1

Mi hijo Johnny está muerto.

Jonathan Sinclair Dennis, así se llamaba. Murió a los quince años.

Hubo un incendio y yo lo quería y lo traté mal y lo echo de menos. Ya no se hará mayor, no encontrará pareja, no se entrenará para participar en otra carrera, no se irá de viaje a Italia como quería, no montará en una de esas montañas rusas que te ponen cabeza abajo. Nunca, nunca, nunca. Nunca volverá a hacer nada.

Aun así, aparece a menudo en la cocina de mi casa en la isla Beechwood. Lo veo de madrugada, cuando no puedo dormir y bajo a por un trago de whisky. Luce el mismo aspecto que cuando tenía quince años. El pelo rubio y abundante, de punta; la nariz quemada por el sol. Se muerde las uñas y suele ir con bermudas y sudadera con capucha. A veces, cuando hace frío en casa, se pone su anorak de cuadros azules.

Dejo que beba whisky, porque al fin y al cabo está muerto. ¿Qué daño puede hacerle? Pero lo que más me pide es chocolate caliente. Al fantasma de Johnny le gusta sentarse en la encimera y tamborilear sobre los armaritos inferiores con los pies descalzos. Saca las viejas fichas del Scrabble y se dedica a componer frases sobre la encimera, mientras hablamos. «No comas nada que sea más grande que tu trasero.» «No aceptes un no por respuesta.» «Sé un poco más amable de la cuenta.» Cosas así.

A menudo me pide que le cuente historias sobre nuestra familia.

—Háblame de cuando erais adolescentes —me pide esta noche—. La tía Penny, la tía Bess y tú.

No me gusta hablar de esa época.

—¿Qué quieres saber?

—Cualquier cosa. Lo que hacíais. Vuestras travesuras en la isla.

—Era igual que ahora. Salíamos con las lanchas. Íbamos a nadar. Jugábamos al tenis, comíamos helados y cenábamos barbacoa.

—¿Entonces os llevabais bien? —Se refiere a mí y a mis hermanas, Penny y Bess.

—Hasta cierto punto.

—¿Alguna vez os metisteis en un lío?

—No —respondo. Y luego—: Sí.

—¿Por qué? —Niego con la cabeza—. Dímelo —insiste—. ¿Qué es lo peor que hicisteis? Vamos, desembucha.

—¡Que no! —Me río.

—¡Sí! ¡Porfa! Dime qué fue lo peor que hicisteis en aquella época. Cuéntale a tu pobre hijo difunto todos los detalles escabrosos.

—Johnny.

—Bah, no será para tanto —replica—. No te imaginas la de cosas que he visto en la televisión. Mucho peores que cualquiera que pudierais hacer en los años ochenta.

Creo que Johnny se me aparece porque no puede descansar sin respuestas. No deja de preguntarme por nuestra familia, los Sinclair, porque está intentando entender esta isla, a la gente que vive en ella y por qué actuamos de este modo. Nuestra historia.

Quiere saber por qué murió.

Le debo esta historia.

??Está bien —accedo—. Te lo contaré.

• • •

Mi nombre completo es Caroline Lennox Taft Sinclair, pero la gente me llama Carrie. Nací en 1970. Esta historia transcurre durante el verano en que tenía diecisiete años.

Fue el año en que los chicos vinieron a la isla Beechwood. Y fue el año en que vi por primera vez a un fantasma.

Nunca le he contado esta historia a nadie, pero creo que es la que Johnny quiere oír.

«¿Alguna vez os metisteis en un lío? —pregunta—. Vamos, desembucha... ¿Qué fue lo peor que hicisteis en aquella época?»

Va a ser doloroso contar esta historia. De hecho, no sé si podré contarla con sinceridad, pero lo intentaré.

Verás, es que toda mi vida he sido una mentirosa.

Me viene de familia.

Segunda parte. Cuatro hermanas

SEGUNDA PARTE

Cuatro hermanas

Capítulo 2

2

Mi infancia es una sucesión de mañanas invernales en Boston, donde mis hermanas y yo aparecemos ataviadas con botas y gorros de lana que pican un montón. Jornadas escolares de uniforme, con gruesas rebecas de punto azul marino y faldas de cuadros. Tardes en nuestra imponente casona de ladrillo, haciendo los deberes delante de la chimenea. Si cierro los ojos, puedo paladear el dulzor de los bizcochos de vainilla y sentir los dedos pegajosos. La vida eran cuentos de hadas antes de dormir, pijamas de franela, cachorros de golden retriever.

Éramos cuatro chicas. En verano, nos íbamos a la isla Beechwood. Recuerdo nadar entre el oleaje embravecido del océano con Penny y Bess, mientras nuestra madre y la pequeña Rosemary se quedaban sentadas en la orilla. Capturábamos medusas y cangrejos y los metíamos en un cubo azul. Brisa y luz solar, riñas sin importancia, coleccionar guijarros y jugar a ser sirenas.

Tipper, nuestra madre, celebraba unas fiestas estupendas. Lo hacía porque se sentía sola. Al menos, en Beechwood. Teníamos invitados, y durante varios años, Dean, el hermano de mi padre, y sus hijos se alojaban allí con nosotros, pero mi madre añoraba las cenas benéficas y las largas sobremesas con sus amigas. Adoraba a la gente y sabía cómo tratarla. Como no había demasiada en la isla, generaba su propia diversión, organizando fiestas incluso cuando no venía nadie a visitarnos.

