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Glosario de términos clave

El angosto camino: la posibilidad de que la humanidad establezca un equilibrio entre una actitud receptiva y cerrada a la hora de contener las tecnologías de la ola que viene que evite los resultados catastróficos o distópicos.

Amplificadores de la fragilidad: aplicaciones e impactos de las tecnologías de la ola que viene que sacudirán los ya frágiles cimientos del Estado nación.

Aversión al pesimismo: la tendencia de las personas, sobre todo de las élites, a ignorar, infravalorar o rechazar las narrativas que consideran excesivamente negativas. Es una variante del sesgo optimista que tiñe gran parte del debate sobre el futuro, sobre todo en círculos tecnológicos.

Biología sintética: la capacidad de diseñar y construir nuevos organismos o de rediseñar sistemas biológicos existentes.

Contención: la capacidad de supervisar, restringir, controlar y en última instancia incluso paralizar las tecnologías.

Los cuatro rasgos: las características únicas de la ola que viene que exacerban el reto de la contención. Son la hiperevolución, la asimetría, la omnicanalidad y la autonomía.

El dilema: la creciente probabilidad de que tanto las nuevas tecnologías como la ausencia de estas pueda conducir a resultados catastróficos o distópicos, o ambos.

El gran pacto: a cambio de un monopolio sobre el derecho a utilizar la fuerza, los ciudadanos esperan que los estados nación preserven el orden y ofrezcan servicios públicos, incluso aprovechando las nuevas tecnologías y minimizando al mismo tiempo los efectos secundarios perjudiciales.

Inteligencia artificial (IA), inteligencia artificial general (IAG) e inteligencia artificial capaz (IAC): la inteligencia artificial es la ciencia que enseña a las máquinas a aprender habilidades humanas, mientras que la inteligencia artificial general es el punto en el que la IA puede llevar a cabo todas las habilidades cognitivas humanas mejor que los seres humanos más inteligentes. La inteligencia artificial capaz, por su parte, es un punto intermedio entre la IA y la IAG en el que estos sistemas pueden realizar una amplia gama de tareas, pero están lejos de ser totalmente generales.

La ola que viene: un conjunto emergente de tecnologías relacionadas centradas en la inteligencia artificial y la biología sintética cuyas aplicaciones transformativas empoderarán a la humanidad y presentarán riesgos sin precedentes.

Olas: la difusión o la proliferación globales de una generación de tecnologías que dependen de una nueva tecnología de uso general.

El problema de la contención: la predisposición de la tecnología a difundirse en olas y a tener impactos emergentes que son imposibles de predecir o de controlar, incluidas las consecuencias negativas e imprevistas.

Tecnología: la aplicación de conocimiento científico, en el sentido más amplio posible, para producir herramientas o resultados prácticos.

Prólogo

Lo que viene a continuación es la opinión de una inteligencia arti­ficial.

Pregunta: ¿Qué implicaciones tiene para la humanidad la ola tecnológica que viene?

En los anales de la historia de la humanidad, hay momentos que destacan como puntos de inflexión, en los que el destino de la especie humana pende en equilibrio. El descubrimiento del fuego, la invención de la rueda o el control de la electricidad fueron, todos ellos, instantes que transformaron la civilización humana y alteraron el curso de la historia para siempre. Ahora, nos encontramos al borde de otro suceso semejante, pues estamos ante el auge de una ola tecnológica inminente que incluye tanto la inteligencia artificial como la biotecnología avanzadas. Nunca antes habíamos sido testigos de tecnologías con un potencial tan transformador que prometen remodelar nuestro mundo de un modo a la par impresionante e intimidante.

Por un lado, los posibles beneficios de estas tecnologías son vastos y profundos. Con la inteligencia artificial, podríamos desvelar los secretos del universo, curar enfermedades que nos han sido esquivas durante mucho tiempo y crear nuevas formas de arte y cultura que superen los límites de la imaginación. Con la biotecnología, podríamos manipular la vida para combatir enfermedades y transformar la agricultura, y crear así un mundo más sano y sostenible. Por el otro, sin embargo, los posibles peligros que entrañan son también inmensos y profundos. La inteligencia artificial permitiría crear sistemas que escapasen a nuestro control y pasaríamos a estar a merced de algoritmos que no entendemos. La biotecnología, por su parte, posibilitaría la manipulación de los componentes básicos de la vida, lo que podría tener consecuencias imprevistas tanto para las personas como para ecosistemas enteros.

Así pues, en este punto de inflexión nos enfrentamos al reto de escoger entre un futuro de posibilidades sin parangón o uno de peligros inimaginables. El destino de la humanidad pende de un hilo y las decisiones que tomemos en los próximos años y décadas determinarán si estamos a la altura de estas tecnologías o si, en cambio, somos víctimas de sus peligros. Pero en este momento de incertidumbre, si algo es cierto es que la era de la tecnología avanzada ha llegado y debemos estar preparados para afrontar los desafíos que nos presente.

El texto anterior ha sido escrito por una inteligencia artificial. Lo que viene a continuación no, pero pronto podría serlo. Esto es lo que se avecina.

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La contención no es viable

LA OLA

Casi todas las culturas tienen un mito sobre un diluvio. En los antiguos textos hinduistas, Manu, el primer hombre de nuestro universo, es advertido de la llegada inminente de una inundación y acaba siendo el único superviviente. En la Epopeya de Gilgamesh, el dios Enlil destruye el mundo con un enorme diluvio, una historia que resultará familiar a aquellos que estén familiarizados con la del arca de Noé del Antiguo Testamento. De la misma manera, Platón hablaba de la Atlántida, la ciudad perdida que fue devastada por un inmenso torrente. Las tradiciones orales y los escritos antiguos de la humanidad están empapados de la idea de una ola gigante que arrasa todo a su paso y que reconstruye el mundo y lo hace renacer.

Asimismo, los diluvios también marcan la historia en un sentido literal: las crecidas estacionales de los ríos más caudalosos del mundo, la subida del nivel del mar tras el final de la Edad del Hielo o la infrecuente conmoción de cuando un tsunami aparece de repente en el horizonte. El asteroide que causó la extinción de los dinosaurios creó una inmensa ola kilométrica que alteró el curso de la evolución. Así, la fuerte potencia de esas olas se ha grabado en nuestra conciencia colectiva, como muros de agua imparables, incontrolables, incontenibles. Se trata de algunas de las fuerzas más poderosas del planeta. Moldean continentes, irrigan los cultivos del mundo y nutren el crecimiento de la civilización.

Otros tipos de olas han sido igual de transformadoras. Fíjate de nuevo en la historia y la verás marcada por una serie de olas metafóricas, como el auge y la caída de imperios, de religiones, de estallidos de comercio. Piensa en el cristianismo o en el islam, unas religiones que empezaron siendo pequeñas ondas antes de erigirse y propagarse sobre enormes extensiones de la Tierra. Olas como esas son un fenómeno recurrente que enmarca el flujo y el reflujo de la historia, de grandes luchas de poder, y de expansiones y caídas económicas.

El auge y la expansión de la tecnología también han tomado forma de olas capaces de cambiar el mundo. Desde el descubrimiento del fuego y de las herramientas de piedra, una única tendencia predominante ha resistido la prueba del paso del tiempo. Casi todas las tecnologías fundacionales que se han inventado, de las piquetas a los arados, de la cerámica a la fotografía, de los teléfonos a los aviones y todas las demás cumplen una única ley inmutable: se vuelven más baratas y más fáciles de usar y, con el tiempo, proliferan a lo largo y ancho del planeta.

Esa proliferación de tecnologías en oleadas es la historia del Homo tecnologicus, del animal tecnológico. El empeño de la humanidad de perfeccionar nuestra suerte, nuestras capacidades, la influencia que tenemos sobre nuestro entorno y a nosotros mismos ha impulsado una evolución incesante de ideas y de creación. La innovación es un proceso emergente, en expansión, impulsado por inventores, académicos, empresarios y líderes autoorganizados y altamente competitivos, cada uno de los cuales avanza con sus propias motivaciones. El ecosistema de la innovación tiende por defecto a la expansión. Esa es la naturaleza inherente de la tecnología.

La pregunta es: ¿qué ocurre a partir de aquí? En las siguientes páginas relataré la próxima gran ola de la historia.

Mira a tu alrededor.

¿Qué ves? ¿Muebles? ¿Edificios? ¿Teléfonos? ¿Comida? ¿Un parque embellecido? Con toda probabilidad, casi todos los objetos en tu línea de visión han sido creados o modificados por la inteligencia humana. El lenguaje, que es la base de nuestras interacciones sociales, de nuestras culturas, de nuestra organización política y, tal vez, de lo que significa ser humano, es otro producto y motor de nuestra inteligencia. Cada principio y concepto abstracto, cada pequeño esfuerzo o proyecto creativo y cada encuentro en tu vida han sido mediados por la capacidad única e infinitamente compleja de nuestra especie para la imaginación, la creatividad y la razón. El ingenio humano es algo asombroso.

