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Ha pasado mucho tiempo desde que Hércules llegó a la encrucijada.
En una tranquila intersección en las colinas de Grecia, a la sombra de unos nudosos pinos, el gran héroe de la mitología griega se enfrentó a su destino.
Nadie sabe exactamente dónde ni cuándo ocurrió. Tenemos constancia del momento por las historias de Sócrates. Las más bellas obras de arte del Renacimiento lo plasmaron. Percibimos su energía en ciernes, sus fuertes músculos y su angustia en la clásica cantata de Bach. Si en 1776 John Adams se hubiese salido con la suya, Hércules en la encrucijada habría sido inmortalizado en el sello oficial de los recién fundados Estados Unidos.
Y es que allí, antes de que el héroe adquiriese su fama inmortal, antes de los doce trabajos, antes de que cambiase el mundo, Hércules se enfrentó a una crisis tan transformadora y genuina como la que podríamos haber sufrido cualquiera de nosotros.
¿Adónde se dirigía? ¿Adónde quería ir? Ese es el meollo de la historia. Solo, anónimo, inseguro, Hércules, como muchos otros, no lo sabía.
Donde el camino se bifurcaba se encontró con una hermosa diosa que le ofreció todas las tentaciones que pudiera imaginar. Engalanada con ropas elegantes, le prometió una vida desahogada. Le juró que nunca conocería la necesidad ni la desdicha, el miedo ni el dolor. Si la seguía, dijo, todos sus deseos serían satisfechos.
En el otro sendero había una diosa más severa ataviada con una inmaculada túnica blanca. Esa diosa le hizo una invitación más discreta. No le prometió más recompensas que las derivadas de su esfuerzo. La travesía sería larga, dijo. Debería sacrificarse. En algunos momentos tendría miedo. Pero era un viaje para un dios. Lo convertiría en la persona que sus antepasados querían que fuese.
¿Fue un episodio real? ¿Ocurrió de verdad?
Y en caso de que solo sea una leyenda, ¿acaso importa?
Sí, porque es una historia sobre nosotros.
Sobre nuestro dilema. Sobre nuestra encrucijada.
Para Hércules, el dilema consistió en elegir entre el vicio y la virtud, la vía fácil o la difícil, el sendero trillado o el camino menos transitado. Todos nos enfrentamos a esa elección.
Tras vacilar un instante, Hércules escogió la que lo cambiaba todo.
Eligió la virtud.
La palabra «virtud» puede parecer anticuada. Sin embargo, virtud —areté— se traduce en algo muy sencillo y eterno: excelencia. Moral. Física. Mental.
Antiguamente, la virtud constaba de cuatro elementos clave:
Coraje.
Templanza.
Justicia.
Sabiduría.
Los «fundamentos de la bondad», los llamó el rey filósofo Marco Aurelio. Millones de personas las conocen como las virtudes cardinales, cuatro ideales casi universales adoptados por el cristianismo y la mayor parte de la filosofía occidental, pero igual de valorados en el budismo, el hinduismo y en casi cualquier filosofía que se te ocurra. Se llaman «cardinales», apuntó C. S. Lewis, no porque procedan de autoridades eclesiásticas, sino porque tienen su origen en el latín cardo, «bisagra».
Son elementos fundamentales. Y sobre ellos gira la puerta de la buena vida.
También son el tema de este libro y de esta serie.
Cuatro libros.[1] Cuatro virtudes.
Un objetivo: ayudarte a elegir...
Coraje, valor, fortaleza, honor, sacrificio...
Templanza, autocontrol, moderación, compostura, equilibrio...
Justicia, imparcialidad, servicio, hermandad, bondad, gentileza...
Sabiduría, conocimiento, educación, verdad, introspección, paz...
Estos valores son la clave de una vida de honor, de gloria, de excelencia en todos los sentidos. Son rasgos de personalidad que John Steinbeck describió a la perfección como «agradables y deseables para quien los posee y que le hacen realizar actos de los que puede sentirse orgulloso y con los que puede estar contento». Esta descripción es extensible a toda la humanidad. En Roma no existía una versión femenina de la palabra virtus. La virtud no era masculina ni femenina, solo era.
Y lo sigue siendo. No importa si eres hombre o mujer. No importa si eres fuerte o muy tímido, si eres un genio o si tienes una inteligencia media. La virtud es un imperativo universal.
Las virtudes están interrelacionadas y son inseparables, aunque se diferencian unas de otras. Hacer lo correcto casi siempre requiere coraje, del mismo modo que la disciplina es imposible sin la sabiduría para saber elegir. ¿De qué sirve el coraje si no se aplica a la justicia? ¿De qué sirve la sabiduría si no nos hace más humildes?
Norte, sur, este, oeste: las cuatro virtudes son una suerte de brújula —por algo las cuatro direcciones de una brújula se llaman «puntos cardinales»—. Nos guían. Nos muestran dónde estamos y qué es verdad.
Aristóteles describió la virtud como una especie de oficio, algo a lo que aspirar, como uno aspira al dominio de una profesión o una habilidad. «Los hombres se convierten en constructores construyendo, y los citaristas, tocando la cítara —escribe—. Pues bien, del mismo modo nos convertimos en personas justas al realizar acciones justas y valientes».
La virtud es algo que hacemos.
Es algo que elegimos.
Y en más de una ocasión, ya que la encrucijada de Hércules no fue un episodio aislado. Es un reto diario al que nos enfrentamos no una sola vez, sino continuamente, en repetidas ocasiones. ¿Seremos egoístas o desinteresados? ¿Valientes o temerosos? ¿Fuertes o débiles? ¿Sabios o tontos? ¿Adquiriremos una buena costumbre o una mala? ¿El coraje o la cobardía? ¿La felicidad de la ignorancia o el reto de una nueva idea?
¿Seguir como siempre... o evolucionar?
¿El camino fácil o el correcto?
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El fin de ser es saber; y si dices que el fin del conocimiento es la acción, pues sí, pero el fin de esa acción es, nuevamente, el conocimiento.
RALPH WALDO EMERSON
De todas las virtudes, la sabiduría es la más esquiva. Se trata de una aspiración, algo que siempre intentamos conseguir.
