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Una novia a la fuga

Mr. Sandman

The Chordettes

—Levina, hoy es el gran día.

Estas son las palabras que me digo para calmar mi nerviosismo. Estoy frente al viejo tocador de mi habitación que alguna vez perteneció a mi regordeta y ajada tía. También es de ella el vestido de novia que llevo puesto.

Hoy una de mis peores pesadillas se cumplirá: me voy a casar. Finalmente, tío Gideon se salió con la suya.

—Debí huir cuando tuve oportunidad. O la primera vez que intentó atacarte.

Desvío la mirada hacia la cama, justo al sitio donde Ambrosio está sentado mirándome con cara de «te dije que huyéramos, pero no quisiste hacerme caso». Odio cuando se pone en plan juzgón, me llega al alma.

—Ya sé, ya sé, fui egoísta, pero… —Me muerdo el labio con frustración y vuelvo a colocarme frente al espejo—. Tenía miedo, ¿sí? Me acobardé, lo sé. Es que ese mundo es nuevo para mí.

Le echo otro vistazo a Ambrosio. Ahora, el condenado animal me mira como diciendo «¿y es que el matrimonio no es un mundo nuevo?».

—Sí, el matrimonio también lo es. La vida de casada es un mundo opuesto al que imaginé para mí alguna vez. Es tan deprimente…

Resoplo, y ese aire mueve el velo de novia que tengo sobre la mesita. Me lo coloco procurando no pillar algún punto del encaje y lo acomodo sobre los hombros. Odio admitirlo, pero me veo bien, como una princesa. O eso quiero pensar para ver el lado positivo de todo esto.

Casarme estaba muy lejos de mis planes.

Ambrosio se baja de la cama y se acerca a la puerta, a la que llaman con apremio. Al parecer no se trata de tío Gideon. Si fuera él, Ambrosio ya le estaría insultando con sus ladridos de odio.

Al abrir, descubro que se trata de la señora Naranjo, una amable anciana tan arrugada como los frutos secos que vende los fines de semana en el centro. La conozco desde que tengo memoria y siempre la he visto igual. Normalmente está en el pórtico de su casa, sentada en la mecedora aguardando, tal vez, que algún día el señor Naranjo regrese a la vida.

—¡Estás preciosa! —dice contemplándome—. Eres la novia más hermosa que he visto, y eso que en mis setenta años he visto muchas.

Por cortesía, le sonrío. Quiero decirle algo más, pero las palabras se me atoran en la garganta.

—Vamos, tu tío está esperando abajo.

A diferencia de la señora Naranjo, tío Gideon no tiene lindas palabras para mí. Como siempre, su expresión es seria. No soporto que me examine con su mirada analítica; ni ese semblante de satisfacción porque al fin se va a librar de mí.

—Ya es la hora —se limita a decir con esa voz ronca y rasposa que lo caracteriza.

Eso quiere decir: «Llegó el momento de que dejes atrás tus sueños y no salgas jamás de este pueblo». Me da miedo la sola idea de decirle que no me quiero casar y que las circunstancias me han abocado a tomar esta decisión.

Aunque… hay una salida, una muy descabellada. Tan descabellada como suplicarle a tío Gideon que vuelva a pensarse la propuesta. Pero ya es demasiado tarde: ya estamos sobre su camioneta.

Me quedo en blanco hasta que la música empieza a sonar. El sendero hacia el altar me parece infinito. Mucho más largo que en mis oscuras pesadillas. Cada paso que doy con estos absurdos tacones me hace retroceder; quizá no físicamente, pero sí me aleja de la tonta idea de contraer matrimonio con alguien que no amo y que no amaré jamás. Por lo que a mí respecta, no existe la más remota posibilidad de que yo quiera a Tom, pero ya nada puedo hacer. Mis demandas no son de valor para la persona que me crio tras la muerte de mis padres. Tío Gideon solo piensa en que sus cultivos sean productivos, agrandar sus terrenos y deshacerse de mí, con la loca idea de casarme con Tom Hopper.

