tu_eres_lo_unico_que_falta_en_tu_vida-3

I

Mi relación de amor

con el Eneagrama

Sin afán de parecer otro fanático más, confieso que mi vida se divide en dos periodos: antes y después del «Eneagrama», siendo 2005 el año que marcaría este gran punto de inflexión. Tenía veinticuatro años cuando oí por primera vez esta palabreja. La hermana de un amigo mío me explicó entusiasmada que se trataba de una herramienta de autoconocimiento muy útil para liberarse del «ego». Dado que no sabía de qué me estaba hablando, me la quedé mirando con escepticismo. Y seguidamente me enseñó el libro En tu centro: el Eneagrama, de Maite Melendo, en cuya portada aparecía el dibujo de nueve puntas.

Lo primero que pensé fue que debía de tratarse de algo esotérico y sectario. Además, cualquier enseñanza que oliera a incienso la metía en el cajón de la autoayuda y la pseudociencia. Y no era para menos. Debido al modo en el que había interpretado y procesado una serie de acontecimientos traumáticos que sucedieron durante mi infancia, mi existencia se había convertido en un infierno emocional. Llevaba inmerso en mi particular noche oscura del alma desde los diecinueve años, llegando incluso a pensar seriamente en la posibilidad de suicidarme.

Sin embargo, debido a mi arrogancia me había negado a ir al psicólogo. Y debido a mi orgullo había decidido no tomar ningún antidepresivo. Estaba tan enfadado con el mundo de los adultos que no quería saber nada de ellos. Así es como opté por iniciar una búsqueda filosófica autodidacta para encontrar el sentido de mi sufrimiento. De la noche a la mañana rompí radicalmente con mi entorno social y me puse a engullir sesudos ensayos existencialistas como un poseso. Pero por más conocimiento que acumulara mi mente, mi corazón se ahogaba en un turbulento mar de emociones protagonizado por el vacío, la angustia, la ansiedad, la ira, la melancolía y la depresión...

A pesar del rechazo inicial que me generó ver el símbolo del Eneagrama, era tal mi desesperación que fui corriendo a una librería, la cual estaba a punto de cerrar. Y nada más llegar pregunté extenuado a uno de los dependientes: «¿La sección de autoayuda, por favor?». Reconozco que me dio muchísima vergüenza que me vieran merodeando por ahí. Por dentro me sentía perdido y fracasado. Si a día de hoy el autoconocimiento sigue estando estigmatizado por los prejuicios que tiene la inmensa mayoría, hace veinte años la situación era mucho peor.

Reconozco que al ir a pagar el libro le pedí a la cajera que por favor lo envolviera para regalo. Y sin poder mirarle a los ojos le mentí, diciéndole que era para el cumpleaños de un amigo muy hierbas... Esa misma noche comencé a leerlo con mucha atención y detenimiento. Y desde sus primeras páginas tuve la certeza de que por fin había encontrado algo que de verdad podía ayudarme a salir del agujero negro en el que yo mismo me había metido. De hecho, un escalofrío muy intenso recorrió todo mi cuerpo cuando leí acerca del eneatipo 1. Lo subrayé entero. Me sentí observado y desnudo emocionalmente. ¿Cómo podía describir tan acertadamente la raíz de mis problemas, conflictos y perturbaciones? No lo dudé ni un instante: al día siguiente me apunté al curso de fin de semana que aquella autora impartía en Madrid un par de meses más tarde.

Los tullidos de la sociedad

Nada más comenzar el seminario observé que era el más joven de los veinticinco alumnos que nos encontrábamos en aquella sala. La mayoría me doblaba la edad. Se notaba que estaban en plena crisis de los cuarenta: en el ambiente se respiraba cierto aroma a frustración, dolor y tristeza. Durante la ronda de presentaciones constaté que cada participante estaba más hecho polvo que el anterior. Por la forma en la que compartían sus respectivas historias de vida, enseguida verifiqué que nos habíamos juntado los tullidos emocionales de la sociedad.

Seguidamente, la profesora nos pidió que escribiéramos en una pegatina nuestro nombre y el número del eneatipo con el que más nos identificábamos. Luego nos invitó a que nos la pegáramos en el pecho de tal forma que el resto del grupo pudiera verla. Y eso hicimos todos, a excepción de uno de los participantes, que se sentaba justo delante de mí. Si bien había escrito dicha información, se había negado a ponerla a la vista de los demás. Fui el único que reparó en ello. Y la clase continuó como si nada.

Para que te hagas una idea de lo descentrado que estaba en aquella época, el hecho de que aquel hombre no se hubiera puesto la etiqueta empezó a causarme una cierta dosis de inquietud y malestar. Me pasé varios minutos perturbándome a mí mismo pensando en lo insolidario que aquel alumno estaba siendo para con el resto. Estaba tan identificado con el ego que me era imposible pensar en otra cosa.

Esta es la razón por la que levanté la mano con furia, interpelando con mi mirada llena de fuego a la profesora, quien se sintió algo forzada a interrumpir súbitamente su discurso para atenderme. Los demás compañeros se giraron hacia mí con cierta expectación, pues en aquel momento no venía a cuento hacer ninguna pregunta. Y con un tono lleno de en­fado le increpé a aquel hombre: «Sé que es el ego hablando a través de mí, pero ¿puedes por favor ponerte la pegatina para que todos podamos verla?». Asustado, no tardó ni un segundo en enganchársela. Y el silencio inundó por momentos toda la estancia. Fue entonces cuando tomé consciencia de que el más atormentado de la sala era yo...