Cuando éramos pequeñas, nuestros padres nos llevaban a Edgartown el 4 de julio. Edgartown es un pueblecito marinero situado en la isla de Martha’s Vineyard, lleno de cercas de madera pintadas de blanco. Comprábamos ostras fritas con salsa tártara en unos recipientes de papel y después pedíamos limonada en un puesto situado delante de la Old Whaling Church. Desplegábamos nuestras sillas de jardín, almorzábamos y esperábamos al desfile. Los negocios locales tenían carrozas decoradas. Los coleccionistas de coches antiguos hacían sonar sus cláxones con orgullo. Los bomberos de la isla desfilaban con sus camiones más antiguos. Una banda de veteranos de guerra interpretaba marchas de Sousa y mi madre siempre cantaba: «Trata bien a tus amigos con plumas / ya que uno de esos patos podría ser la madre de alguien.»

Nunca nos quedábamos a ver los fuegos artificiales. En vez de eso, regresábamos a Beechwood en la lancha motora y subíamos corriendo desde el muelle familiar para sumarnos a la verdadera fiesta.

El porche de la casa Clairmont estaba engalanado con guirnaldas de luces y la enorme mesa de pícnic del jardín lucía un mantel azul y blanco. Comíamos mazorcas de maíz, hamburguesas, sandía. Había una tarta con forma de bandera estadounidense, cubierta de arándanos y frambuesas. Mi madre se ocupaba de decorarla. La misma tarta, todos los años.

Después de cenar nos daba bengalas a todos. Desfilábamos por las pasarelas de madera de la isla —las que conectaban una casa con otra— y cantábamos a pleno pulmón. America the Beautiful, This Land Is Your Land, Be Kind to Your Fine-Feathered Friends.

En la oscuridad, nos dirigíamos a la Playa Grande. El guardés, que era Demetrios en aquella época, encendía los fuegos artificiales. Nos sentábamos en familia sobre unas mantas de algodón, los adultos sosteniendo unos vasos con cubitos de hielo tintineantes.

En fin. Cuesta creer que yo sintiera alguna vez ese fervor patriótico, y que lo sintieran mis padres, tan instruidos ellos. Aun así, los recuerdos persisten.

• • •

Jamás se me pasó por la cabeza que hubiera algo inapropiado en mi encaje dentro de la familia, hasta una tarde de agosto de 1984. Yo tenía catorce años.

Llevábamos en la isla desde junio, viviendo en Clairmont. La casa le debía su nombre a la escuela donde Harris, nuestro padre, asistió cuando era niño. El tío Dean y mis primos se alojaban en Pevensie, llamada así por la familia de los libros de Narnia. Una niñera pasaba el verano en Goose Cottage. La casa de los empleados era para el ama de llaves, el guardés y algún que otro trabajador ocasional, pero sólo el ama de llaves dormía allí con frecuencia. Los demás tenían casa en tierra firme.

Me había pasado toda la mañana bañándome con mis hermanas y con mi primo Yardley. Comimos unos sándwiches de atún y apio de la nevera portátil situada junto a los pies de mi madre. Soñolienta a causa del almuerzo y el ejercicio, recosté la cabeza y apoyé una mano sobre Rosemary. Estaba dormitando a mi lado sobre la manta, con los brazos cubiertos de picaduras de mosquito y las piernas llenas de arena. Con ocho años, Rosemary era rubia, igual que las demás, y su cabello era una maraña de bucles. Tenía unos carrillos tiernos de color melocotón, las extremidades flacuchas y a medio formar, la cara llena de pecas, cierta tendencia a la bizquera y una risa bobalicona. Era nuestra Rosemary. Ella era mermelada de fresa, rodillas peladas y una manita encima de la mía.

Dormité un rato mientras mis padres conversaban. Estaban sentados en unas sillas plegables debajo de una sombrilla blanca, a cierta distancia. Me desperté cuando Rosemary se puso de costado y permanecí tendida con los ojos cerrados, notando su aliento bajo mi brazo.

—No vale la pena —decía mi madre—. En absoluto.

—Ella no debería cargar con eso, teniendo en cuenta que podemos arreglarlo —respondió mi padre.

—La belleza es importante..., pero no lo es todo. Actúas como si lo fuera.

—No es una cuestión de belleza. Es cuestión de ayudar a una persona que tiene un defecto. Que parece tontita.

—No te pases. No hacía falta decir eso.

—Soy práctico.

—Te preocupa lo que diga la gente. Y no debería importarnos.

—Es una cirugía menor. El médico tiene mucha experiencia.

Oí que mi madre se encendía un cigarrillo. Por aquel entonces, fumaban todos.

—Te estás olvidando de la estancia en el hospital —replicó Tipper—. La dieta líquida, la inflamación, todo eso. El dolor que tendrá que soportar.

¿De quién estaban hablando?

¿Qué cirugía? ¿Una dieta líquida?

—Ella no mastica con normalidad —dijo Harris—. Eso es un hecho. «La única salida es ir de frente.»

—No me vengas con citas de Robert Frost.

—Tenemos que pensar en el resultado. Lo de menos es cómo logre alcanzarlo. Y no le vendría nada mal parecer...

Se quedó callado un instante y Tipper se apresuró a intervenir:

—Concibes el dolor como si fuera un ejercicio o algo así. Como si fuera un simple esfuerzo. Una pugna.

—Todo esfuerzo tiene su recompensa.

Una calada al cigarro. El olor a ceniza se mezcló con la brisa salobre.

—No todos los dolores valen la pena —repuso Tipper—. Los hay que sólo provocan sufrimiento. —Hizo una pausa—. ¿Le echamos crema solar a Rosemary? Se está poniendo roja.

—No la despiertes.

Otra pausa. Y entonces:

—Carrie es preciosa tal como es —dijo Tipper—. Y tendrían que perforarle el hueso, Harris. ¡Perforarlo!