Sin embargo, sabemos casi con total certeza que no lo conseguiremos, al menos no del todo, que en el mejor de los casos la auténtica sabiduría es algo a lo que solo podemos acercarnos. Aunque tengamos a nuestras espaldas una vida entera de trabajo, está fuera de nuestro alcance en todo momento, se aleja más a cada paso, como el horizonte al que nunca podemos llegar.
Esa misma dificultad persiste cuando tratamos de definir la sabiduría. Por supuesto, es más que ser listo, más que la posesión de conocimientos y datos, más aún que la sagacidad. Es inteligencia, intuición, experiencia y educación, filosofía y conocimiento práctico, conciencia e ingenio, perspectiva, perspicacia y, sí, la prudencia que los antiguos a veces llamaban «sabiduría».
Es todas esas cosas y a la vez mucho más.
«Entonces ¿me estás diciendo que no puedes explicarme qué es la sabiduría ni cómo adquirirla?».
Sí. Bienvenido a la vida. Es complicado. Solo un necio cree en las fórmulas simples paso a paso.
La sabiduría requiere trabajo. Como el amor, la felicidad y todas las cosas que valen la pena, a la sabiduría no se accede con trucos ni atajos. Cualquiera que afirme que existe una forma sencilla de alcanzarla es un embustero, y cualquiera que afirme que la tiene es muy probable que carezca de ella.
Si hay algo que podemos decir con claridad de la sabiduría es que no es algo con lo que se nazca.
Aun así, sin duda las demás virtudes nacen de ella: por eso la sabiduría se conoce como la madre de todas las virtudes. ¿Puede una persona que no entiende el riesgo ser verdaderamente valiente? Sin sabiduría, ¿cómo sabría siquiera ante qué ser valiente? ¿No es un desperdicio de autodisciplina dirigirla al objetivo incorrecto o hacerlo de forma ineficaz? Puedes tener buen corazón, pero sin competencia, sin destreza y sin perspectiva tus tentativas de ser justo a buen seguro fracasarán.
Podemos decir, por tanto, que la sabiduría es saber...
... qué hacer,
... cuándo hacerlo
... y cómo hacerlo.
La sabiduría es conocer la situación.
Es la capacidad de ver qué tienes delante con claridad. Es acercarse al conocimiento de cómo funcionan las cosas, por qué ocurren, cuál es su estado actual y qué podría pasar después. No es un conocimiento enciclopédico de datos y cifras, sino algo profundo y práctico a la vez, y es que no fue la aguda mente jurídica de Gandhi lo que lo convirtió en Mahatma.
Si la sabiduría es difícil de definir, su contrario no lo es. Del mismo modo que el coraje es complicado y la cobardía es simple, otro tanto ocurre con la sabiduría, una virtud cuyo carácter esquivo contrasta con la estupidez. Reconocemos a un estúpido cuando lo vemos. Sabemos que no queremos serlo.
Igual que nadie nace sabio, nadie nace tonto; ignorante, sí, pero seguir siéndolo es una decisión. ¿Qué decidiremos nosotros?
Tanto la sabiduría como la estupidez son una especie de asíntota. Algunos estamos más lejos del eje que otros —unos son más listos, otros son más cultos—, pero, como su función es infinita, las posibilidades son interminables. Siempre hay más que aprender, más que saber, más que entender acerca del mundo y de ti. Y lo contrario: por muy estúpido que parezca alguien, siempre hay margen para la sorpresa, pues la estupidez humana también es infinita.
Buscamos la sabiduría por un motivo esencial: la necesitamos. Más adelante y ahora. La vida es un juego para personas que piensan. Un día se nos presenta una decisión sobre el futuro y al siguiente, un dilema moral. Problemas complejos. Personas complicadas. Situaciones desconcertantes. Oportunidades ocultas.
En esos momentos, importantes y nimios, la sabiduría que necesitas estará ahí o no estará. La experiencia, los conocimientos y la comprensión se habrán acumulado o no. O hemos hecho el estudio necesario o no lo hemos hecho. Es en ese instante cuando descubrimos que el aprendizaje hay que ganárselo.
La sabiduría, pues, es un indicador de resultado que revela un trabajo realizado hace tiempo, el fruto nutrido a partir de la semilla plantada antaño. Y, como nos enseñaron nuestros antepasados, solo recoges lo que siembras.
Este es el camino
Séneca cuenta la historia de un romano pretencioso pero vago que quería impresionar a sus amigos cultos. En lugar de dedicar cientos de horas a leer, compró un grupo de esclavos leídos. Uno se sabía a Homero de memoria. Otro se sabía a Hesíodo. Tenía un esclavo para Safo, otro para Píndaro y otro más para Simónides, uno para cada poeta griego antiguo que se suponía que un romano de clase alta debía conocer como la palma de la mano.
El protagonista de la historia pensaba que se estaba saliendo con la suya al hacer que esos hombres le apuntasen versos durante las cenas, teniéndolos a mano cada vez que necesitaba consultar algo, hasta que un amigo le propuso que recibiese clases de lucha. «Pero yo soy débil y frágil», contestó el hombre. «No digas eso —bromeó su amigo—. ¡Piensa en cuántos esclavos con una salud de hierro tienes!».
A todos nos gustaría que hubiese una forma de conseguir algo a cambio de nada, ser capaces de saltar directamente a la parte en que lo tenemos. Buscamos trucos y mañas, como si la sabiduría fuese posible sin una increíble cantidad de esfuerzo, sin una vida entera de estudio. Ese asunto, nos recuerda Séneca, no se puede delegar en otra persona.
No hay ninguna tecnología que pueda hacerlo por ti. No hay ninguna aplicación. Ningún maestro que pueda descargarlo todo en tu cerebro. Ningún gurú que pueda llevarte a la iluminación o chamán que pueda dártelo en una dosis. Lo importante no es con qué naces. Lo importante es qué haces con ello.
El sendero de la sabiduría no solo es escabroso, sino que está custodiado por troles y plagado de obstáculos. Hay puntos muertos. Hay pozos de la desesperación. Hay picos impresionantes y maravillas aterradoras. Hay mucho terreno que recorrer. Por el camino te encontrarás con personas ariscas e ideas desagradables. ¿Eres lo bastante fuerte para enfrentarte a ello? ¿Estás preparado para el largo viaje? ¿O quieres que todo sea agradable, ordenado y fácil?
