Nellie dejó la consulta veterinaria y rodeó la casa de los De Groot para dirigirse al cercado donde pastaban los caballos. Llegaba tarde y, de hecho, el poni de Phipps ya no estaba allí. Supuso que el mismo Phipps habría salido con él. En ese momento, sin embargo, oyó el sonido de un violín procedente de la pequeña cuadra que el poni compartía con el caballo de tiro del padre de su amigo.
Sonrió. No se había perdido su paseo a caballo.
—¡Phipps! ¿Por qué has llevado a Cees a la cuadra?
Abrió la puerta y el caballito blanco la saludó con un relincho apagado. El chico de cabellos castaños, que estaba sentado sobre una bala de paja afinando el violín, levantó la vista hacia ella.
—Pues porque tú no estabas —respondió él—. Pero mamá tenía que creerse que yo había salido con el caballo. —Aunque no se habían visto desde el día anterior, tampoco Philipp, dos años mayor que Nellie y al que ella llamaba Phipps desde que sabía hablar, se entretuvo en saludarla. Ambos asistían a escuelas diferentes en Cortrique, la ciudad más grande de los alrededores, y siempre volvían a casa por la tarde. Y tan pronto como se reunían, olvidaban que se habían separado. Nellie y Phipps eran vecinos, pero estaban más unidos que siendo hermanos—. ¿Por qué has llegado tan tarde?
Nellie movió la cabeza.
—Me han entretenido. —Sus ojos, de un color castaño claro, se iluminaron cuando empezó a explicarse. Cogió también una bala de paja de la pila y se sentó frente a Phipps—. He estado con tu padre en la consulta. Le he ayudado. —Señaló casi con orgullo los anchos pantalones de lino blancos, donde se veían unas manchas de sangre—. Ha tenido que amputarle la pata a un perro. Una urgencia. Y no había nadie allí para echarle una mano. He visto que le traían al pobre perrito. Un cazador le había disparado y le había destrozado la pata posterior izquierda, por la tibia y el peroné. Pero mevrouw De Boer no quería que lo sacrificaran. Así que tu padre decidió amputarle la pata. Y necesitaba asistencia… Ha echado pestes porque no estabas. Al final me ha dejado ayudarlo. Y Phipps, ¡me ha elogiado! Ha dicho que si yo fuera chico sería un buen veterinario.
Nellie volvió a levantarse, cogió un cepillo, le quitó el cabestro al poni y empezó a cepillarlo. A sus catorce años, era una muchacha espigada y larguirucha, y rebosaba energía. Phipps, por el contrario, era un joven más bien tranquilo. Tocar el violín era su única pasión. Por desgracia, sus padres no veían con buenos ojos que se aislase con el instrumento en lugar de montar a caballo, jugar con el balón o dar vueltas por ahí como un «auténtico muchacho».
Antes había disfrutado con estas actividades…, por regla general con Nellie. Habían jugado juntos desde que eran niños y por ella había atrapado a veces renacuajos o robado cerezas del jardín de un vecino. Pero todo eso se terminó cuando descubrió la música. Esta había desplegado ante sus ojos un mundo totalmente nuevo.
En Ledegem, el pueblecito belga donde vivían Phipps y Nellie, no eran muy aficionados a la música. Como mucho cuando eran las fiestas del pueblo y tocaba una orquesta de instrumentos de viento. Quien quería asistir a un concierto tenía que viajar a Cortrique, a quince kilómetros de distancia, o todavía un poco más lejos, en la otra dirección, a Iprés. Los padres de Nellie así lo hacían de vez en cuando. Theo y Greta de Groot, en cambio, no tenían el menor interés por eso y se limitaban a ir en alguna que otra ocasión al teatro. Por eso Phipps nunca había oído un violín hasta hacía dos años, cuando unos artistas ambulantes actuaron en los alrededores. El padre de Phipps había atendido uno de sus caballos y Phipps se había sumergido totalmente en las apasionadas melodías que interpretaban por las noches alrededor de la hoguera. Nellie todavía se deleitaba recordando la aventura, cuando por la noche se deslizaban fuera de casa para ir a escuchar a los gitanos. Una aventura que, excepcionalmente, había iniciado Phipps. En general era ella quien proponía las escapadas prohibidas.
A partir de entonces, Phipps no había dejado de insistir en que le regalasen un violín: para el cumpleaños, para Navidades o para lo que fuera. No hacía falta que le comprasen nada más, le había suplicado a su padre. Por un violín estaba dispuesto a renunciar a cualquier regalo durante años.
Al final había obtenido el instrumento, una baratija que al principio solo emitía unos sonidos chirriantes. Nadie había pensado que Phipps pudiera sacar algún día una sola nota de él, pero el milagro ocurrió. El chico demostró estar excepcionalmente dotado para la música y sus padres tuvieron que frenarlo para que no se pasara todo el día practicando. Nellie lo llevaba con calma y siempre estaba dispuesta a encubrirlo cuando necesitaba campo libre, así que solía montar el poni de Phipps, por ejemplo, mientras él tocaba a escondidas en la cuadra.
Entretanto había ensillado el caballito blanco y se había metido la larga trenza de un rubio cobrizo con que se había peinado debajo de una gorra. Nadie debía reconocer que era una chica quien galopaba por prados y bosques a lomos del brioso poni.
—Me encantaría ser veterinaria —reflexionó en voz alta al sacar a Cees del box—. Y no entiendo por qué hay que ser un chico para estudiar.
Phipps levantó la vista un instante.
—No aceptan chicas en la universidad —señaló lacónico.
Nellie arrugó la frente. Esta, como todo su rostro, estaba llena de pecas.
—Entonces me iré a otro país —decidió—. Seguro que en algún sitio podré estudiar.
Él negó con la cabeza.
—En ningún sitio —replicó—. Lo sé porque mi padre acaba de leer algo sobre las mujeres y la carrera de medicina. Se les permite estudiarla en algunos países; pero no la de veterinaria, y mi padre está conforme con ello.
Nellie lo fulminó con la mirada.
—¿No estarás tú de acuerdo con él?
Phipps puso los ojos en blanco.
—Claro que no. Nadie podría ser mejor veterinario que tú. Con lo loca que estás por los animales…
Nellie llevaba toda la vida recogiendo pájaros con un ala rota y gatos sarnosos que, sorprendentemente, dejaban que los cogiera y curara con un ungüento de caléndula que ella misma preparaba. A esas alturas, cada tarde aparecían perros y gatos con un solo ojo o con tres patas en la puerta trasera del jardín. Su madre encontraba esos seres horribles y se quejaba, pero la muchacha defendía a sus animales adoptados.
—Entonces tendrás que dejar que estudie contigo cuando vayas a la universidad —propuso—. Tú tomas apuntes durante las clases y yo me leo tus libros. Si hay algo que no entiendo, me lo explicas. Lo harás por mí, ¿verdad?
—Yo no voy a ser veterinario —declaró Phipps—. Seré violinista, y tú lo sabes.
Nellie movió la cabeza indulgente y se dispuso a sacar el poni de la cuadra.
—Ay, Phipps… claro que vas a ser veterinario. Tu padre insistirá en que te hagas cargo de la consulta. —El doctor Theo de Groot tenía una consulta rural que funcionaba bien—. Como mucho, podrías estudiar medicina para humanos. Eso todavía está mejor considerado y tu padre cedería. Pero tendrías que instalarte en otro lugar. Mi hermano será el médico de esta zona.
Nellie era hija del médico de la región. El doctor Pieter van der Heyden atendía a sus pacientes en la casa vecina a la de los De Groot y, contrariamente a lo que sucedía con Phipps, su hijo estaba impaciente por sucederle algún día. Lukas era mayor que los dos amigos y le faltaban dos años para empezar la carrera.
—Yo no voy por ese camino —dijo Phipps—. No soporto ver sangre.
Ella rio. Eso no era cierto en absoluto, porque el doctor De Groot insistía desde hacía años en que Phipps lo asistiera en el trabajo. Al chico no le gustaba, pero tampoco se mareaba mientras lo hacía.
—Ya veremos —opinó ella, y esta vez sí se marchó.
Poco después estaba galopando por los caminos de tierra de los alrededores de Ledegem y soñando con su futura consulta. ¡Pues claro que iba a ser veterinaria! Nellie estaba convencida de ser capaz de lograr todo lo que se propusiera. Pero no veía en Phipps tal determinación. Por mucho que deseara estudiar música, al final haría lo que su padre le exigiera.
Bélgica – Ledegem
Países Bajos – Utrecht
De 1908 a 1912
—No lo encuentro nada divertido —oyó protestar Nellie a su madre, ya antes de abrir la puerta de la sala de estar. Sus padres la habían llamado para hablar seriamente con ella—. Claro que es bueno que una chica sepa llevar las cuentas, al fin y al cabo, un día tendrá que administrar una casa, así que deberá aprender a desenvolverse con un presupuesto. Pero ¿para qué necesita la física y la química? ¡Esas monjas me están criando a una marisabidilla! Me niego rotundamente a que Cornelia siga con ellas más tiempo del necesario.
Nellie ya se esperaba algo así, pero cuando abrió la puerta, descubrió que la situación era peor de lo que había temido. Su padre sostenía en la mano su boletín de notas, que estaba estudiando detenidamente, y su madre se encontraba detrás de él, también con la vista fija en ellas. Ese día se habían celebrado exámenes parciales en la escuela y Nellie estaba muy satisfecha consigo misma. En todas las asignaturas de ciencias había sido la mejor de la clase y también había sacado buenas notas en francés y neerlandés. Adjunto al boletín se hallaba la encarecida recomendación de que siguiera asistiendo al liceo después de terminar la escuela para tener así la posibilidad de obtener el título de bachillerato. La escuela de niñas de Cortrique, un severo instituto dirigido por monjas, no solo preparaba a las alumnas para una vida como ama de casa, sino también para estudiar una profesión. El título del liceo, tras el decimosegundo curso escolar, le permitiría matricularse en alguna de las pocas carreras a las que tenían acceso las mujeres o ingresar en el seminario de maestras.
Sin embargo, la mayoría de los padres no permitían que sus hijas estudiaran durante tanto tiempo. Casi todas las muchachas dejaban el instituto a los dieciséis años, acabado el décimo curso, y Nellie se hallaba ahora ante una encrucijada. Ella deseaba ardientemente tener la posibilidad de acceder a la universidad, aunque seguían prohibiéndole emprender el camino hacia su carrera soñada: veterinaria. No obstante, era optimista, las cosas podían cambiar en dos años. Así que, esperanzada, había señalado a su madre la recomendación de su profesora.
—Esta noche hablaremos de esto con tu padre —había comunicado esta a su hija con una expresión que no prometía nada bueno.
