Día de matanza
Isla de Cortegada, 1910
Agitó la cabeza. Con los ojos apretados y dos pequeñas manos tapando sus oídos, la niña lloraba escondida en el tronco hueco de un árbol. No muy lejos, el corazón de un cerdo se aceleraba al leer en un destello de acero la fatalidad de su suerte.
Tras un banco de madera con ancho suficiente para sostener el lomo al cebón, cuatro mujeres con ánimo arremangado entre baldes, machetes y cuchillos aguardaban a que otros tantos hombres sacasen del cubil al sentenciado a muerte. Atado a una cuerda y con las patas traseras resistiéndose a avanzar, las pezuñas resbalaban sobre dos tablones que hacían de rampa y abismo en su camino al cadalso. Gruñía y gritaba, alaridos que se clavaban desesperados en busca de oídos, manos, pies y hasta conciencias a las que agarrarse.
La pequeña Alma contraía el rostro al tiempo que hundía dedos y uñas a ambos lados de su cabeza rememorando los días en que había jugado con el gorrino como si de otro niño se tratase. Durante semanas, para ella y las hijas de las sirvientas, esas que tanto extrañaban a sus padres embarcados rumbo a América, no había existido mejor juguete que aquel pequeño ser que tan pronto se dejaba acunar en brazos como salía disparado creyendo ser un toro bravo para mordisquear el bajo de sus vestidos. Quizá por eso no era de extrañar que tuviese un nombre… ¿Por qué se lo habría puesto? Ahora sería más difícil. Ahora sería imposible soportar los quejidos agudos que impulsaba al aire y la alcanzaban.
Al fin, los chillidos del animal se apagaron con el frío filo del metal atravesado en su garganta. Alma lloró con la vista en el suelo, sin saber si alzarla al cielo o cerrar los ojos. Gimoteó sin cesar, sorbió mocos y refregó los ojos en su falda antes de erguirse despacio. Dio un paso, luego otro mientras componía una mueca de repulsión por el olor a sangre que inundaba la atmósfera del pueblo, antes de salir corriendo.
Ella huía y la noche caía lenta. Las sombras se derramaban sobre pequeñas casas encaladas donde la humedad penetraba sigilosa para exudar miseria. Agua y esporas que anidaban en los rincones devorando paredes frías con círculos inmensos. Un perro gañía acobardado en el escondrijo de una era, mientras dos muchachos celebraban el susto alzando el tirachinas en medio de un arsenal de piedras.
Alma sabía que no tenía que estar allí, que no debía alejarse tanto de su casa, que aquel no era su lugar, pero quería encontrar a su amiga, a esa amiga que era su luz y casi también su sombra, que la acompañaba siempre en los paseos y guardaba los secretos, no fueran descubiertos y pesase sobre ella la condena de no salir en mucho tiempo. La conocía bien. Se conocían. Por eso Alma sabía que hoy ella estaría llorando la muerte del animal en algún sitio de aquella pequeña isla.
Empezó a llover. Primero despacio. Una fina capa de agua acariciaba los rostros expectantes de dos niños. Un tercero soplaba a pulmón a través de una paja hueca a fin de hinchar la vejiga de un cerdo para jugar a chutarla. Alma contrajo el gesto con los desgarradores chillidos aún calientes en los oídos. Risas, un gol por la escuadra, el más pequeño empezó a llorar. La improvisada pelota había salido rodando y debía ir a buscarla.
Alma avanzaba entre los matorrales para evitar ser vista. Seguía al pequeño confiando en que así encontraría a su amiga. Más de una vez la había visto brincando con aquel mocoso, cuidándolo como si de un hermano se tratara, repartiendo con él las rosquillas que sacaba a hurtadillas de la cocina en los oportunos descuidos de la cocinera.
Un despiste. La niña creyó sentir la mirada reprobatoria de una anciana invidente sentada tras una ventana y perdió de vista al niño. Sin saber cómo, se adentró en el patio trasero de una casa. Allí la vegetación era alta, salvaje. Caminó en cuclillas, escuchó voces de adultos y se escondió bajo la lona negra que colgaba del lateral de un cobertizo. Estaba oscuro, olía a excrementos y a sangre. Sintió una arcada. Oyó el sonido de un soplete, la forma en que la llama se movía en el aire y lo contaminaba con el hedor de la piel quemada. Una arcada se abrió paso desde la boca del estómago. Luego otra más violenta. Un latigazo la dobló por la mitad y tropezó con un balde de metal galvanizado que cayó con estrépito sobre el cemento. ¡Maldita sea! Algo caliente se derramó sobre sus zapatos. Apartó la lona, asustada, y vio las tripas del cerdo llenas de heces cubriendo el charol y las hebillas doradas. Dio un salto. Quería gritar, pero se tapó la boca. No podía ser descubierta.
Echó a correr. Atrás dejó la carcasa del animal enganchada por las patas traseras desde lo alto de una viga mientras un hombre se afanaba en quemar las gruesas cerdas que cubrían el cuerpo. Aquella imagen se le clavó en los ojos e impulsó sus piernas de tal manera que creyó volar. Pero solo podía correr. Solo quería correr. Con los puños cerrados, levantó la tela de su vestido a la altura de sus caderas para ganar movimiento. Zarzas, ramas bajas, inmensos helechos y los fríos ojos de una noche que amenazaba tormenta.
Parpadeó varias veces convencida de que no se arrancaría nunca esa imagen del recuerdo, no podría olvidarla. ¿Habría algo peor? «Nada —se dijo—. ¡Nada!», gritó una voz horrorizada en su cabeza. Se equivocaba. Un relámpago rompió impío el firmamento. Levantó las manos y ordenó a sus pies que se detuviesen en el acto, pero el impacto de aquella visión golpeó su cuerpo, su equilibrio, y cayó sobre la hierba mojada. De pronto sus ojos la abrasaban, su boca abierta quería gritar con fuerza. Todo su cuerpo temblaba. ¡Allí estaba! La había encontrado… ¿En verdad era ella?
Rogó, imploró… Al fin gritó con todas sus fuerzas.
Terrible lucidez la que escondían las sombras.
La niña colgaba por los pies cual péndulo a merced del viento. Una herida se abría rojiza y profunda a un lado de la garganta. La cavidad del pecho abierto exhibía sin pudor la ausencia de corazón. Alma reconoció la ropa, reconoció el cuerpo…, no así la cabeza, desfigurada, abrasada, sin cabello ni rostro, pero con un nombre y un apellido tan fuertes que nadie en aquel lugar los olvidaría nunca.
El hallazgo
Monasterio de Armenteira
Pontevedra, 2002
El frenético ritmo de las campanas alertó a las hormigas que serpenteaban en fila buscando un rincón en el que desaparecer dentro del monasterio. Con ojos asustados y cogidas de la mano, dos jóvenes religiosas atravesaban el claustro con el miedo huidizo de quien quiere correr y duda si será correcto andar.
