Renie
Flotaba a la deriva en la oscuridad, ciega y sorda a todo menos a un incesante dolor en el estómago. Con cierta frecuencia, un líquido tibio y dulce se deslizaba por mi garganta; entonces las punzadas de hambre se atenuaban, aunque no por mucho tiempo. Esa hambre terrible siempre volvía a surgir, como fuego.
De vez en cuando tenía momentos de conciencia: la sensación de unas manos frías que me tocaban la cara y el débil murmullo de una voz masculina. En lo más profundo de mi cerebro febril era consciente de que conocía esa voz, de que amaba esa voz. Pero de repente el hambre volvía a rugir y todo se perdía.
Podrían haber pasado días, meses o incluso años cuando por fin abrí los ojos. Un techo con cornisa fue tomando forma encima de mí y brillantes puntos de luz se fusionaron en una lámpara de cristal.
Fragmentos de recuerdos regresaban lentamente a mi maltrecho cerebro.
Belle Morte.
Estaba enredada entre sábanas de satén negro en una enorme cama con dosel y las paredes que me rodeaban eran de color azul índigo, mucho más oscuras que las doradas del dormitorio que compartía con Roux. La luz de la lámpara hacía parpadear dos espadas colgadas en la pared.
Conocía la habitación. Era el dormitorio de Edmond.
Y junto a la cama estaba el mismísimo Edmond Dantès, el vampiro del que me había enamorado. Parecía un ángel oscuro, con su pelo negro como el carbón y su piel de marfil. Los ojos le brillaban como diamantes y su belleza me habría dejado sin aliento…, pero ya no necesitaba respirar.
Me toqué la garganta y después me presioné el pecho con la palma de la mano. No me latía el corazón.
Los recuerdos se abalanzaron sobre mí hasta hacerme tambalear: la huida de June del ala oeste, el ataque a Belle Morte, mi último intento de ayudarla, que había terminado con ella clavándome un cuchillo en el pecho y…
—Étienne —susurré. Sentía los pulmones oxidados y tenía los labios secos.
El vampiro que había fingido ser mi amigo y que me había ayudado a descubrir la verdad sobre June, solo para acabar admitiendo que había sido él quien la había matado y la había convertido en un monstruo.
Edmond se tumbó en la cama a mi lado, elegante y ágil como un gato.
—Calla, mon ange. No te preocupes por eso ahora.
Me aparté de él instintivamente y Edmond se quedó inmóvil.
La emoción rugía en mi cabeza y me dificultaba pensar.
Estaba muerta.
Había muerto ahí fuera, en la nieve.
Lo único que quería al llegar a Belle Morte era asegurarme de que June estaba bien y ya ni siquiera sabía lo que me deparaba el futuro. Nunca tendría más de dieciocho años. Nunca tendría una profesión. Tardaría años en desarrollar la suficiente resistencia a los rayos ultravioleta para pasar tiempo bajo el sol. Había perdido todo lo que daba por hecho como humana.
El dolor por todas esas posibilidades perdidas se me atascaba en la garganta y hacía que me ardieran los ojos, pero no me caían lágrimas.
Seguía presionándome el pecho con la palma de la mano, esperando en vano a sentir el latido de un corazón que nunca volvería a latir. Me pasé la lengua por los dientes y me estremecí al sentir las puntas afiladas de los colmillos. La primera vez que había abierto los ojos como vampira, cuando Edmond me sujetaba en brazos en el jardín nevado de Belle Morte, había sido consciente de esos cambios, pero de forma abstracta.
De repente la realidad me golpeaba como un martillo en el cerebro.
Era vampira.
Durante el resto de mi vida dependería de sangre humana para sobrevivir.
Me había convertido en lo que tanto había temido.
—¿Qué me has hecho? —susurré.
Una sombra de dolor recorrió el rostro perfecto de Edmond.
Sentí retortijones y me llevé las manos a la barriga. El líquido dulce que recordaba haber bebido cuando estaba perdida en la oscuridad, lo único que había calmado las punzadas hambrientas, había sido sangre. Había bebido sangre humana.
—Soy un monstruo —dije con voz ronca.
Edmond no se movió ni habló, pero su mirada parecía devastada, como si algo dentro de él estuviera rompiéndose.
Le había dado permiso para convertirme, lo sabía, pero no sabía cómo hacer frente al monumental cambio que se había producido en mi cuerpo y en mi vida. Estaba asustada y enfadada, no sabía qué hacer conmigo misma.
Una dolorosa oleada de hambre cayó sobre mí y dejé escapar un gemido. Me pinché el labio inferior con los colmillos y las encías me palpitaron.
Edmond pasó por alto mis duras palabras y me acercó suavemente a su pecho.
—El hambre pasará. Ya casi estás —murmuró.
Su voz aterciopelada me envolvió en calidez y seguridad, la habitación se volvió borrosa y la oscuridad se apresuró a darme de nuevo la bienvenida. A pesar de lo que acababa de decirle a Edmond, mi último pensamiento fue que me alegraba de que estuviera allí, abrazándome.
Edmond
Sentado en el borde de la cama, viendo a Renie dar vueltas y vueltas en un sueño inquieto, Edmond deseó que hubiera habido otra forma de salvarla.
En cierta ocasión le había dicho que, si pudiera retroceder en el tiempo, aun sabiendo los terribles momentos que le esperaban como vampiro, volvería a elegir esa vida. Pero no la habría elegido para ella.
La traición de Étienne le había dado a Edmond lo que deseaba desesperadamente: que Renie se quedara con él. Ahora no envejecería ni moriría mientras él la observaba impotente. Tenían la oportunidad de estar juntos.
Pero no tenía sentido si Renie no estaba contenta con su elección.
La puerta se abrió y entró Ysanne Moreau. Ludovic la seguía, indeciso. La señora de Belle Morte lanzó una mirada a Renie, que estaba dormida, pero su expresión fría no cambió.
—¿Cómo está? —preguntó.
—Mejor —le contestó Edmond acariciando el enmarañado pelo rojizo de Renie, más brillante que nunca contra su pálida piel de vampira.
Ysanne estaba ya al corriente de sus sentimientos por Renie, pero al principio le había mentido al respecto y sabía que Ysanne no lo olvidaría. Su amistad se había forjado a lo largo de los años; el amor y las pérdidas los unían, y Edmond había odiado mentirle a la persona que lo conocía desde hacía más tiempo que nadie. Pero las relaciones amorosas entre vampiros y donantes estaban estrictamente prohibidas, así que cuando Edmond fue consciente de que no podía luchar contra sus sentimientos por Renie, tuvo que mentirle a su vieja amiga.
