
Rara vez un sonido define el curso de la historia. Un cañón podría atravesar un barco, y el estallido sería una declaración de los primeros sonidos de la guerra. Una campana podría repicar en una ciudad para alertar a los ciudadanos de la llegada de fuerzas invasoras. Y un rey podría llorar en el silencio de la noche por el fallecimiento de su esposa mientras su dolor empieza lentamente a dirigir su reino. Pero el sonido que alteró el curso de esa noche fueron unos fuertes golpes contra la madera, que resonaron en las piedras poco después de la medianoche.
Se suponía que a esas horas nadie llegaba al orfanato. Aunque Nox solo tenía tres años, estaba segura de algunas cosas. La primera: las matronas se enfadaban muchísimo si corrías por los pasillos. La segunda: nadar en el estanque era una pésima idea. La tercera: jamás de los jamases estaba justificado salir de la cama después del anochecer.
Hasta que lo estuvo.
La lluvia golpeaba los cristales de las ventanas, solo interrumpida por el intermitente retumbar de los truenos. Nox se incorporó en los cálidos pliegues de sus sábanas y escuchó atentamente mientras las matronas de la casa se levantaban de la cama. El rítmico golpeteo debía de haberlas despertado a ellas también. Se acurrucó contra los agudos silbidos del viento en las ventanas evocando visiones de fantasmas y oscuros seres feéricos con dientes afilados y grandes garras. Miró parpadeando a los niños que dormían en los catres alineados a su alrededor. La inquietante melodía de la tormenta y la percusión entrecortada de los golpes no parecían molestarlos.
Un nuevo sonido se sumó a la tormenta. Nox oía ya no solo a las matronas despertándose, sino también gruñidos enfadados. Salió de la cama y siguió el ruido. Los débiles sonidos de los niños que dormían desaparecieron detrás de ella mientras continuaban los golpes. Quizá no era la única que se había despertado.
Nox agarró el borde de la puerta y miró hacia el pasillo.
Aunque no había hecho ruido, el desafortunado resplandor naranja de una vela hizo que le dolieran los ojos. Levantó el antebrazo para protegerse del dolor cuando la sombra dio paso a la luz. La Matrona Gris estaba en lo alto de las escaleras. La miraba fijamente. Nox sabía que si ella hubiera sido otra persona, la mujer habría gritado. Pero la matrona frunció el ceño y su voz se suavizó tan solo un poco.
—No deberías haberte levantado de la cama, Nox. Es hora de dormir.
La Matrona Gris se alejó sin esperar a ver si Nox la obedecía.
No, no iba a volver a la cama. Observó con los ojos muy abiertos cómo la mujer desaparecía por el pasillo, solo el parpadeo de la vela delataba su presencia en la oscuridad. Había algo en la puerta, y si la matrona quería saber lo que era, ella también.
Nox la siguió. La curiosidad tiró de ella hacia delante como una cuerda. El deseo de saber era más intenso que el frío de la noche. La alfombra amortiguaba sus pasos mientras avanzaba por el pasillo, lo que le permitía moverse sin hacer ruido. Si no hubiera sido por los estallidos de los truenos y los continuos golpes en la puerta, que distraían a la matrona, esta podría haberla visto bajando la escalera. Pero Nox se mantuvo a varios metros de la Matrona Gris y del brillo de la luz de su vela, y la mujer no la vio.
Nox sabía que era inteligente para su edad, porque las matronas se lo habían dicho muchas veces. En más de una ocasión habían elogiado su curiosidad y que fuera tan estudiosa, y habían comentado lo poco frecuente que era ver un alma tan vieja en alguien tan pequeño. Se pasaba horas observando cómo el mundo se desplegaba a su alrededor, aprendiendo los juegos, las reglas y los jugadores de este. Su pequeña estatura y su naturaleza tranquila la ayudaban a pasar inadvertida mientras observaba.
Su habilidad con las sombras le aseguró que no la verían si se agachaba detrás de una mesa del vestíbulo. Una cortina de pelo caía a su alrededor y la ocultaba en el charco sombrío de su escondite. Enroscó las manos alrededor de los dedos de los pies para calentárselos mientras permanecía sentada en un silencio oscuro, observando e inhalando el aroma de la lluvia y de la tierra mojada, así como el olor frío y penetrante de las estaciones tardías.
Un visitante en plena noche era un nuevo jugador en un juego que hasta entonces no había visto.
La matrona llegó a la gran puerta principal de madera y levantó la cubierta de hierro de la mirilla de cristal tallada en el centro. Miró a quien estaba golpeando la puerta desde el otro lado. Pareció considerar sus opciones un instante y al final alzó la barra de madera que impedía que entraran intrusos en la mansión. Los golpes se detuvieron en el momento en que empezó a abrir la puerta. Gotas de lluvia cayeron en el umbral con furia al ser azotadas por el viento, como si la tormenta le escupiera en la cara. Un hombre encapuchado, empapado y con ojos desorbitados miró con lascivia a la mujer con su chal de lana y su camisón. No entró en la mansión, pero en cualquier caso Nox se estremeció al verlo.
—Agnes, tengo algo que va a interesarte.
La Matrona Gris empezó a negar con la cabeza con un sonido de descontento. Se dispuso a empujar la puerta para volver a cerrarla para librarse de la molesta lluvia y de la presencia no deseada del extraño.
El hombre apretó la palma de la mano contra la puerta para impedir que la cerrara.
La empujó y cruzó el umbral. La Matrona Gris protestó, enfadada, pero al hombre no pareció importarle. Se detuvo y le tendió un gran bulto cubierto que había llevado con cuidado bajo el brazo. Levantó el tesoro hacia la mujer. Nox, que quería saber qué sostenía el hombre, se inclinó hacia delante todo lo que pudo. Frunció el ceño al darse cuenta de que no podría ver el tesoro sin que la descubrieran.
De las mantas que protegían el bulto resbalaban gotas de agua hasta la alfombra. La matrona lo fulminó con la mirada y susurró algo en tono cortante y enfadado. Nox aguzó el oído, pero no pudo distinguir las palabras entre dientes. La lluvia torrencial y los furiosos aullidos del viento ahogaban lo que ambos decían. Deseó que hubieran cerrado la puerta. La tormenta mojaba la alfombra y empapaba el camisón, el pelo y la cara de la matrona. El viento arrastró unas gotas extraviadas, que depositaron besos helados en la cara, las manos y las rodillas de Nox.
La Matrona Gris volvió a intentar sacar del vestíbulo al hombre, que hizo caso omiso de sus esfuerzos.
El hombre empezó a destapar el bulto. La matrona Agnes volvió a negar con la cabeza, y el volumen de su voz aumentó con el enfado.
—No voy a volver a hacerlo —le dijo.
En los ojos del hombre pareció brillar una sonrisa, aunque su boca no se curvó en consonancia. A Nox se le revolvió el estómago al ver el repugnante deleite del hombre, que sonrió.
—Quieres decir que no querías volver a hacerlo. Eso era antes de que vieras lo que te he traído.
Retiró las mantas empapadas por arriba y siguió desenvolviendo lo que parecía ser una cesta de mimbre. Levantó el bulto e instó a la matrona a mirar dentro.
La matrona Agnes acercó la vela al bulto y dejó escapar un pequeño grito ahogado cuando la luz iluminó lo que contenía.
—Espera —le dijo jadeando.
Incluso desde su charco sombrío, Nox sintió que la energía había cambiado.
La Matrona Gris corrió hacia la puerta y la cerró, dejando fuera el mundo y las tormentas que rugían. Condujo al hombre unos pasos más hacia el interior de la mansión, hasta llegar a la parte seca de la alfombra. Ahora el silencio tenía un efecto sofocante. Como la puerta volvía a estar cerrada, el viento, la lluvia y los truenos enmudecieron con una intensidad sobrenatural. El silencio era tan apremiante que Nox se preguntó si oirían su pequeño corazón, que retumbaba con curiosa expectación.
Se rodeó el cuerpo con los brazos con más fuerza no solo para protegerse del frío, sino también para reprimir la tentación de ver qué había provocado que la Matrona Gris jadeara.
La mujer se alejó del hombre para encender las lámparas del vestíbulo. Acercó la vela a los candiles situados a ambos lados de la puerta. Los trapos empapados en aceite prendieron y ahuyentaron la espeluznante penumbra de la habitación. Mientras el vestíbulo se llenaba de luz, Nox permaneció oculta. La mujer volvió a la cesta. Su rostro delataba una compleja serie de emociones. Destilaba una curiosidad cautelosa mientras miraba fijamente lo que el hombre había introducido a escondidas en la mansión.
La Matrona Gris se tapaba la boca con la mano para contener sus resuellos. Observó la sonrisa degenerada del hombre. La mirada de Nox revoloteó entre él y la matrona, pero de repente se fijó en que los ojos y la boca del hombre no encajaban cuando sonreía, y le pareció extraño. Ambos hablaban en voz baja, en susurros por el secretismo.
Nox arrugó la cara porque una extraña frustración burbujeaba en su interior. Le fastidiaba no poder oír lo que decían. Quería que dijeran lo que habían encontrado. Tenía que reprimir con todas sus fuerzas el impulso de ir hacia la cesta.
—Bueno, esto cambia las cosas, efectivamente. —Las palabras de la matrona parecían teñidas de incredulidad.
—¿Qué te he dicho? —le preguntó el extraño.
Ella no apartó la mirada del bulto.
—Acaba de cumplir un año —siguió hablando el hombre—. No necesitará nodriza. Podéis triturar cualquier cosa que tengáis en la cocina. Ya ha superado la etapa más difícil. Ha viajado conmigo durante casi dos semanas y no he tenido problemas para mantenerlo con vida.
