1

ADRIANA

¿Es el amor o la muerte lo que le da sentido a la vida? No tengo la respuesta, solo sé que llega un momento en el que te sientes más pérdida que nunca. No sé si todo el mundo experimenta esa sensación en algún momento de su vida, solo sé que para mí era algo completamente nuevo. Tres semanas atrás tenía una ilusión, sin embargo, con todo lo acontecido, la había perdido y no veía la forma de recuperarla.

Si le preguntas a alguien cuáles son los mejores recuerdos de su vida, probablemente te mencionará alguno de la infancia, para mí el mejor recuerdo de todos era aquella primera cita que tuvimos Álvaro y yo en Madrid, quizá porque nunca antes había tenido una cita tan perfecta, en realidad creo que no había tenido una cita como tal. Aquel día había sido feliz y nada ha podido empañar esa sensación tan placentera.

Durante todos estos años había conservado aquel recuerdo en una esfera de cristal, como esas bolas que tienen dentro una escena miniaturizada con agua y nieve y que cada vez que la sacudes las partículas blancas se agitan y la escena cobra vida hasta que poco a poco todo vuelve a su posición inicial. Sin embargo, nosotros jamás volveríamos a esa posición, porque ni él era ya el chico del cine ni yo la chica de las palomitas.

Nuestras vidas habían cambiado hasta el punto de convertirse en aquel caos en el que vivía presa. La noche del trágico accidente decidí echar a Álvaro de mi vida para siempre, estuve a punto de coger las maletas y volver a Madrid. Sabía que sería muy difícil seguir adelante en la escuela sin él y después de todo lo que había pasado. No estaba preparada para verlo en clase, en realidad no estaba preparada para verlo en ninguna parte. Nunca imaginé que sería tan difícil, quizá porque en esta ocasión, a diferencia de las anteriores, el punto y final había quedado bastante claro por ambas partes. Tenía que quitármelo de la cabeza, aquel no era el Álvaro del que un día me enamoré, ese no era el chico con el que había compartido conversaciones cinéfilas, el que me había contado sus sueños con ilusión, el que me había dicho que nunca se dejaría arrastrar por este mundo de fieras.

La elitista Escuela de Actores Carme Barrat ocupaba todos los titulares desde aquella noche, había sido el escándalo sobre el escándalo. Primero, los rumores de mi relación con Álvaro, luego el vídeo del padre de Georgina chantajeando a la directora y el último y más dolorosos de los escándalos: la trágica muerte de Georgina.

Todo aquello me superaba, el abuelo había insistido en que regresara a Madrid y me lo había planteado seriamente, porque no quería acabar como Georgina, pero precisamente ella era la que me mantenía allí. Lo que le sucedió no me dejaba dormir. Tenía que quedarme, al menos hasta que se resolviera todo.

Había quien hablaba de negligencia por parte de la escuela, otros decían que Georgina se había suicidado y otros aseguraban que había sido un desafortunado accidente. Las llamas del fuego que se inició en una de las plantas inferiores habían alcanzado una de las calderas y se había producido una importante explosión. La detonación había arrasado con todo, y eso había dificultado la recuperación del cuerpo de Georgina de entre los escombros. La policía seguía trabajando en el caso y de momento no se había pronunciado al respecto.

Yo sabía que Georgina no se había suicidado, pero no lo podía decir; ahora ya no... Tuve la oportunidad cuando la policía habló conmigo esa noche, pero les mentí y ya no había marcha atrás. Dije que no había podido llegar a la terraza por culpa del fuego. Es lo que tienen las mentiras, por pequeñas que sean, que pueden ayudarnos en un momento dado, pero si nos descubren corremos el peligro de perderlo todo, pues esa pequeña mentira siempre nos arrastra a otra que la sustente, y a otra, y a otra, como me pasó a mí. No tenía alternativa; la verdad me habría señalado para siempre.

Esa noche todo fue demasiado caótico. No pudimos regresar a nuestros dormitorios por si la explosión había afectado la estructura de todo el edificio. Así que nos alojaron en un hotel cercano, algunos alumnos regresaron a sus casas para no volver nunca más, otros, como Liam y yo, nos quedamos en el hotel sin saber qué hacer.

Tuvimos una gran discusión cuando nos vimos esa misma noche. Él había subido el vídeo del padre de Georgina chantajeando a Carme Barrat, él había matado a Georgina. No cruzamos palabra en los cuatro días que estuvimos en el hotel.

Álvaro me escribió un mensaje esa noche, uno frío y distante, de esos que envías por compromiso, porque una parte de ti te dice que es lo correcto. Se limitó a preguntarme si estaba bien y yo me limité a decirle que sí, aunque por supuesto mentía. No estaba bien. ¿Cómo iba a estarlo después de lo que había pasado? Pero me sentía traicionada por Álvaro —había roto una de las cosas que más cuesta construir en una relación y que más frágil es: la confianza— y fui incapaz de desahogarme con él.

Durante aquellos días y hasta que pudimos regresar a la residencia, Oliver fue un gran apoyo para mí. Trataba de distraerme, pero yo estaba muy afectada por todo lo sucedido.

Cuando volví a la residencia y me encontré de nuevo con Cristina di gracias a Dios por que ella no hubiese abandonado la escuela, pero me sorprendió que no estuviese afectada en absoluto por la muerte de Georgina... Sabía que nunca se habían llevado bien, que no se soportaban, pero, joder, era un ser humano.

No sabría decir qué hora era cuando mi teléfono comenzó a sonar, pero sabía que era de madrugada. Desde la noche de la explosión no podía dormir.

Me incorporé, alargué la mano y giré la pantalla de mi móvil. Comencé a temblar cuando vi su nombre. ¿Qué hacía llamándome a esas horas? ¿Para qué? No habíamos vuelto a hablar desde aquel mensaje después del caos.

—¿Quién te llama a estas horas? —preguntó Cristina desde su cama.

—Es mi abuelo... Salgo fuera para hablar con él. Tú sigue durmiendo —mentí.

—A ver si le ha pasado algo... Por mí, no hace falta que salgas. Habla con él sin problemas —insistió ella.

—No, no, tranquila, está bien. Es que quedó en llamarme a esta hora para que le ayude a activar la alarma del cine.

No sé en qué momento me había convertido en una experta mintiendo, pero lo había hecho.

—¿A las dos de la mañana? —preguntó incrédula.

—Ya ves a qué horas termina el pobre, entre que acaba la última sesión, la gente se va y lo limpia todo... —dije mientras abría la puerta de la habitación.

Tan pronto como salí al pasillo, respondí.

—¿Álvaro? ¿Estás bien?

Al otro lado solo escuché música.

—Álvaro...

—Me he bebido una botella de whisky...

—Pero si tú no bebes whisky.

—Es lo más fuerte para olvidar —dijo alargando algunas sílabas y parándose en otras.

Estaba borracho o drogado, o a saber qué... Suspiré pensando qué podía hacer.

—¿Qué quieres olvidar? —pregunté como una estúpida, como si todo por lo que estaba pasando no fuese suficiente para querer olvidar.

Eran unos momentos difíciles para la escuela de su madre; se hablaba de ella en todos los medios de comunicación. Todo se había suspendido, los ensayos, la obra...; todo menos las clases. Aunque Álvaro sí había dejado de dar su asignatura, supongo que para ayudar a su madre con todo lo que estaba pasando.

—A ti, pero no ha servido de nada —dijo con rabia.

El corazón se me detuvo unos segundos para luego comenzar a latir con más fuerza. No podía creer que con todo lo que estaba sucediendo en su vida, yo fuese la que ocupara sus pensamientos.

Se escuchó el sonido de un cristal romperse.

—¡Mierda! —se quejó.

—¿Estás bien? —pregunté preocupada.

—No, no lo estoy... No sé cómo gestionar todo esto. —Parecía sincero—. Todo está perdido... La escuela, la carrera de mi madre, puede que hasta la mía, y también te he perdido a ti... Nunca nadie me había echado así de su vida... ¿Quién va a rechazar a Álvaro Fons Barrat? —dijo burlándose de sí mismo.

