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Pazo de Mariñán
Marzo de 1889
—Míralo. Abre los ojos y míralo bien. Repite conmigo, canalla, ¡repítelo! —Leonardo hizo una breve pausa para expandir sus pulmones y permitir que las palabras cobraran forma venenosa al reptar entre sus dientes—: El aliento de las llamas.
El otro palideció frente a la sentencia que anunciaba aquella mirada.
—Ese es el nombre del cuadro, lo sabes, ¿verdad? Pues ¡dilo! Maldita sea, ¡dilo de una vez por todas!
—Lo siento, de verdad que lo siento. Yo…
—No quiero que me digas que lo sientes, necesito ver que lo sientes, que lo entiendes. Ahí está. ¿La ves? ¿Puedes verla?
Él asintió despacio, precavido.
En el centro del cuadro se veía a una mujer sobre una cama, los ojos vendados, encadenada. Su cuerpo, con el rudimentario gris de la pobreza hecho jirones, exhibía belleza y sudor a partes iguales en la turgencia de sus carnes. La espalda arqueada. Desesperada. Boca amordazada en un profundo lamento al cielo. Las rodillas juntas, presión y padecimiento que, al tiempo que ocultan un tesoro, lo protegen. El pecho desnudo, vulnerable y erecto, se abre paso entre el lino para reaccionar impúdico al dolor que aprieta sus dientes. De un rojo ardiente es la línea que une el ombligo a un pubis de porcelana. Las caderas redondeadas, blancas y perfectas, se muestran elevadas, incómodas, iracundas, para dibujar profunda la uve de un sexo prohibido.
—Mírala, ¿Quién le ha hecho eso?
Silencio. El hombre bajó la vista al suelo.
—Mírala a ella y luego mírame a mí —ordenó.
—Yo no sabía… ¿Cómo saber? ¿Cómo imaginar siquiera…?
—¡Silencio! —La rabia que deformaba la geografía de su rostro alcanzó la cima solemne para clavar en sus oídos la amenaza—: Si no encuentro a Jimena con vida, esta noche tu alma arderá en el infierno.
PARTE I
«La nada, aquí»
El día en que unos señores dijeron a Amparo que era bonita, tuvo la andariega chiquilla conciencia de su sexo: hasta entonces había sido un muchacho con sayas.
EMILIA PARDO BAZÁN
Capitulando ante la vida, este mundo
ha delinquido contra la nada…
Dimito del movimiento y de mis sueños.
¡Ausencia! Tú serás mi única gloria…
¡Que el deseo sea por siempre tachado
de los diccionarios y de las almas!
Retrocedo ante la farsa vertiginosa
de los mañanas que se suceden.
Y aun guardando todavía algunas esperanzas,
he perdido para siempre la facultad de esperar.
EMIL CIORAN
1
24 de febrero de 1889
JIMENA
¡Qué denso el aire que respiro en medio de esta oscuridad! Tengo la cabeza aturdida. La muevo de izquierda a derecha, incapaz de levantar los párpados. No veo nada. ¡Nada! No puedo abrir los ojos. Los tengo vendados… ¿Por qué los tengo vendados? Agito los brazos, y el ruido metálico se ríe cruel antes de gritar enmarañado en mis pensamientos que soy una prisionera. Pero una prisionera de quién, desde cuándo, por qué. No consigo recordar cómo he llegado aquí. Pero aquí…, ¿dónde?
¡Qué profunda desesperación me ahoga! La boca abierta, la lengua seca. Gritaría hasta perder la consciencia de no estar amordazada. Las lágrimas escuecen y desbordan mis ojos ciegos como lápidas de un cementerio. Agito las piernas sobre la superficie mullida de un colchón con toda probabilidad de lana. Los muelles chirrían. Silencio. Un látigo nervioso y húmedo me recorre la espalda. Por favor, por favor, si hay alguien ahí, si hay alguien mirando, viendo mi sufrimiento…, piedad, señor, liberadme… ¡Liberadme! Contraigo tanto el gesto que las venas del cuello se me inflaman y un volcán en la garganta advierte la inminente erupción.
La cabeza me bulle. Necesito respuestas. La primera: ¿dónde estoy? Huele a pintura. Sí, aspiro con fuerza, y el olor a óleo y trementina me inunda los pulmones. Debo calmarme. Pero ¿cómo voy a calmarme? Mis manos crispadas dibujan círculos en el aire como aves asustadas bajo el estrépito eléctrico de una tormenta. ¿Estoy encadenada a la cama? Respiro con urgencia; la angustia me golpea el pecho, arriba, abajo, arriba, abajo. En esa noche oscura que es ahora mi mundo busco a tientas una bandera blanca, la calma, mi calma. Tranquila, susurra, shhh, tranquila, me pide. Inhalo mutiladas hordas de aire por la nariz. Me mareo, entendible en mi situación. La incipiente convulsión cede a la intención de esa balsa que me dice sube y quédate aquí, conmigo. Respiro. Sigo respirando. Me quedaré muy quieta hasta aplacar mis nervios. Un poco, solo un poco, nada más.
Un momento. Creo que hay alguien ahí. Un escalofrío se apodera de mí. Tiemblo imaginando una mano en mi rostro. Tiemblo anticipando el dolor en la piel desnuda.
Silencio. El miedo cristaliza mi mente y me paraliza. Mi cuerpo, rígido como una tabla, ni siquiera parece mío. Espero largos segundos en los que siento calor y frío, un mar de sudor y zozobra, pero nadie me toca. ¿Estaré perdiendo la cabeza?
No, no, eso nunca. Me convertiré en una fortaleza. Eso haré. Seré el refugio de mi propia mente para que todo el dolor que quieran infligirme no me alcance, para no precipitarme al abismo de la locura. Caminaré entre recuerdos. La oscuridad y el miedo no me devorarán. Mantendré la cordura. Te lo prometo. A ti que volverás a buscarme. De eso no me cabe duda. Pero sobre todo me lo prometo a mí, única dueña de mi vida y de mi suerte. Sobreviviré, juro que sobreviviré. Lo sé. Sé que puedo hacerlo. Haré lo imposible por salvarme. Al fin y al cabo, ya lo he hecho antes.
2
Madrid
24 de febrero de 1889
«Encuentra a Jimena». Eso le pidió Leonardo con los bomberos insistiendo en la urgencia de subirlo a una ambulancia para salvar su vida.
—Salga de aquí, señora, es peligroso —ordenó un uniformado a voz en grito para hacerse oír sobre el aullido desesperado de las sirenas que cortaban el aire—. La estructura del edificio está a punto de venirse abajo —trató de argumentar con profesional vehemencia al ver que ella no movía ni un pie del sitio.