Mi primer orgasmo emocional

Aquel taller de fin de semana significó el inicio de mi sanación y transformación. Y es que ningún libro puede causar tanto impacto como un curso presencial. Cuando la profesora explicó el eneatipo 1 experimenté mi primer «orgasmo emocional». Algo dentro de mí hizo clic y nada volvió a ser igual en mi vida. Me di cuenta de lo ignorante e inconsciente que era y de lo profundamente equivocado que estaba. Lo sentí como una dolorosísima pero necesaria bofetada en toda la cara.

Aquella noche apenas dormí un par de horas. Por primera vez vislumbraba una tímida y diminuta luz al final de mi túnel. Y en mi rostro bañado de lágrimas se dibujó una enorme sonrisa. Al terminar el curso me despedí cariñosamente de Maite Melendo, quien me escribió la siguiente dedicatoria: «Adelante, que llegarás, pero no te exijas tanto». Fue tal el impacto que me causó el Eneagrama, que durante los meses siguientes regalé aquel libro a más de cincuenta personas. Quería que todo el mundo se conociera a sí mismo a través de este mapa de la personalidad. Sentía que debían hacerlo. Por eso no dudaba en pegarle la chapa a cualquiera que se cruzara por mi camino.

A su vez el Eneagrama fue la llave con la que abrí una puerta desde dentro, la cual me condujo hacia la espiritualidad laica. Fue entonces cuando empecé a practicar yoga, meditar, res­pirar conscientemente, comer más sano y, en definitiva, a leer sobre filosofía oriental. Y mientras buscaba en internet más información sobre los nueve eneatipos di a parar —por causalidad— con las enseñanzas de Gerardo Schmedling. Concretamente con La Aceptología, un texto que me hizo despertar, experimentando —sin que hubiera un yo que la experimentara— la desidentificación egoica durante más de un mes y medio...

Al volver a mi estado ordinario de consciencia, continué tratando de persuadir a mi entorno para que le diera una oportunidad al Eneagrama. La verdad es que no tuve mucho éxito. Me daba de bruces una y otra vez contra el muro de los prejuicios, constatando que si bien podemos ofrecer agua, no po­demos dar sed. Finalmente un amigo mío me espoleó con vehemencia: «¡Monta un curso y déjanos en paz de una vez!». Me pareció una idea tan brillante que solo unos meses más tarde organicé mi primer taller de Eneagrama en Barcelona.

Solamente había pasado un año y medio desde que había asistido como alumno. Pero tenía tan claro lo valiosísima que era esta herramienta que no lo dudé ni un instante. Así fue como a los veinticinco años me puse delante de otros quince buscadores para explicarles de forma gratuita en qué consistía el Eneagrama. Y si bien por aquel entonces todavía me causaba pánico hablar en público, a los pocos minutos sentí cómo la vida hablaba a través mío. De pronto no había ni rastro de mí; tan solo una indescriptible sensación de entusiasmo y plenitud. Fue entonces cuando tuve la absoluta certeza de que había nacido para hacer accesible este revolucionario manual de instrucciones de la condición humana al máximo número de buscadores posible.

Encantado de conocerme

Con la finalidad de aportar más valor a los motivados alumnos que se animaban a venir a mis clases, redacté un documento con información muy básica acerca de los nueve eneatipos. Lo entregaba al principio de cada seminario, presentándolo como «los apuntes del curso». Con el tiempo fui ampliando y perfeccionando este documento, el cual terminó convirtiéndose en mi primer libro: Encantado de conocerme. Comprende tu personalidad a través del Eneagrama, el cual publiqué en 2008. Desde entonces, he hecho todo lo humanamente posible para dar a conocer esta herramienta, llegando incluso a convertirla en una asignatura de la Universidad de Barcelona.[1] Y a presentarla en diversos medios de comunicación masivos.[2]

Ya ha llovido mucho desde entonces. Y lo cierto es que año tras año este mapa de la personalidad está ganando cada vez más popularidad. El boom exponencial del Eneagrama ha llegado a tal punto que está empezando a despertar el interés de la mayoría. Por eso no tengo la menor duda de que llegará un día en que todo el mundo conocerá su eneatipo. Más que nada porque terminará enseñándose en las escuelas.[3] También es verdad que existe el riesgo de que poco a poco se vaya banalizando su uso, volviéndose un mero pasatiempo psicológico.

Sea como fuere, me hace muchísima ilusión publicar un nuevo libro sobre Eneagrama, mucho más completo y exhaustivo. Siento que se lo debo por lo mucho que me ha dado. Mi objetivo ha sido explicar la esencia de cada eneatipo con la mayor profundidad y sencillez posibles, describiendo so­lamente aquellos rasgos que considero que pueden llegar a tener en común todas las personas que cuentan con un mismo tipo de personalidad. Principalmente porque a veces —al intentar abarcar demasiado— se puede generar el efecto contrario: que los lectores no se identifiquen por no verse reflejados en lo que se describe.

