HARI SELDON: […] nacido el año 11988 de la Era Galáctica; fallecido en 12069. Es práctica común expresar las fechas en consonancia con la Era Fundacional en curso, por ejemplo, -79 con respecto al año 1 E. F. Criado en el seno de una familia de clase media en Helicon, en el sector de Arcturus (donde su padre, según una leyenda de dudosa veracidad, cultivaba tabaco en las centrales hidropónicas del planeta), pronto demostró poseer un talento asombroso para las matemáticas. Las anécdotas inspiradas en su habilidad son innumerables, y en algunos casos contradictorias. Se dice que cuando contaba dos años de edad […].
[…] Es indudable que sus principales aportaciones se produjeron en el ámbito de la psicohistoria. Cuando Seldon entró en contacto con la disciplina, esta era poco más que un montón de vagos axiomas; gracias a él se transformó en una rigurosa ciencia estadística […].
[…] Por lo que a los pormenores de su vida respecta, la mayor autoridad existente es la biografía escrita por Gaal Dornick, quien de joven conoció a Seldon dos años antes de que el genial matemático falleciera. La historia del encuentro […].
ENCICLOPEDIA GALÁCTICA[*]
Se llamaba Gaal Dornick y era un simple chico de campo que nunca antes había pisado Trantor. Literalmente hablando, al menos. Sí que lo había visto muchas veces en el hipervídeo, y de forma ocasional en los espectaculares noticiarios tridimensionales que cubrían alguna coronación imperial o la inauguración de un consejo galáctico. Que jamás hubiera salido del planeta Synnax, el cual orbitaba alrededor de una estrella en los confines del Cúmulo Azul, no quería decir que estuviera aislado de la civilización. Por aquel entonces, ningún rincón de la Galaxia lo estaba.
Era una época en la que la Galaxia contenía cerca de veinticinco millones de mundos habitados, y hasta el último de ellos debía lealtad al Imperio con sede en Trantor. Fue el último medio siglo del que se pudo afirmar algo así.
Para Gaal, este viaje constituía la cima indiscutible de su joven vida, consagrada a los estudios. Puesto que ya había estado antes en el espacio, la travesía era un mero desplazamiento entre dos puntos sin mayor importancia para él. Cierto es que sus anteriores excursiones se habían circunscrito al único satélite de Synnax, con el objetivo de recabar información sobre la mecánica de la deriva meteórica con la que documentar su disertación, pero quien surcaba el espacio una vez ya lo había visto todo, daba igual que se recorrieran quinientos mil kilómetros u otros tantos años luz.
Eso no impedía que anticipara con cierta ansiedad el salto a través del hiperespacio, un fenómeno que no se experimentaba en los viajes interplanetarios corrientes. «Saltar» todavía era, y probablemente seguiría siéndolo siempre, la única forma práctica de surcar las estrellas. La velocidad estándar de la luz limitaba cuán deprisa se podía recorrer el espacio (uno de los escasos hechos científicos que perduraban desde el remoto albor de la historia de la humanidad), lo que significaba que llegar siquiera al más próximo de los sistemas habitados requeriría años de travesía. En el hiperespacio, esa región inaprehensible que no era ni espacio ni tiempo, ni materia ni energía, ni algo ni nada, uno podía ir de un confín de la Galaxia a otro en el intervalo que mediaba entre dos instantes adyacentes.
Aunque Gaal había aguardado con aprensión el primero de dichos saltos, este resultó no ser más que un leve estremecimiento, una sacudida interna casi inapreciable que terminó antes de que pudiera cerciorarse de haberla sentido. Eso fue todo.
Después de aquello no quedaba sino la nave, gigantesca y resplandeciente, el frío fruto de los 12.000 años de avances tecnológicos del Imperio; y él, con su recién obtenido doctorado en Matemáticas y una invitación del gran Hari Seldon para acudir a Trantor y entrar a formar parte del ambicioso y no exento de misterio proyecto que llevaba su nombre.
Divisar por fin Trantor era lo que más ilusión le hacía a Gaal tras la decepción que había supuesto el salto. No salía de la sala de observación. Puesto que las persianas de acero estaban programadas para levantarse a intervalos regulares, él se las apañaba para encontrarse siempre presente en esas ocasiones a fin de admirar el despiadado fulgor de los astros, o para deleitarse con la espectacular evanescencia de un cúmulo estelar semejante a una gigantesca aglomeración de luciérnagas que alguien hubiera capturado en movimiento y petrificado para la posteridad. En cierta ocasión, el celeste vaporoso de una nebulosa de gas que distaba cinco años luz de la nave se extendió por la ventana como leche derramada a lo lejos, inundando la estancia con un tinte glacial antes de perderse de vista al cabo de dos horas, después de otro salto.
La primera impresión que daba el sol de Trantor era la de ser una mota blanca prácticamente perdida entre una miríada de puntitos iguales, reconocible tan solo gracias a las indicaciones del navegador de a bordo. Las estrellas se masificaban en el centro de la Galaxia. Pero cada nuevo salto hacía que esta brillara con más intensidad, eclipsando a las demás, diluyéndolas y difuminándolas.
Un oficial entró en la habitación y anunció:
—La sala de observación permanecerá cerrada durante el resto del trayecto. Nos disponemos a aterrizar.
Gaal había salido detrás de él, agarrado a la manga del uniforme que lucía el emblema de la nave espacial y el sol del Imperio.
—¿No podría quedarme? Me gustaría ver Trantor.
El oficial esbozó una sonrisa y Gaal se ruborizó, al tiempo que se le ocurría que debía de haber hablado con un inconfundible acento provinciano.
—Nos posaremos en Trantor por la mañana.
—Me refiero a que me gustaría verlo desde el espacio.
—Ah. Lo siento, muchacho. Tal cosa sería factible si esto fuera un yate espacial, pero hemos emprendido el descenso en espiral por la cara del sol. No olvides que la radiación podría abrasarte, cegarte y dejarte cubierto de cicatrices.
Gaal empezó a alejarse.
—Además —añadió el oficial a su espalda—, Trantor no sería nada más que un borrón gris, muchacho. ¿Por qué no contratas una visita espacial guiada cuando estemos en tierra? Son muy asequibles.
—Se lo agradezco —respondió Gaal, volviendo la vista atrás.
Sabía que la desilusión que lo embargaba era algo infantil, pero lo infantil es potestad de los adultos tanto como de los niños, y Gaal no podía evitar que se le hubiera formado un nudo en la garganta. Nunca había contemplado Trantor en todo su esplendor, al natural, y le costaba imaginar que la interminable espera aún tuviera que seguir prolongándose.
La nave aterrizó envuelta en una maraña de ruidos: el siseo lejano de la atmósfera rasgada que se deslizaba por el casco metálico de la nave; el ronroneo incesante de los refrigeradores enfrentados al calor producido por la fricción y el retumbo acompasado de la desaceleración forzada por los motores; el murmullo de las personas que se congregaban en las salas de desembarco y el rechinar de los ascensores que izaban maletas, sacas de correo y cajas al eje alargado de la nave, desde donde se trasladarían más tarde a la plataforma de descarga.
Gaal sintió la leve sacudida que indicaba que la nave había perdido su independencia motriz. La gravedad planetaria llevaba horas suplantando a la de a bordo. Miles de pasajeros se habían armado de paciencia y aguardaban sentados en las salas de desembarco, habitáculos que se mecían con suavidad sobre campos de fuerza no rígidos para ajustar su orientación al capricho de las fuerzas gravitacionales. En estos momentos descendían por rampas curvadas en dirección a las grandes escotillas abiertas.
Una vez en cubierta Gaal, que viajaba ligero de equipaje, esperó mientras este era registrado y reordenado de nuevo con rapidez y eficiencia. Apenas prestó atención cuando le inspeccionaron y sellaron el visado.
¡Estaba en Trantor! El aire daba la impresión de ser un poco más denso que en su planeta natal, y también la gravedad parecía ser ligeramente superior a la de Synnax, pero sabía que terminaría por aclimatarse. Dudaba, en cambio, que algún día lograra acostumbrarse a la inmensidad.
El edificio de desembarco era gigantesco. El tejado prácticamente se perdía de vista en las alturas. A Gaal no le extrañaría que se concentraran las nubes al amparo de su enormidad. No se veía ninguna pared al fondo de la sala, tan solo gente y ventanillas, y un suelo que se extendía hasta tornarse borroso a lo lejos.
El empleado de la ventanilla estaba hablando de nuevo. Parecía enfadado.
—Apártese, Dornick. —Tuvo que abrir el visado y volver a mirar para recordar el nombre.
—¿Dónde… dónde…? —balbució Gaal.
El inspector apuntó con un pulgar por encima del hombro.
—Encontrará taxis a la derecha y la tercera a la izquierda.
Gaal se puso en marcha, contemplando las brillantes cintas etéreas suspendidas en el vacío donde se podía leer: TAXIS A TODAS DIRECCIONES.
Una figura se separó de la multitud anónima y se detuvo frente al mostrador mientras Gaal se alejaba. El empleado de la ventanilla levantó la cabeza y asintió sucintamente. El recién llegado imitó su gesto y partió tras los pasos del joven inmigrante.
Llegó a tiempo de oír cuál era su destino.
Gaal se tropezó con una barandilla.
En ella, un cartelito rezaba: «Supervisor». Sin levantar la cabeza, la persona a la que hacía referencia el letrero preguntó:
—¿Adónde?
Aunque Gaal no nadaba precisamente en la abundancia, sería solo por esta noche, y después tendría un sueldo fijo.
—A un hotel de los buenos, por favor —respondió, intentando aparentar confianza.
El supervisor no se dejó impresionar.
—Todos lo son. Nombre uno.
Desesperado, Gaal replicó:
—Al que esté más cerca, si es tan amable.
El supervisor oprimió un botón. En el suelo se formó una fina línea de luz que zigzagueó entre otras igualmente parpadeantes de distintos tonos y colores. El billete que cayó en las manos de Gaal emitía un suave fulgor.
—Uno con doce —anunció el supervisor.
Mientras escarbaba en los bolsillos en busca de monedas, Gaal preguntó:
—¿Adónde me dirijo?
—Siga la luz. El billete no dejará de brillar mientras camine en la dirección adecuada.
Gaal levantó la cabeza y echó a andar. Cientos de personas hormigueaban por la vasta superficie, cada una de ellas siguiendo su propio rastro luminoso, agolpándose y dispersándose en las intersecciones camino de sus respectivos destinos.
Al final de su rastro particular había un hombre, resplandeciente e impecable en su uniforme de plastotextil azul y amarillo chillón a prueba de manchas, que levantó las dos maletas de Gaal.
—Línea directa al Luxor —dijo.
La sombra de Gaal lo oyó, igual que oyó el «está bien» con que respondió Gaal y lo vio entrar en el vehículo de morro achatado.
El taxi despegó verticalmente con Gaal asomado a la ventana curvada, maravillado por la sensación que le producía volar dentro de una estructura cerrada y aferrado instintivamente al respaldo del asiento del conductor. La enormidad se contrajo y las personas se convirtieron en hormigas distribuidas sin orden ni concierto. El escenario se redujo más aún y empezó a deslizarse hacia atrás.
Había un muro frente a ellos. Nacía a gran altura y se elevaba hasta perderse de vista. Estaba trufado de agujeros que eran bocas de túneles. El taxi de Gaal avanzó hacia uno de ellos y se introdujo en él sin aminorar la marcha. Distraídamente, Gaal se preguntó cómo era posible que el conductor supiera cuál debía elegir entre tantos.
La negrura lo envolvía todo ahora, interrumpida tan solo por el centelleo ocasional de los letreros luminosos que rompían la oscura monotonía. Un silbido atronador inundaba el aire.
Gaal se inclinó hacia delante para combatir la fuerza de la desaceleración cuando el taxi salió del túnel como un tapón de corcho del cuello de una botella y descendió una vez más al nivel del suelo.
—El hotel Luxor —anunció sin necesidad el conductor, que ayudó a Gaal con el equipaje, aceptó la propina de un décimo de crédito sin inmutarse, recogió a otro pasajero que estaba esperando y remontó el vuelo.
En todo este tiempo, desde el momento del desembarco, Gaal no había vislumbrado ni un resquicio de cielo.
TRANTOR: […] Fue a comienzos del decimotercer milenio cuando esta tendencia alcanzó su clímax. Como sede del gobierno imperial durante cientos de generaciones sin interrupción y emplazado en las regiones centrales de la Galaxia, entre los mundos de mayor densidad demográfica y con las industrias más avanzadas del sistema, era inevitable que se convirtiera en el foco de humanidad más nutrido y variado que la especie hubiera visto jamás. El imparable proceso de urbanización por fin había tocado a su fin. Los 195.000.000 de kilómetros cuadrados de la superficie de Trantor eran una sola ciudad. En su punto máximo, el número de habitantes superaba con creces los cuarenta mil millones. Esta inconmensurable población se dedicaba prácticamente en exclusiva a satisfacer las necesidades administrativas del Imperio, y aun así, la complejidad de la tarea hacía que resultara insuficiente. (Cabe recordar que la imposibilidad de una administración eficaz del Imperio Galáctico durante el poco inspirado mandato de los últimos emperadores fue uno de los factores determinantes de la Caída). A diario, flotas de naves espaciales que se contaban por decenas de miles acercaban a las mesas de Trantor los productos de veinte planetas agrícolas […].
Su dependencia de los mundos exteriores, tanto para alimentarse como para afrontar los demás requisitos imprescindibles para la subsistencia, hacía de Trantor un objetivo susceptible de ser conquistado mediante el asedio. En el transcurso del último milenio del Imperio, las incesantes revueltas populares intentaron llamar la atención de un emperador tras otro sobre este hecho, y la política imperial se redujo a poco más que la protección de la delicada yugular de Trantor […].
ENCICLOPEDIA GALÁCTICA
Gaal no sabía si brillaba el sol ni, ya puestos, si era de día o de noche. Le daba vergüenza preguntar. Era como si un techo metálico cubriera el planeta entero. La comida de la que acababa de dar cuenta llevaba la etiqueta de «almuerzo», pero muchos mundos se regían por una escala temporal estándar que de ningún modo acataba la sucesión de los ciclos diurno y nocturno, en ocasiones inconveniente. Las velocidades de giro planetarias diferían, y no sabía cuál era la de Trantor.
Al principio, ilusionado, había seguido los carteles que prometían un «solario», el cual resultó no ser más que una cámara en la que exponerse a radiaciones artificiales. Se quedó allí un momento antes de volver al vestíbulo principal del Luxor.
—¿Dónde se pueden adquirir los billetes para una visita planetaria guiada? —le preguntó al recepcionista.
—Aquí mismo.
—¿Y cuándo empezaría?
—Se la acaba de perder. Mañana habrá otra. Compre su billete ahora y le reservaremos una plaza.
—Vaya. —Mañana sería demasiado tarde. Mañana tendría que estar en la universidad—. ¿Y no habría una torre de observación o algo? Me refiero al aire libre.
—¡Claro que sí! Le puedo proporcionar una entrada para eso, si lo prefiere. Pero antes déjeme comprobar que no esté lloviendo. —Cerró un contacto con el codo y estudió los caracteres flotantes que empezaron a deslizarse por una pantalla escarchada. Gaal fue leyendo a la vez que él—. El tiempo es apacible. Ahora que lo pienso, me parece que ya ha empezado la estación seca. Lo que es a mí —añadió con campechanía—, el exterior no me llama. Hace tres años que no salgo al aire libre. Cuando se ha visto una vez, ya sabe, se ha visto todo. Tenga, su tíquet. Hay un ascensor especial en la parte de atrás. Verá un cartel donde pone: «A la torre». No tiene pérdida.
El ascensor era un modelo nuevo que funcionaba mediante un sistema de repulsión gravitacional. Gaal montó en él seguido de varias personas más. El operador cerró un contacto. Por un momento, Gaal se sintió suspendido en el espacio cuando el valor de la gravedad se convirtió en cero, antes de recuperar una pequeña cantidad de su peso con la aceleración ascendente del ascensor. A continuación, con la desaceleración, sus pies abandonaron el suelo. Se le escapó un gritito.
—Meta los pies debajo de la barandilla —le indicó el operador—. ¿Es que no ha leído el letrero?
Eso era lo que habían hecho los demás, que sonrieron ante sus desesperados y vanos intentos por gatear pared abajo. Tenían los zapatos enganchados en las barandillas cromadas que surcaban el suelo en paralelo, separadas por medio metro de distancia. Aunque Gaal las había visto al entrar, no les había prestado la menor atención.
Sintió cómo una mano tiraba de él hacia abajo.
Dio las gracias, jadeando, mientras el ascensor se detenía.
Salió a una terraza abierta, bañada en un resplandor blanco que hacía daño a los ojos. El hombre de cuya mano amiga acababa de beneficiarse, situado inmediatamente detrás de él, dijo con voz cordial:
—Hay asientos de sobra.