En ese momento, justo antes de la cena, tenía lugar la conversación. Una vez cerrada la consulta médica, a su padre, el doctor Theo van der Heyden, le encantaba relajarse delante de la chimenea tomándose un traguito de coñac. La madre de Nellie aprovechaba ese rato de tranquilidad para debatir sobre temas desagradables. Así se evitaba largas discusiones, pues a esa hora su marido tenía la urgente necesidad de resolver rápidamente los problemas para dedicarse de nuevo a su diario y su copita. Así que la mayoría de las veces se limitaba a aceptar las propuestas de su esposa.
La madre empezó inspeccionando el cesto de costura de Nellie. Era probable que quisiera comprobar por qué su hija tenía mala nota en labores. Miró con repulsión un bordado.
—El semestre que viene me esforzaré más —aseguró Nellie, antes de saludar a su padre—. Lo prometo, yo…
—¿Y qué es esto de aquí?
La madre levantó acusadora un trozo de tela en el cual se habían practicado distintas puntadas. Había reconocido el pespunte y la puntada invisible, el punto de escapulario y el festón, pero había otros dos tipos de puntadas que representaban para ella toda una incógnita.
El padre de Nellie echó un vistazo a la labor.
—Eso es una sutura con punto suelto —observó—. Así se suelen cerrar las heridas corrientes. —No pareció encontrar nada especial en ello, pero su esposa dio una especie de respingo—. Y la otra es una sutura intracutánea. Realizada de forma impecable…
La madre de Nellie lo miró sin dar crédito.
—¿Te refieres a que estas… que estas puntadas se utilizan en cirugía? ¿Pero cómo…? ¿Puedes explicármelo, Cornelia? —Mevrouw Van der Heyden puso mucho cuidado en dirigirse a su hija con su nombre completo en lugar de llamarla simplemente Nellie.
La niña asintió.
—Era un… deber —respondió—. Teníamos que hacer las puntadas que sabíamos. Y luego explicarlas delante de la clase.
El doctor Van der Heyden frunció el ceño y se dirigió por fin a su hija.
—¿Y dónde has aprendido estas suturas quirúrgicas? —preguntó más interesado que despectivo.
—Con el padre de Phipps —contestó Nellie—. A veces lo ayudo con los animales.
Le habría encantado poder hacerlo siempre que disfrutaba de un momento libre, pero el doctor De Groot ponía reparos a que estuviera en la consulta. Prefería mucho más que su hijo le echara una mano cuando había que agarrar a un gato o un perro difícil de dominar, aunque de todos modos casi siempre lo ayudaba su esposa.
El doctor Van der Heyden se echó a reír.
—Ya ves, Josefine —le dijo a su esposa—. Se inclina más por la costura que por la confección.
—¡No me hace ninguna gracia, Pieter! —exclamó la madre—. Al contrario, no quiero ni pensar en qué habrá dicho la maestra al respecto…
—La hermana Irene tampoco lo ha encontrado tan mal —se defendió Nellie—. Incluso me ha dejado explicar las diferencias y dónde hay que utilizar una sutura u otra…
—Y con ello volvemos al tema que nos ocupa —señaló acalorada mevrouw Van der Heyden—. Animan a las niñas a que se interesen por cosas que no incumben para nada a las mujeres. Como ya he dicho, hacen de ellas unas marisabidillas… y al final resulta que Cornelia quiere seguir estudiando…
—¿Y por qué no? —preguntó Nellie, ahora algo rebelde.
La madre la miró.
—¡No seas ridícula! —dijo a su hija, para volver a dirigirse a su marido—. Ya lo ves. Según mi opinión, Cornelia tiene que dejar esa escuela cuando acabe el décimo curso. Pronto cumplirá dieciséis años y…
—Y definitivamente es demasiado joven para casarse —observó el padre de Nellie—. ¿Tendrá que estar remoloneando por aquí durante los próximos años? ¿O poniendo de los nervios al doctor De Groot? Si no tiene nada que hacer, todavía se obsesionará más con sus animalitos. Me he dado cuenta de que vuelves a curar gatos callejeros y debo prohibírtelo una vez más. O salen del cobertizo esos bichos o se los lleva el desollador. Por muy loable que sea tu amor a los animales… Cuando estés casada, podrás tener tu perrito faldero, pero en la casa de un médico… Ya hace tiempo que sabemos que la higiene es muy importante en una consulta. Esos animaluchos no hacen más que traer gérmenes…
Nellie se mordió el labio inferior. También el doctor De Groot era muy escrupuloso en cuanto a la limpieza de su consulta y ella había aprendido a serlo siguiendo su ejemplo. Seguro que sus protegidos no iban a infectar a nada ni a nadie. Pero en ese punto su padre no daría el brazo a torcer.
—Sí, papá —dijo dócilmente para no irritarlo más. A fin de cuentas, parecía estar de su parte en lo referente a la escuela.
Sin embargo, tal suposición enseguida demostró ser errónea.
—¿Y qué tal una buena escuela de economía doméstica? —preguntó su padre—. Nellie carece precisamente de los conocimientos básicos para administrar una casa. Tampoco cocina bien… al menos hace poco, cuando llegué a casa, olía a marmita de brujas. Y Elfriede me dijo que había cocinado Nellie.
Elfriede era la sirvienta de la casa de los Van der Heyden.
—Había estado preparando ungüento de caléndula —explicó Nellie—. Con grasa de cerdo como base. Claro que no huele bien, pero así se consigue un remedio muy económico para las heridas, y…
—Ya estamos otra vez con esos bicharracos sarnosos —confirmó el doctor Van der Heyden—. Esto tiene que parar, Josefine. Hay que animar a Nellie a que se dedique a actividades más convenientes. ¿Hay alguna escuela de economía doméstica en Cortrique?
A Nellie el mundo se le cayó encima. Todos sus planes, al menos el de acabar el bachillerato, parecían haberse venido abajo. Por otra parte, no sabía de ningún instituto que se ajustara a los deseos de su padre, lo que su madre confirmó al instante.
—Habría de ser un internado —señaló reflexiva mevrouw Van der Heyden.
En un principio, no se diría que estuviera rechazando la propuesta de su marido. La misma Josefine van der Heyden había estudiado en una escuela para señoritas orientada a la economía doméstica en los Países Bajos, donde había crecido. Todavía hoy ponía por las nubes la maravillosa época que había pasado en la St. Elisabeth School de Utrecht.
¿Utrecht? En Nellie germinó una idea. Phipps acabaría el bachillerato en primavera y luego estudiaría veterinaria. Él también asistiría a la Universidad de Utrecht, como había hecho su padre.
—¿No puedo ir yo a la St. Elisabeth School? —preguntó Nellie, insuflando entusiasmo a su voz—. ¿A donde tú fuiste, mamá? —Se forzó por dar una expresión ilusionada a su rostro—. Siempre hablas de lo bien que te lo pasaste con las otras chicas. Y allí hasta se puede obtener el título de bachillerato.
—De bachillerato «de pudin» —Se cuidó de precisar el padre de Nellie, utilizando el nombre con que se conocía el título del bachillerato femenino que había obtenido su esposa en el pensionado.
Mevrouw van der Heyden se frotó la frente. Parecía tener sentimientos encontrados.
—No sé, Cornelia… Claro que la St. Elisabeth es una escuela estupenda. Pero está tan lejos… —La ciudad de los Países Bajos estaba a más de doscientos cincuenta kilómetros de distancia—. No podrás venir a casa los fines de semana…
—Mejor —observó el padre de Nellie—. Así tendrá que reunirse con otras alumnas. Durante los fines de semana la animarán a realizar actividades femeninas y seguro que no le permiten montar medio zoo.
—¿Lo que pides no tendrá nada que ver con que Philipp de Groot vaya a estudiar a Utrecht? —inquirió su madre.
Nellie puso cara de inocente.
—¿Phipps? —preguntó—. Pero si no lo veo… —De hecho, últimamente se había encontrado pocas veces con él. Su amigo tenía mucho trabajo en la escuela. Le costaba estudiar más que a ella y si quería obtener una buena nota final de bachillerato tenía que esforzarse. Así que pasaba el poco tiempo libre que tenía con su violín, como era habitual en la cuadra, mientras Nellie salía a pasear con su poni. Los padres de la muchacha lo ignoraban—. ¡Y, de todos modos, cuando él vaya a la universidad, no querrá saber nada de mí! Seguro que ya no querrá tratar con una pobre interna…
Mevrouw van der Heyden la miró escéptica. Tenía sus dudas. A fin de cuentas, ella había conocido a su marido cuando él estudiaba en la Universidad de Utrecht. Pero era mucho mayor que Phipps y solo asistió un semestre como estudiante extranjero en los Países Bajos. Disponía entonces de más tiempo para actividades sociales del que solía tener un estudiante de primer curso y ella ya no iba más a la escuela, sino que trabajaban en una organización benéfica. Los habían presentado en un baile para ayudar a los pobres y luego la relación habían seguido su curso.
Su padre no parecía albergar ningún recelo con respecto al vínculo de Nellie con su amigo.
—Philipp la vigilará durante el viaje—indicó tranquilo.
La madre lo miró desconfiada.
—¿No estarás dando tu visto bueno? —dijo de mala gana—. Esta…, esta amistad…
El doctor Van der Heyden levantó los ojos al cielo.
—Josefine, los dos están juntos desde que eran niños. No puedo ver en un viaje en tren ningún peligro mayor al de que él la ayudara aquí a construir una trampa para ese gato sarnoso y callejero que ahora está en el cobertizo de nuestro jardín. No veo ninguna…, mmm…, complicación romántica. Enfrentémonos a los hechos: al chico le esperan cuatro años de carrera. Durante esos años ni pensar en un casamiento. Para entonces tú ya habrás encontrado otro marido para Cornelia. Si esto no es así, y ambos todavía se sienten atraídos el uno por el otro, ella se convertirá en esposa de veterinario. El doctor De Groot se gana bien la vida y ella siente debilidad por los animaluchos.
Josefine van der Heyden hizo una mueca. Pensaba en otro partido totalmente distinto para su única hija. Pero como siempre, acabó dándole la razón a su marido.
—Entonces, mañana mismo escribiré a Utrecht —dijo, aunque un poco a regañadientes—. Vamos a ver si mevrouw Verhoeven tiene una plaza para ella.
Mevrouw Verhoeven era la fundadora y directora de la escuela y, según contaba Josefine, una mujer sumamente severa. Pese a ello, Nellie era optimista. De algún modo conseguiría reunirse con Phipps y hacer realidad el plan tramado durante años. Phipps tenía que compartir con ella el contenido de sus estudios. Ya estaba un paso más cerca de hacer realidad su sueño de convertirse en veterinaria.
