Capítulo 1

1

La alarma sonó a las cinco y media, como todas las mañanas. Faith Ferguson abrió un ojo, vio la hora, apagó la alarma con delicadeza y, un minuto después, se levantó de la cama, dispuesta a iniciar sus rituales diarios. Era una persona tremendamente disciplinada. A los cuarenta y dos años, tenía el cuerpo de una veinteañera. Gracias a los ejercicios de ballet que hacía seis días a la semana por la mañana, se mantenía en forma. Ya en pie, se cepilló los dientes, se peinó la melena rubia, que le llegaba a la altura del hombro, y se la recogió en un moño apretado. En cuanto se puso un maillot negro y unas zapatillas de ballet rosas, pareció una bailarina. Para cuando llamó a su profesora de ballet por el ordenador, ya estaba muy despierta. Se sonrieron, se saludaron con un «buenos días» e iniciaron la misma rutina de ejercicios que hacían todos los días. Faith llevaba una vida muy disciplinada. Mientras realizaban esa serie de ejercicios tan familiares, ni la profesora ni la alumna cruzaron una palabra.

Tras concluir la sesión puntualmente a las siete de la mañana, se dieron de nuevo los «buenos días». Faith colgó la videollamada y se dirigió a la ducha. Era una mañana gris y ventosa de enero, y tenía un día ajetreado por delante. Enero era uno de los meses del año en que tenía más trabajo. Era una de las organizadoras de bodas más solicitadas de Nueva York. La gente solía acudir a ella para organizar sus bodas justo después de las vacaciones navideñas.

Esta semana había quedado con tres clientes nuevos; todos ellos venían por recomendación de antiguos clientes que habían quedado satisfechos. Algunos habían visto las entrevistas que le habían hecho o habían leído sus libros. Había publicado tres libros de gran éxito. Para cualquiera que estuviera a punto de casarse, eran como la Biblia. El primero era un tomo de lujo, que contaba con un gran número de fotografías de las bodas más bonitas que había organizado y daba muchísimos consejos útiles sobre cómo lograr lo mismo que se veía en las fotos. Salvo que, claro, eso era imposible sin su ayuda y experiencia. El segundo libro explicaba cómo organizar una boda y en él se detallaba cómo se podía tener todo encarrilado durante los meses anteriores al enlace. Era el libro que todo el mundo regalaba a una mujer recién prometida. El tercer libro estaba repleto de información sobre todas las tradiciones relacionadas con las bodas; la etiqueta; las cosas que tenías que saber para organizar una boda, desde la disposición de los asientos hasta los títulos protocolarios; lo que era apropiado y lo que no. Su libro rivalizó con el de Amy Vanderbilt y el de Emily Post. Tenía un estilo claro, cercano y accesible, al mismo tiempo que señalaba con precisión cuáles eran las normas de etiqueta correcta y cuáles no. Otra obra imprescindible para cualquier novia.

Faith nunca se había casado, aunque había estado a punto de hacerlo dos veces. La primera vez cuando era joven, y había sido una experiencia traumática. En aquella época, trabajaba como editora júnior en Vogue, donde realizaba una amplia gama de tareas, desde escribir artículos para la sección de belleza hasta redactar noticias sobre fiestas que cubría la revista. Como había sido criada en la ciudad de Nueva York en un hogar refinado por unos padres aristocráticos muy bien educados, era la más adecuada para ayudar a los editores con los que trabajaba a la hora de informar sobre las fiestas y eventos de la alta sociedad, e incluso de vez en cuando sobre bodas. Sus abuelos por ambas partes tenían sangre azul y unos orígenes igual de distinguidos.

En una sesión de fotos en la que había estado, centrada en una novia joven muy importante, había conocido a Patrick Brock, un joven fotógrafo muy guapo. Por aquel entonces, Faith tenía veinticinco años, Patrick era un año mayor que ella y hubo química entre ellos al instante. Cuando ya llevaban saliendo casi un año, él le propuso matrimonio. Su compromiso había sido una montaña rusa de emociones. Faith, su hermana melliza Hope y su madre Marianne habían organizado la boda. Habían comprado un hermoso vestido de encaje francés bordado con delicadeza en la sección de novias de Bergdorf. Se sintió como una princesa, y aún más cuando se probó el velo, confeccionado con un delicado tul francés que flotaba como la niebla sobre su rostro. Todo estaba listo para celebrar la boda en el Metropolitan Club. Sus padres se habían divorciado cuando ella tenía diez años, y su padre venía de Europa con su esposa alemana, una baronesa, para asistir a la boda y entregarla en el altar. Sus padres seguían manteniendo una relación cordial. Su hermana iba a ser la madrina, y seis amigas de la universidad de Georgetown, en Washington, D. C., iban a ser las damas de honor. Por aquel entonces, Hope, que era una modelo de gran éxito, había hecho algunas sesiones de fotos con Patrick y le caía bien. Los padres y los abuelos de Faith aprobaron su matrimonio. Patrick procedía de una familia respetable de Boston y era un chico con talento y buenos modales. Faith estaba locamente enamorada de él.

