Capítulo 1

1

—«Hermosa como la primavera…».

Nellie canturreaba la melodía del musical de Hammerstein mientras salía de la carretera que llevaba a la pequeña ciudad de Onehunga, junto a Auckland, para girar en el acceso a Epona Station. Carecía totalmente de talento musical, pero a Jamie, el mestizo de perro lobo que tendido ocupaba por completo el asiento posterior del todoterreno, eso le resultaba indiferente. Lo principal era que su humana estuviera de buen humor y, en efecto, ese día de primavera Nellie estaba de buen humor. A ello contribuía el sol que, iluminando líquenes y helechos de un modo irreal, confería al bosquecillo por el que transcurría el camino el aspecto de un país de las maravillas.

Pero la alegría de Nellie todavía aumentó más al ver los caballos en los pastizales que seguían al bosquecillo. La hierba había crecido y las primeras yeguas habían parido. Con los cálidos rayos de sol, los Von Gerstorf, propietarios de la yeguada, las habían soltado y ahora los ejemplares purasangre y de sangre caliente comían voraces la hierba fresca, mientras que sus patilargas crías las miraban con curiosidad. Nellie intentó distinguir a las yeguas —prácticamente conocía a cada una de ellas en Epona Station— y adivinar de qué espléndido semental procedían los potros. No tenía que prestar especial atención al camino. Se lo conocía al dedillo, a fin de cuentas lo había recorrido cientos de veces después de haber vivido allí tras inmigrar a Nueva Zelanda y haberse encargado de un consultorio veterinario en New Lynn. En la actualidad residía en Ellerslie, una villa junto al hipódromo que dirigía Walter, su esposo. Siendo veterinaria, ella se ocupaba de los caballos de carreras y solo acudía a Epona Station de visita. Hacía unos años que April von Gerstorf se había casado con el joven veterinario Alex Rawlings, así que ya había un especialista local. No obstante, el día anterior Alex había llamado a Nellie para pedirle su opinión acerca de dos ejemplares del criadero y ella se alegraba ahora de volver a ver a sus amigos.

El primer lugar sobre el que se posó su mirada fue el picadero, donde en ese momento Julius von Gerstorf daba clases a una joven amazona y a un jinete. Julius ya no era joven, pero se mantenía erguido y firme como el oficial prusiano que había sido en el pasado. Había asistido al Instituto Militar de Hannover y transmitía a su nieto lo que había aprendido allí. Nellie reconoció sobre una elegante yegua negra a la hija adoptiva de April, Henny, una delicada adolescente de casi trece años que había recogido en una trenza su cabello largo y negro para cabalgar. En el picadero no eran bien recibidas las melenas al viento. Contempló con cariño a Henny, su nieta, cuya madre biológica era la hija de Nellie, Grit, quien nunca se había interesado ni por los caballos ni por montarlos.

Henny, con un asiento ejemplar, recta y relajada sobre la joven yegua Melora y manejando con finura las riendas, ofrecía una hermosa estampa. El jinete, de unos trece o catorce años, también atrajo la atención de Nellie. Hacía mucho que no lo veía, pero, aunque no hubiese sabido que se trataba de Noah, el nieto de Julius y Mia von Gerstorf, habría advertido su semejanza con Julius. El cabello de Noah también era rubio oscuro, aunque en el de su abuelo se entremezclaban muchas canas, y ambos tenían un rostro de rasgos bien definidos. Noah era alto y fuerte, y cabalgaba con una ligereza natural. De ese mismo modo habían montado en una época Julius y Walter von Prednitz, el esposo de Nellie. Walter también había sido oficial y servido en la Primera Guerra Mundial.

El padre de Noah era Jonathan, hijo de Julius y Mia; vivía en Australia y tenía muy poco en común con Noah. De niño, Jonathan había sido un soñador ratón de biblioteca; se parecía mucho más a su abuelo materno, un asesor comercial y banquero privado sumamente culto, que a sus padres, mucho más pragmáticos. Esto había afectado bastante a Julius, quien había deseado que lo sucediera en la dirección de la yeguada, pero Jonathan había evitado los caballos siempre que le había sido posible. Con la herencia de su abuelo se había marchado a Australia siendo todavía muy joven, había trabajado en el banco de su tío abuelo y era obvio que allí era feliz. De la unión con su prima segunda habían nacido dos varones, el mayor de los cuales, Ira, seguía la estela de su padre, mientras que Noah no tenía más que un único deseo: cabalgar. Después de muchas discusiones con sus progenitores, el benjamín se había marchado a Epona Station con el beneplácito de su familia. Asistía al instituto de secundaria de Auckland y estudiaba arte ecuestre en lugar de una carrera universitaria como sí hacía su hermano, algo mayor que él.

Nellie saludó con la mano a Julius y sus alumnos, que apenas se percataron de su presencia. No en vano, Julius era un profesor severo que exigía plena concentración en los caballos.

Así que Nellie siguió su camino y pasó de largo la casa para dirigirse a las cuadras, donde sospechaba que encontraría a April. En efecto, esta se hallaba junto a los amarraderos con un poni de las Shetland y su hijo pequeño. Nicholas acababa de cumplir seis años, pero ya cepillaba vigorosamente a su poni alazán y estaba a punto de levantarle el casco. El caballito —no mucho más alto que Jamie, el mestizo de perro lobo— se mantenía inmóvil como una estatua. April le iba acercando de vez en cuando una zanahoria a los belfos.

—¡Nellie! —April, una mujer menuda y delgada, con pantalones de montar y botas, resplandeció al ver a la recién llegada y la saludó con un abrazo. Jamie intentó abalanzarse sobre ella con un brinco, pero Nellie se lo prohibió. April se inclinó y lo acarició—. ¡Cuánto hacía que no nos veíamos! Pero ahora comienza la temporada de las carreras e iremos con más frecuencia a Ellerslie.

Nellie asintió y saludó a su vez a Nicholas. El pequeño había heredado el cabello rojo de April y con sus rizos parecía un travieso duendecillo. No obstante, los rasgos de su rostro recordaban más a los de su padre, Alex, y a los de la madre de este, Wilhelmina, una mujer bellísima. Un día llegaría a ser un hombre muy apuesto.

—¡Veo aquí a un jinete en ciernes! —observó Nellie, sonriendo con admiración al ver los esfuerzos de Nicholas por cepillar la gruesa cola de su poni.

April asintió orgullosa.

—Sí. Como dice mamá siempre, parece que se producen saltos entre una generación y otra. —Señaló con la barbilla en dirección al picadero—. Pero tenemos mucha suerte con nuestros hijos. Siempre que pueda llamarse suerte el hecho de que un ser humano solo tenga caballos ocupando su mente. Hay quien lo ve de un modo totalmente distinto… ¿Qué tal tus chicos? ¿Vienen a montar con frecuencia?

Antes de acabar los estudios escolares y empezar una carrera, Peter y Martin, los hijos de Nellie, habían presentado los caballos de Epona Station en las competiciones.

Nellie negó con la cabeza.

—Muy de vez en cuando. Peter se dedica totalmente a la ingeniería y Martin quiere marcharse a Europa el año que viene. Lo entiendo. Quien ha estudiado idiomas quiere conocer los países donde se hablan.

April sonrió.

—En Europa también hay caballos…

—Tampoco importa mucho. —Nellie se echó a reír—. Creo que está pensando más en chicas.

—Quiero ir a montar ahora… —lloriqueó Nicholas—. ¡Ahora hay clase!

April, que entretanto había ensillado su pequeño castrado, se encogió de hombros.

—Ya lo estás oyendo, quiere ir a la clase de equitación —dijo—. Para él es importantísimo, aunque todavía es demasiado pequeño para seguirla. De todos modos, nos vamos a la pista pequeña junto al cuadrilongo y a veces papá le da alguna indicación. Entonces se siente muy orgulloso.

Condujo el poni al cuadrilongo, junto al cual había una pequeña pista de arena para calentar a los caballos. Jamie los siguió y se tendió al borde del picadero. Nellie lo elogió y April le acarició la cabeza.

Mientras esta ayudaba a su hijo a subir al caballo, Nellie dirigió la vista a los otros jinetes. En ese momento, Julius criticaba el modo en que Henny había realizado un ejercicio y la muchacha se esforzaba por contenerse y no replicar ni echarse a llorar. A Nellie la sorprendió. No sabía que Henny fuera tan susceptible.

April también observó la escena.

—Henny está muy sensible últimamente —señaló—, y estalla a la menor ocasión. Mamá cree que es cosa de la edad…

—¿Y tú qué opinas? —preguntó Nellie.

—¡Siéntate derecho, los talones bajos, la cabeza alta! —indicó April a Nicholas, que se esforzaba por conseguir un asiento de manual. Luego respondió a la pregunta de Nellie—. Me parece que es por Noah. Cree que papá o prefiere a él.

Nellie frunció el ceño.

—¿Tú qué crees? No parece propio de tu padre. Con vosotros siempre fue severo, pero justo.

