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ZOE

Decisiones que marcan la vida

Cerré la puerta de golpe y me quedé unos segundos mirándola inmóvil. Tomar aquella decisión me había costado mucho, pero ya no había vuelta atrás. En ese instante comenzaba el verano más importante de mi vida. Me salió una sonrisa tonta al tiempo que contenía la respiración; mis pulsaciones estaban disparadas. Oí el sonido de un claxon, levanté la mirada y lo vi, era el coche de mi tío. Venía con la radio a todo volumen, y la canción veraniega que tenía puesta fue como una inyección de adrenalina. Me di la vuelta y caminé hacia allí bailando al ritmo de la música, con el cuerpo liberado de toda la presión de los últimos meses. Sí, ese iba a ser un gran verano.

—¡Zoe, te vas a arrepentir toda la vida de esta decisión! —gritó mi padre desde la ventana de la cocina—. ¡Tu tío es un loco desquiciado! Y tú… ¡una niñata que se las da de madura!

—¡Calla, David! —me llegó la voz angustiada de mi madre, que estaba a su lado mientras lo cogía del brazo para calmarlo—. Te van a oír los vecinos.

Fui directa al maletero del coche, ignorándolo. Lo abrí y metí una maleta mediana y un bolso pequeño, cerré de golpe y caminé al lado del coche sin volverme. Iba a abrir la puerta del copiloto, pero el asiento estaba ocupado, para mi sorpresa, por mi querido primo. Mis lágrimas brotaron de emoción y sentí que me retumbaba el corazón, acelerado, en el pecho. Abrí la puerta trasera y metí la mochila y la riñonera; con esto completaba mi equipaje para la temporada. A continuación me senté con la respiración acelerada por los nervios que me generaba la situación. Al entrar vi a mi tío Martín sentado al volante con su pasmosa calma, gafas de sol, un cigarro en la boca, su inconfundible ropa desaliñada y arrugada, el cabello castaño revuelto, una barba incipiente y su preciosa sonrisa de oreja a oreja. Sacó la mano por la ventanilla y, con tranquilidad, le lanzó una peineta a mi padre, quien seguía vociferando desde la ventana con la cara encendida por la rabia.

—¡Chiquillaaa! —Esa voz tan bonita no era ni la de mi padre ni la de mi tío. Era la de mi primo Álex.

—¡No me puedo creer que hayas venido a buscarme! —exclamé entusiasmada—. ¿Y tú? —Me dirigí a mi tío—. ¡Has llegado supertemprano y, además, has traído a este tonto!

Me llenaba de alegría volver a verlos después de meses, demasiado tiempo, diría yo, en concreto desde el funeral de la abuela, el año anterior. En la última temporada, nuestro contacto se había reducido a videollamadas, aunque nuestra complicidad seguía siendo única y hablábamos todas las semanas sin excepción. Con mi tío y mi primo se cumplía la teoría de que, cuanto más te nieguen a una persona sin un claro porqué, más te empeñarás en buscarla y amarla incondicionalmente.

Me colé por el espacio entre los dos asientos y los abracé con mucho cariño. La mezcla de olores de perfume, tabaco y marihuana que desprendían me envolvió y asqueó a partes iguales. Era su olor, único e inconfundible, como ellos.

—¡Mi sobrina preferida al fin está conmigo! —Mi tío me correspondió con un corto beso en la frente y se giró para posar sus brazos musculosos en el volante y arrancar el coche.

—Pero si soy tu única sobrina —resoplé volteando los ojos—. Ay, tío, no sabes lo que me ha costado poder estar aquí, con vosotros, después de tantas discusiones. —Me acomodé en el asiento y me ajusté el cinturón de seguridad—. Mi padre está demasiado irritable, no hay quien lo aguante. Tu hermano es insoportable, ya no podía hacer ni decir absolutamente nada, porque acabamos volviendo al mismo punto de siempre. Que si mi vida va a ser un desastre, que si voy por mal camino…

Por mi mente pasó una secuencia a cámara rápida de todas las peleas, los reproches y las discusiones de los últimos días. ¿Por qué no podía ser un poco más como mi tío y un poco menos él? Mi padre era una persona muy chapada a la antigua, incapaz de hacer frente a la rebeldía de una hija que salía de la adolescencia con un carácter propio y muy distinto del suyo. Él era el clásico hombre de mentalidad arcaica que siempre había cumplido con los patrones que dictaba la sociedad, como le había inculcado su padre, es decir, mi jodido abuelo.

Y es que la mayor parte de nuestros conflictos tenían origen en la educación que le había inculcado mi abuelo. Era una herencia difícil de llevar. Mis abuelos se separaron cuando mi padre tenía apenas diez años. Mi abuela, harta de los mandatos de su marido y de su trato asfixiante, abandonó el hogar familiar en el norte y regresó a Cádiz, donde vivían sus padres. No fue una decisión nada fácil en aquella época, pero no podía más. Lo que más la apenó fue no poder llevarse a su hijo, pues mi abuelo se quedó la custodia e impidió que se vieran durante muchos años. Con el tiempo, mi abuela rehízo su vida con un amor de la adolescencia y, dos años después, nació mi tío Martín. Alejado del amor de su madre y con un progenitor muy rígido, mi padre creció bajo una educación muy estricta. Estudiar, casarse, buscar un trabajo de bien y formar una familia eran sus metas en la vida. Y las cumplió a rajatabla.