Aun teniendo talento natural, aun habiéndote licenciado en las mejores universidades, no tienes por qué poseer sabiduría. Todavía, escribe Séneca, «falta mucho por hacer, y es necesario que le dediques todo tu tiempo y todos tus esfuerzos si quieres lograrlo. Esta tarea no se puede delegar».
Este libro, por tanto, no trata de la sabiduría, sino más bien de ese trabajo. Pretende compartir los métodos de algunas de las personas más sabias que han existido jamás, así como las trampas en las que tropiezan los insensatos. No siempre son métodos que nuestros sujetos expresaron. La gente sabia no suele hablar de su sabiduría, los necios no saben que lo son, pero los dos nos ofrecen algo mejor: su ejemplo.
Grandes hombres y mujeres han buscado la sabiduría durante milenios, mucho antes de que Sócrates supuestamente bajase la filosofía del cielo. En las siguientes páginas estudiaremos las ideas de Montaigne y Emerson —nuestros guías en el libro—, pero también la soberbia y la estupidez de personas que deberían haber sabido lo que no les convenía. Examinaremos la sabiduría paciente y práctica de Lincoln, y la compararemos con la impulsiva inmadurez de supuestos genios que, a pesar de su capacidad mental, no se enteran de mucho.
Y sobre todo analizaremos el trabajo que hicieron, porque nadie consigue su sabiduría de balde.
Como las demás virtudes, la sabiduría es la consecuencia de hacer lo correcto de la forma correcta en el momento correcto, pero no solo una vez, sino de manera sistemática a lo largo de una vida. Es el resultado de un método, aunque nunca se posee de verdad.
Eso es porque, en realidad, es el método.
No uno revolucionario, sino las mismas prácticas, las mismas preguntas que la gente se ha planteado y las mismas cosas que ha hecho desde que empezó a andar por la tierra. Es mentores y aprendizajes. Es estudiar la historia. Es leer, leer mucho. Es buscar experiencias. Es desentrañar, descubrir, desmontar, discutir, debatir y demandar respuestas. Es concentración y observación. Es evitar el error... y aprender de las equivocaciones. Es autoevaluación. Es poner en duda nuestras suposiciones. Es seguir siendo alumnos, por muy viejos o expertos que seamos.
Los métodos pueden ser simples, pero ¿qué pasa si te comprometes a seguirlos durante una vida entera? Es posible que las ganancias diarias sean modestas, pero en el transcurso de una vida entera...
Podemos ser más sabios, pero nunca sabios.
Podemos ser más listos, pero nunca listos.
Podemos estar más cerca, pero no llegamos nunca.
La sabiduría está al alcance de cualquiera que esté dispuesto a obtenerla.
La sabiduría no es cómoda.
La sabiduría es una batalla que hay que ganar.
La sabiduría requiere trabajo.
La sabiduría vale la pena.
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Nadie llegó a sabio por casualidad.
SÉNECA
Nadie puede darnos una educación; debemos adquirirla nosotros mismos. La decisión más importante que una persona toma en la vida es convertirse en alumno y seguir siéndolo no solo en el colegio o en una profesión, sino de por vida. Existe un motivo por el que los sabios hablan tan poco de la sabiduría. Siguen demasiado ocupados buscándola, aún se sienten alumnos. Una buena educación nos inculca buenos valores, buenas ideas, buenas costumbres, habilidades que nos permiten aprender todo lo que el mundo puede enseñarnos. Lo que metemos en el cerebro, sobre todo en etapas tempranas pero también a diario, forma una especie de saldo bancario del que haremos uso en el futuro. La práctica que creemos ahora nos sostendrá... o nos traicionará. Debemos convertirnos en estudiantes de la historia, de la humanidad. Debemos cultivar la capacidad de escuchar, de mirar, de aprender. Debemos desarrollar una profunda curiosidad, un deseo insaciable de adquirir conocimientos. Para trazar nuestro plan de estudios, necesitaremos una gran disciplina y un valor considerable. Empecemos.
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Como vástago de una familia noble, Michel de Montaigne debería haberse criado rodeado de sirvientes y entre algodones. Sin embargo, sus padres lo mandaron a vivir con una familia de campesinos de la zona; no por abandono, sino para darle algo que no podía tener en su casa. La mayoría de los niños ricos del siglo XVI eran entregados a nodrizas y niñeras, pero a Montaigne —a la vista, pero en un mundo totalmente distinto de la enorme finca que llevaba su nombre— lo formó, en sus propias palabras, «la fortuna bajo las leyes del pueblo llano y de la naturaleza».
Era el comienzo inusual de una educación inusual que se extendería hasta que Montaigne exhaló su último aliento a los cincuenta y nueve años.
Después de esos primeros días en el seno de su segunda familia, Montaigne fue llevado a casa, donde su padre decretó que delante de su hijo no se hablase otra lengua que no fuese el latín. En lugar de usar su dialecto francés local, Montaigne vivió en el mundo de Horacio y Catón, y su idioma se volvió tan natural para él como lo había sido para los antiguos.
Hasta los lugareños del pueblo siguieron el plan. Años más tarde, a Montaigne le sorprendió oír a uno de ellos referirse de pasada a una herramienta por su nombre en latín, tan arraigada se había vuelto la costumbre por el bien del niño. Como no se permitían otros idiomas cerca de él —su profesor particular de latín era alemán y no hablaba francés—, el muchacho aprendió la lengua materna de la filosofía con rapidez y facilidad. Los romanos habían llegado por primera vez a Burdeos en torno a 60 a. C., y Roma había caído en los siglos posteriores, pero, para Montaigne, la urbs aeterna seguía siendo eterna.
Pronto habló la lengua con más fluidez que sus padres y la dominó mejor que su maestro. «En cuanto a mí —recordaría Montaigne más tarde—, pasaba de los seis años cuando entendí más el francés... que el árabe».
