
Los más pequeños me hacen preguntas.
Quieren saber cosas del mundo de antes.
Yo soy el mayor. Tengo que saber las respuestas.
«¿Volaste, Greyson? ¿Por el cielo? ¿Como un pájaro?».
«Sí. Con mi abuelo».
«¿Cómo?».
No lo sabía. Solo tenía cinco años, y recuerdo haber mirado hacia abajo, hacia el suelo que se alejaba, mientras mi abuelo me tenía en brazos y lloraba.
Nunca lo vi llorar otra vez.
Primero cayó una estrella. Luego, seis más.
Y ya no hubo tiempo para llorar, ni para explicar cosas, como volar.
Solo hubo tiempo para huir.
Tai y Uella se me sientan en el regazo.
«¿Nos vas a enseñar a volar?».
«No. Os voy a enseñar otras cosas».
Cosas que os servirán para seguir con vida.
Greyson Ballenger, 15 años

Un rayo de luz cargado de polvo se abrió camino a través de la piedra y me incliné hacia él para robarle un poco de calor. Soy una ladrona. Me tendría que resultar fácil. Pero el calor me esquivó. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Cinco días? ¿Un mes? ¿Once años? Llamé a mi madre, y luego me acordé. «Eso fue hace toda una vida. Ya no está».
El fino haz de luz solo llegaba tras largos periodos de oscuridad, ¿una vez al día? No estaba segura. Y, cuando llegaba, no se quedaba mucho tiempo. Pasaba de largo como un mirón curioso. «Anda, ¿qué es eso?». Me apuntó al vientre, a la camisa con costras de sangre seca. «Caray, qué mala pinta. No sé, que te lo vean». ¿Se oyó una carcajada mientras se iba? ¿O era un señor de los barrios que se reía de mí?
Aún no estaba muerta, así que sabía que el cuchillo que me habían clavado en el vientre no había acertado en ningún órgano vital. Pero la herida supuraba amarilla y tenía la frente ardiendo, se me colaba dentro el hedor de la celda.
Y se me escapaban los sueños.
Las ratas corretearon invisibles por un rincón. Synové no había dicho nada de las ratas. Recordé que me había contado su sueño. «Soñé que estabas encadenada en una celda… cubierta de sangre». Recordé su cara de preocupación. Recordé cómo calmé sus temores. «A veces los sueños no son más que sueños».
Y a veces los sueños eran más, mucho más.
«¿Dónde está Jase?».
Oí un ruido, un traqueteo, y alcé la vista. Tenía visita. Estaba en un rincón, de pie, mirándome.
—Tú —dije. La voz me sonó extraña, débil, quebradiza—. Vienes a por mí. Te estaba esperando.
Negó con la cabeza.
«No. Todavía no. No será hoy. Lo siento».
Y se marchó.
Me quedé tirada en el suelo, con las cadenas contra las losas, hecha un ovillo para tratar de calmar el dolor de las entrañas.
«Lo siento».
¿La Muerte me pedía perdón?
Ahora ya lo sabía. Me esperaban cosas peores que la muerte.

Dos semanas antes
Jase entró por la puerta, desnudo como una naranja pelada.
Me empapé del espectáculo cuando cruzó la habitación y cogió los pantalones del suelo. Se los empezó a poner, vio que lo miraba y se detuvo.
—Si quieres aprovecharte de la vulnerable posición en que me encuentro, esto puede esperar.
Arqueé una ceja con gesto de haber entendido.
—Creo que ya me he aprovechado bastante esta mañana. Vístete, patrei, hoy tenemos que hacer muchos kilómetros.
Puso cara de abatimiento.
—A tus órdenes.
Sabía que él también quería ponerse en marcha. Íbamos a buen ritmo, pero, entre el viaje a Marabella y el camino de vuelta, llevábamos más de dos meses fuera de la Atalaya de Tor. Se puso la camisa, con la piel caliente todavía desprendiendo vapor al aire fresco. El ala tatuada del pecho le brillaba en la suave neblina. Aquel alojamiento nos había dado acceso a un manantial caliente. La noche anterior, a remojo, nos habíamos quitado el polvo de kilómetros y kilómetros de viaje, y luego otra vez por la mañana. Era un lujo que no nos apetecía dejar atrás.
Mientras Jase terminaba de vestirse, me dirigí hacia la ventana. La mansión estaba casi en ruinas, pero quedaban atisbos de su grandeza pasada, intricados suelos de mármol de vetas azules que conservaban cierto brillo en los rincones, columnas imponentes, un techo que alguna vez estuvo pintado, fragmentos de una nube, el ojo de un caballo, una mano bellamente trazada, pero sin rastro de cuerpo alguno, en el yeso agrietado. ¿Habría sido el hogar de un gobernador Antiguo? ¿Tal vez del propio Aaron Ballenger? La opulencia susurraba como un cisne moribundo.
En los alrededores había edificios auxiliares, muchos, que parecían ocupar kilómetros. No habían resistido la devastación de la caída de las estrellas y del tiempo, y los bosques se los habían vuelto a llevar a la tierra envueltos en dedos esmeralda. La mansión se alzaba en una cornisa rocosa, pero también lucía una diadema verde de árboles y lianas. En algún momento debió de ser muy bella y majestuosa. Seguro que los que recorrieron sus salones creyeron que aquella perfección duraría para siempre.
Antes de partir de Marabella, Sven, el ayudante del rey, nos había trazado una ruta norte que discurría en paralelo a Infernaterr. El mapa incluía refugios y hasta algunos manantiales de agua caliente. Era un trayecto algo más largo, pero nos dijo que el clima nos afectaría en menor medida. Se acercaba la temporada de las tormentas, y en Infernaterr el calor era permanente. Habíamos recorrido un buen trecho en tres semanas. A aquel ritmo, en unos días más llegaríamos a la Atalaya de Tor. Cuanto más nos acercábamos a casa, más subía la emoción en la voz de Jase. Estaba eufórico con los cambios que pensaba hacer.
Teníamos un plan. Jase iba a hacer cosas. Yo iba a hacer cosas. Íbamos a hacer cosas juntos. Yo albergaba ciertos temores, pero también estaba eufórica. Por fin podía reconocer que adoraba la Boca del Infierno. Me vibraba en la sangre como el primer día, cuando llegué a caballo, solo que ahora no sería una intrusa que iba a causar problemas. Los problemas cabalgarían junto a mí, y yo iba a ser parte de aquello, contribuiría a que la Atalaya de Tor se convirtiera en algo más grande.
No hablamos de otra cosa durante la primera semana de viaje: las marcas de las fronteras del diminuto nuevo reino, la revisión de las normas del comercio. Cualquier sueño de apoderarse de la arena y la Boca del Infierno quedaría desterrado para siempre en cuanto se supiera que la Alianza iba a reconocer de manera formal la soberanía de la Atalaya de Tor. Se convertiría en el decimotercer reino. O en el primero. Sonreí al recordar la audacia de Jase ante la generosidad de la reina al insistir en lo de que eran el primero.
Mi posición como enlace no era un puesto honorífico. Yo seguía siendo una rahtan y, más importante todavía, seguía al servicio de la reina. Me había encomendado que asegurara una transición pacífica. También creía que una representante de un reino importante daría peso y estabilidad al cambio, y me advirtió que la resistencia podía llegar de donde menos me lo esperase.
También me había encomendado una misión adicional, mi prioridad en cuanto llegara. Le había contado las últimas palabras cargadas de culpa del erudito más joven: «Lo siento… Destrúyelos». Pensábamos que habíamos quemado todos los documentos, pero, si quedaba la menor duda, era muy preocupante.
«Necesitamos tener controlados esos papeles, Kazimyrah. Si no me los puedes hacer llegar con garantías, destrúyelos. No tenemos ni idea de qué información se llevaron los eruditos cuando escaparon tras la caída del komizar, o qué han estado desarrollando desde entonces. No podemos permitir que caigan en malas manos si hay la más remota posibilidad de que se repita una carnicería… o algo peor».
¿Qué podía haber peor?
Solo una cosa era peor que la Gran Batalla. La devastación.
Apenas hubo un puñado de supervivientes, y las cicatrices habían dejado marcado el mundo.
Le aseguré que sería lo primero que haría.
También me pidió que le mandara algún libro de historia si era posible.
«Quiero leer más sobre esas tierras. Greyson Ballenger fue un líder valeroso. Tan joven y tan decidido a proteger a los demás de los carroñeros… No siempre se necesita un ejército para salvar al mundo. A veces basta con una persona que no permita que el mal triunfe. Los héroes como Greyson y aquellos veintidós niños son los que me sirven de inspiración».
Los que le servían de inspiración a ella, a la reina. No entendía que ella inspiraba a casi todo el continente. Me inspiraba a mí. Había hecho que me viera a mí misma de manera diferente. Pese a los harapos, pese a mi pasado, consideró que merecía que me salvara. Me inspiró para ser mejor de lo que otros esperaban de mí. La reina creyó en mí, y eso me hizo creer en mí misma. No me retiró su confianza ni cuando hice que todo mi grupo acabara entre rejas.
Y ahora contaba conmigo, y eso me llenaba de orgullo.
Me imaginaba que, a aquellas alturas, Gunner ya habría dado con los papeles misteriosos y estaría tratando de descifrar sus secretos. Pero, dijeran lo que dijeran, me los tendría que entregar, tanto si quería como si no. Si los Ballenger no cumplían las condiciones, la Atalaya de Tor perdería el reconocimiento. Y yo sabía cómo hacer que me los entregara. Nada me iba a impedir cumplir la promesa que había hecho a la reina, ni ver a la Atalaya de Tor ocupar su puesto entre los reinos. No era solo el sueño de Jase: también era el mío. Y lo más probable era que, a aquellas alturas, los papeles ya estuvieran olvidados, porque Gunner había tenido que ocuparse de otras cosas, como preparar el regreso de Jase.