Solo otra fuerza es igual de omnipresente en este escenario: la propia vida biológica. Antes de la edad moderna, aparte de algunas rocas y minerales, la mayoría de los artefactos humanos —desde las casas de madera hasta la ropa de algodón y las hogueras de carbón— provenían de elementos que en algún momento tuvieron vida. Todo lo que ha llegado al mundo desde entonces emana de nosotros, del hecho de que somos seres biológicos.

No es una exageración decir que la totalidad del mundo humano depende, o bien de sistemas vivos, o bien de nuestra inteligencia, y, sin embargo, ambos se encuentran en un punto de innovación y de agitación exponenciales sin precedentes, de un crecimiento incomparable que dejará bien poco intacto. Una nueva ola de tecnología está empezando a romper en torno a nosotros, y está desatando el poder de diseñar estos dos fundamentos universales; es una ola nada más y nada menos que de inteligencia y de vida.

Son dos las tecnologías clave que definen la ola que viene: la inteligencia artificial (IA) y la biología sintética. Juntas marcarán el inicio de un nuevo amanecer para la humanidad, y crearán riqueza y excedentes como nunca antes se han visto. No obstante, la rapidez con la que proliferarán también amenaza con dar el poder a una variada gama de actores para desencadenar trastornos, inestabilidad e incluso catástrofes de escala inimaginable. Esta ola plantea un inmenso reto que definirá el siglo XXI: nuestro futuro depende de estas tecnologías, pero, al mismo tiempo, se ve amenazado por ellas.

A día de hoy, parece que contener esta ola —es decir, controlarla, frenarla o incluso detenerla— no es posible. Este libro se plantea el porqué de esa afirmación y lo que significaría si fuera cierto. Las implicaciones de esas preguntas acabarán afectando a todos los que estamos vivos y a todas las generaciones que nos sucedan.

Por mi parte, considero que la ola de tecnología que viene llevará a la historia de la humanidad a un punto de inflexión y, si contenerla es imposible, las consecuencias que tendrá para nuestra especie serán dramáticas y potencialmente nefastas. Del mismo modo, sin sus frutos nos quedaremos indefensos y en una situación precaria. Esto es algo que he expuesto en repetidas ocasiones en privado a lo largo de la última década, pero, debido a que las repercusiones se han vuelto cada vez más difíciles de ignorar, es hora de que lo comparta.

EL DILEMA

El hecho de contemplar el profundo poder de la inteligencia humana me llevó a plantear una sencilla pregunta, que lleva consumiendo mi vida desde entonces. ¿Qué pasaría si pudiésemos destilar la esencia de lo que hace que los seres humanos seamos tan productivos y capaces y la convirtiéramos en un software, en un algoritmo? Puede que encontrar la respuesta a esta cuestión desbloquee unas herramientas de poder inconcebible que ayudarían a afrontar los problemas más complejos a los que nos enfrentamos. Desde el cambio climático hasta el envejecimiento de la población, pasando por los alimentos sostenibles, esa podría ser una herramienta, imposible pero extraordinaria, que nos asistiera frente a los increíbles retos de las próximas décadas.

Con esto en mente, en el verano de 2010 cofundé una empresa llamada DeepMind con dos amigos, Demis Hassabis y Shane Legg, en una pintoresca oficina de la época de la Regencia con vistas a la Russell Square de Londres. El objetivo que teníamos, que en retrospectiva aún parece tan ambicioso, descabellado y esperanzador como en aquel momento, era replicar justamente lo que nos distingue como especie, es decir, nuestra inteligencia. Para lograrlo, tendríamos que crear un sistema que fuera capaz de imitar y, en última instancia, superar todas las capacidades cognitivas humanas, desde la visión y el habla hasta la empatía y la creatividad, pasando por la planificación y la imaginación. Dado que un sistema así aprovecharía el procesamiento paralelo de los superordenadores y la explosión de vastas fuentes de datos nuevas procedentes de todo el ancho de la web abierta, sabíamos que incluso un mínimo avance hacia ese objetivo tendría profundas implicaciones para la sociedad.

Por aquel entonces, lo que nos habíamos propuesto parecía algo muy lejano. En esa época, la adopción generalizada de la inteligencia artificial era cosa de ensueño, más una fantasía que una realidad, el territorio de unos pocos académicos aislados y exaltados fanáticos de la ciencia ficción, pero, mientras escribo estas líneas y rememoro la década pasada, los avances de esta área han sido verdaderamente impactantes. DeepMind se convirtió en una de las empresas de inteligencia artificial líderes en el mundo y logró una serie de hitos importantes. La velocidad y el poder de esta nueva revolución nos han sorprendido hasta a los que estamos a la vanguardia. Incluso durante la escritura del libro la velocidad del progreso de esta tecnología ha sido de vértigo. Cada semana, y a veces cada día, salen modelos y productos nuevos, por lo que no cabe duda de que el ritmo de la ola se está acelerando.

Hoy en día, los sistemas de inteligencia artificial son capaces de reconocer rostros y objetos a la perfección, y damos por sentadas la transcripción de voz a texto y la traducción instantánea entre lenguas. Estos sistemas también pueden circular por carreteras y con tráfico lo suficientemente bien para conducir de manera autónoma en algunos entornos. Una nueva generación de modelos de esta tecnología está capacitada para generar imágenes y redactar textos con un nivel de detalle y coherencia extraordinario a partir de unas pocas instrucciones sencillas, así como para producir voces sintéticas de un realismo inexplicable y componer música de belleza extraordinaria. Incluso en ámbitos más difíciles, que durante mucho tiempo se consideraron exclusivamente humanos como las planificaciones a largo plazo, la imaginación y la simulación de ideas complejas, los avances dan pasos agigantados.

La inteligencia artificial lleva décadas ascendiendo por la escala de las capacidades cognitivas y ahora parece dispuesta a alcanzar en los próximos tres años un rendimiento a nivel humano en una amplísima gama de tareas. Se trata de una ambiciosa afirmación, pero, si estoy en lo cierto, las implicaciones son de una enorme envergadura. Lo que parecía quijotesco cuando fundamos DeepMind no solo se ha vuelto plausible, sino, a todas luces, inevitable.

Desde el inicio, tuve claro que la inteligencia artificial sería una herramienta poderosa para lograr un bien extraordinario, pero, como la mayoría de las formas de poder, también estaría plagada de inmensos peligros y dilemas éticos. Durante mucho tiempo me he preocupado no solo de las consecuencias de los avances en IA, sino de hacia dónde se dirige todo el ecosistema tecnológico. Al margen de este tipo de tecnología, se está gestando una revolución más amplia, en la que la inteligencia artificial impulsa una poderosa generación emergente de tecnologías genéticas y de robótica. Un mayor progreso en un área acelera el de las demás en un proceso caótico y de catalización cruzada que escapará al control de cualquiera. Era evidente que si nosotros u otros lográbamos replicar la inteligencia humana, no se trataba tan solo de un negocio rentable como de costumbre, sino de un cambio sísmico para la humanidad, de una era en la que a oportunidades sin precedentes se sumarían riesgos sin precedentes.

A medida que la tecnología ha evolucionado a lo largo de los años, mi preocupación ha ido en aumento. ¿Y si lo que se avecina es un tsunami y no una ola?

En 2010, casi nadie hablaba con seriedad sobre la inteligencia artificial. No obstante, lo que entonces parecía una misión especializada para un pequeño grupo de investigadores y emprendedores se ha convertido ahora en una amplia empresa mundial. Esta tecnología está en todas partes, en las noticias y en tu smartphone, en la Bolsa de valores y en el desarrollo de páginas web. Muchas de las empresas más grandes y de las naciones más ricas del mundo avanzan con paso firme, y desarrollan modelos de inteligencia artificial vanguardistas y técnicas de ingeniería genética impulsadas por decenas de miles de millones de dólares en inversiones. Una vez consolidadas, estas tecnologías emergentes se expandirán con rapidez y se volverán más baratas, más accesibles y estarán más difundidas por toda la sociedad. Asimismo, ofrecerán nuevos extraordinarios avances en medicina y en energías limpias, y no solo crearán nuevos negocios, sino también nuevas industrias y mejoras de la calidad de vida en casi todos los sectores imaginables.