Al fin, Elvira Pardo Losada levantó la vista. Lenguas de fuego se relamían desde ventanas sin cristales para trepar victoriosas por la fachada del Gran Hotel Inglés en dirección al cielo.
—¡Por allí! —vociferó el capataz señalando con una mano las llamas que subían por el alero del tejado mientras las mangas de las bombas cruzaban la calle.
Medias lunas de vecinos y caminantes con ojos curiosos se arremolinaban a una distancia prudente. Mangueros con brazo diligente se abrían paso entre la muchedumbre.
—¡Apártense! —gritó uno de ellos.
—Elvira… —deslizó Leonardo en un bisbiseo liviano desde la camilla.
—¡Hemos encontrado algo! —exclamó otro bombero volviéndose hacia el capataz—. ¡Necesitaremos un ariete para acceder al interior!
—Rápido, que suban dos hombres de apoyo. ¡Ya!
El inmueble crujía endemoniado al galope de aquel equipo con pocos medios, y menos entrenamiento, pero con inmenso valor.
—¡Dejen paso! —dio orden el capataz en cuanto vio salir al primer bombero con los ojos cerrados y la espalda encorvada.
—Jefe, en la segunda planta había un cuerpo —dijo a un metro de su superior, sin dejar de toser.
Tras él dos hombres sacaban en una camilla un bulto cubierto con una sábana.
Elvira colocó una mano angustiada sobre el brazo de Leonardo sin medir la conveniencia del contacto dadas sus heridas.
—No es posible… —musitó confundida.
Sin verbalizar nada más, con dos ojos aturdidos, se esforzó en buscar respuestas tras un hombre uniformado.
—Dejen paso —insistió el manguero con el rostro tiznado y los hombros cubiertos de pavesas.
Los cuellos y los ojos de los presentes se alargaban con interrogantes en la punta de la lengua y del ánimo. Elvira se preguntaba: ¿sería ella, esa tal Jimena, la fallecida que iban a sacar del hotel en llamas?
—Discúlpeme —comenzó diciendo—, ¿esa mujer es…? —dijo al tiempo que orientó la vista hacia el edificio en llamas.
Dio un respingo, un pequeño bote contenido en el sitio, justo en el resorte de sus rodillas. ¿Qué era aquello que había visto en una ventana? ¿Una cara?
—Espere un momento —interrumpió al bombero, que contestaba a la pregunta que ella misma había formulado—. Fíjese en esa vidriera, justo ahí, ahí mismo —se afanaba en explicar con un brazo nervioso e impaciente bien estirado.
—¿Qué quiere que vea exactamente, señora? —respondió de mala gana.
—Ya no está, vaya… Había un hombre…, lo he visto, sí, era el rostro de un hombre.
—Señora, será mejor que vuelva a su casa. Son emociones demasiado fuertes para una dama. Hágame caso y retírese. Nosotros nos encargaremos de todo.
Elvira frunció el ceño con la indignación propia de quien lee la tutela y la rechaza de la misma forma que rechaza el paternalismo que está tras ella.
—Dígame, entonces, si el cuerpo que han encontrado es de una mujer de nombre…
—¿Quién? —replicó hastiado el bombero—. ¿Mujer…? No, no. Es el cuerpo de un hombre. De eso no cabe duda.
Leonardo, con la huella sangrante de la barbarie del fuego en la carne, hizo señales con una mano para llamar la atención de Elvira.
—¡Salga de aquí, señora! —insistió una vez más el manguero.
Ignorando la amenaza de las llamas y la fatal noticia de aquel cuerpo sin vida, Elvira agarró un extremo de la camilla para impedir que se llevaran a Leonardo.
—Denos solo unos segundos, por favor —pidió.
Mientras, Leonardo la buscaba con la desesperación de quien necesita hacer una revelación de gran envergadura y se le acaba el tiempo.
Ella acercó un oído a su rostro para poder escucharle.
—Elvira, lo que voy a pedirte, de verdad no te lo pediría si no fuera por…
Sus palabras se perdían entrecortadas por golpes de tos en medio de la humareda.
A su espalda, un reducido grupo de tres o cuatro mujeres ganaba posiciones a fin de satisfacer su curiosidad.
—Dime, Leonardo, pierde cuidado y dímelo —lo animó ella sin intuir el alcance de una petición que cambiaría su vida para siempre—. Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea.
Y así era. Así había sido desde los tiempos de la Universidad Central de Madrid. Ambos, recién llegados desde su Galicia natal, habían iniciado una carrera de Derecho que ninguno de los dos llegaría a completar, gracias, en buena parte, al apoyo mutuo que se habían prestado para seguir el impulso de su verdadera vocación: el arte. De esa forma, aportarían grandes logros en otros campos, exactamente en las letras y la pintura, con las riendas de sus vidas en la mano.
Podría no haber salido bien, podrían haber tenido que pedir perdón a sus familias por el exceso de aventura y volver a la rutina de las clases en la facultad, pero los dos se habían esforzado mucho hasta mostrar el talento que avalaba sus obras. No siempre, claro está, pues no habían sido pocos los pasos en falso al principio de sus carreras artísticas. Importantes lecciones que supieron recoger, afrontar y guardar para no verse obligados a claudicar en mitad del camino. Pasos necesarios en los que había resultado fundamental contar con una amistad incondicional como la que ellos tenían.
—Por favor…, te ruego que busques a Jimena.
Leonardo hacía esfuerzos por mantener la consciencia.
—Pero ¿dónde la busco? ¿Quién es?
Sus ojos se quedaban en blanco por breves lapsos de intenso dolor.
Dos de las mujeres en la avanzadilla de aquel grupo, cogidas al ganchete, las barbillas disimuladas hacia el pecho, los ojos y oídos bien dispuestos, comenzaron a cuchichear.
—Debe ser una amante —dijo la de carnes enjutas, brazos cruzados y cruzada sentencia en una mirada amargada—. Aquí vienen a encontrarse con jóvenes y no tan jóvenes, eso sí, todas unas desvergonzadas. Te puedes imaginar el pelaje que deben tener para ocultarse aquí.
—Pelaje no sé, pero buenos dineros para pagar un sitio como este —contestó la segunda de abordo en aquel viaje por la moral de su tiempo.
—Serán ellos quienes lo paguen. De dónde van a sacar ellas el dinero. Parece mentira el comentario —reprendió exprimiendo las arrugas que circundaban sus ojos—. Incluso vete a saber si las casadas les birlarán las perras a sus maridos. Si es que… —se contuvo incapaz de detener el movimiento de negación con su cabeza.