Cabría esperar que una educación tan estricta y dirigida —por no decir extraña— estuviera exenta de alegría. Montaigne tuvo suerte, pues su formación estuvo tan llena de amor y ternura como de esos experimentos. Más adelante le enseñarían la lengua griega de una forma algo más tradicional, pero su padre lo concibió como un juego. El pensador francés rememoraría la diversión de intercambiar «declinaciones de acá para allá» con sus instructores, sin darse cuenta de que estaba aprendiendo. Montaigne recordó que, durante los viajes de su padre al extranjero, los expertos en educación le recomendaron moldear el alma de su hijo «con toda dulzura y libertad», que sus decisiones debían respetarse y que debía gustarle aprender. ¿A alguien le sorprende que Montaigne fuese a su lecho de muerte creyendo que tenía el mejor padre que había habido jamás?
Solo lo castigaron físicamente dos veces en su vida —«con suavidad», aclaró—, algo que muchos niños no podrían decir hoy y pocos podrían haber dicho en el siglo XVI. La mayoría de las mañanas no se despertaba con la voz de un padre gruñón o un severo maestro, sino al son de las hermosas canciones de los músicos a los que su padre había contratado. Era una forma de enseñar música a su hijo, pero también un modo de abordar una preocupación bastante enternecedora: su padre creía que despertar de forma abrupta el «tierno cerebro de los niños» con una sacudida o un grito era de una crueldad extrema.
A los siete años, Montaigne leía a Ovidio por diversión, cansado ya de los condescendientes cuentos infantiles. Pero no era un ratón de biblioteca. En su casa, todo le ofrecía la oportunidad de aprender: hasta las bromas o los errores eran tema de debate o lecciones. Todo estaba pensado para «hacer las veces de un bello libro»; cada situación brindaba una enseñanza, incluso «la malicia de un paje, la torpeza de un criado, una discusión de sobremesa» suponían la ocasión de discutir, debatir, analizar. Todo debía cuestionarse. Cada idea debía rastrearse hasta su fuente original. Acudía a los grandes pensadores en busca de consejo y respuestas, pero no estaban exentos de dificultades. «Pasarlo todo por el tamiz —declararía Montaigne más adelante sobre cómo educar a un niño— y no dejar que entre en su cabeza nada por simple autoridad o reputación».
Le enseñaron a no ser quisquilloso con los errores, e incluso le animaron a reconocer que los había cometido. Lo más importante que había que enseñar a los niños —dijo de la verdadera lección que había aprendido en su juventud— era «que reconocer un error que encuentre en sus propios razonamientos, aunque solo él lo haya advertido, es prueba de sinceridad y buen juicio, que son sus principales objetivos». En la familia de Montaigne, la terquedad era un vicio, y la creencia en la infalibilidad o la superioridad de uno, la única equivocación de la que avergonzarse.
Debió de ser una experiencia impactante la primera vez que Montaigne entró en un aula, en el Collège de Guyenne, a cuya fundación había contribuido su padre. Estar de repente rodeado de otros alumnos, consagrados a aquello que se llamaba «escuela». Como Montaigne debía de saber, la raíz de esa palabra es el término griego que significa «ocio». Qué lejos quedaba entonces, como ahora, la etimología de la realidad.
A Montaigne no le gustaba la frecuencia con la que a sus compañeros de estudios y a él los dejaban «a merced del humor melancólico de un furioso maestro de escuela». Les mandaban muchos deberes, y los días se les hacían interminables; a sus compañeros y a él les resultaba insoportable estar «trabajando durante catorce o quince horas como un mozo de cuerda». Les obligaban a memorizar, recitar y traducir pasajes como si esos sonidos, ruidos y símbolos equivaliesen al conocimiento. A Montaigne le parecía trágica, pero no sorprendente, la cantidad de niños que detestaban ir al colegio, y más triste aún le parecía la cantidad de maestros que detestaban a sus alumnos.
Del mismo modo que los pájaros llevan comida en el pico «sin saborearla, para darle un bocado a sus polluelos —decía el pensador francés—, nuestros maestros van recogiendo la ciencia en los libros y, apenas la ponen en la punta de los labios, la descargan y la lanzan al viento». ¿Qué opinaba de los compañeros de estudios que repetían lo que habían aprendido de sus maestros? No eran más que loros. «Saber de memoria no es saber —manifestaría Montaigne más adelante—, es guardar en la memoria lo que se ha recibido».
En el colegio aprendió lo esencial: matemáticas, lógica, poesía. Pero él soñaba con hacerse cargo de sus estudios, y más adelante sentiría envidia al enterarse de que Sócrates dejaba que sus alumnos fuesen los que más hablaran.
A diferencia de la instrucción escolar, el resto de su educación infantil fue activa. Bailar, montar a caballo, manejar la pica, tocar un instrumento..., recibió clases de todo. Montaigne y sus hermanos aprendieron el deporte francés del tenis, una práctica poco común, pues la actividad deportiva no se consideraba importante. El escritor decía en broma que a muchos de sus compañeros les habría ido mejor si hubiesen recibido lecciones de tenis, pues se habrían librado del colegio y al menos se habrían puesto en forma. También se habrían librado, señalaba, del ego que acompañaba a la idea de sentirse cultos. En cualquier caso, a él no lo educaron para que fuese un intelectual afectado, sino un joven activo y vigoroso.
Lo más valioso de cualquier institución de enseñanza son sus maestros. A pesar de los muchos defectos y frustraciones de su educación tradicional, Montaigne tuvo la fortuna de contar con varios profesores excelentes. Uno de ellos, George Buchanan, estaba en Burdeos, pues había huido de la persecución religiosa. El futuro tutor de reyes se encontraba muy lejos de su hogar, y logró ofrecer una perspectiva cosmopolita al joven Montaigne. Buchanan adoraba el teatro, y puso en escena muchas obras en la escuela, en las que hizo actuar a aquel niño tan diferente.
Tal vez Buchanan era el maestro al que Montaigne más adelante atribuyó el mérito de fomentarle el hábito de la lectura. En una época en que los libros eran caros y la censura, corriente, ese maestro entendió que el plan de estudios escolar no podía satisfacer la curiosidad de ese niño. De modo que los dos llegaron a un acuerdo: mientras el joven se mantuviese al día con las tareas del colegio, tendría libertad para investigar por su cuenta. Podemos imaginarnos al maestro animando a su alumno a conocer esto y aquello, incluso prestándole ejemplares de su propia biblioteca. «Aparentando no ver nada —dijo Montaigne con agradecimiento—, me abrió el apetito y permitió que me atiborrara de aquellos libros en secreto».