—¡Daos prisa! —ordenó la madre superiora mientras agitaba una mano cual molino de viento en un aire húmedo.
Tras ellas, como un enjambre de abejas, el grupo compacto de monjas de más edad apuraban el paso sin perder la rectitud de las espaldas envueltas en confusión, teorías y demás zumbidos.
—Parece que las han encontrado durante las tareas de restauración, ocultas tras una losa —murmuró una religiosa de paso lento y formas generosas.
—Sí, eso he escuchado. Envueltas en telas mugrientas y carcomidas por el tiempo —reforzó la de menor altura y nervios poco adiestrados.
Un cartel improvisado en una hoja de papel impedía el paso a la sacristía.
—Ahí dentro —señaló con poca discreción y un rápido salto de cejas la misma monja de perfil acelerado—. ¿Explicará por qué mató a esa pobre criatura? —dijo, e inmediatamente se santiguó.
—Ya está bien de tanto parloteo —reprendió la madre superiora al tiempo que flanqueaba una puerta para reconducir la curiosidad del grupo—. Aquí no hay nada que ver.
De pronto la puerta se abrió y un hombre con acreditación de prensa del Faro de Vigo apareció ante ellas. Las mujeres aminoraron el paso todas a un tiempo, alargando cuellos y ojos hacia el interior de la estancia. Flashes luminosos provenientes de una cámara de grandes dimensiones abarcaban la totalidad de la sacristía mientras el fotógrafo se acercaba cuanto el objetivo le permitía a unas hojas de papel que lucían el amarillo propio de los años. Todas ellas colocadas con sumo cuidado sobre una mesa, una al lado de otra.
Bocas entreabiertas, sorpresa, murmuraciones con mecha corta que corrían veloces entre labios y orejas… «Son esas». «¿Las has visto?». «No me lo puedo creer». El reportero sacó el móvil del bolsillo para hacer una llamada cargada de intención ante los impresionables oídos de las presentes.
—Prepara el titular: «Aparecen los últimos escritos de Guillermo de Foz. ¿Descubriremos la naturaleza oscura de un autor maldito o la sangrienta historia de un condenado a muerte?».
Primera parte
Sombras

Ahí están…, ¡ahí! No me hablan, no se mueven…, sombras que envenenan la mente y maldicen el alma… Me han encontrado.
GUILLERMO DE FOZ
Paderne (Vilanova de Arousa)
Pontevedra, 2002
Imposible calcular la fatalidad en nuestras acciones. Eso me digo cada día desde el momento en que llamé a Lalita, mi abuela, para darle una sorpresa y la maté. Sí, porque hoy, después de todo lo que ha pasado, no me cabe duda de que esa llamada detuvo para siempre su corazón. Y sería solo el primer corazón en detenerse en una historia en la que se sucederían terribles muertes.
Busco mi reflejo en el espejo de la habitación y no encuentro el valor necesario para mirarme a los ojos. Al fondo, sobre la cómoda, una urna funeraria me observa esperando el momento de la despedida. Me rompo. El espejo llora frente a mí, un rostro velado por la peor de las agonías en el duelo: la culpa. Esa piedra inmensa que me niego a cargar y, sin embargo, me veo obligada a escuchar sus argumentos para no volver a cometer los mismos errores.
Sobre la cama, apoyada en una mano que tiempo atrás lucía una alianza y ahora solo muestra una huella blanca, despliego a mi alrededor hojas de papel con la firma inconfundible de Guillermo de Foz, un autor maldito cuya historia cambió para siempre mi vida y la de aquellos a quienes más quería.
Universidad de la Sorbona
París, 2002
Días antes
Empezaré por el principio.
Era mi última clase en la Sorbona como profesora en el departamento de Literatura antes de cogerme una excedencia, un año sabático para descansar. ¿O era para pensar? En cualquier caso, al margen del pretexto que pronunciase en voz alta ante colegas, alumnos y familia, necesitaba desconectar, hacer un alto en el camino para coger fuerzas tras separarme de Ernesto.
Así que allí estaba yo, nombrando a grandes autores y autoras entre los siglos XVIII y XX.
—El marqués de Sade, Edgar Allan Poe, Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik, ¿qué tienen en común?
Lancé la pregunta a los asistentes y me vi empujada a orientar sus respuestas:
—¿Existe el malditismo o es la llamada locura de los genios la responsable del brillo de su creación?
El debate estaba servido. Había quien aludía a una genialidad incomprendida para la época que les había tocado vivir. Otros apuntaban a una sensibilidad especial para percibir el mundo y al ser humano, para desentrañar emociones más allá de la moral de su tiempo con el arte de moldear pensamientos con letras. Por supuesto, hubo quien señaló la enfermedad mental y hasta la oscuridad de almas atormentadas.
Sin saber cómo, mi cabeza, tal y como venía sucediendo en las últimas semanas, cada vez con más frecuencia, voló a través de la ventana entre recuerdos y nuevas ilusiones que me esforzaba en encontrar. Últimamente estaba demasiado despistada.
De ahí que cuando el alumno que acostumbraba a encadenar preguntas que rozaban la impertinencia levantó la mano para preguntarme por el hallazgo del Cuaderno de un condenado a muerte de Guillermo de Foz, un poeta dudosamente catalogado —y descatalogado— como maldito, me quedé en blanco. ¿Cómo era posible? Cierto que la obra de este autor apenas había trascendido, devorada por el crimen que había cometido en 1910, pero aun así, ¿cuántas veces había recitado yo alguno de sus poemas? Podía ser desconocido para otra persona, no para mí. Nunca olvidaría los versos que tantas veces le había susurrado a Ernesto durante nuestros primeros años de convivencia, cuando todavía me escuchaba.
Pero estaba tan desconectada del mundo, tan centrada en levar anclas, que desconocía la existencia de ese cuaderno. Imperdonable. Sonreí con la incomodidad manifiesta de quien no tiene una respuesta clara o, peor, tiene varias y todas tan inconexas como difíciles de refutar. Entonces, el joven del que yo en ese momento no recordaba ni el nombre enumeró las atrocidades que el poeta maldito —o el maldito poeta— había cometido sobre el cuerpo de una joven de trece años.
—Yugular seccionada en un cuerpo sin corazón, colgado como un cerdo por los pies, y el rostro abrasado por el fuego, desfigurado en un grito sordo, silenciado para siempre.
Un embarazoso mutismo recorrió el aula.
—Dígame, profesora Fontán, ¿cómo un poeta tan lúcido y sensible a los misterios de la vida y la muerte de los hombres solo es recordado por un acto tan sangriento? —me preguntó con un punto de afectación en la voz, ausente en la lista del horror que parecía haber declamado.