Gaal cerró la boca, que llevaba abierta un rato, y respondió:
—Eso parece. —Encaminó sus pasos hacia ellos, pero se detuvo—. Si no le importa, me quedaré un momento en la barandilla. Me… me gustaría echar un vistazo.
Cuando el hombre mostró su conformidad con un ademán amistoso, Gaal se asomó a la barandilla que le llegaba a los hombros para admirar el panorama.
No se veía el suelo. Las complejas estructuras construidas por el hombre lo ocultaban. El único horizonte que se apreciaba era el del metal contra el firmamento, extendiéndose hasta adquirir un gris casi uniforme. Gaal sabía que sería igual en toda la superficie sólida del planeta. Apenas se detectaba movimiento —un puñado de naves de recreo se recortaban contra el cielo—, pero sabía que la epidermis metálica del mundo ocultaba el bullicio de miles de millones de almas.
No había ni rastro de verdor; ni plantas, ni tierra fértil, la única vida era humana. Recordó que en alguna parte debía de estar el palacio del emperador, emplazado en medio de doscientos cincuenta kilómetros cuadrados de suelo natural, con árboles verdes y flores arcoíris. Una isla diminuta perdida en un océano de acero que no se podía ver desde su atalaya. Quizá estuviera a diez kilómetros de distancia. No lo sabía.
Dentro de poco obtendría su visita guiada.
Exhaló un ruidoso suspiro, pensando que por fin estaba en Trantor, en el planeta que era el centro de la Galaxia y el corazón de la especie humana. Ninguno de sus defectos era aparente. No estaba aterrizando ninguna nave cargada de alimentos. Nada insinuaba la yugular que tan delicadamente conectaba a los cuarenta mil millones de habitantes de Trantor con el resto de la Galaxia. Lo único que se exhibía ante él era el mayor logro de la humanidad, la conquista absoluta de un mundo, prácticamente humillante de puro definitiva.
Impresionado, apartó la mirada. Su amigo del ascensor estaba indicando un asiento junto a él, y Gaal lo tomó.
—Me llamo Jerril —se presentó el hombre, con una sonrisa—. ¿Es tu primera vez en Trantor?
—Sí, señor Jerril.
—Me lo imaginaba. Jerril es mi nombre de pila. Trantor siempre deslumbra a quienes poseen un temperamento poético. Los trantorianos, sin embargo, nunca suben aquí. No les gusta. Les pone nerviosos.
—¡Nerviosos! Me llamo Gaal, por cierto. ¿Por qué tendría que ponerles nerviosos? Es espectacular.
—Una opinión subjetiva, Gaal. Cuando uno nace en un cubículo, se cría en un pasillo, trabaja en una celda y disfruta de sus vacaciones en un solario atestado, salir al aire libre sin nada más que el cielo sobre su cabeza bastaría para provocarle una crisis nerviosa. Hacen que los niños vengan aquí arriba una vez al año, después de haber cumplido los cinco. No sé si sirve de algo. Lo cierto es que solo entienden una pequeña parte de lo que ven, y las primeras veces se ponen histéricos y gritan hasta quedarse afónicos. Las excursiones deberían tener carácter semanal y ser obligatorias desde el destete.
»También es verdad —prosiguió tras una breve pausa— que no cambiaría en nada las cosas. ¿Qué más daría que no salieran jamás? Desde ahí abajo dirigen el Imperio y son felices. ¿A qué altura dirías que nos encontramos?
—¿Ochocientos metros? —aventuró Gaal, preguntándose si no estaría pecando de ingenuo.
Debía de ser ese el caso, pues Jerril soltó una risita y replicó:
—No. Tan solo ciento cincuenta.
—¿Qué? Pero si el ascensor tardó como…
—Ya lo sé. Pero la mayor parte del trayecto se consumió subiendo al nivel del suelo. Los túneles de Trantor se extienden a unos dos kilómetros bajo tierra. Es como un iceberg, oculto en sus nueve décimas partes. Se extiende incluso varios kilómetros hacia lo que antaño fuera el lecho oceánico, en las costas. A decir verdad, la diferencia de temperatura entre el nivel del suelo y un par de kilómetros más abajo nos proporciona toda la energía que necesitamos. ¿Lo sabías?
—No. Creía que utilizabais generadores atómicos.
—Así era antes. Pero de este modo se reducen los costes.
—Me lo imagino.
—¿Qué opinas de todo esto? —La sonrisa cordial de Jerril se tiñó de picardía, confiriéndole un aspecto ligeramente taimado.
Gaal se esforzó por encontrar la palabra adecuada.
—Espectacular —musitó.
—¿Has venido de vacaciones? ¿Viaje? ¿Turismo?
—No exactamente… Siempre había querido visitar Trantor, pero estoy aquí principalmente por motivos de trabajo.
—¿Sí?
Gaal se sintió en la obligación de explicarse.
—Colaboro con el proyecto del doctor Seldon en la Universidad de Trantor.
—¿Seldon el Cuervo?
—No, no. Me refiero a Hari Seldon… Seldon, el psicohistoriador. No sé nada de ningún cuervo llamado Seldon.
—A Hari me refería. Lo llaman el Cuervo. Es argot, ya sabes. Como no deja de predecir desastres…
—¿Eso hace? —La sorpresa de Gaal era auténtica.
—Tú deberías saberlo, ¿no? —Jerril había dejado de sonreír—. Al fin y al cabo, vas a trabajar para él.
—Bueno, sí, en calidad de matemático. ¿Cómo que predice desastres? ¿De qué tipo?
—¿Tú qué crees?
—Me temo que no tengo la menor idea. He leído los ensayos publicados por el doctor Seldon y su equipo, y todos versan sobre teorías matemáticas.
—Sí, los publicados.
—Creo que va siendo hora de que me retire a mi habitación —dijo Gaal, irritado—. Encantado de conocerte.
Jerril agitó un brazo con indiferencia a modo de despedida.
Gaal se encontró con que había alguien esperándolo en su cuarto. Su sobresalto fue tal que tardó unos instantes en formular la inevitable pregunta que afloró a sus labios:
—¿Qué hace usted aquí?
El desconocido se puso de pie. Era anciano, estaba casi completamente calvo y cojeaba al andar, pero sus ojos azules brillaban rebosantes de vida.
—Soy Hari Seldon —se presentó justo antes de que las aturulladas neuronas de Gaal relacionaran aquel rostro con el recuerdo de las innumerables ocasiones en que lo había visto retratado.
PSICOHISTORIA: […] Gaal Dornick, valiéndose de conceptos no matemáticos, define la psicohistoria como aquella rama de las matemáticas que estudia la reacción de los conglomerados humanos a determinados estímulos sociales y económicos […].
[…] Todas estas definiciones dan por sentado que el conglomerado humano en cuestión es lo suficientemente numeroso como para poseer un valor estadístico representativo. El tamaño mínimo de estos conglomerados puede determinarse según el Primer Teorema de Seldon, el cual […]. Otro requisito imprescindible sería la ignorancia del análisis psicohistórico por parte del conglomerado humano, a fin de que sus reacciones sean verdaderamente aleatorias […].
La base de toda psicohistoria válida se encuentra en el desarrollo de las Funciones de Seldon, las cuales exhiben propiedades congruentes con las de fuerzas sociales y económicas como […].
ENCICLOPEDIA GALÁCTICA
—Buenas tardes —dijo Gaal—. Me… me…
—¿Se creía que no íbamos a vernos hasta mañana? Así habría sido, en circunstancias normales. Lo que ocurre es que, si queremos utilizar sus servicios, debemos apresurarnos. Conseguir reclutas se está volviendo cada vez más complicado.
—No lo entiendo.
—¿No es cierto que estuvo hablando con un hombre en la torre de observación?
—Sí. Su nombre de pila es Jerril. No sé nada más de él.
—Su nombre no es nada. Se trata de un agente de la Comisión de Seguridad Pública. Lleva siguiéndolo desde que salió del espaciopuerto.
—¿Pero por qué? Me temo que no entiendo nada.
—El hombre de la torre, ¿no dijo nada acerca de mí?
Gaal titubeó antes de responder:
—Se refirió a usted como «Seldon el Cuervo».
—¿Le dijo por qué?
—Dijo que predecía desastres.
—Así es. ¿Qué significado tiene para usted Trantor?
Era como si a todo el mundo le interesara su opinión sobre Trantor, mientras que Gaal solo atinaba a recurrir una y otra vez al mismo calificativo:
—Espectacular.
—Habla usted sin pararse a pensar. ¿Qué hay de la psicohistoria?
—No se me había ocurrido aplicarla a este problema.
—Cuando usted y yo nos separemos, muchacho, habrá aprendido a aplicar la psicohistoria a todos los problemas por acto reflejo. Fíjese. —Seldon sacó una calculadora de la bolsita de su cinturón. Se decía que guardaba una debajo de la almohada para entretenerse cuando lo eludía el sueño. El acabado, gris y lustroso, se veía ligeramente desgastado por el uso. Los ágiles dedos de Seldon, moteados ya por la edad, se deslizaron por la rígida carcasa de plástico. Unos símbolos rojos refulgieron sobre el fondo gris—. Eso representa la condición del Imperio en estos momentos.
Se quedó esperando.
Al cabo, Gaal repuso:
—Es imposible que se trate de una representación exhaustiva.
—Es incompleta, cierto —reconoció Seldon—. Me alegra que no se fíe a ciegas de mi palabra. Sin embargo, es una forma práctica de representar la teoría. ¿Le parece mejor así?
A lo que Gaal, en un intento por eludir cualquier posible encerrona, repuso:
—Sí, siempre y cuando luego pueda verificar la derivación de la función.
—Bien. Sumemos a esto la probabilidad conocida de un asesinato imperial, una revuelta virreinal, la actual recurrencia de periodos de recesión económica, el declive en la tasa de exploraciones planetarias, la…
Siguió enumerando. Conforme mencionaba una nueva variable iban añadiéndose símbolos que surgían al contacto de sus dedos para fundirse en la función básica, que no dejaba de expandirse y cambiar.
Gaal solo lo interrumpió una vez, para decir:
—No entiendo la validez de esa transformación de conjuntos.
Seldon volvió a repetirla, más despacio.
—Pero eso obedece a una socio-operación prohibida —protestó Gaal.
—Bien. Es usted rápido, aunque no lo suficiente. En esta conexión no está prohibida. Permítame demostrarlo mediante expansiones.
El proceso distaba de haber llegado a su fin, y cuando lo hizo, Gaal tuvo que admitir humildemente:
—Sí, ahora lo veo claro.
Seldon había terminado.
—Esto es Trantor dentro de cinco siglos. ¿Cómo lo interpreta? ¿Eh? —Ladeó la cabeza, expectante.
—¡Una devastación absoluta! —exclamó incrédulo Gaal—. Pero… pero eso es imposible. Trantor nunca ha estado…
—Bueno, tranquilícese. —Seldon hacía gala de una intensidad propia de alguien cuya edad solo había logrado hacer mella en su cuerpo—. Acaba de ver cómo se llega a este resultado. Expréselo con palabras. Olvídese de simbolismos por ahora.
—A medida que Trantor continúa especializándose —empezó Gaal—, aumenta su vulnerabilidad, es menos capaz de valerse por sus propios medios. Más aún, cuanta más relevancia adquiere como centro administrativo del Imperio, mayor es su valor como trofeo. Ante la creciente incertidumbre que rodea la cuestión de la sucesión imperial, las disputas entre las familias más importantes se disparan y la responsabilidad social desaparece.
—Ya es suficiente. ¿Y qué hay de la probabilidad numérica de una devastación absoluta dentro de cinco siglos?
—No sabría decirlo.
—Pero sabrá realizar una diferenciación de campo.
Gaal se sentía sometido a mucha presión. Seldon no le ofreció la calculadora, que sostenía a un palmo de sus ojos. La frente se le perló de sudor mientras lidiaba mentalmente con los números.
—¿Alrededor del ochenta y cinco por ciento?
—No está mal —dijo Seldon, impulsando el labio inferior hacia fuera—, pero tampoco es correcto. La cifra exacta es noventa y dos con cinco por ciento.
—¿Y por eso le llaman Seldon el Cuervo? En los ensayos no se menciona nada de todo esto.
—Por supuesto que no. Esto es impublicable. ¿Cree que el Imperio puede desvelar sus flaquezas así como así? Lo que acaba de ver es un sencillo caso práctico de psicohistoria. Pero algunos de nuestros resultados se han filtrado a la aristocracia.
—Eso es horrible.
—No necesariamente. Se han tenido en cuenta todos los factores.
—Entonces, ¿así se explica que estén siguiéndome?
—En efecto. Todo lo relacionado con mi proyecto está siendo investigado.
—¿Corre usted peligro, señor?
—Ya lo creo. La probabilidad de que me ejecuten es del uno con siete por ciento, pero eso, naturalmente, no detendrá el proyecto. También lo hemos tenido en cuenta. En fin, da igual. ¿Nos veremos mañana en la universidad?
—Allí estaré —respondió Gaal.
COMISIÓN DE SEGURIDAD PÚBLICA: […] La camarilla aristocrática llegó al poder tras el asesinato de Cleón I, último de los Entun. Por regla general, los nobles supieron dar ejemplo de orden durante los siglos de inestabilidad e incertidumbre que sacudieron el Imperio. Bajo el dominio de las grandes familias de los Chen y los Divart, sin embargo, esta cualidad degeneró en la mayoría de los casos hasta convertirse en una obsesión ciega por preservar el statu quo […]. Su influencia a la hora de tomar decisiones de Estado no sería eliminada por completo hasta que ascendió al trono el último emperador firme, Cleón II. El primer comisionado general […].
[…] En cierto modo, los orígenes del declive de la Comisión podrían rastrearse hasta el juicio contra Hari Seldon, celebrado dos años antes del comienzo de la Era Fundacional. Dicho juicio se describe en la biografía de Hari Seldon elaborada por Gaal Dornick […].
ENCICLOPEDIA GALÁCTICA
Gaal faltó a su palabra. Un zumbido apagado lo despertó a la mañana siguiente. Al responder a la llamada, la voz del recepcionista, tan baja, educada y desaprobatoria como cabía esperar, lo informó de que quedaba arrestado por orden de la Comisión de Seguridad Pública.
Gaal se levantó de un salto, corrió hasta la puerta y descubrió que esta ya no se abría. Lo único que podía hacer era vestirse y esperar.
Vinieron a por él y se lo llevaron a otro sitio, aunque seguía estando detenido. Lo interrogaron con suma cordialidad. Todo era muy civilizado. Gaal explicó que era oriundo de Synnax; que había estudiado en tal y tal facultad, y que se había doctorado en Matemáticas en tal y tal fecha. Había solicitado un puesto en el equipo del doctor Seldon y lo había obtenido. Una y otra vez repitió los mismos detalles; y una y otra vez, sus interrogadores volvieron sobre la cuestión de su ingreso en el Proyecto Seldon. Cómo se había enterado de su existencia, cuál sería su cometido, qué instrucciones secretas había recibido, de qué iba todo aquello.
Gaal respondió que no lo sabía. No le habían dado instrucciones secretas. Era un estudioso, un matemático. No le interesaba la política.
Al cabo, el amable inquisidor preguntó:
—¿Cuánto falta para la destrucción de Trantor?
Gaal titubeó.
—No sabría decirlo.
—¿Sabría decirlo otra persona?
—¿Cómo podría hablar por boca de otro? —Gaal empezaba a sentirse sofocado.
El inquisidor insistió:
—¿Le ha hablado alguien de dicha destrucción? ¿Alguien le ha sugerido una fecha? —Al ver que el joven vacilaba, continuó—: Hemos estado siguiéndolo, doctor. Estábamos en el aeropuerto cuando llegó; en la torre de observación mientras esperaba usted a su cita; y, como es lógico, pudimos escuchar la conversación que mantuvo con el doctor Seldon.
—En tal caso, sabrá ya lo que opina él sobre este asunto.
—Es posible. Pero nos gustaría oírselo decir a usted.
—Opina que Trantor será arrasado dentro de cinco siglos.
—¿Lo ha demostrado por medios… esto… matemáticos?
—Sí, en efecto —respondió Gaal, desafiante.
—Y supongo que usted mantiene que las… esto… matemáticas se sostienen.
—Si el doctor Seldon las da por válidas, deben de serlo.
—En tal caso, volveremos.
—Espere. Tengo derecho a un abogado. Exijo que se respeten mis derechos como ciudadano imperial.
—Así se hará.
Y así se hizo.

Fue un hombre alto el que entró algo más tarde, un hombre cuyo rostro parecía componerse en exclusiva de líneas verticales, tan enjuto que cabía preguntarse si habría sitio para una sonrisa entre sus mejillas.
Gaal levantó la cabeza. Se sentía sucio y extenuado. A pesar de que no llevaba ni treinta horas en Trantor, habían ocurrido muchas cosas.