Con un suspiro de alivio, Nellie se retiró al cobertizo y buscó a su último acogido, un perro negro de pelaje hirsuto. Lo había bañado y en ese momento comprobó que seguía temblando de frío.
—Lo siento de verdad —se disculpó, frotándolo de nuevo a fondo. Era un día húmedo y frío y a ella tampoco le habría gustado que la bañaran al aire libre—. Si por mí fuera, te llevaría a casa, así podrías secarte delante de la chimenea. Pero mi padre opina que contagias enfermedades… —Eso podría haber sido cierto antes del prolongado baño. El pelaje del perro, que vagabundeaba por Ledegem desde hacía unos días, estaba lleno de pulgas y también parecía tener sarna. Nellie había tenido que tratarlo contra todo eso antes de dejarlo dormir en el cobertizo del jardín. Lo mejor para ello era un baño con un champú antiparasitario. La muchacha abrigó a su protegido y le dirigió unas animosas palabras—. Enseguida estarás más calentito —le prometió.
Eso no pareció convencer demasiado al perro. Aulló cuando ella se separó de él para acariciar a sus otros dos acogidos. El gato rojo Joppe solo tenía un ojo y de momento también mostraba una herida en la pata, y había encontrado a la esquelética gata callejera en la estación de trenes, sangrando y sin cola. Posiblemente había sido víctima de un maltratador, pues había huido, presa del pánico, de Nellie. A esas alturas ya le permitía que le curase las heridas.
—¿Qué voy a hacer si mi padre insiste en serio en que dejemos el cobertizo? —Nellie suspiró.
Qué complicada era la vida. Pero ella nunca se rendiría.
—Todavía no sé cómo irá todo esto —musitó Phipps, malhumorado.
Estaba con Nellie en el tren rumbo a Utrecht y ella le había obligado una vez más a jurarle que la dejaría estudiar con él.
—Para eso tenemos que vernos regularmente al menos una vez a la semana. No puedes asistir a clase, solo leer mis apuntes, y estos se suelen hacer solo con palabras clave.
—Entonces repasas conmigo las palabras clave y así repites otra vez lo que has aprendido —le explicó Nellie por enésima vez—. Eso no te hará ningún daño. Además hay libros…
Estaba nerviosa. Había pasado un periodo agotador y le habría gustado relajarse y descansar un poco antes de enfrentarse a los desafíos de la St. Elisabeth School para señoritas. Ya no quería dar más vueltas a los reparos de Phipps. A fin de cuentas, ya había mantenido suficientes conversaciones que habían exigido el máximo de sus artes de persuasión. No había sido nada sencillo encontrar a personas que estuvieran dispuestas a cuidar de sus adoptados, aunque ahora todos tenían buen aspecto y eran dóciles. ¿Quién quería un gato tuerto y una gata sin cola? El más sencillo de colocar había sido el perro, que ahora ya no tenía el pelaje erizado, sino brillante, e incluso podía servir de perro guardián. Al final les había encontrado un hogar a todos y podría sentirse tranquila si Phipps no estuviera estropeando sus planes.
—No podrás salir fácilmente —siguió diciendo Phipps—. Las monjas vigilan a sus alumnas…
—No son monjas —indicó Nellie—. La St. Elisabeth es una escuela privada seglar. Pero tienes razón. Todavía no sé cómo saldré de allí. Aunque ya se me ocurrirá algo. Seguro. —Phipps asintió afligido. La verdad era que no lo ponía en duda. Desde que la conocía siempre se le había ocurrido alguna idea—. Solo tienes que darme tu dirección. —Nellie buscó un bloc.
—¿Para qué? Mevrouw De Winter no permite visitas femeninas.
El padre de Phipps había alquilado a su hijo una habitación en casa de una viuda que alojaba a estudiantes y que seguramente se cuidaba tan rigurosamente de la virtud de los jóvenes como mevrouw Verhoeven de la de las chicas del internado.
—Para que te encuentre cuando sepa cómo seguir adelante —le replicó Nellie—. Venga, Phipps, no seas tan corto de entendederas. Ya sé que estás de mal humor y que no tienes ningunas ganas de estudiar y todo eso. Ya sé que te gustaría tocar delante de los profesores del conservatorio y ser violinista. Pero quizá habría sido mejor que se lo hubieses repetido una y otra vez a tu padre en lugar de a mí. Entonces es posible que hubiese cedido y que te hubiera dejado al menos intentarlo. Yo en tu lugar todavía lo intentaría ahora. Una audición no cuesta nada y al menos sabrías qué opinan los demás de tu forma de tocar el violín.
—Seguro que no toco tan bien como podría… —Phipps suspiró.
En eso Nellie no podía contradecirle. Teniendo en cuenta que Phipps lo había aprendido prácticamente todo él solo, tocaba como un virtuoso. Pero otros estudiantes seguramente asistían a clases de música desde niños.
—De todos modos, lo podrías probar —insistió Nellie—. Tanto da: solo porque tus sueños no se hacen realidad, yo no tengo que renunciar a aprender lo que realmente quiero. Así que déjate de tonterías, domínate y ayúdame. A lo mejor yo también puedo echarte una mano en algún momento. Solo tenemos que tratar de sacar lo mejor de Utrecht.
La opinión de Phipps con respecto a la St. Elisabeth School había sido acertada. Mevrouw Verhoeven tomaba bajo sus alas a sus pupilas en cuanto llegaban a Utrecht. Ya en el andén de la estación, estaba esperando a Nellie una joven que se presentó como Doortje, una alumna del último curso y, por lo visto, lo suficiente de fiar para confiarle las nuevas alumnas. Doortje tenía dieciocho años y ya estaba prometida, según le comunicó a Nellie en el trayecto a la escuela, que realizaron en el carruaje cerrado del pensionado. La joven de cabello moreno contó maravillas del instituto de enseñanza y de su futuro esposo. Era notario y un día ella se encargaría de administrar una gran casa, le confesó con orgullo a Nellie. Y después de sus estudios en la St. Elisabeth School, se sentía totalmente preparada para ello.
La escuela se encontraba en la periferia de Utrecht, en una gran y elegante mansión. Doortje calificó el edificio de clasicista y también le contó algo de su historia. Nellie se fijó sobre todo en la alta tapia que rodeaba el pequeño jardín. Seguro que habría algún sitio que no se podía controlar desde la casa, pero la tapia provista de puntas seguramente no se lograría superar trepando por ella. Además, echarían en falta a Nellie si desaparecía un par de horas durante el día. Necesitaría un pretexto que le permitiera dejar la escuela de forma totalmente reglamentaria por la puerta principal.
Doortje acompañó a Nellie hasta el despacho de la directora y mevrouw Verhoeven dio personalmente la bienvenida a su nueva alumna. La directora de la escuela era una mujer alta y delgada vestida de negro y con unos rasgos faciales duros. Nellie recordó que era viuda. Llevaba el pelo peinado hacia atrás, tirante y recogido en un moño. No obstante, dedicó una sonrisa contenida al saludar a la recién llegada.
—Todavía recuerdo con agrado a tu querida madre —dijo a Nellie tras unas palabras de recibimiento—. Josefine era una de mis alumnas favoritas. Espero que tú la emules. Hasta ahora tus notas… —Echó un vistazo al certificado que la madre de Nellie le había enviado y que ya estaba en una carpeta—, señalan que eres una joven realmente despierta… —Nellie se preguntó en qué sentido lo decía—. No obstante, todavía quedan algunas lagunas en tu formación, como me comunicó tu querida madre. Tú… ¿no tocas ningún instrumento?
Nellie negó con la cabeza. En el salón de los Van der Heyden había un piano, pero su madre solo tocaba muy de vez en cuando… y bastante mal en opinión de Nellie. Nadie en su familia estaba especialmente dotado para la música. En cualquier caso, Phipps se horrorizaba siempre que alguien pulsaba las teclas del instrumento. Según su parecer estaba totalmente desafinado, lo que la madre de Nellie jamás había advertido.
—Es una verdadera lástima, Cornelia. Aquí intentamos fomentar los intereses artísticos de nuestras pupilas. Es bonito que por las tardes una esposa haga las delicias de su marido con una pequeña melodía o deleite a sus invitados con una canción.
Volvió a mirar las notas de Nellie. Junto a la de costura, también la de la asignatura de canto era más bien mediocre.
De repente a Nellie se le ocurrió una idea.
—Me gustaría mucho aprender —dijo—. Bueno, piano… o violín… ¿Lo enseñan aquí?
La directora asintió.
—No sé qué pensará mevrouw Van Doorn sobre que comiences con las clases como principiante. La mayoría de las chicas de tu edad ya dominan sus instrumentos bastante bien. Tenemos incluso una pequeña orquesta… Pero ya encontraremos una solución. Ahora te daré el horario de clases y la gobernanta te conducirá a tu habitación. ¿Sabes quién era Anthonis van Dyck?
—Un pintor —respondió Nellie.
Eso al menos lo había oído alguna vez, aunque no habría sabido señalar ninguna obra suya.
Mevrouw Verhoeven asintió complacida.
—Un representante del barroco flamenco, compañero de Peter Paul Rubens. Me alegro de que te intereses por la historia del arte, Cornelia. Ahora puedes marcharte. Seguro que tus compañeras de habitación quieren conocerte. Nore y Elsa están con nosotros desde primero y te ayudarán a familiarizarte con la escuela.
Nellie hizo una reverencia formal, salió de la habitación y justo a continuación la recibió la gobernanta. Ahí no dejaban a las chicas a solas. Nellie siguió a la rolliza y amable mujer a través de pasillos oscuros en cuyas paredes colgaban cuadros igual de lúgubres. Mevrouw Bakker la informó mientras tanto de las normas internas: estaban prohibidos los gritos, hablar fuerte y correr por los pasillos, al igual que comer en la habitación. Las comidas eran abundantes, le explicó a Nellie, y además saludables. No estaba bien visto que las alumnas introdujeran golosinas a escondidas. La escuela ponía mucha atención en que las alumnas llevaran una vida sana, así que cada día empezaba con gimnasia para fortalecer el cuerpo, y un paseo por el jardín para moverse al aire libre era parte de la rutina diaria.
—Es muy importante para nosotros que de aquí salgan mujeres mental y físicamente maduras y sanas —declaró mevrouw Bakker.
Al recibir tal información, Nellie solo podía pensar en yeguas de cría. Una crianza adecuada en la manada, con un buen forraje y ejercicio regular y ligero que hacían factible una buena absorción de nutrientes y el parto de potros sanos. Aunque la imagen general era frustrante, casi se echó a reír.
