1. Ya que has decidido irte

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Ya que has decidido irte

A lo largo del tiempo, la procesión familiar que recorría la avenue des Français había adoptado una variedad de formas, pero nunca la de un cortejo fúnebre. Ese año, sin embargo, parecía acompañar a su última morada a la señora Pelletier, pese al pequeño detalle de que estaba viva y bien viva. Como era habitual, su marido encabezaba la marcha con paso solemne y ella lo seguía a duras penas, deteniéndose cada dos por tres para dirigir a su hijo Étienne la mirada de una moribunda que suplica que abrevien su sufrimiento. Tras ellos caminaba Jean, alias el Gordito, envarado como buen primogénito, del brazo de su esposa Geneviève, que, bajita como era, se veía obligada a trotar. Cerraban la marcha François y Hélène, los menores, codo con codo.

En la cabecera del cortejo, el señor Pelletier sonreía a los vendedores ambulantes de sandías y pepinos y saludaba con la mano a los limpiabotas como si se dirigiera a su coronación, lo que no estaba muy lejos de la realidad.

La «peregrinación de los Pelletier» se celebraba el primer domingo de marzo hiciera el tiempo que hiciese. Los hijos no habían faltado nunca: te podías librar de la boda de un vecino, la cena de Nochevieja, el cordero de Pascua, pero faltar al aniversario de la jabonería era impensable. Ese año el señor Pelletier incluso les había pagado los billetes de ida y vuelta desde París a François, a Jean y a la esposa de este último para asegurarse de que estuvieran presentes.

El ritual se dividía en cuatro actos:

Acto I. El lento desfile hasta la fábrica, dirigido principalmente a vecinos y conocidos.

Acto II. La visita a las dependencias, que todos conocían como la palma de su mano.

Acto III. El regreso por la avenue des Français con un alto en el Café des Colonnes para tomar el aperitivo.

Acto IV. La comida familiar.

—Así nos aburrimos cuatro veces en vez de una —decía François.

Y hay que reconocer que, tras volver de la fábrica y sentarse en el café, resultaba bastante tedioso oír al señor Pelletier rememorando ante sus oyentes —que sólo lo escuchaban porque pagaba las rondas— los principales hitos de la saga familiar, una historia edificante que iba del primer Pelletier conocido (cuya presencia junto al mariscal Ney estaba, al parecer, avalada por testigos) hasta él mismo y la Casa Pelletier e Hijo, que, a su modo de ver, eran el culmen de la dinastía.

Louis Pelletier era un hombre tranquilo, de esos a los que no se les calienta la sangre con facilidad. Su bigotillo entrecano, sobre una boca perfectamente delineada que había legado a todos sus hijos, parecía una muestra de su cabellera, que llevaba siempre bien recortada y de la que estaba muy orgulloso («¡Todos los hombres de la familia estaban calvos a los cuarenta!», recordaba con altivez, como si conservar el pelo confirmara que, con él mismo, su linaje había alcanzado el acmé)... Sus estrechos hombros contrastaban con unas caderas ensanchadas por los años («Podría ser modelo de Saint-Galmier», bromeaba a veces, aludiendo a aquellas botellas de agua con gas de cuello fino que se engrosaban irresistiblemente hacia la base). Todo en él emanaba una energía serena y una especie de discreta satisfacción: había triunfado. Era cierto: en la década de 1920 había adquirido una modesta jabonería que hizo crecer «combinando la calidad artesanal y la eficacia industrial» (le encantaban los eslóganes). En su mente, aquella fábrica, situada a tiro de piedra de la plaza des Canons, estaba destinada a convertirse en la principal industria de la ciudad: en unos años los Pelletier serían para Beirut lo que los Wendel eran para Lorena, los Michelin para Clermont-Ferrand o los Schneider para Le Creusot. Luego había rebajado un poco sus pretensiones, pero se jactaba de estar «al mando de uno de los buques insignia de la industria libanesa», lo que nadie se habría atrevido a negar. A lo largo de los años siempre había innovado, añadiendo aceite de copra, de palma o de algodón a las fórmulas tradicionales, afinando las cantidades de ácidos oleicos, perfeccionando las condiciones de secado...

Los años treinta fueron provechosos para la Casa Pelletier, que compró varias fábricas pequeñas en Trípoli, Alepo y Damasco. Sin duda, la fortuna de la familia era mucho mayor de lo que su tren de vida, bastante modesto, permitía suponer.

Aunque había confiado la gestión de las filiales a distintos gerentes, Louis Pelletier no delegaba en nadie la tarea de velar por la calidad de la fabricación. Consideraba su deber visitar las sucursales, llegando a veces a presentarse sin avisar para tomar muestras, analizarlas y modificar los procesos de producción.

Aseguraba que no le gustaba demasiado viajar («Soy bastante casero», decía en tono de excusa) y, aunque ciertas responsabilidades en una federación de ex combatientes lo obligaban a desplazarse de vez en cuando a París, parecía evidente que aquello no tenía mucho peso en su existencia porque toda su energía, talento y orgullo estaban volcados en la fabricación y la calidad de «sus jabones». Nada lo hacía más feliz que ver humear las calderas —cuya temperatura se controlaba las veinticuatro horas del día— y admirar los conductos que llevaban el jabón líquido hasta los moldes. El proceso de corte en barras, bloques o pastillas le llenaba los ojos de lágrimas. «Voy a sustituirlo un rato», le decía a veces, inopinadamente, al empleado del final de la cadena, y entonces podía verse al mismísimo propietario de la fábrica empuñar un mazo delante de la máquina de corte que deslizaba hacia él las pastillas de verde jabón y, con un golpe ni demasiado suave ni demasiado fuerte, estampar en ellas el logo de la Casa Pelletier, con la silueta de la fábrica entre dos hojas de cedro. La señora Pelletier dirigía al personal, supervisaba la llegada de los productos y la salida de los camiones y llevaba las cuentas. Los dominios de su marido se centraban única y exclusivamente en el proceso de fabricación. No era raro que, en plena noche, cogiera la bicicleta (nunca había intentado siquiera conducir un automóvil) y se fuera a la fábrica para realizar muestreos que luego podía comentar con el maestro jabonero de guardia hasta primeras horas de la mañana.

Afirmaba que la Casa Pelletier había nacido en realidad el día en que se había encendido el primer «gran caldero», al que bautizó como «la Ninon» —según él por paronimia con la Niña, la primera de las tres carabelas de Colón— y cuyo nombre hizo grabar en una placa de bronce que se fijó en la base. La señora Pelletier frunció el ceño cuando, dos años después, llamó al segundo tanque «la Castiglione» porque no veía relación alguna con el descubrimiento de América. La instalación del tercero, bautizado como «la Palleva», la sumió en la más absoluta perplejidad, así que decidió preguntarle a François, considerado el intelectual de la familia porque había acabado el bachillerato antes de la edad habitual.

—Son nombres de mantenidas, mamá: «la Ninon» es por Ninon de Lenclos y «la Castiglione» por Virginia de Castiglione. La Palleva es el mote de una tal Esther Lachmann, por eso de: «Paga y llévatela.»

La señora Pelletier se quedó boquiabierta.

—¿Eso eran, nombres de mantenidas?

—Sí, mamá —confirmó François tranquilamente—, eso eran.

—¡Pues claro que no eran mis mantenidas! —protestó el señor Pelletier al ser preguntado—. Eran simples cortesanas, Angèle: les he puesto así a los calderos porque eran mis amiguitas, nada más...

—Y unas golfas...

—Sí, también... pero no tanto por eso...

A la señora Pelletier le gustaba contribuir a que su marido tuviera reputación de hombre infiel: debía de halagarla. Louis nunca la había engañado, en realidad, pero ella no perdía ocasión de condenar en público una mala conducta que sabía puramente imaginaria. Un ejemplo: cuando su marido viajaba a París se hospedaba siempre en el Hôtel de l’Europe, así que, al volver, a menudo elogiaba la cálida acogida de la propietaria, la señora Ducrau, a quien, en consecuencia, ella describía como «la amante de mi marido» o, si hablaba con sus hijos, «la amante de vuestro padre».

Louis siempre protestaba:

—¡Pero si la señora Ducrau debe de tener doscientos años, Angèle! —decía.

Y su mujer respondía con un gesto de la mano que significaba: «¡Eso cuéntaselo a otra!»

Durante la «peregrinación», sin embargo, la señora Pelletier estaba preocupada por algo que nada tenía que ver con las amantes de su marido o los nombres de los tres grandes tanques de jabón: sobrevivir.

Y, en su opinión, no estaba nada claro que pudiera conseguirlo.

Acababan de pasar la mezquita de Medjidié y la fábrica le parecía un horizonte inalcanzable.

—Déjame, Étienne, voy...

