1. Bree

CHULETA DE JUGADAS:

Papel que el mariscal de campo lleva en la muñequera para

consultar fácilmente las jugadas que el equipo va a realizar.

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Bree

Evitar que se te caigan dos tazas de café ardiendo y una caja de dónuts mientras estás intentando abrir una puerta principal no es tarea fácil. Pero como soy la mejor amiga que una persona podría desear, lo que le recordaré a Nathan en cuanto entre en su piso, lo consigo.

Siseo cuando, al girar la llave, una salpicadura de café que sale disparada por el agujerito de la tapa me cae en la muñeca. Tengo la tez clara, por lo que hay un millón por ciento de probabilidades de que me deje una marca rojísima.

En cuanto pongo un pie en el piso de Nathan —que, en realidad, no debería llamarse piso porque tiene el tamaño de cinco pisos grandes unidos entre sí—, su conocida fragancia limpia y fresca me arrolla como un autobús. Conozco tanto este olor que creo que podría seguirlo como un sabueso si alguna vez Nathan desapareciera.

Con el talón de mi deportiva, cierro de golpe la puerta principal con el entusiasmo suficiente para advertir a Nathan de que estoy aquí. ¡ATENCIÓN, MARISCALES DE CAMPO SEXIS! ¡TAPAOS LAS VERGÜENZAS! ¡HAY UNA MUJER DE OJOS LASCIVOS EN CASA!

Se oye un grito agudo en la cocina y frunzo el ceño de inmediato. Echo una ojeada dentro y veo a una mujer con un pijama de pantalón corto, color rosa pálido, apretujada contra el rincón más alejado de la encimera de mármol blanco de la cocina. Sujeta un cuchillo de carnicero contra su pecho. Nos separa una isla inmensa, pero por la forma en que los ojos se le salen de las órbitas, cabría pensar que yo le estoy presionando con otro igual en la yugular.

—¡NO TE ACERQUES MÁS! —chilla, y yo entorno al instante los ojos preguntándome por qué tiene que ser tan chillona. Da la impresión de que lleva puesta una pinza de la ropa en el puente de la nariz y de que acaba de inhalar un globo entero lleno de helio.

Levantaría las manos para no morir acuchillada, pero voy cargada con cosas para desayunar; cosas para mí y para Nathan, no para la señorita Chillona. Pero este no es mi primer rodeo con una de las novias de Nathan, de modo que hago lo que hago siempre y sonrío a Kelsey. Y sí, sé su nombre porque, aunque ella finge no acordarse de mí cada vez que nos vemos, lleva ya unos meses saliendo con Nathan y hemos coincidido en varias ocasiones. No tengo ni idea de cómo pasa Nathan el tiempo con esta mujer. Parece todo lo contrario del tipo de persona que yo elegiría para él; como todas.

—¡Kelsey! Soy yo, Bree, ¿recuerdas? —«La mejor amiga de Nathan desde el instituto. La mujer que estaba aquí antes que tú y que seguirá aquí después de ti. ¡¿ME RECUERDAS?!».

Suelta un gran resoplido de alivio y relaja los hombros.

—¡Dios mío, Bree! Me has dado un susto de muerte. Creí que eras una acosadora que se había colado aquí de algún modo. —Deja el cuchillo, arquea una de sus cejas perfectamente cuidadas y murmura en voz no demasiado baja—. Aunque, bien mirado…, es lo que vienes a ser.

La miro con los ojos entrecerrados y una sonrisa tensa.

—¿Se ha levantado ya Nathan?

Son las seis y media de la mañana de un martes, por lo que tengo la certeza de que ya está despierto. Cualquier novia de Nathan sabe que, si quiere verlo ese día, tiene que despertarse tan pronto como él. Este es el motivo por el que Kelsey, la del pijama de satén, está en la cocina con aspecto de cabreada. Nadie valora la mañana como Nathan. Bueno, salvo yo; a mí también me encanta. Pero somos más bien raros.

Kelsey gira despacio la cabeza hacia mí con sus delicados ojos azul cielo encendidos de odio.

—Sí. Está en la ducha.

«¿Antes de que vayamos a correr?».

Kelsey me mira como si le supiera mal tener que ampliar la respuesta.

—Hace unos minutos me choqué sin querer con él al entrar en la cocina. Él llevaba su batido de proteínas en la mano y… —Hace un gesto de fastidio para dejar que termine el relato por ella: «Le tiré el batido encima a Nathan». Creo que la está matando admitir que ha hecho algo humano, así que me apiado de ella y me vuelvo para dejar la caja de dónuts en la absurdamente grande isla central.

La cocina de Nathan es fantástica. Está diseñada en tonos monocromos de crema, negro y metálico, y dispone de un amplio ventanal con vistas al océano. Es mi lugar favorito para cocinar y exactamente lo opuesto a mi caja de cerillas situada a cinco manzanas de aquí. Pero esa caja de cerillas está al alcance de mi bolsillo y cerca de mi estudio de ballet, por lo que, en general, no me puedo quejar.

—Seguro que no es para tanto. Nathan nunca se enfada por cosas como esta —digo a Kelsey, ondeando mi bandera blanca una última vez.

—Eso ya lo sé —dice empuñando su espada de samurái y haciéndola trizas.

«Entendido».

Doy un primer sorbo al café y dejo que me haga entrar en calor bajo la mirada gélida de Kelsey. Solo queda esperar a que Nathan aparezca y podamos seguir con nuestra tradición de los martes. Se remonta a nuestro primer año de bachillerato. Por aquel entonces yo era más bien una autodesignada solitaria, no porque no me gustara la gente o relacionarme con ella, sino porque vivía solo para el ballet. Mi madre solía animarme a saltarme la danza de vez en cuando para ir a una fiesta y estar con mis amigos. «Los días de poder ser simplemente una cría y divertirte no durarán toda la vida. El ballet no lo es todo. Es importante crearse una vida también fuera de él», me dijo en más de una ocasión. Y, por supuesto, como la mayoría de adolescentes obedientes…, no le hice ni caso.

Entre bailar y trabajar después de las clases en un restaurante, no tenía amigos, la verdad. Pero entonces llegó él. Como quería aumentar mi resistencia, empecé a ir a correr en la pista de nuestro colegio antes de clase, y el único día que podía combinármelo sin problemas era los martes. Una mañana me presenté y me asombró ver que ya había otro alumno corriendo. Y no cualquier alumno, sino el capitán del equipo de fútbol americano; el señor Cachas Buenorronson. Nathan no tuvo una fase difícil; a los dieciséis tenía el aspecto de un chico de veinticinco. De lo más injusto.

Se supone que los deportistas son maleducados, machistas, engreídos. Nathan, no. Me vio con mis zapatillas desgastadas, el cabello rizado recogido en el moño más burdo que jamás se haya visto, y dejó de correr. Se me acercó, se presentó con su inmensa sonrisa distintiva y me preguntó si quería correr con él. Hablamos todo el rato, convertidos al instante en mejores amigos con muchas cosas en común a pesar de nuestros orígenes distintos.