No quiero casarme… ¡Soy demasiado joven aún! Mi boda soñada no se celebrará en un escuálido corral, que en la mañana olía a excremento de caballo, mientras muchos vecinos me sonríen al verme del gancho de mi tío.

¿Quién querría casarse así? Yo no. Y si lo llegase a hacer, me casaría con el hombre que amo, no con el arrogante de Tom, que se cree mucho por pertenecer a una de las familias más adineradas de Lebestrange. Tener dinero no quiere decir que seas el dios del pueblo, alardear de ello es una forma de compensar carencias. O eso es lo que dicen los turistas citadinos. Evité por los pelos reírme a carcajadas cuando esa amable mujer que se hospedó aquí hace unos días me explicó a qué se refería con «carencia de otras cosas». Tom, en ese momento, estaba rogándole a tío Gideon unir nuestros lazos.

Algo de verdad debe de haber en esa afirmación. Tom siempre llega con cosas…, ¿cómo se le dice?, ostentosas. Siempre presume de ellas. Y siempre quiere que lo acompañe, como si a mí me interesara lo que tiene que mostrar.

Detenemos el paso.

¡Oh, no! ¿Por qué llegamos tan pronto al altar?

«Tranquila, Lev, respira hondo».

El reverendo de la iglesia, a la que todo el pueblo va los domingos por la mañana, me regala una sonrisa. Alza las cejas y hace un movimiento de cabeza, como si quisiera que le respondiera con amabilidad y una sonrisa resplandeciente.

—Está nerviosa.

El que habla es Tom. Está a mi lado, hablando por mí —como siempre— y creyendo que tiene la razón.

No estoy nerviosa, lo que pasa es que no quiero casarme. Odiaré el resto de mi vida el día en que me vi obligada a dar el sí quiero.

¿Puede venir ese sujeto con capa roja a salvarme?

Trago saliva sintiendo un nudo iracundo en la garganta que me hace gritar: «¡No me quiero casar!». Aferro el ramo de lilas blancas con más fuerza en cuanto el reverendo comienza a parlotear y a dar su discurso. Mi tiempo de libertad se agota por momentos. La barbilla comienza a temblarme y Tom lo nota claramente; seguro que por el rítmico castañeo de dientes que he compuesto. Mi futuro marido coloca su mano sobre la mía para tranquilizarme. Vaya ironía, porque su calor me incomoda y quiero apartarla de un manotazo. Daríamos un buen espectáculo, pero opto por cerrar los ojos y suspirar.

Respirar para calmarme puede servir para aceptar mi camino lento hacia la demencia. No será una sorpresa terminar como el vecino Brighton: loco y gritando todas las mañanas que su mujer fallecida lo visita.

Debo aceptar la realidad.

—Ríndete y estarás toda tu vida preguntándote qué habría pasado si lo hubieses intentado.

¿Eh? ¿Eso lo dije yo? ¿Lo dijo alguien más? ¿Ya me entregué a la locura? ¿Lo dije o lo pensé?

—¿Dijiste algo, Levina? —Tom me mira muy serio.

Mis ojos casi se escapan por mis cuencas. No fue un pensamiento o una ilusión, ¡lo dije en voz alta!

—No… Nada —respondo, sacudiendo la cabeza.

«Ríndete y estarás toda tu vida preguntándote qué habría pasado si lo hubieses intentado», ese es el lema que me entregaron mis padres antes de que fallecieran. No hay día, hora o minuto en que su presencia no me acompañe, después de todos estos años aún los siento. Yo era enormemente feliz en esos días. Continúo siendo feliz, pero una parte de mí se marchó con ellos. Por eso me pregunto: ¿ellos querrían que me casara? Lo dudo mucho; siempre desearon que cumpliera mi sueño de ser cantante, incluso si este me arrastraba a kilómetros y kilómetros lejos de su lado.

No puedo olvidar sus enseñanzas.

No puedo defraudarlos.

—¡¡¡Paren todo!!!

El reverendo Luis se ha quedado boquiabierto. Un «oh» de sorpresa invade la boca de los presentes. Miro a Tom y aparto su mano. Una sensación extrañamente adictiva comienza a recorrer mis venas.