Había estado a punto de decir «voy a morirme aquí mismo», pero una brizna de lucidez y sentido del ridículo (no dejaban de encontrarse con gente conocida) se lo impidió, de modo que se limitó a aflojar el paso y a apretarse el pañuelo contra las sienes. La brisa marina envolvía la ciudad en una frescura primaveral, nadie sudaba, ni siquiera ella; sin embargo, le hizo señas a Étienne de que parara a un vendedor de bebidas frescas que hacía sonar sus campanillas para comprarle un vaso de agua de tamarindo que se bebió con cara de resignación, como si fuera cicuta. No tenía otra forma de mostrar su agotamiento; eso y levantarse el sombrero para pasarse un dedo por la frente. Se detuvo de nuevo boqueando y con una mano sobre el corazón. Étienne se volvió y le dirigió una mueca de resignación a Hélène: no había nada que hacer. Las sucesivas partidas de los hijos habían sido, cada una en su momento, como clavos en el corazón de su madre.

—Pero, Angèle, nuestros hijos ya son mayores... —había razonado el señor Pelletier—. Es normal que quieran irse de casa...

—No se van de casa, Louis, ¡huyen!

El señor Pelletier acababa rindiéndose siempre: su esposa disponía de un arsenal casuístico que él jamás conseguiría emular.

—Anda, anda, no te preocupes por mí, Étienne... —dijo la señora Pelletier entre jadeos.

Y Étienne, resignado, se contentó con apretarle ligeramente el brazo para animarla a seguir a pesar del agotamiento: paso a paso acabarían llegando. La tarea de apoyar a su madre le correspondía porque esta vez él era el infractor, el culpable de la situación.

Los precedentes aún estaban en el recuerdo de todos.

Dos años antes François había anunciado que quería marcharse a París para ingresar en la Escuela Normal Superior, y la señora Pelletier se había derrumbado cuan larga era en el suelo de la cocina.

—Es sorprendente... —se aventuró a decir el doctor Doueiri, que no había tratado más que insolaciones y bronquitis (era un hombre bastante memo y siempre se quedaba estupefacto ante los problemas de salud de sus pacientes; sólo brillaba jugando a la belote).

François tuvo que quedarse todo un día junto a la cama de su madre, oyéndola lamentarse hasta en sueños de tener un hijo tan ingrato y repitiendo una y otra vez que aquella familia iba a matarla.

—Y tú callado, como siempre... —le reprochó a su marido.

—Es que... la Escuela Normal... —alegó el señor Pelletier vagamente, pero no tardó en coger la bici y marcharse a la fábrica.

Cuando la señora Pelletier consintió finalmente en levantarse, François tuvo que soportar otra prueba tanto o más dolorosa que la anterior, consistente en ver a su madre «preparar sus baúles».

—Ya que has decidido irte... —rezongaba ella diez veces al día mientras juntaba, seleccionaba y apilaba ropa y provisiones para el viaje.

Pero la operación, que inició como la preparación de un ajuar de boda, se fue enquistando poco a poco y la madre empezó a enfadarse por nimiedades y a dejar las cosas de cualquier modo. Entonces la aflicción dio paso a la ira: François dejó de ser un adulto al que se veía partir con tristeza y pasó a ser un hijo indigno al que echaban de casa.

En realidad, la señora Pelletier estaba saldando una vieja cuenta con él: aún tenía atragantada la carta que le había dejado encima de la cómoda cierto día de mayo de 1941 cuando, con dieciocho años, había escapado de casa para reunirse con el general Legentilhomme en el campamento de Qastinah y enrolarse en la 1.ª División Ligera de la Francia Libre. En todo caso, a ella le había parecido más comprensible la primera partida: al fin y al cabo, el hijo se iba a la guerra, lo que en el fondo era honorable, no a emprender unos estudios que habría podido hacer en Beirut.

—No, mamá —le explicó François—, en Beirut no se puede...

—¡Claro, claro! Beirut no es lo bastante bueno para el señorito...

Sea como sea, cuando François finalmente abordó el barco con dos baúles llenos a reventar, su madre estaba tranquila y seria.

—Cuídate, ¿eh? —le susurró ella al oído.

Louis temía que se quedara en el muelle hasta que el barco desapareciera en el horizonte pero, en cuanto éste zarpó, su mujer lo cogió del brazo y le dijo:

—Esperemos que escriba...

Y volvió a sus tareas cotidianas.

Poco a poco, el asunto perdió peso y, cuando François aprobó el examen de ingreso en la Escuela Normal Superior, fue como si el delito hubiese prescrito: su madre volvió a sentirse orgullosa de él hasta tal punto que daba la impresión de que la máxima valedora de su partida y su éxito había sido ella misma.

Poco después, Jean, el mayor, anunció a su vez que dejaba Beirut con su mujer para irse a vivir a París. Tan sólo hacía dieciocho meses que François se había marchado.

—¿Ah, sí? ¿Tú también? —murmuró Angèle.

Se quedó en la cama: no quería ver a nadie, ni siquiera al propio Jean.

El doctor Doueiri, tan absurdo como siempre, aconsejó baños de pies con bicarbonato. «Doueiri es un memo», pensó Louis: algo que todo el mundo sabía de sobra.

Pero la partida del Gordito no hería tanto a la señora Pelletier como la de François: durante los meses precedentes Jean había sido muy infeliz; sólo intentaba ponerse a salvo y ella lo comprendía. Si se quedaba en su habitación era porque no quería que su hijo creyera que su marcha la apenaba menos que la de su hermano.

Mientras esperaba a que su mujer reapareciera, el marido se concedió una pausa en el Café des Colonnes para tomarse unos Cinzano al salir de la fábrica.

Como había poca gente, el camarero, que se pasaba el día oyendo a Oum Kalsoum, le propuso una partida de trictrac.

—¿Por qué no? —respondió Louis, y cuando el camarero le preguntó por la salud de Angèle contestó—: Está mucho mejor, a pesar del doctor Doueiri.

Nadie habría prescindido de los servicios de aquel médico, que era toda una institución, aunque fuera imposible decir qué resultaba más peligroso, si la enfermedad o el propio doctor.

—Es un memo —opinó el camarero.

—No, es un gilipollas.

—Viene a ser lo mismo, ¿no?

El señor Pelletier dejó de jugar.

—No, no es lo mismo: si le explicas algo a alguien tres veces y no lo entiende, es un memo, pero si al final está convencido de haberlo comprendido mejor que tú, entonces estás ante un gilipollas.

El camarero hizo una mueca de asentimiento.

—Bueno, en ese caso no hay duda: Doueiri es un verdadero gilipollas.

Cuando acabó la partida, Louis se terminó su Cinzano y se quedó pensativo. Conocía a Angèle mejor que nadie y sabía que necesitaba una excusa para levantarse de la cama. Volvió a pasar por la fábrica y regresó a casa con un fajo de facturas que aparentemente acababa de abonar. Angèle abrió el paquete.

—¡Louis! —exclamó alarmada—. ¡No me digas que has pagado esto!

—Voy... voy a intentar anular el pago —farfulló él confuso, y salió corriendo.

Volvió a la fábrica («¡Por amor de Dios, que acabe esto ya!», se decía mientras pedaleaba hacia allí) y rellenó un cheque que rompió de inmediato. Metió los pedazos en un sobre y los dejó sobre el escritorio de su mujer.

Al día siguiente la señora Pelletier ya había vuelto a la actividad.

Jean y Geneviève se embarcaron dos días después.

—Cuídate mucho —le susurró al oído al Gordito.

Cuando el barco zarpó, se cogió del brazo de Louis.

—Espero que Geneviève escriba... —murmuró.

Y ahora, Étienne...

La señora Pelletier volvió a detenerse.

—¡Indochina! ¡Pero si allí están en guerra!

Étienne se lo había explicado mil veces: sí, estaban en guerra, pero no era una guerra como tal, ¿cómo podía hacérselo entender?

—Es un conflicto, mamá.

—A un conflicto con muertos se lo llama «guerra».

La señora Pelletier se sonó la nariz varias veces y alzó los ojos hacia él. No lo habría admitido ni muerta, pero Étienne siempre le había parecido el más guapo de sus tres hijos. Las preguntas le quemaban en los labios, pero sus hombros caídos y su mirada perdida indicaban que no las haría: ya sabía las respuestas.

Indochina, su amigo Raymond, las cartas que llegaban desde hacía meses...

—Te comprendo, es un muchacho muy guapo —había dicho ella cuando Étienne lo había invitado a casa.

¡Ah, si la vida de Étienne hubiera sido tan fácil en todas partes como lo era con su madre! Pero no había sido el caso: desde la escuela hasta el banco había sufrido humillaciones, oído insinuaciones, soportado insultos...

Era un chico delgado con el pelo castaño tirando a rubio, unos ojos risueños y una cierta indolencia en los gestos y en los andares que delataba un carácter sensual, voluptuoso. Su facilidad para los números sólo le había servido para obtener un título de contable, porque no tenía la menor ambición profesional.

