La fabulosa década de los treinta

Oppie se despertó bruscamente. No lejos de su habitación sonaban varias alarmas. Se había vuelto a ir la luz. Sin saber dónde se encontraba buscó a tientas el reloj, eran las ocho y cuarto de la mañana. Se tapó los oídos y, poco a poco, recuperó la conciencia. Estaba en la Universidad de Berkeley, y el idiota de Lawrence había comenzado otro de sus estúpidos experimentos. ¡Maldita sea tu estampa y la de todas tus máquinas!

Las chispas eléctricas, el calor provocado por la fricción y el aceite derramado generaban los fuegos que se multiplicaban por el suelo del laboratorio. Los estudiantes del Rad Lab de la Universidad de Berkeley, líder mundial en física nuclear, corrían por la gran sala pidiendo a gritos agua y arena. La puesta en marcha del mayor campo magnético de la historia consumía en pocos segundos la electricidad necesaria para iluminar los vecindarios de San Francisco. El pestañeo de luces públicas, al otro lado de la bahía, señalaba el comienzo de cada experimento.

Lawrence dirigía sus legiones de estudiantes desde su trono rojo chillón mientras su cerebro, borracho de adrenalina, empujaba al ciclotrón gigante a vomitar toneladas de información. Eran tantos datos que su equipo no podía procesarlos con la celeridad requerida. Necesitaba un analista que le ayudase a interpretarlos.

El electroimán del ciclotrón impulsaba las partículas subatómicas en el tubo de vacío gigante y, con cada pulso, incrementaba su velocidad hasta que, en el pico de su aceleración, se estrellaban contra un núcleo de deuterio que contenía un solo neutrón. Con cada colisión atómica se producía un descubrimiento que debía divulgar. Publicar o morir.

Lawrence odiaba escribir porque le separaba de sus máquinas. Redactar un artículo en el orden lógico que requerían los burócratas de las editoriales era aburrido. Ernesto Rutherford, quien se sentaba en el olimpo de los científicos junto con Niels Bohr, había criticado a Lawrence tratándole de inventor —otro Edison— y negándole el título de físico nuclear. A Lawrence le daba igual la opinión de los sabios. Su ciclotrón era el motor de la física, y muy pronto el mundo se daría cuenta de ello. Pero Rutherford exigía artículos. Y él se los daría solo para cerrarle la boca. Necesitaba ayuda, alguien dispuesto a interpretar la enorme cantidad de datos, darles sentido y encargarse de las publicaciones. Tardó en encontrar el candidato ideal para el puesto de escribiente. Un físico teórico que ansiaba contactos con experimentalistas. Le llamaban Oppie y era un tipo raro. Tras terminar sus estudios en Harvard, había aceptado una doble posición en Berkeley y Caltech. Cuando se enteró de los proyectos de Lawrence, se ofreció a ayudarle.

Oppie disfrutaba con la teoría y los experimentos que imaginaba. Si Lawrence estaba orgulloso de sus títulos de las universidades de Dakota del Sur y Minnesota, instituciones académicas del montón, Oppie se había graduado en la primera universidad del país, y en tres años, cuando la mayoría de los estudiantes necesitaban cinco años. Era un genio. Lo sabían y lo sabía. En muchas cosas representaba lo que Lawrence despreciaba.

Lawrence era alto sin ser desgarbado, hombros de granjero, pelo pulcro engominado hacia atrás, vestía traje y era conservador. El azul de sus ojos transmitía la honestidad de los animales mansos, y las gafas, casi sin marco, magnificaban como una lupa su humildad. No sabía más que de ciencia, quería a su esposa, creía en sus amigos y adoraba Estados Unidos.

Oppie era un producto de la urbe, cansado de viajar por Europa, donde se había revestido de un aura de intelectual, discutía de física y escribía poesía. Hijo de una familia adinerada, pisaba con confianza, y su cara triangular apuntaba barbilla y nariz hacia el cielo cuando hablaba. Bienvivía de las rentas familiares, pero era lo opuesto a un holgazán. Había estudiado filosofía oriental y sánscrito, participaba en tertulias sobre arte y se sentía tan a gusto con políticos como entre artistas o científicos. Todos ellos eran solo su audiencia. Entraba en los seminarios como un galán de película con un volumen de Les fleurs du mal ostentosamente visible bajo el brazo.

Era delgado y llevaba el pelo más largo del campus, que apenas cubría con un sombrero demasiado grande para su cabeza. Ofendía con facilidad a colegas y estudiantes, sobre todo si eran tan naifs como para aventurar comentarios o preguntas. Su excepcional rapidez mental destruía al que preguntaba, con una violencia que no se había visto antes en Berkeley. Si no hablaba, fumaba cigarrillos con filtro o una de sus exóticas pipas. En cuanto a política, si Lawrence era un patriota ingenuo, Oppie era un americano cínico. Nada de esto molestaba a Lawrence. Las maneras de Oppie, más propias de Hollywood que de Berkeley, le parecían cómicas sin suficiente profundidad como para irritarle. Obvió algún comentario antisemita y no escuchó a quienes decían que Oppie se aprovechaba de las estudiantes jóvenes o que era homosexual. En sus reuniones con los administradores, le protegía como si fuese un miembro de su familia ignorando que en el pasado Oppie había intentado asesinar a dos hombres. Y este se había dado cuenta de que necesitaba a Lawrence para disponer de un espacio físico y mostró una admiración fingida por su concepto de «Gran Ciencia».

Además de Lawrence, algunos estudiantes le tenían aprecio a Oppie. Quizá su mejor amigo fuera Robert Serber. Aquella tarde, Serber y su pareja le habían invitado a cenar. Oppie llegó pronto y les obsequió con una botella de un Chateau Pontet-Canet del 32.

—Dejadla a temperatura ambiente y descorchadla unos minutos antes de la cena. ¿Tenéis un decantador? No, por supuesto. Era una pregunta tonta.

—Charlotte ha comprado uno para esta cena —dijo Serber.

Oppie sonrió agradecido a Charlotte y entró en la casa. En el pequeño living se detuvo a observar el único cuadro que colgaba de las paredes beige mientras daba fuertes caladas a su pipa. La novia de Serber, que veía a través de la máscara de humo de Oppie, miró a su pareja con una mueca sarcástica.

—¡Admirable! —exclamó Oppie señalando el cuadro con la pipa—. Templo dórico...

—Sí, lo parece —asintió Charlotte, ahogando un ataque de risa. Había comprado el cuadro en un museo de historia y conocía los orígenes del monumento.

—Influencia griega, sin duda —continuó Oppie—, pero los capiteles, ¿cuentan otra historia? Y la curva de las columnas. Su estilo es el de los capiteles y sus bases... No, yo diría que no son dóricas. ¡Hum! Algo no concuerda.

