Agradecimientos

AGRADECIMIENTOS

N o toda la magia que aparece en este volumen es cosa mía. De hecho, hay un montón de personas que han contribuido a hacer realidad este libro. En particular, querría resaltar a tres de ellas. La primera es el asombroso Steve Argyle, gran amigo y magnífico artista. Lo que hice, a grandes rasgos, fue entregarle este libro a Steve y decirle: «Toma, ponte a jugar con él. Haz lo que te apetezca para convertirlo en algo maravilloso». Y la verdad es que, incluso con las expectativas que tenía, sus ilustraciones me dejaron alucinado. Si estáis escuchando el audiolibro, os recomiendo visitar mi página web para ver el arte que ha creado Steve, porque es increíble.

La segunda mención especial es para el doctor Michael Livingston. Aunque lo más probable es que mis lectores lo conozcan sobre todo por su obra ensayística sobre Robert Jordan y La Rueda del Tiempo —leed su volumen Origins of The Wheel of Time si os interesa un repaso en profundidad de la historia tras la historia—, también escribe literatura fantástica, a la que os recomiendo echar un vistazo. Es medievalista y profesor universitario de Historia, y tuvo la gentileza de hacer una lectura a fondo de este libro para ayudarme a corregir algunos errores. Por si fuera poco, reescribió todos mis intentos de crear poesía anglosajona para hacerlos más rigurosos y sus poemas son muchísimo mejores. Estoy en deuda con él por el tiempo que dedicó a este proyecto.

La tercera es, por supuesto, mi inigualable esposa, la primera lectora de todas estas «novelas secretas» y la persona para quien las escribí. ¡Es gracias a sus ánimos y a su entusiasmo que tenéis estos libros!

Gran parte del resto de la gente que ha trabajado en este volumen son miembros de mi empresa, Dragonsteel. En el departamento artístico tenemos a ᛁᛋᚫᚫᚳ Stewart como director del proyecto, con la colaboración de Rachael Lynn Buchanan y Jennifer Neal. Bill Wearne ha sido nuestro experto en impresión, que ha hecho grandes contribuciones a este libro. Estas novelas conllevan mucho trabajo adicional en la parte artística y de imprenta, así que les agradezco a todos ellos su ayuda.

El departamento editorial está capitaneado por el continental Peter Ahlstrom, y Kristy S. Gilbert ha sido la editora jefa de este proyecto. También han prestado unos valiosos servicios editoriales Karen Ahlstrom y Betsey Ahlstrom. Kristy Kugler ha sido la revisora.

El departamento de operaciones está supervisado por Matt Hatch. Forman parte de su equipo Emma Tan-Stoker, Jane Horne, Kathleen Dorsey Sanderson, Makena Saluone, Hazel Cummings y Becky Wilson.

Nuestro equipo de publicidad y marketing lo dirige Adam Horne, y entre sus miembros están Jeremy Palmer, Taylor D. Hatch y Octavia Escamilla. Su trabajo en la campaña de Kickstarter fue determinante para que saliera así de bien. Creo que esta es la primera vez que Taylor y Octavia aparecen en unos agradecimientos. ¡Los dos habéis hecho un muy buen trabajo!

El departamento de realización y acontecimientos está encabezado por Kara Stewart. Su equipo es el que se encarga de enviaros centenares de miles de ejemplares, y se han esforzado muchísimo en que este año todo vaya sobre ruedas. ¡Muchas gracias a todos por tanto trabajo! Forman parte del equipo Christi Jacobsen, Lex Willhite, Kellyn Neumann, Mem Grange, Michael Bateman, Joy Allen, Katy Ives, Richard Rubert, Brett Moore, Ally Reep, Sean VanBuskirk, Isabel Chrisman, Owen Knowlton, Alex Lyon, Jacob Chrisman, Matt Hampton, Camilla Cutler y Quinton Martin.

Gracias a nuestras amigas en Kickstarter, Margot Atwell y Oriana Leckert; a nuestros amigos en BackerKit, Anna Gallagher, Palmer Johnson y Antonio Rosales, y a nuestros siempre atentos amigos en Inventor’s Guide, Matt Alexander y Mike Kannely.

Entre los lectores alfa de este libro (¡que en esta ocasión recibieron un ejemplar impreso!) se cuentan Brad Neumann, Kellyn Neumann, Lex Willhite, Jennifer Neal, Christi Jacobsen, Ally Reep y Tyson Meyer.

El equipo de lectura beta estuvo formado por Drew McCaffrey, Brian T. Hill, João Menezes Morais, Richard Fife, Joy Allen, Glen Vogelaar, Megan Kanne, Bob Kluttz, Paige Vest, Jayden King, Deana Covel Whitney, Chana Oshira Block, Christina Goodman, Heather Clinger, Zaya Clinger y Chris Cottingham.

Los lectores gamma fueron, entre otros, Brian T. Hill, Joshua Harkey, Tim Challener, Ross Newberry, Rob West, Jessica Ashcraft, Chris McGrath, Evgeni «Argento» Kirilov, Glen Vogelaar, Frankie Jerome, Shannon Nelson, Ted Herman, Drew McCaffrey, Kalyani Poluri, Bob Kluttz, Christina Goodman, Rosemary Williams, Jayden King, Ian McNatt, Anthony, Lyndsey Luther y Kendra Alexander.

BRANDON SANDERSON

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E spabilé y levanté los puños mientras una sacudida eléctrica de adrenalina me recorría el cuerpo. Giré sobre mis pies ligeros, buscando a alguien a quien golpear, con el sudor chorreando por las mejillas.

Estaba en un campo.

Un campo soleado, con un bosque cerca.