De esta forma, y muy a mi pesar, la última clase concluyó con una serie de divagaciones e imprecisiones que poco podían aportar a ninguno de mis alumnos, más allá, por supuesto, de intentar salir ilesa de comprometedoras preguntas para las que no tenía respuesta.
Me acerqué a la puerta para despedir a los asistentes, animándolos a estudiar y emplazándolos a vernos con más fuerza el próximo curso. Cuando di el último apretón de manos, vi al otro lado del pasillo al doctor Hervé García, catedrático del departamento y el hombre más respetado de la facultad, pese a tener la misma edad que yo. Me saludó agitando un periódico en el aire.
—Al final lo has hecho, te has cogido ese año —dijo con un halo de tristeza—. Te echaremos de menos por aquí.
—No será más que un año. Sobreviviréis —acerté a decir con una leve sonrisa.
—¿Sabes ya qué vas a hacer en este tiempo?
—Supongo que aprender a vivir sin Ernesto —señalé en un gesto inconsciente la huella reciente de la alianza.
Él bajó un segundo la mirada, como si buscara algo en la punta de sus zapatos.
—Y ponerme al día en literatura.
—Ya he visto el apuro en el que te han puesto.
La expresión de mi rostro lo animó a aportar más información.
—Gabriel Gondar, un alumno brillante, aunque sin mucho tacto. Tengo la suerte de ser el tutor de su tesis. Echaré de menos no tenerte cerca para comentarla juntos, porque tiene intención de trabajar una premisa francamente interesante.
No añadí nada. Sin embargo, mis ojos respondieron a ese sentimiento que se anticipaba a la distancia con la que viviríamos el año siguiente.
Él, quizá incómodo, se dispuso a continuar hablando.
—Sin duda, Gabriel ha leído la noticia, salió en la prensa hace unos días —concluyó y me mostró la portada del periódico.
Leí atenta: «Aparecen los últimos escritos de Guillermo de Foz. ¿Descubriremos la naturaleza oscura de un autor maldito o la sangrienta historia de un condenado a muerte?».
—Qué interesante —musité—. Creo que empezaré por Guillermo de Foz en mi propósito de ponerme al día.
—En ese caso, tal vez te interese saber que el departamento tiene recursos y le gustaría publicar un estudio sobre estos escritos, los últimos del poeta y a los que el autor se refiere como Cuaderno de un condenado a muerte. Yo he pensado en ti.
Dudé.
—Lo harías sin presión alguna, con tiempo y estudiando en la tierra del propio autor. No me negarás que es una propuesta endiabladamente atractiva. Solo tendrías que reportarme tus avances vía correo electrónico cada dos o tres días.
Me planteé la propuesta. Dejar mi casa una temporada no me vendría mal. Eran tantos los recuerdos felices que escondían sus paredes…
—Como sabes, todo lo que rodea a la figura de un maldito me seduce mucho.
—No se me ocurre nadie mejor que tú para arrojar algo de luz a esta historia. Y sé que lo disfrutarías.
Me tentó con destreza. Sabía cómo convencerme.
—¿Qué hay de ti? Sé lo mucho que te gustaría retirarte un tiempo a estudiar la vida y la obra de algún poeta. ¿Por qué no Guillermo de Foz? ¿Qué te lo impide? —concatené preguntas.
Metió las manos en los bolsillos como si se escondiera antes de dar una respuesta.
—No puedes hacerte una idea de cuánto me gustaría.
Tragué saliva.
—Pero —ahí estaba el «pero»— soy tutor de varias tesis este año y alguien debe quedarse para echarles una mano —acertó a decir.
Lo premié con una mirada cargada de admiración.
—Además, está Cynthia… —añadí para recordarle la existencia de su pareja.
—Ahora mismo está embarcada en un proyecto de… —resopló con una sonrisa en los labios—, lo cierto es que no estoy seguro.
Sonreí.
—Pero bueno —retomó—, debo insistir en que seas tú la persona que vaya a Galicia, Antía —guardó cierto entusiasmo en la última bala—, estoy convencido de que te sentará bien un viaje a la tierra de tus antepasados.
Galicia, 2002
Galicia, tierra de encantamiento y tradición, me recibió con un cielo gris que anunciaba tormenta. Le había prometido a Hervé que profundizaría en la vida y obra de Guillermo de Foz para que alumnos inquietos como el del último día —no olvidaría nunca ese momento—, pudiesen obtener las respuestas que merecían.
Hervé había asumido como propia la organización del viaje: billete de avión a cargo del departamento de la universidad, solo ida; alojamiento en una pequeña aldea cercana al monasterio en el que habían aparecido los escritos de Guillermo de Foz; los pertinentes traslados… Todo, hasta el último detalle, para que me sintiera cómoda.
Lo hizo con el mismo gesto templado con el que me acarició el rostro el día que me encontró llorando en el cuarto de la impresora. Unos minutos antes yo había llamado a Ernesto para decirle que tenía razón, que debía arreglarme más, volver a ser divertida, salir del rincón de la biblioteca, de los libros, las historias y los pensamientos. Comidas, cenas, fiestas, amigos. Estaba dispuesta a todo. A darlo todo, pero era demasiado tarde. Ernesto terminó por dejarme.
Aunque lo cierto era que me había dejado mucho tiempo
antes, poco a poco. En la mirada lastimera de quien veía mi cuerpo cambiar, en las despedidas fugaces antes de salir recién peinado hacia el gimnasio, en besos al aire antes de encuentros con amigos y amigas, en los «buenas noches» con medias sonrisas y espaldas frías. Ya no compartíamos momentos de sillón y libro, cenas con vino en zapatillas de casa, excursiones de domingo con Alicia, nuestra hija. Porque teníamos una hija. Aunque hubo un tiempo en que creí que era solo mía.
Hervé había contactado con don Santiago, un profesor de periodismo jubilado con quien había trabado buena amistad mientras disfrutaba de una beca posdoctoral en la Universidad de Santiago. Él y su mujer, doña Edelmira, aceptaron de buen grado recogerme en el puerto de Carril, en Vilagarcía de Arousa, frente a un restaurante llamado A Castelara. Gratamente sorprendida, admiré el porche cubierto de enredaderas, fantaseé entre hojas verdes mientras leía las suculentas sugerencias de la carta y me alejé empujando la maleta con la promesa de regresar para disfrutarlas como se merecían.
Un todoterreno aparcó con suavidad muy cerca. Las puertas se abrieron para que una pareja de septuagenarios descendiese sin prisa. Me quedé mirándolos antes de que ellos me localizaran y disfruté viendo cómo en un gesto inconsciente entrelazaron las manos antes de cruzar la calle, demostrando que cada obstáculo lo sorteaban juntos. En pocos segundos, don Santiago y doña Edelmira salieron a mi encuentro y me saludaron con la mirada relajada de quienes parecían estar en paz con la vida. Sonreí. Eran justo el tipo de personas de las que necesitaba rodearme. Durante un largo y cálido instante, imaginé una estancia idílica de lluvia y recogimiento, sol templado en verdes paseos y deliciosas comidas. Qué grave mi error, de qué forma mi ignorancia velaba los secretos que guardaba aquel lugar.
