Juan Gabriel Vásquez
En las primeras páginas de La medición del mundo, el personaje de Alexander von Humboldt le ofrece a otro sus opiniones sobre el género de la novela histórica. Las novelas, dice, le parecen una manera maravillosa de «retener lo más efímero del presente»; en cambio, «elegir como escenario un pasado ya lejano», según la moda de su tiempo, le parece «una osadía ridícula». Para ese momento ya lo hemos intuido los lectores: la ironía es el rasgo principal de la novela que tenemos entre manos, y se trata además de una ironía despiadada cuyo blanco es todo lo que se mueva, comenzando, justamente, por la novela que tenemos entre manos. Pues La medición del mundo es, entre muchas otras cosas, una novela histórica; pero lejos de ser una osadía ridícula, es una interrogación insolente y divertidísima de la novela histórica, de sus métodos y sus alcances, y de su capacidad de iluminar el pasado.
Desde su publicación en 2005, un año reciente que ya pertenece a otra era, la novela de Daniel Kehlmann estuvo rodeada de intensas controversias, y no las acalló el hecho práctico de que el libro vendiera varios millones de ejemplares en lengua alemana. La razón principal de las controversias era la libertad o las libertades que el autor se toma con las biografías conocidas de sus personajes: pues La medición del mundo es una comedia, nos invita a leerla como comedia, y, como las mejores comedias, es en el fondo profundamente seria, aguda y conmovedora; pero lo esencial de esa comedia es que Alexander von Humboldt y Carl Gauss, dos hombres que marcaron su momento histórico y cuyos hallazgos siguen dando forma a nuestro mundo, dos eminencias que están tan cerca como puede estarse de la divinidad laica, aparecen aquí bajo la luz descarnada de su humanidad: con sus carencias, sus defectos, sus falibilidades, incluidas algunas que los documentos históricos no respaldan, porque son producto de la imaginación soberana del novelista.
Igual que tantas de mis novelas predilectas sobre eso que llamamos historia, esta trata de darnos –de darle a usted, lector, lectora cómplice– algo que no está en la historia documentada. La novela inventa: he aquí el pecado que le echaron en cara muchos puristas de la verdad histórica. El Humboldt y el Gauss de esta novela son una cuidadosa invención de Daniel Kehlmann, que parece haberlo leído todo sobre ellos, pero solo para usar lo sabido como punto de partida y arrancar desde allí a inventar a sus propios hombres. La medición del mundo juega en cada página con las convenciones de la novela histórica –a veces en forma de homenaje, a veces en forma de desafío–, pero siempre cumpliendo con el mandato que Hermann Broch (austriaco de nacimiento, igual que Daniel Kehlmann) les dejó a los novelistas que escriben sobre el pasado: la única razón de ser de la novela es decir lo que solo la novela puede decir.
Kehlmann se vale de recursos diversos para lograrlo: las coincidencias maravillosas, la cronología irrespetuosa con la realidad, los encuentros improbables, cierto uso de lo sobrenatural que viene de una tradición muy venerable. Pero tal vez lo más llamativo sean sus diálogos, con frecuencia hilarantes. El lector se encontrará con que nunca o casi nunca son directos. ¿Por qué? Es como si la novela nos invitara a reflexionar sobre lo artificioso que resultan las novelas históricas que ponen a hablar a Napoleón, por ejemplo, o al zar Nicolás. Al contrario que una novela histórica convencional, un historiador nunca fingiría conocer las palabras exactas que dijeron Gauss o Humboldt en un momento de su vida privada; tampoco lo hace Kehlmann. La voz de su narrador –lúdico, irreverente, libre, parecido a un historiador que se hubiera vuelto loco– prefiere transmitirnos lo que dicen. «Ni siquiera una inteligencia como la suya, dijo Gauss, habría fructificado en edades pretéritas de la humanidad o en las orillas del Orinoco, mientras que dentro de doscientos años cualquier mentecato podría burlarse de él e inventar disparates absurdos sobre su persona». Así es: ni siquiera el propio Kehlmann escapa a la ironía demoledora de su novela.