¿Qué narices…?

¿Qué leches estaba pasando?

Con el corazón aporreando como un bajo machacón, traté de hallar algún sentido a la situación. Algo sonó a mi espalda y me volví, con las manos alzadas y en guardia de nuevo.

Era solo un pájaro. Y aquello era solo un campo. Con crestas y surcos, líneas ondeantes en la tierra. Había una parte chamuscada a mi alrededor, salpicada de tallos de grano carbonizados y ceniza humeante. Hurgué en mi memoria buscando alguna pista y la encontré vacía, como una sala blanca esperando a que la pinten.

Nada. No había nada. Excepto… ¿una cierta aversión a nadar?

En ese momento, aquella era la suma total de lo que recordaba sobre mí mismo. No había un nombre. No había un trasfondo. Solo un temor latente por los grandes volúmenes de agua.

Me llevé una mano a la cabeza y miré alrededor, intentando comprender aquel vacío en mi interior. El grano que crecía fuera de la zona quemada tenía unos centímetros de altura. Mi incapacidad para determinar la variedad sugería que, con toda probabilidad, no era granjero.

La parte abrasada del campo formaba un círculo de unos tres metros de diámetro, conmigo en el centro. Al fijarme bien, reparé en que las plantas que tenía bajo los pies no estaban quemadas. Miré atrás y distinguí otra pequeña superficie intacta, con una clara forma humana. Con mi forma. Era como una plantilla de persona.

¿Quizá era ignífugo? Era posible que me hubiera hecho mejoras en ese sentido. Parecía ser varón, de altura media y complexión musculosa. Llevaba unas botas recias atadas con cordones, camisa larga, una túnica marrón encima y una capa brillante al cuello. No iba a pasar frío en el futuro cercano. Y bajo la túnica…

¿Pantalones tejanos?

¿Tejanos con túnica y capa? Qué raro.

Maldita sea, ¿era un cosplayer? ¿Y cómo era posible que conociera esa palabra y no mi propio nombre?

Claro, así que había venido al campo para sacar fotos en una feria renacentista o algo por el estilo. Llevaba fuegos artificiales para darles un poco de vidilla a las fotos y habían terminado estallándome encima por accidente. Parecía bastante plausible.

Pero, entonces, ¿dónde estaba la cámara? ¿Y el teléfono? ¿Y las llaves del coche?

Tenía los bolsillos vacíos a excepción de un bolígrafo. Me aparté de mi propia plantilla y las botas hicieron crujir los tostados restos de lo que en algún momento había sido vegetación. El aire olía a humo y azufre.

Di un repaso rápido a mis alrededores, pero no encontré nada digno de mención. Tierra, plantas. No había ningún montículo con mis posesiones, lo que hizo que empezara a dudar de mi hipótesis sobre las fotos. A lo mejor simplemente era un tío raro a quien le gustaba ponerse ropa de otra época para… ¿hacerse estallar a sí mismo en el campo?

Ya sabes, lo típico.

A lo lejos vi una pista de tierra que llevaba a un grupo de edificios anticuados de madera, con el techo de paja y unas pocas ventanas, que tenían detrás otra estructura más alta. Estaban tapados en parte por una colina, así que no distinguí muchos más detalles. Negué con la cabeza y solté un prolongado suspiro. Tenía que…

Un momento. ¿Qué era eso del suelo?

Fui corriendo y recogí un papel que aleteaba entre dos tallos de los más largos. ¿Cómo no lo había visto antes? Tenía los bordes quemados y solo unas pocas líneas de texto.

La guía del mago frugal para sobrevivir en la Inglaterra del Medievo

Cuarta edición

Por Cecil G. Bagsworth III

Leí las palabras tres veces y luego eché otro vistazo a los edificios antiguos. Muy bien, no era un cosplayer. Estaba visitando algún tipo de parque temático. ¿Eso era más friki o menos?

Ahora que ya sabía lo que buscaba, vi que había otro papel suelto más cerca del bosque. Con un poco de suerte sería un mapa de la zona, o al menos me indicaría dónde encontrar un puesto de primeros auxilios. Estaba claro que me había dado un golpe en la cabeza o algo así.

La página estaba más quemada que la anterior. Solo había dos trozos de texto legibles, uno en cada cara.

puede resultar traumático, ¡pero no te preocupes! El paquete que has adquirido incluye una ubicación adecuada en la que recuperarte tras tu llegada. Además, sugerimos utilizar la práctica página de anotaciones al final de la guía para escribir información pertinente sobre tu identidad.

En ocasiones el proceso de transferencia deja la mente un poco espesa, y unos pocos datos sobre tu vida pueden hacer que vuelvan otros detalles. No te estreses por la desorientación inicial. Es un efecto secundario muy común, y lo único que tienes que hacer es

El texto se interrumpía en el lugar más perfectamente horrible. Di la vuelta a la página.

parecer que los paquetes más caros que ofrecen las supuestas empresas premium ayudan a que te recuperes con más eficacia. Sirvientes, una mansión de lujo y personal médico. Aunque estamos en condiciones de adaptarnos a esas solicitudes, ¡no temas si no puedes permitírtelas! El Mago Frugal™ no requiere tales extravagancias. ¡De hecho, esa clase de servicios podrían facilitar demasiado las cosas! (Véase el estudio realizado por Bagsworth et al. en la página 87).

En efecto, el Mago Frugal™ es una persona competente y confiada por sí misma, y no necesita que la lleven de la manita. Sigue leyendo y conocerás los consejos y los secretos que necesitas para

Vale, así que había comprado algún tipo de viaje organizado. Uno que… ¿dejaba secuelas físicas, por algún motivo? Un pensamiento titiló al borde de mi consciencia.