Todo había ido según lo previsto hasta que, una semana antes de la boda, su prometido se presentó en el piso que Faith compartía con su melliza y se echó a llorar como un niño en sus brazos en cuanto cruzó la puerta. Tardó una hora en explicar que había tenido algunos «escarceos» anteriores con el único fin de experimentar, pero que la cosa había ido a más. Le explicó que se acababa de dar cuenta de que era gay y que se había enamorado de un bailarín ruso. Nunca nadie había dudado de la orientación sexual de Patrick. Le dijo que no podía casarse con ella. La amaba como a una amiga, pero sospechaba cada vez más que sería incapaz de cumplir con sus obligaciones matrimoniales y necesitaba que lo liberara de su compromiso para profundizar en su relación con el bailarín ruso, de quien admitió estar profundamente enamorado. La familia de Patrick se quedó atónita cuando este se lo contó, al igual que la de Faith.

Lo que vino después fue un periodo confuso dominado por las lágrimas, la desesperación y la sensación de humillación. Las notificaciones formales de que se había cancelado la boda se imprimieron y enviaron por carta rápidamente. Se había ausentado dos semanas del trabajo para esconderse, y todavía estaba muy hundida cuando volvió. Su melliza, Hope, la había cuidado como si se estuviera recuperando de un accidente o una enfermedad. El disgusto había dejado destrozada a Faith.

Nunca había vuelto a ver a Patrick. Este se había ido de Nueva York para mudarse a Londres con el bailarín. Había oído que habían tenido una relación apasionada, pero que no había durado mucho; no obstante, para entonces, ya tenía clara su orientación sexual. Al final, había vuelto a Nueva York, y gracias a Dios sus caminos jamás se habían cruzado.

Por ironías de la vida, seis meses después de la cancelación de la boda, le habían asignado la tarea de informar únicamente sobre bodas en la revista porque era algo que hacía muy bien. Había tardado años en superar el duro golpe de que casi la dejaran plantada en el altar. Su padre no podía entender por qué estaba tan disgustada. En su opinión, era mejor que lo hubiera descubierto antes de casarse y no años después. Su madre y su hermana entendían perfectamente que estuviera tan traumatizada y eran conscientes de que informar sobre bodas para Vogue era una especie de terapia de aversión para ella, o una forma de inmunizarse. Algo se endureció en el corazón de Faith, mientras iba de boda en boda y redactaba unos artículos muy exagerados, después de ordenar al fotógrafo que sacara todas las fotos que necesitaban para la revista. Durante un año, sufrió una desconexión emocional total. Su madre le había guardado el vestido de novia. Todo aquello fue un tema muy sensible durante mucho tiempo del que era mejor no hablar.

Casi diez años después, se planteó la posibilidad de volverlo a intentar. William Tyler era un hombre fuerte e interesante, que trabajaba como arquitecto. Faith admiraba su trabajo. Por aquel entonces, ya había dejado la revista y había montado su negocio de organizadora de bodas. Después de informar sobre decenas o cientos de bodas para Vogue, dominaba ese tema mejor que ningún otro, ya que había aprendido mucho al respecto.

Al principio, William parecía ser la pareja perfecta. Era tan disciplinado y preciso en su trabajo como lo era ella con el suyo propio. Entonces su relación se fue enturbiando poco a poco, puesto que empezó a decirle qué debía hacer y qué debía ponerse, incluso de qué debía hablar y de qué no. William vivía en un piso de Chelsea que él mismo había diseñado. Por aquel entonces, Faith y Hope vivían cada una en un piso distinto. Faith estaba viviendo en el SoHo, y Hope se había mudado al Uptown. A William no le caían bien los amigos de Faith, y él no tenía ninguno. Le describió con total precisión cómo quería que fuera su boda y dónde se iba a celebrar. Tenía muy claro qué le gustaba en el plano estético, y las únicas opiniones que respetaba eran las suyas.

Tras dos meses de compromiso, Faith se sintió como si William la estuviera asfixiando, como si estuviera tratando de arrebatarle su identidad para rediseñarla según sus propias especificaciones, como si fuera un edificio que estaba comprando para remodelar. Sintió como si la hubiera dejado totalmente vacía por dentro. Le estaba minando la moral. Le devolvió el anillo y huyó. Se preguntó cómo podía haber cometido un error tan grave otra vez a pesar de ser más madura y sabia. En cuanto se alejó de él, sintió que había recuperado su libertad y se había quitado un gran peso de encima.

Esta vez no se arrepintió de que su compromiso se hubiera roto. William nunca entendió por qué su relación no había funcionado. Había controlado todo lo que hacía Faith y quería controlar incluso sus pensamientos. Esta vez, se recuperó más rápidamente, ya que ella era la que había cortado. Su experiencia con William la convenció por completo de que nunca iba a casarse. Las bodas eran su trabajo, incluso podía labrarse una larga carrera profesional en ese campo, pero ya no soñaba con contraer matrimonio. Podría organizarle una boda exquisita a cualquiera que acudiera a ella en busca de ayuda, pero la idea de casarse le daba pavor. Por culpa de William, jamás querría ser ella la novia.

