Poco antes de cerrar su casa en Trevillés y dejar a los vecinos del pueblo sin su única biblioteca, Bárbara descubrió, en la selva jurásica que una vez fue el jardín de la vivienda, unos restos de cerámica sospechosos de cierta antigüedad. Ni la biblioteca ni la cerámica pesaron en su conciencia cuando se mudó a Barcelona para cuidar de sus nietos y ser feliz, dos actividades que algunos de sus amigos creyeron incompatibles. Optimista y con un envidiable don para escapar de cualquier nostalgia, cumplió sus dos propósitos en la inquieta ciudad mediterránea durante años, incluso cuando los niños dejaron de serlo y se convirtieron en adultos más o menos aceptables. No fue hasta que su nieta más joven, el único retoño de su tercer hijo, se sentó a merendar con ella en su piso barcelonés cuando le vino a la memoria la casa de Trevillés con su biblioteca privada y su cerámica semienterrada entre la maleza indómita.
Bárbara era bajita, regordeta y, en contra del pronóstico de sus amigos, tremendamente feliz, algo que se notaba en el brillo travieso de sus ojos grises y en los hoyuelos que se le formaban en las mejillas cada vez que sonreía. Su nieta Abril, excepto en el color de los ojos, no se le parecía en nada y eso la fastidiaba un poquito. No porque a la señora le obsesionara la genética en recesión de sus descendientes, sino porque le molestaba que los lagrimones que resbalaban por la barbilla de la chica y caían en su taza de té de jazmín, dándole un toque salado y aguando el delicado equilibrio floral, contradijesen la alegría primaveral que implicaba el nombre de la chica. Se preguntó en qué estarían pensando sus padres para llamar Abril a aquella criatura frágil y triste que intentaba merendar en su sofá de color amapola.
—¿Por qué lloras, muchacha? —preguntó Bárbara, como Wendy a Peter Pan la primera vez que se encontraron en la novela de James Matthew Barrie.
—Ya te lo he explicado.
—No he entendido ni media palabra.
—Ay, abuela...
—Límpiate las lágrimas, termina el té y vuelve a empezar —dijo, pues pensó que tales instrucciones servían para cualquier circunstancia de la vida.
Su nieta, obediente, utilizó tres pañuelos de papel, dio un último sorbo a la taza humeante y se lanzó a narrarle su larga serie de catastróficas desdichas. Desde hacía una década, Abril trabajaba en Ollivander & Fuchs, una de las empresas de publicidad más prestigiosas de Europa. Había ido subiendo de categoría, de sueldo y de responsabilidades hasta alcanzar unos niveles de estrés solo comparables a los de un astronauta a punto de pisar Marte por vez primera. Nunca se quejaba. Bárbara pensó que quizá se debía a esa mezcla de ansiedad, cansancio y nerviosismo lo que había llevado a su nieta hasta el punto de aguar el té de jazmín, pero la historia era más complicada. Era cosa de los seres humanos complicar todas las historias, quizá solo así lograban convertirlas en literatura.
Su nieta había recibido el honor y el beneplácito de sus jefes para enviar la nueva campaña terminada a uno de sus clientes más importantes. Finalizarla a tiempo había significado para Abril y su equipo dormir apenas cuatro horas al día durante casi un mes y mudarse a la oficina durante casi todas las horas de vigilia. Redactó su correo electrónico triunfal para el cliente, adjuntó el codiciado archivo, puso en copia a todo su equipo y a los socios de Ollivander & Fuchs, que se llevarían el mérito y los millones, y lo envió. Con tan mala fortuna que su cerebro exhausto confundió el nombre de la corporación multinacional con el de su competencia, que figuraba en su libreta de direcciones electrónicas ya que también había solicitado los servicios de los publicistas. Así fue como toda una estrategia de publicidad diseñada y planificada por ciento diez profesionales como la más original y novedosa del año, probablemente candidata a los premios Cannes Lions, en lugar de ir a parar a la bandeja de entrada del CEO de Chips Inc. fue a parar a la del CEO de Choaps S. L. Y ese fue el principio del fin de la carrera publicitaria de Abril Bravo.