También fue una magnífica idea, pues Montaigne vio que muchos de sus compañeros salían de la escuela detestando leer.
Uno de los libros que encontró fue un hermoso ejemplar en folio de las obras de Terencio, editado por el estudioso Erasmo de Róterdam, que Montaigne compró en 1549, a los dieciséis años. Todavía lo leía y lo releía en el ocaso de su vida, pues cada vez que retomaba a Terencio le resultaba imposible «no encontrar en él una nueva belleza y gracia».
Terminó el colegio varios años antes de lo previsto. Le fue bien. Tuvo una experiencia más positiva que la mayoría. «Pero, aun así —declaró, resumiendo su experiencia académica—, seguía siendo la escuela». ¿De qué le habían servido todos los años que había pasado allí? De nada, comparado con lo que había conseguido en casa, donde había descubierto el amor por aprender.
El objetivo de la educación siempre ha sido despertar la curiosidad, el deseo de entender el mundo y el lugar que uno ocupa en él. Sin embargo, a menudo eso es precisamente lo que más tarde se extingue.
De todo el patrimonio que el muchacho heredaría —que incluía enormes extensiones de tierra, una bodega y un castillo—, ese fue su mayor bien. «Creció constreñido por algunos de los límites más extraños jamás impuestos a un niño —observó la biógrafa de Montaigne, Sarah Bakewell—, y al mismo tiempo tuvo una libertad casi ilimitada. Constituyó un mundo en sí mismo».
Sin embargo, como todos los estudiantes, Montaigne tenía que entrar en la vida real. Su padre siempre había considerado que su hijo debía educarse no solo por su bien, sino también para llevar el negocio familiar, para tener un trabajo importante, para ser un líder, para contribuir a la sociedad como abanderado de unos valores que hasta no hacía mucho tiempo habían estado sumidos en el oscurantismo. Tal vez a Montaigne le habría gustado seguir consagrado al estudio, pero la vida —y su padre— tenía otros planes.
«No debe a la pedagogía sino los primeros quince o dieciséis años de su vida —escribió después Montaigne—; el resto pertenece a la acción». Todos nos enfrentamos a esa transición, del colegio a la experiencia real, de la clase a la escuela de la vida. Montaigne se encontraría cara a cara con todas las cosas sobre las que había leído —la democracia griega, el Imperio romano, los casos de Derecho de Cicerón, el poder de la Iglesia medieval—, no a la luz de la Edad de Oro, sino en la turbulenta y confusa etapa que le había tocado vivir.
Después de estudiar Derecho, Montaigne acabó trabajando como magistrado en el Parlamento de Burdeos, puesto en el que tenía que valorar complejos casos legales y trabajar en colaboración con distintos tribunales. Por aquel entonces los magistrados eran evaluados y entrevistados de dos formas diferentes. Un método, que se sigue usando hoy, consistía en estimar el rendimiento y la capacidad académica de un candidato poniendo a prueba sus conocimientos. Otro más simple era darle al futuro magistrado un caso para que lo juzgase y ver su reacción, que permitiría averiguar cómo funcionaba su mente.
El segundo procedimiento era superior, señaló Montaigne: «Aun cuando sea necesario el concurso de las dos circunstancias, referible y mucho más meritorio es poseer sentido común que conocimiento. El sentido común puede prescindir del conocimiento, pero no existe conocimiento sin sentido común».
Casi con total seguridad, Montaigne obtuvo ese empleo gracias a los contactos de su padre, pero durante los quince años que ocupó el puesto se dio cuenta de que saber Derecho y entenderlo eran cosas muy distintas. Él debió de aprender, como todas las grandes autoridades legales, que la teoría tiene que ajustarse a la realidad, no al revés, y que uno solo puede dominar su profesión a través de la experiencia real y dolorosa.
En los libros se omitían muchas cosas, comprendió rápido cuando se tropezó con las complejidades del corazón humano o tuvo en cuenta la ambigüedad de los resultados. Tampoco es que sus compañeros abordasen el oficio con demasiada reflexión. Montaigne recordaría horrorizado haber visto a un juez que él sabía que era infiel a su esposa condenar a un acusado por el mismo delito poco antes de escribir una carta de amor a su amante.
Año tras año en el puesto, Montaigne desarrolló su criterio: la forma de ser de la gente, cómo detectar a un mentiroso, cómo llegar a la verdad de un asunto. Por ese motivo fue requerido para servir en la corte del rey Carlos IX y, por esa razón, al final de su carrera jurídica, fue nombrado caballero de la Orden de San Miguel, un cuerpo de caballería francés.
Entrar en el mundo real supone un shock para todos los jóvenes. La transición del reino de las ideas al reino de los reyes y a los juzgados de lo penal era siempre complicada y decepcionante, pero la Francia en la que Montaigne se movió y habitó parecía estar desmoronándose.
Una generación antes, Miguel Ángel había pintado la Capilla Sixtina. Magallanes había dado la vuelta al mundo. Copérnico había desplazado la Tierra del centro del universo. El Renacimiento había florecido y había traído consigo hermosas obras de arte y revelaciones trascendentales. Se había descubierto un nuevo mundo allende el Atlántico. Conforme la noticia de la existencia de otras culturas llegaba poco a poco al viejo mundo, incluso tuvo que replantearse el concepto que el hombre tenía del tamaño y la forma de la Tierra.
Sin embargo, con los descubrimientos y las invenciones llegó la desestabilización. La Iglesia, que durante mucho tiempo había sido una fuerza unificadora, quedó debilitada por esas nuevas formas de pensamiento y por tecnologías que permitían transmitir nuevas ideas. Existía, en palabras de Montaigne, la idea generalizada de que «el mundo está patas arriba». Por primera vez, la gente empezaba a poner en duda el papel tiránico que los sacerdotes desempeñaban en la sociedad, y, en términos generales, empezó a preguntarse: «¿Por qué las cosas son así?» y «¿Deben seguir siendo así?».