Sí, lo adivinaste: procede de una familia rica. Su padre es el director general de una empresa tecnológica y jamás mostró demasiado interés en Nathan, a no ser que estuviera presumiendo de él ante sus colegas de trabajo en el campo de golf, y su madre se limitaba a estar ahí y a insistirle en que llegara a lo más alto y la pusiera en el candelero con él. Siempre tuvieron dinero, pero lo que no tuvieron hasta que Nathan triunfó era prestigio social. Por si todavía no te has dado cuenta, no soy demasiado fan de sus padres.

Bueno, así es cómo empezó nuestra tradición de los martes. ¿Y el momento exacto en que me enamoré de Nathan? Puedo precisar el segundo en que sucedió.

Cuando estábamos dando la última vuelta aquel primer día, me sujetó la mano. Tiró de mí para que me detuviera y se agachó delante de mí para anudarme los cordones de la zapatilla. Podría haberme dicho simplemente que los llevaba desatados, pero no; Nathan no es así. Da igual quién eres tú o lo famoso que es él; si llevas los cordones de la zapatilla desatados, él te los ata. Nunca he conocido a nadie así. Me volví loca por él desde el primer día.

Los dos estábamos decididos a triunfar, a pesar de lo jóvenes que éramos. Él siempre supo que acabaría en la NFL y yo sabía que iría a la Juilliard y que después acabaría bailando en una compañía. Uno de esos sueños se hizo realidad, y el otro, no. Por desgracia, perdimos el contacto en la universidad —de acuerdo, yo hice que perdiéramos el contacto—, pero el azar quiso que me trasladara a Los Ángeles después de graduarme, cuando una amiga me habló de otra amiga que quería contratar a una profesora auxiliar en su estudio de danza, justo cuando Nathan firmaba un contrato con Los Angeles Sharks y se mudaba también a esta ciudad.

Nos encontramos por casualidad en una cafetería, me preguntó si querría ir a correr con él el martes por los viejos tiempos, y lo demás es historia. Retomamos nuestra amistad como si no hubiera pasado el tiempo y, desafortunadamente, mi corazón seguía latiendo por él como antes.

Lo curioso es que no era de prever que Nathan lograra ascender tanto en su carrera como ha hecho. No, Nathan Donelson fue elegido en la séptima ronda del Draft, evento en el que se recluta a deportistas universitarios, y, de hecho, calentó el banquillo como mariscal de campo suplente dos años enteros. Pero jamás se desanimó. Trabajó más, se entrenó más, y se aseguró de estar preparado por si alguna vez llegaba el momento de tener que saltar al terreno de juego, porque así es como Nathan se lo plantea todo en la vida: esforzándose al cien por cien.

Y, entonces, un día, todo eso tuvo su recompensa.

El anterior mariscal de campo titular, Daren, se rompió el fémur en el terreno de juego durante un partido y tuvieron que hacer entrar a Nathan. Si cierro los ojos, todavía veo ese momento. Una camilla llevándose del campo a Daren. El coordinador defensivo corriendo por la banda hacia Nathan. Nathan levantándose como un rayo del banquillo y escuchando las instrucciones del coordinador. Y entonces, justo antes de ponerse el casco y entrar en el campo para lo que pasaría a la historia como el inicio de su carrera, Nathan alzó los ojos hacia la grada buscándome a mí. (Por aquel entonces no tenía palco privado). Yo me levanté, establecimos contacto visual, y Nathan parecía a punto de potar. Hice lo que sabía que lo ayudaría a relajarse: esbocé una mueca estrafalaria y saqué la lengua de costado.

Una sonrisa le iluminó la cara y, después, lideró el equipo de tal forma que jugó el mejor partido de la temporada. Nathan pasó a ser el mariscal de campo titular durante el resto del año y llevó a los Sharks a la Super Bowl, donde se alzaron con la victoria. Esos meses fueron un torbellino para él. De hecho, lo fueron para ambos, porque ese fue el año en que yo pasé de ser simplemente profesora en un estudio de danza a ser dueña del estudio.

He venido aquí hoy para ir a correr con Nathan y como ayer por la noche no jugó a su mejor nivel, sé que esta mañana correrá extrafuerte. Su equipo ganó igualmente el partido —y accedió oficialmente a los playoffs, las eliminatorias para la Super Bowl, ¡viva!—, pero le interceptaron dos lanzamientos, y como Nathan es un perfeccionista en lo que se refiere a…, bueno, a todo, sé que andará por aquí dando tumbos como un oso con un tarro de miel vacío.

La voz aguda de Kelsey me saca de mi nostalgia.

—Sí, bueno, no te lo tomes a mal…, pero ¿qué haces aquí?

Cuando dice «no te lo tomes a mal» quiere decir «no te lo tomes nada bien, porque mi intención es soltarte algo extraviperino». Ojalá se portara así delante de Nathan. Cuando él nos ve, es de lo más dulce.

Le dirijo mi sonrisa más risueña, negándome a permitir que me robe la alegría tan temprano.

—¿Qué parece que hago aquí?

—Comportarte como una acosadora repugnante que está secretamente enamorada de mi novio y que se cuela en su casa para llevarle el desayuno.

Bueno, este es el problema. Kelsey dice las palabras «mi novio» como si fueran cartas ganadoras, como si acabara de lanzarlas a la mesa y yo tuviera que soltar un grito ahogado y taparme la boca con las manos, asombrada. «¡Dios mío! ¡Ha ganado!».

Poco se imagina que su carta es el equivalente a un cinco de tréboles solitario. En la vida de Nathan las novias vienen y van como si fueran dietas milagro. Yo, en cambio, estaba aquí mucho antes que la hipócrita de Kelsey, y estaré aquí mucho después, porque soy la mejor amiga de Nathan. Soy yo quien ha estado a su lado en todo momento, y él ha estado a mi lado en todo momento: la fase de aspecto desgarbado en el instituto —mía, no suya—, el día de su fichaje para el fútbol universitario, el accidente de coche que me cambió totalmente el futuro, cada virus estomacal de los últimos seis años, el día que asumí la propiedad del estudio de danza y el instante en que le llovía confeti después de que su equipo ganara la Super Bowl.

Pero, y esto es lo MÁS importante, yo soy la única persona en todo el mundo que sabe cómo se hizo la cicatriz de cinco centímetros que tiene justo debajo del ombligo. Te daré una pista: es embarazoso y tiene que ver con un calentador de cera para depilarse en casa. Te daré otra pista: yo lo desafié a hacerlo.

—¡Sí! —digo con una sonrisa exagerada—. Podría decirse así. Acosadora que está secretamente enamorada de Nathan. Esa soy yo, desde luego.

Los ojos casi se le salen de las órbitas porque creía que eso me fastidiaría de verdad. «¡No puedes hacerme daño con la verdad, Kels!». Bueno, salvo por lo de acosadora.