Si bien el Eneagrama nos puede dar muchas pistas sobre el comportamiento general de cada eneatipo en determinadas circunstancias de la vida, es imposible describir exactamente cómo cada uno de nosotros actuaría en dichas situaciones. De ahí que sea fundamental que extrapoles lo que leas sobre cada eneatipo a tu realidad y contexto personales, los cuales van mucho más allá de este manual de instrucciones.

En fin, ya han pasado casi veinte años desde que comenzó mi relación de amor con esta herramienta. Gracias a ella, ahora sé que no soy mi personalidad egoica, sino el ser esencial desde el que puedo observarla. El «tú» al que me refiero en el título de este ensayo no es un «yo», sino una experiencia de presencia, consciencia y dicha que deviene cuando nos desidentificamos del ego.

Es muy común escuchar a cada vez más personas decir que el Eneagrama les ha «cambiado la vida». La verdad es que soy una de ellas. Si todavía no has perdido tu virginidad con este mapa déjame que te advierta: es bastante posible que al mirarte en este espejo del alma empiece a transformarse la manera en la que te concibes a ti mismo. Esencialmente porque en el momento en que empiezas a ser consciente del ego comienzas a liberarte de él. Ojalá tú también tengas tu propio orgasmo emocional al descubrir tu verdadera identidad. Eso sí, por favor, sé muy escéptico y no te creas nada. Atrévete a verificarlo todo a través de tu experiencia personal.

B ORJA V ILASECA

26 de enero de 2023

II

El misterio que envuelve
sus orígenes

A la hora de hablar sobre el Eneagrama hemos de diferenciar entre el símbolo y los nueve tipos de personalidad. Más que nada porque cada uno de estos dos elementos cuenta con su propia historia. De hecho, esta herramienta de autocono­cimiento no procede de una sola fuente. Es una síntesis, un híbrido y una amalgama de muchas tradiciones espirituales y religiosas diferentes combinadas con los últimos avances en el campo de la psicología moderna.

Dicho esto, nadie sabe con certeza dónde y cuándo apareció por primera vez el círculo de nueve puntas. La creencia popular más extendida es que se originó en la región de Caldea en Babi­lonia (Mesopotamia) hace más de dos mil quinientos años.[4] Este diagrama también se relaciona con autores griegos clásicos como Pitágoras (569-475), Platón (427-347) y Plotino (205-270). Tanto para los caldeos como para los griegos, el número nueve era considerado «divino». Lo empleaban para designar lo absoluto, lo infinito y, en definitiva, la unidad de la que todo procede y que todo lo con­tiene.[5]

Por su parte, el nacimiento de la psicología de los nueve tipos de personalidad se remonta por lo menos al siglo IV en el seno del Imperio romano. Por aquel entonces, un grupo de sabios, místicos y anacoretas cristianos abandonaron las ciudades para irse a vivir a los desiertos de Siria y Egipto y llevar una vida contemplativa. Son conocidos como «los Padres del Desierto». Y a uno de ellos —el teólogo Evagrio Póntico (345-399)— se le atribuye el descubrimiento de una serie de tentaciones con las que tenían que lidiar estos monjes para mantener el estado de presencia durante sus oraciones, meditaciones y ejercicios espirituales.[6]

En esencia, se trata de ocho deseos compulsivos que nos alejan de nuestro centro y nos sumergen en la inconsciencia: «orge» (ira), «uperefania» (orgullo), «kenodoxia» (vanidad), «lupe» (en­vidia), «filarguria» (avaricia), «gastrimargia» (gula), «porneia» (lujuria) y «acedia» (pereza). Según los escritos de Póntico, este conjunto de distracciones y vicios egoicos nos llevan a perder la conexión directa con el ser esencial y, por ende, con la divinidad que reside en lo profundo de cada ser humano.[7]

Y no solo eso. En la medida que estos automatismos inconscientes van cristalizando y asentándose en nuestra personalidad, envenenan nuestra forma de pensar, sentir y actuar, convirtiéndonos en seres incompletos e insatisfechos, siempre en busca de más, mejor y diferente.[8] De ahí que para Póntico, cada buscador tenga que emplear una práctica psicoespiritual diferente en función del tipo de pensamientos y emociones dominantes que padece durante su proceso de autoindagación. Dos siglos más tarde, el legado de estos hallazgos lo retomó el papa Gregorio Magno (540-604), quien eliminó la vanidad de esta lista, estableciendo de forma oficial los famosos «siete pecados capitales».[9]

Los diagramas de Ramón Llull

En el siglo XIII, el místico y divulgador Ramón Llull (1232-1316) se propuso definir una ciencia y un lenguaje universal de las ideas, ordenando y clasificando todos los saberes ancestrales relacionados con el despertar de la consciencia. Entre estos, destacaban el legado científico y espiritual de la Me­sopotamia y Grecia clásicas, así como del sufismo, la rama mística del islam. En parte de su extensa obra aparecen varios diagramas compuestos por un círculo de nueve puntas, el cual simboliza la unidad y totalidad de la existencia. Y en ellos sitúa los que —según él— son los nueve vicios humanos y los nueve atributos divinos, por medio de los que intenta explicar todas las facetas y posibilidades evolutivas de nuestra naturaleza.[10]