—¿Dos semanas? —La matrona frunció el ceño mientras los cálculos revoloteaban detrás de sus ojos—. ¿Dónde lo encontraste? ¿Por qué lo has traído aquí?
—Me conoces —le dijo con demasiada familiaridad—. Te debía una. Te merecías la primera oferta por el tesoro.
Nox oyó sus palabras, pero no terminaba de entender lo que significaban.
El rostro de la matrona se arrugaba mientras le daba vueltas a la situación. Parecía experimentar emociones contradictorias que se concentraban en la mueca de la boca, la arruga de la frente y las líneas paralelas entre las cejas. Miró un momento más y por fin le preguntó:
—¿Cuánto quieres?
—Cincuenta coronas.
La matrona emitió un sonido a medio camino entre la tos y la risa que sorprendió a Nox, quien seguía inmóvil en la silenciosa mansión. Dio un bote, sobresaltada, pero las sombras se aferraron a ella y evitaron que la descubrieran. El grito de la matrona se mezcló con los sonidos de la tormenta. Las sombras de las lámparas hacían que su rostro pareciera un animal mientras miraba al hombre con incredulidad.
—¡Cincuenta coronas! ¡No hay nada en este mundo iluminado por la buena diosa que valga cincuenta coronas! —La matrona giró la cabeza y recorrió con la mirada la escalera, como si pudiera atravesar las piedras y ver los dormitorios en los que los niños descansaban en sus catres. Nox se acurrucó más mientras la matrona hablaba—: No he pagado ni un céntimo más de cinco monedas de plata por la mitad de los bastardos que tenemos aquí. Tengo a una niña por la que podrían llegar a pagar diez coronas, y es la más excepcional de todos. Nadie va a pagar cincuenta coronas por tu bebé robado.
La mirada del hombre había dejado de brillar. Torció la boca hacia arriba y dejó al descubierto los dientes. Su fría sonrisa brillaba a la luz de las lámparas. No dijo nada. Siguió sujetando la cesta, inmóvil.
La Matrona Gris dudó.
—Te doy quince.
El hombre siguió impasible, clavado en la alfombra.
—Veinte, y no aceptaré menos.
Nox sabía poco de dinero, excepto que era bueno tener algo y que la gente siempre quería más. Pensó en las pesadas monedas de cobre, acero y oro que había visto y en cómo sería tener veinte círculos de metal en sus diminutas manos. Pero siguió agarrándose los dedos de los pies para protegerlos del frío. Los movió entre sus palmas sabiendo que tenía diez dedos en los pies y diez en las manos. Veinte.
La oferta de la Matrona Gris ya la había traicionado. Quería lo que tenía el hombre, fuera lo que fuese.
El hombre inclinó la cabeza ligeramente y levantó una ceja. Su empapada capa goteaba formando pequeños charcos en la alfombra, alrededor de sus mojadas botas.
—Farleigh no es el único orfanato a este lado de las montañas, Agnes. Está lloviendo y no me apetece especialmente jugar. Me caes bien y hemos hecho negocios en el pasado, así que he querido darte la primera oportunidad de quedarte con el tesoro. Pero tú y yo sabemos que nadie se llevará esta preciosidad por un céntimo menos de cincuenta coronas.
Por un momento, la matrona desplazó el peso de un pie al otro.
—¿Es un niño?
—Es una niña.
La matrona se mordió el labio. Parecía dudar. Bajó la voz cuando volvió a hablar.
—Tus bienes robados estaban bien cuando éramos más jóvenes. —Parecía argumentar para sí misma—. En aquel entonces lo que hacíamos estaba bien. Tú te los llevabas del pueblo. Yo me decía que estabas haciéndoles un favor a los padres, de verdad. Les quitabas una boca que alimentar. Aunque siempre he preferido que los padres vinieran a mí por su cuenta, por supuesto… Ya no soy esa persona.
Nox seguía escuchando con atención a la matrona. Aunque sus ojos se habían adaptado a la oscuridad, miraba fijamente a la mujer con la esperanza de que eso la ayudara a entender lo que estaba sucediendo.
—No me sentía culpable, ¿sabes? Siempre sentí que hacía algo bueno…, que hacíamos algo bueno. Dábamos una moneda de plata a una pobre madre para que alimentara al resto de los pequeños de la casa. Quizá incluso unos céntimos a una campesina o a una puta del pueblo para que se comprara unas botas para el invierno o una manta calentita a cambio de las dificultades de la maternidad. Era bueno, lo era. Eran otros tiempos. Pero después… —Negó con la cabeza y miró al hombre a los ojos—. No es así. Vendrán a buscarla. Mírala.
La sonrisa del hombre se contrajo y adoptó un tono serio. La quietud de su voz recorrió el vestíbulo con un escalofrío.
—Nadie va a venir a buscarla.
La matrona frunció el ceño y dejó que el silencio se prolongara. La ventana y la lluvia al otro lado de la puerta tenían un efecto calmante y sofocante. Los candiles parpadeaban, gotas de lluvia seguían cayendo al suelo desde la ropa empapada y los truenos retumbaban en la distancia, pero la matrona miraba fijamente al hombre.
—¿Va a causarme problemas? Por su linaje, quiero decir.
—¿Me preguntas si es una de ellos?
La matrona no dijo nada.
Al hombre no pareció alterarle la pregunta.
—Críala como quieras y no dejes que te cause problemas. Cuando llegue el momento, véndela por cien coronas.
La Matrona Gris extendió una mano para tocar lo que había en el cesto. Sus dedos recorrieron muy despacio el contenido, que Nox no podía ver desde su escondite. Retorció los dedos, deseosa de tocar aquello por sí misma.
—¿Cien coronas?
La mirada del hombre parecía ser la única táctica de negociación que necesitaba.
—He dicho que se acabó —repitió la matrona. Pero, a pesar de sus palabras, estaba claro que ya lo había decidido. Seguía pasando los dedos por lo que hubiera dentro de la cesta. Entonces habló casi con un ronroneo—: Convertir cincuenta coronas en cien… o mil. —Levantó por fin los ojos hacia el hombre y le habló con firmeza—: Nunca más. Después de esto, no vuelvas.
El hombre bajó la barbilla para agradecérselo solemnemente.
La Matrona Gris le lanzó una última mirada elocuente, le dio una orden en voz baja y salió del gran vestíbulo. Subió la escalera de piedra y recorrió el pasillo al que daban las puertas de las habitaciones de los niños. El hombre la observaba cambiando el peso de un pie al otro.
Nox volvió a sentir el impulso de acercarse a la cesta y obedeció su llamada.
Desde su escondite, a unos pasos de distancia, estiró las piernas y salió del rincón donde había estado agazapada. El hombre la vio de inmediato y sonrió con expresión entre indulgente y triste. Por primera vez esa noche, Nox pensó que su expresión no tenía maldad. Ahora que la matrona no estaba, podía deshacerse de la dureza que necesitaba para negociar. Nox vio que las gotas de agua atrapadas en su barba reflejaban la luz de las lámparas y la hacían brillar. Por alguna razón, ese destello le pareció tranquilizador.
El hombre apoyó una rodilla en el suelo y colocó la cesta de mimbre entre Nox y él.
—¿Quieres ver? —le preguntó. Había bajado la voz con una dulzura paternal, aunque su pregunta sonó a tentación conspirativa.
Claro que quería ver. Nox no tenía ningunas ganas de acercarse a un extraño, pero la cesta la llamaba. Con cuidado, dio unos pasos por las frías piedras del pasillo hasta la áspera alfombra del vestíbulo, donde sus pies descalzos se detuvieron. Sintió que se le agrandaban los ojos mientras miraba al hombre y su tesoro. Ráfagas de lluvia y tierra la recibían a cada paso que daba.
El hombre la miró expectante. Ella, cautelosa, se mantenía a cierta distancia de él. El hombre se rio en voz baja, como si supiera que ella no tenía permiso para levantarse de la cama y no quisiera causarle problemas.
Entonces le indicó con un gesto que se acercara a la cesta. Nox le hizo caso. Avanzó de puntillas y con las manos extendidas. Agarró el borde de mimbre de la cesta y miró. Su brillante pelo formó una cortina a su alrededor mientras observaba a la bebé. Una ráfaga de algo que no era lluvia, algo más frío y que olía a pino, brotó de la pequeña. Nox miró a la bebé, que estaba envuelta en pieles y dormía profundamente pese a la tormenta que rugía fuera.
—Es una bebé —susurró.
No levantó la mirada hacia el hombre. Para ella había dejado de existir. Estaba paralizada.
Ella había visto a bebés antes. Las matronas dejaban que todos los niños jugaran juntos, y a menudo los mayores cuidaban de los más pequeños. Los bebés no solían durar mucho en la mansión, a veces por buenas razones y a veces por malas. Los huérfanos que superaban su primer año de vida eran arrancados de las manos de las matronas antes que los demás. Los bebés iban y venían, por lo que los niños creaban cuentos de hadas en los que plasmaban sus esperanzas de escapar y sus ilusiones.
Nox se había sentado, entusiasmada, a los pies de los niños mayores que tejían cuentos sobre huérfanos a los que adoptaban caballeros, seres feéricos, reyes y reinas, o bandas de asesinos que protegían el continente. Su historia favorita era la de una princesa que había venido a su orfanato en busca de un bebé que tuviera el pelo castaño claro, como su marido. La princesa había cambiado a su hija —cuyos rasgos delataban que había sido fruto de un amor extramatrimonial— por un niño de pelo castaño claro que pudiera heredar el trono. Era una historia que Nox y los demás habían pedido que les contaran una y otra vez, todos con la esperanza de que algún día los arrancaran a ellos de los sucios catres, los fríos suelos y la insulsa comida, y se los llevaran a vivir a un castillo.
