Nota de la autora

Pensaba que no volvería a escribir un libro. Pero cuando me adentré en la segunda mitad de mi vida y empecé a experimentar en carne propia la invisibilidad que nos está reservada a las mujeres de cierta edad, algo dentro de mí se rebeló. Sentí que surgía en mi interior una energía, una lucidez y una determinación nuevas, y supe que había llegado el momento de explorar la nueva ciencia que corroboraba esas sensaciones. Lejos de entrar en un lento declive, se abría ante mí la etapa de mayor vitalidad, confianza y sabiduría de mi vida. Para esta segunda mitad de la vida había un nombre que todavía no estábamos utilizando: renovación. Anteriormente conocida como la menopausia, la renovación es el período que se inicia cuando abandonamos la guerra hormonal y por fin somos capaces de ver y experimentar quiénes somos, qué anhelamos y cómo queremos vivir. Es una época maravillosa, llena de libertad y descubrimientos.

Mientras ultimaba este manuscrito, la primera vicepresidenta de Estados Unidos juró su cargo. El gabinete del cuadragésimo sexto presidente está lleno de mujeres y la mayoría de ellas se encuentran también en la segunda mitad de la vida. Empecé a llenarme de una esperanza que creía haber enterrado con la derrota de la Enmienda de Igualdad de Derechos en las décadas de 1970 y 1980. Me pareció que se nos abría la posibilidad de abrazar, tanto a nivel personal como colectivo, una segunda mitad de la vida productiva.

Como neuropsiquiatra especializada en el impacto de las hormonas en el cerebro femenino, es decir, en las emociones, los pensamientos, los valores, las prioridades e incluso la percepción, me considero una exploradora médica y psicológica de la tribu de las mujeres. Me encanta salir de reconocimiento y recoger información sobre neurociencia y estudios médicos para poder ayudar a otras mujeres a encontrar su propio camino, y a entender los cambios físicos que se operan en ellas y las repercusiones que éstos tienen tanto en su estado anímico como en la percepción de su identidad. Tal vez parezca una tontería, pero sintetiza bien mi motivación para escribir este libro.

La mujer renovada aborda el camino que hay que recorrer para sacar a la luz lo mejor de nuestro interior. Suena un poco ambicioso, pero si no lo hacemos ahora, ¿cuándo? En la segunda mitad de mi vida quiero perfeccionar mis aptitudes personales y asumir con mejor disposición la responsabilidad de hacerlo. Quiero cultivar el entusiasmo, la paciencia, la humildad, el compromiso y la determinación para aprovechar al máximo este período transitorio de la vida; recargar el cerebro y la empatía hacia mí misma mientras busco una nueva realidad, nuevas conexiones y una nueva percepción de mí. Quiero entablar una nueva relación conmigo misma y con los demás, y recuperar con concentración renovada un propósito mayor. Haciendo honor a mi buena salud, quiero responsabilizarme de mi cuerpo y de mi mente para que la renovación sea posible.

La mujer renovada analiza las incertidumbres y la información errónea que pueden entorpecer la búsqueda de nuestras propias respuestas. Pretende resolver la confusión que tenemos sobre cómo funcionan las emociones, las hormonas, la biología y el cerebro juntos. Aborda el coraje que hay que tener para examinar todas nuestras cualidades, alegrarnos de unas e intentar mejorar otras. Trata sobre la oportunidad que se nos presenta de decidir qué camino seguiremos en esta etapa de la vida.

Si observamos con atención, casi todo lo que nos parece natural viene determinado por las hormonas y el entorno. Parte de ello es bueno y útil, pero en la segunda mitad de la vida recibimos tantos mensajes acerca de nuestra supuesta irrelevancia que es hora de ir al fondo de la cuestión. Cuanto más sepamos sobre los neuroquímicos, los circuitos cerebrales y las neuronas del cuerpo, más posibilidades tendremos de romper los viejos esquemas e iniciar una nueva vida. Y mayores serán las posibilidades de conectar con la generación siguiente y ayudarla.

Soy consciente de que mi experiencia y la de las mujeres que me he encontrado a lo largo de la vida no representan la realidad de otras muchas que han luchado en condiciones más arduas y siguen adelante pese a acarrear la pesada carga del racismo sistémico. Muchas de las mujeres que menciono en este libro se identifican con el acrónimo en inglés BIPOC (personas negras, indígenas y de color) y todas ellas son cisgénero, es decir, mantienen la identidad femenina con la que nacieron; las anécdotas que ejemplifican su transición y renovación traspasan las fronteras de la raza. Por respeto a la individualidad de la experiencia, he decidido no escribir sobre lo que está fuera de mi campo de conocimientos y de la comprensión a la que he llegado de este momento vital a través de mis pacientes, familiares y amigas. Ésa es la razón por la que no puedo abordar de forma adecuada este período de renovación en los hombres y las mujeres transgénero. Hay tanto todavía por investigar que podría hacer más daño que bien, pero cuando existe información documentada la menciono, y cuando se tienen datos sobre las diferencias raciales y culturales en la fase de la renovación, también los indico. Es un hecho que en el sistema sanitario hay un racismo estructural profundamente arraigado. Por mi parte, me comprometo a hacer cuanto esté a mi alcance por promover la renovación para todas las mujeres.

Queremos que nos vean, nos escuchen y nos valoren, y ése es el trato que debemos darnos unas a otras y a nuestros seres queridos. He puesto por escrito en este libro los conocimientos y la experiencia que he adquirido, así como las penas y las glorias del proceso de renovación. Sin embargo, aún no existen verdaderos hitos que marquen el camino a las mujeres en la segunda mitad de la vida, y será necesario realizar un esfuerzo colectivo para crearlos de modo que podamos avanzar. Quiero conocer las luchas y las victorias de todas. Y, por encima de todo, quiero expresar lo mucho que valoro la experiencia y la sabiduría de cada una de ellas.

Espero que algo de lo aquí expuesto infunda a la lectora de estas páginas el apoyo, los conocimientos, la comprensión y el coraje que necesitará para superar los numerosos obstáculos de este período. Estamos todas juntas en esto, así que iniciemos ya la conversación que nadie parece querer que tengamos sobre la vida después de la época fértil.

CAMBIAR DE CONVERSACIÓN EMPIEZA POR UTILIZAR LOS TÉRMINOS ADECUADOS

Propongo una nueva terminología para evitar depender de las palabras «menopausia» y «perimenopausia», pues ambas se refieren literalmente al fin de la fertilidad.

La transición: la fase del desarrollo de una mujer en la que su cerebro y su cuerpo se adentran en territorio desconocido mientras los circuitos de la fase reproductiva concluyen su función. Ésta es la fase que antes se conocía como perimenopausia.

En la transición, al igual que en la adolescencia, entran en juego muchos más elementos que las hormonas. La transición hormonal que pone fin a la fertilidad ocupa un lugar central, pero no explica todo ni representa quiénes somos. Dentro de la transición también hay muchas fases de crecimiento psicológico que abarcan la identidad y el camino hacia la autenticidad. La transición supone un cambio en nuestras relaciones y roles sociales. Nada de todo ello se explora en la bibliografía existente sobre las fases del desarrollo humano.

La renovación: la fase de sabiduría a la que llega la mujer tras haber estado décadas en la zona de guerra hormonal. Surge en la etapa identitaria más poderosa de su vida y es lo que antes se conocía como menopausia o posmenopausia.

«Perimenopausia» y «menopausia» son palabras fósiles que han inventado hombres de las empresas farmacéuticas. No responde a un verdadero interés por ayudar a las mujeres a alcanzar la explosión de crecimiento integral y el desarrollo del potencial que supone la renovación. Estos términos surgieron a partir de un estudio llevado a cabo por hombres sobre cómo mantener la turgencia y elasticidad de ciertas partes de nuestro cuerpo con las que a ellos, como hombres cisgénero, les gusta interactuar, como son los pechos y la vagina. En mi opinión, esos términos no abarcan lo que supone la renovación ni el alcance que tiene y por lo tanto me niego a utilizarlos, salvo en este apartado en el que explico mis razones para proceder de este modo. Si aparece en cualquier otra parte del libro, haz una foto o una captura de pantalla de la página y busca Dra. Louann Brizendine en Facebook, @louannbrizendine en Instagram o @DrLouann en Twitter. Estoy impaciente por recibir noticias de todas vosotras.

