Séptimo día de confinamiento. Aún semanas por delante de optimismo respecto a una pronta contención del virus, con el consiguiente regreso a la normalidad. Excepcional momento vivido con sorprendente resignación y energía. Podremos llegar al borde de la ruina, pero antes toca reprogramar el día con las nuevas tecnologías como absorbente y eficaz flotador; entre clases online de gimnasia, yoga y recetas de cocina novedosas, impactan en nuestras mentes imágenes de féretros enfilados que abarrotan pabellones de hielo reconvertidos en improvisadas morgues. Ante la incertidumbre o la tormenta, el cerebro está preparado para caminar por el filo de la navaja con la serenidad y la valentía de los héroes, como he podido admirar en tantas ocasiones gracias al privilegio que supone el ejercicio de la medicina.

Mientras me organizo para devolver las llamadas y responder correos electrónicos a los pacientes que han contactado conmigo a través de la centralita, trasladada al domicilio de la secretaria de mi departamento de Neurología y Psiquiatría, reflexiono sobre lo útil que me ha resultado adentrarme año tras año en el estudio de los avances en el campo de las neurociencias. Secretos desvelados de enorme trascendencia y que, sin embargo, apenas han modificado el devenir de mis decisiones y mis días; conocimientos sobre el funcionamiento del cerebro que no me hacen reaccionar con más sabiduría ante una discusión acalorada, ni siquiera me permiten retener más fácilmente la información nueva a pesar de haber profundizado en los mecanismos implicados en la capacidad de aprendizaje y la memoria con especial dedicación.

¿Quiénes somos? Circuitos neuronales en permanente intercomunicación como engranaje del ser: voz y conciencia, emociones y sentimientos, la química del amor, cerebros únicos y universales; almas trascendentales asomándose a un precipicio indescifrable. Entendernos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea probablemente no modificará nuestra vida, si bien nos aportará luz e intensidad en el camino. Analizarnos y reflexionar: cada paciente neurológico es un pozo de conocimiento en el que indagar para seguir avanzando. Pasión por el estudio, pero, más allá de resolver un problema de salud determinado, la empatía entre el médico y su paciente resulta esencial; en el caso del matrimonio al que me dispongo a llamar, conexión plena.

La cuarta llamada en siete días. Hasta tres cambios en la medicación pautada. Tres conversaciones en busca del equilibrio perdido. El marido de la paciente, disculpándose y preguntándome por mi salud y la de mi entorno, sentía molestarme, pero se encontraba en una situación límite. Su mujer, estable y tranquila hasta el inicio del confinamiento, había comenzado a despertarse a media noche y su inquietud iba en aumento: del insomnio a un estado alarmante de agitación. Cinco años acudiendo periódicamente a mi consulta y, en cada ocasión, la alegría recíproca al vernos; confianza y empatía consolidada con el tiempo y un curso evolutivo en especial agradecido, ya que la demencia degenerativa tipo enfermedad de Alzheimer de la mujer progresaba de un modo tan lento que parecía mantenerse estacionada. Año tras año, hasta las últimas revisiones en las que ya quedaba en evidencia un declive acusado en sus funciones superiores, reflejado en llamativos fallos de sus actividades cotidianas, que el marido conducía con admirable maestría: cariño, paciencia, instinto y sabiduría para que su mujer continuara sintiéndose partícipe e incluso responsable de su propia vida. Nietos con nombres cambiados, repeticiones constantes de lo dicho y de inmediato olvidado, desorientación espacial incluso entre las habitaciones de su casa y problemas crecientes para expresarse, aunque aún se la entendía bastante bien o, al menos, el marido lo captaba al vuelo y lo transcribía de un modo tan poco invasivo que apenas se notaba su intervención. A pesar del marcado deterioro, a base de conservar sus rutinas —sus paseos, sus tiendas habituales...—, en todo momento acompañada, la sensación que continuaba transmitiéndome era de que su vida seguía hacia delante de un modo gratificante tanto para ella como para su entorno; su marido se sentía satisfecho al verla tranquila, sin dolores, asistiendo contenta dos veces por semana a un taller de memoria en un lugar cercano a su domicilio. Envidiable placidez; ya le gustaría a la gran mayoría de las personas sentirse tan en armonía, envuelta en cariño y naturalidad por parte de una pareja que te arropa sin agobios. En cuanto a mí, en cada visita, además de alegrarme al verles, apenas precisaba un breve intercambio de frases para constatar que su enfermedad seguía su lento y progresivo declive sin grandes cambios: la conversación de la paciente, un ángel sin recelos, cada vez menos fluida y con frases más cortas, la sonrisa como recurso, su marido a su lado interviniendo lo justo; una auténtica delicia visitarla y comprobar que toleraba bien la medicación pautada por mi parte: un fármaco que eleva los niveles en el cerebro del principal neurotransmisor empleado por los entramados neuronales implicados en la memoria: la acetilcolina, sustancia química que ni cura ni detiene el proceso degenerativo, si bien en los ensayos clínicos realizados hace ya bastantes años se constató su eficacia al evidenciarse un enlentecimiento significativo en la evolución del cuadro clínico, como si lo suavizara. Y aunque en ocasiones resultaba de dudosa eficacia, al menos, en este caso, parecía cumplir su objetivo.