Mientras miraba a la bebé de la cesta, Nox se preguntaba qué historia contarían sobre ella. Nunca había visto a una niña como ella.
Nox apartó un mechón de pelo blanco, casi plateado, de la cara de la bebé con su morena manita. Al hacerlo, dejó al descubierto unas gruesas cejas blancas y unas espesas pestañas asimismo blancas. La bebé se agitó ligeramente y abrió los ojos. No lloró cuando la miró. Pareció moverse entre las sábanas y parpadear, animada, con sus ojos color lavanda salpicados de plata. Arrulló ligeramente y volvió a dormirse.
—Es de nieve —dijo Nox en voz baja.
—Así es.


Pocas alegrías de la vida son tan puras como una hermosa piedra.
Los ojos de Nox brillaron divertidos al coger la extraña piedra de la mano extendida de Amaris. Partículas relucientes se desprendieron como polvo de estrellas de la palma de la niña al frotarse las manos. Nox pasó una uña por la piedra y observó con curiosidad cómo la superficie reluciente se descascarillaba al tocarla.
—¿Dónde la has encontrado? —le preguntó.
—Hay un montón junto al estanque. Parecen joyas. ¡Ven a verlas!
No había un día en que no tuvieran tareas que hacer, pero de vez en cuando la diosa sonreía a los chicos y les permitía descansar del duro trabajo en Farleigh. La lista de lo que debían y no debían hacer antes de disfrutar del placer de una tarde libre era agotadora.
Haced todas vuestras tareas. No entréis en las habitaciones o despachos de las matronas. Preguntad a vuestros compañeros si necesitan ayuda con sus labores, aseguraos de que todo en la mansión esté limpio y controlad a los niños pequeños. No entréis en la cocina, no os manchéis la ropa ni arrastréis suciedad por los pasillos. Agradeced a la Madre Universal vuestro tiempo libre rezando vuestras oraciones. No gritéis, no corráis ni salgáis del recinto. Y, hagáis lo que hagáis, no molestéis a la matrona Agnes.
Ese día, Nox y Amaris habían estado separadas. Eran los días que menos les gustaban.
A Nox se le habían enrojecido y arrugado las manos tras haberse pasado horas lavando ropa, mientras que a Amaris le habían asignado la tarea, más suave, de limpiar el polvo de los muebles. Cuando hubo terminado con el jabón, las burbujas y las sábanas, Nox subió la escalera a trompicones para tumbarse. Prefería mirar al techo y recorrer las molduras en silencio que interactuar con sus compañeros.
Se había sorprendido, aunque alegrado, como siempre, cuando Amaris había entrado con un puñado de magia natural.
—¿Has ido al estanque? ¿Ya? —le preguntó Nox intentando ocultar que le dolía que hubiera ido sin ella.
Amaris hizo una mueca. Se cruzó de brazos a la defensiva.
—Solo un minuto —le contestó—. Ya estaba fuera ayudando a sacudir el polvo de las cortinas, y se está muy bien fuera. Todavía no hay matronas. ¡No te enfades! Bueno, ¿vas a venir a verlas o no?
Dos picaduras de mosquito, cuatro tropiezos con raíces y una pausa para arrancar distraídamente una flor después, llegaron al borde del estanque. Amaris tenía razón: hacía un día precioso. El brillante cielo azul de principios de verano no era ni demasiado cálido ni demasiado frío. El aire olía ligeramente a flores por los arbustos de lavanda que se apiñaban alrededor de la finca. Si no hubiera sido por los muchos otros chicos dentro y alrededor del agua, el día habría sido perfecto. Uno de los sapos que le caían peor, un tal Achard, salpicaba y molestaba a un par de hermanas pecosas que estaban sentadas en la orilla.
Nox curvaba el labio, enfadada, cada vez que lo veía. Quizá debía comportarse como una adulta. Habían castigado a Achard más veces que a los demás de la casa. Los azotes, el aislamiento y los miles de actos de contrición avivaban el fuego de su odioso corazón. Cada vez que una matrona descargaba su ira contra él, se daba la vuelta y lanzaba los puños sobre uno de sus compañeros. A la tristeza puede gustarle la compañía, pero la compasión de Nox se agotaba cada vez que Achard obligaba a otros a unirse a su sufrimiento.
Nox no entendió lo que la mayor de las dos le dijo al chico mientras protegía a la pelirroja hermana, que estaba en el agua, pero al parecer lo hizo enfadar. Los sonidos del lodo chapoteando invadieron el aire mientras salía del estanque.
—¡Sanguijuela! —gritó alguien.
Un chico con los pantalones arremangados hasta las rodillas se miró los dedos de los pies y se horrorizó al ver el parásito hinchado que le chupaba un tobillo. Los chicos que lo rodeaban chillaron cuando se lo quitó de la pierna y empezó a perseguirlos con el repugnante gusano acuático. Nox casi se atragantó de horror. Le daban asco el agua y sus turbios terrores. También le ponía nerviosa la presencia de otras personas, pero poco podía hacer al respecto.
Se giró hacia Amaris para alejar su cuerpo del caos y le preguntó:
—¿Dónde están esas joyas secretas?
Un lado del estanque tenía orillas fangosas y poco profundas, mientras que los demás estaban rodeados de pinos dispersos, arces negundos y un cúmulo de enormes rocas grises. Estas eran lo bastante altas para que los chicos mayores a veces saltaran desde ellas al agua, aunque Nox imaginaba pocos destinos más horribles que sumergirse en las profundidades marrones y salobres de ese estanque. Amaris condujo a Nox por la orilla y escaló tenazmente por una de las rocas más alejadas del agua.
Nox trepó por la roca con menos gracia. Se examinó las enrojecidas palmas de las manos en busca de hojas de pino y raspaduras mientras se acercaba al lugar donde se había agachado Amaris. Hacia el centro, un grupo de extrañas piedras de color dorado parecía crecer de la roca, casi como setas de un tronco podrido.
—¿Tus joyas?
—¿No son bonitas? Están demasiado lejos del agua para poder saltar, así que no creo que los demás las hayan encontrado.
Quizá las habían encontrado y quizá no. Estaba claro que a nadie le había importado lo suficiente aquella roca escamosa y brillante como para sacarla del peñasco y llevársela a la mansión. Nox la tocó con curiosidad preguntándose cómo una roca podía desmenuzarse como masa de hojaldre.
—¿Cuántas piedras bonitas crees que vale Achard? —preguntó dirigiendo la barbilla hacia el odioso grupo de chicos.
—¡Oh! Ya he hecho los cálculos —le contestó Amaris. Raspó la piedra y se echó el polvo en la palma de la mano. Le ofreció el puñado de polvo de estrellas a Nox y le dijo—: Aquí tienes. Ve a comprarte un Achard.
A Nox le dolieron las mejillas de tanto sonreír. Le gustaba reírse. La luz del sol caía del cielo, le bajaba por la garganta y se introducía en su barriga.
Amaris lanzó el polvo brillante al cielo de un solo soplido. Se rio cuando este brilló a su alrededor, un sonido que a Nox le recordó el tintineo de las campanas de plata que invadía la mansión durante las vacaciones de Navidad. El ingenio de Amaris era más agudo de lo que su elegante apariencia hacía creer a los demás. Era pequeña, pero tenía un humor cáustico y una rapidez de respuesta que Nox solo había oído de pasada en los chicos mayores o las matronas menos piadosas. Era una de la lista de diez mil cosas que le encantaban de Amaris. No podía imaginar cómo sería la vida si no estuvieran juntas.
—¡Ay, Amaris! —gritó Nox mirando hacia arriba desde las lejanas orillas.
—¿Qué? —Amaris se quedó paralizada.
Nox agarró el dobladillo de su vestido e inmediatamente empezó a limpiar una mancha de sangre de la rodilla de su amiga. Amaris emitió un sonido de frustración, pero se hundió en la roca y permitió que le limpiara la pequeña herida.
—Tienes suerte, no tiene mal aspecto. Pero se van a enfadar. —Nox suspiró.
—Siempre se enfadan.
Nox se desanimó y apretó el puñado de gemas escamosas hasta que le picaron las manos. Hacía solo un momento tenían las manos llenas de estrellas y la barriga, de luz del sol. No había sido su intención fastidiarlo.
—Solo quieren que estés a salvo —le dijo.
Amaris se quedó un buen rato en silencio. Una ligera brisa le levantaba los plateados mechones de pelo. Revoloteaban a su alrededor como una nube y después volvían hacia Nox. Mantuvo sus escarchadas pestañas bajas mientras le decía a Nox, con voz tan apocada como su alma, que estaba lista para volver a la mansión. Nox se quería morir. No había sido su intención echar a perder el poco tiempo libre que tenían para divertirse.
Amaris empezó a bajar por las altas rocas grises sin esperar respuesta.
Nox la siguió con el ceño fruncido. No levantó la mirada de sus pies mientras rodeaban los árboles que poblaban la orilla más alejada hasta que se encontraron con una voz familiar y desagradable.
—¡Mira quién es! —Achard se colocó las manos en las caderas.
A Nox, el chico le parecía un pesado los días buenos, y digno de ahogarse en el estanque los días malos. Por un momento valoró si merecía la pena meterse en aquella infame agua si eso significaba mantener la cabeza del niño bajo la superficie.
Conocía su carácter. La emoción la atravesó, le calentó las mejillas y la obligó a cerrar los puños. Abrió la boca para contestarle, pero Amaris se le adelantó.
—Lo siento —le dijo—. Debe de ser duro para ti ver a alguien que tiene un amigo al que de verdad cae bien.