Terapia hormonal (TH): sustituye el viejo término de terapia de reemplazo hormonal (TRH), que es menos preciso. Cuando utilizamos hormonas, no las sustituimos sino que las agregamos.

LAS CUATRO FASES DE LA TRANSICIÓN

Pretransición: se produce cuando el número de óvulos viables disminuye y se forman menos folículos, lo que repercute en la producción mensual de hormonas sexuales. Es posible observar justo antes de la menstruación un poco más de ansiedad, mayor dificultad para bajar revoluciones después de una sesión de aerobic intensa o un poco de calor o sudoración por la noche. El sueño puede verse alterado durante la menstruación. La pretransición empieza, por término medio, al final de la treintena.

Transición temprana: esta fase se caracteriza por una alteración del sueño más perceptible —puede que te despiertes totalmente empapada o destapada—, al menos una vez a la semana. Es posible que de vez en cuando tengas períodos irregulares: más escasos y cortos, o un poco más abundantes durante uno o dos días, o que un mes te deje de venir o tengas un sangrado leve o manchado a mitad de ciclo. Esto se debe a un aumento de un fenómeno común y corriente llamado la anovulación o ciclo sin óvulos.

Transición intermedia: en esta fase se tienen dos o tres ciclos menstruales cortos al año que duran entre veintiocho y veinticinco días. Se distingue por una interrupción del sueño más frecuente —varias veces a la semana— y por la sensación de calor.

Transición tardía: esta fase se caracteriza por la interrupción del sueño nocturno, sofocos y entre tres y diez ciclos menstruales más cortos al año.

LAS TRES FASES DE LA RENOVACIÓN

Renovación temprana: esta fase empieza a los doce meses de la última menstruación. En las mujeres que conservan el útero y optan por una terapia hormonal que emula sus ciclos menstruales naturales, el sangrado continuará cada mes. Pero muchas experimentarán una mezcla de alegría por no menstruar más y de shock ante el cambio que observan en su cuerpo.

Renovación intermedia: consiste en intentar hacerse con la nueva realidad, explorar nuevos caminos de vida, sentir la imperiosa necesidad de un descanso y aguardar anhelante el canto de la sirena para desconectar.

Renovación plena: esta fase consiste en encarnar la plenitud vital, aceptar los altibajos, retomar el norte, decir la verdad con arrojo y convicción, y comprometerse como guía y apoyo, y asumir el reto de dejar a la humanidad mejor de lo que la encontramos.

No he especificado las franjas de edad correspondientes a cada fase porque varían. Cada mujer es un mundo. He visto a muchas alcanzar de forma inmediata la renovación plena y a otras quedarse de por vida en la primera fase. Depende de la actitud y las acciones que cada una asume.

NEUROQUÍMICOS (ES DECIR, HORMONAS Y NEUROHORMONAS) QUE NECESITARÁS CONOCER

Hormonas ováricas

• Estrógeno: segregada por el folículo que madura y expulsa un óvulo, esta hormona impulsa el crecimiento del revestimiento uterino y de las sinapsis cerebrales. Controla la energía del cerebro y la inflamación. Mejora el humor y refuerza la agudeza mental, la recuperación léxica y el comportamiento extrovertido, coqueto y afectuoso.

• Progesterona: es la hormona de la retención, que prepara el revestimiento uterino para recibir el óvulo fecundado y frena el crecimiento excesivo de sinapsis en el cerebro. Es la hormona cómoda y acogedora, que nos genera el deseo de acurrucarnos junto al fuego y comer bizcocho. También es responsable de la nebulosa cerebral del embarazo. El término para las distintas progesteronas sintéticas es «progestina».

• Testosterona: aumenta la libido, la estimulación muscular y las ganas de vivir. A menudo la experimento como una sensación de impaciencia cuando cruzo la cocina con prisas porque llego tarde a la oficina y mi marido me entretiene charlando. Antes de la transición, el 90% de la testosterona proviene de los ovarios. A partir de la renovación, este 90 % lo producen las glándulas suprarrenales.

Hormonas suprarrenales

• Adrenalina (también llamada epinefrina): proporciona el estallido de energía necesario para reaccionar física y mentalmente en un momento de peligro. Provoca nerviosismo.

• Noradrenalina (también llamada norepinefrina): el principal neurotransmisor que proviene de las glándulas suprarrenales para los nervios simpáticos y el sistema cardiovascular. Es la causa de que el corazón bombee enloquecido para huir del peligro.

• Cortisol: la hormona del estrés. Tiene un impacto diez veces superior en el cerebro límbico o emocional que en otras partes del cerebro. Actúa como supresor del sistema inmunitario y en exceso puede provocar depresión, irritabilidad y deterioro cognitivo.

• Pregnenolona: una hormona madre que crea la progesterona, la DHEA, la testosterona, los estrógenos, el cortisol, etcétera. También ayuda a dormir bien; potencia el deseo sexual, el estado anímico, la memoria y la atención, y es buena para la piel, las articulaciones y los músculos.

• DHEA (dehidroepiandrosterona): la hormona madre a partir de la cual se originan la testosterona y el estrógeno. Contrarresta el cortisol, tiene efectos antidepresivos, potencia el deseo sexual, provoca acné y aumenta el olor corporal.

Sustancias químicas del cerebro y el sistema nervioso que se utilizan en todo el cuerpo

• Hormona foliculoestimulante (FSH): se produce en la glándula pituitaria y estimula al ovario para producir folículos que preparen los mejores óvulos para su lanzamiento. Antes de la renovación son los folículos los que producen la mayor parte de los estrógenos, la progesterona y la testosterona.

• Hormona luteinizante (LH): se produce en la glándula pituitaria y se encarga de que el mejor folículo lance el óvulo a las trompas de Falopio de camino al útero. Provoca la liberación del óvulo.

• Oxitocina: se produce en el hipotálamo y se almacena en la glándula pituitaria. Cada vez que se produce un pico de estrógenos, el hipotálamo envía un pequeño cubo de esta hormona del afecto.

• GABA (ácido gamma-aminobutírico): el 90 % de todas las células del cerebro tienen receptores para detectar esta sustancia química, que es el Valium natural del cuerpo. Actúa como un agradable baño de burbujas en nuestro interior.

• ALLO: la alopregnanolona es la molécula en la que se convierte la progesterona. Interactúa con el sistema gabaérgico, cuyo efecto tranquilizador recorre todo el cerebro y el sistema nervioso.

• ACTH: la hormona adrenocorticotropa, fabricada y secretada por la glándula pituitaria, estimula las glándulas suprarrenales con el fin de que produzcan cortisol.

• CRH: la hormona liberadora de corticotropina es producida por el hipotálamo y, cuando se libera en la glándula pituitaria, provoca un aumento de ATCH. Esto ocurre cuando la amígdala percibe algún peligro o amenaza.

• Acetilcolina: es el principal neurotransmisor del sistema nervioso parasimpático, la parte tranquilizante del sistema nervioso que desacelera el corazón. Es lo contrario a la epinefrina. Es fundamental para la consolidación de la memoria durante el sueño. Los niveles bajos están asociados a déficits de aprendizaje y memoria.

CÉLULAS QUE NECESITARÁS CONOCER

• Neuronas: son las células normales y corrientes del sistema nervioso y del cerebro que se estudian en las clases de biología del instituto. Lo sorprendente es que no es el tipo de célula más abundante. Tienen un rival.

• Astrocitos: son tan numerosos como las neuronas, y su cometido es proporcionar nutrientes a las células del cerebro y aislar las sustancias nocivas.