Aquello lo había elegido yo. Quería estar allí.

Por un instante, sentí que estaba cerca de responder a las preguntas más importantes. Pero entonces pasó. Me vi reducido de nuevo a contemplar una sala blanca en el cerebro.

De todos modos, no había llegado a ninguna «ubicación adecuada» para recuperarme. Había despertado en medio de un campo quemado. La reseña casi se escribía sola: «Una experiencia ideal, siempre que seas una vaca pirómana. Una estrella».

Un momento.

Voces en la lejanía.

Mi cuerpo reaccionó incluso antes de registrar los sonidos. Al cabo de unos segundos ya estaba en el bosque con la espalda contra el tronco de un árbol. Moví la mano hacia la cintura por acto reflejo, en busca de…

Diablos. ¿Iba a sacar una pistola? No llevaba nada parecido, pero también me preocupó lo rápido y sigiloso que había sido poniéndome a cubierto.

No tenía por qué significar nada siniestro. A lo mejor era un campeón del escondite profesional. ¿Quizá un experto en paintball?

Había estado pensando en buscar ayuda, así que debería alegrarme de que repararan en mi presencia. Pero algún instinto me urgió a seguir escondido tras el árbol, con la respiración lenta y controlada. Fuera quien fuera, tenía experiencia en esas cosas.

Estaba lo bastante cerca para oír llegar a la gente.

—¿Qué pasa, Ealstan? —dijo una voz tímida de hombre, en inglés perfecto y moderno, aunque con un vago acento europeo—. ¿Espectro de tierra?

—Esto no lo ha hecho ningún espectro —respondió una voz masculina más firme.

—¿Podrían ser las llamas de Logna? —preguntó una mujer—. Mira la silueta de esa figura. Y con todos los ensalmos que había desperdigados por ahí…

—Parece que han quemado vivo a alguien —dijo la primera voz—. Ese trueno en un día claro y soleado… Puede que lo haya consumido el fuego del firmamento.

La voz más profunda gruñó. Resistí la tentación de asomar un ojo. «Aún no», susurraron mis instintos.

—Reúne a todo el mundo —ordenó la voz firme al cabo de un momento—. Esta noche dejaremos sacrificios fuera. Hild, ¿esa skop se ha marchado ya?

—Hace unas horas, me parece —respondió la mujer.

—Envía a un chico a buscarla para rogarle que vuelva. A lo mejor hace falta un amarre. O peor, un aflojamiento.

—Eso le encantará —dijo la mujer.

Otro gruñido. Los tallos crujieron mientras la gente se marchaba. Por fin saqué la cabeza de detrás del árbol y vi que las tres personas caminaban hacia los edificios lejanos. Dos hombres y una mujer con ropajes arcaicos. Los hombres llevaban jubón y unos pantalones sueltos y holgados. ¿No deberían vestir con calzas? Juraría que lo había visto en un museo. La ropa estaba teñida en tonos terrosos deslavazados, aunque el hombre más alto tenía puesta una capa naranja, de un color tan vivo que me costó creer que se ajustara a la época.

La mujer llevaba un vestido marrón sin mangas por encima de otro un poco más largo y blanco, de manga larga. Aparte de la estridente capa, daban el pego como campesinos antiguos… o al menos, mejor que yo con mis tejanos. ¿Otro punto a favor de que aquello fuese un parque temático?

Pero ¿los empleados de un parque temático no hablarían con amaneramientos británicos antiguos? «Vos» y «a fe mía» y «milord» y esas cosas. Aunque claro, ¿mantendrían la farsa si no había nadie cerca?

Necesitaba más información. Vi que otra persona corría hacia ellos con algo en la mano. Papeles quemados. El viento debía de haberse llevado casi todas las páginas de mi libro hacia el pueblo y alguien las había recogido.

Muy bien. Misión aceptada.

Necesitaba esas páginas.

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U na parte de mí quería salir y exigirles respuestas. Interpretar el papel de cliente enfurecido y hacer que se salieran del personaje.

Pero… había algo en todo aquello que…

Otra parte de mí estaba convencida de que no eran actores. De que, por demencial que pareciera, todo era auténtico y me convenía seguir oculto.

Vaya. Sí que sonaba ridículo, ¿eh?

En todo caso, el instinto me decía que yo era una persona que confiaba en su instinto. Así que me quedé donde estaba, observando a escondidas desde las sombras mientras la luz solar iba remitiendo. Esperé un poco de más, porque al final se puso todo oscuro. Oscuro en plan sótano de película de terror. Al encapotarse el cielo dejé de ver las estrellas, y al parecer estábamos en luna nueva. Para colmo, no había ni una sola luz en el pueblo. Había esperado ver alguna antorcha u hoguera.

Di unas palmaditas al árbol tras el que me había escondido. —Gracias por la cobertura —le susurré—. Eres un buen árbol. Alto, grueso y, lo más importante, de madera. Cuatro estrellas y media. Volvería a esconderme detrás de ti. Te quito media estrella por no ofrecerme un refrigerio.

Entonces me detuve.

Ya era la segunda vez que hacía algo parecido, y me entraron ganas de apuntar la experiencia y mis pensamientos sobre ella en un cuaderno. ¿Sería una pista sobre mi identidad? ¿Acaso era una especie de… reseñador?

Salí de detrás de aquel árbol tan bien puntuado y descubrí que tenía una destreza extraordinaria para moverme a hurtadillas. Avancé entre las hileras de plantas a medio cultivar sin hacer apenas ruido, a pesar de la oscuridad. Impresionante. ¡A lo mejor era un ninja!