Termino, porque los prólogos demasiado largos son detestables, con dos comentarios sobre la tradición, o sobre la familia literaria a la que pertenece La medición del mundo. Kehlmann conoce la literatura de su lengua maravillosamente, y ha escrito sobre ella de manera profusa, pero esta novela viene de otras fuentes. La que me parece más evidente es Ragtime, de E.L. Doctorow, una novela de 1975: el año en que nació Kehlmann. Se trata de una novela histórica, por lo menos en parte, sobre la vida de una familia de Nueva York a principios del siglo XVIII; por ella pasan Houdini y Freud, por nombrar solo a dos personajes históricos, y Doctorow los reinventa o reimagina de manera desfachatada. Alguna vez, hace ya muchos años, le pregunté al respecto. «La novela se divierte con impertinencias, atribuyendo falsedades a los personajes», me dijo Doctorow. «Cuando publiqué ese libro se dijo que había roto una regla del oficio, que había transgredido algo. Pero yo crecí leyendo novelas donde pasaban estas cosas. En Guerra y paz, Napoleón no sale muy bien parado. Ni el cardenal Richelieu en las novelas de Dumas. Lo que molestó a los críticos fue el tono del libro: irreverente, capaz de tomarse libertades para escribir un simulacro de crónica histórica». Un irreverente simulacro de crónica histórica. ¿No le convienen estas palabras a La medición del mundo?
La segunda presencia extranjera en esta novela híbrida me importa aún más. En cierta escena, Alexander von Humboldt y Aimé Bompland, su acompañante en su viaje por el continente americano, se topan con cuatro hombres misteriosos a quienes piden consejo. Kehlmann nos da sus nombres: Carlos, Gabriel, Mario y Julio. No hay que ser un lector impenitente del boom latinoamericano para entender que estamos ante Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar, transplantados a la selva de hace doscientos años y adornados de manera extraña (uno tiene un sombrero de copa: váyase a saber de dónde ha salido). Es un homenaje o una declaración de gratitud, pues Kehlmann es un lector profundo de la literatura latinoamericana, pero además es un tema de conversación: hay momentos de esta novela que la emparentan con la estética del realismo mágico, y es como si Kehlmann nos pidiera recordar que los primeros en usar esa expresión fueron alemanes –el crítico de arte Franz Roh, por ejemplo– y que García Márquez no habría sido García Márquez sin Kafka. Pues La medición del mundo, además de una suerte de picaresca desopilante, es una brillante reflexión sobre la ficción, el pasado y la manera como lo contamos; una reflexión, en fin, sobre lo que hacemos cuando inventamos ficción, en particular sobre el pasado.
A un sacerdote local, el padre Zea, le preguntan por esa manía americana de escribir ficciones. «¿A qué venía ese constante salmodiar de vidas inventadas que ni siquiera encerraban un moraleja? Lo habían intentado todo, dijo el padre Zea. En todas las colonias estaba prohibido escribir historias falsas. Pero esas gentes eran tozudas, e incluso el santo poder de la Iglesia tenía limitaciones».
Y añade: «Se debía a la tierra».
Y yo añado: bienaventurados ustedes, lectores, que la heredarán.
En septiembre de 1828 el matemático más excelso de Alemania abandonó por primera vez desde hacía años su ciudad natal para participar en el Congreso de Naturalistas de Berlín. Evidentemente no le apetecía ir. Se había negado durante meses, pero Alexander von Humboldt no cejó en su empeño hasta que, en un momento de debilidad y confiando en que ese día no llegara nunca, dijo que sí.
De modo que ahora el profesor Gauss se escondía en la cama. Cuando Minna le exhortó a levantarse, puesto que el carruaje esperaba y el trayecto era largo, se aferró a la almohada e intentó hacer desaparecer a su esposa cerrando los ojos. Al abrirlos de nuevo y comprobar que Minna seguía allí, la llamó pesada, mujer de pocas luces y desdicha de su vejez. Como tampoco eso sirvió, retiró la manta y puso los pies en el suelo.
Malhumorado y tras una somera higiene, bajó las escaleras. En el cuarto de estar le esperaba su hijo Eugen con la bolsa de viaje preparada. Al verlo, a Gauss le entró un ataque de rabia: rompió un jarrón que estaba colocado sobre el alféizar, y soltó patadas y puñetazos en todas direcciones. Ni siquiera se calmó cuando Eugen y Minna, uno por cada lado, pusieron las manos sobre sus hombros y le aseguraron que lo cuidarían bien, que pronto retornaría a casa y todo transcurriría deprisa, igual que un mal sueño. Solo se calmó cuando su ancianísima madre, sobresaltada por el escándalo, acudió desde sus aposentos y, pellizcándole en la mejilla, preguntó qué había sido de su valeroso hijo. Se despidió de Minna sin afecto; acarició la cabeza de su hija y de su hijo menor con aire ausente. Después consintió en que le ayudaran a subir al carruaje.
El viaje fue una tortura. Llamó a Eugen fracasado, le arrebató el bastón e intentó golpearle el pie con todas sus fuerzas. Durante un rato acechó por la ventanilla con el ceño fruncido, luego preguntó cuándo se casaría por fin su hija. ¿Por qué nadie la quería, dónde radicaba el problema?
