Nota de la autora
Querido lector:
Muchísimas gracias por elegir mi primera comedia romántica, Sigue mi ritmo, como tu próxima lectura. Aunque este libro está escrito con un estilo humorístico, ligero y sarcástico, sería una negligencia por mi parte no advertir a mis lectores de los temas serios que explora: la gordofobia, el ciberacoso, las referencias al racismo, la cultura del fitness y la dieta, y el cáncer.
El viaje de Crystal como mujer china birracial curvy es una experiencia ficticia basada en mi propia visión del mundo como mujer canadiense de origen chino que creció en una comunidad predominantemente blanca.
No me cansaré de subrayar la importancia de describir a heroínas de todas las marginalizaciones que practican el amor a sí mismas y el positivismo corporal, sobre todo en las relaciones amorosas. Crystal no es una heroína que necesita aprender a quererse y respetarse porque ya lo hace. Dicho esto, este libro explora el matiz de que la autoestima no es algo tangible que obtienes y te acompaña siempre. Quererse todo el día, cada día, es un viaje individual con resultados muy diferentes para cada persona.
En Sigue mi ritmo he intentado no plasmar el lado malsano de la cultura del fitness. Crystal defiende el entrenamiento y el levantamiento de pesas como una más de las muchas herramientas que contribuyen a llevar un estilo de vida saludable y equilibrado, y no cuenta las calorías ni está pendiente de su peso. Sin embargo, puede que el tema de la cultura del fitness y el gimnasio genere malestar en algunos lectores.
Como expreso en la dedicatoria, este libro es mi carta de amor a todas aquellas personas que, como yo, a menudo no se ven representadas en los principales medios de comunicación. En una industria que carece de dicha representación no me tomo esta responsabilidad a la ligera y he consultado a lectores sensibles y beta mientras escribía la novela. Dicho esto, no soy perfecta y deseo recalcar que las experiencias ficticias aquí narradas no pretenden ser preceptivas ni específicas para una única comunidad o marginalización.
Con cariño,
AMY
1
Se supone que el gimnasio es el lugar donde me siento segura. El lugar donde me desestreso, recargo las pilas y reflexiono sobre misterios y enigmas varios, como por ejemplo: ¿tan ilusa era para creer que podía llevar la raya en medio allá por 2011?
Por eso me horroriza y me sorprende a partes iguales que mi tirita de Tinder, Joe, se haya subido a la cinta de correr a mi derecha.
Me preparo para un saludo tenso y torpe, pero, por fortuna, tiene toda su atención puesta en la pantalla táctil. Cuando la pulsa para aumentar la velocidad me llega un tufillo a eau de perro mojado. Echa una mirada poco sutil en mi dirección antes de apartarla.
Cierto que Joe Tinder tuvo el detalle de pedirme un Uber después de nuestro rollo de un cuarto de noche hace dos semanas, pero es mucha casualidad que hayamos acabado en el mismo gimnasio con todos los que hay en Boston. Me pregunto si no me habrá seguido. ¿Y si flipó conmigo en la cama? ¿Hasta tal punto que se puso en plan FBI, localizó mi gimnasio y orquestó un encuentro fortuito? Teniendo en cuenta mi presencia en las redes sociales, no es una idea tan descabellada.
Mi padre aprovecha cualquier oportunidad para advertirme de los peligros de publicar mi paradero en Instagram, temeroso de que me rapten y me vendan como esclava sexual igual que en Venganza. Con la diferencia de que mi padre no es Liam Neeson. No posee «habilidades especiales», aparte de su legendaria receta de pollo con sésamo. Y siempre que Excalibur Fitness Center siga financiando mi membresía a cambio de promocionarlo en mi cuenta de Instagram, estoy dispuesta a correr el riesgo.
Joe Tinder y yo nos miramos de nuevo mientras me recupero de un sprint. Nos sostenemos la mirada dos segundos más de lo conveniente y observo que su pelo, peinado a lo banda de música juvenil, permanece sospechosamente intacto pese a sus zancadas de jirafa. Me haya seguido o no hasta aquí, mi primer instinto es huir.
Y eso hago.
Busco refugio en la Zona Gym Bro, donde se concentran los fanáticos de la musculación.
Como asidua del gimnasio, intercambio saludos de mentón con los demás usuarios. Los gym bros hinchados de esteroides deambulan alrededor de los bancos de pesas mientras engullen batidos proteicos de suero de leche como si estuvieran al borde de la deshidratación. Hoy llevan esas camisetas fosforescentes sin mangas que cuelgan exageradamente bajo los sobacos. Hay que reconocer que lo dan todo en sus rutinas diarias. Y después de ver mi cuerpo sudoroso y mi cara colorada en el espejo que va de pared a pared bajo las criminales luces fluorescentes, no estoy en condiciones de juzgar a nadie.
Un tío abierto de piernas sobre uno de los bancos gruñe exageradamente al dejar las mancuernas en el suelo con un fuerte golpe. Algo que me suele sacar de mis casillas, pero estoy demasiado ocupada contemplando una visión gloriosa para que me importe. Mi amada máquina de sentadillas está libre. Aleluya.
Este gimnasio tiene dos máquinas de sentadillas, y una está frente a la ventana. Goza de espectaculares vistas a una discoteca cutre al otro lado de la calle; se rumorea que es la tapadera de una banda de moteros asesinos. La luz natural es idónea para filmar mis entrenos, especialmente si la comparo con la otra opción: la máquina envuelta en penumbra junto al vestuario de hombres, el cual apesta a desodorante Axe.