Jase había enviado un mensaje a Gunner para decirle que estaba de vuelta y que llegaría con buenas noticias. No quiso decirle nada más. La perspectiva de que la Atalaya de Tor fuera reconocida como reino tras tanto tiempo era muy emocionante, pero quería explicarlo todo en persona, en lugar de dejar que Gunner anunciara de manera impulsiva cosas que Jase y la reina aún no querían hacer públicas. Tampoco había mencionado que yo iba con él. Eso también requería explicaciones en persona, más de las que se podían transmitir en una nota breve. Pero, al menos, la familia de Jase sabía que estaba en camino de regreso.
El mensaje enviado con un valsprey llegaría a los Ballenger por la ruta indirecta del mercado negro por la que recibían siempre los mensajes: primero, al entrenador de valspreys, en las oficinas de mensajes de Parsuss, donde los Ballenger tenían un colaborador secreto. La reina había arqueado las cejas al enterarse, y Jase tuvo que prometer que también pondría remedio a aquella pequeña ilegalidad. Y, claro, el nuevo reino pronto dispondría de sus propios valspreys entrenados, así que ya no tendría que hacerse con ellos por medios más que dudosos. El rey dijo que contáramos con que el entrenador de valspreys llegaría en pocos meses.
Oí el roce de unos pies contra el suelo sucio de mármol y sentí el calor de Jase contra mi espalda. Aún irradiaba la calidez del manantial. Me puso las manos en los hombros.
—¿Qué miras? —me preguntó.
—La belleza perfecta. Las cosas perdidas. A nosotros.
—¿A nosotros?
—Estas últimas semanas han sido…
No sabía cómo terminar la frase, pero sí que los últimos días que habíamos pasado juntos tenían algo que no quería perder, algo inmaculado, casi sagrado. Nada exterior se había interpuesto entre nosotros. Tenía miedo de que eso cambiara.
—Lo sé, Kazi. Lo sé mejor que nadie. —Me apartó el pelo y me dio un beso en el cuello—. Pero esto no es el final. No es más que el principio, te lo prometo. Con todo lo que hemos pasado juntos, nada podrá separarnos. Lo siento, pero tendrás que cargar conmigo.
Cerré los ojos y me dejé inundar por su tacto, su olor, por cada palabra que me decía. «Te lo prometo».
Las cosas entre nosotros habían cambiado de una manera que no me parecía posible.
Ahora entendía el peso intolerable de los secretos. No sabemos la carga que representan hasta que no nos la quitamos de encima. Las últimas semanas habían pasado volando con la ligereza casi vertiginosa de la verdad.
Lo compartimos todo en libertad, sin elegir ya las palabras. Creía saber mucho sobre Jase, pero aprendí mucho más, los detalles cotidianos que habían dado forma a su personalidad, desde los más banales a los más atormentados. Descubrí su lado vulnerable, la preocupación durante la agonía de su padre, las nuevas responsabilidades que le habían caído encima. Había pensado que pasarían años antes de que le tocara cargar con el peso de ser el patrei, pero de pronto, a los diecinueve años, todas las decisiones recaían sobre él.
Me contó un secreto que nunca había compartido con nadie. Era acerca de su hermana Sylvey, lo que le había suplicado, lo culpable que se sentía por habérselo negado, por no haber creído lo que Sylvey ya sabía, que se estaba muriendo. Habían pasado cuatro años, pero la herida seguía abierta, y se le rompió la voz al contármelo. Me ayudó a conocerme mejor a mí misma, a entender las elecciones imposibles tomadas en un momento fugaz, los remordimientos que enterramos en lo más hondo, las cosas que haríamos de otra manera si volviéramos a tener la ocasión, si pudiéramos dar marcha atrás, devolver la prenda a su estado de ovillo de lana y tejer algo diferente. «Corre, Kazi, agarra el palo. Pégale en la entrepierna, en la nariz, rómpele la tráquea». ¿Por qué no lo hice? Una elección diferente y todo habría sido de otra manera. Pero la voz de mi madre seguía sonando con fuerza. «No te muevas. Ni una palabra».
En el caso de Jase era al revés. No había escuchado. La última mirada en los ojos vidriosos de Sylvey antes de que los cerrara para siempre aún lo perseguía. Titubeó al compartir el que tal vez fuera su secreto más oscuro: que se había llevado el cadáver del mausoleo para enterrarlo al pie de las Lágrimas de Breda, en las montañas Moro. En la Boca del Infierno, en toda Eislandia, profanar una tumba era un sacrilegio, un crimen castigado con la muerte. Ni su familia sabía lo que había hecho. Me imaginé la tortura que había supuesto aquel viaje a solas, con el cadáver envuelto cruzado en la silla de montar, por el sendero oscuro de la montaña.
Otras verdades fueron más difíciles de compartir y afloraron por capas. Algunas estaban enterradas tan profundas que no eran más que un dolor vago al que no hacíamos caso. Nos ayudamos el uno al otro a sacarlas a la luz. «¿Cómo sobreviviste sola, Kazi?». No me estaba preguntando por el día a día, por cómo comía o cómo conseguía ropa. Eso ya se lo había contado. Se refería a la soledad cotidiana de no poder contar con nadie. Para él, era inconcebible. No supe responderle, porque ni yo lo sabía. Algunos días me parecía que lo único que quedaba de mí era una sombra hambrienta, que iba a desaparecer sin que nadie se diera cuenta. Tal vez eso me había ayudado a pasar desapercibida con tanta facilidad.
La sinceridad era un elixir embriagador y yo quería cada vez más, pero, a medida que nos acercábamos a la Atalaya de Tor, fui sintiendo el peso de unos secretos nuevos. Me preocupaban muchas cosas sobre la familia de Jase y no se lo quería decir, porque sabía que les quitaría importancia. Él era el cabeza de familia, el patrei, le iban a hacer caso. Pero ¿de verdad se podía borrar el odio con una orden? Y el odio de su familia hacia mí había sido visceral. Arraigado hasta los huesos.
«Te voy a sacar los ojos y se los voy a echar a los perros».
Esa era la «familia» a la que estaba volviendo. No se trataba solo de las amenazas de Priya, sino del abismo de la confianza que se había roto, tal vez de manera irreparable, por mucho que quisieran a Jase. Recordé el gesto de dolor de Vairlyn cuando me llevé a su hijo a punta de cuchillo. Para ella yo sería siempre la chica que invadió su hogar, la chica que había mentido y robado en su casa.
Hasta la dulce inocencia de Lydia y Nash se habría enturbiado ya. No les habrían podido ocultar los detalles de la desaparición de Jase. Además, estaba el tema de Gunner y sus crueles comentarios cuando supo lo que Zane le había hecho a mi familia. Por muy hermano de Jase que fuera, el odio que sentía hacia él no se había mitigado en las últimas semanas. No podía olvidar aquella noche. Y ellos tampoco podrían.
—Ya sé que tu familia significa mucho para ti, Jase. No quiero que te veas atrapado en medio ni que tengas que elegir bando.
—Ahora mi familia eres tú, Kazi. No hay elección. Tienes que cargar conmigo, ¿recuerdas? Y ellos, también. Así funciona esto de la familia. Confía en mí, te aceptarán. Ya te querían, y volverán a quererte. Y más importante todavía, te estarán agradecidos. Los Ballenger habíamos bajado la guardia. No me cabe duda de que, sin ti, a estas alturas todos habríamos muerto.
No era la primera vez que me lo decía, y me había contado detalles de otras masacres que habían sufrido los Ballenger. En ese sentido, yo tampoco albergaba la menor duda. Habrían ido a por Jase en primer lugar para matar al más fuerte y luego seguir con los demás. ¿Cómo habría sido? ¿Un cuchillo inesperado por la espalda cuando fuera a examinar los progresos de Beaufort? Sabíamos que era inminente. Antes de mi intervención, Beaufort había calculado que sus planes darían fruto en tan solo una semana. Ya habían pedido más suministros e iba a empezar la producción. Estaban buscando otros herreros para ayudar a Sarva a crear dos docenas más de lanzadores. Pero la familia de Jase solo sabía lo que habían visto, no lo que podría haber pasado, y lo que habían visto era mi traición, no la de Beaufort. No tenían más prueba que mi palabra acerca de su plan para dominar los reinos, y mi palabra competía con las promesas que él les había hecho. Sí, Jase iba a estar de mi lado, y sí, tal vez bastaría con eso, pero no estaba segura. Yo no comprendía bien las emociones y complejidades de una familia, y tenía miedo de que fuera demasiado tarde para aprender.
—Nunca he tenido familia, Jase. No se me da bien…
—Tienes a Wren y a Synové. Son como una familia.
Sentí un aguijonazo cuando las mencionó. Ya las echaba de menos, y mucho más de lo que había imaginado. Estábamos acostumbradas a separarnos durante periodos cortos de tiempo, cuando nos encontrábamos en misiones diferentes, pero al volver siempre nos esperaban los camastros juntos, en una fila bien ordenada. Y en esta ocasión yo no iba a volver. Durante las pasadas semanas me había preguntado a menudo qué tal les iría. Sí, Wren y Synové eran lo más parecido que tenía a una familia. Habrían dado la vida por mí, y yo por ellas. Nos habíamos convertido en hermanas en un sentido muy real, aunque nunca lo dijimos en voz alta. La familia era un riesgo del que tal vez nunca te recuperaras, y la vida que llevábamos, la vida que habíamos elegido, era peligrosa. La justicia ardía en nosotras, la llevábamos grabada a fuego en la piel desde el día en que nos arrebataron a nuestras familias. Las palabras que no habíamos pronunciado eran una red de seguridad. La familia de Jase era una unidad sólida, todos iguales, siempre juntos. Yo no sabía si podía formar parte de una familia así.
—Y tuviste a tu madre —añadió—. Pasasteis poco tiempo juntas, pero fue tu familia.