Se graduó en el instituto con notazas, fue el mejor de su clase, como no podía ser de otra manera; siempre estudiando ciencias, claro está, porque los amantes de las artes, según mi abuelo, no estudiaban, sino que vagueaban. Y en nuestra familia no había cabida para los vagos, así que años más tarde mi padre me repetiría las mismas palabras, esa era «la rama de los vagos» y nada bueno me podía traer. Pero volviendo a él… cuando llegó a la universidad, mi padre siguió el camino estipulado. Por supuesto, él no eligió la carrera, estudió lo que su padre le había machacado toda la vida, y digo «machacado» porque mi abuelo lo guio con insistencia para que estudiara Empresariales desde que era un crío. No debía salirse del sendero del bien, debía seguir sus pasos. «Hijo de banquero tiene que ser banquero», solía decir. Pero no un banquero dueño de banco. No. Un trabajador que se cree importante solo por dirigir una entidad bancaria. Es decir, ambos habían acabado siendo un currito más con un poco de decisión.

En el resto de los aspectos de su vida, mi padre siguió las mismas pautas convencionales. Tras conseguir el puesto soñado por su padre, se casó con la novia de toda la vida, la niñita que había conocido en la guardería, con quien había comenzado a salir en el instituto y de la que nunca se había separado. Mi madre también era una clásica, y es que para estar con un hombre como mi padre o eres la típica esposa solícita o te divorcias. Mi madre era demasiado solícita e incluso sumisa, pues a veces se dejaba dominar. Eso contrastaba con su profesión. Nunca te imaginarías que una inspectora de Hacienda, que debería ser fuerte y decidida, en el caso de mi madre distaba mucho del patrón: ella se dejaba llevar por el marido y, a decir verdad, la entendía, porque su vida no había sido fácil y a la pobre se le habían alineado los astros. Ella también venía de una familia tradicional y, pese a que sus padres eran un poco más flexibles que los de mi padre, aun así eran bastante conservadores. Por desgracia, los perdió en un terrible accidente de tráfico cuando yo tenía pocos meses, y eso la sumió en una profunda depresión.

Ella también fue una estudiante modélica; está claro que si no mi padre no se hubiera fijado nunca en ella. Se graduó en el instituto con buenas notas, fue la segunda de la promoción, por detrás de mi padre, y estudió Económicas. Ella solía decir que por gusto, que al contrario que mi padre ella había elegido la carrera que quería, pero a veces tenía dudas de si él había influido en su decisión. Al poco tiempo de graduarse, consiguió un puesto de inspectora de Hacienda, y su máxima en la vida tras esa meta fue ser madre. Luego vino la pérdida de sus padres y, como no tenía hermanos, su vida se centró en su pequeña familia. Lo que mi madre no sabía era que yo había llegado para darle muchas alegrías, pero también muchos dolores de cabeza.

Si bien me habían educado siguiendo las mismas directrices que les habían inculcados a ellos, la niña les había salido insurrecta por naturaleza, y aquello les había agriado aún más el temperamento, hasta tal punto que se pasaban los días refunfuñando. Por supuesto, mi padre no se cuestionaba que alguien pudiera ser diferente a él y tener otros sueños o valores, así que, a cada paso que yo daba en la vida, su insatisfacción y su malhumor crecían. Nunca saqué muy buenas notas, es más, fui aprobando a trompicones, pero la gran decepción para él llegó cuando elegí cursar el bachillerato artístico. En efecto, la temible «rama de los vagos». Mi madre en cambio, para mi sorpresa, aunque no estaba del todo convencida, me apoyó. Para colmo, ese mismo año dejé al novio que había conocido en primaria, el que tenía que ser para toda la vida, y el que mis padres ya veían como «chico ideal». Con todo, lo peor llegó cuando comencé a plantearme qué estudiaría en la universidad. Entonces se desató el huracán. Tenía claro que no estudiaría lo que ellos me dictaran, ni Empresariales ni Económicas ni mucho menos ciencias. Lo que a mí me tiraba era Bellas Artes, la gran pesadilla para mi querido y tradicional progenitor. Mi madre se mantenía entre dos bandos; en alguna conversación, cuando me daba la razón y decía que quizá no era una mala idea, mi padre montaba en cólera y ella me pedía que lo entendiera.

—Bueno, Zoe, ahora toca olvidarnos de tus padres, de los dramas familiares, y disfrutar de los supermeses que vamos a pasar en la playa —clamó mi primo con un tono muy alegre—. Ya sabes: arena, sol, fiesta…

—Y trabajo —agregué con seriedad.

Álex se giró dramáticamente con la boca abierta y una mano en el pecho, como si aquella palabra se lo hubiera travesado.

—¡Mira qué puntillosa nos salió la niña!

