Prólogo

La bicicleta yacía en el suelo a un lado de la carretera, bajo un roble gris, con el manillar torcido en una posición extraña, como si la hubiesen tirado con rabia.

Era un sábado por la mañana temprano, el quinto día de una ola de calor. Había más de cuarenta incendios forestales empecinadamente activos por todo el estado. Seis ciudades de la región tenían avisos de «evacuación inmediata», pero aquí, a las afueras de Sídney, el único peligro era para los enfermos de asma, a quienes se aconsejaba no salir de sus casas. La humareda que envolvía la ciudad era de un malicioso color amarillo grisáceo, tan densa como la niebla londinense.

Las calles vacías estaban en silencio, salvo por el clamor subterráneo de las cigarras. La gente dormía tras noches de calor incesante y sueños alterados, mientras los más madrugadores bostezaban y desplazaban el dedo por las pantallas de sus teléfonos.

La bicicleta abandonada tenía un aspecto nuevo y reluciente, y se anunciaba como una «bicicleta vintage para señoras»: de color verde menta, siete velocidades, un sillín de piel marrón claro y una cesta de mimbre blanco. El tipo de bicicleta que cualquiera se imaginaría montando bajo el aire fresco de un pueblo europeo de las montañas, llevando una suave boina en lugar de un casco protector y una baguette bajo el brazo.

Había cuatro manzanas verdes esparcidas entre la hierba seca bajo el árbol, como si se hubiesen caído rodando de la cesta de la bicicleta.

Una familia de moscardones negros se había posado sobre diferentes puntos de los radios plateados de las ruedas, tan inmóviles que parecían muertos.

El coche, un Holden Commodore V8, vibraba al ritmo de un rock de los ochenta mientras se acercaba desde el cruce, a una velocidad demasiado alta e inapropiada para ese barrio familiar.

Las luces de los frenos se iluminaron y el coche dio marcha atrás con un chirrido de neumáticos hasta quedar detenido junto a la bicicleta. La música se apagó. El conductor salió del coche fumando un cigarro. Era muy delgado e iba descalzo y con el torso desnudo, vestido tan solo con unos pantalones cortos azules de fútbol. Dejó abierta la puerta del conductor y atravesó de puntillas y con una elegancia grácil y experta el asfalto ya caliente hasta llegar a la hierba, donde se agachó para observar la bicicleta. Acarició la rueda delantera pinchada como si se tratara de la pata de un animal herido. Los moscardones empezaron a emitir un zumbido, cobrando vida de repente, asustados.

El hombre miró a un lado y otro de la calle vacía, dio una calada a su cigarro con los ojos entrecerrados, se encogió de hombros y, a continuación, asió la bicicleta con una mano y se puso de pie. Fue hasta su coche y la introdujo en el maletero como si la hubiese comprado, sacando hábilmente la rueda delantera con la palanca de liberación rápida para que cupiera.

Volvió a meterse en el coche, cerró la puerta con fuerza y se alejó, golpeteando el volante al ritmo de Highway to Hell de AC/DC, encantado de la vida. Al parecer, el día anterior había sido San Valentín y, aunque él no creía en esa mierda capitalista, le iba a regalar la bicicleta a su mujer y a decirle: «Feliz día de San Valentín con retraso, cariño», con un irónico guiño, y de esa forma compensaría lo de hacía unos días y, probablemente, tendría suerte esa noche.

No tuvo suerte. Tuvo muy poca suerte. Veinte minutos después estaba muerto, tras perder la vida al instante en una colisión frontal. Un conductor de un semirremolque que venía de la interestatal no vio una señal de stop oculta tras un frondoso liquidámbar. Los residentes de la zona llevaban meses quejándose de esa señal. Fue un accidente que se veía venir, decían, y por fin había pasado.

Las manzanas no tardaron en pudrirse con el calor.

Capítulo 1

1

Dos hombres y dos mujeres estaban sentados en la esquina del fondo de una cafetería bajo la foto enmarcada de unos girasoles en un amanecer de la Toscana. Eran altos como jugadores de baloncesto e, inclinados hacia delante sobre la mesa redonda con tablero de mosaico, sus frentes casi se tocaban. Hablaban en voz baja y serios, como si se tratara de una conversación de espionaje internacional, lo cual resultaba incongruente en esa pequeña cafetería de barrio residencial de las afueras en una agradable mañana veraniega de sábado, con olor a pan de plátano y pera recién hecho y una suave música rock que sonaba lánguida en el equipo de música acompañando al diligente sisear y moler de la máquina de café.

—Creo que son hermanos —dijo la camarera a su jefe. La camarera era hija única y siempre mostraba interés por los hermanos—. Se parecen mucho.

—Están tardando demasiado en pedir —contestó su jefe, que procedía de una familia de ocho hijos y no veía tan interesante eso de tener hermanos. Tras la fuerte granizada de la semana anterior, había estado lloviendo durante varios días. En ese momento los incendios estaban bajo control y los clientes volvían a salir por fin de sus casas, dinero en mano, por lo que necesitaban que hubiese rotación en las mesas.

—Han dicho que no habían tenido tiempo de ver los menús.

—Pregúntales otra vez.

La camarera se acercó de nuevo a la mesa y se dio cuenta de que estaban sentados de una misma y curiosa forma, con los tobillos enganchados a las patas delanteras de sus sillas, como si quisieran evitar que se movieran.

—Perdonen.

No la oyeron. Estaban todos hablando a la vez, solapando sus voces. No cabía duda de que eran familia. Incluso sus voces se parecían: graves y roncas y hablando en voz baja. Personas con la garganta irritada y con secretos.

—En teoría, no está desaparecida. Nos envió ese mensaje.

—Es que no me creo que no conteste al teléfono. Siempre responde.

—Papá ha dicho que su bicicleta nueva no está.

—¿Qué? Eso sí que es raro.

—Entonces ¿simplemente se fue con la bici calle abajo y desapareció al ponerse el sol?

—Eso parece, aunque no se llevó su casco. Me resulta muy extraño.

—Yo creo que ha llegado el momento de que denunciemos su desaparición.

—Ya ha pasado más de una semana. Es demasiado tiempo.

—Como ya he dicho, en teoría, no...

—Claramente, está desaparecida porque no sabemos dónde se encuentra.

La camarera levantó la voz hasta un punto en que se acercaba peligrosamente a la grosería.

—¿Quieren pedir ya?

No la oyeron.

—¿Ha ido alguien ya a la casa?

—Papá me ha pedido por favor que no vaya. Dice que está «muy ocupado».

—¿Muy ocupado? ¿Y qué le tiene tan ocupado?

La camarera se movió arrastrando los pies al lado de ellos, entre las sillas y la pared, para que así alguno pudiera verla.

—¿Sabéis qué podría pasar si denunciamos su desaparición? —dijo el más atractivo de los dos hombres. Llevaba una camisa de lino de manga larga remangada hasta los codos, pantalones cortos y zapatos sin calcetines. Tenía treinta y pocos años, supuso la camarera, y lucía una perilla y el encanto poco carismático de una estrella de un programa de telerrealidad o de un agente inmobiliario—. Sospecharían de papá.

—¿Por qué iban a sospechar de papá? —preguntó el otro hombre, una versión más desaliñada, fornida y barata del primero. No llevaba perilla, pero sí necesitaba un afeitado.

—Por si él..., ya sabes. —El hermano versión cara se pasó un dedo por el cuello.

La camarera estaba inmóvil. Era la mejor conversación que había escuchado a hurtadillas desde que había empezado a servir mesas.

—Dios, Troy —contestó la versión más barata con una exhalación—. Eso no tiene gracia.

El otro hombre se encogió de hombros.

—La policía preguntará si habían discutido. Papá ha dicho que sí discutieron.

—Pero seguro que...

—Puede que papá sí haya tenido algo que ver —dijo la más joven de los cuatro, una mujer ataviada con un vestido corto naranja salpicado de margaritas blancas encima de un bañador atado al cuello. Tenía el pelo teñido de azul (la camarera deseaba ese mismo tono) y lo llevaba recogido por detrás en un nudo enredado, húmedo y pegajoso a la altura del cuello. Tenía un fino lustre de crema solar en los brazos, como si acabara de salir de la playa en ese mismo momento, aunque estaban, al menos, a cuarenta minutos en coche de la costa—. Quizá se haya enfadado. Quizá se haya enfadado por fin.

—Basta ya, los dos —ordenó la otra mujer, que, ahora se daba cuenta la camarera, era una clienta habitual: café con leche de soja tamaño extragrande y extracaliente. Se llamaba Brooke. Brooke acabado en «e». Escribían los nombres de los clientes en las tapas de sus cafés y esa mujer había dejado claro en una ocasión, con voz tímida pero firme, como si no pudiera contenerse, que debían escribir una «e» al final de su nombre.

Era educada pero no parlanchina y, en general, se la veía un poco estresada, como si ya supiera que el día no le iba a ir como ella quería. Pagaba con un billete de cinco dólares y siempre dejaba el cambio de cincuenta centavos en el bote de las propinas. Todos los días iba vestida igual: con una camiseta polo azul marino, bermudas y zapatillas de deporte con calcetines.

Ese día iba vestida de fin de semana, con una falda y una camiseta, pero todavía tenía el aspecto de miembro de las fuerzas armadas fuera de servicio, o de profesora de educación física que no se dejaría engañar por ninguna excusa de estar sufriendo un tirón.

—Papá jamás haría daño a mamá —le dijo a su hermana—. Jamás.

—Dios mío, claro que no. ¡No lo decía en serio! —La chica del pelo azul levantó las manos en el aire y la camarera vio la piel arrugada alrededor de sus ojos y boca y se dio cuenta de que no era nada joven, simplemente vestía como si lo fuera. Era una mujer de mediana edad disfrazada. Desde cierta distancia, podría pensarse que tenía veinte años; desde cerca, serían unos cuarenta. Menudo timo.

—Mamá y papá tienen un matrimonio muy sólido —añadió Brooke con «e» y hubo algo en el tono resentido, aunque respetuoso, de su voz que hizo pensar a la camarera que, a pesar de su prudente atuendo, podía ser la más joven de los cuatro.

El hermano más atractivo la miró con incredulidad.

—¿Nos hemos criado en la misma casa?

—No sé. Dímelo tú. Porque yo nunca he visto ninguna muestra de violencia... ¡Por Dios!

—De todos modos, no es que yo esté sugiriendo nada. Lo que digo es que otras personas podrían hacerlo.

La mujer del pelo azul levantó los ojos y vio a la camarera.