Crucé el campo y encontré el camino, de tierra apisonada. Eché a andar hacia el pueblo, agradeciendo que las nubes se hubieran disipado lo suficiente para dejar pasar un poco de luz a las estrellas. El pueblo pasó de estar oscuro en plan sótano de película de terror a estar oscuro en plan peli de miedo en el bosque. ¿Podía considerarse una mejora?

No estaba acostumbrado a una oscuridad tan primigenia. Eran las sombras más profundas que había visto jamás, como si ganaran fuerza al saber que no podía controlarlas activando un interruptor.

Llegué al pueblo y me interné entre las casas silenciosas. No habría más de veinte edificios, todos con las paredes de madera y tejado triangular de paja. (Dos estrellas. Seguro que el wifi va de pena).

Oí el rumor de un río en algún lugar a media distancia, y distinguí un gran bloque de oscuridad un poco más lejos. Encontré el río, ancho pero poco profundo, al otro lado del pueblo. Al llegar me arrodillé y recogí un poco de agua con las manos para beberla. Mis nanoides médicos neutralizarían cualquier bacteria presente en ella antes de que me diera demasiados problemas.

Me detuve de pronto, con las manos a medio camino de la boca.

¿Nanoides… médicos?

Sí, unas máquinas diminutas que tenía dentro del cuerpo y que llevaban a cabo funciones sanitarias básicas. Detenían las toxinas, evitaban enfermedades y descomponían los alimentos para ajustarse a mis necesidades nutricionales y calóricas. A las malas, podían sanar heridas en caso de emergencia. La última vez que recibí un disparo estaba recuperado en menos de una hora, aunque luego los nanoides se pasaron más de dos días sin funcionar en absoluto.

¡Madre mía! Aquello era una pieza del rompecabezas. ¿Tenía alguna otra mejora? No me acordaba, pero sí sabía que iba a necesitar más comida que una persona normal. En concreto, debería ingerir alimentos muy calóricos o… ¿carbono? En teoría, cualquier cosa orgánica era válida. Pero unas fuentes eran mejores que otras.

Miré atrás, hacia el pueblo. Algún niño se había echado a llorar, y sus gemidos solitarios me ponían los pelos de punta.

Controlé los nervios, recorrí la orilla del río hasta llegar a un puente de madera y lo crucé. El gran bloque de oscuridad que había visto resultó ser una fortificación hecha de troncos verticales, clavados en tierra y aguzados por la parte de arriba, de unos dos metros y medio de altura.

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La muralla parecía bastante recia, aunque había esperado encontrar algo más alto y hecho de piedra. Más estilo castillo. Aquella empalizada de madera me decepcionó un poco, pero no le puse estrellas todavía. A lo mejor era coherente con la época.

Aquel tenía que ser el lugar donde encontraría a las personas importantes del pueblo, como el hombre de la voz profunda e imponente.

Exploré todo el exterior de la fortificación, que apenas era lo bastante extensa para contener unos pocos edificios, pero los portones estaban cerrados y había un gran foso excavado que rodeaba el muro por completo. Distinguí una plataforma elevada de madera en una esquina, dentro de la empalizada. Una garita de guardia. No conseguiría llegar dentro inadvertido si probaba a saltar el foso y trepar por la muralla.

De modo que empleé toda mi experiencia vital —alrededor de media jornada hasta el momento— para urdir un plan. Me escondí tras un árbol cercano con vistas a los portones y esperé a que se abrieran.

(Reseña del árbol: tres estrellas. Nacimiento de raíces incómodo en la base. No apto para ocultadores inexpertos. Véase mis otras reseñas de árboles en la zona para encontrar más opciones). Estaba planteándome retirar otra media estrella al árbol cuando oí que algo se acercaba deprisa por el camino. Por un instante me sobresalté. ¿Sería un coche?

No. Ruido de cascos. Dos caballos con jinetes que salieron de las tinieblas a la luz estelar, galopando mucho más rápido de lo que me parecía razonable en plena noche. Se detuvieron ante los portones y dieron una voz a la gente de dentro. Los tenía demasiado lejos para oír qué decían, pero al poco tiempo la muralla se abrió.

No distinguí mucho de los jinetes encapuchados mientras cruzaban los portones al trote. En el interior había unas luces que revelaban dos estructuras principales, una hecha de piedra y la otra de madera y paja, como las del pueblo.

Al parecer los recién llegados tenían algo raro, porque casi todo el mundo se congregó a su alrededor, incluidos los guardias. No quedó nadie vigilando el acceso.

Aproveché la oportunidad y avancé sigiloso por la oscuridad. Mis habilidades de ocultación me llevaron al otro lado de los portones sin que nadie me viera. Ese instinto que tenía de pegarme a las sombras, de no presentar un perfil reconocible y de moverme sin hacer ruido hizo que me inquietara preguntarme dónde había podido adquirir aquellas destrezas. Eso y el hecho de que no dejaba de intentar apoyar la mano en una pistola inexistente. No parecían la clase de rasgos propios de un ciudadano respetable que se pasaba el día reseñando árboles.

Me agaché junto a unos toneles y eché un vistazo a mi alrededor. En el centro del patio había una enorme piedra negra con la punta cortada, más alta que ancha. Era como una miniatura del Monumento a Washington a la que le hubieran arrancado la punta. Al fondo se alzaba una pequeña cuadra, donde los dos jinetes habían desmontado y entregado las riendas a un mozo.

Un chico salió corriendo hacia el edificio de piedra. Parecía estar mucho mejor construido que los demás. ¿Sería la mansión del señor? Y, en ese caso, ¿el de madera podía ser un salón de reuniones?