Me estaba rompiendo el corazón escucharlo hablar así.

—¿Dónde estás? —dije al escuchar las risas de un grupo de personas.

Si alguien lo veía en esas condiciones y lo grababa, entonces sí que iba a ser el fin de su carrera. Porque hasta el momento la prensa no hablaba de él, la noticia de nuestra supuesta relación ya había quedado en el olvido. Sin ninguna foto, sin ningún testimonio, todo era un rumor que en esos momentos no le interesaba a nadie.

Me imaginé a algún fotógrafo haciéndole fotos en ese estado y vendiéndolas a todos los medios para ganarse el sueldo del mes.

—¿Ahora te preocupas por mí? ¡Qué tierno!

—Deja de hacer el idiota y dime dónde estás.

—¿Qué vas a hacer si no te lo digo?

—Pensé que eras más maduro, sigues siendo un niñato.

—Bien que te gustaba cómo te follaba este niñato.

—¿Para eso me llamas? ¿Para insultarme? ¡Vete a la mierda! —colgué de impotencia y me dispuse a regresar a la habitación. Pero al instante recibí un mensaje suyo.

Lo siento.

Lo odiaba, lo odiaba porque tenía razón, me gustaba cómo me lo hacía ese niñato. Estaba perdidamente enamorada de él y también me odiaba a mí misma por ello, porque todos mis intentos de salir entera de esa historia eran en vano. Sabía que tarde o temprano acabaría arrastrada por la corriente. Tenía que sacármelo de la cabeza antes de que aquella guerra me matase.

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2

ÁLVARO

Hay momentos que definen nuestra vida, nunca imaginé que aquella noche en Madrid, cuando le di aquel primer beso a Adriana, fuese uno de esos momentos. Me ha costado aceptarlo, pero ahora que estoy hundido en la más amarga de las miserias lo veo con claridad. El amor forma parte del ser humano, está en nosotros, solo que no somos conscientes de ello hasta que no le ponemos cara, cuerpo, voz y nombre. En mi caso, se llamaba Adriana, la chica de las palomitas. Había cambiado tanto desde entonces..., pero su esencia seguía ahí, al igual que su luz, y yo me moría por alcanzarla.

Había pasado ya un mes desde aquella fatídica noche de la explosión en la que hubo varios heridos y murió una alumna. Durante ese mes se habían tambaleado todos los cimientos de mi vida. Mi madre estaba desolada, la prensa se había cebado con ella, la policía había abierto una investigación contra la escuela por una posible negligencia. Estaban revisando al detalle toda la documentación de las obras, la señalización, el sistema antiincendios... Nos habían interrogado uno por uno a todos para averiguar quién estaba en la escuela en el momento en el que se produjo la explosión. Tuve que decirles que Adriana subió las escaleras del backstage que daban acceso a la terraza. Mucha gente la vio subir. No podía mentir; eso solo hubiera complicado más las cosas. Confié en que la policía no pensara que ella estaba involucrada en lo ocurrido. Todo era un caos y yo la necesitaba a ella más que a nadie. Necesitaba a Adriana mi lado, su apoyo, su calor, sus abrazos... Recuerdo haber cometido el error de llamarla una noche mientras estaba borracho, aunque no recuerdo qué le dije exactamente, solo que luego le envié un mensaje diciéndole que lo sentía, como si eso fuese a arreglar las cosas.

Sabía que tenía que ser más fuerte, estar ahí para mi madre, ser el hombre de la familia y afrontar todo lo que se nos venía encima. Esta vez no podía comportarme como un niño caprichoso, como hice cuando pasó lo de mi padre. Hay una parte de esa historia que no le conté a Adriana por vergüenza. En aquella ocasión, cuando el juez dictó sentencia y mi padre fue a prisión, comencé a beber, a salir de fiesta, a drogarme... Se suponía que había venido a Barcelona para ayudar a mi madre, y al final acabé convirtiéndome en una preocupación más para ella. No sé qué me llevó a comportarme así, pero aquello no podía repetirse, así que estaba intentando con todas mis fuerzas actuar como un hombre maduro.

Sin embargo, no fui capaz de seguir dando mi asignatura porque la cabeza no me daba para más. No tenía la fuerza ni la entereza necesarias para enfrentarme a una clase que acababa de perder a una compañera, sabiendo, además, que quien había provocado su muerte al proyectar aquel vídeo estaba en esa aula.

Cuatro días después de la explosión, un equipo de expertos determinó que no había daños en la estructura del edificio y que tanto la escuela como la residencia podían seguir abiertas. Aun así, se tenían que hacer obras de reforma importantes en el teatro. En su día había sido una iglesia y, como gran parte de la estructura estaba formada de madera, el fuego se había expandido demasiado rápido, causando graves destrozos, y el hecho de que la escuela estuviese en una de las estrechas calles del Barrio Gótico había retrasado la intervención de los bomberos.

Pese a que todas las clases, excepto la mía, continuaron con cierta normalidad, varios alumnos habían dejado la escuela. Sus padres ya no confiaban en nosotros. La gente quería saber qué había pasado con Georgina.

Al principio, su desaparición había sido toda una incógnita. Muchos albergábamos la esperanza de que estuviese viva entre los escombros o de que, tal como especulaban algunos alumnos, simplemente hubiese aprovechado el caos de la explosión para esconderse. Debía de estar avergonzada por lo sucedido. Pero esa esperanza se desvaneció cuando el laboratorio forense del Departamento de Justicia encargado del caso reveló los resultados de su investigación. Aquel informe lo cambiaba todo. Entre los escombros, los forenses habían encontrado restos de dientes y de ADN de Georgina Mas. Según dijeron, habría muerto en el acto debido a la fuerte explosión. La hipótesis era que Georgina habría subido a fumar a la terraza, que estaba en obras, y que al pisar una superficie no protegida, se abrió un socavón en el suelo y cayó al vacío. El cigarro fue lo que causó el incendio en la sala y las llamas alcanzaron una de las calderas provocando la terrible explosión.

El juez tenía que determinar la responsabilidad de la escuela en aquel accidente. Nuestros abogados habían aportado toda la documentación relativa a las obras e informado de que, pese a que no había una señalización específica, el alumnado, tal como ponía en las normas de la escuela, tenía totalmente prohibido subir a la terraza. Los alumnos podían estar en el patio, pero no en la terraza.

De la decisión del juez dependía que mi madre perdiera la escuela o no, pues si se probaba que tenía algún tipo de responsabilidad en lo que había sucedido, no podríamos afrontar las indemnizaciones y multas que ello acarrearía.

La muerte de aquella alumna nos había consternado a todos, pero a los que nos quedábamos en este mundo no nos quedaba más remedio que mirar hacia delante y luchar por nuestro futuro. Había demasiadas cosas en juego. Incluso con todas mis ilusiones hechas pedazos, tenía que seguir avanzando y mantenerme fuerte.

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3

ADRIANA

Salí del escenario y me perdí entre bastidores. Subí por aquella estructura de hierro oxidado que se tambaleaba hasta llegar a la terraza. Allí estaba ella, de pie sobre una de las pasarelas de madera que cubría la superficie y con esa sonrisa descarada que la caracterizaba. Me miró con superioridad, como si, pese a todo, me estuviera recordando que había sido ella la que había ganado una vez más. Un impulso me llevó a correr hacia ella y empujarla. Cayó al suelo, que del mismo impacto no tardó ni dos segundos en desplomarse. Georgina quedó sujeta a una de las tablas que conformaba la pasarela sobre la que yo estaba. Me pidió ayuda, pero no hice nada, solo esperé pacientemente hasta que sus fuerzas se debilitaron y cayó a una planta inferior que parecía estar abandonada. Su cuerpo yacía inmóvil en una pose ridícula.

Antes de ver cómo Georgina era devorada por las llamas, desperté bañada en sudor.

—¿Estás bien? —me preguntó Cristina.

—Sí, sí.