Seis meses después, Hope, su hermana melliza, había anunciado que se iba a casar, y lo único que Faith pudo sentir fue lástima por ella. Hope, que había llevado una vida intensa y sin ataduras como modelo, insistió en que Angus Stewart era su alma gemela.

Hope y Faith no se parecían físicamente en nada y tenían un carácter totalmente distinto. Faith era más pequeña y más delicada, rubia y de ojos verdes. Hope era casi tan alta como su padre, morena y de ojos marrones. Había trabajado como modelo en Nueva York durante doce años y se lo había pasado muy bien. Había conocido a gente fascinante, había viajado por todo el mundo y estaba dispuesta a renunciar a todo eso por un hombre cuyos pasatiempos favoritos eran hacer senderismo y pescar, esquiar y escalar montañas. Angus pronto huyó a Connecticut con su hermana. Era escritor, y habían tenido tres hijos en siete años. Aunque Hope afirmaba que era enormemente feliz, a Faith le costaba creerse que eso fuera verdad, ya que su hermana vivía en las afueras, en un entorno rural, rodeada de ruido, caos y desorden. Los niños eran adorables, pero inquietos e incontrolables, aunque daba la sensación de que a Hope le encantaba que fueran así. Solo se portaban bien cuando la niñera estaba cerca. Daba la impresión de que Hope era incapaz de lograr que se quedaran quietos, cosa que no parecía molestarla. Tenían tres niños muy movidos: Seamus, de seis años; Henry, de tres; y el bebé, Oliver, que tenía un año.

De niñas, a Faith y Hope les había encantado ser mellizas, sobre todo porque físicamente no se parecían en nada y tenían un carácter muy distinto. Hope era más despreocupada y se tomaba la vida con calma. Faith siempre había sido más disciplinada y quería que todo fuera perfecto. Por eso, le convenía más vivir sola. La casa que había comprado en la ciudad, desde donde dirigía su negocio, era tan impecablemente elegante y ordenada como la propia Faith y las bodas que organizaba. Nada estaba fuera de su sitio jamás. Se fijaba en cada detalle. Una boda organizada por Faith Ferguson era tan perfecta como la propia Faith y la casa en que vivía. Hope era más anárquica. En su casa reinaba el desbarajuste permanente; ahí había zapatos y revistas y libros y cosas para hacer deporte tirados por todos lados. A Faith le encantaba visitar a su hermana, pero siempre se alegraba de poder volver a gozar del orden silencioso y la paz que imperaban en su propia casa. Si Faith hubiera tenido tres niños, estos habrían acabado con ella. Quería a sus sobrinos, pero quería aún más a su hermana melliza, más que a nadie en el mundo. No se arrepentía de no haber tenido hijos, ya que eso formaba parte de un conjunto de cosas que había decidido que no eran para ella. Ayudaba a otros a alcanzar esa meta, que no era la suya.

Después de ducharse y vestirse, se preparó una taza de té verde y se sentó para llamar a su hermana, como hacía todas las mañanas antes de comenzar su jornada. Era el ritual vital que más adoraba. La llamó a las ocho en punto, cuando su cuñado, Angus, como buen escocés, se acababa de llevar a los dos críos mayores a la escuela, y la niñera ya había llegado y se había llevado al bebé para vestirlo. De este modo, Hope y ella podían conversar tranquilamente sobre lo que se les ocurriera, o lo que estuvieran haciendo, o cualquier cotilleo interesante que les había llegado sobre sus viejos amigos. Al igual que Faith, Hope tampoco aparentaba su edad. Poseía una impresionante belleza natural desprovista de todo artificio. Siempre daba la sensación de que se le había olvidado peinarse su larga melena. A pesar de que rara vez se maquillaba y parecía que acababa de levantarse de la cama, era sensual sin ser consciente de ello. Por lo general, vestía vaqueros y calzaba unas botas de montar o unas de lluvia. Le gustaba cabalgar todos los días en una hípica cercana. Prefería llevar jerséis gruesos y solía ponerse los anoraks y las chamarras de su esposo, que le quedaban bien.

—¿Qué vas a hacer esta semana? —preguntó Hope, mientras le daba un sorbo a un café con leche. Era el segundo que se había preparado. Su hijo Seamus había derramado el primero sobre la mesa del comedor durante el desayuno; nada fuera de lo habitual en una mañana cualquiera.

—Voy a reunirme con tres clientes nuevos —contestó Faith.

Hope siempre se alegraba de los éxitos de su hermana. Después de doce años trabajando como modelo, había abandonado su carrera profesional y se había quedado en casa, donde era muy feliz; sobre todo desde que Angus se encerraba a escribir en una habitación acogedora situada sobre el garaje que él mismo había acondicionado para trabajar. Era estupendo tenerlo cerca. Como su hermana no echaba de menos Nueva York para nada, Faith tenía que rogarle que fuera a la ciudad para hacer algunas compras y almorzar.