Cinco siglos más tarde, el místico y escritor George Ivánovich Gurdjieff (1866-1949) viajó por todo el mundo para profundizar sobre la «filosofía perenne». Es decir, los principios universales acerca de la naturaleza de la realidad y del propósito de nuestra existencia que comparten todos los sabios de distintos pueblos, culturas y épocas. Su obra hace constantes referencias a la civilización babilónica en general y a «la Hermandad Sarmoung» en particular, quienes son considerados los fundadores de la sabiduría antigua. Se trata de una comunidad de místicos que vivieron retirados en las montañas de la región de Caldea hace más de dos mil quinientos años y de donde —según él— procede el actual símbolo del Eneagrama.[11]

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Finalmente, en 1916 Gurdjieff presentó en Moscú y San Peters­burgo el círculo de nueve puntas a los miembros del grupo SAT, acrónimo de Searchers After Truth (Buscadores de la Verdad), del cual era su fundador. Para este autor, el Eneagrama es un símbolo universal por medio del que se puede in­terpretar y descifrar cualquier ciencia y saber de la humanidad. Eso sí, en ningún momento habló de los nueve tipos de personalidad. Parte de sus enseñanzas se recogieron en el ensayo Fragmentos de una enseñanza desconocida, publicado en 1949 por su principal discípulo, Peter Demianovich Ouspensky (1878-1947). Fue la primera vez que la palabra «Eneagrama» apareció en un libro.[12]

El relevo de estos hallazgos e investigaciones lo tomó el filósofo Óscar Ichazo (1931-2020), quien desde muy joven también estuvo muy influenciado por el legado de la Hermandad Sarmoung y las enseñanzas neoplatónicas de la antigua Grecia. Y en un destello de genialidad que tuvo en 1954 mapeó en el símbolo del Eneagrama tomado de Gurdjieff los pecados descubiertos por Póntico siguiendo el enfoque holístico propuesto por Llull. De este modo Ichazo logró un hallazgo verdaderamente extraordi­nario: poner en el símbolo del Eneagrama la secuencia correcta de los nueve tipos de personalidad. A los siete pecados capitales le añadió la vanidad —presente en los escritos de Póntico— y el miedo.[13]

En cada una de las nueve puntas del símbolo ubicó lo que él llamó las «fijaciones» (creencias incorrectas acerca de la realidad); las «pasiones» (emociones y conductas derivadas de estas fijaciones); las «ideas santas» (verdades fundamentales acerca de la realidad) y las «virtudes» (emociones y conductas derivadas de estas ideas santas) de cada tipo.[14] Y al hacerlo, también descubrió la relación dinámica que se establece entre unos y otros durante nuestros procesos de cambio, trans­formación y evolución. Así es como nació el Eneagrama de la personalidad moderno: un manual de instrucciones para que cada ser humano sepa cómo despertar y desarrollarse espi­ritualmente, liberando a la consciencia de la identificación egoica. Por todo ello, Ichazo es considerado «el padre del Eneagrama».

El Eneagrama en la actualidad

En 1970 Ichazo impartió un entrenamiento de diez meses en el desierto de Arica (Chile), durante el que enseñó el Eneagrama a unos cincuenta alumnos, la mayoría psicoterapeutas afincados en Estados Unidos.[15] Uno de ellos fue el psiquiatra Claudio Naranjo (1932-2019), quien al regresar fundó el SAT Institute en Berkeley (California), cuya finalidad era demostrar la congruencia entre las brillantes teorías de Ichazo y los últimos descubrimientos psicológicos contemporáneos. En otras palabras, el objetivo de Naranjo fue casar la psicología con la espiritualidad, lo que hoy en día se conoce como «psicología transpersonal»: la que va más allá del ego, devolviéndonos la conexión con nuestra naturaleza espiritual: el ser esencial.[16]

Durante los años siguientes se dedicó a reunir a grupos de personas que se identificaban con un determinado tipo para entrevistarlos, recabar información de forma científica y extraer conclusiones empíricas. Como consecuencia de sus investigaciones, Naranjo desarrolló y dio forma a los nueve tipos de personalidad que hoy conocemos, a los que bautizó como «eneatipos». También descubrió la influencia que tienen los tres instintos primarios (o subtipos) a la hora de manifestarse nuestro eneatipo dominante.[17] Y, en definitiva, gracias a él el Eneagrama comenzó a democratizarse y popularizarse por todo el mundo. Lo cierto es que tuve la fortuna de conocerlo personalmente en 2009, durante una entrevista que le hice para el diario El País, titulada «El hombre de hoy sigue siendo un esclavo».[18]

Entre los discípulos de Naranjo destacan Helen Palmer, A. H. Almaas, Sandra Maitri y Robert Ochs. Este último es un cura jesuita que introdujo el Eneagrama en esta comunidad religiosa. Entre sus seguidores destacan Don Richard Riso y Patrick H. O’Leary, quien junto con Maria Beesing y Robert Nogosek publicaron en 1984 el primer libro sobre los nueve eneatipos: Eneagrama: un camino hacia el autodescubrimiento. Finalmente, en 1994 se fundó la Asociación Internacional de Eneagrama (IEA), la cual estuvo avalada por el Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Standford en Palo Alto, California.[19]

Desde entonces el Eneagrama se ha ido extendiendo rápidamente por diferentes capas, estratos y sectores de la sociedad. Hoy en día se utiliza en el ámbito de la psicología, la psiquiatría y el coaching, pues contribuye a erradicar las causas del malestar en vez de dar alivio en forma de pastillas para minimizar los síntomas. También lo emplean las empresas conscientes para trabajar el liderazgo, la gestión de equipos y mejorar el ambiente laboral. En paralelo, también se usa mucho en la industria del cine: los guionistas lo emplean para crear personajes más realistas e inolvidables, mientras que los actores lo usan para meterse en la piel de los papeles que interpretan, dotando a sus actuaciones de una mayor complejidad y veracidad.