En tiempos de disgustos, grata sorpresa oír el tono de voz de un hombre tan discreto y correcto que, si había optado por llamarme una cuarta vez, era de suponer que se debía a la ineficacia del último de mis consejos. Pero no, tan solo desea comentarme que su mujer al fin había dormido de un tirón toda la noche, quizá demasiado; no obstante, mucho mejor así, tardará en olvidar lo sucedido. Una subida mínima en la dosis pautada había resultado un éxito. Además de transmitirle mi satisfacción, me reservo para mis adentros un suspiro de alivio ante los escasos recursos farmacológicos que me quedaban en la recámara para tratar de contener el descontrol mental de mi paciente. Tras un abrazo de satisfacción telefónico, paso a explicarle que la dosis del fármaco neuroléptico prescrito continúa siendo baja, si bien, a su edad, cuanto más baja, mucho mejor. En caso de que de día la encuentre somnolienta o cualquier otro problema, le reitero que me vuelva a llamar. «No me molesta en absoluto, usted puede llamarme cuando quiera. Confío en que se mantenga la eficacia de la medicación; no obstante, en cuanto reabra la consulta les avisaremos, ya que este tipo de fármacos requieren controlarse e intentar disminuir la dosis en la medida de lo posible. Recuerdos a su mujer y cuídense mucho».

El insomnio y la desorientación con delirio y agitación en las personas de edad avanzada es un problema muy complicado de controlar que ocurre con bastante frecuencia; ojalá fuera de dificultad equivalente al insomnio del adulto medio, ya de por sí bastante desesperante. Pero resulta que, en personas de edad avanzada, los sedantes, ansiolíticos o hipnóticos habituales para inducir o mantener el sueño no solo suelen ser ineficaces, sino que a menudo provocan un efecto paradójico consistente en aumentar la inquietud; además, debido al propio envejecimiento del organismo, se eliminan con excesiva lentitud, siendo la causa de repetidas caídas por mareos e inestabilidad y de la aparición de un cuadro clínico que semeja una demencia por el excesivo acúmulo de estas sustancias en el cerebro. Así pues, descartado este grupo de fármacos, las alternativas se reducen a los antidepresivos, que ayudan a conciliar el sueño, y a los neurolépticos, utilizados en psiquiatría para el control de los pacientes con conducta psicótica: sustancias químicas que por su acción bloqueadora de los receptores dopaminérgicos provocan con bastante frecuencia la aparición de síntomas parkinsonianos. Año tras año, aparecen nuevos tratamientos antipsicóticos con menos efectos secundarios; la investigación continúa. El caso es que los neurólogos, para el control de los cuadros de agitación y delirio en los pacientes con demencia, conseguimos el efecto sedante apropiado utilizando dosis bajas de estos neurolépticos. De ahí las repetidas llamadas del marido, aumentando cada noche un mínimo la medicación hasta lograr que su mujer durmiera tranquila sin sedarla en exceso. Me preocupa que en unos días empiece a notarse más torpe como efecto secundario; sin embargo, de momento, su evolución es satisfactoria. Esperemos que pronto pueda reanudar sus rutinarios paseos por el barrio, que le ayudarán a volver a disfrutar de su envidiable estabilidad anterior al confinamiento.