Don Santiago no tardó en exhibir el amor por su tierra señalándome la isla de Cortegada.
—Nuestra joya verde —dijo.
Una pequeña isla, a la que se refirió como un bosque flotante, que se encontraba a escasos doscientos metros y llevaba casi cien años deshabitada. A principios del siglo XX el pueblo entregó esa tierra al rey Alfonso XIII, confiando su vida a una promesa de prosperidad que les permitiría eludir la siempre triste emigración.
—Una pena que al final todos acabaran marchándose, arruinados por la quiebra de la Banca Barral, la encargada de pagar las indemnizaciones a los pobladores —apostilló muy serio el viejo profesor.
—¿Adónde emigraron? —pregunté con curiosidad, intuyendo la respuesta.
—Algunos salieron hacia Europa: Suiza, Francia, Alemania; pero la mayoría optaron por América: Montevideo, Río de Janeiro…, pero, sobre todo, a Buenos Aires.
Asentí. No eran novedad las olas de emigración que habían llevado a tantos gallegos a buscar trabajo y mejores oportunidades al otro lado del Atlántico. Tan solo en las primeras dos décadas del pasado siglo XX, casi un millón de gallegos habían dejado atrás su tierra a sabiendas de que nunca más regresarían.
—Tal vez en alguno de esos barcos arribaron mis antepasados al Puerto de la Plata —dije con escasa convicción—. Al fin y al cabo, me llamo Antía por mis raíces gallegas. —Don Santiago me miró con interés renovado—. Mi abuela nació en algún lugar de Galicia —añadí.
—Entonces estará emocionada porque estés hoy aquí —asintió en un ejercicio de empatía.
Una profunda melancolía dibujó en mi mente el rostro sereno y risueño de Lalita. ¿Por qué habría guardado silencio siempre sobre su infancia en aquel lugar? En ese momento decidí llamarla. Una insignificante decisión, un diminuto movimiento en el universo que solo perseguía darle una sorpresa y que derivó en terribles consecuencias.
Paderne
Vilanova de Arousa
Don Santiago y Edel —apenas entré por la puerta me pidió que la tutease— vivían en uno de esos lugares cercano a los sueños. Un paraje de formas y colores serenos en donde el verde daba paso a la piedra y la puerta a una lumbre que parecía arrebujar los más cálidos recuerdos. Quizá por la chimenea encendida y el crepitar del fuego, o tal vez por la acogedora inmensidad de las paredes cubiertas de libros y salpicadas de fotografías sin poses ni posados, apenas tardé unos minutos en sentirme como en casa.
Fijé la vista en aquellas estampas de felicidad: risas, caricias, abrazos de una pareja joven que traspasaban el brillo del revelado.
Modestos y orgullosos, me enseñaron cada estancia de un hogar lleno de detalles y rincones donde soñar convertidos en ovillo de suave lana hasta conducirme a una habitación en la planta de arriba. Él insistió en llevar mi maleta. Ella me ofreció dulces, empanada, un poco de queso, ¿quizá algo para beber? Decliné agradecida y respondió con un adelanto del festín que me esperaba para cenar.
En cuanto guardé la ropa y mis enseres personales, me senté en un sillón tapizado en terciopelo azul frente a una pequeña ventana con el móvil en la mano dispuesta a marcar el prefijo de Argentina. La voz cantarina y jovial de la recepcionista de la residencia en donde vivía Lalita me saludó con una familiaridad que mi conciencia agradeció enormemente.
—Por supuesto, señora Fontán. Justo anda por acá, de vuelta de su gimnasia.
—¿Crees que está cansada? Podría llamar mañana… —acerté a decir.
—¿Cansada? ¡Lalita tiene fuerza para salir al boliche! —enfatizó la joven.
Escucharla después de varios meses fue una bendición. Era increíble que una mujer que ya había cumplido un siglo de vida conservase tanta energía.
—¡Antía! Mi dulce nena… Pero qué alegría escucharos —exclamó nada más oírme.
—Perdona —respondí en un reflejo culpable—, debería llamar más. Hace ya tantos años que salí de Argentina…
—Nada que lamentar, Antía. El mundo es grande y has de recorrerlo. Y aunque ya me cueste reconocer tu acento, sigues teniendo el corazón porteño —me cortó—. Venga, contame a qué andás.
—¡No adivinarías nunca dónde me encuentro!
—Como no digás que en la recepción o a la vueltita misma de la esquina, me temo no me vas a sorprender —respondió con un leve temblor en la voz que yo sabía que precedía a una risa traviesa.
—Ya quisiera, Lalita. Y aun así, creo que te voy a sorprender.
Hice una pequeña pausa para aumentar la expectación.
—¡Estoy en Galicia! En una aldea diminuta de la provincia de Pontevedra.
Mutismo.
—Aquí están tus raíces, ¿no es cierto? —Esperé unos segundos a que dijera algo y por fin fui yo quien rompió el silencio—. Tengo muchas ganas de conocer este lugar. Se ve hermoso. Tan verde…, pero si hasta tienen un bosque flotante, ¿Te lo puedes creer? Una frondosa isla verde en la ría de Arousa.
—Galicia —musitó nostálgica.
—Sí, Lalita, ¡Galicia! ¿En qué zona naciste? ¿Lo recuerdas?
Lágrimas. Pude escuchar cómo se deslizaban, cómo trataba de contenerlas y sorbía la emoción.
—Galicia —repitió con un hilo de voz.
Me despedí de ella con un sabor amargo en el fondo de la garganta. Tan hondo y tan agrio que al respirar se me clavaba. Dolía. Esa noche no pude dormir pensando en el malestar que le había provocado a Lalita.
En el desayuno, don Santiago me preguntó por la llamada, y cuando le conté lo que había pasado me habló de la morriña, de la saudade de la tierra. Dijo que era un mal silencioso que hacía mucho bien al ánimo, un lugar en la memoria al que volver, una casa en medio de una fraga verde, con olor a pinos, rumor de gaviotas y el hermoso canto de la anduriña que vuela miles de kilómetros para regresar en invierno. Edel asintió mientras se acercaba con una bandeja desde la cocina.
—Pan recién sacadito del horno —anunció—. Cuidado, que todavía quema.
—Manjar de dioses —celebré.
Alargué una mano para alcanzar una rebanada y justo en ese momento sonó mi teléfono. Apurada, me disculpé.
—Cógelo, podría ser tu abuela —profetizó don Santiago.
