—¿Cómo te encuentras, Ares?
Desde hace tres años, mi terapeuta, Margarita Valls, me hace la misma pregunta el último viernes de cada mes. Y, aunque debería dejar de sentirme incómoda después de tanto tiempo de terapia, aún me resulta extraño e inapropiado hablar de mis cosas con una profesional y no con una amiga.
Eso no quiere decir que no le tenga algo de aprecio, dado que en terapias prolongadas se acaban creando vínculos, pero no es lo mismo que un rostro entrañable que ha vivido contigo muchas experiencias te escuche con una cerveza en la mano que pagar para hablar solo de tu supuesto trauma. Algo que hago entre cuatro paredes blancas, con estanterías del mismo tono repletas de libros, y un orden poderosamente obsesivo por la degradación de los colores. Yo las llamo «lejas Pantone».
Margarita es rubia, de melena lisa y corta, y creo que es de las pocas mujeres a las que esas gafas gatunas de pasta negra le quedan bien. Habla en voz muy sosegada y entre susurros. Por supuesto, es sobria vistiendo, casi siempre con trajes de chaqueta y pantalón de tonos cremas y claros. Pocas veces la he visto con uno oscuro. Le gusta llevar blusitas blancas debajo, y sus uñas siempre están pintadas de rojo.
Su consulta está en Canonge Baranera, una calle del centro de Badalona, que es donde yo vivo. Siempre que voy a verla llevo a cabo el mismo ritual. Justo antes de llamar al timbre para que me abra, me echo un vistazo rápido en el espejo del escaparate lateral de la perfumería que hay justo pegada a su puerta, donde reposan los perfumes más caros. Luego me peino la melena castaña oscura con los dedos, como si fueran las púas de un peine, me remuevo el pelo un poco y me aseguro de que el rímel no se haya corrido en mis ojos extraños.
Sé que es insólito, muchas cosas en mí lo son, pero mi tono de ojos es violeta intenso, como los de Elizabeth Taylor. Mi piel es blanquita, con algún lunar repartido por mi rostro, lo suficientemente llamativo como para que te fijes en ellos y te distraigan. Tengo uno debajo del párpado izquierdo, otro encima de la ceja derecha y dos pegaditos en el pómulo que parece que me los hayan pintado con rotulador.
Me fijo mucho en la estructura física de las personas porque soy ilustradora de cómic y me apasiona la fisionomía y las armonías y cómo todo esto puede influir en la personalidad de cada individuo. Mi rostro tiene forma de triángulo invertido, también llamado «de corazón». Mi barbilla no es nada prominente y es delicada, tengo los pómulos bastante altos, aunque mi frente no es demasiado ancha.
Margarita tiene la cara cuadrada, con rasgos muy marcados, ángulos pronunciados y maxilares prominentes que sabe suavizar con el estilo de su pelo rubio y las lentes. Es una mujer atractiva y se sabe sacar partido.
Cada vez que entro en su consulta, me sonríe, sentada con una pierna encima de la otra, siempre la derecha, y me señala el sillón orejero que hay frente a ella. Es la zona de charla, del tête à tête. Este reposa sobre una alfombra circular que crea un efecto tridimensional un tanto sorprendente por las líneas negras y blancas, que parecen absorberte como si te cayeras en el agujero de Alicia en el País de las Maravillas. No es relajante, pero sí muy hipnótico.
También me parece hipnótico el modo en que su pie, embutido en un mocasín caro con suela tipo plataforma, palpita siguiendo el ritmo pausado del latido de su corazón.
En su consulta hay silencio, alguna vez interrumpido por el ruido procedente de la calle comercial a la que da su ventanal. Pero incluso eso me gusta, el hecho de que, aunque el tiempo se detenga ahí adentro, fuera todo siga fluyendo.
—Estoy bien, como siempre —contesto.
—¿Duermes bien?
¿Que si duermo bien? Desde el incidente, no hay una sola noche que duerma del tirón.
—Duermo algunas horas. Nunca seguidas, ya lo sabes. Pero lo suficiente como para estar activa durante el día.
—¿Te tomas la medicación que te recetaron?
—No. —No me gusta mentir. De hecho, soy malísima haciéndolo. Posiblemente, ese es uno de los motivos por el que el incidente me afectó tantísimo, porque no tuve forma de demostrar nada y, a ojos de los demás, parecía que me lo hubiese inventado todo.
Margarita asiente y apunta algo en su libretita negra. Esa es solo para mí. Y, como mínimo, tiene treinta y seis capítulos, que son el número de veces que la he visitado desde que empecé a venir. Todo un novelón.
Para mí es complicado explicar por qué estoy yendo a terapia desde hace tres años. Las razones se desdibujan en mi mente y no tengo nada sólido a lo que agarrarme, ni siquiera sé qué me dispara la ansiedad nocturna y no tengo nada ni nadie a quien culpar de ello. Pero lo hay. Que yo no lo vea, no quiere decir que no exista. Si de algo estoy convencida es de que a mí me pasó algo; algo muy malo.