—Me llamo Lors Avakim —se presentó el recién llegado—. El doctor Seldon me ha pedido que lo represente.
—¿Es cierto eso? Bueno, pues mire. Exijo hablar con el emperador de inmediato. Me están reteniendo sin motivo. Soy inocente de todo. ¡De todo! —Extendió las manos de golpe, con las palmas hacia abajo—. Tiene que solicitar audiencia con el emperador, ahora mismo.
Avakim estaba enfrascado en vaciar el contenido de una carpeta poco abultada en el suelo. Si Gaal hubiera tenido ánimo para ello, podría haber reconocido los formularios legales de celomet, unas finas láminas adaptadas para su inserción en los reducidos confines de una cápsula personal. También podría haber reconocido una grabadora portátil.
Sin prestar la menor atención a los exabruptos de Gaal, Avakim por fin le dirigió la mirada y dijo:
—La Comisión, como es lógico, nos estará apuntando con un haz espía para escuchar nuestra conversación. Es un recurso que va contra la ley, pero eso no les impedirá usarlo.
Gaal rechinó los dientes.
—Sin embargo —Avakim se sentó con parsimonia—, la grabadora que he dejado encima de la mesa… un instrumento cuyo aspecto es perfectamente corriente y que también desempeña su función original… posee la cualidad añadida de ser capaz de interferir con el haz espía. Se trata de algo que no descubrirán enseguida.
—De modo que puedo hablar.
—Por supuesto.
—Pues quiero ver al emperador.
En los labios de Avakim se dibujó una sonrisa glacial que, después de todo, resultó sí tener espacio en su enjuto semblante. Sus mejillas se arrugaron para hacerle sitio.
—Es usted de provincias.
—Pero no por ello menos ciudadano imperial. Con los mismos derechos que usted o cualquiera de los integrantes de la Comisión de Seguridad Pública.
—Sin duda, sin duda. Ocurre tan solo que, como natural de las provincias que es, carece usted de la comprensión necesaria del funcionamiento de las cosas en Trantor. El emperador no recibe a nadie.
—¿A quién si no debería apelar para quejarme de la Comisión? ¿Existe otro procedimiento?
—No. No existe ningún recurso, en el sentido práctico de la palabra. Desde un punto de vista jurídico, podría usted apelar al emperador, pero este no le concederá audiencia. El emperador de nuestros días no tiene nada que ver con los de la dinastía Entun, entiéndalo. Me temo que Trantor está en manos de las familias aristocráticas, cuyos miembros constituyen en gran medida la Comisión de Seguridad Pública. Se trata de un desarrollo de los acontecimientos que la psicohistoria supo predecir con gran acierto.
—¿Es cierto eso? —replicó Gaal—. En tal caso, ya que el doctor Seldon puede predecir la historia de Trantor a quinientos años vista…
—Puede predecirla hasta mil quinientos años en el futuro.
—Que sean mil quinientos. ¿Por qué no pudo predecir ayer lo que iba a ocurrir esta mañana y ponerme sobre aviso? No, disculpe. —Gaal se sentó y apoyó la cabeza en la palma de una mano cubierta de sudor—. Comprendo perfectamente que la psicohistoria es una ciencia estadística y no puede predecir con exactitud el futuro de un solo individuo. Estoy muy nervioso, hágase cargo.
—Se equivoca usted. El doctor Seldon sospechaba que lo arrestarían esta mañana.
—¡Cómo!
—Lo lamento, pero así es. La agresividad de las actividades de la Comisión va en aumento. Las nuevas adhesiones a nuestro grupo son víctimas de un acoso cada vez menos encubierto. Según los gráficos, repercutiría en nuestro provecho que la tensión alcanzara su clímax ahora. Puesto que la Comisión estaba demorándose, el doctor Seldon lo visitó ayer para obligarlos a reaccionar. No hubo otro motivo.
—Es indignante… —jadeó Gaal, consternado.
—Por favor. Era necesario. No lo han capturado por ninguna razón personal. Debe entender que los planes del doctor Seldon, basados en las matemáticas desarrolladas a lo largo de dieciocho años, contemplan todas las eventualidades con probabilidades significativas. Esta es una de ellas. Mi presencia aquí obedece únicamente a nuestro afán por garantizarle que no tiene nada que temer. Todo terminará bien; para el proyecto, casi con toda seguridad; y para usted, con una probabilidad razonable.
—¿Cuáles son las cifras? —quiso saber Gaal.
—Para el proyecto, más del noventa y nueve con nueve por ciento.
—¿Y para mí?
—Se me ha confiado que esa probabilidad es del setenta y siete con dos por ciento.
—En tal caso, la probabilidad de que me encarcelen o me ejecuten es más de una entre cinco.
—Eso último está por debajo del uno por ciento.
—Claro. Los cálculos relativos a una sola persona no significan nada. Dígale al doctor Seldon que venga a verme.
—Por desgracia, no puedo. El doctor Seldon también se encuentra detenido.
La puerta se abrió de par en par antes de que Gaal pudiera hacer algo más que ponerse de pie y empezar a articular un grito. Entró un guardia que se acercó a la mesa, cogió la grabadora, la examinó desde todos los ángulos y se la guardó en el bolsillo.
—Necesito ese instrumento —dijo tranquilamente Avakim.
—Le proporcionaremos otro que no emita campos de estática, consejero.
—En tal caso, doy por concluida esta entrevista.
Dicho lo cual, se fue y dejó solo a Gaal.
No hacía tanto que había empezado a celebrarse el juicio (al menos eso suponía Gaal que era, aunque a efectos legalistas guardara escaso parecido con las elaboradas técnicas procesales sobre las que había leído). Tan solo era la tercera jornada. Y sin embargo, la memoria de Gaal empezaba ya a tener problemas para remontarse a sus comienzos.
Con su persona específicamente habían sido bastante compasivos. La artillería pesada estaba apuntada contra el doctor Hari Seldon, quien, por su parte, se mantenía imperturbable en su asiento. A los ojos de Gaal, era el único vestigio de estabilidad que quedaba en el mundo.
El escaso público había sido seleccionado en exclusiva entre los barones del Imperio. La prensa y la población civil estaban excluidas, y era poco probable que el número de personas al corriente de que estaba juzgándose a Seldon fuera significativo. Reinaba un ambiente de hostilidad indisimulada contra los encargados de la defensa.
Había cinco miembros de la Comisión de Seguridad Pública sentados detrás de la mesa elevada, vestidos con uniformes escarlatas y dorados, y tocados con los brillantes y ceñidos gorros de plástico que simbolizaban su autoridad judicial. Ocupaba el centro el comisionado general Linge Chen. Gaal, que jamás había visto a un noble tan importante, lo observaba fascinado. Chen apenas había abierto la boca en todo el juicio, como si quisiera dar a entender que su dignidad estaba por encima de palabrerías.
El abogado de la Comisión consultó los apuntes y se reanudó el interrogatorio, con Seldon aún en el estrado.
P. Veamos, doctor Seldon. En estos momentos, ¿cuántas personas están implicadas en el proyecto que usted dirige?
R. Cincuenta matemáticos.
P. ¿Contando al doctor Gaal Dornick?
R. Con el doctor Dornick serían cincuenta y uno.
P. Ah, de modo que cincuenta y un implicados. Haga usted memoria, doctor Seldon. ¿No serán cincuenta y dos, o cincuenta y tres? ¿O incluso más?
R. El doctor Dornick todavía no se ha unido oficialmente a mi organización. Cuando lo haga, el número de integrantes será cincuenta y uno. En estos momentos es cincuenta, como ya he dicho antes.
P. ¿No serán cien mil, más bien?
R. ¿Matemáticos? No.
P. No hablo de matemáticos. Teniendo en cuenta todas las funciones, ¿serían cien mil?
R. Teniendo en cuenta todas las funciones, esa cifra podría ser correcta.
P. ¿«Podría ser»? Yo afirmo que lo es. Afirmo que el número de personas implicadas en su proyecto asciende a noventa y ocho mil quinientas setenta y dos.
R. Creo que incluye mujeres y niños.
P. (Levantando la voz). ¡Declaro que hay noventa y ocho mil quinientas setenta y dos personas! No hace falta ponerse quisquillosos.
R. Acepto las cifras.
P. (Consultando sus notas). Olvidémonos de eso por ahora y abordemos otra cuestión en la que ya habíamos abundado. Doctor Seldon, ¿le importaría repetir sus teorías concernientes al futuro de Trantor?
R. No tengo inconveniente en reiterar cuantas veces haga falta que Trantor será un montón de escombros dentro de cinco siglos.
P. ¿No le parece que sus declaraciones rozan la deslealtad?
R. No, señor. La verdad científica está por encima de lealtades y deslealtades.
P. ¿Está seguro de que esa verdad científica se ve reflejada en sus declaraciones?
R. Lo estoy.
P. ¿En qué se basa para afirmarlo?
R. En las matemáticas de la psicohistoria.
P. ¿Podría demostrar la validez de dichas matemáticas?
R. Solo ante otro matemático.
P. (Con una sonrisa). Así pues, lo que asegura es que la naturaleza de su verdad es tan esotérica que escapa a la comprensión de las personas normales. Me parece a mí que la verdad debería ser un poco más clara, menos misteriosa, más accesible para la mente.
R. Para algunas mentes es perfectamente accesible. La física de la transferencia de energía, lo que se conoce como termodinámica, ha sido clara y transparente a lo largo de toda la historia de la humanidad desde tiempos remotos, lo que no impide que algunos de los presentes seguramente no supieran ni por dónde empezar a diseñar un motor. Y estoy refiriéndome a personas de inteligencia probada. Me extrañaría que los excelsos comisionados…
Llegado este punto, uno de los citados comisionados se inclinó hacia el abogado. Nadie oyó sus palabras, pero el siseo de su voz estaba teñido de aspereza. El abogado se ruborizó e interrumpió a Seldon.
P. No hemos venido a escuchar sermones, doctor Seldon. Supongamos que ha dejado clara su postura. Permítame sugerirle que sus catastrofistas predicciones podrían estar dirigidas a socavar la confianza de la ciudadanía en el gobierno imperial con intereses particulares.
R. No se da el caso.
P. Permítame sugerir asimismo que lo que usted se propone es afirmar que el periodo de tiempo previo a la supuesta caída de Trantor estará plagado de toda clase de revueltas.
R. Eso es correcto.
P. Y que, mediante su mera predicción, usted espera desencadenar ese hecho, y conseguir así un ejército de cien mil personas a su disposición.
R. En primer lugar, eso es falso. Y aunque no lo fuera, la investigación demostrará que apenas diez mil de esas personas son varones en edad de combatir, ninguno de ellos con formación militar.
P. ¿Actúa usted en representación de otra parte?
R. No estoy a sueldo de nadie, letrado.
P. ¿No lo mueve ningún interés? ¿Sirve a la ciencia?
R. Así es.
P. En tal caso, explíquenos cómo. ¿Se puede cambiar el futuro, señor Seldon?
R. Evidentemente. Este tribunal podría volar por los aires dentro de unas horas, o no. Si lo hiciera, es indudable que el futuro cambiaría en algunos pequeños detalles.
P. No responda con evasivas, señor Seldon. La historia común de toda la especie humana, ¿se puede cambiar?
R. Sí.
P. ¿Con facilidad?
R. No. Con gran dificultad.
P. ¿Por qué?
R. La tendencia psicohistórica de un planeta repleto de personas contiene una inercia enorme. Para alterar su rumbo habría que enfrentarla a algo que poseyera una inercia parecida. Debería haber otras tantas personas implicadas o, si el número de participantes fuera relativamente pequeño, habría que darle al cambio un ingente margen de tiempo. ¿Lo entiende?
P. Me parece que sí. Trantor se salvará del desastre si el número de personas suficiente decide actuar para evitarlo.
R. Correcto.
P. ¿Cien mil personas, por ejemplo?
R. No, señor. Serían demasiado pocas.
P. ¿Está seguro?
R. Piense que Trantor tiene cuarenta mil millones de habitantes. Y tenga en cuenta además que la tendencia detonante de la catástrofe no es exclusiva de Trantor, sino que pertenece al Imperio en general, y el Imperio contiene cerca de un trillón de seres humanos.
P. Ya veo. Entonces, sería posible que cien mil personas modificaran la tendencia si ellas y sus descendientes se esforzaran durante quinientos años.
R. Me temo que no. Quinientos años es muy poco tiempo.
P. ¡Ah! En tal caso, doctor Seldon, podemos extraer la siguiente conclusión de sus declaraciones: ha reunido a cien mil personas dentro de los confines de su proyecto, pero estas son insuficientes para cambiar la historia de Trantor en los próximos quinientos años. En otras palabras: hagan lo que hagan, no conseguirán evitar la devastación de Trantor.
R. Me temo que está en lo cierto.
P. Y, por otro lado, sus cien mil colaboradores no albergan ninguna intención criminal.
R. Correcto.
P. (Despacio y con satisfacción). En ese caso, doctor Seldon… Preste mucha atención, pues esperamos que nos proporcione una respuesta meditada. ¿Cuál es la finalidad de sus cien mil colaboradores?
La voz del abogado se había vuelto estridente. Había hecho saltar la trampa; había arrinconado a Seldon; le había arrebatado astutamente la posibilidad de enunciar una respuesta satisfactoria.
El creciente murmullo de conversación que suscitaron sus palabras se propagó por las filas de asistentes hasta invadir el estrado de los comisionados, que se arracimaban cubiertos de escarlata y oro. Únicamente el comisionado general se mantenía impasible.
Hari Seldon, impertérrito, esperó a que se evaporara el clamor.
R. Minimizar los efectos de la devastación.
P. ¿Y cómo se propone conseguirlo, exactamente?
R. La explicación es muy sencilla. La inminente destrucción de Trantor no es un hecho aislado dentro del esquema del desarrollo de la humanidad. Supondrá el clímax de un intrincado drama que comenzó hace siglos y que no deja de precipitarse. Lo que se avecina, caballeros, es el declive y caída del Imperio Galáctico.
El murmullo dio paso ahora a un rugido apagado. El abogado, obstinado, estaba gritando: «¡Osa afirmar públicamente que…!», pero hubo de guardar silencio cuando las voces de «¡Traición!» del público pusieron de manifiesto que se había llegado a un veredicto sin necesidad de descargar ningún mazazo.
Lentamente, el comisionado general levantó el martillo y lo dejó caer. El sonido fue el de un gong melodioso. La algarabía cesó a la vez que las reverberaciones. El abogado respiró hondo.
P. (Con gesto teatral). Doctor Seldon, ¿se da cuenta de que habla usted de un Imperio que ha cumplido los doce mil años de edad pese a todas las dificultades de tantas generaciones y que goza de las simpatías y el cariño de casi un trillón de almas?
R. Estoy al corriente tanto de la situación actual del Imperio como de su pasado histórico. Con el debido respeto, dudo que cualquiera de los presentes en la sala sepa más que yo sobre este tema.
P. ¿Y aun así se empeña en predecir su ruina?
R. Son las matemáticas las que la predicen, yo me reservo mis juicios morales. Personalmente, estas perspectivas de futuro me afligen. Aunque se aceptara el supuesto de que el Imperio es algo perjudicial… palabras que no hago mías… su caída provocaría un estado de anarquía aún peor. Es ese estado de anarquía lo que se propone evitar mi proyecto. No obstante, caballeros, la caída del Imperio es algo de proporciones gigantescas, difícil de combatir. Viene dictada por la proliferación de la burocracia, la restricción de la iniciativa, el estancamiento de la casta, la demonización de la curiosidad y mil factores más. Como decía antes, es un movimiento que lleva siglos en marcha, imparable debido a su enormidad.
P. ¿No es evidente que el Imperio goza de mejor salud que nunca?
R. Estamos rodeados de aparentes ejemplos de ello. Cualquiera pensaría que podría durar eternamente. Sin embargo, letrado, la ilusoria robustez de un árbol podrido no se muestra como lo que es hasta el momento mismo en que el rayo lo parte en dos. Ese rayo silba entre las ramas del Imperio mientras hablamos. Escuche con los oídos de la psicohistoria y lo percibirá.
P. (Titubeante). Doctor Seldon, no hemos venido a…
R. (Con firmeza). El Imperio caerá, y todas sus virtudes con él. Los conocimientos acumulados se marchitarán y el orden impuesto desaparecerá. Las guerras interestelares no tendrán fin, el comercio interplanetario se tambaleará, la población disminuirá, los distintos mundos perderán el contacto con el núcleo de la Galaxia… Y esa situación se prolongará.