No, no era ella, porque ya no volvería a escuchar su voz. La noticia llegaba de Buenos Aires, de la residencia de mayores en la que solo unas horas antes ella hacía gimnasia. Mala señal llamar a otro continente cuando tu reloj marca las cuatro de la madrugada. No necesitaba descolgar el teléfono para saberlo. Qué pronto se aprenden esas lecciones, de qué forma se graban a fuego en la memoria.
—¿Señora Fontán? Lo siento mucho…
No recuerdo si aquella voz afectada dijo algo más. Yo solo fui capaz de escuchar un pésame con eco a desconcierto. Se sucedieron las frases… «Pero si estaba bien», «cierto que era mayor», «pocos llegan a cumplir la centuria», «muy pocos», «afortunada por una larga y feliz vida». «Larga y feliz vida», repetí en mi cabeza. Sentí entonces el calor de las lágrimas y un frío en el alma para el que creía estar preparada hasta que llegó el momento de demostrarlo.
Buenos Aires
Doce horas antes
Lalita colgó el teléfono con el peso de la tribulación en el ánimo. Les dijo a las enfermeras que estaba indispuesta y pasó el resto de la tarde en su habitación.
—¿Tenés frío? —preguntó la cuidadora al ver que sus piernas temblaban, los hombros subían y el pecho se hundía curvando la espalda.
Negó con un movimiento de cabeza, con ojos taciturnos, emprendiendo un viaje en el tiempo, un largo camino plagado de sombras, de monstruosos recuerdos que se retorcían y apretaban con el plomo y la pólvora quemando sus entrañas.
Tiró de la gaveta de su escritorio e introdujo una mano con dificultad por culpa del seísmo que amenazaba a su cuerpo y a su mente. Alcanzó una hoja de papel, también un bolígrafo y escribió una frase de despedida junto a un nombre y un apellido: «Perdóname, Antía, porque hoy enterrarás a un fantasma».
Después se tumbó sobre la cama, cerró los ojos con la vista en el Atlántico que se extendía profundo y violento ante sus ojos. Sintió el azul y el verde en un cielo que anunciaba lluvia en su mirada, hasta llegar al rojo intenso de una secuencia de imágenes cubiertas de sangre. Su corazón no pudo soportarlo, latió y remó con fuerza, abrió las alas buscando la levedad del aire y en un suspiro desprevenido esa bala escondida en la recámara de sus recuerdos la mató.
Entre Galicia y Buenos Aires
Las dos horas que estuve en el aeropuerto las pasé colgada al teléfono explicándole a Alicia las razones por las que no podía viajar conmigo. Ella se encontraba entonces con su padre en Barcelona, donde se había instalado él con su nueva ilusión, Vanesa. Una nueva ilusión, como si existieran las viejas ilusiones. En el podio de los andrajos se encontraban las viejas glorias, las muñecas rotas, pero ¿dónde estábamos las viejas ilusiones? No lo sé hoy como no lo supe el día que me dijo por teléfono: «Eres una mujer maravillosa, pero… No creí que esto nos pasaría a nosotros, pero…». «¿A nosotros?», quise responder; sin embargo, no dije nada.
Fue duro volar sin ella, sin Alicia, decirle que no una y otra vez. Podía entender que quisiera acompañarme, adoraba a Lalita, se adoraban. Además, desde el divorcio había estado muy pendiente de mí. A veces dudaba de quién era la madre y quién la hija. Al final la convencí sin decirle que la causa que motivaba aquella decisión era que a Ernesto le parecía inoportuno modificar sus planes. Porque él era un hombre de planes, de carreteras asfaltadas, sin obras, sin baches y sin cambios de sentido. ¿Cómo renunciar al fin de semana en Port Aventura que había planeado, todo incluido, para que Alicia viajase primero a Madrid y luego volara conmigo a Argentina? ¿Qué importaba que ella también sufriese el duelo, que prefiriese abrazar a su madre para llorar juntas por Lalita? Ernesto consideró que con un par de vueltas en el Dragon Khan se le pasaría. Sin pañuelo, todo recto y a paso ligero. Como si fuera tan fácil superar la partida de alguien a quien quieres.
Alicia. Ella era lo más preciado que me había dejado mi matrimonio con Ernesto. Eso me repetía constantemente por no ver todo aquello que me faltaba desde que él se había ido. Porque durante aquel periodo me esforzaba en prestar atención solo a sus defectos. Nada más que a eso. Me preguntaba si así superaría lo nuestro. Suponía que sí. Estaría bien. Estaría mejor.
Alicia tenía ya quince años, costaba decirlo en voz alta. Y era mucho mejor que cuanto alguna vez había soñado antes de ser madre. El nombre se lo debía a Lalita, la abuela Ali. Imposible olvidar la emoción y los nervios con los que había recibido a su bisnieta en brazos. «Es igualita a mí», repetía sin dejar de mirarla, de hacerle cucamonas que, por supuesto, la niña ni intuía. En aquel momento me sentí plena. ¿Qué más podría pedirle a la vida? ¿Al universo entero? Ver las manos nudosas de mi abuela haciendo pincitas en el aire, moviendo con gracia su espalda, pajaritos por aquí, cinco lobitos por allá. Y sonrisas, muchas sonrisas. Me miraba y yo veía las lágrimas que le rodaban por las mejillas. «Ay, mi Antía —decía—. Que ayer mismo te tenía a ti en brazos y te cantaba las mismas canciones». Y entonces la que lloraba era yo. Quizá las hormonas jugasen su papel, pero eran tantas las imágenes que me venían a la cabeza, tan cálidos los recuerdos de la infancia agarrando esas manos, esos instantes en los que deseaba crecer sin ser consciente de que mi abuela también lo haría.
Así aterricé en Buenos Aires, también en el presente, para abrazar por última vez el cuerpo menudo de Lalita, ignorando por completo todo cuanto iba a suceder. Porque en ese momento, frente a su féretro, con el frío instalado en su piel y en mi alma, yo abriría una puerta al pasado para avanzar a tientas en un lugar oscuro y mohoso, cubierto de sangre, donde tendría que luchar por salir indemne.
Buenos Aires
Enfermeras, cuidadoras, instructores de yoga y hasta un profesor de baile me dieron el pésame en la residencia donde había pasado las últimas dos décadas de vida mi abuela. «Parece increíble, pero si estaba bien», repetían con miradas de incomprensión hasta que alguien recordaba que tenía más de un siglo. Entonces, solo entonces, algún presente abría en un destello la mirada y apretaba los labios deseando en secreto la misma suerte.