Nox quiso reírse, pero tenía el cuerpo lleno de adrenalina. Si Achard replicaba, al menos tendría una excusa para dejarle un ojo morado. Pero se quedó en la orilla fangosa, boquiabierto y furioso. Amaris le devolvió una mirada orgullosa y desafiante. Era raro que una matrona salvara alguna situación, pero una voz que los llamaba desde la mansión interrumpió su altercado. La voz de la matrona volvió a llamarlos y por un momento el enfrentamiento se quedó en suspenso, aunque los chicos se negaban a romper el contacto visual.
—Ya basta —ordenó la suave voz de la niña pelirroja, que estaba detrás de ellos.
Nox tragó saliva, sorprendida de que hubiera hablado. Las hermanas no solían decir ni pío, y nadie en Farleigh las culpaba por ello.
Su llegada había sido memorable y traumática para todos.
Habían dejado allí a las dos hermanas de pelo rubicundo hacía muchos años, vestidas con sucios harapos. La llegada de Emily y Ana no había sido un acontecimiento clandestino en plena noche, sino un espectáculo público y humillante al mediodía que los niños de Farleigh miraron sentados en el comedor. La desaliñada madre de las niñas estaba desesperada por conseguirles un techo y algo para comer que no fuera agua fría y las sobras de compasivos desconocidos.
La campesina entró en el vestíbulo y extendió ambas manos para recibir la moneda por la que había cambiado a sus únicas hijas. Agnes le pagó bien, quizá más de lo que valían las niñas, no solo para compensar su pérdida, sino también por caridad, para que la mujer encontrara un lugar donde dormir y tomar un baño caliente.
A Nox se le encogió el corazón al recordarlo y no se atrevió ni a respirar.
Achard puso los ojos en blanco.
—De las hermanas…
Emily se colocó a la pecosa niña en la cadera y señaló con el ceño fruncido a Achard.
—No tienen que ser hermanas para ser amigas —le soltó, apretando a la pequeña contra su pecho. Y empezó a caminar de vuelta a la mansión.
—No pierdas el tiempo dando vueltas a lo que ha dicho —dijo Nox cogiendo de la mano a Amaris.
—Nunca lo hago —le aseguró esta.

Nox no había conseguido disfrutar de ninguno de sus planes para esa mañana. Solía hacerlo hasta la hora de la comida, cuando los frenéticos berridos de las matronas indicaban la llegada no deseada del hombre. Mes tras mes, corrían como pollos sin cabeza, como si el obispo pasara por allí por primera vez. En general, le molestaba que fueran tan exageradas. Pero ese día estuvo de acuerdo. Era un fastidio que el clérigo hubiera llegado tan pronto después del desayuno.
No podría hacer bocetos, ni echar un vistazo a los mapas que tenía guardados, ni hojear los libros robados que había escondido cuidadosamente entre la pared y el armario. En cuanto oyó las palabrotas de Agnes, Nox supo que su ventana a la alegría se había cerrado.
Escondió sus libros mientras seguía oyendo discusiones procedentes del final del pasillo. Hizo la cama y metió las sábanas por debajo del colchón perfectamente alineadas para que coincidieran con los rectángulos que la rodeaban. Casi todos los huérfanos odiaban el primer día del mes. Sabía que Amaris estaba entre los que lo consideraban uno de los doce peores días del año, pero para Nox siempre había sido su favorito. Tenía tiempo para sí misma. Y cuando no estaba sola, estaba con Amaris.
El agudo sonido de una riña le permitió saber que Agnes había salido de las habitaciones de las matronas.
Oyó pasos en el pasillo y supo que tenía exactamente quince segundos hasta que la llamaran. Cruzó las manos sobre el regazo, se puso muy recta e imitó la expresión más santurrona que se le ocurrió. Al fin y al cabo, era un día destinado a honrar a la Madre Universal.
La puerta de su dormitorio se abrió de golpe. La madera giró sobre los goznes y chocó contra la pared. Agnes se había cepillado el pelo y se había hecho su moño habitual. Los tonos grises claros de su pelo hacían juego con el aburrido color de las sábanas. El mal humor de la matrona compensó con creces su comedida apariencia.
—Ha llegado temprano —gruñó.
Nox asintió.
—Voy ahora mismo.
—¿No te has hecho una trenza? —le preguntó Agnes.
Nox parpadeó, realmente sorprendida.
—¡Es temprano! Usted misma lo ha dicho. ¿Quiere que me la haga antes de…?
—No. —La mujer la miró boquiabierta, horrorizada por su sugerencia—. ¡Baja ahora mismo!
Nox se tragó su mal humor, lo que hizo que aumentara su enfado. Se levantó un poco la falda mientras bajaba corriendo las escaleras para reunirse con la matrona en el vestíbulo. Agnes echó los hombros hacia atrás y soltó un largo y lento resoplido. Templó sus rasgos amargos con una sonrisa reverente y tranquilizadora antes de abrir la puerta.
—Su excelencia. —Agnes se inclinó e invitó al hombre a entrar en Farleigh.
Mediante ensayo y error, Nox había aprendido que mejor no hablar en presencia del obispo. Mantuvo la mirada en sus zapatos de cuero, pero de reojo veía la presión de los dedos del hombre.
El obispo era el único hombre adulto al que Nox había conocido, y la primera vez que lo vio tardó unos treinta segundos en saber que lo odiaba. El hombre iba impecablemente vestido y parecía tener poco más de cincuenta años. Siempre vestía los blancos y dorados de su posición. Agnes tenía más o menos su edad y una estatura igual de intimidante, pero era lo bastante astuta como para jugar todo juego de diplomacia que se requiriera de ella.
Nox había aprendido más sobre juegos y cómo jugarlos de la matrona Agnes que de cualquier otra persona. La Matrona Gris poseía un ingenio perverso que le permitía anticipar en todo momento los movimientos de su oponente, actuando en consecuencia. Y Nox era una excelente alumna. La Matrona Gris solía ganar la partida sin que su rival llegara a darse cuenta de que estaban jugando.
A pesar del olor del camino y de los caballos, el obispo desprendía un asfixiante aroma a almizcle blanco y limón. El olor cítrico era tan artificial que a Nox se le revolvió el estómago, y sabía por los años de murmullos incómodos que no era la única a la que le costaba no vomitar el desayuno después de que el obispo hubiera dejado su hedor por todo el orfanato. El fuerte olor y su vínculo con la Iglesia hacían que los niños odiaran los cítricos, si alguna vez llegaban de la costa.
Nox abrió ligeramente los labios y respiró por la boca.
El obispo no la reconoció, aunque ella tampoco lo esperaba. Nunca la reconocía, por frecuentes que fueran sus visitas. Al menos aquel hombre delgado y calvo se quedaba poco tiempo, lo cual era una bendición.
Agnes cogió la capa de viaje que le tendió el obispo. Miró fugazmente a Nox y le dijo:
—Cuélgala en mi despacho, por favor, y comprueba que todo esté en orden.
Aunque la matrona había dicho «todo», en realidad solo se refería a una cosa.
Nox asintió. Hizo exactamente lo que se esperaba de ella y nada más. Su morena piel mostraba a la Iglesia la naturaleza sagrada de Farleigh, que traspasaba las fronteras de Farehold. Era un anuncio viviente de la magnanimidad y la caridad de las matronas.
Cogió la capa del obispo, y al ver el contraste de sus oscuros dedos con la tela blanca y dorada, fue plenamente consciente de que su sola presencia servía como cortina de humo. Era más que insultante, pero no le importaba que la exhibieran como a un poni si eso significaba que podría desaparecer durante el resto del día. Era mejor que quedarse con los demás y estar sometida a sus tristes tradiciones mensuales. Bajó ligeramente la barbilla en señal de obligado respeto y captó la mirada de aprobación del obispo mientras salía de la sala.
El clérigo se marcharía en una hora o dos. Solía recorrer rápidamente la mansión, tomaba nota de las nuevas incorporaciones a los residentes del internado, inspeccionaba las instalaciones y siempre preguntaba si en alguno de los niños se había manifestado algún poder mágico. Si todo iba según lo planificado, el obispo se marcharía con las manos vacías una vez más.
Había pasado mucho tiempo desde que la mansión había visto a un ser feérico, ya que el último joven con bonitos rasgos de elfo y carácter amable tenía un atributo que delataba la mitad de su linaje. Aunque no hubiera heredado las orejas puntiagudas de las criaturas feéricas, sus pupilas, de un verde bosque, eran casi dos veces más grandes que las de los humanos. Para todo estudiante atento sus ojos eran la evidencia de su linaje. Nox se preguntaba si ese era el destino que las matronas temían que tuviera Amaris. Aunque no poseía caninos afilados ni orejas puntiagudas, todo el que la veía sospechaba que tenía algo que ver con los seres feéricos.
Nox no había participado directamente en los rumores, pero fue difícil pasar por alto lo que se dijo a la hora de la cena tras la marcha de aquel niño. Algunos compañeros juraron que hablaba con los árboles. Otros insistieron en que lo habían visto mover el viento. Quizá el niño no tenía ningún poder, quizá poseía poco más que una característica que dejaba traslucir su linaje feérico, pero no importó. El obispo se lo llevó de la mansión y no se volvió a saber de él.
Entonces Nox le preguntó a la matrona Mable qué iba a hacer el obispo con él. Esta le contestó que algunas personas religiosas creían que tanto los seres feéricos como los que nacen con pequeños poderes mágicos eran manifestaciones del poder de la diosa. Por eso la Iglesia solía reclutar a los seres feéricos de Farehold para que trabajaran para ella o sirvieran a la Corona. Corrió el rumor de que el niño estaba en alguna casa de las diosas, vestido con elegantes túnicas, adorando a la Madre Universal y comiendo toda la fruta que quería. En Farehold los seres feéricos eran tan poco frecuentes que Nox estaba casi segura de que había sido su primera y última oportunidad de conocer a uno, aunque solo lo fuera a medias.