—¿Crees que ya ha pasado por lo peor? —le preguntó Ysanne—. Porque el consejo no tardará en venir y no puedes estar aquí cuando lleguen.
Edmond cerró los ojos. Convertir a un humano sin el permiso del consejo, los dirigentes de las casas de vampiros británicas e irlandesas, era uno de los delitos más graves que un vampiro podía cometer. Ysanne debería haberlo castigado de inmediato, pero esperó para que pudiera ayudar a Renie en la conversión. No todo el mundo habría ofrecido esa prórroga. Pero ni siquiera Ysanne podía aplazar eternamente el castigo, y menos cuando ella misma tenía serios problemas con el consejo.
Estando ella al mando habían matado y convertido a June Mayfield, pero, en lugar de despertarse como vampira, se había despertado rabiosa. La ley de los vampiros decretaba que los rabiosos eran demasiado peligrosos para mantenerlos con vida, de modo que Ysanne debería haber matado a June en cuanto la descubrió. No lo había hecho. La había escondido en el ala oeste de la mansión y después había introducido a Renie en Belle Morte con el pretexto de que llegaba como donante porque esperaba que pudiera ayudar a June a recuperar la cordura.
Pero Renie no lo había conseguido. No había manera de salvar a los rabiosos, y cuando Ysanne se dio cuenta ya era demasiado tarde. Étienne había soltado a June justo cuando fuerzas enemigas atacaban Belle Morte.
Aunque habían retirado los cuerpos de los muertos en la batalla, la casa seguía oliendo a sangre.
La conversión ilegal de Renie por parte de Edmond era solo una de las muchas lúgubres sombras que oscurecían Belle Morte.
—¿Edmond? —dijo Ysanne, y él cayó en la cuenta de que no había contestado a su pregunta.
Desmond volvió a mirar a Renie, acurrucada en su cama, donde había pasado los tres últimos días, con el pelo esparcido sobre la almohada como una lluvia de hojas otoñales. Podría decirle a Ysanne que necesitaba más tiempo, pero mentiría. Renie había dejado atrás la peor parte de la conversión. La siguiente vez que despertara ya sería una vampira. Edmond la había ayudado todo lo que había podido y no iba a infravalorar el tiempo que Ysanne le había concedido pidiéndole más. No volvería a mentirle.
—Sí —le contestó sintiendo el corazón como una piedra en el pecho. No sabía qué castigo sufriría por haber convertido a la chica a la que amaba.
La máscara impasible de Ysanne cayó durante una milésima de segundo.
—Vieil ami, sabes que no tengo otra opción.
Edmond se levantó de la cama y se acercó a ella, a la mujer que le había abierto los ojos por primera vez al mundo de los vampiros, a la que tiempo atrás había amado como pareja y a la que seguía queriendo como amiga.
—Nunca te culparía —le dijo—. La decisión fue mía y volvería a tomarla fueran cuales fuesen las consecuencias.
Ysanne le rozó suavemente la mejilla con los labios y después la fría máscara volvió a cubrir su rostro.
—Tienes que venir conmigo —le dijo.
Edmond volvió a mirar a Renie y memorizó cada una de las líneas de su rostro, cada uno de los mechones de su pelo. Recordó cómo curvaba los labios cuando le sonreía y cómo le brillaban los ojos cuando se enfadaba o se reía. Memorizó cada uno de sus rasgos porque no sabía cuándo volvería a verla.
Ysanne salió de la habitación y Edmond se dispuso a seguirla, pero se detuvo cuando Ludovic le apoyó una mano en el hombro.
—Cuidaré de ella —le aseguró Ludovic.
Edmond colocó una mano encima de la suya.
—Gracias —le contestó.
Edmond lanzó una última mirada a la chica que le había robado su viejo corazón y se marchó para pagar el precio por haberla salvado.
Renie
La siguiente vez que me desperté, Edmond se había marchado. Ludovic e Isabeau estaban junto a la puerta, hablando en voz baja. Como yo ya era vampira, podía oír todo lo que decían. Lástima que no supiera francés.
Los dos me miraron mientras me incorporaba para sentarme y Ludovic se acercó a mí. Su rostro era indescifrable.
—¿Cómo te encuentras?
—Bueno… bien.
Las paralizantes punzadas de hambre se habían desvanecido y habían dado paso a un dolor sordo en la boca del estómago.
Me levanté de la cama suponiendo que me temblarían las piernas, pero las sentía fuertes. Sentía fuerte todo el cuerpo.
Pues ya estaba. Era de verdad una vampira.
En el momento de la conversión, no había tenido tiempo de procesar las enormes implicaciones que conllevaba. Acababa de morir, literalmente. Durante la transición, en los instantes conscientes, solo veía los aspectos negativos. Ahora que estaba más tranquila, podía pensar en la decisión que había tomado.
Sí, era vampira, y aunque en sentido estricto ya no estaba viva, seguiría viviendo. Probablemente para siempre. Nunca había imaginado que pudiera sucederme algo así y me costaría mucho acostumbrarme, pero el cuchillo que June me había clavado en el pecho no había acabado con todo.
June…
Un agudo dolor me atravesó el corazón y tomé una bocanada de aire que ya no necesitaba.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
—¿Qué recuerdas? —me preguntó Isabeau juntando las manos. Llevaba los gruesos rizos de color avellana recogidos en una coleta baja y su expresión era solemne.
—Recuerdo que Étienne es el hijo de puta que asesinó a mi hermana —le dije en voz baja—. ¿Dónde está?
Ludovic e Isabeau se miraron.
—No lo sabemos —me contestó Isabeau.
—¿Qué?
Ludovic tomó el relevo.
—Después de que June te apuñalara, Étienne y ella desaparecieron. Cuando Edmond y yo llegamos al jardín, ya se habían marchado. No sabemos adónde fueron.
—¿Y Roux? ¿Y Jason? —les pregunté.
No había ido a Belle Morte a hacer amigos, pero mi compañera de habitación, Roux Hayes, y Jason Grant, otro donante que había llegado el mismo día que nosotras, habían tardado poco en abrirse camino hasta mi corazón. Eran los mejores amigos que nunca había esperado tener.
—Están bien —me contestó Isabeau, pero algo en su voz me dio que pensar.
—¿Cuánto tiempo he estado aquí? —le pregunté.
—Tres días.
—¿Dónde está Edmond?
Los vampiros volvieron a mirarse y el rostro de Ludovic se oscureció.
—Renie, debes entender que convertirte ha sido algo muy serio —me dijo Isabeau en tono amable.