La máquina de la ventana está lo bastante cerca del ventilador de tamaño industrial como para disfrutar de una brisa ligera que modere mi sudoración, pero no tan cerca como para que me dé una hipotermia. Además, se encuentra en el lugar perfecto para embobarte con la tele, que por razones que ignoro está cruelmente adscrita a Food Network. Adoro esta máquina de sentadillas como Madre Gothel adora el cabello mágico de Rapunzel. Me da vida. Vigor. Cuatro series de sentadillas y tendré un subidón de endorfinas para por lo menos un día entero fantaseando con que la fuerza de mis muslos aplasta el alma de un millar de hombres.
Embriagada por la idea, marco mi posesión de la máquina dejando el móvil y los auriculares en el suelo antes de dirigirme a la fuente. El hombre de la perilla, que luce bermudas de camuflaje y un walkman Sony de los noventa, se acerca al mismo tiempo que yo. Con un gesto de la mano, me invita a beber primero.
Le dedico una sonrisa.
—Gracias.
Me giro apenas tres segundos mientras bebo. Hidratada e impaciente por empezar mis sentadillas, me doy la vuelta y diviso una figura excepcionalmente ancha de hombros estirando justo delante de mi máquina de la ventana.
No he visto antes a este hombre, de lo contrario me acordaría de él. Supera con creces el metro ochenta y luce un cuerpo musculoso que llena su sencilla camiseta gris y sus shorts deportivos. Un rápido vistazo a sus enormes bíceps me indica que sabe moverse por un gimnasio. Tiene el rostro ensombrecido por una gorra de béisbol negra con un logo irreconocible. De perfil, la nariz muestra una suave protuberancia, como si se la hubiese roto alguna vez.
Me escurro por su lado para coger el móvil y me demoro unos segundos más de la cuenta para que capte el mensaje de que esa máquina está OCUPADA. No lo pilla. En lugar de eso, planta sus manazas en la barra al tiempo que junta las cejas en un gesto de intensa concentración.
O me está ignorando o realmente no ha reparado en mi presencia. El ritmo de su música es vagamente audible a través de los auriculares. No acierto a reconocer la canción, pero suena cañera, tipo heavy metal.
Carraspeo.
Ni se inmuta.
—Perdona —digo acercándome.
Cuando nuestras miradas se encuentran, pego un brinco y doy medio paso atrás. Sus ojos son de un verde bosque sorprendente, como una extensión de densos pinos sobre una neblinosa montaña inexplorada. No hablo por experiencia personal. Mi aproximación a la naturaleza salvaje se limita al canal Discovery.
La intensidad de sus ojos casi me hipnotiza, hasta que ladra un «¿Qué pasa?» y se quita a regañadientes el auricular derecho. Su voz es profunda, ronca y cortante, como si le estuviera incordiando. Se levanta la gorra, dejando al descubierto unos mechones ondulados de color rubio oscuro que se le ensortijan en el cogote. Me recuerda al pelo desgreñado de los jugadores de hockey, por el que te entran ganas de pasar los dedos. Y eso es justamente lo que hace. La garganta se me seca de inmediato cuando se alisa la densa mata con la mano antes de volver a ponerse la gorra.
Ignorando la sensación de vértigo en la parte baja de mi estómago, señalo con la barbilla mis auriculares desparramados a los pies de la máquina.
—Yo estaba primero.
Enarca una ceja con expresión gélida y me mira con desdén, como tienden a hacer los gym bros cuando las mujeres osan tocar lo que ellos consideran «su» equipo.
—No vi tus cosas.
Paso por alto su ninguneo y doy un paso al frente para reafirmarme en mi justa reclamación. Cuando estamos casi pecho contra pecho se cierne sobre mí como un mastodonte, lo cual resulta más intimidante de lo que esperaba. Aguardo a que recule, que vea lo errado de su proceder, que comprenda que está comportándose como un capullo, pero ni siquiera parpadea.
Tragándome el nudo de la garganta, recupero la voz.
—Solo me quedan unos minutos. Podríamos turnarnos.
Se hace a un lado. Por un momento creo que va a marcharse. Me dispongo a darle las gracias por su comprensión… cuando, tensando los bíceps contra la tela de su camiseta, carga un extremo de la barra con un disco de veinte kilos.
—¿En serio? —Me llevo las manos a las caderas y clavo la mirada en sus labios suaves y carnosos, que contrastan con el severo contorno de su rasposa mandíbula.
—Oye, entro a trabajar dentro de media hora. ¿No puedes utilizar la otra máquina? Es gratis. —Mientras equilibra la máquina con otro disco apenas se digna mirarme, como si fuera poco más que una mosca cojonera.
Yo me tengo por una persona considerada. En los cruces hago señas a los coches para que pasen aunque tenga prioridad. En el ascensor, tal como me enseñaron mis padres, siempre insisto en que los que tengo delante salgan primero. Si se hubiese mostrado educado, medio amable o incluso mínimamente pesaroso, es posible que le hubiese cedido la máquina. Pero no es nada de esas cosas y estoy molesta.
—No —digo por principios.
