La Historia no es «una puñetera cosa tras otra»,[1] como respondió en tono jocoso el historiador británico Arnold Toynbee a un crítico en cierta ocasión. Durante mucho tiempo, la opinión de Toynbee fue minoritaria. Historiadores y filósofos —entre ellos, algunos del prestigio de Karl Popper— insistían con vehemencia en que una ciencia de la historia era imposible. Nuestras sociedades son demasiado complejas; los seres humanos, demasiado volubles; el progreso científico no puede predecirse y la cultura es demasiado variable en el espacio y el tiempo. Kosovo es completamente diferente de Vietnam, y los Estados Unidos de antes de la Segunda Guerra Mundial no pueden decirnos nada sobre los Estados Unidos de la década de 2020. Esta ha sido, y sigue siendo en gran medida, la opinión mayoritaria. Confío en que este libro convenza al lector de que es errónea. La ciencia de la historia no solo es posible, sino también útil: nos ayuda a prever que las decisiones colectivas que tomamos en el presente pueden llevarnos a un futuro mejor.
Empecé mi carrera académica en los años ochenta como ecólogo; me ganaba la vida estudiando la dinámica de poblaciones de escarabajos, mariposas, ratones y ciervos. Era la época en que la ecología animal se vio revolucionada por el rápido crecimiento de la capacidad de procesamiento de los ordenadores. Nunca había sido alérgico a las matemáticas, así que acepté el giro del campo hacia la ciencia de la complejidad, que combina los modelos informáticos con el análisis de macrodatos para responder a preguntas como, por ejemplo, por qué muchas poblaciones animales atraviesan ciclos de auge y caída. Sin embargo, a finales de los años noventa me pareció que ya habíamos respondido a la mayoría de las preguntas interesantes por las que entré a trabajar en este campo. Con cierta inquietud, empecé a plantearme cómo podría aplicarse el mismo enfoque de la ciencia de la complejidad al estudio de las sociedades humanas, tanto pasadas como presentes. Al cabo de un cuarto de siglo, mis colegas y yo hemos creado un campo floreciente conocido como cliodinámica (de «Clío», el nombre de la musa mitológica griega de la historia, y «dinámica», la ciencia del cambio). Hemos descubierto que existen importantes patrones recurrentes que pueden observarse a lo largo de los últimos diez mil años de la historia de la humanidad. Sorprendentemente, a pesar de la miríada de diferencias, las sociedades humanas complejas, en lo fundamental y en cierto nivel abstracto, se organizan según los mismos principios generales. Para los escépticos y los simples curiosos, he incluido una descripción general más detallada de la cliodinámica en un apéndice al final de este libro.
Desde el principio, mis colegas y yo nos hemos centrado en los ciclos de integración y desintegración política, especialmente en la formación y el colapso de los estados. Este es el campo en el que los hallazgos de nuestra investigación son seguramente más sólidos y más inquietantes. El análisis histórico cuantitativo nos ha demostrado que las sociedades complejas de todo el mundo se ven afectadas por oleadas recurrentes de inestabilidad política y, hasta cierto punto, predecibles, provocadas por el mismo conjunto básico de fuerzas activas a lo largo de los miles de años de historia de la humanidad. Hace unos años caí en la cuenta de que, suponiendo que la pauta se mantuviera, íbamos derechos hacia otra tormenta. En 2010, la revista científica Nature pidió a especialistas de distintos campos que miraran hacia el futuro a diez años vista, y yo expuse con toda claridad los motivos por los que, a juzgar por el patrón de la historia de Estados Unidos, nos esperaba otro fuerte pico de inestabilidad a principios de la década de 2020. Lamentablemente, en los años transcurridos desde entonces, los hechos no han refutado en absoluto mi modelo. En el libro que el lector tiene entre sus manos me he esforzado al máximo por explicar este modelo de forma asequible, es decir, sin fórmulas matemáticas. Se basa en un enorme número de investigaciones importantes que abarcan distintos campos; no pretendo ser radicalmente original, sino infundir ánimos al lector porque otras sociedades se han encontrado antes en esta misma encrucijada, y aunque algunas veces (incluso la mayoría) el curso de los acontecimientos se haya traducido en la pérdida de numerosas vidas y la desintegración de la sociedad, en otras ocasiones ha conducido a una resolución mucho más feliz para la mayoría de las personas implicadas.
¿En qué consiste este modelo? A grandes rasgos, el modelo dice que cuando en un país, como Estados Unidos, los salarios reales se encuentran estancados o tienden a la baja (ajustados a la inflación), la brecha entre ricos y pobres es cada vez mayor, existe una sobreproducción de jóvenes con titulaciones superiores, declina la confianza en las instituciones y la deuda pública explota, todos estos indicadores sociales en apariencia dispares están en realidad interrelacionados de forma dinámica. Históricamente, estos acontecimientos han servido como indicadores adelantados de una inestabilidad política inminente. En Estados Unidos, todos estos factores empezaron a tomar un cariz ominoso en los años setenta. Los datos apuntaban a los años cercanos a 2020, cuando se esperaba que la confluencia de estas tendencias desencadenara un repunte de la inestabilidad política. Y aquí estamos.
Desde luego, no cabe duda de que Estados Unidos está en crisis, aunque discutamos acaloradamente sobre sus causas. Algunos culpan a los racistas, a los supremacistas blancos y al resto de «deplorables» que votaron a Trump. Otros culpan a los antifa, al Estado profundo y a los «giliprogres». Los paranoicos de verdad se imaginan que agentes de la China comunista se han infiltrado en todos los niveles de la Administración estadounidense o ven la mano invisible de Vladímir Putin moviendo los hilos de su marioneta Donald Trump. Mientras tanto, seguimos sin comprender del todo los motivos de fondo de la discordia actual.
Lo cierto es que existen «fuerzas ocultas» que empujan a Estados Unidos hacia la guerra civil. Pero la verdad no reside en conspiraciones urdidas por oscuros grupos nacionales o agentes extranjeros. La explicación es más sencilla y más complicada al mismo tiempo. Es más sencilla porque no necesitamos elaborar construcciones teóricas que «conecten los puntos» e imputen motivos siniestros a unos agentes determinados. De hecho, la información que necesitamos para comprender la difícil situación en que vivimos está al alcance de todo el mundo y nadie la discute.
La mayor parte de lo que necesitamos saber no tiene nada que ver con los tejemanejes de individuos malvados o corruptos. En vez de eso, tenemos que fijarnos en datos macro, cuya veracidad no suele cuestionarse, sobre salarios, impuestos y producto interior bruto (PIB), así como en las encuestas sociológicas elaboradas por agencias gubernamentales y organizaciones como Gallup. Estos datos alimentan los análisis estadísticos publicados por los científicos sociales en revistas académicas. Y aquí radica el motivo por el que la explicación que ofrece este libro es también más complicada. Hablando claro, tenemos que recurrir a la ciencia de la complejidad para dar sentido a todos los datos y análisis.
Los expertos y los políticos invocan a menudo las «lecciones de la historia». El problema es que la historia es rica y cualquier experto puede encontrar fácilmente casos que apoyen el bando del debate político que prefiera. Está claro que la inferencia a partir de ejemplos «selectos» no es el camino que hay que seguir.
La cliodinámica es otra cosa. Con los métodos propios de la ciencia de datos, procesa como macrodatos la información histórica recopilada por generaciones de historiadores. Emplea modelos matemáticos para analizar la compleja red de interacciones entre las distintas «partes móviles» de los sistemas sociales complejos que son nuestras sociedades. Y lo que es más importante: la cliodinámica utiliza el método científico, en el que las teorías alternativas se someten a pruebas empíricas con datos.