—Una catástrofe —sollozó—. Como si hubiese mandado la estrategia de todo un año de Coca-Cola a Pepsi.
—Resumiendo —dijo la anciana en cuanto estuvo segura de que su nieta había terminado con sus desventuras y sus comparaciones—, te has quedado sin trabajo, sin piso y sin aliento.
—Y me he mudado a casa de mi padre.
—No me parece tan terrible.
—Porque no has estado atenta a la parte en la que te he dicho que la empresa va a denunciarme.
—Qué extraño.
—¿Qué me denuncien?
—Que no haya estado atenta. Me lo has repetido cinco veces.
—Abuela, no te lo tomes a broma. No sé qué voy a hacer.
—Pareces olvidar que tu padre es un excelente abogado. No se lo pondrá fácil a esos Chips y Chops.
—Ollivander & Fuchs.
—¿Quiénes?
—La empresa que me denunciará y que se encargará de que nadie en Europa me emplee en ninguna otra firma de publicidad.
—¿Por qué todos tienen esos nombres tan ridículos? No me extraña que te equivocases al enviar el correo.
—Si lo dices para consolarme...
—Lo digo porque es cierto, Abril. —Se sentó en el filo del sofá y tomó las manos jóvenes y temblorosas entre las suyas—. Equivocarse no es tan terrible. Caemos, nos levantamos, lloramos un poquito por las consecuencias, aprendemos de nuestros errores si somos listas y seguimos adelante.
—Depende de los miles de euros que cueste el error.
—¿Te has disculpado?
—Varias veces y con todos los implicados. No ha servido de nada.
—Ha servido para tu tranquilidad de conciencia. ¿Qué vas a hacer ahora?
—No lo sé, no puedo pensar. Mi cerebro se ha congelado. Solo lloro y duermo. Dejé mi piso de alquiler, me mudé con mi padre, apagué el móvil y lo enterré en la maceta grande de la terraza del comedor.
—¿Qué maldad es esa?
—Odio los geranios, huelen a algo siniestro descomponiéndose. Como mi carrera profesional.
—Me parece que necesitas un descanso —dijo Bárbara con el consuelo de que por lo menos no lo había enterrado bajo las violetas—. Y un móvil nuevo.
—¿Para qué?
—En Trevillés hay una excelente cobertura.
—Soy demasiado vieja para convertirme en uno de esos personajes novelescos que después de un desastre empiezan de nuevo en otro lugar.
Por primera vez, Bárbara miró a su nieta con admiración. Después de todo, quizá hubiese un atisbo de agallas dentro de aquel gatito lloroso, lo suficiente para haberse hecho un hueco en la industria publicitaria partiendo de cero y sin contactos. Tal vez se pareciese más a su padre de lo que había supuesto.
—Tienes veinte años, no eres vieja.
—Tengo treinta y tres, abuela —se quejó.
—Lo que sea, no es relevante. —Si su nieta más joven tenía treinta y tres años, le ponía las cosas muy difíciles a la hora de pensar en su propia edad—. Tampoco es que vayas a comenzar de nuevo en Trevillés, allí no hay nada con lo que empezar o terminar. Te ofrezco un descanso, un retiro espiritual. Podrás leer todo lo que te apetezca, sin horarios, y recordar lo mucho que te gustaban la Arqueología y la Historia.
—¿Cómo es posible que te acuerdes? Incluso a mí se me había olvidado que soy licenciada en Historia.
—Mis nietos son importantes para mí. Casi tanto como las vasijas de mi jardín.
Bárbara, que disfrutaba desconcertando a sus interlocutores, soltó una carcajada y se dispuso a proponer un trato a la benjamina de la familia. No estaba segura de cómo podría salvarla de sí misma, pero al menos intentaría descongelarle el cerebro.
Todos los recién llegados a un lugar nuevo comparten el mismo aire de desamparo. No importa de qué huyan, qué aventura emprendan o de qué se escondan, mudarse siempre conlleva una gran parte de pérdida. Abril, que estaba a punto de cruzar la única plaza de Trevillés por vez primera, no era una excepción. Ni siquiera el frío que convertía en nubecillas su respiración y la nieve que crujía confortable bajo sus botas contribuían a salvarla de la sensación de desarraigo. Todo era limpio y puro alrededor, como debería ser cualquier principio, incluso aquel, al final de tantas cosas.
