Entré por primera vez en la Agencia Central de Inteligencia en 1988, cuando era un joven periodista que acababa de regresar de un largo viaje por tierras de Afganistán. Me había trasladado a ese país para informar sobre los envíos de armas de la CIA por valor de miles de millones de dólares a las guerrillas afganas, cuya yihad contra los invasores soviéticos fue la última gran batalla de la Guerra Fría. Antes de mi partida, me había puesto en contacto con el portavoz de la CIA para solicitar una entrevista con él, petición que fue rechazada de plano. A continuación, puse rumbo a Afganistán. No llevaba ni un día sentado de nuevo en mi despacho de Washington cuando sonó el teléfono. ¿Estaba yo dispuesto a mantener esa entrevista ahora? No tenía ni idea de que estaba a punto de descubrir la vocación de mi vida.
Recorrí con mi coche los poco más de once kilómetros que me separaban de los campos de Langley, Virginia, y entré en el vestíbulo del cuartel general de la CIA. A mi izquierda, grabado en la pared, podía leerse un versículo del Evangelio de San Juan: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». Me vino un pensamiento a la cabeza. ¿Acaso era posible saber la verdad sobre la CIA? ¿Podría hacer un reportaje sobre este asunto como había hecho otrora, cuando era un periodista novato, sobre la actuación de la policía y los tribunales? La única manera de saberlo era ponerme manos a la obra y empezar a hablar con los veteranos de la agencia, a escucharlos y a tratar de comprender cómo funciona y opera un servicio secreto de inteligencia en una sociedad democrática abierta.
Unos meses más tarde, me puse en contacto con Richard Helms, el que fuera director de la CIA durante siete años con los presidentes Johnson y Nixon, que lo destituyó por negarse a encubrir el robo en el edificio de oficinas Watergate en aras de la seguridad nacional. Miembro fundador de la CIA, jefe de su servicio clandestino durante la crisis de los misiles de Cuba y los primeros días de la guerra de Vietnam, Helms tenía la elegancia de un banquero británico y la elocuencia de un brillante narrador, y disfrutaba bebiendo una buena cerveza para almorzar. A lo largo de varias horas, me dio una clase magistral de historia de la CIA. Al principio, allá por 1947, la misión de la CIA era conocer al enemigo. Los espías tenían que adivinar los secretos del Kremlin, los analistas científicos debían comprobarlos y los directores de la agencia se encargaban de informar al presidente de los Estados Unidos. «Al principio no sabíamos nada de nada —me confesó Helms—. Nuestro conocimiento de lo que pretendía el otro bando, de sus intenciones, de sus capacidades… era nulo, o casi nulo. Si conseguías una agenda telefónica, o el mapa de un aeródromo, ya era mucho. Estábamos en la oscuridad más absoluta por lo que respecta a buena parte del mundo». Las posibilidades de poder arrojar algo de luz en medio de tanta penumbra eran extremadamente reducidas. En menos de un año, la misión cambió. Los soviéticos se habían adueñado de más de media Europa. El Pentágono y el Departamento de Estado ordenaron a la CIA que combatiera el fuego con fuego y que hiciera retroceder a las fuerzas del comunismo. Conocer el mundo por medio del espionaje pasó a un segundo plano, y se optó por cambiar el mundo por medio de acciones encubiertas. Helms consideraba que eso había sido un error tremendo. En 1950, la CIA había reunido un ejército paramilitar, y durante cuatro años intentó infiltrarse en Rusia, Polonia, Ucrania, China y Corea del Norte con agentes reclutados en el extranjero, que saltaban en paracaídas al otro lado de las líneas enemigas. Eran misiones suicidas, frustradas por los espías comunistas encargados de averiguar sus planes. Siguieron siendo secretas durante muchos años, lo mismo que los violentos golpes de Estado de derechas y las conspiraciones para asesinar a líderes extranjeros. Helms se había encargado de mantenerlas en secreto. Sus sucesores, para desgracia de la CIA, no.
Helms quería que yo entendiera que la agencia no había jugado con la idea de derrocar al régimen iraní o de asesinar a Fidel Castro. Desde los tiempos de Truman, todos los presidentes habían ordenado a la CIA que interviniera con armas y dinero para controlar el destino de los países cuando el envío de marines no era una opción factible. Los funcionarios de la agencia cumplían las órdenes que recibían. Ponían en práctica la política exterior de los Estados Unidos. Su poder venía directamente del comandante en jefe de la nación. Y los directores, los espías y los analistas de la CIA dependían de la confianza que tuviera ese comandante en jefe en la información de inteligencia que le hacían llegar; si no se creía en ellos, no tenían razón de ser. Y también se vieron obligados a aprender que podía ser peligroso decirle lo que no quería oír.
Cuando empecé a cubrir las noticias sobre la CIA para el New York Times en 1993, la Guerra Fría había terminado, en la agencia reinaba una gran confusión y el viejo código de secretismo se derrumbaba. Un número sorprendente de altos cargos y de analistas del cuartel general de la agencia hablaba conmigo sin pelos en la lengua, al igual que lo hacían muchos miembros de la vieja guardia ya retirados, después de prestar servicio durante veinte o treinta años, y que optaban por dejar caer la máscara de la clandestinidad. La CIA comenzaba a desclasificar poco a poco algunos archivos sobre las acciones encubiertas llevadas a cabo durante la Guerra Fría en Europa, Asia y América Latina. Empezaba a vislumbrarse una imagen más nítida de su pasado. El espionaje y las misiones encubiertas no eran ese mundo de aventuras apasionantes y románticas que presentaban las películas. «No es un mundo de diversión y juego —comentaría Helms—. Es sucio y peligroso». La realidad resultaba mucho más interesante que la ficción.
Empezaba a comprender no solo lo que hacía la CIA, sino también cómo era trabajar para ella. Los periodistas y los espías no eran tan distintos. Yo podía aterrizar en Jartum o en La Habana y decir de muchas maneras distintas: «Llevadme con vuestro líder», y al cabo de un rato estar ante el dictador de Sudán o el mismísimo Castro. Si jugaban bien sus cartas, los agentes de la CIA podían hacer más o menos lo mismo en todo el mundo, tanto con la clase dirigente de un país como con los rebeldes que pretendían acabar con ella. El trabajo de la CIA de reclutar agentes en el extranjero no era muy distinto al de buscar fuentes, aunque los periodistas no pagaban por la información; los espías sí, y muy generosamente. Tanto el espía como el periodista dependían de su capacidad de establecer una relación de confianza. Los impulsaba su sed de descubrir la verdad oculta. Y eran perfectamente conscientes de que podían pasar años antes de que los secretos que habían descubierto pudieran proporcionarles una comprensión más profunda de cómo funcionaban realmente las cosas. La diferencia estribaba en que el periodista quería conocer el mundo y la CIA tenía el poder de cambiarlo.
A comienzos del presente siglo, yo ya había compilado una cantidad enorme de documentos desclasificados y había efectuado más de doscientas entrevistas. Pensé en la posibilidad de escribir una historia de los primeros sesenta años de la CIA. Legado de cenizas se publicó en 2007, cuando salió a la luz la existencia de cárceles secretas de la CIA y las torturas que se llevaban a cabo en ellas. La agencia había recibido la orden de convertirse de nuevo en un ejército secreto, y en el nombre de la lucha contra el terrorismo, sus disciplinas de espionaje y análisis se habían visto socavadas. Sus informes falsos sobre los arsenales de Sadam Huseín habían llevado a los Estados Unidos a invadir y ocupar Irak, la decisión más desastrosa de política exterior desde la guerra de Vietnam. En cierta manera, el libro reflejaba la oscuridad de la época.
Al volver la vista atrás, empecé a darme cuenta de que yo desconocía buena parte de lo que había hecho la CIA en los Estados Unidos y en el extranjero después de los ataques del 11 de septiembre, y que aún tenía que aprender muchas cosas de su historia más secreta. Fue así como comencé a escribir La misión, en la primavera de 2022. El libro que tienes en las manos es la primera crónica de la CIA del siglo XXI, contada con las palabras de quienes la protagonizaron. Una vez más, al igual que cuando empecé a investigar el funcionamiento de la CIA por primera vez, encontré un número sorprendente de personas dispuestas a hablar conmigo. Habían combatido en Irak, Afganistán, Pakistán, Siria y otros muchos países. Habían llevado a cabo campañas de espionaje desde el Mediterráneo hasta el Pacífico. Habían tenido que afrontar investigaciones criminales por sus letales operaciones antiterrorista y en la lucha contra el tráfico de drogas. Habían pasado graves apuros para infiltrarse en el Kremlin y lo habían conseguido. Habían creado salvavidas para los soldados y los espías de Ucrania. Entre ellos figuraban el hombre que había creado el sistema penitenciario secreto de la CIA, la mujer que había contribuido a acabar con la red de contrabando de tecnología de armamento nuclear más grande del mundo, un espía encubierto que había tenido en su nómina a varios presidentes, jefes de estación que habían prestado sus servicios en cuatro continentes y el jefe del servicio clandestino de la CIA, un individuo que había trabajado como agente secreto durante treinta y tres años y que nunca en su vida había hablado con un periodista. Gracias a su sinceridad y a su confianza, este libro pudo escribirse sin subterfugios, sin fuentes ni citas anónimas.
Se ha publicado La misión en una época de grandes peligros. Los Estados Unidos están dirigidos por un individuo que admira a dictadores y déspotas, que aspira a gobernar como un autócrata, que desprecia las libertades civiles y que amenaza con encarcelar a sus oponentes. En una época en la que el Tribunal Supremo ha dictaminado que los presidentes no pueden ser procesados por los crímenes cometidos en el ejercicio de su cargo, cualquiera de ellos puede cometer un abuso de poder sin temor a la justicia. Puede ordenar a la CIA que espíe a los ciudadanos estadounidenses, que sabotee a los enemigos internos, que cometa asesinatos políticos con total impunidad, que comience una guerra en secreto.
Desde los albores del siglo XXI, la CIA ha pasado por dos transformaciones. En un primer momento, no sabía prácticamente nada de al-Qaeda y no pudo prevenir un desastre más devastador que Pearl Harbor. Luego, sus informes falsos sobre amenazas existenciales aterrorizaron a la Casa Blanca y prendieron la mecha que provocó una guerra desastrosa en Irak. Todas esas calamidades fueron la consecuencia de una falta de un buen servicio de información. A lo largo de la última década, con la disminución de la intensidad de la guerra contra el terror, la CIA ha recuperado poco a poco su propósito original como agencia de espionaje. A sus agentes se les pide de nuevo que averigüen y entiendan las intenciones y las capacidades de los enemigos de Estados Unidos en Moscú y en Beijing, en Teherán y en Pyongyang. Poco a poco, una nueva Guerra Fría va escalando hacia un peligro existencial. Solo unos buenos servicios de inteligencia pueden prevenir un ataque por sorpresa, un error de cálculo de fatales consecuencias, una guerra inútil. Pero ni siquiera los mejores informadores del mundo pueden convencer a un líder que no hace caso de nada. Entre los desafíos más importantes para la CIA en los días por venir estará el individuo que ocupa la Casa Blanca, un líder autoritario que representa el peligro más claro para la seguridad nacional de los Estados Unidos desde que diera comienzo el presente siglo.