Charlotte reprimía la risa. Serber, colorado, la miró con reprobación y le hizo gestos para que tuviese cuidado.

—Creo que lo tengo —dijo Oppie—. ¡Etrusco!

—Tienes buen ojo, Oppie —repuso Charlotte, sin darle opción a que continuara, y aplaudió—. Puedes confirmar tus deducciones ahora mismo porque en la esquina superior izquierda del cuadro dice: «Etrusci».

Oppie no la miró. Mantuvo los ojos fijos en el cuadro.

—Ah, ¿sí? Ya ves qué torpe soy, que no me había fijado. De todos modos, muchas de esas notas son apócrifas, añadidas por el marchante para subir el precio.

Se sentaron a la mesa. Charlotte y Serber habían cocinado fajitas de carne de buey con pimiento, cebolla y tomate a la plancha y, para acompañar, una salsa verde picante hecha a base de jalapeños triturados.

—Parece que al final te has adaptado —comentó Serber mientras Charlotte le pasaba el tapón de corcho a Oppie.

—Ni a Berkeley ni a Caltech. Pides lo imposible, querido —dijo y asintió para dar el visto bueno al vino—. Ambientes vulgares. ¿Dónde está el talento? Me siento como un misionero en África: no voy a salvar a muchas almas...

Serber sabía que bajo sus palabras Oppie escondía su frustración con el trabajo de profesor y de científico. No había nacido para ser un experimentalista. No tenía ni el gusto ni la paciencia necesarios para planear los experimentos y, cuando lo intentaba, su falta de precisión con las técnicas dificultaba la interpretación de los datos. Su mente, muy creativa, odiaba la obsesión por los pequeños detalles que caracteriza a las auténticas «ratas de laboratorio», como Lawrence. En sus pocos artículos contrastaban las ideas profundas con la escasez de datos.

—Dedicas menos tiempo al laboratorio, deberías estar contento —comentó Serber.

Oppie asintió y luego habló en voz baja, con un tono suave:

—No es tan sencillo. No quiero dedicar mi vida a escribir un artículo tras otro y a pedir becas a un Gobierno tacaño. Me pregunto cómo consiguen sobrevivir Einstein y Bohr... Yo necesito acción.

La acción que buscaba no incluía trabajar con instrumentos. Oppie no sabía interaccionar con las máquinas y se sentía incómodo entre electroimanes, tubos de vacío, contadores Geiger y cualquier instrumento que pudiera mancharle las manos con grasa. Los profesores que no querían investigar estaban forzados a impartir clases, y Oppie, poco a poco, había mejorado su trabajo docente. Ya no era el antididáctico novato de los primeros meses. Dominaba la técnica y el teatro en el aula e iba camino de ser un profesor odiado pero carismático.

—¿Lawrence? —preguntó Charlotte.

—Da asco, querida —contestó Oppie—. Un aldeano reencarnado en mecánico cuya visión de la gran física es engrasar una gran máquina. Predecible ad nauseam.

Hablaba rápido, con impaciencia. Necesitar a Lawrence le irritaba.

—El rumor es que formáis un buen equipo.

—Le tolero, ¿y qué? Berkeley sigue siendo una tortura y sus megamáquinas son la cámara de los horrores.

Su asociación con Lawrence inyectaba pragmatismo a sus teorías, pero sabía que no era más que un segundón, que Lawrence era el auténtico líder de la física en América.

—¿Sabes qué? Deberías echarte novia.

—Por favor, Charlotte, «he perdido mi corazón; las bestias lo devoraron».

—No te escondas detrás de Baudelaire. ¿Qué hay de malo en enamorarse? —preguntó Serber ignorando la mueca de Oppie.

—Queridos niños, el amor es para zánganos. En mi caso, es una vía muerta.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Charlotte intuyendo que Oppie era virgen.

Oppie dejó que transcurrieran unos segundos antes de contestar:

—Como físico te diría que el amor es una de las formas más inútiles de consumir energía. Y no olvides, querida, lo que filósofos y poetas han explicado. Piensa en Shakespeare: a la larga alguien podría incluso suicidarse.

—Eres un lobo solitario.

Oppie evitó reírse mientras admiraba la mesa donde el verde del guacamole, el blanco de la crema agria y el rojo del pico de gallo destacaban sobre la carne.

—Pero volviendo a Berkeley, la universidad es mejor que vivir en el zoo de la sociedad analfabeta actual. ¿No estarías de acuerdo, querida? —dijo y comenzó a servir el burdeos—. Dejadme que brinde por vosotros: sois un analgésico para el largo invierno que es mi vida. Charlotte, tus conocimientos de arquitectura dejan mucho que desear, pero la cena es digna de Moctezuma. Gracias por acogerme a pesar de mis muchos defectos.

—¿Qué defectos? Solo espero cocinar para cuatro la próxima vez.

—No me tengas pena. No importa si soy el único en Berkeley que ni se acuesta con nadie ni cataloga elementos de la tabla periódica, estoy por encima de las dos cosas.

—Cuéntame cosas del vino —pidió Serber deseando cambiar de tema.

Oppie saboreó un sorbo, y después de hacer varios gestos de aprobación, su voz adquirió un tono pedante:

—¿Qué sabes de la orografía y los microclimas de Francia?

Serber miró a Charlotte, que no sabía si reír o llorar.

Fiesta

Fiesta

Era una fiesta para recaudar fondos para los comunistas españoles y Oppie lamentaba estar allí. Fascistas y comunistas extranjeros pensaban que habían encontrado en la guerra civil española una causa justa. El conflicto, por razones poco claras para Oppie, fascinaba a los americanos, y grupos de estudiantes izquierdistas organizaban este tipo de fiestas para recabar dinero destinado a las tropas leales a la república. Muchos acudían por las bebidas gratis, la posibilidad de socializar y la oportunidad real de acostarse con algún o alguna camarada. El Partido Comunista de Estados Unidos las utilizaba para hacer proselitismo y reclutar nuevos miembros.

Oppie buscaba el momento perfecto para marcharse. Le disgustaba la política, «otra epidemia de Berkeley». Un artista local, conocido suyo, era comunista y había insistido en que acudiese. Pensaba tomar dos sorbos de un merlot barato, sonreír unos minutos y volver a casa a terminar un artículo de Lawrence.

El ambiente era más que relajado. Las chicas le miraban con coquetería no disimulada. Una de ellas vestía un suéter ajustado y le examinaba mientras enroscaba su pelo desaliñado en un dedo. ¿Se oponía Marx a la ropa interior? Oppie se alejó de ella como quien huye de un avispero, no estaba de humor para entretener a feministas desbocadas que se habían matriculado con la intención de tener una experiencia total más allá de lo académico. Estaba cerca de la puerta de salida cuando alguien le quitó el sombrero.