—¡Me opongo! ¡No voy a entregarme a nadie contra mi voluntad! —Me muestro firme.

Un ruido estrepitoso es lo único que se escucha tras mi confesión.

—¿Has perdido la cabeza?

La mirada implacable de tío Gideon hace que el estómago se me revuelva. Noto justo el instante en que tensa su mandíbula y aprieta sus puños conteniendo la ira. Si no salgo de aquí pronto…, no sé qué pasará conmigo.

«Tranquila, Levina, ¡tú puedes!».

—No… —Mi voz flaquea, pero me armo de valor y carraspeo—: No la perdí. No seré el canje de nadie. No seré el trato de nadie… ¡No me casaré!

Ahora, monto un poco de drama y tiro el ramo al suelo… Perfecto. Doy un pisotón para validar mis palabras. Lo siguiente que hago es correr para que nadie me alcance o me encerrarán en un manicomio.

Llego a casa con el vestido de novia arremangado. Está a oscuras, tal cual la dejamos antes de partir hacia la boda. A tío Gideon le desagrada todo lo que sea con electricidad y solo se permite tener luz eléctrica; nada de aparatos como la radio, la televisión o los celulares. Esta regla la sigue de manera estricta desde que tía Gracielle falleció a causa de un choque eléctrico producido por el televisor. Por eso y porque la electricidad y yo no nos llevamos muy bien que digamos.

Pero no hay tiempo para eso. ¡Tengo que huir!

—¡Ambrosio!

Un grito agónico sale de mi garganta, con un sufrimiento que exige humedecerla antes de que muera de sed. Me quedo de pie, en la sala, observando la cocina.

Un vaso de agua no calmará mi sed, ¿verdad?

«No, Levina, ¡no hay tiempo! Pronto medio pueblo de Lebestrange te exigirá que vuelvas a la iglesia para amarrarte de por vida con Tom».

—¡Ambrosio! —vuelvo a llamar a mi perro.

Subo las escaleras. La madera rechina a cada paso que doy. La casa parece un viejo y oscuro laberinto, algo que no ayuda a disminuir la presión que siento en el pecho. Siento que he olvidado dónde queda mi cuarto y reviso puerta a puerta todas las habitaciones. Cuando por fin doy con él, caigo en la cuenta de que está hecho un desastre por los preparativos de la boda.

—¡Ambrosio! —grito ya con desesperación e histeria, temblando al borde del colapso mental.

Inspiro hondo para calmar los nervios que pretenden jugar en mi contra. Busco una mochila y levanto la tabla del piso bajo la que escondo mis ahorros. Listo; ya tengo dinero para largarme de aquí. No es tanto como para pasar un año sabático, pero me las apañaré.

Oigo pasos.

Ambrosio aparece en la puerta de mi cuarto, con una corbata roja en el cuello que resalta sobre su pelaje marrón claro. Se ve adorable. Ladea la cabeza al verme arrodillada en el suelo, como preguntándose qué ha pasado.

Acomodo el fondo de la mochila y la abro por completo.

—Vamos, chico —le señalo el interior—, entra y larguémonos de aquí.

Mi perro ladea la cabeza para el otro lado.

—Que entres… —digo más impaciente que antes—, o tendré que dejarte con tío Gideon.

Mencionar a mi tío lo hace aullar con un dolor que resulta terrible. Si hay algo que ambos tenemos en común es que le tememos a tío Gideon más que a nada en el mundo. Así que, traqueteando con rápidos pasitos, Ambrosio entra a la mochila.

—Espero que no te eches ningún… —un sonido retumba dentro de la mochila— gas. Tienes serios problemas estomacales, Ambrosio —me quejo, y luego trato de aguantar la respiración.

Me cuelgo la mochila en la espalda y recorro el cuarto con la mirada para comprobar que no me dejo nada. Y pienso que nada más podría llevarme. Sin embargo, cuando veo la guitarra de mis padres, colgada de la pared como si se tratara de una reliquia, me pregunto si puedo llevármela.

Es lo único que tengo de ellos. ¿Sería una mala idea que me la llevase?

—¿Tú qué dices, Ambrosio?

Su ladrido es un «no».