Ya habíamos hablado de mi madre. No nos reservamos ni los secretos más antiguos, los más dolorosos. Cuando se lo conté, se le formaron arrugas profundas en torno a los ojos. Sufrió tanto como yo mientras se lo decía, y se arrepintió de que su familia hubiera dado refugio y empleo a los previzios.
—Todo saldrá bien —me prometió, y me dio un beso en la oreja—. Y no tiene que ser de un día para otro. Tenemos tiempo. Nos iremos adaptando a los cambios.
Así que sabía que nos esperaban momentos difíciles.
—¿Lista para ponernos en marcha?
Me di la vuelta para quedar frente a él y lo miré de la cabeza a los pies antes de dejar escapar un suspiro.
—¿Ya te has vestido? Menos mal. En cuanto ocupe mi posición como justicia, te voy a atar muy corto, patrei.
—¿Hoy toca justicia? Ayer ibas a ser la embajadora Brumaluz.
—La reina ha dejado el puesto a mi criterio. Dependerá de cómo te portes.
—¿Piensas arrestarme? —preguntó, con más ganas de las que correspondían.
Entrecerré los ojos.
—Si no te comportas…
—Si no fueras tan impaciente, no tendrías que cargar conmigo ahora.
Me eché a reír.
—¿Impaciente, yo? El que desató el cordel del paquete de Synové fuiste tú.
Jase se encogió de hombros con cara de inocencia absoluta.
—El paquete casi se abrió solo. Yo no sabía qué había dentro ni a dónde nos iba a llevar una sencilla cinta roja.
No había pasado ni un día de viaje antes de que se empeñara en abrir el regalo de despedida de Synové.
—Nunca confíes en los regalos de una rahtan —le advertí—. Lo que no sabes no te puede causar problemas, patrei.
—Los problemas se nos dan de maravilla cuando estamos juntos. —Me cogió entre sus brazos. Le brillaban los ojos, pero de pronto se puso serio—. ¿Lo lamentas?
Sentí que me sumergía aún más en el mundo que era Jase Ballenger.
—Jamás. No lo lamentaré ni en mil mañanas. Los problemas contigo me alegran. Te quiero con todo mi aliento. Te quiero, Jase.
—¿Más que a las naranjas? —me preguntó entre besos.
—Tampoco te pases, patrei.
Las palabras que antes me negaba a pensar me salían ya con una facilidad sorprendente. Las repetía a menudo y de mil maneras. Cada vez que nuestros labios se rozaban, cada vez que le pasaba los dedos por el pelo. «Te quiero». Tal vez fuera por miedo, miedo a los dioses celosos, a las oportunidades perdidas. Sabía mejor que nunca que las posibilidades se pueden desvanecer, te las pueden arrebatar en un instante, entre ellas las oportunidades de decir una última cosa, y si algo tenía que ser lo último que le dijera a Jase quería que fuera eso.
Las últimas palabras que me dirigió mi madre iban cargadas de miedo desesperado. «Shhh, Kazi, ni una palabra». Eso era lo primero que oía cuando pensaba en ella. El miedo.
Bajamos a donde estaban Mije y Tigone, en la estancia que tal vez fue en el pasado un gran comedor. De hecho, aún lo era. El suelo estaba alfombrado de tréboles, que los dos caballos habían devorado. Nos dirigíamos hacia una llanura azotada por el viento donde les costaría más encontrar pastos, así que me alegré de que se hubieran saciado.
Ensillamos y nos pusimos en marcha. Mientras cabalgábamos, reviví la magia de cada día, decidida a no permitir que aquellas semanas quedaran en el olvido. Recordé de dónde habíamos venido y a dónde íbamos para que ningún giro inesperado nos cambiara el rumbo de nuevo. Y, a lo largo de los kilómetros, memoricé cada palabra que decíamos para no olvidarlas jamás.
—¿Y nosotros qué, Jase? ¿Alguien escribirá nuestra historia?
—¿Qué quieres decir?
—Como las que hay en las paredes de la cripta y las de tus libros.
Se le dibujó una sonrisa en los labios, como si fuera una idea nueva e intrigante.
—La escribiremos tú y yo, Kazi. Escribiremos nuestra historia. Y harán falta mil tomos. Tenemos toda la vida por delante.
—Eso son muchos árboles.
Se encogió de hombros.
—Por suerte, nosotros tenemos una montaña entera.
Nosotros. Ahora, todo era nosotros.
Tejimos juntos nuestros sueños como una armadura. Nada podía detenernos.

—¿Un botón?
Me había reído a carcajadas con la descripción de Kazi del señor de los barrios, gordo, congestionado, al final del callejón, gritando como si le hubieran cortado la nariz.
—¿Por qué corriste tanto riesgo para robar un botón inservible? —insistí.
La sonrisa se le borró. Tenía la mirada serena y movía los dedos como si aún tuviera en la mano el preciado botón.
—No era inservible —respondió—. A veces me tenía que recordar a mí misma que no estaba impotente. Que aún podía controlar algunas cosas. Que mis capacidades no solo servían para llenarme el estómago, sino para recordarles las suyas a otras personas. Si una ladrona le podía robar un botón a plena luz del día, ¿cuánto más podrían quitarle en la oscuridad de la noche? —Se mordió el labio y entrecerró los ojos—. Sé que aquella noche no durmió, y eso me hizo dormir a mí mejor que nunca. En ocasiones, hay que ser dueño de todo un día. Eso te da valor para enfrentarte al siguiente.
Yo seguía tratando de comprender su mundo, lo que había sufrido, la resolución que había necesitado para seguir con vida.
—¿Valor? Eres la persona más valiente que he conocido jamás. —La miré de reojo—. Y la más maquinadora, también.
Le sacó el hueso al dátil que iba mordisqueando y me lo tiró, y me acertó en la barbilla. Me la froté.
—Una maquinadora con buena puntería.
—Y lo dice el maquinador supremo. Me lo tomaré como un piropo —replicó, y volvió a mirar hacia el frente, mecida por el paso de Mije. Guardó silencio largo rato antes de añadir—: ¿Les vas a decir que fui ladrona?
Mi familia. Sabía que se refería a ellos, pero me hice el tonto.
—¿Cómo que fuiste? Lo sigues siendo. Antes de dormir me cuento los dedos cada noche. Pero no les diremos que te llamen Diez.
—Jase…
Suspiré. La verdad entre Kazi y yo era una cosa, pero, con mi familia, eso cambiaba. Los iba a tener que aplacar mucho antes de contarles nada. Sabía que al final me harían caso, pero no iba a ser fácil que pasaran de la rabia a los brazos abiertos, y no bastaría con unas pocas palabras. Habían invadido su hogar, les habían robado su inversión más preciada y a su patrei, y había sido alguien en quien confiaban.
—Sí, se lo diré. Cuando estés preparada. Pero será mejor ir desvelándoles las cosas una a una. Despacio.
Kazi sonrió.
—Claro. No hace falta echarles encima todo a la vez.
—Supongo que sabrás que, en cuanto Lydia y Nash se enteren, querrán que les enseñes todos los trucos.
—Nos limitaremos a los juegos malabares y a sacar monedas de las orejas por el momento. Dominar las sombras es más complicado.
—Y no te olvides de las señas silenciosas —le recordé—. Eso les va a encantar para las cenas.
Sonrió.
—Ya lo había puesto en la lista, al principio.
Antes de quedarse sola, su madre y ella habían desarrollado un lenguaje silencioso para sobrevivir en las calles de Venda. Abundaban los momentos de peligro en los que no podían hablar. Mi gente y yo teníamos unos cuantos gestos sutiles, pero me sorprendió el número de señas que habían creado su madre y ella. Un movimiento de los dedos significaba «sonríe», levantar la barbilla era «atención, alerta» y la mano rígida, «no te muevas».
Yo también le conté anécdotas de mi infancia, de los líos en los que nos metíamos siempre los niños mayores. Se rio con una mezcla de diversión y horror. Le hablé del verano caluroso durante el que, cuando nos aburrimos, montamos un sistema de cuerdas y poleas entre las ramas de los tembris para robarles el sombrero a los transeúntes que iban por las pasarelas.
—Vaya, así que haciendo tus pinitos como ladrón. No me extraña que aquel tendero dijera que erais incontrolables.
Me encogí de hombros.
—Devolvimos los sombreros y aun así nuestra madre nos echó la bronca. Dijo que, si dedicáramos la mitad de esfuerzo a los estudios, seríamos verdaderos genios. Pero, cuando creía que no la estábamos mirando, vi como hacía un gesto de aprobación a nuestro padre. Pensaban que éramos muy listos.
—Sí —reconoció Kazi—. Tan listos como una camada de zorros robando huevos en un gallinero.

El bosque era cada vez más denso, y cada vez más habituales los ladridos agudos de las ardillas sobresaltadas por nuestra presencia. Cabalgamos en silencio y, como tantas otras veces, volví a pensar en Beaufort. Kazi y yo lo habíamos hablado muchas veces, pero sin llegar a ninguna conclusión.
«Someteremos a todos los reinos».
¿Cómo?
Sí, Beaufort estaba desarrollando armas muy poderosas, pero no tenía ejército que las utilizara. Había llegado a la Atalaya de Tor con lo puesto. Su grupo y él daban pena. Aunque estuviera confabulado con una de las ligas, aunque proporcionara a todas los lanzadores, no podría acabar con un reino y mucho menos con todos.
¿Tenía delirios de grandeza? ¿Hablaba en voz alta de sus sueños de poder para que se hicieran realidad? Si era así, Kardos y los demás también estaban locos. Pero el valle del Centinela no era un delirio. Las fosas comunes eran una espantosa realidad. Tal vez hacían falta locos para planear cosas como aquellas.
—Esto debe de ser Dientes del Ogro, ¿no? —preguntó Kazi.
«Me preguntaste por qué me daba miedo el cielo abierto, Jase. Es porque no hay donde esconderse».