El 20 de abril de 2001, George Tenet se quedó mirando a través de la pared de vidrio de su despacho de la séptima planta de la Agencia Central de Inteligencia, contemplando un panorama de serenidad, unos altísimos árboles cuyo verdor se extendía hasta donde podía alcanzar la vista. Sabía que algo terrible acechaba en el horizonte. Había intentado convencer al presidente de los Estados Unidos, aunque sin conseguirlo, de que el país se enfrentaba a un ataque catastrófico. Y temía que se hubiese abierto un gran abismo entre lo que la CIA era capaz de hacer y lo que se vería obligada a hacer después de aquella catástrofe.
Tenet se había puesto al frente de la organización en julio de 1997 y era el quinto director que había tenido el organismo a lo largo de seis años tumultuosos. La agencia había cumplido su quincuagésimo aniversario aquel verano, y la celebración se había silenciado. Muchos de los directivos que había tenido el organismo durante la Guerra Fría lamentaban lo bajo que había caído el servicio de inteligencia estadounidense. «La única superpotencia que queda no tiene el suficiente interés por lo que está pasando en el mundo como para organizar y dirigir un servicio de espionaje —llegó a decir Richard Helms—. Nos hemos dejado llevar y hemos abandonado esa función como país».[1]
El fin de la Guerra Fría había acabado con la agencia de inteligencia secreta más famosa del mundo. ¿Cómo iba a ser grande sin un gran enemigo? La caída de la Unión Soviética había golpeado a la CIA «igual que el meteorito que se precipitó sobre los dinosaurios. Después nada volvió a ser lo mismo», escribió Richard Kerr, su director adjunto de 1989 a 1992.[2] «En otro tiempo, a la CIA le resultó muy fácil ser una entidad única y misteriosa —dijo el último jefe del servicio clandestino en la Unión Soviética, Milt Bearden—. No era una institución. Era una misión. Y esa misión era una cruzada. Luego nos quitasteis la Unión Soviética y no quedó nada más. No tenemos historia. No tenemos un héroe. Hasta nuestras medallas son secretas. Y ahora la misión se ha acabado. Fini».[3]
La CIA sí tenía una historia, aunque el pueblo estadounidense sabía poco de ella. Sus anales clasificados estaban llenos de triunfos a corto plazo, así como de algunos éxitos a la larga, en la lucha contra el imperio soviético, los éxitos individuales de espías valientes y de analistas brillantes. Pero su historial público era una letanía de fracasos institucionales, llena de operaciones encubiertas mal llevadas, fruto de las políticas exteriores de cada uno de los presidentes desde la Segunda Guerra Mundial.
El presidente Harry Truman había creado la CIA en 1947 para evitar un nuevo Pearl Harbor, no para combatir en la Guerra Fría. «La idea era que teníamos que disponer de una organización cuyos analistas pudieran estudiar todas las cosas en el extranjero, independientemente de lo secretas que fueran —decía Helms—. La agencia se creó para analizar la información de inteligencia, no para llevar a cabo acciones encubiertas». Solo que «un accidente de la historia» había obligado a la CIA a cambiar el mundo. El presidente Dwight Eisenhower había ordenado a la agencia que derrocara en secreto a los gobiernos de Irán y Guatemala, elegidos libremente, pero los consiguientes golpes de Estado fueron de todo menos secretos. Los agentes de la CIA habían hecho mucho ruido a la hora de ejecutar sus órdenes. «Llamaron muchísimo la atención», decía Helms, y «con esa atención, la CIA fue identificada con el hecho de llevar a cabo acciones encubiertas», fuerza ejercida a su antojo por presidentes imperialistas durante unos tiempos muy peligrosos.
La confianza del presidente John F. Kennedy en la CIA se hizo añicos cuando ordenó a la agencia que invadiera Cuba y aplastara a Fidel Castro, en 1961; la bahía de Cochinos se convirtió en un símbolo imborrable del fracaso. La CIA había contribuido a evitar una guerra nuclear durante la crisis de los misiles de Cuba en 1962, pero después rara vez llegó a adivinar las intenciones y las capacidades que pudiera tener el Kremlin a través de sus labores de espionaje. Los mejores analistas de la CIA a menudo informaban a Gerald R. Ford, dirigente de la minoría republicana en la Cámara de Representantes y principal supervisor del gasto militar a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta. «Tenían gráficos en las paredes, tenían cifras —recordaba el presidente Ford cuando ya estaba retirado—. Y habían llegado a la conclusión de que, en el plazo de diez años, Estados Unidos estaría por detrás de la Unión Soviética en materia de capacidad militar, en el crecimiento de la riqueza y en la fortaleza de nuestra economía. Se trataba de un panorama espantoso —dijo Ford— [pero] se equivocaban de medio a medio. Aquellos eran los mejores hombres que teníamos, los llamados expertos de la CIA».[4]
En la primavera de 1975, cuando cayó Saigón, los investigadores del Senado abrieron una brecha en las murallas de la CIA. Pondrían al descubierto la historia de conspiraciones fallidas de la agencia para asesinar a líderes extranjeros y sus tensas relaciones con gobiernos, generales y grupos de matones de derechas. Las investigaciones «causaron un grave revés a nuestras estrechas relaciones en todo el mundo —dijo en 1997 el presidente George H. W. Bush, que por entonces era el director de la agencia—. Hicieron que en el extranjero mucha gente dejara de cooperar con la CIA, y destruyeron la moral» de sus espías, a los que Bush calificaba como «quizá el grupo de servidores públicos más impecable y esforzado que tiene este país».[5] En 1985, el director de la CIA del presidente Ronald Reagan, William J. Casey, había metido a aquellos espías en un programa descabellado y totalmente ilegal de venta de armas a Irán, cuyos beneficios debían ser desviados hacia la guerra encubierta que la contrarrevolución mantenía en Centroamérica. La estratagema había hecho que cayera un chaparrón de acusaciones de criminalidad sobre agentes de alto rango de la CIA, todos ellos amnistiados por el presidente Bush en diciembre de 1992, unos días antes de abandonar la Casa Blanca. Entre ellos estaba Duane «Dewey» Clarridge, fundador del Centro de Antiterrorismo de la CIA. Una vez retirado, declaró que esta estaba a punto de venirse abajo. La agencia estaba «acabada como servicio de inteligencia realmente efectivo», había escrito Clarridge en 1997, y no sería reinventada hasta que «no se nos venga encima alguna catástrofe espantosa».[6]
«UNA CUBIERTA EN LLAMAS»
Aquel verano, poco después de su llegada a los despachos del director, Tenet tuvo una visión de futuro de auténtica pesadilla. Se vio a sí mismo en pie sobre «la cubierta de un barco en llamas»,[7] como si fuera el capitán de una nave oxidada que, en medio de un mar tempestuoso, combatiese un incendio en la sala de máquinas. Si no conseguía apagar el fuego, «la organización y todos los que formábamos parte de ella nos iríamos a pique».
Tenet había prometido reconstruir la CIA para el siglo XXI, y como si fuera el politburó soviético, tenía un plan quinquenal, pero, según iba pasando el tiempo, sus objetivos seguían estando siempre a cinco años de conseguirse. Pero sus agentes estaban llevando a cabo algunas operaciones notables ya en los albores del nuevo milenio. Acorralaban a los criminales de guerra en los Balcanes y los enviaban ante el Tribunal Penal Internacional de La Haya; capturaban a terroristas islámicos y los metían en la cárcel en El Cairo; maniobraban para desmantelar las redes de contrabando dirigidas por científicos paquistaníes que vendían tecnología para la fabricación de armas nucleares a Corea del Norte y a Libia, e intentaban atrapar a Osama bin Laden en Afganistán. La CIA aún contaba con espías capaces de llevar a cabo operaciones de inteligencia muy hábiles y analistas provistos de gran pericia. Seguía teniendo palacios y parlamentos intervenidos en el extranjero; aún había un buen puñado de presidentes y primeros ministros que no podían echarse a dormir tranquilamente sin que la CIA escuchara sus ronquidos. Había creado nuevos servicios de espionaje en países en los que otrora habían reinado los soviéticos, desde Polonia hasta Uzbekistán. Mantenía enlaces financiados espléndidamente con maestros del espionaje extranjeros que vendían información sensible a cambio de dinero contante y sonante.
Pero la CIA ya no era una agencia de inteligencia global. Muchos países considerados cruciales en otro tiempo ahora habían quedado al descubierto. A lo largo de los años noventa, se habían cerrado más de treinta puestos y bases en el extranjero, y muchos de los que seguían abiertos habían quedado reducidos a un tercio de lo que habían sido diez años antes. No se llegaba a recopilar una gran cantidad de información esencial, y la que se recopilaba no se estudiaba debidamente. En los albores de la era de la información, los agentes y los analistas de la CIA trabajaban con una tecnología desfasada, y se las veían y se las deseaban para distinguir las señales claras de hechos significativos de la cacofonía del ruido de fondo. Hank Crumpton, el subdirector del Centro de Antiterrorismo, describía el estado de cosas reinante en sus despachos del sótano: «Teníamos montones de documentos tirados por el suelo. Habíamos acumulado cajas y cajas de información de inteligencia en bruto, y la gente tenía que estudiar legiones de papeles página por página».[8] Aquella no era forma de dirigir un servicio de espionaje del siglo XXI.
Los estadounidenses tal vez se imaginaran en otro tiempo que la CIA era una fuerza todopoderosa, provista de bolas de cristal con las que prever el futuro y balas de plata capaces de cambiar el mundo por medio de actividades encubiertas. Pero Tenet había advertido a la Casa Blanca y a sus supervisores del Congreso que la agencia estaba medio arruinada y muy escasa de fondos, y, poco a poco, iba perdiendo talento y experiencia. El presupuesto secreto de la CIA de aquel año ascendía más o menos a unos tres mil millones de dólares, cifra, ajustada a la inflación, inferior a la de los últimos tiempos de la guerra de Corea. La administración Clinton lo había recortado en más de seiscientos millones de dólares, y los beneficios reportados por la paz no se habían reinvertido nunca. Una cuarta parte del personal de la CIA, casi cinco mil personas, muchas de ellas con décadas de experiencia, había abandonado la organización a lo largo de los años noventa, dejando sus filas desesperadamente mermadas. El servicio clandestino, el corazón mismo de la CIA —los espías, los jefes de puesto, los agentes operativos, y los cuadros de actividades encubiertas cuyas misiones consistían, entre otras cosas, en dirigir operaciones encubiertas, reclutar a agentes extranjeros, infiltrarse en los servicios de inteligencia hostiles y desmantelar redes terroristas— apenas disponía de unos mil efectivos. Como no paraba de contar Tenet a todo el que quería escucharlo, en Nueva York había más agentes del FBI que agentes de la CIA en el extranjero. La fuga de cerebros entre los analistas de la agencia resultaba especialmente desalentadora, y la desesperación entre la décima parte de hombres de talento que se habían quedado se vio intensificada debido a la deriva de la política exterior estadounidense en el mundo posterior a la Guerra Fría. Echaban de menos un «sentido del rumbo, un sentido de lo que es la misión», decía su director, John Gannon.[9]
Era muy poca la valiosísima sangre nueva que se había transfundido a la agencia. Las cifras de reclutamientos habían disminuido hasta casi desaparecer por completo. Cuando llegó Tenet, exactamente seis personas habían aprobado el último curso de adiestramiento de la CIA, de seis meses de duración y desarrollado en la Granja, el campamento militar dedicado a la formación de los nuevos agentes situado a las afueras de Williamsburg, Virginia. ¿Qué podía motivar a un estudiante de posgrado a alistarse en la difícil y a menudo peligrosa carrera del espionaje, a veces un verdadero negocio sucio, cuando podía ganar una fortuna en Wall Street o explorar las fronteras de la recién nacida red informática mundial en empresas emergentes de Silicon Valley como Google? El mundo de la información parecía más prometedor que el mundo de los secretos.