El centro de su vida era el amor, lo que resultaba un problema. La pequeña sociedad de Beirut, en la que la familia Pelletier vivía inmersa, era demasiado civilizada para rechazarlo por sus preferencias sexuales, pero también demasiado burguesa para aceptarlo sin reservas. De modo que Étienne siempre se había sentido en tierra de nadie, algo que, en cierta medida, le ocurría también dentro de su propia familia. Las mujeres (su madre, su hermana Hélène) lo adoraban; los hombres (François, Jean) lo querían, pero desde la distancia. Quedaba su padre, su mejor público, que se lo perdonaba todo, que lo quería con una brusquedad y una torpeza que se traducían en dolorosa impotencia. Étienne era un ser «flotante», Angèle no sabía expresarlo de otra forma. Parecía suspendido en el aire, nunca sabías hacia dónde iba a volar. Era un idealista, pero sin ideal. La vida no le bastaba. Probablemente por eso se veía dominado por esos arrebatos amorosos, por esa pasión, se decía su madre. A veces le cogía la cara con ambas manos y le preguntaba: «¿Cuándo te conformarás con lo que te da la vida, Étienne?» Y él se echaba a reír y contestaba: «Mañana, mamá. ¡Lo prometo, lo juro!»

Un año antes había conocido a Raymond, que en esa época estaba acuartelado cerca de Hadath. Durante seis meses habían vivido una apasionada aventura. Étienne siempre había sido un chico alegre, pero su madre nunca lo había visto tan feliz. Después, Raymond fue enviado a Indochina, donde terminaría su periodo de alistamiento. Era belga y no quería regresar a su país. Antes de alistarse en la Legión (por un motivo que nunca le había confiado a Étienne), había sido profesor. «Esto está a punto de terminar», le había escrito al cabo de unas semanas. «Mi periodo se acaba, pero me gustaría quedarme aquí, donde no faltan oportunidades...» Habían hablado mucho de esa posibilidad y esbozado todo tipo de proyectos, desde una empresa de transportes hasta una plantación. Étienne se puso a buscar trabajo, aunque sin muchas esperanzas. Para su sorpresa, cuatro semanas después le llegó una carta comunicándole que su solicitud de empleo en la Casa Indochina de la Moneda, en Saigón, había sido aceptada.

—¡Cogerás la fiebre amarilla, eso es lo que pasará!

—De eso nada, mamá: ¡el amarillo nunca me ha gustado!

—Sí, tú ríete de mí...

El señor Pelletier se había mostrado más entusiasmado que su esposa: mantenía excelentes relaciones con Lecoq & d’Arneville, una casa comercial de Saigón, y las ventas de los «Jabones del Levante» en Indochina, si bien modestas, tampoco eran despreciables. «Étienne será bien recibido allí», le dijo a su mujer, que no veía de qué iba a servirle Lecoq & d’Arneville a su hijo. «La solidaridad entre franceses en el extranjero es segura, Angèle. ¡Lecoq es un tipo estupendo!» A solas con su madre, Étienne se cachondeaba: «Claro, mamá, alguien que se apellida Lecoq no puede ser un mal francés...»

A trancas y barrancas, estirado como el pelotón en una etapa del Tour de Francia, el grupo acabó llegando a la fábrica.

Mientras los demás cruzaban el porche y entraban en el edificio, el señor Pelletier, con las manos sobre los pomos de las puertas del taller principal, a punto de abrir, empezó a gritar emocionado: «¡Atención, atención!», alargando un suspense que sólo existía para él. A Angèle, todo aquello le parecía una exageración; los cuatro jóvenes, acostumbrados a las cosas de su padre, se limitaron a esperar.

François se agarró a la barandilla de hierro: había bajado del barco el día anterior, tras dos días de continuos mareos; se sentía agotado, vacío, y el olor del jabón le revolvía el estómago.

—Si no se da prisa, voy a empezar la comida al revés —le susurró a Hélène.

Su hermana ahogó una risita que le valió una mirada fulminante de su madre.

Volviendo la cabeza por encima del hombro, el señor Pelletier miraba divertido al pequeño grupo.

—¿Qué? ¿Nadie lo adivina? ¡Tachááán!

Era un nuevo tanque, el cuarto, de hierro fundido. La señora Pelletier se precipitó hacia la plaquita de cobre fijada en la base: «La Bella Otero.»

—¡Otra pelandusca, lo sabía! ¡Esto ya no es una jabonería, es un lupanar!

—Mamá... —la regañó Étienne.

Pero el señor Pelletier ya había pasado a la siguiente etapa de la visita, consistente en explicar con todo detalle el propósito del nuevo tanque, lo que suponía describir, desde el principio, el proceso de fabricación. Los jóvenes seguían al guía, pero ninguno lo escuchaba.

Jean no había podido impedir que su padre lo cogiera del brazo («¡Acompáñame, Gordito, ya verás qué maravilla!») para convertirlo en el destinatario principal de sus interminables explicaciones.

En cuanto había entrado en la fábrica se había sentido invadido por una angustia silenciosa.

Mirando el gran porche, Geneviève, su mujer, bajita y siempre empolvada como una marquesa, había comentado: «Este verde no es nada bonito, ¿verdad?»

Jean no había respondido, había tragado saliva y se había obligado a entrar en aquel lugar que simbolizaba el fracaso de su vida.

Que su padre lo tomara por testigo era un calvario que le recordaba otro: el que había sufrido allí, y al que sólo había acertado a poner fin con una huida sin gloria ni mérito.

Jean siempre había estado destinado a tomar el relevo en el negocio familiar. La leyenda estaba tejida desde su nacimiento: antes o después, la Casa Pelletier se transformaría en la Casa Pelletier e Hijo, y el hijo era él, el Gordito, que, por otra parte, nunca había protestado ante aquella perspectiva. En la pequeña colonia francesa de Beirut, era la regla: los hijos, a ser posible los mayores, como en las monarquías, continuaban el negocio de los padres.

Otra regla, poco más o menos, era matricular a los hijos en colegios religiosos: mandar a los chicos con los jesuitas y a las chicas (Hélène, en este caso) con las Damas de Nazareth, pero los Pelletier apoyaban la Misión Laica Francesa y sus cuatro retoños fueron al Liceo Franco-Libanés, donde el Gordito batalló como pocos. Aprobó los dos bachilleratos por los pelos, lo que no hizo mella en la confianza paterna en su destino jabonero: el director de una fábrica era un fabricante, opinaba, así que orientó al Gordito hacia los estudios técnicos (léase: la química). Fue en ese momento cuando las cosas empezaron a torcerse de verdad. Jean no era un alumno brillante, ni siquiera mediano, era más bien mediocre, y aun así sus resultados, calificados invariablemente como «flojos» o «insuficientes» por los profesores, no inquietaron lo más mínimo a su padre. En aquel centro privado, el coste de la enseñanza y el nivel social de los padres (es decir, de los clientes) impedían al cuerpo docente hacer comentarios más severos y realistas, pero daba lo mismo: igualmente no habrían hecho inmutarse al señor Pelletier. «Una cosa son los estudios y otra el jabón», afirmaba con una fe inquebrantable. Estaba convencido de que, al salir de la escuela técnica, su hijo sólo necesitaría pasar unos meses en las diferentes fases de la fabricación para convertirse en un experto en la materia.

Para medir el grado de ceguera paterna, bastaba con observar un momento a Jean.

Era un chico rellenito y torpe, aunque con una sorprendente fuerza física; reservado, soñador y un poco hosco, lo que se debía en gran parte a su timidez. Mofletudo ya de bebé, su padre lo encontraba parecido al Ribouldingue de Les Pieds nickelés (algo que su madre consideraba ofensivo) y lo llamaba el Gordito, mote que se le había quedado para siempre. Como no había nada que lo apasionara, y apenas nada que le gustara de veras, había aceptado seguir el camino que habían trazado para él, pero se le había hecho largo y decepcionante, y eso no era más que un anticipo de lo que le esperaba porque, tras obtener el título (nunca se supo cuánto había tenido que pagar su padre), lo metieron en la fábrica con el encargo de convertirse en el especialista de referencia.

—No estoy segura de que sea su sitio... —había aventurado Angèle—. Me da que las cuestiones técnicas podrían no ser lo suyo...

Pero su padre continuaba optimista:

—Cuando descubra lo que de verdad es esta empresa, le apasionará; lo contrario es imposible.

Sin embargo, mientras su padre, al llegar a la fábrica a primera hora de la mañana, aspiraba con delectación el aroma de los aceites y de la sosa («el olor del oficio»), Jean permanecía insensible a los encantos de esa industria: no retenía nada, no aprendía nada.

Corría el año 1946.