Elvira se giró hacia ellas pidiendo silencio sin necesidad de palabras antes de volverse hacia Leonardo. Las dos señoras enmudecieron pegando bien los brazos al cuerpo.
—Tienes que darme más información sobre esa mujer. —Le habló con urgencia, moviendo la camilla hasta que él atinó a mirarla de frente.
—Ve a Galicia, al pazo. Encuéntrala…, por favor —imploró con los ojos muy abiertos—. Es muy importante…
Elvira asintió con decisión.
—Iré, pero debes decirme algo más sobre ella, quién es esa Jimena. ¿Acaso vive en el pazo? ¿Es familiar? ¿Una amiga? ¿Amante? ¿Quizá algo más? —bombardeó al intuir que su amigo estaba próximo a perder el conocimiento.
—Señora, déjelo ya —ordenó el bombero al tiempo que le colocaba una mano sobre el hombro —. ¿No ve que es urgente llevarlo al hospital?
—Deme un segundo —espetó hacia el hombre, furiosa—. Y no vuelva a tocarme.
—Jimena… es todo —balbuceaba Leonardo, confuso, con los ojos cerrados—. Todo. La nada, aquí. La nada, aquí.
3
Madrid
Aquellas palabras, las últimas pronunciadas por Leonardo, torpedeaban fugaces e incansables la cabeza de Elvira, al tiempo que brujuleaba por calles atestadas de almas en el centro de Madrid.
Se detuvo un instante. La vista al frente, mirada a la nada, a ese algo inconcreto que saltaba en sus pensamientos, y respiró hondamente antes de retomar el camino. Su amigo la necesitaba. Era importante dar con ¿Jimena? Pero quién sería esa mujer. «Jimena es todo», eso le había dicho, eso exactamente, en el lecho del dolor. ¿Acaso lo unía a ella una relación de amor? ¿Qué otra explicación podría tener al referirse a ella en esos términos? Solo alguien que ama puede hablar de ese modo. ¿Estaba Leonardo enamorado? Elvira reconocía bien ese sentimiento. Por eso negó con los ojos en el suelo y con profunda pesadumbre anclada a la tierra que pisaba. Que se esforzaba en no dejar de pisar por dolorosos que fuesen los pequeños pasos que daba. Porque esa sensación, el delirio en la idealización del ser amado, solo podía conducir a la caída de la venda en los ojos. Así lo había vivido ella. Una terrible decepción que no conseguía superar desde hacía semanas, ¿o eran días?, ¿acaso horas? Qué importante el tiempo, ese tiempo desnudo e imperfecto, al que vestir y desvestir, maquillar tras llorar, y convencer para convencernos de no volver la vista atrás, «porque estoy bien, de verdad, ya está. Lo estaré».
Leonardo. Ahora debía pensar en él y en esa mujer de nombre Jimena. Ojalá estuviera equivocada y se tratase de una prima lejana. Negó una vez más, en esta ocasión con la mirada en un recuerdo con el regusto acre del pasado que se esforzaba en superar. Agitó la cabeza para sacudir el sentimiento y obligarse a pensar. ¿De verdad estaba enamorado su amigo? Pero ¿cómo no le había hablado nunca antes de ella?
Un carruaje tirado por caballos se cruzó a sus pies para sacarla de su ensimismamiento, con el sobresalto añadido de un tranvía a sus espaldas. Dentro pudo ver el vuelo de carísimos ropajes con un tocado de plumas en el perfil de una gran dama. ¿Adónde iría con tanta prisa una mujer como aquella?, se preguntó al retroceder un paso en aquella calle donde voces de castañeras y barquilleros se entrelazaban en el aire ofreciendo calientes y aromáticos retazos de invierno. Un despertar del recuerdo para algunos afortunados, un deseo opacado, sin embargo, para quienes vivían a ras de suelo, en el limbo de la esperanza. Así la escena se balanceaba gris y torpe: mendigos con inmensos sabañones por manos extendían sus míseras pretensiones ante burgueses pertrechados de gabanes o capas de lustrosa estirpe, mientras señoras de buen ánimo en la mesa paseaban relajadas entre chicas de servir con el paso acelerado del último recado sin cumplir.
Elvira avanzó por calles y plazas, esquivó estiércol de caballo y negó rotunda ante varios vendedores ambulantes que insistían en lo oportuno de agenciarse alguno de sus productos a módicos precios y a toda costa.
«La nada, aquí», resonó de nuevo en su cabeza. Pero ¿qué querría decir Leonardo con aquellas palabras? Quizá por ser mujer de letras, podría decirse que de natural poeta, los pensamientos con sus múltiples posibilidades discurrían por derroteros propios de la metáfora, la filosofía y el sentido último de la vida que alcanza a ver quien teme no volver a ver nada más.
Acalorada, con el hormigueo propio de la caminata y el bullir profundo de la reflexión, se detuvo ante un quiosco donde un vocero agitaba con especial entusiasmo el periódico del día.
La risotada de un caballero de capa y sombrero captó su atención de inmediato. A escasos dos metros de donde ella se encontraba, dos hombres comentaban animadamente el ingenio redactor tras el titular que ocupaba la primera plana.
—Pobre del hombre que se acerque a una mujer así —dijo capcioso el que sostenía el matinal frente al rostro de su compadre.
—¿Qué será lo siguiente? ¿Querrán vestir pantalones? —contestó el otro.
—Y con pantalones creerán que ya tienen… —La estruendosa carcajada de ambos no permitió terminar aquel comentario con la más que predecible alusión al apéndice de su virilidad.
Taimada y con paso resuelto, la más lenguaraz de las damas que curioseaban la escena frente al Gran Hotel Inglés se acercó a los hombres. Llevaba cara de pocos amigos, quizá la de siempre, la habitual, pensó Elvira. A esa distancia se veía una mujer de tez fina y cabello perfecto. Instintivamente la escritora se recogió el mechón que se deslizaba salvaje sobre su cara para colocarlo tras una oreja.
—Vaya, qué sorpresa —dijo mirando con gesto sibilino y sonrisa entre dientes a uno de ellos—. Te hacía en el despacho hasta la hora del almuerzo.