Había presenciado muchas clases de Julius a April, al medio hermano de esta, Jonathan, y a sus propios hijos.

—Yo tampoco advertí nada —le dio la razón April—. A lo mejor le presta más atención a él, al fin y al cabo solo lleva un par de semanas enseñándole. Todavía tiene que explicarle muchas cosas, mientras que le está dando la lata a Henny desde que ella tenía siete u ocho años. Si comete errores, aunque debería estar más adelantada, la riñe…

—Puede ser que… ¿tenga celos? —preguntó Nellie.

April suspiró.

—Henny comprende perfectamente que a partir de la llegada de Noah la situación ha cambiado; desde que era pequeña habla de heredar y dirigir la yeguada. Julius la ha llamado su sucesora muchas veces. En broma, claro: Nicholas también cuenta y primero estamos Alex y yo. Para cuando Henny llegara a ocupar un puesto directivo, podría cambiar un montón de veces de orientación. Pero Noah… es consanguíneo de Julius…

Aunque April era hija legítima de los Von Gerstorf, era fruto de la violación que había sufrido su madre a manos de un oficial inglés en la Primera Guerra Mundial. Durante mucho tiempo esto no había tenido ninguna relevancia, Jonathan más bien había decepcionado a Julius; pero Nellie comprendía que ahora estuviera eufórico con su nieto biológico, quien además se le parecía y con quien compartía los mismos intereses.

—¿Cómo es? —preguntó—. Me refiero a Noah…

April elogió a su hijito, que dirigía el poni con toda seguridad por la pista.

—Amable —respondió—. Bien educado, muy servicial, se siente muy feliz de poder estar aquí. No le da a Henny la menor razón para que le tenga manía, pero ella se comporta con él de forma tan hostil que raya en lo ofensivo. También está a malas con el resto del mundo. Mamá tiene razón cuando dice que se encuentra en una edad difícil.

—¿Puedo hablar con ella? —preguntó Nellie. Siempre era muy prudente, no quería que April pensara que deseaba inmiscuirse en la educación de Henny. Al principio, cuando todavía esperaba que su hija Grit terminara encariñándose con la pequeña, no siempre le había parecido correcto que April se ocupase tanto de ella. Pero Grit nunca había mostrado el menor interés por Henny y, cuando reinició sus actuaciones como concertista y volvió a emprender su exitosa carrera de pianista, aceptó aliviada que April y Alex adoptaran a la pequeña. Por supuesto, April había estado de acuerdo en que visitara cuando quisiera a Henny y que participara en su vida, pero Grit se limitaba a enviar alguna postal cuando se acordaba de que tenía una hija.

—Sí, por favor —respondió April—. A lo mejor a ti te escucha. Por el momento solo somos para ella una especie de bestia negra… No recuerdo haber sido tan complicada a su edad.

Nellie, que se acordaba bien de April cuando tenía trece años, no puedo evitar reírse.

—No lo tengo yo tan claro —dijo—. Pero tal vez sea mejor que le eche antes un vistazo a los caballos que Alex quería mostrarme. ¿Una posible preñez de gemelos? ¿Y una cojera poco corriente? —Tras unos minutos más en los que Nicholas tuvo permiso para ponerse al trote, April concluyó la hora de clase con su hijo pequeño y mostró a Nellie los dos pacientes. La exploración física de la bonita yegua tranquilizó a las dos mujeres: Nellie solo pudo palpar un potro, algo positivo pues, tratándose de caballos, los gemelos casi siempre representaban un problema. En cuanto a la cojera del joven semental Eagle, no pudo ayudar a Alex.

—Tendréis que llevarlo al hipódromo, allí podré hacerle una radiografía —les aconsejó.

Estaba muy orgullosa de su nueva adquisición para la consulta del hipódromo, un aparato de rayos X para caballos. Sin embargo, no era portátil.

Cuando hubo examinado a los dos pacientes, Julius acababa de terminar su clase de equitación. Habló algo más con Noah, mientras Henny llevaba su caballo a la cuadra.

«Voy a probar suerte —pensó Nellie, dejando su bolsa en el coche y yendo tras su nieta—. No me extrañaría que estuviera buscando un hombro sobre el que desahogarse».

En efecto, encontró a Henny sollozando en la cuadra. Abrazaba el cuello de su montura Melora y lloraba sobre sus crines. Todavía no había desensillado la yegua, por lo que debía de haber estallado en llanto nada más quedar fuera de la vista de Julius y Noah. Flokati, su viejísimo y desgreñado perro mestizo, que la había estado esperando pacientemente durante la clase, gemía con ella.

—Ay, Henny… —dijo Nellie acariciándole el cabello—. ¿Tan horrible es el mundo?

Henny se dio media vuelta y por su rostro lloroso se deslizó un asomo de cólera.

—¡El mundo no, pero sí el opa Julius! ¡Qué malo es! No hace más que hablarle a Noah, Noah, Noah. Para él ya no existe Nicholas y a mí no hace más que criticarme.

Nellie decidió no comentar nada, y se limitó a estrechar a la adolescente entre sus brazos. También ella se había dado cuenta de que el abuelo de la pequeña, Julius, no se había ocupado de Nicholas cuando estaba en la pista contigua al picadero, aunque sabía que el niño se alegraba de que lo corrigiese. Sin embargo, podían existir miles de razones, era probable que tan solo se hubiera concentrado mucho en su alumno.

—Y mami dice que no es verdad, pero yo no miento, yo… —Henny siguió sollozando sobre el hombro de Nellie—. ¿Me crees tú al menos? —preguntó esperanzada.

—No creo que mientas —aclaró Nellie—. Pero a veces uno entiende mal las cosas. Noah todavía es un principiante, el opa tiene que dedicarse más a él. Tal vez no debería enseñaros a los dos juntos.

—Además a Noah siempre le da los mejores caballos. Yo tampoco me equivocaría montando a Early Bird o…

Early Bird era un caballo magistralmente adiestrado; Melora, por el contrario, todavía era joven y necesitaba formación. Medio año antes, Henny se hubiera sentido orgullosa de que Julius se la confiara…

Posiblemente había pensado lo mismo, pues no siguió hablando al guardar Nellie silencio respecto a esa crítica, y cambió sin vacilar de tema.

—¿Cómo es ella en realidad, grandma Nellie? Bueno, me refiero a Grit. Mi madre de verdad…

—Tu madre biológica —la corrigió su abuela Nellie—. Es una persona maravillosa, con mucho talento, valor y belleza. Aunque tú no te pareces a ella, sino a tu padre. Vamos, ya has visto a Grit en fotos. Pero es totalmente distinta de ti y de mí. No creo que con ella fueras más feliz que aquí.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Henny, mientras por fin soltaba la cincha al caballo—. ¿Es porque no monta? A mí también se me están quitando poco a poco las ganas…

Nellie se echó a reír.

—Pero no te has convertido a cambio en alguien con sentido musical, Henny. Siempre gritabas cuando Grit tocaba el piano. ¿Has oído alguna vez los discos que te envía?

Henny se mordió el labio. En realidad, la música clásica no la atraía lo más mínimo.

—Grit se parece más a Philipp, su padre y mi primer marido —siguió hablando Nellie. Resultaba extraño sostener esa conversación con su nieta. En realidad, siempre había calculado que Henny preguntaría mucho antes por su madre—. La música ocupa para ambos el primer lugar. Él es violinista, ella pianista, y todo lo demás queda subordinado a la música…

—Como sucede entre nosotros con los caballos —observó Henny.

Nellie sonrió.

—Algo parecido. Los caballos también son una pasión, una pasión que la oma Mia, el opa Julius, April, Alex y yo compartimos. Y Noah y tú…

Henny se echó de nuevo a llorar.

—Y ahora Noah se quedará con todos, todos los caballos de Epona Station —dijo—. El opa Julius lo quiere más a él que a Nicholas y a mí. Porque es su auténtico nieto… Nicholas es al menos el nieto de la oma Mia. Solo yo… no soy nada…

Nellie abrazó a la desdichada muchacha hasta que esta se calmó. No podía hacer nada más por ella, la pequeña no aceptaría ningún consuelo que pudiera darle. Aun así, Nellie estaba convencida de que Mia y Julius la querían, y April y Alex la adoraban. Nunca habían hecho ninguna diferencia entre su hija adoptiva y su hijo. Pero en esa época, Henny lo veía todo negro.

Al final fue Melora la que consiguió hacerla sonreír de nuevo. La yegua resopló suavemente en su cabello, le cogió la trenza entre los belfos y tiró de ella como si quisiera recordarle su presencia. También Jamie le dio un empujoncito. Había seguido a Nellie. Henny lo acarició, desensilló a Melora y le dio, por fin, su bien merecida manzana tras la clase de equitación.

Nellie besó a su nieta en la frente.

—Los animales saben quién eres —dijo con dulzura—. Y yo también lo sé. Solo tú no lo sabes todavía con certeza. Pero esto cambiará, Henny. Necesita su tiempo.