—Me has asustado con ese grito —se quejó levantándose de la cama.

—Lo siento.

—¿Otra vez una de esas pesadillas?

Asentí.

Había pasado poco más de un mes desde la muerte de Georgina y no lograba quitármela de la cabeza. Desde la explosión había soñado cada noche con ella. La veía esquelética, con su sonrisa malvada, esperándome en la terraza, soñaba que la empujaba al vacío, que le prendía fuego al edificio... Una y otra vez me despertaba angustiada, pensando que jamás me liberaría de aquella locura en la que me hallaba inmersa, que jamás podría quitarme la opresión que sentía en el pecho.

—¿Adriana? —Cristina me sacó de mis pensamientos—. Venga, vístete.

Se mostraba muy serena, pero sabía que estaba preocupada por mi estado.

Me sentía culpable de lo que le había sucedido a Georgina, era como si yo la hubiese llevado allí de algún modo. A veces la sentía cerca, recordándome lo miserable que era, recordándome que no había sido un accidente, como aseguraba el informe oficial de la policía. Tanto ella como yo sabíamos que la habían matado, pero ¿quién? Cuando esa noche llegué a la terraza ya era demasiado tarde, no pude hacer nada para salvarla, pese a que la escuché gritar pidiendo ayuda. Si tan solo hubiera llegado unos minutos antes... Alcancé a ver a una figura perderse entre las sombras. No había demasiada luz, así que no sabría decir si era una chica o un chico. Tampoco tuve mucho tiempo para reaccionar. Vi el móvil de Georgina en la pasarela de madera, sobre una de las tablas y me agaché a cogerlo. La pantalla aún permanecía desbloqueada, estaba escribiendo algo para publicarlo en Instagram, pero no había podido terminarlo. Lo leí detenidamente y me quedé en shock al ver que se trataba de una nota de suicidio. No parecía escrita por ella... En ese instante comprendí que había estado interpretando ser alguien que no era, y lo había hecho tan bien que nadie habíamos sospechado ni por una milésima de segundo todo lo que sufría en silencio. Justo cuando acabé de leer el pie de foto en el que había escrito aquella despedida, le entró un wasap. Pude ver que era de un tal Frank La Mansión, pero no tuve tiempo de leerlo porque un ruido en la planta de abajo me espantó. Vi una luz anaranjada procedente de aquel agujero que se había abierto en el suelo de la terraza, me asomé con cuidado y en la planta inferior, entre los escombros, yacía el cuerpo de Georgina con el rostro cubierto de sangre y a punto de ser devorado por las llamas. Grité y bajé corriendo por las escaleras para intentar sacarla de allí, pero cuando llegué a esa planta, me fue imposible entrar, el fuego lo estaba devorando todo.

Apareció Liam y me dijo que teníamos que salir del edificio inmediatamente. Si no llega a ser por él, la explosión que se produjo minutos después me habría matado. Todo sucedió tan rápido...

La policía comenzó a interrogar a todos los presentes. En mitad de aquel caos, me agobié. No supe qué hacer. Sabía que Georgina no se había suicidado porque nadie deja una nota de suicido inacabada. Además, había visto a alguien en la terraza, alguien que tal vez había empujado a Georgina, pero ¿cómo iba a probarlo?

Cuando uno de los policías me preguntó, simplemente dije que no había podido llegar a la terraza por culpa del fuego. ¿Qué otra cosa podía hacer? Era la única en la escena del crimen, tenía el móvil de Georgina y yo era su principal rival, ambas éramos candidatas a protagonizar la obra de la escuela, así que se me podía considerar como la persona que más se beneficiaba con su muerte. Y para colmo estaba aquella nota de suicidio que no había acabado de escribir... Estaba convencida de que todos pensarían que yo la había empujado. Tuve que mentir. Así todo sería más sencillo, nadie sospecharía de mí.

Cuando los interrogatorios terminaron, volví a mirar el móvil de Georgina. La pantalla ya se había bloqueado, así que no podía acceder a su contenido. Liam, que no me quitaba ojo de encima, reconoció de inmediato el móvil y cometí el error de contarle lo que había pasado. Me prometió que no diría nada si, a cambio, yo tampoco le decía a nadie que había sido él quien había proyectado el vídeo en el que se veía al padre de Georgina chantajeando a la directora.

No es que me pareciera un trato razonable, es que no tenía otra alternativa, si yo utilizaba esa información en su contra, él haría lo mismo con lo que acababa de contarle y ambos estaríamos perdidos.

¿Y si fue él quien empujó a Georgina?, ¿y si la persona a la que vi correr cuando llegué a la terraza era él? Igual que había sido capaz de proyectar ese vídeo en el teatro para perjudicarla, podría haberla empujado.

Por eso estaba allí cuando bajé las escaleras, ¿qué otra explicación había? No digo que la empujara intencionadamente, quizá discutieron y fue un accidente...

Aquello parecía un mal sueño, pero la pesadilla no había hecho más que comenzar.

—¿Vas a ir a clase o te vas a quedar ahí sentada? —dijo Cristina sacándome otra vez de mis pensamientos.

—Sí, sí... Ya voy. —Me levanté de la cama y traté de apartar los recuerdos de aquella noche de mi cabeza. Aquella en la que mi única opción fue mentir.

Desayunamos juntas. Yo una tostada; ella dos y un bol de cereales. Mis problemas con el apetito habían ido a peor, era como si se me hubiese cerrado el estómago y no me entrase nada. El pan de la tostada se me hacía una bola en la boca y me costaba la vida tragar.

Apenas nos dijimos nada. Cristina intentó entablar conversación, pero yo no tenía ganas de hablar.

Nos sentamos juntas en clase. Para distraerme, empecé a dibujar en una hoja mientras llegaba el profesor, pero al cabo de poco rato apareció Oliver.

—¿Cómo estás? —preguntó sentándose sobre mi mesa.

Aparté la hoja con los garabatos y mis dedos se tiñeron de tinta.

—Bien —dije sin mirarle mientras buscaba un pañuelo de papel para limpiarme.

Me froté con fuerza, pero la tinta no se iba.

—No lo parece. —Me agarró las manos para que parara. El pañuelo estaba todo roto.

Sin decir nada, me levanté y fui al baño para lavarme. Mientras lo hacía, rompí a llorar. Obviamente, no estaba bien, ¿cómo podía estarlo? Me miré en el espejo y me imaginé a Georgina recordándome que el papel de víctima ya no me pegaba. No soportaba aquella sensación de culpa, tenía que hacer algo, pero ¿qué? A esas alturas, ir a la policía y contarles la verdad no era una opción. El caso ya estaba cerrado. Habían concluido que todo había sido un trágico accidente. La reapertura del caso solo supondría más dolor para la familia de Georgina, más problemas para Álvaro y la escuela y, por supuesto, más problemas para mí: quedaría como una mentirosa y se me consideraría la principal sospechosa de su muerte.

Si algo había aprendido de Georgina, era que hay que mirar por una misma, que «en este mundo de fieras», como ella lo llamaba, no había compañerismo, ni amigos.

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4

LIAM

Georgina era perfecta. Había nacido con el don del buen gusto, y no solo en lo que a la moda se refiere. Siempre encontraba las palabras adecuadas para cada momento, sabía cómo comportarse, cómo mirar, cómo saludar y, sobre todo, cómo humillar... Ella me enseñó a detectar quién era rico de verdad y quién fingía serlo. Quizá por eso supe ocultar tan bien mis orígenes, incluso para ella, durante tanto tiempo, aunque a veces pienso que a ella nunca conseguí engañarla y que solo se hizo la tonta. Vete tú a saber... Siempre me decía: «Los nuevos ricos cuando van a un restaurante piden el vino más caro, mientras que los que de verdad entienden piden uno de su región y tienen en cuenta los años en barrica».