Me quedé paralizada.

Estaban hablando de mí.

Antes de viajar a la isla, había ido a ver a un ortodoncista y después a un cirujano bucal. No me afectó. No hice demasiado caso. La mitad de mis compañeros de clase llevaban aparato.

—No debería tener un hándicap —dijo Harris—. Tener la cara así es un hándicap. Merece tener el aspecto de un Sinclair: fuerte por fuera, porque es fuerte por dentro. Y si tenemos que hacer eso por ella, lo haremos.

Comprendí que iban a romperme la mandíbula.

Capítulo 3

3

Cuando por fin abordamos el tema, les dije a mis padres que no. Dije que masticaba de maravilla (aunque el cirujano bucal no estuviera de acuerdo). Dije que estaba contenta conmigo misma. Que me dejaran en paz.

Harris replicó. Con vehemencia. Apeló a la autoridad de los cirujanos, aseguró que esa gente sabe de lo que habla.

Tipper me dijo que yo era una persona encantadora, hermosa, bellísima. Dijo que me adoraba. Mi madre era una persona afable, estrecha de miras y creativa, generosa y hedonista. Siempre les decía a sus hijas lo guapas que eran. Pero, aun así, opinaba que debía plantearme la cirugía. ¿Por qué no lo dejábamos reposar? Ya lo decidiríamos más adelante. No había prisa.

Volví a decir que no, pero por dentro había empezado a sentirme mal. Había algo malo en mi cara. Mi mandíbula tenía un defecto. Parecía tontita. Basándose en una fatalidad del destino biológico, la gente haría presunciones sobre mi carácter. De hecho, yo era consciente de que ya las hacían y con bastante frecuencia. Percibía cierta condescendencia en sus voces. «¿Has entendido el chiste?», preguntaban.

Comencé a masticar más despacio, asegurándome de que mi boca permaneciera cerrada a cal y canto. Mis dientes me hacían sentir insegura, no sabía si trituraban la comida como los del resto de la gente. Su forma de encajar comenzó a resultarme extraña.

Yo ya sabía que los chicos no me consideraban guapa. Aunque era popular —asistía a fiestas e incluso me eligieron delegada en noveno curso para el consejo estudiantil—, siempre era de las últimas en ser invitadas a los bailes. En aquella época, los chicos pedían salir a las chicas.

En los bailes, mis acompañantes nunca me cogían de la mano. No me besaban, ni me magreaban en la oscuridad de la pista de baile. No preguntaban si podían volver a verme para ir al cine, como sí hacían con mis amigas.

Veía a mi hermana Penny —cuya mandíbula cuadrada carecía de importancia para ella— meterse la comida en la boca mientras hablaba. Se reía con la mandíbula abierta de par en par, sacaba la lengua y mostraba hasta el último de sus molares relucientes.

Veía a Bess —que tenía una boca más dulce y carnosa, con una mandíbula que trazaba una curvatura femenina e imponente— quejarse de los seis meses que tuvo que llevar aparato y del retenedor que vino después. Abrió el estuche azul de plástico del retenedor con un quejido, mientras Tipper le recordaba que volviera a ponérselo después de las comidas.

Y a Rosemary. Su rostro cuadrado era clavadito al de Penny, sólo que más pecoso y aniñado.

Mis tres hermanas tenían unos huesos preciosos.

Capítulo 4

4

El verano de mis dieciséis años lo pasamos en Beechwood, como siempre. Kayaks, mazorcas de maíz, veleros y sesiones de buceo (aunque no veíamos gran cosa, aparte de algún cangrejo ocasional). Organizábamos la celebración habitual del 4 de julio con bengalas y canciones. La hoguera nocturna anual, la búsqueda de limones escondidos, la fiesta del helado a mitad de verano.

Salvo que ese verano... Rosemary se ahogó.

Tenía diez años. Era la más pequeña de las cuatro.

Sucedió a finales de agosto. Rosemary estaba nadando en la playa situada junto a la Goose Cottage. La llamamos la Caleta. Llevaba puesto un bañador verde con unos bolsillos de tela vaquera. Eran ridículos. No cabía nada en ellos. Pero era su bañador favorito.

Yo no estuve presente. Tampoco nadie de la familia. Rosemary estaba con la canguro que teníamos aquel año, una polaca de veinte años. Ágata.

Rosemary siempre quería ser la última en salir del agua. Mucho después de que todos nos fuéramos a aclararnos los pies con la manguera que hay junto a la puerta del recibidor de Clairmont, Rosemary seguía nadando, si se lo permitían. No era inusual que estuviera con Ágata en alguna de las playas.

Pero, aquel día, el cielo se cubrió de nubes.

Aquel día, Ágata entró en casa a por jerséis para las dos.

Aquel día, Rosemary, que siempre fue una gran nadadora, debió de quedar sepultada bajo una ola y se vio arrastrada por la corriente.

Cuando Ágata volvió a salir, Rosemary estaba muy lejos, batallando con las olas. Se encontraba más allá de las rocas negras y afiladas que bordeaban la cala.

Ágata no era socorrista.

No tenía nociones de primeros auxilios.

Ni siquiera pudo nadar lo bastante rápido como para llegar hasta Rosemary a tiempo.

Capítulo 5

5

Después de lo ocurrido, Penny y yo regresamos al internado. Y Bess acudió allí por primera vez.

Nos separamos de nuestros padres, apenas dos semanas después de la muerte de Rosemary, para instruirnos en el bonito campus de la academia North Forest. Cuando nuestra madre nos dejó allí, nos abrazó con fuerza y nos cubrió las mejillas de besos. Nos dijo que nos quería. Y luego se fue.