Estaba claro, se disipaba toda sombra de dudas, que la que hablaba era su esposa. Elvira quiso sonreír maliciosa hacia él, hacia ambos, en verdad, mas fue entonces que su mirada se topó con aquella noticia de misóginas formas y más perturbadores matices. No podía ser…
Con mano firme, se acercó al ejemplar expuesto en el quiosco y, sin dudarlo un segundo, en un rapto de conciencia y al mismo tiempo hijo de esa misma conciencia, arrancó esa página de El Correo, la convirtió en una repulsiva bola de papel y, de no ser por las faldas y de estar en plena calle, la habría mandado de un puntapié a tomar aire fresco más allá de las montañas, en este caso, con toda probabilidad, de la sierra de Madrid.
¿Qué había leído para que afectara de esa forma a su ánimo? En la parte baja de aquella hoja, justo tras la noticia de un muerto batido en duelo, se encontraba un titular provocador y deleznable, como paso previo a una opinión todavía más provocadora y deleznable.
Retomó su camino, releyendo cada palabra en su mente, atropellando el aire, las manos crispadas, con un calor en el cuerpo y la mirada más propio del mes de julio o de una pira funeraria.
Porque en aquella noticia se dinamitaban sus legítimas aspiraciones para ingresar en la Academia de la Lengua, sin más razón que la de pertenecer a determinado género —el femenino, el segundo, el de menor importancia, el último—. En verdad no daba crédito, pero allí estaban publicadas las cuatro epístolas escritas por Gertrudis Gómez de Avellaneda, en las que la gran poeta presentaba sus logros literarios para avalar su ingreso en la Real Academia de la Lengua en 1853. ¿Qué intención podría haber detrás de aquello? No hacía falta leerlas en su totalidad. No hacía falta más que dejar caer la vista en la cita introductoria de Alfonso X el Sabio para advertir el marcado carácter misógino de la publicación, el que había provocado las risas fanfarronas de los hombres que había dejado atrás.
Las mujeres y la Academia.
Cartas inéditas de la Avellaneda
No es cosa honesta que la mujer que quiere o trate de ser sabia tome oficio de varón, porque estando con hombres se vuelve desvergonzada siendo cosa difícil o terrible oírla y entenderse con ella.
La rabia le ardía en el pecho. Cuánto necesitaba en ese momento un hombro amigo para volver a luchar. Pensó en Leonardo y sintió un punto de sonrojo al recordar su estado. Porque todo palidece frente a la adversidad de la piel, ante el fino limbo que separa la vida y la muerte, la salud de la enfermedad, entre el todo y la nada.
Dobló el periódico hasta convertirlo en un cilindro, lo colocó bajo un brazo y apretó el paso hasta su casa cuanto antes. Tenía un tren que tomar para llegar a Galicia sin demora.
El sol asomó entre las nubes blancas. Elvira se perdió un segundo en el resplandor de un abanico de rayos que la cegaron por completo. Se detuvo en el acto. O eso quiso creer, porque tropezó de frente con el torso cuadrado y fuerte de un hombre del que no acertó a ver la cara. Contuvo la respiración con la vista baja, descifrando el suelo a sus pies para no caer, buscando la disculpa que ofrecer al transeúnte. Fue entonces cuando advirtió sobre el empedrado un papel que no dudó en recoger en un gesto exento de la coquetería propia de la adiestrada feminidad de su clase y su género.
Se irguió deprisa para tender aquella hoja a su dueño. El sol insistía en su afán por cegarla. Se llevó una mano a lo alto de la frente para dar sombra a sus ojos. El joven avanzaba ya calle abajo. O debía avanzar, porque, a esa distancia, Elvira no acertó a descubrir de quién se trataba entre la dispersión de espaldas que desfilaban y rompían filas a ambos lados de la calzada.
Bajó la vista al papel que sostenía en la mano. Parecía que se trataba de un mapa. Acercó más la nariz, entrecerró los ojos, alzó las cejas rastreando los trazados, sin dar crédito, incapaz de negar lo que veía. Lanzó de nuevo otra mirada a la calle. Esta vez también a un lado y a otro, a izquierda y derecha. «Oiga, espere», quiso gritar sin saber a quién llamar. Nerviosa, sin entender, con mil preguntas revoloteando en torno a aquel mapa, releyó las únicas palabras que aparecían en un extremo. Eran letras bien grandes, claras, no dejaban lugar a dudas: LA NADA, AQUÍ.
«La nada, aquí».
4
De Madrid al pazo de Mariñán
Medio día tardó Elvira en preparar un amplio baúl repleto de ropa, demás enseres e incontables libros, con tres palabras resonando en la cabeza —«La nada, aquí»—, antes de subirse a un tren en la estación del Norte de Madrid, también conocida como Príncipe Pío, para salir con destino a la ciudad de La Coruña.
Ocupó su asiento con las piernas recogidas, la espalda apoyada y la vista perdida en el cristal de la ventana. Se despidió de la capital con el sabor de un beso rescatado de la memoria, una memoria que querría lejana y, sin embargo, allí estaba, allí seguía. Con aquel último beso que la obligó a suspirar con discreción y cerrar los ojos.
Roberto. Cuánto lo echaba de menos. Compañero de letras y demás pasiones, amigo y amante, Elvira creyó que, aún sin hacer oficial su relación, estarían juntos siempre. Pero «siempre» es una palabra muy grande y pesada, preñada de ilusiones que un día flotan y otro se arrastran. Es la nube blanca en los rayos de un sol inmenso. La misma que golpea con lluvia de acero. Un globo hueco, aire sin forma, el vacío del tiempo. Dentro cabe todo y no hay nada. Es arma en la palabra que miente sin querer mentir y altar en la mirada entregada incapaz de ver el fin.
Elvira y Roberto se entendían y compartían el amor por la literatura, con un respeto mutuo que iba más allá de las conversaciones de cafetín y de los artículos cargados de calculada intención. Un sentimiento que no alcanzaba el afecto emocional de un compañero de vida, ese que da fuerzas de puertas afuera de la alcoba, justo donde más se necesitan.
Suspiró cansada, con el agotamiento propio de quien rememora las causas de un final inevitable, con el único objetivo de reafirmar la separación para que deje de doler pronto, cuanto antes.
Esa noche, la última, ella había formulado una pregunta que desde hacía días se retorcía en la punta de su lengua y en lo más profundo de su pecho. Pronunció el interrogante de forma sutil, con el aire de seguridad que impregnaba siempre su voz, sin rendijas por las que un soplo de sinceridad pudiese menguar una nota, sílaba o palabra que la llevara a ser pillada en un renuncio.
—¿Es cierto eso que he escuchado de que te has prometido con otra mujer?