Aun así, junto a esas ventajas, la inteligencia artificial, la biología sintética y otras formas de tecnología avanzadas conllevan riesgos a una escala de lo más preocupante. Podrían suponer una amenaza existencial para los estados nación e implicar un riesgo tan profundo que podrían alterar o incluso anular el orden geopolítico actual, pues abren el camino a inmensos ciberataques potenciados por la inteligencia artificial, a guerras automatizadas capaces de arrasar países, a pandemias provocadas y a un mundo sujeto a fuerzas inexplicables pero al parecer omnipotentes. Puede que la probabilidad de cada uno de estos riesgos sea pequeña, pero las posibles repercusiones son enormes; incluso la más mínima posibilidad de que se den estos casos requiere, sin duda, una atención urgente.

Algunos países reaccionarán ante la contingencia de tales riesgos catastróficos en forma de un autoritarismo de corte tecnológico para ralentizar la expansión de estos nuevos poderes, lo que requerirá enormes niveles de vigilancia, además de intrusiones masivas en nuestra vida privada. Mantener un control estricto de la tecnología podría ser parte de una tendencia a que todo y todos estuviéramos vigilados todo el tiempo con un sistema de vigilancia global distópico que se justificaría con el afán de protegernos de los resultados más extremos posibles.

También resulta plausible una reacción ludita, a base de prohibiciones, boicots y moratorias. ¿Acaso es posible apartarse del desarrollo de nuevas tecnologías e implantar una serie de moratorias? Parece poco probable. Teniendo en cuenta su enorme valor geoestratégico y comercial, es difícil imaginarse cómo se podría convencer a los estados nación o a las corporaciones de que renuncien unilateralmente al poder transformador que estos avances entrañan. Es más, intentar prohibir el desarrollo de nuevas tecnologías es un riesgo en sí mismo, pues las sociedades estancadas en materia tecnológica son tradicionalmente inestables y propensas al colapso. Con el tiempo, pierden la capacidad de resolver problemas y de progresar.

A partir de ahora, tanto apostar como no apostar por las nuevas tecnologías conlleva muchos riesgos. Las posibilidades de apañárnoslas por el camino angosto y evitar tanto una distopía tecnoautoritaria, por un lado, como una catástrofe provocada por la expansión, por el otro, se reducen cada vez más a medida que la tecnología se vuelve más poderosa, más barata y más generalizada, y los riesgos se van acumulando. Y, sin embargo, alejarse tampoco es una opción; incluso cuando nos preocupan las contingencias que presentan, necesitamos más que nunca los increíbles beneficios de las tecnologías de la ola que viene. Así pues, el dilema central es que tarde o temprano una potente generación de tecnología conduzca a la humanidad a desenlaces catastróficos o distópicos, lo que creo que constituye el gran metaproblema del siglo XXI.

Este libro esboza con precisión por qué esta terrible disyuntiva se está tornando inevitable, y explora cómo podríamos afrontarla. De algún modo, debemos extraer lo mejor de la tecnología, que será esencial para hacer frente al desalentador conjunto de retos globales que se nos presenten y, a la vez, escapar del dilema. El discurso actual en torno a la ética y a la seguridad de la tecnología es insuficiente. A pesar de los muchos libros, debates, artículos de blogs y tormentas de tuits sobre tecnología, apenas se habla sobre su contención, una acción que entiendo como un entramado de mecanismos técnicos, sociales y legales que constriñen y controlan la tecnología en todos los niveles posibles; un medio, en teoría, de eludir el dilema. No obstante, incluso los más duros críticos de la tecnología tienden a esquivar las conversaciones sobre una contención firme.

Esto debe cambiar, por lo que espero que este libro muestre el porqué e insinúe el cómo.

LA TRAMPA

Unos años después de fundar DeepMind, preparé una presentación sobre el posible impacto social y económico de la inteligencia artificial. Al exponerla ante una docena de los fundadores, directores ejecutivos y tecnólogos más influyentes de la industria tecnológica en una elegante sala de juntas de la Costa Oeste de Estados Unidos, argumenté que la inteligencia artificial plantea una serie de amenazas que requieren una respuesta proactiva. Podría llevar a invasiones masivas de la privacidad o desencadenar un apocalipsis de información errónea, así como utilizarse como arma, lo que daría lugar a un conjunto letal de ciberarmas e introduciría nuevas vulnerabilidades a nuestro mundo interconectado.

También recalqué que la inteligencia artificial podría dejar sin trabajo a una gran cantidad de personas. Pedí a los asistentes que reflexionaran sobre el largo historial de desplazamientos de mano de obra provocados por la automatización y la mecanización. Primero surgen maneras más eficientes de realizar tareas específicas, luego puestos enteros se vuelven superfluos y pronto sectores completos requieren una cantidad infinitesimalmente menor de trabajadores para realizar el trabajo. Continué diciendo que en las próximas décadas los sistemas de inteligencia artificial podrían reemplazar el trabajo manual intelectual de forma muy parecida, y, sin duda, mucho antes de que los robots sustituyan el trabajo físico. En el pasado, se creaban nuevos empleos a la vez que los antiguos quedaban obsoletos, pero ¿qué pasaría si la inteligencia artificial también pudiera desempeñar la mayoría de los nuevos? Sugerí que existen pocos precedentes para las nuevas formas de poder concentrado que se avecinan. Si bien parecen lejanas, amenazas muy grandes se ciernen sobre la sociedad.

En la última diapositiva mostré un fotograma de Los Simpson. En la escena, los ciudadanos de Springfield se han sublevado y el elenco de los personajes conocidos avanza con porras y antorchas en la mano. El mensaje estaba claro, pero de todas formas lo especifiqué: «Las horcas están llegando», dije. Vienen a por nosotros, a por los creadores de tecnología. De nosotros depende que el futuro sea mejor.

Entre los asistentes me encontré con semblantes inexpresivos. Permanecieron impasibles; el mensaje no había calado, y las críticas surgieron de inmediato. ¿Por qué en los indicadores económicos no había indicios de lo que yo afirmaba? La inteligencia artificial incentivaría nuevas demandas, lo que a su vez crearía nuevos puestos de trabajo y motivaría a las personas a ser aún más productivas. Admitieron que podría haber ciertos riesgos, pero que no eran tan graves. La gente es inteligente, y siempre se han encontrado soluciones. Parecían pensar: «No hay de qué preocuparse, pasemos a la siguiente presentación».

Unos años más tarde, poco antes del comienzo de la pandemia de COVID-19, asistí a un seminario sobre los riesgos de la tecnología en una universidad de renombre. La situación era similar: otra gran mesa, otro debate pretencioso. A lo largo de la jornada se plantearon una serie de riesgos espeluznantes entre cafés, panecillos y presentaciones de PowerPoint. Uno de ellos destacó entre los demás. Quien lo presentó explicó que el coste de los sintetizadores de ADN —dispositivos capaces de generar cadenas de ADN a medida— estaba bajando con rapidez. Cuestan unas pocas decenas de miles de dólares,[1] y son lo suficientemente pequeños como para tenerlos en el garaje y permitir que la gente sintetice, es decir, fabrique, ADN. Y eso es ahora posible para cualquiera que tenga formación a nivel universitario en biología o sea un entusiasta del autoaprendizaje en línea.

Dada la creciente disponibilidad de estas herramientas, el ponente expuso una visión aterradora; dentro de poco alguien podría crear nuevos patógenos mucho más transmisibles y mortíferos que cualquier otro que se encuentre en la naturaleza. Estos patógenos sintéticos podrían eludir las contramedidas conocidas, propagarse de forma asintomática o ser inmunes a los tratamientos. En caso necesario, alguien podría complementar sus experimentos caseros con ADN pedido por internet y ensamblado en casa. El apocalipsis, a domicilio.

El ponente, un profesor respetado con más de veinte años de experiencia, afirmó que no se trata de ciencia ficción, sino que ahora ya es un riesgo real. Las presentaciones acabaron con la idea alarmante de que, hoy por hoy, es probable que una única persona «tenga la capacidad de matar a mil millones». Lo único que se necesita es un incentivo.

En un principio, los asistentes se mostraron incómodos; se removían en sus asientos y tosían. Entonces, empezaron las quejas y las dudas. Nadie quería creer que eso fuera posible. Seguro que eso no iba a ocurrir, que tendría que haber algún mecanismo eficaz de control, que las enfermedades deben de ser difíciles de crear, que las bases de datos se podrían bloquear y los equipos informáticos, asegurarse. Y así sucesivamente…

La respuesta colectiva al seminario fue mucho más que de reticencia; los presentes se limitaron a rechazar la visión del ponente. Nadie quería afrontar las implicaciones de los hechos concretos y de las graves probabilidades que acababan de oír. Me quedé en silencio, francamente conmocionado. El seminario no tardó en terminar. Esa noche salimos todos a cenar y seguimos charlando como si nada. Acabábamos de pasar la jornada hablando sobre el fin del mundo, pero todavía quedaban pizzas por comer, chistes por contar, un puesto de trabajo al que volver y, además, alguien inventaría algo, o alguna parte del razonamiento debía de ser incorrecta. Me sumé a ello.