Cuatro horas de viaje, casi trescientos kilómetros y dos puertos de montaña interminables, escarpados y mareantes después, la habían dejado en aquel valle fronterizo a más de dos mil metros de altura, lugar de encuentro de dos ríos, el Garona y el Nere. Al sur, el Aneto, Tuc de Molières, Besiberri, Montardo, Tuc de Colomèrs. Al norte, los Pirineos franceses, Huradic, Crabèra, Maubérme, Bolard. Los picos se sucedían azules y blancos en cualquier horizonte cercano, y la belleza del paisaje, a medida que se habían aproximado a Trevillés, quitaba el aliento. Mareada por la altitud y las curvas cerradas de la carretera, Abril había leído en Google que en 1810 el valle todavía pertenecía a Francia, administrado por el Imperio napoleónico e incluido en el departamento del Alto Garona, y que, a mediados del siglo XX, algunos pueblos hubieron de reconstruirse tras los bombardeos de la Guerra Civil española. Ni siquiera aquella isla diminuta, al pairo de un inmenso mar de montañas, había permanecido intacta y a salvo de los temibles embates de la historia.
Notó fijos en la espalda los ojos de su padre, que había detenido el coche junto a la plaza Mayor y le había preguntado hasta cinco veces si estaba segura de quedarse. Tal vez sospechaba que aquella huida tenía más que ver con su madre que con su hija, pero conocía a ambas lo bastante para intentar siquiera hacerlas cambiar de opinión. O quizá se preguntaba si habría insistido lo suficiente sobre lo poco conveniente que le parecía que su hija lo dejara todo para esconderse en ese pueblo remoto, a la sombra de los Pirineos.
—Abril. —Su voz resonó demasiado fuerte en la quietud de la mañana—. Si volvemos ahora, estaríamos en casa para merendar.
—Papá, vete. —Al darse la vuelta para contestar, lucía casi una sonrisa, la primera desde hacía muchas semanas—. Estaré bien.
Lo vio allí de pie, junto a su coche, con su pelo más cano que castaño, sus gafas de pasta que le conferían esa mirada a lo Atticus Finch y su traje oscuro. En los últimos años había ganado algo de peso y le sentaba bien. Miguel Bravo, que pese a su profesión seguía escuchando la voz de su Pepito Grillo, se encogió de hombros y dejó ir a su hija.
—De acuerdo —se rindió—. Pero recuerda tres cosas: llama por teléfono al menos una vez a la semana y avísame en cuanto quieras que venga a recogerte. No importa lo que le hayas prometido a la abuela.
—¿Y la tercera?
—¿La tercera qué?
—Has dicho que recuerde tres cosas.
—Exacto, recuérdalas, no seas como yo.
—Es por cuestiones como estas por las que me he ido de casa.
Esperó a que entrase en el coche, pusiese en marcha el motor, maniobrase para dar la vuelta y decirle adiós por enésima vez, pero su padre había bajado la ventanilla.
—Oye —dijo Miguel con suavidad antes de despedirse—, esto también pasará.
Abril tragó con esfuerzo el nudo que se le había formado en la garganta, segura de que si lloraba se le congelarían las lágrimas en las mejillas. Agitó la mano enguantada un par de veces y se quedó mirando el coche hasta perderlo de vista, hasta que solo quedaron ella y sus dos maletas bajo un cielo azul intenso sin nubes ni presagios.
La plaza, inesperadamente amplia para lo pequeño que era Trevillés, un pueblecito de poco más de ochenta habitantes en el que se hablaban cuatro lenguas distintas y los turistas ignoraban con tesón, se abría en semicírculo como un abrazo porticado desde el edificio histórico consistorial. Pese a que ni los estilos arquitectónicos, ni las épocas ni la grandeza coincidían, le recordó una miniatura de la plaza Vendôme, quizá por la distribución o quizá porque sabía que no iba a viajar en mucho tiempo y la nostalgia le jugaba malas pasadas. De pronto, se sintió anclada a ese lugar, a ese momento, sobre la nieve limpia, bajo el cielo de un terrible azul, tan a destiempo como el árbol gigantesco que presidía la plaza, adornado todavía con las luces de Navidad a finales de enero, en lugar de la columna napoleónica de la Vendôme.