2

Nellie no pudo dejar de pensar en la conversación que había sostenido con su nieta durante el resto del día y todavía mantenía su mente ocupada en ese tema por la noche, mientras intentaba relajarse en el sofá con una revista médica y una copa de vino tinto. Dejó a un lado la publicación cuando oyó llegar a Walter, su esposo. Este había celebrado una reunión con los entrenadores de los caballos de carreras y luego seguro que había echado un vistazo a las cuadras para confirmar que todo estaba en orden. Cuando por fin llegó a casa, era evidente que volvía a llover, pues llevaba su oscuro cabello mojado. Sus afables ojos azules brillaron al ver a Nellie.

—Ya estás aquí —dijo alegre—. ¿No querías ir a casa de los Von Gerstorf?

Nellie asintió y le habló de Henny.

Walter, que en el fondo no se tomaba en serio los problemas de la adolescencia (había trabajado el tiempo suficiente como profesor de equitación para conocerlos muy bien), se rio.

—Tal vez debería considerar la idea de casarse con Noah. Sería un enlace estupendo. Al menos en lo que respecta a la yeguada.

Nellie hizo una mueca.

—Si quieres ser testigo de una explosión, propónselo —señaló—. No lo aguanta. Y a lo mejor también él tendría algo que objetar.

Walter se sentó en una butaca y tomó un sorbo del vino de su esposa.

—¿Qué podría tener en contra? Es una chica guapísima e inteligente, aunque todavía algo inmadura. Creo que se parece más a ti que a su madre. A excepción de que es morena, claro. Cuando crezca será irresistible. —Le sonrió.

—¿Así que me encuentras irresistible? —preguntó Nellie, halagada—. ¡Ya tengo más de sesenta años! Y Henny se parece más bien a su padre, ¿no crees?

A diferencia de ella, Walter había conocido personalmente a Leonidas Fotakis.

Walter cambió su asiento por el sofá y le pasó el brazo alrededor de los hombros.

—Para mí tú sigues siendo la más bonita del mundo. Y Henny… Sí, no cabe duda de que crece como una diosa griega. Pero la naricilla —tocó suavemente la nariz pequeña y llena de pecas de Nellie— es tuya, sin la menor duda. De Grietje y Philipp solo tiene en realidad los rizos, aunque a mí me gusta mucho más el cabello liso y de un dorado rojizo. —Pasó la mano por el práctico peinado a lo paje de Nellie, que conservaba el tono rubio rojizo tiñéndose periódicamente el cabello.

Ella se echó a reír.

—¡Eres un seductor, Walter von Prednitz! Pero me gusta lo que dices… Volvamos a Henny. ¿Te he contado que me ha preguntado por Grietje? —Nellie y Walter eran los únicos que llamaban todavía Grietje a Grit, la hija fruto de la unión de Nellie con Philipp de Groot. La joven (bautizada con el nombre de Margarete por su abuela materna) quiso que la llamaran Grit desde que se marchó a Estados Unidos con su padre—. Nunca antes había preguntado por su madre. Y yo, tonta de mí, lo primero que he hecho ha sido reprocharle su falta de sentido musical. Justo en el momento en que ella misma piensa que no sirve para nada.

—Más vale eso que no que intente de repente aprender a tocar el piano —opinó Walter—. Al menos para los oídos de Julius y Mia. April tiene tan poco talento para la música como Henny, y Alex… ya tuvo suficiente para toda la vida con Grit aporreando el teclado.

Nellie lo miró con severidad.

—Grit es una pianista mundialmente famosa. Ella no aporrea el teclado…

Y sin embargo, durante los últimos meses que Grit había pasado en Nueva Zelanda, Nellie había sufrido igual que Walter a causa de los ejercicios de piano que duraban horas… En cuanto a Alex, el amor que una vez había sentido por Grit había muerto a causa de la ilimitada ambición de la joven. Luego, él se había entregado a April, para satisfacción de ambos. Walter no respondió, pero hizo una significativa mueca con la cara.

—Henny ya se tranquilizará —acabó diciendo—. Y Noah es un buen chico. No creo que la provoque de forma consciente, al contrario. Limítate a esperar. April y Alex a su edad también estaban como el perro y el gato. Todo se calmará. ¿Qué tal si cenamos? ¿O tengo que servirme una copa de vino y seguir diciéndote lo guapa que eres?

Nellie se acurrucó entre los brazos de su esposo, cuyos besos eclipsaron su preocupación por Henny. Ninguno de los dos era joven. Walter ya tenía el cabello gris y había engordado un par de kilos desde que no entrenaba él mismo los caballos. Pero, pese a los muchos y tormentosos años juntos, formaban un matrimonio feliz.

Nellie y Walter estaban profundamente dormidos cuando a eso de las tres de la madrugada sonó el teléfono. Todavía seguía habiendo un aparato telefónico sobre la mesilla de noche de Nel­lie, aunque en los últimos años pocas veces la llamaban para que atendiera a un animal enfermo. Si no se trataba de un caballo del hipódromo, Alex se encargaba de los casos de urgencia de los animales grandes y Justynka, que había sido compañera de Nellie y se había hecho cargo de la consulta de New Lynn, se ocupaba de los animales pequeños.

Confusa, Nellie buscó a tientas el teléfono y musitó de mala gana un «¿sí?» que respondió una voz despierta y profesional.

—Recibe una llamada de ultramar. Es posible que tenga costes adicionales. ¿Quiere aceptarla?

¿De ultramar? La sorpresa de Nellie dejó paso a la preocupación. Sus amigos Maria y Bernhard vivían en Australia, y Grit y su padre se encontraban de gira por Europa con la Sinfónica de Boston. Una llamada a esas horas no anunciaba nada bueno.

—Si, por supuesto, pásemela —respondió con impaciencia y al instante oyó un llanto.

—Mami… —Nellie se sentó cuando reconoció la voz de Grit entre los sollozos—. Mami… —Grit seguía llorando, parecía no poder pronunciar más palabras. Antes de que Nellie le preguntara, logró dar la noticia—. Mami… Papá… Papá ha muerto…

—¿Qué? —Nellie se estremeció. Philipp… Phipps, como ella siempre lo había llamado, solo era dos años mayor que ella. ¿Cómo era posible…?

—Teníamos…, teníamos ensayo… y él estaba tocando su solo… —Grit apenas podía pronunciar las palabras, interrumpida continuamente por un llanto desesperado—. Y entonces… —Gimió.

—¿Qué ha ocurrido, Grietje? —preguntó Nellie—. ¿Un accidente?

—No, no, él… —Grit se vino abajo.

—¿Señora De Groot? Le habla Vincent… —Nellie pasó a oír la voz contenida de un hombre—. No sé si Philipp le ha hablado alguna vez de mí…

Sí que lo había hecho y Nellie incluso tenía en mente una imagen del joven. Grit le había estado enviando fotos de ella con otros músicos y amigos. Vincent Langdon era un hombre delgado, de expresión algo ausente y amable, cabello rubio y liso. Era chelista en la Sinfónica de Boston. Phipps lo tenía en gran estima y nunca había perdido la esperanza de que su hija algún día se enamorase de él. Pero Grit no se sentía preparada para empezar una nueva relación, todavía estaba demasiado traumatizada por su unión con Leonidas Fotakis durante la guerra y demasiado presionada por el temor a tener un hijo y quizá verse obligada a abandonar su carrera. A menudo, Phipps le había transmitido por carta a Nellie su preocupación con ese tema.

—Señora Von Prednitz —corrigió ella mecánicamente, y luego asintió—. Yo…, Grit…, a lo mejor usted puede…

Asimilaba lentamente la noticia de la muerte de Phipps. Notó que una sensación de frío la invadía, pero no podía terminar de creérselo si no la informaban de las circunstancias.

—¿Dónde…, dónde se encuentran ustedes en la actualidad? —La desgracia tenía que haber ocurrido en algún lugar de Europa.

—En París —respondió Vincent Langdon—. Teníamos que tocar esta noche en la Ópera, ensayábamos a las once. Y Philipp estaba tocando su solo cuando, de repente, dejó caer el violín, miró incrédulo a su alrededor y luego… simplemente se desplomó.

Grit sollozaba histérica.

—¿Se desplomó y murió? —preguntó Nellie, incrédula.

—Casi al instante. Intentamos reanimarlo. Enseguida llegó un médico… Pero no había nada que hacer. Un ataque cardiaco, dictaminó el médico, o se le reventó un a…

—Aneurisma —concluyó la frase Nellie sin pensar.

—Exacto —dijo Vincent—. No…, no ha sufrido, según el doctor. Estas cosas suceden muy…, muy deprisa.

Nellie asintió.

—Sí —dijo en voz baja—. Y no hay nada que hacer…

Tenía lágrimas en los ojos. Walter se incorporó e intentó averiguar por sus palabras de qué estaban hablando.

Grit no cesaba de llorar. La cuestión de cómo había reaccionado a la muerte repentina de Phipps no se había mencionado.