Me vuelvo y espero a Nathan. Hubo un tiempo en mi vida en el que intentaba hacerme amiga de las novias de Nathan. Ya no. No le gusto a ninguna. Da igual lo que haga para ganarme su cariño, están predispuestas a detestarme. Y lo pillo, en serio. Me consideran una seria amenaza. Pero es aquí donde la historia se vuelve triste.

No lo soy.

Todas ellas tienen a Nathan de una forma que yo nunca podré.

—¿Sabes qué? —suelta, intentando captar de nuevo mi atención—. Podrías irte y ahorrarte el mal rato. Porque cuando Nathan salga, tengo la firme intención de pedirle que te diga que te largues. Hasta ahora he tenido paciencia, pero el modo en que te portas con él es superextraño. Estás siempre aferrada a él como un trozo pegajoso de papel higiénico.

Procuro no parecer demasiado condescendiente cuando asiento dirigiéndole una sonrisa de superioridad del tipo «claro que sí, bonita». Porque esto es lo que olvidé mencionar antes: no soy ninguna amenaza para estas mujeres… hasta que le hacen elegir. Entonces, soy más amenazadora que una bomba. Puede que no duerma en la cama de Nathan, pero tengo su lealtad; y para Nathan, no hay nada más importante que eso.

Kelsey se mofa y cruza los brazos. Estamos enzarzadas en una buena pelea de expresiones aterradoras cuando la voz de Nathan retumba en la habitación que está detrás de mí.

—Ummm, ¿huelo café y dónuts? Eso quiere decir que Quesito Bree está aquí.

Lanzo una sonrisa no demasiado sutil a Kelsey. Una sonrisa vencedora.

2

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Bree

Nathan entra en la cocina vistiendo unos pantalones cortos de deporte negros y sin camisa. Su torso moreno y cincelado, que solo podría pertenecer a un atleta profesional, está totalmente a la vista, y su cinturón de Adonis está guiñando el ojo y haciendo sonrojar a todo el mundo. Lleva el pelo mojado y reluciente y tiene la parte superior de los hombros algo rosada debido al agua caliente. Este es su aspecto «recién salido de la ducha» y, por más veces que lo haya visto, siempre me deja sin habla.

Lleva una toalla en la mano y se está frotando con ella su increíble cabello color chocolate. Esa afortunada toalla se está riendo tontamente de alegría. El pelo de Nathan es tan ondulado y delicioso que le ha valido un contrato de patrocinio de cinco millones de dólares con una lujosa marca de cuidados capilares para hombre. Después de que se emitiera el primer anuncio, en el que se veía a Nathan llevando en la mano esa botella de champú al salir de la ducha del vestuario con una toalla atada a la cintura y gotitas de agua aferradas a sus tersos músculos, multitud de mujeres fueron corriendo a la tienda a hacerse con esa marca con la esperanza de que convirtiera mágicamente a su pareja en Nathan. Querían que, como mínimo, su pareja oliera como Nathan. Pero hay otro secreto que solo sé yo: el pelo de Nathan no huele a ese champú porque él prefiere una marca blanca barata que va en botella verde y que lleva usando desde los dieciocho.

—Pensé que podrías necesitar esto —digo, dando a Nathan un humeante café para llevar de nuestro local favorito, situado a unas manzanas de distancia. Abro la caja de dónuts como si fuera el cofre de un tesoro. Los dónuts relucen bajo la luz. ¡Tachán!

Nathan gime y ladea la cabeza con un amago de sonrisa en la comisura de los labios mientras lanza la toalla a la encimera.

—Creía que hoy me tocaba a mí comprar el café y los dónuts. —Saca uno con glaseado de arce y se agacha para darme un besito rápido en la mejilla como hace siempre. Totalmente platónico. Fraternal.

—Sí, pero esta mañana me he despertado supertemprano con un calambre en la pantorrilla y no he podido volver a dormirme, de modo que he ido yo a comprarlos. —Espero que se trague mi mentirijilla.

Lo cierto es que no he podido dormir porque ayer por la noche rompí con mi novio y me da pavor contárselo a Nathan. ¿Por qué? Porque sé que me hará un montón de preguntas hasta averiguar cuál es la verdadera causa de la ruptura. Y Nathan no puede saber que he roto con Martin porque Martin no es él.

Quizá si hubiera entrecerrado los ojos, me hubiera tapado los oídos y hubiera sacudido la cabeza de un lado a otro, podría haberme persuadido a mí misma de que era él. Pero ¿quién quiere vivir así? No es justo para mí ni para Martin. Así que ahora el objetivo es encontrar un hombre que me atraiga más que Nathan. Lo que estoy buscando es una verdadera lámpara antimosquitos hecha hombre. Esta vez no voy a conformarme con nada que no sea un enamoramiento total y absoluto.

—Seguramente tendrías que haberte comido un plátano ayer por la noche, antes de acostarte —comenta Nathan arqueando una de sus pobladas cejas.

—Sí, sí —digo con los ojos entornados—, pero mi respuesta sigue siendo la misma: no soporto los plátanos. Son muy blandos, y saben a… plátano.

—Es igual. Está claro que tienes el potasio…

Kelsey carraspea y es entonces cuando observamos lo fruncido que tiene el entrecejo.

—Perdona, ¿no te resulta extraño que ella esté aquí a las seis y media de la mañana con café y dónuts cuando tú tienes a tu novia en casa?

De nuevo la palabra que empieza por ene. Y sí, de acuerdo, tal vez tendría que haberme dado cuenta de que Kelsey estaría aquí esta mañana y haber esperado a que Nathan se reuniera conmigo trayendo él el café y los dónuts. Culpa mía. A veces se me olvida que Nathan y yo no tenemos una amistad precisamente normal que digamos.

Nathan carraspea un poco.

—Lo siento, Kelsey, creía que recordabas que los martes salgo siempre a correr con Bree.

—Sí. —Arrastra la ese con los ojos entornados—. Cómo iba a olvidarme si pasa TODOS LOS MARTES SIN FALTA. Literalmente la única mañana que tienes libre durante la temporada.

Tiene visos de ser una conversación privada en la que yo no debería estar presente. De hecho, podría decirse que estoy de acuerdo con ella. Es raro que Nathan y yo seamos tan buenos amigos. He intentado muchas veces quitarme de en medio para que él pudiera pasar más tiempo con su novia, pero nunca me lo permite. Ahora bien, si yo fuera su novia, marcaría mucho el terreno a la hora de compartir el tiempo libre.

En la NFL los martes son días de fiesta para casi todos los equipos. Pero esta es la clave del éxito que no todos los jugadores conocen: los mejores van al campo de entrenamiento también en sus días libres. Usan este tiempo adicional para concentrarse en sus debilidades, van a ver a los fisioterapeutas, revisan las cintas de partidos anteriores, cualquier cosa que los ayude a aventajar a los demás. Nathan jamás descansa los martes, solo empieza un poco más tarde para que podamos ir a correr juntos por la mañana.