Aprieta la mandíbula al tiempo que descansa los brazos en la barra. La manera en que se inclina, con toda su anchura y corpulencia, es un gesto puramente territorial. Encoge los hombros con indignación.
—Pues no pienso moverme.
Iniciamos un concurso de a ver quién pestañea antes en medio de un silencio roto solo por la voz lejana de Katy Perry, que canta que es «una bolsa de plástico mecida por el viento» a través del hilo musical del gimnasio, y los resoplidos de un hombre en la prensa de piernas a menos de un metro de nosotros. Noto los ojos secos y escocidos debido a mi negativa a parpadear, y la intensidad de su mirada no da muestras de fatiga.
Cuando Katy Perry se calla y es reemplazada por un anuncio de Excalibur Fitness, suelto un medio suspiro, medio gruñido. No vale la pena malgastar mi energía con este tío. Recojo los auriculares del suelo y, pisando fuerte, me dirijo a la máquina de sentadillas menos apetecible, no sin antes lanzarle una última mirada de odio.
11.05 — PUBLICACIÓN DE INSTAGRAM: «GILIPOLLAS QUE SE CREEN LOS AMOS DEL GIMNASIO» DE CURVYFITNESSCRYSTAL:
En serio: esta mañana un imbécil arrogante con un pelo más bonito que el mío me robó sin piedad mi máquina de sentadillas. ¿Quién hace algo así? Si tú eres culpable de un delito igual, es que ESTÁS FATAL.
No lo conozco personalmente (ni ganas), pero me pareció de esas personas que odian a los cachorros y los placeres en general. Ya sabéis a quiénes me refiero. El caso es que acabé volcando toda mi rabia en mi entrenamiento mientras escuchaba a todo volumen mi canción del momento, «Fitness» de Lizzo (creedme, esta canción es la caña).
Últimos pensamientos: la mayoría de las personas que frecuentan el gimnasio no son gilipollas. Lo prometo. El 99% son atentas y respetuosas, incluso los gym bros hinchados de esteroides! Y si te topas con ese desafortunado 1%, evítalas Nunca les cedas el poder sobre ti o tu sesión de entrenamiento.
Gracias por escuchar mi TED Talk.
Crystal
Comentario de xokyla33: Así se habla! Cuánta razón tienes! Tú a lo tuyo!
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Comentario de _jillianmcleod_: Por eso no me siento cómoda entrenando en el gimnasio. Prefiero entrenar en casa.
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Comentario de APB_rockss: Promueves aceptar tus curvas/talla pero te pasas la vida entrenando en el gimnasio? Pedazo de hipócrita.
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Respuesta de CurvyFitnessCrystal: @APB_rokss En realidad entreno una hora al día. Dedicarte cada día un rato, ya sea en el gimnasio, dando un paseo o disfrutando de un baño de espuma, es sumamente beneficioso para todos los aspectos de la vida, incluidala salud mental. Además, puedes amar tu cuerpo e ir al gimnasio. Una cosa no excluye la otra.
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Después de la incoherente bronca de ayer en Instagram me di un muy necesario baño de espuma introspectivo. Mi respuesta a la persona que me llamó hipócrita desató sin querer un debate de proporciones épicas entre mis leales seguidoras y mis haters. Yo procuro no hacer caso a los troles, pero después de la experiencia con Robamáquinas y dos copas de merlot, me sentía un pelín combativa. Sentimiento que ha ido a más en los últimos meses.
Llevo siete años luchando por derribar los estereotipos gordofóbicos en la industria del fitness. He obtenido doscientas mil seguidoras en Instagram basándome en el mensaje del amor a una misma independientemente de la talla. El drama de que soy «demasiado grande» para ejercer de entrenadora personal pero «no lo bastante grande» para representar a la comunidad curvy es habitual en la sección de comentarios. No existe un punto intermedio.
La humillación corporal y los ocasionales insultos racistas han aumentado con el incremento de mi número de seguidoras. A fin de mantener un mensaje positivo he ignorado los comentarios de los haters. La verdad es que yo amo mis curvas. La mayor parte del tiempo. Soy humana. De tanto en tanto los troles consiguen atravesar mi armadura. Cuando eso ocurre, me concedo un periodo de autocompasión, tras el cual les hago un corte de mangas en forma de foto sexy (de cuerpo entero, por supuesto).
Sin embargo, anoche, en algún momento antes de que mi bomba de baño irisada se disolviera por completo, se me ocurrió que probablemente a mis seguidoras les dolían los comentarios tanto o más que a mí. Si quiero mantenerme auténtica y fiel a mi plataforma de positivismo corporal, quizá haya llegado el momento de manifestarme.
El entreno de hoy es el momento perfecto para cavilar sobre mi estrategia.
Pero, para mi desgracia, Robamáquinas ha vuelto por segundo día consecutivo. Está haciendo estiramientos en la Zona Gym Bro. ¿Por qué ha de tener unos cuádriceps tan magníficos?
Cuando cruzo el torniquete, se vuelve hacia mí entornando los párpados. Su expresión pasa de neutra a marcar un ceño profundo, como si mi mera presencia le hubiese arruinado el día.
Lo miro de soslayo antes de dirigir mi falsa atención a las frases motivadoras que cubren la pared con letras en negrita: «No hay cambio sin desafíos».