—¡Perdona! ¡Todavía no hemos mirado! —Cogió de la mesa la carta plastificada.

—No pasa nada —contestó la camarera. Quería oír más.

—Es que estamos todos un poco distraídos. Nuestra madre ha desaparecido.

—Ay, no. ¿Hay motivos para... preocuparse? —La camarera no sabía bien cómo reaccionar. No parecían muy preocupados. Esa gente era... bastante mayor que ella. En ese caso, ¿no sería su madre muy mayor? ¿Una ancianita? ¿Cómo podía desaparecer una anciana? ¿Por demencia?

Brooke con «e» hizo una mueca.

—No le vayas contando eso a la gente —le dijo a su hermana.

—Perdona. «Es posible» que nuestra madre haya desaparecido —rectificó la mujer de pelo azul—. Se nos ha extraviado temporalmente.

—Tendréis que volver sobre vuestros pasos —repuso la camarera siguiendo con la broma—. ¿Dónde la visteis por última vez?

Hubo un silencio incómodo. Todos la miraron con idénticos ojos marrones claros y expresión seria. Todos tenían ese tipo de pestañas tan oscuras que parecía como si llevaran lápiz de ojos.

—¿Sabes qué? Tienes razón. Eso es exactamente lo que debemos hacer. —La mujer del pelo azul asentía despacio, como si se estuviese tomando en serio aquel frívolo comentario—. Volver sobre nuestros pasos.

—Vamos a tomar todos el crujiente de manzana con nata —la interrumpió el hermano versión cara—. Y, luego, te diremos lo que pensamos.

—Buena elección. —El hermano versión barata golpeteó con el borde de su carta sobre el lateral de la mesa.

—¿Para desayunar? —preguntó Brooke con «e», pero sonrió irónicamente, como si se tratara de una broma privada relacionada con el crujiente de manzana, y todos le devolvieron la carta con la actitud aliviada de «decidido» con que todo el mundo devuelve su menú.

La camarera escribió «4 x Cruj Manz» en su libreta y enderezó la pila de cartas.

—Una cosa —dijo el hermano versión barata—. ¿Alguno la ha llamado?

—¿Cafés? —preguntó la camarera.

—Tomaremos todos café solo largo —respondió el hermano versión cara, y la camarera miró a los ojos a Brooke con «e» para darle la oportunidad de replicar: «No, yo no tomo así el café, siempre lo tomo con leche de soja extralargo y extracaliente», pero estaba ocupada observando a su hermano—. Claro que la hemos llamado. Un millón de veces. Le he enviado mensajes. Le he escrito por correo electrónico. ¿Tú no?

—Entonces ¿cuatro solos largos? —insistió la camarera.

Nadie respondió.

—De acuerdo, cuatro solos largos.

—A mamá no. A ella. —El hermano versión barata apoyó los codos en la mesa y se apretó las sienes con la punta de los dedos—. A Savannah. ¿Alguien ha intentado ponerse en contacto con ella?

La camarera se quedó sin excusas para seguir allí escuchando.

¿Savannah era otra hermana? ¿Por qué no estaba ahí? ¿Era la apestada de la familia? ¿La hija pródiga? ¿Por eso su nombre parecía haber aterrizado entre ellos como un mal presagio? ¿Y alguno la había llamado?

La camarera se acercó a la barra, hizo sonar la campanilla con la palma de la mano y dejó el pedido con un golpe.

Capítulo 2

2

El septiembre pasado

Eran cerca de las once de un frío y ventoso martes por la noche. Las flores de cerezo de color rosa pálido se arremolinaban y rozaban el taxi mientras pasaba despacio junto a las casas de época rehabilitadas, cada una con un lujoso sedán de gama media en el camino de entrada y un ordenado trío de cubos de basura de distintos colores en el bordillo. Un falangero de cola anillada se escabulló tras una valla de piedra arenisca ante los faros del taxi. Un perro pequeño soltó un aullido y, después, se quedó en silencio. El aire olía a leña quemada, a hierba cortada y a cordero cocinado a fuego lento. La mayoría de las casas estaban a oscuras, salvo por la luz parpadeante de las cámaras de seguridad.

Joy Delaney, del número nueve, llenaba su lavavajillas mientras escuchaba el último episodio del pódcast de El tío de las migrañas con sus nuevos y caros auriculares inalámbricos que su hijo le había regalado por su cumpleaños.

Joy era una mujer menuda, delgada y vigorosa de pelo blanco a la altura de los hombros. Nunca podía recordar si tenía sesenta y ocho o sesenta y nueve años, y a veces incluso se abría a la posibilidad de tener sesenta y siete. (Tenía sesenta y nueve). En ese instante llevaba puestos unos vaqueros, una rebeca negra sobre una camiseta de rayas y calcetines de lana. Se suponía que tenía un aspecto «estupendo para su edad». Era lo que le solían decir las jóvenes en las tiendas. Ella siempre había querido responder: «No sabes qué edad tengo, adorable idiota, así que ¿cómo sabes que estoy tan estupenda?».

Su marido, Stan Delaney, estaba sentado en su sillón reclinable de la sala de estar con una bolsa de hielo en cada rodilla mientras veía un documental sobre los puentes más grandes del mundo y se iba comiendo un paquete de galletitas saladas con chile que iba mojando en un bote de crema de queso.

Su vieja terrier Staffordshire, Steffi (llamada así por Steffi Graf, porque de cachorrita era muy escurridiza), estaba sentada en el suelo de la cocina, al lado de Joy, mordisqueando a escondidas un trozo de periódico. En el último año, Steffi había empezado a mordisquear obsesivamente cualquier papel que se encontrara por la casa, lo cual era, al parecer, un trastorno psicológico de los perros, posiblemente causado por el estrés, aunque nadie sabía por qué podía estar estresada Steffi.

Al menos, el hábito de Steffi con el papel era más tolerable que el del gato de su vecina Caro, Otis, que había empezado a robar ropa de las casas del callejón, incluida, para mayor humillación, la ropa interior, que Caro se sentía demasiado abochornada como para devolver, excepto si era de Joy, claro.

Joy sabía que sus enormes auriculares le hacían parecer una extraterrestre, pero no le importaba. Tras años de suplicar a sus hijos que guardaran silencio, ahora no podía soportarlo. El silencio era un bramido en medio de lo que ahora era su nido vacío. Su nido llevaba muchos años vacío, así que habría debido estar ya acostumbrada, pero el último año habían vendido su empresa y era como si todo hubiese acabado, deteniéndose con una sacudida. En su búsqueda de ruido se había vuelto adicta a los pódcast. A menudo, se iba a la cama con los auriculares todavía puestos para quedarse adormecida con el arrullo de una voz familiar y acreditada.

Ella en concreto no sufría migrañas, pero su hija menor sí y Joy escuchaba el pódcast de El tío de las migrañas en busca de consejos para poder transmitírselos a Brooke y también como una especie de penitencia. Durante los últimos años, había llegado casi a enfermar de remordimientos por el modo desdeñoso e impaciente con que había respondido cuando empezaron los dolores de cabeza infantiles de Brooke, que era como los llamaban.

«“Remordimiento” puede ser el argumento central de mis memorias», pensó mientras trataba de meter el rallador de queso en el lavavajillas al lado de la sartén. Una vida de remordimientos, por Joy Delaney.

La noche anterior había ido a la primera clase de un curso de «Así que quieres escribir tus memorias» en la escuela nocturna comunitaria. Joy no quería escribir sus memorias, pero Caro sí, así que la acompañaba. Caro era viuda y tímida y no quería asistir sola. Joy ayudaría a Caro a hacer alguna amiga (ya había echado el ojo a una que le parecía adecuada) y, después, dejaría de asistir. La profesora les había explicado que el proceso de escritura de unas memorias empieza con la elección de un argumento central y, después, se trata simplemente de buscar anécdotas que sirvan de sustento para ese argumento. «Quizá el vuestro sea “Me crie en los barrios bajos y mírame ahora”», dijo la profesora, y todas las señoras con sus pantalones sastre y sus pendientes de perlas asintieron solemnemente y escribieron «barrios bajos» en sus cuadernos recién estrenados.

—Bueno, al menos el argumento central de tus memorias es evidente —le dijo Caro a Joy de camino a casa.

—Ah, ¿sí? —repuso Joy.

—El tenis. Tu argumento central es el tenis.

—Eso no es un argumento —protestó Joy—. Un argumento sería más bien algo como «venganza» o «éxito contra todo pronóstico» o...

—Tú podrías llamarlo «Juego, set y partido: la historia de una familia de tenistas».

—Pero eso es..., nosotros no somos estrellas del tenis —replicó Joy—. Solo dirigíamos una escuela de tenis y un club de tenis local. No somos la familia Williams. —Por alguna razón, el comentario de Caro le resultaba molesto, incluso irritante.

Caro la miró sorprendida.

—¿Qué estás diciendo? El tenis es la pasión de tu familia. La gente siempre aconseja: «¡Ve tras lo que te apasiona!». Y yo pienso: «Ojalá hubiera algo que me apasionara. Como a Joy».

Joy había cambiado de tema de conversación.

Ahora levantó los ojos del lavavajillas y recordó a Troy cuando era niño, justo ahí, en esa misma cocina, agarrando la raqueta como si fuese un arma, con la cara enrojecida por la rabia, sus preciosos ojos marrones llenos de culpabilidad y lágrimas, pero sin permitirse llorar, mientras gritaba: «¡Odio el tenis!».

—¡Menudo sacrilegio! —había exclamado Amy, porque su papel como hermana mayor era hacer de comentarista en cada discusión familiar y utilizar grandes palabras que los demás hijos no entendían, mientras Brooke, todavía pequeña y adorable, había estallado inevitablemente en lágrimas y Logan se había quedado con la cara inexpresiva y embobada.

—Tú no odias el tenis —le había contestado Joy. Era una orden. Lo que había querido decir era: «No puedes odiar el tenis, Troy». Y: «No tengo tiempo ni fuerzas para permitir que odies el tenis».

Joy sacudió ligeramente la cabeza para sacarse ese recuerdo y trató de volver a centrar su atención en el pódcast.

«... líneas en zigzag que flotan en tu campo de visión, puntos o estrellas brillantes, las personas que sufren síntomas de migrañas con aura dicen que...».

Troy no odiaba de verdad el tenis. Algunos de los recuerdos más felices de la familia eran en la pista. La mayor parte de sus recuerdos más felices. Algunos de los peores eran también en la pista, pero, vamos, que Troy todavía jugaba. Si de verdad hubiese odiado el tenis no seguiría jugando con más de treinta años.