—¿Cómo se le ocurre?

Ella sonrió por toda respuesta.

—¿La conozco? —preguntó enfadado.

—No creo, camarada. Soy una princesa irlandesa y me llaman Jean.

—Robert Oppenheimer —contestó de modo reflejo—. Debería...

—Ah, ¿vamos a usar el nombre completo? Jean Tatlock, entonces.

Era muy joven, quizá la más joven de la fiesta. Era de aspecto frágil y ademanes elegantes.

—De acuerdo, señorita Tatlock, devuélvame el sombrero —exigió mientras estiraba el brazo para cogerlo.

—No tan deprisa, proletario. —Oppie se sonrojó. Pensaba que si alguien hubiese oído la palabra «proletario» aplicada a él se habría reído con ganas. En Berkeley sabían que Oppie se creía una especie de Gran Gatsby, un hijo de la clase alta.

Ella hablaba mirándole a los ojos. Había reparado en la bonita cara triangular de Oppie, marcada por la nariz que cortaba una mirada azul angelical en dos mitades iguales. Una mirada que la desarmaba.

—No dice lo que piensa —repuso Oppie—. Sus ojos la engañan.

—Los tuyos en cambio parecen sinceros. —A Jean no le intimidaba flirtear con un profesor. Había crecido entre catedráticos y no les tenía ningún respeto.

—Mi sombrero, por favor. Se me ha hecho tarde —pidió Oppie sin evitar los ojos del color del ámbar de Jean.

Ella se retiró escondiendo el sombrero tras la espalda.

—¡Vamos, por el mismísimo Visnú!

Ella chasqueó la lengua.

—La religión es el opio del pueblo.

—Quizá del pueblo, pero no para mí.

—No has oído de Marx, ¿no?

Oppie ni negó ni afirmó. Le molestaba aquella listilla.

—El pueblo está de moda. Es la nueva élite, el actor principal en el drama de la humanidad.

—En su órbita, querida —dijo, y con un gesto brusco le arrebató el sombrero mientras el pelo brillante y negro le golpeaba la cara dejando una fragancia de hierba húmeda—. Marx y su comunismo me recuerdan a un viejo cuento indio: un cazador recibió una oferta para ahuyentar a un grupo de bandidos que atemorizaban una aldea. El cazador trajo un tigre y lo dejó libre. Cuando los bandidos se fueron, el cazador no fue recompensado y se marchó, pero no se llevó al tigre, y la fiera atacó a la tribu.

—¿Un adiós sin un martini?

Oppie sintió un escalofrío. «¿Me conoces? Yo también sé quién eres. La alocada hija de un profesor de francés que le ha dado cuatro joyas a una criada mexicana para pagar las cuentas del médico de su hijo. Sé que dedicas horas de trabajo gratis en hospitales y residencias de ancianos. Tienes mucho tiempo para perder, sor Tatlock».

—Verá, para el martini me gusta escoger el momento y la compañía.

—Y nunca los encuentras juntos...

Ciao —dijo.

Ella echó la cabeza hacia atrás con elegante delicadeza, le apuntó con la nariz, le ofreció sus labios, y su mirada sonriente se apoderó de los ojos tímidos y azules de Oppie, que recorrieron despacio observando la fina cintura, las caderas ladeadas y las delicadas piernas de la joven. «Una Lauren Bacall». Ella, consciente de que la observaba, acercó su cuerpo hasta que sus pechos le tocaron y, mientras él sentía los latidos de su corazón, le murmuró al oído:

—No deberías temer a Marx. Es tu salvación.

Oppie se apartó con suavidad y, al hacerlo, casi rozó sus labios. Su aliento tenía la frescura de las uvas.

Ciao —repitió—. Y cuente las copas.

Jean pensó que había perdido la batalla y dejó caer la máscara.

—Tú ganas. Hace mucho que no flirteo. Estoy oxidada.

Estaba claro que el comunismo creaba mujeres agresivas exhortándolas a hablar con ofensiva libertad de sus sentimientos y urgencias sexuales. Tenían permiso para cazar hombres. «Nunca en mi mundo».

—No he bebido lo suficiente para encontrar interesante a la gente.

—¿Hemingway? Prefiero a John Donne.

Aunque él había leído a Donne en el colegio, no recordaba ningún verso; se maldijo. No quería que creyera que era más culta que él.

—Mi verdadero interés es la poesía francesa... —balbuceó y volvió a lamentarse al recordar que su padre era profesor de francés.

Jean le interrumpió hablándole al oído:

—«Destruye mi corazón, Dios trinitario... Usa tu fuerza para romperme, aniquilarme, quemarme y crearme un nuevo yo».

Ella sabía por experiencia que esta línea no funcionaba. Los versos eran demasiado profundos y sofisticados para usarlos en un bar o en una fiesta, pero pensaba que el hombre que reconociera aquellos versos sería su caballero, aquel al que abriría su corazón.

Los versos inundaron el cerebro de Oppie y besó los labios secos y calientes de Jean.

—Salgamos de aquí —pidió ella.

—¿Y los martinis? —preguntó asustado.

Le besó en la mejilla. Esta vez con los labios entreabiertos y húmedos.

—«Juntos el momento, y el lugar, y el amor».

Se apretó contra él y metiendo una pierna entre las suyas le empujó hacia fuera, y cogidos de la mano caminaron por la calle.

Oppie el Rojo

Oppie el Rojo

Para Oppie Jean era Laksmí, el epítome hindú de la belleza. Pero la auténtica Jean era terrenal y comunista, y provocó en Oppie una transformación profunda. El profesor, que detestaba la política, era ahora un participante habitual en los mítines izquierdistas. Se había convertido en un experto en Marx y pasaba el tiempo charlando con otros profesores de Berkeley, como Haakon Chevalier, que eran miembros del Partido Comunista y del sindicato de profesores.

Lawrence observaba esta evolución preocupado y trataba de convencer a Oppie de que esos devaneos amorosos y políticos no le ayudaban en su carrera en la física: «Tu destino está en el laboratorio», le advertía.

—Quiero contribuir más a la república española —le confesó Oppie un día mientras salían del laboratorio y comenzaban a bajar una colina de Berkeley. A su izquierda quedaba la torre Campanile, y al frente, a lo lejos, la niebla sobre la bahía de San Francisco.

—¿Dinero para España? ¿Qué se te ha perdido a ti allí?

—No es España per se, está en juego el futuro de la sociedad. Hay que evolucionar, aceptar cómo piensa Moscú. Jean cree que deberíamos mudarnos a Rusia...

—¿Vivir en Moscú? ¿Te has vuelto loco?

—No puedes negar que si el comunismo se hubiese impuesto en Alemania, Italia y España habría prevenido las atrocidades de los fascistas.