Los edificios de la plaza lucían fachadas de piedra gris y tejados de pizarra negra a dos aguas salpicados de nieve. A diferencia del resto de las calles del pueblo, allí no humeaba chimenea alguna, aunque podía reconocer sin esfuerzo el olor cercano de las lumbres hogareñas. Solo cinco casas de dos plantas, con el ayuntamiento en el centro y el resto de las fachadas resiguiendo la curva tras los pórticos de madera. El pueblo se desplegaba, también en construcciones de poca altura, en callecitas estrechas pero bien adoquinadas con piedras desgastadas.
Contó desde el extremo; la cafetería pastelería, el consistorio, la consulta del médico, la farmacia y la casa más bonita de todas, la que estaba buscando. Su abuela le dijo que llevaba tiempo cerrada, pero la puerta de dos hojas y los postigos de madera oscura, tras los que se protegían los ventanales junto a la entrada, parecían recién pintados y barnizados. Sin quitarse los guantes, se sacó del bolsillo la gran llave de hierro que había aferrado con su mano derecha durante todo el trayecto hasta allí, como un amuleto, y la introdujo en la cerradura. Resultaba tan anacrónico que por un instante pensó estar abriendo la Tardis y que cuando cruzase al otro lado sería 1800.
Dentro estaba oscuro y hacía más frío que en la plaza. Alguien había cuidado de ese lugar, ventilándolo para que no oliese a humedad y manteniéndolo libre de polvo y telarañas. Resistió la tentación de tocar el interruptor, corrió las pesadas cortinas verdes con florecillas lilas bordadas y abrió los postigos de los ventanales de la fachada. La luz de esa mañana de enero le descubrió un espacio inmenso de techos altos con vigas de madera, paredes de piedra, un sinfín de muebles disparejos, algunos cubiertos con sábanas y manteles remendados, y una gran chimenea presidiendo uno de los laterales de la planta, cerca de la escalera angosta que se hundía en las entrañas de la planta superior. Un enorme y horrible Ficus lyrata con pintas de carnívoro —aunque para su parcial tranquilidad solo resultó ser artificial— custodiaba una de las ventanas centrales. Pero lo que la hizo soltar el aire de los pulmones con un leve «ah» de asombro fue el verdadero tesoro de la cueva de Aladino; las soberbias, robustas y maravillosas estanterías de madera cargadas de libros, libros y libros. Ocupaban tres de las cuatro paredes y eran tan altas que casi rozaban el techo. Olían a cera para muebles, ostentaban pequeñas placas doradas con cada una de las letras del alfabeto y los colores de los lomos a la vista lucían como las piedras preciosas que se derraman de los cofres de un fabuloso tesoro. Una escalera rodante, a juego con la madera de los estantes y acoplada a la librería principal, descansaba a medio camino de la letra M.
—Disculpa —la sorprendió una voz de mujer a su espalda—. ¿Eres la nueva bibliotecaria? Quiero apuntarme al club de lectura.
La señora, de mediana edad y mediana altura, fibrosa, pulcra, abrigada con ropa y botas cómodas, tenía un rostro amable, aceitunado y sin maquillar. Aunque parecía desalentada —Abril no supo explicar mejor ese rictus pesaroso en la comisura de sus labios—, algo en la oscuridad de sus ojos suplicaba que se le concediera una razón para recuperar el interés por un mundo tan decepcionante.
—Supongo que sí —contestó al fin a la pregunta de la mujer—. Acabo de llegar.
La señora siguió su mirada hasta las dos maletas junto a la entrada y pareció hacerse cargo de la situación. Cuando sonreía, sus ojos oscuros se iluminaban.
—Soy Parvati —se presentó—, vecina del pueblo. Vivo cerca, aunque sería imposible vivir lejos en un lugar tan pequeño, y me paso de vez en cuando para que la biblioteca no se deteriore. Tu abuela me dijo que vendrías y que te instalarías en la planta de arriba, así que también le di un repaso.