Evitarle mientras entreno me resulta más difícil de lo que esperaba. Allí donde voy, invade mi visión periférica, ocupando el espacio con su cuerpo gloriosamente musculado.
Esta mañana, al despertarme, se me pasó por la cabeza que Robamáquinas quizá sea nuevo en Excalibur Fitness y no haya pillado aún el concepto de urbanidad dentro del gimnasio. Estaba decidida a concederle el beneficio de la duda. Puede que ayer, sencillamente, tuviera un mal día. Tal vez se pasó la noche mirando al vacío, presa del remordimiento. La de veces que he entrenado yo para descargar mi rabia.
Todas esas posibilidades se vienen abajo cuando Robamáquinas decide competir conmigo en la bicicleta de crossfit contigua. Cuando lo pillo echando un vistazo a mi pantalla, conecto con mi Ángel de Charlie interna y acelero todo lo que puedo.
Al alcanzar la marca de veinte calorías ambos paramos y resoplamos encorvados sobre el manillar. Seguro que mi maquillaje «no-maquillaje» se ha derretido por completo, y estoy viendo estrellitas. Pero el esfuerzo ha merecido la pena: le he ganado por 0,03 kilómetros, nada menos. Robamáquinas echa humo cuando lee mi pantalla. Incapaz de soportar mi victoria, hace un mohín y se larga pitando a las máquinas.
Media hora después declaro la situación oficialmente irreparable cuando le veo alejarse de la prensa de piernas sin molestarse en secar el asiento. Las cavernas más oscuras del infierno están reservadas para aquellos que no limpian las máquinas después de usarlas.
Obligada a manifestarme en nombre de los clientes del gym que acatan las normas de higiene, dejo mis mancuernas y voy derecha hacia él.
Está haciendo dominadas sin el menor esfuerzo. Me detengo en seco, boquiabierta, cautivada por los músculos marcados tensándose con cada movimiento.
Tiene un aire a Chris Evans, pero con el pelo más largo y ondulado. Ignoro si son los hoyuelos o el destello de sus ojos entrecerrados, pero posee un punto aniñado que hace que parezca vagamente accesible cuando no me está fulminando con la mirada.
Cuando me pilla mirándole embobada como una admiradora sedienta de una selfi, hace una pausa suspendido de la barra.
—¿Qué tal las vistas desde ahí abajo?
Estoy en un tris de responder «impresionantes», porque es verdad y porque está en mi naturaleza elogiar a la gente. Así me gano la vida. Pero lo último que necesita este tío es un chute de autoestima.
Recurro a la expresión severa de mi madre cuando se siente decepcionada con mis elecciones de vida y dibujo una línea recta con los labios. Acto seguido, le tiendo una servilleta de papel, generosamente rociada de desinfectante para su comodidad, por supuesto.
—¿No has olvidado nada?
Parpadea.
—No, que yo sepa.
—Olvidaste limpiar la prensa de piernas.
Cuando sus ojos se posan en la servilleta de papel que mis dedos pellizcan como si hubiese sido sumergida en ácido sulfúrico, se suelta de la barra y aterriza en el suelo con suavidad.
—¿Estás haciendo un seguimiento de mi entreno?
—No —digo un tanto a la defensiva—, pero tienes que limpiar las máquinas cuando terminas. Es una norma del gimnasio. A la gente no le gusta tocar tu sudor.
Qué repipi, por Dios. Solo me falta un corte bob angular tipo me-gustaría-hablar-con-el-director. Pero no puedo echarme atrás ahora. De hecho, me reafirmo señalando el letrero que hay en la pared de la derecha, el cual reza: «Se ruega limpien las máquinas después de usarlas».
Ni un vistazo le echa. En lugar de eso, se me queda mirando con los brazos cruzados sobre su amplio torso.
—No he terminado con la máquina. ¿No conoces las superseries? Es la ejecución continuada y sin descanso de dos ejercicios…
—¡Sé qué es una superserie! —le corto.
Al comprender que le he reprendido injustamente me sube un calor intenso desde el vientre hasta las mejillas. Qué vergüenza. Tierra, trágame, trágame ya. Puede que esto sea un castigo divino por meterme donde no me llaman.
Me obsequia con una sonrisita de suficiencia y regresa todo ufano a la prensa de piernas para otra serie.
Como si esta dolorosa interacción no hubiese tenido lugar, me alejo discretamente para filmar mi tutorial de entrenamiento de espalda en la máquina de poleas y cables. Es la ocasión perfecta para mostrar mi patrocinada ropa deportiva resistente al sudor.
Estoy grabando una serie de diez remadas con cable cuando Robamáquinas se materializa de repente. Decide estacionar su inmenso cuerpo justo delante de la cámara, bloqueando la toma. Invadida por una furia silenciosa, pierdo la concentración y ya no recuerdo si llevo dos remadas o diez.
Se apoya indolente en la máquina con una sonrisa de chulito que empiezo a pensar que forma parte de su cara en reposo.
—¿Qué? —le pregunto entre dientes, irritada ante la idea de tener que volver a grabar todo el bloque.
Se saca una servilleta de papel de la espalda y la columpia delante de mi cara.
—Toma, para que no se te olvide limpiar el asiento.
Su tono sarcástico combinado con su mueca burlona me dice que no hace esto por amabilidad. Se trata de un acto hostil destinado a cimentar nuestra rivalidad.