La siguiente llamada resulta caótica. De entrada, en el programa protegido al que tengo acceso a través de mi portátil no salen el nombre ni la historia clínica del paciente que solicita hablar conmigo, con una urgencia extrema, según me transmite mi secretaria. Al teléfono, una hija desatada. Entre su preocupación y ansiedad, tardo un buen rato en averiguar que no se trata de un paciente mío, sino de otro neurólogo, cuyo nombre me interesaría conocer para centrarme en el caso. Imposible. Sin resquicio para preguntarle. «Está fatal, fatal, estaba bastante bien y lleva unos días fatal, llamo y llamo y ni comunica; colgada como una idiota, una y otra vez, al menos, un breve mensaje en el contestador, lo mínimo». Opto por dejarla hablar a la espera de que me permita intervenir y enfocar la conversación hacia el problema médico en cuestión. Abandono, dejo de intentar averiguar los datos imprescindibles de la historia clínica en el orden conveniente y, en un respiro, le pregunto por la medicación que está tomando su padre. La tiene que mirar en el móvil; «un segundo, un segundo», un segundo que me da margen para imaginármela paralizada entre mil archivos de fotos —mi mente y sus recursos para no contagiarse de su desesperación—; bendita paciencia, soportar contratiempos y dificultades sin alterarse, en este caso, en una consulta caótica, mientras envidio a mi colega desaparecido; opción esta a considerar si continúo sin poder visitar con un mínimo de tranquilidad, orden y tiempo para la reflexión. La neurología es una especialidad que por norma general requiere la presencia física no solo del paciente, sino a menudo también del familiar o acompañante cercano; indagar con la minuciosidad de un relojero infinidad de detalles de la historia clínica antes de estar en condiciones de poder aconsejar con acierto. «Aquí está, la tengo, la tengo, la foto, la receta, menuda letra tienen los médicos: Sinemet». Al fin un dato determinante, ya que se trata de la medicación más utilizada para la enfermedad de Parkinson. Conocer la dosis es el siguiente objetivo. Tres pastillas al día, una en cada comida; por una vez rápida y segura en su respuesta. Dosis habitual de mantenimiento. Tras un buen rato de desorden informativo respecto a la situación clínica del paciente, logro averiguar que este vive solo en su domicilio familiar desde que enviudó, hace años, y que, de sus cuatro hijos, únicamente la hija al teléfono encuentra huecos en su agenda para ayudar a su progenitor; en resumen, un caso complejo e imposible a la hora de aconsejar la conducta a seguir en ausencia de una historia clínica completa y ordenada, además de la presencia física del enfermo en cuestión. Se lo intento transmitir a la hija, que continúa enfadada con una situación de la que presupongo no me hace responsable, aunque, por lo que refleja al teléfono, algo sí; menudos tiempos para ejercer una profesión donde el médico, por lo visto, es un santo a explotar y criticar por motivos varios. De repente, se me enciende una luz; una luz que resulta irrisoria para la receptora del consejo: el paciente precisa ser visitado por un especialista de su enfermedad. Le facilito el contacto de la unidad de Párkinson de mi hospital. La conversación termina sin haberle comentado que confío en poder abrir mi consulta en un par de semanas. Despiste o neuronas mareadas ante exigencias bombardeadas carentes de encanto ni contemplaciones; en todo caso, se agradece la intervención del circuito neuronal de mi inconsciente, formado en la ética profesional y, en paralelo, fiel protector de mi persona.