Martín Lutero llevó esas tesis al seno de la Iglesia. Poco después se produjeron la Reforma y la Contrarreforma. Hubo disturbios y agitación. Surgieron nuevas doctrinas que lucharon no solo por su derecho a existir, sino por el poder para aplastar a las demás como herejías. Las inquisiciones y persecuciones causaron estragos. La flor del Renacimiento se marchitó en el cadalso. Todavía faltaban siglos para tolerar y aceptar la Ilustración. Era, y siguió siendo, en palabras de un estudioso, un mundo iluminado aún por el fuego.
En 1562, Montaigne, que entonces servía a Carlos IX, presenció la matanza del sitio de Ruan, una violenta insurrección católica en la que murieron más de mil personas durante un cruel enfrentamiento por las tensiones religiosas que dividían Francia. Meses antes, el duque de Guisa había masacrado a docenas de hugonotes que asistían a misa en la ciudad de Vassy. Un año después, el propio duque sería abatido de un disparo a la orilla de un camino por otro noble francés que estaba al acecho. Cuando atraparon al asesino, fue condenado a ser arrastrado y descuartizado, pero la pena se ejecutó de forma chapucera, y, ante la imposibilidad de arrancar las extremidades de las articulaciones, al final el reo tuvo que ser sacrificado con la espada del verdugo.
Las represalias se sucedieron y culminaron en la matanza de San Bartolomé, en la que murieron decenas de miles de personas; los caídos fueron arrojados al Sena.
Todo ello debió de resultarle horripilante a un hombre al que le habían enseñado la humildad intelectual, que creía que las ideas debían ponerse en duda y que los humanos tendían a equivocarse. «Es poner un alto precio a las propias conjeturas —diría Montaigne— hacer quemar a un hombre vivo por ellas». Sin embargo, fue lo habitual durante su vida; miles de personas ardieron en la hoguera por crímenes en su mayoría imaginarios. Numerosos parientes del pensador francés murieron de esa forma condenados por la Inquisición, entre ellos un tataratatarabuelo.
Las guerras de religión de Francia duraron décadas y se cobraron la vida de más de un millón de personas, muchas de las cuales murieron de formas casi inimaginables.
Qué lejos quedaban los días idílicos y resguardados de su juventud, cuando su padre lo protegía de las matanzas y sus consecuencias, cuando sus maestros le sonreían estimulando su curiosidad y excentricidad.
En un mundo todavía medieval en la práctica, caracterizado por el miedo y la persecución, ser un pensador libre o poco convencional era arriesgado. Y también destacar. Como comerciantes adinerados, los miembros de la familia Montaigne no podían evitarlo. En la rama materna eran marranos, judíos españoles que se convirtieron al cristianismo bajo amenaza de muerte. Sus tíos paternos eran protestantes.
Cuando Montaigne leía sobre personas que eran distintas a él, sobre todo observaciones acerca de los pueblos recién descubiertos que vivían en el Nuevo Mundo, reaccionaba con curiosidad antes que con prejuicios. «Tal diversidad de caracteres, sectas, juicios, opiniones, costumbres y leyes nos enseñan a juzgar los propios», declaró. ¿Acaso las personas del Amazonas se arrastraban y descuartizaban unas a otras, se quemaban en la hoguera, se acusaban de magia negra? ¿Quién era realmente el bárbaro?
Más adelante mandó acuñar una moneda para llevarla como recuerdo. «Suspendo el juicio», ponía en ella. Se negaba a dejarse arrastrar por fanatismos y fundamentalismos. Se negaba a participar en disputas y conflictos. Se negaba a perseguir lo que los demás perseguían o a esforzarse por ganar o superar a alguien. Él mantenía la cabeza fría mientras el resto del mundo perdía la suya.
Esa disciplina, esa tolerancia, no le aportó los amigos que debería haber tenido. Se sentía un hombre sin país. Sabía que llevaba una diana en la espalda. «Fui atacado por todos —se lamentó—: para los gibelinos, yo era güelfo; para los güelfos, gibelino». Los que se niegan a elegir bando... se ganan el doble de enemigos.
Debía de sentir que estaba llegando al final del camino del servicio público: ¿cómo podía alguien ocuparse de los asuntos de Estado cuando el asesinato y la persecución se aceptaban públicamente? ¿Cuándo se había vuelto común el extremismo? ¿Cuándo había parecido tan incierto el futuro?
«Solo él sabe —escribiría el novelista Stefan Zweig, al acudir a las obras de Montaigne durante el comienzo del auge del nazismo— que nada en el mundo es más difícil y problemático que conservar impoluta la independencia intelectual y moral en medio de una catástrofe de masas». No enloquecer con la locura circundante requiere coraje, disciplina, justicia y sabiduría.
La catástrofe le llegó a Montaigne al final de la década de 1560 de una forma inesperada. Tras salir de su finca para montar a caballo, el pensador francés chocó con otro jinete a toda velocidad y cayó al suelo. Mientras sus amigos llevaban su maltrecho y moribundo cuerpo a casa, Montaigne sintió que la vida se le escapaba y que el alma casi se le salía entre los labios.
Sin embargo, también de forma repentina, la vida volvió a él, y Montaigne recibió una segunda oportunidad. «Como si estuvieras ya muerto al mundo y como si fuese el instante presente el término de la vida —escribe Marco Aurelio en las Meditaciones—, conviene que vivas según dicta la naturaleza el resto de lo que te quedare de vida».
Marco Aurelio es uno de los pocos estoicos al que Montaigne no cita nunca, pero captó la idea. A la luz de esa experiencia cercana a la muerte, el derecho ya no parecía tan importante. Los asuntos y rituales del tribunal debían de parecerle terriblemente ridículos, incluso grotescos.
De modo que se fue.
En el año de Cristo de 1571 —se lee en una inscripción escrita en el latín que había aprendido gracias a los métodos de su padre—, a la edad de treinta y ocho años, en la vigilia de las calendas de marzo, el día de su cumpleaños, Michel de Montaigne, hastiado ya hace tiempo de la esclavitud del palacio y de las tareas públicas, mientras, todavía incólume, anhela refugiarse en el seno de las doctas vírgenes, donde, tranquilo y libre de preocupaciones, atravesará al fin la, ¡ay!, pequeña parte del trayecto que le queda por recorrer, si los hados así se lo conceden, ha consagrado esta sede y este dulce escondrijo de sus antepasados a su libertad, tranquilidad y ocio.