—¿No puedes tomarte, aunque solo sea esta mañana? —Kelsey pronuncia de forma exagerada cada palabra, y no sé cómo Nathan soporta su voz.

Nathan frunce el ceño y cruza los brazos. Me gustaría largarme sigilosamente de la habitación porque sé lo que va a pasar a continuación.

—Pues no, la verdad. Tengo que ir a correr para olvidarme del mal partido que jugué ayer antes de ir a entrenar hoy.

—¿Mal partido? —repite Kelsey boquiabierta—. ¡Pero si ganaste, cielo! ¿Se puede saber de qué estás hablando?

—Dos intercepciones —decimos Nathan y yo al unísono.

Arrea. Eso no le ha gustado a Kelsey. Entrecierra tanto los ojos que apenas se le ven.

—¡Qué bonito! ¿Ves lo que quiero decir? Esto no es una amistad normal. ¿Y sabes qué? Estoy harta de competir con lo que quiera que sea. Vas a tener que —¡no lo digas, Kelsey!— elegir. O ella o yo.

Parpadea varias veces y yo me giro para darle algo de privacidad en este momento de pérdida. «Queridos hermanos, estamos hoy aquí reunidos para llorar el final de la minúscula, insignificante relación de Nathan y Kelsey».

—Kelsey…, ya te dije de antemano que ahora mismo no buscaba nada serio, y tú dijiste que te parecía bien… —Nathan se detiene.

Dios mío, me sabe mal por él, de verdad. No soporta decir a una chica que está cortando con ella, porque es como un oso de peluche gigantesco. Ojalá pudiera hacerlo yo por él, pero tengo la impresión de que me estamparían una sartén de hierro fundido en la cara.

—¡¿Lo estás diciendo en serio?! —chilla Kelsey—. ¿La estás eligiendo a ella en lugar de a mí?

Vaya, no me gusta su tonito.

—Sí —contesta Nathan, impertérrito.

Kelsey está que echa chispas.

—¡Pues no pretendas que me crea que no te acuestas con ella!

—No lo hace, créeme —suelto. Y, como me preocupa que me haya salido con demasiada amargura, añado—: De verdad. Solo somos amigos. Haríamos una pareja horrible. Somos más bien como hermanos. —Puaj, eso me ha dejado mal sabor de boca.

Nathan inclina el mentón hacia mí y tarda un segundo, pero acaba sonriendo.

—Sí, nosotros nunca hemos… —se le apaga la voz y veo que traga saliva con fuerza porque le cuesta imaginarnos siquiera juntos de ese modo— sido amigos con roce.

Nunca. Ni una sola vez. Nada. Jamás. Un besito en la mejilla es lo más cerca que he estado de tener algo de acción con Nathan, por eso sé que no le gusto. Un hombre que está loco por una mujer no se pasa seis años seguidos viendo pelis sin tocarla. Y Nathan y yo nunca nos hemos tocado.

Por eso ahora me esfuerzo todo lo que puedo en demostrarle que se me da MUY BIEN lo de ser amigos. Porque, la verdad, se me da muy bien. ¿Me encantaría casarme con él y tener sus corpulentos y musculosos hijos? Sí. Sin pensármelo. Pero no está escrito, y no pienso arruinar nuestra amistad enrareciendo las cosas, dejando que descubra que se me cae la baba por él cuando él ya tiene a medio marcar el número de teléfono de la siguiente modelo con la que planea salir.

El principal problema es que sé que, si le dijera lo que realmente siento, me seguiría la corriente porque le importo de verdad como amiga. Lo intentaría con todas sus fuerzas, puede que saliera conmigo unas semanas, pero, después, me dejaría por alguien con quien sí tuviera química y yo me quedaría sin mi mejor amigo. No vale la pena.

Sí, estoy bien así.

Con el tiempo encontraré a alguien que sea tan genial como Nathan.

Puede que no…

—Vale. Muy bien, pues disfrutad de vuestra extraña amistad. Porque yo me largo. —Kelsey se detiene un instante, pero no oigo pasos. Creo que está esperando a que él la detenga. La situación es violenta para todos—. Hablo en serio. Me largo ya. Saldré por esa puerta para no volver jamás, Nathan.

«¡Nooo, no te vayas!», pienso sin ninguna sinceridad.

Y entonces se marcha furiosa. Nathan se dirige hacia la puerta, diciendo algo sobre el hecho de que todavía va en pijama y que quizá tendría que recoger antes sus cosas. Ella le dice que se las haga llegar él porque no soporta verlo ni un segundo más. Un dramón.

Oigo cerrarse la puerta de golpe y doy un puntapié al aire. «¡Hasta nunca!». También saco el móvil y mensajeo a mi hermana mayor.

Yo

Otra que muerde el polvo. ¡Kelsey ya es historia!

Lily

Ha durado más de lo que me esperaba.

Yo

Es decir, demasiado.

Lily

¡Sé amable! Nathan podría estar triste.

Yo

Ummm… Yo siempre soy amable, gracias.

Lily

Me apuesto algo a que estás esbozando una sonrisa escalofriante.

Cuando finalmente Nathan regresa a la cocina, frunzo el ceño con sinceridad, lo que demuestra que Lily estaba equivocada.

—Lo siento, amigo.

—No, no lo sientes —replica con una risita mientras apoya la cadera desnuda en la encimera.

Ojalá llevara más ropa puesta. Resulta doloroso tener que mirar algo tan hermoso sin poder tocarlo nunca. La piel de Nathan es como la caliente arena dorada de una playa exótica, envuelta en una silueta ondulante que te hace sentir deshidratada al instante. Su físico perfectamente moldeado es el motivo de que fuera nombrado el Hombre Vivo Más Sexy e incluido en la portada del número especial de Pro Sports Magazine, donde destacan y homenajean las distintas condiciones físicas de los deportistas profesionales y lo que tienen que hacer para conservar su cuerpo en plena forma. Es una página elegante, con manos y muslos colocados estratégicamente para tapar las partes más importantes. Pero, sí, Nathan estaba totalmente desnudo en esa revista. Y aunque tengo cinco ejemplares, jamás he sido capaz de mirar el interior —la portada solo lo muestra de cintura para arriba—. Existen ciertos límites que no se pueden cruzar como amigos. La desnudez es uno de ellos.

Tomo un dónut y me lo meto en la boca para no sonreír.

—¡No! Lo digo de verdad. Kelsey parecía… divertida.

—Le sacaste la lengua en el palco ayer por la noche.

—¡Caray! ¿Saben los Vengadores lo de tu visión sobrehumana?

Nathan sonríe y alarga la mano para tirarme de la despeinada cola de caballo.

—¿Se portaba mal contigo Kelsey cuando yo no estaba delante? Sé sincera.

Nathan tiene los ojos negros. No de color chocolate, ni castaños. De un espectacular negro azabache. Y cuando se concentran en mí de este modo, tengo la sensación de estarme asfixiando. Como si no pudiera escapar de su intensidad por más que quisiera.

