Kyosuke Kitano bajó del expreso en la estación de Shichijo, salió a la calle y se quedó un momento observando la corriente del río Kamogawa. Ya hacía cinco años que se había mudado de Oita a Osaka, pero era la primera vez que visitaba Kioto.
Llevaba una bolsa de deporte azul marino con el nombre de la universidad donde estudiaba. Las asas se le clavaban en el brazo musculoso, y le caían gotas de sudor por el ancho cuello. Echó a andar rumbo al oeste con un mapa en la mano, entornando los ojos para protegerse del sol que destellaba en la superficie del agua.
Al cruzar la calle Kawaramachi volvió a examinar el mapa dándole la vuelta para ajustarlo a la disposición del paisaje y encarándose inconscientemente a un lado y a otro. Repartió miradas inquietas a derecha e izquierda y finalmente ladeó la cabeza: estaba perdido.
—Disculpe, ¿por dónde se llega al templo Higashi Hongan-ji? —le preguntó a un repartidor que estaba poniendo un paquete con comida en la cesta de su bicicleta.
—¿A Higashi Hongan-ji? A ver. Sigue recto por aquí y después de pasar la calle Karasuma gira a la derecha —repuso el otro señalando al oeste con el dedo. Luego, sin solución de continuidad, se subió a la bicicleta, dio una pedalada y se alejó.
Kyosuke corrió tras él.
—¡Busco una taberna que está en la calle Shomen-dori!
El repartidor apretó el freno.
—¿La del señor Kamogawa?
—Exacto: la taberna Kamogawa —respondió él mostrándole el mapa.
—En ese caso, la tercera calle a la derecha y luego la segunda a la izquierda. Es el quinto edificio a mano izquierda —indicó el otro sin titubeos, y volvió a reemprender la marcha.
—¡Muchas gracias! —le gritó Kyosuke haciendo una reverencia mientras se alejaba.
Fue contando las calles y después los edificios hasta que llegó al establecimiento. Era exactamente como le habían dicho: una construcción anodina, enlucida con mortero, sin ningún rótulo que la identificara como una taberna. Se llevó las manos al pecho y respiró hondo, luego abrió la puerta corredera y soltó un «¡buenos días!» elevando innecesariamente la voz.
—Bienvenido —le respondió un hombre que en ese momento pasaba la bayeta por la barra. No parecía en absoluto enfadado, más bien tenía un gesto amable.
Avergonzado, Kyosuke bajó la cabeza y añadió con voz nerviosa:
—He... he venido a pedirles que me ayuden a encontrar un plato.
Nagare Kamogawa sonrió.
—Tranquilo, chico, que aquí no nos comemos a nadie —dijo mientras le ofrecía una silla—. Ven, siéntate.
—Muchas gracias.
Pese a que se sentía más tranquilo, Kyosuke avanzó con el cuerpo tieso y se sentó con movimientos de robot.
—Antes que nada, ¿tienes hambre? ¿Quieres comer? —oyó que le preguntaba el hombre.
—Pues... no lo sé. ¿Se puede?
—Hombre, ya que has venido hasta aquí, podrías aprovechar antes de que nos pongamos manos a la obra, ¿no? —repuso Nagare, y se fue a la cocina sin darle tiempo a decir nada más.
—Eres estudiante, ¿verdad? —le preguntó una chica a la que no había visto hasta ese momento. Era Koishi, la hija de Nagare. Iba vestida con vaqueros negros, blusa blanca y delantal de sumiller. Se acercó para servirle un té frío—. Y sin duda también deportista, ¿no? —añadió sonriendo con picardía—. Yo diría que practicas kendo, ¿o quizá judo?
—Pues... no.
—Esos músculos son de alguien que practica artes marciales —dijo ella mientras tocaba con dos dedos el bíceps de Kyosuke.
—Mi deporte es... menos agresivo —explicó él apurando el vaso de té y masticando el hielo.
—¿Estudias en Kioto?
—No, no. He venido de Osaka. Estudio en la Universidad de Educación Física de Kinki. Por cierto, me llamo Kyosuke Kitano.