• Microglía: son células carroñeras que pueden controlar las conexiones entre las neuronas y proteger el cerebro de las infecciones. Durante el día el cerebro genera todo tipo de conexiones, y descarga energía y residuos de estas nuevas conexiones. Durante la noche, a medida que el cerebro se encoge y que los canales que rodean las células nerviosas se relajan y se abren, la microglía entra y poda todo el exceso de crecimiento. conceptos que necesitarás conocer

• Inflamación «estéril»: se trata de una inflamación inmunológica crónica de bajo nivel que no está relacionada con las infecciones causadas por tensiones tales como las condiciones medioambientales (la radiación ultravioleta), los traumatismos mecánicos, la muerte celular, las hormonas y las proteínas que se filtran, la falta de sueño y la disminución del flujo sanguíneo. Debido a las diferencias de sexo en el sistema inmunitario, empeora con los años en los varones.

• Doble X: las mujeres tenemos por regla general dos cromosomas X, por lo que contamos con más genes ligados a nuestro sistema inmunitario que pueden protegernos del deterioro cognitivo. Éste podría ser el secreto de la longevidad femenina.

EL CEREBRO FEMENINO

1. CORTEZA PREFRONTAL: la reina que gobierna las emociones e impide que se desmadren. Pone freno a la amígdala.

2. NÚCLEO ACCUMBENS (NAC): la interfaz neuronal entre el deseo y la acción, el puente entre desear algo bueno y buscar la manera de conseguirlo.

3. ÍNSULA: el juez, el jurado y el verdugo, todo en uno, sobre todo cuando se trata de la propia imagen. Aquí es donde se procesan los «sentimientos viscerales».

4. HIPOTÁLAMO: el director de la sinfonía hormonal; activa las gónadas e intenta arreglárselas cuando éstas dejan de funcionar.

5. AMÍGDALA: toma decisiones rápidas ante las amenazas de vida o muerte. A veces percibe como una cuestión de vida o muerte una decisión tan simple como dónde aparcar fuera del supermercado.

6. GLÁNDULA PITUITARIA: produce las hormonas de la fertilidad y, cuando éstas se interrumpen, grita como un yonqui en un centro de desintoxicación.

7. HIPOCAMPO: el elefante, mayor y más activo en las mujeres, que nunca olvida una pelea, una cita amorosa o un momento de ternura, ni deja que tú lo olvides. Aunque en la fase de la renovación empezarán a borrarse los detalles.

8/9. LA UNIÓN TEMPOROPARIETAL (TPJ, por sus siglas en inglés) Y EL PRECÚNEO: cuando estas dos regiones actúan de forma sincronizada, nos vemos atrapadas en el círculo vicioso de la preocupación y absorbidas por el torbellino de la cavilación. Cuesta alcanzar la velocidad de escape para salir, pero con unos pocos trucos y consejos es posible.

10. CEREBELO: la parte del cerebro que coordina el movimiento y el equilibrio para andar y estar de pie. Contribuye a que casi todas las demás partes del cerebro realicen mejor su función. Ayuda a que los movimientos sean suaves y los pensamientos fluidos, y frena la toma de decisiones impulsiva. Ayuda a regular las emociones.

Red neuronal por defecto (RND) del cerebro: comunica zonas en la parte frontal, media y posterior del cerebro, y se activa cuando la mente divaga. Como una gran pelota de velcro, va recogiendo toda clase de pensamientos negativos. La meditación y la ketamina logran desconectarla.

Reacción amenaza/estrés: el sistema de lucha o huida que se pone en marcha para hacer frente a la amenaza; el restablecimiento de la calma proviene del sistema vagal.

EJE HPA (HIPOTALÁMICO-PITUITARIO-ADRENAL), EL LLAMADO EJE DEL ESTRÉS)

El HPA controla la liberación de cortisol (la hormona del estrés) y de la hormona andrógena DHEA

EJE HPO (HIPOTALÁMICO-PITUITARIO-OVÁRICO), EL EJE REPRODUCTIVO

El HPO controla la liberación de estrógeno, progesterona y testosterona

1. Un cambio de conversación

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Un cambio de conversación

En 1980 estaba participando en un programa de investigación en la Facultad de Medicina de Yale cuando me sobrevino una misteriosa enfermedad y acabé en el hospital de Londres donde me encontraba realizando mis prácticas universitarias. Me sentía débil, dolorida y con tan poca energía que me parecía que iba a morir. Me hicieron todas las pruebas posibles, pero no dieron con un diagnóstico. No era un cáncer latente, ni una enfermedad infecciosa rara, ni un fallo en un órgano vital ni un problema autoinmune. Todo volvió a la normalidad por sí solo. En un momento dado me percaté de que varios residentes externos estaban poniendo a prueba mi sentido del humor para determinar si debería ingresar o no en un pabellón psiquiátrico. Llegaron a la conclusión de que no.

Al cabo de diez días me dieron el alta y regresé a Estados Unidos para cursar mi cuarto año de medicina. Al llegar a Nueva York me bajaron del avión en una silla de ruedas y me pagaron una limusina para llevarme a New Haven. Una vez allí acudí al decano y le pedí un poco de tiempo para reponerme, pero al no haber un diagnóstico no me lo concedió, y obtuve muy poca comprensión por parte del profesorado, la familia o los amigos. La red de apoyo social con que contaba se desvaneció porque nadie me creía o empezaban a verme como una persona difícil.

Hice lo que tenía que hacer para salir adelante. Alquilé un piso justo delante del hospital para poder volver a dormir después de las rondas de las cinco y media de la mañana. No sé cómo lo hice, pero conseguí presentar el trabajo de final de carrera y licenciarme. Durante las rondas de cirugía y medicina interna veía cómo los médicos, seguidos de los estudiantes en prácticas, cruzaban a zancadas las salas del hospital a las seis de la mañana y levantaban las batas para realizar el reconocimiento sin saludar siquiera a los seres humanos que yacían en las camas. No entablaban conversación, no hacían preguntas —ni siquiera «¿Cómo está usted hoy?»— y sólo parecían oír a los otros médicos. Y cuando se les agotaban los recursos con los pacientes más enfermos, desaparecían. Abandonaban a personas con una vida, una experiencia y una familia muy parecidas a las suyas sin siquiera despedirse. Eso se lo dejaban a las enfermeras.

Recién salida del hospital de Londres sabía muy bien lo que sentían esos pacientes. Ése es el motivo por el que decidí dedicarme a la psiquiatría, porque me negaba a participar en cualquier especialidad en la que no tuviera tiempo para escuchar.

El cerebro, así como todo el sistema nervioso del que forma parte, está ávido de contacto. La información que obtenemos de una conversación, de unas preguntas sinceras, nos confirma que estamos donde debemos estar y somos aceptados. Cuando no recibimos esta vitamina social esencial, privamos a los circuitos de los nutrientes que necesitan. Entonces enfermamos más y nuestra agudeza mental se debilita. La depresión nos invade y ataca nuestro sistema.

Al vernos abandonados por los médicos y nuestra red de apoyo social nosotros también nos abandonamos.

Esta situación me impulsó a fundar la Women’s Mood and Hormone Clinic en la Universidad de California en San Francisco (UCSF) en 1994. Quería dar a las mujeres lo que a mí se me había negado. Y cuando me puse a trabajar con mujeres que estaban saliendo de la etapa reproductiva de la vida y se adentraban en una dimensión desconocida, quise saber qué me responderían a estas preguntas: «¿Cómo te sientes?», «¿Cómo pasas los días y las noches?», «¿De qué tienes miedo?», «¿Qué te hace feliz ahora?», y la más importante, «¿Puedes hablarme de ti? Quiero saberlo todo».

Llevo treinta años escuchando atentamente testimonios de alegrías y pérdidas, descubrimientos y miedos, libertad y desorientación, de boca de mujeres que se encontraban en la transición, y durante la mayor parte de ese tiempo me he mantenido en la vanguardia de la investigación realizada en la Facultad de Medicina de la UCSF, donde he observado de primera mano los impactantes avances de la ciencia. He sido testigo de la aparición de medidas reales que podemos adoptar para alcanzar la plenitud, con un número cada vez más elevado de médicos y organizaciones enfocados y centrados en ello. Ojalá todo fuera más rápido, pero cuanto más sepamos y más preguntas nos hagamos, mejor responderá la medicina a nuestras necesidades.