Sin darme tiempo a formular una respuesta mordaz, suelta la servilleta en mi regazo y se dirige con desenfado a los vestuarios.
2
Robamáquinas ha honrado a Excalibur Fitness con su arrogante presencia por tercer día consecutivo. Le he nombrado oficialmente mi archienemigo de gym.
No llevo aquí ni media hora y ya estoy imaginando que le rocío «sin querer» con un botella de desinfectante.
Todo comenzó con un desafortunado encuentro en la entrada. Robamáquinas nos sostuvo la puerta a mí y a otra clienta como si de repente se hubiese transformado en un galante caballero. Mirándolo extrañada, la crucé con cautela después de él, tratando de no admirar su culo musculado más allá de un perturbador segundo.
Resultó que mi escepticismo sobre su caballerosidad estaba justificado. Por lo visto, Robamáquinas solo es capaz de un acto de amabilidad al día, porque quince minutos después me cortó el paso en la fuente, donde procedió a llenar con toda parsimonia su gigantesca botella de agua. Hasta el borde.
Tras colarse sin el menor escrúpulo, se transformó en una versión vagamente más sexy de Superman y corrió hasta el banco de pesas para socorrer a Patty, una asidua del gym entrada en años que jamás pierde la ocasión de quejarse a quien tiene cerca de los defectos varios del gimnasio (la temperatura «glacial», la música «macarra» y la falta de «ambiente»). Cuando Robamáquinas le obsequió con una sonrisa angelical semiauténtica después de salvarla de ser aplastada por una pesa, casi me caigo de espaldas. ¿Será que este hombre sufre un trastorno de doble personalidad?
Desvío mi atención de ese ser egocéntrico pero sumamente desconcertante y la devuelvo a Mel, mi nueva clienta presencial. Estamos intercambiando historias de terror durante un breve descanso tras finalizar un circuito de bíceps y tríceps.
—Un tío se tiró meses enviándome fotos de su polla después de que yo publicara una foto mía en biquini. —Tuerce el gesto, asqueada por el recuerdo, mientras me enseña su foto en el móvil.
Me inclino fingiendo interés, haciendo ver que no he fisgoneado su cuenta desde 2012. La foto está bien encuadrada. Mel aparece sonriente, con la mirada perdida, la exuberante mata de bucles de tenacillas caída sobre un hombro y las piernas colgando de lo que semeja la piscina de una azotea solo para gente guapa. Luce un biquini rosa Barbie brillante.
Mel es de las pocas influencers de belleza y moda de Instagram que no tiene una 32. Todas sus fotos están cuidadosamente enmarcadas contra el fondo de su ultramoderno apartamento blanco y muestran centros de flores frescas en colores pastel y brunches de lujo semanales. Durante años se ha mostrado reacia a apuntarse al gimnasio debido a una lesión en la rodilla provocada por los tacones, pero me solicitó un plan para ganar músculo tras descubrir que las dos vivíamos en Boston.
Conectamos enseguida. Las dos tenemos veintisiete años. Las dos somos chinas, si bien ella es adoptada y yo soy medio irlandesa. Las dos somos defensoras acérrimas del movimiento de positivismo corporal. Además, compartimos una obsesión sin tapujos por los reality shows, en particular por Amas de casa reales.
—La verdad es que estás impresionante, aunque eso no justifica las fotos de las pollas. —Echo un vistazo al disparatado número de likes de la foto.
Mel se aparta una gota de sudor solitaria de la frente con su impecable uña acrílica antes de continuar con su historia.
—Era la cosa más rara que había visto en mi vida. Estaba doblada… totalmente torcida hacia un lado. Como un gancho.
—¿Un gancho? —pregunto con un gritito de espanto.
—Como el mango de un paraguas, Crystal, no te exagero. ¿Crees que los penes pueden romperse?
Estoy a punto de responderle que no tengo ni idea, junto con una perorata de que las fotos de pollas son siempre feísimas, ganchudas o no, cuando Robamáquinas se instala en el banco de al lado.
Tiene los labios curvados hacia arriba con regocijo, lo que me deja alucinada, pues no sabía que los canalizadores del espíritu de Darth Vader eran capaces de disfrutar. Me pregunto qué ha oído de nuestra conversación penil.
Después del caso Servilleta de Papel me prometí que dejaría de estresarme por este desconocido chulito digno de un buen sopapo. No obstante, me cuesta más de lo que esperaba ahora que lo tengo tan cerca, llenándome la nariz con su delicioso olor a ropa recién lavada y atrayendo mi atención hacia lo divino que está con su sudadera granate y su gorra de béisbol.
Me pregunto si Robamáquinas es de los que envían fotos de pollas no solicitadas. En cuanto detecto ese pensamiento delirante, lo destierro a los inhóspitos rincones polvorientos de mi mente. ¿Por qué estoy pensando en su pene?
«Ya sabes lo que dicen sobre los pies grandes…».
Nos miramos con mutuo desprecio mientras bebe un largo trago de su botella de agua. Lo siento como un desafío en el que persisto antes de desviar la vista. «Crystal, ponte zen. Canaliza tu paz interior».
Me concentro de nuevo en Mel, que le hace un repaso con curiosidad.
—Bien —digo aclarándome la garganta para diluir la tensión—, ahora nos toca trineo de resistencia.
Mel hace una mueca de disgusto. La última vez que le asigné el trineo de resistencia tuvo arcadas y hasta las pestañas postizas le sudaban.