Se levantó e hizo una reverencia.
—Mmm... tu cara me suena muchísimo —comentó ella mirándolo fijamente.
Él sonrió avergonzado.
—¿Cómo supiste de nosotros?
—Ah, sí... es que... acostumbro a comer a diario en la cantina de la residencia de estudiantes donde vivo y un día, charlando con el cocinero, le hablé de un plato que solía comer de niño. Debe de haberme visto la ilusión en la cara porque me lo preparó para la comida siguiente; sin embargo, cuando lo probé... simplemente no sabía igual. Cuando él se dio cuenta, me habló de ustedes y me enseñó el anuncio de la taberna en la revista Ryori-Shunju.
—Ya —repuso Koishi mientras limpiaba la mesa a conciencia.
En ese momento apareció Nagare con la comida en una bandeja de aluminio que puso sobre la mesa.
—Si te quedas con hambre me lo dices y te traigo más, ¿de acuerdo?
—Pero... ¡esto es impresionante! —exclamó Kyosuke. Resopló mientras miraba la comida como si hubiera descubierto un tesoro.
—El arroz es de la variedad tsuyahime que cultivan en Yamagata —comenzó a explicar Nagare—. ¡Te he puesto una buena ración! La sopa de miso con trozos de cerdo lleva tubérculos, aunque no son de Kioto, así que no esperes gran cosa. En el plato grande te he servido un combinado de sabores japoneses y occidentales. Esto es congrio empanado relleno de ciruela y hojas verdes de shiso. Aquí tienes hiyayakko: tofu fresco con cebollino, rábano, jengibre y salsa de soja. Normalmente lleva bonito seco rallado, pero para éste he usado la piel del congrio deshidratada y cortada en tiras. También te he frito unos pocos pimientos rojos de Manganji; no son picantes, así que ponles unas gotas de salsa Worcestershire casera: la hago yo mismo. En el cuenco pequeño hay caballa con miso y jengibre picado, y aquí, rosbif de ternera de Kioto. Yo le pondría salsa de soja con wasabi y me lo comería envuelto en una de esas láminas de algas nori tostadas que tienes allí. También te traje albóndigas de pato salvaje en salsa teriyaki; puedes mojarlas en la yema del huevo de codorniz. La berenjena Kamo frita está cubierta de curry espesado con harina kuzu. Y ahora, ¡buen provecho!
Kyosuke había estado relamiéndose mientras escuchaba.
—Que sepas que me das envidia: a mí no me prepara estas cosas —comentó Koishi—. Está claro que se ha venido arriba con eso de que eres deportista.
—¡Qué bobadas dices! —exclamó su padre, y se encaminó a la cocina.
Ella sacó la lengua con gesto pícaro y se fue tras él como si se la hubiesen llevado de la oreja.
Kyosuke había ido asintiendo a las explicaciones de Nagare, pero lo cierto es que no había retenido gran cosa: aquellos platos eran totalmente nuevos para él. Sabía lo que eran el congrio y la caballa, pero nunca los había probado; había oído hablar de la salsa Worcestershire, del rosbif y del curry, pero no habría podido señalarlos entre los platos y cuencos que tenía delante.
Tras reflexionar en silencio unos instantes, cogió el cuenco de arroz con la mano izquierda y pinzó con los palillos una albóndiga de pato, la mojó en la yema de huevo de codorniz y se la llevó a la boca.
—¡Mmm! ¡Está buenísima! —murmuró sin poder contenerse.
Continuó con el congrio y el rosbif, resoplando de satisfacción en cada bocado.
Le faltaban referentes para valorar aquellos platos, pero percibía un aura de excelencia como la que envolvía a los mejores deportistas del mundo. Se daba cuenta de que, como mínimo, estaba probando una comida fuera de lo común.
Al rato, Nagare le llevó una jarra de té frío y se quedó de pie a su lado.
—¿Te gusta?
—¡Me encanta! Quisiera decir algo más, pero no sé nada de gastronomía y no encuentro las palabras... Sólo puedo decir que todo está buenísimo.