—Tu mente necesita descansar bien, Ares. Por eso es bueno que hagas caso a los profesionales y te tomes lo que te recetan.
Asiento y me dejo distraer por el sonido del segundero del reloj de pared. Mi trabajo hace que sea muy observadora con todo tipo de detalles y me puedo abstraer con facilidad.
—Lo sé. No estoy diciendo que la medicación sea mala. El problema es que es mala para mí. Porque necesito estar muy despierta para trabajar y las pastillas me amuerman. Así que aprovecho el insomnio para avanzar en mi trabajo.
Me encojo de hombros, porque no le puedo dar otra respuesta más fiable que esa.
Sé que Margarita querría ver en mí una mejoría más pronunciada, pero también hemos llegado a un consenso no limitante en el que aceptamos que necesito mis tiempos y mi espacio y que a mí las pastillas no me funcionan, porque mi mente es creativa y si está drogada, no produce.
Y ella no va a presionar más de la cuenta.
—¿Y tus pesadillas? ¿Cómo van?
—Sigo teniéndolas. Y es siempre la misma secuencia cada noche. Me despierto con taquicardias y con el cuerpo envuelto en sudor… Después se me pasa y me vuelvo a dormir.
—¿Y hay algo más trascendente? ¿Algún detalle más que recuerdes?
—No. —Me aclaro la garganta—. Lo mismo de siempre: la tierra húmeda bajo mi cabeza y mi cuerpo, la ropa empapada, la soledad del bosque, la lluvia cayendo sobre mi piel y mis ojos, las copas de los árboles, el dolor de cabeza… —explico, ya sin emoción. Lo he hecho tantas veces que se ha convertido en un automatismo—. Y esas dos hojitas entre mis dedos, en forma de corazón, con motitas amarillentas…
Margarita achica la mirada y asiente meditando sobre ello.
—¿Olores?
—Más allá del de la lluvia y el musgo… —Sacudo la cabeza en una negativa—. Nada más que pueda evocar.
—¿Sensaciones, ruidos, ideas, por muy fugaces que sean?
—No. Sé que seguimos en el mismo punto que empezamos.
—Respecto a esto sí. Es que tenemos tan poco con lo que trabajar… —lamentó—. Yo estoy de tu parte, Ares, pero tenemos que incidir más en ello. Necesitamos más elementos a los que agarrarnos.
—Lo sé. Créeme que no dejo de decirle a mi cabeza que se esfuerce, pero es imposible recordar nada cuando te quedas inconsciente. No es que mi mente esté traumatizada y no sea capaz de revelarme lo que sucedió.
—Bueno, eso lo decidimos los especialistas.
—No. Eso lo sé yo. No me acuerdo porque no estaba consciente —aclaro. Antes repetía esas palabras con más vehemencia, deseosa de que me creyeran. Ahora lo hago con resignación.
—La represión está ligada al trauma. Puedes ser víctima de ese deseo de olvidar, pero es muy complicado eliminar completamente algo que te dejó una herida, aunque no seas consciente de ello.
—A mí no me dejó una herida, Marga —sentencio muy seria—. Me dejó confusa, perdida, vacía, con una disociación galopante y algo que estará conmigo toda la vida que hace que ni siquiera pueda odiar o rememorar con dolor lo que me pasó. Como si no tuviera derecho a hacerlo.
Marga no es la única que insiste en que mi mente oculta aquella experiencia para no hacerme más daño. Se cree, como todos, que no quiero recordar o que prefiero imaginarme lo que sucedió. Pero nadie desearía poder revivir aquello más que yo.
Solo así sabría a lo que sujetarme, sabría qué reprochar, podría haberme sentido orgullosa por pelear y recordar que intenté, por todos los medios, evitarlo. Pero no se me dio esa oportunidad.
—Está bien. —Remarca algo con el bolígrafo dorado en la hoja de su cuaderno—. ¿Te mencioné que hay otras alternativas para recordar sucesos traumáticos?
—Sí. Nada de eso va a funcionar. Y no quiero probar nada más.
—Ares —me dirige una mirada comprensiva—, entiendo que estés frustrada. Son muchas visitas, es una terapia que está teniendo mucha continuidad en el tiempo y que, aunque no te esté ayudando a resolver qué te pasó, sí lo hace en otros aspectos de tu vida. No ha sido fácil para ti. Estás aprendiendo a confiar de nuevo —me anima sutilmente—, llevas tu vida con muchísima dignidad y valentía y has aceptado dejar de castigarte por algo que no pudiste controlar y tener resiliencia. —Sonríe con la intención de hacerme sentir mejor—. Lo estás haciendo bien.
Si ella lo dice, será que es así. Total, ella es la experta y yo soy solo una paciente más de todas las que tiene.
—¿Qué tal te está yendo con Hugo?