Llegó a la conclusión de que nacer siendo un ser feérico en un mundo como el suyo parecía más una maldición que una bendición. Ser diferente en cualquier capacidad era una amenaza. Durante años, a ella la habían separado de los demás y le habían asignado tareas y puestos en buena medida en función de su aspecto. Incluso a Amaris, con su pelo iluminado por la luna y sus ojos lilas, la guardaban como un secreto para evitar que corriera el mismo destino.
Le habría gustado pensar que el niño feérico tenía una buena vida, pero Nox no creía en los finales felices. Los demás se inventaban cuentos para intentar dar sentido a un mundo caótico, pero sus ensoñaciones no conseguían que fuera menos terrible. No iba a privarlos de sus ingenuos sueños, pero sabía que en un mundo tan frío no debía permitirse tener esperanzas.
Salió del vestíbulo con la capa colgada del brazo y se dirigió a la escalera. Giró hacia el pasillo y avanzó a toda prisa hasta el tercer dormitorio a la derecha. Le cambió la cara en cuanto abrió la puerta. La sensación de pesadez que la abrumaba cayó de sus hombros como el agua de lluvia de un techo. Nox sonrió a su amiga de pelo blanco, que estaba sola en la habitación.
—¡Por fin!
—¿Estás lista, Copo de Nieve?
Amaris estaba en la cama más cercana a la puerta. Sonrió en cuanto Nox entró en la habitación. Le colgaban los pies, que movía con impaciencia, y sus manos se aferraban al colchón. Saltó de la cama, con su pelo blanco cayéndole suelto por la espalda.
—He encontrado una cosa para ti.
Nox sonrió.
—Siempre encuentras cosas.
Amaris sacó algo verde y se lo ofreció a Nox.
—Pero es muy bonito. Sabía que querrías verlo. Mira el dibujo. Parecen letras en un idioma lejano, ¿a que sí?
Nox cogió la hoja y asintió sonriendo.
—Es el idioma de un insecto. Lo hace un gusano.
Amaris puso los ojos en blanco.
—Sé que lo ha hecho un gusano. Solo digo que parecen letras de una tierra lejana, como en esos libros. Creía que te gustaría.
—Y me gusta —le aseguró, metiéndosela en el bolsillo.
Nox estaba convencida de que se moriría sin las cosas que hacía Amaris. Cada vez que encontraba un palo muy retorcido, un dibujo bonito, un libro nuevo, un pastelillo extra o una piedra bonita, llevaba el objeto a los dormitorios y se lo ofrecía a Nox para mostrarle su cariño. En Farleigh no había muchos sitios donde guardar cachivaches, pero Nox metía en un calcetín los tesoros que podía mantener ocultos de las matronas.
Amaris sonrió con cierto aire de victoria.
—Vamos —dijo Nox.
Abrió el camino, y Amaris la siguió en silencio por el pasillo hasta el despacho de la Matrona Gris. Nox colgó la capa del obispo, pero no se dispuso a salir de la habitación. A pesar de que no era la primera vez que estaban allí, en cada ocasión les parecía una aventura especial. Había algo en los espacios prohibidos que les proporcionaba cierta sensación de trascendencia.
El despacho privado de Agnes no se parecía en nada al resto del orfanato. Farleigh era una aburrida mezcla de piedra gris, telas sencillas y ropa de algodón, mientras que el despacho estaba decorado con un papel estampado con flores de lis y tenía una lujosa moqueta imposible de ver fuera de sus confines. En una pared había un llamativo cuadro de la familia real de Farehold, un tapiz bordado de Gyrradin y varios objetos decorativos. Cada vez que Nox entraba no podía evitar sentir una discordante sensación de incongruencia. Era como viajar a un lugar desconocido que se mantenía oculto en ese despacho del orfanato que siempre estaba cerrado.
—¿De dónde crees que ha salido todo esto? —le preguntó Amaris recorriendo la habitación—. Nunca he visto nada nuevo.
Nox se encogió de hombros.
—En su vida anterior fue un dragón que guardaba un gran tesoro.
—¿Los dragones existen?
Nox volvió a encogerse de hombros.
—Creo que no —le contestó—, pero sé que Agnes existe, y como monstruo basta para todo el continente, ¿no crees?
En el centro del despacho había una gran mesa de caoba con cosas corrientes, como montones ordenados de papeles, libros y frascos de tinta. También había algunas rarezas: una esfera de cristal en lo que parecía ser el cuerpo de un caracol dorado, una pluma de ave negra para escribir y una talla decorativa de un ciervo. Varias vitrinas guardaban delicados objetos detrás de sus puertas de vidrio. Los estantes estaban llenos de libros de diversos tamaños y en diferentes estados de descomposición; varios de cuero, viejos y polvorientos, y otros, encuadernaciones nuevas y brillantes con lomos cubiertos de joyas y sin apenas señales de uso.
—Mira esto —dijo Nox desde el otro lado de la habitación.
Amaris levantó la mirada del mapa del reino, por donde había pasado un dedo y había encontrado Farleigh marcado con una estrella. Al recorrer el mapa con la uña hasta llegar a su lugar en el mundo, el seco pergamino había crujido. Farleigh estaba arriba y a la derecha del mapa, ante una extensión de bosque dividida por un tramo interminable de montañas oscuras. La línea de puntos que los separaba del reino del norte se cernía sobre ellos a muy poca distancia. Pero no les haría ningún bien obsesionarse por cuestiones geográficas.
La niña se alejó del mapa y se reunió con Nox frente a las puertas de cristal de la vitrina. Dentro había una cabeza de maniquí de terciopelo negro con una tiara de plata con gemas negras incrustadas.
—¿Te imaginas a la matrona Agnes con algo así? —planteó Amaris en tono divertido.
—Me gusta pensar que se la pone después de habernos metido en la cama. —Nox se rio.
—Póntela —la animó Amaris.
—¿Pretendes meterme en problemas? Tú eres la princesita. Póntela tú.
—¿De dónde crees que sacó el dinero para todas estas cosas? —le preguntó Amaris, y Nox sintió una pequeña punzada por el hecho de que su amiga aún no hubiera descifrado la respuesta. Quizá era una bendición aferrarse a la inocencia, que le permitía mantenerse al margen de las duras realidades de su orfanato. No quería ser ella la que destrozara el mundo de Amaris.
Nox negó con la cabeza, como hacía cada vez que no encontraba las palabras adecuadas para lo que quería decir. Se giró para indicar que su tiempo para jugar con tesoros prohibidos había llegado a su fin.
Amaris suspiró.
—¿Adónde quiere que vaya esta vez?
Nox arrugó la cara.
—No me lo ha dicho, pero creo que estaremos más seguras en la cocina. Te meteré con las patatas. —Sonrió por su broma—. No deberíamos quedarnos en la habitación de Agnes mucho más tiempo si no queremos que nos atrapen en caso de que vengan a hablar de negocios. Además, aunque el obispo pasara por la cocina para asegurarse de que está limpia, nunca entra en la despensa.
—Pero ¡la despensa está muy sucia!
—Pues me temo que tendrás que bañarte esta noche.
Amaris se estremeció solo de pensar en el agua fría del baño. Para las matronas ya era bastante trabajo lavar a los huérfanos. Calentar el agua antes de bañar a cada niño habría sido una molestia imposible.
—¿Y si nos escondemos en el cesto de la ropa limpia? Olería mucho mejor.
—Apuesto a que sí —le dijo—, pero las patatas nos llaman.
Nox empujó suavemente a Amaris, salieron del despacho y cerró la puerta.
La mayoría de los días en Farleigh se sumían en la monotonía. El aburrimiento y la rutina solo se interrumpían en momentos como esos, en días de estrés, miedo e inquietud. Nox no daba por sentada su capacidad para encontrar pequeñas alegrías secretas en medio de una ansiedad que le revolvía el estómago. Sabía que la intimidad que tenía con Amaris no iba a durar mucho más tiempo.

Si estaban condenadas a sufrir, bien podrían hacerlo en un lugar con la posibilidad de comer. La desesperanza era menos manejable con el estómago vacío.
Nox y Amaris evitaron la parte delantera de la mansión, porque sabían que era donde el obispo supervisaba a los estudiantes y sus lecciones. Una serie de escaleras estrechas y curvas conectaba el final del pasillo con la cocina, que daba al bosque y al mundo. Seguramente las construyeron para los criados, pero desde hacía mucho tiempo las matronas las utilizaban para pasar de las cocinas a las habitaciones y controlar a sus pupilos.
Las chicas bajaron los escalones siguiendo los chisporroteantes aromas a carne y cebolla. Nox abrió la puerta de un empujón, lo que las condujo a una sala grande y sofocante. El calor del fuego debajo de la olla de estofado alcanzó a las chicas en cuanto entraron. A Nox le consoló la figura que vio en la cocina. La matrona Mable era la más joven de la casa, y cada vez que se ocupaba de cocinar, los chicos tenían alguna esperanza de que la cena fuera comestible. Mable era una de las pocas matronas que creía en las especias y los condimentos, lo que hacía de sus comidas una bendición en comparación con las insípidas gachas y las carnes secas que preparaban las demás.
El rostro de Mable se animó al ver a las chicas, y Nox la saludó con la mano en silencio. La matrona, que apenas había cumplido los treinta años, era una mujer honesta, generosa y sencilla que parecía no albergar sueños más allá de los muros de Farleigh. Se le había rizado un poco el pelo con el calor de la cocina, y el sudor y el vapor le habían soltado varios mechones del moño, que llevaba recogido en la nuca.