Hope odiaba ir de compras y juraba que no volvería a probarse más ropa en toda su vida. Había pensado igual cuando trabajaba como modelo, aunque se la veía fabulosa en la pasarela en los desfiles de moda. Durante gran parte de su carrera, había sido una modelo muy solicitada, pero ahora solo quería quedarse en casa y cumplir con su papel de esposa y madre. Faith se habría aburrido si llevara esa clase de vida, pero Hope se sentía feliz y realizada. Angus era un gran tipo, que siempre se alegraba de ver a Faith y la animaba a visitarlos más a menudo. Pero Faith siempre estaba muy atareada en Nueva York. Las mellizas solían llamarse dos o tres veces al día, solo para saber cómo iba todo, o para hablar sobre algo que habían hecho o habían visto.

—Los tres vienen por recomendación de otros clientes —comentó Faith—. En esta época del año, siempre hay mucho trabajo.

Hope ya lo sabía y admiraba a su hermana por su talento y su exitosa carrera. Las bodas que organizaba para sus clientes eran fabulosas. Faith también se había encargado de la boda de Hope, en la que todos los hombres invitados llevaron faldas escocesas con los colores de su clan.

Las mellizas lo sabían todo la una de la otra, y compartían sus pensamientos más íntimos, como siempre habían hecho. Tenían una relación estrecha con su madre, pero el vínculo entre ambas hermanas era todavía más estrecho. De crías, ellas mismas habían sido sus mejores amigas, hasta el punto de no tener otros amigos gran parte del tiempo. Su relación era muy profunda y especial. Se habían querido cuando otras chicas de su edad, en la adolescencia, se pegaban con sus hermanas. Pero en el caso de las mellizas, era distinto. De niñas, rara vez habían discutido; de adultas, nunca. Su madre, una mujer buena, sensata e inteligente, había aceptado que sus hijas disfrutaban de una relación donde apenas quedaba hueco para cualquier otra persona, ni siquiera para ella.

—¿Has hablado con mamá últimamente? —preguntó Hope, y Faith tuvo la sensación de que le había hecho esa pregunta con un leve tono de reproche.

—No, ¿por qué? ¿Algo va mal? Hablé con ella hace una semana. ¿Se ha quejado de que no la telefoneo?

—No, ya sabe que estás liada. No quiere molestarte. Creo que a veces se siente sola.

Su madre se había casado tres veces; la primera vez con su padre, Arthur Ferguson. Su matrimonio había durado doce años. Su divorció pilló por sorpresa a las niñas. Siempre había dado la impresión de que se llevaban muy bien y se trataban con mucho respeto. Las mellizas tenían diez años cuando se divorciaron. Su padre nunca había estado muy presente en sus vidas, ni siquiera mientras sus padres estuvieron casados. Viajaba mucho y no mostraba mucho interés por su esposa e hijos.

Su padre se había casado con Beata, su segunda esposa, muy poco después del divorcio. Su madre, Marianne, había tardado más en conocer al amor de su vida; un dramaturgo brillante y famoso, que se decía que era un genio, pero que también era depresivo y alcohólico. El matrimonio había durado cinco años, que fueron muy turbulentos. Las mellizas, que ya estaban en la universidad cuando se casaron, procuraban mantener las distancias con su errático y volátil padrastro y sentían pena por su madre por estar casada con él. No era mala persona, pero resultaba imposible llevarse bien con él. Cuando se divorciaron, no les cogió de sorpresa. Su madre se casó en terceras nupcias con un conde italiano, a quien las mellizas no hicieron mucho caso. Por aquel entonces, vivían juntas en su propio piso y apenas lo conocían. Él tampoco hizo ningún esfuerzo por intentar conocerlas y dejó a su madre dos años después para irse en busca de pastos más verdes y una esposa más rica, tal y como había hecho el padre de las mellizas anteriormente. Marianne se llevó una decepción, pero entraba dentro de lo previsible.

Ella vivía de lo que había heredado de su familia y nunca había trabajado. No tenía una gran fortuna, pero sí el dinero suficiente como para vivir con holgura. Hacía algunos viajes al año para visitar a sus amigos, principalmente a Palm Beach o Newport en verano. Gracias a un fideicomiso que tenía, había podido enviar a sus hijas a escuelas privadas de Manhattan cuando eran pequeñas y había alquilado una casa en los Hamptons en verano. Habían tenido todo lo que necesitaban, aunque no habían vivido de manera ostentosa ni con grandes lujos. Marianne vivía con cierta estabilidad financiera, sin preocupaciones. Tenía suficiente dinero como para atraer a algunos cazafortunas, como el padre de las mellizas y el conde italiano.

Marianne se sentía orgullosa del éxito que tenía Faith con su negocio y de la carrera como modelo de Hope. Habían tenido una vida fácil y feliz cuando eran niñas, con una madre devota y un padre que rara vez estaba presente. Su progenitor había tenido un trabajo como empleado de banca poco importante mientras estaba casado con su madre y quería una esposa que no le exigiera trabajar y lo mantuviera. Al final, había encontrado lo que buscaba al conocer a Beata.