P. (Un hilo de voz en medio del apabullante silencio). ¿Eternamente?
R. La psicohistoria, capaz de predecir la Caída, nos ayuda también a analizar la edad oscura que se avecina. El Imperio, caballeros, como acabamos de recordar, se remonta hasta doce mil años en el pasado. La edad oscura que nos espera durará no doce, sino treinta mil años. Surgirá un Segundo Imperio, pero entre él y nuestra civilización mediarán mil generaciones de apesadumbrados seres humanos. Eso es lo que debemos combatir.
P. (Intentando sobreponerse). Se contradice usted. Antes ha dicho que no podía evitar la devastación de Trantor. Por consiguiente, es lógico asumir que la Caída… esa supuesta caída del Imperio…
R. No es mi intención afirmar que podamos evitar la Caída, pero todavía no es demasiado tarde para acortar el interregno que la sucederá. Caballeros, si mi equipo gozara de libertad para actuar ahora, sería posible limitar la duración de la anarquía a un solo milenio. Nos encontramos en un momento crucial de la historia. Debemos desviar ligeramente, tan solo un poquito, el imparable aluvión de acontecimientos que desencadenará la catástrofe. Por poco que sea, quizá baste para borrar veintinueve mil años de sufrimiento del porvenir de la humanidad.
P. ¿Cómo se propone conseguir algo así?
R. Salvando los conocimientos de nuestra especie. La suma del conocimiento humano es superior a la de una persona sola, a la de un millar. Con la destrucción de nuestra estructura social, la ciencia se fragmentará en un millón de trozos. Cada individuo dominará una diminuta fracción de todo cuanto podría saber. Por sí solos, se sentirán impotentes e inútiles. Esas porciones de conocimiento, insignificantes, no se transmitirán de generación en generación, sino que se perderán en el olvido. Pero si elaboramos ahora un compendio gigantesco de todo el saber, no se perderá jamás. Las generaciones venideras lo expandirán, sin necesidad de redescubrirlo por sí solas. Un milenio valdrá por treinta mil años.
P. Todo esto…
R. Mi proyecto entero, mis treinta mil hombres con sus mujeres e hijos, están consagrados a la elaboración de una «enciclopedia galáctica». No les dará tiempo a completarla mientras vivan. Ni siquiera llegarán a verla empezada en condiciones. Pero cuando se produzca la caída de Trantor, estará terminada y habrá ejemplares de ella en las todas las bibliotecas importantes de la Galaxia.
La maza del comisionado general se elevó y descendió con fuerza. Hari Seldon bajó del estrado y, en silencio, fue a ocupar su asiento junto a Gaal.
—¿Qué le ha parecido el espectáculo? —preguntó con una sonrisa.
—Ha sido la estrella absoluta. ¿Qué va a pasar ahora?
—Cancelarán el juicio e intentarán llegar a un acuerdo conmigo en privado.
—¿Cómo lo sabe?
—Le seré sincero —respondió Seldon—. No lo sé. Todo depende del comisionado general. Hace años que estudio e intento analizar sus mecanismos, pero ya conoce los riesgos de introducir particularidades individuales en las ecuaciones psicohistóricas. Sin embargo, no pierdo la esperanza.

Avakim se acercó, saludó a Gaal con la cabeza y se agachó para susurrarle algo a Seldon. Los guardias los separaron cuando se anunció a voces el aplazamiento. Condujeron a Gaal al exterior.
La sesión de la jornada siguiente fue distinta por completo. Hari Seldon y Gaal Dornick se reunieron a solas con la Comisión. Sentados juntos a la misma mesa, apenas mediaba separación entre los cinco jueces y los dos acusados. Llegaron a ofrecerles incluso el contenido de una caja de plástico repleta de puros cuya apariencia recordaba al agua en constante movimiento. Aunque la vista sucumbía a la ilusión de movilidad, el tacto revelaba la solidez y sequedad del material.
Seldon aceptó uno; Gaal rehusó la oferta.
—Mi abogado no está presente —observó el primero.
—Esto ya no es ningún juicio, doctor Seldon —repuso uno de los comisionados—. Hemos venido para discutir la seguridad del Estado.
—Hablaré yo —intervino Linge Chen, y los demás comisionados se reclinaron en sus asientos, dispuestos a escucharle. Alrededor de Chen se formó un pozo de silencio que aguardaba a llenarse con sus siguientes palabras.
Gaal contuvo el aliento. Chen, de porte recio y enjuto, mayor en apariencia de lo que en realidad era, desempeñaba a efectos prácticos las funciones de emperador de toda la Galaxia. El niño que ostentaba ese título no era más que un simple icono creado por el propio Chen, y ni siquiera el primero.
—Doctor Seldon —comenzó Chen—, sus acciones perturban la paz de los dominios del emperador. Ninguno de los miles de billones de personas repartidas entre las estrellas de la Galaxia seguirá estando con vida dentro de un siglo. Así pues, ¿por qué tendría que preocuparnos lo que suceda dentro de quinientos años?
—Es posible que yo no siga con vida dentro de un lustro —dijo Seldon—, pero eso no impide que constituya una de mis mayores preocupaciones. Llámelo idealismo. Llámelo identificación por mi parte con esa mística generalización a la que aplicamos el término de «hombre».
—Ahora no me apetece ponerme a desentrañar misticismos. ¿Le importaría explicarme por qué me no puedo librarme de usted y de un incómodo e innecesario futuro de quinientos años que no veré jamás ordenando que lo ejecuten esta misma noche?
—Hace una semana —replicó tranquilamente Seldon—, esa decisión quizá le hubiera permitido retener una probabilidad entre diez de llegar a finales de año con vida. Hoy, esa probabilidad es de apenas una entre diez mil.
Los reunidos se revolvieron en sus asientos, incómodos, y empezaron a cuchichear. Gaal sintió cómo se le erizaba el vello sobre la nuca. Chen entornó ligeramente los párpados.
—¿Y eso?
—La caída de Trantor es un proceso imposible de detener, pero eso no significa que no se pueda precipitar. La noticia de mi juicio abortado llegará a todos los rincones de la Galaxia. La frustración de mis planes para paliar la catástrofe convencerá a la gente de que le aguarda el menos prometedor de todos los futuros posibles. Las vidas de nuestros antepasados ya han empezado a provocarnos envidia. Asistiremos a la proliferación de revueltas políticas y estancamientos comerciales. Entre los habitantes de la Galaxia se extenderá la idea de que lo único que importa es aquello que puedan obtener por sus propios medios. Las personas ambiciosas intentarán aprovechar la menor oportunidad y los hombres sin escrúpulos no se quedarán de brazos cruzados. Sus acciones acelerarán el declive de los planetas. Máteme y Trantor sucumbirá dentro de cincuenta años en vez de quinientos, y usted, en menos de uno.
—Cuentos para asustar a los niños —dijo Chen—. Sin embargo, su muerte no es la única solución que nos satisfaría.
Levantó la mano esbelta de los papeles en los que reposaba, hasta dejar tan solo dos dedos ligeramente apoyados en la primera hoja.
—Dígame, ¿su única actividad sería la de preparar esa dichosa enciclopedia?
—En efecto.
—¿Y es preciso que lo haga en Trantor?
—Trantor, señor, cuenta con la Biblioteca Imperial y con los recursos académicos de la universidad.
—No obstante, si su ubicación fuera otra… por ejemplo, un planeta donde el frenesí y las distracciones propias de las metrópolis no interfirieran con su académico empeño, donde sus hombres pudieran entregarse por completo y en exclusiva a su labor… ¿no tendría sus ventajas?
—Discretas, tal vez.
—Pues ese planeta ya ha sido elegido. Podrá usted continuar su trabajo, doctor, a placer, rodeado de sus cien mil personas. Toda la Galaxia sabrá que están esforzándose por impedir la Caída. Anunciaremos incluso que van a evitarla. —Chen sonrió—. Puesto que hay tantas cosas en las que no creo, me cuesta poco ser escéptico también con respecto a la Caída, por lo que estoy plenamente convencido de que estaré diciéndole la verdad a la gente. Mientras tanto, doctor, no cause problemas en Trantor y la paz del emperador no se verá alterada.
»La alternativa pasa por la muerte de usted y de tantos de sus seguidores como sea preciso. Desestimo las amenazas que ha expuesto con anterioridad. La oportunidad de escoger entre la muerte y el exilio tiene una validez que se prolongará desde ahora hasta dentro de cinco minutos.
—¿Cuál es el mundo elegido, señor? —preguntó Seldon.
—Creo que se llama Terminus —respondió Chen. Con las yemas de los dedos, despreocupadamente, dio la vuelta a los papeles que había encima, de la mesa hasta dejarlos mirando a Seldon—. Está despoblado, pero es perfectamente habitable, y se puede amoldar a las necesidades de un colectivo de estudiosos. Se encuentra algo retirado…
—Se encuentra al filo de la Galaxia, señor —lo interrumpió Seldon.
—Algo retirado, como decía. Idóneo para la concentración. Venga, le quedan dos minutos.
—Preparar semejante viaje requerirá tiempo. Hay veinte mil familias implicadas.
—Dispondrán de tiempo.
Seldon se quedó pensativo mientras se agotaba el último minuto. Al cabo, anunció:
—Acepto el exilio.
Cuando Gaal escuchó aquellas palabras, el corazón le dio un vuelco en el pecho. Si bien escapar de la muerte le producía un alivio inconmensurable, no podía evitar que su alegría se viera empañada por el pesar que le producía el haber sido testigo de la derrota de Seldon.
Guardaron silencio durante largo rato mientras el taxi silbaba por cientos de kilómetros de túneles sinuosos con rumbo a la universidad. Gaal fue el primero en salir de su estupor.
—¿Es cierto lo que le dijo al comisionado? ¿Realmente se aceleraría la Caída si lo ejecutaran?
—Por lo que a mis hallazgos psicohistóricos respecta —contestó Seldon—, no miento nunca. Tampoco hubiera servido de nada en este caso. Chen sabía que estaba siendo franco. Como político astuto que es, la misma naturaleza de su labor le exige poseer una perspicacia innata para asimilar las verdades de la psicohistoria.
—Entonces, necesitaban que usted aceptara el exilio —reflexionó Gaal, pero Seldon no respondió.
Cuando irrumpieron en los jardines de la universidad, los músculos de Gaal decidieron actuar por su cuenta; o no actuar, mejor dicho. Hubo que sacarlo prácticamente a rastras del taxi.
Un halo cegador envolvía el campus entero. Gaal ya casi se había olvidado de la existencia del sol. Sin embargo, no se encontraban al aire libre. Los edificios estaban cubiertos por una monstruosa cúpula de cristal que no era realmente tal. El material polarizado permitía a Gaal contemplar directamente el astro que resplandecía sobre sus cabezas. La luz atenuada se reflejaba en las construcciones metálicas hasta donde alcanzaba la vista.
El frío gris acerado que era característico del resto de Trantor estaba ausente en las estructuras plateadas de la universidad, cuyo lustre metálico exhibía tintes prácticamente marfileños.
—Soldados, al parecer —observó Seldon.
—¿Cómo? —Gaal bajó la mirada al prosaico nivel del suelo y divisó un centinela a lo lejos.
Cuando se detuvieron ante él, un capitán se materializó procedente de un portal cercano.
—¿Doctor Seldon? —preguntó con voz suave.
—Sí.
—Estábamos esperándolo. A partir de este momento, sus hombres y usted deberán acatar la ley marcial. Se me ha pedido que le informe de que disponen de seis meses para ultimar los preparativos antes de viajar a Terminus.
—¡Seis meses! —empezó a protestar Gaal, pero Seldon lo acalló aplicando una leve presión con los dedos sobre su codo.
—Esas son mis órdenes —insistió el capitán. Cuando se alejó, Gaal se volvió hacia Seldon.
—¿Pero qué podemos hacer en seis meses? Esto no es más que una forma más lenta de asesinarnos.
—Calma. Calma. Vayamos a mi despacho.
Este no era espacioso, pero sí a prueba de escuchas, y por medios prácticamente indetectables. Los indiscretos haces espía apuntados sobre él no captaban ni un sospechoso silencio ni una aún más sospechosa estática, sino una conversación construida al azar a partir de un ingente catálogo de frases inocuas entonadas con distintas voces e inflexiones.
—Veamos —dijo Seldon, sabiéndose a salvo—, seis meses serán más que suficientes.
—No veo cómo.
—Muchacho, en un plan como el nuestro, las acciones de los demás se doblegan ante nuestras necesidades. ¿No le había dicho ya que el temperamento de Chen se ha estudiado con más detenimiento que el de cualquier otro personaje histórico? El juicio comenzó exactamente cuando el momento y las circunstancias eran más propicios para que terminara como nosotros queríamos.
—¿Pero lo organizaron…?
—¿… para que nos exiliaran a Terminus? ¿Por qué no? —Una sección de la pared se deslizó a un lado detrás de Seldon cuando este apoyó los dedos en un punto determinado de la mesa. Nadie más podría imitarlo, puesto que el escáner montado en el mueble solo se activaba con sus huellas dactilares—. Ahí dentro encontrará varios microfilms. Coja el que está marcado con la letra T.
Gaal así lo hizo y se quedó esperando mientras Seldon introducía el carrete en el proyector y le entregaba unas gafas. El joven se las ajustó y vio cómo la película se desenrollaba ante sus ojos.
—Pero, entonces… —musitó.
—¿Por qué se sorprende?
—¿Lleva dos años preparándose para partir?
—Dos y medio. No estábamos seguros de que el destino elegido fuera Terminus, naturalmente, pero esperábamos que así fuese y actuamos en consonancia con esa posibilidad.
—¿Pero por qué, doctor Seldon? Si el exilio estaba organizado, ¿por qué? ¿No se podrían controlar los acontecimientos más fácilmente desde aquí, en Trantor?
—Bueno, los motivos son variados. Trabajando en Terminus, gozaremos del beneplácito del Imperio sin que este tema que suponemos un peligro para su integridad.
—Pero usted mismo ha suscitado esos temores para provocar el exilio. Sigo sin entenderlo.
—Es posible que veinte mil familias no quisieran trasladarse a los confines de la Galaxia por voluntad propia.
—¿Pero por qué tendrían que viajar hasta allí? —Gaal hizo una pausa—. ¿No puedo saberlo?
—Todavía no —respondió Seldon—. Por ahora, confórmese con saber que Terminus será la base de un refugio científico. Y digamos que se establecerá otro en la otra punta de la Galaxia —sonrió—, en el Extremo de las Estrellas. En cuanto al resto, mi fin está cerca, y usted verá más que yo… No, no. Ahórreme su consternación y sus buenos deseos. Los médicos me han dicho que no duraré más de uno o dos años. Sin embargo, he cumplido en vida con mi cometido y, dadas las circunstancias, recibiré con gusto a la muerte.
—¿Y después, señor?
—Bueno, tendré sucesores… Quizá usted mismo sea uno de ellos. Ellos darán los últimos toques a mi plan e instigarán la revuelta de Anacreonte de la forma adecuada en el momento oportuno. A partir de ahí, los acontecimientos se desarrollarán por sí solos.
—No lo entiendo.
—Ya lo entenderá. —La serenidad y la fatiga se instalaron al unísono en el arrugado semblante de Seldon—. La mayoría partirá hacia Terminus, pero algunos se quedarán aquí. Será fácil organizarlo. En cuanto a mí —concluyó con un susurro que Gaal hubo de esforzarse por escuchar—, he terminado.
TERMINUS: […] Su ubicación (véase el mapa) desentonaba con el papel que le había tocado representar en la historia de la Galaxia, y sin embargo, como muchos escritores no se cansan de señalar, no podría haber sido otra. Se trataba del único planeta de un sol aislado, emplazado al filo mismo de la espiral galáctica, pobre en recursos e insignificante por lo que a su valor económico respectaba, sin colonizar durante los cinco primeros siglos posteriores a su descubrimiento, hasta el aterrizaje de los enciclopedistas […].
Era inevitable que, con el desarrollo de una nueva generación, Terminus se convirtiera en algo más que un simple apéndice de los psicohistoriadores de Trantor. Con la revuelta anacreóntica y la llegada al poder de Salvor Hardin, el primero de una ilustre estirpe de […].
ENCICLOPEDIA GALÁCTICA
Lewis Pirenne estaba ocupado en su escritorio, en la única esquina bien iluminada de la habitación. Había tareas que coordinar; esfuerzos que organizar; hilos que entretejer hasta obtener el diseño deseado.
Ya habían transcurrido cincuenta años; ese era el tiempo que habían tardado en establecerse y convertir la Fundación Número Uno de la Enciclopedia en un organismo eficiente. Cincuenta años recabando la materia prima. Cincuenta años de preparativos.
Lo habían conseguido. El próximo lustro sería testigo de la publicación del primer volumen de la obra más monumental que se hubiera concebido jamás en toda la Galaxia. Después, a intervalos de diez años, con la puntualidad de un mecanismo de relojería, se sucederían las siguientes entregas. Acompañarían a estas suplementos diversos, artículos especiales sobre temas de actualidad, hasta que…
Pirenne se revolvió incómodo cuando el timbre que había encima de la mesa emitió un zumbido sordo, enfurruñado. Casi se había olvidado de la cita. Oprimió distraídamente el pestillo de la puerta y, con el rabillo del ojo, vio cómo esta se abría para facilitar la entrada de la oronda figura de Salvor Hardin. Pirenne no levantó la cabeza.