James Parkinson describió la enfermedad que lleva su nombre en el año 1817. Tras más de doscientos años de investigación, sobre todo en las últimas décadas, los laboratorios farmacéuticos han volcado enormes recursos para encontrar una medicación que evite las complicaciones que pueden ocurrir tras periodos más o menos largos de tratamiento con la sustancia química cuyo déficit es la causa de la sintomatología presentada: la dopamina. Se trata esta de un neurotransmisor a través del cual se comunican las neuronas para el control de determinadas funciones motoras de nuestro organismo. En el interior del tronco cerebral se localiza una pequeña zona que, por su aspecto, recibe el nombre de sustancia negra, y está formada por un acúmulo de neuronas productoras de dopamina. Su degeneración, con la consiguiente falta de este neurotransmisor, motiva el desarrollo de párkinson. Esta enfermedad presenta un cuadro clínico muy diverso y a la vez síntomas característicos, como el trastorno de la marcha, el temblor de reposo o la rigidez, entre otros problemas motores y de la actividad mental superior; cada paciente con su particular cuadro clínico y curso evolutivo. La interacción de determinados factores genéticos, ambientales y del propio envejecimiento podría ser la causa de la degeneración de este pequeño acúmulo de neuronas, si bien, a pesar de tanto esfuerzo en investigación, no existe un tratamiento que la evite y tampoco que sea más efectivo que la propia dopamina, que puede mejorar el cuadro clínico aunque resulta insuficiente. No obstante, bajo un buen control y utilizando las dosis adecuadas de esta y otras medicaciones desarrolladas a lo largo del tiempo, se puede conseguir años de aceptable calidad de vida; ese es el objetivo actual, aparte de no cesar en la investigación.

La hija desesperada por la situación de su padre tiene motivos para intentar recuperarlo; es factible la esperanza de encontrar la combinación de fármacos adecuada para mejorar sus síntomas. Sin embargo, siendo la respuesta a los diferentes tratamientos lenta y muy variable, la paciencia y sabiduría necesarias para aceptar esta enfermedad y, al mismo tiempo, luchar contra ella con todos los recursos disponibles —incluyendo, en determinados casos, avanzadas técnicas de neurocirugía—, son todo un reto. Y, en muchos casos, se alcanza con éxito, como he podido constatar a lo largo de tantos años acompañando a estos pacientes para que no caigan en el desánimo.

Los neurotransmisores son sustancias químicas mediante las cuales unas neuronas se comunican con otras. De hecho, la extraordinaria plasticidad que tiene nuestro cerebro para aprender, desarrollar habilidades, experimentar sensaciones o incrementar la capacidad de los órganos sensoriales, entre un sinfín de posibilidades —desde la creatividad hasta la imaginación, pasando por la conducta y sus infinitas formas de reaccionar—, se debe a la manera en que nuestras neuronas se comunican entre sí.

La neurona es la unidad celular de nuestro cerebro. Más de cien mil millones enviándose mensajes. Una de sus principales características es que son células excitables, es decir, generan electricidad para comunicarse. Las de algunos animales están tan unidas entre sí que no utilizan mecanismos intermedios; se trata de sencillas y rígidas conexiones eléctricas. Nuestro cerebro es mucho más complejo y, a la vez, infinitamente más versátil, pudiendo reaccionar de mil maneras diferentes gracias a que entre neurona y neurona existe un espacio llamado «sinapsis». El impulso eléctrico llega a la zona terminal de la neurona y libera determinadas sustancias químicas encargadas de comunicarse con la neurona en contacto, los neurotransmisores. Se conocen más de cincuenta y nadie se atreve a poner un tope a este número. Su descubrimiento marcó un auténtico hito en la historia de las neurociencias y abrió la puerta al tratamiento de los síntomas de muchas enfermedades. Párkinson con dopamina. Alzhéimer con acetilcolina. Depresión con serotonina y noradrenalina. Nos enamoramos; un estado emocional en el cual participan varios neurotransmisores. Así que, nos guste o no, la química es determinante en nuestra vida.