Las chicas sonrieron a la matrona, con su ropa gris planchada bajo el delantal, que amasaba en la mesa de madera situada junto a la puerta. Mable sabía tan bien como cualquiera en la mansión que no le convenía llamar la atención los días en los que pasaba por allí el obispo. Sin decir una palabra y sonriendo a modo de despedida, levantó la barbilla hacia la izquierda para indicar a las chicas la despensa. Nox le hizo un gesto de agradecimiento, condujo a su amiga al oscuro espacio y cerró la puerta.
Dentro el aire era un poco más fresco. Los olores a tierra y tubérculos se imponían al estofado que hervía a fuego lento justo al otro lado de la puerta de la despensa.
—Bienvenida a tu reino por hoy —le dijo Nox en tono inexpresivo.
Amaris pasó el dedo por un estante para recoger polvo. Hizo una mueca mirando la suciedad.
—Cuidado. No vayas a clavarte una astilla —le advirtió Nox.
Amaris intentó soplar el polvo de su dedo, pero estaba demasiado pegado. Se lo limpió en los pantalones.
—La diosa no quiera que me clave una astilla. Se acabaría el mundo.
Nox curvó la boca en una media sonrisa.
—Si te haces daño —le contestó—, me echarán la culpa a mí, y lo sabes. —Se sentó en el suelo de la pequeña habitación y se apoyó en un saco de harina. Levantó un brazo para que Amaris se acurrucara bien fuerte contra ella.
—Odio el primer día del mes —confesó esta.
Nox dio un beso a Amaris en la coronilla con una dulzura tranquilizadora.
—A mí no me parece tan malo.
La cocina olía a lo que sin duda sería la cena y la despensa, a raíces, pero el pelo de Amaris siempre había olido a enebro. Era el dulce y persistente aroma del bosque y la nieve derretida que señalaba el final del invierno. Nox era unos dos años mayor que Amaris, y aunque algunos días parecía muy poco tiempo, en los momentos en que tenía que protegerla eran como toda una vida.
—¿Y si… no nos escondiéramos? ¿Sería tan grave que no huyéramos y dejáramos que el obispo me viera? O… —Amaris extendió una mano hacia un estante amenazando con tocarlo—. ¿Qué pasa si se me clavan astillas en las manos? ¡Vamos a cubrirme de cicatrices! —Sonrió ante la sugerencia, pero Nox no le devolvió la sonrisa.
Torció la boca hacia abajo, consciente de las muchas razones por las que sería una pésima idea. Era inútil preguntar, pero no podía culpar a Amaris por querer una vida normal.
Amaris no era la única niña robada en la mansión, ni era la única en venta, pero era la única que le importaba a Nox. Tanto los niños como las niñas se ofrecían a padres esperanzados como posibles herederos, a granjeros que requerían mano de obra o, de vez en cuando, a algún caballero que por alguna razón necesitaba sustituir a un escudero. Alguna vez un padre rico que podía prescindir de dote iba a comprar una esposa joven y virginal para su hijo, o una duquesa encontraba una dama de honor entre las adolescentes. A los chicos con peor suerte los vendían para trabajar en las bodegas de los barcos en cuanto eran lo bastante fuertes como para izar las velas y cargar con los barriles. Y a las chicas con menos suerte las compraban para casas de placer. De vez en cuando la universidad recogía a niños que mostraban cierta aptitud para la magia si la Iglesia no los había encontrado antes, aunque nadie sabía si para que estudiaran o para estudiarlos a ellos.
Nox los había visto llegar y marcharse. Había oído las historias. Había oído los precios de venta. Había intentado pasar por alto los rumores.
Aunque sobre la cabeza de todos los niños de Farleigh colgaba un reloj que avanzaba hacia la fecha de su venta, solo mostrarían a Amaris a aquellos con billeteras lo bastante abultadas como para que mereciera la pena para la matrona Agnes. A las demás les habían metido en la cabeza que su niña de marfil era un activo de gran valor a la vez que susceptible de robo en el caso de que alguien la viera y la quisiera, pero no pudiera pagar lo que valía. Por eso se escondían cuando iba de visita el obispo. Como si los niños no hubieran pasado ya años susurrando a espaldas de Amaris, burlándose de ella y preguntándole qué fantasma, ser feérico o bestia de las nieves la había engendrado, su valor en coronas se añadía a la larga lista de razones por las que la alejaban de sus compañeros. Y precisamente por eso Agnes no quería arriesgarse a que su inversión fuera a parar a la Iglesia sin siquiera una moneda como compensación. Amaris era valiosa, y la historia había demostrado una y otra vez que el mundo no siempre era amable con sus tesoros.
—¿Hay algo de comer aquí? —preguntó Amaris recorriendo con la mirada los estantes.
Nox se soltó de los brazos de su amiga, se puso de pie y miró los estantes.
—¿Te gustan los nabos crudos? —le preguntó a su vez, volviendo a arquear la boca.
—¿Estás segura de que no hay por ahí arriba cajas de bombones?
—Estoy segura de que Agnes esconde dulces en algún lugar de su despacho.
—¿Buscamos el tesoro el mes que viene?
Nox cogió un rábano bastante grande, volvió a sentarse al lado de Amaris y dejó que se acurrucara contra ella de nuevo.
—Puedes cerrar los ojos y fingir que es una golosina. Aunque los rábanos crudos son un poco agrios… y amargos… Ahora que lo pienso, podría ser un desafiante juego de simulación.
—Nunca se me ha dado bien fingir. Las cosas son como son. —Amaris suspiró.
—Así es, pero a veces no hace daño querer algo más.
Nox miró el rábano que tenía en la mano y le dio la vuelta observando los tonos magentas y blancos de la raíz. Pensó en la anterior pregunta de Amaris y llegó a una respuesta sincera y sencilla de por qué tenían que seguir escondiéndose.
—Vales más de lo que el obispo podría pagar —le dijo.
—¿Y tú? —le preguntó Amaris mirando hacia arriba con sus delicados ojos lavanda.
El tono de la niña parecía indicar que no le importaba demasiado la respuesta. Hablaba por hablar. Aunque en su pregunta no había maldad ni falta de sensibilidad, Nox no supo qué contestarle. Sabía que no era su valor lo que la mantenía alejada del mercado, y que en ese momento no estaba escondida en la despensa para evitar las preguntas de la Iglesia. Agnes había favorecido a Nox desde la infancia y confiaba en ella para proteger a Amaris cuando miradas indiscretas llegaban a Farleigh. Quizá su valor consistía en ser la persona de confianza de la Matrona Gris, aunque este papel y sus obligaciones deberían haber recaído en cualquier otra matrona, no en una huérfana.
Nox abrió la boca para contestarle cuando un sonido procedente de la cocina detuvo su respuesta. No parecía la matrona Mable. El ruido de pasos y el alboroto de más de un cuerpo en la cocina traspasaban la puerta.
—¿Has oído algo? —susurró Amaris.
—Chisss —le dijo Nox, cuyos músculos se habían tensado rápidamente.
Las chicas se quedaron inmóviles escuchando con los ojos muy abiertos lo que a todas luces era una discusión.
La puerta de la despensa se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de luz y una ola de calor procedentes del fogón. Tres siluetas se recortaban en el marco.
Una furiosa sacudida defensiva golpeó a Nox como un rayo. Estaba de pie antes de que los demás hubieran podido dar un solo paso. Su rostro se tensó y apretó los puños a ambos lados del cuerpo.
Amaris tardó más en reaccionar, y aún estaba levantándose cuando Nox se posicionaba ya para defenderse.
De todas las pesadillas de Farleigh, las tareas, las matronas y la amenaza de que te vendieran al mejor postor, el colmo era tener que lidiar con los frágiles egos de Achard y sus amigos. Nox no era ajena a sus zancadillas, sus burlas, sus risas y sus puñetazos, pero el trato preferente que Agnes tenía con ella era una razón más para convertirse en su blanco.
—¿Qué estáis haciendo? —les preguntó Nox.
Achard se burló. Se había metido con ella y le había tirado del pelo cuando eran niños, y después de cumplidos los trece años, había presionado sus labios contra los de Nox detrás de los establos con la intención de conseguir de ella más de lo que jamás le daría. Su impuesto cariño le había provocado arcadas a ella y lo había dejado con un ojo hinchado y morado a él. Nox nunca perdonaría a las personas que cogían lo que querían, aunque todo el mundo lo hacía en Farleigh. A partir de ese día Achard había desarrollado un odio hacia Nox como el que solo se veía en jóvenes desenfrenados cuando el caldero negro que tenían por corazón se sentía despechado y herido porque hubieran rechazado sus insinuaciones.
—¿Por qué venís aquí? —les preguntó Nox, enfadada. Ni en sus peores momentos habría puesto a un compañero a merced del obispo.
La mirada desdeñosa que Achard lanzó a Amaris fue respuesta suficiente.
Desde hacía mucho tiempo a Nox no le afectaban los insultos de los ignorantes. Mantenía la cabeza alta; las palabras no podían traspasar su piel, dura como el diamante. Pero no estaba dispuesta a tolerar que la fea envidia de los chicos atacara a Amaris. La chica de nieve, a la que las matronas impedían trabajar para que no se estropeara su perfecta piel, no podía decidir si cortaba leña o limpiaba las chimeneas. Amaris no podía hacer nada, aparte de tareas muy delicadas, por orden de la Matrona Gris. Nox y Amaris compartían el odio de sus compañeros.
—No lo hagáis —les dijo Nox con firmeza, y alzó una mano para detenerlos.
—¡Levántate! —gritó uno de los chicos señalando a Amaris.