¿Qué nos dice la cliodinámica sobre nuestros problemas actuales? Resulta que desde que aparecieron las primeras sociedades complejas organizadas como estados —hace unos cinco mil años—, por mucho éxito que tuvieran durante un tiempo, todas acababan teniendo problemas. Todas las sociedades complejas atraviesan ciclos en los que se alternan periodos de paz y armonía interna interrumpidos periódicamente por estallidos de guerra civil y discordia.
Mi estudio pretende explicar cómo las fuerzas sociales impersonales llevan a las sociedades al borde del colapso y más allá. Daré ejemplos de toda la historia de la humanidad, pero mi objetivo principal es hablar de cómo hemos ido a parar a nuestra actual época de discordia, con Estados Unidos como foco empírico. Dado que la crisis tiene profundas raíces históricas, habremos de viajar en el tiempo hasta la época del New Deal, cuando un contrato social no escrito pasó a formar parte de la cultura política estadounidense. Este contrato informal e implícito equilibraba los intereses de los trabajadores, las empresas y el Estado de un modo parecido a los acuerdos tripartitos más formales y explícitos de los países nórdicos. Durante dos generaciones humanas, este pacto implícito propició un crecimiento sin precedentes del bienestar general en Estados Unidos. Al mismo tiempo, la «Gran Compresión» redujo drásticamente la desigualdad económica. Muchas personas quedaron al margen de este pacto implícito, en particular los estadounidenses de raza negra, un hecho que abordaré con mayor detalle. Pero en general, durante unos cincuenta años los intereses de los trabajadores y los intereses de los propietarios permanecieron equilibrados en este país, de modo que la desigualdad general de ingresos se mantuvo notablemente baja.
Este contrato social comenzó a romperse a finales de los años setenta del siglo XX. Como consecuencia, los salarios típicos de los trabajadores, que anteriormente habían aumentado al mismo ritmo que el crecimiento económico general, empezaron a quedarse rezagados. Peor aún, los salarios reales se estancaron y a veces incluso disminuyeron. El resultado fue un declive en muchos aspectos de la calidad de vida de la mayoría de la población estadounidense. La tendencia más llamativa fue el estancamiento e incluso el descenso de la esperanza media de vida (que comenzó mucho antes de la pandemia de COVID-19). Mientras los salarios y los ingresos de los trabajadores se estancaban, los frutos del crecimiento económico los cosechaban las élites. Surgió una perversa «bomba de la riqueza» que se la quitaba a los pobres para dársela a los ricos. La Gran Compresión se revirtió. En muchos aspectos, los últimos cuarenta años se parecen a lo que ocurrió en Estados Unidos entre 1870 y 1900, la «Edad de Oropel». Si la posguerra fue una auténtica edad de oro de prosperidad general, a partir de 1980 entramos de hecho en la «Segunda Edad de Oropel».
Como predice nuestro modelo, la riqueza adicional que fluye hacia las élites (hacia el proverbial «1 por ciento», pero aún más hacia el 0,01 por ciento del vértice de la pirámide) ha acabado por ocasionar problemas a los dueños de la riqueza (y del poder). El vértice de la pirámide está sobrecargado. Ahora tenemos un exceso de «aspirantes a la élite» que compiten por un número reducido de puestos en los niveles superiores de la política y los negocios. En nuestro modelo, estas condiciones tienen un nombre: sobreproducción de élites. Junto con la pauperización del pueblo, la sobreproducción de élites y los conflictos intraestatales que esta ha engendrado han socavado gradualmente la cohesión cívica, el sentido de cooperación nacional sin el cual los estados se pudren rápidamente por dentro. La creciente fragilidad social se ha manifestado en el hundimiento de la confianza en las instituciones estatales y en el desmoronamiento de las normas sociales que rigen el discurso público y el funcionamiento de las instituciones democráticas.
Se trata, por supuesto, de un resumen básico. El grueso del libro desgrana estas ideas, las relaciona con las tendencias estadísticas de los principales indicadores económicos y sociales, y sigue algunas historias humanas arquetípicas de personas que se han visto sacudidas por estas fuerzas sociales. Aunque me centro sobre todo en Estados Unidos y los estadounidenses, el libro hace incursiones en otras partes del mundo y en épocas históricas anteriores. Una vez más, nuestra crisis en Estados Unidos no carece de precedentes; estamos en condiciones de aprender del pasado.
En última instancia, la cuestión clave del libro es el poder social: ¿quién gobierna? ¿Cómo mantienen las élites gobernantes su posición dominante en la sociedad? ¿Quiénes desafían el statu quo y qué papel desempeña la sobreproducción de élites en la generación de tales desafíos? ¿Y por qué las clases dominantes, tanto históricamente como en la actualidad, a veces pierden de pronto el control del poder y son derrocadas? Empecemos a responder a estas preguntas clave.
La cliodinámica del poder
¿Quiénes son las élites? Usted, lector, ¿pertenece a la «élite»? Si tuviera que apostar, diría que el 99 por ciento de mis lectores respondería: «¡No!». Así que definamos lo que entiendo por «élite». En sociología, las élites no son las personas mejores que las demás en lo que sea. No son necesariamente las más trabajadoras, o más inteligentes, o con más talento. Son tan solo las que tienen más poder social, es decir, la capacidad de influir en otras personas. Una definición más descriptiva de la élite es la siguiente: «Quienes ostentan el poder».
Dado que el poder es un elemento tan importante de nuestra exposición, volveremos a él en capítulos posteriores, en los que analizaré cómo definen los sociólogos el poder y a quienes lo ostentan en distintas sociedades, pasadas y presentes. Pero por ahora, tomemos un atajo. En Estados Unidos, el poder está estrechamente relacionado con la riqueza, de modo que resulta bastante fácil averiguar quién pertenece a las distintas categorías de personas que ostentan el poder. (Para una respuesta más matizada a la pregunta de quién gobierna, el lector tendrá que esperar hasta el capítulo 5).
Si usted es estadounidense y su patrimonio neto oscila entre uno y dos millones de dólares, por ejemplo, se encuentra aproximadamente entre el 10 por ciento más rico, lo que le sitúa en el peldaño inferior de las élites estadounidenses.[1] La mayoría de las personas de esta categoría no son especialmente poderosas en el sentido de tener a mucha gente a sus órdenes. Pero unos cuantos millones de dólares de riqueza (y los ingresos más altos que suelen ir asociados a ella) dan a los miembros del 10 por ciento mucho control y poder sobre sus propias vidas. Pueden rechazar trabajos desagradables, mal pagados o situados en regiones a las que no les gustaría mudarse. U optar por alejarse del mundanal ruido. Suelen tener casa propia y enviar a sus hijos a buenas universidades, y las emergencias médicas repentinas no los arruinan. No cabe duda de que han escapado a la «precariedad».
La correlación entre riqueza y poder de verdad empieza a estrecharse para quienes poseen un patrimonio de varias decenas o, mejor, centenares de millones de dólares. Entre las personas de esta clase figuran los dueños de empresas y los directores generales de grandes corporaciones, que ejercen su poder sobre cientos o miles de empleados. Muchos políticos poderosos también pertenecen a esta categoría (hay unos cincuenta congresistas cuyo patrimonio neto supera los diez millones de dólares). La correlación entre riqueza y poder político no es perfecta. Nueve presidentes de Estados Unidos no llegaban al millón de dólares (en dólares actuales); entre ellos, Harry Truman, Woodrow Wilson y Abraham Lincoln. Pero más de la mitad de los presidentes eran lo bastante acaudalados para situarse en lo que hoy sería el 1 por ciento más rico.[2] Y antes de 1850, todos los presidentes formaban parte de dicho 1 por ciento (como mínimo).