—¿Y ahora qué pasa? —preguntó Nellie en voz baja—. Grit…

Vincent carraspeó.

—La función de esta noche se ha suspendido. Pero la gira debe continuar, por supuesto… Philipp…, nos hemos puesto de acuerdo en trasladar a Philipp a Boston. Allí tenía amigos, seguidores… Se celebrará un gran funeral…

A Nellie le interesaba poco cómo iba a ser el entierro de Phipps. Lo importante era cómo se encontraba Grit. Tras la muerte de Leonidas se había sentido culpable y había reaccionado encerrándose en sí misma. Durante meses había dejado de ser ella, hasta que Phipps por fin había regresado de una gira y la había arrancado de la melancolía. Si eso volvía a suceder ahora…

—¿Qué pasa con Grit? —insistió—. Creo…, creo que tendría que venir conmigo. Tratar de calmarse durante un par de semanas, tomar distancia…

Grit interrumpió su llanto desesperado para proferir un obstinado «¡No!».

—Es lo que yo también le he sugerido, señora De Groot —explicó Vincent. Nellie renunció en esta ocasión a corregir el apellido—. Incluso intentaría quedarme libre para acompañarla a Nueva Zelanda. Pero ella no quiere, quiere…

—Papá no lo habría aprobado. —Sollozó Grit—. Que me marchara. Siempre decía que hay que cumplir con los compromisos y ahora… si yo también fallo…

—Grit, todo el mundo lo entenderá…

Nellie y Vincent pronunciaron las mismas palabras para tranquilizarla, pero Grit parecía estar recomponiéndose y repitió la decisión que había tomado.

—No abandonaré la gira hasta que acabe —la oyó decir Nel­lie—. Y luego volveré a Boston. Yo…, yo proseguiré la obra de papá, yo… —Volvió a echarse a llorar.

Nellie suspiró.

—Por favor, Vincent, páseme de nuevo a mi hija. Creo que ahora tengo que tranquilizarla. Mañana tal vez se vea todo de otro modo. ¿Dónde están? ¿Todavía en la Ópera?

Vincent contestó negativamente. Había acompañado a Grit al hotel y estaba con ella en la suite que había compartido con su padre.

—Bien —dijo Nellie—. ¿Puede quedarse con ella? Ahora no debería permanecer sola. ¿Y hay Valium en el botiquín de viaje de los dos? ¿O alguna caja de pastillas para dormir? Los cambios continuos de zonas horarias suelen provocar trastornos del sueño. Si las hay, pida que les lleven un té con mucho azúcar, disuelva una pastilla en él y cuídese de que lo beba. Para que se tranquilice.

Vincent le aseguró que se quedaría en la suite y que velaría por el sueño de Grit. Emprendió al momento la búsqueda de un somnífero y le comunicó a Nellie que lo había encontrado.

El sueño venció al llanto mientras Nellie susurraba a su hija por teléfono unas palabras sosegadoras.

Walter, que entretanto se había levantado, le llevó un té a Nel­lie. Ella le hizo un gesto de agradecimiento al terminar la conversación telefónica.

—Mañana volveremos a hablar, Vincent. ¡Muchas gracias por todo!

Walter la miró.

—¿Phipps? —preguntó.

Ella asintió.

—Lo siento —dijo él en voz baja.

—Yo también lo siento, lo siento mucho —susurró Nellie, secándose las lágrimas del rostro—. Yo…, yo nunca fui realmente su esposa, pero…

Walter la estrechó entre sus brazos.

—Nellie, no tienes que justificarte. Nunca me sentiría ofendido porque estés llorando su muerte… Era el padre de tu hija.

—Era, sobre todo, mi amigo —contestó Nellie llorando—. Mi mejor amigo desde que tengo uso de razón. Y le estoy agradecida por todo… Sin Phipps…

Ya de niña, Nellie estaba decidida a ser veterinaria, pero entonces no se permitía que las mujeres estudiasen una carrera. Gracias a que Phipps la dejó participar en sus estudios, adquirió ella los conocimientos necesarios para tratar animales. Hasta mucho más tarde no obtuvo el título de doctora en una universidad alemana.

—Lo sé —dijo Walter.

—Qué triste… —gimió Nellie.

Solo cuando Philipp y Nellie se separaron, comprendió él lo mucho que la había amado. Nunca había habido otra mujer en su vida. Salvo su hija Grit.

—¿Qué hará Grit sin él? —preguntó Walter.

No dirigía la pregunta a Nellie, pues sabía que ella también se la planteaba. Y vio que, inevitablemente, él y su familia iban a tener problemas en un futuro próximo.

Nellie volvió a hablar por teléfono con Vincent Langdon la noche siguiente. La diferencia horaria entre Nueva Zelanda y París era de doce horas, así que para él era la mañana después de la muerte repentina de Phipps. Grit, según le informó, había dormido profundamente y se estaba vistiendo. Volvía a llorar y no quería comer nada, pero había insistido en acompañarlos a la funeraria a él, el director y un traductor facilitado por la Ópera para discutir sobre el modo en que debían proceder. Estaba dispuesta a asistir luego al ensayo.

—¿Quiere tocar esta noche? —preguntó Nellie, atónita.

—A toda costa —respondió Vincent—. Yo también estoy preocupado, igual que los demás. Pero está firmemente decidida. Y, por supuesto, su presencia será lo que atraiga al público. Esta tragedia ha ocupado muchas páginas de los diarios. Si ahora Grit vuelve a pisar el escenario sin hacer ninguna pausa…

—¿Y si se viene abajo delante del público? —preguntó Nellie, enojada—. ¿Cómo van a permitírselo?

—Es una persona adulta —contestó Vincent. Parecía un niño al que habían regañado.

Nellie se disculpó. Seguro que el joven chelista no podía hacer nada, Grit no le habría escuchado. En cualquier caso, el director habría podido prohibirle que actuara, pero el día anterior ya había tenido que cancelar el concierto. Seguro que tenía mucho interés en complacer a los organizadores.

Nellie suspiró.

—Ya me contará cómo ha ido —pidió—. Nos mantenemos en contacto.

3

Vincent Langdon amaba a Grit de Groot desde hacía años. Ya cuando lo contrataron en Boston, se sintió fascinado por ella. Le encantaban su expresión, su total entrega a la música y, sentada al piano, su silueta delgada pero femenina, el cabello rubio y ligeramente ondulado con sus casi imperceptibles matices rojizos, y el hecho de que lo llevara largo, en contra de la moda, a veces con unos mechones recogidos detrás desde las sienes y en ocasiones trenzados. Sus rasgos eran suaves: con la raya en medio, su rostro recordaba al de una madona. Vincent habría podido pasar horas contemplándola.

Había necesitado algunos días antes de atreverse a hablarle, sobre todo debido a que ella ya era una estrella, al igual que su padre. Philipp de Groot era universalmente conocido. Pero se pusieron a conversar sobre su chelo, una obra maestra, como el violín de Philipp, de la famosa familia de lutieres Guarneri. Vincent no cupo en sí de alegría al comprobar que no se daban ínfulas, sino que se habían acercado a él de una manera franca y amable.

Al principio le había dado la impresión de que Grit correspondía a su interés. Había salido varias veces con él y el padre había apoyado la relación en ciernes. Había invitado a Vincent a tocar con ellos, la conversación había sido animada… Todo parecía muy prometedor hasta que una tarde Vincent intentó besar a Grit. Ella enseguida se había apartado de él, musitando una especie de disculpa, y a partir de ese momento la relación se había enfriado a todas luces. Philipp de Groot se había esforzado por mediar y le había hablado de la experiencia que había tenido su hija en Creta durante la guerra.

Grit se había incorporado a la sección de entretenimiento de las tropas como pianista y había entablado amistad con un músico griego, Leonidas Fotakis. El día en que los alemanes invadieron la isla, lo había acompañado a su pueblo, en el interior, y no había encontrado ninguna manera de volver con los aliados, que enseguida habían evacuado a sus compañeros de trabajo. Más tarde había comprendido que Leonidas la había retenido de forma consciente. Había justificado su proceder diciendo que en la aldea estaba más segura que en el cuartel general de los ingleses, pero lo que él había esperado sobre todo era ganarse su corazón. A pesar de eso, Grit no había iniciado una relación sentimental con él, sino que se había unido a la lucha de los partisanos cretenses. En una noche de debilidad, tras una peligrosa operación, había hecho el amor con Leonidas por pura sed de vida y había engendrado a su hija Helena, a la que llamaban Henny. El joven griego y su familia estaban convencidos de que Grit se casaría con él y se quedaría en la isla, pero, cuando se le ofreció la posibilidad de huir con una unidad inglesa, se marchó. Esa misma noche, mataron a Leonidas durante una misión. Grit, que se consideraba culpable, cayó en una depresión profunda.

«Simplemente necesita algo de tiempo para asimilarlo —había explicado Philipp—. No arroje la toalla, Vincent. Espere a que ella tome la iniciativa».