La jaleo por el pasillo mientras resopla, jadea y farfulla palabrotas con cada fatigosa zancada. Aguardo a que empiece la vuelta, pero titubea.
—Parece que no podré terminar la serie. —Señala alegremente a Robamáquinas, que está haciendo estocadas con mancuernas justo en mitad del paso. Del paso de Mel. ¿Quién se ha creído que es?
Mi boca está abierta de par en par, como la de una madre de anuncio que no puede creer que el detergente haya acabado con la obstinada mancha de salsa de tomate de su blusa blanca.
—Lo siento. Dame un minuto —mascullo.
Salgo disparada hacia Robamáquinas y bloqueo su intento de esquivarme.
—¿Es que no nos has visto hace un momento? Estábamos justo aquí.
Señalo como una loca a Mel, quien, sentada en el trineo, nos observa con sumo interés.
Sin decir palabra, Robamáquinas sigue sorteándome como si yo fuera un obstáculo pasajero, un mero bache en la carretera. Estoy en un tris de llamarlo capullo arrogante, pero me muerdo la lengua y me largo para mantener la ilusión de profesionalidad delante de mi clienta.
—¿Qué ocurre? —me pregunta Mel cuando, de mala gana, giro el trineo hacia un pasillo menos idóneo.
—Ese tío no para de tocarme las narices.
Le lanzo una mirada asesina, aunque ni se da cuenta. Está en mitad de una estocada, con su cara de chulito roja por el esfuerzo, sin lamentar en lo más mínimo el trastorno que me hace, como haría cualquier ser humano decente.
Mel enarca sus cejas perfectamente perfiladas.
—Antes, cuando estábamos hablando de pollas, te hizo un repaso de arriba abajo.
—Estaría tramando cómo asesinarme.
—O desnudándote con los ojos.
Si alguien me hubiese sugerido tal cosa hace unos años, habría expresado enseguida mis dudas. Pero ahora, tras años de trabajar la confianza en mí misma, ni me inmuto.
Pese a practicar deporte toda mi vida, nunca he tenido un cuerpo de atleta. Heredé los genes de mi madre: constitución grande y musculosa, muslos gruesos, pecho generoso y un buen trasero; lo opuesto a mi hermana mayor y mi familia por parte de padre, donde todos son delgados y menudos. Dada mi genética, no puedo aspirar a un porcentaje bajo de grasa corporal. Aceptar ese hecho y llegar hasta donde estoy me ha llevado su tiempo. Ahora me concentro exclusivamente en desestigmatizar y desmitificar el gimnasio para esas personas que quizá sientan que no es su lugar. Doy prioridad al objetivo de la confianza personal, no al déficit de calorías y menos aún al número que aparece en la báscula.
—Mel, solo tres vueltas más —le ordeno inflexible, cambiando por completo de tema—. Un sprint final antes de nuestra noche de chicas.
El magnífico plan de esta noche, ver una comedia romántica de Netflix con mi hermana Tara, es justo lo que necesito después de tanto mal rollo en el gimnasio y en Instagram.
Robamáquinas permanece en mi visión periférica mientras sigo a Mel por el pasillo. Se apoya en una máquina para recuperar el aliento. Cuando me vuelvo hacia él, me obsequia con una sonrisita petulante.
Estaba decidida a comportarme como una persona madura. En serio.
Pero después de darle vueltas a lo del robo del pasillo cuando Mel se marchó del gimnasio, solo era capaz de visualizar la expresión arrogante de Robamáquinas. La misma que exhibía cuando se me coló en la fuente y cuando agitó la servilleta de papel delante de mi cara.
Yo he sido una pardilla durante buena parte de mi vida. En el colegio dejaba a las otras niñas elegir primero entre mis propias Barbies (yo acababa con Ken el noventa y cinco por ciento de las veces). En las fiestas de cumpleaños temáticas era relegada a la Spice Girl menos popular (la Spice Pija). En el instituto siempre dejaba que los vagos me copiaran los deberes dos segundos antes de entrar en clase. Para colmo, me faltaba el empuje necesario para decir lo que pensaba o exigir algo a cambio.
Cuando descubrí el gimnasio y la comunidad fitness en la universidad, me juré que todo eso iba a cambiar. Aquí, en el gimnasio, no soy un felpudo. Soy fuerte y competente. No permito que nadie me pisotee, y aún menos este desconocido exasperante y tremendamente sexy.
De modo que cuando Robamáquinas se olvida el móvil en la esterilla al pasar al banco de pesas, no siento la obligación moral de devolvérselo de inmediato. Es bastante probable que me pase la noche acosada por la culpa y el arrepentimiento, pero luego me digo que se lo ha ganado a pulso. Estaba escrito que yo iba a saltar un día u otro. Se merece sufrir un poco.
Me imagino huyendo con su móvil hacia la puesta de sol en una camioneta y riendo como una chiflada mientras piso el acelerador. Hasta que recuerdo que no soy una delincuente, que soy una mujer de principios. Y por eso mismo dejo el móvil temporalmente en el abarrotado estante, entre cuerdas de saltar, cables de enganche y accesorios varios, solo para evitar que acabe aplastado por la zapatilla de alguien.