Desde la primera vez que la vi cuando llegué a esta escuela, supe que era una chica de la alta sociedad, que no le interesaba nadie más que no fuera ella misma y que era mala, la reina de las maldades. Lo curioso era que actuaba de un modo que te ganaba. Creo que en el fondo todas las chicas querían ser como ella, pero o bien no podían o bien no se atrevían. Era fuerte, independiente y muy segura de sí misma; por eso desde el primer momento quise ser su amigo. Aunque con el tiempo descubrí que había mucho de fachada en su forma de ser.

En todos aquellos meses aprendí mucho de ella, por eso hice lo que hice esa noche. Por venganza, porque ella misma me había dicho una vez: «El que la hace la paga. No puedes dejar que nadie te pise en este mundillo». Y ella no sería la excepción, sabía que había sido ella la que había publicado mi vídeo de OnlyFans; quería vengarme por ello y el día de la muestra, en el que se decidía quién sería la protagonista de la obra de la escuela, fue el momento y la oportunidad perfecta para devolvérsela. ¿Me arrepentía? Sinceramente, sí. Ahora que sabía la tragedia que ese vídeo había desencadenado, si pudiera retroceder en el tiempo, no volvería a hacer lo que hice. Yo solo quise humillarla delante de todos; ese era mi objetivo, nada más.

La recordaba con su melena larga y bien peinada y se me venía el mundo encima. Había pasado poco más de un mes y la policía ya había cerrado el caso, tras concluir que todo había sido un fatal accidente. Pero yo sabía que eso no era cierto. Adriana había mentido y comenzaba a pensar que ella estaba detrás de lo que le había pasado a Georgina. Al fin y al cabo, era la que más se había beneficiado con su muerte. Si no tenía nada que ocultar, ¿por qué mintió y le dijo a la policía que no había podido llegar a la terraza? ¿Por qué no les dijo que había encontrado el teléfono móvil de Georgina? Según me contó, cuando llegó a la terraza encontró el teléfono en el suelo, pero Georgina ya no estaba. No recuerdo muy bien la historia que me explicó porque, en el momento en que lo hizo, yo aún estaba en shock, pero sí me dolió que me reprochara que hubiera proyectado el vídeo en la pantalla del teatro, como si yo hubiera podido adivinar que las cosas iban a acabar como lo hicieron.

Martí era quien más abatido estaba. La muerte de Georgina lo había dejado devastado. Yo intentaba animarlo, pero sin éxito; creo que en el fondo se sentía culpable por no haber estado a su lado los últimos meses.

No sé qué me pasaba con él, pero desde la tragedia de aquella noche, con la excusa de no querer dejarlo solo, trataba de que pasáramos juntos el máximo tiempo posible. A veces me sentía como un buitre al acecho, esperando estar ahí para aprovechar cualquier «momento de flaqueza» de Martí, y esa sensación no me gustaba en absoluto, no era esa la clase de persona que quería ser. Yo siempre había sido de ir a mi aire y era poco inclinado a expresar mis sentimientos, pero de pronto me sorprendía agasajando a Martí todo el tiempo. Estaba perdido y me decía que no podía seguir comportándome así, que aquella actitud no me llevaría a buen puerto con él y tampoco me hacía ningún bien a mí mismo. No habíamos vuelto a tener nada desde la noche en que Georgina nos descubrió juntos, aunque yo cada vez llevaba peor su cercanía.

—Martí, son las ocho y media, venga, arriba —dije despertándolo por segunda vez.

—No voy a ir a clase hoy. —Se echó la sábana por encima y se tapó la cabeza.

—Ya has faltado dos veces esta semana. No puedes seguir así —dije al tiempo que le apartaba la sábana.

—¿Es que crees que eres mi madre? Deja de estar encima de mí todo el día, necesito aire, me estás asfixiando.

Sus palabras me cortaron la respiración. Las lágrimas afloraron, pero conseguí controlarlas.

Cogí la carpeta con los apuntes, salí de la habitación y caminé por el pasillo hasta el aula intentando ignorar el tsunami que se estaba desatando dentro de mí.

Grupos de estudiantes salían de la cafetería compartiendo risas, otros subían o bajaban por las escaleras, otros cuchicheaban a mi paso... Viendo aquel ambiente nadie pensaría que aquella escuela había perdido a una alumna hacía poco más de un mes. Me sentí tan insignificante... Nadie parecía estar solo o sentirse tan extraviado como yo en ese momento.

De pronto vi a Adriana salir del aula y encaminarse a toda prisa hacia el baño. Decidí seguirla, necesitaba hablar con ella.

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5

ADRIANA

—¿Qué haces aquí? —pregunté al ver a Liam entrar en el baño de chicas.

—Tenemos que hablar.

—Tú y yo no tenemos nada de qué hablar, ya está todo dicho.

—Me parece que no —sentenció.

Traté de esquivarle para salir, pero él me cortó el paso. Comencé a preocuparme. Si era él quien había matado a Georgina, yo podía correr un serio peligro en ese momento.

—¡¡¡Apártate o empezaré a gritar!!! —dije alzando la voz.

—Si lo haces, yo iré a la policía y les diré que mentiste, que tu testimonio es falso y que además destruiste importantes pruebas para la investigación. No entiendo mucho, pero creo que podrías ir incluso a la cárcel por todo ello.

—¿A eso te vas a dedicar ahora? ¿A chantajearme? ¿Qué hacías tú en la terraza, porque no me creo nada de lo que me dijiste esa noche?

—Subí a ver qué pasaba. Es la verdad. Adriana, llevas esquivándome desde esa noche, solo quiero hablar.

—Es que no tenemos nada más que hablar. Además, si no me has denunciado ya a la policía, es porque algo tendrás que ocultar.

—¿Eso piensas? Si no lo he hecho, es porque una parte de mí quiere creer que toda esa historia inverosímil que me contaste tiene una explicación. —Me acusó con la mirada.

—¿Inverosímil? ¡¡¡Es la verdad!!! —grité enfadada alzando los brazos y tratando de controlar mis impulsos.

—¿Qué hacías con el teléfono de Georgina? —preguntó en un tono tan calmado que lo único que consiguió fue enfurecerme más.

—¿Por qué me preguntas eso otra vez?

—¡Porque mentiste sobre pruebas que afectan al caso de una persona que probablemente no ha muerto por accidente, como dice el informe de la policía!

—Ya te lo dije: cuando llegué a la terraza había una especie de socavón en el suelo y ella había caído en el hoyo. Encontré su teléfono sobre una de las tablas de la pasarela.

—¿Y por qué te deshiciste de él en vez de entregárselo a la policía?

—No lo sé... Tenía miedo... Todo me apuntaba a mí, yo era la única que estaba en la terraza cuando...

—¿No me dijiste que te pareció ver a alguien? —preguntó Liam con un tono de desconfianza que no me gustó.

—No, no me pareció, ¡lo vi! ¡¡¡Vi huir a alguien!!!

—Entonces no eras la única que estaba en la terraza...

—Pero ¿cómo iba a probar eso? Georgina y yo éramos rivales, yo era la que más se beneficiaba de su muerte y, además, tenía su móvil, en el cual había una nota de suicidio a medias, por lo que es fácil deducir que no acabó suicidándose... Si lo hubiera hecho, se habría tirado a la calle, no por un agujero en el suelo de la terraza —dije demasiado alterada y a punto de volverme loca.

—Tranquila, Adriana, no voy a delatarte.

—Quiero que todo esto acabé de una vez... No puedo dormir por las noches...

—Juntos vamos a averiguar quién estaba en la terraza y qué fue lo que pasó. Se lo debemos a Georgina.

—¿Cómo vamos a averiguarlo? Eso es imposible, no tenemos nada.

—Algo encontraremos. ¿Qué decía exactamente la nota de suicidio? —preguntó en un tono algo más amistoso.

—No recuerdo las palabras exactas, la leí muy rápido, solo recuerdo que era muy dura y que me sentí fatal al leerla por no haberme dado cuenta antes de quién era la verdadera Georgina y lo mal que lo estaba pasando.

—¿Dónde tiraste el móvil? ¿No hay forma de recuperarlo? Quizá podríamos llevarlo a un hacker o...

—Lo tiré al mar —le interrumpí.