En los años treinta la Casa Pelletier había conseguido exportar sus productos a Europa. Los «Jabones del Levante» se habían convertido en una marca y la demanda era constante. Desde el final de la guerra la empresa, que había contratado a una enorme cantidad de trabajadores, estaba literalmente desbordada por los pedidos. Las instalaciones originales, situadas en la rue de la Marseillaise, frente a los depósitos de la aduana, se les quedaban pequeñas y, al quedar disponible un terreno limítrofe, el señor Pelletier se abalanzó sobre él.

—¿Estás seguro de que no te sale demasiado caro? —le preguntó preocupada su mujer.

—¡Es una inversión, Angèle! ¡La recuperaremos en menos de dos años!

Así que, al final de unas prácticas de varias semanas en las diferentes fases de la producción, durante las cuales no puede decirse que Jean se luciera, su padre lo puso al mando de esa ampliación crucial para el futuro de la empresa. Se arrancaron los setos que separaban la parcela recién adquirida del patio de la jabonería y se construyeron castillos en el aire.

Jean, nombrado director general, se sintió superado enseguida.

Tomó pocas decisiones equivocadas porque apenas tomaba ninguna: nunca sabía qué convenía hacer. Miraba los planos y los alzados bañado en sudor y con la boca entreabierta. No entendía los números, no se aclaraba con los gráficos. El encargado de obra hizo prácticamente lo que quiso y él nunca fue capaz de plantearle la menor duda ni de manifestar la menor exigencia.

Un día el señor Pelletier se dio cuenta de que las dimensiones de los talleres eran inadecuadas para las instalaciones que debían albergar. Hubo que demoler lo ya construido, ensanchar los cimientos y reedificar. Fue el primero de una larga serie de episodios: el muelle de descarga no era lo bastante profundo; las salas de secado, mal orientadas, no permitían aprovechar el viento para acelerar la operación... Los problemas se sucedían como las perlas de un collar. Cuando surgía una duda, Jean declaraba: «Déjenme que lo piense», y no volvía a hablar del asunto; cuando la duda se convertía en problema, exclamaba: «¡Luego lo hablamos!» con el azoramiento del hombre que debe atender asuntos más urgentes y se encerraba en su despacho, donde se pasaba el día entero retorciéndose las manos, consciente de que lo aguardaban en el pasillo. Paralizado, esperaba la llegada de una hora decente para marcharse, entonces abría la puerta de golpe, cogiendo desprevenido a todo el mundo, y avanzaba a grandes zancadas hacia la escalera y luego hacia el coche gritando para la galería: «¡Como ven, tengo prisa!» Sabía que debía tomar una decisión, pero, cuando finalmente se hacía cargo del problema (algo que podía considerarse casi un milagro), no se le ocurría ninguna manera de solucionarlo. Los equipos de trabajo no paraban de pedir instrucciones. A veces, apremiado por todo el mundo, solicitaba la opinión de varias personas, al estilo de un jefe democrático, y zanjaba la cuestión a lo bruto, eligiendo una solución que, invariablemente, acababa resultando la más desastrosa. A sus espaldas, su padre iba remediando lo más urgente, pero, inasequible al desaliento, la mayoría de las veces respondía con un orgullo casi vehemente: «¡Sabe usted perfectamente que eso hay que hablarlo con el señor Jean!» Entre bastidores, el personal repetía con resignación: «Dice que hay que hablarlo con el Gordito.»

Jean temblaba durante el día y se despertaba aterrorizado en mitad de la noche con una angustia que le apretaba el cuello. Se levantaba, iba corriendo hasta el váter y vomitaba. Se mordía el interior de las mejillas hasta hacerse sangre. Empezó a arañarse los antebrazos con las uñas... y finalmente pasó a la navaja de afeitar. Jamás se remangaba la camisa: todos creían que era friolero. Por la noche, cuando oía a su padre comentar su idea de un detergente para la colada, no conseguía odiarlo: su odio se había vuelto contra sí mismo, a menudo deseaba morir. Su incapacidad para hacer lo que se esperaba de él lo abrumaba al caer la noche. En cuanto se quedaba solo, empezaba a golpearse la cabeza contra la pared. Su habitación daba al patio; los dormitorios de sus padres, de sus hermanos y de su hermana estaban al otro lado del pasillo: nadie podía oírlo. No eran más que golpes sordos y regulares como los del pistón de una máquina desconocida y obstinada. Pasaba horas sentado en la cama, golpeándose la coronilla contra el tabique hasta que lo vencía el sueño.

El proyecto de ampliación se empantanó y, de rebote, perjudicó a la producción. La convivencia del personal de la fábrica con los obreros que construían el nuevo edificio empezó a dar problemas. Amontonaron vigas de hierro en el espacio destinado a los bidones de aceite y los camiones tenían que dar vueltas en busca de un sitio para descargar. Montones de serrín dispersados por el viento echaron a perder varias toneladas de jabón aromático que hubo que desechar... Tras constatar la impericia del hombre al que se presentaba en todas partes como el futuro patrón, los capataces maldecían entre dientes, los obreros se preocupaban, todos rezaban por sus empleos. La empresa empezó a renquear. La llegada del «señor Jean» no sólo no había permitido dar el gran paso adelante que esperaba su padre, sino que había provocado una situación que iba de mal en peor y parecía de difícil arreglo.

Ese estado de cosas duró cerca de un año: un año de angustias, de incertidumbres y miedos a los que se añadió la desafortunada boda con Geneviève.

De las cuatro hijas del jefe de Correos, sólo ella era poco agraciada. Nadie se lo explicaba: debía de haber sido un accidente genético. En realidad, no era fea, pero al lado de sus preciosas hermanas su insignificancia parecía fealdad. Tenía las facciones más bien toscas, una mirada inexpresiva y un cuerpo un tanto orondo cuyas diferentes partes resultaban difíciles de distinguir. Sonreía mucho, lo que habría podido salvarla, pero como lo hacía constantemente, pasara lo que pasase, fuera cual fuese la situación, esa sonrisa permanente, imperturbable, que parecía dar la razón a todo el mundo, producía cierta incomodidad.

Quizá como consecuencia de esa ingrata posición en su familia, Geneviève albergaba unas ambiciones absurdas: un día sería rica. Costaba imaginar cómo pensaba conseguirlo hasta que se casó con Jean, el futuro propietario de la Casa Pelletier, al que durante mucho tiempo se negó a llamar «Gordito», apodo cuya vulgaridad la salpicaba. Era empleada de Correos a las órdenes de su padre, su inteligencia se limitaba al horizonte de la vida cotidiana y, además, era bastante cruel, como suelen serlo los taimados, pero contaba con una ventaja competitiva ante las demás jóvenes de la comunidad francesa de Beirut: cierta pericia. Jean era virgen más allá de lo imaginable y, en la segunda cita, ella lo llevó detrás de un bosquecillo, le puso la mano en la bragueta e, ignorando su respingo de sorpresa, se puso de rodillas y le sorbió hasta la médula. El Gordito volvió a casa agotado y vencido.

Se casaron cuatro meses después. Sólo entonces Jean se enteró —era el único que no estaba al corriente— de que Geneviève tenía una sólida reputación: había pocos chicos de su edad en su barrio que no hubieran pasado un buen rato detrás de aquel bosquecillo; varios acudían allí con regularidad y ninguno tenía reparo en dar el soplo.

El truco de Geneviève era la felación. Llegó virgen al matrimonio, igual que el Gordito, y a partir de ese momento su relación se complicó: entre embates torpes, penetraciones inciertas y orgasmos fingidos, nunca supieron exactamente en qué momento perdieron la virginidad. Les quedó el recuerdo de unas relaciones difíciles que se fueron espaciando cada vez más, pues Geneviève consideraba que, con su incapacidad para hacerse cargo del negocio familiar, su marido había incumplido su parte del contrato. De vez en cuando todavía se arrodillaba a sus pies, pero Jean dudaba que lo hiciera por gusto: se la chupaba como quien hojea un álbum de fotos. Al mes de haberse casado ya no tenían relaciones.

No volvieron a tenerlas nunca.

Casado, el señor Jean no tuvo más éxito en la jabonería que el Gordito soltero. La situación siguió deteriorándose. Debido a los retrasos en la fabricación y en las entregas, algunos clientes descontentos amenazaron con buscar otro proveedor y varios trabajadores antiguos se plantearon marcharse.

Finalmente la señora Pelletier se decidió a hablar claro con su marido.

Fue un alivio para todo el mundo.