Otro aspecto que tener en cuenta es que, en Estados Unidos, los pobres que se convierten en poderosos dejan de ser pobres al poco tiempo. Bill Clinton creció en el seno de una familia pobre de Arkansas, con un padrastro alcohólico y maltratador, pero ahora se calcula que su fortuna asciende al menos a 120 millones de dólares.[3] La estrecha correlación entre riqueza y poder político en Estados Unidos se debe en parte a que muchos políticos, pobres al principio de su carrera, pasan a engrosar las filas de los ricos tras abandonar sus cargos públicos. Pero una razón igualmente importante es que las personas que ya son muy ricas tienen muchas más probabilidades de buscar y obtener un cargo público que el resto de nosotros. Pensemos en los clanes Roosevelt y Kennedy, Ross Perot, Michael Bloomberg y, sí, Donald Trump. Aun así, la correlación entre riqueza y poder, incluso en Estados Unidos, no es perfecta. Así que hablemos de otras fuentes. La forma más dura y cruda de poder social es la coerción: la fuerza o la amenaza de la fuerza. Los estadounidenses especializados en la coerción, como los generales del ejército y los altos cargos policiales, suelen estar completamente subordinados a otras formas de poder. Las excepciones, como J. Edgar Hoover, que fue el primer y más poderoso director del FBI, son raras.
El segundo tipo de poder es la riqueza (o los recursos materiales acumulados, más en general). Los ricos pueden pagar a terceros para que hagan lo que ellos quieran (dentro de unos límites).
El tercer tipo de poder, más sutil, es el burocrático o administrativo. Los seres humanos modernos pertenecemos a varias organizaciones. Tenemos una serie de «jefes» cuyas órdenes solemos seguir. En estas relaciones hay un elemento de coerción, por supuesto, porque no seguir las órdenes puede hacer que te despidan, te multen o te arresten. Pero la mayoría de las veces seguimos órdenes simplemente por el poder de las normas sociales. Los jefes de los distintos niveles de las organizaciones ejercen cantidades variables de poder, que tiende a aumentar cuanto más grandes son sus organizaciones y más altos son sus puestos dentro de las mismas.
El cuarto tipo de poder, el más «blando», es el ideológico: el poder de la persuasión. El poder blando, o persuasión, es una fuerza extremadamente potente que puede influir en multitudes. Es el ámbito de las personas que influyen en el pensamiento, como los famosos «intelectuales públicos», los columnistas de los principales periódicos y, más recientemente, las figuras de las redes sociales que cuentan con millones de seguidores.
Como vemos, esta sencilla pregunta —¿quiénes son las élites?— no tiene una respuesta sencilla. Las sociedades humanas son sistemas complejos, e intentar caracterizar los flujos de poder social en su seno mediante un esquema demasiado simplista sería contraproducente. Mi tarea, parafraseando a Einstein, consiste en presentar mi teoría del modo más sencillo posible, pero no más.[4]
Cuando empezamos a pensar en el comportamiento de las élites, nos encontramos con varios niveles de complejidad. En primer lugar, por lo que se refiere a la riqueza, no existe una frontera rígida entre las élites y los que no forman parte de ellas. El 10 por ciento más privilegiado (aproximadamente, los millonarios en dólares de hoy) tiene mucho poder sobre su propia vida. Los del 1 por ciento (aproximadamente, decamillonarios) tienen mucho poder sobre la vida de los demás. Los centimillonarios y milmillonarios ostentan aún más poder. Pero no existen fronteras nítidas entre el 1 y el 10 por ciento: la distribución de los ingresos es una curva suave. Y no existen grandes diferencias en las actitudes sociales entre el 1 por ciento y el 10 por ciento, o entre el 10 por ciento, el decil superior de ingresos y el decil siguiente. En el capítulo 3 veremos que otra forma de diferenciar las clases sociales, entre los más formados (los que poseen un título universitario de cuatro años) y los menos formados (los que no lo poseen), es mucho más importante para entender la diversidad de las trayectorias vitales y de las actitudes sociales.[5]
En segundo lugar, las distintas élites tienden a especializarse en diferentes tipos de poder social: los generales, almirantes y jefes de policía ejercen la coerción; los directores generales y los ricos ejercen el poder económico; los senadores y secretarios de departamentos federales gestionan el poder administrativo; y los presentadores de televisión y los podcasters influyentes se dedican a la persuasión. Cada tipo de influencia tiene su propia jerarquía de poder, algo que se ve claramente en las cadenas de mando militares, pero el poder más blando también posee sus jerarquías.
El tercer nivel de complejidad surge cuando nos preguntamos cómo se crean las élites. Para entender la sobreproducción de élites necesitamos comprender la reproducción social de las élites, es decir, lo que les ocurre con el paso del tiempo.
Distingamos entre las personas que ya ocupan puestos de élite —élites consolidadas— y las que quieren llegar a esos puestos —aspirantes a élite—. Los aspirantes a formar parte de la élite pueden adoptar distintas formas, dependiendo del tipo de poder que deseen y del nivel al que aspiren. Por ejemplo, la mayoría de los tenientes quieren llegar a ser comandantes, y la mayoría de los comandantes quieren llegar a ser generales de una estrella, y los generales de una estrella aspiran a añadir más estrellas a sus galones. Del mismo modo, los decamillonarios quieren convertirse en centimillonarios, y los que ya han ganado sus primeros cien millones de dólares aspiran a entrar en la clase de los milmillonarios.
Aunque no todo el mundo ambiciona adquirir más poder, siempre hay más aspirantes que puestos de poder. Inevitablemente, hay quienes intentan pero no consiguen hacerse con un puesto de poder: aspirantes a la élite frustrados. La sobreproducción de élites se produce cuando la demanda de puestos de poder por parte de los aspirantes a la élite supera con creces su oferta. Centrémonos ahora en el nexo entre riqueza y política, y veamos cómo puede desarrollarse la sobreproducción de élites en este ámbito.
A partir de los años ochenta del siglo pasado, el número de superricos en Estados Unidos —con un patrimonio mínimo de diez millones de dólares, o decamillonarios— empezó a crecer rápidamente.[6] En 1983, solo había 66.000 hogares de este tipo y en 2019 (el último año del que disponemos de datos) su cifra se había multiplicado por más de diez, hasta 693.000. Pero eso no se debe a la depreciación del dólar por la inflación: ajustamos el umbral para determinar quién pertenece a esta clase utilizando dólares constantes de 1995. Durante el periodo indicado, el número total de hogares creció un 53 por ciento, de modo que, proporcionalmente, los decamillonarios pasaron de ser el 0,08 por ciento de la población total al 0,54 por ciento.
En la parte inferior de la cadena alimentaria se produjo un aumento parecido de las fortunas de los más ricos. El número de decamillonarios se multiplicó por diez, el de hogares con cinco millones de dólares o más se multiplicó por siete y el de meros millonarios se multiplicó por cuatro. En general, cuanto mayor es el nivel de las fortunas que examinamos, mayor crecimiento han experimentado en los últimos cuarenta años.
A primera vista, el aumento del número de ricos no parece tan malo. ¿Acaso no forma parte del sueño americano el hacerse rico? Pero esta buena noticia tiene dos inconvenientes. Para empezar, el aumento de la clase superrica no se ha producido al margen de la fortuna del resto de la población. Mientras que el número de superricos se ha multiplicado, los ingresos y el patrimonio de la familia típica estadounidense han disminuido (el calificativo más exacto, en lugar de «típica», sería «mediana», es decir, la cifra que divide la distribución de la riqueza en dos mitades iguales; el declive económico de los trabajadores estadounidenses será un tema importante en el capítulo 3). Esta divergencia entre el bienestar económico de los estadounidenses comunes y corrientes y el de la élite adinerada es lo que ha impulsado el rápido aumento de la desigualdad económica, tan debatido en los últimos años.