Desde entonces, el chelista se había reprimido adoptando el papel de amigo de la familia. De hecho, Grit parecía confiar cada vez más en él; ya no lo evitaba como durante los primeros días tras su intento de intimar con ella, sino que volvía a acompañarlo a las inauguraciones, conciertos o visitas guiadas de las ciudades a las que acudían de forma periódica. No obstante, seguía siendo una relación platónica. Vincent había esperado, a veces con la sensación de que ese vínculo extraordinario que existía entre Grit y su padre era un obstáculo más en su camino. La joven no podía separarse de su progenitor.

Lamentaba sinceramente la muerte de Philipp, pero también la veía como una oportunidad para ganarse por fin los favores de Grit. Por supuesto, convertirse en un amigo para ella sin tratar de sustituir al padre no era una tarea nada fácil. Vincent no quería dependencia, quería amor, así que continuaba esforzándose por ser paciente y comprensivo.

En los días que siguieron a la muerte de Philipp, siempre temía que Grit se derrumbase mientras se esforzaba con toda firmeza en cumplir sus compromisos musicales. Daba conciertos con las lágrimas resbalándole por las mejillas y, cuando al final saludaba, cogía el ramo de flores o la corona que la orquesta dejaba todas las noches en el lugar vacío del primer violín y lo sostenía delante de ella como un escudo. En lo cotidiano, se encontraba como en trance, se hacía de rogar cuando Vincent la animaba a beber o comer un bocado y parecía no darse cuenta de que cada noche, antes de irse a dormir, él disolvía en una bebida un somnífero de Philipp para que pasase la noche en calma.

Después de los conciertos de París estaban programadas dos paradas más en la gira: Roma y Atenas. Vincent creía que la estancia en Grecia la incitara a contarle algo sobre sus vivencias durante la guerra, pero ella no parecía percatarse de en dónde se encontraba. Cuando no ensayaba o actuaba, pasaba el tiempo en la habitación del hotel. Vincent esperaba que ella no se molestase por que conservara la reserva de la suite de ella y su padre y que él durmiera en la habitación prevista para Philipp. Todavía no se atrevía a dejarla sola.

La gira por fin terminó y la orquesta voló de vuelta a Boston. La urna de Philipp ya había hecho antes la travesía. La agencia que durante años había atendido a Philipp y Grit se encargó de organizar las exequias. Para sorpresa de Vincent, Grit participó de forma muy activa en la planificación, el programa musical y la selección de los invitados de honor. Era como si se tratara de poner en escena una última representación: la estrella de Philipp tenía que resplandecer una vez más.

—¿Vendrá usted? —preguntó Vincent a Nellie—. Yo…, bueno, yo creo que para Grit sería muy importante.

En realidad, no lo creía. Grit había hablado por teléfono en dos ocasiones con su madre, cuando estaba desesperada tras la muerte de Philipp; pero ya la segunda vez pareció haberse encerrado en su burbuja de dolor y solo había respondido con monosílabos a las preguntas de Nellie. Ahora ni siquiera mencionaba a su madre.

Nellie lo intuía.

—No me ha enviado ninguna invitación —dijo—. Ni a mí sola ni a mí y mi familia. Creo que seríamos…, seríamos solo unos intrusos… Ella quiere permanecer en su mundo cuando se despida…

—Pero tal vez habría sido importante para Philipp que estuvieras allí —señaló Wilhelmina Rawlings—. Te consideraba una persona muy valiosa en su vida.

La temporada de las carreras había empezado y Nellie encontró a la propietaria de la yeguada en el palco de los VIP dos semanas después de la muerte de Philipp. Wilhelmina había trabajado con Nellie durante la guerra, cuando Grit y Alex, el hijo de Wilhelmina, estaban desaparecidos en Creta. Reuniendo fuerzas, las dos habían organizado una operación de búsqueda y rescate. Wilhelmina había conocido entonces a Phipps y se había formado una idea de la difícil relación que existía entre él y Nellie.

Esta última suspiró.

—Ay, Willie, qué complicado es esto —musitó—. No quiero herir los sentimientos de Walter y no quiero que la prensa se lance sobre mí. La muerte de Phipps se ha dado a conocer en todo el mundo, han salido necrológicas en los periódicos más importantes. Si ahora aparezco yo como su viuda…

—Le quitarías protagonismo a Grit —observó Willie.

Con un eterno sexto sentido para las intrigas, manipulaciones e hipocresías, Wilhelmina se había ganado enemigos de por vida. Pero al menos su marido, Edward, permanecía a su lado. Tras años de un matrimonio en el que habían reinado las ansias de poder y el menosprecio, ambos habían llegado a una relación serena y armoniosa.

Nellie frunció el ceño.

—¿A qué te refieres? —preguntó algo molesta.

—Pues lo que oyes —respondió con franqueza Willie—. Tu hija sale a escena como la mujer que ha estado a su lado. Quiere apropiarse ella sola de la herencia de Philipp.

—No nos peleamos por su herencia —replicó Nellie—. Su fortuna va a una fundación para favorecer a niños especialmente dotados para la música. Grit solo hereda la casa de Boston y supongo que el violín, que vale unos millones de libras. Ella ya gana dinero suficiente por su cuenta.

—Hay una herencia artística —insistió Willie—. Una especie de soberanía interpretativa. Solo tu hija Grit determina lo que el mundo sabe sobre Philipp de Groot, qué recuerdo irá unido a él. Ella no aceptaría que tú estuvieras a su lado, junto a la tumba. Que tal vez contaras tu historia con él…

—No tengo nada malo que contar sobre él —protestó Nel­lie.

Wilhelmina se encogió de hombros.

—Entonces coge un avión y ve —indicó—. Pero te lo advierto: estarás con ese Vincent Langdon en la última fila de los asistentes al sepelio.

Nellie no tomó ningún avión a Boston, sino que se limitó a enviar un gran ramo de flores a los funerales. En el crespón se leía: «Con amistad, amor y agradecimiento, Cornelia».

La idea de que con esas palabras no despertaría el interés de la prensa fue acertada. En los artículos sobre el entierro dominaban las fotos de Grit, sola junto a la tumba, con el violín de Philipp en la mano. Tal como Willie había anunciado, ni siquiera se admitió a Vincent Langdon en la primera fila.

4

Daphne Lemberger estaba sentada en el tren que iba de Sídney a Perth y no se sentía nada bien. Tenía sin embargo todas las razones del mundo para estar de buen humor. Al fin y al cabo, pocos días antes había obtenido su título y ahora podía presentarse como doctora en Medicina veterinaria. Puesto que uno de sus directores de tesis daba clase en Sídney, había realizado allí el último paso de su doctorado: el examen oral. Estaba además con los dos hombres más importantes del mundo para ella, a excepción de su padre. Sin embargo, entre su hermano gemelo David y su amigo Stephen Pentecost había tal tensión que no sabía qué tema de conversación sacar. Y eso que acababa de contarle a David, exultante, sus planes de futuro. Viajaría con Stephen a Estados Unidos y allí trabajaría en el laboratorio del famoso investigador de primates Harry Harlow.

—El laboratorio de Wisconsin está especialmente acondicionado para los estudios de Harlow y estamos entusiasmados ante la idea de trabajar allí —le había contado emocionada.

—¿Has estudiado Veterinaria para envenenar a simios y luego diseccionarlos? —había preguntado David, consternado.

Daphne amaba a los animales y tenía una relación tan especial con ellos como su hermano y sus padres. También su padre Bernhard y su madre Maria eran veterinarios. Dirigían juntos el zoo de Perth, donde Daphne había estudiado.

Ella se había reído.

—¡Claro que no! No se trata de experimentar con animales con el objeto de realizar una investigación médica. Se trata de psicología, de etología. Harlow trabaja con monos rhesus y hace pruebas para comprobar su capacidad cognitiva y su memoria. ¡Ya sabes que tengo debilidad por los primates!

Daphne había dudado un poco a la hora de elegir qué carrera estudiar. Por una parte, quería ser veterinaria y trabajar en un zoo como su madre; pero, por otra parte, estaba interesada en la evolución de los seres humanos, sobre todo en los puntos que tenían en común humanos y animales. Por esa razón, la había entusiasmado el campo de la antropología y había acabado combinando los dos estudios. Había escrito su tesis de doctorado sobre la estructura cerebral de distintos primates y sorprendido a sus profesores al incluir al ser humano en el estudio comparativo. En él había puesto todo su empeño en rebatir la perogrullada de que un cerebro mayor también tiene mayor capacidad cognitiva. Mientras trabajaba en el doctorado y se inscribía en cursos del ámbito de la antropología, había llamado la atención por su interés y su inteligencia, y al final le habían ofrecido un puesto como ayudante en prácticas de un conocido antropólogo que investigaba los cerebros de distintos hombres primitivos. En su trabajo había formulado algunas tesis notables sobre la importancia de diferentes áreas cerebrales y las había defendido con éxito ante profesores de veterinaria y de antropología. La habían premiado de modo unánime con un summa cum laude, lo que la enorgullecía enormemente.