Se me heló el estómago. Algo no iba bien.
—¿Dónde está? —repetí.
—Ayer lo encarcelaron por haberte convertido sin permiso —me contestó Ludovic.
Me lanzó una mirada tan dura que me pregunté si me hacía responsable de lo sucedido. Edmond era su mejor amigo, había sobrevivido con él al infierno de la guerra, y no lo habrían encerrado si yo no hubiera llegado a Belle Morte.
Entonces el hielo de mi estómago se convirtió en fuego.
No, a Edmond no lo habrían encerrado si Étienne no hubiera matado a mi hermana.
—¿Lo ha encarcelado Ysanne? —le pregunté.
Quería que Ludovic me contestara que no, que lo había hecho otro miembro del consejo. Hacía solo unos días Ysanne había hecho azotar a Edmond con plata por defenderme de otro vampiro. No podía soportar la idea de que hubiera vuelto a castigarlo.
—Sí, ha sido ella —me contestó Ludovic.
Cerré los ojos.
Estaban sucediendo cosas más importantes que Edmond y yo lo sabía, pero la idea de que volviera a sufrir por mí me resultaba casi insoportable.
Edmond ya no estaba enamorado de Ysanne, pero seguía queriéndola como amiga. Seguía confiando en ella y respetándola. ¿No servía de nada?
—¿Puedo verlo? —pregunté.
Isabeau negó con la cabeza.
—Me temo que no.
No era justo. Edmond me había convertido solo para salvarme la vida. ¿Cómo podía Ysanne castigarlo por eso?
—Tengo que ver a Ysanne —dije.
La expresión de Isabeau fue comprensiva pero firme.
—No creo que sea una buena idea.
De repente la rabia se apoderó de mí, tan deprisa que no pude controlarla.
—Me da igual lo que pienses. Me parece perfecto que apoyes ciegamente todo lo que hace Ysanne porque te acuestas con ella o lo que sea que hagáis, pero no me quedaré de brazos cruzados mientras le hace algo así. Esta vez no.
Los ojos de Isabeau adquirieron un brillo rojizo y sus colmillos se extendieron.
—Cuidado con lo que dices —me advirtió.
—¿Qué va a hacer Ysanne? ¿Rescindir mi contrato? Ya no soy donante.
Mientras hablaba, sentí una extraña oleada de fuerza. No de fuerza física, sino de otro tipo. Ahora era vampira, así que Ysanne no podía ningunearme como cuando era humana.
Crucé la habitación y abrí la puerta con tanta fuerza que dejé una marca en el elegante papel pintado.
Isabeau corrió detrás de mí. Aunque el tono rojizo se había desvanecido de sus ojos, tenía el rostro tenso.
—No seas tonta, Renie.
Me tocó el hombro, pero le aparté la mano. Me giré para enfrentarme a ella. Mis pies descalzos se hundían en la gruesa moqueta que cubría los muchos pasillos de Belle Morte. La rabia bullía dentro de mí, tan caliente y feroz que sentía que iba a explotar allí mismo. Las encías me dolían mientras mis colmillos brotaban y se extendían en toda su longitud.
No se trataba solo de Edmond. Se trataba de mi dulce hermana, que había muerto en esa casa a manos de un hombre en el que yo había confiado y había vuelto a la vida como un monstruo sediento de sangre. Y ese hombre había escapado de la justicia mientras que Edmond era castigado por haberme salvado la vida.
Isabeau me miró con un rostro exasperantemente inexpresivo. Si yo había esperado que al convertirme descifraría mejor lo que pensaran los vampiros, me había equivocado.
Ludovic estaba detrás de ella, con los ojos clavados en mí. Cuando Edmond había corrido a defenderme de Adrian, el vampiro que me había manoseado durante una fiesta de bienvenida para los visitantes de Nox, Ludovic se había asegurado de que nadie más me molestara mientras sacaban a Edmond y Adrian del salón de baile. Me protegió de Adrian cuando este volvió. Unas horas después incumplió las normas de Belle Morte y me metió a escondidas en el ala norte, donde dormían los vampiros y no podía entrar ningún donante, para que viera a Edmond después de que lo hubieran azotado. No sabía lo que pensaba Ludovic de mí a esas alturas, pero esperaba que entendiera que la rabia que sentía era por Edmond.
Fragmentos de imágenes encajaron en mi cabeza y recordé lo que le había dicho a Edmond la última vez que me había despertado. Parte de mi rabia se calmó y una ardiente vergüenza ocupó su lugar. Me había llamado monstruo a mí misma, y por extensión, a él. Había culpado a Edmond porque, por horrible e injusto que fuera, en ese momento necesitaba culpar a alguien. En realidad, hacía ya tiempo que no creía que los vampiros fueran monstruos, pero al sentir el pinchazo de los colmillos y darme cuenta de que había bebido sangre humana, mis viejos miedos resurgieron y se derramaron cruelmente de mi boca.
Tenía que ver a Edmond, e Ysanne era la única persona que podía concedérmelo.
—Le aseguré a Edmond que cuidaría de ti —me dijo Ludovic sin dejar de mirarme.
—No puedes impedir que vaya a ver a Ysanne.
Podía, pero eso no me impidió decirlo. Tampoco le impidió a él contestarme:
—Lo sé.
Les di la espalda a los dos vampiros y me alejé para ir a buscar a Ysanne. No sabía lo que haría cuando la encontrara, pero no podía dejar a Edmond así.
Él me había salvado. Ahora yo lo salvaría a él.
Edmond
Edmond Dantès apoyó la cabeza en la pared de piedra situada detrás de él. Las palabras de Renie le daban vueltas en la cabeza en un bucle salvaje e interminable.
Las celdas de Belle Morte, escondidas para que los donantes y la mayoría del personal ni siquiera supieran que existían, estaban a años luz del lujo del resto de la mansión. Eran habitaciones de piedra, de austeridad casi medieval, sin muebles ni comodidades. Nada interrumpía la piedra sólida, excepto unas anillas de hierro clavadas profundamente en las paredes.
Edmond había estado en prisiones peores. Los días que había pasado en la Conciergerie, durante la Revolución Francesa, estaban entre los más sombríos de su vida, pero las celdas de Belle Morte tenían un horror con el que la Conciergerie no contaba.
Estaba encadenado con plata.
Grilletes y cadenas de plata le ataban las muñecas a las anillas de las paredes, y el metal le quemaba la piel y la carne. A ambos lados de su cuerpo, se formaban pequeños charcos de sangre, y el más mínimo movimiento era una agonía.
No sabía cuánto tiempo estaría allí.