Hardin sonrió para sus adentros. Aunque tenía prisa, sabía que no serviría de nada ofenderse por el desdén que dispensaba Pirenne a todo aquello o aquel que lo distrajera de sus quehaceres. Se arrellanó en la silla que había enfrente del escritorio y se dispuso a esperar.
El estilo de Pirenne volaba sobre el papel imitando el sonido de unos delicados arañazos. Era lo único que se movía y se oía en toda la estancia. Hardin sacó una ficha por valor de dos créditos del bolsillo de su chaleco. La luz arrancó destellos de la superficie de acero inoxidable cuando la lanzó al aire. La cogió al vuelo y repitió la misma acción, contemplando los reflejos con expresión indolente. El acero inoxidable constituía la moneda de cambio ideal en un planeta que dependía de las importaciones para obtener todos sus metales.
Pirenne levantó la cabeza y parpadeó.
—¡Estese quieto! —exclamó con voz quejumbrosa.
—¿Eh?
—Esa moneda infernal, deje de lanzarla al aire.
—Ah. —Hardin devolvió el disco metálico al interior del bolsillo—. Avíseme cuando acabe, ¿quiere? Prometí que volvería a la reunión del consejo de la ciudad antes de que se sometiese a votación el proyecto del nuevo acueducto.
Pirenne exhaló un suspiro y se apartó de la mesa de un empujón.
—Ya he terminado, pero espero que no haya venido para molestarme con asuntos urbanísticos. Haga el favor de encargarse de eso usted solo. La Enciclopedia ocupa todo mi tiempo.
—¿No se ha enterado de la noticia? —preguntó Hardin, flemático.
—¿Qué noticia?
—La que recibió el equipo de ultraondas de la ciudad de Terminus hace dos horas. El gobernador real de la prefectura de Anacreonte ha asumido el título de rey.
—¿Y? ¿Qué pasa con eso?
—Pasa —respondió Hardin— que nos hemos quedado aislados de las zonas interiores del Imperio, hecho que no por esperado resulta menos incómodo. Anacreonte está en el centro de lo que era nuestra última ruta comercial con Santanni, con Trantor, e incluso con Vega. ¿De dónde vendrá ahora nuestro metal? Hace seis meses que no recibimos ningún cargamento de acero ni aluminio, y ahora nuestras posibilidades han quedado reducidas a cero, a merced de la generosidad del rey de Anacreonte.
Pirenne chasqueó la lengua con impaciencia.
—Pues apelen a esa generosidad.
—¿Es posible tal cosa? Escuche, Pirenne, según los estatutos sobre los que se asienta esta Fundación, la junta de fideicomisarios del comité de la Enciclopedia ha recibido plenos poderes administrativos. Yo, como alcalde de la ciudad de Terminus, tengo autoridad para sonarme la nariz y puede que para estornudar si usted refrenda la orden que me lo permita. Todo está en sus manos, y en las de la junta. En nombre de la ciudad, cuya prosperidad depende del comercio ininterrumpido con la Galaxia, le ruego que convoque una reunión de emergencia…
—¡Basta! Los discursos propagandísticos sobran. Mire, Hardin, la junta de fideicomisarios no ha prohibido la creación de un gobierno municipal en Terminus. Entendemos que es necesario debido al crecimiento demográfico desde que se estableciera la Fundación, hace cincuenta años, así como al número cada vez mayor de personas implicadas en asuntos ajenos a la Enciclopedia. Pero eso no significa que el principal y único objetivo de la Fundación haya dejado de ser la publicación de una enciclopedia definitiva donde se contenga todo el saber de la humanidad. Somos una institución científica subvencionada por el Estado, Hardin. No podemos, ni debemos, entrometernos en la política local.
—¡Política local! Por el dedo gordo del pie izquierdo del emperador, Pirenne, se trata de una cuestión de vida o muerte. El planeta Terminus no puede sustentar una civilización mecanizada por sus propios medios. Carece de los metales precisos para ello. Usted lo sabe. Las rocas de la superficie no contienen ni rastro de hierro, cobre y aluminio, y tan solo escasas cantidades de los demás. ¿Qué cree usted que ocurrirá con la Enciclopedia si este reyezuelo de Anacreonte decide cortarnos las alas?
—¿«Cortarnos las alas»? ¿Olvida tal vez que nuestro gobernante directo es el mismísimo emperador? No rendimos cuentas ante Anacreonte ni ante ninguna otra prefectura. ¡Métase eso en la cabeza! Formamos parte integrante de los dominios personales del emperador, de modo que nadie puede ponernos la mano encima. El Imperio cuida de los suyos.
—En ese caso, ¿por qué no impidió que el gobernador real de Anacreonte sacara los pies del tiesto? Y ni siquiera se trata tan solo de Anacreonte. Al menos veinte de las prefecturas más remotas de la Galaxia, la Periferia entera, de hecho, han empezado a hacer las cosas a su manera. Le aseguro que el Imperio y su capacidad para protegernos no me inspiran la menor confianza.
—¡Monsergas! Gobernadores reales, reyes… ¿qué más da? El Imperio siempre ha estado trufado de politiqueos y de personajes que intentan mover los hilos a su antojo. No es la primera vez que se rebela un gobernador, o que se depone un emperador, ya puestos. ¿Pero qué tiene eso que ver con el Imperio propiamente dicho? Olvídelo, Hardin. No es de su incumbencia. Ante todo, somos científicos. La Enciclopedia es nuestra principal preocupación. Ah, sí, ya casi no me acordaba. ¡Hardin!
—¿Sí?
—¡A ver si hace usted algo con ese periódico suyo! —La voz de Pirenne estaba teñida de enfado.
—¿El Diario de la ciudad de Terminus? No es mío, se trata de una publicación privada. ¿Qué pasa con él?
—Lleva semanas recomendando que el quincuagésimo aniversario del establecimiento de la Fundación sea motivo de vacaciones públicas y celebraciones inapropiadas.
—¿Y por qué no? El reloj de radio abrirá la Primera Bóveda dentro de tres meses. Me parece que la ocasión lo merece, ¿a usted no?
—No soy amigo de festejos ridículos, Hardin. La Primera Bóveda y su apertura solo incumben a la junta de fideicomisarios. Se emitirá un comunicado oficial si el pueblo necesita saber algo importante. Es mi última palabra, encárguese de que al Diario le quede bien claro.
—Lo siento, Pirenne, pero los estatutos de la ciudad garantizan esa minucia que es la libertad de prensa.
—Es posible, pero la junta de fideicomisarios no. Como representante del emperador en Terminus, Hardin, mi autoridad en este sentido es absoluta.
Hardin adoptó la expresión de quien está contando hasta diez mentalmente. Con gesto serio, repuso:
—A propósito de su estatus como representante del emperador, tengo una última noticia para usted.
—¿Sobre Anacreonte? —Un enervado Pirenne apretó los labios.
—Así es. Está previsto que recibamos la visita de un emisario especial procedente de Anacreonte. Dentro de dos semanas.
—¿Un emisario? ¿Aquí? ¿De Anacreonte? —Pirenne digirió la información—. ¿Para qué?
Hardin se levantó y empujó la silla de nuevo contra la mesa.
—Le dejo que lo adivine.
Dicho lo cual, sin la menor ceremonia, se fue.
Anselm haut Rodric, donde «haut» significa de noble linaje, subprefecto de Pluema y enviado de excepción de su majestad de Anacreonte, más otra media docena de títulos, fue recibido por Salvor Hardin en el espaciopuerto con toda la pompa y el boato de una cumbre de Estado.
Con una sonrisa tirante y una honda reverencia, el subprefecto había desenfundado su desintegrador para ofrecérselo a Hardin con la culata por delante. Hardin correspondió al gesto con otra arma que había tomado prestada específicamente para la ocasión. Tras estas muestras de amistad y buena voluntad, si Hardin reparó en el sutil abultamiento de la hombrera del haut Rodric, tuvo la prudencia de no decir nada.
El vehículo terrestre que los recibió a continuación —precedido, flanqueado y seguido por el enjambre de dignatarios de rigor— rodó lenta y ceremoniosamente hasta la plaza de la Enciclopedia, arropado por los vítores de una multitud tan enfervorizada como cabía esperar.
El subprefecto Anselm, quien recibía las ovaciones con la cortés indiferencia propia de los soldados y los nobles, le preguntó a Hardin:
—¿Y esta ciudad es todo su planeta?
Hardin levantó la voz para imponerse al clamor.
—Nuestro mundo es joven, eminencia. A lo largo de nuestra breve historia solo hemos disfrutado de la visita de un puñado de miembros de la más alta nobleza. De ahí nuestro entusiasmo.
Una cosa es segura: la «más alta nobleza» no sabía reconocer el sarcasmo cuando lo tenía delante.
—Fundado hace cincuenta años —observó el subprefecto, contemplativo—. ¡Hummm! Tienen un montón de tierra por explotar aquí, alcalde. ¿No han considerado nunca la posibilidad de dividirla en haciendas?
—Todavía no es necesario. Estamos sumamente centralizados. Algo inevitable, debido a la Enciclopedia. Quizá algún día, cuando la población crezca…
—¡Qué mundo más raro! ¿No existe el campesinado?
Hardin reflexionó que no hacía falta ser ningún lince para darse cuenta de que lo que su eminencia estaba intentando con tanta torpeza era tantear el terreno. Como quien no quiere la cosa, respondió:
—No… ni nobleza.
El haut Rodric enarcó las cejas.
—¿Y su líder… la persona con la que debo reunirme?
—¿Se refiere al doctor Pirenne? ¡Sí! Es el presidente de la junta de fideicomisarios… y representante personal del emperador.
—¿«Doctor»? ¿Ese es su único título? ¿Un intelectual? ¿Y está por encima de la autoridad civil?
—Bueno, naturalmente —repuso con afabilidad Hardin—. Todos somos intelectuales, a nuestra manera. Después de todo, lo que ve no es tanto un planeta como una fundación científica… controlada directamente por el emperador.
El leve énfasis que imprimió a la última frase pareció desconcertar al subprefecto, que se quedó callado y pensativo durante el resto del lento trayecto hasta la plaza de la Enciclopedia.
El tedio que hubo de soportar Hardy durante el resto de la tarde y la consiguiente velada se saldó al menos con la satisfacción que le produjo comprobar que Pirenne y el haut Rodric —tras haberse saludado con sonoras proclamas de estima y aprecio mutuos— no se podían ver ni en pintura.
El haut Rodric escuchó con expresión ausente el sermón con que Pirenne había decidido amenizar la «visita de inspección» al edificio de la Enciclopedia. Con una sonrisa tan educada como falsa cincelada en los labios, sobrellevó como pudo la interminable retahíla del doctor mientras recorrían las innumerables salas de proyección y los inmensos almacenes repletos de películas de referencia.
No formuló su primera frase inteligible hasta después de llevar un buen rato adentrándose en sucesivos niveles de departamentos de redacción, de edición, de publicación y de filmación.
—Todo esto es muy interesante —dijo—, pero se me antoja una ocupación extraña para personas adultas. ¿Qué utilidad tiene?
Hardin se dio cuenta de que esa era una observación para la que Pirenne no tenía respuesta, aunque su expresión hablaba por sí sola.
Aquella noche, la cena fue un reflejo invertido de lo ocurrido durante la tarde, pues el haut Rodric monopolizó la conversación describiendo —con asombrosa pasión y abundancia de detalles técnicos— sus proezas como líder de un batallón durante la reciente guerra entre Anacreonte y el recién proclamado reino vecino de Smyrno.
El subprefecto no dio por concluido su pormenorizado relato hasta después de que terminara la cena, cuando todos los cargos inferiores ya se habían retirado. La última descripción triunfal de naves espaciales mutiladas se produjo cuando, en compañía de Pirenne y Hardin, salió al balcón acariciado por la cálida brisa estival.
—Y ahora —concluyó con intensa jovialidad—, pasemos a asuntos más serios.
—Cómo no —murmuró Hardin mientras encendía un largo puro de tabaco vegano (le quedaban muy pocos, reflexionó) y se retrepaba en la silla hasta dejarla apoyada en las dos patas de atrás.
La difusa silueta lenticular de la Galaxia flotaba alta en el firmamento y se extendía lánguidamente de un horizonte a otro. Las escasas estrellas que rutilaban aquí, al filo del universo, palidecían en comparación.
—Se sobrentiende —empezó el subprefecto— que todas las discusiones oficiales… es decir, la firma de documentos y otros tecnicismos por el estilo… tendrán lugar ante… ¿cómo se refieren ustedes a su consejo?
—Junta de fideicomisarios —fue la fría respuesta de Pirenne.
—¡Qué nombre más pintoresco! En cualquier caso, eso será mañana. Pero haríamos bien en limar algunas de las asperezas ahora, de hombre a hombre. ¿No les parece?
—Lo que significa… —lo alentó Hardin.
—Solo una cosa. Los cambios operados aquí, en la Periferia, han dejado a su planeta en una posición delicada. Sería deseable que consiguiéramos ponernos de acuerdo en lo tocante al estado de las cosas. A propósito, alcalde, ¿no tendrá usted otro de esos cigarros?
Hardin se quedó mirándolo fijamente antes de ofrecerle uno, a regañadientes.
Anselm haut Rodric emitió un gorjeo de placer tras aspirar el aroma.
—¡Tabaco vegano! ¿De dónde lo ha sacado?
—Llegaron en uno de los últimos envíos. Ya casi se han agotado. Sabe el espacio cuándo volveremos a recibir más… si es que los recibimos alguna vez.
Pirenne, que no fumaba (y detestaba el olor, de hecho), frunció el ceño.
—A ver si lo he entendido, eminencia. ¿La misión que lo ha traído hasta aquí es de simple esclarecimiento?
El haut Rodric asintió con la cabeza tras la humareda de sus deleitantes primeras caladas.
—En tal caso, pronto habrá terminado. La situación con respecto a la Fundación Número Uno de la Enciclopedia es la misma de siempre.
—¡Ah! ¿Y cómo ha sido siempre?
—Así: una institución científica subvencionada por el Estado que forma parte del dominio personal de su augusta majestad, el emperador.
Sin dar muestras de sentirse impresionado, el subprefecto exhaló unos anillos de humo y replicó:
—Bonita teoría, doctor Pirenne. Supongo que tendrá cartas estampadas con el sello imperial… ¿pero cuál es la situación actual? ¿Cuál es su postura con respecto a Smyrno? Como bien sabe, su capital se encuentra a menos de cincuenta pársecs de aquí. ¿Y qué hay de Konom y Daribow?
—No tenemos nada que ver con ninguna prefectura —alegó Pirenne—. Como parte del dominio del emperador…
—Es que ya no son prefecturas —le recordó el haut Rodric—, sino reinos.
—Pues reinos. No tenemos nada que ver con ellos. Como institución científica…
—¡Que se vaya al cuerno la ciencia! —maldijo su interlocutor, con un vozarrón retumbante que dejó la atmósfera ionizada—. ¿Qué diablos tendrá que ver eso con el hecho de que Smyrno podría ocupar Terminus de un momento a otro?
—¿Y el emperador? ¿Se quedaría de brazos cruzados?
—Mire, doctor Pirenne —respondió el haut Rodric, ya más tranquilo—, ustedes respetan la propiedad del emperador, igual que Anacreonte, pero es posible que en Smyrno no sean tan considerados. Recuerde que acabamos de firmar un tratado… mañana presentaré una copia ante esa junta suya… según el cual se nos encomienda la responsabilidad de mantener el orden dentro de los límites de la antigua prefectura de Anacreonte en nombre del emperador. Así pues, está claro cuál es nuestro deber, ¿no le parece?
—Sin duda. Pero Terminus no forma parte de la prefectura de Anacreonte.
—Pero Smyrno…
—Ni de la prefectura de Smyrno. No forma parte de ninguna prefectura.
—¿Y Smyrno lo sabe?
—Me trae sin cuidado lo que sepa o deje de saber.
—A nosotros no. Acabamos de salir de una guerra con ellos y todavía retienen dos sistemas estelares que nos pertenecen. Terminus ocupa un puesto sumamente estratégico, entre ambas naciones.
—¿Cuál es su propuesta, eminencia? —terció Hardin, receloso.
El subprefecto, que parecía ansioso por dejar de andarse con rodeos y hablar sin tapujos, dijo enérgicamente:
—Creo que salta a la vista que, puesto que Terminus no puede defenderse sola, Anacreonte tendrá que hacerlo por ella. Comprendan que no deseamos interferir con la administración interna…
—Ajá —refunfuñó secamente Hardin.