—El comunismo es otra forma de dictadura y Stalin no es ningún santo...

Oppie negó con la cabeza.

—Es un sistema de igualdad y meritocracia, una nueva concepción de justicia social y un marco político más avanzado que el capitalista. Estamos inmersos en un sistema corrupto que se autoperpetúa como la Hidra manteniendo los intereses de un grupo de Rockefellers. Esto va a cambiar, los obreros e intelectuales se están organizando y el poder monolítico se derrumbará.

Lawrence detuvo sus pasos. Estaba cansado del panfleto.

—Sin competición ni emprendedores la sociedad se estancaría...

—Al infierno con los emprendedores que solo fomentan la plusvalía. Es la vieja filosofía de Carlyle y sus héroes... Los trabajadores llevarán los negocios.

—Eso es absurdo. Es un modelo que destruirá el juego democrático en el mundo. Stalin no lo ha hecho porque no tiene suficientes armas. El día que las encuentre, que Dios nos pille confesados.

—No, por primera vez tenemos un modo científico de juzgar la historia. Podemos diagnosticar los problemas de la sociedad...

—Pues tengo malas noticias para ti: el diagnóstico para la enfermedad de los soviéticos es psicosis. Y es incurable.

—Ni mucho menos. Avanzamos hacia un nuevo mundo que eliminará la competición por los recursos materiales. Habrá felicidad para cada uno y cada día...

—Vale. Vamos a cambiar de conversación. ¿Me acompañas al seminario de Bethe?

—Hans Bethe, la calculadora humana de Cornell... Me enseñó cómo calcular mentalmente los cuadrados de los números cercanos a cincuenta. Habla del concepto de radar, ¿no es así? Es una tentación, pero no puedo. Estamos recolectando fondos para comprar una ambulancia para España...

—¿Quieres un consejo? No te dejes ver tanto con esos vagos. La universidad, el FBI, todas las agencias...

—Lo sé. No tienes de qué preocuparte. ¡Salud, camarada!

—Te quiero mañana en clase, que hablaremos sobre el último artículo de Nishina en Physics Review...

—No, creo que no. Tengo un fórum de filosofía sobre Engels con un invitado especial: un alto cargo de la embajada rusa.

La metáfora del odio

La metáfora del odio

Niels Bohr llegó a Estados Unidos unos días después de entender que la fisión nuclear era posible. La estatura de Bohr y la posibilidad de que la fisión nuclear pudiese ser una nueva e ilimitada fuente de energía impresionaron a los periodistas y los periódicos, hasta entonces no muy receptivos a la ciencia, dedicaron titulares al tema.

Un estudiante de Berkeley leía el San Francisco Chronicle mientras estaba en la peluquería y un artículo llamó su atención. Si aquello era verdad, muchos científicos estaban equivocados. Se levantó, se quitó la capa y se marchó sin que acabasen de cortarle el pelo. Entró sin llamar en la oficina de Oppie, donde se lo encontró hablando con Lawrence de ciencia. Los dos miraban una pizarra, Oppie de pie y Lawrence sentado con las piernas estiradas apoyadas sobre la mesa del despacho. El estudiante anunció a gritos lo que había leído:

—Los alemanes han cortado el átomo de uranio en dos.

Lawrence se puso de pie de un salto. Oppie sopló el humo de su pipa hacia la pizarra sin moverse.

—Es una imposibilidad matemática —explicó condescendiente—. Tranquilízate y cierra la puerta al salir.

—Bohr ha declarado ante la prensa que cree que la fisión es posible y que este descubrimiento solucionará los problemas de energía del planeta.

—¡Eso es absurdo! Nosotros no hemos visto fisión en el ciclotrón. Fermi no ha visto tampoco ese fenómeno —indicó Lawrence y miró las ecuaciones que Oppie había comenzado a escribir en la pizarra.

—Lee esto —pidió el estudiante, enseñándole el periódico—. Bohr cree que es verdad.

Lawrence, a quien le costaba rechazar algo dicho por Bohr, lo leyó en dos segundos.

—Oppie, Bohr dice que la fisión es posible.

—El periodista lo habrá entendido mal —comentó.

—Tengo la impresión de que es verdad —insistió Lawrence—. Pero descubrir la fisión del átomo con el ciclotrón debería haber sido un juego de niños. ¿Cómo se nos pasó?

Oppie no quería sentirse culpable por no haber ayudado a aquellos aprovechados que no veían más allá de sus máquinas.

—La fisión es una entelequia. Un mito.

—El sindicato de estudiantes, la guerra civil española, los comunistas rusos y...

—¿Piensas que estoy distraído? —interrumpió Oppie y levantó los brazos—. De acuerdo. ¿Qué dices de Fermi? ¿Se distrajo también? Son bobadas del periódico. Pronto nos reiremos con Bohr de todo esto...

El estudiante se rascó la sien y comentó en voz baja, casi en un murmullo:

—Creo que nosotros también detectamos la fisión nuclear.

—¿A qué te refieres? —preguntó Lawrence.

—El Geiger, ¿recuerdas?

—¡Dios mío! —exclamó Lawrence y le besó en el trozo de frente que había dejado libre la faena incompleta del peluquero—. La radiactividad denunciaba la fisión. Y ¿por qué no pudimos poner esta observación en términos matemáticos? Porque Oppie estaba solicitando una posición de conserje en Leningrado.

—¡Nadie me informó sobre el Geiger! —gritó Oppie.

Lawrence ya no le oía, había salido de la habitación discutiendo en voz alta con el estudiante.

Oppie cerró de un portazo y se dejó caer en una silla. Podían irse los dos al infierno. La fisión no se incluía ni como una posible hipótesis en los experimentos más alocados de Lawrence: era un salto conceptual demasiado radical incluso para él. Era verdad que ese descubrimiento lo tenía que haber hecho Lawrence. Había fracasado. ¿Y qué? Sabía que no era un pensador profundo... Los Geigers habían cantado la verdad. Cogió el periódico de la mesa. «La fisión es un modo de producir enormes cantidades de energía. Podría solucionar los problemas de energía del mundo. Fisión es la energía que mantiene ardiendo las estrellas». Las tonterías de costumbre. Comenzó sin querer un análisis mental de la fisión del núcleo de uranio. Medio cigarrillo después se levantó y trató de escribir sus cálculos en la pizarra. Si la fisión ocurría, de acuerdo con la teoría de Einstein, se liberaría una cantidad masiva de energía en un espacio diminuto y su necesaria expansión resultaría en una explosión, pero no en una pequeña explosión... Fisión no era un concepto para la industria, interesaría a los militares. ¿Cómo la había llamado H. G. Wells? Eso es: la bomba atómica. Su mano escribía cada vez con más seguridad. Si la fisión incluía un gran número de átomos podía destruir un barrio, quizá una ciudad... Las fórmulas matemáticas se sucedían, y los cigarrillos también. Se requeriría generar cantidades industriales de uranio, y las fábricas y laboratorios para conseguirlo no existían y levantarlas tal vez nunca fuera posible. Tendrían que construir ciudades enteras para lograrlo. El número de científicos que deberían trabajar en el proyecto era espeluznante y el resto de la infraestructura, ingente. El presupuesto sería mayor que el de un país pequeño. Se trataba de un megaproyecto imposible de organizar, pero las matemáticas no mentían. ¿Y si fuese posible fabricar una bomba? Una bomba atómica basada en la fisión de uranio era factible. ¡Una bomba de fisión nuclear!