—¿Y para qué necesita el profesor Harlow una veterinaria? —había preguntado David (no para provocar, sino solo por un sincero interés), y había percibido con sorpresa que Daphne se mordía el labio ante tal pregunta.

—Stephen hará su doctorado con él —contestó—, y yo… Bueno, yo quería estar a su lado. Me presenté y el profesor Harlow me ofreció un trabajo como asistente de laboratorio.

—¿Cómo dices? —El volumen de voz de David había subido. Era por naturaleza una persona relajada y tranquila, mucho menos vivaz y abierto que su hermana—. ¡Daphne, tú estás sobrecualificada para ese trabajo! ¡Un asistente dedicado a la investigación de primates será seguramente una mejor opción!

Daphne había jugueteado con el bolso.

—Bueno, pero me gustan los animales. Y quiero estar con Stephen.

—Daphne ha estado trabajando hasta ahora de asistente —había dicho Stephen, que hasta ese momento se había limitado a saludar—. En antropología. Ahí nos conocimos.

Daphne le sonrió.

—A Stephen le sucede lo mismo que a mí —había explicado—. Es biólogo de origen y eligió la antropología como estudio de posgrado. Y ahora quiere unir en el doctorado las dos especialidades.

David había asentido.

—Eso está muy bien. Para él. Y seguro que es interesante. Pero tú eres veterinaria, con el título de doctora. Encuentro increíble que ese Harlow se haya atrevido a ofrecerte un puesto secundario.

Daphne se había apartado hacia atrás el cabello oscuro.

—Vamos, David —había intentado calmar a su hermano—. Ya he aceptado ese trabajo. Me hacen gracia los macacos…

El brillo de los ojos de la joven al deslizar la mirada por Stephen enseguida desveló a David que lo que entusiasmaba a su hermana era trabajar con ese joven, y también, sin la menor duda, vivir con él. Por el momento no había expresado la intención de casarse, pero era obvio que llevaba a Stephen Pentecost a la fiesta de verano del zoo de Perth para presentárselo a su familia. David intentaba comprender la fascinación que ese muchacho ejercía sobre su hermana, pero no lo lograba. No cabía duda de que era apuesto. Con una figura de deportista y un rostro lo suficientemente anguloso para parecer muy masculino, aunque de rasgos elegantes, también era lo bastante sensible para atraer a las mujeres. Llevaba el cabello rubio cortado a la moda y vestía según el último grito: un traje de verano claro y el sombrero a juego que había dejado en la estantería del compartimento. Sus labios siempre esbozaban una sonrisa, como si no se tomara muy en serio el mundo ni, en especial, a su interlocutor.

—¿Cuál es en realidad su profesión? —preguntó desafiante en dirección a David.

Este cambió de mala gana de tema.

—Soy arquitecto paisajista —contestó—. He terminado la carrera. Pero quiero hacer algunas prácticas antes de establecerme como autónomo. Tengo el propósito de especializarme en el diseño de zoológicos. Amplios espacios abiertos en los que los animales se sientan a gusto y las personas perciban que pueden moverse libremente entre ellos.

—Por decirlo de algún modo, ¿que se encuentren con un tigre de frente? —se burló Stephen—. ¿Cómo se logra algo así?

David no se molestó en sonreír. Era un joven serio, más parecido a Maria, su madre, que su más vivaracha hermana Daphne. Por lo demás, los gemelos tenían muchas cosas en común. No solo el cabello oscuro, sino también los amables ojos azules y el rostro fino y con forma de corazón. Además, solían coincidir en su manera de pensar. Aunque de vez en cuando se peleasen en broma, escaseaban entre los Dadas, como los llamaban cariñosamente sus padres, serias diferencias de opinión.

En esa ocasión, Daphne no dejó la menor duda de que apreciaba el trabajo de su hermano.

—Por ejemplo, construyendo fosos con agua en lugar de vallas —explicó—. En general, los tigres no nadan, como tampoco los monos.

—A los monos se los puede retener sin problema en islas artificiales —añadió David—. Así no se sienten encerrados. En cambio, la visión de un chimpancé tras unas rejas me parece muy triste…

Stephen sonrió con desdén.

—Ya veo, es usted una víctima del antropomorfismo. Y eso que yo pensaba que es una debilidad más bien femenina. —Acarició a Daphne con una mirada tierna, condescendiente.

—A Stephen le han enseñado que los animales no piensan ni sienten —observó Daphne—. Conductismo… Thorndike y Watson defendieron la teoría, y últimamente Skinner. Todo comportamiento se explica solo con el estímulo y la respuesta. Los sentimientos no desempeñan ningún papel. Cree que los animales no los tienen. Pienso que Kali y Lakshmi lo convencerán enseguida de lo contrario… —Al pensar en las elefantas, los ojos de la muchacha brillaron casi tanto como al mirar a Stephen.

—También me gustará presentarle a mis tigres, si tiene interés —añadió David, siendo él esta vez el que se mostró burlón—. Y a mis gatos. A los tigres resulta difícil mantenerles la mirada.

—David adiestró gatos cuando todavía era un niño —contó Daphne—. Y yo preferí a las elefantas y fingí que era una princesa india. Nuestros padres trabajaron en un circo durante un tiempo antes de ocuparse de la dirección del zoo de Perth. Nuestra madre es especialista en animales exóticos y tiene mucho talento para ponerse en el lugar de los animales. Que los animales piensan y sienten es para nosotros lo normal.

Stephen volvió a sonreír ahora de forma más amable.

—No cabe duda de que se los puede adiestrar —reconoció—. Con comida o a base de golpes, estímulo y respuesta. Al final se llega a lo mismo. Pero será un placer ver a tus elefantas y a sus tigres, David, siempre que no estén hambrientos. Al estímulo «hambre» puede responderse con la reacción «saltar por encima de un foso con agua».

David buscó por un instante la mirada algo avergonzada de su hermana. Entonces cambió de tema. Stephen Pentecost no se había ganado sus simpatías y no creía que sus padres estuvieran entusiasmados con la elección de Daphne.

Bernhard Lemberger recogió a los tres viajeros en la estación. Llevaba tejanos y la camisa abierta, es decir, vestía de un modo informal; al fin y al cabo, había interrumpido por unos instantes el trabajo en el zoo y no había querido cambiarse. El día previo a la fiesta de verano había mucho que hacer y a él no se le caían los anillos por echar una mano. Bernhard era responsable de los asuntos comerciales, entre los cuales también se contaban los eventos promocionales, como la planificación de los días de puertas abiertas. Lo hacía de buen grado, era amable con personas y animales y los trabajadores lo tenían en gran estima.

Maria, su esposa, no era tan dada al trato con las personas. Era inteligentísima, pero tenía problemas para valorar el estado emocional de los demás, interpretar sus expresiones o leer entre líneas cuando se manifestaban. Las metáforas le resultaban ajenas, al igual que la ironía. A cambio, tenía una especie de sexto sentido para los animales. Tanto si se trataba de una serpiente venenosa como de un oso tibetano, Maria intentaba percibir lo que pensaban y sentían. Su amiga Nellie le había preguntado una vez en broma si lo había intentado con los hombres: a las mujeres les ahorraría mucho trabajo poder adivinar sus pensamientos y sentimientos. Pero «rozar», como ella lo llamaba, a seres humanos le resultaba demasiado agotador, una carga. «Las personas piensan demasiado fuerte», era la explicación que daba al hecho de que no se sintiera bien con mucha gente en una habitación y de que solo pudiera compartir el dormitorio con algunas pocas personas a quienes conocía. Tampoco le gustaba rozar físicamente a las personas. En eso Bernhard no tenía el más mínimo problema. Dio la bienvenida a los mellizos con un abrazo y una sonrisa de oreja a oreja. Sus cabellos rubios y ondulados habrían necesitado un corte, pero con todo el trabajo de los preparativos para la celebración no había logrado ir al barbero.

Stephen lo observó algo asombrado. Daphne contestó cariñosa al abrazo y David con cierta torpeza.

—Papá, ¿puedo presentarte a Stephen Pentecost? —preguntó formalmente Daphne después del saludo—. Es mi amigo. Trabajaremos juntos en Estados Unidos.

El rostro de Bernhard se ensombreció cuando Daphne habló de ir a trabajar a Estados Unidos.

—En ese laboratorio de investigación, ¿verdad? —contestó no obstante con amabilidad, tendiendo la mano a Stephen—. El profesor Harlow tiene una enorme reputación; sin embargo, mi esposa y yo no terminamos de entender para qué necesita a una veterinaria. Pero bueno, ya hablaremos de eso más tarde. Ahora acompáñeme, Stephen, tengo que volver al zoo. Todavía no hemos acabado con el programa. ¿Podrías tal vez convencer a Kali y Lakshmi de que lleven a un par de niños a dar un paseo por el zoo, Daphne? Su cuidador no está seguro del todo. Vuestra madre dice que no le toman en serio.

Daphne rio complacida.