Según el mapa, pronto íbamos a llegar a otra zona de cielo abierto. Creo que estaba más preocupado que ella. Yo estaba acostumbrado a resolver problemas, a arreglarlo todo de una manera u otra, y aquello no lo podía arreglar. No podía deshacer el pasado, dar marcha atrás. Su miedo me pesaba. Había estudiado el mapa para dar con una ruta alternativa, pero no la había.
Al doblar una curva pronunciada, las montañas y el bosque desaparecieron de repente. Nos vimos en un camino alto desde el que se dominaba una llanura infinita de un extraño color rojo oscuro. Al norte, a lo lejos, las tierras de Infernaterr centelleaban como un mar plateado que lamiera sus orillas.
—Eeeh, Mije. —Kazi se detuvo y contempló la vasta nada. Era la tercera vez que cruzábamos un paisaje desierto que no ofrecía refugio alguno. La vi escudriñar kilómetros y kilómetros de llanura, con la respiración acelerada.
—Ya no tienes nada que temer de Zane, Kazi. Mi familia lo tiene bajo custodia. No lo dejarán escapar.
Soltó un bufido de incredulidad.
—¿Cómo estás tan seguro? La última vez que lo vi, Gunner se moría de ganas de hacer un intercambio.
—Te prometo que Gunner no lo soltará. —Me habría gustado decirle que era por lo que le había hecho a ella y a su madre hacía una década, pero si Gunner lo retenía no era por eso. Zane tenía algo que ver con los cazadores de brazos que habían actuado en la Boca del Infierno, los que me habían secuestrado a mí y a más gente. Esa era la razón por la que Gunner no lo dejaría salir de la Atalaya de Tor… Al menos, con vida.
La vi concentrada en el horizonte, en un punto diminuto a lo lejos. Seguro que se estaba imaginando que era una ciudad bulliciosa, llena de sombras en rincones oscuros, y que solo un paisaje llano la separaba de aquel lugar. Alzó la cabeza.
—Ya no soy una niña indefensa, Jase. No tengo miedo de Zane. Te aseguro que ahora mismo es él quien tiene miedo de mí. Es el que mira hacia atrás pensando que se va a abrir una puerta y voy a aparecer yo. Es el que no se atreve a dormir por las noches.
De eso no me cabía la menor duda. Yo había visto su expresión cuando la vio, aquella última noche en la Atalaya de Tor… Y cuando vio que ella lo miraba. Los ojos de Kazi habían brillado con un hambre primigenia, con la ferocidad de un oso de Candok. Pero también sentí cómo le latía el corazón bajo mi brazo cuando la atraje hacia mí y el cielo abierto se cernió sobre nosotros.
—Pero todavía te…
—¿Me cuesta dormir al descubierto? —Se le ensombreció la cara y frunció el ceño, desconcertada. Suspiró—. No me lo puedo quitar de encima. Al menos por el momento, sigue siendo parte de mí. Mi mente razona que no hay nada que temer, pero en mi interior hay algo que no puedo controlar y reacciona de otra manera.
La noté confusa. Se volvió hacia mí.
—No sé cuánto tardaré en convencer a mi corazón para que no se acelere cada vez que me veo en un lugar donde no tengo sitios para esconderme. Puede que toda la vida. ¿Lo resistirás?
—Hummm, te va a costar muchos acertijos.
—Me sé unos cuantos.
Yo también sabía varios. Por ejemplo, ¿cuántos hermanos míos iban a hacer falta para que no me echara encima de Zane cuando volviera a verlo? O ¿cómo iba a responder a mis preguntas mientras le apretaba el cuello? Se había llevado a la madre de Kazi. Había dejado a una niña de seis años para que muriera en las calles de Venda. Me hirvió la sangre al pensar en él, pero sabía que no me correspondía a mí acabar con Zane. Yo solo había cultivado unos meses de odio contra él. Kazi había tenido once años. Su rabia superaba con mucho a la mía.
Zane quedaría en manos de Kazi.
Después de responder a sus preguntas.

Viajamos a toda velocidad por la llanura de tierra tan roja que parecía empapada de cerezas maduras… o de sangre. Cada lugar de aquella parte del continente albergaba sorpresas nuevas. Habíamos atravesado paisajes espectaculares y tediosos, y algunos, terribles. El peor fue el Cañón de Piedra, que Sven nos había marcado en el mapa. «Dad un rodeo y evitadlo si podéis. Es lo que hace casi todo el mundo. Por aquí la ruta es más corta, pero no es un lugar que se olvide con facilidad». Kazi y yo optamos por la ruta más corta, pero lo cruzamos con todos los nervios a flor de piel. Tigone y Mije bufaron y protestaron. Hasta los caballos se daban cuenta de que las piedras no eran simples piedras, de que el viento que silbaba escalofriante por el cañón traía un río de voces.
La leyenda decía, según Sven, que las estrellas de la devastación habían hecho brotar roca fundida como una fuente. Los Antiguos quedaron atrapados donde estaban, mientras corrían para escapar. Los grupos se fundieron juntos para formar rocas enormes, atrapados para siempre en los barrancos que se alzaban sobre ellos. En la masa se distinguían claramente rostros individuales llenos de espanto. Esa parte de la historia no se podía borrar. Las caras congeladas en el tiempo nos flanquearon el paso a modo de sombrío recordatorio de lo deprisa que había cambiado el mundo de los Antiguos. De lo deprisa que podía cambiar también nuestro mundo.
La llanura roja que estábamos cruzando parecía casi tranquila en comparación, y, si para atravesarla nos hacían falta unas docenas de acertijos de Kazi, o más leyendas de los Ballenger, perfecto. Mientras cabalgábamos, tenía la sensación de que estaba concentrada en la próxima adivinanza. Siempre tenía una a punto cuando se la pedía. Yo, por el contrario, no tenía talento para aquello, y el único acertijo que había compuesto me resultó muy difícil. Pero para ella era suficiente, y me pedía que se lo repitiera una y otra vez.
«Dímelo otra vez, Jase».
«¡Pero si ya sabes la respuesta!».
«De esa respuesta no me voy a cansar jamás».
Y yo no me iba a cansar de decírselo. Acaricié con un dedo la cinta roja que llevaba atada a la silla de montar.
«¿Para qué es, Kazi?».
No la había visto sonrojarse desde aquella primera vez en que la descubrí mirándome el torso desnudo. «Dímelo». Pero, para mis adentros, creo que ya lo sabía, y, si aquella cinta era un problema, era de esos problemas que yo quería.
Kazi carraspeó para llamarme la atención.
—Venga, patrei, ahí va —dijo—. Atiende bien, que no te lo voy a repetir.
Había estado componiendo un acertijo. Lo sabía.
Tengo dos brazos y ni un solo hueso.
La flecha no me hiere, no me afecta el beso.
Nada me detiene, todo traspaso,
no necesito pies para seguirte el paso.
Soy sutil, soy un ladrón,
soy un truco de los ojos,
más ligera que un plumón,
no me paran los cerrojos.
Todo, nada, gruesa, flaca, baja, alta,
soy todo misterio, soy mentira,
soy lo que ve aquel que delira.
Si llega la noche, me echas en falta.
—Déjame pensar. —En esta ocasión no estaba ganando tiempo para que me besara. Me había desconcertado. ¿Brazos sin huesos? ¿Gruesa, flaca, alta y baja? Le estaba dando vueltas cuando algo diferente me llamó la atención.
Hicimos parar a los caballos y escudriñamos el cielo.
—Un valsprey —susurró Kazi. Casi era una pregunta.
Lo habíamos visto a la vez. Era una mota blanca en el cielo de un azul cegador y volaba hacia nosotros planeando con las inmensas alas, a la vez majestuoso y sobrenatural. ¿Un ejemplar salvaje? En aquella zona, no parecía probable que fuera un pájaro mensajero entrenado. Se acercó muy deprisa, volando tan bajo que vi el penacho de plumas negras sobre sus ojos. Era un espectáculo increíble allí, en medio de la nada, y no pudimos dejar de mirarlo. Entonces, de pronto, salió catapultado con violencia hacia atrás, como si algo lo hubiera golpeado. Una explosión de plumas cayó hacia el suelo sin control.
—¡Al suelo! —grité, y salté sobre Kazi para derribarla.
Alguien había disparado contra el pájaro.
No estábamos solos.

Jase no se apartó de mí, con una mano protectora contra mi espalda. Mije y Tigone patearon, nerviosos, a ambos lados de nosotros. Jase se levantó a toda prisa y agarró los arcos y las flechas que llevábamos en las sillas antes de volver a dejarse caer al suelo junto a mí. Escudriñamos la llanura. No había lugar donde esconderse. ¿De dónde había salido el proyectil? Ningún ave cambiaba de rumbo de manera tan brusca ni caía al suelo sin causa externa.
—Yo no he visto ninguna flecha —susurró Jase—. ¿Y tú?
—No. Nada.
Pero, si no había sido una flecha, ¿qué acertó al ave? ¿Una piedra lanzada con honda? También la habríamos visto. ¿Un depredador? Los valspreys eran grandes, de metro y medio de envergadura. Para derribarlo, el depredador tendría que haber sido enorme, del tamaño de un racaa. Y lo habríamos visto.
Nos incorporamos sobre los codos por si algo asomaba por un agujero de la llanura, pero no pasó nada. Al final, nos pusimos de pie, espalda contra espalda, los dos con flechas preparadas y sincronizando los movimientos, a la espera de ver algo. Lo único que nos acogió fue el susurro sereno de una brisa suave que soplaba sobre la llanura.
Fuimos hacia donde había caído el pájaro. Era una forma blanca retorcida en el paisaje escarlata. Tenía un ala rota doblada hacia el cielo, como si pidiera una segunda oportunidad. Estaba muerto, y eso no era ninguna sorpresa. Pero, cuando nos acercamos para examinarlo más de cerca, vimos al instante que algo no encajaba.
—¿Qué…? —empezó Jase.
Nos lo quedamos mirando.
Estaba muerto, sin duda. Pero era obvio que llevaba semanas muerto.