Aunque me duela en el alma, debo dejarla. Pesa demasiado para escapar rápido.

A pesar de mi opresión en el pecho y de que sienta que los estoy dejando atrás, llevaré conmigo el cariño que me entregaron y sus enseñanzas de guitarra y canto.

—Prometo que nunca voy a decepcionarlos —digo al mirar la guitarra, y deposito un beso en ella.

Las enormes ganas de llorar anudan mi garganta, pero trago saliva y me preparo para salir de casa tan rápido como pueda.

A lo lejos asoman algunas cabezas. Ya vienen a por mí.

«¡Ay, no! Adiós a Levina Roth, adiós a todo. Es oficial: hoy me encerrarán de por vida».

Los ladridos de Ambrosio me sacan de los lúgubres pensamientos que se me pasan por la cabeza. Busco mi bicicleta, anudo el largo vestido, me subo a ella y empiezo a pedalear con fuerza hacia mi libertad.

Quiero creer que esta huida es lo mejor para mí. Porque lo es, ¿no? Es decir, he hecho lo correcto al huir de mi propia boda y romper las cadenas que me hubieran condenado a un falso amor. No soy un objeto, no soy moneda de cambio; soy una persona y tengo tantos derechos como decisiones puedo tomar. Sí, no debería cuestionarme a mí misma por mandar a cosechar al cerro todos los planes que la familia de Tom y tío Gideon hicieron hace meses. He hecho lo correcto y lo que mis padres hubieran querido que hiciera.

Pero… tengo miedo.

No sé qué me aterra más: que me encuentren y tenga que volver o lo que me deparará el futuro a partir de este momento.

Ni siquiera sé adónde debería ir. Yo no tengo a nadie fuera de Lebestrange, no tengo familiares que puedan ayudarme, no tengo amigos en otras ciudades que puedan hospedarme… Solo tengo el enorme sueño de cantar.

Cantar.

—¡Eso es, Ambrosio! —le digo mientras pedaleo—. Voy a cumplir mi sueño. ¡Iremos a estudiar a Ritchman y me convertiré en la mejor cantante del mundo…!

De pronto, mi nariz queda a pocos centímetros de tocar el suelo; las palmas de las manos y las rodillas me arden contra el pavimento.

Me he caído.

Me levanto con un dolor terrible en todo mi cuerpo. Me quito algunas piedrecillas de las manos, maltratadas por la caída, luego hago lo mismo en las rodillas. Una está sangrando, duele bastante. Sin embargo, ese daño no es comparable con el dolor y la decepción de ver mi bicicleta tirada en el suelo y sin el manillar.

Está inservible.

«¿Esta es la forma que tiene la vida de decirme que estoy siendo muy fantasiosa?».

Mi lado pesimista quiere ver la luz, decirme que quizá sea buena idea volver. Pero me niego.

—Creo que tocará caminar —le informo a Ambrosio, que no ha parado de babearme el cuello.

Apresuro el paso para llegar al sendero que lleva hasta la carretera. Me he alejado lo bastante como para tener ventaja sobre los demás, por si me están buscando fuera del pueblo, aunque me temo que no sea la suficiente.

El camino se me hace cansino, tener que cargar a un perro tan regordete como Ambrosio me está torturando la espalda. Mis piernas ansían un descanso; mi boca, un poco de agua. No llevo la cuenta del tiempo, pero, por la posición del sol, deduzco que ya va a oscurecer.

Necesito buscar otro medio de transporte con el que trasladarme a algún lugar. Por ejemplo, un… ¡un auto! ¡Eso es!

Justo al inicio de la carretera, estacionado al costado del sendero, veo un auto solitario y que parece a mi completa disposición. Es milagroso que haya aparecido en mi camino así, de la nada.

Miro hacia atrás: en el sendero no pasa ni una mosca. Miro hacia delante: el auto sigue sin tener dueño. Miro alrededor: solo veo árboles y plantas, todo muy verde y solitario.

Me acerco con precaución.

El auto abandonado es algo pequeño, aunque su interior se ve bastante espacioso para Ambrosio y para mí. Y las llaves están puestas. ¡Perfecto!