La habitación a la que la condujo la gobernanta era, por fortuna, más luminosa que el pasillo. Contaba con unos grandes ventanales y las paredes estaban adornadas con reproducciones de los cuadros más importantes de Van Dyck. Nellie se fijó en el retrato de un joven rubio con el pelo ondulado, así como en el de una mujer vestida de rojo con un niño.
Por lo demás, había tres camas en la habitación, tres escritorios, mesillas de noche y un gran armario ropero. Dos chicas de la edad de Nellie ya estaban allí, ordenando sus cosas, lo que hacían de forma reflexiva y con mucho esmero. Ella hubiese dejado sus pertenencias lo antes posible en cualquier lugar y hubiese esperado a que Elfriede las ordenara, así que encontró la dedicación de sus compañeras digna de admiración. No obstante, se percató de que no le sería fácil emularlas.
La gobernanta presentó a las chicas como Nore y Elsa, pero a Nellie le resultó difícil diferenciarlas. Las dos eran rubias y de ojos azules, y lucían unos peinados muy elaborados en forma de trenzados. Contemplaron con desagrado la cola de caballo de Nellie. Esta se preguntó si peinarse formaba parte del plan de estudios, y echó un vistazo al horario de clases que mevrouw Verhoeven le había dado. Era totalmente distinto al de su anterior escuela. Corte y confección, historia del arte, dibujo e incluso un curso de cocina formaban parte de las asignaturas. Francés y neerlandés no podían faltar, por supuesto, y la música ocupaba un gran espacio. Biología, física y química estaban reunidas bajo el nombre de ciencias naturales. Nellie suspiró. Al menos no necesitaría mucho tiempo para estudiar. Podría ocuparse a fondo de su auténtica carrera si encontraba la forma de reunirse con Phipps.
—¿Qué se hace en las tardes libres? —preguntó a Nore, que le había asignado una cama junto a la ventana.
La chica se encogió de hombros.
—Nos dedicamos a nuestras labores o vamos a clase de música… Un par de chicas que provienen de fincas tiene clases de equitación.
—¿Hay caballos aquí? —se sorprendió Nellie.
Nore hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No, las chicas se van a una hípica en algún lugar de la ciudad —informó.
—Así que… ¿se puede salir de la escuela? —Nellie albergó una chispa de esperanza.
Nore asintió.
—Solo por una buena razón, claro —precisó después—. No puedes ir a pasear por la ciudad por tu cuenta y riesgo. Pero si la directora te permite tomar clases fuera o visitar a familiares…
Nellie pensó unos instantes. Sus abuelos todavía vivían en Utrecht y ella podía pasar uno de cada dos fines de semana con ellos. ¿Podría poner como pretexto que quería verlos también dos veces a la semana? No sonaba demasiado creíble, sobre todo si no aparecía por su casa.
Pero luego volvió a pensar en el asunto del piano. Se propuso hablar con la directora a la mañana siguiente.
Después de meditarlo, Nellie pospuso su iniciativa para la semana siguiente. Seguro que sería más sensato y creíble si antes observaba cómo funcionaba la escuela y se adaptaba. Así que primero siguió a Nore y Elsa, que eran amigas íntimas desde hacía años y mostraban poco interés por la nueva, al comedor, donde se sirvió una contundente comida casera. Entretanto una alumna leía en voz alta una novela epistolar de Aagje Deken y las otras tenían que escucharla en silencio. En cada una de las largas mesas estaba sentada una profesora que corregía cualquier ausencia de buenos modales durante la comida.
Nellie lo encontró todo bastante tristón, pero se animó después de la cena, cuando dispusieron de un tiempo libre y las chicas se pusieron a hablar alegremente entre sí mientras jugaban a juegos de sociedad o se enfrascaban en sus labores. Algunas se sumieron en la lectura de libros. Para su tranquilidad, Nellie pensó que nadie advertiría que escondía un libro de veterinaria bajo la cubierta de una novela costumbrista.
En los días que siguieron, leyó poemas en francés y se esforzó por conversar sobre la obra de Willem Kloos. Intentó sumergirse como era debido en las obras del artista Caspar David Friedrich y aprendió en la clase de Economía Doméstica cómo hacer caramelo para confeccionar repostería y cómo dar color a las salsas con colorante. Nadie mencionó la base química de tal producto, aunque a Nellie le interesaba más que su empleo. En Música tuvo que hacer una prueba de canto y se le adjudicó la segunda voz en el coro. La profesora encontró lamentable que hasta entonces no hubiese tocado ningún instrumento. Al final, llegó la primera tarde libre, que ella pasó aburrida bordando. Ya se había decidido. En cuanto se le presentara la primera oportunidad iría a ver a la directora y le pediría que le permitiera estudiar piano y violín fuera de la escuela.
Mevrouw Verhoeven frunció el ceño.
—¿Dos instrumentos a la vez, hija mía? ¿No será un propósito demasiado… ambicioso?
Nellie se encogió de hombros.
—Es que no puedo decidirme —afirmó—. Los dos son tan bonitos…
En realidad, cuando Elsa se ejercitaba con el violín sonaba más bien como un gato maltratado y el modo de tocar el piano de Nore tampoco se diría propio de un virtuoso. Pero la directora asintió condescendiente.
—Tienes que ponerte al día —opinó—. Después ya veremos qué se puede hacer. Tus padres tienen que dar el visto bueno, por supuesto.
Nellie asintió. Las clases privadas sin duda se sumarían a la factura de sus padres. Pero no temía que su madre pusiera ninguna objeción. Seguro que Josefine van der Heyden ni se planteaba dar una respuesta negativa a mevrouw Verhoeven.
De hecho, la directora llamó a Nellie a los pocos días y le dio la dirección de su futuro maestro. Para su sorpresa, se trataba de un estudiante de música que vivía en una habitación alquilada de la casa de una tal mevrouw Smit-Visser.
—Mevrouw Smit-Visser trabajaba de profesora en nuestra escuela —explicó la directora—. Ahora mejora la pensión de su jubilación ofreciendo alojamiento a los alumnos del conservatorio y dándoles la posibilidad de enseñar a principiantes en su habitación. Así esos jóvenes se pueden pagar la carrera y están sumamente agradecidos a mevrouw Smit-Visser. Por supuesto, siempre se queda en casa cuando se imparten las lecciones. No fuera a ser que a los jóvenes se les ocurriera alguna insensatez…
Nellie asintió diligente, aunque tuvo que reprimir un suspiro. La presencia de la exprofesora le pondría las cosas más difíciles. Sin embargo, cuando se presentó a la primera clase —por primera vez sola—, confirmó que sus temores habían sido injustificados. Mevrouw Smit-Visser tenía buen oído y las notas que un principiante emitía, en especial en el violín, literalmente la torturaban. Así que siempre huía a los aposentos más alejados de su preciosa vivienda cuando Frederique Leclerc o Ulrich van Loon recibían a sus alumnos y alumnas. Mijnheer Frederique Leclerc fue nombrado responsable de Nellie, pues daba clases tanto de violín como de piano. A Nellie enseguida le cayó bien. Era bastante bajito y tenía el cabello oscuro, procedía de la parte francófona de Bélgica y hablaba neerlandés con un ligero acento. Se hacía llamar monsieur Frederique, aunque no era mucho mayor que Phipps, y saludó a Nellie con la sorprendente pregunta de qué era en realidad lo que la llevaba ahí.
—¿De verdad le interesa la música o se trata sobre todo de saltarse las desesperantes tardes del pensionado? —Le guiñó un ojo.
—Ni una cosa ni la otra —respondió Nellie y contó al joven sus intenciones.
—¿Debería entonces dar clases a su amigo en lugar de a usted? —preguntó extrañado—. Mientras usted…
—Mientras yo estudio veterinaria. Exacto —respondió Nellie—. Yo no molestaré. Me sentaré en un rincón y leeré o tomaré apuntes…
—Se ha marcado usted un objetivo ciertamente difícil… —observó el joven pianista poniendo los ojos en blanco—. Imagino que será difícil estudiar la carrera de medicina de segunda mano. ¿Y qué dice el…, hum…, afectado? ¿Se siente él al menos fascinado por la música?
Nellie le sonrió con aire travieso.
—A él no puede sucederle nada mejor —opinó—. Se quedará usted maravillado… Entonces, ¿nos vemos el jueves de la semana que viene?
—Por mí que no quede —contestó Frederique—. Con tal de cobrar, a mí me da igual a quién enseño.
Nellie esperó a pasar el siguiente fin de semana en casa de sus abuelos para escribir una carta a Phipps. No creía que en la St. Elisabeth School censurasen las cartas de las alumnas, pero prefería ir sobre seguro. Además, no tenía gran cosa que hacer en la residencia de los Van de Velde. Abel van de Velde había sido un médico bien considerado, pero hacía unos años que había vendido su consulta y vivía ahora como rentista, totalmente inmerso en unos libros que trataban de viajes a tierras lejanas. Sin embargo él nunca viajaba, los Van de Velde ni siquiera había ido a ver a su hija a Bélgica.
Su esposa Henriette, por el contrario, tenía una activa vida social. Era miembro de la junta directiva de diversas sociedades benéficas, así como de asociaciones para el fomento de las artes. En su agenda siempre había bailes, inauguraciones o conferencias, pero Henriette consideraba que Nellie era todavía demasiado joven para participar en tales eventos. En cambio, la animó a asistir a conciertos, representaciones teatrales y exposiciones de arte: una bien recibida alternativa a la vida en el internado. Su abuela se alegraba por anticipado de su compañía, ya que el abuelo acudía a regañadientes a tales actos. No obstante, Nellie también se entendía muy bien con él, sobre todo porque nunca lo molestaba y además mostraba interés por su biblioteca. Allí encontraba muchas obras sobre medicina que le serían útiles para sus estudios. Si bien en ese caso se trataba de medicina humana, Nellie estaba segura de que las personas y los animales no podían ser tan distintos.
Ahora se trataba de empezar de una vez los estudios universitarios. Escribió a Phipps una carta breve a través de la cual lo citaba en casa de mevrouw Smit-Visser el próximo jueves. «Tráete el violín y espera discretamente delante de la casa —le indicaba—. Yo llegaré en carruaje y el conductor seguro que tiene instrucciones de vigilarme hasta que entre. Después puedes llamar. Pregunta por mijnheer Frederique Lecrec».
Para su sorpresa, Nellie descubrió el jueves que su nuevo cómplice había planificado minuciosamente la misión clandestina. El mismo monsieur Frederique abrió la puerta a Phipps y había preparado un espacio donde Nellie pudiera trabajar escondida.
—Puede estudiar en mi habitación —explicó—. Así tendrá algo más de tranquilidad. Sobre todo, mevrouw Smit-Visser no la verá si algún día aparece. Aunque muy de vez en cuando, es algo que puede suceder. ¿Dónde está su futuro director de tesis? —preguntó con una sonrisa irónica.