Los ojos eran pozos hundidos, correosos; las costillas se le marcaban contra la piel fina y medio podrida, y apenas tenía plumas en el pecho. Miramos a nuestro alrededor. Tenía que haber otro pájaro por allí cerca. Pero no, no lo había. Aquel era el que habíamos visto caer del cielo.
¿Nos habían engañado los ojos?
¿Tal vez una corriente extraña lo había llevado hasta allí?
Sopesamos todas las posibilidades, pero ninguna era lógica.
Jase movió el cadáver reseco con la bota para darle la vuelta al pájaro. Tenía un tubo para mensajes en la pata. Así que era un valsprey entrenado. Me agaché para coger el tubo y solté el cordel que lo cerraba, y saqué un trozo de pergamino que se me desenrolló en la mano.
Las palabras que leí me dejaron sin aire en los pulmones.
—¿Quién lo manda? —preguntó Jase.
—No lo sé.
—¿Para quién es?
Me quedé mirando la nota. ¿Cómo era posible? Pero, para mis adentros, lo sabía. A veces los mensajes conseguían llegar a las personas. «Los fantasmas te visitan en momentos inesperados». No era un mensaje enviado por valsprey. El mensajero era muy diferente. Lo agarré con fuerza, sin querer dárselo a Jase.
—¿Qué es, Kazi?
«No más secretos», nos habíamos prometido.
Le tendí la nota.
—Es para nosotros —dije.
Jase la cogió y la leyó con atención, varias veces, al parecer, porque no dejó de mirarla. Negó con la cabeza. Se le habían puesto los labios blancos. Parpadeó como si tratara de enfocar la vista, como si tratara de reorganizar las palabras para que dijeran algo lógico.
Jase, Kazi, quien sea,
¡venid! ¡Por favor! Samuel está muerto.
Están dando golpes en la puerta.
Tengo que...
Su expresión pasó del desconcierto a la ira en un segundo.
—Es un fraude —dijo—. Es un fraude de algún canalla. —Arrugó el papel en el puño y se dio la vuelta, buscando al perpetrador—. ¡Da la cara! —gritó.
La única respuesta fue el gemido del viento.
—¿Reconoces la letra? —pregunté.
Era un mensaje desesperado, escrito a toda prisa. No parecía un fraude.
Jase miró el mensaje de nuevo.
—No estoy seguro. Puede ser la de Jalaine. En la arena tenemos valspreys. La puerta de las oficinas está… —Caminó de un lado a otro sin dejar de negar con la cabeza—. Puse a Samuel a trabajar allí mientras se le curaba la mano. Me pareció… —Hizo una mueca. Era obvio que sus pensamientos daban vueltas en círculos enloquecidos, sin control, mientras que los míos caían como el plomo hacia una conclusión…
»Samuel no está muerto —rugió Jase como si me leyera la mente—. Jalaine exagera siempre. Una vez creyó que yo estaba muerto porque me había caído de un árbol y me quedé aturdido un momento. Corrió a decírselo a mis padres y les dio un susto espantoso. —Volvió a escudriñar el paisaje sin dejar de pensar en voz alta—. Puede que lo escribiera Aram, o alguien a quien no conocemos. Alguien que quería engañarte para que me soltaras. Quizá no recibieron el mensaje de que ya estábamos de vuelta y piensan que aún me llevas prisionero. O puede que… —Se detuvo a mitad de la frase y se estremeció. Apoyó los brazos en Tigone, como si la yegua fuera lo único que lo mantenía en pie—. Samuel no está muerto —repitió, pero esta vez tan bajo que solo lo oyeron los fantasmas.
Miré más allá de Jase, hacia donde había caído el pájaro, y vi a la Muerte. Estaba acuclillada, con la espalda encorvada, levantando un cuerpo tendido en el valle. Volvió la cabeza para mirarme, y luego los tres, pájaro, cadáver y Muerte, desaparecieron.

¿Quién había escrito la nota? ¿Cómo nos había llegado? ¿Y decía la verdad? De pronto, eran cuestiones secundarias. Lo único importante era llegar a casa. Nos paramos lo justo para abrevar a los caballos. Para nosotros no hubo descanso hasta la noche, cuando la oscuridad se hizo más cerrada.
Miré hacia atrás y vi el largo camino que habíamos dibujado en el suelo arenoso, una línea irregular en el paisaje rojizo. Los rayos moribundos del sol bañaban de luz nuestras huellas.
En silencio, encendimos una hoguera con palos y ramitas de un arbusto seco. Jase forcejeó rabioso con una rama que no se dejaba arrancar.
—¡Maldita sea! —gritó al tiempo que tiraba, furioso.
Me acerqué y le puse una mano en el brazo.
—Jase…
Se detuvo con la respiración entrecortada, las fosas nasales dilatadas, los ojos clavados en el arbusto.
—No sé cómo ha podido ser —dijo—. Aparte de la mano… —Se volvió para mirarme—. Samuel era fuerte y perspicaz, pero con la mano herida… —Se le entrecortó la voz.
Era. Samuel «era».
—Todo se resolverá, Jase. Lo resolveremos juntos.
Cada palabra que me salía sonaba vacía, insuficiente, pero no sabía qué otra cosa hacer. Me sentía patética, inútil.
Apartó la vista y respiró hondo, despacio. Se echó el pelo hacia atrás e irguió los hombros, y vi cómo volvía a coser lo que se le había destejido por dentro, cómo se negaba a ceder a la desesperación. Fui a decir algo, pero negó con la cabeza y se alejó, buscó entre su equipaje y sacó un hacha. Y, con un golpe violento, cortó la rama del arbusto.
—Ya está —dijo, y echó a la hoguera la madera conseguida.
Las chispas bailaron en el aire. Volvió a concentrarse en el arbusto seco y le dio hachazos feroces. El sonido aterrador pobló la oscuridad y cada golpe me retumbó en los huesos.
—Dime algo, Jase, por favor. ¿Me culpas por esto? ¿Por no haberte dejado allí?
Se detuvo en mitad de un movimiento y me miró sin ira alguna.
—¿A ti? Pero ¿qué dices? —Soltó el hacha—. Esto no es culpa tuya, Kazi. Es culpa nuestra. Es la historia de los Ballenger. Esto es lo que he intentado contarte. El lobo siempre ha estado ante nuestras puertas. La historia de la familia está salpicada de violencia desde el principio, pero no porque nosotros queramos. Ahora por fin tenemos la ocasión de ponerle fin. Se acabó el juego de poder, se acabó el mercado negro. Se acabó pagar impuestos a un rey que no hace nada por los que viven en la Boca del Infierno. Lydia y Nash van a crecer en un mundo diferente al mío. Van a llevar otra vida y no tendrán que estar siempre en guardia. No tendrán que ir siempre con sus strazas. Nuestra historia está a punto de cambiar. Vamos a cambiarla juntos, ¿recuerdas?
Asentí, y me abrazó, olvidándose del arbusto.
«El lobo ante la puerta». No pude dejar de pensar en Zane.
Mi historia también estaba a punto de cambiar.
Para que no se repita la historia,
que las historias se cuenten,
que pasen de padre a hijo, de madre a hija,
porque basta una generación
para perder la verdad, la historia.
Canción de Jezelia

Los vientos aullaban por la llanura como una fiera desesperada.
Kazi y yo nos juntamos todo lo posible en el petate y nos tapamos la cabeza con las mantas para darnos calor. Cuando se durmió, noté su aliento húmedo contra mi pecho.
«¿Me culpas por esto?».
Yo sabía lo duro que podía ser el silencio, el miedo, la duda que era capaz de sembrar. Lo había utilizado de manera calculada con los prisioneros, de modo que los largos periodos de silencio tejieran algo horrible y doloroso en su imaginación. Lo había utilizado con mercaderes y embajadores para conseguir ventaja en las negociaciones y hacerles pensar que estaba a punto de renunciar al acuerdo. Lo utilicé con Zane hasta que me dio el nombre de Devereux. Nunca había tenido intención de usarlo con Kazi, pero me había consumido, había sentido cómo la capacidad de negación se me esfumaba kilómetro tras kilómetro de viaje. Luché contra el hecho de que tal vez la nota dijera la verdad. El silencio que oía Kazi no era más que miedo atrapado en mi interior. Pero eso ella no lo sabía. Y yo era muy consciente de cómo el silencio me había llevado al borde de algo terrible cuando mi padre se negó a hablarme.
«Dale tiempo, Jase —me había dicho Tiago—. No lo dijo de verdad. Está ciego de dolor».
Las palabras de Tiago no habían significado nada.
Mi padre había entrado por la puerta llamando a gritos a mi madre. Le había llegado la noticia de la muerte de Sylvey. Había estado ausente, en busca de los que habían atacado una de nuestras granjas. Entró en el salón embarrado, chorreando tras cabalgar bajo la tormenta. Traté de detenerlo al pie de las escaleras, de explicárselo, pero me apartó de un empujón. «¡Quita de en medio!».
Durante los días siguientes, todas las energías se concentraron en el resto de mis hermanos que todavía estaban enfermos. Micah murió. Los demás se recuperaron. Los temores que había querido compartir con mi padre se quedaron encerrados dentro de mí, sobre todo después de llevarme el cuerpo de Sylvey. Mi padre no se habría imaginado la culpa que avivaron sus silencios. Tiago sí se dio cuenta. «Dale tiempo», me repitió días más tarde cuando la casa entera oyó discutir a mis padres.
«Si yo hubiera estado aquí…».
«¡No habrías podido hacer nada!».
«Habría…».
«¡No eres un dios, Karsen! ¡Deja de fingir que sí! ¡No tienes la cura para la fiebre! ¡La cura no existe!».
«¡Deberíamos tener más curanderos! ¡Más…!».
«¡Eso ya ha quedado atrás, Karsen, por todos los dioses! ¡Lo que importa es lo que tenemos todavía!».