—Fisión —repitió en voz alta—. Parece un cuchillo envuelto en una metáfora oscura.

Quiso tirar la tiza contra la pizarra, saturada de fórmulas, pero se equivocó y tiró el cigarrillo. Las fórmulas se juntaron con las chispas.

«A Jean le encantará. Una bomba atómica en las manos adecuadas ayudaría a la causa. Rusia debería tenerla... Sería el arma del pueblo. Camaradas, el doctor Oppenheimer les proporcionará los medios para conquistar el mundo».

Por fin, una misión que unía física y política. En pocas semanas organizó un nuevo curso de física que denominó Teoría de la bomba atómica. Sería el curso del año en Berkeley y Caltech. Serber fue el primero en apuntarse a sus clases, aquello prometía ser un éxito total. Daba igual que algunos pensasen que no era más que otro producto fantasioso de aquel esnob y que apenas había sustancia detrás del nombre del curso... Oppie hizo caso omiso de las críticas. Tampoco le importó que Jean pensara que construir esa arma sería un acto criminal.

—La humanidad no se salva con bombas, sino con ideas —le dijo.

—Ya veremos —repuso él, sin querer pasarse de cínico.

Un idiota bien informado

Un idiota bien informado

En el mismo momento en que los científicos alemanes publicaban sus datos sobre fisión nuclear y Oppie pensaba en la utilidad del ciclotrón de Lawrence para construir un explosivo de uranio, Leo Szilard iba a visitar a Einstein.

Los brujos que leen el futuro en una bola de cristal son timadores. Muchos consideraban que Leo era uno de ellos. Sus visiones habían tenido consecuencias prácticas. Basándose en una, huyó de Alemania con una maleta llena de dinero antes de que la Gestapo lo apresase. No obstante, el don de predecir venía con la maldición de Casandra: ver el futuro servía de poco porque nadie le creía. Así, si comunicaba lo que veía al presidente de Estados Unidos, este, por más que fuera una cuestión de vida o muerte para el mundo occidental, no le haría caso. Para romper la maldición de Casandra tenía que encontrar a alguien que informase a Roosevelt de que Hitler iba a fabricar una bomba atómica. Alguien con un nivel científico tan alto que su teoría —por descabellada que esta fuera— no pudiese ser desechada por absurda.

—Supongo que no pasa nada por escribir una carta —aceptó Einstein—. ¿Quién redactará el borrador?

—Aquí traigo uno. Cuando lo dicté, mi secretaria pensó que estaba loco.

Einstein no sonrió.

—Podría ser que no fuese la única persona en pensarlo. Roosevelt creará que somos un par de idiotas...

—Cambiará de opinión una vez que Hitler comience la guerra...

—¿Qué guerra?

—Hitler está a punto de invadir Polonia.

—¿Es una profecía?

—Y esta carta iniciará el mecanismo para que el mundo democrático prepare una defensa contra él. Llámame loco...

Einstein leyó la carta. El texto exageraba la importancia de los descubrimientos de Leo, pero allí estaban las razones para construir la bomba.

—De acuerdo, la firmo ¿y se la entrego a Roosevelt? No puedo presentarme en la Casa Blanca y sentarme en el jardín a tomar un té como hacen otros. No sería de buena educación...

La mano de Einstein no dudó mientras firmaba.

—No será necesario, un amigo personal del presidente se la llevará.

—Bien. Adiós, Leo. Y gracias por darme la oportunidad de hacer Historia —bromeó.

—Gracias a ti por el té —repuso Leo sin reírle el chiste.

Einstein se quedó pensando que Leo era un idiota. El olor del mar y el sonido de las olas volvieron al patio. Sacó la pipa del bolsillo y la llenó con movimientos lentos. Aspiró el humo con placer. «Un idiota, sí, pero bien informado».

El Comité del Uranio

El Comité del Uranio

Hitler invadió Polonia un mes más tarde. Muchos científicos húngaros en el exilio, incluyendo a Leo Szilard, Edward Teller, Winger y Von Neumann, colaboraban entre ellos y conocían a una plétora de compatriotas matemáticos y físicos que trabajaban en Alemania, Suiza y otros países fronterizos y que servían como fuentes de información de lo que ocurría en la Alemania nazi. Einstein pensaba que esa red de conocimiento era el truco que subyacía bajo el presunto talento supernatural de Leo. Pero ese septiembre, él y el mundo entendieron, como predijo Leo, que Hitler iba a hacer lo posible por subyugar a la humanidad bajo las botas de los nazis.

Roosevelt no quería que su país participase en la guerra europea por varias razones: Hitler estaba loco, pero no estaba atacando a Estados Unidos; la guerra podía debilitar la economía de países que potencialmente acabarían siendo competidores con la economía americana; su electorado, una gran mayoría de sus votantes no eran partidarios de participar en una guerra. Además, lo que Einstein proponía era demasiado complicado, la gran mayoría de los científicos del país no entendían de qué hablaba, y podía ser que, por muy genio que fuese, estuviese completamente equivocado. De todos modos, estaba el asunto de la potencia destructiva de esa nueva arma. Si era verdad lo que proponía Einstein, esa tecnología podía dar un poderío incomparable al Ejército. Porque si una sola bomba, transportada en barco, podía destruir una ciudad portuaria, había que prestarle atención. Para un político esto significa formar un comité, así que Roosevelt constituyó el Comité del Uranio con representantes del Ejército de Tierra y la Marina.

Nadando a contracorriente

Nadando a contracorriente

A pesar de la rápida reacción de Roosevelt, el director del Comité del Uranio, víctima de la maldición de Casandra, no creyó una sola palabra de la carta de Einstein. Su misión era proteger el presupuesto de las armas convencionales, así que decidió evitar cualquier tontería atómica. Para acallar posibles protestas adjudicó diez mil dólares a Leo y Fermi para generar una reacción en cadena controlada de neutrones.