Su madre todavía vivía en el piso de Park Avenue, donde habían crecido y se habían quedado después de que su padre se fuera. Marianne había cumplido ahora sesenta y siete años y administraba con mucho cuidado su dinero. Saber que tenía suficiente para vivir y que podía ser independiente era todo un alivio, pero no iba a dejar una gran herencia a sus hijas cuando falleciera. Como tampoco esperaban heredar nada y les había ido bien profesionalmente, las mellizas habían invertido sus ganancias de un modo inteligente. Además, Angus era un escritor de éxito y su familia era de posibles. A veces Hope se sentía fatal porque sabía que su madre estaba sola. Faith siempre decía que eso era preferible a que estuviera casada con un impresentable que se estuviera fundiendo su dinero o haciéndole la vida imposible, y de hecho ella misma se aplicaba el cuento. Hope le recordó que no todo el mundo era tan autosuficiente como ella, ni prefería estar solo. Su madre prefería tener compañía, pero lo había intentado tres veces y no había encontrado al hombre adecuado.

—¿Por qué mamá iba a querer casarse ahora? Tiene cuanto necesita. Un hombre lo fastidiaría todo a estas alturas. Está mejor como está ahora —dijo Faith con franqueza.

No estaban de acuerdo en eso. Hope siempre había sospechado que su madre habría preferido tener un hombre en su vida en lugar de estar sola, pero hacía mucho tiempo que no salía con nadie. Se había centrado en sus hijas cuando eran niñas. Con su presencia, siempre había llenado ampliamente el hueco que dejaban las largas ausencias del padre de las mellizas, quien visitaba Nueva York con Beata una o dos veces al año para ver a algunos amigos. A las chicas nunca les había gustado ir a Alemania a visitarlo en verano. Siempre tenían la sensación de que allí sobraban y no pintaban nada. Beata las trataba con respeto, pero no era una persona afectuosa y no tenía hijos. Siempre habían tenido claro que su padre se había casado con ella para gozar de un determinado estilo de vida que para él era preferible a trabajar, pero no estaba locamente enamorado de ella. Como interpretaba bien su papel de esposo devoto, habían permanecido casados durante casi treinta años. Era un tipo de relación consensuada que, en su caso, parecía funcionar. Beata tenía un esposo guapo y distinguido, y él viajaba mucho por su cuenta. Su familia se había quedado sin dinero cuando él era joven. Y en las segundas nupcias había conseguido un matrimonio ventajoso. No había trabajado desde que se había casado con Beata. Y su familia era conocida en la sociedad neoyorquina desde hacía varias generaciones. Para las mellizas, era un buen ejemplo de lo que no querían hacer. Hope se había casado con Angus por amor y era feliz. Y Faith era perfectamente feliz estando soltera, aunque tenía alguna relación ocasional, que nunca duraba mucho. Ella no quería tener un esposo que le dijera qué debía hacer, en qué debía gastar su dinero o que le dirigiera la vida.

Las mellizas conversaron media hora, y luego Faith se dirigió a su oficina. Su escritorio estaba organizado de una manera impecable, tal y como lo dejaba todas las noches. Había tenido que preparar dos grandes bodas justo antes de las vacaciones navideñas, pero después de esas fechas siempre reinaba la calma. Por lo visto, nadie se casaba en enero. Pero como la gente empezaba a planificar bodas veraniegas justo después de las Navidades, sabía que enseguida iba a estar atareada; sobre todo si aceptaba los encargos de los tres clientes nuevos que tenía previsto ver esta semana. Faith podía elegir qué bodas organizaría. Era la mejor de la ciudad. Si se trataba de algo demasiado ostentoso y vulgar, o de muy mal gusto, siempre rechazaba el encargo con elegancia, explicando al cliente que tenía la agenda llena y que no iba a poder hacer un buen trabajo. Tenía la sensación de que el primer cliente al que iba a ver quería celebrar una gran boda. El cliente que le había recomendado que acudiera a ella se había gastado, el año anterior, casi dos millones de dólares en la boda de su hija en su finca de Long Island. Había sido una boda espectacular de seiscientos invitados, con la que Faith había ganado un dineral. Bodas como esa siempre traían clientes nuevos. Ya la había recomendado a otras dos personas por su excelente labor.

Las únicas bodas que odiaba eran las que se celebraban en sitios exóticos. Era muy difícil organizarlas bien, ya que, dependiendo de la ubicación, tenía que tratar con proveedores locales que no conocía. Solía evitarlas si era posible. Le encantaban las bodas que se celebraban en hogares, siempre que las casas fueran lo bastante grandes. Había organizado muchas en algunas fincas magníficas. También había organizado bodas más sencillas, si le caía bien el cliente y el presupuesto resultaba viable. Le apasionaba hacer realidad los sueños de los demás. Su labor consistía en comprender lo que la gente quería y obrar su magia para convertir sus ilusiones en realidad.