Frente a las feroces críticas del Congreso, los mordaces artículos periodísticos acerca de operaciones fracasadas y de informaciones chapuceras, así como frente a los estudios internos que daban a entender que su única función consistía en recolocar asientos de cubierta del Titanic, Tenet defendía furiosamente a la CIA en público y en privado, y alentaba a sus tropas cuando veía que les flaqueaba la moral. Hombre verdaderamente encantador, afable en extremo, dispuesto siempre a dar una palmadita en la espalda en un ambiente lleno de individuos acostumbrados a dar puñaladas traperas, Tenet irradiaba alegría cada vez que charlaba con las abejas obreras en la cafetería de las oficinas de la CIA, cuando se metía en sus cubículos sin avisar para preguntarles qué tal estaban, regateaba con una pelota de baloncesto corriendo por los pasillos de colores pastel de la agencia… y animaba las reuniones en las salas de conferencias de la séptima planta cantando a voz en grito los grandes himnos de su juventud («Respect», de Aretha Franklin, era uno de sus favoritos). A diferencia de algunos de sus predecesores, Tenet era un hombre hecho a sí mismo, hijo de refugiados de guerra originarios de Grecia y Albania que se habían establecido en Queens y regentaban un figón de mala muerte llamado The 20th Century Diner. Tenía todo el aspecto de un detective del departamento de homicidios de la policía de Nueva York: corpulento, mordisqueando compulsivamente a todas horas unos puros empapados de babas, vestido con trajes desaliñados, con la piel cetrina, y los ojos enrojecidos.
«Me pasé muchísimas noches sin dormir preguntándome, en vista de la monumental tarea que tenía ante mí, si iba a estar a la altura de mi trabajo —diría Tenet en sus memorias—.(1) No me había preparado para ello ninguna experiencia anterior».[10]
A juicio de Tenet, las cosas siguieron yendo mal. La CIA había fracasado en una gran operación encubierta destinada a socavar el poder de Sadam Huseín; decenas de los agentes iraquíes que había reclutado habían sido capturados, torturados y asesinados. Sus analistas no habían sabido avisar de las claras intenciones de la India de hacer pruebas con armas nucleares, circunstancia que modificaba el equilibrio de poder del mundo. Un antiguo jefe de estación de Bucarest que prestaba servicio como instructor en la Granja fue condenado por espiar a favor de Moscú: durante los tres años anteriores, había entregado a los rusos las identidades de los espías recién salidos de la escuela. Fue uno de los tres o cuatro renegados de la CIA o del FBI de aquella época que habían facilitado al Kremlin un poder duradero para frustrar las operaciones de inteligencia estadounidenses, manipular las informaciones de la agencia, desviar la atención de la Casa Blanca y engañar al Pentágono. Nada de eso era ya un secreto. Casi todos los penosos esfuerzos de la CIA eran portada del New York Times y del Washington Post, y constituían una pesadilla recurrente para sus directivos y una herida abierta para su imagen pública y su reputación política.
La cruda realidad era que la CIA se enfrentaba a una espantosa disparidad entre lo reducido de sus capacidades y la enormidad de sus responsabilidades. «La disfuncionalidad del sistema es lo bastante grande como para garantizar el fracaso del servicio de inteligencia», avisaba Russ Travers, un analista de carrera que posteriormente sería un destacado agente antiterrorista, en un artículo publicado en 1997 en la revista interna de la CIA.[11] Pronosticaba que, para 2001, los Estados Unidos se verían «completamente sorprendidos» por un ataque terrorista. Tenet y sus compañeros llegaron a la misma conclusión en un informe estrictamente clasificado: a menos que se llevaran a cabo «cambios importantes y radicales en la forma en la que el país recoge, analiza y produce información secreta», los Estados Unidos no tardarían en sufrir un «fallo sistémico de inteligencia de proporciones catastróficas».[12] La fecha de ese aviso era el 11 de septiembre de 1998.
Un mes antes, al-Qaeda había hecho explotar al mismo tiempo sendas camionetas bomba en dos embajadas estadounidenses de África Oriental, matando a doce estadounidenses, once tanzanos y doscientos veinticuatro kenianos. La capacidad demostrada por Bin Laden de golpear dos objetivos al mismo tiempo, a casi cinco mil kilómetros de distancia de su base en Afganistán, ponía de manifiesto un nivel de planificación estratégica y de sofisticación en la ejecución que resultaba algo completamente nuevo en el mundo: la existencia de una red terrorista capaz de golpear en cualquier punto del planeta. La CIA se dio cuenta por primera vez de que Bin Laden era capaz de hacer realidad su declaración de guerra contra los Estados Unidos. Mientras se perseguía a los sospechosos del ataque por África, Oriente Medio y los Balcanes, un número cada vez mayor de espías sobre el terreno y de analistas en el cuartel general abordaba la cuestión de cómo detener el siguiente ataque de al-Qaeda.
Tenet vio en aquello la nueva misión de la CIA. Una guerra contra el terrorismo podría convertirse en algo semejante a lo que en décadas anteriores había sido la guerra contra el comunismo.
Durante cincuenta años, la CIA había servido como punta de lanza de la política exterior estadounidense. Todos los presidentes la habían utilizado como arma secreta. Tras la apasionada petición de Tenet, el 24 de diciembre de 1998, Bill Clinton autorizó a la CIA a perseguir en las inhóspitas regiones de Afganistán y a acabar con Bin Laden, con la ayuda de un grupo de señores de la guerra afganos contratados al efecto.(2)
El Congreso había aprobado y Clinton había firmado una ley que autorizaba a usar «todos los medios necesarios, incluidas operaciones encubiertas y la fuerza militar, para poner fin, desmantelar y destruir las infraestructuras internacionales utilizadas por el terrorismo internacional». Los abogados de la CIA, expertos en los matices, interpretaron que la expresión «infraestructuras» significaba todo aquello que prestara apoyo a un terrorista, incluidos los propios terroristas. Pero la CIA carecía de dinero, de personal y, sobre todo, de información de inteligencia para hacer la guerra a al-Qaeda. Se necesitaron nueve meses y un cambio en la dirección del Centro de Antiterrorismo antes de que se dispusiera de un plan que, por lo demás, tenía muy pocas posibilidades de éxito. Mientras tanto, Clinton había perdido la confianza en las capacidades de la agencia y derogó su licencia para matar. Un error fatal había acabado con la reputación de Tenet en la Casa Blanca.
El Pentágono había invitado a la CIA a que escogiera un objetivo durante la guerra aérea de la OTAN en Serbia, cuya finalidad era desalojar al líder genocida Slobodan Milošević. Una vez alcanzado el objetivo, el 7 de mayo de 1999, el general Wes Clark, comandante de las fuerzas estadounidenses en los Balcanes, llamó a la central hecho una furia. «¿Por qué me dijo la CIA que bombardeara la embajada china en Belgrado?», preguntó.[13] Según los informes recibidos, el edificio era un almacén militar serbio. Sus bombas inteligentes habían causado la muerte de tres miembros del personal de la embajada y habían herido a otros veinte. El embajador chino, comprensiblemente, había calificado aquel acto de bárbaro. Tenet estaba en Londres cuando recibió una llamada del consejero de Seguridad Nacional de Clinton, Sandy Berger. «Será mejor que vuelva usted aquí de inmediato —le dijo—. Estoy intentando salvarle el empleo». Costó mucho trabajo, pero Tenet siguió en su puesto.
Estaba seguro de que lo despedirían cuando se reunió con el presidente electo, George W. Bush, nueve días antes de su toma de posesión el 20 de enero de 2001. Tenet era un hombre de Clinton y ningún director de la CIA había sobrevivido a un traspaso de los poderes presidenciales de un partido a otro desde Richard Helms, en 1969. Se había preparado para que lo decapitaran, pero el hacha no cayó sobre su cuello. «¿Por qué no dejamos las cosas como están durante un tiempo y luego vemos cómo funcionan?», dijo Bush. «Yo no formaba parte del equipo ni tampoco estaba fuera de él —contaría Tenet—. Estaba en libertad condicional».[14]
Mientras no estuviera al frente de un nuevo desastre, seguiría como director de la Agencia Central de Inteligencia. Tres meses más tarde, el 20 de abril de 2001, se produciría una catástrofe como no ha habido otra en toda la historia de la CIA.
Tenet recordaba aquel día como el peor que había vivido hasta ese momento en la CIA.
Aquella mañana, el jefe de estación de Lima, un agente alto y joven con un bigote rubio llamado Steph Milliken, había entrado en el despacho de Roberta Jacobson, la directora adjunta de la misión en la embajada estadounidense en Perú. Era un hombre feliz. «¡Ya tenemos a uno! —dijo—. ¡Y es uno de los grandes!».[1] La CIA se había cobrado otra pieza en la lucha de los Estados Unidos contra las drogas dándole de lleno a un pequeño avión y haciéndolo desaparecer del claro cielo azul de la selva amazónica.
«Al cabo de una hora volvió a entrar, pálido como la muerte», recordaría Jacobson. Cuando Hugh Turner, el número dos del servicio clandestino, vio el telegrama urgente procedente de Lima, salió corriendo por el pasillo de la séptima planta para ver a John McLaughlin, el director adjunto de la central de inteligencia. «Se ha producido un desastre ahí, en Perú», dijo. El ayudante ejecutivo de McLaughlin, Luis Rueda, veterano de las guerras de la CIA en América Latina, clavó sus ojos en Turner, atravesándolo con la mirada.
—¿Qué habéis hecho? —preguntó Rueda—. ¿Abatir un avión cargado de monjas?[2]
Una operación aerotransportada encubierta había abatido a una familia de misioneros estadounidenses. Los agentes de la CIA no tenían información de inteligencia que dijera que el avión transportaba drogas. No hicieron ningún intento de identificar el aparato antes de dar la orden de atacarlo. Veronica Bowers y su hija, Charity, una criatura todavía en pañales, fueron acribilladas a balazos con una ametralladora del calibre 30 y murieron en el acto. El piloto, Kevin Donaldson, fue herido en una pierna y gritó: «¡Nos están asesinando!», antes de hacer un aterrizaje forzoso. No se sabe cómo logró sobrevivir a las graves heridas recibidas, lo mismo que el marido y el hijo de Veronica.
Aquella noche, Tenet y sus principales colaboradores pasaron unas horas de locura intentando descubrir qué había ocurrido exactamente. A lo largo del fin de semana, explicaron al vicepresidente, Dick Cheney; a la consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice; al Departamento de Estado, al Congreso, a la prensa y a la población de los Estados Unidos que aquellas muertes habían sido una anomalía única en una misión por lo demás dirigida perfectamente y ejecutada de manera profesional por la División para América Latina de la CIA. Era mentira.
«UNA EXTRAORDINARIA FALTA DE CRITERIO»
La CIA y sus aliados peruanos habían abatido quince aviones y matado a varios de sus tripulantes en la ejecución del Programa de Interdicción del Puente Aéreo entre 1995 y 2001. Todos esos ataques habían violado varias normas explícitas de actuación establecidas por el presidente de los Estados Unidos. Esas normas habían sido elaboradas minuciosamente para proteger a los agentes de la CIA de cualquier acusación de asesinato según las leyes estadounidenses. La agencia había dicho siempre al Congreso y al Consejo de Seguridad Nacional que el programa, estrictamente clasificado, había sido llevado a cabo siguiendo rigurosamente los procedimientos para evitar la muerte de personas inocentes. Pero dichas normas habían sido quebrantadas en todos los ataques perpetrados, y los agentes de la CIA habían ocultado el hecho, desde la selva amazónica hasta la séptima planta de la sede de la central.