¿Era el tenis el argumento central de su vida?

Quizá Caro tuviese razón. Probablemente Stan y ella no se hubiesen conocido nunca de no ser por el tenis.

Ya había pasado más de medio siglo. Una fiesta de cumpleaños en una casa pequeña y llena de gente. Las cabezas moviéndose al unísono al ritmo de Palomitas de maíz, de Hot Butter. Una Joy de dieciocho años agarraba el grueso tallo verde de su copa que estaba llena hasta el borde de vino de Mosela caliente.

—¿Dónde está Joy? Deberías conocer a Joy. Acaba de ganar un campeonato importante.

Esas fueron las palabras que deshicieron el apretado semicírculo de personas que rodeaban al muchacho que estaba con la espalda contra la pared. Era un gigante de estatura y espaldas monstruosas, con una mata de pelo oscuro largo y rizado recogida en una coleta, un cigarro en una mano y una lata de cerveza en la otra. Los chicos atléticos aún podían fumar como chimeneas en los setenta. Tenía un hoyuelo que hizo su aparición nada más ver a Joy.

—Deberíamos ir a jugar alguna vez —dijo él. Ella nunca había oído una voz como aquella, al menos no de un chico de su propia generación. Era una voz tan grave y lenta que la gente se burlaba de él e intentaba imitarla. Decían que Stan tenía la voz de Johnny Cash. No lo hacía a propósito. Es que hablaba así. No hablaba mucho, pero todo lo que decía parecía importante.

No eran los únicos tenistas de aquella fiesta, pero sí los únicos campeones. Fue el destino, como si se tratara de un cuento de hadas inevitable. Si no se hubiesen conocido aquella noche, habrían terminado encontrándose. El del tenis era un mundo pequeño.

Aquel fin de semana jugaron su primer partido. Ella perdió 6-4, 6-4 y, después, pasó directamente a perder la virginidad con él, a pesar de que su madre le había advertido de la importancia de aplazar el tema del sexo si alguna vez le gustaba algún chico: «¿Por qué comprar una vaca cuando puedes tener la leche gratis?». (Sus hijas soltaron un chillido cuando oyeron aquella frase).

Joy le dijo a Stan que solo se acostó con él por su servicio. Tenía un saque magnífico. Todavía seguía admirándolo, a la espera de esa milésima de segundo en que el tiempo se detenía y Stan se convertía en una escultura de un jugador de tenis: espalda arqueada, pelota suspendida, raqueta detrás de la cabeza y, después..., pum.

Stan le dijo que solo se acostó con ella por su volea decidida y, después, añadió a su oído, con aquella voz grave y lenta: «No, no es verdad. Tienes que mejorar tu volea. Te acercas demasiado a la red. Me acosté contigo porque en cuanto vi esas piernas supe que quería que me envolvieras la espalda con ellas», y Joy se quedó embelesada. Le pareció de lo más pícaro y poético, aunque no le gustó la crítica a su volea.

«... esto provoca la liberación de neurotransmisores...».

Miró el rallador. Estaba cubierto de zanahoria que no iba a desaparecer con el lavavajillas. Lo enjuagó en el fregadero.

—¿Por qué estoy haciéndote yo el trabajo? —le preguntó al lavavajillas mientras pensaba en ella misma en la época anterior al lavavajillas, de pie junto al fregadero, con los guantes de goma bajo el agua caliente y una torre de platos sucios a su lado.

Últimamente no paraba de tropezarse con su pasado. El día anterior se había despertado de la siesta con una sensación de pánico, pensando que se había olvidado de recoger a uno de sus hijos del colegio. Tardó más de un minuto en recordar que todos sus hijos eran ya adultos: los adultos tienen arrugas e hipotecas, licenciaturas y planes de viaje. Su amiga Linda, que trabajaba en una residencia de ancianos, le había contado que una oleada de desasosiego se adueñaba de la residencia cada día a la hora de recoger a los niños del colegio cuando las señoras se inquietaban, convencidas de que debían salir corriendo a recoger a unos hijos que desde hacía mucho tiempo ya eran adultos. A Joy se le habían saltado las lágrimas al oír aquello y ahora le estaba pasando a ella exactamente lo mismo.

—Es posible que mi intelecto superior esté ocultando mis síntomas de demencia —le había dicho a Stan.

—Yo no he notado nada —había respondido él.

—¿Mis síntomas de demencia? ¿O mi intelecto superior?

—Bueno, tú siempre has estado demente —había contestado Stan y, después, se había marchado, probablemente para subirse a una escalerilla de mano, pues sus hijos le habían advertido que con setenta años era demasiado mayor para subirse a una escalera, así que le gustaba buscar excusas para hacerlo tan a menudo como le era posible.

La noche anterior Joy había escuchado un pódcast muy instructivo llamado La vida con la demencia.

El rallador de queso se negaba a entrar con la sartén en el lavavajillas. Se quedó mirando los dos objetos. Era como un rompecabezas que ella debería ser capaz de resolver.

«... provoca un cambio en el tamaño de los vasos sanguíneos...», dijo el tío de las migrañas.

¿Qué? Iba a tener que retroceder en ese pódcast y empezar de nuevo.

Había oído que la jubilación provoca un rápido empeoramiento de la función cerebral. Quizá fuera eso lo que estaba ocurriendo. Que su lóbulo frontal se estaba atrofiando.

Habían pensado que estaban listos para la jubilación. Vender la escuela de tenis les había parecido el siguiente paso evidente de sus vidas. No podían seguir dando clases para siempre y ninguno de sus hijos tenía interés por quedarse con el negocio. De hecho, mostraban un desinterés insultante. Durante años, Stan había albergado la falsa esperanza de que Logan invertiría en la Escuela Delaney: esa anticuada idea de que el hijo mayor se convertiría en su orgulloso sucesor. «Logan era un entrenador estupendo —había mascullado—. Tenía talento. Tenía verdadero talento».

El pobre Logan se había quedado absolutamente espantado cuando Stan le sugirió tímidamente que quizá querría comprar la empresa. «No es muy ambicioso, ¿verdad?», le había comentado Stan a Joy y ella le había dado un grito porque no soportaba oír ninguna crítica sobre sus hijos, sobre todo cuando esa crítica tenía fundamento.

Así que la vendieron. A buenas personas y por un buen precio. Ella no se había esperado tener tal sensación de pérdida. No había sido consciente de lo mucho que les definía la Escuela de Tenis Delaney. ¿Quiénes eran ahora? Una pareja más de ancianos.

Menos mal que aún contaban con sus éxitos en el tenis. Su trofeo más reciente reposaba, pesado y orgulloso, sobre el aparador, listo para lucirse cuando se reunieran todos por el día del Padre. Las rodillas de Stan estaban sufriendo ahora las consecuencias, pero había supuesto un verdadero triunfo contra dos jugadores supuestamente excelentes: Stan y ella habían controlado la red, habían atacado a mitad de pista y no habían perdido la calma en ningún momento. Seguían valiendo.

Aparte de los torneos, aún jugaban en el campeonato social de los lunes que Joy había organizado años atrás, aunque últimamente se estaba convirtiendo en algo deprimente porque la gente no paraba de morirse. Seis meses antes, Dennis Christos se había muerto en la pista mientras él y su mujer, Debbie, jugaban contra Joy y Stan, lo cual había sido un trauma espantoso. Joy creía que el corazón de Dennis no había podido soportar la emoción de pensar que iba a romper el servicio de Stan. En el fondo, culpaba a Stan por hacer que Dennis creyera que tenía posibilidades. Había dejado que el partido llegara a 40-0 por puro placer. Joy estaba necesitando mucha fuerza de voluntad para no decirle: «Tú mataste a Dennis Christos, Stan».

Lo cierto era que ni Stan ni ella estaban hechos para la jubilación. Sus vacaciones soñadas de seis semanas en Europa habían sido un desastre. Incluso en Wimbledon. Sobre todo en Wimbledon. Cuando el avión aterrizó de nuevo en Sídney, los dos habían sentido una oleada de alivio, aunque no lo confesaron a nadie, ni a sus amigos ni a sus hijos, ni siquiera el uno al otro.

A veces, intentaban hacer cosas que sus otros amigos jubilados hacían, como pasar un bonito día en la playa, por ejemplo. Joy se había destrozado el pie al pisar una concha de ostra y les habían puesto una multa de aparcamiento. Eso le recordó a aquellas ocasiones en las que se le había metido en la cabeza que Stan y ella debían llevar a sus hijos a una agradable merienda campestre y se había esforzado muchísimo en fingir que eran una encantadora familia que disfrutaba de sus meriendas en el campo, pero inevitablemente algo salía mal, siempre había alguien de mal humor o se perdían o empezaba a llover nada más llegar y el trayecto de vuelta a casa transcurría en silencio y lleno de resentimiento, salvo por los resoplidos que a intervalos regulares emitía cualquiera de los hijos que consideraba haber sido regañado de un modo injustificable.

—La verdad es que nos hemos vuelto bastante románticos desde que nos hemos jubilado —le dijo una amiga irritantemente alegre, lo cual hizo que Joy sintiera arcadas, pero la otra semana compró dos batidos de plátano en la zona de restaurantes del centro comercial como gesto divertido porque Stan y ella solían comprarlos para desayunar en las cafeterías de los pueblecitos cuando viajaban juntos en los torneos regionales durante los primeros años de su matrimonio. Se ahorraban el dinero de los hoteles durmiendo en el coche. Tenían sexo en el asiento de atrás.

Sin embargo, quedó claro que Stan ni siquiera recordaba sus batidos de plátano y, de camino a casa, él pisó el freno de forma exagerada e innecesaria cuando alguien se les cruzó por delante y el batido de Joy salió volando por los aires, por lo que ahora su coche tenía un desagradable y permanente olor a leche agria: el olor amargo del fracaso. Stan decía que él no olía nada.

Necesitaban un carácter distinto para jubilarse con elegancia y entusiasmo, como sus amigos. Necesitaban ser menos gruñones (sobre todo Stan) y contar con una mayor variedad de intereses y aficiones aparte del tenis. Necesitaban nietos.

«Nietos».

La palabra misma la inundaba de ese tipo de emociones gigantes y complicadas que quedaban reservadas para los jóvenes: deseo, furia y, lo peor de todo, maliciosa y amarga envidia.