Se abrió la puerta y entró Ysanne. Cualquier otra persona habría creído ver a la gélida señora de Belle Morte de siempre. Pero Edmond la conocía. Veía que se movía algo más despacio de lo normal y con cierta rigidez, y veía sus ojos sombríos.
El repiqueteo de sus altos tacones resonó en las paredes de piedra y se desvaneció hasta silenciarse cuando se detuvo delante de él.
—Oh, mon garçon d’hiver —le dijo en voz baja—. No es esto lo que quería para ti.
—No te culpo —le contestó Edmond.
Ysanne se quitó los zapatos y se arrodilló frente a él con las manos cruzadas en el regazo. Durante un buen rato ninguno de los dos pronunció una palabra.
—Renie me dijo que es un monstruo —le dijo Edmond—. Después de todo, sigue viéndonos así. Antes pensaba a menudo en lo duro que sería verla salir de Belle Morte para no volver. Me enfrenté a la terrible realidad de verla morir en la nieve, pero nunca pensé que se volvería contra mí.
—Basta —le cortó Ysanne en tono firme—. Renie no es Charlotte. No es la misma situación.
Cientos de años atrás, Edmond le había confesado su naturaleza vampírica a otra mujer a la que amaba. La respuesta de Charlotte había sido decirle que era un monstruo y reunir una multitud para matarlo. Su traición había dejado una profunda cicatriz en el corazón de Edmond.
Ysanne inclinó ligeramente la cabeza y su pelo rubio se deslizó sobre un hombro.
—Sé cómo te sientes —le dijo—. Hace mucho tiempo, una mujer a la que tenía un enorme cariño también se volvió contra mí cuando descubrió lo que era. Pero no creo que Renie te vea como un monstruo.
Edmond consiguió esbozar una media sonrisa que se convirtió en un gemido de dolor al mover ligeramente las muñecas encadenadas.
—Nunca creí que llegaría a verte defendiéndola.
—No estoy defendiéndola. Estoy aconsejándote que dejes atrás el pasado.
—¿Qué va a pasar con Renie?
Ysanne lo pensó.
—No lo sé. Depende de lo que pase cuando llegue el consejo.
Edmond intentó no pensar en el hecho de que haber convertido a Renie sin permiso no era su única transgresión. Había ayudado a Ysanne a encubrir el asesinato de June y a ocultarla junto con Isabeau y después Ludovic. El consejo esperaría respuestas de todos ellos.
—Los vampiros que atacaron la casa debían de trabajar para Étienne —dijo Edmond.
Ysanne apretó los labios.
—Parece lo más probable.
—Pero ¿por qué? ¿Qué pretendía?
Ysanne lo miró con ojos pensativos sin decir nada.
Edmond movió instintivamente el brazo para tocar a su vieja amiga, pero cerró los ojos con fuerza cuando una oleada de dolor lo invadió. Cualquier otra persona no habría sido capaz de enfrentarse a lo que le habían hecho, pero Ysanne lo observaba sin inmutarse y sin disculparse. Edmond sabía que le dolía ser la causante de su sufrimiento, pero no iba a mantenerse al margen. No fingiría que no estaba sucediendo.
—Durante mucho tiempo dijiste que no volverías a entregar tu corazón a nadie —le recordó Ysanne—. ¿Qué cambió? ¿Por qué Renie es tan especial?
—En los últimos diez años han llegado a Belle Morte más donantes de las que puedo recordar y todas me tratan igual: me miran impresionadas y quieren estar conmigo solo porque soy vampiro. Intentan meterse en mi cama con la esperanza de que las haga inmortales. Me ven como una novedad, como un premio inalcanzable que quieren llevarse.
—Pero Renie no —supuso Ysanne.
—Desde el momento en que llegó, se negó a dejarse deslumbrar por mí. Fue la primera chica humana en mucho tiempo que me trató como a una persona corriente, no como a un trofeo, y no estaba preparado para eso.
Renie, con su temperamento, su belleza y su resistencia, había irrumpido en su vida como una bola de demolición que había resquebrajando el muro que Edmond llevaba tanto tiempo construyendo, y su viejo corazón herido había empezado a sentir de nuevo.
No había querido volver a enamorarse, pero así eran las cosas.
Amaba a Renie.
Por más que hubiera intentado impedirlo, le había entregado su corazón, trocito a trocito. Era de Renie, todo él.
Aunque Ysanne intentara tranquilizarlo, Edmond no estaba convencido de que Renie no se arrepintiera de su decisión y de que no lo culpara por haberla convertido. En su larga vida había visto, hecho y sufrido mucho, pero la idea de perder a Renie lo destrozaba.
—¿Por qué no me contaste lo de Isabeau? —le preguntó intentando pensar en otra cosa.
Sabía que Ysanne e Isabeau habían sido pareja en los años sesenta, pero en los diez años que llevaban viviendo en Belle Morte, Ysanne no había insinuado ni una sola vez que su relación con Isabeau se hubiera reavivado.
Ysanne se miró las manos.
—No se lo conté a nadie.
—No sueles ocultarme nada.
—¿No me ocultaste tú lo de Renie?
Edmond cerró los ojos al sentir otra oleada de dolor de los grilletes de plata.
—No es lo mismo —replicó—. Renie y yo no podíamos estar juntos. Teníamos que mantenerlo en secreto.
—Tienes razón —le concedió Ysanne—. Isabeau y yo decidimos mantener en secreto nuestra relación porque mi prioridad siempre será Belle Morte. La casa debe ser lo primero, pase lo que pase, y no quiero que piensen que tengo favoritos.
—¿Ni siquiera cuando es la mujer a la que amas?
Ysanne se quedó un instante en silencio.
—Ni siquiera en ese caso —le contestó por fin.
—No tiene por qué ser así.
Ysanne esbozó una sonrisa un poco triste.
—Sí, tiene que ser así. Si pudiera favorecer a las personas más importantes para mí, tú no estarías aquí encerrado.
—Sabía que tendría que pagar un precio por convertir a Renie, y lo pagaría mil veces.
—La amas de verdad, ¿no? —le dijo Ysanne en tono suave.
—Más que a nada en el mundo. —Edmond flexionó los dedos y sintió la terrible quemazón de las cadenas de plata—. Prométeme que la mantendrás a salvo. Étienne todavía está por ahí. No sabemos lo que quiere, pero ha intentado matarla y nada nos permite pensar que no vaya a volver a intentarlo.
—No permitiré que le pase nada —le dijo Ysanne.
Se puso de pie, se alisó bien la falda y volvió a ponerse los zapatos.
—Debería marcharme antes de que llegue el consejo. Tenemos mucho de lo que hablar.