Elvira no había necesitado escuchar la respuesta. Existen unas décimas de segundo, antes de que las palabras cobren cuerpo de voz, en las que todo lo demás nos delata. Una mirada que busca desesperada una tabla para escabullirse, dos dedos que alternan y se agitan calculando el tono para que el fantasma de la verdad no descubra la mentira, y la precipitada forma en que la saliva se desliza por la garganta como un bocado de tiempo, el mal sabor a digerir antes de huir exudando cobardía en la frente.
Balbuceó un «puede que» y varios «tal vez» sin veces que concretar, y cuantas posibilidades dan calor a la ficción; todo, con toda seguridad, por mantener viva la oportunidad de volver a dormir con ella tras largas horas de debate, conversación y la inspiración que alimenta al intelecto. Pero ¿podía ser eso suficiente para ella? ¿Acaso debía conformarse con vivir una relación clandestina? Ahora, además, convirtiéndose en una amante, una especie de concubina. Intolerable, se dijo, con la vehemencia del orgullo y del necesario amor propio que nunca renunciaría a alimentar.
La pregunta saltó de sus labios con más fuerza.
—Roberto, ¿te has prometido?
—¿Cómo dices? —preguntó sorprendido.
—Digo que si has contraído compromiso de matrimonio recientemente —puntualizó con un regusto desabrido alargando la última palabra.
—Elvira…, tú ya sabes que nosotros… somos colegas, nos respetamos, enriquecemos ideas y demás planteamientos, debatimos…
—Bueno, yo diría que algo más que eso, ¿no?, a tenor de los encuentros en hoteles, de los viajes por Europa…, de tantas veladas, Roberto. ¿O acaso en tu recuerdo no guardas ni el más mínimo rastro de esas noches escanciadas bajo la luna llena?
Él la miró con el gesto circunspecto de quien contiene la daga y siente el ardor en la mano que la va a empuñar.
—Mi querida Elvira —empezó diciendo, y ella contuvo el dolor en el pecho para forzarse a escuchar—, bien has de saber, como yo de entender, que no eres mujer para mí. Y no por tu condición de mujer, que de gracias y dones estás perfectamente dotada —ella controlaba la respiración, no fuera a ser delatada por ese estertor que amenazaba con romper el dique a duras penas soportado—, pues a tus atractivos cabe sumar la sensibilidad de un ser de letras con refinado gusto por la vida y sus misterios, y el coraje de quien no claudica, de quien lucha por cambiar el mundo, por empujar a la sociedad para que abra los ojos en más de una dirección. Todo eso resulta en plenitud estimulante para mí, debes creerme. Ruego no llegues nunca a dudarlo. Y es por eso que pido que no pongas fin a esta excitante aventura para nuestros cuerpos y nuestras mentes, mas, de la misma forma y con mayor fuerza, te insisto en que no quieras ocupar el lugar que hoy la sociedad pide para una mujer tan convencional como necesaria para estar al lado de un hombre. Nada habría de proporcionar esa posición para alguien de tu naturaleza. Nunca podrás convertirte en mi esposa. No quieras serlo, no mengües tus capacidades, tus propósitos vitales.
Nada más que hablar. Qué más podría aportar a quien hacía de la inteligencia un mero músculo a ejercitar, y de sus ideas, una pelota que recoger y lanzar.
En los albores de aquel viaje a Galicia, sentada y con la vista anclada en un punto de dolorosa memoria, Elvira alternaba entre deducciones y causalidades para entender la incorregible naturaleza del hombre, la sociedad y la época a la que inevitablemente pertenecía. Y es que su identidad sufría con la dualidad de ser percibida por la Academia como una intelectual válida, al tiempo que le negaba el ingreso por el hecho de ser mujer, mientras que, para el hombre que amaba, era una mujer válida en la lectura de sus atributos, pero fallaba por sumar a esas cualidades la esencia intrínseca de una intelectual.
Cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia el respaldo, arrellanándose, cansada y hastiada. ¿Cómo podía amar a un hombre que la rechazaba por ser quien era, por cómo era, solo por encajar en la misma sociedad que él criticaba, la misma que juntos querían cambiar? Quizá fuese por no querer verse privado de ciertas prebendas con una mujer siempre a disposición como segundo género en el lecho y absoluta entrega en los quehaceres de la casa.
Sin abrir los ojos, retiró de malos modos las lágrimas que se negaba a derramar por alguien así, reafirmándose en la idea de lo mucho que necesitaba aquel viaje. Ya no solo por la promesa hecha a Leonardo, la cual en otras circunstancias vitales tal vez se hubiese replanteado con más calma, sino por lo oportuno de la distancia, de la salida que ofrecía, una vía de escape, una fuga, una transformación para abrazar la complejidad de aquella dualidad que no era tal. Viajaba, en definitiva, hacia una persona que viviría un futuro marcado por ella misma. Solo por ella. Y para alcanzarlo resultaba ineludible transitar su presente con la mente entre terribles retortijones y el corazón revuelto en mil pasiones. Porque el mañana al que aspiraba se estaba escribiendo hoy.
En pensamientos de grisura y realidad se encontraba Elvira Pardo Losada cuando una dama de alta cuna, a la altura de las que ella acostumbraba a tratar desde la infancia en su casa de Galicia, se acercó tras largo rato observando el sombrío gesto de la novelista.
—Diga usted si se puede —comenzó la señora de evidente estirpe en telas y mirada.
—Por supuesto. Tenga el placer de tomar asiento —contestó Elvira, resuelta, al tiempo que enderezaba la espalda.
La dama se presentó con rango de condesa alargando una sonrisa bajo un tocado de plumas con el que resultaba imposible que pudiera pasar desapercibida. Y así fue, justo por ese tocado, por el llamativo color de unas plumas de desproporcionado tamaño, que el gesto de la escritora demudó con la suspicacia de un recuerdo, más bien de una imagen. Hecho anecdótico o, quién sabe, todo lo contrario, el caso es que Elvira no albergó ninguna duda: se trataba de la mujer que había visto en aquel carruaje que parecía volar atravesando Madrid el día anterior.
5
De Madrid al pazo de Mariñán
Tras tomar asiento con pocos remilgos, la condesa de Figueroa aparcó el bastón con lustrosa empuñadura a un lado y, en un movimiento no exento de cierta distinción, hizo señas a un empleado del tren para que se acercara a la mayor brevedad posible.
—¿Se ofrece algo a las señoras?
Doña Rosaura, condesa de Figueroa, pidió una copa de coñac dejando clara la impronta de su carácter.
—¿Algo para usted? —se dirigió el joven a Elvira.