¿QUÉ SEREMOS?

De niñas nos preguntamos qué queremos ser de mayores, y nuestras respuestas vienen determinadas por los valores culturales que interiorizamos, o introyectamos. Hemos vivido la vida que queríamos llevar, pero también la que creíamos que debíamos mostrar. Para muchas ha significado uno o varios matrimonios con o sin hijos, una profesión fuera de casa o trabajo en el hogar. Y todo junto nos ha conducido a un estado de confusión; una parte considerable —especialmente los hijos y los nietos— sigue tirando de nosotras para que desempeñemos determinados roles. Sin embargo, ha llegado el momento de que nos preguntemos quiénes queremos ser hoy. Quiénes queremos ser durante y a partir de la transición. Tras la fase reproductiva de la vida tenemos décadas por delante. ¿Qué quieres ser cuando alcances la plenitud de tu edad? ¿Líder, artista, visionaria, guía y mentora? ¿Buscas una vida llena de libertad, determinación y enfoque sin las responsabilidades de épocas anteriores? Éstos son algunos de los deseos que oigo expresar a las mujeres. Me obsesiona cómo respondemos a esta pregunta, y cómo el hecho de liberarnos del ciclo de la fertilidad durante la transición contribuye a que nos formemos una nueva imagen de nosotras mismas, y a que descubramos quiénes somos de verdad y a que seamos conscientes de la nueva oportunidad que se abre ante nosotras.

De la mano de la ciencia descubrí que esta fase es una ocasión para crecer en sabiduría, fortaleza y resiliencia, cualidades para las que hemos sido preparadas a lo largo de toda nuestra vida. Del mismo modo que el cerebro femenino está programado desde el nacimiento para la conexión y la comunicación, la renovación permite que esos circuitos escojan nuevas parejas sinápticas que no guardan relación con los impulsos hormonales que dominan la toma de decisiones de la fase reproductiva. Los cambios que se producen en los circuitos pueden fortalecer la conciencia de uno mismo (self), transformando en una realidad neurológica la sabiduría adquirida después de toda una vida de experiencia.

La fase de la transición puede durar entre dos y catorce años. La de la renovación puede tener lugar en una década y prolongarse cuarenta o cincuenta años más. Es diferente en cada mujer.

Según mi experiencia y la de las mujeres que han acudido a mi consulta, la de mis amigas y el trabajo de investigación en el que he participado, al final de la fase reproductiva se abre en la vida de una mujer un período sorprendente y extraordinario que hoy día es más largo que nunca. Creo que la renovación puede incluso redefinir lo que significa ser mujer. Éstos son los atributos que se pueden alcanzar en la etapa de la vida:

Franqueza: el descenso masivo de las oleadas de estrógenos cambia la forma en que el cerebro afronta la ira y la decepción. Mientras que el cerebro femenino más joven desvía el impulso de salir en defensa de sí mismo y de los valores en los que cree intentando biológicamente imponer el silencio, las nuevas influencias hormonales desatan esos circuitos. La fuerza de tal impulso es como conducir un Maserati por primera vez; se necesita cierto tiempo para acostumbrarse a su potencia, pero en cuanto lo hacemos, comprobamos que el mundo no se ha acabado y que ya no hay vuelta atrás, ni querríamos que la hubiera. Sacudimos el statu quo, redefinimos las reglas de las relaciones y defendemos lo que es correcto.

Concentración: se acabó el estrés de la multitarea que provoca ansiedad. La multitarea y la ansiedad van de la mano. No sabemos cuál va primero, pero sí que se potencian mutuamente. En la renovación hacemos las cosas de una en una, lo cual no supone una carencia, sino que nos comprometemos más, somos más minuciosas y podemos concentrarnos mejor. Significa que, al tener los ojos puestos en el objetivo, podemos ser más eficaces de lo que hemos sido nunca; y cuando alguien nos interrumpe, ya no dudamos en pedirle que vuelva más tarde.

Aprobación interior: la gran ventaja del manto de invisibilidad de la edad es que hallamos nuestra autenticidad dentro de nosotras. Sin vernos ya impulsadas por las hormonas de la fertilidad a buscar la aprobación externa, nos comportamos de otro modo, y los demás también responden ante nosotras de manera diferente. Muchas descubrimos que los hombres nos escuchan por nuestra sabiduría y experiencia, y no por nuestro aspecto físico.

Audacia renovada: en la fase de la renovación el cerebro femenino deja de verse alterado cada mes en un 25 % a causa de las hormonas y puede, por tanto, consolidar sus circuitos, lo que permite a las mujeres sentirse más seguras y confiadas que en ninguna otra etapa de su vida. Menos preocupadas por gustar a los demás, pueden aprovechar este período para construirse una base más sólida y elevada desde la que ver más lejos y expresarse mejor.

Carácter expansivo: al cerrarse de golpe la ventana en medio de la tormenta hormonal de la transición, los circuitos del cerebro tienen la oportunidad de sosegarse. El motor hormonal que impulsaba el círculo vicioso del pensamiento negativo se desconecta, o al menos ahora podemos identificar una salida. Si aprendemos a desconectarnos de todo lo que interrumpe la tranquilidad —los juicios, la autoflagelación, el dar vueltas a situaciones pasadas, presentes y futuras—, se abre un mundo nuevo lleno de posibilidades. Es posible incorporar circuitos de escucha para oír la propia mente, así como para comprender los pensamientos y los sentimientos de los demás. Y surgen los circuitos cerebrales del agradecimiento; saber aprovecharlos determina si estamos envejeciendo con vitalidad y curiosidad o somos proclives a la depresión. La compasión por nosotras mismas y por los demás activa circuitos de alegría que no sabíamos que teníamos dentro, y esos estados de ánimo positivos crean la base de una salud cerebral de hierro.

Libertad: los apremios, las obsesiones y los engaños que crearon las hormonas de la fertilidad en torno a las relaciones y la intimidad han soltado amarras, y el cerebro posfértil ahora es libre para explorar y expandirse intelectual y emocionalmente. En la mente hay más espacio para la contemplación, para enfocarse hacia una meta. El trabajo pasa a estar impulsado por un propósito; la curiosidad ocupa un lugar central en la toma de decisiones y surge una nueva calma, aun en los momentos difíciles. El cerebro femenino más joven tal vez se compadezca del aumento de la cintura y de la flacidez de la mujer mayor, pero nosotras sabemos más. Miramos atrás con compasión el torturado estado mental de nuestras hermanas menores y, con un profundo suspiro agradecido por no tener que lidiar más con él, nos preguntamos cómo podemos ayudarlas.

Durante las décadas que he trabajado con mujeres en la Women’s Mood and Hormone Clinic, he observado el poder de la renovación optimizada. Cuando alcanzamos esta edad ya hemos atravesado el fuego. Probablemente hemos vivido una tragedia y empezado a salir de ella. Somos metal fundido, forjado y pulido por la vida. Somos un volcán que entra de manera imprevisible en erupción y forma nuevas masas de tierra. La mujer renovada brilla e irradia. Es la afilada espada de la sabiduría que abate una cultura injusta, y la compasión que se reafirma en su responsabilidad de crear un futuro para las generaciones más jóvenes, un futuro que no vivirá para ver.

En la fase de la renovación, la mujer se siente perfectamente dueña de sí misma, como la adolescente que cree que lo sabe todo y que su madre es una idiota. (Porque en su mundo es verdad.) La mujer renovada, que está en la segunda mitad de su vida, puede creer que ella sí lo sabe todo y que algún día las mujeres más jóvenes y todos los hombres lo entenderán. Puede creerlo, decirlo y sentirse superior a cualquiera que no lo vea así. Es lo que ocurre cuando el cerebro femenino se libera de esas oleadas hormonales que van y vienen a diario en la fase reproductiva.