Bess quedó a mi cargo. Era mi tercer año allí, pero para ella era el primero. La ayudé a decorar su habitación, le presenté a la gente, le llevé unas chocolatinas de la cafetería. Le dejaba mensajes alegres y simpáticos en el buzón.

Con Penny no había tanto que hacer. Ella ya tenía amigos y al cabo de dos semanas ya se había echado un novio nuevo. Pero yo me dejaba ver, de todas formas. Pasaba por su habitación, la buscaba en la cafetería, me sentaba en su cama y la escuchaba hablar sobre su nuevo amor.

Presté todo el apoyo que pude a mis hermanas, pero nuestros sentimientos hacia Rosemary los despachábamos a solas. En la familia Sinclair «mantenemos la compostura». «Sacamos el mejor partido de cada situación.» «Miramos al futuro.» Ésos son los lemas de Harris, y los de Tipper también.

Nunca nos habían enseñado a llorar, a enfadarnos, ni siquiera a compartir nuestros pensamientos. En vez de eso, nos habíamos convertido en expertas del silencio, dominábamos los pequeños gestos de cortesía, la navegación y elaboración de sándwiches. Conversábamos con pasión sobre literatura y hacíamos que todos los invitados se sintieran bienvenidos. Nunca hablábamos de cuestiones médicas. Mostrábamos nuestro cariño, no con afecto ni honestidad, sino con lealtad.

«Sed un orgullo para la familia.» Ése era uno de los muchos lemas que nuestro padre repetía a menudo durante la cena. Esto es lo que quería decir: «Representadnos como es debido. Obrad así, no por vuestro bien, sino porque la reputación de la familia Sinclair exige respeto. La imagen que la gente se haga de vosotras será la imagen que se hará de todos nosotros.»

Lo repetía tanto que acabó convirtiéndose en una broma recurrente entre nosotras. En North Forest, solíamos repetirnos esa frase. Pongamos que yo me cruzaba con Penny, que estaba abrazada a algún chico, besándose en el pasillo. Entonces decía, sin interrumpirlos: «Sé un orgullo para la familia.»

Si Bess me pillaba metiendo de tapadillo una caja de galletas de mantequilla en la residencia, lo mismo.

Si Penny veía a Bess con una mancha de tomate en la camisa, lo mismo.

Si preparabas un té: «Sé un orgullo para la familia.»

Si ibas a hacer caca: «Sé un orgullo para la familia.»

Nos hacía reír, pero Harris no se lo tomaba a broma. Lo decía en serio, se lo creía, y aunque nosotras nos lo tomáramos a guasa, también lo creíamos.

De modo que no flaqueamos cuando murió Rosemary. Seguimos sacando buenas notas. Nos esforzamos en los estudios y también en los deportes. Cuidamos nuestro aspecto y nuestra ropa, asegurándonos siempre de que no se notara el esfuerzo.

El 5 de octubre, el día que Rosemary habría cumplido once años, se celebró el carnaval de otoño en la escuela. El patio estaba repleto de casetas y juegos absurdos. La gente se pintaba la cara. Había una máquina de algodón de azúcar. Dibujos psicodélicos. Un huerto de calabazas de mentira. Varias bandas escolares de música.

Yo estaba apoyada en la fachada de mi residencia, bebiéndome una taza de sidra caliente. Mis amigas del equipo de sóftbol estaban en una caseta donde podías arrojarle pelotas de semillas a un profesor de Matemáticas. Mi compañera de habitación y su novio estaban juntitos frente a una partitura, revisando la interpretación de su banda. Un chico que me gustaba hacía un esfuerzo visible por evitarme.

Por esas mismas fechas, cuando yo estaba en casa, mi madre preparaba una tarta de chocolate con glaseado de vainilla. La servía después de cenar, decorada con los motivos que quisiera Rosemary. Un año estuvo cubierta con pequeños leones y guepardos de plástico. Otro año, con violetas glaseadas. Otro, con un dibujo de Snoopy. También celebrábamos una fiesta el fin de semana. Venían todos los amiguitos de Rosemary con vestidos de gala y merceditas, emperifollados para asistir a un cumpleaños como ya no lo hace nadie.

Pero ahora Rosemary estaba muerta y parecía que mis hermanas se habían olvidado por completo de ella.

Permanecí apoyada sobre la pared de ladrillo, ajena al desarrollo del carnaval, con un zumo de manzana en la mano. Las lágrimas corrían por mi rostro.

Intenté convencerme de que ella no sabría si nos habíamos acordado de su cumpleaños o no.

Ella no podía querer una tarta. Daba igual. Rosemary ya no estaba.

Pero no daba igual.

Divisé a Bess entre una maraña de alumnos y alumnas de primer curso. Estaban pintando caras en unos globos naranjas. Bess estaba sonriendo como una reina de la belleza.

Y luego vi a Penny, con su cabello claro recogido bajo un gorro de lana, tirando de su novio mientras corría para ver a su mejor amiga, Erin Riegert. Penny arrancó un puñado del algodón de azúcar azul que tenía Erin y se lo metió en la boca.

Entonces me miró. Y se quedó quieta. Luego se acercó a mí.

—Venga —dijo—. No pienses en ello.

Pero es que yo sí quería pensar en ello.

—Ven a ver al tipo que prepara el algodón de azúcar —dijo Penny—. Es genial cómo lo hace.

—Ahora tendría once años —repuse—. Habría pedido una tarta de chocolate con alguna decoración encima. Pero no sé cuál.

—Carrie. No sigas por ahí. Es deprimente. Es como meterse en un agujero y eso no te hará ningún bien. Ven a hacer algo divertido para que te sientas mejor.