Me encojo de hombros y doy un sorbo a mi café.

—No era de lo mejor, pero no pasa nada.

—¿Qué te decía?

—Da igual.

—Bree —insiste, acercándose unos centímetros a mí.

—Nathan, ¿lo ves? Yo también sé hacerlo.

Está callado, pensativo, y hay apenas quince centímetros de separación entre nuestros pechos.

—Siento si te ha hecho sentir mal. Si me hubiera dado cuenta de que era así contigo, habría roto con ella hace mucho.

Un rinconcito de mi corazón suspira. Si le importa tanto que yo forme parte de su vida, ¿por qué no se siente atraído por mí? No. Ni hablar. No voy a ir por ahí. Me niego a ser esa chica. Somos amigos y estoy contenta con eso. Doy gracias a Dios por eso. Y quizá, algún día, la vida ponga en mi camino a un hombre que me ame tanto como yo lo amo a él. Sea como sea, ahora mismo estoy bien.

—Bueno, tampoco puede decirse que yo facilitara las cosas. Seguramente no tendría que haber venido aquí tan temprano ni entrado con mi llave. —Doy un gran mordisco a mi dónut de chocolate—. Tendría que establecer mejores límites.

—Seguramente —responde, sonando de lo más serio. Pero cuando alzo los ojos hacia los de él, está sonriendo de oreja a oreja, con el hoyuelo derecho marcado y todo.

Le doy un empujoncito amistoso en el brazo.

—¿Qué? En ese caso, tal vez tendría que quitarte la llave de mi piso. Para establecer ahí algunos límites.

Da el último mordisco a su dónut, con la sonrisa aún en los labios.

—Buena suerte. Nunca voy a devolvértela. —Su brazo roza el mío cuando pasa a mi lado, y me pregunto si estaría rebasando esos límites si me pegara a su cuerpo como una lapa.

Creo que necesito ir a correr más que él, y por motivos totalmente diferentes.

3

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Nathan

Sudados y cansados de haber ido a correr, Bree y yo nos dejamos caer en el suelo, delante de mi enorme sofá blanco. A la izquierda tengo una lujosísima vista panorámica del océano, pero a la derecha me espera la vista que daría mi alma por contemplar todos los días durante el resto de mi vida. Evidentemente, Bree no sabe que siento esto por ella.

Le doy unos golpecitos con los nudillos en la rodilla, justo al lado de la cicatriz irregular que cambió el rumbo de toda su vida.

—¿Qué haces después? ¿Quieres almorzar conmigo en el CalFi?

CalFi es el estadio de mi equipo. Desde hace poco cuenta con unas instalaciones adicionales de entrenamiento donde ejercitamos y trabajamos durante la semana, y que incluyen una cafetería en la que prestan sus servicios algunos de los mejores chefs del momento. Y, por si te lo estás preguntando, yo soy un cachorrillo excesivamente entusiasta, suplicando a Bree que juegue conmigo, que siempre juegue conmigo.

Vuelve la cabeza de modo que fija sus delicados ojos castaños en los míos. Bree tiene el cabello rizado, largo y rebelde, color castaño miel, y una preciosa boca ancha con hoyuelos del tamaño de mi pulgar a cada lado. Tiene una sonrisa a lo Julia Roberts, tan única y despampanante que, una vez la has visto, ninguna otra sonrisa se le acerca siquiera. Con las cabezas recostadas en el sofá, nuestras frentes casi se tocan. Quiero acercarme a ella un centímetro más. Dos centímetros. Quiero sentir sus labios.

—No puedo. Hoy tengo una clase de movimiento creativo para peques a las once.

—Nunca das clase los martes por la mañana —replico con el ceño fruncido.

—Sí, bueno —dice, encogiéndose de hombros—. He tenido que añadir otra clase por la mañana dos veces a la semana para cubrir el alquiler del estudio. El casero se puso en contacto conmigo el mes pasado y me dijo que los impuestos sobre los bienes inmuebles han vuelto a subir, por lo que tenía que aumentarme doscientos dólares el alquiler.

Trata de levantarse, pero la sujeto por la parte trasera de su camiseta con espalda en T y tiro de ella hacia abajo para que siga a mi lado. Esto ha estado al borde del coqueteo, y cuando me mira con los ojos desorbitados, sé al instante que ha sido una mala decisión. Retomo enseguida la conversación para disimular:

—Ya das demasiadas clases a la semana.

Bree tiene empleada en su estudio a otra profesora, que enseña claqué y jazz, pero la verdad es que necesita incorporar a otra para ayudarla con el volumen de trabajo. Su estudio funciona más bien sin ánimo de lucro, pero sus gastos generales no lo reflejan porque todos los locales de Los Ángeles son enormemente caros. Es injusto porque en esta ciudad una gran parte de sus habitantes es de renta baja y tiene pocos recursos, y sus necesidades se pasan por alto. El deseo de Bree ha sido siempre ofrecer un lugar a niñas que, de otro modo, no podrían recibir formación de danza, así que les permite asistir a su estudio a un coste mínimo para sus familias.

El problema es que la enseñanza es demasiado barata para su modelo actual de negocio. Ella lo sabe, pero se siente atrapada, y yo no puedo soportar que la solución que elige para el problema sea dar más clases y dedicar más horas para cubrir el déficit en lugar de aceptar mi dinero.

—Doy la cantidad normal de clases de un profesor medio —asegura en un tono impersonal de advertencia. El tono de advertencia de Bree, sin embargo, resulta tan amenazador como el de un conejito de dibujos animados. Le centellean los ojos, lo que hace que la quiera más.

Suavizo la voz, preparándome para abordar algo que sé que es delicado.

—Sé que puedes con ello y sé que eres fuerte como la que más, pero como amigo tuyo, no soporto tener que verte trabajar doliéndote tanto la rodilla. Y sí, sé que te duele mucho porque he visto que no forzabas la pierna derecha mientras corríamos hoy. —Levanto las manos instintivamente—. No me pellizques, por favor. Solo estoy intentando asegurarme de que te cuidas mientras vas por ahí haciéndote cargo de todos los demás.

Desvía la mirada.

—Estoy bien.

—¿Lo estás? ¿Me lo dirías si no lo estuvieras?

—No seas tan melodramático, Nathan —se queja entrecerrando los ojos.

Dice mi nombre de una forma que tendría que dolerme, pero que hace que quiera sonreír. Bree es una de las personas más fuertes que conozco, pero también es, de algún modo, la más tierna. Nunca es capaz de responder de mala manera, ni a mí ni a nadie más en su vida.

—No se me va a caer la rodilla por usarla demasiado, y puedo soportar un poco de dolor. Ya sabes que no controlo mi alquiler, así que, si quiero mantener la enseñanza barata para las niñas, tengo que añadir una clase adicional hasta poder encontrar otra solución. Fin de la historia. Y… ¡AH! —Levanta el dedo para apoyarlo en mis labios cuando ve que voy a discutírselo—. No aceptaré dinero de ti. Ya lo hemos hablado mil veces y necesito hacer esto por mí misma.