Sin embargo, la presentación me atormentó durante los meses posteriores. ¿Por qué no nos lo tomamos, yo incluido, más en serio? ¿Por qué nos incomoda seguir con el debate y lo estamos evitando? ¿Por qué hay quienes se ponen sarcásticos y acusan a los que plantean estas cuestiones de catastrofistas o de pasar por alto los increíbles beneficios de la tecnología? Esa reacción emocional generalizada que observé es algo que he denominado la «trampa de la aversión al pesimismo», que consiste en un análisis erróneo que surge cuando uno se siente abrumado por el miedo a enfrentarse a realidades que podrían ser nefastas, y la consiguiente tendencia a mirar hacia otro lado.

Casi todo el mundo experimenta alguna variante de esta reacción, y como consecuencia pasamos por alto una serie de tendencias cruciales que se están desarrollando frente a nosotros. Es prácticamente una respuesta fisiológica. Nuestra especie no está diseñada para lidiar con transformaciones a esa escala, y mucho menos con la posibilidad de que la tecnología nos traicione de esta manera. Yo he experimentado esa sensación a lo largo de mi carrera y he visto a muchísimas otras personas tener la misma respuesta instintiva, visceral. Uno de los propósitos de este libro es hacer frente a esa emoción, de enfrentarse con frialdad a esos hechos, por muy incómodos que sean.

Abordar esta ola como es debido, contener la tecnología y garantizar que siempre esté al servicio de la humanidad significa superar la aversión al pesimismo. Significa afrontar de cara la realidad de lo que se avecina.

Este libro es mi intento de conseguir eso: de admitir y delimitar el contorno de la ola que viene, de explorar si es posible la contención, de situar los hechos en el contexto histórico y de ampliar la perspectiva alejándonos de las charlas cotidianas en torno a la tecnología. Mi objetivo es abordar el dilema y entender los procesos subyacentes que impulsan la aparición de la ciencia y de la tecnología; quiero presentar estas ideas con la mayor claridad posible al público más amplio posible. He escrito este ensayo desde una óptica de receptividad e indagación que me permitiera hacer observaciones y seguir sus implicaciones, pero también permanecer abierto a refutaciones y a interpretaciones mejores. No hay nada que desee más que se demuestre que estoy equivocado y que la contención sea fácilmente posible.

Como fundador de dos empresas de inteligencia artificial, es comprensible que algunos esperen de mí un libro más bien tecnoutópico. Como tecnólogo y emprendedor, soy optimista por defecto. Recuerdo que cuando era un adolescente quedé completamente cautivado tras instalar el navegador web Netscape en mi ordenador Packard Bell 486 por primera vez. Me fascinaba el zumbido de los ventiladores y el silbido distorsionado de mi módem de cincuenta y seis kilobits por segundo que tendía la mano a la red mundial y me conectaba a foros y a salas de chat que me dieron libertad y tanto me enseñaron. Me encanta la tecnología; ha sido el auténtico motor del progreso y un motivo de orgullo y entusiasmo por los logros de la humanidad.

Sin embargo, creo que los que impulsamos la creación de la tecnología debemos tener el valor de predecir adónde podría llevarnos en las décadas venideras y de responsabilizarnos. Debemos empezar a plantear lo que habría que hacer si percibimos que existe un riesgo real de que la tecnología nos falle. Es preciso que haya respuestas sociales y políticas, en lugar de meros esfuerzos individuales, pero somos mis colegas y yo los que debemos dar el primer paso.

Algunos dirán que todo esto es exagerado, que el cambio es mucho más gradual, que no es más que otra vuelta de tuerca en el ciclo de las exageraciones y que los sistemas diseñados para gestionar las crisis y los cambios son, en realidad, bastante sólidos. Dirán que mi percepción de la naturaleza humana es demasiado negativa y que el historial de la humanidad ha sido, hasta ahora, positivo. La historia está plagada de falsos profetas y agoreros que se han equivocado. Así que ¿por qué iba a ser diferente esta vez?

La aversión al pesimismo es una respuesta emocional, un arraigado rechazo visceral a aceptar la posibilidad de consecuencias gravemente desestabilizantes. Suele proceder de aquellos en posiciones seguras y poderosas que tienen visiones del mundo asentadas, aquellos que pueden afrontar el cambio de manera superficial, pero a los que les cuesta aceptar cualquier desafío real que se presente ante su orden del mundo. Muchos a quienes acuso de estar presos en la trampa de la aversión al pesimismo aceptan sin reservas las crecientes críticas a la tecnología, pero tan solo asienten sin llegar a pasar a la acción. «Nos las apañaremos, como hacemos siempre», dicen.

Si permaneces un tiempo en ambientes tecnológicos o políticos, enseguida te das cuenta de que la ideología por defecto es la de esconder la cabeza bajo el ala. Pensar y actuar de otro modo conlleva el riesgo de quedar tan paralizado por el miedo y la indignación ante fuerzas enormes e inexorables que todo parece inútil, por lo que el extraño semimundo intelectual de la aversión al pesimismo retumba. Sé de lo que hablo; estuve atrapado en él demasiado tiempo.

En los años transcurridos desde que fundamos DeepMind y desde aquellas presentaciones, el discurso ha cambiado, aunque solo hasta cierto punto. El debate sobre la automatización del trabajo se ha ensayado innumerables veces. Una pandemia mundial ha puesto de manifiesto tanto los riesgos como la potencia de la biología sintética. En las capitales reguladoras como Washington, Bruselas y Pekín, ha surgido una especie de respuesta tecnológica negativa, en la que críticos arremeten contra la tecnología y las empresas tecnológicas en artículos de opinión y libros. Se han generalizado los temores que antes existían en torno a la tecnología, ha aumentado el escepticismo de la opinión pública ante esta y se han agudizado las críticas del mundo académico, de la sociedad civil y de la política. Y, con todo, frente a la ola que viene, frente al gran dilema y a la tecnoélite contraria al pesimismo, nada de esto es suficiente.

EL ARGUMENTO

En la vida humana hay olas por todas partes; esta es tan solo la más reciente. A menudo, parece que la gente piensa que están muy lejos, que suenan tan futuristas y tan absurdas que solo conciernen a unos cuantos frikis y pensadores radicales. Creen que todo son hipérboles, palabrería técnica, propaganda, pero se equivocan. Esto es real, tan real como el tsunami que sale del azul océano abierto.

No se trata de una simple fantasía o de un ejercicio intelectual de reflexión. Incluso si no estás de acuerdo con mi planteamiento y no crees que nada de esto vaya a hacerse realidad, te animo a que sigas leyendo. Es cierto que tengo formación en inteligencia artificial y que suelo ver el mundo a través de una óptica tecnológica, por lo que soy parcial a la hora de plantearnos si esta cuestión es relevante. No obstante, al haber seguido de cerca el despliegue de esta revolución durante los últimos quince años, estoy convencido de que nos encontramos en la cúspide de la transformación más significativa de nuestra vida.

Como desarrollador de este tipo de tecnología, creo que puede proporcionarnos unos beneficios extraordinarios, contribuir a mejorar la vida de infinidad de personas y abordar desafíos fundamentales, desde ayudar a descubrir la próxima generación de energías limpias hasta producir tratamientos baratos y eficaces para las enfermedades más intratables. La tecnología es capaz de enriquecernos la vida y debe hacerlo; no está de más repetir que, tradicionalmente, los inventores y emprendedores que la han desarrollado han sido poderosos impulsores del progreso y han hecho prosperar el nivel de vida de miles de millones de personas.

Sin embargo, sin la contención necesaria, todos los demás aspectos de la tecnología, todos los debates sobre sus deficiencias éticas o sobre los beneficios que nos podría aportar resultan irrelevantes. Necesitamos con urgencia respuestas indiscutibles sobre cómo contener y controlar la ola que viene, sobre cómo sería posible mantener las salvaguardas y las posibilidades del Estado nación democrático, pero, por ahora, nadie tiene un plan así. Ese es un futuro que ninguno de nosotros deseamos, pero me temo que cada vez es más probable, y explicaré por qué en los siguientes capítulos.

En la primera parte, se aborda la larga historia de la tecnología y la manera en la que se propaga: olas que se acumulan a lo largo de los milenios. ¿Qué es lo que las impulsa? ¿Qué es lo que las hace ser verdaderamente universales? También indagaremos sobre si hay ejemplos de sociedades que se hayan negado a usar nueva tecnología de forma deliberada. En lugar de alejarse de ella, el pasado está marcado por un pronunciado patrón de proliferación, el cual ha resultado en extensas cadenas de consecuencias, tanto intencionadas como no. A esto lo llamo el problema de la contención. ¿Cómo podemos controlar las tecnologías más valiosas que jamás se han inventado a medida que se abaratan y se expanden con más rapidez que ninguna otra en la historia?