Edmond debería estar apoyando a Renie cuando se enfrentara al consejo, pero estaba allí atrapado, encadenado e indefenso. Quería apretar los puños, pero solo serviría para intensificar el dolor.
Ysanne le dio un beso en la frente, salió de la celda y cerró la puerta dejándolo solo.
Edmond volvió a apoyar la cabeza en la pared, cerró los ojos y pensó en Renie.
Renie
Al salir del ala norte, casi choqué con Tamara, una donante que llegó a Belle Morte al mismo tiempo que yo. Abrió mucho los ojos y me pregunté cuántas personas sabían lo que había sucedido en el jardín unas noches atrás. Conociendo a Ysanne, lo habría mantenido en secreto todo lo posible, así que yo solo podía imaginar los rumores que circulaban.
Los latidos del corazón de Tamara me martillearon los oídos e invitaron a mis ojos a observar su garganta y las venas debajo de su piel. Tenía sed, descubrí horrorizada. Quería morder a Tamara y beber su sangre.
La chica retrocedió y me pregunté qué aspecto tendría para ella. ¿Tenía los ojos rojos? ¿Veía mis colmillos? Su corazón latió más deprisa. El olor de su sangre invadía el aire y me tentaba.
Corrí para dejarla atrás. ¿Sentiría esa tentación cada vez que estuviera cerca de un humano o la necesidad de morder se desvanecería con el tiempo?
Me detuve al pie de la escalera y agarré la barandilla con una mano. La última vez que había bajado esos escalones estaban atacando Belle Morte, y yo corría hacia el salón de baile en un desatinado intento de proteger a Edmond. Pero ahí, en el vestíbulo, encontré dos cuerpos: un vampiro al que no conocía y Abigail, una donante. Habían limpiado la sangre, el suelo de parquet estaba tan limpio y brillante como siempre, pero aún podía verla allí tendida, con el brazo colgando del cuerpo por un tendón y los ojos mirando al techo, congelados por la conmoción y el terror.
Pisándole los talones a este recuerdo llegó otro: Aiden tirado al pie de los escalones del ala oeste, con la garganta abierta, y el monstruo que había sido mi hermana agachado sobre él.
¿Había muerto alguien más en el ataque?
Pensé en Melissa. Había sido amiga de June y me había presionado en busca de respuestas al darse cuenta de que yo no había ido a Belle Morte para ser donante, pero no había podido ofrecérselas. También era la novia de Aiden, que se había dirigido al ala oeste en busca de la verdad, y June lo había matado.
¿Melissa estaba bien?
Miré la escalera. Quizá debería ir primero a verla a ella. Pero volví a pensar en Edmond. Necesitaba saber qué le estaba pasando. Ysanne podía darme las respuestas… suponiendo que estuviera dispuesta a compartirlas.
Seguramente la encontraría en su despacho. Cuando llegué, entré sin llamar, pero no había nadie. Recorrí con la mirada la pequeña habitación, tan fría y distante como la propia Ysanne: papel pintado oscuro, moqueta blanca y una brillante mesa negra. En la mesa solo había un pequeño marco de madera que nunca había visto. Me acerqué sigilosamente y lo cogí. Era tan pequeño que cabía en la palma de mi mano. Se trataba de una pintura al óleo de un atractivo hombre de pelo oscuro y piel aceitunada que sonreía ligeramente. La técnica pictórica, los tonos descoloridos y el marco deteriorado sugerían que la pintura era muy antigua, así que rápidamente volví a dejarla en la mesa antes de hacer alguna tontería, como dejarla caer.
La puerta se abrió detrás de mí y me di la vuelta.
Ysanne desplazó la mirada de mí a la pintura y frunció el ceño.
—No deberías estar aquí sin mi permiso —sentenció.
Al salir del ala norte estaba muy enfadada, pero los recuerdos de la terrible noche que había acabado con mi vida humana habían calmado mi rabia, pero me habían dejado un profundo agotamiento.
—¿Por qué castigas a Edmond por haberme salvado la vida? —le pregunté.
Ysanne cruzó el despacho. Sus tacones altos avanzaron por la gruesa moqueta sin hacer ruido. Cogió el pequeño cuadro y me dio la impresión de que acariciaba suavemente con el pulgar el marco antes de meterlo en un cajón de la mesa.
—No lo castigo por eso. Lo castigo por saltarse las reglas —me contestó.
—¿Así ves el mundo? ¿Solo como reglas que deben respetarse? ¿No hay lugar para la compasión o la humanidad?
—Convertir a humanos es una infracción grave. Cuando el consejo creó el sistema de donantes, acordamos que convertiríamos a humanos en vampiros solo en situaciones de emergencia.
—Era una emergencia. Estaba muriéndome.
Ysanne se limitó a mirarme con aquel rostro tan frustrantemente inexpresivo de siempre.
—Para los vampiros, que hemos vivido cientos de años, y para el equilibrio entre nosotros y los humanos, la vida de una sola chica no vale mucho.
Apoyó las manos en la mesa y se inclinó hacia delante. Yo sabía de primera mano lo poderosas que eran en realidad esas manos blancas y delicadas.
—Los humanos superan ampliamente en número a los vampiros y podrían aniquilarnos si quisieran. Edmond ha infringido una de nuestras leyes más importantes y debe ser castigado, tanto para que el consejo vea que me tomo muy en serio su transgresión como para que el mundo humano se dé cuenta de que no nos rigen nuestros instintos más bajos.
Yo sabía que lo que acababa de decirme tenía sentido. Para los humanos, los vampiros eran hermosos, misteriosos e inmortales… De alguna manera eran más que personas corrientes. Pero si el mundo humano vislumbraba la peligrosa bestia que acechaba bajo el brillante barniz, probablemente los vampiros no les gustarían tanto. Y si el favor humano se volvía contra ellos, el sistema de donantes podría desintegrarse, las casas podrían desmoronarse y los vampiros podrían verse obligados a volver a las sombras.
Aun así, insistí.
—Toda regla tiene sus excepciones.
—Puede ser —me concedió Ysanne—. Pero los vampiros somos depredadores. Olemos la debilidad. Si me ven débil porque permito que mis vampiros me pisoteen, alguien podría caer en la tentación de desafiarme como señora de la casa. —Su voz se volvió dura y fría—. No voy a permitirlo. Para ti es fácil entrar aquí con tu actitud santurrona y tu visión infantil del mundo, pero hay muchas más cosas en juego que Edmond y tú.