Por su parte, el Eneagrama también está triunfando en el seno de las familias que quieren mejorar la comunicación y el entendimiento, tanto entre los miembros de la pareja como entre padres e hijos. E incluso también está aportando mucho valor en el ámbito de la reinvención profesional, ayudando a las personas a descubrir su talento y su propósito de vida. Eso sí, a lo largo de las páginas que siguen vamos a centrarnos en cómo hacer consciente el ego y cuál es el proceso de transformación que cada uno de nosotros hemos de seguir para reconectar con nuestra verdadera esencia. ¡Buen viaje!

III

La mejor herramienta de
autoconocimiento

El Eneagrama se ha consolidado como la herramienta más eficaz para iniciar el viaje del autoconocimiento porque va a la raíz de nuestros conflictos emocionales y existenciales. Porque es muy fácil de poner en práctica. Porque es apta para escépticos. Y sobre todo porque funciona. Enseguida aporta resultados beneficiosos tangibles. Y no es para menos: se trata de un manual de instrucciones bastante preciso de la condición humana. También podría definirse como un mapa de nuestro territorio emocional. Un espejo donde ver reflejadas nuestras luces y nuestras sombras. Y un despertador con el que salir del profundo sueño egoico en el que estamos sumidos y empezar a vivir conscientemente.

También es una lupa con la que ver con claridad las motivaciones ocultas detrás de nuestras actitudes y conductas. Un antídoto con el que dejar de envenenar nuestra mente. Una balsa con la que cruzar a la otra orilla, trascendiendo el encarcelamiento psicológico en el que estamos inconscientemente encerrados. Un ascensor para elevar nuestra consciencia, reconectando con nuestra dimensión espiritual. Y, en definitiva, una llave para liberarnos de la jaula mental que tanto sufrimiento nos provoca.

La palabra «Eneagrama» significa en griego «nueve líneas». Esencialmente porque describe a grandes rasgos los nueve aspectos principales de nuestra naturaleza humana. Y lo hace por medio de nueve eneatipos. Es decir, nueve formas de pensar, sentir y actuar. Nueve modelos mentales, esqueletos psicológicos o tipos de personalidad. Nueve formas de entender la vida. Nueve modos de distorsionar la realidad. Nueve maneras con las que torturarnos. Nueve dones que ofrecer a los demás y al mundo. Nueve modos de amar y de ser amados. Y nueve máscaras con las que se disfraza la divinidad.

Más concretamente, el Eneagrama hace una radiografía bastante fiel de los nueve rostros que toma el ego (nuestro lado con­dicionado, falso, ignorante, inconsciente y oscuro) y de las nueve facetas inherentes al ser esencial (nuestro lado libre, auténtico, sabio, consciente y luminoso). También nos muestra nueve caminos para cuestionarnos, crecer y evolucionar como seres humanos, tanto a nivel psicológico como espiritual. Eso sí, lo más importantes es que nos ayuda a transformar por completo la visión que tenemos acerca de nosotros mismos, de lo que consideramos que es nuestra «identidad». Y lo cierto es que esta transformación lo cambia todo. Absolutamente todo.

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El círculo

Es increíble que un símbolo tan sencillo contenga tantísimo conocimiento de calidad para comprender por qué somos como somos y cómo funcionamos por dentro. Esencialmente, el Enea­grama está compuesto por nueve características principales. La primera de ellas es el «círculo», el cual representa que toda la existencia forma parte de una misma unidad y totalidad. Simboliza la visión de que «dios es todo lo que existe y todo lo que existe es dios». Y entendiendo esta palabra no desde una perspectiva religiosa o teísta —dios como creador del universo—, sino más bien espiritual y panteísta: dios como universo, sinónimo de vida, realidad o naturaleza.

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El triángulo

La segunda característica es el «triángulo», que indica que todas las creaciones que forman parte del universo —incluyéndonos a nosotros mismos— son fruto de la interacción dinámica de tres fuerzas. Es una invitación a encontrar una tercera vía mucho más sabia y elevada a la hora de mirar e interpretar la realidad. Más que nada porque nuestra mente está inconscientemente gobernada por la dualidad, desde donde tendemos a reducir las cosas como «blancas» o «negras», perdiéndonos la zona «gris» que se encuentra en medio. Sin ir más lejos, el ego nos lleva a ver los hechos que suceden como «buenos» o «malos». Gracias al Eneagrama nos damos cuenta de que en realidad son «neutros».

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La hexada

La tercera característica es la «hexada», que simboliza el cambio, la transformación y la evolución inherentes a la existencia. Nos recuerda que la vida se rige por «la ley de la impermanencia», según la cual nada es estático y todo está con­tinuamente cambiando. Y es que no sirve de nada intentar aferrarnos a ninguna zona de comodidad, pues la realidad es voluble, incierta e inestable. E inevitablemente tenemos que desequilibrarnos para poder seguir creciendo y avanzando. El Eneagrama nos propone orientar este proceso de transformación a la desidentificación del ego y la reconexión con el ser esencial, desde donde experimentamos la unidad, la neutralidad y la estabilidad.

