1

AIRAM

—No pienso ir a esa fiesta de pijos —sentencié desde el sofá.

—¿Y qué vas a hacer?, ¿quedarte aquí solo viendo PornoTube? —Dani me lanzó una mirada de soslayo antes de irse a su habitación.

—No, eso ya lo hago en la isla. Cabrón, he venido a Madrid a verte a ti y disfrutar de la ciudad, me importa una mierda quién se comprometa esta noche.

Me molestaba tener que malgastar en una aburrida fiesta de compromiso mi penúltimo día en Madrid, pero cuando a Dani se le metía algo en la cabeza, no había quien lo hiciera cambiar de opinión.

—Julián es mi amigo, ya le había confirmado que iría antes de tener constancia de tu visita. Habrá bebida y buena comida gratis, ¿qué más se puede pedir?

—Unas cervezas y unas cortezas en un bar cualquiera de La Latina, por ejemplo. —Me incorporé y fui a la cocina, busqué una cerveza en la nevera de mi amigo, pero no quedaban.

—Esto es Madrid, Airam. Así es mi vida aquí —vociferó desde la habitación.

—No sabía que fuese tan aburrida.

—Toma, ponte esto y cállate. —Apareció en el pasillo y me lanzó una camisa blanca.

—Uf, no pienso ponerme una camisa, loco.

—No pretenderás ir vestido de Melendi, vamos al hotel Urban, un hotel de cinco estrellas gran lujo.

—Aún no he dicho que sí.

—Doy por hecho que vendrás, solo estaremos un rato, te lo prometo.

—Venga, va, pero mañana es mi último día aquí y elijo yo el plan, así que tienes que apañártelas para enseñarme el proyecto del Bernabéu.

—Mañana por la mañana trabajo, ya te he dicho que en esta ocasión va a ser difícil enseñarte las obras, pero te prometo un tour cuando esté terminado.

—Joder, loco. Me dijiste que me lo enseñarías —me quejé.

—Te recuerdo que, cuando no estoy de vacaciones, soy una persona responsable y con muchas obligaciones que no puedo eludir.

—¡Déjate de mariconadas!

—Tú deberías buscarte algo más estable y dejar esa vida hippy que tienes.

—No es una vida de hippies, me gusta lo que hago y me pagan por ello.

—Ahora resulta que ver cómo cuatro guiris se dan de leches contra el agua es trabajar.

—Te jode que me paguen por ello, porque tú preferirías estar en la isla practicando surf todos los días y cobrar por ello. ¡Deja el palique, que vas a llegar tarde!

—Vístete, salimos en media hora. —Se asomó al salón y soltó una carcajada.

—Estoy en cero coma —aseguré.

Dani vivía en pleno centro de Madrid, junto a plaza de España, una de mis zonas favoritas de la ciudad. Aunque yo no podría vivir allí; estar lejos del mar sería como estar muerto. Necesitaba la paz de mi isla, subirme a una tabla y perderme en el mar, sentir el romper de las olas contra mi cuerpo.

Lo conocí un verano en Fuerteventura, hacía ya varios años. Intentaba coger la Derecha de Lobos, una locura de ola para la que no está preparado cualquiera, y pasó lo que era de esperar. Al llegar al pico de la ola, esta lo arrastró. Me acerqué a él y le pregunté si se encontraba bien, asintió con la cabeza, luego me dijo que si no me importaba que surfeara la ola conmigo: existe un «código surfero» que da prioridad a los locales. Yo le dije que, si quería cabalgar esa ola, tenía que aprender un par de técnicas antes, a lo que él respondió con cierta arrogancia. Finalmente aceptó que le enseñara un par de giros y, desde entonces, cada verano recorremos la isla con otros colegas en mi autocaravana.

La capital está bien para pasar unos días de vez en cuando, pero nada más. Las aglomeraciones y el estrés no son lo mío.

Salimos a la calle y nos subimos al primer taxi que vimos. En quince minutos llegamos a la puerta del hotel, un espacio sofisticado y elegante. La clasificación de «gran lujo» no era exagerada.

El segurata comprobó que nuestros nombres rezaran en la lista y luego nos dejó pasar. Subimos en el ascensor hasta la terraza. La luz tenue se fundía con la iluminación nocturna de la ciudad provocando un centelleante baile. Los invitados lucían ropas elegantes. Me percaté de que solo los camareros, que pasaban con bandejas repletas de comida, llevaban camisa blanca; al menos yo no me había puesto una corbata negra, habría sido divertido.

Dani buscó a su amigo, el prometido.

—Te presento a Julián —dijo después de darle un abrazo.

—Encantado, Julián. —Sonreí y le di un apretón de manos.

No me pasó desapercibida la mirada que le echó a mis vaqueros desgastados, como si estos no estuvieran permitidos en el código de vestimenta de tan sofisticada fiesta.

—¿Y la afortunada novia? —preguntó Dani.

Julián la buscó con la mirada entre la multitud, pero no la localizó.

—Luego os la presento, habrá ido a retocarse. ¡Mujeres!

Forcé una sonrisa y luego el tipo se fue y siguió saludando a gente.

—¿Es tu amigo y no conoces a su prometida? —pregunté confuso.

—Somos compañeros de trabajo.

—Ah.

—En realidad, es el director de la compañía.

—Ahora entiendo por qué no querías faltar. ¡Menudo pelota!

—No te quejes, mira qué mujeres hay aquí. Quién dice que no te vayas a encontrar esta noche con el amor de tu vida —se burló y le di un puñetazo en el costado.

—Voy al baño un momento.

—Te espero en la barra pidiendo una copa —dijo Dani.

Cuando terminé de mear, mientras me lavaba las manos, contemplé mi reflejo en el espejo. Había procurado cuidar un poco mi aspecto esa noche y estaba contento con el resultado. La camisa blanca resaltaba el bronceado de mi piel y me había recortado la barba, cosa que no solía hacer. Me pasé la mano por el pelo y me lo coloqué bien. Tenía las puntas rubias, algo quemadas del sol y el salitre, pero me gustaba, me aportaban personalidad. Tenía muchas papeletas para llevarme a la cama a una de esas pijas.