En ese mismo instante sonó la campanilla de la puerta y, en efecto, Phipps estaba con el estuche de su violín y una cartera delante de la puerta. Frederique lo condujo al salón y Nellie lo miró resplandeciente.
—¿A que ha funcionado de maravilla? —preguntó eufórica—. Cuéntame deprisa cómo te va y cómo han sido las primeras clases. ¿Has tomado apuntes?
Phipps parecía algo abrumado, pero le informó de que su alojamiento estaba en orden, los compañeros eran amables y los estudios exigentes. Tenía que concentrarse para enterarse de todo. Además, al principio no se trataba en absoluto de animales, sino de física y química.
—Algo que en realidad no necesitas —afirmó.
Nellie lo fulminó con la mirada.
—Si no lo necesitara, tampoco tendrías que estudiarlo, ¿verdad? Son conocimientos básicos. Así que déjame ver…
Esperó impaciente a que Phipps sacara de la cartera una libreta en sucio con sus notas, así como los libros de texto correspondientes.
—¿Y qué voy a hacer yo mientras tanto? —preguntó el joven—. ¿Y dónde estamos, por cierto? Este edificio…, la casa…
—Es una escuela de música —intervino Frederique Leclerc—. Y yo soy el profesor. Mademoiselle Van der Heyden me comentó que le gustaría estudiar violín y piano.
Nellie sonrió.
—¡Sorpresa! —exclamó complacida—. Tal como te dije: tú me ayudas y yo te ayudo.
Phipps tragó saliva y lentamente empezó a comprender. Al final no cabía en sí de alegría.
—Entonces, desenfunde el instrumento —lo animó Frederique señalando el violín.
Poco después, fue él el sorprendido. Quedó totalmente fascinado por la forma de tocar de Phipps. Nellie se retiró para poder inclinarse con tranquilidad sobre sus libros e intentó reconstruir la primera lección de química tomando notas. Solo a medias, percibió que Phipps y Frederique se ponían a trabajar intensamente. Por lo visto, al joven músico le divertía enormemente pulir el modo de tocar de un talento natural.
Al terminar la hora, los tres estaban muy satisfechos.
—Pero nunca he tocado el piano —señaló Phipps ante de separarse—. En eso soy realmente un novato.
—Seguro que no por mucho tiempo —le dijo Frederique a modo de despedida.
A Phipps y a Nellie, el primer semestre en Utrecht les pasó volando. Ambos vivían para las horas que pasaban en la casa de mevrouw Smit-Visser. En unas pocas semanas, Phipps tocaba el piano mejor que Nore, la compañera de habitación de Nellie, después de varios años de estudio, y Nellie absorbía como una esponja los contenidos de las asignaturas previas a veterinaria. No tardaron en hacerse amigos de Frederique Leclerc y los tres se alegraron en secreto de ir superando los primeros obstáculos, como la visita de mevrouw Smit-Visser en la clase de violín de Phipps. La anciana dama había escuchado la virtuosa interpretación y quería ver quién era el alumno de Frederique que mostraba tal enorme talento. Escuchó pensativa mientras Nellie aguardaba muerta de miedo en la habitación de Frederique. Pero, naturalmente, no había razón para que mevrouw Smit-Visser inspeccionase el cuarto de su inquilino. Deshaciéndose en alabanzas, la señora dejó la habitación y Frederique pudo liberar a Nellie.
Sin embargo, el final del semestre se iba acercando y con él los exámenes. Nellie luchaba con la tarea de confeccionarse ella misma un delantal y Phipps con la física y la química. Ácidos, bases y su desarrollo en los tejidos orgánicos no eran lo suyo, simplemente.
—No suspendas —le advirtió Nellie, y canceló sin reparos una de sus preciadas horas de música para preguntarle la lección—. Ya sabes que solo voy a pasar dos años en Utrecht. Si tienes que repetir el seminario de química habremos arrojado la mitad por la ventana.
Sin embargo, la situación era más crítica para Nellie que para Phipps. En St. Elisabeth School se celebraba una fiesta de despedida y se esperaba que las estudiantes de música interpretaran una melodía.
—Al menos al piano —señaló la profesora cuando Nellie intentó convencerla de que ella todavía era incapaz de algo así—. El violín es difícil, lo entiendo. Pero una obra sencilla para piano…
Nellie apareció hecha un manojo de nervios en la clase de Frederique.
—Tienes que enseñarme una canción a toda prisa —le pidió—. La semana que viene tengo que tocar algo.
—Es imposible que lo consigas en una semana —le comunicó el estudiante—. ¡Por Dios, deberías haberlo previsto antes! Al menos habría podido enseñarte los conceptos básicos, pero en solo dos horas…
Nellie suspiró y meditó. Al final encontró la solución.
—Lo entiendo —dijo—. Entonces, cruza los dedos para que no me rompa de verdad algo cuando me caiga de la carroza delante de la escuela.
Nellie fingió de fábula que se había hecho daño en la mano y muy a pesar suyo se propuso que en el futuro tocaría al menos de vez en cuando un poco el piano. Simuló estar compungidísima cuando sus padres llegaron a la fiesta y ella no tuvo nada que exhibir que justificara las caras clases particulares. Pero los Van der Heyden se lo tomaron bien. La madre de Nellie estaba encantada de que la confección se le diera más o menos bien, pues a Nellie le gustaba más coser que bordar o hacer punto, y el padre estuvo satisfecho de que durante las vacaciones mostrara una conducta femenina. Dejó de cocinar ungüentos de caléndula y en su lugar preparó un pudin de caramelo. Y ya no se habló más de sus estudios universitarios.
También el padre de Phipps estaba complacido: su hijo había aprobado los primeros exámenes con suficiente.
—El semestre que viene se orienta más hacia la práctica y te lo pasarás mejor —esperó—. Mañana mismo puedes venir a ayudarme en la consulta, así ya te vas introduciendo en materia.
El doctor De Groot llevó a la práctica su advertencia e insistió en que Phipps estuviera presente en las horas de consulta. Como consecuencia, Phipps odió cada uno de los días de sus vacaciones, mientras que Nellie estaba verde de envidia. Los dos se alegraron cuando volvieron a subir al tren.
—Ahora nos toca estudiar anatomía —informó Phipps con cara de sufrimiento—. Y mi padre ya diseccionó ayer un perro conmigo. Odio andar recortando a esos animales muertos…
—No hay otra manera de hacerlo —señaló Nellie—. A fin de cuentas, no podemos practicar operaciones en animales vivos.
—¿A qué te refieres con eso de «podemos»? —preguntó Phipps—. No voy a llevarte animales muertos a casa de mevrouw Smit-Visser.
Nellie se echó a reír.
—El tiempo dirá —respondió con calma—. Yo tampoco es que me alegre mucho de la llegada del nuevo curso. Este trimestre que viene empezamos con bailes de sociedad. Nore y Elsa se mueren de impaciencia por comenzar, ya antes de las vacaciones no hablaban de otro tema. Y encima bailamos unas con otras, solo el último año de escuela se organiza una velada para tomar té y bailar con unos chicos previamente elegidos.
—Yo preferiría bailar que diseccionar bichos —gruñó Phipps
Nellie se encogió de hombros.
—Ya lo superaremos juntos.
Si bien en el siguiente semestre se enseñó anatomía, todavía no se practicaron disecciones, así que Nellie pudo seguir estudiando. El baile le gustó mucho, y además reveló tener cierto talento para el dibujo. Dibujar y pintar sustituían ese semestre la clase de historia del arte y Nellie lograba reproducir muy bien la realidad. Para el concierto de primavera practicó de mala gana un pequeño estudio al piano. Frederique y Phipps escuchaban horrorizados mientras ella se peleaba con el instrumento.
Al final pisó el escenario con el corazón en un puño y golpeó las teclas con obstinación. Los escasos aplausos que recibió a continuación le dieron la oportunidad de oír el comentario de su profesora de música.
—Para el tiempo que lleva con las clases, toca considerablemente mal —susurró mevrouw Van Doorn a mevrouw Verhoeven.
La directora se encogió de hombres.
—Algunas no tienen la capacidad —musitó—. En cambio, no se le da mal el dibujo, si he entendido bien a mevrouw De Haan.
En realidad, la profesora de arte se había quejado de Nellie. En lugar de retratos y flores había encontrado entre sus trabajos dibujos de anatomía. Nellie había copiado las ilustraciones del libro de Phipps y había tenido que justificarse al respecto cuando mevrouw De Haan la había descubierto.
En el cuarto semestre las cosas se pusieron realmente serias con la asignatura de anatomía. Los estudiantes pasaban varias horas a la semana en la sala de disecciones y Nellie se moría de envidia. Pese a ello, en el último curso de la St. Elisabeth School se disfrutaba de mayor libertad y las chicas podían salir solas de la escuela para hacer pequeñas compras. En su primera excursión, Nellie se encaminó a una tienda en el distrito universitario. Había estado ahorrando el dinero de bolsillo y adquirió con orgullo instrumental para operar y diseccionar.
—¿Un regalo para su hermano? —preguntó el vendedor—. ¿O tal vez para su futuro esposo?
Nellie se mordió la lengua. El hombre no parecía haber advertido lo estricta que había sido en la selección de los escalpelos y cuchillas y cuánto conocimiento de la materia había mostrado con ello. Para él resultaba inimaginable que una mujer adquiriese tales instrumentos para sí misma.
Por el contrario, el ferretero al que compró un par de trampas para ratas y ratones no se asombró. Al parecer se consideraba que las mujeres eran demasiado delicadas para ver sangre en perros y gatos. Por el contrario, se las creía capaces de aniquilar pequeños roedores.
A Nellie le dio pena la rata que cazó al día siguiente en la despensa de la cocina de la escuela, pero la envolvió con cuidado y se la llevó a la siguiente clase de música. Phipps y Nellie solían alargar últimamente las clases de piano y violín, aprovechaban que ella tenía más libertad para dar un paseo por el parque o estudiar juntos en un café.
De todos modos, para el asunto de la rata tendría que servir la habitación de Frederique en la casa de mevrouw Smit-Visser. Nellie se defendió contra sus protestas.
—Te aseguro que no mancharemos nada —aseguró—. Precisamente para eso he comprado una mesa plegable, y además la sangre deja de fluir cuando el corazón ya no palpita.
Frederique estaba a punto de echarse a reír.
—Phipps estará encantado —dijo—. Por cierto, ¿sabes que ha escrito una canción para ti? Pero no acaba de atreverse a interpretarla.
Nellie hizo un gesto de rechazo.