Mis hombros se hunden. El único consuelo de perder continuamente esta discusión es el hecho de que, en este momento, siento su piel en los labios. Me quedaré callado para siempre si me promete no moverse nunca. Y con su dedo apoyado así en mis labios, no tengo que sentirme culpable por no decirle que llevo años pagando en secreto parte del alquiler de su estudio; no es verdad, me sigo sintiendo culpable por hacerlo a sus espaldas.

El casero de Bree ya le aumentó el alquiler una vez cuando se hizo con el estudio de la antigua propietaria. Aquella noche lloró en mi sofá porque ya no podría permitírselo —más o menos lo que está volviendo a pasar— y creía que tendría que encontrar un local más barato fuera de la ciudad, lo que le quitaría por completo el sentido a su propósito de ofrecer un estudio de danza para las niñas en la ciudad.

Digamos simplemente que su casero cambió de opinión como por arte de magia y la llamó al día siguiente para decirle que había reorganizado las cosas y que no tenía que incrementarle el alquiler después de todo. También podemos afirmar, sin lugar a duda, que si alguna vez Bree se entera de que cada mes he estado pagando unos cientos de dólares de su alquiler, me quedaré sin mis partes colgantes favoritas. Seguramente no tendría que haberlo hecho, pero no podía soportar verla perder su sueño. No otra vez.

Bree fue admitida en el programa de danza de la Juilliard School justo antes de terminar el instituto y todavía no he visto a nadie tan entusiasmado por nada en la vida. Yo fui la primera persona a quien se lo contó. La levanté del suelo y giré sobre mí mismo mientras ambos reíamos, aunque, en el fondo, me asustaba un poco cómo nuestras vidas divergentes iban a afectar a nuestra amistad. Ella se trasladaría a Nueva York y yo me iría a la Universidad de Texas con una beca de fútbol. No iba a marcharme de la ciudad sin decirle a Bree lo que sentía por ella y esperaba hacer oficial lo nuestro. Hasta entonces solo habíamos sido amigos, pero a mí eso ya no me bastaba y estaba dispuesto a convertirme en algo más.

Y entonces pasó.

Un hombre que se saltó un semáforo la hizo papilla un día después de terminar el instituto. Por fortuna, el accidente no le costó la vida, pero se llevó por delante el futuro de Bree como bailarina profesional. Tenía la rodilla destrozada, y jamás olvidaré sus palabras por teléfono cuando me llamó sollozando desde el hospital.

—Se ha acabado todo para mí, Nathan. No voy a ser capaz de recuperarme de esto.

La cirugía reconstructiva fue dura para ella, pero la fisioterapia a la que tuvo que someterse ese verano fue terrorífica. Había perdido la chispa y no había nada que yo pudiera hacer para devolvérsela. Al llegar otoño, no quería dejarla; no me parecía bien seguir adelante con mis sueños cuando ella se quedaba en casa sin los suyos. Es más, yo simplemente quería estar a su lado. El fútbol no me importaba tanto como ella.

Pero entonces, ella se distanció. O, más bien, me apartó de su vida. No me dejó otra opción que ir a la Universidad de Texas como estaba previsto y, después de llegar ahí, no me devolvió ninguna de mis llamadas ni mensajes de texto. Fue como una ruptura de lo más dolorosa, a pesar de que nunca habíamos salido. Nos pasamos cuatro años sin hablarnos y todavía ahora sigo sin tener ni idea de por qué lo hizo. Ahora su nueva vida es próspera, de modo que no hablamos del pasado. Me da demasiado miedo conocer la respuesta a por qué me sacó de su vida entonces.

Cuando me gradué, me ficharon los Sharks y me mudé a Los Ángeles. Bree también estaba aquí. Creo que, sin lugar a duda, fue el empalagoso y anticuado destino lo que volvió a unirnos. Entré en una cafetería, la campanilla sonó sobre mi cabeza, ella levantó la vista de un libro que estaba leyendo y nuestras miradas se encontraron de un extremo a otro del local. Bree fue como un desfibrilador aplicado en mi pecho. Pam. Mi corazón no ha latido igual desde entonces.

Aquel día, volví a encontrar a mi vieja amiga. La amiga que conocía antes del accidente, llena de vida y energía, salvo que todavía mejor. Se la veía más saludable, con unas increíbles y suaves curvas femeninas que no estaban ahí antes, y tenía la rodilla lo bastante curada como para poder trabajar como profesora en el estudio que ahora le pertenece. Por desgracia, en aquel momento tenía novio. Ni siquiera recuerdo su nombre, pero él fue la razón de que no le pidiera en el acto que saliera conmigo.

Retomamos nuestra tradición de los martes y desde entonces he estado dando tumbos en el inmenso e infinito agujero infernal conocido como «zona de amigos». Me temo que voy a morirme en esta zona de amigos porque ella me recuerda constantemente que no está interesada en nada romántico. Casi cada día dice una frase terrible del tipo:

«Solo amigos».

«Prácticamente mi hermano».

«Incompatibles».

«Dos amigos».

En fin, es por eso por lo que lo hice. No podía soportar quedarme de brazos cruzados viendo como ella perdía algo que era importante para ella cuando yo podía solucionarlo con facilidad esta vez. Así que le he estado pagando en secreto el alquiler y se pondrá furiosa si algún día lo descubre.

Tomo nota mentalmente de hablar más tarde con el bueno del señor casero justo cuando el dedo de Bree se aleja de mis labios.

—En serio, ¡no te preocupes! Ya se me ocurrirá algo, como siempre. Pero, de momento, recurriré a los ibuprofenos y al hielo entre clase y clase. Estoy bien, te lo prometo.

Como solo soy su amigo, no tengo más remedio que levantar las manos a modo de rendición.

—Entendido, lo dejaré estar. No te preguntaré más si puedo darte dinero.

—Gracias —responde, alzando su precioso mentón con aires de superioridad.

—Escucha, Bree…

—¿Sí? —pregunta, recelosa.

—¿Quieres mudarte aquí conmigo?

Gime ruidosamente y deja caer la cabeza de nuevo sobre el sofá.

—Nathaaannn, ¡déjalo ya!

—En serio, piénsalo. Los dos detestamos tu piso…

—Tú detestas mi piso.

—¡Porque no está en condiciones de ser habitado! Estoy un mil por ciento seguro de que hay moho, las escaleras están pegajosísimas, aunque nadie sabe por qué, y ¡ese OLOR! ¿De qué coño es?

Hace una mueca porque sabe perfectamente de qué estoy hablando.

—Se sospecha que puede ser de un mapache que se quedó atrapado entre las paredes y murió, pero no podemos saberlo con certeza. O… —Desvía enseguida la mirada— podríaserelcadáverdeunapersona. —Ha mascullado esta última parte y me planteo tomarla como rehén y obligarla a vivir en mi piso limpio y sin moho en contra de su voluntad.