—¿Al mar?

—Sí, ¿qué pasa? Tenía miedo de que la policía pudiera rastrear la señal o algo así y descubrieran que lo tenía yo. Además, estaba bloqueado, no podía abrirlo, así que esa misma noche salí del hotel en el que nos alojaron para dar un paseo por la playa y lo lancé lo más lejos que pude.

—Así que tú fuiste la única en ver a esa... persona que había en la terraza.

—Sí.

—La única que leyó esa nota suicida.

—Sí.

—Y te deshiciste de esa prueba tirando el móvil al mar.

—Sí.

—¡Estás mintiendo! —me acusó de pronto al tiempo que se echaba el pelo hacia atrás deslizando los dedos de las manos por la cabeza.

—¡¡¡No estoy mintiendo!!! Te digo la verdad.

—¿Tienes alguna prueba de que ese mensaje existió?

—No. —Rompí a llorar de la impotencia.

Liam permaneció inmóvil mientras yo me dejaba caer en el suelo y me desahogaba cubriéndome el rostro con las manos.

Él se agacho frente a mí.

—Está bien, lo siento, perdóname, pero tienes que entender que todo esto es muy rocambolesco y que...

—Las apariencias engañan —terminé la frase pensando que era él la primera persona de la que sospechaba.

—Exacto.

—Sé que todo esto parece raro, pero yo no le hice nada a Georgina. Tienes que creerme... Me estoy volviendo loca.

Sin responder se sentó en el suelo frente a mí. Nos miramos durante un instante y en sus ojos vi al amigo que un día tuve. Aún le guardaba rencor por haber sido capaz de proyectar aquel vídeo en la pantalla del teatro, pese a que expresamente le pedí que no lo hiciera.

—Aparte de ti, ¿a quién más podría beneficiarle la muerte de Georgina?

Lo pensé durante unos segundos...

—A nadie.

—¿Y quién tendría motivos para querer hacerle daño? —preguntó con la mirada perdida.

—Mucha gente.

—Demasiada. ¿Cristina...? —Me miró.

—No. ¿Por qué piensas en ella?

—No se soportaban.

—Pero... ¿tanto como para matarla? No creo. ¿Martí? Con lo mal que se portó con él, puede que...

—No, él lo está pasando fatal —me interrumpió—. ¿Le has preguntado a Cristina dónde estaba cuando sucedió todo?

—No. ¿Se lo has preguntado tú a Martí? —dije pensando en lo estúpido que sonaba todo aquello.

Negó con la cabeza.

—Esto es absurdo, nunca vamos a saber quién está detrás de la muerte de Georgina —dije apoyando la barbilla en una mano.

—¿Qué crees que pasó exactamente?

—Creo que ella huyó a la terraza buscando un poco de aire para pensar con claridad, que se vio abrumada por lo sucedido y se le pasó por la cabeza la idea de quitarse la vida, pero que, mientras escribía ese mensaje de despedida, se dio cuenta de que no era ninguna cobarde y que no debía acabar así. Y entonces, en ese momento, debió de aparecer el agresor, alguien a quien ella conocía, por eso no huyó. Discutieron, quizá él la golpeó y ella trató de defenderse, pero él tenía más fuerza, la empujó y ella se cayó por el agujero.

—Como posible teoría, no está mal, pero ¿ese agujero ya estaba ahí? Quizá simplemente se desplomó y ella cayó.

—En ese caso, ¿por qué la persona que estaba allí salió huyendo?

—¿Por miedo?

—No, yo escuché claramente a Georgina pedir ayuda.

—Así que ella pidió ayuda y la persona que estaba allí no hizo nada.

—Eso es.

—Demasiadas pistas que seguir y nada sólido. —Liam resopló.

—Realmente está muerta, ¿verdad? ¿No va a volver?

—¿Qué te hace pensar que no lo está?

—No sé, no han encontrado su cuerpo...

—Adriana, hubo una explosión, su cuerpo se hizo pedazos al instante...

—Ya, pero... ¿los huesos también?

—Todo. Los forenses han identificado el ADN de Georgina gracias a restos de su cuerpo que han encontrado entre los escombros. He estado leyendo sobre eso porque yo también tenía la esperanza de que volvería, y créeme que no es fácil que den a una persona por muerta si no hay muchas pruebas que lo confirmen. Acéptalo, Georgina no va a volver.

—He oído que mañana la familia recibirá por fin los restos de Georgina. Van a hacer una ceremonia en la iglesia, ¿vas a ir? —pregunté.

—No creo. No conozco a su familia y, además, me resulta demasiado doloroso... ¿Tú irás?

Negué con la cabeza. No estaba preparada para eso, el último funeral al que había asistido era al de mis padres y era uno de los recuerdos más amargos que tenía. Ojalá pudiera borrarlo.

Liam y yo nos quedamos un momento en silencio. Allí, sentados en el frío suelo del baño, el uno frente al otro, tuve la sensación de que todo había perdido el sentido y que estaba lejos de recuperarlo.

—¿Sabes? —comencé a decir—, cuando llegué aquí lo veía todo color de rosa; era una ilusa. Pensé que llegaría a Barcelona y me comería el mundo, que haría muchos amigos y que me convertiría en una actriz reconocida. Luego conocí a Oliver y pensé que viviría una historia de amor con él, pero entonces Álvaro volvió a cruzarse en mi camino, y desde entonces todo se ha ido torciendo hasta convertirse en este caos. A veces me planteo si realmente merece la pena que siga aquí, si no sería mejor que abandonara y volviera a Madrid con mi abuelo.

—¿A eso aspiras?, ¿a ser la chica de las palomitas toda tu vida?

—Al menos era feliz.

—¿Lo eras?

Dudé unos instantes y, como no supe qué responder, no dije nada.

—Ningún gran sueño es fácil, el miedo a fallar forma parte del proceso, hay que tener fe en que lo vas a conseguir —dijo Liam apoyando una mano en mi rodilla.

—No nos vamos a rendir ahora —dije, sobre todo para convencerme a mí misma.

—Por supuesto que no, y si no hay obra de teatro, pues ya saldrá otra cosa mejor. La oportunidad eres tú, no los proyectos que realices.

Le regalé una sonrisa de agradecimiento por sus palabras de apoyo.

—¿Has vuelto a hablar con el chico que conociste en la fiesta del productor?

—¿Qué chico? —pregunté confusa sin entender a qué venía esa pregunta.

—El bróker que, según tú, llevaba las acciones de la empresa de la que forma parte la escuela.

—No, ¿por qué?

—Quizá él te pueda dar alguna información sobre el padre de Georgina que nos ayude a entender qué estaba pasando. Está claro que ella no sabía que su padre había intercedido por ella ante la directora.

—No; de hecho, cuando discutí con ella por ese asunto, parecía sorprendida.

—¿Tienes su contacto?

—Sí, lo tengo en Instagram, le escribiré.

Lo que estábamos haciendo era absurdo. ¿Qué pretendíamos?, ¿resolver un caso que la policía no había resuelto? Claro que la policía nunca tuvo en sus manos las pruebas que yo sí había tenido. Sin saberlo, había ayudado a que alguien cometiera el crimen perfecto.

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6

ÁLVARO

Sabía que tenía que regresar de vuelta a la realidad. Era como si todo lo que hubiese vivido durante los últimos meses hubiese sido una especie de fantasía. No quería aceptarlo, pero no me quedaba otra. Yo era actor, profesor en la Escuela Carme Barrat y el hijo de la directora, y esas eran mis únicas tres realidades. Todo lo demás solo había sido una utopía, una ilusión, un sueño. Aunque me doliese, tenía que aceptarlo.

Todos estamos llenos de contradicciones, forma parte del ser humano, el problema es que esas contradicciones son como una voz en tu cabeza que nunca se calla por sí sola, por eso hay que actuar, hay que aceptar cuándo el tiempo para jugar al amor y a los finales felices ha terminado.

—Hijo, ¿me estás escuchando? —Mi madre se levantó del sillón giratorio de su despacho y fue hasta una de las estanterías.