Al llegar a la barra no vi a Dani, así que me pedí un gintonic de Hendrick’s. En ello me encontraba cuando escuché a la chica que estaba a mi lado darle puerta a un tío de la forma más original que jamás hubiera visto.

—¿Te puedo invitar a una copa? —le preguntó él.

—Aquí todo es gratis, cielo —respondió ella y le dio un sorbo a su cóctel rosa.

—¡Qué ojos tan bonitos tienes! Eres muy guapa, pero no te lo creas mucho, eh —insistió él.

—Entonces ¿para qué me lo dices? Si eso es lo mejor que se te ocurre para ligar con una chica, lo tienes complicado. Ahora, si no te importa, déjame disfrutar de mi Strawberry Moscow Mule, no hablo con hombres casados.

—No estoy casado —aseguró él.

—¿Te crees que soy imbécil? He visto cómo te quitabas la alianza mientras te acercabas.

No pude evitar sonreír. Menudo carácter se gastaba aquella mujer. El tipo se fue sin rechistar y quise hablarle, pero no sabía qué decir. Es extraño, pero su seguridad me amilanó.

—Yo también habría optado por invitarte a una copa —dije espontáneo.

—¡Qué poco original!

—Pensé que eso le gustaba a las chicas —confesé.

—A las chicas, tú lo has dicho. Niñas de diecinueve años, cuyo mayor problema es no tener veinte euros para el botellón y pagar la entrada de la discoteca.

—Toda la razón, no lo había pensado. ¿Y cómo tendría que entrarle a una chica como tú si quisiera ligar con ella?

—Lo primero, preguntarle el nombre. —Posó sus carnosos labios sobre la pajita y bebió de su copa.

—¿Y luego?

—Luego preguntarle si le importa que le hables. Los tíos dais por sentado que porque una mujer esté sola en la barra significa que está esperando a que un hombre venga a darle conversación.

—¿Cómo te llamas? —pregunté al tiempo que me ponía de pie frente a ella.

—Bianca.

—Encantado, Bianca, soy Airam. ¿Te importa si charlamos?

Ella sonrió.

—Airam, qué nombre tan... exótico.

—Como tú.

—¿De dónde eres?

—¿No lo has adivinado por mi acento?

—¿De las Canarias?

—Cómo sois los de la península, no hacéis distinciones entre islas. Es como si yo digo que eres de Andalucía sin especificar la ciudad.

—¿Crees que soy andaluza?

—Por tu belleza podrías serlo, pero por el acento lo dudo. Creo que eres madrileña de pura cepa.

Ella rio y asintió con la cabeza.

—¿Qué hace una chica tan guapa como tú aquí sola en la barra?

—Espero a mi mejor amiga.

En ese momento alguien me tocó el hombro y me pidió algo para beber como si me confundiera con un camarero.

—Perdone, póngame una copa de... —dijo una voz de mujer.

Me giré y ella enmudeció. A mí se me detuvo el corazón.

—¿Airam?

—¿Idaira?

2. Idaira

2

IDAIRA

Estaba nerviosa porque siempre había soñado con casarme, formar una familia y sentirme parte de algo grande, y por fin iba a conseguirlo. Ese día se celebraba mi fiesta de compromiso. Llevaba dos años saliendo con Julián. Lo conocí en la empresa que dirige y en la que yo trabajaba como asesora jurídica. Vivíamos juntos en un ático frente al parque del Retiro y me sentía muy afortunada de haber alcanzado por fin mis aspiraciones, tanto a nivel personal como profesional.

Eran las siete de la tarde y Bianca, mi mejor amiga en la ciudad, acababa de llegar para ayudarme con unas ondas hollywoodienses en el pelo.

—¡Me encanta el vestido! ¡Pareces una princesa! —Le chispearon los ojos.

Me lo había comprado para la ocasión en la boutique de un prestigioso diseñador. Era largo, sin mangas, con cuello a la caja y de corte sirena clásico en color rosa pastel, un tono que me favorecía bastante. La espalda era abierta con incrustaciones de pedrería, ideal para la estación en la que nos encontrábamos.

Desde que me mudé a Madrid mi vida había cambiado mucho. Atrás habían quedado la pobreza de la isla, la miseria en la que estuve inmersa durante años, aquel chiringuito de playa en el que mi padre me obligaba a trabajar, sus borracheras y... todo.

Gracias a mi trabajo y al buen sueldo que me pagaban por desempeñarlo, podía permitirme lujos con los que siempre había soñado. Eso por no hablar de los regalos que me hacía Julián, un hombre apuesto y generoso, el jefe con el que cualquiera soñaría.

Para la ocasión, él había reservado la terraza de uno de los hoteles más lujosos del centro y contratado a un event planner para que lo gestionara todo.

Cuando mi amiga y yo estuvimos listas, pedimos un uber y fuimos al hotel. Mi futuro marido llegaría un poco después porque tenía una reunión a última hora de la tarde.

El lugar estaba decorado con una iluminación elegante. Sobre las mesas y la barra había hermosos ramos de flores que incluían plumas de avestruz. Los taburetes estaban tapizados con un pálido terciopelo amarillo. Los canapés que ofrecían las camareras en bandejas tenían una pinta exquisita, el catering que servían era uno de los mejores.

Me sentía feliz, por la fiesta y por quitarme el peso de mi soltería al fin. Me parecía tan romántico que hubiese organizado él la fiesta... Bueno, vale, no la había organizado él técnicamente, pero se había gastado un dineral en que otra persona lo hiciera, y eso es lo que contaba.

A muchas de las mujeres que me inspeccionaban de arriba abajo no las conocía. Me sentía un poco intimidada, pero en el fondo sabía que iba bien vestida y que era socialmente igual que ellas, o al menos pronto lo sería.