—Hace tiempo que la conozco. Phipps siempre dice que cada persona es para él una melodía. Y la mía ya me la tocó hace años.
—Entretanto la ha estado trabajando. Y no puedo negar que se te reconoce en ella.
Frederique se sentó al piano y tocó un fragmento. Era una melodía rápida y reivindicativa, vivaz y juguetona, y de ella parecían salir voces de animales y el golpeteo de unos cascos, poseía tanto humor como determinación. El final casi semejaba una marcha triunfal.
Nellie sonrió. Era evidente que Phipps creía en ella. No se interpondría en su camino si su formación avanzaba un paso más.
—El motivo de su muerte es seguro —dijo Nellie cuando desenvolvió la rata—. Traumatismo causado por un golpe en la región occipital. Esta noche ha caído en la trampa. Un cadáver fresco. Apenas huele. Tengo el escalpelo aquí. Así que pongamos manos a la obra…
A Phipps casi se le revolvió el estómago solo de ver la rata muerta. Pero, por supuesto, Nellie tenía razón. También se podían estudiar los órganos internos en un roedor. Indicó de mala gana cómo realizar el primer corte. Ella demostró ser más hábil que él y puso los ojos en blanco cuando él la elogió.
—Me he pasado dos años aprendiendo a cortar telas, además de a trinchar correctamente un asado y hacer graciosos ramilletes de rabanitos para adornar platos fríos. En un pensionado femenino se aprenden muchas cosas útiles. ¡Y espera a verme coser!
Nellie aprobó el «bachillerato de pudin» casi como de paso. Las materias que se enseñaban en la St. Elisabeth School eran limitadas y superó sin esfuerzo y con unas notas estupendas los exámenes de las pocas asignaturas de ciencias. Su obra maestra en corte y confección tuvo una buena recepción y a estas alturas, cuando se concentraba, hasta conseguía elaborar un menú realmente sabroso. Sin embargo, para llegar a ser una buena cocinera le faltaba paciencia, pero en el fondo eso tampoco era demasiado importante para las exalumnas de la escuela. La mayoría de ellas se casarían pronto con hombres ricos y dispondrían de un amplio servicio doméstico, y sobre todo, una cocinera.
Nellie contribuyó a la ceremonia de cierre con una obra al piano que interpretó espantosamente. Le dio una poco de vergüenza, pero su madre estuvo encantada, aunque su abuela puso una expresión contrariada. A diferencia de su hija, Henriette van de Velde sí tenía oído para la música.
—Para ser sincera… prefiero escuchar —confesó Nellie, cuando se reunió con su familia después de la celebración y les enseñó el título de bachillerato—. El concierto de piano al que asistimos hace poco, abuela, era maravilloso. En comparación, yo aporreo las teclas, por supuesto. —Esos días estaba nerviosa y deprimida, se rompía la cabeza pensando en cómo continuar a partir de ese momento. Tenía que quedarse junto a Phipps para poder seguir estudiando. La inspiración le llegó justo en el momento en que intentaba disculparse por su torpeza al tocar el piano—. Lo echaré todo mucho de menos —añadió con tristeza—. Las exposiciones, los conciertos… Me gustaba tanto acompañarte, abuela… Y justo ahora que empieza la temporada de los bailes…
Nellie acababa de cumplir los dieciocho años y Henriette van de Velde había mencionado que ahora ya podía ser presentada en sociedad.
Su madre suspiró.
—Sí, naturalmente, Ledegem no tiene nada que ofrecer en el ámbito cultural. Y Cortrique… Allí hay algo más de animación, pero es todo muy provinciano. No será fácil casar a Cornelia como corresponde a su nivel…
Nellie se esforzó por aparentar preocupación. Henriette van de Velde miró reflexiva a su hija, a su nieta y también a su marido, que parecía estar de nuevo flotando en esferas más elevadas y no advertir a quienes estaban con él. Cuando Nellie se fuese, debería volver a depender de su compañía si no quería asistir sola a los actos culturales.
—A lo mejor Cornelia podría quedarse un par de años más aquí —sugirió—. Para nosotros será un placer. Una muchacha tan agradable y discreta…
Nellie había pasado los fines de semana con los Van de Velde leyendo la mayor parte del tiempo. Textos de medicina escondidos bajo las cubiertas de libros de poemas o novelas costumbristas. Su abuelo nunca controlaba qué libros elegía. Naturalmente, no podía evitar tener que conversar con su abuela y sus frecuentes visitas, pero era algo que ahora dominaba perfectamente.
Josefine van der Heyden miró maravillada a su hija. «Discreta» era el último adjetivo que se le habría ocurrido utilizar para describirla, pero, por supuesto, asistir a la St. Elisabeth School había mejorado su comportamiento.
—Me gustaría asumir la tarea de presentar a Cornelia en sociedad —siguió diciendo Henriette—. De este modo le daríamos, por decirlo de algún modo…, el último retoque. Y si de paso encontramos a un candidato apropiado para pedir su mano…
A Nellie se le aceleró el corazón. Su abuela había reaccionado exactamente como ella quería. Ahora solo cabía esperar que sus padres estuvieran de acuerdo.
Josefine van der Heyden reflexionó.
—¿Tú qué opinas de esto? —preguntó a su marido, que estaba a su lado igual de ausente que su suegro.
El doctor Van der Heyden hizo un gesto de indiferencia.
—A Nellie no la perjudicará —observó. Era probable que pensara en la camada de gatitos que su hija había encontrado en las últimas vacaciones de verano y que había alimentado y cuidado en el cobertizo del jardín. Si bien consideraba que Nellie tenía ahora unos modales más femeninos, su comportamiento no le parecía en absoluto ejemplar—. Aunque, naturalmente, preferiría que se casara en Cortrique. Así los nietos estarían cerca.
Esto asombró a Nellie, que hasta ese momento no había percibido ningún especial interés de su padre hacia los niños.
—¡Volveré seguro! —se apresuró a afirmar—. Pero la temporada de bailes en Utrecht… Hace tanto que soñaba con ella… —Se esforzó por mostrar una expresión nostálgica, para lo que se limitó en pensar en los gatitos.
Su madre la miró satisfecha.
—En cualquier caso, podemos dejar que pase aquí el invierno —decidió—. Luego ya veremos qué hacemos.
Nellie suspiró aliviada. Al menos el siguiente semestre estaba garantizado.
Poco después de la fiesta de fin de curso —Nellie ya estaba instalada en casa de sus abuelos—, surgió una nueva amenaza para la continuación de sus estudios.
Había decidido concluir las clases de piano y violín al finalizar el periodo escolar.
—Esto no puede seguir —explicó a un abatido Phipps—. En el pensionado no notaron que casi nunca practicaba, pero mi abuela lo controlará. También se dará cuenta de que no tengo violín, hasta ahora solo he hablado de clases de piano. En cualquier caso, nos descubrirá, y eso no puede pasar, así de simple. Además, ahora podemos reunirnos en cualquier lugar. Seguro que salgo de casa con frecuencia. Solo para las pruebas de vestidos de la temporada de baile… Mi abuela está encargando montañas de ropa para todo tipo de ocasiones posibles.
Phipps lo entendió, mientras que para Frederique era inaceptable que no volvieran a tocar juntos. Aunque los dos podrían seguir viéndose en su tiempo libre, Phipps no progresaría así.
—Aunque, a decir verdad, ya te he enseñado todo lo que sé —confesó el joven intérprete—. Con el violín… No me gusta admitirlo, pero ahí eres mucho mejor que yo. Es una pena que no puedas estudiar música. Hay muchos veterinarios, pero músicos con tanto talento…
—Mi padre no me pagará clases de música —explicó Phipps por enésima vez, cerrando el estuche de su violín—. Enseguida me quedaría sin dinero. Y no me digas que puedo enseñar como tú. De ese modo nunca podría financiarme la carrera.
Con este último argumento le dio una idea a Frederique. En la última clase de piano de Nellie, comunicó a su amigo y alumno que había programado una audición para él en el conservatorio.
—El profesor Grimaldi te escuchará —explicó entusiasmado—. Y estoy seguro de que luego te concederán una beca. Ya he hablado también con mevrouw Smit-Visser. En cuanto quede una habitación libre (y por lo que sé, Ulrich tiene en invierno su primer contrato en Leipzig), puedes mudarte aquí y costear el alquiler con las clases de piano y violín. Si tardas un poco en tener ingresos, te dejará pagar más tarde. Te conoce y quiere fomentar tu talento. ¡Venga, Philipp, no hay peros que valgan! Tienes que hacerlo.
El joven se dejó convencer para intentarlo al menos con la audición mientras Nellie lo esperaba en la cafetería cerca del conservatorio. Cuando por fin salió, tenía unas manchas rojas en las mejillas y parecía emocionado, pero en absoluto contento.
—¿Qué ha pasado? ¿No le ha gustado? —preguntó Nellie asombrada, haciendo una señal al camarero para pedir un chocolate caliente para Phipps. Le encantaba. Además, obraba un efecto consolador.
—Al contrario —murmuró Phipps, sentándose a su lado—. Estaba… totalmente entusiasmado. En especial cuando se enteró de que solo he estudiado dos años. Pese a todo ha señalado un par de cosas sobre el modo de tocar y la posición del arco… Nellie, ¡ese hombre es un genio! Si pudiera seguir estudiando con él… —Sus ojos brillaban.
—Entonces, ¿vas a hacerlo? —preguntó Nellie.
Tenía sentimientos contradictorios. Por una parte, su amigo se lo merecía. Pero por otra, eso sería el final de sus propios sueños de futuro.
—No sé… —El rostro de Phipps se ensombreció de nuevo—. Es exponerse a un riesgo… tan grande… Significaría romper totalmente con mi familia. Me las tendría que apañar solo.
—Yo todavía estaré en Utrecht —intentó consolarlo Nellie, aunque ella ya no tendría ningún motivo para quedarse ahí si Phipps renunciaba a la carrera de veterinaria—. Y Frederique. Y seguro que harás más amigos.
Phipps tomó un sorbo de chocolate.
—Pero tendría que decírselo. A mi padre. Después de haberme pagado cuatro semestres… y de que en cierto modo me haya confiado… la consulta…
Nellie se encogió de hombros.
—Tú siempre le has dicho lo que de verdad anhelabas —observó—. Si no ha querido escucharte… A lo mejor lo convence el dictamen de ese profesor. Una beca en el conservatorio de Utrecht… es algo importante. Dejará de pensar que ser violinista no es más que una fantasía.
—¿Crees que debería hacerlo? —Phipps jugueteó con la galleta que se servía con el chocolate caliente.
Nellie suspiró.