—Sí, mamá.

Sacó una carpeta y me mostró un documento.

—Aquí está la prueba de que yo no acepté ningún chantaje y por ello no voy a renunciar a mi cargo como directora. Además, creo que en el vídeo queda bastante claro que actué éticamente. La prensa ha tergiversado las cosas.

Leí el documento con detenimiento.

—Esto es la renovación del contrato del profesor de baile que formaba parte del jurado y votó a Adriana. No prueba nada.

—Te equivocas, prueba que yo no he obligado a nadie a votar a Georgina y que los que libremente votaron a Adriana no han tenido represalias.

—Bueno, no los obligaste, pero sugeriste insistentemente que votaran a Georgina.

—Eso no lo sabe nadie y tampoco hay forma de probarlo. De cara a la prensa y a todos, los votos los emitieron por voluntad propia los miembros del jurado, esa chica tenía talento y merecía ese papel.

—También lo merecía Adriana —añadí.

—¿La habrías votado a ella con todos los rumores que había sobre vuestro supuesto romance?

Me quedé pensativo y no supe qué responder.

—Si lo hubieras hecho, le habrías arruinado su carrera para siempre. A la prensa le hubiese dado igual si vuestra relación era cierta o no, la habrían tachado de oportunista y, como mujer, créeme que no hay peor etiqueta que esa. Y tú hubieses quedado como un hombre que se deja usar y manipular por una alumna.

—Bueno, ya te encargaste tú de resolver eso emitiendo mi voto.

—Por supuesto, y lo volvería hacer, porque, como tu madre y como directora de la escuela, sé qué es lo mejor para todos.

—En ese caso deberías saber que lo mejor es que dimitas, yo podría ocupar tu lugar.

—Podrías, pero no voy a dejar que arruines tu carrera como actor por salvar la escuela. Voy a levantar este imperio y saldremos adelante como siempre hemos hecho.

—¿Y qué va a pasar con la obra? —pregunté preocupado por Adriana.

—Hoy me reúno con el director y lo más probable es que se reanuden los ensayos la próxima semana. Haremos un comunicado oficial.

Cuando mi madre hablaba de «hacer un comunicado oficial», se refería a que pondría a trabajar a sus abogados e incluso al redactor de contenidos de la escuela para redactar un texto que ella estudiaría y luego leería delante de las cámaras de los medios de comunicación con la naturalidad de la improvisación; en el fondo, llevaba su parte de actriz muy adentro.

—¿Se va a hacer un nuevo casting para el papel protagonista femenino o van a seleccionar a alguien de la lista?

—Supongo que el director estará de acuerdo en que lo mejor es que Adriana sea la protagonista, al fin al cabo los rumores de vuestra historia ya han pasado y ha quedado claro que ella no fue la elegida en la final y que, como suplente, tras la muerte de Georgina, es quien tiene que interpretar a Elizabeth Bennet. Recurriremos a la lista para buscar actores para los personajes que hacían los alumnos que se han ido la escuela. No hay dinero ni tiempo para hacer un nuevo casting.

—¿Cuántos alumnos que actuaban en la obra han dejado el centro?

—Solo dos, así que tampoco será mucho problema. Supongo que tú retomarás tus clases esta misma semana, ¿no es así?

Aquello no era una sugerencia. Era una especie de aviso de que el tiempo se había terminado, que ya no había causa que justificara mi ausencia, pero sí la había: Adriana. No estaba preparado para tratarla como una alumna más. Sin embargo, no tenía alternativa, ella me había dejado sin darme ni siquiera el beneplácito de la duda. A veces quería entenderla, era demasiado... inocente. Apenas nos llevábamos seis años de diferencia, pero yo había tenido que madurar muy pronto, la vida me había obligado a ello. Una parte de mí estaba secretamente enfadada con Adriana por poner fin de una forma tan infantil a lo que estábamos construyendo juntos. Pero también creía que se merecía vivir su juventud y disfrutar de su inmadurez sin que nadie le arrebatase su inocencia antes de tiempo.

—Sí, esta misma semana retomaré las clases.

—Faltan tres meses para que acabe el curso, Álvaro. Tres meses, así que, por favor te lo pido, no cometas ninguna estupidez. Estamos en el punto de mira de todos los medios. Un paso en falso, y estaremos perdidos.

La advertencia de mi madre me tomó por sorpresa, era como si en el fondo sospechara que los rumores de mi relación con Adriana no habían sido tan falsos como queríamos hacerle creer a todo el mundo.

—No tienes de qué preocuparte.

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7

LIAM

El viernes, el director de la obra interrumpió la clase para darnos la noticia de que se reanudaban los ensayos de Orgullo y prejuicio. El papel de la protagonista lo haría Adriana, quien no pareció ni inmutarse. A Martí, que estaba en la lista de suplentes, le propusieron que interpretara al señor Bingley, lo que implicaba que comenzaría a estar muy cerca de Cristina, que interpretaba a Jane, su prometida en la ficción.

La noticia me alegró porque aquello le mantendría distraído. Desde la muerte de Georgina estaba bastante raro. Ya no sabía qué pensar... Quizá debía hacer caso a Adriana y preguntarle dónde estaba aquella horrible noche, cuando sucedió todo, porque desde luego en el patio de butacas no estaba cuando yo salí de la sala en la que se encontraba el servidor a través del que proyecté el vídeo en la pantalla del teatro.

Pero como no sabía cómo preguntárselo y temía su reacción, pensé que lo mejor era esperar a encontrar el momento adecuado para hablar con él, aunque no creía que hubiera un momento adecuado para preguntarle a tu mejor amigo si tuvo algo que ver con la muerte de su ex.

Cuando la clase terminó, Martí se fue tan rápido que no tuve tiempo de darle la enhorabuena por el papel; lo haría cuando llegase a la habitación.

—¡No vayas a darme la enhorabuena! —me advirtió Adriana cuando me acerqué a ella.

—Vale... Al menos alegra esa cara, deberías estar feliz —le dije mientras salíamos del aula.

—Ya me dirás cómo... Me siento fatal.

—¿Por qué?

—Porque Georgina está muerta.

—Adriana, ha pasado más de un mes, tienes que...

—Es que es horrible pensar que puedo interpretar ese papel solo porque ella ha muerto.

—Tienes que aprovechar al máximo esta oportunidad. Lo que pasó no fue culpa nuestra.

—¿No lo fue? —preguntó sarcástica.

—Claro que no... Puede que cometiésemos errores y nos equivocáramos, pero no tenemos la culpa de su muerte.

—Me alegro de que lo sientas así, porque yo, en parte, sí me siento responsable de lo que pasó.

No sé si Adriana decía aquello para hacerme sentir mal o para reflexionar sobre lo que hice, pero me daba igual: no iba a permitir que la culpa me hundiera. Yo no había hecho nada grave, simplemente había hecho público un vídeo comprometido, lo mismo que Georgina me había hecho a mí, ella hizo viral mi vídeo de OnlyFans y no por eso me intenté quitar la vida ni nada parecido, que todo se hubiera torcido de aquel modo era cosa del destino o quizá del karma, pero en ningún caso era culpa mía.

Conseguí sacar a Adriana de la escuela para que desconectara y merendamos en una terraza en la plaza de la Barceloneta, impregnada del maravilloso sol propio del mes de marzo, ya se notaba el buen tiempo. Pronto podríamos ir a la playa a bañarnos.

Tuvimos la suerte de que no se acercara a tocar ningún músico callejero. Recordé cuánto detestaba Georgina eso. Siempre se quejaba de que tenía que dejar de hablar hasta que terminaban de cantar, porque ella se negaba «a gritar como una barriobajera». La echaba de menos, y esa semana la tenía más presente que nunca; en varios periódicos y medios de comunicación habían salido fotos de la misa que la familia había organizado. Ver la miniurna con sus restos convertidos en cenizas sobre el altar supuso un golpe de realidad que me causó un gran sufrimiento.

—¿Has hablado con Martí? —me preguntó Adriana sacándome de mis pensamientos.