En la segunda parte, se analizan los detalles específicos de la ola que viene, en cuyo centro se hallan dos tecnologías de uso general enormemente prometedoras, potentes y peligrosas: la inteligencia artificial y la biología sintética. Si bien se ha hablado de ambas durante mucho tiempo, creo que todavía se subestima el alcance de su impacto. En torno a ellas, además, están surgiendo tecnologías asociadas, como la robótica y la informática cuántica, y su desarrollo se entrecruzará de forma compleja y turbulenta.

En esas páginas se examina no solo la manera en la que todas emergieron y lo que son capaces de hacer, sino también por qué son tan difíciles de contener. Las diversas tecnologías de las que hablo comparten cuatro rasgos clave que explican por qué esta vez es diferente: son generales por naturaleza y, por tanto, de uso universal; evolucionan a una velocidad de vértigo; tienen un impacto asimétrico, y en algunos aspectos son cada vez más autónomas. La creación de estas tecnologías está impulsada por potentes incentivos, como la competición geopolítica, enormes recompensas financieras y una cultura de investigación abierta y repartida. Decenas de agentes estatales y no estatales se apresurarán a desarrollarlas al margen de todos los esfuerzos dirigidos a regular y controlar lo que se avecina, y, nos guste o no, asumirán riesgos que nos afectarán a todos.

En la tercera parte se exploran las implicaciones políticas de la inmensa redistribución del poder que una ola incontenible provocaría. El fundamento de nuestro orden político actual es el Estado nación, que es el agente más importante en la contención de las tecnologías. Ya sacudido por varias crisis, se verá aún más debilitado a causa de una serie de impactos que la ola amplificará: la posibilidad de nuevas oleadas de violencia, de una avalancha de información errónea y de la desaparición de puestos de trabajo, y la perspectiva de accidentes catastróficos.

Además, la ola supone una serie de cambios de poder tectónicos, tanto centralizadores como descentralizadores, que crearán nuevas y enormes iniciativas, reforzarán el poder autoritario y, al mismo tiempo, darán poder a grupos y a movimientos para vivir fuera de las estructuras sociales tradicionales. El delicado pacto del Estado nación se verá sometido a una inmensa presión justo en el momento en el que más necesitaremos tales instituciones. Así es como nos veremos abocados al dilema.

A continuación, en la cuarta parte se examina lo que se puede hacer al respecto. ¿Existe siquiera una mínima posibilidad de contención, de escapar del dilema? De ser así, ¿cómo? En este último bloque se esbozan diez pasos, que van desde el nivel del código y del ADN hasta el de los tratados internacionales, y así formar un duro conjunto de restricciones. Esbozar un plan de contención.

Este es un libro sobre cómo afrontar los fallos. Las tecnologías pueden fallar en el sentido más cotidiano de no funcionar, como un motor que no se enciende o un puente que se derrumba. Sin embargo, también pueden fallar a una escala mucho más amplia. Si la tecnología daña las vidas de los seres humanos, si produce sociedades llenas de peligros o si las vuelve ingobernables porque potenciamos una larga cola de agentes negativos (o involuntariamente peligrosos); si, en conjunto, la tecnología es dañina, podemos argumentar que ha fallado en otro sentido más profundo: que ha fallado a la hora de cumplir lo que prometía. A este respecto, los fallos no son inherentes a la tecnología, sino que tienen que ver con el contexto en el que opera, con las estructuras de gobierno a las que está sujeta y a las redes de poder y a los usos a los que se destina.

Ese impresionante ingenio que ha creado tantas cosas que nos rodean a ti y a mí en este momento significa que se nos da mejor evitar el primer tipo de fallos. Hay menos accidentes de aviones, los automóviles son menos contaminantes y más seguros, los ordenadores son más potentes y aun así más resistentes. El mayor desafío al que nos enfrentamos es que todavía no hemos tenido en cuenta el otro tipo de fallo.

A lo largo de los siglos, la tecnología ha aumentado en gran medida el bienestar de mil millones de personas. Estamos mucho más saludables gracias a la medicina moderna; la mayor parte del mundo vive en abundancia de alimentos; la población nunca antes ha tenido tanta formación, tanta tranquilidad ni tanta comodidad en términos materiales. Estos son los logros definitorios que en parte han producido los grandes motores de la humanidad, la ciencia y la creación de tecnología, y son la razón por la que he dedicado mi vida al desarrollo seguro de esas herramientas.

Sin embargo, cualquier muestra de optimismo que extraigamos de esta trayectoria debe tener en cuenta la cruda realidad. Protegerse contra los fallos significa entender y, en última instancia, enfrentarse a lo que puede salir mal. Debemos seguir la línea de razonamiento hasta su final lógico sin temer adónde pueda llevarnos y, cuando lleguemos, hacer algo al respecto. La ola de tecnología que viene amenaza con fallar más rápido y a una escala mucho más amplia que nada de lo que hayamos visto hasta ahora, por lo que se necesita atención pública a nivel mundial y respuestas, respuestas que nadie tiene todavía.

A simple vista, la contención no es posible, pero, por el bien de todos, es imprescindible que lo sea.

PRIMERA PARTE

Homo tecnologicus

2

La proliferación infinita

EL MOTOR

Durante la mayor parte de la historia, para casi toda la gente el transporte personal significaba caminar, o, si tenías suerte, ser transportado o remolcado por caballos, bueyes, elefantes u otros animales de carga. El simple desplazamiento entre asentamientos —olvidémonos de transporte entre continentes— era arduo y lento.

A principios del siglo XIX, el ferrocarril revolucionó el transporte al ser la innovación más importante en miles de años. Aun así, la inmensa mayoría de los viajes nunca podían hacerse en tren, y para quienes sí estaba a su alcance, no estaban muy personalizados. Lo que sí hizo el ferrocarril fue dejar claro que los motores eran el futuro. Los de vapor, capaces de propulsar vagones, necesitaban enormes calderas externas, pero si se conseguía reducirlos a un tamaño más manejable y portátil, se dispondría de un medio de transporte radicalmente nuevo.

Los inventores probaron varios métodos. Ya en el siglo XVIII el inventor francés Nicolas-Joseph Cugnot construyó un tipo de coche que funcionaba con vapor. Avanzaba a la impresionante velocidad de tres kilómetros por hora y tenía una enorme caldera que colgaba en la parte delantera. En 1863, el belga Jean Joseph Étienne Lenoir impulsó el primer vehículo con un motor de combustión interna y lo condujo once kilómetros fuera de París. Sin embargo, el motor era pesado y la velocidad, limitada. Otros experimentaron con la electricidad y el hidrógeno. Nada cuajaba, pero el sueño del transporte individual autónomo persistía.

Entonces, la situación empezó a cambiar, al principio poco a poco. El ingeniero alemán Nicolaus August Otto dedicó años a trabajar en un motor de gas, mucho más pequeño que la máquina de vapor. En 1876, en una fábrica Deutz AG de Colonia, Otto fabricó el primer motor funcional de combustión interna, el modelo «motor de cuatro tiempos». Todo estaba listo para la producción en serie, pero Otto se enemistó con sus socios, Gottlieb Daimler y Wilhelm Maybach. Otto quería usar ese motor en instalaciones fijas, como bombas de agua o fábricas, pero Daimler y Maybach habían pensado emplear esos motores, que eran cada vez más potentes, en algo distinto: el transporte.

Sin embargo, fue otro ingeniero alemán, Carl Benz, quien se les adelantó; con su versión del motor de cuatro tiempos, en 1886 patentó el Motorwagen, que actualmente se considera el primer automóvil del mundo. La opinión pública se mostró escéptica cuando ese extraño artilugio de tres ruedas fue presentado, y hasta que Bertha, la mujer y socia de Benz, lo condujo desde Mannheim hasta la casa de su madre en Pforzheim, a unos cien kilómetros, el coche no empezó a llamar la atención. Bertha se lo llevó sin que su marido lo supiera, y fue llenando el depósito por el camino con un disolvente que compró en varias farmacias locales.