Antes de abrir la puerta, compruebo que no haya nadie…

«Alto, ¿esto no será un robo? ¿Estoy robando o aquí cuenta el dicho: “El que se lo encuentra se lo queda”? ¿Es un regalo de la vida?».

Lo tomaré prestado, eso es.

Abro la puerta y subo. El asiento del conductor es demasiado grande para mí. La verdad es que me siento mucho más cómoda como copiloto. Nunca he manejado.

Bueno, como decía mi papá: «Lev, hay una primera vez para todo».

Me quito la mochila y la dejo junto a Ambrosio en el asiento de atrás. Giro la manilla para bajar la ventana del conductor y no morir asfixiada por el calor. Pongo las manos en el volante, mirando el extenso camino que necesito recorrer.

—Bien… —murmuro con determinación—. ¿Cómo funciona esto?

—Debes encenderlo primero, gira la llave.

—Gracias, Ambrosio.

Un momento, mi perro no habla.

Lentamente me giro hacia la ventana del auto, solo para soltar un grito de horror al encontrar a un sujeto apoyado en ella.

—¿Qué diablos haces en mi auto?

Creo que mi libertad me ha durado poco.

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2

Un desempleado con mala suerte

That’s Life

Frank Sinatra

No tengo una jodida idea de cómo debería empezar a contar esto. Es confuso, muy confuso. Lo suficiente para que crean que es una jodida fantasía, pero, de ser este el caso, no los culparía. Parece una versión barata de The Last of Us montada en un escenario donde no están los Chasqueadores, Acechadores o Corredores, sino algo mucho peor. Vamos, bien sabemos que los humanos son peores que esas cosas mutadas de los Cordyceps, ¿no?

Siguiendo con lo que decía, me declaro inocente de todo lo que hice. Además, hago una aclaración: todas y cada una de esas cosas las hice para sobrevivir. Punto.

No estoy desvariando, solo soy un bastardo con mala suerte. Qué carajo, no lo soy; tenía buena suerte hasta que «ella» apareció en mi camino. O en mi auto, como gusten verlo.

Con ella desbloqueé el logro «Idiota del año», se lo aseguro.

El sábado desperté de maravilla, sin dramas. El único problema que tenía era la erección mañanera que apenas pude quitarme porque golpearon a la puerta del departamento.

—¿Sí?

—Vecinito, ¿podría ayudarme con el baño?

Era la señora del departamento 15. La anciana sin hijos que siempre me pedía arreglarle las bajantes. Era evidente que las tapaba a propósito para tener al menos un rato de compañía. O para agarrarme el culo con la excusa barata de que evitaba que me cayera al suelo. Diría que fue astuta al comienzo, pero pedir insistentemente lo mismo una vez a la semana comenzó a restarle veracidad a su petición de ayuda. Últimamente me las había ingeniado para no ayudarla buscando pretextos tan malos como los suyos, pero, al parecer, la anciana encontró algo con qué llevarme de vuelta.

No podía decirle que no a una anciana que vivía sola, no soy tan jodido. Volví a mi departamento oliendo a mierda. Literal: mierda de una octogenaria. Hasta ese momento mi sábado aparentaba ser un asco, y empeoró.

Un pitido que provenía del estante que hay junto al televisor captó mi atención. Era la grabadora de papá, la que heredé y uso para juntar mensajes de mi vieja y de mis hermanas.

La que hablaba era mamá, con su típico tono de preocupación.

«Allek, soy yo, tu madre, por si no me recuerdas…, cosa que no me asombraría después de todo este tiempo que llevas en esa cueva. Llamaba para decirte que la amiga de mi amiga tiene una hija que es un bombón: linda, bonita… ¡Hermosa! Sé que te encantará conocerla. Anda, sal un poco a tomar el aire, deja esos videojuegos. No te encierres. Todo lo que hago es por tu bien, cariño. Lo sabes, tus hermanas (a quienes tampoco respondes las llamadas) lo saben. No puedes vivir todo el tiempo frente a una pantalla, terminarás con los ojos cuadrados. Quiero ser abuela de un niño que lleve el apellido de tu padre, así su legado no morirá. Te quiero».