—Tiene razón —alegó mi tío con una sonrisa burlona mientras expulsaba el humo del cigarrillo en círculos perfectos—. Menos fiesta y más curro este verano, que si es por ti, chaval, se me hunde el negocio.

—Sí, lo vas a decir tú, el que tiene cuatro chiringuitos y no da un palo al agua —agregó indignado mi primo—. ¿Piensas que me vas a tener de esclavo todo el verano?

—A ver, para algo te he contratado, no para que mires el vaivén de las olas. —Su voz grave soltaba carcajadas mientras pasábamos por el cartel que anunciaba la salida de Lleida.

Durante las tres horas que duró el viaje, no pude sacarme de la cabeza a mis padres. Sentía mucho ser una decepción como hija, pero no podía dejar de ser yo misma y luchar por mis sueños. En el fondo los quería una barbaridad; cuando era niña los adoraba, eran mis grandes referentes; siempre habíamos sido una familia cercana y unida. Pero en los últimos años todo había cambiado por nuestras diferencias. Y en los últimos meses nuestra relación era un tira y afloja constante.

Desde muy pequeña amaba dibujar, era mi vía de escape. Así expresaba mis sentimientos más profundos. No recordaba la vida sin las clases de pintura. Mis padres siempre me apoyaron, de hecho ellos fueron quienes me apuntaron a la academia para mejorar la técnica y se sentían orgullosos de los cuadros de su hija; incluso tenían alguno colgado por casa. A ellos les había gustado que a la niña le apasionara pintar, pero mi progenitor nunca se lo habían tomado en serio. Decía que mis dotes artísticas estaban muy bien, por eso aceptó que asistiera a la extraescolar, pero solo como hobby.

El problema comenzó cuando me planteé el hobby como carrera. «Quiero estudiar Bellas Artes». A partir de esas cuatro palabras, todo se transformó. «Es una carrera sin futuro», «Te vas a morir de hambre», me insistía una y otra vez. Pero lo peor estaba por venir… Harta de su mala cara y sus reproches, decidí que necesitaba un tiempo para mí. Para aclarar las ideas debía alejarme de ellos y no tener la voz de mi padre regañándome todo el día como un eco en mi cabeza y la de mi madre pidiéndome que lo entendiera, que él quería lo mejor para mí.

De modo que, si anunciarle que quería estudiar Bellas Artes fue una estaca en el corazón, cuando le informé de que me iría a pasar el verano con mi tío fue la hecatombe. «Además de querer estudiar una carrera de mierda, quieres irte con ese demente. ¿Te has vuelto loca?». No quería ni imaginarme que se enteraran de que me había matriculado a escondidas. «Zoe la desheredada». Eso lo dejaría para más adelante. Cuando estuviera completamente segura de que era la mejor decisión, lanzaría la bomba.

Así fue mi día a día hasta que subí al coche con mi tío y mi primo camino de Begur.

Me fastidiaba hacerlo en contra de su opinión y sin su apoyo, pero bueno, había cumplido dieciocho años y quería tomar mis propias decisiones. ¿Qué quizá me equivocaba? Pues seguramente. Lo que cada vez tenía más claro era que mi padre no iba a imponerme una carrera que no me apasionara y que me llevaría directa a ser una auténtica frustrada y amargada.

La idea de irme a trabajar ese verano a la Costa Brava salió de mi primo Álex. Él estaba estudiando la carrera de mis sueños, supongo que lo artístico nos venía de familia, y escucharlo hablar de las asignaturas en las largas videollamadas que hacíamos aumentaba mis ganas de mandar a la porra a mi padre. Aun así, necesitaba un empujoncito, tener a alguien cerca que me diera la razón y me respaldara firmemente en mi decisión. Tanta discusión con mi padre, pero también con mi madre, que, aunque decía que me apoyaba, al mismo tiempo trataba de convencerme de que le hiciera caso a él, al final hacían mella. Me trastornaba muchísimo porque a ratos me entraban dudas. Me preguntaba si estaba equivocándome, si estaba echando mi futuro por la borda.

Al contrario que mi padre, mi tío y mi primo siempre me habían apoyado, y cuando les conté el tifón de reproches que me azotaba, me animaron a alejarme un tiempo de casa para decidir sobre mi futuro con calma y sin presiones. Con la ayuda de Martín, me matriculé en la carrera con la que tantos años llevaba soñando, incluso se ofreció a darme alojamiento en su piso de Barcelona y respaldarme en todo lo que necesitase. Ellos eran un encanto y me querían mucho. Aquel iba a ser nuestro gran verano, así que acepté el trabajo y, con lo que ahorrara, le devolvería el dinero de la matrícula a mi tío. Si en septiembre seguía con la misma idea, me mudaría con ellos, cerca de la universidad, me buscaría un trabajo a tiempo parcial y, cuando pudiera, me iría a vivir sola. Ese era mi plan. Aquella idea me entusiasmaba. Si por el contrario cambiaba de opinión, regresaría con mis padres, como dicen por ahí, con el rabo entre las piernas. Pero era muy terca y obstinada, y en aquel momento esa opción ni me la planteaba.