—¡Pues claro, papá! Si me lo hubieras dicho antes habría conseguido un sari. Una princesa india…

—… no lleva el pelo tan corto —se burló Bernhard de ella, señalando el corte de cabello algo atrevido de su hija—. Pero te queda bien, cariño. No necesitas ningún disfraz para romper corazones.

Le guiñó el ojo a Stephen, que parecía extrañamente turbado. Se le notaba que la familia de Daphne le resultaba chocante. Y más aún cuando vio el viejo todoterreno con el rótulo de ZOO DE PERTH en el que Bernhard había llegado. En la superficie de carga se amontonaban las jaulas de transporte, pero también guirnaldas que iban a servir de adornos en la fiesta. En el interior el olor era fuerte. El vehículo también servía para transportar animales.

—Por lo demás, ¿todo en orden? —preguntó David—. Sally…

—Sally vuelve a estar preñada y pronto dará a luz a un precioso bebé. —Bernhard sonrió—. O a dos. Maria ha castrado a tus gatos. Por muy simpáticos que sean, temíamos una explosión demográfica. Por cierto, se han pasado todo el día dando vueltas alrededor de la casa, como si sospecharan que vienes.

5

Los Lemberger vivían en una casa singular, no demasiado grande, en los terrenos del zoo. Había sido construida para el fundador del zoológico y poseía el encanto de los edificios victorianos. El acceso era generoso y Bernhard detuvo el coche delante de la puerta; en realidad quería dejar allí a sus pasajeros y marcharse de nuevo para cumplir con sus obligaciones.

Sin embargo, no había contado con Daphne. Mientras David bajaba solícito y era saludado al instante por un gato pelirrojo y otro negro, que parecían haber estado esperándolo realmente, Daphne estaba impaciente por ir al zoo.

Bernhard la observó.

—No sé, cariño. ¿Llevas la ropa adecuada?

Daphne llevaba un pantalón de lino claro y una blusa de verano estampada. Era evidente que se había arreglado para viajar con Stephen, mientras que David se había puesto un sencillo pantalón tejano y una camisa gastada. Justo la ropa adecuada para sentarse en los escalones delante de la entrada y disfrutar de las muestras de afecto de sus gatos. Habían aparecido otros dos con manchas blancas y negras y también ellos ronroneaban y maullaban ávidos por frotarse contra David.

—Son seis en total —confesó Daphne a su amigo y se volvió despreocupada a su padre—. Seguro que en la casa de los elefantes hay un mono —contestó—. O dos… —Miró el traje claro de verano de Stephen—. Tienes ganas de venir, ¿no? —preguntó a Stephen.

—¡Decidíos! —los apremió Bernhard—. Mamá también está en el zoo. Si viene con nosotros, Stephen, conocerá enseguida a mi esposa.

Por supuesto, Stephen no podía negarse. Así que se quedó sentado al lado de Daphne y se dejó llevar a través de las instalaciones del zoo. Justo a principios de verano estaban estupendas y muy cuidadas; las áreas de los animales se intercalaban con terrenos que semejaban jardines botánicos.

—Hemos introducido grandes reformas—explicó Bernhard— siguiendo los consejos de David, que ya de niño devoraba libros sobre las estructuras de los zoos. Carl Hagenbeck sentó las bases con respecto a la tenencia de animales en Hamburgo. Mire, ¡ahí está nuestra isla de monos!

Señaló una isla rodeada por un foso con agua y dominada por un peñasco artificial por el que correteaban unos babuinos. Había cuevas donde los animales podían retirarse, lugares a los que trepar, matorrales y árboles.

—¿No ha trabajado Harlow también con babuinos en alguna ocasión? —preguntó Daphne a su amigo.

Stephen asintió.

—Sí, en su primer laboratorio, en los años treinta. Acogían a todos los monos que pillaban. Pero los babuinos no eran demasiado útiles. En parte porque estaban obsesionados con un cuidador y no querían tener nada que ver con los investigadores. Además, sus capacidades cognitivas parecen muy limitadas…

Bernhard frunció el ceño.

—¿Sí? A nosotros nos parecen de lo más listos. Continuamente se quedan con algo de los cuidadores y no lo devuelven si no les dan un plátano a cambio; además tienen una vida familiar realmente complicada. Aquí se pueden observar muy bien. Por otra parte, si se los molesta se vuelven agresivos. En África se los considera unos pelmas que irrumpen en las casas o asaltan a paseantes y los atacan para robarles comida. En cualquier caso, ¡de tontos no tienen nada!

Stephen sonrió con superioridad.

—Lo que el observador interpreta como capacidad cognitiva y lo que se demuestra en las condiciones del laboratorio suele, por desgracia, diferir. Se tiende a interpretar en el comportamiento de los animales algunos sentimientos y motivaciones propios…

—¿Y qué hacen los chimpancés? —lo interrumpió Daphne antes de que Bernhard pudiera dar su opinión—. ¿Ha mejorado la situación?

Bernhard negó con la cabeza.

—No realmente. Están un poco más abiertos, parece que les gusta su cuidador, no huyen enseguida, pero siguen teniendo miedo del público…

—Salvamos a Toby y Eddy del circo —explicó Daphne—. Estaban totalmente trastornados. Su domador los obligaba a actuar vestidos como humanos, hacer volteretas e ir en bicicleta… Ahora ya llevan mucho tiempo aquí, pero todavía no confían en los hombres. No podemos permitir que los visitantes se acerquen demasiado, de lo contrario se amontonan todos en un rincón y gimen. David se rompe la cabeza pensando en una instalación que posibilite a los visitantes observar a los animales sin que estos los vean. Podría ser algo muy emocionante, sobre todo para los niños. Que tuvieran que acercarse con sigilo y sin hablar para no molestar a los monos.

—Ustedes…, en fin…, tienen mucho en cuenta el supuesto estado de ánimo de los animales —señaló Stephen—. No me malinterprete. Sin duda siguen ustedes un interesante constructo, pero la hipótesis general es que el comportamiento de los animales viene determinado por el instinto, así como, naturalmente, por el hambre, la sed, el dolor, las necesidades sexuales…

Bernhard lo miró sin perder la calma.

—¿No ocurre lo mismo entre los humanos? —preguntó—. En la Constitución estadounidense, la búsqueda de la felicidad está recogida como uno de los derechos fundamentales. Nos impulsa esa búsqueda de la felicidad. Y eso significa que deseamos que se cubran nuestras necesidades básicas para sentirnos completamente satisfechos.

—¿La reacción natural a estímulos externos e internos es la búsqueda de la felicidad? —preguntó consternado Stephen—. Pero un animal puede… Los animales ni piensan ni sienten. Y tampoco tienen voluntad, ellos…

—¡Kali! ¡Lakshmi! —gritó Daphne. Bernhard se detuvo delante de una gran instalación rodeada por unos muros y Daphne saltó del coche. A su llamada se pusieron en marcha, desde el otro extremo del cercado, dos elefantas, como si fueran dos perros bien adiestrados. Con la delgada cola levantada, al igual que la trompa, se dirigieron trotando hacia Daphne. Una incluso lanzó un berrido ensordecedor. Se quedaron quietas delante del muro de separación, miraron primero a Daphne, luego se miraron la una a la otra y lanzaron un lastimoso gemido—. ¡Enseguida estoy con vosotras! —las consoló Daphne—. Solo tengo que cambiarme a toda prisa… —Corrió a lo largo del muro hacia la casa de los elefantes, seguida por los dos animales, que se dirigieron al mismo lugar. Un par de minutos después estaban de vuelta, Daphne vistiendo ahora un mono demasiado grande con los colores del zoo y las elefantas contoneándose y agitando las trompas. En cuanto hubieron dejado el edificio, una de ellas cogió a Daphne por la cintura y la colocó sobre su cuello. La joven se dejó llevar un poco, aunque marcó qué dirección seguir, pues la elefanta avanzó directamente hacia Stephen, Bernhard y el coche—. Esta es Kali —presentó Daphne—. Y esta es Lakshmi. —La segunda elefanta no estaba nada contenta de que su amiga se hubiera apoderado de Daphne. Rodeó a esta con la trompa y se detuvo como dándole un abrazo entrañable. Todo el rostro de la muchacha resplandecía mientras acariciaba y rascaba a los animales—. ¿Y bien? —preguntó desafiante a Stephen—. ¿Sienten alegría o no?

—No cabe duda de que reaccionan ante tu presencia —admitió Stephen—. Eso significa que representas un estímulo para ellas. Posiblemente hambre…

—¡No comen carne! —señaló divertido Bernhard.

Stephen hizo una mueca.

—Pero seguro que Daphne les ha dado muchas veces de comer. Como el cuidador al que huele el mono. Es lo que provoca esta reacción, ciertamente muy impresionante.

—¡Llevan medio año sin verme! —exclamó Daphne.