Eugen se echó hacia atrás sus largos cabellos, estrujó con ambas manos su gorra roja y rehusó responder.
Suéltalo ya, dijo Gauss.
En honor a la verdad, repuso Eugen, su hermana no era lo que se dice bonita.
Gauss asintió, la respuesta le pareció plausible. Pidió un libro.
Eugen le entregó el que acababa de abrir: Gimnasia alemana, de Friedrich Jahn. Era uno de sus favoritos.
Gauss intentó leer, pero segundos después alzó la vista y se quejó de la moderna suspensión de cuero del carruaje, que le hacía marearse más de lo acostumbrado. Pronto, declaró, las máquinas llevarían a las personas de ciudad en ciudad a la velocidad de un proyectil. Entonces se llegaría de Gotinga a Berlín en media hora.
Eugen, dubitativo, meneó la cabeza.
Gauss afirmó que era extraño e injusto, un verdadero ejemplo del lastimoso azar de la existencia, nacer en una época determinada y quedar atrapado en ella, lo quisieras o no. Le procuraba a uno una ventaja indigna ante el pasado y lo convertía en un payaso del futuro.
Eugen asintió, somnoliento.
Ni siquiera una inteligencia como la suya, dijo Gauss, habría fructificado en edades pretéritas de la humanidad o en las orillas del Orinoco, mientras que dentro de doscientos años cualquier mentecato podría burlarse de él e inventar disparates absurdos sobre su persona. Meditó, volvió a llamar fracasado a Eugen y se enfrascó en su libro. Mientras leía, Eugen se esforzaba en mirar por la ventanilla del carruaje para ocultar su rostro deformado por la humillación y la ira.
Gimnasia alemana versaba sobre aparatos gimnásticos. El autor describía de manera prolija los dispositivos que había inventado para superarlos con esfuerzo. A uno lo llamaba caballo con arcos, a otro, la barra, y a un tercero, el potro.
Ese tipo no estaba en sus cabales, afirmó Gauss abriendo la ventanilla y tirando el libro.
Eugen exclamó que era suyo.
Gauss replicó que así le había parecido, se durmió y no despertó hasta el cambio de caballos vespertino en la posta fronteriza.
Mientras desenjaezaban los animales y enjaezaban los de refresco, tomaron sopa de patata en una posada. Un hombre delgado de luenga barba y mejillas hundidas, el único cliente aparte de ellos, les dirigía miradas furtivas desde la mesa contigua. Lo corporal, dijo Gauss, que para enfado suyo había soñado con aparatos gimnásticos, era en verdad la fuente de toda degradación. Él siempre había considerado característico del mal humor de Dios que una inteligencia como la suya estuviera encerrada en un cuerpo enfermizo, mientras que un hombre de talento mediocre como Eugen prácticamente jamás enfermara.
Eugen precisó que de pequeño había padecido una grave viruela que estuvo a punto de llevarlo a la tumba. ¡Aún se percibían las cicatrices!
Cierto, reconoció Gauss, lo había olvidado. Señaló a los caballos del correo ante la ventana. La verdad es que parecía un chiste que el viaje de los ricos exigiese el doble de tiempo que el de los pobres. Quien usaba caballos del correo, podía cambiarlos después de cada etapa, pero el que usaba los suyos propios debía esperar a que descansaran.
Bueno, y qué, replicó Eugen.
Como es natural, repuso Gauss, eso le parecía obvio a alguien no acostumbrado a pensar. Igual que la circunstancia de llevar bastón de joven y no de viejo.
Un estudiante portaba bastón, contestó Eugen. Añadió que siempre había sido así y lo seguiría siendo.
Es posible, dijo Gauss, con una sonrisa.
Tomaron la sopa a cucharadas y en silencio hasta que entró el gendarme de la posta fronteriza pidiendo los salvoconductos. Eugen le entregó el suyo: un certificado de la corte en el que se leía que él, aunque estudiante, era inofensivo y podía pisar suelo prusiano en compañía de su padre. El gendarme, tras una mirada de desconfianza, examinó el pase, asintió y se volvió hacia Gauss. Él no lo tenía.
¿Que no lo tenía?, preguntó sorprendido el gendarme. ¿Ni una simple nota, ni un sello, nada?
Nunca había precisado nada semejante, contestó Gauss. La última vez que cruzó la frontera de Hannover había sido veinte años antes. Y no tuvo el menor problema.