—Me contó que tenía una idea para una tarta de Simple Minds. —Simple Minds era un grupo de música—. Pero creo que Tipper le habría quitado esa idea de la cabeza. Es muy complicada. Y, además, no sé, un poco hortera.

Bess se reunió con nosotras.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—La verdad es que no.

—Yo voto por el algodón de azúcar —dijo Penny—. Carrie tiene que hacer algo normal.

Bess echó un vistazo a sus nuevos amigos y a los chicos mayores a los que aún no conocía.

—No es buen momento —dijo, como si yo le hubiera pedido algo. Como si le hubiera pedido que se acercara—. Me están esperando —añadió.

Mis hermanas adoraban a Rosemary. Yo sabía que la querían mucho. Y que debían de lamentar su pérdida. Pero no sabía cómo abordar la cuestión con ellas. Cuando lo intentaba, como en ese momento, cambiaban de tema.

No se habían acercado para comprobar cómo me sentía.

Se habían acercado para decirme que dejara de sentirme así.

Me fui del carnaval.

Subí a lo alto del edificio de mi residencia y salí a la pasarela que bordeaba la azotea.

Saqué un rotulador de mi mochila y escribí esto sobre la desgastada barandilla de madera:

ROSEMARY LEIGH TAFT SINCLAIR

Le gustaban

Snoopy y la tarta de chocolate,

las patatas fritas y los gatos grandes,

y el grupo musical Simple Minds.

Le gustaba

su bañador verde y nadar en el océano embravecido.

Le gustaban

sus hermanas,

aunque no se la merecieran.

Hoy habría cumplido once años.

Y yo la quería.

Felicidades, Rosemary, ahora y siempre.

Cuando volvimos a casa para Acción de Gracias, Tipper nos recibió con su mejor sonrisa. Nos ayudó a deshacer el equipaje. Horneó unos pasteles preciosos e invitó a varios parientes para la cena de rigor. Harris se mostró jocoso y vehemente, quería jugar al ajedrez y hablar de libros y películas.

Lo más cerca que estuvieron nuestros padres de mencionar a Rosemary fue cuando dijeron que la casa parecía llena de vida ahora que habíamos vuelto. Había sido un otoño tranquilo.

Sé que mis padres hicieron lo que consideraban mejor: para nosotras y para ellos. Que nos recuerden nuestra pérdida es doloroso, así pues, ¿por qué habríamos de recordársela a los demás?

Capítulo 6

6

Durante las vacaciones de invierno de aquel año, Harris volvió a sacar el tema de la cirugía mandibular, esta vez como si corriera prisa. Insistió en que era necesario desde el punto de vista médico. Posponer la decisión, tal como habíamos hecho desde que tenía catorce años, sería retrasar lo inevitable. Había que resolver los problemas cuando tocaba. Intenté negarme, pero él me recordó que una de sus filosofías vitales es «no aceptes un no por respuesta».

Me vi obligada a obedecer.

Ahora que soy adulta, creo que «no aceptes un no por respuesta» es una lección que enseñamos a los niños, cuando lo que les vendría mejor aprender es que «no significa no». También soy consciente de que mi padre no quería tanto que fuera guapa como que me pareciera más a él. Pero por entonces en el fondo me sentí aliviada. Harris estaba al mando, y siempre me habían inculcado que mi padre sabía de lo que hablaba.

Dejé el colegio en febrero durante lo que iban a ser dos semanas. Los médicos me abrieron el hueso de la mandíbula e introdujeron una cuña. Reforzaron el hueso, lo desplazaron hacia delante y reacomodaron esa parte de mi esqueleto. Después me cerraron los dientes con un alambre para que todo pudiera curarse en la posición adecuada.

Me administraron codeína, un medicamento narcótico para el dolor. Me indicaron que al principio la tomara cada cuatro horas, después según la necesitara. Las pastillas me producían una sensación extraña: no me atontaban, pero me hacían percibir el dolor como si lo estuviera padeciendo otra persona.

Mi mandíbula. La pérdida de Rosemary.

Ninguna de esas cosas me dolería si me tomaba esa medicina cada cuatro horas.

La dieta líquida no estuvo tan mal. Tipper me traía yogur helado. Ya no teníamos niñera, pero el ama de llaves, Luda, se portó genial conmigo. Era de Bielorrusia, delgada como el palo de una escoba, con el pelo decolorado y una forma de maquillarse los ojos que a mi madre le parecía vulgar. Luda me preparaba unas natillas ligeras, casi líquidas, además de chocolate y dulce de azúcar.

—Tiene muchas proteínas —decía—. Es muy nutritivo.

Los perros de la familia se acostumbraron a dormir en mi cuarto por el día. McCartney y Albert, los dos golden retriever, y Wharton, una hembra de setter irlandés. Wharton tenía pinta de buenaza y era un poco tonta. Era mi favorita.

La infección se produjo una noche, sin previo aviso. Percibí cómo se extendía, por debajo del sopor de mi somnolencia medicada. Unas palpitaciones insistentes, una punzada de dolor en el lado derecho de la mandíbula.

Me desperté y me tomé otra dosis de codeína.

Me preparé una bolsa con hielo. La presioné sobre mi rostro.

Pasaron cinco días hasta que les pedí a mis padres que me llevaran al médico. Según Harris, quejarse no era un comportamiento adecuado para una persona valiente. «No aporta nada a los que te rodean —decía a menudo—. “Nunca te quejes, nunca des explicaciones.” Eso lo dijo Benjamin Disraeli. El primer ministro de Inglaterra.»

Cuando comenté lo del dolor con Luda y Tipper, le quité hierro al asunto.

—Uf, este lado me está dando un poco de guerra —dije—. A lo mejor deberíamos ir a que me lo mirasen.