Sabía que un nietecito sería lo único que haría falta para acabar con el bramido del silencio, para hacer que sus días volvieran a crepitar llenos de vida, pero no se podía pedir nietos a los hijos. Qué humillante. Qué vulgar. Joy se tenía por una persona más interesante y sofisticada que eso. Era feminista. Atleta. Una empresaria de mucho éxito. Se negaba a responder a ese estereotipo.

Terminaría ocurriendo. Solo debía ser paciente. Tenía cuatro hijos. Cuatro boletos para el sorteo, aunque dos de sus cuatro hijos estaban solteros, así que quizá no contaban todavía con tantos boletos. Pero los otros dos sí tenían relaciones sólidas y largas. Logan y su novia, Indira, llevaban ya cinco años juntos. No estaban casados, pero eso no importaba. Indira era maravillosa y, la última vez que Joy la había visto, no le cupo duda de que tenía una actitud misteriosa y reservada, casi como si quisiera contarle a Joy algo que se estaba guardando: ¿quizá hasta que cumpliera las doce semanas?

Brooke y Grant estaban felizmente casados, con una hipoteca sobre una buena casa y un coche familiar. Y Grant era mayor, así que podía pasar pronto. Ojalá Brooke no hubiera abierto su propia clínica de fisioterapia. Era digno de admiración, Stan resplandecía de orgullo cada vez que alguien lo mencionaba, pero dirigir tu propio negocio es estresante y los que sufren de migrañas deben controlar el estrés. Brooke era demasiado ambiciosa. Pero seguro que querría tener pronto un bebé. Brooke siempre estaba al corriente de los criterios médicos más recientes, así que sabía que no era conveniente dejarlo para muy tarde.

En el fondo, Joy esperaba que sus hijos pudiesen encontrar una forma creativa de anunciarle sus embarazos, igual que hacían siempre los hijos de otras personas en YouTube. Por ejemplo, podían guardar en un sobre la imagen de la ecografía y, después, grabar la reacción de Joy al abrirlo: desconcierto seguido de comprensión, con las manos sobre la boca entre lágrimas y abrazos. ¡Podrían publicarlo en sus redes sociales! «¡Joy se entera de que va a ser abuela!». Podría hacerse viral. Joy se vestía mejor de lo habitual cada vez que sus hijos iban de visita, por si acaso.

(Jamás compartiría con nadie esa fantasía. Ni siquiera con la perra).

El tío de las migrañas peroraba con voz seductora en los oídos de Joy: «Hablemos del magnesio».

—Buena idea. Hablemos de eso —dijo Joy.

No había forma de que la sartén y el rallador cupieran juntos. No había solución. El rallador tendría que quedarse fuera. De todos modos, ya estaba limpio. Se incorporó delante del lavavajillas y vio que su marido estaba justo enfrente, como si se hubiese teletransportado.

—Dios... Maldita... ¿Qué narices...? —dijo ella con un chillido.

Se bajó los auriculares al cuello y se llevó la mano a su acelerado corazón.

—¡No seas tan sigiloso!

—¿Por qué están llamando a la puerta? —Stan tenía los labios naranjas por las galletas con chile. Tenía círculos húmedos en las rodillas de sus vaqueros por las bolsas de hielo derretido. Resultaba molesto solo mirarle, sobre todo porque él la miraba a su vez con expresión acusadora, como si fuera culpa de ella que estuviesen llamando a la puerta.

Steffi se sentó al lado de Stan, con las orejas levantadas y en alerta y los ojos brillantes ante la magnífica posibilidad de que la sacaran de paseo.

Joy dirigió la mirada al reloj de la pared de la cocina. Era demasiado tarde para tratarse de alguna entrega o de algún encuestador. Demasiado tarde para la visita de algún amigo o familiar, y lo cierto era que ya nadie lo hacía sin llamar antes.

Joy se quedó contemplando a su marido. Quizá fuera él quien sufría demencia. Por sus investigaciones, Joy sabía que el cónyuge debía mostrarse paciente y amable.

—Yo no he oído nada —dijo, paciente y amable. Iba a ser una estupenda cuidadora, aunque quizá lo apuntara en la lista de espera de alguna buena residencia más pronto que tarde.

—Yo he oído que llamaban —insistió Stan, moviendo la mandíbula adelante y atrás con ese gesto que indicaba fastidio.

Pero, entonces, Joy también lo oyó: pom, pom, pom.

Como si alguien golpeara la puerta con el puño. El timbre llevaba años roto y la gente solía llamar con impaciencia tras hartarse de pulsarlo, pero aquello parecía más una emergencia.

Cruzó la mirada con Stan y, sin decir nada, los dos se dirigieron hacia la puerta, sin correr, pero caminando deprisa por el largo pasillo. Rápido, rápido, rápido. Steffi trotaba junto a ellos, entre jadeos de emoción. Los calcetines de Joy se resbalaban por el suelo de madera y sintió que los tres, el hombre, la mujer y la perra, compartían una estimulante sensación de emergencia. Alguien los necesitaba. Debía de haberse producido algún tipo de crisis. Ellos solucionarían la crisis porque, aunque no había niños viviendo en casa, todavía tenían esa mentalidad: «Nosotros somos los adultos. Somos los que lo solucionan todo».

Quizá hubiese incluso algo placentero en ese andar rápido hacia la puerta porque había pasado ya bastante tiempo desde que alguno de sus hijos les había pedido dinero o consejo, o incluso que le llevaran al aeropuerto.

Pom, pom, pom.

—¡Ya va! —gritó Stan.

Fragmentos de recuerdos cruzaron como destellos la mente de Joy: Troy llegando a casa del colegio cuando tenía ocho o nueve años, golpeando la puerta y gritando: «¡FBI! ¡Abran!». Pasó años haciendo aquello, cada vez que llegaba a una puerta. Le parecía gracioso. Amy llamando al timbre con frenesí, cuando todavía funcionaba, porque había perdido sus llaves de casa otra vez y siempre tenía prisa por entrar en el baño.

Stan se colocó delante de ella. Deslizó la cerradura con un eficaz giro de muñeca y abrió la puerta.

Una joven llorosa se precipitó hacia delante, como si hubiese tenido apoyada la frente en la puerta, y cayó directa sobre los brazos de Stan, como una hija.

Capítulo 3

3

Hola —dijo Stan, sorprendido. Le dio torpes palmadas en el hombro.

Durante una milésima de segundo, Joy supuso que sí era una de sus hijas, pero esa chica apenas le llegaba a Stan a la altura del pecho. Los hijos de Joy eran altos: los chicos medían un metro noventa y cinco, Amy medía uno ochenta y Brooke, uno ochenta y cinco. Los cuatro eran corpulentos, de pelo oscuro, piel olivácea, mejillas rojizas y con hoyuelos, como su padre. («Todos tus hijos parecen toreros españoles gigantes», solía decir la madre de Joy con tono de reprimenda, como si Joy los hubiese cogido de un estante del supermercado).

La chica de la puerta era menuda, con el pelo rubio, sucio y desgreñado y una piel blanca, venosa y con manchas.

—Lo siento. —La chica se retiró, tomó una bocanada de aire temblorosa, sorbió por la nariz y trató de dibujar en su boca un amago de sonrisa—. Lo siento mucho. Qué vergüenza.

Tenía un corte reciente justo por debajo de la ceja derecha. Unos rastros de sangre brillante y húmeda le corrían por la cara.

—No pasa nada, cariño. —Joy agarró con firmeza a la chica por su delgaducho brazo por si se desmayaba.

La llamaría «cariño» hasta que recordara su nombre. Stan no le iba a servir de ayuda. Notó cómo trataba de cruzar la mirada con ella: «¿Quién narices es esta?».

La chica tenía un piercing como una semilla diminuta en la nariz y un tatuaje de un sarmiento de vid verde alrededor de su pálido antebrazo. Llevaba una camiseta de manga larga hecha jirones con manchas viejas de grasa por delante y unos vaqueros azules rasgados. Sus pies descalzos estaban morados por el frío. De una manera vaga y borrosa, no resultaba completamente conocida.

Habría sido de bastante ayuda que la chica dijese su nombre, pero los jóvenes siempre suponen que se les debe recordar. Pasaba siempre. Un joven desconocido se acercaba directo hacia ellos, moviendo la mano en el aire, encantado: «¡Señor y señora Delaney! ¿Cómo están? ¡Cuánto tiempo!». Joy tenía que fingir durante toda la conversación mientras, al mismo tiempo, repasaba su base de datos mental: ¿un chico del tenis? ¿Un antiguo socio del club que ahora es adulto? ¿Un amigo de alguno de sus hijos?

—¿Qué te ha pasado? —Stan señaló al ojo de la chica. Parecía asustado, un anciano, de repente—. ¿Hay alguien ahí afuera? —Se asomó para mirar hacia la calle por encima de ella. A Joy nunca se le habría ocurrido que pudiera haber alguien ahí.

—No hay nadie —respondió la chica—. He venido en taxi.

—No pasa nada, cariño. Lo solucionaremos —dijo Joy.

Estaba siendo todo muy confuso, pero se terminaría aclarando. Stan siempre quería que todo quedara claro al instante.

Joy supuso que la chica debía de estar al final de la veintena, la misma edad de Brooke, pero no tenía el aspecto de las amigas de Brooke, que eran mujeres jóvenes y ocupadas, con muchas cosas en las que pensar. Esta tenía el aspecto mugriento que le encantaba a Amy, así que seguramente sería una amiga suya. Lo que lo hacía más difícil, porque Amy se movía en distintos círculos muy eclécticos. ¿Alguien de ese grupo de teatro de aficionados por el que Amy había mostrado tanto entusiasmo durante, al menos, una semana? ¿Una amiga de la universidad? ¿De la primera carrera que abandonó? ¿De la segunda?

—¿Cómo te has hecho eso? —preguntó Joy.

—Mi novio y yo discutimos —respondió la chica. Se tambaleó y se apretó la base de la palma de la mano sobre el ojo ensangrentado—. Salí corriendo del apartamento a la calle y me metí en un taxi...

—¿Tu novio te ha hecho esto? —preguntó Stan—. ¿Quieres decir que te ha pegado?

—Algo así —contestó la chica.

—¿Algo así? ¿Qué significa eso? —insistió Stan. Ese hombre podía resultar, a veces, de lo más desagradable—. ¿Te ha pegado o no?

—Es complicado —respondió ella.

—No, no lo es. Si te ha pegado, deberíamos llamar a la policía —dijo Stan.

—No. —La chica se soltó de las manos de Joy—. Ni hablar. No quiero meter a la policía en esto.