Permitieron que me tomara el tiempo necesario para estar a solas con ella. Me acerqué contenida. Le habían pintado los labios de rosa, el color con el que siempre enmarcaba su sonrisa. Estaba hermosa. Parecía dormida. Quizá por eso le cogí la mano, deseando acariciarla, pero un gélido latigazo rompió la fina capa de serenidad que ocultaba torbellinos de agua salada. Dejé que las lágrimas hiciesen su trabajo para aliviar esa herida que gritaba, pues solo de ese modo tendría una posibilidad de curar, de instaurar la calma necesaria para volver a caminar.
De pronto, una mano en el hombro me sobresaltó. Me giré con el corazón bombeando sangre y miedo a partes iguales. Un hombre con terno oscuro y gafas de montura en el mismo color me miraba con gesto de gravedad.
—¿Antía Fontán? —preguntó.
Asentí mientras buscaba un pañuelo de papel en el bolso y, casi sin darme tiempo, me indicó una pequeña sala anexa en la que hablar, con un sofá y una mesa de centro, sin luz natural, sin ventanas. Se presentó diciendo que era el notario de Lalita y, por tanto, el custodio de su testamento y últimas voluntades. Hasta ahí bien. Entendible. Quizá precipitado y falto de tacto, pero entendible. Introdujo una mano en el bolsillo interior de su americana, extrajo un papel doblado por la mitad y me lo tendió.
—Su abuela guardaba esta nota para usted. Según parece, fue lo último que escribió al sentir que le llegaba la hora.
La leí. No era más que una línea de texto, pero me provocó un desconcierto inmediato.
«Perdóname, Antía, porque hoy enterrarás a un fantasma». Y un nombre y un apellido que no identificaba.
—¿Qué quiere decir esto? —pregunté con los ojos enrojecidos y el peso del duelo todavía en la lengua.
El notario no contestó, así que me tocó a mí seguir lanzando cábalas al aire.
—Lalita era una mujer alegre, optimista, ¿por qué habría de referirse a sí misma como un fantasma? ¿Por qué tendría que pedirme perdón?
—Todo a su tiempo —contestó con aplomo.
—¿Y esta firma? ¿Por qué firmó…?
—Es su apellido de soltera. —Zanjó así mis nebulosas divagaciones—. Pero ahora, vayamos con lo más importante.
«¿Más?», pensé. Entonces me trasladó el último deseo de Lalita, un extraño encargo que yo no hubiese sido capaz de intuir ni volviendo a nacer. Apoyó un maletín negro sobre la mesa, lo abrió, rebuscó entre varias carpetas, tomó una en la mano y pareció asentirse a sí mismo antes de empezar a leer en voz alta.
Tal vez por los nervios que me devoraban silenciosos desde la fatal noticia, o puede que por el grado de perplejidad que me provocaba cuanto estaba escuchando, lo cierto es que no reaccioné, o lo hice con tal estupor que el notario me animó a sentarme en el tresillo para decirme cuál era el deseo de Lalita: que llevara sus cenizas a Galicia, a la isla de Cortegada. No pude evitar gritar ese nombre en el interior de mi cabeza. La sorpresa fue mayor cuando descubrí que no solo eran sus cenizas. También las de su madre, mi bisabuela. Tuve que acomodarme en el asiento para escuchar brevemente, de boca de ese hombre, la historia que había detrás de aquella petición.
Buenos Aires
Jamás había oído hablar de la madre de Lalita, ni en una anécdota trivial, ni en una historia familiar… Nunca hasta ese día. De nombre Blanca, había muerto en 1925, a los pocos días de nacer mi madre —quien sería su única nieta—, sin enfermedad conocida ni causa a la que apuntar. Como si esperara ese momento desde hacía tiempo. Así, la alborada de un domingo de mayo encontró su pálida piel sin pulso y a ella con los ojos cerrados. En el funeral, los presentes hablarían del vacío que dominaba su mirada, en una especie de deambular sin rumbo con sonrisas a un pasado del que nadie sabía nada.
—No sería la primera emigrada afectada por la añoranza de su tierra o de su gente —añadió el notario para mi sorpresa y de su propia cosecha.
A medida que el hombre me detallaba la forma de ser de Blanca, deduje que Lalita había sido todo lo contrario a su madre. Al menos, a la madre que desembarcó en Argentina. Porque Lalita era pizpireta, alegre, inquieta. Un remolino de vida.
—¿Por qué querría que las enterrasen juntas en Galicia? —pregunté—. ¿Por qué en Cortegada?
—Porque ese era el lugar de donde salieron tantos años atrás para empezar una nueva vida —señaló el hombre.
«¿Por qué ese hombre sabe más de la historia de mi familia que yo?», me pregunté.
—De esa forma, se cerraría un círculo —continuó el notario, ajeno a las interpelaciones de mi cabeza—. Y, por encima de todo, porque Blanca le hizo prometer a Lalita que llevaría sus cenizas de vuelta a su tierra, a un bosque verde que crecía en medio de una ría azul, justo el lugar en donde afirmaba haber dejado su corazón.
Parecía una bonita historia. Eso debió leer en mi rostro el notario mientras me explicaba sobre un mapa las coordenadas exactas del lugar donde debía enterrar las cenizas de Lalita y de Blanca, si no fuera porque, en realidad y sin ser consciente, me estaba conduciendo al abismo en el que la casualidad me obligaba a fruncir el ceño: ¿Debía enterrar las cenizas justo en la isla de Guillermo de Foz?
Carril
Vilagarcía de Arousa (Pontevedra)
Don Santiago no tardó en perfilarse como un hombre resolutivo con inusuales dotes para la logística y la intendencia. No necesitó más que una hora para contactar con el hijo de un amigo para que nos trasladase a mí y a las cenizas de mis antepasadas desde Carril hasta el interior de Cortegada. Exactamente el tiempo que me llevó escribirle a Hervé para contarle las novedades de aquel viaje a medio camino entre lo personal y lo profesional que se entroncaba con mi pasado familiar.
El hombre con quien habló, en torno a las cuatro décadas cumplidas, disponía de una pequeña dorna con motor fueraborda que él mismo había restaurado y que, en los meses de temporada alta, alquilaba a turistas y demás veraneantes para hacer rutas por la ría de Arousa.
Aunque encuadrada dentro del Parque Nacional de las Islas Atlánticas desde hacía muy poco, la pequeña isla era propiedad privada. Pertenecía a una inmobiliaria compostelana, tras haber sido comprada a don Juan de Borbón en 1978 con el único fin de convertirla en lo que a todas luces sería otra isla de La Toja. Así me lo había explicado en el trayecto hasta Carril mi anfitrión en aquellas tierras, don Santiago, con un punto de indignación en la voz, para terminar con el esperanzador mensaje de quien aspiraba a recuperar mediante justiprecio la propiedad de la isla para el pueblo de Carril.
Sergio Seoane. Ese era el nombre de quien sería mi compañero de viaje en la breve travesía hasta alcanzar la orilla de Cortegada y que, después, me guiaría hasta el punto del mapa señalado a fuego con tinta roja por el notario de Lalita.