SÍ, VIRGINIA, ES DIFERENTE

Cuando se publicó El cerebro femenino recibí muchas críticas. La impactante premisa de la que partía era que las hormonas y los cerebros femeninos no son idénticos a los masculinos, y muchas personas tacharon el libro de políticamente incorrecto, sobre todo otras mujeres que, como yo, eran de la generación baby boom y habían alcanzado la edad adulta en pleno movimiento feminista. Creíamos que si queríamos conseguir algún día la igualdad con los hombres en la sociedad, teníamos que evitar subrayar las diferencias de sexo; de lo contrario saldríamos perdiendo. El propio feminismo se construyó sobre un profundo sentimiento de inferioridad que provenía de los mensajes de la sociedad sobre quién está en el poder y ante quién respondemos. Así fue como surgió un programa unisex obligatorio que en ese momento yo me creí tanto como cualquiera. Pero luego me puse a estudiar la biología de las hormonas y a examinar las pruebas, y eso me llevó a ver las claras diferencias cerebrales entre hombres y mujeres. Sospecho que las futuras investigaciones sobre el impacto hormonal en el cerebro de los hombres y mujeres transgénero también reforzarán ese argumento.

Me gusta investigar a fondo las pruebas, a pesar del rechazo que éstas puedan suscitar. Y al profundizar en la cantidad de información recién recopilada sobre las mujeres en la segunda mitad de la vida, descubrí que había otra historia sobre el cerebro femenino que quería contar: la fascinante y electrizante historia sobre cómo mejoran, entre otras cosas, las relaciones, el autocuidado, la confianza, la fuerza interior, la capacidad de acción y la eficacia de las mujeres en esa etapa. Teniendo en cuenta los mensajes que hemos recibido de una cultura obsesionada con la juventud acerca de los picos físicos que llegan a una edad muy temprana, eso me pareció contrario a la lógica, porque, como la mayoría, yo había interiorizado lo que nos inculcan las estructuras sociales a través de la persistente desigualdad salarial y nuestra casi invisibilidad en los puestos directivos, la política y los fondos para la investigación: que las mujeres mayores de cincuenta años no cuentan.

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, la única manera de salir adelante ha sido dando la razón a los que tienen el poder. Es más fácil sintonizar con la longitud de onda de los tiempos. Ése es el acuerdo al que llegaron las generaciones de mujeres que nos precedieron para mantener la paz y evitar las tensiones del conflicto. Después de toda una vida siendo vistas como plato de segunda mesa, el sexo débil, esta imagen pasa a formar parte de nuestro sistema nervioso. Sin ser conscientes de ello, aprendemos a identificarnos en relación con los demás, a identificarnos como mujeres para con los varones. Quitarnos esas anteojeras y abrazar nuestra autenticidad supone todo un reto: reconocer que no somos el «sexo débil». Somos mujeres y punto. Y celebramos nuestra fortaleza extraordinaria.

TOMAR EL MANDO

Para que se produzca una renovación en la segunda mitad de la vida hay que tener capacidad de acción. Es necesario tomar conciencia del poder que se tiene. Ha llegado el momento de crear el mapa de la fase posfértil y posreproductiva del desarrollo humano femenino. La segunda mitad de la vida de una mujer es una revelación.

Si no creemos que la renovación es posible, no seremos capaces de fantasear siquiera con ella, y no podremos echar mano de los poderosos centros de la imaginación y la planificación del cerebro para trazar nuestro camino futuro. Tenemos que estar inspiradas desde el principio para visualizar lo que queremos hacer después de los cuarenta y cinco años. Cuesta más soñar cuando no se tienen modelos ni puntos de referencia, pero si no empezamos a intentarlo ya, nunca cambiará nada.

Nuestras madres y abuelas disponían de pocos modelos en los que inspirarse para soñar con lo que significa ser mujer por y en sí misma. Hoy día hay más mujeres que pueden guiarnos, y si aprovechamos la oportunidad, las generaciones futuras podrán llegar aún más lejos que nosotras. El cambio es posible. Pensemos en cómo se ha transformado el mundo para la comunidad LGBTQ+ a lo largo de nuestra vida. Las mujeres constituimos el 51 % de la población mundial. Podemos lograr que la renovación esté al alcance de todas.

¿Cómo conseguir que el mundo sea un lugar esperanzador para las mujeres mayores? A medida que disminuyen los sueldos de los empleos que son mayoritariamente femeninos, como camarera, niñera, asistenta y enfermera —tanto en casa como en el ámbito profesional—, muchas se encontrarán sin ahorros ni plan de jubilación. ¿Cuántas morirán antes de tiempo por no tener acceso a la asistencia médica? Las mujeres que se encuentran en la segunda mitad de la vida sufrirán lo peor del impacto de la desigualdad, sobre todo las mujeres negras, las indígenas y las de color. Y mientras esto sucede el mundo calla, y sólo se ocupa de la pérdida de puestos de trabajo por parte de los varones blancos.

Lo que se espera de la mayoría de nosotras en la segunda mitad de la vida es que continuemos con el papel de cuidadoras: de los maridos entrados en años, de los nietos, de los padres y suegros ancianos. Los hombres ni siquiera se plantean asumir la responsabilidad de cuidar a un familiar si hay una mujer cerca. Después de décadas de criar a los hijos y de realizar un segundo turno en casa al terminar la jornada laboral remunerada para ocuparnos de la mayor parte de las tareas domésticas, aunque seamos el principal sostén de la familia, volvemos a convertirnos en cuidadoras no remuneradas; se nos agotan los recursos emocionales y económicos, lo que implica que nos resulte imposible trabajar, ser productivas y remontar.

Pero para quien piense que las mujeres de la renovación sólo recibimos, los datos están demostrando que también actuamos. Las mujeres de más de cincuenta años fundan negocios a un ritmo mayor que cualquier otro grupo, ofreciendo oportunidades a otras, y convirtiéndose en el sostén económico y cuidador del país. Sin embargo, para que nos vean tenemos que vernos antes a nosotras mismas. Y en este momento, tras sobrevivir a un buen número de crisis tanto personales como sociales, poseemos la sabiduría, la estabilidad, el coraje y el autoconocimiento para confiar en que saldremos adelante. Es necesario cambiar de conversación en el plano de la cultura, pero la conversación más importante es la que mantenemos en nuestra mente.

El mundo ha estado demasiado tiempo en modo guerrero, atrapado en una inútil batalla que impulsa la adicción al riesgo producto de la testosterona, tanto en el mercado financiero como en la escena internacional. Pero la sociedad no progresa en modo guerrero, dirigida por ese rasgo de personalidad dominante específicamente masculino. No es así como sobrevive la cultura. Es hora de equilibrar la humanidad con un tipo de cerebro diferente, que valore por encima de todo la comunidad y la preservación de la vida. Y el cerebro femenino renovado tiene la capacidad de hacerlo.

Mi propósito al escribir este libro es reconocer que pensamos bien y tenemos una gran vida, una vida propia que nosotras mismas construimos y escogemos. Y animar a reafirmarnos unas a otras, y a nosotras mismas, como mujeres. Todas y cada una de nosotras debemos poner en práctica esta actitud potenciadora todos los días.

En la fase de la renovación, la neurobiología puede ayudarnos a desprendernos de la piel de la época fértil, y dar un paso decidido hacia una faceta más auténtica y poderosa de nosotras mismas. Preguntémonos ahora: ¿cuál es nuestra idea de libertad? Si eliminaran de la ecuación el dinero y la vulnerabilidad física, ¿qué haríamos? ¿Quiénes seríamos? En la renovación podemos empezar a soñar como si todo fuera posible. Mi objetivo es ayudarte a soñar.

2. La esencia de ser mujer

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La esencia de ser mujer

Los sistemas biológicos buscan el equilibrio. Anhelan y suspiran por alcanzar una colaboración fluida, señales que se comuniquen con la precisión de un reloj y emitan avisos sutiles para mantenerlo todo en buen estado. Luchan por la estabilidad. En un organismo biológico, esta tendencia a proteger el statu quo, también conocido como salud, se llama homeostasis. El proceso activa y desactiva los genes como una imponente máquina de Rube Goldberg multidimensional que responde a cualquier alteración, desde una perturbación molecular hasta una gigantesca fuerza externa, con pequeñas y rápidas tácticas defensivas. Se generan proteínas y moléculas que ayudan a establecer el equilibrio o exigen una acción a fin de enderezar el barco —comer, dormir, acurrucarse, correr—, asegurando un sistema que funcione bien y proporcione salud y fuerza. El péndulo oscila continuamente, sin llegar a encontrar el punto medio perfecto. Esta lucha por mantener las cosas en calma, por que todo siga igual, es un principio básico para todos los seres vivos.