Satisfecha con mi buena obra, coloco mi móvil en el trípode y me pongo a filmar mi última rutina de abdominales inferiores, la cual comprende giros sentada, patadas de tijera y suficientes elevaciones de piernas para dejar fuera de juego a Jillian Michaels.
Voy por la mitad de la rutina cuando una figura corpulenta se cierne sobre mí.
Es él.
Se arrodilla en la esterilla apretando los labios y disparándome rayos láser con sus brillantes ojos verdes. Desde este ángulo tengo un primer plano de la curva de sus pestañas. Son indecentemente largas y frondosas para alguien del género masculino.
Está tan cerca que su aroma a ropa limpia mezclado con testosterona me anula los sentidos. El olor a sudor suele echarme para atrás, pero en él resulta casi adictivo. Contengo el deseo de aspirarlo como una drogadicta.
—¿Qué has hecho con mi móvil? —me pregunta con calma mientras mis piernas caen sobre la esterilla. Me ha fastidiado el vídeo. Otra vez.
Adopto la expresión de linda granjerita con ojos de cervatillo. Incluso añado un parpadeo lento e inocente para darle un efecto dramático.
—No sé de qué me hablas. —Me pongo de rodillas para situarme a su altura, lista para una confrontación.
No se ha tragado mi numerito.
—Sé que lo has cogido. Me lo dejé aquí hace cinco minutos.
—En este gimnasio hay gente que roba cosas. Como máquinas de sentadillas, por ejemplo. ¿Por qué crees que lo he cogido yo?
—Porque… —Cual inspector de homicidios que no está para hostias, sus ojos se pasean por mi rostro buscando indicios de debilidad—. Estás sonriendo. Te cuesta respirar. Y me evitas la mirada.
El engaño, por justificado que esté, nunca ha sido uno de mis fuertes, aunque en realidad no le haya robado el móvil. Para mantenerlas ocupadas, me llevo las manos atrás y me ajusto el moño.
—Oye, Nancy Drew, intento grabar un tutorial. ¿Te importa?
Estoy a punto de ceder y señalar el estante donde dejé su teléfono cuando me distrae el aleteo de su mirada hacia mi móvil, que sigue grabando. Con un movimiento rápido, lo saca del trípode y se lo mete en el bolsillo de los shorts.
Me abalanzo hacia él pero es demasiado tarde. Mi móvil ha desaparecido en las profundidades de sus partes nobles.
—¡Oye! ¿Qué demonios haces?
Sus labios se curvan con una sonrisa de satisfacción.
—No pienso devolvértelo hasta que me digas qué has hecho con mi móvil.
No permito que su cautivadora sonrisa me desvíe de mi objetivo. Esto es una guerra. No pienso transigir.
—Necesito mi móvil.
—Y yo el mío —responde con calma.
—¿Para qué? ¿Para Tinder?
Pues sí, también puedo ser un pelín hipócrita. De hecho, Joe Tinder está en la cinta de correr mientras hablamos.
—No, para cosas importantes.
—Yo utilizo el mío para cosas importantes. Soy fitstagrammer.
No tengo ni idea de qué me ha llevado a desvelar mi profesión. Podría utilizarlo contra mí. O, peor aún, pitorrearse. Estoy esperando que suelte un resoplido burlón o me mire de arriba abajo, incapaz de entender cómo alguien como yo puede considerarse capacitada para dar consejos de fitness.
Pero no lo hace. Su mirada permanece imperturbable.
—Yo también necesito mi móvil para trabajar.
Estoy tentada de preguntarle a qué se dedica. Imagino que a algo físico. Tal vez sea leñador. O el doble de acción de Capitán América. O puede que un modelo de ropa interior de esos que ponen morritos y aparecen en blanco y negro en una valla publicitaria de Times Square. Aunque no es lo bastante guapo para ser modelo. Por el pelo ondulado quizá sea jugador de hockey semiprofesional.
Basándome en un escrutinio poco sutil, llego a la conclusión de que no es de esos gym bros que se saludan con un golpe de puño y llevan camisetas fosforescentes sin mangas. Calculo que tiene unos años más que yo, entre veintilargos y treinta y pocos.
—¿Seguro que lo necesitas para trabajar? —le pregunto en un tono desafiante, tomándome su cara de irritación como un logro personal.
Asiente con sequedad.
—¿Cuestión de vida o muerte?
Para mi sorpresa, responde «Sí» con total naturalidad. Ahora me muero por saber a qué se dedica. Pero jamás se lo preguntaré.
—Pues demuéstralo.
—¿Cómo?
—Dejando de robarme cosas. Las máquinas, el espacio en el pasillo, mi puesto en la cola de la fuente. —Abarco el gimnasio con un gesto de la mano.
Resopla burlón.
—¿Se te ha ocurrido que yo también podría necesitar las máquinas o el espacio en el pasillo? El gimnasio no es tuyo. —Nos sostenemos la mirada un par de segundos—. Está bien, te devolveré el móvil si tú me devuelves el mío. Lo haremos al mismo tiempo.
Asiento y me levanto para desenterrar el teléfono del estante que tengo a un metro de mí.
—Que conste que pensaba devolvértelo antes de que te marcharas.
Al ver su móvil pone los ojos como platos. Imagino que se alegra de que no se lo haya tirado por el retrete, lo que, a decir verdad, se me pasó por la cabeza.
Columpio el móvil a la altura de mi pecho pero lo aparto antes de que tenga la oportunidad de arrebatármelo.