Siempre le encantaba ver, cuando la novia avanzaba por el pasillo, qué cara ponía al verla por primera vez el novio, el cual solía tener lágrimas en los ojos. Era como si se abriera la puerta de su futuro, donde todo lo que esperaban que ocurriera iba a ocurrir. Era un día muy especial, y adoraba formar parte de él. Aunque ya no soñaba con casarse ni quería hacerlo, le entusiasmaba ayudar a otros que todavía creían en ese sueño. Ella había optado por renunciar a ese sueño libremente, así que no se sentía decepcionada por no casarse. Para organizar una boda con éxito, también se necesitaba una dosis de imaginación y contar con una buena logística, así como tener a los mejores proveedores del mundo, que nunca la decepcionaban.

Mientras se hacía otra taza de té, oyó entrar a Violet, su asistente. A Faith no le gustaba tener muchos empleados, porque al final molestaban y no aportaban nada, y le bastaba con tener una limpiadora, que venía a diario, y una ayudante en la oficina. El resto lo hacía todo ella misma. Estaba sentada ante su escritorio cuando Violet entró en la habitación. Era una joven brillante y sonriente que adoraba su trabajo y que, de alguna manera, siempre lograba alegrarle el día a Faith. Tenía veintinueve años y llevaba tres trabajando para ella. Trabajaban bien juntas, y Violet sabía tratar de una forma maravillosa a las novias y lidiar con las madres con discreción y paciencia cada vez que reinaba la tensión en el ambiente, lo cual sucedía a menudo entre madres e hijas mientras planeaban el Gran Día. Los padres rara vez se preocupaban por los detalles, solo por las facturas. Pero acudir a Faith para organizar una boda nunca salía barato. Su reputación la precedía. Iban a tener una boda inolvidable por la que pagarían una suma considerable. Pero valdría mucho la pena.

Para la reunión, Faith había optado por un traje pantalón negro muy sencillo y unos zapatos de tacón alto. Siempre vestía de una manera adecuada cuando iba a reunirse con unos clientes. No importaba quiénes fueran. Violet, que vestía una falda negra y un sencillo suéter blanco de cachemira, también calzaba unos zapatos de tacón alto. Podía ponerse unos vaqueros cuando trabajaba en otro sitio, pero nunca en la oficina. Violet jamás decepcionaba a Faith.

—¿Qué sabemos sobre los Albert? —le preguntó a Faith mientras se llevaba la taza de té ya vacía.

Faith sonrió.

—No mucho. Es un gran promotor inmobiliario. Los Ferdinand les recomendaron contratarnos, así que tengo la sensación de que será un gran evento. Lo sabremos en unos minutos.

Debían llegar en cinco minutos, y Faith esperaba que los clientes fueran puntuales.

Media hora más tarde, todavía estaban esperando a los Albert. No habían llamado para decir que llegarían tarde. Faith volvió a mirar su reloj. El timbre sonó cuarenta minutos después de la hora prevista, y Violet fue a abrirles la puerta.

Los condujo a la sala de estar de la planta principal donde Faith solía recibir a los clientes durante la jornada laboral. Esta metió varias carpetas y un bloc en un portafolio de cuero para tomar notas durante la reunión. Entró justo cuando se sentaban, y Violet se marchó para colgar sus abrigos. El de la señora Albert era de visón y de un color rojo intenso.

En cuanto los vio, Faith pudo adivinar qué tamaño iba a tener la boda y de qué estilo iba a ser. Jack Albert, el padre de la novia, era un hombre fornido que vestía un traje caro y llevaba un gran reloj de oro de pulsera. Su esposa, Miriam, vestía un traje rojo de Chanel, llevaba un gran anillo de diamantes y demasiadas joyas y perfume encima para ser una hora tan temprana. En contraste, su hija, que se suponía que era la novia, llevaba unas mallas, unas botas militares y un viejo suéter gris agujereado. Tenía tatuada una llamativa rosa en la muñeca izquierda y llevaba recogida su enmarañada melena rubia con una horquilla. Parecía que no le importaba su aspecto y daba la impresión de que se sentía incómoda. Era una chica atractiva, y no se la veía precisamente contenta de estar ahí con sus padres. Faith supuso que tenía unos veintitantos años, treinta como máximo; era, más o menos, de la misma edad que su ayudante. Jack hizo hincapié en que Annabelle no trabajaba. Aunque había ido a la universidad, nunca había buscado empleo. Y afirmó que no le hacía falta. También comentó que Jeremy, el novio, trabajaba en el negocio de su padre a veces, cuando le apetecía. Jack se mostró muy generoso a la hora de compartir información.

Faith le entregó una carpeta a cada uno de ellos; contenía algunas fotografías de muestra, unas cuantas ideas y una lista de los materiales básicos que solía utilizar, para que pudieran irse a casa con la sensación de que sabían qué tipo de bodas organizaba. Las fotografías mostraban una amplia gama de bodas, tanto las que se habían celebrado en la ciudad como en el campo, así como algunas de las más famosas que había organizado para ciertas celebridades. Ella pudo deducir, al mirar a los Albert, que una de sus prioridades iba a ser mantener la boda dentro de los límites del buen gusto. Esa solía ser una de sus labores más importantes, así como la de mediar entre la novia y sus padres si tenían puntos de vista distintos. Se preguntó a quién se le había ocurrido la idea de acudir a ella. Sospechaba que, en este caso, a los padres y no a la novia. Supo que había acertado en cuanto Jack Albert explicó que su hija mayor, Eloise, se había casado en secreto cinco años antes. Dijo que esta vez iban a organizar una boda como estaba mandado. Sin duda, su intención era que esta compensara la que no habían podido celebrar.