Allí, entonces, en esa biblioteca, el hombre cuya educación había sido dirigida y supervisada durante tanto tiempo tomaba plenamente las riendas de su vida. Su padre había muerto; tenía una carrera insulsa. Él también había estado a punto de morir. Había rebasado la mitad de su vida, dedicada a estudiar a otras personas, trabajando en los problemas de los demás.
En ese punto dijo «Basta» y se propuso seguir la antigua orden del gran Oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo».
Los primeros años después del accidente, Montaigne no hacía más que leer. En una torre de la finca que su padre le había dejado, colocó sus libros en unas largas estanterías que cubrían las paredes del edificio circular. Podía abarcar toda su biblioteca de un vistazo: miles de libros, una vida de aprendizaje dispuesta ante él. Montaigne convirtió la habitación que su padre había usado como capilla en un templo de la sabiduría. «Los libros son mi reino —dijo—. Y aquí procuro reinar como señor absoluto».
Cuando no leía, pensaba y disfrutaba de su propia compañía y de la libertad para nutrir sus pensamientos, para ejercitar la mente.
Deambula por la estancia —narra un biógrafo que retrata a Montaigne en su elemento—, toma de los estantes un libro tras otro, los abre al azar, lee un fragmento y habla de él. Sigue expresándose con sabiduría, ingenio y gentileza mientras la luz parpadeante de la lumbre riela sobre su rostro sensible e inteligente, y la luna gascona brilla en retazos en el suelo, hasta que el mundo al que estamos acostumbrados se disuelve bajo su discurso y sus partes constituyentes se ondulan y titilan con la luz del fuego.
En las estanterías estaba el ejemplar de Terencio que había leído en la escuela. Estaban los estoicos. Estaban Lucrecio, Horacio, Virgilio y Diógenes Laercio. Estaba su querido Plutarco. «¡Qué beneficio no sacará de leer las Vidas de nuestro favorito Plutarco!», diría Montaigne con entusiasmo, celebrando al antiguo biógrafo no por la forma en que registró la «fecha de la caída de Cartago como las costumbres de Aníbal y Escipión; menos el lugar donde murió Marcelo como la razón por la que fue indigno de su deber».
Montaigne se había tomado el trabajo de grabar algunas de sus citas favoritas en las vigas del techo de su estudio, justo encima de los libros. Muchas eran de Sexto Empírico, el filósofo griego. ΟΥ ΚΑΤΑΛΑΜΒΑΝΩ («No comprendo»). ΕΠΕΧΩ («Me abstengo»). ΣΚΕΠΤΟΜΑΙ («Examino»). De Terencio: «Hombre soy, nada humano me es ajeno». De Sócrates: «La superstición sigue al orgullo y le obedece como a un padre». De Plinio: «La única certeza es que nada es cierto». Y, por supuesto, de Epicteto: «No son las cosas las que nos perturban, sino la opinión que tenemos de ellas».
¿A alguien le extraña, pues, que, cuando Montaigne se sentó a escribir, empezase por una pregunta, no por una afirmación? «Que sais-je?», «¿Qué sé yo?». ¿Qué sabía Montaigne de sí mismo? ¿Qué había aprendido de su singular educación? ¿Y de sus libros? ¿Y de sus padrinos campesinos? ¿Y de su padre? ¿Y de sus maestros? ¿Qué sabía, en realidad?
Alejándose de la violencia desquiciada de su época, decidió explorar la condición humana en forma de meditaciones erráticas, algunas de no más de una página y otras prácticamente de la extensión de un libro breve. Un ensayo, se llamaría.
Montaigne escribió sobre numerosos temas: el miedo, la pereza, el afecto que sentimos por nuestros hijos, la crueldad o la experiencia. También escribió sobre sus escritores favoritos y sobre los caníbales del Nuevo Mundo de los que había oído hablar. Pero los temas de esos ensayos eran, como mucho, un punto de partida: una excusa para investigar y reflexionar sobre algo que le parecía interesante. Al final, todos volvían al personaje principal de su indagación, él mismo. «Prefiero ser una autoridad en mí mismo que en Cicerón», dijo.
Sigue el tema en cuestión como un perro joven sigue un carruaje y se desvía del camino cien veces para investigar el vecindario —escribe un biógrafo—. Su ágil mente es liviana y ligera, pero seria al mismo tiempo. Quita la cáscara de las cosas oliendo con gozo la fruta [...]. Es un pensador, un examinador, un escéptico. Ronda las convicciones, las opiniones y las costumbres de los hombres, y, al adoptar una idea, se eleva sobre ella, de una en una, como si pelase una alcachofa, la envoltura de la costumbre, de los prejuicios, de la época, del lugar. Sostiene la opinión de una escuela, la elogia y la admira, y acto seguido la opinión opuesta de otra, elogiándola y admirándola también. En su balanza compara una idea y otra, a un hombre y a otro, una costumbre y otra.
Nacer en un mundo tan caótico había brindado una oportunidad a Montaigne. Durante mucho tiempo, la Iglesia había sido la autoridad sobre todas las materias. Aun así, demasiados conocimientos se hallaban encerrados en monasterios, inaccesibles e inviables. Durante siglos, al individuo le dijeron que era insignificante. Colón y Copérnico demostraron que verdades sostenidas durante mucho tiempo como irrefutables eran ridículamente incorrectas. Preguntas básicas que hacía mucho habían quedado sin respuesta, y que sin duda permanecían sin responder, afloraban en ese instante. El mero hecho de que nadie hubiese escrito un ensayo antes es un buen ejemplo.
Mirando un día a su gato mientras lo entretenía con un juguete, se detuvo y se preguntó: «¿Quién juega con quién?». Sus ensayos están llenos de historias de animales que tienen por objeto demostrar que ahí fuera hay un mundo inmenso y hermoso que apenas conocemos, y en algunos casos que ni siquiera alcanzamos a imaginar. ¿En qué pensaba el gato cuando Montaigne jugaba con él? ¿Quién era él para ese gato? El mismo desconcierto le despertaban su anatomía, su deseo sexual, sus emociones. Él solo quería saber algo y todo al mismo tiempo.