El señor Pelletier adoptó un aire ofendido y un nuevo papel: el del marido al que su mujer impone decisiones deplorables. Se lanzó a solucionar los problemas pendientes y tardó más de un año en sacar a la empresa del atolladero y en conseguir que el nuevo edificio empezara a funcionar (como un árbol que crece torcido, conservaba ciertos defectos estructurales que recordaban a quienes lo habían vivido aquel negro periodo del delfinado durante el cual el señor Jean había estado al mando, por así decirlo). Convencido de que ni Étienne ni François estarían dispuestos a «recoger el testigo» (Hélène no contaba: era una chica), decidió no proponérselo para ahorrarse una negativa humillante. Se dedicó a meditar, mientras comprobaba los termómetros de los grandes tanques de cocción y realizaba otras tareas parecidas, sobre el destino de las empresas familiares en general y de la suya en particular.

Jean, liberado, pero también avergonzado, decidió que se marcharían a París. Geneviève estaba muy decepcionada con su marido, aunque se alegraba de irse. Su padre, el señor Cholet, jefe de Correos, aseguraba que harían valer los acuerdos bilaterales para que pudiera integrarse al funcionariado francés; sin embargo, eso en el mejor de los casos tardaría varios meses, lo cual era un golpe de suerte porque ella prefería no hacer nada. Dicho sea de paso, ni ella ni su esposo creían necesario que trabajase: ¿acaso un marido que se precie no debería ser capaz de mantener a su familia? Y estar ociosa en París era una fantasía excitante.

Por lo demás, el Gordito tenía otra razón por la que abandonar el país: dos semanas antes había matado a golpes con el mango de un pico a una chica de diecinueve años y temía que la policía llegara hasta él.

Con gran dolor de su corazón, el padre le encontró un trabajo como representante del señor Couderc, un viejo amigo de París. Era lo que había. El sueldo no era gran cosa y Geneviève se aburría de lo lindo: a falta de dinero, la vida parisina no se correspondía en absoluto con sus expectativas. Todo lo que le apetecía comprar sólo se encontraba en el mercado negro y estaba por encima de sus posibilidades. Aunque le encantaba no hacer nada, casi llegó a desear que la destinaran a una oficina de Correos de la capital con la esperanza de recuperar una vida social que se quejaba de haber perdido encerrada entre aquellas cuatro paredes: soñaba con infligirle esa vejación suplementaria al marido inepto que no era capaz de ganarse la vida por los dos.

Cuando se acercaba la fecha de la «peregrinación de los Pelletier», Jean, pese a que su padre les había enviado los pasajes de ida y vuelta a Beirut, se negó a regresar, «y menos para ese estúpido aniversario». No lo decía, pero aquella ciudad había empezado a darle miedo. No contaba con que Geneviève sí tenía ganas de volver:

—¡Pues yo quiero ver a mis padres!

—Pero... ¡si los odias! ¡En seis meses no les has escrito ni dos veces!

—¡Puede, pero son mis padres! Y además están mis hermanas...

—¡Ídem de ídem! Cuando tu hermana mayor dio a luz sugerí que le mandáramos algo y tú me contestaste: «¡Que reviente!»

—Aun así, son mis hermanas.

Jean fue el primero en sorprenderse de su propia firmeza:

—Me da igual —decidió—, nos quedamos en París.

Y asunto zanjado.

Geneviève se cruzó de brazos: su esposo acababa de declararle la guerra.

Para contratacar, contaba con una capacidad para amargarle la vida que lo dejó totalmente estupefacto. Fue una especie de huelga de brazos caídos: ni compras, ni limpieza, ni salidas. No regaba las plantas, no recogía el correo, ni siquiera abría las ventanas. Se pasaba todo el día sentada a la cabecera de la mesa, maquillada y emperifollada, callada y sonriente (posición que adoptaba en las más diversas circunstancias, hasta el punto de que Étienne había dicho una vez: «El Gordito debería haberse casado también con otra de las hermanas, así le servirían de sujetalibros»).

Por la mañana Jean se hacía el café él mismo mientras Geneviève lo veía atarearse con las manos diminutas y gorditas cruzadas sobre el mantel de hule. Por la tarde la encontraba en el mismo sitio. Pronto faltó de todo: la alacena estaba completamente vacía.

Agotado, se resignó a pedirle un permiso a su jefe.

• • •

Jean nunca había dado crédito a los pretextos familiares que le había planteado su mujer. No tardó mucho en comprender por qué Geneviève había insistido tanto en hacer aquel viaje.

En Marsella se encontraron con François y los dos hermanos se dieron la mano casi protocolariamente (nunca habían tenido mucho que decirse). Geneviève le ofreció a su cuñado la mejilla derecha y luego la izquierda, y acto seguido siguió su camino, impaciente por llegar al muelle de embarque. En cuanto vieron el Jean-Bart II, la alegría de Geneviève se transformó en entusiasmo.

El señor Pelletier les había enviado billetes de primera clase. Al instante Geneviève empezó a comportarse como una millonaria, pero no como una de esas ricachonas caprichosas y volubles; no, como una «millonaria modesta» que, sin embargo, volvía loco al personal con sus exigencias: «¿Le importaría ir a buscarme un cóctel, querido?, me muero de calor», «Disculpe, me haría el favor de esto y de aquello», etcétera, etcétera. A las tres horas los mozos de cabina, las doncellas, los camareros, el personal de limpieza y hasta los marineros ya sabían a qué atenerse con aquella clienta regordeta y sonriente que les pedía hacer y deshacer mil cosas en un tono ligero y campechano: «Perdone que se lo pida, señorita, pero ¿podría cambiar las sábanas? Es por la transpiración, ¿sabe?» Como los verdaderos ricos, no daba propina: nunca llevaba dinero encima y siempre daba a entender que dejaba las gratificaciones para el final del viaje, lo que provocaba una media sonrisa entre los empleados, que conocían el percal.

Jean estaba irritado, pero no lo demostraba. Su mujer se paseaba por las cubiertas, pedía que le movieran una tumbona, que fueran a buscarle el sombrero al camarote, donde se lo había dejado sin querer: «No, no, éste no, el otro, si no le importa, señorita, gracias, es usted un sol, ¡ah!, y ya que está aquí, ¿podría...?»

La mañana del segundo día desapareció. Jean salió a buscarla a regañadientes: nadie la había visto.

En el vestíbulo de la primera cubierta, oyó un ruido como de pasos precipitados y la encontró detrás de un pilar con la cara roja.

—Geneviève, te estaba buscando...

—¿Ah, sí?

Con una mano se alisaba la parte delantera de la falda mientras se pasaba distraídamente el índice y el pulgar de la otra por las comisuras de los labios, como si reflexionara sobre algo muy preocupante.

Jean se quedó mudo.

François, que al principio se había tomado a risa los enredos de su cuñada, no tardó en encontrar lamentable la situación: una cosa era ver a Geneviève dárselas de mujer rica y otra muy distinta sorprender las miradas insistentes de los camareros, las sonrisas de los marineros... El barman la invitaba a cócteles; el primer oficial le enseñaba la sala de máquinas, las dependencias de los oficiales, el camarote del capitán... La última noche, cuando éste invitó a los pasajeros de primera a la tradicional cena, todo el mundo conocía a la señora Pelletier: fue ella quien le presentó a su marido a los oficiales de cubierta y los comisarios de a bordo, a varios de los cuales llamó por sus nombres de pila.

Si no hubiera estado tan indispuesto, es posible que François hubiera intervenido. En cuanto al Gordito, hizo casi toda la travesía en cubierta, mirando por la borda el mar infinito: por si fuera poco volver a la ciudad donde tanto había sufrido, también el viaje tenía que ser un infierno. Con el rostro tenso, se agarraba al pasamanos con tal fuerza que tenía los nudillos blancos.

Por mucho que lo intentaba, no recordaba un solo momento de su vida en el que no hubiera hecho el ridículo.

Cuando se reunían en cubierta, François, que siempre se había sentido lejos de él, experimentaba unas repentinas ganas de consolarlo.

Durante la infancia, sin que ninguno de los dos supiera el motivo exacto, había crecido entre ellos una silenciosa hostilidad que la adolescencia sólo había hecho crecer, y que había llegado a su culmen con el doloroso proceso de la sucesión en la jabonería, durante el cual François había envidiado en secreto la preferencia paterna por su hermano sin saber que éste se consideraba su injusta víctima. Viviendo aparte, la rivalidad se había atenuado, pero había dejado en ellos un malestar que volvía sus relaciones torpes e incómodas. Así que, cuando encontraba en cubierta a su hermano mayor, incapaz de decir nada, François se limitaba a ponerle una mano en el hombro, a lo que el Gordito respondía girando la cabeza, sonriéndole y murmurando:

—Cómo deben de aburrirse las gaviotas, ¿verdad?

El recorrido por los talleres en compañía de su entusiasmado padre había desmoralizado a Jean: aquella fábrica era el museo de su naufragio.

—Casi es mediodía, Loulou... —dijo Angèle.

—¡Ya vamos, ya vamos! —repuso el señor Pelletier desde la nave.