Tras la complejidad de la última llamada, me concedo un descanso auditivo y paso a revisar los correos electrónicos. Abro el informe adjunto con los resultados de la resonancia craneal de un paciente visto pocos días antes de estallar la pandemia. Suspiro aliviada. Con los años me cuesta cada vez más distanciarme del destino inmediato de la persona que deposita en mí su confianza, lo cual se complementa con lo contrario: ante la falta de sintonía, sugiero la búsqueda de otro especialista con el que la conexión se establezca dentro de un mínimo indispensable, habilidad que he ido perfeccionando hasta alcanzar un nivel notable. En este caso en concreto, entre la empatía y los datos clínicos, esperaba con preocupación el resultado de la prueba. Sesenta años y, por primera vez en su vida, presentaba una cefalea. Desde hacía un par de semanas mantenía un dolor constante localizado en la zona frontal derecha. Dormía bien, pero, al despertase, de nuevo la misma sensación de opresión, la misma zona. La exploración física en busca de algún signo de focalidad neurológica había sido negativa. Reflejos normales, sin pérdida de fuerza ni alteración de la sensibilidad táctil, la visión y el lenguaje intactos. En resumen, ningún hallazgo que apoyara la posibilidad de que en el interior de su cerebro estuviera desarrollándose un proceso ocupante de espacio; por lo general, tumores benignos o malignos que al expandirse invaden y dañan el tejido neuronal con la consiguiente pérdida de la función cerebral dependiente de la zona afectada. Cada área dedicada a lo suyo y, al mismo tiempo, en conexión con el conjunto del cerebro. Dada la normalidad en la exploración, tranquilicé al paciente, aunque en su justa medida, para que no saliera tan relajado de mi consulta que tirara a la papelera el volante de solicitud de la resonancia magnética craneal que precisaba realizarse con relativa urgencia. La sinceridad sin alarmismo en una dosis equilibrada no se aprende en las aulas, sino con años de experiencia. Ya habría tiempo para malas noticias —en el caso de que las hubiera— una vez visualizado el interior de su cerebro con esa resonancia. La reproducción anatómica del órgano estudiado con esta prueba es asombrosa: mediante la creación de campos electromagnéticos, las células del organismo liberan energía y emiten señales que son captadas por un receptor y analizadas por potentes ordenadores que las trasforman en imágenes: tendones, meniscos, ligamentos, prácticamente cualquier tejido; la ingeniería al servicio de la medicina y, en lo que respecta a las neurociencias, la visualización del cerebro y la médula espinal en cortes milimétricos continúa impresionándome. Qué tiempos aquellos —ya remotos— cuando, en mis años de residente, el neurólogo jefe exploraba al paciente con exquisita precisión y, careciendo de las pruebas de que disponemos hoy en día, determinaba dónde se localizaba la lesión y sus posibles causas.

Reviso con minuciosidad las imágenes adjuntas al correo electrónico y confirmo que en su cerebro no hay ninguna lesión, a pesar de que su cefalea se localiza en la zona frontal derecha; esta, junto con el lóbulo temporal del mismo lado, son las dos únicas áreas cerebrales en las que puede desarrollarse un tumor sin síntoma alguno hasta que crece e invade o comprime otras zonas. Dos áreas misteriosamente silentes a pesar de su enorme relevancia en el funcionamiento de nuestro cerebro.

En mi correo de respuesta le confirmo la ausencia de lesiones en el interior del cerebro. Por exclusión, la cefalea que presenta es de probable origen tensional y le indico la medicación que debe iniciar como tratamiento preventivo diario en caso de que no remita de modo espontáneo. Le insisto en que evite la toma de analgésicos sin control, pues provocan dependencia y un efecto llamado «rebote» hasta el punto de ser la causa de que la cefalea perdure. Me despido deseándole que él y todo su entorno se encuentren bien ante la situación que nos está tocando vivir. En cuanto sea posible reabrir mi consulta, le avisaremos.