Sumida en mis pensamientos, disfrutaba del paisaje con la cabeza apoyada en la ventanilla del coche. Nos acercábamos a Begur mientras Álex chateaba por WhatsApp, probablemente con la amiga de la que últimamente me hablaba tanto, y mi tío cantaba a todo pulmón, o mejor dicho, desafinaba, House of the Rising Sun.

Begur, qué ganas tenía de llegar. Según mi primo, era un lugar precioso, con playas increíbles y lugares de ensueño que llevaba años deseando conocer. Por más que mi tío Martín había insistido a su hermano en que me llevara de vacaciones, él nunca había querido, otro detalle más de lo poco que sabía disfrutar de la vida.

El viaje se me hizo corto entre los momentos de reflexión y los ratos que pasamos hablando, cantando y quejándonos de la vida. Sabían que estaba nerviosa por haberme ido de casa por las bravas e intentaban entretenerme sacándome de mis pensamientos. Estar con ellos era superameno, el tiempo pasaba volando.

Al llegar al camping donde se alojaban mi tío y mi primo, al pie de la montaña, se abrió la barrera de control de acceso. De entrada me pareció un lugar con encanto. Al instante sentí en las fosas nasales la humedad y el olor particular a petricor por el camino de tierra mojada que seguíamos. Mis ojos admiraban el recinto, que era un gran bosque de pinos. Gente de todas las edades caminaba libremente por unas instalaciones amplias y variadas, llenas de colores. Pasamos por casas prefabricadas de dimensiones diversas, unas cuadradas, otras alargadas; caravanas de diferentes tamaños y formas; parcelas seccionadas con tiendas de campaña, y coches de distintos modelos aparcados delante. Además, muchos niños corrían y jugaban a la pelota; otros montaban en bicicleta o iban en patines o con monopatín. El coche se adentró por las calles a poca velocidad hasta dar con su cabaña. Era una pequeña casa de color naranja con la entrada de madera en beis clarito. Aparcamos justo al lado, y mi primo me ayudó a bajar el equipaje mientras yo me quedaba fascinada escuchando el sonido nítido de los pájaros.

Cargados con la maleta y las bolsas, subimos unos escalones desgastados. En el porche de la entrada había una mesa de plástico de color negro y cuatro sillas a juego. Martín sacó las llaves y abrió la puerta acristalada de la casa. Nada más entrar me encontré con un pequeño salón con la cocina integrada y muebles del suelo al techo también beis. Pese al tamaño, tenían a simple vista todas las comodidades. Eso sí, el caos era tremendo. En el centro había una mesa repleta de objetos sin orden alguno: toallas, bañadores, camisetas arrugadas, vasos de plástico tirados, bolsas de patatas y de chuches abiertas; un desorden que, siendo sincera, me puso un poco nerviosa. En la reducida estancia había tres puertas a la izquierda; la primera daba a pequeño aseo, y las dos siguientes, a dos habitaciones; una era la de Álex y la otra era para mí, según me indicaron. Entre ambas puertas había un sofá de piel azul. Al otro lado había una barra alta con tres taburetes y, junto a la cocina, la nevera y dos puertas más: una daba acceso al otro baño, y la otra, a la habitación del tío. Todo era pequeño y sencillo, pero suficiente para pasar un verano de lujo. Ese con el que soñaba desde niña, por mucho que le pesara a mi padre.

Como si me hubiera leído el pensamiento, mi tío se acercó y me dio un abrazo que me reconfortó. Él era todo lo contrario a mi padre. Solo los unía la sangre de mi abuela. Para mi padre, Martín era un «vive la vida», y mi primo, igual que su padre. De pequeños no habían tenido relación, y con los años intentaron crear un vínculo familiar, pero resultó totalmente imposible; eran demasiado distintos. Mi tío se había criado en Cádiz, y siempre fue un chico muy feliz y alegre, solía contar mi abuela. Sin ser tan aplicado como mi padre, él también estudió ciencias en el instituto, y no porque se lo impusieran mi abuela o su padre, sino porque era de números y le encantaban. Sus notas no fueron destacables, pero se graduó en la universidad en Administración de Empresas. Siempre quiso ser un gran empresario y lo había logrado pese a los obstáculos, que sorteaba airoso con los toques bohemios y alocados que lo caracterizaban. Mi padre decía que su hermano era un irreverente y lo criticaba porque, según él, había vivido su vida a gran velocidad. Pese a que en los estudios habían seguido una trayectoria similar, en lo personal sus vidas eran opuestas. La de mi padre, pura rectitud; la de mi tío, muy volátil. Martín tuvo a Álex a los dieciocho años con una chica que un buen día decidió salir a buscar tabaco y nunca volvió. Desapareció y no supieron más de ella. Así que mi primo se crio al amparo de mi tío, su desenfrenado estilo de vida y la ayuda, fundamental, de sus abuelos.