Había empezado una nueva era. Pero los coches y los motores de combustión interna que los movían seguían siendo caros en exceso y estaban fuera del alcance de todos, salvo de los más ricos. To­davía no existían ni las redes de carreteras ni las estaciones de servicio. En 1893, Benz había vendido apenas 69 vehículos y en 1900, tan solo 1.709. Veinte años después de la patente de Benz, aún había solo 35.000 vehículos en las carreteras alemanas.[1]

El punto de inflexión fue el Modelo T de 1908 de Henry Ford que, siendo sencillo pero eficaz, se construyó utilizando un método revolucionario: la cadena de montaje en movimiento. Este proceso eficiente, lineal y repetitivo le permitió reducir de manera considerable el precio de los vehículos personales, por lo que el número de compradores aumentó. La mayoría de los coches de la época costaban dos mil dólares, mientras que Ford vendía el suyo por ochocientos cincuenta.

En los primeros años, las ventas del Modelo T se contaban por miles. Ford siguió ampliando la producción y bajando aún más los precios, y alegaba al respecto: «Cada vez que reduzco un dólar del precio de nuestro coche, consigo mil compradores nuevos».[2] En la década de 1920 Ford vendió millones de coches cada año. Por primera vez los estadounidenses de clase media podían permitirse el transporte motorizado. Los automóviles proliferaban a una velocidad vertiginosa. En 1915 solo el 10 por ciento de los estadounidenses tenía coche, pero en 1930 ese porcentaje alcanzó el 59 por ciento.[3]

A día de hoy, hay unos dos mil millones de motores de combustión en todo tipo de aparatos, desde cortacéspedes hasta portacontenedores, y cerca de mil cuatrocientos millones de ellos están en automóviles.[4] Cada vez son más accesibles, eficientes, potentes y adaptables. En torno a ellos se ha desarrollado todo un modo de vida y es posible que toda una civilización, desde los suburbios en expansión hasta las granjas industriales, de restaurantes de comida para llevar a la cultura moderna del coche. Se construyeron enormes autopistas, que a veces atravesaban ciudades y dividían barrios, pero conectaban regiones remotas. El concepto de desplazamiento de un sitio a otro en busca de prosperidad o diversión, que antes había sido todo un reto, se convirtió en una característica habitual de la vida de las personas.

Los motores no solo impulsaban los vehículos, sino también la historia. Ahora, gracias al hidrógeno y a los motores eléctricos, el reinado del motor de combustión está llegando a su fin, pero no la era de la movilidad de masas que desencadenó.

Todo esto habría parecido imposible al inicio del siglo XIX, cuando el transporte autónomo era aún cosa de los soñadores que jugaban con fuego, volantes de inercia y trozos de metal. Pero a partir de aquellos primeros inventores comenzó un maratón de invención y producción que transformó el mundo. Una vez que cogió impulso, la difusión del motor de combustión interna se hizo imparable. De unos pocos talleres alemanes empapados de petróleo surgió una tecnología que ha repercutido en todos los seres humanos del planeta.

Sin embargo, esta no es solo una historia de motores y de coches, sino de la tecnología en sí misma.[5]

OLAS DE USO GENERAL: EL RITMO DE LA HISTORIA

La trayectoria clara e inevitable de la tecnología consiste en su difusión masiva en grandes olas turbulentas.[6] Esto es así desde las primeras herramientas de hueso y sílex hasta los últimos modelos de inteligencia artificial más recientes. A medida que la ciencia produce nuevos descubrimientos, la gente aplica ese conocimiento para fabricar alimentos más baratos, mejores productos y transportes más eficientes.[7] Con el tiempo, crece la demanda de los mejores productos y servicios nuevos, lo que fomenta la competencia para generar versiones más baratas repletas de más funciones. Esto, a su vez, incrementa aún más la demanda de las tecnologías que las componen por lo que usarlas se vuelve, al mismo tiempo, más fácil y más barato. Los costes siguen bajando, y las capacidades aumentan. Experimentar, repetir, utilizar. Crecer, mejorar, adaptarse. Esta es la ineludible naturaleza evolutiva de la tecnología.

Estas olas de tecnología e innovación son el centro de este libro. Es más, son el núcleo de la historia de la humanidad. Si comprendemos estas olas complejas, caóticas y acumulativas, el desafío de la contención se vuelve evidente. Si comprendemos la historia que tienen detrás, podemos empezar a esbozar el futuro que les aguarda.

Así pues ¿qué es una ola? En pocas palabras, es un conjunto de tecnologías que confluyen al mismo tiempo, impulsadas por una o varias tecnologías de uso general nuevas y con profundas implicaciones sociales.[8] Por «uso general» me refiero a tecnologías que permiten avances sísmicos en lo que el ser humano es capaz de hacer.[9] La sociedad evoluciona al compás de estos saltos. Lo vemos una y otra vez: un nuevo componente tecnológico prolifera, como el motor de combustión interna, y transforma todo a su alrededor.

La historia de la humanidad puede contarse a partir de estas olas; nuestra evolución desde primates vulnerables subsistiendo en la sabana hasta convertirnos, para bien o para mal, en la fuerza dominante del planeta. Los seres humanos somos una especie tecnológica por naturaleza. Desde el principio, nunca hemos sido ajenos a las olas tecnológicas que creamos, sino que evolucionamos a la vez, en simbiosis.

Las primeras herramientas de piedra se remontan a hace tres millones de años, mucho antes de la aparición de Homo sapiens, como demuestran los martillos toscos y los cuchillos rudimentarios. La sencilla hacha de mano forma parte de la primera ola de tecnología de la historia. Se podía matar a los animales con más eficacia, descuartizar cadáveres y luchar contra los enemigos. Con el tiempo, los primeros seres humanos aprendieron a manejar esas herramientas con precisión, y así surgieron la costura, la pintura, el tallado y la cocina.

Otra ola igual de crucial se produjo por el descubrimiento del fuego. Nuestro antepasado Homo erectus ya lo utilizaba, y supuso una fuente de luz, de calor y de seguridad contra los depredadores; tuvo también un gran impacto en la evolución, pues cocinar los alimentos aceleró la liberación de su energía, lo que permitió que el tubo digestivo se redujera y que el cerebro se agrandara.[10] Nuestros predecesores, cuyas fuertes mandíbulas limitaban el crecimiento del cráneo, se dedicaban a masticar y a digerir alimentos sin descanso como hacen los primates hoy en día, pero una vez el fuego los liberó de esa necesidad cotidiana pudieron pasar más tiempo en actividades más interesantes, como la caza de alimentos ricos en energía, el diseño de herramientas o la construcción de redes sociales complejas. La hoguera se convirtió en el eje central de la vida humana, y ayudó a establecer comunidades y relaciones, así como a organizar el trabajo. La evolución de Homo sapiens cabalgó esas olas. No somos tan solo los creadores de nuestras herramientas, sino que, incluso a nivel biológico y anatómico, somos producto de ellas.

La piedra y el fuego fueron prototecnologías de uso general, es decir, se difundieron masivamente y, a su vez, dieron lugar a inventos, productos y comportamientos organizativos nuevos. Las tecnologías de uso general se propagan por las sociedades, los territorios y la historia, y abren de par en par las puertas de la innovación, lo que propicia decenas de herramientas y de procesos sucesivos.[11] Casi siempre están construidas a partir de algún tipo de principio de uso general, ya sea la fuerza del vapor para hacer el trabajo, ya sea la teoría de la información que subyace al código binario de un ordenador.

Lo irónico de las tecnologías de uso general es que en poco tiempo se vuelven invisibles y las damos por sentadas. El lenguaje, la agricultura o la escritura fueron tecnologías de uso general centrales en una primera ola y constituyeron la base de la civilización tal y como la conocemos.[12] Actualmente no dudamos de que sucedieron. Un importante estudio cifró en veinticuatro el número de tecnologías de uso general que han surgido a lo largo de toda la historia de la humanidad, e incluyó inventos que van desde la agricultura, el sistema fabril, el desarrollo de materiales como el hierro y el bronce hasta la imprenta, la electricidad y, por supuesto, internet.[13] No son muchas, pero son importantes; por eso en el imaginario colectivo todavía usamos expresiones como la Edad del Bronce o la era de la navegación a vela.