Fin del mensaje.

«Así su legado no morirá», pensé. Claro, como soy el único hombre de la familia, si no tengo hijos, el apellido Morris morirá conmigo. No me extrañaría que ocurriera. Lo que menos me interesa hoy es repartir espermatozoides a diestra y siniestra. Soportar los llantos de un niño, tener que levantarme a mitad de la noche para cambiar un pañal, ajustar los gastos para que pueda comer, comprar más pañales y conocer el estúpido idioma de padres para entretenerlo… No, gracias. Prefiero la compañía de mis videojuegos. Y si quiero esa clase de vida, me creo una familia en Los Sims.

Además, la última vez que mamá me presentó a una de las hijas de sus amigas, la cosa no terminó bien. Fue en una cena de fin de año, de esas donde muchas personas se reúnen a celebrar lo grandioso que fue su año. Ni siquiera sé por qué acepté ir, pero soy un humano repelente y a la chica no le caí demasiado bien. Para no alargar demasiado las cosas, la familia de la chica era la anfitriona y terminó por echarme. Todo un galán, lo sé. Mi madre no me habló durante dos semanas.

Otro pitido de la grabadora. Qué vida más solicitada la mía, ¿eh?

«¿Para qué tienes uno de esos celulares último modelo si no respondes los jodidos mensajes? Tuve que marcarte al departamento porque tienes el puto celular solo para presumir de él… ¡Contesta, Morris, sé que estás ahí!». Este mensaje era de Marcus, un excompañero del Taller de Diseño de la universidad.

Esquivé los cables de la consola y tomé el teléfono de antaño. El olor a mierda entró por mis fosas nasales. No me había lavado las manos. Un asco.

—Estoy aquí —respondí.

—Aaah, sabía que me responderías —dijo con su voz tan molesta—. Lástima para ti, no vengo a ofrecerte a ninguna de mis amigas.

—No estoy interesado en ninguna de tus… ¿Las llamaste amigas?

Exhaló un bufido prolongado, así empezó una de sus típicas charlas:

—¿Eres gay? Porque de otro modo no me explico los motivos por los que alguien que atrae a tantas chicas no quiera salir con ninguna. Tengo un amigo que…

—¿Eres idiota?

¿Por qué todo el mundo se empeñaba en buscar a alguien?

—¡Ya sé! Te gustan las viejas.

—No todo en la vida es sexo y alcohol.

—Ah, claro, claro… —habló en un tono comprensivo sobre los objetivos de la irritación—. También están los videojuegos.

Como siempre tuve que limitarme a mi lema:

—Cero compromisos.

—¿Te la jalas mientras juegas?

—Soy Allek, no Stefano.

Se echó a reír. Era una risa jocosa, de esas que molestan a cualquiera. Al comienzo, cuando lo conocí también la odié, pero me acostumbré a ella. También comprendí que esa era su risa por naturaleza, y como su naturaleza es ser un arrogante con dinero…

—¿Conseguiste trabajo? —Cambió de tema.

Su pregunta me hizo guardar silencio y pensar en todos esos currículums que envié sin obtener una respuesta.

—Eso parece un no —continuó después de mi silencio.

«¿Qué le han hecho a Marcus? ¡No puedo creer lo acertado que está!», pensé.

—Es un no.

«Idiota», me dije.

—Bueno, creo que es tu día de suerte —dijo—. La empresa Jeagger está buscando diseñadores de personajes. Quieren hacer un nuevo videojuego con temática distópica. Ya sabes, lo que se vende hoy en día. El juego se llama Solary: La guerra de Jun. Su estilo es tipo cómic, como el último juego de The Walking Dead. Pensé en llamar a Stefano, pero creo que este juego calza mejor para ti y tu estilo. ¿Qué dices?

Fingí meditarlo.

La verdad es que necesitaba el trabajo.

—Suena interesante.

—Si quieres el puesto puedes mandar tu currículum a la empresa, el plazo es hasta el martes. Exigen tu fotografía en él, así los idiotas que te van a contratar determinan por las apariencias quién es un obeso sedentario y quién es un sujeto responsable.