—Bien, una prueba de que la leyenda sobre la memoria del elefante tiene al menos un fondo de verdad —opinó Stephen—. Es un interesante proyecto de investigación. Harlow analiza en la actualidad la capacidad para recordar de los monos rhesus. Seguro que participaremos en los estudios. Observar a los elefantes tal vez sea más difícil…

—Kali y Lakshmi no son objetos de investigación adecuados —se oyó una voz de mujer tras ellos—. No son representativas de los elefantes, su completa interacción con humanos y las vivencias positivas y negativas seguro que han obrado un efecto en su desarrollo psíquico e intelectual. En este caso, podría publicarse como mucho un estudio que, dadas las corrientes actuales sobre el comportamiento, probablemente suscitaría más dudas que aceptación. La investigación del comportamiento de los elefantes debería comenzar con la observación de ejemplares que viven en libertad…

—¡Mamá! Déjame bajar, Kali, a ser posible sobre el muro…

Daphne saludó llena de alegría a su madre, que debía de haber oído los gritos de acogida de Kali y Lakshmi desde donde fuera que estuviese en ese momento y que ahora daba la bienvenida a su hija. Pero eso no significaba que renunciara a proseguir el discurso que acababa de iniciar.

—Lo que encuentro especialmente notable es la estructura matriarcal de sus relaciones, al igual que la notable capacidad de recordar también observada en África. Su rica vida emocional…

—¡Mamá! —Daphne había conseguido bajar desde el cuello de Kali al muro, y de allí, en una atrevida operación («¡Agárrame, Stephen!»), llegar a tierra.

Bernhard percibió cómo Stephen contemplaba sorprendido que Daphne no abrazaba a su madre, sino que solo le tendía la mano que ella estrechaba fervientemente.

—¡Doctora Daphne Lemberger! Qué orgullosa estoy de ti —dijo Maria.

No sonaba muy emocional y su expresión no era ni de lejos comparable con el resplandor que emitía Daphne, pero su hija supo apreciarlo.

—Este es Stephen —presentó a su amigo—. Stephen Pentecost. Vamos a investigar primates.

Maria tendió formalmente la mano a Stephen. Vestía un mono tan amorfo como el que se había puesto Daphne y era más baja que su hija. Sin embargo, el efecto que obraba era imponente. En su juventud había sido una mujer muy bella, sus grandes ojos azules en el rostro armonioso, aunque algo falto de expresividad, seguían seduciendo a quien los veía.

—Daphne siempre quiso tener un monito —dijo en ese momento—. Un deseo que se remonta a las historias que le contábamos, creo yo. Mi colega Nellie y yo tratamos en Berlín a un monito capuchino al que queríamos mucho. Su propietaria, una drogadicta, acabó ahogándolo mientras dormía. Una razón por la que los particulares, especialmente la gente inestable, no deberían tener primates.

Stephen respondió al saludo, pero en un principio no sabía qué decir ante tales declaraciones.

—Nosotros… trabajaremos con monos rhesus en un laboratorio —explicó—. Pienso investigar sus capacidades cognitivas y escribir la tesis doctoral sobre este tema.

Maria asintió.

—Es lo que he oído. Y también conozco las publicaciones del profesor Harlow. No obstante, tengo mis dudas con respecto al conductismo. Los animales no son máquinas, un organismo no es una caja negra.

Stephen estaba como si le hubiesen propinado un puñetazo en plena cara, lo que a Daphne no le extrañó. Que Maria fuera tan directa solía desorientar a la mayoría de la gente.

—Bueno…, esto…, pero… está usted bastante sola, doctora Lemberger —sentenció al final—. En general, la ciencia tiende a opinar que solo se confirma aquello que puede ser observado. Observado varias veces, un experimento tiene que poder repetirse. Si queremos tomar en serio la psicología como ciencia natural debemos presentar resultados válidos, y el modelo estímulo-reacción es sin duda el método más objetivo… Usted… ¿conoce las bases de la teoría de los test?

Ante tal explicación, Maria se lo quedó mirando como si le hubiese estado hablando a una niña pequeña. Era una mujer sumamente cultivada y su memoria fotográfica le facilitaba un inusual tesoro de conocimientos en todos los campos posibles. Aun así, nunca se le habría ocurrido jactarse de ello, pero siempre la desconcertaba que le negaran determinados conocimientos.

—Los conceptos «objetividad», «fiabilidad» y «validez» me re­sultan muy familiares —dijo con calma—. Y yo personalmente me sentiría muy feliz si el mundo pudiera explicarse de forma concluyente, me resultaría más fácil valorar los modos de comporta­miento y los sentimientos, mejor dicho, los modos de compor­tamiento de mis semejantes influidos por los sentimientos. No obstante, en un momento dado llegué a la conclusión de que hay cosas que no se pueden medir y otras que no deberían medirse.

Stephen parecía irse animando poco a poco con esa conversación. En un principio había pensado que los miembros de la familia eran unos simples chiflados, pero las hipótesis de Maria reclamaban ahora una mente despierta.

—Entonces ¿qué escapa de la medida? —preguntó.

Fue Daphne la que contestó.

—El amor, por ejemplo… El cariño…

Bernhard vio que Stephen mostraba de nuevo esa sonrisa afectuosa, sí, pero con esa superioridad que solía dirigir a su amiga.

—¿Y de qué medidas habría que prescindir? —preguntó a Maria.

—De todas aquellas cuyos perjuicios no guardan una proporción razonable con los conocimientos adquiridos —contestó Maria—. Por ejemplo…

—Venga, mamá, no más lecciones científicas —intervino Daphne para proteger a Stephen de una nueva e impactante respuesta de su madre. A fin de cuentas, a menudo eran los experimentos de los conductistas los que provocaban una reflexión ética—. Vamos a ver a las fieras. ¿Qué tal anda el viejo león?

Bernhard respondió algo provocador, mirando a Stephen.

—Llora la pérdida de su compañera. Los dos llegaron con nosotros del circo —explicó—. Y estaban profundamente traumatizados, como los monos y los tigres. Además, eran muy viejos. Ahora solo tenemos un león y creo que no permanecerá mucho tiempo entre nosotros.

Maria asintió.

—Pero los tigres están bien —dijo—. Vamos a ver si Sally todavía te reconoce.

En tanto su marido volvía a subir al coche para seguir con sus tareas, Maria acompañó a Daphne y Stephen a la instalación de las fieras. Mientras, conversó con su hija sobre detalles de su trabajo de doctorado y sobre el examen oral que acababa de aprobar. Y entonces se percató sorprendida del terror con que reaccionó el amigo de su hija al ver a David en la jaula del tigre. Su hijo jugaba a pelearse con una fiera adulta y reía tan feliz como lo había hecho Daphne unos instantes antes con las elefantas.

—Lo siento, doctora Lemberger, no me dejó que lo detuviera —dijo un cuidador a Maria.

El hombre estaba armado con una escoba en la puerta, entre la casa de la fiera y la jaula externa, preparado para rescatar, ante un posible ataque, lo que hubiera que rescatar.

—David, ya hemos hablado de que no debes correr ningún riesgo —amonestó con severidad Maria a su hijo—. Un tigre domado sigue siendo una fiera capaz de tener reacciones incontrolables si algo la irrita. Por favor, acaricia a Sally desde fuera de la jaula.

—¡Pero entonces no es tan divertido! —David reía—. Y ya ves lo contenta que está. —La tigresa se frotaba ahora contra él y emitía una especie de ronroneo—. Mira, Sally, allí está Daphne.

Daphne hizo caso de las advertencias y acarició al animal a través de los barrotes de la jaula. La tigresa volvió a ronronear.

—La estuvimos cuidando cuando era como un gatito —explicó Daphne a Stephen—. Estaba muy enferma y no tuvimos más remedio que separarla pronto de su madre. Creo que todavía cree que David es su mamá… Y tú consideras que nuestra familia está totalmente chiflada, ¿verdad? —Daphne sonrió a su amigo—. También tenemos animales normales —explicó—. La mayoría son salvajes o medio salvajes, como en cualquier zoo. Si quieres podemos dar un paseo y te enseño las instalaciones. Deja que me quite el mono…

Maria y David, que había salido de la jaula, los siguieron con la mirada cuando se marcharon.

—¿Qué es lo que le encuentra Daphne? —preguntó abatido David—. ¿Ya te ha contado que ha aceptado un puesto con ese Harlow para el que está sobrecualificada? Y lo más probable es que también esté mal pagado.

Maria empezó a disertar.

—Según la teoría del conductismo, el comportamiento de los seres humanos viene determinado por cuatro motivaciones básicas: hambre, sed, evitar el dolor y satisfacer las necesidades sexuales. En el caso de tu hermana, supongo que por esta última. El individuo selecciona a su posible pareja reproductora según sus caracteres sexuales secundarios apunten al éxito y a la capacidad de imponerse. Atractivo físico…

David soltó una sonora carcajada.

—Lo he entendido. Mucha boca y buen aspecto. Esperemos que sea algo temporal. Sally seguro que está preñada, ¿no? ¿Ha reconocido al menos que el nuevo tigre no está intelectualmente a su altura?