—Pues me alegra saberlo: los cocineros nos la jugamos en la primera impresión. Si la primera vez que un cliente viene a comer no queda satisfecho ya no regresa, pero si le gusta, al menos nos ganamos la oportunidad de que vuelva a ponernos a prueba —comentó Nagare sirviéndole té.
Kyosuke se quedó rumiando lo que acababa de escuchar.
—Cuando hayas terminado y reposado un poco te llevaré a la oficina: mi hija te está esperando.
—Ah, sí. Eso... —comenzó a decir él, pero se interrumpió y se tomó el té de un trago— quizá ya no haga falta.
—¿Cómo? ¿No habías venido para que te ayudáramos a encontrar un plato?
Nagare volvió a rellenarle el vaso.
—Después de esta comida, aquello me está empezando a dar un poco igual... —musitó jugueteando nerviosamente con el vaso del té.
—A ver, no quiero parecer pesado, pero había entendido que no venías a comer, sino a buscar un sabor que tienes grabado en la memoria; ¿ya no te interesa?
Kyosuke bajó los ojos.
—Pero se trata de un plato tan común y corriente que ni siquiera estoy seguro de que se lo pueda considerar un plato como tal —respondió.
Nagare lo miró fijamente.
—No sé a qué plato te refieres, pero ninguna comida es «común y corriente»: no tiene sentido hablar en esos términos.
Tras escuchar esas palabras, el joven se dio un par de cachetes en la mejilla y se levantó.
—Lléveme a la oficina, por favor —pidió.
—Es por allí —le dijo Nagare sonriente señalando la puerta del fondo.
Kyosuke caminó mirando las fotos que llenaban las dos paredes del pasillo.
—¡Cuántas fotografías! —exclamó.
—La mayoría son de platos que yo mismo cociné —explicó Nagare sin detenerse.
Kyosuke lo seguía unos pasos por detrás girando la cabeza a derecha e izquierda.
—Veo que cocina de todo.
Nagare se dio la vuelta.
—Así es, pero eso también significa que no soy especialista en ninguna cocina en particular. Quién sabe, quizá si me hubiera centrado en un solo tipo de cocina ahora tendría una estrella adornando la entrada de la taberna.
Kyosuke, que también se había detenido, murmuró con la mirada perdida:
—Un solo tipo...
—¿Ocurre algo? —quiso saber Nagare.
—No, nada —repuso el joven, y volvió a echar a andar.
Koishi los esperaba en el cuarto del fondo.
—Pasa, siéntate.
—Gracias.
Tras hacer una reverencia, Kyosuke se sentó frente a ella, en el centro del largo sofá. Koishi le ofreció un portapapeles con un papel sujeto.
—¿Podrías rellenar ese formulario aunque sea por encima?
—¡Es que tengo una letra horrorosa! Espero que la entienda... —señaló él, y empezó a rellenar el documento ladeando de tanto en tanto la cabeza.
—Kyosuke Kitano... de la Universidad de Kinki... —murmuró ella de pronto, se dio una palmada en los muslos y exclamó en voz alta—: ¡Ahora caigo!
—Qué susto me ha dado —dijo él abriendo mucho los ojos.
—Eres nadador, ¿a que sí? Te vi en una revista, ¡eres la gran promesa de la natación japonesa!
—Bueno, tanto como «la gran promesa»... —repuso él con modestia mientras se rascaba la cabeza, y le devolvió a Koishi el formulario cumplimentado.
—Vas a ir a las próximas Olimpiadas, ¿verdad? —preguntó ella echándole una mirada al documento.
Kyosuke se enderezó en el asiento.
—Depende de lo que decida el Comité de Selección.
—He leído que eres un nadador muy versátil y que compites en todos los estilos; ¿es verdad?
—Sí, aunque muchos dicen que debería centrarme en uno solo.
—Pues ánimo en cualquier caso —dijo. Luego, poniéndose seria, añadió—: Y bien, ¿qué plato estás buscando?
—Me da vergüenza decirlo —respondió él hablando en susurros y agachando la cabeza—, pero estoy buscando un nori-ben.