Así que imaginemos un sistema biológico en el que este impulso instintivo hacia el equilibrio se ve sacudido diariamente por una violenta tormenta química que lleva consigo oleadas de neurohormonas decididas a provocar una acción, una respuesta o un nuevo comportamiento del sistema. Los estrógenos, la progesterona, la testosterona, la DHEA o el cortisol, entre otras muchas hormonas, fluctúan a oleadas cada hora, cada día, cada semana, cada mes. La menstruación no es lo único que se ve afectado y desestabilizado: el cerebro y todo el sistema nervioso del cuerpo oscilan entre la provocación y la calma, y cada molécula hormonal requiere una acción para favorecer la supervivencia del propio sistema. El cerebro femenino se ve empujado por fuertes oleadas hormonales a aparearse, flirtear, acurrucarse junto al fuego, comer pastel de chocolate, enfurecerse, abrazar, reñir justificadamente o decir una verdad sin ambages que nadie está dispuesto a escuchar.

Las olas son una de las fuerzas físicas más poderosas y eficaces que existen. Ya sean ondulaciones sobre la superficie de un estanque o una marejada de seis metros, cambian todo lo que tocan, convirtiendo las rocas en guijarros y las conchas en arena. Su empuje configura los litorales al depositar en ellos masas de tierra, cristales rotos, conchas, algas, barcos y, a veces, criaturas vivas. Y su atracción es igual de fuerte, arrastrando consigo en sus resacas lo que la marea ha arrojado en la playa, destripando las costas y creando un fuerte desnivel en el fondo del océano bajo las profundas aguas azules.

Los cayos son una pequeña cadena de islas que se extiende hacia el suroeste frente a la península de Florida sobre la piedra caliza, el suelo arenoso y el arrecife de coral, sobre los que descansa la mayor parte del estado. En la parte occidental de los cayos, frente a la bahía de Florida y el golfo de México, las aguas son tranquilas, transparentes y azules, y hay bancos de arena de kilómetros de longitud por los que los residentes caminan descalzos todo el día sumergidos hasta las rodillas en un cálido mar. Se ve claramente el fondo de arena lisa, ondulado por el suave movimiento de las olas. El litoral es uniforme y está habitado por pequeñas criaturas que viven en aguas saladas poco profundas. Entre peñascos de coral blanco, la suave marea no arrastra muchas algas hasta la orilla ni erosiona de forma perceptible los bajíos, a menos que se desate una tormenta particularmente fuerte.

La superficie de las islas tiene menos de tres kilómetros de ancho en algunas partes. Basta con andar diez minutos en dirección este desde el centro de la cadena para llegar al lado atlántico. Por allí el mar está revuelto y las aguas son turbias, y aunque la costa también está hecha de arena, piedra caliza, agua caliente y salada y corales, no se parece en nada a la costa occidental. Las algas cubren la playa rocosa como la alfombra más gruesa del mundo. Cerca de la orilla los erizos de mar y las rayas se esconden entre la vegetación submarina, y los bajíos están llenos de rocas que lastiman los pies más endurecidos. La costa, erosionada por la constante y fuerte resaca, desciende abruptamente a profundidades propias de una fauna marina más grande y depredadora. En la orilla hay cristales de mar, con los bordes irregulares redondeados y la superficie lisa y opaca por el efecto abrasivo de las mareas y la arena.

Aunque los elementos son los mismos, la costa esculpida por el oleaje ha sufrido un cambio estructural innegable. Una roca del lado más tranquilo del golfo tiene una estructura diferente de la de una roca golpeada por el implacable embate del océano Atlántico abierto. Si se vuelca el cargamento de arena de un camión en la costa occidental, se formará una pequeña playa. Si se vuelca en el lado atlántico, el mar en pocos días la habrá engullido.

LAS OLEADAS HORMONALES

Las oleadas hormonales afectan a los seres humanos en forma de ciclos que determinan su conducta. El cortisol, una hormona que segregan las glándulas suprarrenales, fluye en una ola que en la fase de avance nos despierta, activa nuestra memoria y nos mantiene alerta y con ganas de aprender. En su punto álgido, por la mañana, nos movemos más rápido, emocionados por el día que nos espera. Durante la fase de retroceso, cuando el cortisol toca fondo a las tres o cuatro de la tarde, estamos deseando echar una cabezada, comer chocolate o tomar café o alguna bebida con cafeína, lo que sea para recuperar la vitalidad de horas antes. Si sobrellevamos la ola de retroceso de cortisol, nos relajamos, bajamos el ritmo, nos cansamos y, si todo va bien, otra ola de hormonas nos ayudará a dormir profundamente durante la noche, dando al cerebro la oportunidad de eliminar las toxinas y el crecimiento excesivo acumulado por los estímulos del día. Si esta ola se interrumpe o se vuelve irregular por algún motivo —quedarnos despiertos hasta muy tarde, sufrir desfases horarios, pelearnos seriamente con un ser querido o vivir una experiencia muy traumática—, el neurocircuito cerebral se modifica y produce más olas que también se comportan de manera impredecible. Podemos pasar media noche en vela, inquietos y dándole vueltas a la cabeza. En el caso del trauma, si las hormonas suprarrenales no retroceden, los circuitos cerebrales cambian de una forma tan radical que resulta imposible aprender, relajarse o percibir las circunstancias y a las personas de otro modo que no sea como una amenaza.

Cualquier terreno, incluido el neurocircuito que impulsa los pensamientos, las emociones y la conducta, se ve alterado por esas oleadas. Es habitual que tanto las mujeres como los varones experimenten una oleada de cortisol durante el día. Si seguimos un horario más o menos fijo para despertarnos, hacer ejercicio, comer y dormir, y no sufrimos ninguna alteración biológica, las oleadas serán menos drásticas y el terreno se verá menos afectado.

A lo largo de la vida el cerebro y el sistema nervioso de un varón experimentan las oleadas hormonales que son comunes a todos los seres humanos: subidas y bajadas diarias de sustancias químicas que regulan el despertar, el sueño, la circulación, la respiración, el hambre, la sed, el pensamiento, el aprendizaje, el sexo y las emociones. En el cerebro del adolescente la glándula pituitaria estimula los testículos para que produzcan testosterona y se activa con fuerza el deseo sexual. Esto es emocionalmente muy importante para él, pues la necesidad de intimidad física se convierte en un impulso dominante, pero la ola de testosterona no actúa sola. La testosterona sube y baja a diario al compás del cortisol, por lo que las erecciones más fuertes son las matinales. Sin embargo, la vida del cerebro masculino es una única y sencilla ola que, como una melodía, sube en crescendo los primeros años de la edad adulta y desciende suavemente en la vejez. La ola de testosterona avanza de forma predecible y en armonía con el contrapunto de las olas hormonales que controlan diariamente los demás impulsos básicos.

Mientras tanto, en el cerebro femenino se va gestando algo diferente. El hipotálamo de una niña de entre seis y trece años envía una señal a la glándula pituitaria para que libere varias oleadas de hormonas. Una de ellas es la suprarrenal, que despierta los pequeños centros de control hormonal, es decir, las glándulas suprarrenales, que se encuentran encima de los riñones, pidiendo una oleada de la hormona andrógena DHEA. La DHEA, que es como un pequeño torrente de energía, excitación y alegría de vivir, recibe a menudo el nombre de hormona madre porque se transforma en estrógenos y testosterona. Y la testosterona, tanto en las mujeres como en los varones, impulsa el interés por el sexo.