—Phipps, no puedo aconsejarte. Tú mismo debes saber qué quieres y de qué te sientes capaz. Si yo estuviera en tu lugar… Ya sabes lo mucho que deseo estudiar veterinaria. Lo haría casi todo por lograrlo…
—Entonces, ¿es mejor que no lo haga? —preguntó Phipps—. Porque…, porque entonces tú perderías la oportunidad de estudiar lo que te gusta.
Nellie levantó la vista al cielo.
—Phipps, es tu vida. Tienes que decidir por ti mismo. En cuanto a mí, de todos modos es muy poco probable que logre trabajar de veterinaria algún día, así que no te preocupes.
Phipps mordisqueó la galleta.
—Bueno, pase lo que pase, ahora tengo que ir a casa —dijo. Las vacaciones estaban al caer—. Allí lo reflexionaré.
Nellie pasó todo el verano en vilo. Las numerosas exposiciones, conciertos y meriendas a las que la llevó su abuela no lograban distraer su mente, que no dejaba de pensar en qué decidiría Phipps. Sin embargo, su primera temporada transcurrió con éxito. En los distintos actos de beneficencia, los jóvenes oficiales, pasantes de abogados y asistentes médicos, que solían aparecer con sus padres, se pegaban por invitarla a beber y para conversar con ella de todas las naderías posibles. También le llovían los elogios, lo que a Nellie le parecía sorprendente.
En los últimos años, no se había roto la cabeza pensando en si era guapa o no. La cosmética no entraba en el plan de estudios de la St. Elisabeth School. Las profesoras intentaban inculcar a las chicas la idea de que un hombre valoraría en su futura esposa sobre todo su capacidad para llevar la economía doméstica y, en segundo término, sus facultades artísticas. Por supuesto, las chicas tenían más conocimientos. Pasaban mucho tiempo peinándose las unas a las otras y discutiendo sobre cuál de ellas tenía mejores perspectivas en el mercado matrimonial. Nellie nunca había participado en ello. Tenía cosas mejores en que ocuparse que en hacer trenzas a Nore o Elsa o entablar amistades más íntimas con otras chicas.
En su otra escuela había compartido más aficiones con las compañeras. El hecho de que tampoco en su infancia hubiese encontrado ninguna amiga íntima se debía sobre todo a que vivía tan lejos que era imposible reunirse con otras niñas por las tardes. Además, le bastaba la amistad con Phipps. El atractivo que pudieran tener él o ella para el sexo opuesto nunca había sido un tema de su interés. Para su sorpresa, Nellie debía admitir que los ojos de los hombres se iluminaban cuando ella entraba en el salón de baile con uno de los vestidos que su abuela le había escogido. Los hombres alababan sus cabellos cobrizos y sus bonitos ojos. Hasta entonces, ella siempre los había descrito de color castaño claro, pero ahora escuchaba que aparecían en ellos luces verdes cuando reía. A uno de los jóvenes pasantes, que por lo visto se sentía llamado a ser poeta, esa tonalidad le recordó el color de la terracota de las casas italianas: «Me parece estar viendo brillar el sol de Italia…», había afirmado el chico.
Los acercamientos de los oficiales eran más osados. A veces Nellie tenía que pararlos, discretamente pero con determinación, cuando, al bailar, sus manos descendían demasiado en dirección a la parte inferior de su espalda. Los nuevos vestidos acentuaban su silueta, sus pechos eran más generosos y las caderas más redondas, probablemente los pantalones de montar ya no le servirían. Pero seguía estando delgada y siendo flexible. Y seguro que no se había olvidado de montar a caballo. Esperaba que el doctor De Groot no hubiese vendido al poni Cees.
Por una parte, Henriette van de Velde observaba con satisfacción lo bien que se desenvolvía su nieta con los jóvenes y elogiaba, por otra parte, su discreción femenina. Nellie era amable con sus admiradores sin preferir a ninguno de ellos. Sus padres no tenían que preocuparse de que su hija se enamorase demasiado deprisa y se casara en Utrecht.
Las vacaciones de Phipps por fin terminaron y Nellie esperaba su regreso. Él había escrito un par de veces, pero no había mencionado la decisión que iba a tomar. Frederique Leclerc tampoco había recibido noticias suyas y poco a poco se le iba agotando la paciencia.
—Me arriesgué demasiado al recomendarlo —declaró cuando se encontró a Nellie en un baile, donde lo habían contratado como pianista. Últimamente se financiaba más con pequeñas actuaciones, sus estudios llegaban a su fin—. Y justo al profesor Grimaldi. La carrera de Philipp como violinista no tiene mucho de convencional. Que lograra una beca no era sencillo.
Nellie asintió. Le daba ánimos que Phipps tampoco se hubiese puesto en contacto con Frederique. Si la contestación hubiera sido positiva, se estarían haciendo preparativos.
Una semana antes del comienzo del nuevo semestre, Phipps la esperaba delante de la casa de los abuelos. Tuvo que aguardar con paciencia, pues no se habían citado. Cuando Nellie salió de la casa para ir a comprar y vio a su amigo, corrió alegre hacia él. El joven estaba pálido pese al frescor del verano.
—Phipps, ¿qué sucede?
Como siempre, Nellie no se anduvo con rodeos. Quería saber a qué atenerse, aunque ya sospechaba qué había decidido su amigo.
—¿Qué va a suceder? —preguntó Phipps. Tenía la voz apagada—. Ya estoy de nuevo aquí. Y si quieres, nos encontramos como en tu último día de curso en el Café Reimers. Martes o jueves.
Nellie lo escrutó con la mirada.
—Así que… ¿sigues? ¿Con veterinaria? ¿No lo has hablado con tu padre?
Phipps bajó la vista.
—Claro que lo he hablado con mi padre —dijo—. Cada día. Le… le he ayudado en la consulta. Este semestre trabajaremos en la clínica de animales pequeños. La experiencia me será útil allí…
Era como si estuviese repitiendo las palabras de su padre.
—¡Phipps! —Nellie habría querido zarandear a su amigo—. No me refiero a si has hablado con tu padre sobre cómo combatir las lombrices de los caballos. ¿Qué pasa con el violín? ¿Con tu beca?
Phipps se encogió de hombros.
—Seré veterinario —respondió resignado—. No consigo rebelarme. No…, no tengo tu valor.
Nellie se olvidó de toda decencia y abrazó a su amigo.
—Ay, Phipps.
Este hizo un gesto de rechazo.
—De todos modos, esto se va a poner más difícil —dijo cambiando de tema—. Con tus estudios. Empieza el semestre de prácticas.
Nellie sonrió.
—Entonces tendré que atrapar ratas vivas —dijo—. Y esperar que tengan alguna dolencia que podamos tratar. Después podrás especializarte en hurones.
Phipps intentó reír también.
—Lo conseguirás —murmuró—. Al menos uno de los dos lo conseguirá.
—¿Es que aquí solo hay asociaciones benéficas para seres humanos? —preguntó Nellie a su abuela. Henriette van de Velde estaba preparando un bazar para ayudar a los menesterosos a los que protegía una de sus asociaciones femeninas, y Nellie colaboraba arreglando las ropas donadas—. Me refiero a que en Gran Bretaña, por ejemplo, hay asociaciones protectoras de animales…
—Aquí también —contestó automáticamente su abuela, sorprendiéndola—. La Asociación Reina Sofía para la protección de animales. Hace mucho que existe, pero nunca me ha interesado. Por mis alergias, ya sabes.
Henriette afirmaba que tenía mucha alergia a los pelos de los perros y los gatos, algo que Nellie no se creía. Desde que vivía con sus abuelos, había vuelto a ocuparse de gatos y perros callejeros. También en la vivienda de Utrecht había un cobertizo en el jardín en el que hospedar a los animales. El jardín de los Van de Velde era mucho más pequeño que el de sus padres en Ledegem, pero tenía la ventaja de que sus abuelos no lo pisaban prácticamente nunca. Abel siempre había sido un hombre muy casero y Henriette disfrutaba de la vista desde su mirador. Le encantaban las flores de colores y por eso tenían a un jardinero que cada día iba dos horas para arreglar la propiedad. Por fortuna, a mijnheer Otto le gustaban los animales y no le molestaban los que Nellie adoptaba. De hecho, incluso parecía sentir simpatía por ellos. Así que Nellie no había de temer que la traicionase. No obstante, eso no evitaba que eventualmente apareciera en la casa con pelos de animal en el vestido. Si su abuela realmente fuera tan sensible a ellos, habría reaccionado con una erupción cutánea o con sofocos.
—Creo que incluso hablaban de un refugio de animales —siguió diciendo—. Deja que piense… Sí, en Abstederdijk.
Nellie la escuchaba esperanzada. Se diría que era una respuesta a sus oraciones. Pero por supuesto necesitaba el visto bueno de su abuela para incorporarse a esa asociación.
—¿Sería adecuado… que pasara por allí? —preguntó Nellie—. Me gustan los animales, sabes…
Henriette le lanzó una severa mirada.
—Ya me han hablado de eso —dijo—. De tu refugio para animales en el cobertizo del jardín… Tu madre estaba horrorizada. Espero que no tengas intención de abrir otro aquí.
—Claro que no, abuela —le aseguró Nellie, sin ni siquiera engañarla, ya que, a fin de cuentas, la apertura de su hogar para animales ya hacía tiempo que se había efectuado—. Pero a lo mejor podría participar de un modo conveniente en la Asociación Reina Sofía.
Henriette van de Velde se encogió de hombros.
—Pruébalo —animó a su nieta—. Pero, por favor, piensa en mi alergia. Nada de contacto directo con los animales…
Al día siguiente, Nellie se dirigió a Absterderdijk y buscó el Stichs Asyl voor Dieren. El refugio de animales se componía de un par de casitas y perreras frente a un bloque de viviendas y cerca del ferrocarril. Nellie oyó ladridos cuando la puerta se abrió. Un sendero llevaba a las perreras y a una casa con el rótulo RECEPCIÓN. No se veía a ninguna apersona, pero en la entidad tenía que haber actividad. El portal parecía asegurarse con un candado que ahora colgaba abierto de la cerca.
Mientras todavía estaba pensando a qué puerta llamar, un grito ensordecedor salió de la casa y un perro aulló como si le estuvieran arrancando la piel en vivo. Nellie no se lo pensó demasiado antes de entrar.
La recepción estaba compuesta por una habitación minúscula con un mostrador, tras el cual no había nadie en ese momento, listo para dar la bienvenida a las visitas. En las paredes colgaban dibujos de perros y gatos y en una estantería se alineaban unos archivadores. Había un paso a una especie de habitación para exámenes médicos de la que seguían saliendo los gritos de desesperación del perro. Cuando Nellie los siguió alarmada, vio al instante a su autor. Un cachorro blanco y negro empapado se quejaba a grito pelado de que una habilidosa rubia lo hubiese metido en una tina con agua y ahora lo estuviese enjabonando. Se defendía con todas sus fuerzas y, resbaladizo como estaba, casi se habría escapado si Nellie no lo hubiese cogido con determinación.