Qué original resultaba todo. Qué novedoso, incluso transgresor. La idea de que el aprendizaje era importante, de que la verdad era importante, de que Montaigne —de que el individuo— era un tema que valía la pena explorar. Pero que parte de ello fuese sencillo, que fuese divertido, no quería decir que las respuestas fueran fáciles. Constituye «una empresa peliaguda —declaró— seguir un camino sinuoso como el de la mente y penetrar en las oscuras profundidades de sus pliegues internos». Quería que el lector supiese que era más difícil de lo que parecía.
Durante casi una década, Montaigne reflexionó en esos ensayos que llegaron a ocupar más de mil páginas. Escribía principalmente en su propio provecho, y creó con ello una suerte de peculiar «superación personal». ¿A alguien le interesaría? Mientras la guerra civil avanzaba rápido por Francia, mientras la gente luchaba por los restos de la doctrina religiosa, él se enfrentó a su propia ignorancia explorando los asuntos que hacen a los seres humanos extraños y maravillosos. Esa sería su perdurable contribución a la humanidad: él tiró de un hilo que artistas, periodistas, sociólogos, psicólogos y memorialistas han estado tejiendo desde entonces.
En 1580 publicó sus primeros ensayos, que llegaron rápido a los hogares de casi todos los caballeros cultos de Francia. El rey Enrique III leyó un ejemplar. Francis Bacon los leyó y le gustaron mucho. En 1603, cuando Montaigne fue traducido al inglés, un dramaturgo autodidacta (y también aficionado a Plutarco) llamado William Shakespeare compró una copia; de hecho, en La tempestad aparece un fragmento de Montaigne plagiado con habilidad, y es posible que inspirase uno de sus versos más famosos: «Y, sobre todo, esto: sé sincero contigo mismo». Los libros que Montaigne había escrito solo para él resultaron ser para todo el mundo y se convirtieron en lo que llamaríamos best sellers (y siguen siéndolo hoy).
Montaigne celebró la conclusión de su obra y su éxito haciendo algo que no había podido hacer durante años: viajar. Al parecer, tenía que ir de Francia a Italia por negocios, pero aprovechó para ver sitios nuevos y vivir nuevas experiencias; mientras tanto, no paró de aprender, escribir y asimilar cosas.
Aquí está explorando unas viejas ruinas. Aquí está debajo de un árbol leyendo un libro. Aquí está en las calles de Roma hablando en voz alta con César y Cicerón: «murmur[ando] sus grandes nombres y hac[iendo] que resuenen en mis oídos». Aquí está en una posada, con sus ensayos delante de él, contento por algo que ha escrito; si le avergüenza, no duda en cambiarlo. Aquí le asalta la inspiración, le dicta algunas frases a la página mientras viaja. Aquí está con un libro nuevo que ha comprado, y añade otro pesado volumen a sus alforjas. «Los libros son las mejores provisiones que pueden llevarse para el viaje de la vida», declaró.
Al final no consiguió retirarse por completo de la vida pública. Ningún hombre sabio puede hacerlo. Ejerció de asesor sobre fortificaciones para el Parlamento. Fue nombrado caballero de la cámara de Enrique de Navarra, el siguiente rey de Francia. Fue anfitrión de importantes invitados en varias cenas. Participó en misiones diplomáticas. Mantuvo correspondencia con las mentes más destacadas de su tiempo. Fue elegido alcalde de Burdeos, una ciudad grande e importante en la actualidad, y luego renovado en el cargo. En un momento dado, la persecución que había temido llegó: fue encarcelado en la Bastilla, pero esta vez su fama lo salvó y fue liberado por Catalina de Médici. A pesar de todo, siguió leyendo, siguió escribiendo y siguió corrigiendo sus ensayos. Incluso en los últimos meses de su vida ejerció como asesor del rey Enrique III e intentó convertirlo en un rey filósofo.
En Roma solicitó que lo nombrasen ciudadano de honor, pero en realidad ya era ciudadano del mundo. Amigo de sí mismo y de todos, vivió fuera de tiempo y lugar —residía y conversaba con «las mentes más valiosas, que vivieron en las mejores épocas»—, y así fue desde la infancia.
Dejó su impronta no en el ruedo político ni en el campo de batalla, ni siquiera en forma de adelantos científicos o de obras académicas. En lugar de eso, continuó con el experimento educativo que partía de su niñez, el proyecto de un padre para su hijo y el empeño del hijo por demostrar ser digno de todos los esfuerzos y las expectativas que sus maestros habían depositado en él. Había explorado un nuevo continente desconocido e inédito: él mismo.
Hizo más preguntas de las que llegó a responder, leyó más de lo que escribió, vio más de lo que comprendió. Intentó ponerse a sí mismo y a su época en perspectiva. «Milagro será —escribió— si dentro de cien años se recuerda, en términos generales, que en nuestra época hubo guerras civiles en Francia». Sabía que caería en el olvido. Se negó a desesperarse. Declinó dar a la humanidad por perdida. Y así se comportó como un auténtico hombre sabio.
¿Qué podemos decir que hemos aprendido de la vida de Montaigne? Primero, que la educación es algo que no termina. Sabemos que, aun siendo al principio dirigida por otra persona, la educación acaba volviendo a nuestras manos: debemos enseñarnos a nosotros mismos si queremos aprender algo. Sabemos por Montaigne que el ego es el enemigo de la sabiduría, que la vanidad es un obstáculo para el conocimiento. De su ejemplo extraemos que debemos ser siempre curiosos, siempre inquisitivos, siempre abiertos, siempre dispuestos a aprender algo nuevo. Y, por último, comprendemos que aprendemos para vivir, que todos los logros palidecen si se comparan con la más rara de las propiedades: la conciencia de uno mismo.
Su educación se inició con un planteamiento original y se basó en métodos poco convencionales, el más singular de todos que no se interrumpió nunca. De joven, dijo: «Estudiaba para presumir; luego, un poco, para volverme más sabio; ahora lo hago por diversión, nunca con fines de lucro».
Siguió aprendiendo hasta el día de su muerte. De hecho, las preguntas que formuló, el viaje interior que tan elocuentemente describió, continúa hoy en cada uno de nosotros.
Si tenemos suficiente valor y disciplina para asumir la tarea que él nos presenta.