—Gracias. Es una biblioteca fabulosa.
—Ven.
La cogió del brazo y la llevó hasta la pared del fondo. Se paró frente a la puerta del armario de Narnia y lo abrió con un crujido impresionante de cerrojos y madera con mucha historia.
Del otro lado no apareció el interior de un mueble sino un rectángulo de verdor iluminado por el sol de invierno. No era Narnia, era una selva en miniatura, un revoltijo asilvestrado de plantas, hierbas, arbustos, árboles y otras maravillas botánicas que, en una época remota —allá por el siglo XIX—, debió de ser un bonito jardín interior. Abril, hechizada por la exuberancia silvestre, distinguió a través del abrazo de las enredaderas la estructura de algunas sillas y mesas de hierro forjado, un desfile de setas de aspecto tenebroso y una marea creciente de zarzas y otras hiedras espinosas. Su abuela le había pedido que, para entretenerse, desenterrase las vasijas y las datase.
—Seguramente carecerán de valor alguno —le dijo tras recordarle que por mucha publicidad que hubiese aprendido en los últimos años su licenciatura en Historia seguía siendo válida—, pero si crees que algún museo arqueológico podría aceptarlas, lo dejo en tus manos.
De lo que Abril estaba segura era de que carecían de visibilidad, no había rastro alguno de vasijas en aquella maraña esplendorosa que se había tragado el jardín original. Un soplo de viento helado meció las ramas más altas de los árboles, y su aroma a humedad y a promesas invernales la envolvió. De las paredes de piedra que delimitaban toda esa selva apenas quedaba libre de vegetación la parte superior. Deseaba volver adentro, con los libros, que parecían menos propensos a tragársela, pero Parvati seguía plantada en el umbral, entusiasmada.
—Son castaños —explicó señalando los tres regios árboles bajo cuya sombra medraba el caos esmeralda—. Allí narcisos, rododendros, boj, rosales silvestres, acónito y groselleros. En primavera da gusto verlo.
—Está un poco crecido —dijo Abril con diplomacia. Le gustaba cómo sonaba lo de los groselleros y los rosales, pero no se atrevía a preguntar si lo del acónito se debía a que el pueblo sufría ataques frecuentes de hombres lobo.
—Necesita cariño y tiempo —concedió la mujer mientras Abril imaginaba lo bien que ardería todo en la chimenea de la biblioteca—, como algunas personas.
—¿Es usted jardinera?
—Antes era muchas otras cosas además de jardinera. Ahora no estoy segura siquiera de si seré capaz de encontrar unos calcetines en la cómoda de mi dormitorio.
Abril, que se la había quedado mirando con asombro, sintió un cosquilleo muy raro en la boca del estómago. Sabía muy bien de qué le estaba hablando la desconocida, pero, reservada por naturaleza, no se atrevió a decírselo. El cansancio la había perseguido hasta Trevillés. Tenía tanto sueño que la tentó buscar entre la maraña silvestre la manzana de Blancanieves para darle un buen mordisco que la dejase fuera de combate durante unos cuantos años, a ser posible hasta que un meteorito gigante cayese sobre Ollivander & Fuchs y lo borrase del mapa, hasta que nadie recordase que jamás existió una agencia de publicidad con ese nombre.
—No tengas prisa por arreglar el jardín —dijo Parvati malinterpretando su mirada de anhelo.
—Empezaré por los libros —decidió.
—No se me ocurre ningún otro principio mejor que ese.
—¿Qué le dijo mi abuela? Sobre mi llegada —añadió las últimas tres palabras insegura.
—Que pasarías aquí un tiempo, que estabas muy estresada y que te dejásemos descansar. Pero me prometió que mantendrías la biblioteca abierta todas las mañanas, excepto los fines de semana, y que retomarías el club de lectura.
Abril, que en los pactos mefistofélicos con su abuela no había oído que mencionase nada sobre un club de lectura, se abstuvo de confirmar las esperanzas, fundadas o no, de la mujer.