¿Ven? Les dije que es un cretino.

—Vale —me limité a decirle.

Silencio.

—¿Y cómo están tus hermanas?

Puse fin a la conversación.

Para el viernes de la próxima semana ya había recibido el correo de preaceptación. Antes de contratarme me dijeron que me harían una entrevista personal, como si el proceso de contratación fuese un concurso absurdo. Cara a cara. También querían que les hable de mi trabajo en vivo y en directo. Una idiotez.

Como soy un imbécil necesitado de dinero, acepté. Saqué unos ahorros del banco, le puse crédito a mi celular y arrendé un auto porque ir en un bus me haría tardar demasiado. Irónico, malditamente irónico.

Partí hacia la empresa el domingo por la mañana sin saber que por la tarde mi suerte cambiaría.

En las afueras de Hazentown (sí, soy de allá) comí en un restaurante al paso y tomé una ruta sin autos. Ya saben, para acortar camino. En un momento dado me dieron ganas de ir al baño, sin imaginar que de regreso a mi auto me encontraría a una loca en traje de novia tratando de robarme el auto.

La vi con las manos en el volante y estaba tensa como si estuviera en una partida clasificatoria. Apenas se percató de mi presencia.

—Bien —dijo con nerviosismo—. ¿Cómo funciona esto?

Me agaché para apoyarme en la ventana, pero no me vio.

—Debes encenderlo primero —le dije—, gira la llave.

—Gracias, Ambrosio.

«¿Ambrosio? ¿Quién carajo se llama Ambrosio?», fue lo primero que pensé.

No tardó en darse cuenta de que había sido yo quien había hablado. Entonces se giró hacia mí y gritó con espanto. La escena fue de lo más ridícula.

—¿Qué demonios haces en mi auto?

Es arrendado, lo sé, pero no iba a decirle: «Es un auto arrendado». No hubiese quedado bien, carajo.

Abrí la puerta oyendo los gimoteos llenos de disculpas que la novia repetía. Sabía que tenía problemas. Bajó del auto como si yo la hubiese agarrado de su frondoso y sucio vestido blanco.

—Yo… No fue mi intención… —balbuceaba a mis espaldas, viendo alarmada cómo yo subía al auto—. Es decir, sí era mi intención, lo iba a tomar prestado, no robarlo… Es que yo…

Tuve que pausar sus desesperados intentos por explicarse.

—No me interesa ni me incumbe. Es más, lo dejaré pasar.

—Pero es que yo…

—No me interesa —interrumpí de nuevo—. Que esto quede en tu conciencia, no en la mía.

Traía la boca llena de explicaciones, y yo no deseaba escuchar ninguna. Ante su conmoción y el inventario lleno de locura que ella recitaba, encendí el auto, cerré la puerta y me fui. Retomé la carretera para dirigirme a mi destino, que, por cierto, me haría atravesar todo el país de lado a lado.

Iba manejando bien, en silencio, en mi espacio. Normal, como me gusta. Hasta que el olor a mierda atacó otra vez… No era yo, sino un perro.

Sí, como lo oyen: un perro. Y su mierda en el asiento trasero del auto arrendado.

Apreté con tanta fuerza el freno que el perro rodó por el asiento y cayó. Empezó a ladrar, como si me reprochara lo que acababa de hacerle. Me volteé y encontré una plasta gigante, muy similar a un emoji.

—Así que tú eres Ambrosio —dije, y vi que a su lado había una mochila.

No me quedó más remedio que regresar al sitio donde había dejado a la dueña del animal. Ella estaba en medio de la carretera, llorando, claro, y esperando un milagro. No imagino una sonrisa más condenadamente auténtica que la suya cuando nos vio aparecer.

—¡Gracias a Dios! —exclamó—. Sabía que regresarías.

Eh…, no. El «regresarías» iba para el perro.

En ese momento, no tuve que bajar la ventana del auto, ya lo había hecho por la hediondez que se respiraba en su interior. Alcancé al animal procurando no ensuciarme con su mierda y lo saqué.