Me resultó curioso ver que ante el edificio de piedra había una serie de cuencos con velas al lado. Algunos contenían fruta, otros crema, y…

… y vi un papel chamuscado.

El chico regresó al poco tiempo e indicó a los dos jinetes que lo siguieran. Entraron juntos en el edificio de madera que había tomado por un salón de reuniones y me pareció oír la palabra «refrigerio» mientras cruzaban la puerta. Quizá debería haberme interesado por esos hombres, pero mi atención estaba fija en aquel papelito. ¿Procedería de mi libro? ¿Por qué lo habían dejado allí, delante del edificio?

Era todo muy estrambótico. ¿Quizá había pasado a formar parte de algún absurdo experimento social? ¿De algún concurso de telerrealidad?

Me obligué a esperar durante unos tensos minutos hasta que, como esperaba, un hombre con capa naranja salió de la mansión acompañado por otros dos que iban armados con largas hachas y escudos redondos de madera. No parecían llevar armadura. Tenían un aspecto vagamente vikingo.

—¡Oswald! —gritó uno de ellos hacia la garita de madera—. ¡Cierra los portones!

Mientras el señor y sus dos hombres entraban en el salón, un soldado más joven bajó a toda prisa de la torre. Sonrió a los otros dos y se inclinó un poco demasiado ante el señor antes de dirigirse a los portones y empezar a cerrarlos.

Era el momento de actuar. Como dice el viejo dicho, carpa diem: atrapa el pez. Ya había salido y estaba cruzando el patio antes de que mi cerebro tuviera tiempo de pensar. Mi cuerpo parecía saber que, aunque no debía dejar pasar la ocasión, tampoco debía correr a toda velocidad. Haría demasiado ruido. Sintiéndome expuesto, rebasé a paso rápido la gran piedra negra y luego los cuencos y las velas, hasta recoger el papel.

Al cabo de unos segundos ya me había ocultado de nuevo contra la pared del salón de reuniones. El corazón me atronaba en el pecho. Hice unas pocas inhalaciones largas y silenciosas para tranquilizarme y luego bajé la mirada hacia el papelito.

Ah, sí. Oscuridad. Peli de terror. Tal y cual. Bueno, pero había una ventana un poco más allá. Tenía el postigo cerrado, pero dejaba salir un poco de luz. Fui hasta allí con cuidado y alcé el papel hacia el resquicio.

Estaba lleno de palabras impresas, como las de las otras páginas que había encontrado. Pero aquella apenas estaba quemada. Decía:

TU PROPIA DIMENSIÓN

Las complejidades del viaje dimensional no tienen importancia y lo más recomendable es no complicarte la vida con ellas. En Mago Frugal S. A.® ya nos hemos ocupado de todo lo difícil. Lo único que tienes que hacer tú es elegir el paquete que quieras y recibirás una dimensión SimilTierra™ impoluta.

Dejé de leer y las palabras se emborronaron al desenfocar los ojos. Otra diminuta pieza del rompecabezas encajó en su sitio.

Aquello no era un parque temático, ni un extraño experimento social, ni un concurso.

Era otra dimensión.

Y me pertenecía.

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sional™, formas parte de una novedosa comunidad de exploradores. ¡Imita a los antiguos colonos que se apresuraron a reclamar tierras en el Oeste americano y obtén la propiedad de una dimensión exclusiva!

Mago Frugal S. A.® posee los derechos sobre toda una franja del 305.º espectro de dimensiones derivadas medievales de categoría dos. Toda esa palabrería significa, sencillamente, que nuestras dimensiones son parecidas entre ellas y se hallan a dos categorías de distancia de la propia Tierra. Las cosas te resultarán familiares, ¡pero tampoco demasiado! Queremos que sea emocionante, al fin y al cabo.

Nunca dejamos de cribar las dimensiones para seleccionar solo las más favorables para que las habiten nuestros magos. ¡Hazte ya con una buena dimensión, antes de que se agoten!2

[1] A Aviso legal: la afirmación anterior tiene como único propósito el entretenimiento. Las dimensiones son teóricamente infinitas y, por tanto, no pueden «agotarse».

[2] Aviso legal: la afirmación anterior tiene como único propósito el entretenimiento. Las dimensiones son teóricamente infinitas y, por tanto, no pueden «agotarse».

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S í, me pertenecía.

Inglaterra me pertenecía. El planeta me pertenecía. El universo entero me pertenecía. Sobre el papel, por lo menos.

No tenía muy claros los detalles, porque mi memoria seguía funcionando a un rotundo nivel de cero estrellas sobre cinco. Pero sabía que la gente podía comprar dimensiones. Bueno, en realidad lo que se compraba era el acceso exclusivo (gestionado mediante una contraseña cuántica indescifrable que solo tú podías utilizar) y el derecho legal a hacer lo que te diera la gana en esa dimensión. En fin, si en algunas no se aplicaban ni las leyes de la física tal y como las conocemos en nuestra dimensión, ¿por qué iba a hacerlo la Constitución General de Naciones Unidas?

Daba igual cómo se racionalizara: aquel lugar era mi patio de juegos, del tamaño de un planeta.

Pero… ¿en qué me convertía eso? ¿En turista? ¿En fanático de la historia? ¿En aspirante a emperador mundial? ¿Cuáles habían sido mis motivos para ir a ese lugar? ¿Y por qué había despertado en un campo, en vez de en alguna fortificación preparada de antemano o en… no sé, algún lugar científico?

Bueno, desde luego no había sido académico en mi vida anterior. Pero sabía que algo había salido mal.