—En la planta superior encontrarás una cocina rudimentaria, dos dormitorios y un cuarto de baño completo. No hay calefacción, pero además de la chimenea grande de aquí abajo tienes dos más pequeñas arriba. Te recomiendo el dormitorio de la izquierda porque, aunque es menos espacioso, es el más cálido. Si no te apetece cocinar, en la cafetería de aquí al lado pueden hacerte un bocadillo. María —añadió tras pensárselo un instante— hornea de maravilla el pan, los pasteles, las magdalenas, las galletas y todas las pastas. Solo tenemos un supermercado, al final de la calle ancha. Te dejo para que te instales, recuerda que en el primer cajón del escritorio principal —dijo señalando el bulto cubierto con una sábana blanca junto a la pared oeste— tienes una pequeña agenda con los números de teléfono de casi todos los vecinos.
Parvati cerró la puerta de Narnia, dejando al otro lado la misteriosa selva jurásica, y cruzó la estancia hasta la salida. Antes de desaparecer, se volvió con solemnidad y esbozó una misteriosa reverencia asiática que a Abril se le antojó antigua como el tiempo.
—Bienvenida, eh...
—Abril.
—Bienvenida, Abril, en pleno enero. —Soltó una risilla de disculpa por el mal chiste y la miró con inesperado cariño—. Ni te imaginas las ganas que teníamos de que la biblioteca volviese a abrir.
Le gustó el golpe de la madera al encajar en su marco cuando Parvati cerró la puerta tras ella. Respiró profundamente y le pareció que parte del peso que llevaba sobre el corazón se había aligerado. Abandonó la puerta de Narnia y recorrió despacio las estanterías desde la pared oeste, tocando con la punta de los dedos los lomos de los libros de diferentes colores y tamaños ordenados alfabéticamente por los apellidos de los autores. Jane Austen, Lord Byron, Wilkie Collins, Charles Dickens, E. M. Forster, Benito Pérez Galdós, Ana María Matute... Más allá, Proust, Shakespeare, Shelley, Verne... La bibliografía de algunos autores era tan extensa que se apilaba en una doble hilera para aprovechar el espacio en las estanterías.
Volvió al principio, junto a Agnello, Alcott y Alighieri, que abrían el catálogo de autores, y respiró profundamente. No recordaba la última vez que había disfrutado de una lectura por puro placer. Memorandos, informes, cursos, dosieres de prensa, correos electrónicos, manuales prácticos, conferencias y comunicados, pero ni una sola novela, ni un poema ni un ensayo desde que había entrado a trabajar en Ollivander & Fuchs. Apartó de sus pensamientos el doloroso nombre de la compañía publicitaria y evocó sus años en el instituto y en la universidad, cuando se gastaba en libros y en salir con sus amigas todo lo que ganaba impartiendo clases particulares. Cerró los ojos, caminó a lo largo de la planta con la única guía de sus dedos rozando los lomos de los libros al pasar y se detuvo en un tomo cualquiera.
—La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson —leyó en voz alta el título cuando lo sacó de su retiro.
Olvidó las maletas donde estaban, fue a la planta superior por la estrecha escalera de madera de roble, escogió la habitación de la izquierda, se descalzó y, antes de acomodarse entre los cojines de la enorme cama con cabezal metálico, se envolvió en un edredón de plumas sin quitarse ni una sola pieza de la ropa que llevaba. A sabiendas de que los negros pensamientos, la culpa y el miedo que le pisaban los talones desde Barcelona la alcanzarían también allí por mucho que se escondiera, abrió el libro con rapidez para acallar la pena tan solo un segundo y entró en la posada Almirante Benbow.
Habiéndome pedido el caballero Trelawney, el doctor Livesey y los demás caballeros que escribiera, desde el principio hasta el fin, toda la historia de la isla del tesoro, sin omitir nada salvo la posición de la misma, y eso solo porque todavía queda allí algún tesoro no descubierto, tomo la pluma en el año de gracia de 17... y retrocedo al tiempo en que mi padre regentaba la posada Almirante Benbow y en que el viejo y atezado marinero, con la cicatriz causada por un sablazo, por primera vez se alojó bajo nuestro techo.