—… pero creemos que lo mejor para todas las partes implicadas sería que Anacreonte estableciera una base militar en este planeta.
—¿Eso es lo único que quieren, una base militar en una porción de nuestro vasto territorio deshabitado? ¿Nada más?
—Bueno, evidentemente, habría que abordar la cuestión de qué apoyo recibirían las tropas protectoras.
Las cuatro patas de la silla de Hardin golpearon el suelo al tiempo que sus codos se apoyaban en sus rodillas.
—Por fin llegamos al quid de la cuestión. Hablemos claro. Terminus se transformaría en un protectorado y tendría que pagar un tributo.
—Nada de tributos. Impuestos. Nosotros les proporcionamos protección. Ustedes pagan por ella.
Pirenne descargó un manotazo sobre la silla con inesperada violencia.
—Permítame decir algo, Hardin. Eminencia, me importan medio crédito oxidado Anacreonte, Smyrno, sus politiqueos de salón y sus guerras de poca monta. Nuestra institución, insisto, está subvencionada por el Estado y exenta de impuestos.
—¿Subvencionada por el Estado? Le recuerdo que nosotros somos el Estado, doctor Pirenne, y no sabemos nada de ninguna subvención.
Pirenne se puso de pie con gesto ofendido.
—Eminencia, soy el representante directo de…
—… su augusta majestad, el emperador —canturreó con sarcasmo Anselm haut Rodric—. Y yo el representante directo del rey de Anacreonte. Anacreonte está mucho más cerca, doctor Pirenne.
—Hablemos de negocios —se apresuró a sugerir Hardin—. ¿Cómo pretende cobrar esos supuestos impuestos, eminencia? ¿Los aceptaría en especie: trigo, patatas, hortalizas, cabezas de ganado?
El subprefecto se quedó mirándolo fijamente.
—¿Qué diablos? ¿Para qué necesitamos todo eso? Tenemos excedentes de sobra. Cobraríamos en oro, naturalmente. El cromo o el vanadio serían aún mejores, ya puestos, si los poseyeran en grandes cantidades.
—¡Grandes cantidades! —se carcajeó Hardin—. Pero si no tenemos ni siquiera hierro. ¡Oro! Mire, eche un vistazo a nuestra moneda de cambio. —Lanzó una moneda al emisario.
El haut Rodric la hizo botar y la observó con atención.
—¿Qué es esto? ¿Acero?
—Ni más ni menos.
—No lo entiendo.
—Terminus es un planeta en el que prácticamente no hay metales. Los importamos todos. Por consiguiente, no tenemos oro ni nada con lo que pagar, a no ser que acepte unos cuantos miles de celemines de patatas.
—Bueno… pues bienes manufacturados, entonces.
—¿Sin metales? ¿De qué se cree que están hechas nuestras máquinas?
Pirenne aprovechó el silencio que siguió a esas palabras para volver a la carga.
—Toda esta discusión carece de sentido. Terminus no es un planeta, sino una fundación científica donde se está elaborando una ambiciosa enciclopedia. Por el espacio, hombre, ¿es que no siente ningún respeto por la ciencia?
—Las guerras no se ganan con enciclopedias. —El haut Rodric arrugó el entrecejo—. De modo que se trata de un mundo completamente improductivo… y prácticamente deshabitado, encima. Bueno, siempre pueden pagar con tierras.
—¿A qué se refiere? —preguntó Pirenne.
—Este mundo está poco menos que desierto y es muy probable que la tierra desocupada sea fértil. En Anacreonte hay muchos nobles a los que no les importaría ampliar sus haciendas.
—No será capaz de sugerir que…
—No hace falta que se alarme, doctor Pirenne. Hay de sobra para todos. Si las cosas se pusieran feas, podríamos arreglarlo para que no perdiera nada, con su colaboración. Siempre pueden conferirse títulos y concederse tierras. Creo que usted ya me entiende.
—¡Gracias! —replicó Pirenne con una mueca.
—¿Podría abastecernos Anacreonte de plutonio para nuestra central nuclear? —preguntó cándidamente Hardin—. Solo nos quedan reservas para unos pocos años.
Pirenne contuvo el aliento, tras lo cual reinó un silencio absoluto durante varios minutos. Al cabo, el haut Rodric habló con una voz muy distinta de la que había empleado hasta entonces.
—¿Producen energía atómica?
—Desde luego. ¿Qué tiene eso de raro? La energía atómica debe de rondar ya los cincuenta mil años de antigüedad. ¿Por qué no íbamos a producirla? Aunque conseguir el plutonio está complicado.
—Claro… claro. —El emisario hizo una pausa antes de añadir, incómodo—: En fin, caballeros, volveremos sobre este tema mañana. Si me disculpan…
Mientras veía cómo se retiraba, Pirenne masculló entre dientes:
—Memo insufrible, pazguato…
—Nada de eso —terció Hardin—. Es un simple producto de su entorno, incapaz de ver mucho más allá del «yo tengo una pistola y tú no».
Pirenne se encaró con él, exasperado.
—¿A qué espacios venía toda esa charla sobre bases militares y tributos? ¿Acaso se ha vuelto usted loco?
—No. Me limitaba a darle cuerda y dejarle hablar. Se habrá percatado de que conseguí que se le escaparan las verdaderas intenciones de Anacreonte; es decir, la división de Terminus en parcelas de terreno. Evidentemente, no pienso permitir que ocurra tal cosa.
—No piensa permitirlo. Que no piensa… ¿Y quién es usted para impedir nada? Además, ¿le importaría explicarme por qué tenía que desembuchar lo de nuestra central nuclear? Son ese tipo de cosas precisamente las que nos convertirán en un objetivo militar.
—Correcto —sonrió Hardin—. Un objetivo militar del que mantenerse alejados. ¿No salta a la vista por qué saqué el tema? Sirvió para confirmar mis sospechas.
—¿Y qué sospechas son esas?
—Que el motor que impulsa la economía de Anacreonte ya no es la energía atómica. Si lo fuera, es indudable que nuestro amigo sabría que el empleo de plutonio en las centrales nucleares es cosa del pasado. Por consiguiente, cabe deducirse que el resto de la Periferia tampoco posee energía atómica. Smyrno no, desde luego, de lo contrario Anacreonte jamás se hubiera alzado con la victoria en la mayoría de las batallas de su reciente conflicto. Interesante, ¿no le parece?
—¡Bah! —Pirenne se fue hecho un basilisco.
Hardin sonrió plácidamente, apagó el puro y contempló la Galaxia que se extendía sobre su cabeza.
—Han vuelto al petróleo y el carbón, ¿verdad? —murmuró. El resto de sus pensamientos los guardó para sí.
Cuando Hardin negó que el Diario fuese propiedad suya, puede que estuviese siendo sincero, pero solo técnicamente. Hardin, el primer alcalde electo de Terminus, había sido el impulsor de una iniciativa para convertir Terminus en una municipalidad autónoma, por lo que no resultaba extraño que, aun sin una sola acción del Diario a su nombre, más del sesenta por ciento de la publicación estuviera bajo su control por medios más retorcidos.
Había muchas formas de conseguir lo que uno se proponía.
Por consiguiente, cuando Hardin empezó a sugerirle a Pirenne que le permitiera asistir a las reuniones de la junta de fideicomisarios, no fue del todo fortuito que el Diario comenzara una campaña parecida. Después se celebró la primera manifestación de la historia de la Fundación, para exigir que la ciudad estuviera representada en el gobierno «nacional».
Y, al final, Pirenne no tuvo más remedio que capitular a regañadientes.
Hardin, sentado al pie de la mesa, reflexionó distraídamente sobre el motivo de que los físicos fueran tan malos administradores. Quizá se debiera al simple hecho de que estaban demasiado acostumbrados a tratar con hechos inflexibles y demasiado poco a vérselas con la gente, más maleable.
Fuera como fuese, allí estaban Tomaz Sutt y Jord Fara, a su izquierda; Lundin Crast y Yate Fulham, a su derecha; con Pirenne en persona presidiendo. Los conocía a todos, como es lógico, aunque parecía que se hubieran puesto una pizca de pomposidad extra para la ocasión.
Hardin estuvo a punto de quedarse dormido durante los ceremoniosos prolegómenos, pero se espabiló cuando Pirenne bebió un sorbo de agua del vaso que tenía delante a modo de preparativo antes de empezar:
—Me complace enormemente informar a la junta de que, desde nuestra última reunión, he recibido la noticia de que lord Dorwin, canciller del Imperio, llegará a Terminus dentro de dos semanas. Es de esperar que las asperezas de nuestra relación con Anacreonte se limen a nuestra entera satisfacción en cuanto el emperador esté al corriente de la situación.
Sonrió y se dirigió a Hardin, sentado al otro extremo de la mesa.
—El Diario ha recibido ya la información pertinente.
Hardin soltó una risita entre dientes. Saltaba a la vista que su admisión en el santuario obedecía, entre otros motivos, al deseo de Pirenne de restregarle este anuncio por las narices.
—Vaguedades al margen —dijo plácidamente—, ¿qué espera que haga lord Dorwin?
El que respondió fue Tomaz Sutt, quien tenía la mala costumbre de dirigirse a los demás en tercera persona cuando lo poseían los aires de grandeza.
—Es evidente —observó— que, como cínico, el alcalde Hardin no tiene precio. Cuesta creer que no sepa ver que es sumamente improbable que el emperador permita que se infrinjan sus derechos personales.
—¿Por qué? ¿Qué haría si se infringieran?
Se produjo un irritado revuelto. Pirenne dijo:
—No es su turno. —Y, como si se le acabara de ocurrir, añadió—: Además, sus declaraciones rozan la traición.
—¿Debo darme por contestado?
—¡Sí! Si no tiene nada más que decir…
—No saque conclusiones precipitadas. Me gustaría formular una pregunta. Aparte de esta maniobra diplomática… que tanto podría significar algo como todo lo contrario… ¿se ha tomado alguna medida concreta para responder a la amenaza de Anacreonte?
—Así que usted ve una amenaza, ¿no es cierto? —terció Yate Fulham, atusándose el rebelde bigote colorado.
—¿Usted no?
—Apenas —fue la indulgente respuesta—. El emperador…
—¡Por el espacio! —se exasperó Hardin—. ¿Pero esto qué es? Cada dos por tres alguien menciona al «emperador» o al «Imperio» como si fueran palabras mágicas. El emperador está a cincuenta mil pársecs de distancia, y me extrañaría que le importáramos un bledo. Y aunque así fuera, ¿qué puede hacer? Lo que quedaba de la armada imperial en esta zona ahora se encuentra en manos de los Cuatro Reinos, y Anacreonte tiene su parte. Escuchen, debemos pelear con cañones, no con palabras.
»Métanselo en la cabeza. En estos momentos disponemos de dos meses de gracia, principalmente porque hemos hecho pensar a Anacreonte que tenemos armas nucleares. Pues bien, todos sabemos que es una mentirijilla. Nuestra energía atómica se destina a fines comerciales, y en cantidades ridículas. No tardarán en darse cuenta, y si piensan que les hará gracia descubrir que hemos estado engañándolos, se equivocan.
—Estimado…
—Un momento, no he terminado. —Hardin estaba entrando en calor. Le gustaba esto—. Está muy bien implicar a los cancilleres en este asunto, pero mucho mejor estaría implicar un puñado de cañones de asedio de gran calibre cargados de bonitas bombas atómicas. Hemos desperdiciado dos meses, caballeros, y tal vez no tengamos otros dos meses que perder. ¿Qué sugieren que hagamos?
—Si lo que propone es militarizar la Fundación —gruñó Lundin Crast, con la nariz arrugada—, no quiero oír ni una palabra más. Eso señalaría nuestra entrada en el ámbito de la política. Somos una fundación científica, señor alcalde, nada más.
—Además —añadió Sutt—, no se da cuenta de que la elaboración de un arsenal requeriría sustraer valiosos elementos humanos de la Enciclopedia. Algo impensable, se ponga como se ponga.
—Muy cierto —concurrió Pirenne—. La Enciclopedia ante todo… y siempre.
Hardin gimió para sus adentros. La junta parecía estar aquejada de un caso de enciclopeditis mental aguda.
Con voz glacial, replicó:
—¿No se les ha ocurrido nunca a los miembros de esta junta la descabellada posibilidad de que Terminus tuviera otros intereses aparte de la Enciclopedia?
—No concibo, Hardin —respondió Pirenne—, que la Fundación pueda tener ningún interés aparte de la Enciclopedia.
—He dicho Terminus, no la Fundación. Me temo que no entienden la situación. Somos algo más de un millón de habitantes, de los cuales alrededor de ciento cincuenta mil trabajan directamente en la Enciclopedia. Para el resto, este es nuestro hogar. Nacimos aquí. Vivimos aquí. Comparada con nuestras granjas, nuestras casas y nuestras fábricas, la Enciclopedia no significa nada para nosotros. Queremos proteger…
El griterío enterró el resto de su frase.
—La Enciclopedia es lo primero —sentenció con vehemencia Crast—. Tenemos una misión que cumplir.
—¡Qué misión ni qué niño muerto! —exclamó Hardin—. Eso a lo mejor era cierto hace cincuenta años, pero esta es una generación nueva.
—Eso no tiene nada que ver —replicó Pirenne—. Somos científicos.
—¿Ah, sí? —Hardin no dejó escapar esta oportunidad—. Bonita alucinación, ¿no es cierto? La cuadrilla que está aquí sentada ejemplifica a la perfección los problemas que padece la Galaxia desde hace miles años. ¿Cómo puede llamarse ciencia a pasarse siglos encerrados aquí, clasificando la producción científica de los últimos mil años? ¿No se les ha ocurrido nunca mirar hacia delante, ampliar esa obra y mejorarla? ¡No! Se conforman con permanecer estancados. A toda la Galaxia le ocurre lo mismo, sabe el espacio desde cuándo se prolonga esta situación. Por eso se está rebelando la Periferia, por eso están rompiéndose los diálogos, por eso se eternizan las rencillas, por eso hay sistemas enteros que están quedándose sin energía atómica y se ven obligados a retroceder a las primitivas técnicas de combustión química.
»En mi opinión —concluyó, levantando la voz—, la Galaxia se está yendo al garete.
Hizo una pausa y se dejó caer en la silla para recuperar el aliento, sin prestar atención a los dos o tres que intentaban replicarle al unísono.
Fue Crast el que se hizo con la palabra.
—No sé qué pretende conseguir con sus histéricas declaraciones, señor alcalde. Lo que está claro es que no aporta nada constructivo a la conversación. Señor presidente, propongo que las palabras de este orador no consten en acta, y que se reanude el debate desde el punto donde fue interrumpido.
Jord Fara se rebulló por vez primera desde que diera comienzo la reunión. Hasta este momento Fara no había intervenido en la discusión, ni siquiera cuando esta era más acalorada, pero ahora dejó oír su retumbante voz de barítono, tan imponente como los ciento cuarenta kilos de su corpachón.
—¿No se nos olvida una cosa, caballeros?
—¿Cuál? —inquirió Pirenne, irritado.
—Que dentro de un mes celebraremos nuestro quincuagésimo aniversario. —Fara sabía imprimir la mayor profundidad a los enunciados más triviales.
—¿Y qué?
—Que en esa fecha —prosiguió plácidamente Fara— se abrirá la Bóveda de Hari Seldon. ¿No se han preguntado nunca qué contiene esa cámara?
—No lo sé. Bagatelas. El discurso de felicitación de rigor, tal vez. No creo que haya nada importante en la Bóveda… por mucho que el Diario —y fulminó con la mirada a Hardin, que respondió con una sonrisa— se empeñara en sostener lo contrario. Tuve que poner fin a eso.
—Ah —continuó Fara—, pero puede que estuviera usted equivocado. ¿No le parece —hizo una pausa y se llevó un dedo a la naricita redonda— que la Bóveda va a abrirse en un momento muy oportuno?
—Querrá decir inoportuno, en todo caso —masculló Fulham—. Tenemos preocupaciones más importantes.
—¿Más importantes que un mensaje de Hari Seldon? Lo dudo. —Bajo la atenta mirada de Hardin, Fara estaba empezando a pontificar más que nunca. ¿Adónde pretendía llegar?—. De hecho —siguió hablando entusiásticamente Fara—, todos ustedes parecen olvidar que Seldon fue el psicólogo más importante de su época, además del institutor de nuestra Fundación. Es razonable asumir que empleó sus conocimientos científicos para determinar el posible devenir de la historia en el futuro inmediato. Si lo hizo, como cabe suponer, repito, sin duda debió de encontrar la manera de advertirnos del peligro y, tal vez, sugerir una solución. Como saben, la Enciclopedia era la niña de sus ojos.
La duda y la perplejidad enmudecieron a los reunidos, hasta que Pirenne rompió el silencio.