El comportamiento de la preadolescente se vuelve un poco irritable. «No me toques el pelo.» «Para de mirarme.» «No me hables.» «Déjame en paz.» Otro de los efectos de la oleada suprarrenal es que estimula su sistema nervioso a través del cortisol, la adrenalina y la DHEA, lo que en las cantidades adecuadas mejora su capacidad para aprender cosas nuevas y recordarlas, y activa la vigilancia esencial para detectar el peligro y actuar en consecuencia. La adrenalina, junto con un poco de cortisol, la prevendrá contra salir sola a altas horas de la noche o la hará más consciente si un día cruza sola un aparcamiento desierto.

Este mismo proceso en el que el hipotálamo avisa a la glándula pituitaria desencadena otra interacción hormonal, una única y compleja danza de olas que chocan y retroceden en las orillas del cerebro y los ovarios. Dos sustancias químicas procedentes de la glándula pituitaria, la hormona luteinizante (LH) y la hormona foliculoestimulante (FSH), enviarán a los ovarios la señal de producir los estrógenos necesarios a fin de preparar óvulos que maduren para la fecundación y de revestir el útero con un cojín blando para que se adhiera el óvulo fecundado. En la mayoría de las mujeres, los estrógenos se multiplican por ocho durante el ciclo menstrual. Los estrógenos arrastran un pequeño vagón de oxitocina, la hormona del vínculo afectivo; ambos forman un gran equipo para las mujeres. Cuantos más estrógenos, más oxitocina. Aunque los varones también tienen oxitocina, sus niveles son mucho más bajos. En la fase de avance de la ola, los estrógenos y la oxitocina contribuyen a que las mujeres flirteen más y se muestren más afectuosas y tiernas.

Estas oleadas de LH, FSH, estrógeno, oxitocina y testosterona reorganizan temporalmente las redes cerebrales y potencian atributos como la memoria, el lenguaje y el afecto, que alcanzan su nivel más alto en torno a la ovulación. Sin embargo, a los pocos días de ésta los estrógenos caen en picado, y dejan tras de sí sobre todo progesterona y un aguijón de testosterona. La glándula pituitaria hace descender la oleada de LH y FSH mientras que los ovarios producen el remanente de progesterona que a los cuatro días se llevará por delante el entusiasmo extrovertido y sociable, y con él, como hebras de algas perdidas en la marea, los circuitos cerebrales del interés por las conexiones sociales y la capacidad de comunicación. Aunque la progesterona envía señales al endometrio para que siga engrosando, también estimula el deseo de introspección, disminuye la agudeza mental y aumenta la sensibilidad al dolor. En la mayoría de las mujeres, la progesterona se multiplica por ocho en esos momentos. La progesterona en forma de metabolito, la alopregnanolona (ALLO), incrementa la actividad gabaérgica del cerebro. GABA, conocido como el Valium natural, es el principal sistema depresor de la actividad cerebral; es la actividad gabaérgica del sistema que inhibe el crecimiento, la conectividad y la estimulación impulsados por el estrógeno. Si no fuera por estos frenos tendríamos convulsiones todo el tiempo, o al menos estaríamos nerviosos y ansiosos siempre. Todo el sistema nervioso tiene receptores gabaérgicos influenciados por un metabolito de la progesterona ALLO, que envía una señal tranquilizadora y sosegante, y crea ese momento del mes en el que lo que más nos apetece es quedarnos en casa viendo películas románticas y comiendo bizcocho o helado. ALLO es lo que hace que nos sintamos increíblemente serenas durante la primera mitad del embarazo. Pero lo bueno también se acaba, y ya se sabe lo que viene después: el síndrome premenstrual, la hinchazón, los dolores menstruales y el sangrado que llegan con la caída drástica de la progesterona, arrastrando consigo el metabolito. En los dos últimos días del ciclo, cuando la progesterona toca fondo y prepara el endometrio para que se desprenda, nuestro estado de ánimo nervioso y decaído lo impregna todo. Lloramos durante los anuncios de la televisión en los que salen adultos abrazando a bebés y cachorros. El cerebro puede recibir una señal igual de potente por un disgusto personal que por el comienzo de una catástrofe global.

NEGATIVO Y POSITIVO

El cerebro humano está particularmente condicionado por el sesgo de la negatividad, por lo que no le cuesta nada concentrarse en un acontecimiento malo y dejar de lado todo lo bueno. Cuando vivíamos en la naturaleza, este particular sesgo cognitivo nos servía para grabar en nuestra memoria la ubicación del abrevadero donde habíamos visto un león devorando un antílope y advertir de ello a los demás. Ahora el sesgo de la negatividad es lo que nos hace estar ávidos de advertencias aterradoras o de las últimas noticias sobre alguna catástrofe, y lo que explica por qué las buenas noticias enseguida se disipan. Según la descripción de algunos neurocientíficos, el cerebro actúa como velcro para la negatividad y como teflón para la positividad.

Los circuitos cerebrales femeninos, intensificados por la fuerte caída mensual de la progesterona —desciende casi ocho veces—, pueden sumergirse en un mar de depresión. Si la progesterona se consume químicamente a través de la píldora anticonceptiva o si se administra en una dosis demasiado alta en una terapia hormonal, puede aumentar drásticamente la depresión en una mujer susceptible e incluso duplicar el riesgo de que se suicide.

A medida que las oleadas de neuroquímicos se estrellan y disminuyen en el cuerpo de una mujer, encienden y apagan interruptores y receptores genéticos que alteran hasta en un 25 % las conexiones del cerebro femenino con una periodicidad de entre veintiséis y treinta y cinco días. Las olas provocan diferencias radicales de la realidad semana a semana: pasamos de sentirnos simpáticas, inteligentes y positivas a tener un filtro mental que considera negativos y críticos los comentarios y las interacciones con los demás. El avance y el retroceso de estas olas tienen una amplitud de alta frecuencia; en el transcurso de la vida de una mujer esta dramática sacudida rehace unas quinientas veces el terreno del cerebro femenino.

El embarazo, el parto y la crianza de los hijos traen un viento fuerte y constante, mareas permanentemente altas, cambios climáticos y la formación de nuevas masas terrestres, y todo ello hace que el cerebro de una mujer piense, actúe y viva para cuantos hijos tenga, ya sean dos o diez. Como en la nebulosa cerebral durante el embarazo, el disco duro que tiene de sí misma en el cerebro se borra para codificarse de tal modo que priorice, por encima de todo, a la prole. La falta de claridad mental es una secuela de los grandes reseteos cerebrales que se dan durante la pubertad, el embarazo, el posparto, la transición y la renovación. Soltamos comentarios inoportunos, perdemos las llaves o nos olvidamos de apuntar en el calendario la reunión que acabamos de organizar: todo ello son pruebas de que el córtex frontal se desconecta para permitir que el cerebro emocional-límbico tome el control, alterando de forma innegable e irrevocable el paisaje biológico femenino.

A toda acción le corresponde una reacción igual pero en sentido contrario. Del mismo modo que el péndulo del proceso homeostático oscila con fuerza en la dirección opuesta al cambio, la acción irá más lejos de lo previsto en su intento de alcanzar un equilibrio preciso y estático que —en un entorno siempre cambiante— tal vez nunca llegue. En el cerebro femenino las correcciones de rumbo se producen a gran velocidad todos los días durante unos treinta y cinco años.

La transición a la renovación puede hacer aún más violenta la lucha ya de por sí frenética por la homeostasis.

A finales de la treintena y principios de los cuarenta años de una mujer, empieza a disminuir ligeramente la producción de DHEA suprarrenal (recordemos que se convierte en estrógenos y testosterona) y estrógenos ováricos. El hipotálamo y la glándula pituitaria, adictos al estrógeno desde la pubertad, enviarán un fuerte torrente de LH y FSH, exigiendo el alivio de los síntomas de esa retirada. Los ovarios responden con un tsunami de estrógenos que desestabiliza aún más el cerebro y el cuerpo. Los estrógenos tienen un profundo impacto en las facultades cognitivas, la memoria, la agudeza mental y el estado de ánimo, y un pico puede provocar pensamientos dispersos y mucha irascibilidad. Al pico de estrógenos le sigue una drástica resaca de progesterona. La extroversión afectuosa causada por el estrógeno y la oxitocina se ve interrumpida por la irritabilidad, la tristeza, el pensamiento disperso y el pesimismo, especialmente cuando la progesterona cae con fuerza tras un aumento brusco. La mujer en transición se vuelve irritable. El comportamiento que provocan las imprevisibles oleadas de hormonas puede ir desde «No me toques» hasta «Sal de mi vida».