Aquella tapadera ocultaba la historia del Programa Puente Aéreo, que había sido la única misión letal a largo plazo de la CIA durante el mandato de Tenet, salvaguardaba a la agencia de toda responsabilidad y protegía a los agentes que llevaban a cabo el programa de lucha contra las drogas de cualquier tipo de investigación y de su posible procesamiento. Un personaje en particular se libró de someterse a ningún juicio por parte de gente ajena a la organización: Jose Rodriguez, que había estado al frente del programa en sus mejores momentos como jefe de la División para América Latina. En un año, Tenet lo haría director de Antiterrorismo de la CIA, encargado de capturar, encarcelar, interrogar y matar a los enemigos de los Estados Unidos. Y después de treinta meses de brutalidad en ese puesto, se convirtió en jefe del servicio clandestino y en el espía más poderoso del mundo, en el momento culminante de la guerra contra el terror.
Era un «líder intrépido, siempre dispuesto a asumir riesgos en las operaciones encubiertas, por más que fuera probable que sus criterios fueran revisados y a veces duramente criticados —escribiría Philip Mudd, que durante veinte meses ejerció como su segundo en la central de antiterrorismo—. Tenía una reputación bien ganada de hombre capaz de tomar decisiones con rapidez, sin importarle tener que escoger opciones poco limpias y asumir graves riesgos. “¡A tomar por culo!”, decía cuando había que tomar una decisión difícil. “¿Qué otra cosa podemos a hacer?”».[3]
Rodriguez era un hombre apuesto, al estilo de un villano de cine, con una espesa cabellera negra y un bigote caído hacia los lados que le daba un aire de macho. Nacido en Mayaguez, Puerto Rico, se había criado en parte en Bolivia, donde de niño había recibido clases de equitación de un capitán del Ejército llamado Luis García Meza, que más tarde se convertiría en el sangriento dictador de derechas del país. Durante los años ochenta, como joven agente de la CIA, una de sus misiones había consistido en apoyar la guerra sucia contra la izquierda en El Salvador; por aquel entonces, llevaba siempre encima una pistola Browning 9 mm y en su camioneta tenía una escopeta de cañones recortados. Había sido jefe de estación en Panamá y luego jefe adjunto del nuevo Centro de Lucha contra el Crimen y el Narcotráfico de la CIA, antes de ser ascendido en octubre de 1995 a jefe de la División para América Latina, encargado de supervisar las operaciones llevadas a cabo desde la frontera meridional de Texas hasta la Tierra de Fuego. Perdería ese empleo dos años después, cuando un informe del inspector general dijera que había demostrado «una extraordinaria falta de criterio», no ya en la forma de dirigir el Programa Puente Aéreo, sino en sus intervenciones personales en favor de un viejo amigo que se enfrentaba a varios cargos por tráfico de cocaína en la República Dominicana. Aquella reprimenda no había contribuido precisamente a cambiar su imagen de agente enérgico siempre dispuesto a defender a sus hombres, cabreado con los mandos superiores y acostumbrado a afirmar que el fin justifica los medios.
La CIA había sido siempre un actor reticente en la lucha contra las drogas, que consideraba una batalla perdida. Pero tras el fin de la Guerra Fría, las nuevas misiones se habían convertido en una necesidad. A mediados de los años noventa, Perú era la fuente del 60 por ciento de la cocaína del mundo; el crack llevaba una década causando la ruina de las ciudades de los Estados Unidos. El presidente Clinton había declarado que el papel de la CIA en la guerra contra las drogas era un asunto de seguridad nacional, y el Congreso concedió decenas de millones de dólares para esa misión, creando un nuevo Centro de Lucha contra el Crimen y el Narcotráfico de la CIA, bien provisto de personal, dinero y poder. Las órdenes de Clinton eran bien claras: «Moler a palos a los cárteles», decía Jack Devine, que había ingresado en la CIA en 1967 y había prestado servicio como jefe de la División para América Latina desde 1992 hasta 1994. Resultado de todo ello había sido el Programa de Interdicción del Puente Aéreo.
La División para América Latina se haría cargo de la misión y el Centro de Lucha contra el Crimen y el Narcotráfico aportaría el dinero y la información de inteligencia.(3) Los paramilitares y contratistas de la CIA proporcionarían pilotos y tripulación para un avión ligero Citation, provisto de una videograbadora y un interlocutor peruano. Volarían junto a un Cessna A-37 de la Fuerza Aérea peruana, un pequeño avión de combate diseñado en principio para actuar en la lucha contra los insurgentes en Vietnam. Los agentes de la CIA daban las órdenes y los peruanos disparaban. Después de cada misión, unos agentes de alto rango de la CIA revisaban las cintas de vídeo para asegurarse de que se habían seguido las normas.
Pero en 1994 surgió un problema aparentemente insuperable. La Oficina de Asesoría Legal del Departamento de Justicia dijo que los agentes de la CIA que ayudaran o incitaran a derribar un avión civil serían acusados de asesinato según las leyes estadounidenses. «La cuestión, por tanto, era: “¿Hay alguna manera de sortear este problema?”», diría Rand Beers, que había estado al frente de las secretarías de antiterrorismo y antidrogas del Consejo de Seguridad Nacional y había sucedido a Tenet como director de inteligencia del Consejo en 1995.
La había. John Rizzo, un abogado encantador y astuto que había sido el asesor legal interno del servicio clandestino desde 1979, ayudó a redactar una orden presidencial para que la firmara Clinton. Sus estrictas normas fueron elaboradas para mantener a la CIA al margen de cualquier peligro legal. En primer lugar, se debía identificar al avión sospechoso como un aparato narcotraficante y contactar con el piloto por radio. En segundo lugar, había que utilizar señales de advertencia reconocidas internacionalmente: el interceptor peruano debía sacudir sus alas, encender de forma intermitente sus luces de navegación y bajar el tren de aterrizaje. En tercer lugar, había que efectuar disparos de advertencia. Por último, si todo lo demás fallaba, había que solicitar la aprobación de los mandos peruanos en tierra para proceder a disparar. Si seguían estos procedimientos al pie de la letra, los agentes de la CIA quedarían exentos de cualquier posible acusación. Además, las instrucciones ordenaban a los mandos de la CIA «supervisar regularmente el cumplimiento de los procedimientos y comunicar de inmediato cualquier irregularidad a través de la cadena de mandos».[4]
Estas órdenes no evitaron los malos presagios que abrigarían los pocos individuos que conocían las férreas normas y la fama de romper cualquiera de ellas que tenía la División para América Latina. «Todos solíamos decir que el peor resultado posible era derribar un avión lleno de monjas —recordaría Beers—. Esa era exactamente la expresión que utilizábamos».
Hacía ya mucho tiempo que la División para América Latina daba cabida a todo un contingente de cowboys, agentes que llevaban a cabo operaciones arriesgadas o imprudentes.(4) Sus dirigentes habían llevado a cabo las guerras secretas del presidente Reagan en Centroamérica, armando a los contras anticomunistas incluso después de que el Congreso cortara los fondos destinados a su campaña de guerra de guerrillas, haciéndoles llegar extraoficialmente millones de dólares obtenidos de la venta ilegal de armas a Irán. La investigación del caso Irán-contra (el llamado Irangate) provocó que cayera un aluvión de imputaciones sobre la citada división, cuyo abanderado era Dewey Clarridge, su director desde 1981 hasta 1984 y primer jefe del centro de lucha antiterrorista de la CIA. Clarridge era un pirata y se sentía muy orgulloso de serlo. Algunos de los agentes más destacados de la división durante los años noventa fueron acólitos suyos; y entre ellos figuraba Jose Rodriguez, que había ido ascendiendo desde los niveles más bajos a las órdenes de Clarridge.
«Existía un patrón consistente en no seguir las normas —diría Devine, que pasó a ser el director en funciones del servicio clandestino en mayo de 1995—. Y todo ello era un residuo de Dewey, era el fantasma de Dewey. Había creado toda una cultura».[5]
Esa cultura había sido objeto de un feroz informe de la central en septiembre de 1995, en el que se censuraba a la División para América Latina por la constante «falta de honestidad» —al mentir por acción u omisión— existente «entre el jefe de estación y el embajador; entre la estación y la dirección de la división de operaciones en América Latina; entre la dirección de la división de operaciones en América Latina y el director adjunto de operaciones, y entre la CIA y el Congreso».[6] En un intento de erradicar toda esta corrupción, en el cuartel general de la agencia se había dado el curioso paso de destituir, degradar o sancionar a un puñado de los principales agentes de la División para América Latina. Tenet eligió entonces a un nuevo jefe de división: Jose Rodriguez, que más tarde diría que los castigos impuestos por sus superiores le habían enseñado varias «lecciones muy valiosas, que he utilizado durante los años posteriores al 11-S para intentar proteger a la gente que trabajaba para mí».[7]
El Programa Puente Aéreo se caracterizó especialmente por la costumbre de transgredir las normas. Los agentes de la CIA en Perú desafiaban constantemente los decretos del presidente. A menudo interceptaban de forma aleatoria aviones que tenían todo el aspecto de ser objetivos inocentes. Una vez ordenaron ametrallar un avión derribado y a sus pasajeros, algo que constituye un crimen de guerra según el derecho internacional. En diez de los quince casos de aparatos derribados, no transcurrieron más de dos minutos entre el momento en el que los agentes de la CIA vieron el avión sospechoso y aquel en el que se lanzó el ataque. La historia documentada de uno de esos derribos, que tuvo lugar por orden de Rodriguez, demuestra que los agentes de la CIA no tenían información de inteligencia sobre el avión en cuestión. Nunca lo identificaron por su código de cola. Nunca trataron de comunicarse con él por radio. Nunca establecieron contacto visual. Nunca efectuaron disparos de advertencia. Nunca contaron con autorización para tirar a matar del mando peruano sobre el terreno. La videograbación del derribo del aparato reveló todos estos detalles; pero luego la cinta desapareció.
«LA MISIÓN PASÓ A SER MÁS IMPORTANTE QUE LAS NORMAS»
El encubrimiento comenzó pocas horas después de que se hubiese ametrallado a los misioneros. A primera hora del sábado 21 de abril, una serie de agentes de rango superior de la División para América Latina de la CIA, la División de Actividades Especiales y el Centro para la Lucha contra el Crimen y el Narcotráfico redactaron un borrador de informe para el vicepresidente Cheney. El director de relaciones públicas de la CIA, Bill Harlow, usó ese documento para informar a los periodistas sobre el contexto de lo sucedido. Tenet utilizó ese comunicado como si fuera el texto que él mismo se había preparado cuando testificó ante las comisiones de Inteligencia del Congreso el 23 de abril.
«Tenet prestó un testimonio engañoso ante el Congreso —escribiría posteriormente el inspector general de la CIA, John Helgerson, en un informe de 289 páginas sobre el programa—. No ofreció una explicación completa, objetiva y pormenorizada de los hechos». El informe acabó por llevar al Departamento de Justicia y al FBI a abrir una investigación criminal sobre el programa y sus dirigentes, incluido Rodriguez.(5) Las palabras de Helgerson tenían mucho peso en la comunidad de los servicios secretos estadounidenses. No se trataba de un inspector general cualquiera. Había prestado servicio como director de análisis de inteligencia, como director de asuntos relacionados con el Congreso y como presidente del Consejo Nacional de Inteligencia, encargado de supervisar a fondo los informes de la CIA. Había sido nombrado por Bush y confirmado por el Senado. Solo el presidente podía despedirlo. Pero la séptima planta podía frenarlo. Tres directores de la CIA lograron eliminar lo esencial de su informe y no hacerlo público hasta 2010.