El segundo problema es mucho más sutil y menos conocido:[7] cuando el peso de la cúspide de la pirámide social resulta excesivo, las consecuencias para la estabilidad social son nefastas.
Para entender por qué, pensemos en un juego. En el musical Evita, un grupo de militares argentinos juega a las sillas musicales. El juego es como sigue: empieza a sonar la música y los oficiales dan vueltas caminando alrededor de un conjunto de sillas. Cuando la música se detiene, cada uno debe encontrar una silla donde sentarse. Sin embargo, hay más jugadores que sillas, por lo que un oficial con mala suerte no consigue ocupar una silla y es eliminado. A continuación, se retira una silla y se juega otra ronda. Al final, hay un ganador. En Evita, es el coronel Juan Perón, que en el musical (y en la vida real) sería luego el presidente de Argentina y fundador del Partido Peronista.
En el juego de las sillas de los aspirantes a la élite, o juego del aspirante, para abreviar, en lugar de reducir el número de sillas en cada ronda, aumentamos el número de jugadores. El juego empieza como las sillas musicales, con diez sillas que representan posiciones de poder (como cargos políticos). En la primera ronda, once jugadores (aspirantes a la élite) juegan para conseguir una silla. Diez se incorporan a la élite consolidada, y el perdedor es un aspirante frustrado. En las rondas siguientes, aumentamos el número de jugadores hasta duplicarlos y triplicarlos (manteniendo las mismas diez sillas). El número de ganadores sigue siendo el mismo, pero el número de aspirantes frustrados aumenta de uno a diez y luego a veinte. A medida que avanza el juego, como es lógico, aumentan el caos y los conflictos. (También se produce un curioso efecto de amplificación: al multiplicar el número de aspirantes por dos y luego por tres, la cifra de aspirantes frustrados se multiplica por diez, y luego por veinte. (Se trata de una característica genérica de los juegos de sobreproducción de élites).
En la teoría de juegos, una rama de las matemáticas que estudia las interacciones estratégicas, los jugadores deben idear estrategias ganadoras ciñéndose a unas reglas dadas. Pero en la vida real, la gente se salta las reglas constantemente. Como es inevitable, a medida que crece el número de aspirantes a los puestos de poder, algunos deciden ignorar las reglas del juego, frenando o deteniéndose por completo, por ejemplo, delante de una silla a la espera de que pare la música, mientras apartan a empujones a los demás aspirantes. De este modo se convierten en contraélites, personas dispuestas a quebrantar las normas para progresar en el juego. Desgraciadamente, los demás no tardan en darse cuenta, y delante de cada silla pronto se agolpa una multitud, que primero se empuja y al cabo de un rato se lía a puñetazos. Es un buen modelo para entender las consecuencias de la sobreproducción de élites en la vida real.
En la vida real, como hemos visto, en los últimos cuarenta años el número de poseedores de riqueza a distintos niveles se ha multiplicado por cuatro, por siete o incluso por diez. Solo una pequeña proporción de estos decide invertir una parte de su fortuna en presentarse a un cargo político, por ejemplo, aspirando a un escaño en la Cámara de Representantes o en el Senado. Puede que se presenten a las elecciones a gobernador. El premio gordo es, por supuesto, la presidencia de Estados Unidos. El número de estos puestos de poder no ha variado en las últimas décadas, pero el número de aspirantes ha aumentado a la par que el número total de poseedores de riqueza. Debido al efecto de amplificación, el número de aspirantes frustrados ha crecido a una velocidad aún mayor que la ya de por sí impresionante expansión del número de poseedores de riqueza.
Esta conclusión no es solo un modelo abstracto. Así se comprenden varias tendencias que observamos en las elecciones a cargos públicos de Estados Unidos y que recoge el Center for Responsive Politics.[8] Una es que el número de candidatos que se autofinanciaban empezó a aumentar durante los años noventa del siglo pasado. En las elecciones al Congreso del año 2000 (sumando los escaños de la Cámara de Representantes y los del Senado), hubo diecinueve candidatos que se gastaron un millón de dólares o más de su propio bolsillo en sus campañas. En la siguiente convocatoria electoral, había 22 aspirantes ricos a un escaño en el Congreso. Al cabo de veinte años, la cifra prácticamente se había duplicado, con 41 y 36 candidatos en las elecciones de 2018 y 2020 que se gastaron cada uno de ellos un millón de dólares o más.
Una medida aún mejor para constatar el efecto de la sobreproducción de poseedores de riqueza en las elecciones es el coste de una campaña victoriosa. Al fin y al cabo, no todos los ricos con ambiciones políticas se presentan ellos a las elecciones, sino que muchos optan por financiar a profesionales que puedan impulsar las políticas de sus patrocinadores en Washington. Según los datos recogidos por el Center for Responsive Politics, el gasto medio del ganador de un escaño en la Cámara de Representantes pasó de 400.000 dólares en 1990 a 2,35 millones en 2020, mientras que en el caso del Senado pasó de 3,9 millones en 1990 a 27 millones en la última convocatoria electoral.
Desde hace cuarenta años, hemos jugado al juego de la sobreproducción de élites una vez cada dos años. Al aumentar el número de jugadores, aumentan las posibilidades de que se infrinjan las reglas. ¿A quién le extraña que las reglas del juego —las normas sociales y las instituciones que rigen las elecciones democráticas— se hayan ido desintegrando en la vida real?
Pero la sobreproducción de élites es solo la mitad de la historia. La expansión de la clase acaudalada no se produjo aislada del resto de la sociedad. Es hora de introducir el segundo factor en nuestro modelo para la estabilidad de nuestras sociedades: la pauperización del pueblo.
Nuestra sociedad produce colectivamente muchos productos y servicios, y los economistas han aprendido a calcular con precisión ese total, el producto interior bruto (PIB). Sí, siguen existiendo algunos problemas (¿cómo se contabiliza el trabajo doméstico? ¿Y las actividades delictivas?). Pero podemos utilizar las estadísticas del PIB, tal y como las publican los organismos gubernamentales, para hacernos una idea bastante exacta de la cantidad total de riqueza generada en cualquier país concreto cada año. Este total suele aumentar con el tiempo, gracias al crecimiento económico, pero no deja de ser finito. Por eso, su reparto entre los distintos tipos de consumidores se convierte en una cuestión muy interesante. En nuestra teoría, representamos la estructura de la sociedad como si constara de tres partes principales: el Estado, las élites y los demás. Se trata de un modelo que simplifica enormemente la gloriosa complejidad de nuestras sociedades modernas (y ya hemos comprobado que definir quiénes forman las élites no es sencillo). Pero, como veremos, se ajusta a la realidad en una medida empíricamente significativa e informativa.
¿A expensas de quién ha aumentado la riqueza de las élites en los últimos años? La riqueza es renta acumulada; para que crezca, hay que alimentarla destinando una parte del PIB a las élites. La proporción del PIB consumida por la Administración no ha cambiado mucho en las últimas cuatro décadas.[9] El principal perdedor ha sido el estadounidense de a pie.
A partir de los años treinta, durante dos generaciones, los salarios reales de los trabajadores estadounidenses experimentaron un crecimiento constante, lo que proporcionó a Estados Unidos una prosperidad sin precedentes en la historia de la humanidad. Pero durante los años setenta, los salarios reales dejaron de aumentar. Mientras la economía en general seguía creciendo, la parte del crecimiento económico que iba a parar a los trabajadores medios empezó a reducirse. Podemos indexar el funcionamiento de esta bomba de la riqueza observando la dinámica de los salarios relativos: salarios típicos (por ejemplo, de los trabajadores no cualificados o de los trabajadores de la industria manufacturera; el sector da igual mientras utilicemos el mismo grupo) divididos por el PIB per cápita. Hasta los años sesenta, los salarios relativos aumentaron con fuerza, pero a partir de esa década empezaron a bajar, y en 2010 se habían reducido ya casi a la mitad.[10] Esta inversión de tendencia en la parte del crecimiento económico que va a parar a los trabajadores también se corresponde, a su vez, con un cambio de fortuna de los ricos; es el efecto Mateo:[*] si se lo quitas a los pobres para dárselo a los ricos, los ricos se harán cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres.