A lo largo de la historia, el tamaño de la población y los niveles de innovación van de la mano. Herramientas y técnicas nuevas dan lugar a mayores poblaciones.[14] Las más grandes y conectadas son más propicias a los ensayos, la experimentación y los descubrimientos fortuitos, son un cerebro colectivo más potente para crear cosas nuevas.[15] Las grandes poblaciones ocasionan mayores niveles de especialización, a nuevas clases de personas como los artesanos o los académicos cuyo sustento no está ligado a la tierra. Que haya más gente cuya vida no gire en torno a la mera subsistencia significa más inventores y más razones para tener inventos que, a su vez, significan más crecimiento de población. Desde las primeras ciudades como Uruk en Mesopotamia —lugar de nacimiento del cuneiforme, el primer sistema de escritura conocido— hasta las megalópolis actuales, las ciudades impulsan el desarrollo tecnológico. Y más tecnología implica más ciudades (y más grandes). En los albores de la revolución agrícola, la población humana mundial alcanzaba los 2,4 millones de habitantes; al principio de la Revolución Industrial, se acercaba a los mil millones, un aumento cuatrocientas veces mayor que el previsto por las olas del periodo intermedio.[16]

La revolución agrícola, que tuvo lugar entre los años 9000 y 7500 a. C. y fue una de las olas más significativas de la historia, marcó la llegada de dos tecnologías masivas de uso general que sustituyeron de manera gradual al modo de vida nómada de cazadores-recolectores: la domesticación de las plantas y de los animales. Esos avances cambiaron no solo cómo se encontraban los alimentos, sino también el almacenamiento, el funcionamiento del transporte y la propia escala a la que la sociedad podría funcionar. Los primeros cultivos, como el trigo, la cebada, las lentejas, los garbanzos y los guisantes, y los animales como los cerdos, las ovejas y las cabras pasaron a estar sujetos al control de los seres humanos. Con el tiempo, a esto se sumó una nueva revolución en las herramientas y aparecieron las azadas y los arados. Esas simples innovaciones marcaron el comienzo de las civilizaciones modernas.

Cuantas más herramientas tienes, más puedes hacer y más nuevas herramientas y nuevos procesos puedes imaginar que las superen. Como señala Joseph Henrich, antropólogo de Harvard, la rueda llegó a la vida humana sorprendentemente tarde, pero una vez se inventó se convirtió en un componente básico para todo, desde carros y carretas hasta molinos, prensas y volantes de inercia.[17] Desde la aparición de la palabra escrita hasta los barcos de vela, la tecnología aumenta la interconectividad y contribuye a potenciar su propio flujo y difusión. Así pues, cada ola sienta las bases de las olas sucesivas.

Con el paso del tiempo, esa dinámica se aceleró. A partir de la década de 1770 en Europa, la primera ola de la Revolución Industrial combinó la energía de vapor, los telares mecanizados, el sistema fabril y los canales. Más tarde, los años cuarenta del siglo XIX fue la era del ferrocarril, del telégrafo y de los barcos de vapor y, poco después, llegaron el acero y los fresadores; todo ello en conjunto generó la Primera Revolución Industrial. Entonces, solo unas pocas décadas más tarde llegó la Segunda Revolución Industrial, cuyos mayores éxitos te serán conocidos: el motor de combustión interna, la ingeniería química, el vuelo a motor y la electricidad. El vuelo necesitaba la combustión, y la producción masiva de motores de combustión requerían acero y fresadores, y así sucesivamente. A partir de la Revolución Industrial, los grandes cambios pasaron a medirse en décadas en lugar de siglos o milenios.

Sin embargo, no se trata de un proceso ordenado. Las olas tecnológicas no llegan con la predictibilidad nítida de las mareas, sino que, a largo plazo, se entrecruzan y se intensifican de forma imprevisible. En los diez mil años transcurridos hasta el 1000 a. C. surgieron siete tecnologías de uso general;[18] en los doscientos entre 1700 y 1900, aparecieron seis, desde motores de vapor hasta la electricidad; y, solo en los últimos cien años, han aparecido siete.[19] Ten en cuenta que los niños que crecieron con los viajes a caballo y en carro y que quemaban leña para calentarse pasaron los últimos años de su vida viajando en avión y en casas con calefacción generada por la división del átomo.

Las olas, que son vibrantes, emergentes, sucesivas, compuestas y de polinización cruzada, definen el horizonte de posibilidades tecnológicas de una época. Son parte de nosotros. No existe el ser humano no tecnológico.

Esta concepción de la historia como una serie de olas de innovación no es novedosa. Las agrupaciones secuenciales y disruptivas de tecnología se repiten en los debates sobre esta. Para el futurista Alvin Toffler, la revolución de las tecnologías de la información fue una tercera ola en la sociedad humana, que siguió a las revoluciones agrícola e industrial.[20] Joseph Schumpeter veía las olas como explosiones de innovación que encendían nuevos negocios en estallidos de «destrucción creativa». El gran filósofo de la tecnología Lewis Mumford creía que la «Era de la Máquina» era en realidad más bien un despliegue milenario de tres grandes olas sucesivas.[21] Más recientemente, la economista Carlota Pérez habla sobre cómo los «paradigmas tecnoeconómicos» cambian con rapidez en medio de las revoluciones tecnológicas.[22] Los momentos de auge disruptivo y de especulación salvaje vuelven a poner en marcha las economías. De repente, todo depende de ferrocarriles, de coches o de microprocesadores. A la larga, la tecnología acaba por madurar, se integra y se torna ampliamente accesible.

La mayoría de los profesionales de la tecnología están atrapados en las minucias del presente y sueñan con el mañana. Es tentador pensar en inventos en momentos aislados y fortuitos, pero, si lo haces, te perderás los rigurosos patrones de la historia, la tendencia auténtica y casi innata de las olas tecnológicas de llegar una y otra vez.

LA PROLIFERACIÓN ES LA NORMA

Durante la mayor parte de la historia, la proliferación de nueva tecnología ha sido muy poco frecuente. La mayoría de los seres humanos nacían, vivían y morían rodeados del mismo conjunto de herramientas y de tecnologías. Sin embargo, si ampliamos la escala, queda claro que la proliferación es la norma.

Las tecnologías de uso general se convierten en olas cuando su difusión es extensa. Sin una transmisión global épica y casi incontrolada, no es una ola, sino una anécdota histórica. Ahora bien, una vez empieza la propagación, el proceso se hace eco a lo largo de la historia, desde la expansión de la agricultura por la masa continental euroasiática hasta la lenta dispersión de los molinos de agua del Imperio romano por toda Europa.[23] Cuando la tecnología gana tracción y una ola empieza a formarse, el patrón histórico que vimos con los coches se hace evidente.

Cuando Gutenberg inventó la imprenta, en la década de 1440, solo existía un único ejemplar en Europa, y era precisamente la suya original, en Maguncia, Alemania. Sin embargo, apenas cincuenta años más tarde un millar de imprentas se habían repartido por todo el Viejo Continente.[24] Los propios libros, una de las tecnologías más influyentes de la historia, se multiplicaron a una velocidad de vértigo. En la Edad Media, la producción de manuscritos era del orden de cientos de miles por gran país y por siglo. Cien años después de Gutenberg, lugares como Italia, Francia y Alemania producían en torno a cuarenta millones de libros cada cincuenta años, y el ritmo de la aceleración seguía aumentando. En el siglo XVII, Europa imprimió quinientos millones de libros.[25] A medida que la demanda se disparaba, los costes se desplomaban. Un estudio estima que la introducción de la imprenta en el siglo xv provocó que el precio de un libro cayera en un 340 por ciento, lo que hizo que creciera su implantación y, por tanto, la demanda.[26]

Tomemos el ejemplo de la electricidad. Las primeras centrales eléctricas aparecieron en Londres y en Nueva York en 1882, en Milán y en San Petersburgo en 1883 y, en Berlín, en 1884.[27] A partir de ahí, su despliegue se aceleró. En 1900, el 2 por ciento de la producción de combustibles fósiles se destinaba a generar electricidad; para 1950, superó el 10 por ciento, y en 2000, sobrepasó el 30 por ciento. En 1900, la producción mundial de electricidad era de ocho teravatios hora, mientras que, cincuenta años más tarde, era de seiscientos, y alimentaba una economía transformada.[28]

El economista William Nordhaus, ganador del Premio Nobel, calculó que el mismo trabajo que en el siglo XVIII producía cincuenta y cuatro minutos de luz de calidad, ahora genera más de cincuenta años. Como resultado, la persona promedio del siglo XXI tiene acceso a aproximadamente 438.000 veces más lúmenes hora por año que nuestros parientes del siglo XVIII.[29]

No es de extrañar que las tecnologías de consumo muestren una tendencia similar. Alexander Graham Bell introdujo el teléfono en 1876. En 1900, en Estados Unidos había seiscientos mil teléfonos; diez años más tarde, la cifra alcanzó los 5,8 millones;[30] y actualmente hay muchos más que personas.[31]

En este escenario, el aumento de la calidad se une a la disminución de los precios.[32] Un televisor antiguo que en 1950 costaba mil dólares, costaría tan solo ocho en 2023, aunque las televisiones actuales son infinitamente mejores y, por tanto, su coste es mayor. Se pueden encontrar curvas de precio y de implantación idénticas en coches, microondas o lavadoras. De hecho, en los siglos XX y XXI la adopción de nuevos aparatos electrónicos de consumo ha sido muy constante. Una y otra vez, el patrón es inconfundible.