Jack Devine lo leyó doce años después. «En conjunto —dijo—, estamos ante un delito»; específicamente el de mentir al Congreso. Los agentes de la CIA en el extranjero tienen que mentir sobre quiénes son y sobre lo que hacen. El espionaje es ilegal en todas partes, su esencia es el engaño, y las mentiras son sus guardaespaldas. Pero mentir a tus conciudadanos estadounidenses era otra cosa. Si te pillaban, afirmaba la tradición, tu carrera se había acabado. Aunque si estabas totalmente decidido a correr el riesgo —ya fuera para proteger a la agencia, para proteger los secretos que habías jurado guardar o para protegerte a ti mismo—, lo mejor que podías hacer era mentir por omisión.
Los agentes del Programa Puente Aéreo se habían entregado en cuerpo y alma a la misión de derribar aviones de narcotraficantes con sus pasajeros. El credo de la CIA se lo exigía. «La misión tenía que ser lo primero —escribiría Tenet en sus memorias—. El país, la misión, la CIA, la familia y luego uno mismo».
Devine veía las cosas de otra manera. «La misión pasó a ser más importante que las normas —concluiría—. Y eso es algo muy peligroso».
«ME SENTÍ TRAICIONADO»
El 24 de abril, Tenet creó un grupo operativo sobre Perú con el fin de llevar a cabo una investigación interna. Ordenó a A. B. «Buzzy» Krongard, recién nombrado director ejecutivo de la CIA, y a su subdirector, John Brennan, futuro director de la agencia, que «proporcionaran asesoramiento y apoyo al grupo operativo sobre Perú y que se encargaran de que los intereses corporativos de la agencia fuesen respetados en las medidas que tomemos». En este caso, los intereses de la CIA y la verdad no eran exactamente lo mismo.
El grupo operativo vio que las normas presidenciales de actuación se habían violado desde el primer momento. Muchos de los agentes de la CIA en Perú no tenían ni idea de las normas. Los jefes de estación de la agencia en Lima y los jefes de la base de la ciudad de Pucallpa, situada en plena selva, o bien no habían sabido comunicarlas, o no habían sabido ponerlas en práctica. Un agente de alto rango que estaba al mando de la base aérea de Pucallpa dijo al inspector general que tenía muchísimas dudas en lo concerniente a la ejecución del programa, pero que «siempre hay cambalaches entre la lealtad a la bandera y las creencias personales, y él había optado por ser fiel a la bandera y seguir adelante». Los agentes de la CIA en Perú habían jurado que habían seguido las normas. Su informe fue ascendiendo por la cadena de mandos hasta llegar a sus superiores en el cuartel general de la organización, que repitieron esas falsedades ante el Congreso y en la Casa Blanca. Nadie reconoció la verdad ante Cheney ni ante las comisiones de Inteligencia del Congreso, a cuyos miembros y a cuyo personal dijeron decenas y decenas de veces que el programa había seguido puntualmente las normas.
Así, el cerco se fue estrechando cada vez más en torno a Tenet. Tenía la obligación legal de rectificar la información y su testimonio. Pero si lo hacía, revelaría la falta de sinceridad de la CIA. Los hechos, si se destapaban por completo, habrían puesto a los agentes de mayor rango en peligro de ser procesados por prestar declaraciones falsas ante los órganos ejecutivos y legislativos del Gobierno. Su asesor, John Rizzo, hizo todo lo que pudo para proteger a esos agentes encargándose de que el informe del grupo operativo fuera enterrado. Le había puesto el sello BORRADOR, y un borrador de informe no estaba sujeto a un procedimiento de obtención de pruebas, ni en sentido legal ni en sentido literal. («La simple mención del “procedimiento de obtención de pruebas” hace que los agentes del servicio de inteligencia sientan escalofríos», comentó Fred F. Manget, antiguo asesor jurídico adjunto de la CIA).[8] Rizzo advirtió a todos los interesados de que «tenemos que ser muy cuidadosos con lo que se pone en un papel». Ordenó que todos los informes internos sobre el programa en cuestión se presentasen de forma oral, y no escrita.
Todo esto garantizaba que ningún extraño viera el trabajo del grupo operativo, ni que supiera que existía. Ni los miembros de la Comisión de Inteligencia del Senado, que redactó un informe anodino que se ceñía a la historia falsa. Ni el Departamento de Justicia ni el FBI, cuando abrieron su estéril investigación criminal. Ni tampoco la Casa Blanca, donde la consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, pidió a Rand Beers, a la sazón vicesecretario de Estado de la Oficina de Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley, que llevara a cabo un examen externo independiente de lo ocurrido en Perú.
Beers había supervisado los programas de lucha contra el narcotráfico internacional desde la década de 1980. Había considerado a Tenet amigo suyo desde la época en la que habían estado juntos en el Consejo de Seguridad Nacional. Estaba muy familiarizado con la forma de trabajar que tenía la CIA desde los tiempos en los que había dirigido la política de inteligencia en el Consejo de Seguridad Nacional. Conocía a algunos de los actores principales del drama, incluido Rodriguez, que le había impresionado por su costumbre de transgredir las normas cuando se conocieron por la época en la que este último había ejercido como jefe de estación en Panamá. Beers hizo las preguntas adecuadas. Solo que no obtuvo las respuestas adecuadas. La recogida de datos que llevó a cabo dependió en gran medida de la cooperación de Rizzo y del agente del servicio clandestino que se le asignó como enlace, Regis Matlock, que había sido relegado a calentar el asiento en un despacho del cuartel general de la agencia desde que ayudara a supervisar las operaciones fallidas para socavar el poder de Sadam Huseín en 1996. Se atuvieron al relato falso. Nadie dijo a Beers que existiera el grupo operativo sobre Perú. Nadie le dijo nunca que se hubiesen ignorado las normas presidenciales y la obligación de informar. Nadie le dijo nunca que hubiera problemas de ningún tipo con el derribo de otros aviones, aparte del de los misioneros, y todos echaron la culpa de aquella tragedia a los peruanos.
Beers se enteró de que la CIA había recortado las normas por motivos de seguridad aérea en 1999, no de que las había transgredido todas desde el primer momento. Pero solo eso bastó para que Rice se pusiera hecha una furia cuando recibió el informe. Inmediatamente envió un furibundo email a Tenet, pidiéndole que le dijera exactamente «quién dio la aprobación para que la CIA “cambiara los procedimientos” que con tanta claridad exigía el presidente» y quién supervisó el programa en el cuartel general de la agencia y sobre el terreno. Rice siguió preguntando, pero ni Tenet ni nadie respondió nunca a sus preguntas. Ese desafío no tenía realmente precedentes en la historia reciente de la CIA. La agencia solía mostrarse exquisitamente sensible a las interpelaciones de la Casa Blanca. Negarse a contestar a la consejera de Seguridad Nacional representaba un riesgo demasiado peligroso para Tenet. Y lo mismo significaba engañar a su amigo y colega Rand Beers. Veintiún años después, Beers vio por primera vez el informe del inspector general en el que se detallaban los subterfugios que la CIA había ocultado. «¡Qué amargo resultó leer aquello! —me comentó—. Me sentí traicionado».[9]
Tenet no corrigió nunca el documento ni pidió explicaciones a nadie. Tenía sus motivos. Ni él ni la CIA podrían aguantar fácilmente otro golpe a su credibilidad. Seguía estando en libertad condicional ante el presidente. Nada le podía venir peor que la Casa Blanca, el Congreso o el FBI se pusieran a escudriñar por encima de su hombro. Lo que quería urgentemente era mirar hacia delante, no hacia atrás. Tenía entre sus manos una crisis mucho más grave que un par de estadounidenses muertos.
«La amenaza del terrorismo es real, es inmediata y va evolucionando», había dicho Tenet a la Comisión de Servicios Armados del Senado el 7 de marzo de 2001.[1] Esa misma semana había redactado una resolución —una orden presidencial de operación encubierta— para el Consejo de Seguridad Nacional. Rizzo lo había elaborado para que fuera «tan directo y poco ambiguo como me fuera posible hacerlo: se nos concedería autorización para capturar o matar a Bin Laden. Punto. En otras palabras, capturarlo vivo o muerto».[2]
Rice dijo a Tenet que le quitara aquel documento de la mesa. No estaba dispuesta a tenerlo en cuenta, y mucho menos a mostrárselo al presidente. No lo veía como algo urgente. Ni tampoco lo vio así el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, que había sido la primera opción de Bush para sustituir a Tenet, antes de que tanto él como sus asesores se lo pensaran mejor. Rumsfeld hablaba por muchos miembros de la administración Bush cuando, unos días después, dijo al Estado Mayor Conjunto: «Por primera vez en décadas, el país no se enfrenta a ningún desafío estratégico… No tenemos que despertarnos cada mañana pensando que va a ocurrir algo terrible».[3]
Tenet no había conseguido convencer a Bush, ni a Cheney, ni a Rumsfeld ni a Rice de que iba a ocurrir algo terrible. Todos se negaron a ayudarlo a tomar medidas contra al-Qaeda. Y el hombre al que Tenet había nombrado jefe del servicio clandestino no iba a tomar la iniciativa.
Jim Pavitt era un «espiócrata», hombre elegante de ojos azul celeste, vestido con trajes de mil dólares, pañuelo de bolsillo de seda, la cabellera blanca siempre bien peinada, y todo un maestro de la política de despacho, pulido por tres años en la Casa Blanca como director de inteligencia del Consejo de Seguridad Nacional durante el mandato del primer presidente Bush, predecesor de Tenet en el cargo. Pavitt había trabajado en la reconstrucción del servicio clandestino, en aquellos momentos más ágil, además de mucho más numeroso de lo que había sido tres años antes, y había creado el departamento contra la proliferación nuclear de la CIA, cuya misión era frustrar los programas de fabricación de armas nucleares por parte de estados canallas. No tenía mucha experiencia en la lucha violenta en lugares peligrosos, aunque en una ocasión había sido detenido y expulsado de Alemania Oriental. Durante los veinticinco años pasados en la CIA, su único destino como jefe de estación había sido en un pequeño país europeo rico e insignificante desde el punto de vista estratégico; a sus espaldas, algunos agentes lo llamaban no por su nombre, sino «jefe del grupo de Luxemburgo». En su despacho en la séptima planta podían verse carteles de ópera de los teatros de Europa y un elegante mobiliario art déco. Algunos días, miraba su reloj de pulsera tras la reunión plenaria de las cinco de la tarde con el director y se iba a casa a prepararse un martini y comerse un filete, mientras sus subordinados se quedaban a trabajar hasta bien entrada la noche.
Lo que tenían contra él algunos de sus agentes de operaciones de la CIA era su renuencia a aprobar cualquier acción encubierta demasiado temeraria. Había cancelado dos misiones con las que se pretendía capturar a Bin Laden, para mayor frustración de los cabecillas de la lucha antiterrorista de la agencia, y tenía el propósito de reducir las actividades de entrenamiento paramilitar, pues no veía mucha necesidad de ellas en el horizonte. Aquello indignaba a los agentes operativos más exaltados, cuyo número era cada vez mayor, y que deseaban fervientemente llevar la lucha contra al-Qaeda a Afganistán. Su cabecilla era el jefe de la división de antiterrorismo, Cofer Black, al que Tenet había encargado desarrollar un plan de ataque contra Bin Laden.