—No tenemos por qué llamar a la policía, cariño, si es que no quieres —intervino Joy—. Es decisión tuya. Pero entra y siéntate.

Si la chica no quería llamar a la policía, a ella le parecía bien. No quería a la policía en su casa.

Al pasar bajo una de las luces del pasillo, Joy vio que la chica era mayor de lo que había creído al principio. ¿Quizá de unos treinta y pocos? «Piensa, piensa, piensa».

¿Podría ser la exnovia de alguno de los chicos? Hubo unos años en los que costaba seguir la cuenta de todas las jóvenes que habían pasado por la casa. Sus dos hijos habían tenido relaciones largas con chicas rubias de piel bronceada y zapatillas blancas que se llamaban Tracey. Stan nunca sabía distinguir de qué Tracey se trataba. Las dos terminaron llorando en la mesa de la cocina de Joy, en ocasiones distintas, mientras Joy cortaba cebollas y les murmuraba palabras de consuelo. La Tracey de Logan seguía enviándoles una tarjeta de felicitación por Navidad.

Pero esta chica no parecía ninguna de esas novias. Troy iba detrás de princesas de revista y a Logan le gustaban las bibliotecarias atractivas. Y esta chica no era ninguna de las dos cosas.

—Luego, caí en la cuenta de que no llevaba dinero —continuó la chica cuando entraron en la cocina y se detuvo para inclinar la cabeza hacia atrás y mirar el techo alto como si fuese una catedral. Joy siguió su mirada mientras recorría la habitación hasta el aparador abarrotado de fotos de familia y adornos, incluida la espantosa pareja de gatos de porcelana que había pertenecido a la madre de Stan, y se detuvo ante la fuente de fruta que había sobre la mesa: lustrosas manzanas rojas y plátanos de un amarillo encendido. ¿Tenía hambre esa chica? Podía comerse todos los plátanos. Joy no sabía por qué seguía comprándolos. Era como si solo los quisiera de adorno. La mayoría terminaban reblandeciéndose y poniéndose negros y, después, se sentía avergonzada al tener que tirarlos a la basura—. No tenía absolutamente nada. Ni cartera, ni teléfono ni dinero: nada.

—Siéntate, cariño. —Joy movió hacia atrás una silla de la mesa de la cocina.

Por suerte, Stan había dejado de hacer preguntas. En silencio, bajó el botiquín de su sitio en el armario de encima de la nevera donde Joy no podía alcanzarlo sin subirse a una silla. Lo dejó sobre la mesa y abrió la tapa porque a Joy siempre le costaba soltar la rígida cerradura. A continuación, fue al fregadero y le sirvió a la chica un vaso de agua.

—Vamos a echarle un vistazo a esto. —Joy se puso las gafas—. ¿Te duele mucho?

—No, no pasa nada. Tengo un umbral del dolor alto. —La chica levantó el vaso de agua con mano temblorosa y bebió. Tenía las uñas rotas. Se las mordía. Amy también tenía esa espantosa costumbre. La piel de la chica irradiaba el frescor de la noche fría mientras Joy le limpiaba la herida con antiséptico.

—Así que te diste cuenta de que no llevabas la cartera —prosiguió Joy mientras Stan se sentaba, ponía los codos sobre la mesa, entrelazaba las manos y se frotaba la nariz con los nudillos a la vez que fruncía el ceño con fuerza.

—Sí, así que me empecé a asustar, pensando en cómo iba a pagar el viaje, y el taxista no era de los amables, ¿sabe? Se le notaba. Tenía pinta de ser de los antipáticos, incluso agresivos. Así que nos dedicamos a dar vueltas y...

—¿A dar vueltas? —la interrumpió Stan—. ¿Pero qué dirección le habías dado al conductor cuando subiste al taxi?

Joy le fulminó con la mirada. A veces, no sabía cómo tratar a la gente.

—No le di ninguna dirección. No podía pensar. Le dije: «Vaya hacia el norte». Intentaba hacer tiempo mientras decidía adónde ir.

—¿El taxista no se dio cuenta siquiera de que estabas herida? —preguntó Joy—. ¡Debería haberte llevado directamente al hospital más cercano sin cobrarte un centavo!

—Si se dio cuenta, no quiso saber nada.

Joy negaba con la cabeza con gesto triste. La gente de hoy en día.

—En fin, que por alguna razón, no sé por qué, algo me empujó a hacerlo, me metí la mano en el bolsillo de los vaqueros y... ¡No me lo podía creer! ¡Había un billete de veinte dólares! ¡Menuda casualidad! ¡Yo nunca me encuentro dinero de esa manera!

El rostro de la chica se iluminó con un placer algo infantil mientras recordaba el momento en que se había encontrado el dinero.

—Alguien estaba cuidándote —dijo Joy. Cortó un trozo de gasa del rollo.

—Sí, lo sé. Así que, cuando el taxímetro se iba acercando a los veinte dólares, empecé a darle indicaciones al azar al taxista. Del tipo gire a la izquierda. La segunda a la derecha. No sé, me encontraba como delirando. Solo estaba siguiendo mi olfato. Espere. ¿Me acabo de inventar eso? Lo de seguir mi olfato. Suena gracioso, ahora que lo he dicho. ¿Cómo sigue uno a su olfato?

La chica levantó los ojos hacia Joy.

—No, está bien —contestó Joy. Se acarició la nariz—. Seguir a tu olfato.

Miró a Stan. Estaba sacando el labio inferior hacia fuera, como siempre hacía cuando desaprobaba algo. Él nunca seguía su olfato. Hay que tener un plan, niña. No darle a la pelota sin más y esperar ganar. Hay que planear cómo ganar.

—En el momento en que el taxímetro marcó veinte dólares, grité: «¡Pare!». Y me bajé del coche. Esta noche hace mucho frío en la calle. ¡No me había dado cuenta! —La chica empezó a tiritar de manera convulsiva—. Y voy descalza. —Levantó su pie sucio y se señaló los dedos—. Estaba ahí, en la cuneta. Sentía los pies como bloques de hielo. Pensé, idiota, estúpida, estúpida idiota, ¿y ahora qué? Y, entonces, comencé a sentirme mareada y miré hacia las casas y la suya parecía la más acogedora, y tenía las luces encendidas, así que... —Se tiró de las mangas de la camiseta—. Así que aquí estoy.

Joy se detuvo, con la mirada perdida.

—Entonces..., pero... ¿estás diciendo que..., que nosotros..., que tú no...? —Intentaba pensar en una forma más elegante de decirlo, pero no podía—. ¿No nos conoces?

Ahora entendía que se había estado engañando a sí misma pensando que esa chica le resultaba familiar. Solo lo era del mismo modo que todo el mundo resulta familiar en la actualidad. Dejan que cualquier desconocido entre en sus casas.

Buscó indicios de alguna tendencia delictiva pero no vio ninguno, aunque no estaba del todo segura de cómo se podrían manifestar esas tendencias. La verdad era que el piercing de la nariz resultaba bastante bonito. (Amy había llevado un espantosísimo piercing en el labio hacía unos años, así que a Joy no le preocupaba mucho el de la nariz). El tatuaje de un sarmiento de vid verde no resultaba precisamente intimidatorio. Parecía buena chica. Un poco extravagante, quizá. Pero era dulce. Esa chica no podía ser peligrosa. Era demasiado pequeña. Tan peligrosa como un ratón.

—¿No tienes amigos ni familia a los que acudir? —preguntó Stan.

Joy le volvió a fulminar con la mirada. Lo cierto era que ella quería hacerle la misma pregunta, pero tenía que haber una forma más agradable de hacerlo.

—Nos acabamos de mudar aquí desde Gold Coast —contestó la chica—. No conozco a una sola persona en Sídney.

Imagínate, pensó Joy. Completamente sola, sin dinero, en una ciudad que no conoces y sin poder volver a casa. ¿Qué puedes hacer aparte de lanzarte a buscar la misericordia de algún desconocido? Era incapaz de imaginarse en la misma situación. Siempre había contado con la protección de la gente.

—¿Quieres...? A lo mejor quieres llamar a alguien. ¿A tu familia? —preguntó Stan.

—La verdad es que no hay nadie... disponible ahora mismo. —La chica bajó la cabeza y Joy pudo ver su pobre, indefenso y delgado cuello entre los gruesos mechones de pelo.

—Mírame, cariño. —Apretó la gasa sobre la herida—. Pon aquí el dedo. —Guio la mano de la chica hacia la gasa, la pegó con una tirita y soltó un suspiro de satisfacción—. Ya está. Solucionado.

—Gracias. —La chica miró a Joy con sus ojos de color verde claro enmarcados por las pestañas más hermosas que había visto en su vida. Parecían estar espolvoreadas con oro. Los hijos de Joy tenían todos unas pestañas oscuras de torero. La misma Joy tenía unas pestañas muy normales.

La chica resultaba inesperadamente bonita ahora que le había limpiado la sangre. Tan bonita y tan delgada, sucia y cansada que Joy sintió un abrumador deseo de darle de comer, prepararle un baño y meterla en la cama.

—Me llamo Savannah —dijo la chica a la vez que levantaba la mano hacia Joy para estrechársela.

—Savannah. Qué nombre tan bonito —respondió Joy—. Tengo una amiga que se llama Hannah. ¡Muy parecido! Bueno, no tanto. Savannah. ¿Dónde he oído antes ese nombre? Ya sé, creo que la princesa Ana tiene una nieta que se llama Savannah. Es una niñita muy mona. ¡Un poco traviesa! No creo que sea la princesa Savannah. No creo que tenga siquiera algún título. Tampoco es que sea de tu interés. Yo siempre he tenido un interés especial por la familia real británica. Les sigo en Instagram.

Al parecer no podía parar de hablar. Le pasaba cuando estaba disgustada o impactada, y se dio cuenta de que en ese mismo instante probablemente estaba un poco disgustada e impactada, por la sangre, por la historia violenta que acababa de oír. Vio que seguía agarrando la mano pequeña y helada de la chica y le dio un rápido y consolador apretón antes de soltarla.

—Hay otra Savannah de la que intento acordarme, aparte de la de la familia real. Estoy segura de que sí... ¡Ah, ya sé! Mi hija menor, Brooke, tiene una amiga que acaba de tener una niña y estoy casi segura de que la ha llamado Savannah, o quizá sea Samantha.

Recordó que, en realidad, la niña se llamaba Poppy, que no se parecía en nada ni a Savannah ni a Samantha, así que se sintió avergonzada, pero no había necesidad de decirlo.