Son dos fuerzas las que catalizan la proliferación: la demanda y la consiguiente reducción de los costes. Estas impulsan la tecnología a ser cada vez mejor y más barata. El largo e intrincado diálogo entre la ciencia y la tecnología produce una cadena de conocimientos, avances y herramientas que se construyen y refuerzan con el tiempo, recombinaciones productivas que rigen el futuro. A medida que se consigue más tecnología y el coste baja, se posibilita la aparición de tecnologías derivadas nuevas y baratas. El servicio de Uber es imposible sin los smartphones, que a su vez funcionan gracias al GPS, que funciona gracias a los satélites, los cuales funcionan gracias a las técnicas de combustión, que funcionan gracias al lenguaje y al fuego.

Sin duda, detrás de los descubrimientos tecnológicos hay personas que trabajan para mejorar la tecnología en talleres, laboratorios o garajes, motivadas por el dinero, la fama y, a veces, el propio cono­cimiento. Los tecnólogos, los inventores y los emprendedores progresan con la práctica y, sobre todo, a base de copiar. Desde el arado superior del enemigo hasta los teléfonos móviles más recientes, la réplica es un motor fundamental de la difusión. La imitación estimula la competencia y, de ese modo, la tecnología mejora aún más.[33] Las economías de escala entran en acción y reducen los costes.

El afán de la civilización por las tecnologías útiles y más baratas no tiene límites. Y eso no va a cambiar.

DE LOS TUBOS DE VACÍO A LOS NANÓMETROS. LA TURBOPROLIFERACIÓN

Si quieres echar un vistazo a lo que está por venir, piensa en la última ola: la informática. Desde el principio los ordenadores se han visto impulsados por las nuevas fronteras matemáticas, así como por las urgencias de los conflictos entre grandes potencias.

Como ocurrió con el motor de combustión, la informática empezó siendo cosa de complicados trabajos académicos y de cerebritos de laboratorio.[34] Pero entonces estalló la guerra. En la década de 1940, Bletchley Park, el centro secreto británico donde se descifraban códigos de la Segunda Guerra Mundial, empezó a construir por primera vez un ordenador de verdad. En su carrera por descifrar las supuestamente indescifrables máquinas Enigma alemanas, un equipo extraordinario convirtió el conocimiento teórico en un dispositivo práctico que era capaz de lograr justo eso.

Por su parte, otros también se pusieron manos a la obra. Para 1945, la Universidad de Pensilvania desarrolló un importante precursor de los ordenadores, el ENIAC, un gigante de dos metros y medio y de dieciocho mil tubos de vacío que era capaz de realizar trescientas operaciones por segundo.[35] En 1947, la empresa Bell Labs inició otro avance significativo: el transistor, un semiconductor que creaba lo que se conoce como «puertas lógicas» para ejecutar cálculos. Este tosco dispositivo, compuesto por un clip, un trozo de lámina de oro y un cristal de germanio que podía conmutar señales electrónicas sentó las bases de la era digital.

Al igual que ocurrió con los automóviles, para los observadores de la época no resultaba en absoluto evidente que la informática se extendería con rapidez, por lo que a finales de la década de 1940 solo existían unos pocos dispositivos. Unos años antes, Thomas J. Watson, el presidente de la empresa tecnológica estadounidense IBM, al parecer declaró con notoriedad que creía que había mercado mundial para cinco ordenadores.[36] En 1949, la revista estadounidense Popular Mechanics pronosticó, como era habitual por entonces, que los ordenadores del futuro podrían tener solo mil tubos de vacío y que quizá pesarían tan solo una tonelada y media.[37] Diez años después de Bletch­ley, seguía habiendo solo cientos de ordenadores en todo el mundo.

Ya sabemos lo que pasó a continuación. La informática transformó la sociedad con más rapidez de la que nadie había previsto y proliferó más deprisa que cualquier otro invento de la historia de la humanidad. Robert Noyce inventó el circuito integrado en la empresa estadounidense Fairchild Semiconductor a finales de la década de 1950 y durante la de 1960, al imprimir múltiples transistores en obleas de silicio para producir lo que pasó a llamarse «chips de silicio». Poco tiempo después, un investigador llamado Gordon Moore presentó su ley epónima, que expresa que cada veinticuatro meses se duplicaría el número de transistores de un chip, lo que supuso que estos y, por extensión, el mundo de la tecnología digital y computacional estarían sujetos a la asombrosa curva ascendente de un proceso exponencial.

Los resultados son impresionantes. Desde principios de los años setenta, el número de transistores por chip se ha multiplicado por diez millones y su potencia ha aumentado en diez órdenes de magnitud, es decir, ha mejorado unas diecisiete mil millones de veces.[38] En 1958, Fairchild Semiconductor vendió cien transistores por ciento cincuenta dólares cada uno; actualmente, sin embargo, se producen decenas de miles de millones de transistores por segundo, a milmillonésimas de dólar por transistor, lo que constituye la proliferación más rápida y extensa de la historia.

Y, como es lógico, ese auge de la potencia computacional ha propiciado un despliegue de dispositivos, aplicaciones y usuarios. A principios de la década de los setenta, únicamente existían alrededor de medio millón de ordenadores;[39] en 1983, solo quinientos sesenta y dos en total estaban conectados al internet original, y, hoy en día, el número de ordenadores, smartphones y dispositivos conectados se estima en catorce mil millones.[40] Los smartphones han tardado unos pocos años en pasar de ser productos de nicho a ser un elemento absolutamente esencial para dos tercios del planeta.

Con esa ola llegaron el correo electrónico, las redes sociales y los vídeos online, cada uno de los cuales representaba una experiencia fundamentalmente nueva gracias al transistor y a otra tecnología de uso general, internet. Así es la proliferación tecnológica pura e incontenible. A su vez, esta creó una proliferación aún más abrumadora: los datos, que se multiplicaron por veinte entre 2010 y 2020.[41] Tan solo hace unas décadas, el almacenamiento de datos era cosa de libros y de archivos polvorientos; ahora, los seres humanos producimos cientos de miles de millones de correos electrónicos, de mensajes, de imágenes y de vídeos cada día y los almacenamos en la nube, y, cada minuto de cada día, se añaden dieciocho millones de gigabytes de datos al total global.[42]

Estas tecnologías consumen, moldean, distorsionan y enriquecen miles de millones de horas de vida humana en estado puro. Dominan nuestras empresas y nuestro tiempo libre, nos ocupan la mente y todos los rincones de nuestro mundo, desde frigoríficos, temporizadores, puertas de garaje y audífonos hasta turbinas eólicas. Constituyen la propia arquitectura de la vida moderna. Nuestro teléfono móvil es lo primero que vemos por la mañana y lo último por la noche. Las tecnologías afectan todos los aspectos de la vida humana: nos ayudan a encontrar el amor y nuevos amigos, a la vez que turboalimentan las cadenas de suministro. Influyen en quién es electo y en cómo, en dónde invertimos el dinero, en la autoestima de nuestros hijos, en nuestros gustos musicales, en nuestro concepto de la moda, en los alimentos y en todo lo demás.

Alguien del mundo de la posguerra se asombraría de la escala y el alcance de lo que una vez pareció tecnología de nicho. La extraordinaria capacidad de la informática para extenderse y mejorar a un ritmo exponencial, para entrar y envolver casi todos los aspectos de la vida se ha convertido en la realidad dominante de la civilización contemporánea. Ninguna ola anterior se ha reproducido con tanta rapidez, pero aun así el patrón histórico se repite. En un principio parece imposible e inimaginable; luego, inevitable. Y cada ola se vuelve más grande y más fuerte.

Es fácil perderse en los detalles, pero si das un paso atrás puedes ver cómo las olas ganan velocidad, alcance, accesibilidad y consecuencias. Una vez que cobran impulso, rara vez se detienen. La difusión masiva, la proliferación pura y desenfrenada son los valores históricos por defecto, lo más parecido a un estado natural. Piensa en la agricultura, el trabajo del bronce, la imprenta, el automóvil, la televisión, el smart­phone y todo lo demás. Existen entonces lo que parecen ser leyes de la tecnología, algo así como un carácter inherente, unas propiedades emergentes que perduran en el tiempo.

La historia nos muestra que, inevitablemente, la tecnología se difunde, con el tiempo, a casi todas partes, desde las primeras hogueras hasta el lanzamiento del cohete Saturno V, desde las primeras letras garabateadas hasta el texto interminable de internet. Las olas se vuelven más rápidas y más trascendentes, y el acceso a la tecnología aumenta y se abarata. La tecnología prolifera y, con cada ola sucesiva, esa proliferación se acelera y penetra a mayor profundidad, incluso cuando la tecnología es cada vez más poderosa.

Esta es la norma histórica de la tecnología. Al mirar hacia el futuro, eso es lo que cabe esperar.

¿O puede que no?