Black era un hombre corpulento, sumamente obstinado, cuyos agentes lo apodaban Hulk. Nacido y criado en la opulenta ciudad de Ridgefield, Connecticut, casi exclusivamente habitada por blancos, había empezado a curtirse en la época de Reagan, apoyando a las guerrillas anticomunistas de Angola con el respaldo del Gobierno sudafricano del apartheid. De 1993 a 1995 había sido jefe de estación en Sudán, cuando los Estados Unidos lo consideraban un Estado terrorista. Durante aquellos años también había vivido allí Bin Laden, y la CIA lo había puesto bajo vigilancia; según contaba Black, Bin Laden había intentado asesinarlo en una ocasión.(6)
Habían pasado tres años desde que el terrorista saudí había declarado que era un deber religioso asesinar a los ciudadanos estadounidenses en cualquier lugar de la tierra. En la séptima planta de la sede de la organización, todo el mundo tenía la sensación de que el tiempo iba corriendo.
«ESTE PAÍS TIENE QUE PONERSE EN PIE DE GUERRA DE INMEDIATO»
La nueva estrategia de Black contra al-Qaeda no tenía nombre en clave. Él la llamaba simplemente «el Plan». Había enviado a Afganistán a Gary Schroen, jefe adjunto de la División para Oriente Próximo del servicio clandestino, para reunir a los señores de la guerra a los que la CIA había armado, gastando miles de millones de dólares para ello, durante su yihad contra los soviéticos, en el curso de los años ochenta. Cuando el Ejército Rojo se retiró del país en 1989, el presidente Bush padre se había lavado las manos en lo concerniente a las actividades estadounidenses en Afganistán. Vinieron luego siete años de caos en los que los señores de la guerra se pelearon entre sí por el poder, hasta que en 1996 los talibanes se levantaron e impusieron su cruel régimen medieval de ley y orden.
«Personalmente tuve al principio una opinión favorable de los talibanes», comentaría Zalmay Khalilzad, el único afgano en el entramado de seguridad nacional estadounidense y principal negociador de la rendición de los Estados Unidos ante ellos bajo el mandato del presidente Donald Trump. «Me sentía mal por la anarquía y la guerra civil en Afganistán tras la marcha de los soviéticos. Los talibanes, por lo menos, habían estabilizado la mayoría del país. Sin embargo, una vez en el poder, se volvieron unos tiranos y se aliaron con al-Qaeda».[4] Su república islámica había creado un refugio seguro para Bin Laden, que se trasladó de Sudán a Afganistán en 1996, pagando a los mulás y a los jefes militares de los talibanes cuantiosas sumas de dinero para que lo protegieran. El grupo medular de al-Qaeda, que había jurado lealtad a Bin Laden en Afganistán, no era excesivamente grande, pero los hombres y mujeres del Centro de Antiterrorismo de la CIA —un grupo más pequeño, formado aproximadamente por unos doscientos individuos— calculaba que al-Qaeda disponía de miles de partidarios en unos sesenta países.
Gary Schroen había facilitado dinero y había dado ánimos a la Alianza del Norte, una confederación vagamente unida, capitaneada por Ahmed Shah Masud y apoyada por Irán, Rusia y la India. De 1992 a 1996, Masud y un comandante rival que había contado con el apoyo de la CIA habían entrado en guerra y habían arrasado buena parte de Kabul con misiles tierra-tierra, muchos de ellos proporcionados por la CIA durante la yihad contra la Unión Soviética. Sus bombardeos indiscriminados causaron la muerte de millares de hombres, mujeres y niños. Esas fuerzas habían perpetrado asesinatos, secuestros y violaciones. La CIA pensaba que Masud era incorruptible. Sabía que sus lugartenientes no lo eran. Pero estaban entre los pocos amigos que tenían los Estados Unidos en Afganistán. Schroen había trabajado con ellos para crear una red de espías capaz de rastrear los pasos de Bin Laden, según este iba trasladándose furtivamente de un campo de adiestramiento a otro y a sus distintas residencias seguras. Los agentes afganos, generosamente pagados, habían construido una base operativa en una casa de campo con una viña a pleno rendimiento, pero nunca llegaron a acercarse a Bin Laden. Los pocos extraños a los que la CIA había informado sobre el Plan se habían sentido profundamente frustrados; uno de ellos era el embajador estadounidense en Pakistán, Bill Milam. «¿A qué están esperando? ¿A que fermente el vino?»,[5] preguntó al jefe de estación, Robert Grenier.
Black se dio cuenta de que aquella operación de cazarrecompensas no daría nunca frutos. Revisó el Plan y solicitó que un contingente de agentes de primer nivel de la CIA se pusiera al frente de las fuerzas de los señores de la guerra, con apoyo del Mando Conjunto de Operaciones Especiales del Pentágono. Al subdirector del Centro de Antiterrorismo de la CIA, Hank Crumpton, se le ocurrió crear una base cercana al reducto de Masud en el valle del Panjshir, al norte de Kabul, para que sus agentes pudieran llevar a cabo ellos mismos la busca y captura de Bin Laden. Pensó que se trataba de un riesgo calculado que podía tener una recompensa enorme.
Pavitt había rechazado la idea, por considerarla demasiado peligrosa.(7) Crumpton pidió entonces a Rich Blee, hijo de un destacado agente del departamento para la Unión Soviética y director de la célula de la central dedicada a seguir el rastro de Bin Laden, que pensara en utilizar un dron Predator para buscar a su presa. El campo de visión del Predator era estrechísimo: requería una mezcla de inteligencia humana, inteligencia de señales, pericia técnica y una fe ciega en encontrar a Bin Laden. Tenet y Pavitt se habían mostrado reacios a utilizarlo, pero después de una sangrienta batalla interna, accedieron a hacer una prueba. Los drones habían sobrevolado Afganistán en dieciséis ocasiones durante el otoño de 2000. Y entonces el Predator había divisado a un saudí de elevada estatura y vestido de blanco que entraba a pie en un recinto de al-Qaeda conocido como la Hacienda Tarnak, a las afueras de Kandahar, y transmitió el vídeo al cuartel general de la CIA. Se envió un mensaje relámpago a la Casa Blanca y al Pentágono: «Lo hemos encontrado». La respuesta fue: «¿Saben ustedes con certeza que estará ahí durante seis horas más?». Eso era lo que tardarían los buques de la Armada situados en el océano Índico en armar, apuntar y disparar sus misiles de crucero contra él.
«Teníamos a Bin Laden en nuestros visores electrotelescópicos, pero no teníamos una política realista, ni una autoridad clara, ni recursos significativos para atacar al objetivo con una rapidez y una precisión letales —se lamentaría Crumpton—. Resultaba todo tristemente absurdo».[6] Tanto él como Black estaban locos de frustración: se sentían como perros de presa atados e inmovilizados. Habían presionado con todas sus fuerzas para emprender una guerra con drones en Afganistán, armando el Predator con misiles Hellfire y haciendo de él no ya un instrumento de espionaje, sino una máquina de matar. Pavitt se había opuesto a la iniciativa rotundamente, pero había perdido la batalla. Seguía sin resolverse, sin embargo, la cuestión de quién iba a apretar el gatillo. Nadie supo prever que los drones iban a transformar el arte de la guerra.
Los amenazadores informes de la CIA sobre al-Qaeda fueron acumulándose durante toda la primavera de 2001. Aunque las informaciones de inteligencia más ominosas eran a menudo vagas hasta la exasperación, la CIA y sus socios extranjeros habían detectado y frustrado varias tramas de al-Qaeda cuya finalidad era volar la embajada estadounidense en París y en Saná, la capital de Yemen, entre otros objetivos. A comienzos del verano, la amenaza se había vuelto avasalladora. El 10 de julio, Tenet oyó a Cofer Black exponer siete ejemplos concretos de información de inteligencia, todos ellos reunidos a lo largo de las últimas veinticuatro horas, que pronosticaban un ataque espectacular de al-Qaeda contra objetivos estadounidenses en el extranjero.
«Los informes que me presentó me pusieron literalmente los pelos de punta —recordaría Tenet—. Cuando acabó la sesión informativa, descolgué el teléfono de seguridad, grande y blanco, que había a la izquierda de mi escritorio, el que tenía línea directa con Condoleezza Rice, y le dije que necesitaba verla de inmediato».[7] Al cabo de una hora, Tenet, Black y Rich Blee estaban en el despacho de la consejera de Seguridad Nacional. Blee dijo que el ataque se produciría en el plazo de unas pocas semanas o meses. En último término, el objetivo de Bin Laden, dijo, era la destrucción de los Estados Unidos.
—¿Qué debemos hacer? —exclamó Rice en tono quejumbroso.
Black contestó con energía:
—Este país debe ponerse en pie de guerra de inmediato.[8]
—¿Cómo? —preguntó Rice.
«NO SUPO POR QUÉ ERA PRESIDENTE»
Tenet quería contar con la aprobación del presidente para que sus agentes mataran a Bin Laden ya. El Consejo de Seguridad Nacional tenía que celebrar una reunión plenaria formal ya, para que Bush firmara la orden ya. Rice se encargó de que no fuera así. Colocó la cuestión en la agenda del Consejo de Seguridad Nacional para la reunión que debía celebrarse el 4 de septiembre.
Rice no tenía mucha fe en Tenet. No entendía su sentido de la urgencia, y él no era capaz de hacérselo entender. La consejera no accedería a su solicitud, porque el presidente no tenía una política sobre al-Qaeda, y ella no estaba preparada para estudiar una y presentársela para su aprobación. Bush no tenía ninguna política sobre al-Qaeda porque no tenía ninguna política sobre Afganistán. No tenía ninguna política sobre Afganistán porque no tenía ninguna política sobre Pakistán, cuyo dictador militar fingía apoyar a los estadounidenses, cuyo ejército poseía armas nucleares y cuyo poderosísimo servicio de inteligencia respaldaba a los talibanes a capa y espada. El trabajo de Rice consistía en focalizar la mente del presidente en todas estas cuestiones, que no tardarían en convertirse en asuntos de vida o muerte. Pero no era capaz de fraguar un consenso entre los principales miembros del Consejo de Seguridad Nacional: el presidente, el vicepresidente, el secretario de Defensa Rumsfeld y el secretario de Estado Colin Powell. Fruto de todo ello fue el estado de incoherencia estratégica reinante en la Casa Blanca. Los Estados Unidos no disponían de ningún plan para defenderse de al-Qaeda aparte del Plan.
Bush seguía descentrado en su papel de líder del mundo libre. «No supo por qué era presidente» hasta que los Estados Unidos fueron atacados, como diría abiertamente su subsecretario de Estado Richard Armitage.[9] Rumsfeld despreciaba a Powell y Powell desconfiaba de Rumsfeld, cuyos lugartenientes neoconservadores se dedicaban a afilar cuchillos contra él, un general de cuatro estrellas al que consideraban un liberal que no se atrevía a salir del armario. «Aquel no era un matrimonio ideal —comentaría en tono reflexivo Powell—. El Departamento de Estado siempre es el enemigo para esta gente. Y la CIA. Tampoco les gusta la CIA».[10]
La estrella de Tenet había ido apagándose en el firmamento del Consejo de Seguridad Nacional durante todo el verano. «No había manera de que Cheney estuviera dispuesto a que Tenet continuara en su cargo —según había venido oyendo decir su director ejecutivo adjunto John Brennan—. Llegó a hablarse incluso de que Rumsfeld dirigiera la agencia durante una temporada».[11] Los dos personajes abrigaban un fuerte escepticismo en torno a las capacidades de la CIA. Su desconfianza databa de hacía un cuarto de siglo, de la época en la que habían prestado servicio, uno como jefe de gabinete (Cheney) y otro como secretario de defensa (Rumsfeld), con el presidente Richard Nixon, el cual había despreciado y desacreditado a la CIA, por considerarla una camarilla de liberales en el armario cuyo objetivo era subvertir su figura.