Saludé a los invitados, la mayoría amigos de Julián, gente encumbrada. Las esposas de sus colegas me hacían enseñarles el anillo de compromiso que mi novio me había regalado. Todas se impresionaban al ver el diamante incrustado del tamaño de un guisante. Ane lo contempló fascinada. La conocía poco. Era la mujer más notable de las presentes. Su padre y la madre de mi prometido eran los accionistas mayoritarios de la empresa. Pese a que ella, a diferencia del arcaico de su padre, era una mujer de la nueva escuela y muy intelectual, no trabajaba y se dedicaba a cuidar de su casa y de su marido, quien le tenía los nervios destrozados con sus constantes salidas nocturnas.

Le presenté a mi amiga Bianca y las tres charlamos un rato en un tono indiferente. Más tarde, llegó Julián. Llevaba puesto un elegante traje de chaqueta gris oscuro con camisa blanca y corbata gris marengo.

—Idaira, mi amor, estás preciosa. —Me besó en los labios y luego saludó a Bianca y a Ane.

Julián y yo éramos muy diferentes, él procedía de una familia adinerada, mientras que yo había crecido entre fritanga. Había luchado mucho para ganarme un lugar en la ciudad y que la gente me tuviera en cuenta, aunque a veces dudaba de si lo había conseguido o solo era el respeto que le tenían a mi futuro marido lo que hacía que me tuvieran por una igual.

La cuestión es que nadie se había atrevido a hacerme ningún tipo de desprecio o a mofarse de mí por mis raíces, aunque yo nunca hablaba de mi pasado y prefería mantenerlo oculto para sentirme invulnerable.

Cansada después de presenciar cómo algunos hombres hablaban de negocios y alzaban la voz para que otros se impresionaran con los «importantes» temas que trataban, le pedí a Bianca que me acompañase a la barra.

—No sé cómo no te aburres con esa gente. —Bianca resopló como si hubiera estado conteniendo la respiración durante horas.

—Claro que lo hago, pero no se me puede notar. —Sonreí y saludé con la mano al director del departamento de recursos humanos.

—Pues lo disimulas muy bien. —Bianca se acomodó en el taburete frente a la barra.

—Voy un segundo al baño —me disculpé.

—¿Te pido algo de beber?

—No, ahora cuando venga lo pido yo.

Fui al aseo, me levanté el vestido y me tiré un pedo. Sí, ¿qué pasa?, ¿que la gente fina no se pee? ¿Qué hacen entonces cuando comen fabada? Dios, necesitaba expulsar aquellos gases que me estaban torturando. Sentía un incómodo revoloteo en mi vientre.

Antes de salir me retoqué el maquillaje, me atusé un poco el pelo y regresé.

Vi a un camarero cerca de mi amiga Bianca y aproveché para pedirle algo de beber. Como no me escuchaba, le toqué el hombro.

—Perdone, póngame una de copa de...

Se giró y algo me atenazó por dentro. En esa ocasión no fueron los gases. Emití un grito inarticulado. Lo primero que captó mi atención fue su pelo, rebelde y ondulado, rubio a consecuencia del sol. Pese a lo elegante de su uniforme, seguía teniendo las mismas pintas de siempre.

—¿Airam? —Mi voz sonó temblorosa.

—¿Idaira? —preguntó como si no me reconociera.

¿Por qué tenía que aparecer en mi vida en ese preciso instante? Miré a Bianca desconcertada e inquieta.

—Cuánto tiempo. No sabía que vivías aquí y trabajabas en la hostelería. —Me esforcé en actuar con normalidad.

—¿Lo dices por mi camisa? Siento decepcionarte, pero no soy camarero —replicó él con cierta hostilidad y con su habitual marcado acento canario.

No me decepcionaba y tampoco me sorprendía. Airam nunca destacó en el instituto como buen estudiante. Era un espíritu libre, algo rarito e introvertido, diferente.

—Lo siento, no pretendía ofenderte.

—Tranquila, no lo has hecho. Te recuerdo que pasé muchos veranos echándoos una mano a ti y a tu padre en el chiringuito.

—Es cierto, lo había olvidado. —Forcé una sonrisa.

Y no mentía, hacía mucho tiempo que había borrado esa parte de mi vida del disco duro principal, guardando en una carpeta chiquitita muchos de los recuerdos de esa isla.

Quería preguntarle qué tal le iba la vida, si tenía trabajo y cómo estaban sus padres y el mío. Si tenía novia y cuánto tiempo se quedaría en Madrid.

—¿Os conocéis? —La cara de Bianca había adoptado una expresión de sorpresa.

—Fuimos juntos al instituto —me apresuré a decir—. Y entonces ¿qué haces aquí, Airam?

—Me han invitado, ¿y tú?

—Es mi fiesta.

Él torció un poco el gesto, supongo que ambos estábamos sorprendidos de habernos encontrado en ese ambiente que, a las claras, no era el suyo. Por un momento sentí el impulso de abrazarlo por la amistad que nos había unido. No podía creer que de verdad estuviera frente a mí, necesitaba tocarlo para tener la certeza de que era real, pero entonces soltó una de sus estúpidas conclusiones:

—¿Te refieres a que la has organizado tú?

—Me refiero a que es mi fiesta de compromiso —respondí orgullosa.

Mi respuesta lo dejó pensativo y en su rostro se instaló una expresión embelesada que le daba apariencia de espíritu.

—Cariño, estaba buscándote. —Julián apareció junto a mí y pasó su mano por mi cintura.

Habría esperado encontrarme a Airam en cualquier otro sitio menos allí. Al verlo pensativo, dominado por un ineludible patetismo, sentí lástima por él.

—¿Ya te han presentado a Airam?

¿De qué conocía mi futuro marido a Airam? Miré a Bianca, que permanecía en silencio, aún más confundida que yo.

—Ha sido una casualidad. —Bajé la cabeza y esquivé la mirada de mi prometido.

—¿Va todo bien? —Julián deslizó su mano por mi espalda y nos miró a ambos.

—Sí, cielo, tan solo que me ha sorprendido ver a Airam aquí.

—Pero... ¿os conocéis? —preguntó Julián inexpresivo.

—Del instituto. —Airam sonrió estúpidamente y bebió de su copa.

—¡Qué bueno!

Mi aspecto en ese momento debía de ser un tanto cómico.