Sus gritos me habían llegado, cortantes, más fríos que el viento gélido que aullaba en el exterior. Era verdad. Mi padre no habría podido cambiar lo que pasó. Pero ¿y yo? ¿Habría podido evitar lo que le había sucedido a Samuel? Tal vez no debí asignarlo a la arena, pero pensé que la oficina de la arena era segura. Teníamos guardias bien armados apostados allí, ya que mucho dinero cambiaba de manos a diario. ¿Quién lo había atacado? ¿O tal vez fue en otro lugar? ¿Un mercader furioso en un callejón oscuro? ¿Otro grupo como el de Fertig en un camino desierto? ¿Dónde estaban sus strazas?
—Estás despierto —susurró Kazi con voz somnolienta.
—Shhh —dije—. Duérmete.
—¿En qué piensas?
La estreché más contra mí.
—Pienso en lo mucho que te quiero.
—Entonces, me alegro de que estés despierto. Cuéntamelo otra vez, Jase. Cuéntame el acertijo…
Murmuró unas pocas palabras incoherentes y se volvió a dormir con la mejilla contra mi hombro. Le di un beso en el pelo. Mi aliento, mi sangre, mi calma.

Llegamos al pie de las colinas y el sol me acarició el rostro. Sentí una cierta esperanza, como si hubiéramos recuperado el rumbo: estábamos en terreno conocido. Allí no caerían del cielo pájaros muertos sobre una tierra yerma y ensangrentada. Nos encontrábamos en un mundo de cordura, que yo entendía. Por si acaso, cambiamos de camino para llegar a la Atalaya de Tor por detrás, por el Túnel de Greyson. Era una ruta más larga, pero, si los problemas los estaba causando alguna liga, lo más probable era que se encontraran en la ciudad, y no contábamos con la protección de los strazas.
De pronto, Kazi dejó escapar una exclamación.
—¿Qué pasa? —pregunté, y escudriñé el paisaje de inmediato.
Sonrió con expresión maravillada.
—Acabo de caer en la cuenta de una cosa. La Boca del Infierno no será la única ciudad dentro de las fronteras de tu nuevo reino. Hay otra.
Yo conocía cada colina, valle y desfiladero de la Atalaya de Tor.
—No —respondí—. La única ciudad es la Boca del Infierno. No hay ninguna más.
—¿Y la colonia?
Me quedé boquiabierto. No era una ciudad de pleno derecho, pero estaba incluida en las nuevas fronteras que yo había declarado. Solté un bufido de preocupación.
—No sé qué le parecerá a Caemus.
—No creo que le parezca mal. Todo lo contrario. En cambio, Kerry… Cuando se entere de que eres su nuevo soberano igual te intenta romper la otra rodilla.
—La próxima vez que vaya me pondré las botas altas. ¿Y qué va a decir tu reina?
—Te está agradecida por lo que hiciste, Jase. Ya lo sabe.
Sí, lo sabía. Me había expresado su gratitud de nuevo cuando cenamos con ella y con el rey.
—Pero eso fue antes de saber que la colonia quedaría bajo mi control. No quiero ninguna complicación que ponga en peligro…
—Habrá que ponerle nombre. ¿Se te ocurre alguno?
—Eso mejor se lo dejamos a Caemus.
—Es verdad.
Pero, pese a todo, empezó a decir en voz alta los que se le ocurrían para ver qué tal sonaban. Soñaba tanto como yo.

En los árboles se veían destellos de otoño que sacudían las hojas ya escasas a modo de despedida. El invierno, impaciente, cubría de escarcha blanca las primeras horas de la mañana. ¿Cómo sería la Atalaya de Tor en invierno? Las torres oscuras debían de resultar admirables contra el paisaje nevado.
Íbamos a llegar aquel mismo día. Jase pensaba que sería antes del anochecer, pero ni la oscuridad podía detenerlo. Casi saltaba en la silla a medida que aparecían nuevos paisajes y escudriñó el horizonte como si esperase ver un rostro conocido. La proximidad de su hogar le picaba en la piel. Aquella noche dormiríamos en camas, en la Atalaya de Tor. Cenaríamos con la familia en el gran comedor. Empezaría nuestra nueva vida.
Tanto anhelo me sorprendió a mí misma. Tal vez se me había contagiado la fe inquebrantable de Jase en que aquello no era más que el principio. Estaba deseosa de que llegara lo que nos esperaba, pero, al mismo tiempo, notaba en el pecho un enjambre de abejas nerviosas. Iba a tener que encajar en una familia muy unida que compartía una historia, unas tradiciones. Y no era lo único que me preocupaba.
«Pronto obtendremos respuestas», había prometido Jase, porque la incertidumbre era el gusano que nos corroía a los dos. Estábamos desesperados por saber qué significaba la nota, qué le había pasado de verdad a Samuel, pero se me hacía un nudo en el estómago al pensar en Zane. No era que tuviera miedo de él; o no era miedo ya de lo que pudiera hacerme. Natiya y Eben me habían enseñado mil maneras de matar, hasta sin armas. Tenía mucho más entrenamiento que Zane. Lo que me daba miedo era lo que pudiera contarme.
La noche en que le pregunté por mi madre estaba muerta de miedo. Volví a ser una niña. Se me fundieron los huesos, y cobró vida la inseguridad que me había atenazado durante años. E iba a tener que revivir ese momento cuando me enfrentara a él. Ese miedo había dado forma a una pregunta nueva: ¿serían peores las respuestas que el hecho de no saber?
«Mátalo y ya está, Kazi —me dije—. Ese ha sido tu plan toda la vida. Mátalo y acaba con todo de una vez. No necesitas respuestas para nada». Había vivido hasta entonces con la duda, y podía vivir con ella para siempre. Lo único que me importaba era la justicia. Las respuestas no iban a cambiar nada. Mi madre ya no estaba.
«¿Por qué estás tan segura de que ha muerto?».
La pregunta de Jase había sido tan frágil como un huevo de petirrojo en la palma de la mano. Me lo tendió con cautela, como si la cáscara estuviera ya agrietada. Claro que no podía estar segura de que había muerto. Era imposible. No había visto su cadáver. En algún momento había cogido un sueño y le había dado forma de conclusión, había tallado la pieza del rompecabezas que encajaba en el agujero que había en mi vida.
Durante mucho tiempo estuve segura de que mi madre conseguiría volver conmigo, o de que la encontraría si la buscaba con más ahínco. Y, de pronto, durante un duro invierno, cuando muchos vendanos ya habían muerto, estaba acurrucada y tiritando en mi choza, azul por el frío, y segura de que iba a ser la siguiente, cuando oí un ruido.
«Shhh».
Me dije que no era más que el viento.
«Kazi».
Solo era el rugido de mi estómago.
«Shhh».
Tenía un frío atroz, estaba helada hasta la médula, pero salí corriendo al exterior, buscando, desesperada por no estar sola, mientras los copos de nieve me atacaban como navajas, los charcos me helaban los pies y el viento me abofeteaba el rostro… Y, de pronto, se hizo una extraña calma. Vi algo contra el blanco deslumbrante que hacía irreconocibles las calles desiertas de Venda.
¿Fue un sueño fruto del frío? ¿Fue un delirio del hambre? Nada me pareció real, ni siquiera en aquel momento. ¿Cómo podía explicarle a Jase lo que ni yo misma entendía? Vi a mi madre, con la larga melena negra al aire en una trenza suelta que le caía por la espalda, con una corona de lianas verdes, frescas, como las que solía tejer para mí en los días festivos. Era primavera en medio del peor invierno. Se volvió y me miró con ojos como pozos de ámbar, como si tratara de hacerme una de sus señas silenciosas mientras sus labios formaban mi nombre, «Kazi, mi amor, mi chiadrah», antes de darse la vuelta y alejarse de mí, pero ahora con alguien a su lado. Alguien que también me miró. La Muerte. Se cogieron del brazo y desaparecieron, pero la Muerte se demoró un instante más. Me miró y dio una patada contra el suelo a modo de advertencia, y corrí de vuelta a mi choza.
«Tal vez viste lo que necesitabas ver para seguir adelante», sugirió Jase.
Había acariciado esa posibilidad infinitas veces desde entonces. Tal vez solo se había tratado de la soledad desesperada de una niña que por fin soltaba el último hilo de esperanza. Mi madre llevaba meses, años, alejándose de mí, y me sentía cada vez más culpable cuando notaba que se me borraba del recuerdo, y esa culpa hacía que la buscara con energías renovadas.
Tal vez verla aquella noche era su manera de decirme que dejara de aguardar su regreso. Que dejara de buscarla.
Excepto que, poco después, empecé a buscar a otra persona.
De una manera u otra, era incapaz de cortar aquel hilo.
Desde entonces había visto muchas veces a la Muerte, y no habían sido sueños. Tal vez siempre había estado cerca de mí y, ocupada en sobrevivir, no me había dado cuenta. O tal vez era imposible cerrar la puerta oscura una vez que se abría. Ahora, en momentos inesperados, oía el susurro de advertencia de los fantasmas, y la Muerte se divertía burlándose de mí. Se convirtió en algo así como un señor de los barrios al que quería derrotar, y la recompensa era mi vida.
—¡Manzanas! —exclamó Jase de repente.
Ya había encaminado a Tigone hacia las ramas bajas de los árboles e iba cogiendo frutas rojas y maduras a su paso. Tiró unas cuantas al suelo para los caballos y cogió más entre los pliegues de la capa antes de desmontar. Mordió una y se llenó la boca de dulce frescor.
—Las he visto yo primero, pero no me niego a compartirlas contigo —dijo.
Lo miré desde arriba.
—Tanta generosidad tendrá un precio, me imagino.
Sonrió.
—Todo tiene un precio.
Puse los ojos en blanco.
—Claro, claro. —Me bajé de Mije y caminé hacia él—. ¿Hasta para una embajadora?
—Al principio es una manzana, y antes de que me dé cuenta querrás un despacho y todo.
Arrugué la nariz.