Me encendí, pero reprimí mi enfado. Cogí una silla y me senté frente a la mesa. Algo parecido a la sorpresa brilló en los ojos de Ysanne, pero desapareció, veloz como un parpadeo. Seguramente había esperado que yo empezara a gritar.
—Explícame qué más hay en juego. ¿Qué me he perdido mientras estaba inconsciente? ¿Quién atacó la mansión? —Dudé porque no quería oír la respuesta a mi siguiente pregunta, aunque necesitaba saberlo—. ¿Cuántas personas han muerto?
Ysanne me miró un momento antes de sentarse ella también.
—Primero necesito que me cuentes qué pasó exactamente con Étienne y June en el jardín —me dijo.
Retrocedí mentalmente a la horrible noche en la que la vida que había conocido había llegado a su fin.
—Yo intentaba evitar que June hiciera daño a alguien. Ludovic la hirió con una espada y ella huyó del salón de baile, así que fui tras ella. No sé qué pretendía hacer cuando la alcanzara, no pensaba con claridad. Pero cuando salí al jardín, Étienne estaba esperándome.
La terrible traición volvió a atravesarme, afilada como una cuchilla, y me llevé una mano al pecho. Seguía pareciéndome extraño no sentir el latido de mi corazón.
Ysanne esperó en silencio a que continuara.
—Me dijo que había sido él quien había matado a June. —Sentí el sabor amargo de mis palabras.
—¿Fue también él quien la soltó la primera vez que subiste al ala oeste?
—Sí. Me dijo que no era personal, pero que no podía permitir que interfiriera en June. Me dijo que la había convertido porque había sido necesario, pero que no había sido su intención que ella se volviera rabiosa, y que lo sentía, pero que yo tenía que morir.
—¿Algo más?
Me tragué el nudo que se me había formado en la garganta.
—Lo último que me dijo fue que se avecinaba una revolución y que el mundo de los vampiros iba a cambiar. ¿Te dice algo?
Ysanne no me contestó.
—Respondiendo a tu anterior pregunta, hemos perdido a tres miembros de seguridad y dos del personal. —Hizo una pausa con los ojos claros clavados en mí—. Mataron a otros tres donantes: Aiden, Abigail y Ranesh. Solo te convirtieron a ti.
Me sentí enormemente aliviada de que Melissa no estuviera entre las víctimas.
—¿Ha habido bajas de vampiros? —le pregunté.
—Asesinaron a dos miembros del séquito que Jemima trajo de Nox y a Rosa —me contestó Ysanne.
Había alimentado a Rosa una vez, cuando yo fingía ser una donante cualquiera, pero apenas habíamos intercambiado más de una frase.
—También hubo una víctima de la casa Midnight —siguió diciendo Ysanne.
—Espera, ¿qué? —Fruncí el ceño—. ¿Qué hacía aquí alguien de Midnight?
—Esa es la gran pregunta y deberemos abordarla en cuanto llegue el consejo.
Había algo que no estaba contándome.
—¿Quién atacó Belle Morte? —le pregunté.
—No lo sé. —Aunque la expresión de Ysanne nunca cambiaba, su voz destilaba una ligera frustración. A Ysanne Moreau no le gustaba no saber cosas.
—Pero… ¿de qué casa eran?
—No eran de ninguna casa.
—No lo entiendo.
—Renie, el consejo no viene solo a investigar tu conversión. Todos los vampiros que irrumpieron en Belle Morte eran recién convertidos.
Mi cerebro no podía procesarlo. Como no era vladicta y nunca me había mantenido informada sobre los vampiros de las casas del Reino Unido o Irlanda, me había limitado a dar por sentado que los intrusos formaban parte de una de esas casas.
—¿Qué ha sido de ellos? —le pregunté. Si reunía más piezas, quizá podría encajarlas en la confusión de mi cabeza.
—A trece los mataron esa noche. Los demás… desaparecieron.
—¿Huyeron?
Ysanne asintió.
—Seguramente se dieron cuenta de su tremendo error —le dije.
Los nuevos vampiros eran mucho más fuertes que los humanos, pero no podían igualar la fuerza de un vampiro de más edad. Fueran quienes fuesen esos vampiros, estuvieron en desventaja en cuanto irrumpieron en Belle Morte.
Ysanne se dio golpecitos en el labio con una uña pintada, más sumida en sus pensamientos de lo que la había visto jamás.
—¿Por qué crees que atacaron mi casa? —me preguntó.
—No tengo ni idea.
Ysanne se quedó un instante en silencio, como si sopesara cuánto debía contarme.
—No creo que los intrusos huyeran porque nos tuvieran miedo. Su retirada fue demasiado organizada, como si la hubieran planeado.
—¿No pretendían apoderarse de Belle Morte?
—Todavía no sé lo que pretendían.
—Pero tiene que ver con Étienne, ¿no?
Volvió a quedarse en silencio.
—Trece de esos vampiros recién convertidos murieron esa noche. Al menos tres veces más escaparon. ¿Quién crees que los convirtió?
—Étienne —le contesté de inmediato.
—Nos engañó a todos, lo admito, pero ¿de verdad crees que podría haber orquestado todo esto él solo?
—Crees que lo ayudaron.
—Correcto —me dijo Ysanne—. La pregunta ahora es si la persona que lo ayudó todavía está en Belle Morte.
Renie
Sentí que se me helaba la sangre y giré la cabeza, como si esperara ver al cómplice de Étienne escabulléndose por la puerta del despacho de Ysanne.
—¿Estoy en peligro? —le pregunté—. Si Étienne me quiere muerta, probablemente todo el que lo ayude quiera lo mismo.
—Ya lo había pensado. Me aseguraré de que nunca estés sola —me contestó Ysanne.
—Si sueltas a Edmond, él podrá protegerme —señalé.
No debería haberlo dicho, porque los ojos de Ysanne se oscurecieron.
—La decisión no es mía —me dijo—. He hecho todo lo que he podido por Edmond.
—¿Qué quieres decir?
—Debe ser castigado por haberte convertido sin permiso, no puedo hacer nada al respecto, pero fui lo bastante compasiva para posponer su castigo para que pudiera ayudarte a superar la conversión.
No pude evitar decirle:
—¿De verdad llamas a eso compasión?
Esperaba que reaccionara enfadándose, pero cuando habló, solo parecía cansada.
—Sí, Renie, así lo llamo. Es mucho más de lo que cualquier otra persona le hubiera ofrecido. ¿Crees que no entiendo por qué estás enfadada? —Negó con la cabeza sin que se moviera un solo mechón de su liso pelo rubio—. Entiendo mucho más de lo que crees. Eres tú la que se empeña en no ver más allá de sus narices.