—Bienvenida a nuestra humilde morada veraniega, aunque de morada tiene poco —exclamó Martín a mi lado mirando las paredes de madera y mostrándose orgulloso de tenerme allí—. Zoe, ya sabes, estás en tu casa. Instálate en tu habitación y luego Álex te enseñará todo lo que tienes que saber para un verano muuuy intenso. —Esbozó una espléndida sonrisa—. Yo voy a supervisar los chiringuitos. Cualquier cosa que necesitéis, me llamáis y adoptaré el papel del supuesto adulto responsable que soy. —Enmarcó esto último en unas comillas imaginarias con los dedos.

Dicho esto cogió una mochila, se la colgó al hombro y salió de la casa dejando la puerta entreabierta.

—¡Venga, date prisa! Te espero aquí —me apuró Álex al tiempo que se sacaba el teléfono del bolsillo trasero y se tiraba en el sofá—. Por cierto, ¿quieres conocer hoy a la chica que te había contado que es majísima, guapísima, superdivertida y loca hasta decir basta? —Habló con un brillo especial en los ojos—. Es más fácil encontrarla en nuestra cabaña que en su casa, pasa el verano en una urbanización muy cerca de aquí. Pero si no quieres hoy porque vienes cansada, no importa, ¿eh? Te la presento otro día.

—Con todo lo que me has hablado de ella es imposible decirte que no. —Sonreí al ver como se le marcaban unos preciosos hoyuelos en las mejillas.

Me detuve un segundo a observar cuánto había crecido mi primo. Estaba mucho más alto y guapo que la última vez que le había visto. Seguro que el primer año en la universidad había ligado un montón. Álex tenía diecinueve años, era muy delgado y, aunque eso en el pasado había supuesto un complejo para él, hacía unas semanas me había comentado que para entonces se sentía a gusto con su cuerpo y que había aprendido a quererse un poco más. Siempre había sido un pieza. En su cara aprecié un par de cicatrices nuevas; supuse que por la tabla de surf o, bueno, conociéndole, podía habérselas hecho de cualquier manera. Era un completo desastre; torpe y extremadamente arriesgado, pero eso no quitaba que fuera una persona bonita tanto por dentro como por fuera.

—¿Qué te pasó en la ceja? —pregunté mirando la nueva marca que lucía por encima del párpado.

—Es solo un rasguño. Fue haciendo surf, cogí mal una ola y la corriente me llevó a un saliente rocoso, nada por lo que me vaya a morir —dijo soltando una mueca de picardía, y sus blanquísimos dientes brillaron—. Bueno, date prisa, voy a llamar a Ivy.

Salió de la cabaña y yo entré en mi nueva habitación. Coloqué velozmente mi ropa y demás cosas en el estrecho armario que había al lado de mi cama, cuya puerta apenas podía abrir. El espacio era mínimo. En cuanto terminé, salí a la cocina y busqué en la nevera un poco de agua fría; hacía calor y acusaba la humedad. Mientras bebía del vaso y sentía cómo se refrescaba todo mi cuerpo, observé de nuevo el salón. El desorden era máximo. Y como si me hubiera poseído el espíritu de mi madre, me puse a recoger algunas cosas que estaban desperdigadas, doblé las toallas tiradas en el sofá y ordené un poco aquel desastre. Entonces me acordé de que Álex me esperaba fuera —qué cabeza la mía—, y salí a buscarlo a la terracita de la entrada, donde lo encontré concentrado en la pantalla del móvil. Debía de estar hablando de nuevo con la chica.

—¿Ya has terminado? —comentó dejando el móvil en la mesa y acomodándose en la silla de plástico.

—Sí, ya está todo. —Me abaniqué la cara con las manos. La temperatura había aumentado considerablemente y volvía a estar sedienta—. ¿Qué vamos a hacer ahora? Tengo muchísimas ganas de dar una vuelta y conocer todo esto, y si podemos tomarnos una birra para brindar por el verano que nos espera mejor que mejor.

Estaba ansiosa por saber dónde iba a pasar esos meses, a los que, siendo sincera, tenía un poquito de miedo. Iba a trabajar por primera vez en mi vida, y nada más y nada menos que en un chiringuito de playa, sirviendo cócteles y otras cosas totalmente desconocidas para mí, pues mi experiencia como camarera era nula.

—Pues nuestra maravillosa amiga debe de estar llegando, o eso es lo que me ha escrito hace unos minutos.

En ese instante se estiró un poco hacia atrás para mirar a mi espalda. Oí el sonido de una moto y la canción Surfin’ U.S.A., de The Beach Boys, así que me di la vuelta. De una Vespa rosa monísima, ataviada con muchas cosas, se bajaba una chica despampanante, de tez negra, vestida con una falda larga marrón, con vuelo y entallada en la cintura, y un top de punto lila. Tenía un aire hippy que me encantó. Lucía en el cuello unos collares de piedras de atracción. Llevaba el pelo afro, con rizos brillantes y muy marcados, recogido en una coleta perfecta que le hacía parecer más esbelta. Se acercó a nosotros con un cigarrillo en la boca y un altavoz en la mano izquierda; en el otro brazo sostenía un precioso cachorro con manchas blancas y varias tonalidades marrones que si no me equivocaba era…

—¡Marley! —gritó mi primo, y el diminuto perro se revolvió con ilusión moviendo la cola e intentando zafarse de la chica.

