
Para terminar, la música, aparte de para un lugar, se hacía para un momento determinado. No era lo mismo interpretar la Pasión según cualquier apóstol en Cuaresma, un momento de dolor y recogimiento, que hacerlo en Navidad, cuando todo tenía que sonar exultante, brillante, optimista. Y también aquí había unos órganos más adecuados que otros para ciertos momentos. Igual que hay personas más adecuadas para contar un chiste y otras para hacernos llorar, hay gente que nos pone de los nervios y luego hay otra que nos transmite calma y paz.
Con los órganos ocurría lo mismo: pretender que un órgano interpretara lo que no era podría llevarte irremediablemente al fracaso. El órgano de la Frauenkirche de Dresde era bastante viejo, bastante antiguo. Necesitaba una renovación con urgencia, pensó Sebastian. Habría que llamar a Silbermann para que le echase un ojo. ¿Cómo lo sabía?, os preguntaréis, pues por dos factores que, de nuevo, afectan del mismo modo a cada uno de nosotros. El primero, que había perdido los graves. Cuando te parece que ya nada tiene tanta gravedad, eso es que te estás haciendo viejo. Y el segundo, que resultaba bastante anodino, ignorable por el resto del público. Al igual que ocurre con los ancianos, cada vez se le hacía menos caso.
Todo ocurre en Bach.
ANTON WEBERN
Los médicos trabajan para conservarnos la salud y los cocineros para destruirla, pero estos últimos están más seguros de lograr su intento.
DENIS DIDEROT
Estamos en Norwich, Inglaterra. Son las cinco de la mañana, recién empieza a clarear. Llaman a la puerta de una casa o, más bien, la aporrean. Parece que van a tumbar la puerta de una casa cualquiera situada entre la modesta catedral y el río Wensum. Aquí, al este del país, los inviernos son muy ventosos, así que en un principio nadie abre si oye golpes en una puerta, pues lo más seguro es que se trate de un golpe de aire.
Sin embargo, la insistencia y sobre todo la virulencia de ciertos golpes hacen que, al final, una sirvienta salga de su cama y de la casa para ver qué ocurre.
A la mujer no le da tiempo a preguntar nada. En cuanto corre los goznes de la cerradura, una turba de gente entra en tromba gritando y agitando las antorchas.
—¡¡¡A por el matasanos!!!
—¡¡¡A por él!!! ¡¡¡Curandero!!!
—¿¿¿Dónde está ese maldito brujo???
La multitud no tarda en hallar el dormitorio principal de la casa, del que sacan en camisón a su dueño. El hombre a duras penas logra agarrarse al libro que tenía en la mesilla de noche.
Sin demasiado esfuerzo, pues apenas opone resistencia, se lo llevan en volandas hasta la calle, donde más vecinos gritan exaltados y furiosos proclamas contra él.
Otro grupo de jóvenes carga con un sillón, sobre el que se sienta el obispo del pueblo, tan obeso como furioso, que además tiene los ojos vendados.
—¿¿¿Lo tenéis??? ¿¿¿Ya??? ¡Ah! ¡¡¡Ahí estás!!! ¡¡¡Túúú!!! ¡Eres tú quien me ha cegado! ¡Esbirro de Satanás! ¡¡¡Al río con él!!!
—¡¡¡Al río!!! ¡¡¡Al río con él!!!
—¡Sííí! ¡¡¡Al río!!!
Un par de vecinos lanzan sus antorchas contra la casa, que prende con suma facilidad, tanto que en pocos minutos quedará reducida a cenizas. El resto de la multitud ya ha emprendido el camino hacia el río. Zarandeado por la gente que lo lleva en volandas sobre sus cabezas, el hombre se abraza a su libro y cierra los ojos.
El obispo, todavía cargado por algunos jóvenes, les va a la zaga, cada vez más distanciado de los vecinos que llevan al ya exdueño de la casa. El peso y el ritmo del pelotón de cabeza hacen imposible a los demás seguirles a la misma velocidad.
De pronto, en un tramo del camino con muchos árboles, el obispo se golpea la cabeza con una rama gruesa y cae al suelo, rodando como un mazapán. Los jóvenes que cargaban con él no se dan ni cuenta —o eso hacen ver— y siguen gritando y corriendo mientras portan el sillón sospechosamente más ligero.
—¡¡¡Eh!!! ¡Hijos de puta! ¡No me dejéis aquí! ¡¡¡Que estoy aquí!!! ¡¡¡Pero ¿adónde vais?!!!
El obispo grita abandonado en la soledad del camino rural. Se pone en pie y comienza a tantear a su alrededor.
La turba llega a un pequeño acantilado y, sin mediar palabra, lanza al agredido al vacío. El médico cae al río y, aunque sin mucha habilidad, logra alcanzar la orilla.
Deja sobre una roca el libro al que había estado aferrado todo ese tiempo. Sobre la cubierta, empapada y medio quemada por las antorchas, todavía puede leerse:
The Life and Extraordinary History
of the Chevalier John Taylor, Ophthalmiater Pontificial,
Imperial, Royal