Los ciclos menstruales se vuelven irregulares cuando no se produce un aumento de estrógenos o de progesterona debido a la ausencia de ovulación; es en la ovulación cuando se envía una señal al revestimiento interno del útero para que continúe creciendo. Por lo general, la progesterona entra en acción cuando los estrógenos disminuyen, manteniendo el revestimiento grueso y listo. Si no hay embarazo, la progesterona desciende bruscamente y ordena que se desprenda. Sin progesterona no habrá ALLO para calmar el cerebro y el sistema nervioso. Y sin un descenso de la progesterona el revestimiento uterino no se desprenderá hasta que se vuelva demasiado pesado. En ese momento el sangrado puede ser más abundante.

No todas las mujeres lo viven de la misma manera, pero para el 30 % de las que experimentan una versión radical de la transición, el desenfrenado vaivén de esta tormenta neuroquímica dura entre dos y catorce años, y la demanda de hormonas por parte de la glándula pituitaria provoca cambios de humor y de conducta extremos. Las señales de las palpitantes células de la GnRH (la hormona liberadora de gonadotropina) del hipotálamo, que iniciaron todo el proceso en la pubertad, se disparan hasta que quedan atascadas en un nivel alto, como Maria Callas dando lo mejor de sí misma para entonar una nota interminable ante una sala de conciertos vacía y oscura.

La biología del cuerpo va unida a la supervivencia. Cada vez que un sistema empieza a apagarse, el organismo entra en pánico. Este pánico, que se transmite a través del sistema nervioso, se convierte en un motor inconsciente del pensamiento, las emociones y la conducta. ¿Tiene una salida? ¿Puede hallar alivio? El córtex prefrontal, la zona del cerebro humano por antonomasia que genera perspicacia, puede calmar la amígdala asustada y decirnos, a través del análisis, que eso no supone una amenaza para la vida. Podemos aprender a distinguir entre el pánico biológico y una amenaza real, y ver que la versión que proyectan las neurohormonas no se corresponde con nuestra verdadera identidad, aunque no lo parezca cuando las olas de la tormenta se estrellan en el acantilado.

No hay ningún corolario masculino de este proceso. Aunque el material cerebral básico de la mujer y del varón son casi iguales, existe una diferencia estructural cuantificable debida a las oleadas que hemos descrito. Al igual que las dos costas de los Cayos de Florida, o la costa del Caribe y la del Pacífico en Costa Rica, el entorno, la estructura y la experiencia se ven radicalmente alterados por la fuerza y la frecuencia de las olas.

RESILIENCIA

La esencia de ser mujer está en las oleadas, que fortalecen el poder femenino esencial de la resiliencia o la capacidad de volver rápidamente a una zona de bienestar cuando el sistema, o la persona, ha quedado descolocado. Es el factor más determinante para que un sistema no sólo sobreviva, sino que alcance su máximo potencial. La resiliencia sólo puede construirse y reforzarse a partir del embate de fuerzas desestabilizadoras, como las oleadas que experimenta el cerebro femenino.

La capacidad para sortear esas oleadas en medio de las tormentas neuroquímicas se refleja en la psicología femenina como la esencia del coraje, la fortaleza, la voluntad, la capacidad de actuar y el poder. Las oleadas provocan el sufrimiento justo para ayudarnos a conectar con nuestras mejores cualidades. La danza de la juventud, de las hormonas que nos atraparon en la esfera de la adquisición incesante —matrimonio, hijos, carrera profesional, dinero— termina cuando los ovarios se vuelven sordos a la señal del cerebro que pide estrógenos, testosterona y progesterona.

El entrechocar de esas olas impresionantes está limpiando el disco duro para prepararlo para la renovación, un estado que puede calmar la hipervigilancia del cerebro en torno a la supervivencia, los hijos y las relaciones, y eliminar los filtros de la preocupación por el qué dirán. Al cruzar la puerta de la renovación recuperamos la capacidad para ver nuestra faceta más positiva y auténtica. Hemos atravesado el fuego para abrazar nuestro verdadero poder. Hemos salido de la tormenta para adentrarnos en la sabiduría. Descubrimos que lo que creíamos que eran poderes femeninos, los poderes menores de la sexualidad de la mujer, sólo eran decorativos.

COMUNIDAD

El caso de las mujeres se asemeja al de los veteranos de guerra, que experimentan cambios en su mente y sistema nervioso, y mantienen vínculos entre sí a causa de las traumáticas experiencias vividas. Las comunidades de veteranos se reúnen y comparten un fuerte sentimiento de camaradería. Las mujeres que nos hallamos en la transición y la renovación sabemos instintivamente que quien no ha estado en el frente de esta particular batalla hormonal nunca nos entenderá del todo.

La renovación no nos devuelve una versión anterior de nosotras mismas. La joven que dejamos atrás se queda en el pasado. Hemos cambiado para siempre después de décadas viviendo en una zona de guerra biológica, sintiendo que se nos empujaba al límite una semana tras otra, con sustancias químicas que activan y desactivan a un ritmo vertiginoso los genes relacionados con la lucha contra las enfermedades, el estrés, el deseo sexual y la agudeza mental. Esa zona de guerra nos ha convertido en lo que somos, seres viscerales que se emplean a fondo para percibir y comprender la realidad y a las personas que las rodean.

En la renovación reconocemos que nuestro instinto visceral nos hace más fuertes. A eso se añade la asimilación de información, que ocurre tan rápido que hay poco tiempo para desentrañarla. Pone en primer plano nuestras neuronas espejo, que son más accesibles, y que nos permiten entender el sistema nervioso de los demás y compenetrarnos con ellos. No es que los hombres no tengan un sistema visceral similar; lo que ellos no tienen son oleadas hormonales que los sensibilice y los fuerce a abrirse y a estar plenamente disponibles.

A menos que aparezca un cromosoma Y, todos los embriones serán femeninos. El útero, los ovarios y el clítoris se desarrollarán sin una producción constante de testosterona. La mujer es el género principal. Las olas son la primera fuerza de la naturaleza. El varón es la costilla femenina, el segundo sexo que no ha sido alcanzado por las olas, y funciona en una zona de bienestar más reducida. El poder femenino baila fuera de esa zona, sabiendo que de la sacudida de la normalidad saldrá transformación, no destrucción.

Del estado natural asociado con nuestra biología surge una ferocidad innata. Típicamente femenina, esa ferocidad nos empuja a denunciar las cosas cuando van mal, a pedir a gritos el cambio cuando el sistema más amplio está en peligro, a exigir condiciones laborales más seguras cuando nuestras hermanas se queman vivas en una fábrica de camisas o a soportar el ridículo mientras luchamos por salvar el planeta del catastrófico cambio climático provocado por el hombre, repito, por el hombre. Esto es lo que somos; algo grande, no algo que hay que tapar, sofocar o ignorar. Son nuestros extremos biológicos los que pueden marcar la diferencia desde un punto de vista emocional y social. Somos el agente del cambio. Nos transformamos de tal modo que tenemos más espacio para contener toda esa energía y potencial.

Pensemos en lo que ocurre cuando toda esta transformación se asienta, en lo mucho más preparadas y fuertes que nos encontramos para afrontar los cambios de la vida diaria, y en la oportunidad que significa que la creatividad salga a la luz, pues los circuitos cerebrales que estaban ocupados casi todo el tiempo en gestionar las oleadas ahora están libres y podemos utilizarlos como mejor nos parezca, creando una nueva realidad para lo que podría ser el mejor momento de nuestra vida. La biología determina el destino, a no ser que sepamos cómo actúa en nosotros. La pregunta es: ¿cuál queremos que sea nuestro destino?