Mientras meditaba sobre todo eso, las voces que llegaban desde el salón me recordaron que debía estar atento al entorno. Estaba desarmado y confundido. Si entraba allí como si nada, les explicaba que teóricamente era el dueño de todo aquello y les pedía que hiciesen el favor de obedecerme… sospechaba que vendrían hacia mí como si nada, me explicarían que a la espada que acababan de clavarme en las tripas le daba igual lo que afirmara y me pedirían que hiciese el favor de no sangrar tanto en la alfombra.

¿Podría impresionarlos con mis fantásticos conocimientos futuristas? ¿Tenía algo de eso? Me devané los sesos, pero al parecer mi conocimiento futurista se reducía a un puñado de citas de películas. También sabía que los ordenadores llegarían a existir en algún momento. Se basaban en circuitos. Y en, hum… procesadores.

Tenía mis nanoides médicos, pero sería complicado alardear de ellos en plan «¡Mirad, soy un dios!» para impresionarlos. Mi «superpoder» más constante era la capacidad de que me tosieran mucho encima sin enfermar. Podía curarme de una herida grave, sí, pero mientras los nanoides se reconstruían a sí mismos estaría expuesto si alguien decidía hacerme repetir la gesta. No parecía haber nada que constituyera un buen mecanismo para apaciguar a la plebe.

¿Podría hacer que me mordiera una serpiente y no morir? ¿Dónde podía encontrar una serpiente?

Tenía que hacerme con el resto del libro. A lo mejor contenía información sobre alguna línea de asistencia.

Rodeé con cuidado el edificio por la parte de atrás, en dirección a una ventana cerrada más próxima a los sonidos que se oían.

—Desde luego, no querría ofender al conde —estaba diciendo una voz profunda. La identifiqué como la de don Capa Naranja, el señor de la zona—. Pero esto es de lo más inusual. Tenemos a una skop en el pueblo. Quizá ella pueda…

Lo interrumpió otra voz diciendo algo, más baja pero amenazadora.

—¿Ahora? —preguntó Capa Naranja—. ¿Queréis visitar el lugar… ahora?

Se oyeron pasos y los hombres salieron del edificio. Maravilloso. Me había perdido toda la conversación.

Recorrí el lado del salón, esperando captar algo relevante mientras se marchaban.

—Si ese hombre al que buscáis anda cerca —dijo el señor—, lo encontraremos. Pero debo advertiros que tenía todo el aspecto de que lo había fulminado un acto divino.

Los visitantes no respondieron. Salieron por los portones recién abiertos y el señor, a todas luces molesto, los siguió dando zancadas y negando con la cabeza.

Un momento.

¿Me buscaban a mí?

Me buscaban a .

Me embargó el alivio. Se había producido algún error en la transferencia a aquella dimensión, así que por supuesto los responsables habían enviado un equipo a rescatarme. Por tanto, no era el único que podía acceder a esa dimensión. Quizá les había dejado la clave y les había dado permiso para venir a ayudarme.

Levanté el brazo, dispuesto a llamarlos, y entonces oí un sonido.

Eché mano a mi inexistente pistola una vez más mientras me volvía, y encontré a dos personas agachadas detrás. Me habían estado siguiendo con sigilo por las sombras de detrás del salón. La mujer que había más atrás, de veintitantos años, me señaló con expresión alarmada.

Adopté al instante una postura de combate. Manos por delante, pies listos para la acción. Vaya, qué cosas.

El hombre más joven que estaba delante de la mujer llevaba un cuchillo, con el que atacó de inmediato. Por instinto, lo bloqueé con el antebrazo.

Y… no me hizo daño.

¿Por qué narices no me hacía daño?

El joven me había dado una buena cuchillada y yo la había aguantado como un campeón, sin hacerme ni un rasguño. ¡Sí que tenía otras mejoras! ¿Placas hipodérmicas? ¡Era un luchador! Podía…

Oí gritos en mis recuerdos.

Fogonazos de luz. De un tiempo anterior.

Sentí dolor, una profunda vergüenza. Me estranguló, como una enredadera negra alrededor de los pulmones.

Me agarré la cabeza, intentando desterrar aquellos espectros de la memoria mientras, a la vez, me aferraba a ellos por ser algo real de la persona que había sido. ¿Qué me estaba pasando?

El hombre atacó de nuevo. Sentí un pánico intenso y casi incontrolable, y en esa ocasión tardé más en bloquear el golpe.

Había caído… Había…

La hoja del cuchillo alcanzó mi muñeca expuesta y los ojos del hombre se ensancharon al ver que no me cortaba. Retrocedió un paso. Trastabillé, abrumado por los fragmentos de recuerdos.

Luces intensas. Voces furiosas. No lo…

Parpadeé y desvié la mirada a un lado. La mujer había encontrado un tablón de madera en alguna parte. Se me echó encima y esa vez no reaccioné. Estaba demasiado alterado. Pero en teoría, las placas me protegerían de…

El tablón me dio en toda la cara y sufrí un momento de agonía antes de que los nanoides interrumpieran mis receptores de dolor. Vi las estrellas un instante, pero al menos ya estaba inconsciente cuando di contra el suelo, de modo que aquellos recuerdos terribles dejaron de asaltarme.

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C uando desperté, la mujer y el hombre jóvenes estaban de pie en el techo.

O… un momento, era yo quien estaba bocabajo. Sí, eso tenía más sentido.

Noté una leve palpitación en la base del cráneo y supe que, sin los nanoides, me zumbaría todo a lo bestia por el impacto del tablón en la cara. Tenía las manos y las piernas retenidas con firmeza. ¿Estaba sujeto a la pared? Sí, me habían colgado de una viga del techo y luego me habían atado las manos a la espalda. Me pregunté a qué habrían fijado el otro extremo de la cuerda.