A Harris no le dije nada.

Cuando por fin me vio el médico, la infección se había agravado. Harris me dijo que había sido una tonta al ignorar un problema tan evidente.

—Resuelve los problemas cuando toca —me recordó—. No esperes. Grábate a fuego esas palabras.

La infección campó a sus anchas por mi organismo durante ocho semanas más. Antibióticos, diferentes antibióticos, un segundo médico, un tercero, una segunda cirugía, analgésicos y más analgésicos. Hielo. Toallas. Pudin de dulce de azúcar.

Entonces se acabó. Mi mandíbula se curó. Me quitaron los alambres. Me pusieron una ortodoncia convencional. La hinchazón había remitido.

El rostro que vi en el espejo me resultó extraño. Estaba más pálida que antes. Más delgada de lo normal. Pero el mayor cambio se había producido en mi barbilla. Ahora era más prominente, me confería un trazado recio a lo largo de la mandíbula y hasta las orejas. Mis dientes topaban entre sí de un modo con el que no estaba familiarizada —demasiado sensibles para las nueces o el pepino, demasiado débiles para masticar una costilla de cerdo—, pero estaban alineados.

Me ponía de perfil ante el espejo y me tocaba la cara, preguntándome qué futuro me había granjeado ese trocito de hueso artificial. ¿Algún chico guapo querría magrearme? ¿Me escucharía? ¿Querría entenderme? Deseaba que me vieran como una persona válida y única. Lo deseaba con ese anhelo desesperado con el que se anhela ese beso que nunca te han dado...

con un afán impreciso pero apasionado,

entremezclado con fantasías inspiradas en los besos que había visto en las películas,

combinado con las historias de mi madre sobre bailes, ramilletes y las múltiples proposiciones de mi padre.

Anhelaba el amor,

y tenía un interés en el sexo bastante apremiante,

pero también quería ser vista

y escuchada

y reconocida,

de verdad, por otra persona.

Me encontraba en ese punto cuando conocí a Pfeff. Creo que él detectó eso en mí.

Volví a clase en mayo y terminé el semestre lo mejor que pude. Retomé el sóftbol, donde siempre había sido una lanzadora contundente y un orgullo para la familia. Aquella temporada ganamos el campeonato. Regresé con mi grupo de amigos. Me esforcé mucho en Precálculo y Química, echando horas en la biblioteca para ponerme al día.

Pero no estaba bien. Pensaba de forma obsesiva en las noticias que leía en los periódicos; noticias sobre hombres que morían de sida, esa nueva crisis sanitaria. Y también inundaciones en Brownsville, Texas; familias cuyos hogares quedaron anegados. Fotografías en el periódico: un hombre acostado en una cama, en los huesos. Manifestantes en las calles adoquinadas de Nueva York. Una familia en un bote salvavidas, con dos perros. Una mujer en su cocina, sumergida en el agua hasta la cintura.

Pensaba en esas imágenes...

gente muriendo, una ciudad hundida...

en vez de pensar en Rosemary: muriéndose, ahogándose.

Esas imágenes me permitían pasar el duelo sin pararme a pensar en mi propia vida. Si no hubiera pensado en esa gente, jamás habría dejado de pensar en mi hermana.

La codeína ayudaba a atenuar esos pensamientos obsesivos. Me la recetaron varios médicos diferentes, así que contaba con un suministro aparentemente inagotable de frascos marrones en mi cajón. La enfermera del colegio me daba más, con el permiso de mis padres, cuando le decía que me dolían los dientes.

Por la noche me tomaba las pastillas para dormir. Y, a veces, la noche llegaba antes de tiempo.

Por ejemplo, antes de cenar.

Por ejemplo, antes de almorzar.

Tercera parte. Las perlas negras

TERCERA PARTE

Las perlas negras

Capítulo 7

7

Nuestra isla se encuentra a una distancia considerable de la costa de Massachusetts. El agua es azul oscuro. A veces se divisan unos enormes tiburones blancos desde la orilla. Las rosas rugosas crecen bien aquí, y la isla está cubierta de estos arbustos. Y, aunque la costa sea rocosa, tenemos dos bonitas ensenadas bordeadas por franjas de arena blanca.

Al principio, esta tierra pertenecía a los indígenas, a quienes se la arrebataron los colonos llegados de Europa. Nadie sabe cuándo ocurrió, pero tuvo que ser así.

En 1926, mi bisabuelo compró la isla y construyó una casa en la orilla meridional. La heredó su hijo, y, cuando éste murió en 1972, mi padre y su hermano Dean. Y tenían planes.

Los hermanos Sinclair demolieron la casa que construyó su abuelo. Nivelaron el terreno allí donde fue necesario. Mandaron traer arena para las playas de la isla. Consultaron a varios arquitectos y construyeron tres casas: una para cada hermano, más una casa de invitados. Las edificaron siguiendo la estética tradicional de Cabo Cod: cubiertas a dos aguas, tejas de madera, postigos en las ventanas, porches espaciosos.

Parte del dinero para esos proyectos salió del fondo fiduciario de mi madre. El dinero de la familia de Tipper provenía (en parte, remontándose varias generaciones atrás) de una plantación de azúcar cerca de Charleston, en Carolina del Sur. En esa plantación trabajaban esclavos. Era dinero sucio.

Otra parte del dinero provino de la familia de mi padre. Los Sinclair eran propietarios de una antigua editorial en Boston. Y otra parte la aportó mi padre. Al comienzo de su carrera laboral, Harris compró una pequeña empresa que publicaba una serie de revistas literarias y de noticias.