Cuando Estados Unidos entró en una era de estancamiento y declive salarial, ello no solo afectó a las medidas económicas del bienestar, sino también a las biológicas y sociales. Hablaré más del tema en el capítulo 3, pero por ahora baste con señalar que la esperanza de vida de amplios sectores de la población estadounidense empezó a disminuir años antes de la pandemia de COVID-19. Las «muertes por desesperación» debidas al suicidio, el alcoholismo y las sobredosis de drogas se dispararon entre las personas sin estudios universitarios de 2000 a 2016, mientras que se mantuvieron en el mismo nivel, mucho más bajo, entre las personas con al menos un título universitario.[11] Así es la miseria popular.
Y la pauperización del pueblo genera descontento, que acaba convirtiéndose en ira. El descontento popular unido a un gran grupo de aspirantes a la élite constituye una combinación altamente inflamable, como hemos experimentado en Estados Unidos a partir de 2016.
Donald Trump fue un presidente atípico. Fue el único presidente estadounidense que llegó al cargo sin haber ocupado antes cargo público alguno.[12] En 2014, nadie, incluido quizá el propio Trump, podía imaginar que se convertiría en el presidente de la nación más poderosa del planeta. Su vertiginoso ascenso a la cúspide del poder mundial fue tan increíble que la mitad de la población estadounidense y la mayoría de las élites dirigentes del país estaban convencidas de que no había ganado la presidencia legítimamente. Muchos optaron por creer en una teoría de la conspiración que sostenía que la elección de Donald Trump era el resultado de maquinaciones rusas. Hoy en día, expertos y columnistas siguen discutiendo sobre cómo y por qué ocurrió lo de Trump.
Nuestros cerebros humanos están cableados para ver «intencionalidad» detrás de cualquier acontecimiento, sobre todo si nos afecta mucho.[13] Nos resulta difícil comprender que muchos acontecimientos importantes ocurren no porque los hayan concebido conspiradores en la sombra, sino porque los impulsan fuerzas sociales impersonales. Pero para entender el ascenso de Trump —y más en general, por qué Estados Unidos está en crisis— no necesitamos teorías de la conspiración, sino una teoría científica.
Para entender por qué Donald Trump se convirtió en el cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos deberíamos prestar menos atención a sus cualidades y maniobras personales y más a las profundas fuerzas sociales que le llevaron a la cima. Trump era como un barquito que se encuentra en la cresta de un tsunami. Las dos fuerzas sociales más importantes que nos dieron la presidencia de Trump —y empujaron a Estados Unidos al borde del colapso del Estado— son la sobreproducción de élites y la pauperización del pueblo.
Parece extraño calificar a Donald Trump de aspirante a la élite. Al fin y al cabo, nació rico y heredó (o recibió de su padre) cientos de millones de dólares.[14] Pero encaja de maravilla con la definición que he dado de los aspirantes más arriba. Trump forma parte de esa cohorte en rápida expansión de superricos que aspiran a cargos políticos. Aunque ya era bastante rico (sin duda centimillonario, quizá milmillonario, como él mismo afirma) y famoso, quería más.
Trump no es el primer superrico sin experiencia política previa que opta a la presidencia de Estados Unidos. Steve Forbes (con una fortuna estimada en cuatrocientos millones de dólares) se presentó como candidato en las primarias republicanas de 1996 y 2000, pero no llegó muy lejos. El milmillonario Ross Perot se presentó como independiente en 1992 y 1996 y recibió casi el 20 por ciento del voto popular en las primeras elecciones. ¿Por qué Trump tuvo éxito mientras que Forbes y Perot fracasaron?
Mi respuesta tiene dos partes. En primer lugar, en 2016 la pauperización del pueblo se había agravado mucho más que en 1992, y Trump explotó de forma inteligente y despiadada esta fuerza social en su candidatura a la presidencia. Al final, una gran parte de los estadounidenses que se sentían abandonados votaron a un candidato atípico: un milmillonario. Para muchos de ellos, no fue tanto por apoyar a Trump como para expresar su descontento, teñido de ira, contra la clase dominante. Hablaremos más sobre las causas y consecuencias del descontento popular en el capítulo 3.
En segundo lugar, en 2016, el juego de sobreproducción de élites había llegado a un punto en el que las normas de conducta de las campañas políticas habían pasado a mejor vida. Las primarias presidenciales del Partido Republicano de 2016 contaron con el mayor número de candidatos de peso de la historia: se presentaron un total de diecisiete contendientes.[15] El público estadounidense contempló atónito el extraño espectáculo de un juego de aspirantes a la élite que alcanzaba su culminación lógica. Los candidatos competían en extravagancia, con declaraciones cada vez más absurdas, para captar la atención de la prensa y mantenerse en liza, mientras los candidatos «serios» perdían puntos en las encuestas y acababan eliminados.[16]
Al final, no cabe duda de que Trump supo navegar mejor que sus rivales (y contaba con otros miembros importantes de la tripulación, como el sedicente estratega revolucionario Steve Bannon). No obstante, sería un error atribuir a Trump (o a Bannon) todo el mérito del triunfo en algo en lo que otros aspirantes milmillonarios habían fracasado. Lo que le dio la presidencia a Trump fue una combinación de conflicto entre las élites y la capacidad de Trump para canalizar una corriente de descontento popular más extendida y virulenta de lo que muchos veían, o querían ver.
Nuestra situación actual no es única: este es uno de los temas centrales del libro. Retrocedamos en el tiempo para observar a otro aspirante a la élite cuya trayectoria vital ilustra el funcionamiento de las fuerzas gemelas de la inestabilidad: la sobreproducción de élites y la pauperización del pueblo.
Abraham Lincoln, decimosexto presidente de los Estados Unidos, es una de las figuras más veneradas de la historia estadounidense. La estatua colosal de Lincoln preside serena su monumento al final del Mall de Washington. Sin embargo, la vida de Lincoln lo fue todo menos serena. Perdió muchas más elecciones de las que ganó, sufrió una depresión y en un momento dado decidió abandonar la política. Por supuesto, ganó sus elecciones más importantes, las de 1860. Pero durante su presidencia recibió ataques de todos lados. El historiador Stephen Oates comenta secamente:
Los demócratas del norte le tachaban de dictador abolicionista; los abolicionistas, de hijo tonto de un estado esclavista; y los republicanos de todo pelaje, de ser un charlatán incompetente. Lo cierto es que seguramente Lincoln fuese uno de los dos o tres presidentes más impopulares de la historia de Estados Unidos.[17]
Lincoln fue otro presidente atípico, cuyo ascenso al poder se vio impulsado por las fuerzas sociales gemelas de la sobreproducción de élites y la pauperización del pueblo. Antes de la guerra de Secesión, Estados Unidos estaba gobernado por una élite aristocrática de esclavistas sureños aliados con patricios del noreste: comerciantes, banqueros y abogados.[18] La base económica de esta alianza eran los productos agrícolas cultivados en las plantaciones sureñas con mano de obra esclava, sobre todo el algodón. El comercio del algodón era el negocio más importante de las élites mercantiles neoyorquinas, que exportaban productos del Sur e importaban manufacturas europeas. Otro segmento de las élites (sobre todo en Massachusetts) utilizaba el algodón del Sur para producir telas. Esta coalición, y especialmente su componente esclavista sureño, dominaba la política de Estados Unidos antes de la guerra. Los votos de los hombres blancos del Sur tenían un mayor peso debido al infame compromiso de los tres quintos de 1787, que contabilizaba a tres quintas partes de la población esclava a la hora de establecer el número de representantes y electores presidenciales (sin que esa misma población esclava tuviera derecho al voto, claro). Las élites del Sur también controlaban la mitad del Senado, aunque la población no esclava del Norte prácticamente duplicaba a la del Sur. Dos tercios de las personas más ricas de Estados Unidos vivían en el Sur: 4.500 de los 7.000 estadounidenses con un patrimonio superior a cien mil dólares (más de dos millones de dólares de hoy).[19] Los aristócratas ricos disponían del tiempo y el dinero necesarios para ocupar cargos electos y hacer carrera en la Administración, así como para influir en las elecciones, y sencillamente eran más numerosos en el Sur que en el Norte. Las élites del Sur también controlaban los altos cargos de la Administración: la mayoría de los presidentes y vicepresidentes, ministros, altos funcionarios, senadores y presidentes de tribunales eran sureños.