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Los números

La cuarta característica son los «números» situados en cada una de las nueve puntas del Eneagrama. No tienen nada que ver con la numerología. Simplemente se utilizan para el manejo de esta herramienta. Representan los nueve eneatipos, cada uno de los cuales muestra un rasgo acentuado tanto del ego como del ser. Si bien tenemos un poco de todos, hay un tipo de personalidad principal que tiene una mayor influencia en nuestra manera de pensar, sentir y actuar. Obviamente, ninguno es mejor ni peor que otro. Todos cuentan con su lado oscuro y su parte luminosa. Y cada uno tiene su propio infierno que transitar y su propio cielo que experimentar.

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Las tríadas

La quinta característica son las «tríadas» en las que el Eneagrama divide a los nueve eneatipos. Cada una de estas tres tríadas representa a uno de los tres centros vitales —«intelectual» (cabeza), «emocional» (corazón) y «visceral» (vísceras)— en los que se compone nuestra psique humana. Y están asociadas a diferentes partes de nuestro cerebro —«neocórtex», «límbico» y «reptiliano»— desde donde percibimos, sentimos y actuamos en relación con las situaciones y acontecimientos que van ocurriendo a lo largo de nuestra vida.

Si bien todos contamos con estos tres centros activos, la tríada a la que pertenece nuestro eneatipo principal nos enseña el lugar en el que el ego está enquistado con más fuerza. Y, por ende, nos revela los grandes conflictos y las mayores potencialidades relacionadas con este centro vital dominante. También nos muestra lo que tenemos en común con los otros dos eneatipos que componen dicha tríada. Desde el ego, estos centros están dañados y bloqueados y funcionan disfuncionalmente. En la medida en la que reconectamos con el ser esencial empiezan a operar eficientemente, dándonos acceso a percepciones, cualidades y capacidades más elevadas de nuestra naturaleza.

Los eneatipos de «la tríada del instinto» (8, 9 y 1) tienen mucho más activo el complejo reptiliano. Es decir, nuestra parte más primaria e instintiva. De ahí que estén mucho más en contacto con las sensaciones físicas, dándole excesiva importancia a las necesidades de su cuerpo. El ego los vuelve neuróticos y compulsivos en su forma de actuar. La mayoría de sus conflictos deriva de lo que está pasando en el presente. Buscan gozar de libertad para poder seguir su camino. Quieren controlar y dominar a su entorno para no verse afectado por él. Les preocupa demasiado salirse con la suya y no tener que dar explicaciones. Suelen tener pro­blemas relacionados con la agresividad y la represión. Su falta de serenidad los lleva a padecer grandes dosis de impulsividad, rabia e ira.

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Los eneatipos de «la tríada del sentimiento» (2, 3 y 4) tienen mucho más activo el sistema límbico. Es decir, nuestra parte más sensible y emocional. De ahí que estén mucho más en contacto con sus emociones, dándole excesiva importancia a sus sentimientos y estados de ánimo. El ego los vuelve neuróticos y compulsivos en su forma de sentir. La mayoría de sus conflictos derivan de lo que pasó en el pasado. Buscan gozar de una buena imagen social para conseguir el interés y la aprobación de los demás. Quieren ser queridos y valorados por su entorno. Les preocupa demasiado lo que la gente opina de ellos. Suelen tener problemas relacionados con la comparación y la falsedad. Su falta de autoestima les lleva a padecer grandes dosis de tristeza, vergüenza y envidia.

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Los eneatipos de «la tríada del pensamiento» (5, 6 y 7) tienen mucho más activo el neocórtex. Es decir, nuestra parte más mental y racional. De ahí que estén más en contacto con el intelecto, dándole excesiva importancia a sus pensamientos y creencias. El ego les vuelve neuróticos y compulsivos en su forma de pensar. La mayoría de sus conflictos deriva de lo que puede pasar en el futuro. Buscan gozar de conocimiento, apoyo y orientación para afrontar los retos y desafíos de la vida. Quieren ser protegidos y respaldados por su entorno. Les preocupa demasiado no poder valerse por sí mismos. Suelen tener problemas relacionados con la hiperracionalización y la incapacidad de acallar sus mentes. Su falta de confianza los lleva a padecer grandes dosis de ansiedad, miedo e insegu­ridad.

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Las líneas

La sexta característica son las «líneas» que salen desde cada eneatipo. Reflejan dos movimientos psicológicos que posibilitan la saturación, el cuestionamiento y la evolución de cada tipo de personalidad. Al primero se le denomina «descentramiento». Y deviene reactivamente cuando atravesamos una situación de estrés y desequilibrio prolongada como consecuencia de habernos empachado del ego de nuestro eneatipo principal. Es entonces cuando de forma inconsciente —y a modo de amortiguador psicológico— empezamos a adoptar alguno de los patrones egocéntricos de pensamiento, sentimiento y conducta de los eneatipos con los que estamos conectados por medio de estas líneas. En algunos casos, podemos llegar a expresar estos comportamientos de una forma todavía más sombría e ignorante que los eneatipos a los que pertenecen.