Fermi estaba estudiando la fisión nuclear con su acostumbrada profundidad. La primera aplicación práctica de la fisión podía ser una pila —prefería ese nombre al de reactor nuclear—: una máquina capaz de generar una reacción en cadena de neutrones que pudiera ser puesta en marcha y detenida a voluntad. La Universidad de Chicago mostró interés por la pila, de modo que Fermi y Leo se mudaron allí.

No hacía mucho que Fermi había llegado a Estados Unidos. Estaba casado con una judía y tuvo que huir de las leyes antisemitas de Mussolini. La familia escapó aprovechando el viaje a Suecia para recoger el Premio Nobel. Si América entraba en guerra con los nazis, él tenía motivos personales para ayudar a su patria de adopción a derrotar a quien quería eliminar a los judíos.

En Chicago, Fermi se concentró en preparar su pila. Como la pila de Volta, la nuclear también requería una ordenada disposición de capas alternativas de materiales, en este caso de grafito y uranio, para producir energía.

Leo, por su parte, presumía de ser la primera persona que había visto una reacción en cadena. Fue en Londres, una mañana camino de un museo, justo antes de cruzar un semáforo. En su imaginación contempló cómo un neutrón al chocar contra un núcleo liberaría otros neutrones, que chocarían con otros núcleos vecinos, liberando más neutrones, y así sucesivamente. La energía producida a una velocidad fulgurante y en un espacio tan pequeño buscaría una rápida expansión provocando una explosión. Se quedó de pie en el semáforo bajo la lluvia un tiempo indefinido. Cuando salió del trance, completamente empapado y sin saber a dónde iba, pensó que había redescubierto el fuego. Nadie le tomó en serio. Decidió resolver los cálculos matemáticos para ofrecer pruebas concluyentes de la reacción en cadena y, en cuanto consiguió datos preliminares, patentó la idea. Años más tarde, como le había ocurrido a Oppie con Lawrence, Leo encontró en Fermi, un experimentalista, al colaborador ideal.

Nunca preguntes por quién doblan las campanas

Nunca preguntes por quién doblan las campanas

Jean terminó su romance con Oppie en 1939 coincidiendo con la derrota de los comunistas en la guerra civil española y el inicio de la guerra europea. Jean había puesto la relación en constante peligro con una serie de rupturas seguidas de desapariciones de las que volvía a emerger como si nada hubiese ocurrido. Unos creían que era mentalmente inestable y otros, que usaba sus depresiones para escapar en busca de relaciones sexuales más satisfactorias.

A veces, en mitad de la escapada, Jean le llamaba, y él abandonaba lo que estuviese haciendo para ir a buscarla. Ella le aseguraba que iba a conseguir que la quisiese otra vez. A él no le hacía falta que se lo dijera. La noche, negra y brillante, les encontraría en la cama, envueltos en el humo de la pipa.

—Me gustaría que pudieses amar la vida tanto como ella te ama a ti.

—Esa bruja frígida es la más inútil de mis amantes —repuso Jean.

—Un lenguaje impropio de una psiquiatra.

—No estudio para curarme, si eso es lo que quieres decir.

—¿Me odias?

Ella negó con la cabeza.

—Es fácil aguantarte. Tus besos no son perfectos, pero cuando no los tengo no puedo llegar a un pacto con la vida...

No pasaron muchos días desde su regreso cuando Jean le confesó que había otros hombres, que estaba harta de la relación y que lo mejor sería que se marchase de su apartamento y la olvidara. Oppie no quiso escucharla y volvió a pedirle que se casara con él. En el pasado, ante la misma pregunta, ella había dudado. Esta vez dijo claramente que no.

Durante los tres años que había durado su relación, el amor que Oppie sentía por ella no había dejado de crecer. Jean era la única persona a la que podría querer. Verse abandonado era peor que sentirse náufrago: era vagar maldito por haber tenido la mala fortuna de no haberse ahogado al hundirse el barco. En las profundas horas de dolor fantaseaba con hacerla prisionera y torturarla.

Para mantener el recuerdo de Jean vivo, Oppie pasaba el tiempo con los amigos de ella. Haakon se había hecho inseparable. Juntos habían formado una tertulia política y se rumoreaba en el campus que habían organizado una célula comunista destinada a participar en misiones de máxima relevancia, no como las pequeñas tareas encomendadas a otros miembros del partido, como Jean o Frank Oppenheimer, el hermano de Oppie.

La superbomba

La superbomba

El descubrimiento de la fisión nuclear dio enorme prestigio a dos físicos exiliados de Alemania, Otto Frisch y Lisa Meinert. Y con la fama internacional llegaron ofertas de trabajo en universidades de Europa y América. Lisa no deseaba irse de Suecia porque conservaba la esperanza de regresar a Alemania. Otto tomó la decisión de unirse a Rudolf Peierls en Inglaterra. Tenía muchas afinidades con él: además de físicos, los dos eran alemanes y se habían visto obligados a exiliarse para seguir investigando, odiaban a los nazis y querían utilizar la física nuclear para influir en el destino de la guerra.

Una bomba basada en la fisión nuclear le daría al mundo occidental un arma contra la que Hitler no tendría posibilidad alguna de defenderse. La bomba atómica ganaría la guerra instantáneamente. Había, por supuesto, muchos obstáculos. Diseñar la tecnología necesaria para generar la bomba de uranio no era tarea fácil. Ellos solos no podrían conseguirlo, se precisaba una legión de científicos. Así que debían hacer algo para que otros comenzaran a unírseles.

—Tenemos que iniciar el proyecto con una llamada de atención...

—Hablar de física es una cosa, proponer construir una bomba usando un concepto tan nuevo...

Era imposible escribir sobre la bomba atómica sin pensar que estaban perdiendo el tiempo. Se lo tomaron con humor y filosofía y, casi sin darse cuenta, acabaron resumiendo sus notas —llenas de especulaciones— en un documento que comenzaba a tener algo de sentido. Borrador tras borrador, esquivaron aspectos para los que las matemáticas no estaban aún descritas; disminuyeron la trascendencia de otros apartados, incluyendo la escasez de los isótopos de uranio necesarios; y aceptaron como demostrados avances tecnológicos, como la separación y purificación de los isótopos de uranio, que aún esperaban validación. Cuando terminaron la copia definitiva, habían redactado un informe técnico e impreciso.

—Dame un título —pidió Peierls.

Después de descartar varios llegaron a uno que les parecía que cumpliría su misión:

La superbomba.

—¡Suena rimbombante! Atraerá la atención. Hay que envolverlo con retórica física y militar para darle un aspecto más oficial —dijo Peierls.

—«Memorándum sobre las propiedades de una superbomba radiactiva».

Peierls levantó los brazos al cielo.

—¡Estás inspirado! Vamos, coge tus cosas, nos esperan miembros del Gobierno.

—Tenemos que hacer la venta más increíble del siglo.