Lincoln, en cambio, era de familia muy humilde. Fue un abogado autodidacta y comenzó su carrera política en Illinois (en aquella época, un estado de la frontera noroeste del país), lejos de los centros de poder de Virginia y de la Costa Este. Era muy diferente de los ricos aristócratas que habían dominado la República desde sus inicios. Las ambiciones presidenciales de Lincoln no se tomaron en serio hasta muy tarde. De hecho, era más conocido por sus fracasos anteriores que por sus éxitos. ¿Cómo llegó a la presidencia este abogado autodidacta procedente de la periferia?
Los Estados Unidos de la década de 1850 y de 2020, a pesar de ser países muy diferentes, presentan algunos parecidos muy notables. Entre las décadas de 1820 y 1860, el salario relativo, es decir, la proporción del PIB que representaban los salarios de los trabajadores, disminuyó casi un 50 por ciento, al igual que entre 1970 y 2020.[20] Las consecuencias en el bienestar de los estadounidenses de a pie fueron tremendas, como reflejan a la perfección los datos biológicos referidos a la calidad de vida. La esperanza media de vida a los diez años ¡cayó ocho años! Y la estatura de los estadounidenses nativos, que en el siglo XVIII se encontraban entre las personas más altas del planeta, empezó a disminuir. La pauperización genera descontento, como podía verse por doquier. Un indicador clarísimo de la creciente presión social es la incidencia de las revueltas urbanas. Entre 1820 y 1825, en época de vacas gordas, solo hubo una revuelta urbana cruenta (es decir, unos disturbios violentos en los que murió como mínimo una persona). Pero en los cinco años anteriores a la guerra de Secesión, 1855-1860, las ciudades estadounidenses se vieron sacudidas por no menos de treinta y ocho revueltas cruentas. Un signo más del creciente descontento popular fue el auge de los partidos populistas, como el Know-Nothing Party, contrario a la inmigración.
Otro factor relacionado con el ascenso de Lincoln y la guerra de Secesión, que fue el resultado de su llegada a la presidencia, era la sobreproducción de élites. A partir de 1820, la mayor parte de los beneficios de la prosperidad económica no fueron a parar a los trabajadores sino a las élites; el número de miembros de las élites y su riqueza se dispararon. Entre 1800 y 1850, el número de millonarios (milmillonarios en dólares actuales) pasó de media docena a un centenar. Por supuesto, el número de habitantes del país también aumentó (de 5 a 23 millones), pero la cifra de millonarios por cada millón de habitantes durante esta época se cuadruplicó.[21] En 1790, la mayor fortuna de Estados Unidos era de un millón de dólares (Elias Derby) y aumentó a tres millones (William Bingham) en 1803. Y a partir de aquí, fue en ascenso sin límite aparente: seis millones de dólares (Stephen Girard) en 1830, veinte millones de dólares (John J. Astor) en 1848 y cuarenta millones de dólares (Cornelius Vanderbilt) en 1868.[22] Otras muchas estadísticas sobre los distintos sectores de población más ricos apuntan a la misma tendencia: los pobres eran cada vez más pobres, mientras que los ricos eran cada vez más ricos.
La nueva riqueza se debía materialmente a la minería, los ferrocarriles y la producción de acero, más que al algodón y al comercio exterior. A los nuevos millonarios les irritaba la hegemonía de la aristocracia sureña, ya que sus intereses económicos divergían de los de las élites consolidadas. Las nuevas élites, cuya riqueza procedía de la industria manufacturera, estaban a favor de unos aranceles altos que protegieran a las incipientes industrias estadounidenses y del apoyo público a las «mejoras internas» (construcción de carreteras, canales y ferrocarriles). Las élites consolidadas, que cultivaban y exportaban algodón e importaban productos manufacturados de ultramar, estaban, claro, a favor de unos aranceles bajos. También estaban en contra de emplear recursos públicos para esas «mejoras internas» porque ellas enviaban sus productos por río y por mar a los mercados mundiales. Las nuevas élites económicas propugnaban la industrialización interna, la sustitución de las importaciones y la exportación de productos agrícolas, como el trigo, cosechados por trabajadores libres. Los empresarios de las nuevas élites empezaron a argumentar que la hegemonía de los esclavistas sureños en el Gobierno federal impedía las reformas necesarias de los sistemas bancario y de transporte y, por tanto, amenazaba su prosperidad.
Además, el aumento espectacular del número de integrantes de las élites destruyó el equilibrio entre la oferta y la demanda de altos cargos en la Administración. Algunos ricos se presentaban a las elecciones, mientras que otros apoyaban con sus recursos a políticos rivales. Además, los hijos de las familias de comerciantes solían dedicarse a profesiones como la abogacía. La formación jurídica era, y sigue siendo, la principal vía de acceso a los cargos políticos en Estados Unidos. Ser abogado en aquella época resultaba relativamente fácil porque no se necesitaba un título expedido por una facultad de derecho. El creciente número de abogados, incluido Lincoln, generó un número cada vez mayor de aspirantes a cargos políticos. Al mismo tiempo, la oferta de cargos políticos se estancó. Por ejemplo, el número de representantes estadounidenses entre 1789 y 1835 aumentó de 65 a 242, pero después se mantuvo inalterado.[23] Al dispararse el número de aspirantes a la élite, se intensificó la competencia por el poder político.
En aquellos tiempos no se andaban con remilgos, y los conflictos en el seno de las élites adoptaban a veces formas muy violentas. En el Congreso, los incidentes y las amenazas de violencia aumentaron hasta llegar a su punto álgido durante la década de 1850. La brutal paliza que el representante de Carolina del Sur, Preston Brooks, propinó al senador de Massachusetts Charles Sumner en el pleno del Senado en 1856 es el episodio más conocido de este tipo de violencia, pero no el único. En 1842, después de que el representante Thomas Arnold, de Tennessee, «reprendiera a un miembro de su partido favorable a la esclavitud, dos demócratas sureños se dirigieron hacia él, al menos uno de ellos armado con un cuchillo de caza, un arma de quince a veinte centímetros que se suele llevar atada a la espalda. Tras llamar a Arnold “cobarde de mierda”, sus airados colegas amenazaron con rebanarle el pescuezo “de oreja a oreja”».[24] Durante un debate en 1850, el senador por Mississippi Henry Foote encañonó con una pistola al senador por Missouri Thomas Hart Benton. En otro agrio debate, a un congresista de Nueva York se le cayó una pistola del bolsillo sin darse cuenta y estuvo a punto de provocar un tiroteo general en el hemiciclo del Congreso.[25] Lincoln participó en estas trifulcas políticas, sobre todo al principio de su carrera. Solía insultar verbalmente a sus adversarios, más de una vez estuvo a punto de llegar a las manos con ellos y en cierta ocasión incluso le faltó poco para batirse en duelo.