—¿De qué?

—De dónde estaba cuando la explosión y si subió a la terraza —aclaró mientras le daba un sorbo a su Coca-Cola Zero.

Negué con la cabeza.

—¿Has hablado tú con Cristina?

—No me he atrevido a preguntarle, me parece muy violento.

—Así no vamos a conseguir averiguar nada —me lamenté.

—Con quien sí he hablado es con Héctor.

—¿Con quién?

—El bróker del que te hablé.

—¿Y qué has averiguado? —curioseé.

—Nada, de momento. Pero he quedado con él este fin de semana.

Después de tomarnos el refresco, dimos un paseo y nos hicimos fotos y vídeos para Instagram. Adriana había retomado sus redes después del parón a causa de las críticas. Los últimos acontecimientos la habían hecho muy popular.

Reímos, charlamos, caminamos por la arena de la playa... Por un instante, me pareció que todo había vuelto a la normalidad, solo que Georgina jamás volvería a reír con nosotros.

Regresamos a la residencia agotados. Cuando entré en la habitación, me encontré a Martí tirado en su cama mirando el móvil.

—Enhorabuena por el papel —le dije mientras me quitaba la sudadera.

—Gracias, aunque la más afortunada ha sido tu amiga Adriana. —Levantó las cejas.

—¿Qué quieres decir?

—Nada.

Preferí dejarlo pasar y no profundizar demasiado. Últimamente iba con pies de plomo con Martí.

—Oye, he pensado que esta noche podríamos ir a tomar algo al bar que te dije que está de moda. Los viernes se pone muy bien... —sugerí.

—Vale —respondió con indiferencia.

Me sorprendió que aceptara, pero no dudé en tomarle la palabra. Me apetecía mucho ir con él a un local de ambiente.

Descansé un par de horas y luego comenzamos a arreglarnos.

Ir con Martí a un bar gay era todo un riesgo, todos se conocen y todos han estado con todos, y no exagero. Me sentía afortunado de ir a su lado, porque la gente pensaba que era mi novio, y era como lucir una especie de trofeo. Todos lo miraban y me envidiaban. Era carne fresca para aquel rebaño de hienas. El problema de querer lucir un trofeo que no te pertenece es que rápidamente quedas en evidencia y la derrota es aún más dolorosa.

—Hola, Liam, ¿qué tal? ¡Cuánto tiempo sin verte por aquí! —dijo Roger, un viejo amigo—. ¿Y este chico tan guapo? ¿Es tu novio?

No tuve tiempo de responder porque Martí lo hizo por mí.

—No, somos compañeros de habitación. Estudiamos juntos.

Así que compañeros de habitación, a eso se resumía nuestra historia después de todo.

—Me llamo Roger, encantado.

—Martí, lo mismo digo.

Se dieron dos besos y comenzaron a hablar. Yo aproveché para pedir una copa.

—¿Quieres algo de beber? —le pregunté a Martí.

—Beberé lo mismo que tú —respondió y continuó hablando con Roger.

Pedí dos gin-tonics de ginebra rosa y esperé hasta que Martí se dio cuenta de que Roger era un pesado, un maleducado y un atrevido.

—¿Te puedes creer lo que me ha preguntado? —me dijo cuando el otro se fue.

—Sorpréndeme.

—Que qué me va —respondió indignado.

—¿Y qué le has respondido?

—Que no lo entendía.

—¿Y él qué te ha dicho?

—Que soy muy gracioso.

—Menudo imbécil. —Le di un sorbo a mi copa y Martí hizo lo mismo con la suya.

—¿Por qué me obligas a tomar esta mierda? —se quejó con cara de asco.

—Pero si está buenísimo, además me has dicho que te pida lo mismo que yo.

—¿A qué se refería con eso de «qué me va»? —preguntó Martí, que seguía dándole vueltas al asunto.

—Al rol, la gente va muy a saco —le advertí.

—¿Y cómo se sabe el rol?

—¿Experimentando? —Me reí, aunque por dentro se me rompió el corazón imaginándome a Martí experimentando y entrando en el mundo gay, viendo cómo se pervertía y se convertía en uno más.

Él era especial y no quería que acabara arrastrado por una corriente imparable, pero ¿qué podía hacer? Tenía que dejarlo descubrir su propia sexualidad.

—¿A ti qué te gusta más? —curioseó.

—Ya te he contado que soy versátil.

—Sí, pero alguna de las dos cosas te gustará más, ¿no?

—La verdad es que no, me adapto bastante bien, disfruto siendo activo y siendo pasivo. Todo depende de la otra persona.

—A mí me gustaría probar... —enmudeció.

—¿Probar qué?

—Nada, da igual.

—No, dime, tenemos confianza... Joder, somos amigos —dije fingiendo normalidad, pues yo quería que él lo descubriese todo solo conmigo.

—A ser pasivo, pero me da miedo a meterme nada por ahí, solo de pensarlo me duele.

—Es que no es tan fácil como intentarlo y ya. Primero, debes descubrirte tú mismo con algún juguete. Si quieres podemos ir la semana que viene a un sex shop.

—¿Un sex shop? No, no... Yo paso. Además, no sé si estoy preparado, no quiero sentirme luego...

—¿Sentirte cómo?

—Es que ya sabes que mis padres son muy religiosos... Este fin de semana, cuando estuve con ellos, fui a misa, y después de la misa hablé con el cura.

—Sabía que algo te había pasado el fin de semana, has estado muy raro desde entonces. ¿Te confesaste al cura?

—Sí.

—¿Y qué te dijo?

—Nada que no supiera.

—¿Qué te dijo? —insistí.

—Lo mismo que dice la Biblia.

—¿Tengo cara de haberme leído la Biblia? —Debí de hacer alguna expresión graciosa porque Martí sonrió.

—Dice claramente que la homosexualidad es un pecado.

—¿Eso dice?

Martí asintió.

—¿Y por qué vas a creer más en un escrito de hace no sé cuántos siglos que en ti mismo?

—¡Porque soy católico!

—Y puedes seguir siéndolo, ¡seguro que Dios ha cambiado su forma de pensar!

—Ya, pero es que la Biblia dice...

—Me da igual lo que diga la Biblia, ¿crees que ir con tus padres a la iglesia donde no puedes entrar con tu verdadera sexualidad te va a aportar felicidad?

—Liam, mi relación con Dios es importante. La fe es lo único que te ayuda a sobrevivir en los momentos difíciles.

—La fe no solo es creer en Dios, puedes creer en otras fuerzas, como el universo, que incluso tienen mayor respaldo científico, pero llegados a este punto, tienes que plantearte qué es más importante para ti: tu relación con Dios o tu relación con las personas que te rodean, con las que quieres vivir tu vida real, compartir momentos...

Un chico se acercó a nosotros e interrumpió nuestra conversación. Sabía que a Martí le preocupaba mucho lo que sus padres pudieran pensar de su condición sexual, pero que también se preocupara por lo que dijese la Biblia me parecía el colmo. Quizá yo no lo entendía porque no era creyente.

La noche terminó de la forma menos esperada. Ambos borrachos, quizá él más que yo. Se comió la boca con un chico en mitad de la discoteca en la que terminamos. Algunos iban sin camiseta y el ambiente estaba cargado de hormonas.

No sabría explicar qué sentí, solo supe que Martí estaba entrando en un mundo del que yo quería salir. A veces me preguntaba por qué no podía tener una relación más... tradicional, como las que tienen los heterosexuales. No es que tenga nada en contra de las relaciones liberales propias del mundo gay, todo lo contrario, me parece que son el futuro, es solo que ese estilo no encaja conmigo y con mi forma de ser.

La discoteca estaba a punto de cerrar y encendieron las luces, aunque la música seguía sonando. Pensé que Martí acabaría yéndose con aquel chico, pero finalmente salimos juntos del local. Creo que no se fue con él por miedo.