Ella subió sonriendo las escaleras y lo soltó en la terraza. Era tan pequeño que se tropezaba al caminar. ¡Qué tierno!

—Mi pequeño Marley ha echado de menos a su papaíto, ¿verdad? —le susurró mientras hacía carantoñas al pequeño animal—. Las horas sin mí son interminables, ¿a que sí?

—Se lo ha pasado pipa conmigo, no te quejes. No te ha echado de menos para nada; es más, creo que me prefiere a mí.

Álex puso los ojos en blanco. En la voz de la chica detecté un ligero acento anglosajón, aunque no reconocí de dónde.

—Es precioso. —Me acerqué y lo acaricié con ilusión—. ¿De qué raza me dijiste que era?

—Es mestizo, aunque me dijeron que el padre era un teckel, por eso es así manchado —respondió Álex.

—¿Teckel? —pregunté dudosa.

No tenía mucha idea de razas. En mi casa nunca habían querido tener animales. Mi madre era alérgica y creo que esa siempre fue la excusa perfecta para que ni se me ocurriera pedir ninguna mascota. ¡Vaya!, ni siquiera tuve un pez.

—Un perro salchicha de toda la vida, solo que con pelo largo —añadió la amiga para picar a mi primo.

—Cuando acoges a un animal, tiene que darte igual si es bonito o feo. O si es una mezcla de golden con yorkshire.

—Joder, ¿te imaginas cómo sería eso? —se burló ella—. Muchas palabras bonitas, Álex, pero tú no escogiste precisamente al feo. Te brillaron los ojos con el más mono.

—Te veo algo celosa de mi pequeñín, así que calla. —Continuó haciéndole mimos a Marley mientras chinchaba a su amiga con complicidad—. Bueno, Ivy, esta es mi…

—¡Tu prima! ¿Quién va a ser, si no? —le cortó con emoción—. Hola, bonita, ¿qué tal estás? ¿Cómo ha ido el viaje? Me han hablado mucho de ti, tenía ganas de conocerte y salvarte del coñazo de Álex.

Soltó el humo de la última calada, apagó el cigarrillo y nos dimos dos besos y un pequeño abrazo. No sabría explicar la maravillosa sensación que me produjo esa chica desde el primer minuto.

—¡Encantada, jo! A mí también me han hablado mucho de ti —me sinceré, alegre de conocer a la nueva amiga de mi primo—. ¿Cómo se pronuncia tu nombre? ¿Ivy?

Últimamente Álex no dejaba de hablar de su entrañable amiga de la facultad, todo un descubrimiento de los primeros días de universidad. ¿Conocería yo también a gente así de maja en mi primer año? Estaba segura de que en Bellas Artes habría gente muy especial con la que podría entablar gran amistad; sin embargo, si cedía al deseo de mis padres y acababa en la facultad de Económicas, me imaginaba rodeada de gente estirada, con corbatas, coches caros, pendientes de perlas, bolsos Zadig, iPhones y pijerías de esas.

Según me contó mi primo en alguna llamada, su amiga gozaba de una buena posición económica, pero daba valor a lo realmente importante, las personas. Lo material era un complemento para lucir. Su padre trabajaba como directivo en una multinacional tecnológica, y su madre era una prestigiosa abogada. Cualquiera que viera a esa chica ni se imaginaría lo que escondía su vestimenta. Era la sencillez personificada, tal y como me la había descrito Álex, y eso me encantó.

—Uf, miedo me da saber qué te ha contado este chico. —Se rio nerviosa mirando a Álex—. Y sí, puedes llamarme Ivy, porque Ivone es demasiado serio.

—¡Mírala, cómo se presenta! Como si fuera una niña buena… No te fíes, Zoe. Esta de buena no tiene un pelo.

—¡Oye, tú! Mi pelo es increíble. —Se giró para mostrar su perfecta y rizada coleta—. Envidioso, luego no vengas a pedirme trucos para el cabello, te lo advierto.

Álex soltó una carcajada falsa.

—Bueno, chico, cállate y no me expongas de primeras, que tu prima va a creer que soy mala gente y en realidad sabes que soy un amor —replicó con orgullo y una sonrisa pícara—. Vamos a dar una vuelta, ¡venga!, que seguro que Zoe quiere conocer este sitio.

—Sí, vamos. Aún no ha visto ni la playa que le ha tocado. ¡¿A que es bonita de cojones?! —Mi primo puso énfasis en la última palabra y se tronchó de risa.

Los miré a ambos sin entender muy bien a qué se referían.

Ivy me obsequió con una amplia y divertida sonrisa.

—Es la playa más bonita de todas —aseguró guiñando un ojo.

—Sí, y tiene unas vistas cojonudas —apuntó mi primo; los dos se rieron a carcajadas y yo les seguí con incomprensión—. ¡Va a ser la polla trabajar juntos, primita!