—Brooke no está preparada todavía para ser madre porque acaba de abrir su clínica de fisioterapia, lo cual es muy emocionante.

No era nada emocionante. En todo caso, exasperante. Pero como solía decir su abuelo: «No dejes que la verdad eche a perder una buena historia».

—Está muy ocupada con eso. Se llama Fisioterapia Delaney’s. Tengo una tarjeta por algún sitio. Es muy buena. Me refiero a Brooke. Mi hija. Muy calmada y paciente. Es curioso porque nunca pensamos que...

—Joy —la interrumpió Stan—. Respira un poco.

—Nunca pensamos que tendríamos a ningún sanitario en la familia... —Joy se detuvo. Se llevó una mano al cuello y notó que seguía teniendo los auriculares ahí, como un gigantesco y llamativo collar—. Estaba escuchando un pódcast —se explicó, con torpeza. De hecho, podía oír la voz metálica e incorpórea del locutor de su pódcast, todavía parloteando ajeno a lo que pasaba, sin ser consciente de que Joy ya no le oía.

—A mí me gustan los pódcast —dijo Savannah.

—¡No nos hemos presentado! ¡Yo soy Joy! —Joy apagó los auriculares y los dejó sobre la mesa—. Y este es el cascarrabias de mi marido, Stan.

—Gracias por curarme, Joy. —Savannah se señaló la venda de la cara—. Aunque no tengas sanitarios en tu familia, ¡creo que has hecho un trabajo súper!

«Súper». Qué palabra tan curiosa. Un toque del pasado.

—Ah, bueno, gracias —contestó Joy—. Yo nunca..., en fin. —Se obligó a dejar de hablar.

—Esta casa me ha dado una buena sensación. —Savannah miró a su alrededor—. Nada más verla. Me ha parecido cálida y segura.

—Es segura —respondió Joy. Evitó mirar a su marido—. ¿Quieres comer algo, Savannah? ¿Tienes hambre? ¡Cómete un plátano! O también tengo sobras de la cena que puedo calentar. —No dio tiempo a que la chica aceptara la oferta antes de pasar a la siguiente—. Y después dormirás aquí esta noche, claro.

Se alegró de que la asistenta, la buena de Barb, hubiese ido ese día y que juntas hubiesen pasado la aspiradora y limpiado el polvo en la antigua habitación de Amy.

—Ah —dijo Savannah. Miró incómoda a Stan y, a continuación, de nuevo a Joy—. Pues no sé. Yo solo...

Pero estaba claro que no tenía adónde ir a esas horas de la noche y bajo ningún concepto iba Joy a permitir que esa diminuta chica descalza volviera a salir al frío y la oscuridad.

Capítulo 4

4

Ahora

Estamos tratando de localizar a la chica que se quedó en casa de mis padres el año pasado.

La esteticista, vestida de blanco inmaculado, se arrodilló ante los enormes pies de su cliente mientras los dirigía suavemente hacia el interior de la palangana llena de agua caliente perfumada, pétalos de rosa flotando y suaves guijarros de forma ovalada fabricados para que pareciera que procedían de un arroyo de las montañas.

—Apareció en su puerta. Una noche ya tarde.

El cliente, que había reservado la Pedicura Energética Deluxe, «una experiencia de lujo para los ocupados ejecutivos», movió sus pies sobre las piedras y continuó hablando, por suerte a un volumen tolerable. Había preguntado cortésmente a la esteticista si podía realizar algunas llamadas mientras le hacía la pedicura. La mayoría de la gente simplemente empezaba a dar voces de golpe.

—Probablemente la chica no tenga nada que ver —continuó él—. Es que estamos llamando a todos los conocidos de mi madre.

El teléfono del cliente estaba en el bolsillo de su holgada camisa blanca. Llevaba puestos unos AirPods. El padre de la esteticista decía que las personas que llevaban AirPods parecían cacahuetes. (Su padre acababa de cumplir cincuenta años y resultaba entrañable que creyera que sus opiniones aún tenían validez). El cliente no parecía un cacahuete. Era muy atractivo.

—Es extraño que mi madre no se haya puesto en contacto conmigo en todo este tiempo. Normalmente me llama a los dos minutos, sin aliento y horrorizada tras ver una llamada perdida mía.

La esteticista le frotaba exfoliante de hueso de albaricoque por el talón del pie derecho con fuertes y enérgicos círculos.

—Lo sé, pero no es que haya desaparecido sin decir nada. Nos envió a todos un mensaje el día de San Valentín. —Hizo una pausa—. Te voy a decir exactamente lo que ponía. Espera un segundo.

Deslizó el dedo por la pantalla de su teléfono.

—Aquí está. —Leyó en voz alta—. «¡Voy a estar desconectada un tiempo! Me voy narcisos 21 dados para acabar Checoslovaquia danzante! ¡Pradecillo! Besos, mamá». Emoticono de corazón. Emoticono de mariposa. Emoticono de flor. Emoticono de carita sonriente. «Desconectada» va en mayúsculas.

La madre de la esteticista también usaba muchos emoticonos en sus mensajes. A las madres les encantan los emoticonos. Se preguntó qué podría significar todo eso de «Checoslovaquia danzante».

—Lo que quiere decir es que estaba escribiendo el mensaje sin las gafas —dijo el cliente a la persona del teléfono, que debía de estar preguntándose lo mismo—. Sus mensajes están siempre llenos de frases raras al azar.

La esteticista trató de masajearle el gemelo. Era como intentar masajear el granito. Seguro que era de los que salen a correr.

—Sí —dijo él—. Voy ahora para allá a hablar con mi padre para ver si puedo averiguar algo más, aunque a mí no me va a contar nada...

En ese momento, su pie se movió con un repentino espasmo y los dedos se le abrieron en un ángulo poco natural.

—¡Un calambre! —gritó. La esteticista movió la cabeza justo a tiempo.

Capítulo 5

5

El septiembre pasado

Joy cerró la puerta de su dormitorio con un suave y cuidadoso chasquido, como si Savannah pudiera oírla y así saber que la cerraba porque ella estaba ahí. Siempre habían dormido con la puerta de par en par a lo largo de toda su vida de casados: para que sus pequeños y angustiados hijos pudieran meterse directos en su cama si tenían pesadillas; para poder oír a los adolescentes chocándose por la casa, borrachos, pero afortunadamente vivos y de vuelta; para poder ir corriendo a administrar medicamentos, consejos, consuelo; para poder dar un salto cada mañana desde sus camas y entrar rápidamente en acción en sus vidas ajetreadas e importantes.

Antes, cerrar la puerta del dormitorio era señal de que a alguien le podía parecer una buena idea el sexo. Ahora era señal de que tenían una invitada.

Una invitada inesperada.

Con suerte, Savannah estaría calentita y cómoda en el antiguo dormitorio de Amy, vestida con un viejo pijama de Amy. Amy, su hija mayor, su «espíritu libre», como a Joy le gustaba llamarla, su «niña problemática», como a Stan le gustaba llamarla, iba a cumplir cuarenta el año siguiente y llevaba dos décadas sin vivir oficialmente en casa, pero aún usaba su antiguo dormitorio como una especie de almacén permanente, porque no parecía que fuera a instalarse en una casa el tiempo suficiente como para trasladar sus posesiones. Desde luego, era un comportamiento extraño para alguien de casi cuarenta años y hubo un tiempo en el que Joy y Stan habían hablado de ponerse firmes, como les habían sugerido algunos amigos, como si fuese posible usar su determinación para moldear a Amy y convertirla en una persona normal. Amy era Amy y en ese momento tenía un trabajo y un número de teléfono, llevaba las uñas limpias por lo general y el pelo (teñido de azul actualmente) no parecía invadido de piojos, y eso era lo único que Joy esperaba de ella, aunque habría sido agradable que, de vez en cuando, se lo cepillara.

—¿Se ha acostado? —preguntó Stan al salir del baño, vestido con unos bóxers y una camiseta blanca con cuello de pico por donde asomaba el vello blanco del pecho. Seguía siendo un hombre grande, musculoso y dominante, pero a Joy siempre le parecía vulnerable cuando estaba en pijama.

—Eso creo —contestó Joy—. Parecía adormilada después del baño.

Había insistido en prepararle un baño a Savannah. Los grifos no eran fáciles de manejar. Había añadido gel de burbujas con aroma de melocotón que alguien le había regalado el día de la Madre y sacó dos de las toallas más mullidas para invitados que encontró. Había resultado de lo más placentero ver a Savannah salir del baño con las mejillas sonrosadas y bostezando y con las puntas del pelo mojadas, con la bata de Amy arrastrándole por detrás.

Joy era consciente de las redondeadas notas de alegría en su voz. Se trataba de esa satisfacción ya desaparecida y primaria que sentía al dar de comer y bañar a un hijo hambriento, cansado y sumiso, y, después, meter a ese hijo limpio y vestido con su pijama directamente en la cama.

—La bata de Amy le quedaba muy larga... —Se detuvo. ¿Qué diablos...? Se quedó boquiabierta—. Ay, por favor —exclamó—. ¿Cómo has podido?

Una montaña de todo tipo de objetos desordenados abarrotaban la superficie de la cómoda: el viejo portátil de Stan que estaba bastante segura de que no funcionaba, el iPad de ella que jamás había tocado, el ordenador de mesa, pantalla incluida, su televisor de diez años de antigüedad, una calculadora y un viejo bote con monedas de veinte centavos que probablemente tendría un valor total de diez dólares, como mucho.

—Solo estoy siendo cauteloso —alegó Stan en su defensa—. No sabemos nada de ella. Podría robárnoslo todo en plena noche y nos sentiríamos como unos auténticos imbéciles llamando a la policía por la mañana. «Ah, sí, es verdad, agente, le dimos de cenar, le preparamos un baño de espuma, la acostamos y, mire por dónde, nos hemos despertado esta mañana y todas nuestras posesiones han desaparecido».

—No me puedo creer que hayas recorrido la casa desenchufando todas nuestras posesiones. —Pasó los dedos por la maraña de polvorientos cables eléctricos que colgaban de la cómoda.

Ay, Dios, ahí estaba su preciada plastificadora que Troy le había regalado las Navidades pasadas y que fue el comienzo de la obsesión de Stan por plastificar todo lo que encontraba: instrucciones de uso del mando de la televisión (que sí resultó útil), el artículo del periódico local sobre la venta de la Escuela Delaney, motivadoras citas deportivas que había impreso de internet y que quería recordar... Habría plastificado a Joy si hubiese tenido oportunidad.