—¿Y tú? —quise saber.

—Es el amigo de Dani, me lo han presentado hace un momento. Dani, esta es mi prometida.

—Encantado. —Un hombre, de cuya presencia no me había percatado, se inclinó y me dio dos besos.

—Igualmente.

—Bueno, no hace falta que os introduzca entonces —dijo Julián dirigiéndose a Airam, que negó con la cabeza mostrando su aspecto más amable.

Presenté a Bianca y Dani, quienes cruzaron un par de palabras. Luego Julián entabló conversación con Airam.

—¿Y qué tal las cosas por Fuerteventura? Le he dicho muchas veces a Idaira que me lleve a conocer la isla y siempre pone excusas, prefiere las aguas del Caribe.

—Todo bien, aunque no tiene el glamour de esas playas paradisiacas. —Me echó una mirada cargada de dobles intenciones.

—¿Cuánto tiempo te quedas? —Julián no paraba de hacerle preguntas y empezaba a ponerme nerviosa.

—Hasta pasado mañana. Me voy con las ganas de ver la remodelación del Santiago Bernabéu, Dani me contó que os encargáis vosotros.

—Sí, así es. Yo estuve hace un par de semanas y la verdad es que las obras para crear el mejor estadio del mundo están avanzando muy bien. La nueva cubierta va a ser espectacular. El proyecto incluye una grada abatible y aparcamiento, una plaza peatonal y un edificio en Padre Damián.

—Una pena que Dani no esté por la labor de salir antes del trabajo para pasar el último día conmigo y enseñarme el proyecto. —Airam le lanzó una mirada a su amigo que no supe interpretar.

Había en el ambiente una sensación de ultraje, como si se dijeran lo imperdonable, pero en tono cómico.

—Lo siento, es culpa mía —repuso Julián—. Aunque nuestras oficinas están al lado, ahora mismo tenemos un proyecto millonario en marcha y nos está quitando muchísimo tiempo. Veré qué puedo hacer.

—Muchas gracias, aunque no quiero ocasionar problemas.

—Cariño, tú tenías que salir mañana a la prueba del vestido, ¿no?

—Sí, pero...

—Pues ¿por qué no acompañas a tu viejo amigo a ver las obras del estadio? —Julián me asió por la cintura hacia él mientras proponía aquella cosa tan estúpida.

—Estaría bien, pero de un día para otro y sin avisar no creo que sea posible, además...

—Nada, yo me encargo de eso, con un par de llamadas está solucionado.

—Me encantaría poder ver cómo está quedando el estadio y sería agradable ponernos al día —soltó Airam divertido.

—No creo que pueda. También he quedado con Doti, la organizadora de nuestra boda, ¿recuerdas, cariño?

—Pero si trabajamos al lado, no te quitará mucho tiempo.

—Si no quieres, no pasa nada —se atrevió a decir Airam, quien me miró con aires de suficiencia.

—Discúlpala, es muy tímida a veces. —Mi prometido pasó su mano por mi nalga y sentí un sofoco repentino—. Perdonadme, tengo que saludar a alguien. Dani, ven conmigo, te presentaré a ese pez gordo.

—No voy a quedar contigo —le dije cuando Julián y Dani se hubieron marchado.

—¿Por qué no puedes quedar con él, Idaira? ¿Hay algo que no me habéis contado? —preguntó mi amiga.

—No —mentí—. Es solo que no sé si me va a dar tiempo.

3. Idaira

3

IDAIRA

Cuando era pequeña y nos daban las vacaciones en el colegio, gran parte de los días los pasaba en la playa jugando junto al chiringuito familiar. Podría parecer que crecer junto al mar es una especie de suerte, pero la vida era muy complicada para una niña a la que no se le permitió serlo durante mucho tiempo.

Aquella mañana había poca gente en el chiringuito y mami se puso a construir un castillo de arena conmigo. Al mediodía comenzaron a llegar los primeros clientes y ella se fue a atender la cocina. Se despidió dándome un beso en la mejilla.

Me quedé perfeccionando la fortificación que habíamos creado juntas. Desde la orilla se percibía el olor a pescado frito.

Estaba muy feliz porque el castillo parecía sacado de una película. Me puse a jugar con las conchas, imaginándome que la más grande y blanca era la princesa y que otra, de igual tamaño y de color oscuro, el príncipe. Por aquel entonces yo tenía unos cinco años y me entretenía con cualquier cosa.

Doña Carmen, mi maestra, que había ido a comer al restaurante, se acercó a saludarme.

—Idaira, ¿por qué no vas a que tu madre te eche protección? Te vas a quemar, cariño.

—Vale, ahora voy, señorita.

—¿Qué es eso?

—Un castillo de arena —dije molesta, pues me parecía obvio.

—¡Qué bonito! ¿Y lo has hecho tú sola?

—No, me ha ayudado mami.

Doña Carmen dijo algo que no escuché y luego se fue hacia el chiringuito. Yo continué jugando.

Un niño pasó corriendo por la arena en dirección al mar y pisó mi obra. Rompí a llorar. Quise gritarle, pero para cuando reaccioné ya se había metido en el agua y seguramente ya no me escucharía. Cuando terminó su baño, me miró, sonrió y se acercó a mí. Le faltaban dos dientes. El flequillo le tapaba la frente y el agua se le escurría por todo el cuerpo. Parecía un monstruo acuático, como esos que salían en los cuentos de marineros que me contaba mi padre antes de ir a dormir.

—¿Por qué lloras?

Estaba demasiado molesta como para responder.

—¡Fea! —El niño se alejó enfadado porque lo había ignorado.

En ese momento me cabreé tanto que le tiré una concha a la cabeza.

—Tú sí que eres feo, monstruo. ¡Has destrozado mi castillo! —grité un poco atemorizada por su reacción.

—¡Yo no he sido!

—Sí, has sido tú. Has pasado corriendo por encima y lo has pisado. —Rompí a llorar, esta vez con más fuerza.

—Lo siento, ¿quieres que te ayude a hacer otro?