El informe MAUD

El informe MAUD

Militares y ministros fueron pillados por sorpresa por el informe de Otto y Rudolf. Los físicos proponían, casi exigían, el desarrollo de un explosivo basado en la utilización de un isótopo de uranio. Afirmaban que un kilogramo de uranio bastaría para producir una explosión devastadora y que una sola bomba arrasaría una ciudad por completo. Este efecto sería aún más devastador si la radiactividad era transportada por el viento y se dejaba caer como lluvia letal lejos del área de la explosión. Debido a la persistencia de la radiactividad, la zona atacada, por ejemplo un puerto, quedaría inutilizada durante meses aunque no resultase destruida.

El proyecto detallaba aspectos técnicos. El isótopo U-235 era el ideal para una reacción en cadena de neutrones. El U-235 y el U-238, por lo tanto, debían separarse y el U-235, almacenarse. Un método de separación de isótopos se había descrito y utilizado en la práctica, aunque no con uranio. El inventor, se advertía con tono siniestro, era un físico nazi.

Para convencer a los militares se comentaba que no existía defensa alguna contra la superbomba. Por lo que su producción, con la amenaza de usarla, constituía un fuerte elemento disuasorio para cualquier tipo de conflicto bélico.

El ministro de Defensa inglés, a pesar del escepticismo de los militares, formó un comité encargado de formular el protocolo para construir el explosivo antes de que lo hiciese Hitler. El comité debería aclarar numerosos aspectos del memorándum: cuán plausible era la producción del artefacto nuclear; cuál era la mejor metodología para construirlo; cuánto tiempo era necesario para conseguirlo, y cuál sería el coste total de la operación. James Chadwick, premio Nobel de Física por el descubrimiento del neutrón, fue el elegido para dirigir el comité, que recibió el nombre clave de MAUD: Aplicación Militar de la Bomba de Uranio, por sus siglas en inglés.

La búsqueda del tiempo perdido

La búsqueda del tiempo perdido

Oppie pronto comprendió que los amigos de Jean y las actividades del Partido Comunista no eran consuelo para su pérdida. Buscó nuevas emociones y encontró a un estudiante de Matemáticas que no ocultaba sus tendencias homosexuales. Sus contactos se hicieron cada vez más frecuentes y el joven se mudó al apartamento de Oppie. El campus se dividió entre quienes creían posible una relación platónica y quienes pensaban que eran amantes. Fuera como fuese, vivir bajo el mismo techo con el estudiante consiguió restablecer el equilibrio en la vida de Oppie, que retornó a su rutina de profesor de física y de director de laboratorio. Para el estudiante, por el contrario, la relación era destructiva y acabó huyendo del piso una noche de lluvia.

Los detalles del informe MAUD

Los detalles del informe MAUD

Un año después de que Otto y Peierls remitieran su informe, Chadwick completó el suyo. El informe MAUD confirmaba la posibilidad de construir una bomba atómica y abundaba en detalles técnicos y términos físicos:

1. La mínima cantidad de uranio requerida para que se originase una reacción en cadena era la masa crítica.

2. Se requerían doce kilogramos de uranio purificado para una explosión equivalente a mil toneladas de TNT, un kilotón capaz de destruir Londres.

3. El método que debía usarse para purificar el U-235 era la difusión gaseosa porque las alternativas —electromagnético, centrifugación y termal— eran demasiado lentas.

4. El agua pesada no era un buen moderador.

El informe esbozaba asimismo un plan agresivo y detallado de ingeniería:

1. Para que la explosión fuese eficaz deberían instalarse separadas dos masas subcríticas. Una sería cóncava, donde podría encajar la otra en forma de proyectil.

2. En el momento de la detonación, una masa sería disparada, usando un cañón, contra la otra produciendo una masa crítica instantánea y la reacción en cadena de los neutrones.

3. Debido al cañón, el peso de la bomba superaría una tonelada, pero podría ser lanzada desde un Boeing F-17, también llamado Fortaleza Volante.

El informe terminaba con tres conclusiones:

1. La bomba atómica es posible y dará la victoria en la guerra.

2. Es una prioridad absoluta para el Reino Unido porque requiere una revolución en la tecnología de la purificación de isótopos, seguida de su industrialización. 3. Debido al costo económico, es necesaria la colaboración con Estados Unidos.

Reunión para discutir el informe

Reunión para discutir el informe

El informe no era perfecto, pero sentaba las bases para iniciar el trabajo, marcaba el camino que seguir y establecía la necesidad de emplear cierta logística. Chadwick estaba satisfecho y llegaba a la reunión con optimismo. Le habían recogido temprano en un coche sin ninguna insignia que se había dirigido hasta una granja a las afueras de Londres. Un humo blanco ascendía por una chimenea y, desde el exterior, la casa ofrecía el aspecto bucólico e inofensivo de la campiña inglesa.

Una vez cruzado el umbral, un soldado escoltó a Chadwick hasta un salón donde se encontraban reunidas cuatro personas: el ministro de Defensa y tres altos mandos militares. No había secretarias ni tipógrafos. Veinte soldados vigilaban la casa, pero no estaban a la vista. Cuatro más servían de porteros armados. Tazas de té humeantes, servidas por el ministro, acompañaban los documentos y los blocs de notas.

—Escuche, profesor. Vamos a imaginarnos que la superbomba no es una fantasía, sino una realidad —planteó un general—. ¿Cuánto costaría producirla?

Chadwick esperaba la pregunta. Tenía para ellos un presupuesto detallado si lo querían. Eran matemáticas simples.

—Unos cien millones de libras esterlinas. Con ese presupuesto podríamos construir una fábrica que produjese tres bombas cada dos meses.

—¿Solo una fábrica? Parece sencillo... ¿Cuándo podría estar lista?

—No hay una respuesta fácil para esa pregunta. Podemos reconvertir las usadas para construir turbinas... Tampoco tenemos ciclotrones. Está el de Joliot en París y los de Lawrence en Berkeley. Existen modelos más pequeños en Princeton y Harvard...

—Pero no en el Reino Unido.

Negó con la cabeza. Él estaba construyendo uno. Los trabajos iban despacio y se encontraban en una fase demasiado temprana para comentarlo.

Otro general levantó la mano y preguntó:

—¿Menciona que necesitaríamos un isótopo raro del uranio?

Chadwick asintió con la cabeza.

—El porcentaje de este es menor de un 0,5 por ciento... —insistió el militar.

—Sí. Un gramo de U-235 por cada doscientos del otro isótopo, U-238.

El general sonrió y bajó su mano.

Las ventanas estaban cubiertas con contraventanas de madera gruesa de color marrón oscuro casi negro. Las paredes del salón eran blancas y estaban decoradas con fotografías de zonas rurales de Inglaterra enmarcadas en negro, todas del mismo tamaño, rectangulares, a la misma altura y con una disposición simétrica en las cuatro paredes. Había una docena de sillas de madera, sólidas, de alto respaldo, rústicas y lujosas a la vez que rodeaban una mesa rectangular, negra y brillante.