—Espera, ¿eso es el reproductor de DVD? Stan, esa chica no se llevaría el reproductor de DVD. Nadie usa ya reproductores de DVD.

—Nosotros sí —repuso Stan.

—La gente de su edad no ve películas en DVD —señaló Joy—. Lo ven todo en streaming.

—Ni siquiera sabes lo que significa eso —protestó Stan.

—Sí que lo sé —contestó Joy. Entró en el baño para lavarse los dientes—. Es ver Netflix en la televisión, ¿no? ¿No es eso lo que significa streaming?

Stan no tenía derecho a fingir que sabía más sobre tecnología. Era un hombre que ni siquiera tenía teléfono móvil por principio y por obstinado orgullo. Le encantaba ver cómo la gente se sorprendía al saber que nunca había tenido uno y que jamás lo tendría. Creía firmemente que eso le convertía en un ser moralmente superior, lo cual sacaba de quicio a Joy porque, perdona, pero no lo era. Por su forma de hablar de su «postura» respecto a los teléfonos móviles cualquiera habría pensado que era la única persona entre todas las demás que no hacía el saludo nazi.

Antes de su jubilación, Stan le decía a la gente: «No necesito teléfono, soy profesor de tenis, no cirujano. No hay emergencias en el tenis». Sí que había emergencias en el tenis y más de una vez a lo largo de los años ella se había puesto furiosa al no poder contactar con él y tener que verse en una situación incómoda que habría quedado solucionada al instante si él hubiese tenido un móvil. Además, sus principios no impedían a Stan descolgar alegremente el teléfono fijo para llamar a Joy a su móvil cuando estaba de compras para preguntarle cuánto tiempo iba a tardar o si podía llevarle más galletas con chile, pero cuando Stan se iba, se iba, y si ella pensaba mucho en ello y en todo lo que eso implicaba podía terminar ahogada en un pozo de rabia, así que no lo pensaba.

Ese era el secreto de un matrimonio feliz: alejarse de la rabia.

Se puso su pijama más bonito en vista de que había una invitada en la casa y se metió en la cama con Stan. Sus movimientos parecían teatrales, como si la estuvieran observando. Se quedaron tumbados en silencio unos segundos, mirando al techo, con el edredón remetido bajo los codos, como niños buenos a la espera de su cuento de buenas noches. La luz del techo estaba apagada, y tenían las lámparas encendidas. Había una foto enmarcada de su boda en la mesita de noche de Joy. La mayoría de las veces ella ni la miraba, como si formara parte del mobiliario, pero, en ocasiones, sin previo aviso, sí que lo hacía y sentía el momento exacto en que les habían hecho aquella foto: el áspero encaje del escote de su vestido, la mano de Stan insistente y colocada de forma poco apropiada por debajo de su espalda, la esperanza despreocupada de que esa felicidad desatada siempre estaría al alcance de forma instantánea, porque había conseguido al chico, el de la voz profunda y el gran servicio, y después vendrían trofeos, bebés, meriendas en el campo, restaurantes elegantes en las ocasiones especiales, quizá un perro. Todo en aquella época estaba impregnado de sexo: el tenis, los entrenamientos, la comida, las mismas nubes del cielo.

Durante años, ella se había sentido muy confundida cuando la gente decía saber el día en que habían concebido a sus bebés. ¿Cómo podían saberlo? Ella tenía la adorable y feliz creencia de que todas las parejas practicaban sexo todos los días.

Supo exactamente el día en que fue concebida su hija menor.

Entonces, sí lo entendió.

Joy esperó a que Stan cogiera su libro, encendiera la radio o apagara la luz, pero no hizo ninguna de esas cosas, así que supuso que lo que quería era charlar.

—Me alegro de haber tenido sobras del guiso de pollo para dárselas. Parecía muerta de hambre.

Savannah había comido como una refugiada en medio de la guerra. A medio comer había empezado a llorar con grandes sollozos y convulsiones pero, incluso mientras las lágrimas le corrían por la cara, continuó comiendo. Había resultado perturbador y angustioso de ver. Después, se había comido no uno... ¡sino dos plátanos!

—No era un guiso especialmente bueno. Necesitaba más... sabor, supongo. —Joy siempre se pasaba con el cocinado del pollo. Sentía pavor por la salmonela—. Todavía queda suficiente para darle un poco a Steffi para desayunar.

Joy prefería no avergonzar a Steffi ofreciéndole comida para perros, pues, al parecer, Steffi no sabía que era una perra. Charlaba largo y tendido con Joy cada mañana después del desayuno, emitiendo extraños y alargados aullidos que Joy sabía que eran sus tristes e ininteligibles intentos por hablar su idioma. En una ocasión en la que la llevaron al parque de perros local, Steffi se había quedado paralizada, sentada a sus pies con una expresión de altivez congelada en su rostro, como si fuese una dama de la alta sociedad en un McDonald’s.

Stan aporreó su almohada y se la colocó detrás de la cabeza.

—Steffi preferiría un ejemplar del Sydney Morning Herald para desayunar.

—Me recuerda a la pequeña cerillera.

—¿Steffi?

—No, Savannah.

—Recuérdame quién es la pequeña cerillera —dijo Stan un momento después—. ¿Jugaba al tenis?

Joy soltó un bufido.

—Es un cuento infantil sobre una niña que intenta vender cerillas en medio de una noche heladora. Mi madre me lo solía leer. Creo que, al final, la niña terminaba muriendo de frío.

—Muy típico de tu madre escoger un cuento que termina con un cadáver.

—A mí me encantaba ese cuento —replicó Joy.

Stan estiró el brazo para coger sus gafas de leer y su libro. No era muy lector, pero estaba tratando de leer una novela que Amy le había regalado por Navidad porque no dejaba de preguntarle: «¿Qué te ha parecido el libro, papá?». Stan le había confesado a Joy que siempre tenía que volver a empezarlo porque no le encontraba ningún sentido.

—Es terrible pensar que su novio la haya maltratado de esa forma —dijo Joy—. Terrible. Imagina que fuese alguna de nuestras hijas.

Él no respondió y ella se reprendió a sí misma por haberle sugerido que se imaginara a sus hijas en una situación así. Cuando Stan tenía catorce años, había presenciado cómo su padre empujaba a su madre por la habitación y la golpeaba hasta dejarla inconsciente. Supuestamente, fue la primera y única vez que su padre había hecho algo así, pero debió de ser terrible para un adolescente ver aquello. Stan se negaba a hablar de su padre. Si sus hijos alguna vez preguntaban por su abuelo, él respondía: «No lo recuerdo». Al final, dejaron de preguntar.

—Nuestras hijas son atletas y se han criado con hermanos —señaló Stan—. Nunca lo tolerarían.

—No creo que funcione así —contestó Joy—. Empieza poco a poco. Vas aguantando pequeñas cosas de una relación y, luego..., esas pequeñas cosas van haciéndose más grandes.

Él no respondió y las palabras de Joy se quedaron flotando durante un largo rato por encima de la cama. «Vas aguantando pequeñas cosas... y luego esas pequeñas cosas van haciéndose más grandes».

—Como la rana que muere mientras la hierven —observó Stan.

—¿Qué? —Joy se oyó a sí misma con un tono algo chirriante.

Stan siguió con la mirada fija en su libro. Pasó una página en la dirección opuesta y, por un momento, ella creyó que no le iba a responder pero, entonces, sin apartar la vista de la página, le dijo:

—Ya conoces esa teoría: si metes a una rana en agua caliente y, poco a poco, vas elevando la temperatura, no sale de un salto porque no se da cuenta de que va a morir hervida.

—Seguro que es una leyenda urbana. Voy a buscarlo en Google. —Joy se dispuso a coger su teléfono y sus gafas.

—Búscalo en silencio —dijo Stan—. Tengo que concentrarme. Este tipo se ha tirado tres páginas describiendo la sonrisa de alguien.

—Deja que lo lea yo —le pidió Joy—. Te haré un resumen. Te diré los puntos esenciales.

—Eso es trampa.

—No se trata de un examen —respondió Joy con un suspiro, pero a Stan sí le parecía que era un examen que le había puesto Amy para que le demostrara su amor. A lo largo de los años, Amy los había sometido a muchas pruebas para que demostraran su amor por ella.

Joy no se molestó en buscar en Google lo de la pobre rana que moría hervida. Revisó sus mensajes y pensó en enviarle uno a alguno de sus hijos, o a todos, para contarles lo de la chica perdida que había aparecido en su puerta, pero tuvo la sensación de que esa noticia iba a ser recibida con desaprobación o incluso angustia. Desde que habían vendido la escuela de tenis, a sus hijos les había dado por opinar cada vez más sobre cómo deberían vivir Joy y Stan. Soltaban sugerencias sobre viajes organizados, urbanizaciones para jubilados, cruceros, multivitaminas y sudokus. Joy soportaba esa intervención sin mencionar ni una sola vez la manifiesta falta de nietos en su vida.

Había un mensaje nuevo de Caro que le había enviado esa misma noche: «¿Has hecho tus deberes?». Se refería al curso de escritura de memorias. Tenían que hacer una «presentación» en la que debían escribir su biografía en apenas unos párrafos. No le quedaba más remedio que hacerlo, aunque no fuese a acabar el curso. No quería herir los alegres sentimientos de aquella alegre profesora.

Carecía de sentido responder a Caro en ese momento; estaría dormida. Savannah nunca habría elegido la casa de Caro como un refugio seguro porque todas las luces se apagaban sin falta cada noche a las nueve.

En lugar de ello, Joy abrió un artículo que, según predecía su teléfono, le «podría interesar»: Cuarenta momentos adorables entre el príncipe Guillermo y el príncipe Jorge.

Iba por el séptimo momento adorable del príncipe Guillermo con el príncipe Jorge cuando Stan dejó el libro con un fuerte suspiro y cogió su iPad, que Troy le había regalado por su cumpleaños unos meses atrás. Todos supusieron que Stan no lo usaría por principio pues, ¿no era un iPad casi como un iPhone? Al parecer, no. A Stan le encantaba el iPad tanto como su plastificadora. Leía las noticias en el iPad todos los días porque podía poner una fuente bonita y grande, cosa que no podía hacer con un periódico. Troy estaba de lo más encantado con el éxito de su regalo. Para él era importante ganar siempre el concurso del mejor regalo.

Joy miró por encima del hombro de Stan para ver qué estaba leyendo y buscó el mismo portal de noticias en su teléfono para así leer los mismos artículos y estar preparada para dejarle clara su postura en caso de que él quisiera hacer lo mismo sobre algún asunto en particular.