No en vano, este proceso nos lleva a conectar con el lado más oscuro de los eneatipos a los que nos descentramos. Y actúa como una válvula de escape encaminada a desahogar temporalmente toda la presión y el malestar acumulados por seguir las estrategias inconscientes dictadas por el ego a nuestro eneatipo principal. Eso sí, en caso de perpetuarnos en el victimismo puede provocar que de pronto lo veamos todo negro, llevándonos al borde de la depresión e incluso del suicidio. De ahí que este descentramiento sea una invitación a la autocrítica y una llamada al despertar. Si aprovechamos estos momentos de dolor y sufrimiento para crecer espiritualmente podemos tomar consciencia de que la manera en la que hemos venido pensando, sintiendo y actuando es profundamente nociva y equivocada.

Por ejemplo, cuando el eneatipo 6 se empacha de miedo, ansiedad y preocupación puede descentrarse hacia el eneatipo 3, cayendo en la desvalorización, la vanidad y la falsedad, llevando estos rasgos egoicos a su máxima expresión. También puede descentrarse hacia el eneatipo 9, sumiéndose en la pereza, la resignación y la apatía, manifestando estos defectos de forma exagerada. E incluso puede tomar actitudes y conductas inconscientes de ambos eneatipos a la vez, quedando todavía más atrapado en las mazmorras del yo ilusorio con el que está identificado.

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El segundo movimiento psicológico que reflejan estas líneas se llama «centramiento». Y deviene proactivamente cuando decidimos hacer un esfuerzo por salir de nuestra zona de confort egoica en dirección hacia el ser esencial. Es entonces cuando empezamos a adoptar alguno de los atributos esenciales de pensamiento, sentimiento y conducta de los eneatipos con los que estamos conectados por medio de estas líneas. En algunos casos extremos, podemos llegar a expresar estos comportamientos de una forma todavía más trascendente y sabia que los eneatipos a los que pertenecen.

No en vano, este proceso nos lleva a conectar con el lado más luminoso de los eneatipos a los que nos centramos, lo cual actúa como un catalizador para desarrollarnos espiritualmente. De pronto notamos cómo sube nuestra energía vital y se eleva nuestra frecuencia vibratoria, entrando en contacto con el bienestar que anida en lo más hondo de nuestra alma. Y como consecuencia, de forma natural empezamos a manifestar las cualidades esenciales de nuestro eneatipo dominante. Fruto de estas experiencias y aprendizajes verifi­camos cómo vivir y autogestionarnos con más consciencia y sabiduría.

Por ejemplo, el eneatipo 6 puede centrarse hacia el eneatipo 3, conectando con la autenticidad, la honestidad y la sensación de valía, llevando estas cualidades esenciales a su máxima expresión. También puede centrarse hacia el eneatipo 9, beneficiándose de la armonía, la paz y la asertividad, manifestando estas virtudes con mucha más potencia y gracia. E incluso puede tomar actitudes y conductas conscientes de ambos eneatipos a la vez, sintiéndose completo y feliz por sí mismo. Y al imbuirse y dejarse inspirar por la esencia de los eneatipos 3 y 9, el eneatipo 6 reconecta con la confianza, la valentía y la seguridad, tres rasgos de su verdadera naturaleza.

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Por concluir con este ejemplo, si nuestro eneatipo dominante es el 6 también tendremos mucho de los eneatipos 3 y 9, tanto del ego como del ser esencial. Y durante nuestro proceso de transformación tendremos que integrar el lado oscuro y luminoso de dichos eneatipos, pues, como hemos visto, las líneas pueden ir en ambas direcciones. Al ser conscientes de estos movimientos psicológicos —el descentramiento y el centramiento— poco a poco vamos aprendiendo a poner luz en nuestras sombras, convirtiéndonos en la mejor versión de nosotros mismos.

Las alas

La séptima característica son las «alas», que son los tipos de personalidad que están a la derecha y a la izquierda de nuestro eneatipo principal. Y pueden influir en cómo este se manifiesta, tanto cuando estamos identificados con el ego como cuando estamos conectados con el ser esencial. A modo de analogía imaginemos que tenemos un vaso con agua, el cual simboliza nuestro eneatipo principal. Sabe a agua, ¿cierto? Pero ¿qué pasa si le ponemos un chorrito de zumo de naranja? Pues que el sabor del agua estará un poco anaranjado. ¿Y qué sucede si —en cambio— le añadimos unas gotas de jugo de limón? Pues que ese mismo agua sabrá un poco a limonada, ¿no?

Eso es exactamente lo que ocurre con las alas. Pongamos por ejemplo que nuestro eneatipo principal es el 8, cuyo lado oscuro está protagonizado por el afán de dominación, la agresividad y la beligerancia. Por otro lado, su parte luminosa destaca por la inocencia, la fortaleza y la vulnerabilidad. Pues bien, en caso de tener ala 7, todos estos rasgos estarán influenciados y mezclados por la sombra de este eneatipo: la sensación de vacío, la hiperactividad y la gula. Y también por su luz: la sobriedad, la alegría y el agradecimiento. En caso de tener ala 9, los rasgos de nuestro eneatipo 8 estarán influenciados y mezclados por la sombra de este eneatipo: la pereza, la resignación y la apatía. Y también por su luz: la armonía, la paz y la asertividad.