—¡Y ahora estate quieto, pequeñito! —dijo con decisión—. Y no armes tanto alboroto. Por Dios, con este griterío había pensado que te estaban torturando.
La mujer rubia se echó a reír. Tenía un rostro ancho y plano, y ojos azul claro. Protegía su modesto vestido de tarde azul con un delantal, aunque no estaba demasiado limpio. El cachorro ya debía de haberse resistido con vehemencia a que lo metiera en el agua.
—Y eso que solo quiero ayudarlo. Estaba sucio, apestaba y, sobre todo, parecía picarle por todas partes. Seguro que tiene pulgas porque no deja de rascarse. En cualquier caso, pensé que le gustaría bañarse. Es evidente que me equivoqué.
Nellie agarraba al perrito con firmeza mientras la mujer seguía enjabonándolo. Las dos necesitaban plena concentración. Solo cuando lo enjuagaron y dejaron libre, consiguieron volver a conversar.
—Bienvenida a Stichts Asyl voor Dieren —dijo su compañera, cuyo vestido estaba a esas alturas tan mojado como el pelaje del cachorro. Y lo mismo se podía decir del traje y la blusa de Nellie—. Me llamo Veronika Willems y dirijo el grupo local de la Asociación Reina Sofía. Somos una sociedad protectora de animales que…
—Lo sé —la interrumpió Nellie, mirando al perrito que se sacudía indignado el agua e intentaba al mismo tiempo aliviarse del picor que lo atormentaba. Se rascó con las patas y se lanzó al suelo con las extremidades separadas como una rana para restregar el vientre, como ejecutando una danza oriental. Era divertido verlo y las hizo reír a las dos cuando les dirigió una mirada que partía el corazón desde sus redondos ojos castaños. Sin lugar a dudas, el cachorro era una mezcla, pero gran parte de sus antepasados debían de haber sido collies.
—El baño no ha servido para gran cosa —comentó mevrouw Willems con un suspiro antes de que Nellie pudiera presentarse.
Esta movió la cabeza.
—No. Era imposible. El cachorro tiene sarna causada por ácaros. Un poco de agua y jabón no los mata, tenemos que recurrir a armas más potentes. ¿Dónde está la farmacia más cercana? —preguntó.
Mevrouw Willems la miró escrutadora.
—¿Sabe algo de perros? —preguntó.
—Un amigo mío estudia veterinaria —respondió Nellie—. Y yo… le pregunto la lección con frecuencia. Además, nuestro vecino tiene una consulta veterinaria…
—¿Sabe usted quizá por qué tiene hipo? Escuche, ahora vuele a tenerlo. —Veronika Willems señaló al cachorro, que empezaba a hipar.
Nellie cogió al perro y le hizo un breve examen.
—A ver, no parece tener muchos gases, pero está muy delgado y tiene el vientre hinchado. Eso indica que hay gusanos, lo que suele provocar hipo. También puede ser que haya comido y bebido demasiado deprisa y que se haya atragantado. En el caso de los cachorros suele ser algo inofensivo. Solo hay que desparasitarlo, cuanto antes mejor. Enseguida traeré un remedio. Solo tiene que indicarme dónde está la farmacia. Ah, y mi nombre es Cornelia van der Heyden, pero puede llamarme simplemente Nellie.
Veronika Willems le sonrió.
—Entonces, llámeme Veronika. ¡Bienvenida, Nellie! ¿Ha venido a ayudar?
Nellie asintió.
—Si es que tal vez me necesita…
Veronika suspiró.
—No se imagina cuánto…
Media hora más tarde, Nellie regresó de la farmacia y las dos aplicaron una loción contra los ácaros al cacharro, que protestó de nuevo. En cambio se tomó de buen grado el medicamento en polvo contra los gusanos con algo de paté de hígado.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó Nellie, después de volver a depositar a su paciente en el suelo, donde enseguida empezó a rascarse otra vez.
Veronika movió la cabeza.
—No les ponemos nombre —contestó—. Así no nos resulta tan difícil separarnos de ellos.
—Pero los perros podrían conservar el nombre cuando alguien los adoptara —observó Nellie—. Yo encontraría más bonito llamarlos por su nombre durante su estancia aquí.
Veronika suspiró.
—Ay, Nellie, no se quedan mucho tiempo. Cuando los traen, la mayoría de las veces los perreros o la policía, aunque a este lo han encontrado unos niños en una montaña de basura, tenemos dos semanas exactamente para encontrarles un propietario. En caso contrario los matan…
—¿Cómo? —exclamó Nellie horrorizada.
—Los matan. Acaban en el Departamento de Anatomía de la universidad. De ese modo tienen alguna utilidad… Lo que a nosotros no nos consuela, por supuesto. A mí me bastan dos semanas para acostumbrarme a un animal y a las otras mujeres les ocurre los mismo. Por eso nunca hay aquí muchas ayudantes. La mayoría de ellas se concentran en colocar a los perros, solo unas pocas quieren sacarlos de paseo o bañarlos y lavarlos. Así que cualquier mujer que quiera trabajar duro con nosotros es más que bien recibida. O cualquier hombre. No tenemos a ningún hombre en la asociación.
Nellie pensó en introducir enseguida algunos cambios. Pero en primer lugar aseguró a Veronika que iría a ayudarla de forma regular. El cachorro brincaba a su alrededor. No parecía ser rencoroso… o tal vez esperaba un poco más de paté.
—¡Flop! —exclamó Nellie riendo cuando el perrito mestizo aterrizó sobre las posaderas después de dar un atrevido salto—. Creo que te llamaré Flipflop.
—Cuando lo vengan a recoger dentro de dos semanas, se le desgarrará el corazón—le dijo Veronika.
Nellie negó con la cabeza.
—A este perro no lo toca nadie —afirmó.
Si bien no tenía ni idea de lo que iba a suceder a la larga con el pequeño, estaba decidida a cuidar de que no acabase en ninguna mesa de disección.
El rostro de Veronika reflejó su alegría.
—Entonces hemos podido colocar a uno —dijo contenta—. Nellie, es usted un regalo caído del cielo.
A partir de ese día, Nellie pasaba cada minuto que tenía libre en la sede de Abstederdijk. Limpiaba las perreras, jugaba con los perros y los gatos y los curaba cuando estaban enfermos. La mayoría de las veces los animales callejeros solían sufrir dolencias leves causadas por la desnutrición y el abandono. Cuando Nellie no sabía cómo avanzar, llamaba a Phipps. Desde que ella se había introducido en la protectora de animales, ya no se encontraban regularmente en el café. En lugar de ello, pedía a su amigo y veterinario en ciernes que la acompañase al albergue de animales y la ayudase en su tratamiento.
Hasta entonces, y para que no mataran al menos a los gatos, las mujeres los habían cuidado durante dos semanas y luego los habían vuelto a soltar. Como era natural, merodeaban luego junto al refugio, donde les daban de comer, pero la policía no tenía acceso a ellos. Nellie insistió en castrarlos antes de volver a dejarlos en la calle. Aprendió la técnica y de ese modo evitaba que los gatos se multiplicasen sin control.
Sin embargo, Veronika y sus compañeras de batalla no podían salvar a muchos perros. Normalmente, solo recogían a aquellos animales que se habían escapado y cuyos propietarios los encontraban en el refugio. Quien quería un perro faldero, uno guardián o uno de caza no iba allí a quedarse con un mestizo, sino que tenía dinero suficiente para adquirir un perro de raza.
Nellie se esforzaba por cambiar esta situación aprovechando los contactos que tenía entre los miembros de la alta sociedad gracias a sus abuelos. En especial cuando había que dar cachorros, hacía una ronda de visitas a las familias con hijos y se llevaba al perrito con ella. Los niños caían presa de sus gracias de inmediato y derramaban lágrimas cuando los padres decían que no estaban de acuerdo con quedárselo. Algunas de las madres cedían entonces; pero con este método Nellie ponía a prueba su popularidad. Para indignación de su abuela, cada vez la invitaban menos y las señoras ya no hablaban de sus encantos, sino de lo fastidiosa que era. A Nellie le daba igual. Prefería implicarse en el asilo para animales que ir a bailes o a reuniones de señoras; de todos modos, no pensaba permanecer por mucho tiempo en Utrecht.
Al invierno siguiente —Nellie pasó la segunda temporada de baile en casa de sus abuelos contrariamente al plan inicial de quedarse solo un par de meses—, Phipps empezó el semestre de exámenes. Nellie repasaba con él toda la materia de estudio cuando se encontraban. Además, había reunido valor y le había contado a Veronika Willems que estudiaba a escondidas. Ella se quedó impresionada y fue muy comprensiva y apartaba la vista cuando, a solas o en compañía de Phipps, Nellie diseccionaba o practicaba métodos quirúrgicos con los cadáveres de perros sacrificados.
A las dos semanas de su llegada al refugio, Flipflop, el pequeño mestizo de collie, se mudó al cobertizo de los Van de Velde. El jardinero encubrió la presencia prohibida del perro y Phipps calificó de loca a su amiga.
—Pero fíjate en lo estupendamente que está creciendo —replicó contenta Nellie cuando le presentó al perro.
Flipflop ya no se rascaba, había eliminado cantidades ingentes de gusanos y su pelaje empezaba a brillar. Era además afable, siempre estaba contento y no parecía llevar mal el hecho de tener que estar mucho tiempo solo en el cobertizo. Henriette van de Velde pensaba que era el perro del jardinero y toleraba de mala gana que retozara alrededor de mijnheer Otto cuando este trabajaba.
—¿Y qué vas a hacer con él cuando vuelvas a Ledegem? —preguntó Phipps.
Últimamente cada vez hablaban más del retorno a casa de sus padres. Era evidente que había decepcionado a Henriette van de Velde. Desde que trabajaba en el refugio de animales descuidaba sus obras benéficas, conciertos e inauguraciones en galerías. Solo en los bailes seguía brillando. Pero como no animaba a ninguno de sus admiradores, la vida de Henriette no se volvió más interesante.
—¡Te lo tendrás que quedar tú! —decidió Nellie—. Te lo regalo.
Los padres de Phipps no pondrían objeciones si llegaba con un perro. En casa del veterinario siempre había habido uno o dos perros.
—Sabía que volvería a caerme a mí el marrón —contestó teatralmente Phipps.
Nellie le sonrió.
—Le quitaré la costumbre de aullar cuando tocas el violín —prometió—. Seguro que no te molestará.