Eso también era dinero sucio. Pero de una manera diferente. Esa historia incluye trabajadores explotados, contratos incumplidos y mano de obra infantil en el extranjero, sumado a integridad periodística y la defensa de la libertad de prensa.

Cuando los hermanos Sinclair terminaron con sus mejoras había dos muelles, un cobertizo para lanchas y una casa de empleados. Había pasarelas de madera para desplazarse de un lado a otro de la isla, y habían plantado lilas y lavanda.

He pasado aquí todos los veranos desde que tenía cinco años.

Estamos en junio de 1987. El verano que vinieron los chicos. El verano de Pfeff.

Vamos al Cabo en coche desde Boston. Gerrard, el guardés de Beechwood, nos recibe en el pueblo de Woods Hole. Ha traído una lancha motora grande. Gerrard tiene unos sesenta años, es bajito y risueño. Apenas habla, excepto con mi madre. Tipper trae preparada una batería de preguntas sobre lilas y rododendros, sobre diversas reparaciones que es preciso acometer, sobre la instalación de un tendedero nuevo. Dentro de unos días, Luda llegará en un coche de alquiler con más cosas traídas de la casa de Boston.

Con la lancha cargada, recorremos el trayecto de dos horas hasta la isla con Gerrard a los mandos. Penny, Bess y yo vamos sentadas juntas, con la melena revoloteando a nuestro alrededor.

Es el mismo trayecto de todos los años, salvo que no está Rosemary con su chaleco salvavidas naranja.

Ella no está.

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La casa Clairmont tiene el mismo aspecto de siempre: tres pisos y una torreta en lo alto. Las tejas de madera están descoloridas a causa de la brisa salobre. A ambos lados del edificio se extiende un porche amplio. Hay una hamaca en un extremo y un surtido de sillones mullidos en el otro. En el jardín hay una mesa de pícnic gigantesca, hecha a medida. Cenamos allí casi todas las noches. A los pies del jardín se yergue un arce. De una rama baja pende el neumático que nos sirve como columpio, sujeto por una gruesa soga.

Tras subir desde el muelle, Penny arroja sus maletas al césped y echa a correr hacia el columpio. Se encarama a él y se pone a girar a toda velocidad.

—Carrie, ven aquí. ¡Tienes que decirle hola al columpio! —exclama.

Vale, está bien. Me siento melancólica, estoy pensando en Rosemary..., pero acudo a pesar de todo. Corro y me monto, apoyo los pies a ambos lados de las piernas de Penny. El sonido del aire en los oídos, la sensación de vértigo... Por un momento, me olvido de todo menos esto.

—¡Ya es verano! —exclama Penny.

Cuando Bess llega desde el puente, suelta el equipaje y viene a reunirse con nosotras. Somos tan grandes que casi no cabemos, pero pasamos un rato estupendo juntas, como cuando éramos pequeñas.

En el interior de Clairmont las alfombras están desgastadas, pero han encerado las molduras. La mesa redonda de la cocina luce las indefectibles manchas y arañazos que genera una familia grande. El salón alberga varios óleos y un carrito de bar con botellas relucientes, pero el cuarto de estar resulta más confortable. En él hay un sinfín de libros y mantas, pilas de periódicos y camitas para perros de franela con un estampado de cuadros. Luego está el despacho de mi padre, repleto de sólidos muebles de piel y tiras cómicas del New Yorker enmarcadas; también está el taller de artesanía de mi madre, donde almacena telas para tejer colchas y tarros llenos de botones, plumas de caligrafía y cajas con bonitos artículos de papelería.

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La habitación de mis padres está en el tercer piso, lejos del bullicio de sus hijas. Cuando entro allí, una media hora después de nuestra llegada, Tipper está deshaciendo la maleta, guardando camisas en un cajón. Su vestido de lino beige está arrugado a causa del viaje.

Wharton (la setter irlandés) está estirada a los pies de la cama. Me tumbo a su lado.

—Déjame sitio, tontita.

—No digas eso —me regaña Tipper—. Se va a deprimir.

—La estupidez forma parte de su encanto. —Acaricio las suaves orejas de Wharton—. Se está comiendo un calcetín de Harris.

Mi madre se acerca y le quita el calcetín de la boca.

—Eso no se come —le dice a la perra.

Wharton le dirige una mirada lastimera, después comienza a lamer la colcha.

Tipper pulula entre la cómoda y el tocador, entra y sale del vestidor, se acerca y se aleja de sus maletas. Cuando estuve convaleciente, a menudo nos quedábamos las dos a solas, pero, desde que acabaron las clases, sólo he visto a mi madre estando presentes mis hermanas. Tipper se cambia de vestido y se peina ante el tocador.

—Acércate. —Saca un cajón joyero, amplio pero poco profundo, revestido con fieltro negro—. Aquí guardo cosas de un año para otro. —Desliza los dedos sobre los abalorios—. De esa manera, es como recibir regalos cada vez que lo abro. Me olvido de que lo tengo y de repente exclamo: «¡Anda! ¡Qué cosa tan bonita!»

Es el típico jueguecito de Tipper. Ella busca un modo de exprimir hasta la última gota de diversión de una situación, para generar alegría y sorpresa siempre que puede.

—Este anillo era de mi abuela —me explica mientras sostiene un diamante cuadrado.

Sigue hablando a medida que señala otras joyas: jade antiguo y zafiros más recientes. Dispone los tesoros sobre la mesa para que pueda probármelos. Cada uno es un pedazo de la historia femenina de nuestra familia, que se remonta hacia el pasado a través de su linaje y el de Harris.

Una de las joyas es su anillo de compromiso, una esmeralda rodeada de diamantes. Mis padres se conocieron en el instituto Radcliffe de Harvard, donde Harris le pidió salir cuatro veces antes de que Tipper le dijera que sí. «Fue la técnica del desgaste —nos cuenta él siempre—. Vuestra madre aceptó sólo para que me callara.»