Una parte de mí quería gritarle que se equivocaba, volcar la mesa y arrasar Belle Morte hasta encontrar a Edmond, pero eso no me llevaría a ninguna parte, y necesitaba empezar a entender cómo funcionaba el mundo de los vampiros, porque ahora formaba parte de él.
Sin embargo, no era la única que se empeñaba en no ver más allá de sus narices. Ysanne se centraba tanto en las malditas reglas que no se daba cuenta de que a veces había que romperlas.
Intenté hablar con calma.
—¿Qué crees que habría pasado con el equilibrio entre humanos y vampiros si Edmond hubiera obedecido las reglas y me hubiera dejado morir? No había forma de conseguir el permiso del consejo a tiempo.
Ysanne me miró fijamente.
—Asesinaron y convirtieron a June sin que tú lo supieras —seguí diciéndole—. Ahora muchos otros han muerto y la persona que está detrás de todo esto ha desaparecido. Si Edmond se hubiera negado a ayudarme y me hubiera dejado morir en la nieve, el desastre sería aún mayor. Dices que mi vida no vale mucho desde una perspectiva amplia… De acuerdo, muy bien. La situación es un completo desastre, y fuiste tú la que escondió a June en el ala oeste. Tú misma rompiste las reglas al no matarla cuando la descubriste.
Ysanne tensó la mandíbula, pero no lo negó.
—¿Cuál crees que sería la situación si, además de todos los que han muerto, Edmond me hubiera dejado morir también a mí porque no ibas a permitirle salvarme? Sinceramente, no puedes pensar que favorecería el equilibrio que tan desesperadamente intentas mantener.
Durante un buen rato nos miramos la una a la otra por encima de la mesa.
Una cosa que me había enseñado Belle Morte era que yo tendía a ver el mundo en blanco y negro, pero Ysanne también. Solo que ella no se daba cuenta.
—Te aseguro que, cuando llegue el consejo, tendré que responder de mis errores —me dijo Ysanne.
Durante la mayor parte del tiempo que había pasado en Belle Morte, había odiado a Ysanne, pero de repente sentí una pizca de compasión por ella. Había encerrado a June y me había llevado a la mansión con la esperanza de que devolviera la cordura a mi hermana, porque si lo conseguía, en adelante podrían salvar a cualquier otra persona que se volviera rabiosa. No era frecuente, pero podría sucederle a cualquier vampiro en cualquier momento, e Ysanne intentaba evitarlo. Aunque yo no estuviera de acuerdo con sus métodos, sus intenciones eran buenas.
Pero no estaba segura de que el consejo lo viera como yo.
—Déjame hablar con ellos —le dije sin pensarlo—. Puedo explicarles lo que intentabas hacer.
—Te agradezco el gesto, pero no servirá de nada. Las reglas son las reglas.
—¿Cuándo llegarán?
—Jemima y lo que queda de su séquito todavía están aquí, en el ala norte. Henry, Charles y Caoimhe llegarán en un par de horas. —Ysanne me miró de arriba abajo—. ¿Quieres vestirte antes de que lleguen?
Bajé la mirada y me di cuenta de que llevaba un pijama de seda negro que no recordaba que me hubieran puesto. A una parte de mí no le importaba lo que pensara el consejo, pero la otra parte admitía que seguramente era importante causarles buena impresión.
—¿Qué va a pasarme? —le pregunté en voz baja, casi con miedo a oír la respuesta.
—¿A qué te refieres?
—Si no caigo bien al consejo, ¿pueden hacerme daño?
—No hacemos daño a nadie solo porque no nos caiga bien —me contestó Ysanne en un tono ligeramente exasperado—. Quizá no aprueben lo que ha hecho Edmond, pero no pueden cambiarlo. Tu vida no corre peligro por ellos, si es eso lo que te preocupa.
—Pero ¿qué debo hacer a partir de ahora? No puedo volver a una vida normal, ¿verdad?
—Tu futuro depende totalmente de ti. No te obligaré a quedarte en Belle Morte.
—¿Me dejarías quedarme si quisiera?
Ysanne me observó con atención.
—¿Quieres?
Dudé. ¿Quería?
—No es una decisión tan sencilla, ¿verdad? —me dijo Ysanne.
—Me preguntaba por qué los vampiros construían pequeñas burbujas perfectas en estas mansiones, pero creo que ahora lo entiendo. Habéis pasado todos por muchas dificultades, pero entre estas paredes no tenéis que preocuparos. Podéis vivir felices y a salvo, ¿y quién no querría algo así? Pero yo soy vampira desde hace solo tres días y la mayor parte de ellos los he pasado durmiendo. No quiero estar aislada del mundo como vosotros. No sé cuál es mi sitio.
—Debo señalarte la razón principal para que te quedes, que es Edmond. Él vive aquí.
—Está encarcelado —le dije, aunque me las arreglé para decírselo sin enfadarme y sin juzgarla.
—No es para siempre. Quedará en libertad cuando llegue el momento.
—¿Y entonces qué?
—Depende de ti y de Edmond, ¿no? No esperarás que os haga de carabina. Si quieres marcharte de Belle Morte, no te detendré, y si Edmond quiere marcharse contigo, tampoco lo detendré. Pero esta es su casa, así que debes estar preparada para enfrentarte a la posibilidad de que no quiera marcharse —me dijo Ysanne—. En cualquier caso, no son decisiones en las que debas pensar ahora. Tenemos problemas más importantes con los que lidiar.
—Bien —le dije volviendo a bajar la mirada hacia mi pijama.
Como ya no sudaba, haber llevado la misma ropa durante tres días no era un problema tan grande como lo habría sido cuando era humana, pero aun así quería ducharme y cambiarme.
—Y deberías ir a ver a tus amigos. Han estado preocupados por ti —añadió Ysanne.
Aún teníamos mucho de lo que hablar, pero me dio la sensación de que estaba echándome. Me levanté y salí de la habitación.
Al salir del despacho de Ysanne me sentía agotada. Las cosas no eran tan sencillas como había pensado. El mundo no era blanco y negro, sino sombras de gris en constante cambio. La realidad era mucho más complicada y estaba mucho más enmarañada de lo que la mayoría de la gente pensaba, incluida yo misma.
No siempre estaba de acuerdo con las decisiones de Ysanne, pero no conocía las experiencias por las que había pasado ni las presiones que implicaba dirigir Belle Morte. No era un hotel en el que se pagaba a personas guapas para que dejaran que los vampiros les succionaran las venas. Las reglas estaban ahí por algo. Muchas cosas dependían de que los humanos y los vampiros vivieran en armonía. ¿Cómo iba yo a entender lo que suponía saber que el mundo humano, que adoraba a los vampiros y los trataba como a dioses, fácilmente podría volverse contra ellos si descubría que estas criaturas eran mucho más que ropa de grandes modistos e inmortalidad?