Lo miré dubitativa. Tenía los ojos de un azul intenso.

—No va a ser igual que el que me ha ayudado a hacer mi mami.

—Yo te puedo hacer uno más grande, se me da bien hacer castillos.

No respondí, pero él se agachó y comenzó a cavar con mi pala rosa. Llenó el cubo de arena e hizo cuatro grandes columnas. Luego las unió con una pared gigante. A ratos, cuando la brisa soplaba, el flequillo del niño se mecía. Se lo apartó con la mano para que no se le metiera en los ojos, llenándose la frente de arena.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Airam, ¿y tú?

—Idaira. ¿Y con quién has venido?

—Con mis padres, están comiendo ahí. —Señaló nuestro chiringuito con el dedo.

—Este castillo es diferente al que me ha hecho mi mami.

—¿No te gusta?

Asentí con la cabeza.

—Es para ti —dijo antes de levantarse y hacer el amago de irse.

—¿Quieres jugar? —pregunté.

Se quedó pensativo e indeciso.

—¿A qué?

Me encogí de hombros. Él cogió una de las conchas y entablamos algo parecido a una guerra por salvaguardar el castillo. No sé si pasaron horas o minutos, pero para mí fue muy breve.

Cuando mi padre me llamó anunciando el almuerzo, me puse triste porque no quería despedirme de Airam.

Miré a mi padre y este, desde el chiringuito, me hizo un gesto insistente para que fuera.

—Me tengo que ir ya.

—Yo cuidaré del castillo.

—Vale. —Sonreí—. Adiós, Airam.

—Adiós. —Agitó su mano llena de arena.

4. Airam

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AIRAM

Idaira había cambiado mucho, ya no llevaba el pelo por la cintura ni despeinado y lucía una media melena por debajo de los hombros muy arreglada. Su forma de vestir tampoco era la misma, e incluso el acento sonaba diferente. Lo único que no había cambiado era su mirada: esos ojos azules, penetrantes y luminosos en los que parecían romper las olas.

Su seguridad rozaba la soberbia, pero confieso que me excitaba.

Dani esperó hasta que dejamos la fiesta para preguntarme por ella.

—Tío, ¿estás bien? Te ha cambiado la cara ahí dentro.

—Ya te dije que no me apetecía venir —acerté a decir. No quería hablar del tema.

—No me jodas, ha sido desde que has hablado con la prometida de Julián. ¿Hay algo que yo no sepa?

—Nada importante —respondí fingiendo indiferencia.

—Te conozco, Airam. ¿Qué pasa con ella?

—Ya nada.

—¿Eso quiere decir que pasó algo entre vosotros?

—Cosas de instituto.

—No será la chica de la que me hablaste aquel verano, la hija del tipo del chiringuito, ¿no?

No respondí, no me apetecía hablar de ello.

—¿Y aun así vas a quedar con Bianca? —Frunció el ceño.

—Bianca es una mujer directa e independiente y yo soy un hombre libre. Si ella ha aceptado quedar conmigo, ¿dónde está el problema?

—No, en realidad, en ningún sitio.

—Anda, ¿qué tal si me llevas a un lugar más sencillo y te invito a unas cervezas? —dije para zanjar el asunto.

—Trato hecho.

Nos montamos en su coche y condujo hasta un aparcamiento próximo a uno de los pubs más concurridos de Malasaña.

—Entonces ¿Idaira va a enseñarte el Bernabéu mañana? —dijo sacando el tema de nuevo cuando nos acercamos a la barra a pedir.

—Eso parece, aunque me da un poco igual.

—Igual no te da, te morías de ganas por ver el proyecto y, mira, al final parece que no te vas a quedar con ellas.

—Prefería ir contigo y que me contases todos los detalles, en cualquier caso me parece que Idaira se va a rajar.

—¿Tú crees?

Asentí, pues, viendo su actitud y conociéndola como lo hacía, sabía que trataría de mantenerse lo más alejada posible de mí.

—Mañana a primera hora hablaré con Julián para que haga un poco de presión.

5. Idaira

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IDAIRA

Al día siguiente el despertador sonó como siempre a las siete. Estaba agotaba, no me sentaba nada bien beber.

Julián se desperezó en la cama, luego se giró hacia mí, me besó en la mejilla y me dio los buenos días. Me levanté de la cama y entré en el baño para acicalarme. Mis ondas de estilo Hollywood de la noche anterior parecían del Sáhara, desgreñadas y resecas por el producto que había usado Bianca para fijarlas. Me cepillé el pelo y me hice una cola alta que quedó bastante decente. Luego me eché un poco de base, polvos, eyeliner, rímel, me pinté los labios y listo. Parecía otra.

Después de maquillarme, me acerqué a Julián y lo desperté, siempre lo dejaba dormir un poco más mientras yo me arreglaba. Abrí las cortinas y subí la persiana. La débil luz del amanecer se coló en el dormitorio y este adquirió una apariencia agradable. Pese a mi extrema delicadeza, él se levantó igual que aquellos a quienes se despierta bruscamente.

Me puse una camisa blanca con hombreras, todo un boom, que simulaba una americana con escote un poco abierto, junto con unos vaqueros slim oscuros y combinado todo ello con unos zapatos de tacón marrones.

Como llevaba el pelo recogido, opté por unos elegantes pendientes de aro de Jacquemus que había rescatado del joyero.

Julián eligió uno de sus elegantes trajes a medida que hacían que pareciera un príncipe. Mi prometido era un hombre alto, fuerte y con porte. Cualquier cosa le quedaba bien porque era guapo. No, guapo no, guapísimo. Con su sonrisa deslumbraba a cualquier mujer. En la oficina todas estaban locas por él y, cómo no, por su generosidad. Era un hombre muy detallista, siempre enviaba flores y chocolates al despacho de sus empleados en sus cumpleaños. Vale, de eso se encargaba Marisa, su secretaria, pero la intención es lo que cuenta. Puede sonar un poco a tópico, pero es que Julián era el hombre perfecto y por eso estaba perdidamente enamorada de él.