—Bueno, no sé, la verdad. La psicología es una ciencia encomiable, pero… en estos momentos no hay ningún psicólogo entre nosotros, si no me equivoco. Me parece que pisamos terreno resbaladizo.
Fara se volvió hacia Hardin.
—¿No estudió usted psicología con Alurin?
—Sí —respondió Hardin, medio embelesado—, aunque no llegué a terminar los estudios. Me aburrí de la teoría. Quería ser ingeniero psicológico, pero carecíamos de las instalaciones adecuadas, así que opté por la siguiente alternativa… me metí en política. Es prácticamente lo mismo.
—Bueno, ¿y qué opina de la Bóveda?
—No lo sé —fue la precavida respuesta de Hardin.
No volvió a abrir la boca durante el resto de la velada, ni siquiera cuando la conversación volvió a centrarse en el canciller del Imperio.
Lo cierto es que ni siquiera estaba prestando atención. Se le había ocurrido una idea y las piezas estaban empezando a encajar poco a poco. Había uno o dos indicios que comenzaban a tener sentido.
Y la psicología era la clave. De eso no le cabía la menor duda.
Intentaba recordar por todos los medios la teoría psicológica que había aprendido una vez, y esta enseguida le puso sobre la pista adecuada.
La capacidad de discernir las emociones y las reacciones humanas permitiría a un psicólogo tan excepcional como Seldon predecir a grandes rasgos el devenir histórico del futuro.
Y eso quería decir… ¡hummm!
Lord Dorwin consumía rapé. También tenía el pelo largo, intrincada y a todas luces artificialmente rizado, a lo que había que añadir unas esponjosas patillas rubias que le gustaba atusarse con esmero. Por si fuera poco, hacía gala de una escrupulosidad exagerada al hablar y se comía todas las erres.
En estos preciosos instantes, Hardin no tenía tiempo de pararse a pensar en más motivos que explicaran la fulminante aversión que le producía el ilustre canciller. Ah, sí, los relamidos ademanes con que subrayaba sus palabras y la estudiada condescendencia con que acompañaba aun la más simple de las aserciones.
En cualquier caso, ahora el problema era localizarlo. Hacía media hora que había desaparecido en compañía de Pirenne; se había esfumado como si no existiera, el condenado.
Hardin estaba seguro de que su propia ausencia durante los debates preliminares complacería a Pirenne.
Pero este había sido visto en esta ala y en esta planta. Solo era cuestión de probar todas las puertas.
—¡Ah! —exclamó en el pasillo, y se metió en una habitación en penumbra. El perfil del ensortijado peinado de lord Dorwin se recortaba inconfundible contra la pantalla iluminada.
Lord Dorwin levantó la cabeza.
—Ah, Hagdin. Estagá buscándonos, segugo. —Ofreció su cajita de rapé (de pobre acabado y sobrecargada de adornos) a Hardin, que rehusó con gentileza mientras el noble se servía una pizca sin dejar de sonreír cortésmente.
Pirenne frunció el ceño y Hardin le sostuvo la mirada con estudiada indiferencia.
El único sonido que rompió el breve silencio fue el chasquido de la tapa de la caja de rapé de lord Dorwin, que la guardó y dijo:
—Un loggo impguesionante, esta Enciclopedia suya, Hagdin. Una vegdadega pgoeza digna de figugar entgue las hazañas más majestuosas de todos los tiempos.
—Opinión compartida por muchos de nosotros, milord. Sin embargo, se trata de un logro aún por lograr.
—Pog lo poco que he visto de la eficiencia de su Fundación, no albeggo la menog duda en ese sentido. —Asintió con la cabeza en dirección a Pirenne, que respondió con una reverencia, complacido.
«Menudo hatajo de aduladores», pensó Hardin.
—No lamentaba nuestra falta de eficiencia, milord, sino el indudable exceso de esta por parte de los anacreontes… si bien ellos la vuelcan en fines más destructivos.
—Ah, sí, Anacgueonte. —Lord Dorwin ensayó un ademán negligente—. Pguecisamente vengo de allí. Qué planeta más bágbago. No me explico cómo puede vivig nadie en la Peguifeguia. La ausencia de los guequisitos más fundamentales de un caballego educado, la caguencia de los gudimentos indispensables paga el confogt y la comodidad… el absoluto desuso en que…
—Los anacreontes —lo interrumpió secamente Hardin—, por desgracia, poseen todos los requisitos fundamentales para la guerra y los rudimentos indispensables para la destrucción.
—Ciegto, ciegto. —Lord Dorwin parecía irritado, quizá por no haber podido terminar su discurso—. Pego no iguemos a hablag de negocios ahoga, ¿vegdad? Pog favog. Estoy absogto en otgos asuntos. Doctog Piguenne, ¿no quiegue enseñagme el segundo volumen? Se lo güego.
Las luces se apagaron con un chasquido y, durante la siguiente media hora, Hardin podría haber estado perfectamente en Anacreonte, a juzgar por el caso que le hicieron. El libro plasmado en la pantalla no tenía ningún sentido para él, ni siquiera se preocupó de intentar comprenderlo, pero lord Dorwin dio vigorosas muestras de entusiasmo en varias ocasiones. Ocasiones en las que, como pudo comprobar Hardin, el canciller pronunciaba todas las erres.
Cuando volvieron a encenderse las luces, lord Dorwin exhaló:
—Magavilloso. Guealmente magavilloso. ¿No le integesagá por casualidad la agqueología, Hagdin?
—¿Eh? —Hardin salió con esfuerzo de su ensimismamiento—. No, milord, faltaría a la verdad si dijera lo contrario. Soy psicólogo de vocación y político de profesión.
—¡Ah! Integuesantes estudios, sin duda. Pog si no lo sabía —el noble se sirvió un generoso pellizco de rapé—, a mí me apasiona la agqueología.
—¿De veras?
—Su señoría —terció Pirenne— está sumamente familiarizado con ese campo.
—Bueno, sin exagegag, sin exagegag —repuso complacido su señoría—. Aunque lo ciegto es que se tgata de una ciencia con la que tengo mucha pgáctica. Y cuya teogía conozco al dedillo, la vegdad sea dicha. He leído a Jawdun, Obijasi, Kwomwill… en fin, a todos, ya saben.
—Me suenan, evidentemente —reconoció Hardin—, aunque no los he leído.
—Debeguía haceglo algún día, estimado colega. La guecompensa lo meguece. Lo ciegto es que vale la pena viajag hasta aquí, a la Peguifeguia, tan solo por veg esta copia de Lameth. ¿Se puede cgueeg que no tengo ni un solo ejemplag en mi biblioteca? Pog ciegto, doctog Piguenne, espego que no haya olvidado que pgometió entguegagme una guepgoducción antes de que me vaya.
—Será un placer.
—Les digué que Lameth —prosiguió altisonante el canciller— ha añadido una infogmación de lo más cuguiosa a lo que yo ya sabía sobgue la «Pguegunta Oguiginal».
—¿Qué pregunta? —se interesó Hardin.
—La «Pguegunta Oguiginal». Ya sabe, dónde se oguiginó la especie humana. Segugo que sabe usted que se cguee que la humanidad, al pguincipio, ocupaba solo un sistema planetaguio.
—Sí, estoy al corriente.
—Natugalmente, nadie sabe exactamente de qué sistema se tgata, es un misteguio envuelto en las bgumas de la histoguia. Aunque existen teoguías. Algunas de ellas apuntan a Siguio. Otgas apuestan por Alfa Centaugui, otgas por Sol, otgas por 61 Cygni… ubicaciones todas ellas que están dentgo del sectog de Siguio, como puede veg.
—¿Y qué dice Lameth?
—Bueno, su enfoque es totalmente oguiginal. Lo que sugiegue es que los guestos agqueológicos del tegceg planeta del sistema artúguico demuestgan que el seg humano existía allí antes de que hubiega cualquieg indicio de viaje espacial.
—¿Y eso lo convertiría en la cuna de la humanidad?
—Tal vez. Tendguía que leeglo con atención y poneg las pguebas pog escguito antes de podeg estag segugo. Aún está pog validag la fiabilidad de sus obsegvaciones.
Hardin guardó silencio un momento antes de preguntar:
—¿Cuándo escribió Lameth ese libro?
—Ah… Hace ochocientos años, me paguece. Basándose en ggan medida, pog supuesto, en las investigaciones pguevias de Gleen.
—Entonces, ¿por qué tendría que fiarse de su palabra? ¿Por qué no viaja a Arcturus y estudia esos restos personalmente?
Lord Dorwin enarcó las cejas y se apresuró a aspirar una pizca de rapé.
—Cagamba, estimado, ¿y paga qué?
—Para obtener información de primera mano, claro está.
—¿Pego qué necesidad hay? Además, se me antoja un método extgaogdinaguiamente incómodo y de lo más impgoductivo. Migue, tengo aquí las obgas de todos los ggandes maestgos, los agqueólogos más guenombgados del pasado. Los compago, sopeso las discguepancias, analizo las contgadicciones, decido quién es más pgobable que tenga gazón… y extgaigo una conclusión. Ese es el método científico. Al menos —añadió, condescendiente— tal y como yo lo entiendo. Seguía insufguiblemente bugdo ir a Agctugus, o a Sol, pog ejemplo, y andag pog ahí dando palos de ciego cuando los antiguos maestgos ya han cubiegto el mismo tegueno mucho más eficazmente de lo que yo podguía espegag conseguig jamás.
—Ya veo —murmuró educadamente Hardin.
Método científico, ¡y una porra! No era de extrañar que la Galaxia estuviera yéndose al garete.
—Milord —dijo Pirenne—, creo que es hora de regresar.
—Ah, sí. Tiene usted gazón.
Cuando se disponían a salir de la habitación, Hardin dijo de repente:
—Milord, ¿puedo hacerle una pregunta?
Lord Dorwin esbozó una sonrisa insulsa y enfatizó su respuesta aleteando delicadamente con una mano.
—Pog supuesto, estimado amigo. Estoy a su segvicio. Si mis modestos conocimientos pueden segvigle de algo…
—No se trata de arqueología precisamente, milord.
—¿No?
—No, sino de lo siguiente: el año pasado llegó a Terminus la noticia de la explosión de una central energética en el Planeta V de Gamma Andrómeda. Recibimos una nota escueta que no entraba en detalles. Me pregunto si sabría usted decirme qué ocurrió exactamente.
Pirenne ensayó una mueca.
—Y yo me pregunto por qué tiene que molestar a su señoría indagando en sucesos que no vienen al caso.
—No es molestia, doctog Piguenne —intercedió el canciller—. En absoluto. De todas fogmas, no hay mucho que decig al guespecto. La centgal eneggética explotó, en efecto, y fue una vegdadega catástgofe, cguéanme. Me paguece guecogdag que muguiegon vaguios millones de pegsonas, y al menos la mitad del planeta quedó gueducido a escombgos. El gobiegno está considegando seguiamente la posibilidad de imponeg estguictas guestguicciones al uso indiscguiminado de la eneggía atómica… aunque esto no es de dominio público, ya saben.
—Me hago cargo —dijo Hardin—. ¿Pero qué sucedió con la planta?
—Bueno, vegá —respondió con indiferencia lord Dorwin—, ¿quién sabe? Hacía años que estaba estgopeada y se cguee que las piezas de guecambio y las guepagaciones dejaban mucho que deseag. Hoy en día es muy difícil encontgag pegsonal cualificado para compguendeg los detalles más técnicos de nuestgos sistemas eneggéticos. —Aspiró una pizca de rapé con expresión compungida.
—¿Se da usted cuenta —continuó Hardin— de que todos los reinos independientes de la Periferia se han quedado sin energía atómica?
—¿Es ciegto eso? No me sogpguende en absoluto. Planetas bágbagos… Pego estimado amigo, ay, no los llame independientes. No lo son. Los tgatados que hemos figmado con ellos así lo atestiguan. Gueconocen la sobeganía del Impeguio. Guequisito indispensable, natugalmente, paga la figma de dichos tgatados.
—Es posible, pero aun así gozan de una libertad de acción considerable.
—Sí, supongo que sí. Considegable. Pego iguelevante. Al Impeguio le conviene que la Pegifeguia dependa de sus pgopios guecugsos… como ocugue ahoga, más o menos. No nos sigven de nada, la vegdad. Bágbagos sin guemedio. Y casi sin civilizag.
—Estaban civilizados en el pasado. Anacreonte era una de las provincias exteriores más ricas. Tengo entendido que hacía sombra incluso a Vega.
—Ah, pego Hagdin, de eso hace siglos. No pueden extgaegse conclusiones de ahí. Las cosas egan distintas en la antigüedad. Las pegsonas cambian, no lo dude. Ay, Hagdin, es usted un muchacho obstinado. Le había dicho que hoy no queguía hablag de negocios. El doctog Piguenne me pguevino sobgue usted. Me advigtió que intentaguía tigagme de la lengua, pego este pego es demasiado viejo para eso. Dejémoslo para otga ocasión.
Y así lo hicieron.
Era la segunda reunión de la junta a la que asistía Hardin, sin contar las conversaciones informales que habían mantenido los miembros de la junta con lord Dorwin, quien ya había dado por concluida su visita a Terminus. El alcalde, sin embargo, tenía la fundada sospecha de que se había celebrado al menos una más, cuando no dos o tres, aunque por el motivo que fuese nadie le había extendido ninguna invitación.
No le extrañaría nada que la única razón de que se le hubiera notificado esta fuera el ultimátum.
Pues de eso se trataba, en definitiva, por mucho que una lectura superficial del documento visigrafiado indujese a pensar que no era más que un cordial intercambio de formalidades entre dos potentados.
Hardin lo sostuvo con cuidado. Empezaba con el rimbombante saludo de «su poderosa majestad, el rey de Anacreonte, a su amigo y hermano, el doctor Lewis Pirenne, presidente de la junta de fideicomisarios de la Fundación Número Uno de la Enciclopedia», y terminaba de forma aún más espectacular con un gigantesco sello multicolor cuajado de símbolos.
Pero no dejaba de ser un ultimátum.
—Al final resulta que no disponíamos de tanto tiempo —dijo Hardin—, solo tres meses. Pero por poco que fuese, hemos dejado que se desperdiciara. Esta carta nos concede una semana. ¿Qué hacemos ahora?
Pirenne frunció el ceño, preocupado.
—Debe de haber alguna salida. En vista de lo que nos aseguró lord Dorwin con respecto a la actitud del emperador y el Imperio, es de todo punto inconcebible que pretendan llevar la situación hasta sus últimas consecuencias.
—Ya veo. —Hardin adoptó una expresión más animada—. ¿Ha informado al rey de Anacreonte de esa supuesta actitud?
—Así es, tras plantear la propuesta ante la junta para su votación y recibir el visto bueno por unanimidad.
—¿Y cuándo dice que se celebró esa votación?
—No sabía que tuviera que darle explicaciones de nada, señor alcalde —se indignó Pirenne.
—De acuerdo. Tampoco me va la vida en ello. Opino, sin embargo, que el detonante directo de esta notita tan simpática no es otro que su diplomático informe de la valiosa contribución de lord Dorwin a la causa. —Una sonrisita ácida le curvó las comisuras de los labios—. Podríamos haber dispuesto de más tiempo, de lo contrario… aunque dudo que Terminus se hubiera beneficiado de ese plazo adicional, habida cuenta de la actitud de la junta.
—¿Y en qué se basa para llegar a tan notable conclusión, señor alcalde? —intervino Yate Fulham.
—Nada más sencillo. Basta con aplicar esa herramienta tan infravalorada que es el sentido común. Verán, existe una rama de las humanidades conocida como lógica simbólica, la cual sirve para desbrozar y allanar los intrincados vericuetos del idioma.
—¿Y a qué viene eso ahora? —insistió Fulham.
—A que la he aplicado, entre otras cosas, a este documento de aquí. Personalmente no me hacía falta porque su significado era evidente, pero creo que podré explicárselo mejor a cinco físicos con símbolos en vez de con palabras.
Hardin sacó y repartió un puñado de hojas del montón que llevaba debajo del brazo.
—Esto no es obra mía exclusivamente, por cierto —dijo—. Como pueden ver, los análisis están firmados por Muller Holk, de la división de Lógica.
Pirenne se inclinó sobre la mesa para ver mejor mientras Hardin continuaba.
—A nadie le sorprenderá saber que el problema que planteaba el mensaje de Anacreonte fue fácil de desentrañar, dado que quienes lo redactaron no eran expertos en retórica, sino personas de acción. Se reduce básicamente a una declaración tácita representada por estos símbolos que ven aquí, cuya traducción aproximada en palabras sería: «Tienen una semana para hacer lo que les decimos o les daremos una paliza y nos saldremos con la nuestra de todas formas».
El silencio se impuso en la habitación mientras los cinco miembros de la junta paseaban la mirada por la cadena de símbolos. Al cabo, Pirenne se sentó y carraspeó con expresión preocupada.