2. Shane. Prometí no enamorarme

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SHANE

Prometí no enamorarme

Estiré el pie hasta la pasarela de acceso al muelle donde atracamos el catamarán. Pisar tierra firme después de tantos días en el barco es una sensación placentera; al principio sientes que todo se mueve, un mareo constante, hasta que te acostumbras.

Me escabullí un rato del barco para dar una vuelta mientras el resto de la tripulación se quedaba allí. Ellos no eran mucho de desembarcar, pero a mí me encantaba descubrir ambientes y geografías distintas, así que a la mínima que podía me escapaba y, mientras los demás dormían la resaca, conocía lo distinto que era cada puerto del mediterráneo. En las últimas semanas me había topado con playas rocosas, con arena clara, con agua completamente transparente o más turbia y con algas. La vegetación también era muy diferente de una ciudad a otra. Había sitios bastante vírgenes en construcciones, y otros, en cambio, muy masificados, que rompían con la naturaleza. Era fascinante, pese a que parábamos muy poco tiempo en cada destino y no podía conocer los lugares en profundidad. Me gustaba mucho lo poco que me daba tiempo a conocer, y el lugar al que habíamos llegado era precioso, un paraíso escondido en la Costa Brava, donde, por suerte, mi padre me había informado que pararíamos un poco más de lo habitual.

Hacía un sol radiante, el cielo estaba completamente despejado, y me apetecía mucho ir a visitar los alrededores. Seguro que Cody me acompañaría en algún momento, pero primero prefería hacerlo solo. He de decir que, aunque a veces Cody era un poco imbécil, éramos buenos amigos, nos habíamos criado juntos y en el fondo le tenía cariño.

Nuestros padres también se habían quedado durmiendo a pierna suelta en el catamarán. Al cumplir los diecinueve, nos habían prometido un viaje los cuatro juntos, «ahora que ya sois unos hombres», y Cody y yo no habíamos tenido más remedio que acceder. Si mi padre ya me caía mal, Marc, el de Cody, era insoportable. A cuál más pretencioso. Compañeros de negocios desde hacía años, se habían conocido en la universidad y desde entonces eran inseparables. Compartían muchas aficiones, como salir de fiesta con personas desconocidas, sobre todo con mujeres, aunque lo que más disfrutaban, para mi desgracia, era traerlas al barco y acabar la noche montando un espectáculo. No era la primera vez que les pillábamos a los dos borrachos en medio del asunto con alguna de esas chicas en la proa del catamarán. Ahí me planteaba todo lo que aguantaba nuestra tripulación y los compadecía. Soportar a mi padre era una verdadera pesadilla, y a su amigo, ya ni te cuento.

Cody lo pasaba peor que yo porque era consciente del daño que le hacía su padre a su madre, a la que engañaba una y otra vez sin ningún pudor ni remordimiento. Mi madre en cambio había fallecido cuando yo tenía cuatro años, así que por esa parte no me afectaba, aunque era bastante penoso encontrarme a mi padre en ciertas condiciones y que le diera completamente igual. Nunca tuvimos una relación muy cercana padre-hijo. Mi infancia había sido muy solitaria, sin madre y con un padre completamente ausente. En realidad, las niñeras fueron las que me criaron. Con algunas fue mejor; con otras, no tanto. Pese a que mi padre y yo sabíamos que nos caíamos mal, por obligación nos tolerábamos. Ese sería nuestro último verano antes de independizarme, cuando podría marcar distancia, alejarme de él y de su excéntrica e insoportable vida.

Aquella mañana decidí alquilar una moto para aprovechar al máximo el tiempo que permaneciéramos en aquel puerto; así podría moverme libremente. Mi padre, su amigo y Cody no despertarían hasta dentro de un par de horas, así que fui a dar una vuelta para conocer la zona. Había varios campings cerca, muchas playas, chiringuitos a cada poco, establecimientos de comida a orillas del mar y un bulevar muy largo repleto de puestos de venta ambulante donde había de todo: desde pulseras, collares, figuras de cerámica y gran variedad de alimentos hasta un sinfín de hinchables para niños. En algunos puestos había guías turísticos que ofrecían diversas excursiones. Una me llamó la atención y me guardé el panfleto. Era una ruta de senderismo de cuarenta kilómetros bordeando el litoral de la Costa Brava llamada Camí de Ronda. Me gustan mucho este tipo de actividades. El triatlón era mi vicio, y correr, mi gran pasión, hasta que sufrí una lesión, aunque ya estaba prácticamente recuperado, de modo que esa excursión era también una buena manera de retomar el hábito. No era mal plan para hacerlo en varias etapas, pero como sabía que a Cody le aburría caminar, lo más seguro era que acabara haciéndolo solo.

A lo que sí le gustaba acompañarme era a recorrer las calas más escondidas en moto de agua; ya tenía plan para el día siguiente, así que decidí regresar al barco. Me gustaba mucho ese sitio. En principio nos quedaríamos un mes, y nuestro siguiente destino sería Italia. Bueno, ese era el plan de mi padre y su socio, aunque dependía mucho de su trabajo y sus líos amorosos.