En caso de identificarnos con el 8 ala 7 tenderemos a ser más acelerados e hiperactivos que los 8 ala 9, que suelen ser bastante más calmados y pasivos. Y en caso de tener las dos alas, en ocasiones nos mostraremos más acelerados e hiperactivos, mientras que en otras lo haremos de forma más calmada y pasiva. Dado que el ala (o las alas) condicionan notablemente nuestro eneatipo dominante es importante integrarla(s) en nuestra consciencia.

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Los instintos

La octava característica son los «instintos». Es decir, las necesidades y motivaciones más básicas relacionadas con nuestro centro visceral. No en vano los seres humanos vivimos atrapados en cuerpos de animales que cuentan con sus propios intereses, deseos, miedos, apegos, preocupaciones, obsesiones y aspiraciones. Y a menos que seamos conscientes de ellos, estas pulsiones primarias acaban convirtiéndose en la fuerza motora de nuestra identidad egoica.

Según el Eneagrama existen tres instintos principales: «conservación», «sexual» y «social».[20] Si bien todos tenemos de los tres, uno de ellos suele ser dominante, estando más activo durante toda nuestra vida. Es al que le damos más importancia y donde el ego le pone más energía y atención. Sin embargo, en ocasiones un instinto puede tener más protagonismo que otros en función del momento vital que estemos viviendo y del tipo de circunstancias en las que nos encontremos. En otros casos hay personas que apenas tienen activado alguno de estos instintos, marginándolo por completo. El reto es satisfacer las necesidades reales de cada uno de estos tres instintos, pero sin pasarnos de la raya, tanto por defecto como por exceso.

El «instinto de conservación» nos lleva a poner el foco de atención en nosotros mismos —y en nuestra familia—, especialmente en relación con nuestra seguridad y supervivencia físicas. Es nuestra parte más práctica y materialista, orientada a lograr los recursos económicos necesarios para lograr la estabilidad y prosperidad financieras. Este instinto nos llena de miedo a la escasez, a no gozar del sustento suficiente para proveernos una buena vida. Tiene que ver con los hábitos y las rutinas que establecemos para cuidar de la salud y el bienestar de nuestro cuerpo. Y con la pulsión de contar con un hogar (o refugio) en el que sentirnos cómodos y protegidos. Y, en definitiva, nos motiva a buscar la autonomía y la autosuficiencia para que no nos falte de nada.

El «instinto sexual» nos lleva a poner el foco de atención en los demás, especialmente en aquellos con quienes mantenemos relaciones íntimas o deseamos mantenerlas. Es nuestra parte más presumida y seductora, orientada a atraer y conquistar a las personas que deseamos. Este instinto nos llena de miedo a no ser lo suficientemente atractivos y quedar rezagados en la competición sexual. Tiene que ver con lo que hacemos para adornar nuestra personalidad y tener más posi­bilidades a la hora de elegir a nuestra pareja o a nuestros compañeros sexuales. Y con la pulsión de caer bien, gustar, amar y ser amados, dar y recibir afecto, copular y procrear. Y, en definitiva, nos motiva a buscar el modo de garantizar los mejores genes para nuestra descendencia.

El «instinto social» nos lleva a poner el foco de atención en cómo nos relacionamos y posicionamos socialmente, tanto en nuestros vínculos laborales como de amistad. Es nuestra parte más sociable y colaborativa, orientada a sentirnos útiles e importantes, gozando de cierto estatus, poder e influencia. Este instinto nos llena de miedo a ser abandonados, rechazados y excluidos. Tiene que ver con la necesidad de pertenecer a algún grupo que comparta nuestros valores, sintiendo que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos. Y con la pulsión de contribuir, aportar valor, autorrealizarnos, impactar y dejar un legado en la sociedad. Y, en definitiva, nos motiva a buscar nuestra vocación, así como a encontrar el sentido y el propósito de nuestra vida.

Los niveles de desarrollo

La novena característica son «los niveles de desarrollo»,[21] según los cuales cada eneatipo puede experimentarse de forma «in­sana», «media» o «sana». Si bien nuestro eneatipo principal no cambia a lo largo de la vida, nuestro nivel de desarrollo espiritual sí que provoca cambios considerables en la forma en la que nos relacionamos con él. Así, el Eneagrama cuenta con una «dimensión horizontal», que tiene que ver con la descripción psicológica de los nueve eneatipos. Y con una «dimensión vertical», la cual mide nuestro grado de identificación con el ego, así como nuestro nivel de consciencia.[22]

A modo de ejemplo, no tiene nada que ver un eneatipo 2 insano (orgulloso, dependiente y manipulador) que un eneatipo 2 sano (humilde, libre y amoroso). Si bien ambos comparten a grandes rasgos la misma estructura de personalidad, los resultados emocionales que cosechan uno y otro son antagónicos. Es tan distinto lo que piensan, sienten y hacen que a priori no diríamos que ambos comparten el mismo eneatipo. Sin embargo, lo único que es diferente —y mucho— es su nivel de desarrollo espiritual.

Círculo. Triángulo. Hexada. Números. Tríadas. Líneas. Alas. Instintos. Y niveles de desarrollo. Estos son los nueve principales ingredientes del Eneagrama. A partir de ahí, hay tantas recetas y combinaciones diferentes como seres humanos hay en este mundo. Recuerda que tú no estás al servicio de este mapa. De ahí que no te obsesiones con encajar en él. Por el contrario, este mapa está a tu servicio: ojalá te sirva para conocerte mucho mejor.