—Ten a tu animal. —Le entregué al perro por la ventana. La novia prófuga lo recibió como quien recibe un nuevo videojuego por el que ha esperado su estreno durante mucho tiempo—. Y esto. —Le entregué su mochila.

—Gracias. —Sostuvo al animal cual peluche y recibió su mochila.

—Tu perro ha decorado mi asiento, es toda una ternura.

Mi sarcasmo despertó algo en ella, pues su expresión de mártir cambió. Dejó al perro en el suelo, colocó las manos en el marco de la ventana y se asomó. Tuve que hacerme a un lado, incómodo por su atrevimiento.

—Lo siento —se disculpó—, puedo limpiarlo si quieres.

Observé su maquillaje corrido, el cabello castaño rubio revuelto bajo el velo de novia, el brillo singular de un moco aguado tentado a salir de su nariz y algunas zonas sucias con tierra en su mejilla.

«Demonios… ¿de dónde ha salido esta?», me pregunté.

—Paso, lo haré yo antes de que llegue a Oregón. —Usé la lógica.

Me dispuse a acelerar, pero ella me frenó.

—¡Espera! —gritó, casi matándome del susto. Por poco aplasto su pie y al perro con la rueda trasera del auto.

—¿Estás loca?

—Necesito ir a un sitio. Necesito ir a la academia Ritchman, en Portland. No sé si tú…, ah, en tu auto, podrías llevarme.

Yo iba a Portland también, pero no quería compañeros de viaje. Decidí omitir y borrar.

—Voy a tardar mucho en llegar, tengo que hacer varias paradas.

Mentí, no había paradas.

—No importa, eso es lo de menos. Por favor, no tengo cómo ir. Voy a tener que caminar kilómetros hasta llegar a un sitio donde encuentre a alguien que pueda llevarme.

—Ya te he dicho que no.

—Te pagaré. Te daré dinero a cambio. Y no voy a molestar, ni él tampoco. —Señaló al perro, que seguía vivo y sin moverse—. Estaremos en el asiento de atrás en silencio y armonía, ¿sí?

Accedí por el dinero, o trato de convencerme de ello. Ya lo he dicho, no soy un hijo de puta desgraciado, si me piden las cosas con tanto ruego… Joder, tengo que acceder. Y, para qué mentir, había algo en ella que me resultaba familiar.

Las condiciones eran pagarme y, además, limpiar la mierda del perro. Así que subieron al auto y nos pusimos manos a la obra.

La novia prófuga comenzó a limpiar el desastre de su perro con un girón de su vestido blanco. Su expresión de asco era contagiosa, tuve que apartar los ojos del espejo retrovisor.

La verdad, me enloquecía ver su forma de limpiar. Esa clase de manchas no puede agarrarse con las manos en modo garras o la porquería se hubiera quedado esparcida por todo el asiento. Lo mejor era sacar la mierda con las manos en modo espátula. Simple.

Para calmar mis nervios, me animé y puse la vieja radio del auto. A los pocos segundos de sintonizar una emisora, hallé una canción movida de antaño: Lollipop, de The Chordettes.

El can, que no se había movido tras caer del asiento, saltó apenas al asiento del copiloto cuando escuchó la canción. Lo observé de reojo, humeando curiosidad, y descubrí que el animal movía su trasero. ¿Estaba bailando? Eso creí; cuando volteé para verlo, dejó de bailar. Me di cuenta de que si no le miraba, seguía moviéndose. Y así pasamos el resto de la canción.

Asumí que debía cuestionarme qué clase de seres había subido al auto. Divagué sobre mi existencia, mi vida o muerte, y si estaba soñando.

Todos esos pensamientos cesaron cuando la novia prófuga comenzó a chillar. Al mirar por el espejo retrovisor, vi que se había escondido tras mi asiento al ver pasar velozmente una camioneta por el carril paralelo al nuestro. Sospeché, pero lo dejé pasar porque el perro comenzó a mover su trasero con una nueva canción.

Mi viaje, que me hubiera tomado dos días y algunas horas, con ella se alargó una semana y algo más.

En resumen, ese fue el inicio de cómo vine a dar a esta celda, situada en una comisaría de policía a kilómetros de mi objetivo principal.