—¿A la de tres?
Asiente con el mentón.
—Una, dos, tres…
Robamáquinas me arranca su móvil de los dedos al tiempo que sostiene el mío fuera de mi alcance.
Traidor. Este tío es capaz de romper un pacto, y eso es sagrado. Tiene cero principios.
—¿Estás de coña? —le gruño—. Teníamos un trato.
Esboza una sonrisa de labios cerrados.
—Dime cómo te llamas.
—En el gimnasio no desvelo mi nombre a desconocidos.
Cuando da un paso al frente, cerrando el espacio entre nosotros, la sangre me sube directa a la cabeza y me aporrea los oídos.
Baja un poco mi móvil, lo que me permite echarle una rápida ojeada a la pantalla. Todavía está en modo vídeo, el cual es interrumpido por una ráfaga de notificaciones de Instagram. Cuando aparece mi nombre de usuaria, Robamáquinas sonríe de oreja a oreja.
—Crystal.
Al oírle pronunciar mi nombre con esa voz profunda, suave y sensual, las rodillas me fallan y casi me fundo con el suelo.
Aunque mido un metro setenta y tres y no se me puede considerar baja, mis frenéticos esfuerzos por recuperar el móvil fracasan. Con el brazo extendido, Robamáquinas lo sostiene casi a un metro fuera de mi alcance.
Suelto un gemido.
—Vale, ya sabes cómo me llamo. ¿Contento? Ahora devuélveme el móvil.
Puedo ver suficiente trozo de pantalla para reconocer que acaba de entrar un mensaje de Tinder.
Los ojos se le iluminan mientras lee en alto:
—Zayn quiere saber si te apetece un Netflix con chill… —Escruta la pantalla como si quisiera confirmar las palabras—. Chillaxing.
—¡No respondas! —Me abalanzo hacia el teléfono pero lo aleja aún más.
Necesito conservar la poca dignidad y el control que me quedan. En realidad no conozco a Zayn. Es un match de Tinder que deslicé a la derecha porque se parecía a Dev Patel en las fotos (de infarto). Pero habiendo utilizado la palabra chillaxing, probablemente sea un «No» automático.
Robamáquinas semeja un villano de Marvel a punto de aniquilar la Tierra y a todos sus habitantes.
—Voy a pedirle que defina lo de «Netflix con chillaxing».
Sospecho que, como el psicópata que es, está disfrutando con mi desesperación. De hecho, es posible que lo esté alentando, que le provoque algún tipo de subidón, así que cambio de táctica.
—Adelante.
Mi tono es firme. Transmite confianza, aun cuando lo último que quiero es que un extraño vengativo envíe mensajes embarazosos en mi nombre.
Por desgracia, el tiro me sale por la culata. Robamáquinas teclea el mensaje y, con gesto triunfal, pulsa «Enviar» y gira el móvil hacia mí para demostrar que lo ha enviado.
—Doy por hecho que conoces la rutina Netflix-con-chill —digo.
—¿Eso crees?
—Sí.
Niega con la cabeza.
—En absoluto. Además, para ligar yo buscaría una estrategia mucho mejor.
Resoplo.
—Lánzame tu mejor flecha.
Sonríe y se acaricia la definida mandíbula, haciendo ver que está pensando.
—Bueno, las guerras de GIF siempre funcionan. O puede que recurriera a un chiste clásico.
—¿Un chiste clásico? ¿Como cuál?
Se acoda en la máquina que tenemos al lado.
—Vale…. ¿Lista para flipar?
Lo miro impávida.
Relaja todo el rostro y su semblante pasa de Robamáquinas a Hombre-encantador-con-sonrisa-cautivadora ante mis propios ojos. Tiene los dientes blancos y brillantes, si bien una de las paletas está ligeramente torcida, lo que lo hace un poco más humano. Las orejas también sobresalen un pelín, pero eso solo contribuye a su falso encanto.
—¿Eres un préstamo bancario? Porque tienes todo mi interés.
Mantengo la expresión pétrea para no darle ni un ápice de satisfacción. El chiste no puede ser más malo, pero el modo en que lo cuenta, tan serio, resulta casi adorable. En cuanto me asalta ese pensamiento, me propino un bofetón mental.
Prueba de nuevo.
—¿Eres mi apéndice? Esta sensación en el estómago hace que me entren ganas de invitarte a salir.
Me duele la barriga de contener la risa. Esto es un entrenamiento de abdominales en toda regla.
—Malos no, lo siguiente. Espero que no los hayas utilizado con una mujer de carne y hueso.
Se lleva la mano al pecho, haciéndose el ofendido.
—Son los mejores que tengo. —Echa un último vistazo a mi pantalla y columpia mi teléfono a la altura de su pecho—. Zayn ha contestado… con un guiño —dice inexpresivo, tendiéndomelo.
Rauda como una ninja, agarro el móvil antes de que cambie de opinión y lo secuestre para siempre.
—¿Cómo te llamas? —Las palabras escapan de mi boca antes de darme cuenta de lo que estoy diciendo. ¿Qué me importa su nombre oficial? Robamáquinas le va que ni pintado.
Aguardo su respuesta conteniendo la respiración.
Divertido, abre la boca pero no dice nada. En lugar de eso, gira sobre sus talones y se aleja a grandes zancadas.