—Se divorció un año después —añadió, con una mirada de desaprobación.

Annabelle, la novia, puso cara de hartazgo. Había oído eso mil veces. Su padre estaba sugiriendo que ese matrimonio había estado condenado al fracaso porque su hermana no había celebrado una gran boda con la que sus padres le hubieran dado el visto bueno. Jack también hizo un comentario extraño sobre el prometido de Annabelle, algo acerca de que había habido que «persuadirlo para que asumiera su responsabilidad». Faith se preguntó qué significaba eso. A lo mejor Jack le había dado dinero, o regalado un Ferrari u ofrecido sus contactos para conseguir un trabajo mejor, o a lo mejor lo había amenazado. Asimismo, se preguntó si el novio era un cazafortunas o simplemente no estaba preparado para casarse. En cualquier caso, lo habían convencido, al parecer, ya que, si no, no estarían ahí.

Faith ya podía intuir que querían celebrar esta boda para lucirse y presumir ante sus amigos, y tal vez incluso ante sus socios comerciales. Jack Albert era un promotor inmobiliario de gran éxito que había construido varios rascacielos en la ciudad. Dijeron que querían celebrar la boda en su finca de East Hampton.

—Quieren invitar a setecientas personas —dijo Annabelle con cara de enfado.

Faith sonrió a los tres, mientras que Miriam Albert contemplaba los cuadros de las paredes. La casa de Faith era sencilla, moderna y estaba decorada con mucho gusto. Se había ocupado de todo ella misma, y los cuadros eran de unos artistas muy conocidos.

—Tal vez podamos dejarlo en trescientas o cuatrocientas. ¿Qué te parece? —le preguntó a la novia, como si estuvieran solas en la habitación, y Annabelle sonrió por primera vez.

—Sí, eso sería mejor. Yo quería una boda íntima. Por eso mi hermana se casó en secreto. No quería montar un circo, y yo tampoco.

—La boda va a ser el 4 de julio —dijo Miriam Albert, hablando así por fin—. Y nos gustaría que hubiera fuegos artificiales.

No le preguntó a su hija si le parecía bien. Era una decisión que había tomado ella. Annabelle no dijo nada, pero volvió a poner cara de hartazgo.

—Todo es posible. —Faith sonrió de forma cordial—. Simplemente no queremos que haya demasiadas cosas que nos distraigan de la feliz pareja.

Pudo ver que Annabelle se relajaba. Faith tenía que ganarse su confianza antes de empezar a organizar la boda. Gracias a su eficiencia y serenidad, y a que no se dejaba influenciar por los padres de Annabelle, estaba consiguiendo que la novia se fiara de ella.

—Y queremos una carpa de cristal con unas lámparas de araña —continuó diciendo la madre de la novia—. Y dos grupos de música.

—Me gustaría hacer una visita al lugar, si eso les parece bien; así les podré ofrecer luego algunas sugerencias. Es difícil hacerlo sin ver dónde se va a celebrar la boda.

Jack asintió al oír eso, y Annabelle también. Era lógico. Aparte de tener talento, Faith era pragmática y quería que todo fuera como la seda; sus bodas siempre se celebraban sin contratiempos. También era famosa por eso.

Tomó algunas notas sobre lo que habían comentado: sobre los fuegos artificiales, la carpa, las lámparas de araña. Estuvo una hora intentando hacerse una idea de lo que cada uno de ellos quería. Jack y Miriam claramente querían presumir. Annabelle quería algo más profundo y significativo y no tan agobiante como sus padres tenían en mente. El trabajo de Faith consistía en equilibrar ambos puntos de vista para organizar una boda que a Annabelle le encantaría y que haría que sus padres tuvieran la sensación de que habían invertido bien su dinero.

—Si lanzamos los fuegos artificiales al final de la boda, no serán una distracción, sino una forma bonita de despedirse de la pareja justo cuando inicia una nueva vida —sugirió. Podía ver que ya había convencido a los padres y ahora tenía que encontrar la manera de persuadir a Annabelle—. ¿Ya has buscado un vestido?

Annabelle negó con la cabeza.

—Estamos pensando en un vestido de alta costura de Dior —contestó Miriam.

Annabelle no dijo nada. Sin lugar a dudas, aún no tenía claro qué quería. Solo estaba segura de una cosa: de lo que no quería, y casi todo lo que no quería ocupaba un lugar destacado en la lista de requisitos de sus padres.

—Con una cola larga y un velo bordado —añadió Miriam—. Dentro de tres semanas, iremos a París para ver los desfiles de alta costura.

—Y a algunos otros diseñadores —dijo Annabelle.