Antes de abrir la boca para negar la posibilidad, la aristócrata tomó la delantera para apostillar un «¡Que sean dos!».
—Usted me acompañaría encantada, ¿verdad, señorita?
Elvira asintió con un punto cómplice en los labios y el tenue rastro de la sorpresa en su mirada cansada.
—Por supuesto.
El coñac contribuyó a aligerar una conversación que, como no podía ser de otro modo, partió de la naturaleza de aquel viaje para cada una de ellas. Aunque no se demoró demasiado en orbitar hacia intereses comunes.
—¿Elvira Pardo Losada? —preguntó la condesa incrementando la admiración en cada apellido que pronunciaba—. Pues debe saber que justo viajo con uno de sus libros en la maleta. —Señaló el bulto en un altillo—. He leído todas sus obras y he seguido con mucho interés el debate que se ha generado para evitar que ingrese en la Academia. Hay que ver lo que cuesta progresar al tener que sortear mentes de piedra en cuestiones de letras, y eso aunque nos esforcemos en guardar bajo tierra las piernas, las faldas o hasta el corazón.
Elvira evitó asentir ante aquella verdad escrita con ardiente lava en lejanas estrellas.
—Pude leer la desfachatez y el oportunismo con el que se ha desatado la susodicha cuestión académica tras la publicación de las cartas de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Si ella levantara la cabeza… Ella, que reunió el valor necesario para presentar sus méritos literarios ante la docta casa, tal y como habría hecho cualquier otro literato, y total, para qué, fue tan injustamente rechazada hace tres décadas con el único argumento de su sexo como lo está siendo ahora usted por el mismo motivo.
La escritora no tenía mayor interés en seguir avanzando por el rumbo que tomaba el discurso, pero doña Rosaura había alcanzado velocidad de crucero en su alegato.
—Se me ocurre… —continuó la aristócrata con el brillo de cierta picardía en los ojos—, imagino que conoce las Cartas de Petrarca, ¿me equivoco?
Elvira asintió con un leve movimiento de cabeza. Conocía bien las epístolas ficticias que el poeta italiano había dirigido a autores grecolatinos clásicos.
—Al igual que usted, creo en el poder de las letras para entender y afrontar cada reto de nuestras vidas. ¿Acaso escribir lo que vivimos, sentimos o padecemos, o nos hacen padecer, no alivia nuestra mente, nuestro espíritu?
La novelista se preguntaba a dónde quería ir a parar la condesa con aquella extensa introducción.
—Debería usted escribir una carta póstuma a la mismísima Tula, a Gertrudis Gómez de Avellaneda, y hacerla pública para defender su nombre, su posición en el campo de las letras en este país, ¿no cree? Con eso estaría luchando también por el reconocimiento de tantas mujeres literatas que son invisibles.
Tras dar otro trago al licor, la escritora dibujó una expresión de duda, a la que no tardó en dotar de beneplácito. Lo cierto era que admiraba profundamente tanto la obra como la persona de Gómez de Avellaneda. Y, hoy, advertía interesantes paralelismos entre ambas. No solo en todo cuanto se relacionaba con el rechazo de la Academia a admitirlas por razón de género, sino también por sentir que ambas habían sufrido dolorosamente en asuntos de amor.
—¿Qué me dice, señora Pardo Losada?
Elvira no opuso resistencia a que su mirada se perdiera a través de la ventana del tren, en la velocidad, entre el ayer y el mañana.
—Insistiré en esta idea —prosiguió la condesa—, porque es algo que desde hace veinte años recomiendo sin descanso a cuantas mujeres necesitadas de alivio me he encontrado: escriba sobre cuanto mal le pase, cuanto duela en su pecho, cuanto necesite cambiar por algo mejor, y, después, como si lo tira, lo rompe o le prende fuego. Este es mi consejo, el único, estoy segura, que es bueno para avanzar, para superar el mal de amor tanto como el agravio por ser mujer, amante o triste burlada en este juego del amor, que, sin ser tal, tantos son los que lo utilizan para jugar. Y ahora dígame, ¿acaso advierte diferencias entre la forma de sentir y padecer de un hombre apasionado y la de una mujer con la misma intensidad en su pecho?
Por supuesto que Elvira no encontraba maneras de amar diferentes por el hecho de ser hombre o mujer. Había hombres con piel de invierno, sin calor en el alma, y mujeres con un volcán en el pecho y el sol en la mirada. Pero, pese a asentir, a entender la llamada de atención, no le apetecía profundizar en asuntos del corazón, y mucho menos en la cuestión académica. No ahora, no en ese momento, por lo que tan pronto como encontró un viento favorable, la escritora alzó las velas y cambió de tema en busca de otra dirección.
—Entonces, usted, ¿se dedica también a la escritura?
—No, querida. Al menos no de forma profesional. Escribo solo para vaciarme de pensamientos que no quiero continuar alimentando. Después, soy partidaria de lanzarlos al fuego para que desaparezcan y se lleven todo lo malo que me hayan hecho sentir.
Elvira la escuchaba con todos los sentidos. Debía reconocer que, como terapia, la propuesta por la condesa podía ser efectiva, además de económica.
—Centro mis esfuerzos y mi dinero en apoyar el arte y sus causas. En concreto, me interesa la pintura —especificó doña Rosaura.
—En ese caso, estará al tanto de la trayectoria de Leonardo Ardiles.
—Qué desgracia lo que le ha sucedido a Leonardo…, ese incendio… Pero, me pregunto, ¿qué estaría haciendo ese día en el hotel?
—Se encontraba en el café. Ya sabrá que es uno de los lugares predilectos en Madrid para que artistas y también aristócratas se entreguen a interminables tertulias.
—Lo sé, querida —dibujó una sonrisa no exenta de suficiencia—. Me refería al hecho de desconocer el motivo de su viaje a Madrid, teniendo en cuenta el poco tiempo que ha transcurrido desde la muerte de su padre.
Leonardo había quedado con ella en el Café Inglés, esa era la verdad. Tenía que hablar, contarle algo, algo importante que no podía esperar. Tal vez quería compartir una confidencia o quizá se encontraba en la necesidad de pedir algún consejo, no lo sabía… Imposible saberlo, al menos, por ahora.
Pero Elvira no iba a contar nada de eso a la recién conocida condesa de Figueroa, por lo que optó por alargar un silencio hasta que su interlocutora decidió retomar el hilo de la conversación.
—Por suerte, me consta que toda la propiedad del Gran Hotel Inglés estaba asegurada de incendios y los bomberos acudieron pronto a sofocar las llamas.