Chadwick notó que los generales hablaban de la guerra como si fuese su asunto algo privado, sin que los civiles, como él, tuvieran derecho a entender y mucho menos a opinar sobre ello. Los muros que separaban los cuarteles de las calles de las ciudades eran anchos e impermeables. Pero las guerras no le eran ajenas. Se habían inmiscuido en su vida como si fuesen un cáncer. Tras graduarse del laboratorio de Rutherford, con poco más de veinte años, se unió al equipo de Hans Geiger, en Alemania, y allí le sorprendió el comienzo de la Gran Guerra. Cayó prisionero y pasó el tiempo encerrado en un campo de concentración hasta que terminó la guerra. Esta experiencia dejó su marca, y si en la primera guerra europea tuvo que conformarse con un papel pasivo, en esta no iba a ser igual. El destino le había dado la hora de la revancha.

Los militares habían leído el informe y se habían reunido con anterioridad con el ministro. Según ellos el plan de Chadwick no era viable. Ni se podría obtener suficiente U-232, ni se podrían construir las fábricas a tiempo para tener una bomba lista contra Hitler, ni el país podría costear los gastos de la fantasiosa misión. Lo lógico era aumentar el número de aviones, destructores y submarinos. ¿Investigación? Poca y centrada en el desarrollo del radar.

—¿Cuánto personal debería dedicarse a esta misión? —preguntó otro general tamborileando con los dedos en la mesa.

—Cincuenta mil. Para empezar. Deberían unirse más...

Chadwick no dudó en su respuesta. El equipo MAUD había pasado meses calculando estos detalles.

—Exigirá un gran sacrificio a los ciudadanos y al Ejército... ¿Puede garantizar que tendrá su bomba a tiempo? ¿En un año?

El proyecto no había comenzado, de modo que era difícil predecir el ritmo del progreso.

—No —balbuceó entre dientes con la boca seca. Lamentaba tener que decir no: había demasiado en juego, aunque no lo suficiente para mentir.

—¿Podríamos ganar la guerra sin la superbomba? —preguntó el almirante.

Chadwick no necesitaba pensar.

—Si los nazis disponen de esta tecnología, no.

—¡Se equivoca! —repuso el marino—. Ganaremos la guerra con los medios que tenemos ahora a nuestra disposición.

Chadwick miró al ministro. Este le sonrió. Un general tomó la palabra:

—Quiero aclarar un concepto de estrategia militar, doctor. Se necesitan dos guerras, no una, para demostrar la utilidad de un nuevo armamento. Monty y Rommel usaron tanques probados durante la Gran Guerra. No se puede emplear una nueva arma sin dedicar tiempo a probarla, a entrenarse y aprender a protegerse... Por lo que dice, la bomba es tan sofisticada que necesitaría meses o años de pruebas antes de poder ser utilizada...

Chadwick respiró hondo. Había venido a discutir logística, no a convencer a nadie de lo obvio: la bomba atómica cambiaría el significado y la naturaleza de las guerras. Eso los generales deberían saberlo ya. Puso las manos en la mesa, apretó los dientes y volvió a respirar hondo.

—Nuestros hombres ganarán la guerra si Hitler no dispone de la bomba atómica. Ustedes ven la guerra como un negocio de soldados y de balas, de Napoleones y Waterloos. Discuten sobre guerras del pasado. ¿Necesitamos dos guerras? ¿Hablan en serio? ¿En qué mundo viven? ¡No entienden que no habrá dos guerras atómicas!

Uno de los generales con más medallas en el pecho de las que Chadwick se iba a molestar en contar se puso de pie; sus nudillos apretados contra la mesa se tornaron blancos. Pero Chadwick no había terminado aún y no le dejó tomar la palabra:

—¡Sigan limpiando sus mosquetones! Hitler conquistó las minas de uranio de Europa y se hará con el agua pesada de los países nórdicos. ¿Por qué lo ha hecho? Las V2 cargadas con bombas de uranio destruirán Londres, Mánchester, Liverpool, Glasgow y Cardiff... ¡en solo una noche! Una noche. Eso es lo que un ejército armado con bombas atómicas necesita para ganar esta guerra.

Chadwick escupía al hablar. Los tres uniformados estaban de pie y miraban al ministro, mientras le señalaban como pidiéndole que lo arrestase.

—Este es el cuento de nunca acabar: el del rayo letal de color verde que desintegra un ejército —uno de los generales pudo balbucear—. Aquí tenemos a un bobo lleno de fantásticas teorías pidiendo que disminuyamos el presupuesto de las armas por una idea improbable y absurda.

El ministro levantó las manos para pedir silencio y compostura. Dos generales se sentaron, el almirante se quedó de pie tamborileando en la mesa.

—No crean que no agradezco la pasión, caballeros. Es parte de nuestra invencible naturaleza —indicó y asintió levemente. Luego se giró hacia Chadwick—. Dudo mucho que nuestros cuatro cerebros juntos puedan equipararse a la mitad del suyo. —Los dos generales sonrieron, pero el ministro no bromeaba—. No tenemos la oportunidad de hablar con un premio Nobel cada día. Además de ser el científico más brillante del reino, es usted un patriota y un héroe de guerra, y por ello le respetamos.

La mandíbula de Chadwick se relajó, pero la tensión en el ambiente no había disminuido mucho.

—Sin embargo, profesor —continuó el ministro con voz suave y autoritaria—, su solución no es perfecta. El informe MAUD describe una serie de escenarios inconsistentes con nuestro presupuesto —explicó y vio en su campo visual periférico cómo el almirante se sentaba—. Y si añadimos que su calendario no se ajusta al de la guerra... Eso disminuye el entusiasmo por el proyecto.

El ministro miró a Chadwick y vio que sus ojos reflejaban cansancio intelectual. El ministro no se inmutó, la cara del profesor no le afectaba lo más mínimo.

—No podemos, a estas alturas, retirar fondos de la RAF, la Marina real o de Monty. Nuestros soldados mantienen las hordas nazis en jaque en todos los frentes.

—¡Así es! ¡Sería absurdo y suicida! —gritó el almirante.

—Pues entonces —concluyó Chadwick en voz baja—, he terminado aquí. —Se levantó de la silla—. Churchill insistió en que asistiese a esta emboscada, y así lo he hecho. Creo que él desechará sus críticas.

Dos generales se levantaron con él.

—Winston me comentó que usted, como nosotros, goza de su amistad —intercedió el ministro—. Antes de que se vaya me gustaría hacer un resumen de la reunión. Así que, por favor, regresen a sus sitios.