—Lo mejor es que, si vivieras aquí, no tendrías que pagar alquiler, y entonces no necesitarías ganar tanto con el estudio. —Es un subterfugio, una forma de que reduzca costes sin aceptar un solo centavo de mí.

Se me queda mirando tanto rato que creo que está dudando.

—No.

Ella es una aguja, y yo, un globo hinchado.

—¿Por qué? Ya prácticamente vives aquí. Hasta tienes tu propia habitación.

Levanta un dedo para corregirme.

—¡Habitación de invitados! Es una habitación de invitados.

Es su habitación. Me hace llamarla habitación de invitados, pero en ella tiene ropa de repuesto, algunos cojines de colores que ha añadido ella misma y varios productos de maquillaje en los cajones. También duerme aquí por lo menos una vez a la semana cuando trasnochamos demasiado viendo una película o está demasiado cansada para ir andando a su casa. Sí, esta es la otra cosa: su piso está a tan solo cinco manzanas calle abajo —sí, cinco manzanas significan una diferencia enorme en una ciudad grande como Los Ángeles—, por lo que ya prácticamente somos compañeros de piso, solo que separados por centenares de otros compañeros de piso. Es de lógica.

—No, y hablo en serio, déjalo —insiste en un tono que me hace saber que me estoy acercado poco a poco al territorio de «mejor amigo avasallador y gilipollas» y que tengo que sosegarme.

Hay quien podría estar tentado de pensar que mi trabajo a tiempo completo es el de deportista profesional. Falso. Es obligarme a mí mismo a mantenerme en esta área gris con Bree en la que estoy loco por ella por dentro y tan solo soy un amigo platónico por fuera. Es una forma cruel de tortura. Es mirar al sol sin pestañear a pesar de lo mucho que quema.

Ah, ¿y he mencionado que hace unas semanas la vi desnuda sin querer? Sí, eso no ha ayudado. Bree no lo sabe, y no tengo intención de decírselo porque se pondría superrara al respecto y me evitaría una semana entera. Los dos tenemos la llave del piso del otro, así que entré como hago siempre, pero esta vez había olvidado avisarle de que iba a ir. Ella salió del cuarto de baño con el culo al aire y regresó sin ver que yo estaba allí, en mitad del pasillo, con la quijada tocando el suelo. Me volví al instante y me marché, pero esa imagen preciosa está marcada, no, algo más que marcada…, grabada, transcrita, serigrafiada en mi memoria para siempre.

—Dame una razón válida por la que no quieras vivir aquí, y lo dejo del todo. Palabra de boy scout. —Levanto la mano derecha.

Bree la mira, trata de no sonreír, y después me dobla el meñique y el pulgar.

—Tú no eres boy scout, de modo que tu palabra de honor no vale nada, pero no puedo mudarme contigo porque sería demasiado raro. Ya está, ya te he dado una respuesta. Ahora tienes que dejarlo. —Se levanta de un salto del suelo y esta vez la dejo marcharse. Su cola de caballo rizada se balancea tras ella con algunos mechones sueltos pegados al sudor del cuello mientras se va hacia la cocina.

La sigo, sin estar dispuesto a dejar aún el tema de conversación porque creo que finalmente he dado con el motivo real.

—¿Para quién sería raro? ¿Para ti o para Martin? Seguro que sabe que no hay nada que deba preocuparlo entre nosotros. —Me desagrada muchísimo su novio. No la merece. A ver, yo tampoco la merezco, pero eso no viene al caso. ¿A qué clase de imbécil le parece bien que su novia viva en un edificio peligroso y no le ofrece mudarse con él?

Bree deja de mirarme a los ojos y tuerce la boca. Le está dando vueltas a algo y arqueo las cejas para animarla.

—¿Bree?

Se gira y sumerge la muñeca, con sus siempre presentes pulseras trenzadas de colores, en la monstruosidad de su bolso.

—¿Te he dicho que tengo algo para ti? Te animará después de haber cortado con la chillona…, quiero decir, con Kelsey. —Suelta una risita por su ocurrencia, y procuro que no me vea sonreír. No podría importarme menos haber cortado con Kelsey. Me preocupa más por qué está intentando cambiar de tema ahora mismo.

Busca y rebusca en su bolso, y sé lo que va a pasar. Bree tiene una obsesión con las bagatelas. Si ve algo que le recuerda a uno de sus amigos o de los miembros de su familia, lo compra y se lo mete en ese bolso a lo Mary Poppins para regalárnoslo después. Yo tengo dos estantes enteros de objetos que me ha dado a lo largo de los años. Su hermana Lily tiene tres estantes. Una vez nos apostamos quién tenía más «Breegatelas», como las llamamos, y yo perdí. Lily me ganó por siete.

Finalmente, encuentra lo que está buscando y de su bolso sin fondo sale una bola mágica del ocho en miniatura.

Sus uñas arcoíris la dejan delicadamente en la palma de mi mano mientras dice en voz baja:

—El número ocho. Porque tú eres el ocho del equipo, ya sabes. —La dejaré junto a mi carta número ocho de la baraja, mi vaso de chupito con el número ocho y la vela de cumpleaños con la forma del número ocho—. Además, Martin y yo hemos roto.

Espera, ¿qué?

El mundo deja de girar. Los grillos se callan. Todo el mundo, en todos los lugares del planeta, se vuelve para mirarnos. Yo, sin embargo, tengo que esforzarme mucho en permanecer neutral. De alguna forma, sé instintivamente que el modo en que reaccione ahora mismo es fundamental si quiero conservar el statu quo de nuestra amistad. «No estropees las cosas, Nathan».

—¿Cuándo ha sido eso?

—Ayer por la noche. Rompimos después del partido. —Su respuesta es rápida—. Bueno, de hecho, yo rompí con él después del partido. Pero a él le pareció bien. Fue más bien mutuo.

No me lo puedo creer.

—¿Por qué no me lo has dicho hasta ahora?

Se encoge de hombros, concentrada en hacerse subir y bajar las pulseras por la muñeca una a una.

—Es que no lo pensé.

—Mentira. A nadie se le olvida oportunamente que ha roto con alguien con quien ha estado saliendo seis meses.

Aprieta los dientes y entorna los ojos hacia mí.

—¡Muy bien! No quería hacerlo, ¿vale? No ha sido para tanto. Martin y yo apenas nos veíamos, y… él era aburrido. Nuestra relación era aburrida. No había chispa. Ya no podía más. —Bree dice todo esto como si no tuviera la menor importancia, mientras yo tengo que recordarme a mí mismo que tengo que seguir respirando, despacio, inspirando y espirando, como un ser humano normal y no como si estuviera cortocircuitando por dentro.

Porque ahora, en este momento, es la primera vez que los dos estamos sin pareja al mismo tiempo en los últimos seis años. De algún modo, nuestras relaciones han ido dando tumbos en un ciclo casi humorístico.