Las diferencias sobre política económica y la competencia por los cargos eran poderosos incentivos para acabar con la hegemonía sureña en el Gobierno federal. Los manuales de historia nos dicen que la guerra de Secesión se debió a la esclavitud, pero esa no es toda la verdad. Una forma mejor de caracterizar este conflicto sería decir que se debió a la «esclavocracia». De hecho, aunque en 1860 la mayoría de los norteños pensaran que la esclavitud era moralmente incorrecta, solo una pequeña minoría, los abolicionistas del Norte, estaban lo bastante convencidos para que ese fuera el centro de su programa político. En el Sur, la «peculiar institución» era tan lucrativa para la inmensa mayoría de los blancos (ya que la mayoría poseía esclavos o aspiraba a poseerlos) que se sentían obligados a defenderla. Evidentemente, la mayoría de los blancos del Norte no estaban lo bastante motivados por la tragedia de los esclavos negros para luchar y morir por ellos. Sin embargo, como la esclavitud constituía la base económica de la hegemonía del Sur, el ataque político a los esclavistas se reforzaba mediante el ataque ideológico a la esclavitud. La mayoría de los norteños arremetían contra el «poder esclavista» —de los aristócratas ricos del Sur— y su hegemonía en la política nacional. El programa político de Lincoln reflejaba esos sentimientos. En un principio, no pretendía abolir la esclavitud en el Sur, pero se oponía firmemente a la extensión de la esclavitud (y del poder de la esclavocracia) a nuevos estados.
El resto es historia. El hundimiento del Second Party System («sistema de segundo partido») provocó la fragmentación del panorama político durante la década de 1850. Cuatro grandes candidatos compitieron en las elecciones presidenciales de 1860. Lincoln obtuvo menos del 40 por ciento del sufragio popular, pero consiguió la mayoría de votos del Colegio Electoral. El Sur se separó, lo que desencadenaría la guerra de Secesión. La victoria del Norte en la contienda provocó el derrocamiento de la clase dirigente anterior al conflicto y su sustitución por la nueva élite económica que ha dominado el Estado americano desde entonces (discutiremos esto al detalle en el capítulo 5).
Existen numerosas coincidencias entre la época de discordia que vivimos ahora y la que terminó con la guerra de Secesión hace ciento sesenta años. Los expertos actuales comentan a menudo que parece como si estuviéramos reviviendo la década de 1850. Y, en efecto, aunque los Estados Unidos de antes de la guerra de Secesión y los de hoy son dos países muy distintos, tienen mucho en común. Veamos ahora a otro aspirante a la élite que también vivió en tiempos turbulentos y fue impulsado a la cima del poder. Esta vez, pasamos de Occidente a China.
Hace doscientos años, la economía china era, con diferencia, la más poderosa del mundo, y representaba casi un tercio del PIB mundial.[26] En la actualidad, el PIB de China, expresado en PPA (paridad de poder adquisitivo), vuelve a ser el mayor del mundo, superior en casi un 20 por ciento al del siguiente país (Estados Unidos). Sin embargo, entre estos dos periodos de prosperidad, China padeció un siglo infernal, que los chinos de hoy denominan el Siglo de la Humillación. A partir de 1820, el PIB total de China empezó a disminuir, hasta el punto de que en 1870 era menos de la mitad del de Europa Occidental. El país sufrió una serie interminable de hambrunas, rebeliones y humillantes derrotas a manos de enemigos externos. La peor catástrofe fue la rebelión Taiping (1850-1864), que tiene el triste honor de ser la guerra civil más sangrienta de la historia de la humanidad. ¿Cómo se convirtió China en el «enfermo de Asia Oriental» y a qué se debe su milagrosa recuperación en los últimos cincuenta años?
Entre 1644 y 1912, China estuvo gobernada por la dinastía Qing. Aunque la dinastía llegó al poder con la conquista de China por Manchuria (que antes de los Qing no formaba parte de China), los manchúes adoptaron rápidamente las formas tradicionales de gobierno chino. En particular, el Imperio Qing estaba gobernado por una casta de burócratas letrados, que solo podían ascender en el escalafón tras superar con éxito una serie de exámenes cada vez más difíciles. La mayoría de la población, más del 90 por ciento, eran campesinos. El resto lo formaban artesanos, comerciantes y soldados. Pero los mandarines —la clase con título— estaban al frente de todo. Incluso los altos cargos militares de la dinastía Qing solían hallarse en manos de burócratas letrados, no guerreros.
La primera mitad de la dinastía fue una época de fuerte crecimiento económico y esplendor cultural. La mejora de las técnicas agrícolas y la adopción generalizada de nuevos cultivos, como el maíz y la batata, aumentaron la producción de alimentos. La incipiente industrialización contribuyó asimismo a impulsar un fuerte crecimiento demográfico. Pero el crecimiento demográfico no se detuvo, ni siquiera cuando se agotaron los efectos positivos de estas innovaciones. En 1850, la población china era cuatro veces mayor que al principio de la dinastía Qing. La tierra cultivable por campesino se redujo casi a la tercera parte, los salarios reales disminuyeron y la estatura media (un indicador fiable de bienestar biológico) se redujo. En los primeros tiempos de la dinastía Qing no hubo grandes hambrunas; la última, de 1630-1631 en el noroeste de China, se produjo al final de la dinastía precedente, la Ming, y contribuyó a su caída. La siguiente gran hambruna llegó en 1810 y fue seguida por toda una serie: 1846-1849, 1850-1873, 1876-1879 (esta última, con entre nueve y trece millones de muertes), 1896-1897 y 1911 (que desencadenó la revolución que liquidó a la dinastía Qing). En general, está claro que a partir de 1800 el nivel de pauperización del pueblo de China fue altísimo.[27] ¿Y la sobreproducción de élites?
Durante la dinastía Qing, el mecanismo principal de ingreso en las élites era mediante un sistema de exámenes civiles de nivel cada vez más alto que otorgaban a los candidatos que los superaban títulos de ámbito local, provincial y finalmente, de la corte. El sistema funcionó bien durante la primera parte del periodo Qing. Garantizaba un alto nivel de alfabetización y competencia entre los burócratas. El estudio de los clásicos confucianos ayudó a crear un espíritu de cuerpo —el sentimiento de formar parte de una misma cultura, moral y comunidad— entre la clase dirigente. Y su insistencia en la promoción meritocrática reforzaba la legitimidad del Estado.
Por desgracia, el sistema funcionarial demostró ser muy vulnerable a las presiones del crecimiento demográfico. El número de cargos públicos estaba determinado principalmente por el número de unidades administrativas, que iban desde las provincias (al más alto nivel) hasta los condados (a nivel local). Así pues, el número de puestos de poder se mantuvo relativamente constante, mientras que el número de aspirantes iba en aumento a lo largo del periodo Qing, impulsado por la cuadruplicación de la población de China. El número de aspirantes a la élite aumentó no solo por el incremento de la población, sino también porque se produjo un crecimiento sustancial de la clase mercantil adinerada, de la que surgían nuevos aspirantes a engrosar las filas de los burócratas letrados. Sin pretenderlo, el Imperio Qing creó un juego de sillas para aspirantes. Hacia 1850 se formó en China un inmenso grupo de aspirantes frustrados, que habían perdido la esperanza de conseguir un cargo público.
Hong Xiuquan (1814-1864), el cabecilla de la rebelión Taiping, era uno de estos aspirantes frustrados. Era el tercer hijo de una familia acomodada que podía permitirse contratar maestros que le proporcionaran una educación formal. Superó con éxito el examen de primer nivel de la Administración pública para convertirse en xiucai o licenciado (el equivalente aproximado de un máster actual). Pero en su intento de ir más allá, se estrelló. Hong se presentó a cuatro convocatorias de los exámenes imperiales, y las suspendió todas.