—¡Largaos! —les exigió Nox, aunque, por el caso que le hicieron, bien podría haber sido un nabo—. ¿Qué pretendéis, pequeños sapos llenos de verrugas? ¿Arrastrarla del pelo hasta el obispo? ¡Largaos de aquí!
Dio un empujón en el pecho al chico que estaba más cerca de ella y lo sacó de la despensa. La luz que entraba por una pequeña rendija en la parte superior de la estancia hacía que el polvo que se había levantado con el forcejeo pareciera humo. Nox miró por encima de los hombros de los intrusos, pero no vio a Mable. Estaban solas con los chicos.
—¡Cógela! —ordenó Achard empujando a Nox.
Gritos de protesta se elevaron desde ambos bandos.
Nox oyó a Amaris, pero no pudo entender lo que se decía porque estaba peleándose con los chicos.
Achard tiró dolorosamente del pelo a Nox y la inmovilizó. La chica explotó de rabia y lanzó todo el peso de su cuerpo contra el chico más mayor. El golpe fue tan fuerte que le hizo perder el equilibrio.
—¡Fuera de aquí!
Al caer el chico hacia atrás, volcó un saco de harina. Su cuerpo golpeó contra el estante, y una botella llena de aceite se hizo añicos en el suelo. Lanzó un gemido de dolor cuando la madera le magulló la piel. La reacción inmediata de Achard fue de una intensidad salvaje. Le dio una patada a Nox en el costado y la envió volando al suelo. La cabeza de la chica rebotó contra la piedra del suelo. El doloroso impacto le taponó los oídos.
Nox volvió a recorrer la cocina con la mirada en busca de una matrona o de cualquier otra persona, pero estaban solos.
Medio agachada, extendió la mano hacia la botella de aceite rota. Estaba dispuesta a atravesar al chico con sus bordes irregulares si las tocaba. Su mano palmeó la harina derramada en el suelo mientras movía los dedos hacia el cuello de la botella. De repente sintió un pinchazo en la palma de la mano. Se había clavado un trozo de vidrio. Una pequeña nube de harina enturbió su visión, pero sus dedos encontraron el cuello de la botella y se puso de pie blandiendo el arma. Tenía el cuerpo cubierto de una pasta de harina, sangre y aceite.
—¿Por qué? —preguntó inútilmente Amaris. La nube de harina apenas le permitía ver lo que estaba pasando.
No habría respuesta. Aquellos idiotas odiosos no habían ido a comentar sus razones.
En cuanto Nox se hubo levantado para defenderse, el chico le dio un puñetazo en el esternón que le cortó la respiración. Ella encajó el golpe y mostró los dientes. Sintió que la furia le nublaba los ojos mientras intentaba recuperar el aliento. Se disponía a atacarlo de nuevo cuando un grito de Amaris hizo que se girara. En el tiempo que esta tardó en llamar la atención de Nox, Achard corrió hacia ella y la agarró por detrás. Partículas blancas brillaron cuando los otros chicos levantaron a Amaris, y uno consiguió meter sus sucios puños entre el pelo blanco de la chica.
Nox sintió que hervía de rabia, un calor interno que no surgía de llamas, sino de veneno y ácido. Golpeó con el talón el empeine de Achard y le clavó el codo en el pecho. Se giró hacia él para darle una patada en la entrepierna, y mientras lo veía encogerse volvió a oír a Amaris detrás de ella.
No era un grito de miedo. Amaris chillaba furiosa:
—¡Quítame las manos de encima! ¡Suéltame!
Quizá por la impresión de que hubiera hablado, los sucios dedos se desenredaron de su pelo y dio la impresión de que no la sujetaban por los brazos con tanta fuerza.
Los ojos de Amaris estaban blancos y abiertos como platos. Su voz, normalmente baja y amable, se elevó hasta ser un grito desesperado.
—¡Marchaos! ¡Ahora mismo! —les ordenó.
El alboroto se detuvo con una inmediatez estremecedora. Los pies se quedaron inmóviles. Las manos soltaron lo que estuvieran agarrando. Un asfixiante y desconcertante silencio se cernió sobre la cocina.
Nox parpadeó. Estaba confundida, aliviada y alterada a la vez por el hecho de que los chicos se hubieran detenido de golpe. Abrió los labios como para hablar, pero no supo qué decir. No supo qué preguntar. Se habían detenido. La pelea había terminado.
Una remolacha rodó desde un estante de madera hasta el suelo y emitió un golpe suave al caer, la única evidencia de la pelea, que ya había concluido. El desconcertante silencio se prolongó un buen rato. Los chicos dieron un paso atrás, y después otro.
Nox y Amaris intercambiaron miradas indecisas. Todavía estaban tensas, preparadas para cualquier horrible truco o estratagema que tramaran sus atacantes.
—¿Qué? —preguntó Nox casi sin aliento. Seguía con la espalda rígida, los músculos flexionados para correr y los ojos desorbitados. No sabía lo que estaba preguntando. ¿Qué les había hecho atacarlas? ¿Qué les había hecho detenerse? ¿Qué les había poseído para ser cerdos tan horribles y odiosos dispuestos a empeorar más si cabía la vida de otro huérfano abandonado?
Los matones se distanciaron mientras se desenredaban del lío que habían montado. Achard miró a sus compañeros en silencio. Nox, aún medio salvaje, seguía con la botella rota en la mano. Miró a Amaris, que aún observaba a los chicos con los puños apretados.
—Marchaos y no volváis —les ordenó con voz temblorosa.
El único ruido era el de la sangre de Nox goteando al suelo desde la mano que se había cortado con la botella. El rítmico sonido se unió enseguida al roce de los zapatos de los niños, que se dieron la vuelta y salieron de la cocina sin decir una sola palabra. En cuanto cerraron la puerta, los gritos de acusaciones enfurecidas atravesaron la puerta desde el pasillo, hasta que dejaron de oírse.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Nox a Amaris parpadeando rápidamente.
La chica de menor edad tembló con violencia, y su rostro reflejó miedo y adrenalina. Nox nunca la había visto decir nada tan valiente. Por el temblor de su barbilla, parecía que el propio acto de haberse defendido estaba a punto de hacerla llorar.
—¿Estás…? —empezó a preguntarle Nox.
Un aullido procedente del pasillo les reveló que uno de los guardianes del orfanato había descubierto a los niños o las marcas de harina. En cuestión de segundos, la matrona Mable irrumpió en la cocina. Todo en ella, desde su expresión salvaje hasta cada músculo tenso de su cuerpo, destilaba pánico. Las pruebas de la breve pelea cubrían la cocina. Las huellas de harina se extendían desde la despensa hasta el pasillo. Nox solo tardó unos segundos en entender que la gravedad de lo que acababa de suceder llevaría a una fatalidad inminente.
Mable la miró a los ojos y dijo una sola palabra, muy nerviosa:
—¡Viene!
Nox la entendió.
La pelea no importaba.
Los chicos daban igual.
El obispo venía e iba a ver a Amaris.
Nox se movió sin pensarlo dos veces. Se giró y le dio a Amaris, que tenía los ojos muy abiertos, un rápido empujón hacia la despensa. Cerró la puerta con un movimiento veloz. El cuello de la botella cayó de su mano al suelo con un tintineo. Apenas pasaron cuatro latidos de corazón desde que cerró la puerta hasta que el hombre de la túnica llegó. El obispo entró en la cocina acompañado por Agnes. Nox apoyó la espalda en la puerta de la despensa e intentó poner cara de arrepentimiento.
La expresión de Agnes pasó de la confusión a la rabia y al horror. Una obra de teatro en tres actos se dibujó en el rostro de la mujer mientras contemplaba el desastre que había tenido lugar en la cocina. Nox estaba sola, así que no había nadie más a quien culpar.
De repente la cocina le pareció demasiado estrecha. El obispo ocupaba toda la entrada, y Nox se sintió tremendamente pequeña mientras el penetrante olor de la comida casera y el feliz crepitar del fuego se burlaban de su nefasta situación. Su ropa, de lino, estaba cubierta de pasta y tenía manchas de aceite en las rodillas de haber estado arrodillada en la despensa hacía un momento. De la palma de su mano seguía goteando sangre hasta las yemas de los dedos, desde donde se unían al desorden del suelo. Mantenía sus oscuros ojos clavados en sus zapatos, porque no quería enfrentarse al juicio de los adultos que la rodeaban.
El obispo arqueó las cejas en un doloroso reproche.
La Matrona Gris tomó la palabra en tono seco y apresurado:
—¿Qué ha sucedido?
Sí, ¿qué había sucedido?
Aunque Nox había estado presente en todo momento, apenas lo sabía. Pero en realidad Agnes no estaba preguntando, porque la respuesta no importaba. Nox estaba en el epicentro de aquel desastre, y eso era lo único que le permitiría ver al obispo. La voz de Agnes salió entrecortada al hacer la pregunta, como si la hubieran pasado por un filtro. Cuando salió de sus labios, ya sabía que Nox no podría contestar. La Matrona Gris sabía exactamente cuál era el tesoro escondido detrás de la puerta cerrada de la despensa, como sabía por qué Nox estaba apoyada en ella.
El obispo se giró hacia Agnes con el labio levantado en una mueca.
—¿Es este el tipo de hogar para niños que dirige?
Agnes negó con la cabeza controlando sus emociones y obligando a su rostro a adoptar una suave calma.
—No. Sin duda no.
—¿Y cuál va a ser el castigo?
Nox observaba a los dos adultos sabiendo que la conclusión era inevitable.
El rostro del obispo expresaba poca emoción. Parecía observar a la matrona Agnes con curiosidad y cierto desdén. Adoptó una pose que quizá pretendía emular la piedad y la paciencia.