Y ahora… los dos estamos sin pareja.

Al mismo tiempo.

Y la he visto desnuda… Aunque esto no tiene nada que ver con nada, de vez en cuando me viene a la cabeza sin ton ni son.

Si me agachara en este instante y la besara, ¿me dejaría hacerlo? ¿Me haría la cobra? ¿O se fundiría conmigo y eso marcaría de una vez el final de nuestra amistad platónica? Estas son las preguntas que me mantienen despierto por la noche.

Pero no consigo dar con las respuestas, porque Bree coge de repente el bolso de la encimera y se lo cuelga al hombro.

—Bueno, pues ahora ya lo sabes. Ya nos veremos… en algún momento —dice, alejándose de mí con la cara sonrojada.

La sigo hasta la puerta.

—Mañana —suelto, cerrando los dedos alrededor de la bola mágica del ocho—. Mañana iré a recogerte para ir a la cena de cumpleaños de Jamal, ¿recuerdas? —A mis compañeros de equipo les encanta Bree, la llaman la hermana pequeña de los Sharks. Yo me niego a llamarla así.

Tropieza hacia atrás con un zapato y se sujeta con una mano en la pared, de modo que la larga cola de caballo castaño miel le golpea la cara.

—¿Mañana? Ah, sí, se me había olvidado. ¡Suena bien! —Está muy extraña. O más extraña de lo normal, debería decir—. Pues…, ¡nos vemos mañana, entonces!

Sonrío cuando intenta salir por la puerta principal, pero el bolso se le queda pillado en el pomo y tira de ella obligándola a dar un paso hacia atrás. Grita, se libera y se marcha corriendo.

Con un suspiro, miro mi última Breegatela.

—Bueno, bola mágica del ocho, ¿tú qué opinas? ¿Tendría que decirle a mi mejor amiga que la amo?

Doy la vuelta a la bola y el mensaje reza: «Respuesta confusa, inténtalo otra vez».

Al día siguiente, durante el entreno, está claro que el anuncio de que Bree no tiene pareja ha ocupado todo el espacio disponible en mi cabeza. No puedo concentrarme en las jugadas. He fallado demasiados pases. Jamal, el mejor corredor de nuestro equipo, ha empezado a llamarme Manos de Mantequilla y está corriendo como la pólvora. A todo el mundo le parece graciosísimo porque yo nunca estoy así. El entrenador se muestra preocupado y cree que tengo la gripe. Manda llamar a un médico del equipo para que me tome la temperatura en la banda delante de todo el mundo. Me siento como un idiota.

—Es solo que tengo algo en la cabeza —explico a Jamal después, cuando el entreno ha terminado y me está acribillando a preguntas sobre por qué lo he hecho tan mal hoy.

Suelta un simulacro de carcajada mientras acaba de abrocharse la camisa. Yo ya voy vestido y estoy sentado en el banco en medio del vestuario, a la espera de ir a la sala de prensa a responder las preguntas de los medios sobre el próximo partido.

—¿Tiene algo que ver con tu ruptura con Kelsey?

Levanto la cabeza de golpe.

—¿Cómo sabes tú eso? —me sorprendo—. Apenas rompí con ella ayer por la mañana.

Su condescendiente sonrisa dice: «Eres idiota».

—Lo anunció en Instagram ayer por la noche, junto con un enlace a un artículo de cotilleo de la web de In Touch Magazine.

—Mierda. —Tendría que haberlo pensado mejor antes de salir con ella. Kelsey es una modelo que al principio parecía maja, pero que después, al conocerla mejor, resultó que solo buscaba notoriedad. Aunque, para ser sincero, no puedo decir que me importe que una mujer solo quiera salir conmigo por la atención que consigue atraer gracias a ello. Solo salgo con otras mujeres porque Bree está siempre saliendo con otros hombres. Aunque ahora no… Y como yo no acabo de encontrar una mujer que sea ni remotamente tan increíble como Bree, creo que ha llegado el momento de dejar de buscar a nadie más.

Además, estoy harto de que mis novias sean groseras con Bree. Es como ver a alguien intentar aplastar una mariposa: cruel y deprimente. De repente, me preocupa ese artículo por otros motivos. Kelsey puede hablar mal de mí todo lo que quiera, pero si ha mencionado siquiera el nombre de Bree una sola vez, le enviaré a mis abogados antes de que pueda decir esta boca es mía.

—¿Has leído el artículo? —pregunto a Jamal mientras se acicala ante el espejo.

Emite una carcajada gutural que me indica que no va a gustarme su respuesta.

—Oh, sí, ya lo creo. Y no va a gustarte nada.

—¿Menciona a Bree? —quiero saber irguiendo la espalda.

Jamal me mira un instante y, al verme con actitud peleona, sacude la cabeza.

—No, pero eres patético, ¿sabes? Mírate, dispuesto a arruinar a alguien para vengar a la mujer a la que nunca has besado. Tienes que aclararte, chaval. O vas a por Bree o te olvidas de ella. Es evidente que tienes una frustración reprimida que está empezando a afectar a tu juego, y eso no puede pasar ahora, porque… jugamos los playoffs, tío. Los PLAYOFFS. —Está sacudiendo los puños en un intento desesperado de hacérmelo entender. Como si yo no supiera ya que los playoffs son importantes.

—Pero dejemos algo claro, ¿el artículo no menciona a Bree? —insisto, ignorando a Jamal.

—No. —Me dirige una mirada inexpresiva—. Tu objeto del deseo está a salvo de cualquier calumnia. Tú, en cambio… —Ríe como hacen los amigos cuando ven que tienes un moco pegado en la cara, pero no tienen intención de avisarte.

Una vez más, lo ignoro.

—Pues me trae sin cuidado el artículo. —Mi imagen nunca ha sido importante para mí. Lo único que me preocupa es jugar bien los partidos—. Además, solo hemos salido un par de meses. Dudo que pueda echar demasiada mierda sobre mí. —Básicamente porque soy aburrido: no voy de juerga, no bebo durante la temporada, me acuesto temprano y me levanto temprano.

Jamal parece estar a punto de estallar de júbilo ante la expectativa. Su sonrisa es agorera, tiene las cejas arqueadas y puede que ahora me haya puesto un poco nervioso por lo que Kelsey haya dicho. Me da una palmadita en la espalda al salir del vestuario.

—Ven a verme cuando te dispongas a leerlo, ¿de acuerdo? No quiero perderme tu cara cuando lo hagas.

Al marcharse Jamal, otro de mis compañeros de equipo cruza el vestuario en dirección a la ducha riéndose de algo que está mirando en el móvil.

—¿Todo bien, Price? —le pregunto saludándolo con la cabeza, aunque no me está mirando.

Se ríe más fuerte y pasa a mi lado.

—¡Tú no, al parecer!

No tengo ni idea de lo que quiere decir, pero intuyo que no va a gustarme cuando lo sepa.