El día que entré a trabajar en la empresa como becaria y lo vi, se me cayeron las bragas. Fue un flechazo. Pese a que estábamos en departamentos diferentes hice todo lo posible por encontrarme con él. Llegaba a la misma hora para coincidir en el ascensor, me tomaba el descanso de media mañana a las once, igual que hacía él, y nos saludábamos en la cafetería. También trataba de captar su atención en las reuniones y lo miraba a los ojos más tiempo del que debía. Coqueteaba con él en cada oportunidad que se me presentaba.

Un día que llovía a mares se ofreció a llevarme a casa al salir del trabajo; por supuesto, acepté. Aquella noche me hice demasiadas ilusiones, que no se vieron cumplidas a corto plazo. No fue hasta un mes más tarde, cuando programaron una reunión en París y él pidió que, además del jefe de mi departamento, fuera yo. La primera noche me llevó a cenar a Le Pré Catelan, en el corazón del Bois de Boulogne. Era el restaurante más elegante en el que había estado hasta ese momento, aún puedo recordar el suntuoso marco de un pabellón Napoleón III con esos techos adornados por frisos de Caran d’Ache. Me dejé llevar por él a la hora de pedir y me hizo probar la aubergine en caviar y la crème d’avocat. La cocina que el restaurante ofrecía era sencilla y sabrosa, aunque el precio no tanto.

Anocheció con nosotros paseando por el Embarcadère du Chalet des Iles. Esa noche me dejé llevar aún más y me acosté con él, pese a que estaba convencida de que aquello sería solo una aventura pasajera, de que, una vez que se resolviera la tensión sexual, todo habría acabado. Pero ¡sorpresa!, ahí estaba, a punto de casarme con él.

Cogí mi bolso tote, en tono caramelo, y salimos de casa. Pedimos un café para llevar en una cafetería que había frente al Retiro y fuimos directos a la oficina.

A las once, Julián y yo quedamos para desayunar. Previamente me había llamado al despacho para darme instrucciones sobre la visita de Airam al Bernabéu; al parecer Dani se lo había pedido como favor.

—Ya he hablado con Pablo. Cuando lleguéis al estadio, lo llamas y él saldrá a buscaros para que entréis por la puerta trasera —dijo después de que tomásemos asiento en la cafetería de la oficina.

—No me apetece nada, y ya te dije que había quedado con Doti, tendré que cancelar la cita —musité con desgana.

—Lo sé, mi amor, pero entiende que es el mejor amigo de Dani y quiero quedar bien con él, está echando muchas horas últimamente y es de los mejores empleados.

—Tú siempre estás intentando quedar bien con todo el mundo.

—Es lo que tiene ser un buen líder.

Puse los ojos en blanco.

—Voy a pedir, no sé cuándo demonios van a poner a una camarera aquí para que sirva en las mesas —se quejó.

—Yo, lo de siempre —dije sin apartar la vista de la agenda de mi móvil.

Al rato mi prometido regresó con dos cafés, una tostada con aceite, tomate y pavo para mí, y otra con aguacate para él.

—¿Vuelves a la oficina después de la prueba del vestido?

—No, hoy ya no vendré. ¿Quedamos para comer?

—Imposible, tenemos reunión y se alargará seguramente. Para colmo esta tarde viene un cliente grande para proponernos un nuevo proyecto. Así que te veo en casa esta noche.

Observé a lo lejos a Dani, a quien hasta la noche anterior solo conocía de haberlo visto por la oficina un par de veces. Había tantos empleados que era imposible saber en qué departamento trabajaba cada uno.

Julián lo saludó con la mano y él se acercó a nuestra mesa.

—¿Al final no le vas a enseñar el estadio a Airam? —preguntó acompañando sus palabras con un movimiento brusco.

—Sí, salgo ahora para allá. Le he enviado un mensaje diciéndole que nos vemos directamente en la entrada a las once y media.

—Son las once y media —expresó Julián.

—Pues que espere un poco, tampoco pasa nada. Primero está el trabajo, que algunos no estamos todo el año de vacaciones —repuse con sarcasmo.

Tanto mi prometido como Dani sonrieron incómodos.

—¡Siéntate! Yo me voy ya —anuncié mientras me levantaba y cogía mi bolso.

Le di un corto beso a Julián en los labios y me despedí.

—¡Cuida bien de mi amigo! —dijo Dani después de ocupar el asiento que acababa de dejar libre.

Cuando salí de la oficina, pensé en llamar a Bianca para que me acompañase, pero por alguna razón no lo hice. Aún no entendía por qué le había mentido la noche anterior cuando me preguntó por Airam. Aunque supongo que hice bien, porque luego me confesó que le había gustado y que estaban ligando cuando yo los interrumpí.

He de decir que en cuanto lo vi se me desbocó el corazón, no esperaba encontrármelo, y menos en Madrid después de diez años. Agradecí no tener que darle dos besos y enfrentarme al contacto con su piel.

Bianca y él habían intercambiado los teléfonos. Según me había contado ella, habían quedado esa misma tarde para tomar algo. Parecía ilusionada. La adoraba, era como una hermana para mí y, aunque le quise advertir que él no era el tipo de hombre con el que solía salir, opté por no entrometerme, ya se daría cuenta por sí misma. Aunque, por otra parte, sus caracteres eran muy parecidos, ambos tan... ¿auténticos? ¡Cómo si se pudiera vivir de la autenticidad!

No creía en la existencia del accidente. Todo estaba unido en el más profundo sentido. Que Airam hubiese aparecido en mi fiesta de compromiso y que de todas las mujeres solteras de la fiesta se hubiera fijado en mi amiga no me pareció una casualidad. Algo no me cuadraba, pero lo iba a averiguar.

Acepté enseñarle el dichoso estadio para no despertar las sospechas de mi prometido, no quería tener que darle detalles de mi historia con Airam. Eso me dejaría en muy mal lugar ante sus ojos. Solo había que ver las pintas de mindundi que tenía.