—¿Un despachito de nada para una embajadora? Ni hablar. Le tengo echado el ojo a una de esas estancias elegantes de la arena. De las más altas.
—Lo siento, pero son muy caras.
Me rodeó la cintura con un brazo, me dio un mordisco de su manzana y luego me besó. El jugo dulce nos corrió por los labios.
—Dime, patrei, ¿qué me va a costar?
Nos besamos de nuevo y la sonrisa aún nos bailaba en los labios cuando me tendió en el suelo. Sabía que la alegría, el juego, la risa eran regalos que me hacía. Eran una promesa: por cerca que estuviéramos de la Atalaya de Tor, por muchos desafíos y objeciones que nos presentara su familia, no íbamos a perder la belleza perfecta de aquellas últimas semanas. Nada iba a cambiar entre nosotros. No tenía que decírmelo: lo oí en cada beso. Aquello era solo el principio.

Era como si Mije supiera que estábamos cerca. No hizo falta alentarlo para que trotara ansioso del descanso y del heno fresco que siempre abundaba en los establos de los Ballenger. Jase había acertado con la hora. El cielo lucía una franja púrpura y el ocaso se aproximaba cuando llegamos a la entrada trasera del Túnel de Greyson. Una nube negra y vibrante de murciélagos que buscaban cena pasó sobre nosotros.
Jase me miró. El cielo nocturno daba una luz suave a sus ojos castaños.
—No te alejes de mí —dijo—. No quiero que Priya te haga nada. Por si no lo has notado, tiene muy mal genio.
—¿Priya? ¿Mal genio? Anda ya… —me burlé—. Nunca lo habría imaginado.
Priya no era rival para mí, pero no quería enfrentarme a ella. Deseaba que el regreso a la Atalaya de Tor fuera lo más suave posible, sin más enfrentamientos con la familia.
—Seguro que, para cuando crucemos el túnel, la noticia ya ha llegado a la casa. No me extrañaría que toda la familia nos estuviera esperando en la entrada.
Lo dijo en tono de queja, pero yo sabía que nada le gustaría más. Toda la familia, Samuel incluido. Que, si Jalaine había escrito la nota, fuera fruto de la precipitación, no de la verdad. Yo también lo esperaba, aunque la perspectiva de enfrentarme a la familia entera en pocos minutos me tenía paralizada. Sabía que debía hacerlo, que era mejor enfrentarme a la ira cuanto antes. Teníamos un plan, y ellos iban a formar parte de él.
Rodeamos el último grupo de árboles y salimos a la ladera que llevaba al Túnel de Greyson. La imponente silueta negra de la Atalaya de Tor se alzaba ante nosotros, recortada contra el cielo del anochecer.
Pero algo iba mal. Algo iba muy muy mal.
Jase tiró de las riendas de Tigone y se quedó mirando. Yo también me detuve, sin entender lo que veía.
La silueta había cambiado. Era diferente.
Entre las torres de Meandro y la Casa de Rae había una ausencia, un agujero, como si un monstruo inmenso le hubiera dado un mordisco. El torreón central negro del edificio principal había desaparecido y, mientras mis ojos se acostumbraban a la sorpresa, advertí que no era lo único que faltaba.
El muro.
La pared delantera de la fortaleza, cerca de la entrada a la Atalaya de Tor, el muro de roca de casi metro y medio de grosor, presentaba un boquete enorme, y los cascotes se habían derramado por la ladera de la montaña. Las torres de la guardia también habían desaparecido.
—No es posible…
Las palabras se le helaron en los labios. Superó la conmoción y se lanzó al galope hacia la zona destruida.
—¡Espera, Jase! —grité—. ¡Puede que…!
Un zumbido poderoso hendió el aire. Luego, otro. Flechas. Di la vuelta para tratar de ver de dónde venían.
Jase también las oyó y tiró de las riendas. Iba a dar la vuelta en Tigone cuando una flecha se le clavó en el muslo. Hizo una mueca, todavía en pleno giro, y otra le perforó el hombro y lo lanzó hacia atrás. Tigone se levantó sobre las patas traseras.
Yo seguía sin ver de dónde venían las flechas. Parecía que de todas partes. Galopé hacia Jase.
—¡Baricha! —ordené a Tigone—. ¡Baricha!
Era la orden para correr, pero las flechas seguían silbando, y Tigone volvió a alzarse sobre las patas traseras, sin saber hacia dónde ir.
Jase me estaba gritando lo mismo.
—¡Corre, Kazi! ¡Atrás!
En aquel momento, otra flecha le acertó en el pecho, y una fracción de segundo más tarde se le clavaron otras dos en el costado. Se derrumbó hacia delante.
—¡Jase! —grité, y corrí hacia él.
A mí no me había acertado ninguna flecha. Solo apuntaban al patrei. Nuestras miradas se encontraron. Tenía los ojos vidriosos.
—Vete, vete de aquí.
Fueron sus últimas palabras antes de desplomarse sobre Tigone.
Unas figuras con capas negras corrieron hacia nosotros desde todas las direcciones y nos rodearon como hienas aullantes que se gritaban instrucciones: «¡Cogedlo!». Tomé un cuchillo con una mano y la espada con la otra y salté de Mije, caí de pie, giré y derribé al primero que había llegado a Jase e intentaba bajarlo del caballo. Giré de nuevo, blandí la espada y le corté la cabeza al que se me estaba acercando por detrás.
—¡Baricha! —grité de nuevo, esta vez a Mije.
Me obedeció y cabalgó hacia el bosque. Jase yacía inerte contra la cruz de Tigone. Rodé para esquivar la espada de un tercer atacante y moví el cuchillo en un arco para cortarle los tendones de las corvas y luego apuñalarlo entre las costillas cuando cayó. Aparté el cadáver de un empujón y le di un golpe a Tigone en los cuartos traseros con el plano de la espada.
—¡Baricha! —grité otra vez, y recé por que siguiera a Mije antes de que llegaran más atacantes para hacerse con Jase.
Dio resultado. Tigone arremetió contra las figuras y derribó a tres al pasar. Pero, en aquel momento, me atraparon por detrás y me echaron una capucha sobre la cabeza, y el mundo quedó en negro. Me quitaron las armas de las manos, y aun así seguí peleando y oí un crujido como el de un melón contra el suelo cuando acerté con una bota en el cráneo de alguien. Me saqué el cuchillo que llevaba en la bota y lancé una puñalada hacia atrás, por encima de mi hombro, contra la cara del que me estaba agarrando por el cuello. Un grito rasgó el aire y el brazo me soltó, pero, cuando intenté quitarme la capucha, un puñetazo me acertó en el estómago y el dolor me hizo doblarme. Me tiraron al suelo y me pusieron una rodilla en la espalda para inmovilizarme contra el terreno rocoso.
Las voces sonaron frenéticas. ¿Cuántos eran? Nos habían estado esperando. Era una emboscada. Sabían que íbamos a llegar. ¿Quién más conocía que Jase estaba en camino, aparte de Jase?
—¡No te muevas, zorra!
—¡A por él!
—¡Ha matado a Lersaug!
—¡Por allí! ¡Deprisa!
—¡Maldita sea!
—¡No llegará lejos!
—¡Quédate con la chica! ¡Voy a por él!
—¡Registrad los alrededores por si hay más!
Oí un galope que se alejaba. Iban a por Jase. Forcejeé contra el peso que me estaba aplastando. «Corre, Mije. Métete en el bosque, donde esté oscuro. Por favor, por todas las bondades de los dioses, corre. No pares. No puedo perderlo».
Me dio vueltas la cabeza y sentí una arcada cuando me tiraron de los brazos para sujetármelos a la espalda. Me ataron las muñecas y las piernas. Debajo de mí, la tierra estaba caliente y húmeda, y olí algo…, algo fuerte, salado. Sangre. ¿Mi sangre?
Solo entonces me di cuenta de que el puño que me había golpeado iba armado con un cuchillo. Y, justo antes de que el caos se difuminara y la oscuridad se hiciera más densa, me percaté de una cosa más.
Conocía una de aquellas voces.
Era la de Paxton.

Lo veía todo borroso. La cabeza me daba vueltas, o tal vez era que Tigone seguía moviéndose, encabritada. Vi atisbos de Kazi, luchando, de Mije, al galope, de la muralla lejana de la fortaleza, de un bosque, mientras el mundo giraba a mi alrededor. Y luego ya no vi nada.
¿Así?
¿Así acababa todo?
Tal vez ya había acabado. Pero mi mano. Mis dedos. Sostenían algo. Kazi. «¿Dónde estás?».
Me dolían los dedos. Los brazos. Me ardían con fuego. «Aguanta, Jase». Estaba agarrando algo. ¿Las crines de Tigone? ¿Las riendas? Apreté más fuerte.
—Kazi…
No conseguí respirar. Mi pecho. De pronto, todo se volvió frío. Helado.
Me resbalaron las manos. Caballo, silla, aire, todo pasó entre los dedos. Caí al suelo. La flecha que tenía en el pecho se me clavó más honda. Una sacudida me recorrió como un cuchillo. Me ardió todo el cuerpo. El aliento gorgoteante me traqueteó en los pulmones. Me salió un grito de la garganta, el grito de un animal moribundo. Oí un galope, un caballo que se acercaba. Pisadas, crujidos. Estaban cerca. Traté de rodar, de ponerme de costado, de arrastrarme, de escapar, hinqué los dedos en el lecho de hojas húmedas, pero ya no pude respirar. Tosí sangre y la sal me llenó la boca. Así. Así acababa todo.
«Huye, Kazi, corre…».
«Kazi…».
«El invernadero. Por favor…».
«Te quiero…».
El dragón conspirará
y lucirá muchos rostros,
engañará al oprimido, reunirá a los malvados,
poderoso como un dios, invencible.
Canción de Venda

«Así, Kazi. Pon aquí las manos».