Reapareció junto a un Jean blanco como la cera y una Geneviève más pimpante que nunca, que se extasiaba con todo y no dejaba de comentar tonterías.

—Tu padre es maravilloso... —le dijo a su marido al salir, cogiéndose de su brazo—. ¡Y qué empuje tiene! ¡No me extraña que todo lo que toca se convierta en oro!

Aunque el pretexto para obligar a Jean a hacer el viaje había sido que quería ver a sus padres, no había pasado más de dos horas con ellos; en cambio, no se separaba del señor Pelletier, al que miraba con admiración como si viera en él a un sustituto de su propio padre.

A la vuelta, el orden de los participantes en la procesión cambió.

Cedieron la cabecera a la señora Pelletier y a Étienne porque eran los más lentos y podían quedarse descolgados; detrás iban François y Hélène, seguidos por el señor Pelletier, que respondía complacido a las incesantes preguntas de Geneviève; dos pasos más atrás, Jean cerraba la marcha.

Vio un coche de policía y se echó a temblar.

Tuvo que aflojar el paso.

Siguió al vehículo con la mirada hasta que desapareció en la esquina de la avenida. Suspiró aliviado, pero no se tranquilizó. Delante, Hélène y François mantenían una conversación bastante animada. Jean notaba que su hermana menor se excitaba al hablar, pero seguía haciéndolo en voz baja, entre dientes. En cuanto a François, se limitaba a asentir con la cabeza sin dejar de caminar, como si dijera: «Todo irá bien.»

—No podré soportarlo, te lo aseguro —decía Hélène—. Será superior a mis fuerzas. Cuando se marche Étienne y me quede sola con nuestros padres, voy a tirarme por la ventana.

—Pues haz como el Gordito: cásate —respondía François con una sonrisa—, así tendrás una excusa.

Hélène se volvió para mirar a su hermano y a su cuñada.

—Geneviève es realmente ridícula, no sé qué hace Jean con ella...

—Creo que él tampoco.

—En serio, François, ¿qué va a ser de mí?

—Acaba el bachillerato, luego ya se verá.

Hélène se echó a reír sin poder evitarlo: su padre les había soltado a todos la misma frase a la misma edad.

—Me voy a morir aquí...

A los dieciocho años, Hélène era tan guapa como lo había sido su madre: la clase de mujer que les gusta a todos los hombres, y destacaba en literatura (era una gran lectora) y en dibujo hasta tal punto que aún dudaba entre matricularse en la facultad de Letras o en una escuela de Bellas Artes.

Cuando se hablaba de las dotes de Hélène, su padre abría la boca como un pez fuera del agua y, tras una larga apnea, concluía: «Esta chica me deja sin palabras.»

En unas semanas conseguiría el título de bachiller superior «sin despeinarse», Louis Pelletier dixit. Después, ya eligiera la literatura o el arte, estaba destinada a convertirse en profesora: era lo mejor para las chicas, o eso o enfermera.

A ella le daba igual una cosa que otra; no sabía lo que quería, sólo tenía claro que no quería seguir viviendo así, atrapada entre sus padres. Eso no, de ninguna manera.

Se acostaba con su profesor de matemáticas, el señor Lhomond, que solía llevarla a una habitación del nuevo y lujoso Hotel Kassar, donde ella soñaba con otros horizontes.

Justo delante iba Étienne, al que veía casi como a un hermano gemelo, pese a los cinco años que los separaban. Por François sentía cierta admiración y por el Gordito una gran pena, pero con Étienne era distinto: entre ellos existía una especie de fusión. Eran inseparables. Ni siquiera a esas alturas era extraño que durmieran en la misma habitación. Se contaban historias, se hacían confidencias. ¡Y ahora resultaba que se iba! No podía reprochárselo, pero se sentía sola, abandonada. Marcharse con él a Indochina era impensable: Étienne tenía que vivir su vida. Raymond, un chico alto de mirada dulce y gestos resueltos, le había caído bien de inmediato. Cuando veía a su hermano contemplarlo con arrobo, le decía: «Cierra la boca, Étienne», y él se reía, pero no podía llevarla consigo, y lo comprendía. Sin embargo, quedarse allí, entre sus padres, era una perspectiva a la que no podía resignarse.

Como si hubiera percibido su angustia, Étienne se volvió hacia su hermana, alzó los ojos al cielo y luego señaló a la «reina madre» con un gesto: la señora Pelletier había reaccionado como era de esperar. «Mamá se morirá», había bromeado Étienne esa mañana, «pero antes servirá la comida y fregará los platos». Tenía razón: a la vuelta, la comitiva tardó la mitad que a la ida; a la una estarían sentados a la mesa.

Entretanto, los parroquianos del Café des Colonnes esperaban la llegada de los peregrinos. Ese día se juntaban los veladores de mármol blanco y las sillas de mimbre negro, se sacaban los narguilés, se servían tantos aperitivos como gente había y, mientras las bolas de billar entrechocaban alegremente en la sala interior, se oía contar a Louis, una vez más, la leyenda de los Pelletier.

Étienne y su madre continuaron solos hasta la casa, donde Angèle se derrumbó en un sillón.

—Vas a matarme... —dijo, aunque añadió sin transición—: ¿Puedes encender el fuego, por favor? Pero suave, ¿eh? Sólo faltaría que se me quemara la comida...

El día de la peregrinación siempre hacía un estofado de judías blancas.

La amplia vivienda estaba tranquila, las ventanas habían estado abiertas desde la mañana. Al cabo de unos instantes se oyó el silbido del gas y Étienne volvió al salón, donde la mesa estaba puesta desde antes de que partieran en procesión a la fábrica.

—Oye, mamuchi... —dijo—, ¿no te parece que esa Bella Otero está un poco maciza?

Angèle sonrió: aquel muchacho siempre la hacía reír. No se tomaba nada en serio. Aun así, ella era consciente de cuánto había sufrido, o al menos lo imaginaba. Lo había oído llorar en su habitación muchas veces, incluso de adulto.

Étienne se arrodilló junto al sillón y apoyó la cabeza en el regazo de su madre. Joseph aprovechó para deslizarse entre ellos. Era un gato atigrado de casi ocho meses, con patas tan largas que parecía que anduviera sobre zancos. Tenía la cabeza más triangular que los gatos callejeros («Es de raza noble», aseguraba Étienne) y su mirada era insondable. Raymond lo había encontrado en un solar y se lo había dado en herencia a Étienne. Hélène y él lo habían alimentado y mimado, y a la menor ocasión iba a acurrucarse junto a la una o el otro.

Mientras Étienne acariciaba el pelaje de Joseph, Angèle le acariciaba el pelo a su hijo.

—Ya sé que soy una vieja tonta...

—No, mamá, tú no eres vieja.

Ella le dio una colleja.

—Me da miedo que te pongas enfermo...

Étienne alzó los ojos.

—Eso dalo por sentado. Con la de arroz que papean, el estreñimiento está garantizado.

—Creo que se comen a los perros...

—Te confundes con los chinos.

—¡No, estoy segura de que en Indochina también!

—Mientras no se coman a Joseph...

Volvió a apoyar la cabeza en el regazo de su madre; ¡cuántas horas habían pasado en esa postura, que era su territorio privado, visible para todos, pero vedado a cualquier otro!

—¿Desde cuándo no tienes noticias de Raymond?

Hacía dieciocho días, ni más ni menos.

—Una semana —repuso Étienne.

Su madre fingió creérselo.

—Una semana no es nada.

Angèle se preguntaba si su hijo no haría el viaje en balde. ¿Y si, pese a parecer tan buen chico, el tal Raymond ya no quería saber nada de su Étienne? ¿Y si no contestaba a las cartas porque había cambiado de opinión? Sin atreverse a reconocerlo, esperaba que así fuera porque entonces su hijo volvería a casa. Se avergonzó de pensarlo. En aquella partida, sin embargo, entraban en juego tantos prejuicios... Indochina tenía fama de ser una tierra de libertinaje y fornicación, uno de los destinos predilectos de los aventureros, los fracasados y los pervertidos. Al anunciar la marcha de Étienne a aquel país entregado a la lujuria y el vicio, Angèle había notado las sonrisas de algunos miembros de su círculo de amistades, como los Cholet, a quienes no se les escapaba ni una; pero se preguntaba con inquietud si esa idea no había calado en la propia familia Pelletier, por ejemplo en Jean, lo que la llenaba de tristeza.

Finalmente el resto de la familia volvió del café.

Angèle se levantó con dificultad y rechazó la ayuda de Hélène y François: «No quiero a nadie en mi cocina.» Se veía que estaba mejor. Tras retocarse un poco el maquillaje, Geneviève se había sentado a la mesa antes que nadie: la presidía como si fuera ella quien invitaba a los demás a un banquete organizado en su honor.

Para paliar esa impresión, Jean se sentó a su lado. El señor Pelletier llevó las botellas y François y Hélène también tomaron asiento.