6. Idaira

6

IDAIRA

Mi madre era la persona más importante de mi vida. Pasábamos mucho tiempo juntas, ella siempre me decía que le habría gustado vivir fuera de la isla, viajar, conocer mundo, darse algún lujo... Ella no tenía estudios y su único trabajo era la cocina en el chiringuito de la playa. Algunos días me preguntaba si quería ayudarla a descamar el pescado, yo aceptaba, pero rápido desistía porque me daba mucho asco la sensación que me producía sostener en las manos aquellos peces sin vida. Papá y ella discutían mucho cuando los clientes se iban y ellos contaban el dinero.

Mami a veces hacía tartas que le encargaban las vecinas para celebraciones y papá la regañaba. Se quejaba de que los ingredientes eran muy caros y que durante el tiempo que ella dedicaba a hacer esos postres dejaba desatendido el restaurante, y que no le compensaba, pero a ella le gustaba y a mí también, porque siempre me dejaba probarlos y con lo que quedaba hacía uno pequeñito para mí. Yo la ayudaba en la cocina porque eso era lo único que me aseguraba catar algo dulce y rico. En casa no solíamos tener yogures o postres, eso era un lujo fuera de nuestro alcance. Solo cuando sobraba algo del restaurante, que estaba a punto de caducar, podía comérmelo.

Las vecinas se ponían a cotillear con mi madre cuando venían al restaurante, pero ella era una mujer muy callada, nunca andaba con chismes ni criticaba a nadie. Le encantaba leer, decía que en los libros descubría las vidas que ella no había podido vivir. Una vez le pregunté que cuál era su libro favorito y ella me dijo que no tenía ninguno, sino que en cada uno encontraba momentos favoritos. Muchas noches me leía esas escenas en las que aparecían príncipes guapos y con mucho dinero que llevaban a las princesas a vivir a sus palacios. Yo cerraba los ojos y así me quedaba dormida sobre su regazo. Sus historias siempre me gustaban más que las de papá.

Mami también me decía que no me enamorase de un local, que volara y conociese mundo, que en esa isla estaría condenada a la pobreza y que, si me quedaba allí, acabaría como ella. Una vez me dijo: «Yo quería ser secretaria de papeles, no limpiadora ni cocinera». Aquello se me quedó grabado en la mente. «Secretaria de papeles», sonaba tan bien. Yo, de mayor, también quería ser eso, aunque en la escuela no me iba demasiado bien, y mami decía que, para llegar lejos, tenía que estudiar mucho y sacar buenas notas. Yo lo intentaba, pero es que en el colegio los niños eran malos y se reían de mí, me decían la Fritos. A mí se me quitaban las ganas de hacer los deberes.

Cuando conocí a Airam, las cosas mejoraron un poco. Descubrí que íbamos a la misma escuela, estábamos en cursos diferentes porque él era dos años mayor que yo. En el recreo me iba a jugar con él y otros amigos suyos. Uno de ellos nos contaba muchas mentiras, pero nosotros hacíamos como que nos las creíamos. A veces nos escondíamos para estar a solas o por pura diversión. Cuando sonaba el timbre, daba la sensación de que la media hora de recreo había sido más corta.

Él siempre me defendía. Como aquel día que salí al patio y me senté en un banco a comerme el bollo de pan con la leche que me había preparado mi madre, porque me daba vergüenza ir a donde se encontraban Airam y sus amigos, pues la mayoría llevaban Bollycaos, bizcochos, galletas, chocolate, fruta, zumos, batidos, así que, cuando me veían a mí con el pan y la leche en una vieja botellita de agua, me miraban raro.

La Yani, una niña pija de familia rica dedicada a la construcción y a la que odiaba por haberme puesto el mote de la Fritos (según ella siempre me olía el pelo a fritanga), se burlaba de mí por todo; porque era demasiado alta para mi edad (por entonces tendría unos siete años), por la ropa, por lo que comía... Ese día pasó por delante del banco en el que yo me encontraba. Iba acompañada de un chico al que ella llamaba «novio». Se acercó a mí y, burlándose, me arrancó la botella de las manos y la tiró al suelo. Su amigo la pisó y la reventó. Todo se llenó de leche. Ella se empezó a reír y luego me quitó el panecillo y comenzó a trocearlo sobre mi pelo, que se llenó de migas. No lloré a pesar de querer hacerlo. No iba a darle el gusto. No sé cómo, pero me atreví a clavarle las uñas en el brazo. Ella gritó y su amigo se acercó para ayudarla. Justo en ese instante apareció Airam, que por entonces tendría unos nueve años. De un puñetazo tiró al chico al suelo. Se sentó sobre él y comenzó a golpearlo. La Yani salió corriendo y avisó a los maestros, que no tardaron en llegar. Me acusó de pegarle. Dijo que le había tirado la botella de leche a la cabeza y le había clavado las uñas. Para colmo, ese día se inventó que tenía piojos y, como todos los niños me vieron con las migas de pan en el pelo, se creyeron la mentira y se corrió el rumor. Durante semanas nadie se acercó a mí, excepto Airam, a quien por cierto también castigaron por la pelea. El rumor fue devastador, si ya me costaba hacer amigos, después de aquello todo se complicó.

7. Airam

7

AIRAM

Reconozco que acepté que Idaira me enseñara el estadio para ponerla en un aprieto, aunque, sinceramente, también quería saber de ella, de su nueva vida y cuán feliz era con ese tipo.

Pasaban quince minutos de las once y media cuando la vi aparecer por el paseo de la Castellana. Venía vestida en plan pija de mírame pero no me toques, con una blusa blanca cruzada con algo de escote, unos vaqueros pitillo y unos tacones. No me gustaban esos pendientes estrafalarios ni el bolso tan grande, y menos en ese color mierda que no conjuntaba nada. Parecía que iba al teatro en vez de a un estadio en obras.

Yo había optado por unos vaqueros y una camiseta negra. Me miró de arriba abajo y se quedó con las mejillas hundidas y pálidas.

—No hacía falta que te arreglases tanto para mí —dije cuando se detuvo a unos metros, manteniendo las distancias.

—Vengo de la oficina.

—Ay, sí, se me olvidaba que ahora eres una pija estirada.