—¿Te refieres a ese bento que lleva una lámina de algas nori sobre el arroz, pescado empanado y tempura de surimi chikuwa?
La respuesta de Kyosuke sonó aún más débil:
—El que recuerdo no llevaba pescado ni tempura, sólo arroz y la lámina de algas encima...
—¿Sólo eso, sin nada más? —preguntó Koishi inclinándose hacia delante y abriendo mucho los ojos.
—Sí —respondió el otro con un hilo de voz y los anchos hombros encogidos.
—No lo comiste en un restaurante, ¿verdad?
—No: me lo preparaba mi padre.
—Ah, vale, es una receta de tu padre. Pero entonces, ¿no sería más fácil pedírsela a él directamente? Supongo que sigue viviendo en Oita, ¿no? Tampoco está tan lejos.
—Es que llevamos más de cinco años sin hablar —repuso él volviendo a bajar la voz.
—¿Y le has perdido la pista?
—Tengo entendido que está en Shimane.
—¿En Shimane? ¿Y eso?
—Es que... era ludópata —explicó Kyosuke con voz apenada—; por eso mi madre nos abandonó. Él se puso enfermo, pero prefirió jugarse el dinero con el que habría podido ir al médico en competiciones de ciclismo keirin. El caso es que su enfermedad debe de haberle pasado factura y ahora está convaleciente en Shimane, en casa de mi tía.
—En Shimane... —Anotó ella en el cuaderno. Luego levantó la cara—. ¿Y tu madre?
—Mi madre se volvió a casar y ahora vive en Kumamoto.
—¿Y cuándo se separaron?
—Fue durante las primeras vacaciones de verano después de que empezara la secundaria, así que hará unos diez años. El detonante fue que mi padre se fundió en carreras de caballos el dinero que ella había estado ahorrando para que hiciéramos un viaje en familia. Mi hermana menor se fue con ella, pero a mí me dio pena dejar solo a mi padre y...
—Y te quedaste en casa con él. Entiendo. —Pasó una página del cuaderno—. ¿Además de jugar trabajaba?
—Era taxista —contestó Kyosuke, y después añadió con una sonrisa amarga—: aunque sospecho que pasaba más tiempo en las carreras de caballos y en las carreras ciclistas.
—Recapitulemos, ¿te parece? Dices que vivías en Oita con tu familia hasta que empezaste la secundaria; después, tu madre y tu hermana se fueron y tú te quedaste solo con tu padre. Luego te mudaste a Osaka... aunque no me has dicho cuándo fue eso...
—Cuando terminé el segundo curso en el instituto un club de natación de Osaka me propuso trasladar mi matrícula a un centro adscrito a la Universidad de Educación Física de Kinki; desde entonces vivo en la residencia universitaria.
—Eso significa que estuviste cuatro años viviendo con tu padre —calculó Koishi contando con los dedos—. ¿Era entonces cuando te hacía ese nori-ben, el arroz con algas nori?
—Durante los tres años de secundaria, mi padre me preparaba el bento todos los días; sólo después empecé a comer en la cantina del instituto.
—Ya —dijo Koishi anotando—, así que, durante la secundaria, comías ese plato de vez en cuando...
Kyosuke sonrió apenas.
—No de vez en cuando, ¡todos los días!
—¡¿Todos los días?! —le preguntó ella con los ojos como platos.
—La culpa fue mía, en realidad: cuando me lo hizo por primera vez lo puse por las nubes; le dije que estaba delicioso, que nunca había comido nada igual y otras cosas por el estilo. Se puso tan contento que empezó a preparármelo a diario.
—Un padre insobornable —apuntó Koishi con ironía, y lanzó un suspiro.
—Mis amigos pronto empezaron a tomarme el pelo a causa del bento, y yo cogí la costumbre de comer a una hora distinta de los demás: lo dejaba para más tarde y lo despachaba rápido y medio a escondidas; por eso no recuerdo muy bien su sabor, a pesar de que lo comí tantas veces... Sólo estoy seguro de que estaba riquísimo.