Era una técnica de interrogatorio novedosa, así que le otorgué un punto por la originalidad, pero… ¿una silla no habría sido más eficiente? No en vano era un clásico. (Tres estrellas. Ver más películas de espías y evaluar de nuevo).

En el instante en que abrí los ojos, la mujer dio un paso adelante. Tenía el pelo rubio muy rizado, que apenas le llegaba al cuello, y llevaba un vestido negro sin mangas por encima de otro blanco que sobresalía por las sisas y el dobladillo. Tenía un elegante bordado de color granate en el cuello, pero la cuerda blanca que le ceñía la cintura parecía algo raída y le daba al conjunto un intencionado aspecto casero.

La mujer entornó los ojos.

Vale, a ver. ¿Cómo iba a salir de aquello? La vergüenza y el miedo de antes se habían esfumado por completo, reemplazadas por cierto bochorno. Era evidente que tenía mejoras físicas, pero aun así me había dejado dar con un tablón en toda la cabeza. Qué poco profesional.

—Habéis cometido un error muy grave —le dije.

La mujer ladeó la cabeza en vez de responder.

—Soy un ser muy poderoso —añadí—. Me habéis enfurecido.

El joven se escondió tras ella y asomó un ojo para mirarme. No tenía nada extraordinario: era más bajito que ella, con rizos rubios parecidos y complexión ligera. Al fijarme bien, lo encontré más joven de lo que había creído. Tendría unos quince o dieciséis años.

—Sefawynn —susurró el chico—, no creo que la inversión esté sirviendo de nada. ¡Aún conserva sus poderes!

—¿Se te ha comido, Wyrm? —preguntó la mujer.

—No.

—Entonces la inversión funciona —dijo ella.

—No funciona —repliqué—. Ahora mismo estoy haciendo acopio de poder. Si no me liberáis, desataré el fuego y la destrucción sobre vuestra casa.

La mujer entornó más los ojos y alzó las manos, con los dedos hacia arriba y los pulgares señalándose entre sí. Entonces habló.

Moro en la misma muerte     del más mustio amorío.

Visión y vela soy     y vigilante vivo.

Al terminar se acercaron un poco los dos, como si quisieran ver qué efecto me había producido.

—¿Poesía? —dije—. Me gusta.

El joven apretó el brazo de la mujer.

—Prueba con un alarde más fuerte.

Ella asintió y compuso el mismo signo con las manos antes de hablar de nuevo.

Sacudí al ser salvaje     de Sepulcro Saeta.

Canción y coro soy,      y consumada canto.

Fruncí el ceño y los dos retrocedieron.

—Ni se ha inmutado —susurró el joven—. Eso es malo, ¿verdad, Sefawynn?

—No lo sé —respondió ella cruzándose de brazos—. Nunca había aflojado un aelv. —Se dio unos golpecitos con el índice en el brazo—. Trae al pequeño padre, pero con disimulo, sin que se enteren los visitantes.

El chico asintió, pero titubeó un momento.

—No me pasará nada —dijo la mujer sin mirarlo—. La inversión lo ha dejado indefenso.

—Pero acaba de decir…

—Te lo repito, Wyrm —lo interrumpió ella—. ¿Se te ha comido?

El chico bajó la mirada, como si tuviera que comprobarlo.

—Si los poderes del aelv no estuvieran contenidos —dijo la mujer—, no nos tendrías aquí tan campantes. O bien estaríamos bajo su control, o bien seríamos charquitos de jugo humano, machacados contra el suelo. Ve a traer al pequeño padre. A mí no me pasará nada.

El joven asintió de nuevo y se fue corriendo. Volví a reevaluar su edad a la baja. A lo mejor había dado un estirón exagerado.

—¿Podrías enderezarme, al menos? —pregunté a la mujer—. Empiezo a marearme.

Ella me observó sin responder.

—Veamos —dije—. Estás llamándome… ¿ílev? No sé muy bien lo que es. ¿Te importa ponerme al día?

Silencio.

—¿El chavalín es tu hermano? —pregunté—. ¿Sois hijos del señor?

Tenían que serlo, porque ambos iban mejor vestidos que la gente común del pueblo. Pero ¿por qué llamaba «pequeño» padre al señor? En todo caso, estaba claro que no iba a contestarme.

—Has visto cómo el arma del chico me rebotaba en el brazo —dije—. Te lo advierto, soy una persona poderosa y empiezo a cabrearme.

Sus ojos eran como el acero, su rostro absolutamente inexpresivo. Cero estrellas. Preferiría conversar con un cadáver. Por lo menos no estaría fulminándome con la mirada todo el rato. Y seguro que además se le daba mejor escuchar.

Desvié la atención hacia mis mejoras. Estaba claro que llevaba implantes en los antebrazos. Se llamaban… placas. Sí, eso era. Tenía una malla de microfilamento bajo la piel, apoyada por nanoides estructurales y refuerzos en los huesos. Es decir, que sería necesario un láser de potencia industrial o armamento militar para atravesarme la carne, siempre que mis nanoides siguieran funcionando. Otra persona mejorada podría tumbarme a puñetazos con el tiempo suficiente, pero era invulnerable para un puñado de campesinos medievales.

Al pensarlo, activé por instinto una capa superpuesta a mi visión. Mostraba un listado de mis mejoras y su estado. ¡Vaya tela! Tenía placas que subían desde las yemas de los dedos hasta los hombros y me cruzaban la espalda. Otro conjunto se extendía por las piernas, desde los muslos hasta los pies. Ambos equipamientos permitían redistribuir la presión y me concedían ciertas ventajas en términos de fuerza, sobre todo en capacidad de agarre.