Quizá pronuncié aquellas palabras en un tono demasiado despectivo y cruel, porque Idaira me miró algo irritada, aunque guardó silencio, a diferencia de lo que habría hecho diez años atrás.

Nos quedamos callados el uno frente al otro, asimilando que ya no éramos los que un día fuimos y que nos habíamos convertido en dos desconocidos.

—Vamos por aquí, nos están esperando. —Ladeó la cabeza hacia su derecha y comenzó a andar en esa dirección.

Me sorprendió que ni siquiera se dignase a darme dos besos, ¿tanta repulsión le causaba?

Durante unos instantes reinó el silencio. Después, reuniendo fuerzas, conseguí disculparme a mi manera.

—Espero que no te haya molestado el comentario que he hecho antes, era solo una broma.

Se giró hacia mí con cierta expresión de risa áurea destellando en el fondo de sus ojos azules, como si se burlara de mí, como si quisiera decirme que mis palabras no significaban nada para ella y no merecían las suyas.

Idaira estaba dotada de un gran atractivo físico, había en ella una fuerza oculta que se manifestaba a través de su mirada. Algo que me hacía volver atrás en el tiempo.

Caminamos por los alrededores del estadio contemplando las obras hasta llegar al lugar en el que nos esperaba alguien, supongo que algún jefe. Idaira le ofreció la mano y él la estrechó como si la conociera. Luego me saludó a mí.

Entramos por unos túneles casi derrumbados y accedimos al interior. Sentí una punzada en el corazón al ver en medio del estadio varios camiones y grúas trabajando sobre lo que antes había sido una cuidada superficie verde. Sin embargo, me encantó poder ver de primera mano el progreso de la construcción.

—Como ves, se ha instalado una costilla para soportar el peso de las planchas que irán sobre el coliseo para formar el nuevo techo —le indicó el señor a Idaira como si le estuviera haciendo un informe de los avances acaecidos.

Las cerchas transversales que soportarían la nueva cubierta habían sido unidas a la vieja estructura por medio de unos módulos que se situaban sobre los anfiteatros.

—El proyecto incluye la construcción de una gran cornisa que volará sobre el estadio sin apoyos en el suelo, conformando un gran atrio de entrada que dará acceso al nuevo Bernabéu —explicó Idaira dirigiéndose a mí—. La nueva cubierta retráctil permitirá utilizar el terreno de juego con independencia de la climatología, además de reducir el impacto acústico para los vecinos.

—Debe de costar una fortuna, ¿no? —expresé.

—Así es —corroboró el señor.

Idaira no hizo ningún tipo de mención al respecto. El hombre se despidió, pues debía continuar con su trabajo, y nosotros caminamos por las gradas hasta llegar a lo que antes era el mirador de la panorámica del interior del estadio, al que se accedía con la visita turística, cancelada en ese momento por razones obvias.

Estuvimos en el palco presidencial. También entramos en los vestuarios de los jugadores, cuyas taquillas eran utilizadas por los obreros.

—Entre otros aspectos importantes de la reforma —continuó cuando salimos por la zona de acceso de los jugadores al terreno de juego— se encuentra la construcción de una nueva grada en este lateral. —Indicó con la mano.

—¿Más grande que la actual?

—Será más alta, aunque el aforo final se mantendrá igual.

—¿Y cómo van a desmontar la antigua cercha longitudinal de Padre Damián?

—La verdad es que no lo sé, tendrías que haber aprovechado para comentárselo a Pablo, él es uno de los jefes de obra. Si quieres ahora al salir, le preguntamos.

—¿Y cuál es tu papel en todo esto?

—Trabajo en el departamento de asesoría jurídica de la constructora. Me encargo de todo el tema legal, permisos, contratos, seguros...

—Vaya, qué interesante. Te has convertido en toda una alta ejecutiva. —No quise que mi comentario sonara con retintín.

—Es solo un trabajo, si tuvieras uno, sabrías que no es para tanto —dijo en tono neutral, sin un ápice de sarcasmo. Aunque yo pude percibir el doble sentido de sus palabras.

—Parece que no lo disfrutas...

—No necesito disfrutar, solo hacerlo bien. Para eso me pagan.

—¿Y no crees que son cosas que deberían ir unidas?

—¿Y eso me lo dices tú? Supongo que ahora tendrás un trabajo del que disfrutas mucho, ¿no?

—Pues sí.

—¿De qué se trata si se puede saber?

—He montado mi propia escuela de surf y también doy clases a turistas.

—Ah, que ahora a eso se le llama trabajo. —Levantó las cejas y una sonrisa irónica, despreocupada y terriblemente atractiva, apareció en su rostro.

—Sí, y lo disfruto.

—Yo también disfruto de mi trabajo, no he dicho lo contrario, pero me quita demasiadas horas y me lo paso mejor en mi vida social fuera de la oficina.

—Claro, ahora que por fin has alcanzado ese estatus con el que siempre has soñado, supongo que tendrás muchas cosas «importantes» que atender. —Puse tonillo de pija.

—¿Te crees muy gracioso? No me conoces en absoluto para decir eso.

—Te conozco mejor que tú misma, y lo sabes.

—¡No sabes nada de mí!

—Te conozco desde que teníamos siete años. Fuimos amigos.

—Yo tenía cinco —discrepó.

—Bueno, cinco.

—Y tú lo has dicho: fuimos —enfatizó esta última palabra—. Vaya, es tarde y tengo la prueba de mi vestido de novia, será mejor que terminemos ya con la visita —dijo con elegante amabilidad.

Caminó tan deprisa por la superficie de tierra que se torció un tobillo y de no ser porque la agarré rápidamente por el brazo hubiera caído al suelo.

—Parece que aún no te has adaptado a esos zapatos de la alta sociedad...

—¡Vete a la mierda! —gritó insolente y maleducada, lanzándome una mirada de odio y desprecio.

—Ese vocabulario no es propio de una chica refinada.

Lejos de molestarme, me gustó su reacción. Allí estaba la Idaira rebelde que yo conocía, seguía ahí, bajo aquella fachada de mujer perfecta e inalterable.