Durante el camino de vuelta al catamarán, fui observando los otros barcos, algo que me encantaba. Como desde pequeño había tenido embarcación, aprendí mucho al lado del capitán Fernández, quien llevaba con nosotros desde que yo tenía uso de razón. Él había sido como un segundo padre para mí. Me había enseñado un montón de cosas y era un ejemplo a seguir, un hombre con principios y valores. Le tenía un cariño muy especial. En ocasiones, aunque suene mal, le prefería a mi padre.

Estar en la costa española me hacía especial ilusión precisamente por Fernández. Desde pequeño, el Capi, como a veces le llamaba, me había hablado de las maravillas de su tierra y sus increíbles experiencias. Él era de Barcelona; había pasado la infancia y la adolescencia en la Ciudad Condal, y luego fue a la universidad en Irlanda gracias a un intercambio. Era un tipo tan capacitado para muchos oficios que mi padre, hábilmente, lo contrató para que hiciera las prácticas en sus empresas. A partir de entonces fue su mano derecha en los negocios y el capitán del barco en nuestros viajes. Este hombre leal y buena gente me enseñó a hablar el español con fluidez y me aconsejó que estudiara Arquitectura. De hecho, Fernández me acompañó cuando me matriculé en el University College de Cork, y aunque ese primer año me gustaron la institución y la metodología, mi meta era trasladarme a Cambridge para acabar la carrera en el MIT, el Instituto de Tecnología de Massachusetts, cuyo departamento de Arquitectura es el más prestigioso del mundo.

Al cabo de un rato caminando, subí al barco y lo primero que me encontré fue a Cody tumbado en el sofá del salón, aún dormido, con la boca entreabierta; roncaba sonoramente y un hilo de baba le empapaba la mejilla. Menuda borrachera había pillado con nuestros padres el día anterior. Los tres eran especialistas en ahogarse en alcohol hasta acabar con la última gota de las botellas. Navegamos toda la noche y yo me fui a dormir temprano; no me apetecía oír sus fanfarronerías.

Pasé de largo y continué hacia mi camarote, recogí unas revistas de diseño que me había regalado Fernández y me tumbé a ver el móvil, hasta que Cody, somnoliento, entró sin llamar y se tumbó a mi lado.

—Mejor no te digo cómo tengo la cabeza. —Se frotaba las sienes frunciendo el ceño.

—Normal. Entre el vaivén del barco y el alcohol no sé cómo os tenéis en pie. ¡Sois la hostia!

—Tú eres un aburrido. —Me golpeó el brazo y soltó un bufido.

—Lo que no soy es estúpido, Cody. Una cosa es beber y otra muy distinta es hacerlo todos los días hasta reventar. Lleváis unas semanas que no paráis… —Me senté en la cama con cierto enfado—. Que lo hagan ellos es normal, aunque no me guste, estoy acostumbrado, pero tú, tío, estás siguiendo su patrón.

—Son nuestros padres. —Se encogió de hombros.

—¿Y? Si te dicen que te tires por la borda, ¿vas y te tiras?

—Estamos en el puerto, no me van a decir eso. —Alzó las manos con gesto inocente.

Cody era tan manipulable que siempre hacía lo que le dijera cualquiera, aunque no estuviera de acuerdo. Se dejaba manejar como una marioneta. Hasta se callaba las infidelidades de su padre, al que siempre cubría.

—A ver, ¿tú eres tonto o te lo haces?

—No me des la vara, Shane, eres demasiado correcto. Tienes diecinueve años y pasta para aburrir. Deberías estar disfrutando. A veces pareces mayor que tu padre.

Lo fulminé con la mirada.

—No vayas por ahí, hermano. Mi padre es un inconsciente y un día de estos sus excesos le van a pasar factura.

Cambié de conversación al instante, porque me ponía de muy mal humor.

Comenzamos a hablar del verano que nos venía y lo que esperábamos de él. Yo no sé por qué tenía una muy buena sensación y esperaba no equivocarme; quería pasármelo bien y disfrutar. Cuando zarpamos del primer puerto, Cody y yo habíamos hecho la promesa de no enamorarnos de nadie, o eso intentaríamos, y vivir aquel verano como si fuera el último, pensando exclusivamente en nuestra felicidad, pese a que el peaje fuera aguantar a nuestros padres, algo que me pesaba más a mí que a él. Mi amigo había roto con su novia hacía apenas unos meses. Digamos que estaba en una especie de «duelo» y lo llevaba muy a su manera, liándose con cualquier chica. Por mucho que me hubiera prometido lo contrario, estaba claro que acabaría llorando por más de una. Era un sentimental y se enamoraba con facilidad.

Para mí en cambio la promesa era fácil de cumplir, y la había pronunciado más por él que por otra cosa. Nunca me había enamorado y dudaba mucho de que fuera a hacerlo en aquel viaje. Una parte de mí pensaba que enamorarse era de débiles, y otra se justificaba diciendo que no había encontrado a la persona correcta, pero no me apetecía pensar mucho en eso. Mi plan ese verano era pasármelo bien, sin más.