Ella se ríe cuando Harris cuenta esa historia. «La cuarta vez se te ocurrió comprar un anillo», le recuerda.

Tipper saca un collar de doble vuelta con unas perlas oscuras y relucientes, de color gris muy oscuro, con galaxias que giran en su interior.

—Tu padre lo compró para nuestro segundo aniversario, cuando estaba embarazada de ti.

Me deposita las perlas en la mano. Son resbaladizas y pesan más de lo que esperaba. Después vuelve a coger el collar y se lo cuelga del cuello, donde las perlas brillan en contraste con el tono azul del vestido que acaba de ponerse.

—Fue un regalo muy importante —añade—. Las cosas no iban bien en aquella época.

—¿Por qué no?

—Ya casi ni me acuerdo. —Alarga una mano para acariciarme la mejilla—. Pero me gustaría que te lo quedaras algún día.

—Vale.

—Las perlas negras —añade mientras las toquetea sobre su garganta— son de Carrie.

Por debajo del forro del cajón atisbo una fotografía con el borde blanco y con un tono sepia y descolorido. Sólo alcanzo a ver la esquina inferior derecha.

—¿Qué foto es ésa? —pregunto, alargando un brazo hacia ella.

Tipper me sujeta la mano.

—No es nada.

—¿Es de Rosemary?

Una mirada de dolor le nubla el rostro.

—No.

Coloco las manos por detrás de la espalda.

—Quería ver si era de Rosemary.

Mi madre me mira y por un momento creo que va a echarse a llorar, que va a prorrumpir en lágrimas por su hijita perdida. O quizá, en cambio, me dirá que no pasa nada por echar de menos a Rosemary, por pensar en ella a todas horas, como hago yo. Pero se recompone.

—¿Sabes qué? —dice—. Creo que deberías ponértelo esta noche.

Se quita el collar de perlas negras y me lo abrocha.

Capítulo 8

8

Deja que te cuente algo más sobre Penny y Bess. La gente suele decir que parecemos princesas de un cuento de hadas (occidental). Las tres rubias y esbeltas. Una copia de nuestra madre. Por eso, la gente nos encuentra atractivas. Les gustan nuestras miradas serias y nuestras risas alegres. Quizá estemos esperando a que nos rescaten, piensa la gente. Somos algodón blanco y pies llenos de arena, dinero viejo y lilas, así somos las tres. Pero resulta fácil distinguirnos.

Bess (Elizabeth Jane Taft Sinclair) tiene catorce años, y siempre va corriendo detrás de Penny y de mí. Es la hacendosa, la que quiere agradar, la mártir de la familia. Ayuda a nuestra madre en la cocina, batiendo helados y horneando tartas. Ordena sus brillos de labios por colores, tiene los tubos alineados sobre una bonita bandeja en su tocador. Apila sus camisas y jerséis en función de códigos de color.

Bess tiene acné en la frente y no lo deja en paz: se echa cremas, tónicos, alcohol, corrector. Quiere despachar ese acné, conquistarlo. En ese sentido, se parece a nuestro padre. Ha heredado su ética de trabajo y su orgullo hacia esa mentalidad, pero también su indignación cuando el esfuerzo no obtiene una recompensa clara. Bess es un estampado floral, un bote de lápices afilados, un organigrama semanal redactado con una caligrafía pulcra. No siempre resulta simpática, ni mucho menos. Pero siempre es buena.

Penny (Penelope Mirren Taft Sinclair) tiene una capacidad asombrosa para ganarse las simpatías de la gente, pese a lo egoísta que es. Todos quieren estar cerca de ella. Es la guapa de la familia, la que resalta en las fotografías. Cuando la abuelita «M» seguía viva, solía recalcar ese detalle: el magnetismo físico de Penny. «Qué hermosura», repetía a menudo, mientras se llevaba a Penny a un aparte para darle caramelos de tofe.

A mí me etiquetó como la «niña buena» y a Bess como la «pequeña ayudante».

Si mi pelo es de color mantequilla y el de Bess como el de la luz del sol a comienzos de la primavera, el de Penny es de color crema. Tiene dieciséis años y la esbelta constitución de un galgo. Cuando quiere se muestra indiferente para hacerse la interesante. No es que se mate a trabajar. Le gustan las cosas bonitas y, cuando alguien le cae mal, lo convierte en el blanco de un odio inflexible.

A Penny le gusta el orden, pero de un modo distinto que a Bess. Quiere que las cosas discurran con fluidez, sin conflictos. «Limítate a ser normal», me dice. Lo que quiere decir es esto: no te enfades, no zarandees el barco, déjate llevar. A Penny le molestan las muestras de agitación e inquietud. Se vuelve fría y callada, y esa frialdad y ese silencio la protegen de sus sentimientos. Lo que quiero decir es que Penny prefiere la calma chicha.

En cuanto a mí, soy deportista y adicta a los narcóticos.

Una líder y una doliente.

Por fuera, soy una chica de ojos grises con el pelo de color mantequilla, en este momento con la mandíbula recia y una boca repleta de alambres. Piel pálida, mejillas sonrosadas. Un poco más alta que mis hermanas, más que muchos chicos de mi edad. Poseo los andares resueltos y los hombros robustos de una excelente jugadora de sóftbol. Me planto delante de las multitudes con una sonrisa. Ayudo a mis hermanas a resolver sus problemas. Ésas son las cualidades que cualquiera puede observar a simple vista.

Pero mis entrañas están compuestas de agua salada, madera deformada y clavos oxidados.