Era el momento del brindis.

En cuanto su mujer volviera de la cocina, el señor Pelletier se pondría en pie y alzaría su copa. La tradición era que pronunciara unas frases. Elegir el tema del año lo mantenía inquieto durante semanas: había que encontrar un asunto conciliador. Hacía listas de ideas, tachaba unas y añadía otras hasta el último minuto.

La señora Pelletier apareció al fin, quitándose el delantal. Étienne aplaudió y los demás se le unieron. Angèle no pudo evitar sonreír, pero lo justo: las circunstancias no eran como para mostrarse excesivamente alegre.

Con cara de modestia, se sentó, desplegó la servilleta, se la colocó sobre las rodillas, apoyó los codos a ambos lados de su plato y, como ya no tenía muchas oportunidades de verlos juntos, contempló a sus hijos. Todos se entendían bastante bien, salvo con el Gordito. «A él nadie lo ha comprendido nunca...», se dijo con la confusa e incómoda sensación de que ella tampoco lograba comprenderlo. Observó un instante su perfil, ya abotargado, pese a que aún no había cumplido los treinta. Sí, el Gordito también era un misterio para ella porque, aunque sabía lo que no le gustaba (la jabonería, su mujer, etcétera), nadie habría podido decir qué quería, qué deseaba, qué esperaba. Su mirada pasó por encima de la idiota de Geneviève y se posó en Hélène, que ahogaba la risa en el cuello de su hermano Étienne. Menuda pareja... ella encarnaba la rebeldía y él la insolencia. Al lado de Hélène estaba François, tan a menudo roído por la inquietud. Mientras el señor Pelletier descorchaba la botella y daba la vuelta a la mesa para servir a todos como si fuera un camarero con mucho estilo, Angèle se inclinó hacia François.

—¿Te has lavado las manos, grandullón?

—¡Mamá, por favor! —exclamó él riendo de buena gana.

La señora Pelletier asintió con escepticismo: aquellas uñas sucias y aquellos plieguecillos mugrientos no se correspondían con la idea que se hacía de un alumno de la Escuela Normal.

El señor Pelletier vertía lentamente el Château Musar, reteniendo la última gotita con un gesto rápido y preciso para que no manchara el mantel; François ponía a mal tiempo buena cara; Hélène parecía querer volcar la mesa; Étienne estaba absorto en sus pensamientos... «Una semana no es nada», le había dicho su madre, pero dieciocho días eran algo.

Normalmente Raymond escribía el domingo, aunque sólo fueran unas líneas, y el lunes echaba la carta que llegaba diez días después. La última era del 22 de febrero. «Mañana nos envían de misión», le había dicho. La puntualidad con la que escribía provocaba la risa de los demás soldados. «Los compañeros se burlan de mí: “¿Qué, escribiéndole a tu chavala?” Y yo les contesto que sí, no te ofendas.» En la Legión, siempre que no fueran muy evidentes, las relaciones entre hombres no se condenaban ni se reprimían como habría podido esperarse. En la compañía había varias parejas: todo el mundo lo sabía, pero nadie lo veía. La camaradería prevalecía sobre la moral porque, en Indochina —y era lo primero que le decían a uno cuando llegaba—, sin la solidaridad ningún Cuerpo Expedicionario podría aguantar más de unas semanas.

• • •

Era esa convicción lo que, en esos instantes, le permitía a Raymond, pese a la intensidad del dolor, mantener viva la esperanza de que acudieran en su auxilio.

«Sin duda, el comandante Lachaume habrá reunido ya a las tropas y los muchachos se hallarán motivados y en camino», se decía. Había oído pasar aviones... aunque, en un bosque como aquél, denso a más no poder, cómo demonios... Era el eterno problema: el Viet Minh podía instalar una ciudad entera en plena jungla y nadie veía nada a dos kilómetros de distancia. Desde el cielo no se divisaba más que un negro manto de follaje, tan espeso que la luz apenas llegaba abajo, y cuando, por puro milagro, dabas con la ciudad, todo el mundo había puesto ya tierra de por medio: sólo encontrabas pasadizos subterráneos desiertos y chozas abandonadas (se sabía que los viets eran capaces de permanecer sumergidos bajo el lodo respirando a través de una caña de bambú... podían pasarse horas tumbados así...).

Por supuesto que el batallón se habría puesto en marcha para buscarlos, se repetía Raymond. Ya debía de estar en la zona en que la columna había sido atacada unos días antes, el punto en que aquel enorme tronco de árbol había caído súbitamente sobre la carretera delante del camión que encabezaba el convoy. En cuanto los vehículos se detuvieron, empezaron a dispararles de todas partes a la vez: era como si el bosque mismo disparara, como si cada rama fuera el cañón de un fusil. En cuestión de segundos las ametralladoras francesas comenzaron a responder, rociando de balas los alrededores. Raymond dio un volantazo a la izquierda, hizo volcar su camión en la cuneta, cogió la metralleta y se lanzó fuera. Su compañero de cabina, que dudó unos segundos, recibió una bala en la garganta. Parapetado tras la carrocería, Raymond vio a su derecha a los demás conductores, que habían saltado a la cuneta igual que él.

Era una emboscada en toda regla.

De pronto los viets llegaron por su espalda y apuntaron a los nueve hombres apostados detrás de los vehículos.

La batalla se intensificaba al otro lado de la carretera: una perfecta maniobra de distracción. Los viets los desarmaron en cuestión de segundos encañonándolos en la nuca o en la espalda y no tardaron ni tres minutos en maniatarlos y hacerlos avanzar a culatazos hacia el bosque, en el que desaparecieron como piedras en un estanque. La vegetación era tan densa que los ruidos de la refriega se debilitaron rápidamente hasta apagarse por completo. Un poco más adelante los obligaron a arrodillarse y los amordazaron. El jefe era un tipo escuálido de edad indefinida, torso estrecho, rostro chupado y ojos ardientes. Cada rehén recibió una buena tunda y todos comprendieron de inmediato el mensaje: «No os paséis de listos, aquí no nos andamos con chiquitas.»

Se pusieron de pie y empezaron una larga marcha, una larguísima marcha.

Raymond sólo había reconocido a tres de sus camaradas entre los prisioneros, aún no sabía quiénes eran los demás. Justo delante tenía al gran Chabot, herido en una pierna. Ni siquiera le habían permitido que se hiciera un torniquete o un vendaje apretado.

Al cabo de una hora de tambalearse en medio del bochorno, de tropezar con raíces, de caer y volver a levantarse antes de que lo molieran a palos, Raymond empezó a acusar el cansancio. Caminaron todo el día, sudando a mares. A bastantes metros por delante de él, Chabot jadeaba, gemía, gritaba de vez en cuando. Reconocía su voz, pero nunca la oía mucho rato: en la cabeza de la columna debía de reinar la más absoluta brutalidad.

Cruzaron una ciénaga y sintió las sanguijuelas engancharse a sus piernas; por la tarde había contado más de cuarenta, que había aplastado a pisotones después de arrancárselas.

Y ahora, seis días después, allí estaban, cada uno encerrado en una minúscula choza de bambú, atados de manos y pies.

Por el día el calor, saturado de humedad, los dejaba empapados de sudor. De noche, sin manta, se helaban ovillados en un rincón del chamizo.

Dos compañeros habían muerto: Raymond había visto a los viets arrastrar los cuerpos, cuyos brazos iban dibujando dos raíles por el lodo. Había reconocido al cabo Vernoux; un buen tipo, siempre dispuesto a hacerte un favor. ¿Qué habían hecho con los cadáveres? Por la noche se oían los rugidos de las fieras. ¿Los habían dejado en alguna parte, entre la maleza, para que los devoraran?

Ya sólo eran siete.

Recibían un cuenco de arroz diario junto con una roñosa lata de conservas llena de agua.

Oía gemir a Chabot en otra choza a la izquierda de la suya, demasiado alejada como para poder hablar con él. Seguro que nadie lo había curado; estaría viendo, presa de la fiebre, cómo se le gangrenaba la pierna día tras día. A veces creía percibir un olor a carne putrefacta que procedía de esa dirección.