Después de suspender el examen por tercera vez, no pudo superar la distancia entre sus deseos y la realidad. Sufrió un ataque de nervios, cayó enfermo y estuvo a punto de morir. Durante su enfermedad, tuvo una serie de visiones religiosas. Más tarde, leyendo folletos en chino publicados por misioneros cristianos, combinó lo que había aprendido de ellos sobre el cristianismo con sus visiones para formar una nueva religión sincrética, uno de cuyos principales objetivos era purgar a China del confucianismo, que en esencia era la religión de Estado de la China de la dinastía Qing. Hong consideraba su nueva fe como una variante del cristianismo, pero los cristianos propiamente dichos, los misioneros occidentales, discrepaban rotundamente.
Tras suspender por cuarta vez el examen imperial provincial en 1843, Hong comenzó a predicar su nuevo credo, primero a sus parientes y amigos y luego a un público más amplio. Dos de sus primeros conversos, Feng Yunshan y Hong Rengan, se convirtieron en sus lugartenientes. Ambos habían suspendido también los exámenes imperiales. Los tres aspirantes frustrados a la élite se convirtieron así en contraélites. Las autoridades se dieron cuenta y enviaron tropas para reprimir el naciente movimiento Taiping, al que Hong denominó Sociedad de Adoradores de Dios. Irónicamente, taiping significa «gran paz», pero lo que los taiping llevaron a China no fue la paz, sino la rebelión más sangrienta de la historia de la humanidad.
Durante sus primeros años, el movimiento Taiping se expandió lentamente. En 1847 solo había dos mil seguidores de la sociedad de Hong, organizados en numerosas congregaciones independientes. Tenían visiones y el don de lenguas. Pero lo más inquietante para las autoridades fue que empezaron a atacar templos budistas y a destrozar estatuas o «ídolos». El número de miembros de la sociedad se disparó de pronto a raíz de una epidemia en 1850, cuando se corrió la voz de que los enfermos se curaban rezando al Dios de los taiping.[28]
Cuando los responsables de la Administración, preocupados por esta nueva amenaza, enviaron soldados a detener a Hong Xiuquan y Feng Yunshan, una congregación cercana de Adoradores de Dios, armados con espadas y lanzas, atacaron y derrotaron fácilmente a las tropas imperiales. Tras esta victoria, Hong hizo un primer llamamiento a sus seguidores para que se reagruparan. Al año siguiente, 1851, Hong Xiuquan proclamó la fundación del Reino Celestial Taiping, del que él sería el Emperador Celestial. Multitudes de sus seguidores vendieron sus posesiones y se unieron a la causa. Durante los dos años siguientes, el ejército de los taiping marchó hacia el norte por la provincia de Guangxi, luchando contra las tropas del Imperio Qing que intentaban sofocar la rebelión. Hong comenzó con diez mil soldados, pero la situación de miseria popular generalizada, falta de tierras y anarquía que reinaba en China por aquel entonces le proporcionó cantidades ingentes de reclutas. En 1853, el ejército de los taiping contaba con medio millón de soldados.[29] La pauperización del pueblo unida a la sobreproducción de élites es una combinación explosiva. Las masas empobrecidas generan energía, mientras que los cuadros de contraélites aportan la organización necesaria para canalizar esa energía contra la clase dominante.
En marzo de 1853, el enorme ejército de los taiping conquistó Nanjing, la capital del sur de China. Durante más de una década, Hong Xiuquan gobernó un reino con capital en Nanjing y ocupó gran parte del sureste de China, con una población que, en su momento de máximo apogeo, alcanzaba los treinta millones de habitantes. Estuvo a punto de lograr la caída de la dinastía Qing, ya que otras partes de China se vieron sacudidas a su vez por importantes rebeliones, pero al final perdió. Tras años de lucha, el ejército imperial Qing, a las órdenes del general Zeng Guofan, sitió Nanjing. Hong cayó enfermo y murió el 1 de junio de 1864. Al cabo de un mes, caía Nanjing y concluía el experimento de la Gran Paz.
De joven, Hong había sido persistente y, como demostró su posterior trayectoria, brillante a su manera. Pero había demasiados aspirantes para un número fijo de puestos, y él acabó en el grupo de los frustrados. Y no era el único. Sus principales lugartenientes y más de la mitad de los líderes del peldaño siguiente en el escalafón de la rebelión Taiping eran candidatos suspendidos en los exámenes imperiales.[30]
La némesis de Hong, el general Zeng Guofan, también procedía de un entorno humilde.[31] Zeng era el mayor de cinco hermanos nacidos en una familia de agricultores. Su padre era relativamente próspero y podía permitirse una educación. Sin embargo, el padre de Zeng suspendió dieciséis veces el examen local, el de nivel más bajo, antes de aprobarlo. Zeng Guofan suspendió el mismo examen (solo) seis y lo aprobó a los veintidós años. Al año siguiente, Zeng aprobó el examen provincial (el nivel en el que Hong Xiuquan suspendió cuatro ocasiones). Finalmente, tras suspender dos veces el examen imperial de máximo nivel, el de la capital, lo aprobó al tercer intento con los máximos honores, y acabó destinado en Hunan, una provincia situada en los confines occidentales del creciente Imperio Taiping. Así, le correspondió a Zeng organizar y dirigir el cuerpo principal del ejército Qing que derrotó a los taiping tras una larga lucha. En la rebelión Taiping, que estuvo a punto de acabar con el Imperio Qing, los líderes de los bandos enfrentados eran miembros de las élites consolidadas y aspirantes frustrados a la élite convertidos en contraélite.
Donald Trump, Abraham Lincoln y Hong Xiuquan fueron aspirantes a la élite muy diferentes que vivieron en mundos muy distintos. Sin embargo, en el fondo, sus trayectorias personales tienen mucho en común. Todos ellos vivieron (o viven) en una época de discordia, en la que las presiones sociales que generan inestabilidad —pauperización y sobreproducción de élites— alcanzaron su punto álgido. Los tres eran aspirantes a la élite que llegaron a la cima del poder, aunque solo fuera por poco tiempo. Y todos gobernaron mientras sus países se desmoronaban.
La magnitud de los desastres que siguieron al ascenso al poder de estos tres aspirantes varió enormemente. Sin duda, la rebelión Taiping fue la peor, ya que fue posiblemente la guerra civil más sangrienta de la historia de la humanidad. Duró catorce años y en ella murieron entre treinta y setenta millones de personas.
Con seiscientos mil muertos en combate, la guerra de Secesión sigue siendo el conflicto más sangriento de Estados Unidos hasta la fecha. La contienda también se cobró la vida de Abraham Lincoln, asesinado por John Wilkes Booth, actor y simpatizante de los confederados.
El mandato de Donald Trump es el que ha tenido las consecuencias más leves (al menos por ahora). Aun así, fue el presidente durante una epidemia que mató a más personas que la gripe española y durante un año infernal, 2020, en el que los disturbios políticos provocaron veinticinco muertos,[32] más de diez mil heridos,[33] y más de dos mil millones de dólares en daños.[34] Su presidencia tuvo por colofón el asalto al Capitolio, que supuso una enorme conmoción para el sistema político estadounidense. Por supuesto, aún no sabemos cómo va a terminar nuestra propia época de discordia. La historia del futuro todavía no se ha escrito. Lo que sí sabemos es que en 2022 las fuerzas gemelas que empujaban a Estados Unidos a la guerra civil —la pauperización y la sobreproducción de élites— seguían sin decaer. ¿Qué puede decirnos la historia sobre estas épocas de crisis?