De piel blanca y ojos cansados, vestía pantalón negro de neopreno y una gruesa parka que se intuía pesada. Eché un vistazo al cielo y descubrí con cara de circunstancias cómo una calígine brumosa desdibujaba el horizonte como si fuese una cortina de suaves ondas de agua que, al ritmo del viento, avanzaba hacia la isla.
—Creo que serás la primera pasajera en subir a esta dorna con abrigo de pasarela y tacones —dijo con una sonrisa cargada de intención mientras echaba un vistazo a mis botas.
—Es una gabardina —me defendí hasta que la expresión divertida en su rostro me sacó del error.
—Soy Sergio —se presentó, y me tendió una mano enorme que estreché con fuerza a pesar de que a duras penas conseguí abarcarla.
—Antía —acerté a decir.
—Don Santiago debió advertirte de que hoy hay aviso amarillo por mala mar.
—No importa —mentí—, son unas botas muy cómodas —volví a mentir.
Sin más preámbulos, saltó al interior de la embarcación. Quizá por lo inadecuado de mi calzado para esta excursión, el salto me pareció una proeza y la sorpresa en mi cara debió delatarme. Como en una escena a cámara lenta, me fijé en cada movimiento del pantalón de neopreno de mi acompañante. «Pero por qué lo miro», me pregunté, y una voz me susurró con retintín: «¿Que por qué? ¿Te lo digo en meses o en años? Porque la última vez con Ernesto fue…». Miré a un lado. Creo que hasta puse los ojos en blanco tratando de hacer memoria. Cuando Sergio me ofreció la mano para ayudarme a descender al interior de la dorna me sonrojé. Como si fuera transparente, como si la dueña de esa vocecilla enseñase un muslo en un coqueto parpadeo al más puro estilo Betty Boop. Alargué una pierna, luego la otra y aterricé en la embarcación manteniendo con dificultad el equilibrio para no caer en sus brazos. Algo que sin duda la señorita Boop habría celebrado.
—Qué suerte la mía —soltó Sergio. Sentí calor en las mejillas—. Una autorización para pasear a plena luz del día por Cortegada —explicó—. Ahora, entre que es propiedad de la inmobiliaria y forma parte de Parques Nacionales, nadie sabe a ciencia cierta cómo seguir cuidándola. Porque si no fuera por los cuidados del pueblo de Carril…
—Entiendo —asentí.
—Cuéntame —pidió mientras arrancaba el motor—. ¿Qué te lleva a Cortegada en esta época del año? Los turistas suelen recorrerla en meses con un tiempo algo más amable.
No contesté. Todavía no.
—Imagino que debe de ser importante para que hayas conseguido autorización tanto de Parques Nacionales como de la inmobiliaria.
—Se lo debo a don Santiago. Él habló con el director de Parques y…, bueno, mi ex es arquitecto y alguna que otra vez ha jugado al golf con el presidente de la inmobiliaria en Barcelona, donde ambos residen.
—Vaya, ahora sí tengo verdadera curiosidad por el motivo que te trae a esta isla.
Silenció el motor a varios metros de la orilla.
—Ya hemos llegado —exclamé—. ¡Qué rápido! Y además, ya no llueve. —Sonreí victoriosa y secretamente aliviada.
Sergio saltó al agua, dando sentido al neopreno, por bien que le sentase esa prenda que yo consideraba imposible. Agarró con una mano la dorna y tiró de ella clavando con fuerza los pies en la arena, bajo el agua. Yo me dejé llevar. Como miss Daisy. Una vez en tierra firme, me pidió que le enseñara el lugar exacto al que debía ir.
—Donde se encuentran los robles comepiedras —comentó sorprendido con la vista sobre el mapa.
—¿Qué? —pregunté con extrañeza.
—Robles deformados que van incorporando las piedras a su tronco a medida que crecen.
—Extraño lugar para enterrar unas cenizas —murmuré.
Sergio me miró con profundidad y esta vez sentí que era yo y no Betty quien temblaba.
—¿Unas cenizas?
—Las de mi abuela y mi bisabuela. —Toqué con una mano el bolso que llevaba, como si quisiera señalarlas—. Ambas nacieron en esta tierra y, aunque acabaron sus vidas en Argentina, es aquí donde quieren descansar.
—Ya… —Apartó la vista hacia el interior de la isla—. Hace muchos años, antes de la entrega de esta isla al rey Alfonso XIII, esa zona era un hermoso jardín con rosales donde se citaban los enamorados. Tal vez ese sea el motivo por el que han pedido ser enterradas ahí, y no los robles comepiedras.
Ese comentario me sorprendió, y como un viento frío en la cara recordé las palabras exactas de la bisabuela Blanca, que quería ser enterrada en el lugar donde había dejado el corazón.
Isla de Cortegada
Caminamos encadenando comentarios y pinceladas de nuestra vida, por lo demás triviales: «¿De dónde eres?», «por tu acento diría que no eres de aquí», «¿a qué te dedicas?», «vaya, qué interesante…», «¿y tú?», «claro, entiendo, las cosas aquí no deben de ser fáciles para encontrar trabajo».
Pegado a un murete cubierto con mimo de aterciopelado y verde musgo, el camino discurría alternando pequeñas piedras con hojas canela que resplandecían silenciosas hacia el corazón de la isla.
—Pues menos mal que no llueve o esto sería un cenagal. —Sergio aportó este matiz a una observación pasada que, por supuesto, yo ignoré.
—Es una pena que esta isla no se disfrute en otoño e invierno. Su belleza es incuestionable —reconocí embelesada.
Creo que en ese momento él me miró enarcando una ceja.
—Aquí es.
Se detuvo frente a un roble cubierto de tumores que parecía sacado de un cuento tenebroso. El lugar señalado en el mapa se encontraba tras aquel peculiar árbol que se alimentaba de las distintas piedras que encontraba en el camino. No pude evitar dilucidar por un instante qué hubiese pensado Kerouac de aquel viaje, qué alumbraría su mente de haberlo conocido.
—Esta isla alberga rincones muy especiales —añadió con cierto misticismo.
Me impulsé con ayuda de una rama con la robustez necesaria a fin de sortear las piedras que alguna vez dieron forma a un muro y en ese momento semejaban piezas desperdigadas de un puzle. Pese a que la vegetación crecía más salvaje alejada del sendero, tras avanzar un par de pasos encontré un pequeño claro en el que otro árbol centenario preservaba majestuoso su perímetro.
Acaricié la corteza con la levedad de las yemas de una mano mientras escrutaba cada milímetro, cada herida por el paso de los años. Lo rodeé despacio, sin dejar de buscar la última indicación, la señal que alguien habría hecho un siglo atrás y que yo tenía que encontrar. Di con ella. Cerca del suelo, casi pegada a la tierra, una rosa tallada en la madera resistía al tiempo para mostrarme que aquel era el lugar en el que debía enterrar las cenizas de Blanca y Lalita.