«Deja esa actitud de sabelotodo machista, papá», le había dicho Amy una vez en una cena familiar.

«Es un Stan-belotodo», había añadido Joy provocando unas buenas carcajadas.

Joy detuvo el dedo sobre el móvil.

Esa combinación específica de letras resultaba tan familiar que le saltó desde la pantalla como si se tratara de su propio nombre: «Harry Haddad».

Esperó. Tardó una eternidad. Se preguntó si él lo pasaría por alto. Pero entonces, por fin, Stan se quedó inmóvil.

—¿Has visto esto? —Levantó el iPad—. ¿Sobre Harry?

—Sí —contestó Joy. Mantuvo un tono neutral. Era importante seguir fingiendo que su antiguo alumno estrella, Harry Haddad, no era para nada un asunto peliagudo, que ella no iba a tratar de cambiar de tema ni que, Dios no lo quisiera, iba a mostrar compasión o simpatía—. Lo acabo de ver.

—Lo sabía —dijo Stan—. Sabía que llegaría este día. Sabía que no estaba acabado.

—¿Sí? —Si eso era cierto, cosa que Joy dudaba, él nunca lo había mencionado, pero prefirió no decirlo—. En fin. Bueno. Esto se va a poner muy... interesante.

Esperó un momento y, después, con cuidado, dejó el teléfono boca abajo sobre la mesita junto a sus auriculares. La reluciente carcasa metálica de su teléfono, también regalo de Troy, centelleó como una bola de discoteca bajo la lámpara de la mesa de noche.

Bostezó. Empezó fingiendo y terminó siendo real. Estiró los brazos por encima de la cabeza. Stan apagó su iPad y se quitó las gafas.

—Me pregunto a qué hora se despertará Savannah —dijo ella a la vez que apagaba su lámpara y se giraba hacia un lado. Gracias a Dios que esa pobre jovencita había decidido llamar a su puerta precisamente esa noche. Sería una distracción para no pensar en el maldito Harry Haddad—. ¿Te ha parecido que sea una persona madrugadora?

Stan no dijo nada. Dejó su iPad, apagó su lámpara y se puso de lado, llevándose con él las mantas, como siempre. Joy tiró de ellas para recuperarlas, como siempre. La espalda de él resultaba cálida y agradable contra la de ella, pero podía notar la tensión de Stan.

—No sé si será una persona madrugadora o no, Joy —dijo por fin.

Al otro lado del pasillo, su inesperada huésped estaba tumbada boca arriba en la cama individual preparada con tanto esmero, totalmente despierta, con los ojos abiertos y sin llorar mirando en la oscuridad, las manos entrelazadas como si fuese un cadáver o una niña buena, la puerta de su dormitorio abierta de par en par, como para demostrar que no tenía nada que esconder ante nadie.

Capítulo 6

6

Ahora

Barb McMahon limpiaba con gesto triste el polvo de la foto enmarcada de Joy y Stan Delaney del día de su boda mientras pensaba en la atractiva pareja que habían sido. El vestido de Joy tenía un escote alto y mangas abullonadas. Stan llevaba una camisa de cuello ancho y volantes y unos pantalones de campana morados.

Barb había estado en esa boda. Había sido una celebración llamativa. Algunos invitados creían que los novios formaban una pareja extraña: Stan el gamberro gigante y de pelo largo y Joy, la princesita rubia y diminuta, pero Barb pensaba que probablemente estaban celosos de la evidente química sexual de la pareja, tan evidente que casi resultaba indecente. Aunque en aquella época nadie usaba la expresión «química», pues estaba bastante segura de que la acuñaron los que hacían el reality The Bachelor.

Barb se había casado con Darrin un año después de esa boda y no recordaba mucha química, solo mucha conversación seria sobre planes para ahorrar. Cuando Darrin murió de un derrame cerebral diez años atrás, Barb empezó a limpiar para tener ingresos adicionales. Por lo general, solo limpiaba en casas de amigas, personas como Joy, de su mismo círculo y generación. A la hija de Barb le resultaba raro. «¿No hace que te sientas incómoda, mamá?». No le hacía sentir incómoda en absoluto. ¿Por qué iba a hacerlo? Barb prefería limpiar para amigas y amigas de amigas, mujeres que nunca habían tenido asistenta y se avergonzaban por el lujo que suponía, así que les gustaba trabajar contigo, charlando al mismo tiempo, y a Barb le gustaba también porque así el tiempo se pasaba volando.

Pero Joy no estaba ese día, así que el tiempo no pasaba volando.

—Se ha ido —había dicho Stan.

Tenía un aspecto espantoso sin Joy ahí para cuidar de él. Probablemente no sabía ni cocer un huevo. Llevaba el mentón cubierto de una incipiente barba blanca y dos largos arañazos, como si fuesen una vía de ferrocarril, le surcaban un lado de la cara.

—¿Se ha ido? —Joy nunca se iba. ¿Adónde iba a ir?—. ¿Cuándo se ha ido?

Fue el día de San Valentín, según Stan. Hacía ocho días.

—No mencionó que se fuese a ir —había señalado Barb.

—Lo decidió a última hora —había contestado Stan con tono seco, como si Joy tuviese la costumbre de tomar decisiones así.

Muy raro.

Barb dejó el marco de la foto con un suspiro apesadumbrado, enchufó la aspiradora y trató de recordar si tocaba pasarla por debajo de la cama. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? A Joy le gustaba asegurarse de que empujaban la cama a un lado y limpiaban bien, al menos, una vez al mes.

Se puso a cuatro patas y miró debajo de la cama. No había mucho polvo. Lo dejaría hasta que Joy estuviese de vuelta. A punto de ponerse de pie otra vez, algo llamó su atención. Un destello.

Se tumbó boca abajo y estiró el brazo tanteando con la punta de los dedos. Podía estirarse bien. Joy se lo decía cuando jugaban en la competición femenina de tenis de las tardes.

Atrajo el objeto hasta ella. Era el teléfono móvil de Joy. Lo reconoció de inmediato por la reluciente carcasa, como esos bolsos de noche Glomesh que a todas encantaban en los años setenta.

Volvió a levantarse y se sentó en la cama de Joy y Stan, algo jadeante por el esfuerzo. El teléfono estaba apagado.

¿Así que Joy se había ido sin su teléfono? Tuvo una sensación de náuseas.

Fue a la cocina, donde Stan estaba sentado en la mesa con su hijo Troy. No hablaban. Parecían dos desconocidos obligados a compartir mesa en un restaurante, aunque no había tazas de té ni comida sobre la mesa.

Troy tenía en las manos los preciados auriculares de Joy, lo que provocó en Barb una extraña sensación de escalofrío. Le parecía algo demasiado íntimo, como si tuviese en sus manos algo que formara parte de su madre: una peluca o una dentadura.

—Hola, Barb —dijo Troy con una sonrisa—. Hacía mucho que no te veía. Me gusta tu nuevo corte de pelo. ¿Cómo está...?

—Acabo de encontrar el teléfono de tu madre. —Lo levantó en el aire. La sonrisa de Troy desapareció tan rápido como si le hubiese dado una bofetada en la cara. Sus ojos volaron hasta su padre.

Stan no dijo nada. Ni una palabra. Ni siquiera parecía sorprendido. Se limitó a ponerse de pie y extender lentamente la mano para coger el teléfono.

«Tengo que decir que la reacción de Stan me pareció bastante peculiar —comentaría después Barb a la gente. A continuación, con las mejillas hundidas debido a la espantosa gravedad de su información privilegiada, añadiría—: Incluso podría tacharse de sospechosa».

Capítulo 7

7

Troy acaba de llamar para decir que Barb ha encontrado el teléfono de mamá debajo de la cama.

La voz de la fisioterapeuta llegó hasta la paciente que estaba sentada leyendo una revista de salud y bienestar. Era la tercera sesión de rehabilitación de la paciente tras una cirugía por la rotura de un ligamento anterior debida a una torpe caída mientras corría. La paciente no había tocado la campanilla de la recepción cuando llegó con quince minutos de antelación, por si Brooke, que era el nombre de la fisio, una chica muy agradable, cariñosa y calmada, estaba atendiendo a otro paciente.

Quería mostrar ese gesto de atención porque sabía que Brooke acababa de abrir la clínica y todavía no tenía recepcionista.

En la primera consulta, las dos habían intimado hablando de su experiencia compartida con las debilitantes migrañas.

Brooke Delaney le dijo que había decidido hacerse fisioterapeuta tras ver a uno cuando era niña. «Me contó que podría ayudarme con mis migrañas si las provocaba alguna tensión en la parte superior del cuello —dijo—. Mi cuello no era la causa pero, aun así, me pareció que había sido una de las pocas personas del sector sanitario que me había tomado en serio. Ya sabes que la gente suele pensar que exageramos el dolor. Sobre todo, cuando eres niña».

Ah, sí, la paciente sabía muy bien lo que era eso.

Pasó la página de la revista y trató de no escuchar lo que claramente era una conversación privada.

—Así que eso explica por qué mamá no responde a nuestras llamadas. —La voz de Brooke sonaba más suelta y alta y también algo más joven que el tono tranquilizador y bien modulado que usaba cuando se dirigía a sus pacientes—. Creemos que esto podría ser más serio de lo que habíamos pensado al principio.

«Madre mía». La paciente cerró la revista. Ahora deseaba haber hecho sonar la campanilla.

—Lo sé. Desconectada quiere decir desconectada, pero es que no parece propio de ella dejarse el móvil.

Pausa.

—Claro, pero ya sabes que dijiste que mamá y tú discutisteis la última vez que hablasteis.

Pausa.

—Sí. Sí, lo sé, papá, pero me preguntaba..., me preguntaba si había sido una discusión muy mala.

Había un temblor sísmico de emoción en la palabra «mala».

La paciente se puso de pie. Lanzó la revista de nuevo a su cesta. No debería estar escuchando esa llamada.

Todo el mundo tiene secretos. De hecho, la paciente no había salido a correr cuando se rompió el ligamento. Jamás en su vida había salido a correr. Se había caído al bajar de un taxi tras dos copas de champán y tres espresso martinis en una comida de un quincuagésimo cumpleaños. Sospechaba que Brooke Delaney sabía que no había sido corriendo y agradecía que no insistiera en el tema.

La paciente se levantó en silencio y salió de la consulta. Volvería en quince minutos. No necesitaba conocer los secretos familiares posiblemente espantosos de su encantadora fisioterapeuta.