—Entiendo que gracias a eso ha debido salvarse —dedujo Elvira con el incipiente sopor de una nube de coñac en el pensamiento.
—Confío en que se recupere pronto. Tiene mucho talento. De hecho, me enorgullece decir que soy algo así como su mecenas.
Aquella información sorprendió a la escritora. Cuántas cosas desconocía de Leonardo y, sin embargo, se había embarcado en aquel viaje precipitado para buscar a una mujer de la que no sabía más que el nombre. ¿Qué estaba haciendo? Se preguntó al tiempo que apoyaba ligeramente la cabeza sobre una mano.
—Bueno —continuaba hablando la aristócrata—, tampoco es que él necesite un mecenas con la fortuna familiar de la que dispone o podrá disponer pronto, pero yo me manejo bien en ese mundo y siempre he querido dar a conocer su obra. Ya desde que era un niño y vi sus primeros trabajos, de incipiente talento y absolutamente prometedores, tuve muy claro, y así se lo prometí a su padre, que apoyaría su carrera. No solo en Galicia, sino en toda España. Y en el extranjero.
Elvira escuchaba con atención.
—Sin duda difiere en técnica y expresividad de otros artistas de su tiempo, pero comparte ese espíritu libre y contestatario de quien está comprometido con el arte y la libertad. —Elvira asentía con la prudencia sellando sus labios—. Una lástima que su padre, con toda probabilidad, haya dejado el título nobiliario en manos del primogénito y no en las suyas. Haciendo gala del respeto a la tradición, entiendo yo. Además del hecho de que su hermano posee ciertas cualidades para ostentar el título de las que, por suerte, el corazón y el sentimiento de Leonardo carecen. Y es que, a Cristóbal Ardiles, la capa del marquesado de Montenegro le encaja a la perfección sobre los hombros. Puede decirse que es un hombre tan oscuro como su nombre —dijo y rompió en una estruendosa carcajada.
La tercera vez que el muchacho se acercó a rellenar las copas, la condesa sugirió con buen tino la comodidad que supondría para él dejar ya la botella sobre la mesa. Lo hizo con la misma elegancia y seguridad que había destilado al presentarse: prolongando la línea blanca de una sonrisa, como si tal cosa. Luego se giró hacia su compañera de viaje y añadió:
—La mejor razón que me dio nunca un artista para entregarse al lienzo y al pincel me la dio Leonardo. Él orientaba su pintura en una única dirección vital.
Elvira esperó el momento en que la condesa accediese a completar aquel argumento.
—Me dijo que pintaba para conquistar su libertad. Exactamente eso fue lo que me dijo. Imagino que ya sabrá por qué se lo digo…
Con gesto meditabundo y profunda reflexión, la escritora tomó en su mano la copa y miró a doña Rosaura a los ojos.
—Es justo la misma motivación por la que usted escribe, ¿no es cierto? Así he podido leerlo en su último libro.
Elvira apartó la copa del rostro, embargado de sinceridad, antes de contestar.
—Quizá esa sea la más elevada exaltación ante el público y la crítica. No le mentiré. Pero lo cierto es que yo solo escribo para colarme en un cálido hogar en el que quitarme la ropa, el corsé y los zapatos, sin más fin que encontrarme y descansar entre emociones, algunas rescatadas del olvido incapaz de olvidar, otras, por suerte, creadas con la fantasiosa lucidez de quien quiere vivir soñando.
La condesa de Figueroa supo leer la melancolía tras aquella respuesta y agregó una lágrima a la dulzura del licor.
—El mal de la juventud es ignorar el paso del tiempo. No pierda días ni noches en sueños y viva. Viva, señorita Pardo Losada. Y brinde, brinde conmigo, que hay mucho que celebrar.
Elvira sonrió y brindó para después devolver la vista a la ventana de un tren que avanzaba demasiado deprisa hacia un final que nunca podría saber si estaba suficientemente lejos.
—Bueno, y dígame —continuó la aristócrata—. ¿Adónde es que se dirige? ¿Cuál es su objetivo en este viaje a tierras tan al norte de nuestros apasionados latidos?
Quizá por la falta de costumbre, Elvira comenzó a experimentar los efectos del coñac dentro de su cabeza, también en la vista, primero de lejos, luego de cerca, y en cada una de las palabras que pronunciaba. Incluso en las que pensaba.
—Pasaré un tiempo en el pazo de Mariñán —contestó finalmente—. Allí descansaré antes de embarcarme en una nueva historia —dijo para evitar mencionar el encargo de su amigo Leonardo—. Lo necesito. Como bien se habrá hecho usted idea, viajo con el corazón y la cabeza hechos un lío de lo más doloroso. —Tragó saliva con disimulo para deshacer la quemazón en la boca del estómago—. Y permítame añadir que, con tanto brindis, me resbalan por dentro recuerdos que no me hacen ningún bien. —Hizo una pausa—. Discúlpeme tan solo un segundo.
—Una mujer con su inteligencia y, por qué no decirlo, con su belleza, señorita Pardo Losada, no debería perder el tiempo en disculpas, resta fuerza a sus argumentos.
La joven levantó una ceja con un interrogante mal disimulado asomando a su rostro antes de decidirse a transitar por el vagón en busca de los aseos.
«La conquista de la libertad», rememoró un extracto de la conversación con la condesa…, de la libertad de elegir, de pensar, de sentir, porque de eso se trataba. Cuántas veces no lo había hablado con su amigo Leonardo. Ambos compartían la misma motivación para pintar y escribir. Así lo había plasmado ella en el último libro que había publicado. Un título que escondía la más profunda de las reflexiones, al tiempo que proyectaba la cima que cada persona debía coronar.
Abrió una puerta y un vagón con acabados muy corrientes apareció ante ella. En él, otro perfil de viajeros, ¿quizá la tercera clase? Orientó la vista a un joven de hombros bien dispuestos, mirada del color del trigo y plena concentración sobre un libro, ¿un libro? El prejuicio asomó a un pensamiento que no tardó en ser censurado y neutralizado por la razón y, sin pensar en lo inapropiado de estar allí, avanzó pasillo adentro con la poderosa curiosidad adueñándose de sus pasos.
No fue hasta alcanzar la altura del asiento de aquel hombre de atractivas cualidades que Elvira fue consciente de que el libro que leía no solo había sido escrito por ella, sino que, además, se trataba de su última obra y la más íntima, la que llevaba por título El encaje del silencio. A la conquista de la libertad. Torció el gesto en una mueca y recordó cuánto restaba por trabajar en la sociedad para cumplir los objetivos planteados ya solo en aquel título para que las mujeres lograsen el mismo punto de libertad que los hombres. Libertad para pensar, para cuestionar, para ser y decidir estar, pero también para amar. ¿Qué hacía un hombre como aquel leyendo un libro así? Y una vez más un prejuicio en el desfiladero de su mente.