Eugen intentó explicar quiénes eran, adónde se dirigían y por deseo de quién. Que el Congreso de Naturalistas se celebraba bajo el patrocinio de la Corona. Que en cierto modo su padre era un invitado de honor del rey.
El gendarme quería un pase.
Puede que el gendarme no lo supiera, dijo Eugen, pero su padre era venerado en los países más remotos, era miembro de todas las academias y lo llamaban príncipe de los matemáticos desde su temprana juventud.
Gauss asintió. Dicen que Napoleón había renunciado a cañonear Gotinga por él.
Eugen palideció.
Napoleón, repitió el gendarme.
Cierto, dijo Gauss.
El gendarme, con tono más exaltado que antes, exigió un salvoconducto.
Gauss apoyó la cabeza en los brazos y permaneció inmóvil. Eugen le propinó un codazo, pero sin éxito. Le daba igual, murmuró Gauss, deseaba irse a casa, le daba completamente igual.
El gendarme se enderezó la gorra, desconcertado.
Entonces intervino el hombre de la mesa contigua. ¡Todo eso terminaría! Alemania sería libre y los probos ciudadanos vivirían y viajarían sin ser molestados, sanos de cuerpo y alma, sin necesitar ni un solo papel más.
El gendarme incrédulo, le exigió la documentación.
A eso precisamente se refería, gritó el hombre rebuscando en sus bolsillos. De repente se incorporó de un salto, volcó su silla y salió como una tromba. El gendarme clavó la mirada unos segundos en la puerta abierta antes de reaccionar y salir corriendo tras él.
Gauss levantó despacio la cabeza. Eugen propuso reanudar el viaje de inmediato. Gauss asintió y se comió en silencio el resto de la sopa. La garita de los gendarmes estaba vacía, ambos policías habían emprendido la persecución del barbudo. Eugen y el cochero levantaron la barrera con esfuerzo. Después se adentraron en suelo prusiano.
Gauss se mostraba animado, casi alegre. Hablaba de geometría diferencial. Apenas se podía imaginar adónde llevaría la investigación de los espacios curvos. Él mismo solo lo comprendía a grandes rasgos, Eugen debía alegrarse de su propia mediocridad; a veces uno sentía un pánico cerval. Luego habló de las amarguras de su juventud. Del padre tan duro que había tenido, de lo afortunado que podía considerarse Eugen. De que había hecho cálculos antes de pronunciar su primera palabra. En cierta ocasión su padre cometió un error al calcular el salario mensual, y a continuación él empezó a llorar. Cuando el padre subsanó el fallo, él enmudeció en el acto.
Eugen simuló estar impresionado, a pesar de saber que la historia no era cierta. La había inventado y difundido su hermano Joseph. Con el correr del tiempo el padre debía de haberla escuchado tantas veces que había acabado creyéndosela.
Gauss comenzó a hablar del azar, enemigo de todo conocimiento, al que siempre había querido vencer. Visto de cerca, cada acontecimiento traslucía la infinita sutileza del tejido de la causalidad. Retrocediendo lo suficiente, se revelaban sus patrones. La libertad y el azar eran una cuestión de distancia, un asunto de perspectiva. ¿Lo entendía?
Más o menos, respondió Eugen, cansado, mirando su reloj de bolsillo. No era muy preciso, pero debían de ser entre las cuatro y media y las cinco de la mañana.
Sin embargo, las reglas de la probabilidad, prosiguió Gauss presionando con las manos su dolorida espalda, no eran obligatorias. Al no ser leyes físicas, posibilitaban las excepciones: un intelecto como el suyo, por ejemplo, o las ganancias en juegos de azar que continua e innegablemente cosechaba cualquier cabeza hueca. A veces él sospechaba que hasta las leyes de la física se comportaban de manera puramente estadística, permitiendo por ende excepciones: los fantasmas o la transmisión del pensamiento.
Eugen le preguntó si bromeaba.
Gauss repuso que ni él mismo lo sabía, tras lo cual cerró los ojos y se sumió en un profundo sueño.
Llegaron a Berlín al atardecer del día siguiente. Miles de casitas pequeñas sin un punto central, erigidas sin orden ni concierto, un asentamiento desbordado en el lugar más pantanoso de Europa. Justo entonces acababan de iniciar la construcción de edificios ostentosos: una catedral, algunos palacios, un museo para albergar los hallazgos de la gran expedición de Humboldt.
Dentro de unos años, comentó Eugen, esto se convertirá en una metrópoli similar a Roma, París o San Petersburgo.
¡Jamás!, replicó Gauss. ¡Una ciudad repugnante!