—No hay ningún fallo, ¿verdad, doctor Pirenne? —dijo Hardin.
—No parece que lo haya.
—De acuerdo. —Hardin dejó otro montón de hojas encima de la mesa—. Lo que tienen ahora ante ustedes es una copia del tratado vigente entre el Imperio y Anacreonte. Un tratado, como verán, que lleva la firma de lord Dorwin en calidad de representante del emperador, tras su visita de la semana pasada. Al final encontrarán un examen simbólico.
El tratado, que ocupaba cinco páginas de letra pequeña, terminaba con un análisis escrito a mano en menos de media cara.
—Como ven, caballeros, el examen descarta directamente alrededor del noventa por ciento del tratado, por superfluo, y el interesante contenido restante se podría describir del siguiente modo:
»Obligaciones de Anacreonte con el Imperio: ninguna.
»Poderes del Imperio sobre Anacreonte: ninguno.
El intranquilo quinteto escuchó este razonamiento sin poder disimular su nerviosismo. Releyeron con atención el tratado, y cuando acabaron, Pirenne musitó con preocupación:
—Se diría que está en lo cierto.
—¿Reconoce entonces que el tratado no es sino una declaración de independencia total por parte de Anacreonte y un reconocimiento de ese estatus por parte del Imperio?
—Eso parece, sí.
—¿Y cree que Anacreonte no se da cuenta de la situación y no arde en deseos de reforzar su posición de independencia, por lo que sería lógico que mirara con recelo cualquier viso de amenaza por parte del Imperio? Sobre todo cuando es evidente que este no puede cumplir sus amenazas de ninguna manera, o de lo contrario jamás hubiera permitido que Anacreonte se emancipara.
—Pero entonces —interpuso Sutt—, ¿cómo explica el alcalde Hardin que lord Dorwin garantizara el respaldo del Imperio? Sus explicaciones parecían… —Se encogió de hombros—. Bueno, parecían convincentes.
Hardin se retrepó en la silla.
—¿Sabe?, eso es lo más curioso de todo. Reconozco que tomé a su señoría por un alcornoque redomado la primera vez que lo vi, pero resulta que se trata de un diplomático consumado y astuto. Me tomé la libertad de grabar todas sus declaraciones.
Se produjo un revuelo. Pirenne se quedó boquiabierto, horrorizado.
—¿Qué ocurre? —preguntó Hardin—. Sé que fue una tremenda falta de hospitalidad, algo en lo que no incurriría nadie que se considerara un caballero, y que las cosas podrían haberse puesto muy feas si su señoría se hubiera percatado. Pero no lo hizo, las escuchas obran en mi poder, y eso es todo. Envié una copia de la grabación a Holk para que también la analizara.
—¿Y dónde está el análisis? —quiso saber Lundin Crast.
—Eso —respondió Hardin— es lo curioso. El análisis fue el más complicado de los tres, con diferencia. Cuando Holk, tras dos jornadas de trabajo intensivo, consiguió excluir las declaraciones sin sentido, las vaguedades, los epítetos gratuitos… todo lo superfluo, en definitiva… descubrió que no quedaba nada. Lo había eliminado todo.
»Lord Dorwin, caballeros, en cinco días de diálogo, no dijo ni una triste palabra digna de tenerse en consideración, y lo hizo de modo que nadie se diera ni cuenta. Ahí tienen las garantías de su bonito Imperio.
Hardin no hubiera podido provocar más confusión que la generada por sus últimas palabras ni soltando una bomba fétida en el centro de la mesa. Cuando por fin cesaron los murmullos, concluyó con impaciencia:
—Así que cuando esgrimieron sus amenazas… pues no eran otra cosa… concernientes a una acción del Imperio sobre Anacreonte, lo único que consiguieron fue irritar a un monarca que no tiene un pelo de tonto. Como cabía esperar, su ego le exigiría emprender medidas de inmediato, y este ultimátum es el resultado. Lo que nos lleva otra vez al principio de mi intervención. Nos queda una semana, ¿y ahora qué hacemos?
—Parece —dijo Sutt— que no nos queda más remedio que permitir que Anacreonte establezca sus bases militares en Terminus.
—En eso le doy la razón —repuso Hardin—, ¿pero qué medidas vamos a tomar para expulsarlos en cuanto se presente la ocasión?
El bigote de Yate Fulham sufrió un estremecimiento.
—Se diría que tiene usted claro que habrá que recurrir a la violencia.
—La violencia —fue la contrarréplica— es el último recurso del incompetente. Aunque lo cierto es que no tengo la menor intención de tenderles la alfombra roja y desempolvar mis mejores muebles para recibirlos.
—Sigue sin gustarme la forma en que lo expone —insistió Fulham—. Es una actitud peligrosa, tanto más por cuanto venimos notando de un tiempo a esta parte que un porcentaje considerable de la población parece acatar todas sus sugerencias a pies juntillas. Permítame que le diga, señor alcalde, que en la junta no estamos ciegos y seguimos muy de cerca sus actividades.
Una sensación de aquiescencia general impregnó el subsiguiente silencio. Hardin se encogió de hombros.
—Si caldeara los ánimos hasta provocar un estallido de violencia en la ciudad —continuó Fulham—, solo conseguiría provocar un suicidio multitudinario, algo que no toleraremos de ninguna manera. Nuestra política se sustenta en un principio fundamental, y ese es la Enciclopedia. Lo que decidamos hacer o dejar de hacer será la medida necesaria para garantizar su seguridad.
—En tal caso —dijo Hardin—, habrán llegado a la conclusión de que debemos perpetuar nuestra intensiva campaña de brazos cruzados.
—Usted mismo ha demostrado que el Imperio no puede ayudarnos —replicó con acritud Pirenne—, aunque sigo sin entender el cómo y el porqué de que así sea. Si es preciso llegar a un acuerdo…
Hardin experimentó la horrible sensación de estar corriendo tan deprisa como podía sin moverse del sitio.
—No hay acuerdo al que llegar. ¿No se da cuenta de que toda esta monserga sobre bases militares no es más que burda palabrería? El haut Rodric nos reveló lo que ambiciona Anacreonte, anexionarnos e imponernos su sistema feudal de latifundios y su economía de aristócratas y campesinado. Es posible que el endeble farol de nuestra energía nuclear los obligue a actuar con cautela, pero actuarán de todas formas.
Se había puesto de pie, indignado, y los demás se levantaron con él. Menos Jord Fara, que aprovechó ese momento para decir:
—Por favor, siéntense. Creo que ya hemos ido demasiado lejos. Venga, señor alcalde, no hay motivo para encolerizarse de esa manera. Ninguno de nosotros ha cometido traición.
—¡Tendrá que convencerme de eso!
Fara esbozó una sonrisa.
—Ya sabe que no lo dice en serio. Permítame hablar.
Tenía los ojillos astutos entornados, y el sudor perlaba la vasta superficie de su mentón.
—De nada serviría ocultar el hecho de que la junta ha llegado a la conclusión de que la verdadera solución al problema de Anacreonte nos será revelada dentro de seis días, cuando se abra la Bóveda.
—¿Esa es su aportación a este asunto?
—En efecto.
—¿Pretende que no hagamos nada, que nos limitemos a esperar tranquilamente y confiar en que surja algún deus ex machina de la Bóveda?
—Fraseología melodramática al margen, sí, esa es la idea.
—¡Qué forma tan sutil de escurrir el bulto! De verdad, doctor Fara, un intelecto inferior sería incapaz de producir semejante golpe de genio.
—Su afición por los epigramas es tan cómica como improcedente, Hardin —replicó Fara con una sonrisa indulgente—. Si no me equivoco, recordará usted los razonamientos sobre la Bóveda que expuse hace tres semanas.
—Sí, los recuerdo. Reconozco que era poco menos que una sandez desde el punto de vista de la lógica deductiva. Dijo… corríjame si me equivoco… que Hari Seldon era el psicólogo más importante de todo el sistema; que, por consiguiente, habría sabido prever el aprieto en que nos encontramos ahora, y que, por si fuera poco, diseñó la Bóveda como un método para mostrarnos la salida.
—Ha capturado la idea en esencia.
—¿Le sorprendería escuchar que no he dejado de darle vueltas a la cuestión en las últimas semanas?
—Me halaga. ¿Con qué resultado?
—Con el resultado de que la simple deducción es insuficiente. Insisto, lo que necesitamos es un ápice de sentido común.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, si anticipó nuestro conflicto con Anacreonte, ¿por qué no nos emplazó en cualquier otro planeta, más cerca de los centros galácticos? No es ningún secreto que Seldon manipuló a los comisionados de Trantor para que ordenaran que la Fundación se estableciera en Terminus. ¿Pero qué lo impulsó a hacer algo así? ¿Por qué situarnos aquí si podía pronosticar el corte de las comunicaciones, el aislamiento del resto de la Galaxia, la amenaza de nuestros vecinos y la indefensión de Terminus por culpa de su escasez de metales? ¡Sobre todo eso! O, si lo tenía todo previsto, ¿por qué no avisar con tiempo a los primeros colonos para que pudieran estar preparados en vez de esperar a que la situación fuera tan insostenible como en estos momentos?
»Y no olviden una cosa. Si él pudo prever el problema entonces, nosotros podemos verlo igual de bien ahora. Por tanto, si él fue capaz de prever la solución entonces, nosotros deberíamos ser capaces de verla ahora. Después de todo, Seldon no era ningún mago. No hay ningún truco secreto para escapar de un dilema que él pueda ver y nosotros no.
—Hardin —le recordó Fara—, es que es imposible.
—Pero si no lo han intentado. Ni siquiera una sola vez. ¡Primero se negaron a admitir que existiera alguna amenaza! ¡Después depositaron una confianza ciega en el emperador! Ahora esperan que los salve Hari Seldon. En todo momento han apelado invariablemente a la autoridad o al pasado, jamás a sus propios recursos.
Abrió y cerró los puños espasmódicamente.
—Todo se reduce a una actitud equivocada, un reflejo condicionado que bloquea la independencia de sus mentes siempre que se plantea la posibilidad de oponerse a la autoridad. Jamás se les ocurriría dudar que el emperador sea más poderoso que ustedes, o Hari Seldon más sabio. Y eso es un error, ¿no lo ven?
Por el motivo que fuera, nadie se molestó en contestar.
—No son los únicos —continuó Hardin—. Se trata de la Galaxia entera. Pirenne oyó lo que piensa lord Dorwin de la investigación científica. Su señoría opina que para ser un buen arqueólogo solo hay que leer todos los libros que se han escrito sobre la materia… escritos por personas que llevan siglos enterradas. Su método para resolver enigmas arqueológicos pasa por contrastar autoridades enfrentadas. Y Pirenne se quedó escuchando sus palabras sin oponer ninguna objeción. ¿No se dan cuenta de que algo anda mal en todo eso?
De nuevo una nota implorante en su voz. De nuevo, no hubo respuesta.
Prosiguió:
—Ustedes y la mitad de Terminus tampoco son mucho mejores. Aquí nos tienen, sentados, ensalzando la extraordinaria importancia de la Enciclopedia. Damos por supuesto que la finalidad suma de la ciencia es la clasificación de acontecimientos pasados. Es importante, cierto, ¿pero no queda acaso nada nuevo por desarrollar? Estamos retrocediendo, sucumbiendo al olvido, ¿no lo ven? Aquí, en la Periferia, han perdido la energía atómica. En Gamma Andrómeda, una central energética ha saltado por los aires por culpa de unas labores de reparación deplorables, y el canciller del Imperio lamenta la escasez de técnicos nucleares. ¿Y la solución? ¿Formar nuevos profesionales? ¡Jamás! En vez de eso, pretenden restringir la energía atómica.
Y por tercera vez:
—¿No se dan cuenta! El fenómeno está extendido por toda la Galaxia. Lo único que nos deparará este culto al pasado es deterioro y estancamiento.
Paseó la mirada por los rostros de todos los presentes, que se limitaron a contemplarlo sin pestañear.
Fara fue el primero en recuperarse.
—Bueno, la filosofía mística no va a sernos de ninguna ayuda. Vayamos al grano. ¿Niega usted que Hari Seldon pudiera haber predicho las tendencias históricas del futuro mediante técnicas psicológicas?
—¡No, claro que no! —exclamó Hardin—. Pero no podemos depender de él para encontrar una solución. Él podría señalar el problema, a lo sumo, pero si existe una salida, deberemos encontrarla por nuestros propios medios. Hari Seldon no puede hacer nuestro trabajo.
—¿A qué se refiere con «señalar el problema»? —habló de improviso Fulham—. Ya sabemos cuál es el problema.
Hardin giró sobre los talones para encararse con él.
—¿Eso cree? ¿Le parece probable que Anacreonte fuera la principal preocupación de Hari Seldon? ¡Disiento! Les aseguro, caballeros, que ninguno de ustedes tiene aún la menor idea de lo que está pasando realmente.
—¿Y usted sí? —preguntó con hostilidad Pirenne.
—¡En efecto! —Hardin se levantó de un salto y apartó la silla de un empujón. Un brillo helado le iluminaba la mirada—. Si algo está claro es que algo huele a podrido en todo este asunto, algo más importante que cualquier cosa que hayamos dicho hasta ahora. Háganse esta pregunta: ¿a qué se debe que entre los pobladores originales de la Fundación no se incluyera ni un solo psicólogo de primera, aparte de Bor Alurin? Quien además tuvo mucho cuidado de abstenerse de enseñar algo más que los rudimentos de la disciplina a sus pupilos.
Tras unos instantes de silencio, Fara dijo:
—Vale. ¿A qué?
—A que es posible que un psicólogo descubriera de qué va todo esto… y demasiado pronto para el gusto de Hari Seldon. Así las cosas, llevamos todo este tiempo dando palos de ciego, descubriendo apenas atisbos de la verdad. Precisamente lo que Hari Seldon quería. —Se rio con voz ronca—. ¡Caballeros, que tengan un buen día!
Dicho lo cual, salió de la habitación con cajas destempladas.
El alcalde Hardin seguía rumiando la punta del puro, sin importarle que este se hubiera apagado. Había pasado la noche en vela, y tenía la firme sospecha de que tampoco conseguiría pegar ojo la siguiente. La falta de sueño se reflejaba en sus ojos.
—¿Y eso lo cubre? —preguntó con voz fatigada.
—Me parece que sí. —Yohan Lee se llevó una mano a la barbilla—. ¿Cómo suena?
—No está mal. Habrá que actuar con impudicia, compréndalo. Es decir, no puede haber ninguna vacilación, no debemos concederles tiempo para que se den cuenta de lo que está pasando. Cuando estemos en posición de impartir órdenes, hágalo como si hubiera nacido para ello y la fuerza de la costumbre se encargará de que obedezcan. Esa es la esencia de un golpe de Estado.
—Si la junta se sigue mostrando indecisa siquiera…
—¿La junta? Olvídese de ellos. A partir de mañana, su capacidad de intervención en los asuntos de Terminus no valdrá ni medio crédito oxidado.
Lee asintió con la cabeza, despacio.
—Sin embargo, me extraña que no hayan intentado detenernos todavía. Usted mismo ha dicho que su ignorancia no era absoluta.
—Fara tantea los bordes del problema. A veces me pone nervioso. Y Pirenne recela de mí desde que me eligieron. Pero nunca han tenido la menor oportunidad de comprender realmente qué ocurre. Su fe en la autoridad es absoluta. Están convencidos de que el emperador, por el mero hecho de ostentar ese título, es omnipotente. Y están seguros de que la junta de fideicomisarios, por el simple hecho de actuar en representación del emperador, jamás podría encontrarse en una posición que le impidiera dar órdenes. Esa incapacidad para reconocer la posibilidad de una revuelta es nuestra mejor aliada.
Se levantó pesadamente de la silla y se dirigió al refrigerador de agua.
—No son malas personas, Lee, cuando se ciñen a su Enciclopedia… y nosotros nos encargaremos de que se ciñan a ella en el futuro. Cuando de dirigir Terminus se trata, no obstante, su incompetencia no tiene límite. Ahora váyase y ponga las cosas en marcha. Quiero estar solo.
Se sentó en una esquina de la mesa, con la mirada fija en el vaso de agua.
¡Por el espacio! ¡Ojalá estuviera tan seguro como aparentaba! Los anacreontes aterrizarían dentro de dos días, y lo único que él tenía para seguir adelante era un puñado de presentimientos y sospechas sobre lo que Hari Seldon llevaba insinuando desde hacía cincuenta años. Ni siquiera era psicólogo de verdad, con todas las letras, tan solo un aficionado con algo de educación empeñado en ser más listo que la mente más brillante de su época.
Si Fara tenía razón, si Anacreonte era el único problema previsto por Hari Seldon, si la Enciclopedia era lo único que le interesaba preservar… ¿qué precio pagarían entonces por su golpe de Estado?
Se encogió de hombros y se bebió el agua.