Pensaban que la amenaza de al-Qaeda quizá no fuera más que un gran engaño cuya finalidad era confundir a la Casa Blanca y al Pentágono y distraerlos de asuntos más urgentes. En su mente tenían un plan de batalla distinto.
El 4 de agosto de 2001, Luis Rueda empezó a elaborar un plan detallado para una operación encubierta que contribuyera a derrocar a Sadam Huseín.
Había llegado a vislumbrar un panorama general de lo que pensaba la administración Bush al leer los resúmenes de las reuniones del Consejo de Seguridad Nacional, en su papel de mano derecha del subdirector de la CIA, John McLaughlin. Lo había sorprendido el hecho de que los «asuntos del Golfo» apareciesen en la agenda dos o tres veces a la semana desde la toma de posesión de Bush. El propio presidente había presidido dos reuniones del Consejo de Seguridad Nacional dedicadas a este tema. «¿De qué va eso?», preguntó Rueda a su jefe. «¡Ah! —respondió McLaughlin—. Es lo de Irak. Hablan del cambio de régimen».(8) Aquello llamó la atención de Rueda, cuyo trabajo le daba la posibilidad de elegir cuál iba a ser su próxima tarea. Se convirtió así en el nuevo jefe del Grupo de Operaciones en Irak de la CIA.
La bahía de Cochinos lo había convertido en ciudadano estadounidense. Había nacido en La Habana y le habían puesto el nombre de su padre, que había trabajado para derrocar a Fidel Castro hasta que la invasión de Cuba por la CIA acabó en desastre. Su madre se lo llevó consigo a los Estados Unidos, donde él decidió reanudar la batalla que había perdido su progenitor. Entró a formar parte de la División para América Latina de la CIA a comienzos de la guerra de la administración Reagan contra el comunismo. Dirigió algunas operaciones paramilitares y propagandísticas en Centroamérica; escuchó a Reagan pronunciar un discurso en el cuartel general de la agencia, elogiándola por ser «el mecanismo detonador de la democracia», capaz de desbancar a los regímenes totalitarios; vio cómo sus superiores eran condenados en la debacle del Irangate; ascendió y fue nombrado jefe de estación; logró sacar a flote varios barcos en pleno hundimiento, y salió de todo ello con una reputación estelar. Tenía un sentido del humor muy retorcido, una capacidad afinadísima de detectar las majaderías y una extraordinaria facilidad para imponer el orden en medio del caos. Aquellas cualidades acabarían resultándole muy útiles.
Además, lo que Tenet necesitaba para hacer feliz a la Casa Blanca era precisamente un plan audaz para quitar de en medio a Sadam.
Rueda pasó a trabajar en su nuevo despacho en la sexta planta de la sede central. Pidió al servicio clandestino los historiales internos de las misiones de la CIA en Irak, con el fin de repasar las duras lecciones que habían tenido que aprender. No hubo forma de encontrarlos, y nadie sabía dónde buscarlos. Sin embargo, él ya era consciente de que esas misiones habían fracasado de manera estrepitosa, arruinadas por las malas técnicas de espionaje y las ideas quiméricas. Tras la guerra del Golfo de 1991, dirigida por el general Powell y el secretario de Defensa Cheney, que acabó con una victoria rápida pero dejó a Sadam Huseín en el poder, el presidente Bush había animado abiertamente a la población de Irak a sublevarse y había ordenado a la CIA que la ayudara en ese cometido. Sadam había perpetrado una matanza de miles de ciudadanos. Durante los años sucesivos, la CIA había apoyado a los disidentes kurdos del norte del país, a los chiitas del sur, a los exiliados iraquíes en Londres y a los desertores del Ejército refugiados en Jordania, todo con la intención de crear una oposición interna al régimen lo bastante fuerte como para dar un golpe de Estado. Todos aquellos esfuerzos ascendieron a cerca de cien millones de dólares en operaciones finalmente frustradas. La CIA había establecido una base en territorio kurdo intentando crear una fuerza de resistencia y reclutar a miembros de los círculos íntimos de Sadam. Pero este arrasó la base y exterminó a los aliados de la CIA en julio de 1996. Durante los dos años siguientes, algunos destacados exiliados iraquíes lograron engatusar a los agentes de la CIA para que llevaran a cabo varios intentos chapuceros de espionaje; la policía secreta de Sadam se infiltró entre ellos y detuvo, torturó y mató a los agentes a los que se había reclutado. Los elementos esenciales de esos fiascos sangrientos fueron haciéndose públicos por el puñado de periodistas que desde Washington ejercían de azote de los servicios de espionaje.
El cambio de régimen en Irak había constituido la política exterior oficial de los Estados Unidos desde que, en octubre de 1998, el Congreso había aprobado y Clinton firmado una ley sumamente inusual en la que se proclamaba dicho objetivo. Aquel episodio de teatro político no había llevado a cotas más altas al Grupo de Operaciones de Irak. Desde entonces no había emprendido la ejecución de nuevas acciones encubiertas. El predecesor de Rueda había dicho a este que su misión era asegurarse de que las palabras «CIA», «Irak» y «debacle» no aparecieran juntas en la portada del Washington Post. En el verano de 2001, el Grupo de Operaciones en Irak estaba formado por dieciocho personas, dos de las cuales eran funcionarios de plantilla con mucha experiencia. Uno de ellos estaba a punto de jubilarse, y el otro era Rueda. En la CIA no había ningún sistema que permitiera instruir a los nuevos agentes en las intrincadas realidades de la acción encubierta, la guerra política, la propaganda y las misiones paramilitares, salvo un curso rápido de adiestramiento. La capacitación en el trabajo era la única formación que tenían.
«LA ÚLTIMA VEZ DEJAMOS EL TRABAJO SIN TERMINAR. Y YO VOY A ACABARLO»
El primer hombre al que consultó Rueda era una de las pocas personas de las que seguían en la agencia que había contribuido realmente a que se produjera un cambio de régimen: Frank Archibald, una especie de oso con gafas que, diez años después, se convertiría en jefe del servicio clandestino.
Archibald se había alistado en el cuerpo de marines tras graduarse en el instituto de una pequeña ciudad de Carolina del Sur y, en 1983, ingresó en la División de Actividades Especiales de la CIA como agente paramilitar. Tenía cuarenta y siete años, pero parecía mayor; tenía un pequeño mechón de cabello blanco y una barriga del tamaño de un balón medicinal. Acababa de regresar de dirigir las operaciones de la CIA en los Balcanes, a la cabeza de un cuadro de agentes que trabajaba en colaboración con las Fuerzas Especiales del Pentágono y los comandos británicos, con la misión de capturar a criminales de guerra y de socavar la posición del sangriento presidente Slobodan Milošević. Los individuos a los que perseguían habían cometido innumerables atrocidades desde que Yugoslavia se desintegrara en una guerra de facciones de serbios, bosnios y croatas al término de la Guerra Fría. Entre los serbios acusados por el Tribunal Penal Internacional de asesinar a miles de musulmanes bosnios estaba el presidente Milošević, que en 1999 se convertiría en el primer jefe de Estado juzgado por crímenes de guerra. Los Estados Unidos y la OTAN habían entrado en la guerra para quitarlo de en medio. Cuando ese intento fracasó, Archibald se encargó de supervisar una operación propagandística encubierta y abundantemente financiada, en coordinación con una iniciativa política manifiesta del Departamento de Estado en apoyo de una campaña patriótica, pacífica y profundamente democrática de captación de votos que dio lugar a la derrota de Milošević en las elecciones de septiembre del año 2000. Este moriría en la celda de una cárcel en La Haya. Fue aquel un caso en el que los intereses de la CIA y los derechos humanos coincidieron por completo.
Archibald era un maestro en las intrincadas técnicas del espionaje. Sus trabajos de búsqueda y captura provenían de una fusión alquímica de información de inteligencia, operaciones encubiertas y fuerza militar. Los hombres de la CIA reclutaron a agentes serbios, incluido el jefe de espionaje de Milošević, y les pagaron por suministrarles información de inteligencia susceptible de ser utilizada en acciones judiciales. Además, colaboraron con el Mando Conjunto de Operaciones Especiales del Pentágono para capturar a sus objetivos. «Aquella era la única guerra que teníamos por entonces, y era la información de la CIA la que la sacaba adelante», diría el general David Petraeus, que se hizo famoso como general de una estrella colaborando con Archibald en los Balcanes y que, diez años después, pasó a ser el desafortunado director de la CIA.[1] Armados con imputaciones metidas en sobres lacrados y guiados por dispositivos de escucha electrónica de la Agencia Nacional de Seguridad y drones de vigilancia Predator, los integrantes de la fuerza conjunta formada por los espías de Archibald, los soldados de Petraeus y los comandos británicos derribaron puertas, capturaron a criminales de guerra, les pusieron grilletes en manos y pies, los metieron en camionetas, los cargaron en helicópteros y los enviaron a La Haya. Y a medida que los fueron cazando, descubrieron que los Balcanes se habían convertido en un centro neurálgico de yihadistas, entre los cuales había veteranos afganos de la yihad apoyada por la CIA contra los soviéticos que se habían vuelto en contra de los estadounidenses y se habían puesto del lado de al-Qaeda. Los agentes de la CIA secuestraron a una decena de ellos, robaron sus documentos y discos duros, los drogaron, los maniataron y, a continuación, los enviaron a cárceles de El Cairo y de Ammán. Los Balcanes, según diría Petraeus, eran «un campo de adiestramiento verdaderamente interesante» para las operaciones de búsqueda y captura, al frente de las cuales se pondría cinco años después en Irak.
Archibald tenía algunas enseñanzas que impartir a Rueda. Sabía qué había hecho mal la CIA en Irak, y creía saber por qué había sido así. «Si puedes, trabaja con patriotas —le dijo—. No trabajes con sujetos que busquen dinero. No trabajes con sujetos que estén ahí buscando el poder. Te joderán en todas las ocasiones. Te dejarán colgado. Y te traicionarán».[2] Armado con estos consejos, Rueda se fue a la Casa Blanca a informar al vicepresidente.
Cheney fue directo al grano. ¿Qué podía hacer la CIA para quitar de en medio a Sadam? «No va usted a conseguir que se produzca un golpe de Estado —contestó Rueda—. Sadam ha matado a toda la oposición existente dentro del país»,[3] asesinado a sus familias, quemado sus aldeas… Los pocos que habían logrado sobrevivir llevaban décadas en el exilio. Para que una operación encubierta pudiera tener éxito, dijo a Cheney, tenía que haber una base política formada por una oposición iraquí en la que pudiera apoyarse el poder de los estadounidenses. Pero no había nada parecido.