Alargué el cuello y busqué a Sergio con la mirada. Él, prudente, me había dejado la intimidad suficiente al alejarse unos metros, sendero arriba, para fumar un cigarro. Provista de una pequeña pala de jardinería, me arrodillé y empecé a cavar. La capa más superficial estaba húmeda. Extraje la tierra con facilidad, pensando en Lalita y en su madre, en el motivo por el cual habrían decidido descansar allí. ¿Habrían sido ellas las últimas pobladoras de aquella isla entregada con falsas promesas a un rey?
Avancé sin dificultad, sin toparme con piedras. Una palada, tierra que yo dejaba a un lado; otra palada, tierra al otro lado; así una y otra vez, pala, tierra, pala, más ritmo, más… Hasta que lo retorcido del destino me hizo encontrar lo inimaginable.
Lancé la pequeña herramienta al fondo del agujero, grité y me levanté de un salto. Me torcí el tobillo en el acto por aquellas malditas botas. Sergio se acercó corriendo.
—¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? —preguntó, tendiéndome una mano.
Con la respiración todavía alterada y la mirada en aquel hoyo, me erguí despacio. El tobillo palpitó acalorado en cada uno de los pasos que debía dar para acercarme de nuevo a aquel pequeño abismo.
—Ahí dentro —señalé.
Sergio me miró con gesto de no entender nada, y aun así se puso de cuclillas para descubrir la causa de mi grito. Agarró el mango de madera de la pala y tiró de ella. Precavido, fue subiendo la mano hasta que el metal de la hoja quedó a la vista.
—Pero… ¿¡qué es eso!? —acerté a decir, aunque apenas pude retener una náusea.
Él lo agarró con la mano para liberarlo de la pala que en el último movimiento lo había insertado.
—Es… —dudé—. ¿Realmente es…?
—Un corazón.
Román Ruibal, inspector de policía en Vilagarcía de Arousa, no tardó demasiado en acudir a mi llamada acompañado de la forense. Me llevó más tiempo convencer a Sergio de que debíamos dar aviso de nuestro hallazgo a las autoridades competentes. Él insistía en que podía ser el corazón de un animal. «Un cerdo, quizá», dijo. «Como si fuera algo tan normal encontrar el corazón de un cerdo enterrado en una isla deshabitada», pensé.
Sentí cierto alivio cuando el tobillo se fue enfriando y apenas dejó una pequeña hinchazón y poco más que una molestia. Pero mi cabeza ardía. Eché un vistazo al bolsón que me acompañaba para llevar a cabo aquel encargo que había recibido del notario. Dentro continuaban las dos pequeñas urnas. Ese era el lugar en que debía enterrarlas, el elegido por Blanca. El lugar en el que tantos años atrás ella había dejado su corazón. «Su corazón», musitó una voz en mi cabeza. Esas eran las palabras exactas. ¿Coincidencia? No tenía ningún sentido. Aun así, quise creer que lo sería.
Ese día me reservaba más coincidencias. Demasiadas. El móvil empezó a sonar. Vi un prefijo de Buenos Aires.
—Señora Fontán —comenzó diciendo el notario—, ¿ha cumplido con el encargo de su abuela?
—Ha surgido una complicación —no quise entrar en detalles— que espero solventar pronto. Le mantendré informado. Será la primera persona a quien se lo comunique, créame.
—Recuerde que hasta ese momento no podré hacerle entrega del testamento, y para ello deberá personarse en mi despacho o entregar a alguien de su confianza un poder notarial —advirtió antes de despedirse con el mismo tono neutro con el que había comenzado a hablar.
Parsimonioso y curvilíneo, el inspector Ruibal se acercó a ver cómo su acompañante introducía el corazón dentro de una bolsa de plástico transparente.
—¿Crees que es humano? —preguntó.
—No me cabe la menor duda —concluyó la mujer.
—¿Y el resto del cuerpo? ¿Tendrán que excavar toda esta zona? —intervine, preocupada.
El inspector de policía se giró con cara de pocos amigos.
—Disculpe, señora…
—Fontán —añadí, intuyendo la forma en que me invitaría a marcharme.
—Señora Fontán, gracias por haber llamado. Ahora ya nos encargamos nosotros —aseveró con suficiencia—. Sergio Seoane la acompañará de nuevo a Carril.
Acepté la invitación y enfilé el sendero que debía conducirme de nuevo a la dorna.
—¿Quieren mi número de teléfono por si fuera necesario? —pregunté antes de desaparecer.
La forense hizo un gesto hacia el policía y él se acercó de mala gana con una pequeña libreta y un bolígrafo en la mano.
—Usted dirá. —Se dirigió a mí con voz cansada y la punta del bolígrafo apoyada sobre el papel.
Fue al desandar el camino hacia la orilla, con mi bolso y las pequeñas urnas al hombro, cuando fui consciente de que no sabía cuándo podría enterrar las cenizas de Blanca y Lalita.
El sonido de un motor centró mi mirada en el horizonte. Una barca neumática saltaba sobre el mar. Avancé, cruzando las ruinas del poblado hasta llegar a la vieja ermita y sentí aquella embarcación cada vez más cerca hasta que al fin su motor se apagó. Un hombre con una cámara fotográfica se lanzó al agua, saludó fugazmente con gesto torcido a Sergio Seoane y subió a grandes zancadas por el sendero a tal velocidad que ni me vio. Yo, en cambio, sí pude distinguir una acreditación de prensa colgada del cuello. Por la forma en que Sergio me recibió, yo debía llevar el desconcierto dibujado en la cara.
—Seguro que existe una explicación —dijo, y empezó a encadenar frases con diminutos espacios de tiempo entre ellas—. Si este es un lugar tranquilo… Un buen lugar para vivir… ¡Si es tierra de poetas! —exclamó.
—Malditos —añadí.
Sergio me miró con renovada curiosidad.
—¿Cómo dices?
—Entiendo que te estabas refiriendo a Guillermo de Foz, un autor maldito —expliqué.
—¿Lo conoces?
—Soy profesora de literatura en la universidad de París —le aclaré.
—Qué interesante —murmuró—. Aunque, bueno, no sé en París, pero aquí todo el mundo conoce la truculenta historia de Guillermo de Foz, pero de su literatura… poco o nada —se carcajeó al tiempo que arrancaba el motor.
«Guillermo de Foz», susurró una voz en mi cabeza que apuntaba una posibilidad a lo que acababa de vivir en esa isla. Hice en silencio el trayecto en barco hasta Carril. «Blanca, corazón, Cortegada, Guillermo de Foz». Barahúnda de interrogantes que murmuraban enmarañados en mis pensamientos.