Eran unas mejoras carísimas. No era raro empezar a poner placas en algunas partes del cuerpo y luego pasar a otras. La mayoría se decidía por la cabeza y el pecho en primer lugar. Era lo que más sentido tenía.

Pero la conmoción que habían sanado mis nanoides indicaba que no era lo que había hecho yo. Fruncí el ceño mirando el listado. que llevaba placas en el cráneo y el pecho, pero aparecían como inactivas. ¿Qué narices pasaba?

Tenía la vaga impresión de que esas mejoras no las había comprado yo, de que me ganaba la vida trabajando y ni por asomo tenía esa cantidad de dinero. Así que tal vez… ¿quien hubiera pagado mis mejoras no había terminado de instalarme las placas de la cabeza y el pecho? Pero, entonces, ¿por qué las de los brazos, piernas y espalda sí que funcionaban?

No había respuestas en mi memoria, así que traté de desatarme. Por desgracia, los nudos eran buenos y mi fuerza de agarre mejorada no servía de nada si no llegaba a las cuerdas. Los músculos del pecho no parecían presentar ninguna mejora, porque probar a tensarlos no hizo que rasgara las cuerdas ni nada. Seguro que lucí bastante ridículo, eso sí.

Al cabo de un tiempo la puerta se abrió y las lámparas de aceite que había en la mesa chisporrotearon mientras entraban dos hombres. Uno era el joven de antes. ¿Wyrm, se llamaba? El otro era Capa Naranja. Musculoso y con más de metro noventa de altura, parecía un gigante al lado de la mujer. Tenía la barba entrecana, como el pelo, y parecía tener alrededor de cuarenta y cinco años. Pero, caray, tenía toda la pinta de poder meterse en un combate de boxeo contra un peñasco. Y ganar.

¿No se suponía que la gente del pasado era mucho más bajita que la moderna, o algo por el estilo?

—Te seré sincera, pequeño padre —dijo Sefaaa… ¿Cómo se llamaba la mujer?—. No tengo ni idea de qué hacer con este.

—¿Y qué es? —preguntó el señor entornando los ojos al observar mis tejanos, revelados del todo al tener los bajos de la túnica caídos hasta el cinturón.

—No puede ser un espectro de tierra —respondió ella—, porque es visible del todo. Pero fíjate: tiene menos vello que las mujeres, el pelo rapado, manos femeninas…

—¡Oye! —exclamé.

—… y una constitución poco musculosa, además de…

—Mi gente me considera bastante atlético.

—… la tez pálida y rasgos delicados en la cara —concluyó ella—. Observa también sus dientes perfectos y las uñas impolutas. Conozco bien la tradición, pequeño padre. Este hombre encaja como un guante en la descripción de un aelv.

—No es un dios, entonces —dijo el señor, relajándose.

—Sigue siendo muy peligroso —repuso la mujer—. Puede que incluso más. Un dios querría de nosotros algo natural. Un aelv…

—Ha aceptado una ofrenda, pequeño padre —añadió el joven—. El encantamiento. No ha hecho caso a la comida ni a la bebida.

—La palabra escrita —dijo el señor, dando un paso hacia mí—. ¿Vino contigo a nuestros dominios, aelv, o fue su llegada lo que te atrajo? ¿Qué debemos hacer para apaciguarte y aflojarte?

—Liberarme —respondí con mi voz más intimidante—, y disculparos por el trato que he sufrido.

El señor sonrió. Había temido que encontraría una boca llena de dientes sucios y podridos. También me equivocaba en eso, porque el hombre parecía conservarlos todos y, aunque no eran de un blanco puro, tampoco parecían estar descomponiéndose. No los tenía rectos del todo, pero, para tratarse de alguien que vivía en una época anterior a los dentistas, su sonrisa no estaba nada mal. (Dos estrellas y media. No hará estallar la cámara).

—¿Que te liberemos? —dijo—. ¿Crees que es la primera balada que oigo, aelv?

—Había que intentarlo —respondí—. Muy bien, necesitaré una baya que jamás haya visto el sol, dos piedras pulidas por una rana y una hoja de belladona. A cambio, dejaré vuestro pintoresco pueblo con mis bendiciones y regresaré junto a mi gente.

El señor lanzó una mirada a la mujer, que se encogió de hombros.

—Veré… qué puedo hacer —me dijo él.

—O también —propuse— podrías decir a esos dos hombres que me buscan que estoy aquí. Y entregarme a ellos.

—¡Ja! —exclamó el señor—. ¡Sí que eres astuto! Pero dado que no eres pelirrojo ni tienes rasgos de forastero, no creo que les intereses.

Un momento.

¿Aquellos hombres no me buscaban a mí?

El señor se volvió hacia la mujer.

—Tengo que regresar con los mensajeros del conde antes de que se extrañen de mi ausencia —le dijo—. Hay algo raro en ellos, en todo lo que sucede hoy. ¿Os quedáis aquí o venís conmigo?

—Yo me quedo —dijo ella—. Llévate a mi hermano y envíalo a avisarme si ocurre alguna otra cosa extraña.

Capa Naranja asintió y se marchó, seguido por el joven. Su interacción con la mujer me había resultado curiosa. Ella ni se inclinaba ni lo trataba con tanta reverencia como podría haberme esperado. No se había oído ni un solo «milord».

De verdad iba a tener que descartar todo lo que creía saber sobre el pasado.

La mujer seguía observándome. Maravilloso. ¿Iba a mantener una segunda «conversación» con la pared?

—Escucha —dije—, ¿podemos…?

—Dejémonos de embustes, forastero —me interrumpió—. Sé lo que eres en realidad.