El carruaje traqueteaba por un empedrado deplorable. Los caballos se espantaron dos veces de perros que gruñían, en las calles laterales las ruedas casi se quedaban hundidas en la arena húmeda. Su anfitrión vivía en el número cuatro de Packhof, en el centro de la ciudad, justo detrás de las obras del nuevo museo. Para que no se perdieran, les había dibujado a plumilla un plano de la ubicación muy preciso. Alguien debió de verlos de lejos y anunciarlos, pues, poco después de que hubieran entrado en el patio, la puerta de la casa se abrió de par en par y cuatro hombres se precipitaron hacia ellos.
Alexander von Humboldt era un hombre bajo y viejo de cabellos blancos como la nieve. Lo seguían un secretario con el bloc de notas abierto, un mandadero de librea y un joven con patillas que portaba un trípode con una caja de madera. Se colocaron en su puesto como si lo hubiesen ensayado. Humboldt alargó los brazos hacia la puerta del carruaje.
Nada sucedió.
En el interior del vehículo se oían palabras agitadas. ¡No!, gritó alguien, ¡no! Resonó un golpe sordo, después, un tercer ¡No! Durante un rato, reinó el silencio.
Al fin se abrió la puerta y Gauss bajó a la calle, cauteloso. Cuando Humboldt lo agarró por los hombros y exclamó cuánto honor, qué gran momento para Alemania, para la ciencia, para él mismo, retrocedió sobresaltado.
Mientras el secretario tomaba notas, el hombre situado tras la caja de madera dijo con voz contenida: ¡Ahora!
Humboldt se quedó inmóvil. Ese es el señor Daguerre, musitó sin mover los labios. Un protegido suyo que trabajaba en un aparato que retendría el instante sobre una capa de yoduro de plata sensible a la luz, arrancándoselo a la fugacidad del tiempo. ¡Por favor, no había que moverse por nada del mundo!
Gauss dijo que quería irse a casa.
Solo un momento, susurró Humboldt, unos quince minutos, ya habían progresado mucho. Poco antes costaba mucho más, durante los primeros ensayos había pensado que su espalda no lo resistiría. Gauss intentó escabullirse, pero el menudo anciano lo sujetó con sorprendente fuerza murmurando: ¡Informa al rey! Y el mandadero se alejó a la carrera. Después añadió, evidentemente porque la idea acababa de pasarle por la cabeza: ¡Toma nota, analizar la posibilidad de la cría de focas en Warnemünde, las condiciones parecen propicias, presentármelo mañana! El secretario así lo consignó.
Eugen, que bajaba del carruaje cojeando ligeramente, se disculpó por lo tardío de su llegada.
Allí no era temprano ni tarde, murmuró Humboldt. Allí solo había que trabajar. Por fortuna aún había luz. ¡Nada de moverse!
Un policía entró en el patio y preguntó qué ocurría.
Luego, cuchicheó Humboldt con los labios apretados.
Eso era una revuelta, dijo el policía. O se dispersaban en el acto o procedería de acuerdo con las normas oficiales.
Humboldt precisó en voz baja que era chambelán.
Perdón, ¿cómo dice?, inquirió el policía inclinándose hacia delante.
Chambelán, repitió el secretario de Humboldt. Miembro de la corte.
Daguerre invitó al policía a salir de la imagen.
El policía retrocedió con el ceño fruncido. Primero, cualquiera podía afirmar eso, y segundo, la prohibición de reunión regía para todos. Y ese de ahí, señaló a Eugen, era a todas luces un estudiante. La situación se tornaba muy peliaguda.
Si no se marchaba en el acto, dijo el secretario, se metería en un lío que ni siquiera podía imaginar.
Así no se le habla a un funcionario, respondió vacilante el policía. Les doy cinco minutos.
Gauss gimió y se soltó.
¡Oh, no!, exclamó Humboldt.
Daguerre pateó el suelo. ¡El momento se había perdido para siempre!
Como todos los demás, repuso Gauss con calma. Como todos los demás.
Y era cierto: cuando Humboldt, esa misma noche, mientras Gauss roncaba tan fuerte en la habitación contigua que se le oía en toda la casa, examinó con una lupa la plancha de cobre impresionada, no distinguió nada en absoluto. Y solo después de un rato creyó vislumbrar en ella una maraña de contornos fantasmales, el dibujo evanescente de algo que parecía un paisaje bajo el agua. En el centro, una mano, tres zapatos, un hombro, la bocamanga de un uniforme y la parte inferior de una oreja. ¿O no? Suspirando, arrojó la plancha por la ventana y oyó el golpe sordo contra el suelo del patio. Segundos después la había olvidado, como todo lo que le había salido mal alguna vez.