En el grupo también estaba Vertbois, un cabo primero famoso por sus «métodos de investigación». Debía de estar rezando para que los viets no lo reconocieran y le hicieran pasar un mal rato. Cuando caía prisionero un viet, se lo entregaban a él para que lo interrogara. Dos años de práctica le habían permitido probar muchos métodos que había acabado reduciendo a dos: el A y el B. Se plantaba delante del prisionero, lo miraba fijamente y, sin planteárselo mucho, decía «A» o «B». Los muchachos ya sabían qué hacer: si era A, colgaban al prisionero del techo por los dedos gordos de los pies y Vertbois se encargaba de la faena con la caña de bambú y las descargas eléctricas en sus partes, en el estómago y en los riñones. Si decía B, le ataban las manos a la espalda y lo tumbaban boca abajo; Vertbois se sentaba sobre su cabeza, le agarraba los codos y, con un fuerte y brusco tirón, se los colocaba a la altura de las orejas. La reacción muscular hacía que la víctima arrojara sangre por la nariz, la boca y el ano. Ese método también se conocía como «darle la vuelta a la molleja». Raymond, que nunca había querido asistir a esos interrogatorios, no podía ni imaginar lo que harían los viets con Vertbois si se enteraban de quién era. Se contaba que una vez habían atado a un hombre a un árbol, le habían rajado la tripa y habían atado los intestinos a la cola de un búfalo que se había alejado con su habitual parsimonia.

Sin duda, la esperanza de ver aparecer a la caballería confortaba a cada uno de los prisioneros.

En dos ocasiones habían oído un zumbido de aviones más al norte, pero al cabo de unos minutos se había apagado.

Todos habían comprendido ya la situación: habitualmente las emboscadas tendidas a una columna tenían como objetivo capturar soldados del «ejército colonial», pero esta vez se trataba de otra cosa.

No los intercambiarían por unos cuantos miles de piastras o por armas estadounidenses.

Una semana antes un nido de comunistas había sido incendiado con lanzallamas con algunos de sus habitantes encerrados en las chozas.

Como represalia, los viets iban a ofrecer a los asesinos un bonito espectáculo: los soldados del Cuerpo Expedicionario torturados.

Sin duda alguna querrían lanzar un mensaje contundente. Las imágenes, los rumores y las leyendas se atropellaban en la mente de Raymond, y lo llenaban de inquietud y de angustia.

Le habían arrancado tiras de piel tan anchas como el brazo de la parte anterior y posterior de los muslos; había aullado como un condenado y, de vuelta en la choza, sin nada para cauterizar las heridas, éstas habían empezado a supurar y le causaban un dolor indescriptible. Ahora la gangrena lo acechaba a él también. Los mosquitos pululaban a sus anchas durante toda la noche y sus picaduras provocaban picores que era imposible aliviar salvo rascándose las piernas hasta hacerse sangre. La noche anterior había sentido el roce de un insecto y, al levantarse de un salto, había visto a sus pies un ciempiés luminoso de unos veinte centímetros; un bicho que, si te picaba, te provocaba una fiebre de mil demonios.

Raymond intentaba localizar el emplazamiento de los demás, pero era imposible llamarse, hablar. No muy lejos, un poco a su derecha, en su jaula de bambú, el Holandés cantaba desde el primer día, en flamenco, lo que parecía una canción infantil. Era un hombre brutal que nunca había mostrado muchos sentimientos; sin embargo, entonaba la cancioncilla con una voz suave que contrastaba con su corpachón. Cuando los guardias viets se acercaban a golpear los barrotes se callaba, pero no por mucho tiempo; pronto retomaba la misma cantinela y la repetía sin cesar, día y noche. Al final los viets entraban en la choza y lo molían a palos, pero no servía de nada: al cabo de una hora volvía a las andadas. Dormía a intervalos de dos horas y podía reiniciar la canción, siempre la misma, veinte, treinta, cincuenta veces por noche. Los viets no eran los únicos a los que sacaba de quicio: de todas las chozas salían gritos y abucheos que tarde o temprano se transformaban en insultos. Incluso Raymond, agotado y enfermo, había acabado insultándolo. Al cabo de tres días con sus noches, los viets se hartaron de aquello. Tres de ellos entraron en la choza y, mientras dos le sujetaban las piernas y los brazos, el tercero lo estranguló con una cuerda, apretando, retorciéndola como quien escurre una bayeta. La voz del Holandés, que intentaba seguir cantando, se crispó y se convirtió en una serie de gorgoteos. Luego, nada.

Al sexto día, cuando Raymond regresó de su tortura diaria ensangrentado, resollando, molido a palos y afónico de tanto gritar (habían vuelto a arrancarle grandes jirones de piel, esta vez de la espalda), comprendió la profunda sabiduría del Holandés, que había elegido abandonar la partida antes de tener que lamentar su obstinación.

Raymond aún no estaba preparado para eso: era de los que no pierden la esperanza. Calculaba: los camaradas que los buscaban harían hablar a todos los viets que conocían, a todos los que encontraran, acabarían consiguiendo una pista y, a partir de ahí... Era imposible que no los encontraran, apenas habían caminado una jornada después de ser capturados. No podían estar muy lejos...

Entró en un delirio febril. Ya no distinguía el día de la noche, ya no sabía con exactitud si los gemidos que oía eran los suyos o los de los camaradas de las chozas más próximas.

Luego, por primera vez, los hicieron salir a todos.

Ellos se miraron atónitos. Cada cual había sufrido una tortura distinta: los compañeros que lograran encontrarlos asistirían a un espectáculo muy logrado. Raymond sería el desollado vivo; Vertbois, el de las dos manos amputadas; Chabot, al que llevaban en una camilla de bambú y hojas de plátano, y que emitía un largo grito continuo, sería el que tenía rotas todas las articulaciones...

Ninguno se tenía en pie. Los amontonaron en la plataforma de un camión. Intentaron hablar entre sí, pero necesitaban todas sus fuerzas para poder sujetarse cuando el vehículo rebotaba sobre las raíces aéreas de los banianos o caía en un bache. Raymond se pasó el viaje tratando de mantener a Chabot en la camilla.

Se hizo la luz y los camiones pararon en seco.

Era un claro minúsculo. Con el hocico pegado al suelo, dos búfalos tiraban lentamente de un rastrillo con largos dientes.

Los hicieron bajar a culatazos y los lanzaron al suelo.

Y en ese instante todo el mundo se quedó inmóvil con los ojos clavados en el cielo.

Esta vez los zumbidos de los aviones no sonaban en la lejanía, sino allí mismo, casi encima de ellos.

De pronto vieron un Morane, una «langosta», como solían llamarlos, volando a poca altura. El corazón de Raymond enloqueció. Era imposible que el piloto no hubiera visto aquel claro ni a aquella cincuentena de hombres. De hecho, ejecutó un amplio viraje para volver a sobrevolar la zona...

Los soldados franceses se volvieron con ansiedad hacia los soldados del Viet Minh. ¿Estaban sorprendidos? Ahora que sabían que el tiempo apremiaba, que el Morane habría transmitido su posición, que una unidad de paracaidistas despegaría rápidamente para intervenir, ¿qué harían?

También los viets miraban al cielo, pero sin miedo ni prisa alguna, como si aquella aparición estuviera prevista.

Cuando el aparato se alejó y el ruido de los motores empezó a apagarse, el pequeño comandante ladró unas órdenes.

Sus hombres avanzaron con decisión hacia el grupo de prisioneros y los obligaron a levantarse a patadas y bayonetazos.

Sólo dos consiguieron caminar por sí solos; a los demás, jadeantes, tuvieron que arrastrarlos soldados del Viet Minh que no tuvieron ningún miramiento con sus heridas.

En el suelo, excavados a unos metros unos de otros, había nueve hoyos en los que cabía un hombre de pie. Tres de ellos ya estaban ocupados por cuerpos inertes en proceso de putrefacción. Raymond reconoció la nuca tatuada del cabo Vernoux, ejecutado unos días antes, y la del Holandés, que había elegido morir.

Introdujeron a cada prisionero en un hoyo con las manos atadas a la espalda.

Raymond era ancho de hombros y, como no se deslizaba hasta el fondo, tuvieron que hundirlo a culatazos. Sintió cómo la clavícula izquierda se le partía en dos.

Después, dos o tres viets empezaron a arrojar paladas de tierra sobre cada uno de ellos. Ahora, sólo sus cabezas sobresalían del suelo. De lejos debían de parecer un bancal de calabazas.

El avión de reconocimiento apareció de nuevo, esta vez volando bastante bajo. A Raymond le costó localizarlo porque el sudor se le metía en los ojos.

¿Precedía a una unidad de paracaidistas que en esos momentos se preparaba para saltar?

Vertbois empezó a gemir.

Raymond se olvidó del cielo y, al ver a los búfalos avanzando lentamente hacia ellos, fue presa del pánico.

Sobre su cabeza, el avión volvía a pasar, más bajo aún...

Frente a él, los búfalos tiraban del rastrillo, cada vez más cerca...

La imagen que acudió a su mente fue el rostro de Étienne, que en esos instantes le sonreía a su madre en Beirut.

Angèle había consentido en coger su copa y alzarla, como los demás.

También aceptó sonreír para la ocasión.

El señor Pelletier ya había elegido su tema.

Extendió alegremente el brazo hacia Étienne.

—¡Por Saigón! —exclamó.

Todos levantaron sus copas y repitieron:

—¡Por Saigón!