Siento sus manos en las mías, cálidas contra el frío. Jase me está enseñando el paso tal como lo bailan los Ballenger. Tiene el rostro iluminado mientras giramos en un salón de baile vacío, en ruinas, donde alguna vez danzaron los reyes, las reinas, los poderosos del continente. Y esta noche vuelve a ser así. Es como si nuestros pies no rozaran el suelo. Nos vigilan como fantasmas, quieren que aquello no acabe nunca, se inclinan hacia nosotros con anhelo, con recuerdos.
«¿Lo oyes, Jase? Nos están aplaudiendo».
Alza la vista hacia los palcos desiertos y sonríe como si él también los viera y los oyera.
«Te están aplaudiendo a ti».
¿Bastarían unos pasos memorizados para impresionar a su familia? ¿Consideraría suficiente mi ligereza? ¿Considerarían suficiente mi gracilidad? ¿Me considerarían suficiente a mí? Porque quería impresionarlos. Lo deseaba con todas mis fuerzas. Anhelaba demostrarles que era capaz de hacer muchas cosas aparte de robarles a su patrei. Querían que supieran que podía aprender a ser parte de una familia.
Me hace girar, me levanta por los aires, los músculos de sus hombros se flexionan bajo mis manos, y luego permite que me deslice hacia abajo entre sus brazos hasta que nuestros labios se encuentran. La música que hemos imaginado juntos late en nuestra piel, en el aire, en los murmullos de los que nos miran. Las botas de Jase marcan el paso de las promesas, eternas, inexpugnables…
Un estrépito me trajo de vuelta al mundo consciente. Un portazo. El salón de baile se desvaneció. Volvía a estar en la celda pequeña, oscura. El sueño se disolvió en una ráfaga de aire y volví a tener los brazos helados. Sonaron unas pisadas en las losas del corredor, ante la puerta de mi celda. Traté de utilizarlas para medir el paso de los días. Llegaban con la misma regularidad que el tentador rayo de luz, pero seguía sin saber cuánto tiempo había pasado. Unos días eran peores que otros, y el delirio se asentó, se instaló en mi alma. Traté de combatirlo. A veces, Jase me traía de vuelta del abismo. Su voz me llegaba en la oscuridad. «Déjate llevar por la corriente. Solo un poquito más. Sigue, sigue. Tú puedes».
¿Habían pasado cinco días? ¿Diez? ¿Tal vez muchos más? Cada jornada oscura se fundía con la siguiente, sin principio, sin fin. Las pisadas sonaron más fuertes. No tardaría en oír un golpe sordo y luego el corretear de las ratas cuando alguien metiera un panecillo duro por la abertura en la parte superior de la puerta. Tenía que apresurarme para hacerme con la escasa ración de comida antes que las ratas. Era lo único que me daban de comer. Un panecillo al día. Era extraño, pero querían mantenerme con vida. Y débil. También me querían débil.
Me tenían miedo.
Había matado a tres, eso sí lo sabía, y tal vez a uno más después de que me capturaran. Las lecciones de Natiya, Eben, Kaden y Griz habían sido mi segunda naturaleza en el momento caótico del ataque. La desesperación por salvar a Jase me había estallado dentro como una llamarada ardiente. Todos mis nervios se tensaron con un único objetivo. Lo único que importaba era salvarlo. ¿Lo había conseguido? ¿Había escapado? No podía volver a fallar. Esta vez, no.
«¿Dónde estás, Jase?».
Me dije que había conseguido llegar a la protección del bosque. Me dije muchas cosas, cada día me di fuerzas con una posibilidad nueva cuando el miedo y la lógica me atenazaban con manos frías. «Cinco flechas. Una, en el pecho. Las posibilidades de sobrevivir a eso…».
Me dije que ni cien flechas lo detendrían, ni una flecha en el corazón, que habría conseguido llegar con alguien que lo ayudaría. Me aferré a la idea con todas mis fuerzas, como a una cuerda que me impedía caer de un acantilado. Pero ¿quién lo iba a ayudar? ¿A dónde podía ir? ¿Habían entrado los atacantes tras los muros de la Atalaya de Tor?
El sonido sordo de las flechas aún me vibraba en la garganta. El acero le volvía a perforar la carne, el hueso. La sangre corría por todas partes. Una voz familiar me asaltó, la mía, susurrando ideas crueles que me habían perseguido toda la vida. «A veces las personas se esfumaban y no había manera de encontrarlas. No volvías a verlas jamás».
«¡No!». Me rebelé contra mí misma y conseguí ponerme de pie. Aparté la tapa del tonel de agua y bebí con las manos. El agua sabía a tierra, dulzona, como si fuera un barril de sidra. No lo habían rellenado en todo el tiempo que llevaba allí. Tal vez, el fin del agua marcaría el fin de mi vida. Me apoyé contra la pared y volví a deslizarme hacia el suelo. El pequeño esfuerzo me había dejado sin aliento. La herida infectada me palpitaba. La frente me ardía, pero estaba tiritando de frío. No entendía mucho de heridas, cosa que no dejaba de ser sorprendente, considerando la vida que había llevado. Ni los dos meses que pasé en la celda de Reux Lau me provocaron lesión alguna. ¿Sería eso lo que mi madre le había pedido a la hierbadeseo? ¿Protección para mí? ¿Cuántas veces lo había deseado? Quizá se me habían agotado ya. «Mi chiadrah». «¿Viene a buscarme? ¿Son sus pisadas las que oigo?». Me pasé la mano por la frente sudorosa. «No, Kazi, eso fue antes. Ahora estás en una celda, y Jase ha…».
Las pisadas se detuvieron ante la puerta y el carcelero abrió el cerrojo de la mirilla. Pero esta vez se escucharon dos sonidos. Primero, el sordo y suave del panecillo. Luego, uno más seco. Algo pesado cayó al suelo. Conseguí respirar, junté fuerzas y fui a cuatro patas hacia la puerta, con las cadenas de los tobillos tintineando. Me apreté la herida húmeda, pegajosa, y me empapé los dedos.
—¡Cobardes! —grité, y golpeé la puerta antes de que las huellas se alejaran.
Mi respuesta diaria era la prueba de que no estaba demasiado débil, de que aún no había muerto. De que los iba a matar a todos. A Paxton, el primero.
Pero el arranque de rabia contra la puerta me había costado más fuerzas de las que tenía, y me derrumbé contra ella, mareada de dolor, antes de caer al suelo hecha un ovillo. «Un día más, Kazi. Resiste un día más». ¿Cómo iba a robarles la llave a los carceleros si nunca abrían la puerta? ¿Qué podía hacer si me debilitaba por momentos? «¿Dónde estás, Jase? Necesito saberlo». Quizá esa necesidad de saber era lo que me hacía resistir. Debía seguir adelante por él. Así que tenía que comer.
Palpé el suelo en busca del panecillo y lo agarré. Podía sobrevivir mucho más tiempo del que imaginaban con una ración tan escasa. «Tanto tiempo como haga falta». Estaba acostumbrada al hambre. Había tenido años para practicar. Me metí el panecillo entre la ropa y palpé en busca del segundo objeto que había oído caer. ¿O habían sido imaginaciones? En aquel lugar infernal, los sueños y las alucinaciones eran mi compañía constante.
Toqué algo blando, lo cogí y lo estudié con los dedos. ¿Una tela atada? ¿Un pañuelo? Dentro había algo que se podía doblar. Lo olfateé. Dulce. ¿Comida? ¿Una golosina azucarada? ¿Una trampa? Desaté los nudos de la tela, metí el dedo en la pasta espesa, pegajosa, y me lo llevé a la lengua. Miel… ¿y algunas hierbas? Aquello no era comida. Era medicina. Una cataplasma para absorber la infección.
«¿Medicina? ¿Me están dando medicina?».
Tal vez había al menos una persona al otro lado de la puerta que me quería con vida. Alguien que también tenía miedo.
Al día siguiente me llegó más medicina, y al otro, y al otro. Me comí una parte. Daño no me iba a hacer, y tal vez me sirviera de ayuda. La herida dejó de supurar. La fiebre bajó. Se me despejó la mente. La herida se estaba encogiendo y la piel se tejía, se cerraba en torno a ella. También me llegó un panecillo adicional al día… con un trozo de queso escondido dentro. Lo devoré con ansia, pero los días de hambre aún me tenían débil. Y la oscuridad. La oscuridad total que te drenaba el alma. Se me metía en los huesos como un licor entumecedor.
Mi benefactor o benefactora no descubrió su identidad, pero cada día sentía su miedo al otro lado de la puerta. Miedo de que dijera algo y lo delatara. Tuve la sensación de que estaba corriendo un gran riesgo por mí. ¿Quién me daba a escondidas medicinas y comida adicional? ¿Quién quería que siguiera con vida?
Oí la señal diaria de que la comida se acercaba, las pisadas, y me arrodillé cerca de la puerta para recoger el panecillo y la medicina, pero oí un ruido. Un sonido diferente. Muchas pisadas. El ruido se acercó y la puerta se abrió de golpe. Levanté la mano para protegerme los ojos de la luz cegadora. Los entrecerré y parpadeé para acostumbrarme a lo que no había visto desde hacía días, tal vez semanas. Al final, vi que tenía delante a un pelotón de guardias que bloqueaban la puerta. Todos armados.
—Ponte pie —ordenó uno—. Vamos a dar paseo.
—Si mucho débil para andar, llevamos a rastras.
—Por pelo.
—Decide tú.
Miré a la media docena de soldados uniformados, todos con la cabeza afeitada, altos, recios, musculosos. Parecían árboles gigantes tallados con forma humana, no seres de carne. En concreto, tres les sacaban una cabeza a los otros. Había algo antinatural en ellos. Tenían la piel tensa y los ojos como platos de peltre usados, apagados. ¿Soldados? Hablaban landés con un acento muy marcado que no identifiqué.
Hice una mueca mientras me ponía en pie al tiempo que me sujetaba el costado, y traté de insuflar fuerzas a unos músculos y unos huesos que temblaban de debilidad. Me apoyé contra la pared.
—Andaré.