Paso al siguiente correo. De los archivos adjuntos me lanzo directa a la analítica; en concreto, a la velocidad de sedimentación: muy elevada, lo que confirma mi impresión diagnóstica: arteritis de la temporal. Los hallazgos referidos en los informes de la resonancia craneal y de la ecografía de las arterias carótidas entran dentro de la normalidad. Visualizo mentalmente a la paciente. En cuanto la observé caminar por el pasillo hacia mi despacho, me recordó a mi abuela; una de esas excepcionales mujeres de edad avanzada que, sin aparentar menos años de los que tienen, asombran por una elegancia y belleza muy por encima del paso del tiempo, en su caso, noventa años. Si las enfermedades la respetan, seguirá la trayectoria de mi abuela, que no perdió ese halo tan especial hasta que falleció, a los ciento tres años, tras el primer ingreso hospitalario de su vida; once hijos nacidos en su casa.

La paciente acudía por primera vez a mi consulta remitida por su oftalmólogo tras descartar este una patología intraocular como causa de una súbita pérdida de visión del ojo derecho acompañada de dolor en la zona temporal del mismo lado, junto con una molestia en la mandíbula que le dificultaba la masticación y un acusado cansancio general. La ausencia de latido a la palpación de las arterias temporales apoyaba mi impresión diagnóstica. Llevaba cinco semanas de evolución. Necesitaba iniciar sin más demora el tratamiento indicado con corticoides, si bien antes debía extraerse sangre para analizar la velocidad de sedimentación. Le expliqué mis conclusiones evitando entrar en detalles, por lo que, en esta primera visita, obvié el dato de que la urgencia del caso, más que para mejorarle la visión del ojo afectado, era para que no le ocurriera lo mismo en el otro. La arteritis de la temporal es una enfermedad de origen inmunológico que afecta por lo general a personas mayores de setenta años, y casi el doble de veces a las mujeres. La inflamación de las arterias craneales disminuye el flujo sanguíneo, con la consiguiente isquemia de la zona irrigada. Dos ojos, conservar uno; abismal diferencia. La paciente había acudido sola a la consulta, llevaba una vida normal, lo esperable era que los corticoides detuvieran la evolución de la enfermedad y esta no llegara a afectar el otro ojo. Sin certezas absolutas, pues en medicina lo esperable no siempre es la norma y la navegación en esta profesión, por muy experimentada que sea, no está exenta de sorpresas.

De entrada, prefiero llamarla al móvil. Preguntarle por su visión, responder a sus dudas. Después, le enviaré un correo para dejar constancia escrita de la pauta de medicación y otras cuestiones importantes a recordar. Vuelve a impresionarme. Escucha y responde con una serenidad que envuelve y facilita la comunicación. No solo conserva sus funciones superiores, sino que le da mil vueltas a los tantísimos jóvenes dispersos así como a la gente de su edad. Me comenta que no ha notado mejoría en su visión, tampoco empeoramiento. Le pregunto por el otro ojo y me especifica que continúa bien. Una vez iniciado el tratamiento con corticoides, la biopsia de la arteria temporal —necesaria para confirmar el diagnóstico definitivo— puede verse alterada y no ser concluyente, por lo que, dadas las actuales circunstancias, decido posponerla. Termino la conversación comentándole que le enviaré por correo electrónico la petición de una nueva analítica a realizar en un mes. La despedida, entre natural y formal, me vuelve a recordar a mi abuela.

Ahora le toca el turno a una madre preocupada; intento tranquilizarla, aunque me encuentro lejos de poder aclarar lo que le está ocurriendo a su hijo. Uno de esos casos que te sorprende y te deja sin palabras al no producirse la mejoría esperada. La llamada es delicada, ya que la madre demanda concr