Cuando salimos fuera, alguien pasó por nuestro lado gritando el nombre de Georgina. Me giré de inmediato y vi que la persona saludaba a una chica que nada tenía que ver con mi Georgina. Al mirar a Martí vi que se había quedado paralizado en el sitio, impasible y con el rostro pálido.

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8

ADRIANA

El domingo por la tarde quedé con Héctor en la puerta del Museo de Cera. Me llevó al Bosque de las Hadas, un bar precioso que estaba en el interior. El sitio era pura magia, como hacer un viaje en el tiempo y perderte en un cuento. Te trasladabas a las Tierras Altas de Escocia: las luces simulando las estrellas; el borreguito en los taburetes; los adornos rojos en las lámparas, que parecían los candelabros de un castillo y los árboles cuyas ramas cubrían todo el techo.

El sitio te trasladaba a esas tardes de invierno en las que solo quieres entrar a un lugar acogedor y tomarte un café bien caliente.

—No pensé que fueras a aceptar quedar conmigo —dijo Héctor con una sonrisa después de sentarnos en una especie de sofá columpio gigante que colgaba del techo.

—¿Y eso por qué?

—No sé... Cuando te conocí y luego cuando te seguí en Instagram, me dio la sensación de que no te apetecía mucho que nos volviéramos a ver...

—Pues ya ves, aquí estoy.

Le di un sorbo a mi café para apartar la mirada. Sus ojos eran sumamente cautivadores e intimidantes.

—Así que actriz... —dijo.

—En proceso.

—Cualquiera lo diría.

—¿Por qué lo dices?

—Yo te vi muy bien, muy profesional.

—¿Me viste? —le pregunté con una sonrisa que trataba de disimular mi confusión.

—Sí.

—¿Cuándo?

—En la presentación de la obra.

—Ah, ¿tú estuviste allí? —dije extrañada.

—Sí.

—¿Y eso?

—Me invitó el señor Mas para que viera actuar a su hija, aunque en realidad fui para verte a ti.

—¿El señor Mas también estaba allí esa noche? —pregunté ignorando su halago.

—Parece ser que a última hora no pudo ir, le surgió un asunto de trabajo.

—Menos mal, le habría resultado muy incómodo ver ese vídeo... —Forcé una sonrisa.

—Sí... Qué triste lo de su hija. Fue una desgracia.

—Muy triste.

Me mordí la lengua para no decir nada más. Él debió de darse cuenta de mi incomodidad y cambió por completo de tema.

—Conocerás a muchos famosos, ¿no?

—¿Yo? Qué va...

—Al hijo de la directora sí lo conoces, ¿no?

De pronto me atraganté con el café y comencé a toser.

—¿Estás bien?

—Sí, sí... —Le puse la mano en el brazo para que no se levantara a buscar ayuda—. Solo se me ha ido el café por el otro lado —dije con voz de manolo mientras trataba de recuperarme.

Obviamente, debía de haber visto la noticia de nuestro romance, aunque no parecía el tipo de hombre que lee la prensa rosa. Supuse que, si lo hacía, debía ser solo para mantenerse al corriente de lo que se movía en la escuela. ¿Afectaría también ese tipo de cosas en cómo fluctuaban las acciones en la bolsa?

—¿Sabes de quién te hablo entonces? Sale ahora en una película de Netflix. Están todas las tías locas por él, no sé qué le ven...

Por el comentario, no parecía estar al corriente de las noticias sobre que salíamos juntos o quizá se estaba haciendo el tonto y era mejor actor de lo que yo imaginaba.

Después de que mi relación con Álvaro saltara a la prensa y de todo lo que sucedió la noche de la muestra, tanto el director de la obra como Carme nos insistieron en que no debíamos hablar con la prensa ni para confirmar ni para desmentir nada. A mí me habían contactado varios periodistas, pero nunca respondí. Todo el revuelo mediático había hecho que mi cuenta de Instagram subiese de seguidores como la espuma, estaba incluso asustada. Recibía privados, comentarios en fotos... Era agotador no poder dar mi opinión y tener que mentir cuando me veía obligada a hacerlo, como era el caso.

—Sí, lo conozco, da clases en la escuela —dije tratando de disimular y seguirle el juego.

—Seguro que se lo tiene muy creído... —comentó entre risas.

—La verdad es que no. Para nada vive como una de esas estrellas de Hollywood insufribles... Pero veo que conoces bien todo lo relacionado con la escuela.

—Más o menos. Desde que empezó a formar parte del grupo de empresas del señor Mas, trato de estar un poco al corriente, aunque no leo demasiado la prensa sensacionalista.

—¿Ha afectado mucho al grupo lo sucedido en la escuela? —curioseé.

—¿A qué te refieres?

—A que si ha perdido mucho económicamente o siguen cotizando igual en la bolsa... Es que no entiendo mucho de esto. Me pareció escuchar rumores de que el señor Mas estaba arruinado.

—¿Arruinado? Eso no son más que rumores. Si supieras lo que gana ese hombre. Las acciones del grupo empresarial del que también forma parte la escuela están siempre al alza, es cierto que con el escándalo han bajado un poco, pero nada preocupante. La escuela es prácticamente suya, él es el principal accionista —respondió con toda la tranquilidad del mundo.

Asentí con la cabeza mientras le daba otro sorbo al café disimulando mi asombro. ¿Por qué el padre de Georgina fingió estar arruinado y dejó a su hija prácticamente en la calle?

—Pero, bueno, hablemos de otra cosa, no quiero aburrirte hablándote de mi trabajo —dijo al ver que no entraba en la conversación.

—No, para nada, no me aburres, me parece muy interesante tu trabajo... ¿Y sabes por qué la escuela pasó a formar parte de este grupo de empresas? Se supone que era un negocio familiar.

—Porque no daba beneficios.

—¿Y por qué un hombre con tanto dinero iba a adquirir una escuela que no da dinero?

—¿Tú qué crees?

—No tengo ni idea —confesé.

—Digamos que una escuela es un negocio muy bueno para ajustar los números según interese.

—¿Eso es legal?

—Se puede hacer que cualquier cosa parezca legal.

—Así que no es más que una tapadera para poder blanquear dinero...

—Yo nunca he dicho eso. —Rio.

—Ay, perdón, perdón... Imagino que no puedes hablar de estas cosas, y yo aquí cotilleando. Lo siento... —me disculpé.

—Mejor, cuéntame tú, que lo tuyo es más interesante. ¿Qué proyectos tienes en mente?

—Pues el viernes anunciaron que se reanuda la obra y que se presentará en junio en el Liceu, como estaba previsto, así que esta semana retomaremos los ensayos.

—Lo dices como si no te hiciera ninguna ilusión.

—Es que, como sabrás, mi papel debería interpretarlo Georgina, así que la obra me remueve muchas cosas.

—¿Erais muy amigas?

—Sí —respondí para no profundizar demasiado en nuestra relación. Al fin y al cabo, era verdad, habíamos sido muy amigas.

—¿Me invitarás al estreno?

—Claro que sí. —Sonreí, esta vez de verdad.

Héctor y yo nos terminamos el café charlando sobre nuestras respectivas vidas profesionales y, sin darnos cuenta, acabamos hablando sobre nuestras aspiraciones en el ámbito sentimental.

Era increíble lo fácilmente que se podían establecer lazos con personas casi desconocidas, mientras que, con gente cercana, a veces las relaciones se limitaban a la inercia y la cortesía.

Salimos del bar y caminamos por la Rambla. Nos lo estábamos pasando bien. Me reí como hacía días que no lo hacía, me estaba divirtiendo mucho con él, hasta que por alguna inexplicable razón sentí una mirada sobre mí, como si me estuviera evaluando. De pronto, me encontré con la persona que menos esperaba encontrarme: Álvaro. Caminaba solo, con las manos metidas en los bolsillos y la cabeza gacha.

Me detuve en seco y Héctor me miró extrañado sin comprender por qué me paraba. Sopesé la situación y traté de pensar rápido, pero todo sucedió en una milésima de segundo. Cuando volví a mirar a Álvaro, nuestros ojos se encontraron por primera vez después de la trágica noche.