¿Qué castigo impondría el consejo a Ysanne? ¿Podrían quitarle la dirección de Belle Morte? ¿Qué sería entonces de la casa? Me había enfrentado con Ysanne varias veces y seguramente volvería a hacerlo, pero no me gustaba la idea de que entregaran el mando de la casa a otra persona.
Ojalá Edmond hubiera estado conmigo.
De repente se me doblaron las piernas y me caí al suelo. Sentía la cara caliente y tensa, y tenía tantas ganas de llorar que me dolían los ojos, pero mi nueva fisiología vampírica lo hacía mucho más difícil y no entendía por qué.
No sabía cuándo volvería a ver a Edmond.
Mi vida tal como la conocía había terminado y no había vuelta atrás.
No sabía lo que me deparaba el futuro, ni a mí ni a nadie.
Y Étienne, ese maldito enfermo, seguía suelto por ahí. ¿Qué se traía entre manos?
Sentí que se me formaba un doloroso nudo en el estómago, gemí, y de mi mente desapareció todo menos esa repentina punzada de necesidad.
Una sombra cayó sobre mí cuando alguien se agachó a mi lado y me tocó los hombros. Por un cegador y estúpido instante estuve segura de que era Edmond. Miraría su hermoso rostro y todo volvería a estar bien…
—Es verdad que te ha convertido —dijo Jemima, y parpadeé mientras enfocaba su rostro.
La señora de Nox me devolvió una mirada amable y comprensiva que la hacía parecer aún más adolescente que de costumbre.
—Sorpresa —murmuré.
Aunque Jemima siempre había sido amable conmigo, yo estaba demasiado cansada para ser educada, y el nudo de mi estómago era cada vez mayor.
Creí que iba a ayudarme a ponerme de pie, pero se sentó frente a mí y se arregló la falda de seda alrededor de las rodillas.
—No te imaginas cuánto lamento lo de June —me dijo Jemima.
—Gracias. Lamento que mataran a algunos de los tuyos.
Jemima miró el suelo enmoquetado.
—Yo también.
—¿Te ha contado Ysanne lo que pasó?
—No en detalle. Creo que está reservándolo para la reunión del consejo, pero sé que Étienne es el responsable de todo este sufrimiento.
Jemima frunció los labios.
—Jamás lo habría creído capaz de hacer algo así.
—Ni tú ni yo.
El odio brotó dentro de mí, caliente y espeso. Apreté los puños hasta que las uñas se me clavaron en las palmas de las manos.
Jemima me cogió suavemente las manos.
—No se saldrá con la suya.
—Creía que era mi amigo, pero asesinó a mi hermana y la convirtió en un monstruo. Lo odio con todas mis fuerzas.
—No eres la única —me aseguró Jemima—. Lo encontraremos, Renie, y le haremos pagar por las vidas que ha quitado y el sufrimiento que ha causado.
Volví a sentir una contracción en el estómago. Oleadas de hambre me recorrían el cuerpo y el dolor en la boca me dijo que mis colmillos estaban atravesando las encías y emergiendo.
—¿Cuánto hace que no te alimentas? —me preguntó Jemima mirándome con expresión preocupada.
—No creo que pueda —le dije agarrándome el estómago. La idea de hundir los colmillos en otra persona me ponía enferma.
—Sé que es difícil para ti. Recuerda que lo he vivido. Pero no puedes morirte de hambre. Te traeré a un donante.
Si ya me ponía enferma la idea de morder a una persona, era diez veces peor pensar en morder a un conocido. Por suerte Jemima tuvo la delicadeza de traerme a una donante que no era amiga mía.
Me trajo a Mei, cuyos ojos brillaban de emoción. ¿Otorgaba algún tipo de prestigio ser el primer donante de la primera persona a la que habían convertido en vampiro en muchos años? Aunque no lo era, ¿verdad? No debía olvidarlo. Había muchas más por ahí, en alguna parte.
Jemima le indicó a Mei que se arrodillara, le sujetó la barbilla y le inclinó suavemente la cabeza hacia un lado para dejarle al descubierto la garganta.
—Tus colmillos son lo bastante afilados para atravesar limpiamente la piel, así que no muerdas muy fuerte —me instruyó—. Deja que los colmillos hagan el trabajo.
Me acerqué a Mei, hipnotizada por la forma de sus venas debajo de la piel. Oí el rápido latido de su corazón, la emoción acelerándose, y me llegó el fuerte olor de su sangre. Se me hizo la boca agua.
—Buena chica —me animó Jemima.
Aunque le agradecía su ayuda, habría preferido que fuera Edmond el que me ayudara a dar mi primer mordisco.
Al inclinarme y acercar la boca a la piel de Mei, un escalofrío la recorrió. Ella lo deseaba, mientras que yo estaba aterrorizada. ¿Y si la mordía demasiado fuerte? ¿Y si le desgarraba una vena o una arteria y se desangraba hasta morir? Ahora mi saliva tenía propiedades curativas, pero solo funcionaba en pequeños cortes.
No volvería a ser humana, pero cruzar esa línea me marcaría realmente como vampira y sentía que la magnitud de ese gesto me abrumaba.
Mei tragó saliva y seguí con los ojos el movimiento de su garganta. Su piel desprendía un ligero olor a limón, aunque no lo bastante intenso para enmascarar el delicioso aroma de la sangre que le corría por las venas.
Tenía tanta hambre que se me nublaban los ojos, pero no podía hacerlo. Me eché hacia atrás con tanta fuerza que me caí al suelo.
—Lo siento —susurré—. No puedo.
Jemima me pasó un brazo por los hombros y me ayudó a incorporarme. Tenía los colmillos totalmente extendidos y la presión hacía que me dolieran las encías. Se me había encogido el estómago hasta formar una dolorosa bola compacta y oleadas de hambre me recorrían, feroces y poderosas.
—No tienes opción. Ahora solo puedes sobrevivir alimentándote de sangre —me dijo Jemima.
Lo sabía, pero el paso era tan grande… Era demasiado. Sentía que todo lo que me había convertido en Renie Mayfield había empezado a desmoronarse nada más entrar en Belle Morte, pero en cuanto diera ese paso, perdería lo poco que quedaba de mi condición humana.
Aparté el brazo de Jemima y me puse de pie.
—Necesito un poco de espacio —le dije.
Jemima no intentó detenerme.