Faith se preguntó cuántos tatuajes más se había hecho. Le daba la sensación de que tenía más, lo que podría dictar qué tipo de vestido iba a llevar, a menos que quisiera mostrarlos, opción que algunas novias escogían.

—Tenemos mucho trabajo que hacer —afirmó Faith, sonriendo.

Cuando se fueron, le dio a cada uno un ejemplar de sus tres libros. Habían acordado una fecha para que Faith visitara su finca de Long Island, y ella los animó a llamarla si tenían alguna duda; estaba convencida de que la tendrían. Jack había dejado caer que el dinero no era un problema, lo cual normalmente indicaba que se iba a enfrentar a su mal gusto. Pero estaba preparada para eso, ya que lo que mejor se le daba era llevar las riendas de la boda de tal modo que se impusiera el buen gusto, por muy lujosa que fuera. Sus bodas nunca eran vulgares. No iba a permitir que las cosas se desmadraran.

Cuando ya se iban, empezó a nevar. Los acompañó hasta la puerta y reparó en que un conductor los esperaba en la calle en un Mercedes Maybach. Se había imaginado que sería algo así, o un Rolls.

A pesar de que ya se habían marchado, todavía podía oler el perfume de Miriam.

—¿Cómo ha ido todo? —le preguntó Violet a su jefa cuando esta entró en la oficina.

Faith sonrió y suspiró.

—Ha sido interesante. Los padres quieren que sea muy espectacular, que haya setecientos invitados y que se lancen unos fuegos artificiales el 4 de julio. La novia quiere una boda más íntima, pero no va a salirse con la suya. Creo que podremos rebajar un poco las pretensiones de sus padres. La semana que viene iré a ver su finca. Ellos están pensando en el Caesars Palace; y yo, en Versalles —respondió.

Violet se rio. Estiró el brazo para coger la libreta encuadernada en cuero de su jefa, y Faith se dio cuenta inmediatamente de que algo brillaba en su mano izquierda.

—¿Qué es eso? ¿Algo nuevo? —preguntó una sorprendida Faith.

Violet se sonrojó.

—Pasó, sin más. Jordan me propuso matrimonio en Nochevieja. Pero no te preocupes, no podemos permitirnos una luna de miel, así que solo estaré una semana de vacaciones.

Al instante, puso cara de preocupación; no quería que su jefa se enfadara.

—¿Y cuándo se supone que os casaréis? —le preguntó Faith—. Esperemos que no sea en temporada alta; en junio, julio o agosto.

—Estamos pensando en mayo. Sé lo ocupada que estás en junio. Te iba a preguntar sobre el tema hoy mismo.

—Me parece perfecto. —Faith sonrió, pues se alegraba por ella. Además, en mayo seguía haciendo demasiado frío en Nueva York como para que se celebraran muchas bodas—. ¿Tienes ya un sitio donde celebrarla?

—Hay un restaurante italiano cerca de casa de mis padres que mi padre ha pensado que estaría bien.

—Veamos si se nos ocurren algunas otras ideas que le gusten y que podrían ser más de tu estilo. Me lo pensaré.

A Faith le encantaban los retos, y Violet sonrió. No podía darse el lujo de pagar una boda organizada por Faith Ferguson, pero tal vez su jefa podría hacerle algunas buenas sugerencias que no se le fueran del presupuesto. Le encantaba trabajar para ella. Era alguien con quien Violet sabía que podía contar, y el trabajo era divertido y emocionante. Había aprendido mucho de Faith.

—Te deseo lo mejor, Violet —dijo de un modo adecuado, ya que «felicitar» a la novia no era lo correcto, tal y como contaba en su libro—. Espero que ambos seáis muy felices.

Había visto al novio una vez y le había parecido que era un buen chico. Había estudiado para ser contable, y trabajaba para una startup; hoy por hoy, es difícil saber quién acabará triunfando algún día. Algunas empresas que ahora triunfan comenzaron siendo muy pequeñas.

Habían estado saliendo durante más de un año. Faith anotó mentalmente que debía buscar algunos lugares donde celebrar la boda, ya que sabía que no podían gastar mucho dinero en el evento; tal vez podría ayudarles, e incluso obtener algún descuento para Violet, al menos para el vestido.

Después, se sentó tras su escritorio para tomar unas notas preliminares sobre la boda de los Albert del 4 de julio. Tenía mucho en que pensar e iba a ganar mucho dinero con ella, pero era la boda de Violet la que la hacía sonreír y llenaba de alegría. No era tan dura y cínica como la gente pensaba. Violet iba a tener una boda que encarnase el verdadero sentido que debería tener una boda, en la que se celebraba un día muy especial para dos personas enamoradas, cuya futura vida en común brillaba como una estrella reluciente. Faith sería quien la guiaría y ayudaría a tener una boda que sería un recuerdo precioso para siempre. A Faith le encantaba su trabajo y le daba igual que las bodas que organizaba tuvieran millones de dólares de presupuesto o que fueran mucho más modestas como la de su ayudante; siempre obraba su magia con las novias, mientras no tuviera que ser una de ellas.