Mable miraba alternativamente a Agnes y a la chica. La matrona se llevó las manos al delantal, como si fuera a protestar, y golpeó la tela con los puños, quizá para contener su impulso de defender a Nox.
El silencio de la chica mientras custodiaba la puerta no tenía nada que ver con las cincuenta coronas que habían decidido que valía Amaris. El valor monetario que le habían atribuido no podía importarle menos. Desde el momento en que vio a la vulnerable bebé en la cesta de mimbre, supo que nunca permitiría que le hicieran daño. Si tenía que traicionar a la Iglesia y cortar a todas las matronas de la casa con la botella de aceite rota, lo haría sin pensarlo dos veces.
Tendrían que salir de la cocina para desviar la atención del obispo de la despensa. Amaris era la única amiga, la única familia y la única persona en el mundo que le importaba a Nox. Haría lo que fuera necesario para alejar a aquel hombre de su copo de nieve.
—Nox, ven —le ordenó Agnes en tono tenso.
Ella se apartó de la puerta y levantó la barbilla con aire inexpresivo. Se le había deshecho un poco la trenza, y los negros mechones que le habían estirado durante la pelea flotaban a su alrededor al moverse. La fría descarga de adrenalina corría por sus venas. Sus pulsaciones aumentaron hasta convertirse en un trueno arrítmico mientras se preparaba para el castigo.
Nox siguió a Agnes y al obispo, que salieron de la cocina. Resistió el impulso de girarse a mirar la puerta y rezó para que Amaris se quedara donde estaba. Sus pies la llevaron por el pasillo como si se hubieran separado de su cuerpo, sin que ella fuera consciente. Atravesaron el comedor y el recibidor hasta llegar al patio delantero de la mansión.
Oyó pasos detrás de ella, pero no vio quién se había unido a ellos hasta que estuvieron fuera del orfanato. Llegaron al centro del patio y se giraron hacia la casa. Mable, que los había seguido, movía la cabeza en una súplica silenciosa e inútil.
Nox pensó que, para estar en lo que parecía el fin del mundo, hacía bastante buen tiempo.
Las nubes eran de un uniforme tono gris, sin profundidad. El viento movía la túnica del obispo mientras este recorría el patio con mirada inquisidora. Se detuvo en la Matrona Gris y observó con curiosidad su inactividad. Ella apretaba los labios, como si luchara contra el impulso de hablar. La fría curiosidad del obispo se desplazó hasta la matrona Mable, que seguía sacudiendo la cabeza. Los únicos sonidos en el patio eran el del roce de las hojas entre sí y el de la gravilla contra las piedras. Observó detenidamente a Nox, desde su pelo desgreñado hasta las manchas de harina de sus manos y su ropa.
—¿Dónde está el látigo? —preguntó el obispo.
Nox oyó la palabra, pero un fuerte zumbido en los oídos le impidió entender la conversación que siguió.
Agnes se resistió. La matrona nunca había permitido los latigazos, aunque rechazar los castigos corporales no tenía nada que ver con la benevolencia. La Matrona Gris nunca lastimaría a sus niños de modo que pudieran quedarles cicatrices. Ni a Nox ni a los demás les había importado mucho su razonamiento. El hecho era que la Matrona Gris no iba a arriesgar su valor de mercado haciéndoles daño. Agnes no era una mujer virtuosa, pero era una comerciante astuta.
El obispo alzó una ceja, expectante.
—Su excelencia, he pensado que quizá baste con el arrepentimiento público. La chica se arrodillará aquí para que sus compañeros la vean hasta mañana a esta misma hora —dijo la matrona con frialdad. Agnes no cedía fácilmente a la piedad ni a las súplicas, y en este caso no sería diferente—. Con el frío de la noche y las largas horas, es un castigo penoso y adecuado.
—Esta niña ha estropeado bienes, ¿no es así?
La matrona tomó aire muy despacio.
—Sí, pero…
—Bienes que pertenecen no solo a la barriga de los huérfanos, sino también a la Madre Universal, ¿no es así?
—Sí, pero verá…
—Y se ha pasado de la raya al desobedecer las normas de seguridad y no hacer gala de las virtudes que se exigen a los niños, ¿no es así? ¿O a sus niños se les permite deambular por las cocinas, profanar productos destinados a servir a la Madre Universal y destrozar espacios a los que no tienen acceso?
—No, su excelencia —le contestó. Su respuesta fue tan rígida como su espalda. La tensión se extendió desde su moño grisáceo hasta sus pies, clavados en los adoquines.
El obispo cerró los ojos y recitó un texto de las Benditas Obediencias:
—«Aunque he conocido el sufrimiento, renuevo todas las cosas. En ausencia de misericordia, creo bondad. Pues es a través de mi dolor que puedo ver correctamente».
Nox conocía el texto. Nunca había tenido sentido para ella, y seguía sin tenerlo. Aunque muchas matronas y devotos interpretaban el pasaje como una llamada a la clemencia, la empatía y la benevolencia ante la crueldad, los clérigos recurrían a ese versículo para justificar el castigo.
—El dolor purifica, ¿verdad? Castigar a esta niña desobediente es limpiarla para que vea adecuadamente, para renovarla y crear el bien —afirmó. Juntó los dedos, como había hecho al entrar esa mañana. Su tono indiferente parecía más cruel que si se hubiera enfadado. Quería ver sufrir a un niño por poco más que satisfacción semántica.
—Muchos interpretan que «ausencia de misericordia» significa que la Madre Universal pide misericordia… —Las palabras de Mable se desvanecieron en la brisa ante las miradas cortantes de Agnes y del obispo.
Lo cierto es que Nox sabía que los sentimientos de Mable importaban poco frente a una verdad fundamental y más apremiante: no debes morder la mano que te da de comer. Para Farleigh las provisiones de la Iglesia eran más importantes que proteger la inocencia de los niños.
Nox no quería ver la expresión de Agnes ni presenciar la falta de voluntad de la mujer para defenderla. Tampoco quería ver el dolor en los ojos de Mable, pues bastante tenía ella con lo suyo como para compadecerse de un adulto que no iba a poder protegerla. Y, sin duda, no miraría el rostro taciturno del estoico juez que ya había decidido su destino.
El desapego la llamó y ella respondió. Nox cedió a la tentación del vacío y sintió que se retiraba a un pequeño espacio protector dentro de las paredes de su mente. Su cuerpo estaba en el patio, sí, pero ella ya no estaba presente para lo que los poderosos decidieran hacerle a la chica que tenían delante.
Se desvinculó y se centró en el suave movimiento de ramas del bosque que rodeaba Farleigh. Observó distraídamente una mariquita que se movía entre los adoquines, donde crecía la hierba. Una parte de ella era consciente de las miradas curiosas de los niños, que habían dejado de hacer sus ejercicios de escritura o de recitar sus oraciones y habían pegado el rostro contra las ventanas de la mansión. Había otros cuerpos en su campo de visión. Otras personas. Otras cosas. Varias matronas se habían reunido ante la puerta principal y observaban inquietas la conmoción del patio.
Agnes le indicó con un gesto a Mable que fuera a buscar el látigo, que estaba colgado en el establo de la mansión para las pocas veces que tenían que castigar a los animales. Al fin y al cabo, ¿qué eran los pecadores para la Iglesia aparte de animales a los que había que castigar?
—Arrodíllate, niña —le dijo el obispo.
Niña. No se había molestado en saber el nombre de la niña a la que pretendía hacer daño. Su identidad no significaba nada. Era un peón en los juegos de los hombres, la religión y el poder. Ella no tenía elección. No tenía ninguna posibilidad de vencer. Su derrota, como todo lo perdido bajo el zapato opresor de los que estaban en el poder, estaba predestinada.
Nox se arrodilló, aunque su mente seguía pensando en los gorriones que revoloteaban junto al tejado. Se colocó frente a los niños y las matronas de Farleigh con ojos vidriosos y ciegos. Se quedaría con las hojas, los pájaros y los escarabajos.
Aunque se mantenía tan alejada de su cuerpo como las nubes, era remotamente consciente de que la Matrona Gris la estaba tocando. Le desató la parte superior del vestido con manos temblorosas y dejó expuesta su blanca ropa interior.
Su mente encontró un lugar nuevo, un lugar más oscuro y más lejano. No se quedaría con las hojas susurrantes ni con los seres libres de la tierra y el cielo. Se centró en el vacío. Las puertas del orfanato seguían abiertas, como la oscura boca de un monstruo de piedra y mortero. Se perdió en el vacío indistinguible mientras se alejaba.
Nox vio de reojo la inclinación del mentón del obispo que instaba a la matrona a que empezara el castigo.
Apretó los dientes y observó las sombras hasta fundirse con ellas. Permaneció insensible al crujido agudo que resonó en el patio. Permaneció insensible a los jadeos, la sangre y las caras desencajadas de los niños y las matronas. Fijó los ojos con tanta fuerza en el espacio oscuro entre mundos que la realidad se fracturó, y ella se liberó y flotó en el vacío como una estrella en el cielo nocturno. Nox dejó de escuchar sus sonidos mientras su ropa interior, su piel y su espalda eran atravesadas, una y otra vez.

Existe una palabra para el espacio entre momentos. Es un término para el silencio que resuena después de cada latido del corazón, para el vacío entre las cosas, aunque el término se ha olvidado. La nada es muy parecida al intervalo del sueño, cuando el tiempo atrapa tu último aliento de conciencia y lo libera en cuanto te despiertas. Este hechizo puede durar minutos, horas o meses que se extienden a años en los que todo se difumina, como si nada hubiera sucedido. La palabra designa el tiempo que pasa cuando no pasa el tiempo y, sin embargo, todo cambia.