El tren se detuvo de forma tan brusca que al grito de los niños que se sentaban al fondo del coche se sumó el suspiro ahogado de la propia Elvira al perder el equilibrio, en tan desafortunadas formas que fue a parar sobre las rodillas de aquel lector de ojos trigueños.
La luz parpadeó un par de veces antes de sumir al vagón y probablemente a la totalidad del tren en la oscuridad. Entre los pies suspendidos en el aire, a un par de palmos del suelo, el hecho de sentir bajo las nalgas la dura encuadernación de su libro y los trompicones de un tren que no acababa de arrancar, la escritora no completaba el movimiento para recuperar la vertical. Buscaba a tientas un asidero al que poder agarrarse, pero no conseguía detectar ninguno. Mientras, su cuerpo se bamboleaba de un lado a otro. A una mujer como ella aquella situación, sentir ese grado de vulnerabilidad, entre las voces asustadas que parecían volar por el vagón y su cuerpo convertido en marioneta sin control, la desconcertaba.
Fruto de la desesperación en las manos al buscar un saliente firme al que aferrarse, soltó sin pretenderlo una especie de manotazo en el rostro de aquel hombre convertido en asiento bajo sus faldas.
—Ruego me disculpe —exclamó ella al escuchar el golpe sobre la piel que aquella insospechada coyuntura había provocado.
El vagón se agitó de nuevo sobre las vías, tal animal de gran tonelaje haciendo equilibrios sobre una cuerda floja. Como un látigo en el cuello, la cabeza de Elvira reaccionó con brusquedad hacia delante y a punto estuvo de darse un buen golpe contra el respaldo de otro asiento. Algo que no llegó a suceder gracias a la rápida intervención de una mano que sin dudar la libró del impacto.
No fue hasta pasados unos segundos, en el retroceso de aquel movimiento, cuando Elvira entendió lo que acababa de suceder. En ese momento, con la cabeza sobre el pecho del joven y los ojos cerrados del susto, respiró el olor de su piel con el rostro de Roberto clavado en la memoria. ¿Qué estaba pasando? Se preguntó al expandir una mirada redonda como dos lunas llenas en aquel vagón de confusión en improvisada oscuridad sin estrellas.
—¿Se encuentra bien? —preguntó él con acento del sur de España.
Elvira enderezó la espalda como un resorte. La luz volvió a parpadear en lo alto del coche de tercera y se quedó frente a frente mirando a aquel desconocido.
—Ha estado usted muy rápido…, si no fuera por su mano… —balbuceó con el ritmo de un timbal en ese inmenso mar que se esforzaban en proteger sus costillas.
—Bah, no ha sido nada, pierda cuidao —contestó y al segundo abrió un poco más los ojos para observarla—. Pero ¿usté es…?
Elvira recuperó la compostura y se puso en pie para ganar perspectiva. De esa forma podría examinar mejor al dueño de aquella mirada traviesa y boca de graciosas formas.
—Discúlpeme —hizo una pausa—, el caso es que… su cara me suena. ¿Ve usted eso posible?
—No, señora, no lo creo —dijo con un tono que invitaba a tomar en consideración el lugar en el que estaban, el que ocupaba él allí.
Elvira entendió el trasunto de aquella explicación, sin embargo, volvió a su cabeza la imagen de un papel con tres palabras, esas tres palabras para las que todavía no tenía explicación: «La nada, aquí».
—Lo cierto es que yo estaba buscando los aseos —dio por toda respuesta.
—¿En tercera clase… —preguntó agarrando el libro para mostrarle la portada— doña Elvira Pardo Losada? Porque usté es la autora de El encaje del silencio, ¿no es cierto?
—Soy Elvira —dijo al tiempo que tendió una mano hacia él.
—Alejandro García —se presentó estrechando su mano para sorpresa de ella, más acostumbrada a que se la sostuvieran como una pluma e incluso depositaran en ella un beso, en demasiadas ocasiones viscoso e innecesario.
Alejandro advirtió el asombro en su rostro y no tardó en reaccionar.
—¿Soy yo quien no ha entendido su obra y sus discursos, o más bien es que a usté se le han olvidao? —preguntó con un acento tan sevillano como irreverente.
—¿Perdone? —Se revolvió ella con los coletazos del coñac brillando en el fondo de las pupilas.
—Quiere que la traten como una igual, ¿no? Igualdad entre hombres y mujeres, ¿o se refería solo a igualdad entre intelectuales y los que se sientan en primera clase?
—Me parece que lo ha entendido a la perfección —contestó ufana apretando la mirada y también, y con inusitada fuerza, la mano al andaluz.
El silbido del tren asustó a un niño pequeño que echó a correr atropellando en su huida a Elvira. Ella volvió a perder el apoyo de ambos pies sobre el suelo sin peor resultado, ya que Alejandro una vez más se puso en pie para socorrerla.
—Señora Pardo Losada, se me está malacostumbrando usté, ¿eh?
Aquella gracia, aquel acento, la tamaña osadía y el calor que de pronto hacía dentro del vagón…, tal vez algo de eso, tal vez todo, o incluso nada que pudiese explicar en su fuero interno con palabras, pues la sangre parecía haberse dispuesto cual arrebol en sus mejillas, Elvira se sentía como embrujada. Pese a todo debía recobrar la firmeza en su voz y contestar.
—Repliegue el exceso de simpatía y de brazos, Alejandro. No tenía intención de caerme, y de hacerlo, no concibo mejor plan que volverme a levantar.
Él la miró con una sonrisa pequeña, ciñendo la mirada en torno a ella.
—Y ahora, si me permite, debo volver a mi asiento.
Elvira sacó del bolsillo el billete de tren para leer el número de coche asignado y así poder orientarse.
—Por lo que veo, viaja en el mismo vagón que la condesa de Figueroa, ¿no es cierto?
—¿La conoce? —Se sorprendió ella.
—La vi antes de subir al tren y la ayudé con el equipaje. Coincide que conoce el pazo en el que entraré a trabajar como jardinero.
Elvira cogió aire, la bocanada de tiempo necesaria para formular la pregunta.
—¿Por curiosidad ese pazo no será…?
—El pazo de Mariñán —concretó él—. El gran pazo del marqués de Montenegro.