—Yo no he probado otro nori-ben que el de los restaurantes Hokka-Hokka Tei, así que no conozco bien ese plato, pero ¿estás seguro de que solamente llevaba arroz y algas? ¿Tu padre no le ponía ni siquiera unas virutas de bonito seco?
Hizo un dibujo en el cuaderno y se lo mostró.
—Sí, sí; el plato de mi padre se parecía bastante al del dibujo, aunque tenía tres capas: una de arroz, una de bonito seco con salsa de soja y, por último, una lámina de algas con una ciruela del encurtido umeboshi encima. Era exactamente así todos los días —explicó él mientras añadía algunos detalles al dibujo de Koishi.
—¿Destacarías algo de su sabor? ¿Era dulzón o más bien picante...?
—Pues... no lo recuerdo ni dulce ni picante, la verdad. Si me apura, diría que lo encontraba un poco seco... —recordó mirando el dibujo.
—¿Seco? ¡Es imposible que estuviera seco y rico a la vez! —opinó Koishi—. La salsa de soja y el encurtido tendrían que haber humedecido las algas y las virutas de bonito.
—... y a veces un poco ácido —concluyó Kyosuke sonriendo avergonzado.
—¡Venga ya! ¿No estaría pasado? —preguntó ella con sorna—. Bromas aparte, en principio un bento de arroz, algas y virutas de bonito seco no debería ser difícil de reproducir.
—Eso pensaba yo —repuso Kyosuke con emoción—, pero el del cocinero de la residencia no se parecía nada al de mi padre: me aburrió enseguida, ¡ni soñar con comerlo a diario!, mientras que el de mi padre materialmente lo devoraba: cuando quería darme cuenta ya me lo había acabado.
—¿No sería simplemente porque eras más joven? Sólo comías ese plato, ¿no? Y además te lo zampabas a escondidas para que no te vieran tus amigos... —observó Koishi en un tono frío y un tanto escéptico que contrastaba con el tono apasionado que Kyosuke había empleado justo antes.
—Pues... a lo mejor —concedió él inseguro.
—¿Y a tu padre le ha gustado siempre cocinar?
—Qué va. No recuerdo haberlo visto ni una sola vez en la cocina cuando mi madre vivía en casa.
—Eso explica por qué nunca te preparó otra cosa, pero ¿por qué quieres volver a probar ese plato justo ahora?
—Mi tía me llamó hace poco y me contó que mi padre estaba bastante mal de salud y quería verme.
—¿Y por qué no vas? Vete y dale las gracias por ese bento.
Kyosuke frunció el ceño.
—Me daría rabia decírselo si resulta que no me preparaba otra cosa por pura desidia. Con sólo pensarlo se me quitan las ganas de verlo.
—Yo iría de todas formas —comentó Koishi encogiéndose de hombros.
—Es que tengo la sensación de que, cuando recuerde cómo sabía exactamente aquel nori-ben, también sabré lo que él sentía por mí —declaró Kyosuke apretando los labios.
—De acuerdo. Haremos todo lo que esté en nuestras manos para reproducir ese plato y que puedas ir a ver a tu padre con la conciencia tranquila. —Hizo una pausa y añadió sonriente—: Bueno, eso de «haremos» es un decir: ¡el encargado será mi padre!
—Muchas gracias de antemano —dijo Kyosuke recuperando su aplomo atlético. Se levantó e hizo una reverencia.
Al verlos aparecer en el comedor, Nagare apagó con el mando el televisor lcd que estaba colocado en un estante cerca del techo.
—¿Estás lista? ¿Has hecho todas las preguntas pertinentes?
—Sí, pero este caso te va a costar, papá —respondió Koishi.
—«Te va a costar», dice. Mencióname uno solo que haya sido fácil, porque yo no recuerdo ninguno —repuso él—. Pero sea el plato que sea, haré lo posible para reproducirlo. ¿Es muy raro?
—Es un nori-ben —contestó Koishi.