La última vez que los estadounidenses habían escudriñado en el interior del régimen iraquí había sido en diciembre de 1998. Los inspectores de las Naciones Unidas habían buscado en vano armas de destrucción masiva, y habían dado cobertura a los agentes de la CIA para que supervisaran las comunicaciones de las Fuerzas Armadas y los servicios de inteligencia de Sadam. Cuando este expulsó a los enviados de la ONU, los ojos y los oídos de la CIA se fueron con ellos. Desde entonces la CIA no había reunido información de inteligencia acerca del arsenal de Sadam. No había reclutado a ningún agente en el círculo íntimo del dictador. Sus esfuerzos se habían limitado a intentar reunir los números de teléfono de los líderes militares iraquíes para que la CIA pudiera contactar con ellos en el improbable caso de que decidieran organizar un golpe de Estado. «No teníamos nada —dijo Rueda veinte años después—. Y no se puede llevar a cabo una operación encubierta sin información de inteligencia»; menos aún empezar una guerra. Si a la Casa Blanca le parecía conveniente, dijo a Cheney, redactaría un informe con el fin de que la CIA volviera a operar en el norte de Irak: reclutase espías, organizase una resistencia, se infiltrase en el régimen de Sadam y allanase el camino para una invasión militar.
A Cheney le gustó la idea. Y luego manifestó su opinión de forma memorable: «La última vez dejamos el trabajo sin terminar —dijo el vicepresidente a Rueda—. Y yo voy a acabarlo».
«¿Y QUÉ ES LO QUE SACAREMOS DE TODO ELLO? UNA BAHÍA DE LAS CABRAS»
Rueda se trasladó al Pentágono a informar al subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, un hombre insensible a la realidad de los hechos, que no supo responder a sus percepciones. Creía, sin tener prueba alguna, que Sadam era responsable del ataque al World Trade Center de 1993 y que mantenía lazos secretos con al-Qaeda; había presionado constantemente a la CIA para que le suministrara unas pruebas inexistentes. Veía a Sadam como la raíz de todos los males de Oriente Medio y pensaba que, si se quitaba de en medio a aquel tirano, Irak se convertiría en una democracia, que las dictaduras existentes en toda la región irían cayendo como fichas de dominó, que los palestinos firmarían la paz con los israelíes y que los Estados Unidos dominarían el mundo árabe. Llegado el momento, el presidente estadounidense suscribiría esta visión.
Bob Gates, director de la CIA con el primer presidente Bush y el último que salió bien parado en este cargo, oyó rumores acerca del nombramiento de Wolfowitz antes de ser hecho público. Llamó a Condoleezza Rice hecho un basilisco. «Le doy un único consejo —dijo—. Haga usted lo que haga, no dé a Paul Wolfowitz una función operacional, porque no sabe hacer la o con un canuto. Así que van y le dan el mayor cargo directivo del Gobierno»;[4] es decir, el de subsecretario de Defensa. Y podría haber sido peor, dijo Gates: «Se rumoreaba que iba a dirigir la CIA, cosa que, a mi juicio, sería verdaderamente un gran desastre».
Wolfowitz había solicitado información a Rueda, pero mostró poco interés por sus planes. Enseguida cambió de conversación para hablar del único hombre que, a su juicio, podía transformar Irak: el empalagoso e hipócrita Ahmed Chalabi, un tipo condenado por malversación que dirigía a un grupo de exiliados en Londres llamado el Congreso Nacional Iraquí. Chalabi aseguraba tener una gran influencia en su país natal, pese a no haber estado nunca en Bagdad desde 1958. La CIA había trabajado con él desde 1991 hasta 1996, para disgusto de la agencia. «No podía creerme que pudiéramos estar pagándole dinero para intentar derrocar a Sadam Huseín —escribiría Kenneth Pollock, un destacado analista de la CIA sobre Irak por aquel entonces—. No podía creerme que alguien fuera capaz de comprarle lo que intentaba vender».[5] Tanto la CIA como el Departamento de Estado lo habían calificado de mentiroso y de ladrón; el servicio clandestino había emitido una «notificación de aviso» prohibiendo a sus agentes colaborar con Chalabi y advirtiendo a sus analistas que no creyeran ni una palabra de lo que decía. «Ese tío es una sabandija —decía Armitage a todo el que le preguntaba—. Y no hará nada más que meternos en líos».[6]
Wolfowitz conocía estas opiniones tan firmes, pero las desdeñó. Durante años, Chalabi había estado cortejando a diversos políticos poderosos de Estados Unidos y a periodistas influyentes; a gerifaltes de los servicios de inteligencia retirados, como Dewey Clarridge o el antiguo director de la CIA James Woolsey, y a traficantes de influencias conservadores como Cheney y Wolfowitz. Y ahora iba diciendo que poseía una información interesantísima sobre Sadam, al tiempo que pretendía colar un plan para liberar a Irak que contaba con el visto bueno directo de Clarridge.
Wolfowitz intentó entonces vender ese proyecto a Rueda. Una escuadrilla de F-18 debía despegar de un portaaviones y efectuar un bombardeo durísimo sobre el sur de Irak. Luego, los comandos estadounidenses introducirían en la zona a un batallón de hombres de Chalabi que llevaban años viviendo en Estados Unidos o en Europa. Este ejército de civiles adiestrados, financiados y armados por sus aliados estadounidenses, avanzaría hacia el norte, liberaría la capital e instalaría a Chalabi como nuevo líder de un Irak secular y democrático, basado en el libre mercado. Este plan visionario contaba con el pleno apoyo de los principales lugartenientes de Rumsfeld. No impresionó, sin embargo, al general de cuatro estrellas retirado Anthony Zinni, que había estado al mando de las fuerzas estadounidenses en el golfo Pérsico, y que lo resumiría de forma contundente en los siguientes términos: «Unos tíos acostumbrados a lucir trajes de seda y Rolex en Londres improvisan ahora una expedición.[7] Vamos a equipar a un millar de combatientes y a armarlos con AK-47 valorados en noventa y siete millones de dólares y los introduciremos en Irak. ¿Y qué es lo que sacaremos de todo ello? Una bahía de las Cabras».(9)
La bahía de las Cabras no era lo que Rueda tenía en mente. Regresó al cuartel general de la agencia y redactó una resolución para que la firmara el presidente. Proponía en ella contratar a trescientos hombres y gastar doscientos millones de dólares al año con el fin de ejecutar su plan. Los elementos esenciales de este eran labores de espionaje, infiltración en las instituciones, reclutamiento de efectivos, desinformación, sabotaje y acción directa, esto es, asesinato de personas. Rueda proponía enviar dos equipos de agentes de la CIA y de soldados de las fuerzas especiales al norte de Irak para restablecer las relaciones con los líderes kurdos, las tribus sin Estado que llevaban combatiendo contra Sadam y a menudo unas contra otras desde los años setenta. Los estadounidenses habían seducido y traicionado durante todos aquellos años a los kurdos, que se mostraron justamente escépticos respecto a los propósitos de los estadounidenses. Resultaba esencial ganar su confianza con dinero y armas: sus guerrillas tenían una larga experiencia luchando contra el ejército de Sadam en las montañas, y su pequeño servicio de inteligencia, creado con apoyo de la CIA durante los años noventa, era capaz de llevar a cabo labores de espionaje en las ciudades de Irak. Rueda utilizaría sus contactos para crear redes de informadores, espiar al régimen y reclutar a agentes iraquíes para infiltrarse en el ejército y en los servicios de seguridad de Sadam, con el fin de subvertirlos. Suministraría a los kurdos potencia de fuego suficiente para convertirlos en una fuerza de combate capaz de atrapar a las divisiones iraquíes en el norte, matándolas en el campo de batalla al tiempo que saboteaba los depósitos de armas y las bases del ejército.
Un elemento fundamental de los planes de Rueda era una propaganda cuidadosamente diseñada. Una unidad del Grupo de Operaciones de Irak con base en Jordania —el jefe de estación sobre el terreno era Charlie Seidel, considerado el arabista más cualificado de la CIA— se encargaría de crear canales de desinformación, ideados para engañar a Sadam. La idea era hacerle creer que realmente existía una oposición interna en Bagdad, cuando en realidad no había ninguna, y que algunos miembros de su círculo íntimo conspiraban contra él, obligándolo a matar a sus leales con el fin de sofocar un golpe de Estado que no parecía producirse. Todo ello serviría para allanar el camino a una invasión militar; Rueda sabía que era harto improbable derrocar a Sadam a menos y hasta que «la 82.ª División Aerotransportada aterrizara en Bagdad y empezara a matar a todo el mundo». Acabó rápidamente su plan de acción encubierta y le puso el nombre clave de ANÁBASIS, inspirado en la historia de un ejército mercenario griego capitaneado por Ciro el Joven, que intentó arrebatar el trono de Persia a su hermano en el año 401 a. C.(10)
A finales de agosto, su plan estaba listo para ser sometido a la consideración de la Casa Blanca y del Pentágono. Lo único que faltaba era una razón para emprender la guerra. Pero, primero, el Consejo de Seguridad Nacional tenía programada otra acción encubierta.
«HABÍA MUCHAS COSAS QUE NO SABÍAMOS»
El 4 de septiembre de 2001 se presentó por fin a la consideración del Consejo de Seguridad Nacional una directiva presidencial sobre al-Qaeda. Cheney, Rumsfeld, Powell, Rice y Tenet fueron algunos de los que se reunieron en la sala de crisis de la Casa Blanca. Pero no estaba sobre la mesa la mortífera resolución presidencial que había buscado Tenet en el mes de julio, por la que sus agentes tendrían autorización para matar a Bin Laden. La propuesta mucho más modesta que se les planteó se centraba en aumentar la cantidad de dinero y el apoyo ofrecidos en Afganistán a los señores de la guerra de la Alianza del Norte, con el fin de acabar con Bin Laden y sus yihadistas en el plazo de entre tres y cinco años. Tenet accedió a armar los drones Predator con misiles Hellfire, pero la cuestión de quién se encargaría de apretar el gatillo seguía sin resolverse. No se tomó ninguna resolución aparte del acuerdo conjunto de seguir adelante con el plan en un futuro no demasiado lejano, mientras seguía pendiente la aprobación presidencial. Ninguno de los presentes manifestó la menor sensación de miedo ante la amenaza.
La insistencia de la CIA en advertir que era inminente un ataque de al-Qaeda, peligro que había venido intensificándose desde el mes de abril, inexplicablemente había disminuido a comienzos de agosto, pocos días antes de que llegara el aviso que recibió Bush en su rancho de Texas y que no tardaría en hacerse famoso. El informe diario al presidente Bush correspondiente al 6 de agosto, cuyo encabezamiento decía «Bin Laden decidido a atacar en los Estados Unidos», era el trigésimo sexto aviso que la CIA había hecho llegar a Bush sobre al-Qaeda. Incluía un singularísimo comunicado de inteligencia del FBI, en el que se avisaba de una «actividad sospechosa en este país que podría apuntar a preparativos de secuestros». Pero Bush no hizo caso. Pensó que ya había oído todo aquello muchas veces. El presidente y sus asistentes protestarían, una vez consumados los hechos, afirmando que no habían recibido ningún aviso. En realidad, los dirigentes de la CIA habían hecho sonar la alarma más fuerte y larga de su historia, pero no había sido suficiente. Tenían que asegurarse de que Bush y su grupo de confianza la oyeran, pero no lo habían conseguido.
Anticiparse a un ataque sorpresa desde fuera había sido la misión más importante de la CIA. Por falta de información de inteligencia, la conspiración que la agencia no podría evitar iba a ser un éxito como no podría haberse imaginado. «Estábamos lejísimos de conocer a al-Qaeda —escribiría Tenet doce años después—. Había muchas cosas que no sabíamos».[8]