Kyosuke se encogió de hombros y esbozó una media sonrisa que desapareció de sus labios cuando Nagare dijo:
—Cuanto más sencillo es el plato, más difícil suele ser reproducirlo.
Koishi se apresuró a tranquilizarlo:
—Tú no te preocupes, chico —dijo dándole un manotazo en la espalda—. Aquí donde lo ves, este señor sabe lo que hace, y lo hace muy bien.
—No tengo ninguna duda, ¡muchas gracias! —aseguró él, y les dirigió una enérgica reverencia antes darse la vuelta y abrir la puerta corredera.
Entonces, un gato atigrado se acercó corriendo a sus pies, pero el cocinero intentó espantarlo:
—¡Eh, bicho, fuera de aquí!
Él, en cambio, se puso en cuclillas y le acarició la cabeza.
—Cuando vivía en Oita teníamos un gatito como éste. ¿Cuál es su nombre?
—Lo llamamos Hirune porque se pasa el día durmiendo —respondió Koishi frotando los dedos para llamar al animalito, que se acercó temeroso, estudiando de reojo a Nagare.
—Por cierto, no les he preguntado cuándo tengo que volver —recordó Kyosuke levantándose y descolgándose del hombro la bolsa de deporte para sacar el móvil.
—¿Qué te parece dentro de dos semanas? —sugirió Nagare.
—Pues me viene perfecto, la verdad: justo el miércoles de la semana que viene empiezo una concentración con el equipo de natación en Kioto.
Deslizó el dedo por la pantalla del móvil y comprobó su agenda.
—Te llamaremos unos días antes para recordarte la cita, ¿de acuerdo? —le dijo Koishi cogiendo a Hirune en brazos.
—Muchas gracias.
Kyosuke guardó el móvil y echó a andar en dirección al oeste.
—Si vas a tomar la línea Keihan de vuelta a Osaka, tienes que ir al otro lado.
Kyosuke se detuvo y volvió sobre sus pasos.
—Tengo un pésimo sentido de la orientación... —dijo avergonzado mientras pasaba de nuevo por delante de la taberna.
—Cuídate.
Parecía que se iba por fin, pero de pronto se detuvo, se dio la vuelta y regresó rascándose la cabeza.
—No les he pagado la comida —se disculpó.
—Ya nos la pagarás el próximo día,junto con la investigación sobre el nori-ben —contestó Koishi.
Él los miró con cara de susto.
—¿Me podrían decir más o menos cuánto será?
—Muy poco, no te preocupes —contestó Nagare.
—De acuerdo... muchas gracias.
El joven hizo una última reverencia y se fue caminando a paso ligero.
Nagare y Koishi se quedaron mirándolo hasta que se perdió de vista y volvieron a entrar en la taberna. Hirune maulló perezoso.
—Este Kyosuke y su nori-ben forman una combinación sorprendente —dijo Koishi, que se había puesto a limpiar una mesa con la bayeta.
—Hablas como si lo conocieras —comentó Nagare. Se sentó en un taburete de la barra y abrió el cuaderno.
—¡¿No lo has reconocido?! —le preguntó a su padre dejando de limpiar.
Nagare no respondió; siguió pasando las páginas del cuaderno.
—¡Es Kyosuke Kitano, la joven promesa de la natación japonesa! —exclamó Koishi—. Es bueno en todos los estilos: crol... —dio unas brazadas en el aire imitando ese estilo— espalda, mariposa... ¡Irá a las Olimpiadas, papá!
Nagare se levantó y fue a sacar un mapa del anaquel colgante.
—Pues sea quien sea, mi tarea es encontrar el plato que nos han pedido.
Koishi hinchó los carrillos.
—De Oita, ¿eh? —continuó Nagare—. Jureles y caballas del estrecho de Hoyo... aquello está lleno de manjares. Creo que me iré para allá.
—¡Qué envidia! ¡Quiero ir contigo!
—Sabes que siempre te traigo algún recuerdo. Tú quédate aquí cuidando del negocio. Además, ya sabes que a tu madre no le gusta quedarse sola.
Koishi hundió la cabeza entre los hombros y le dio una patadita al suelo.