Hugo ha sido, desde que entendí que algo no iba bien en mí, uno de mis mayores apoyos. Fue el único que me tomó en serio cuando fui a denunciar. Él recogió mi declaración, me escuchó y tuvo el tacto que no tuvieron sus compañeros, que me tomaron por una loca inventiva que quería hacerse notar. Nada me dio más vergüenza que eso: que se rieran de un modo sibilino y disimulado pero igual de ofensivo para mí. Incluso habiendo compañeras cerca, que deberían haber sido mucho más comprensivas por ser mujeres y por todo ese tema de la sororidad que tanto valoro, no mostraron nada de empatía hacia mí.
No las culpo, igual se han hartado de ver muchas denuncias de las que un alto porcentaje eran falsas. Pero, del mismo modo, yo podría haberles dicho que, de esas que consideraron falsas, muchas acabaron con una mujer bajo tierra. Sin embargo, no me convenía tenerlos en contra, no creo que les hubiera gustado que les dijera eso.
Hugo fue el báculo humano que me sostuvo. Un báculo humano con el pelo rasurado, rubio y de ojos marrones muy claros que sabía que era muy atractivo y cuyas facciones podrían servir para la construcción de cualquiera de mis personajes.
Pero la atracción no fue lo que hizo mella en mí. Donde otras veían un hombre guapo y atractivo, yo solo veía ojos y orejas. Porque me escuchaba y su mirada no me juzgaba. Y eso, para mí, lo era todo.
Mi caso no trascendió, nadie quería ir tras el hombre invisible. Pero, aunque la investigación no prosiguió, continuamos teniendo contacto.
Con el tiempo, nos fuimos haciendo amigos. Y después de mucho insistir, de años de amistad, acepté que, tal vez, me gustaba más de lo que admitía y accedí a salir con él.
Llevamos dos meses juntos.
Margarita valora mucho que haya dado ese paso para intentar relacionarme de manera íntima con un hombre. Pero ni siquiera en eso tengo derecho a encontrarme mal ni a dudar… porque considero que intimar nunca ha sido un problema para mí. No sé a lo que temer, aunque tal vez le tema a todo, a esa inseguridad permanente que hace que tenga dudas hasta de mí misma.
Solo espero que estas sensaciones desaparezcan de una vez por todas. Pero sé que hasta que no sepa la verdad, no podré vivir la vida con normalidad.
Igual «normalidad» es una palabra que me queda muy grande.
—Bien —contesto finalmente—. Estamos yendo poco a poco.
Asiente sin pretensión alguna.
—¿Qué sientes por él?
—Me siento a salvo cuando está cerca. Y eso es mucho más de lo que podía haber dicho hace unos años.
—¿Es porque es subinspector? ¿Porque es una figura de la autoridad? ¿O es por algo más emocional e íntimo?
—Supongo que confío en él. Y ya está. Con él todo es fácil. Creo que no necesito complicaciones.
Ella vuelve a escribir algo en el cuaderno. Parece orgullosa de oírme hablar así.
—¿Y… habéis intimado?
Me rasco la cabeza un segundo y hago un mohín incómodo.
—Estamos en ello.
—¿Qué significa eso?
—Que mantengo las distancias. No porque no me guste… Las mantengo porque creo que debo hacerlo.
—¿Porque temes que te vuelvan a hacer daño?
—No. Porque temo hacerle daño yo a él. Hugo es bueno y noble… Pero no sé lo que siento por él con exactitud. Me gusta, nos besamos, nos tocamos… Sería muy sencillo quererle. Y me ha apoyado más que cualquier otro a mi alrededor. Pero no quiero estar con él solo por gratitud. Sé que debería interesarme en un hombre así, alguien en quien poder confiar, bueno, guapo, trabajador. Pero hay algo en mí que me dice que sería muy mala si lo eligiera a él solo porque hace que mi zona de confort sea perfecta.
—¿No estás enamorada?
—No.
—¿Necesitas estar enamorada para intimar y tener sexo?
—No. Pero siento que sería injusta con él si accedo a ello sin desearlo plenamente.
—Ares… —Frunció el ceño—. ¿Has tenido sexo con alguien más en este tiempo?
—Si te dijera que sí, creerías que te he estado mintiendo en estos tres años. —A veces, me gusta increparla un poco.
—Nunca he pensado que mintieras.
—No. Solo crees que estoy en negación.
—¿Vas a responderme a la pregunta?
—No he sentido la necesidad de tener sexo. Nadie llamó suficientemente mi atención —resoplo—. Aunque tampoco es que haya tenido demasiada vida social, dada mi situación. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que he salido de fiesta o he ido a alguna reunión social que no tuviera que ver con salones del cómic o eventos literarios. En esos lugares conoces gente, pero no ligas.
—¿Sigues sintiendo atracción y deseo sexual?
—Sí. Sigo viendo a hombres por la tele y pienso que sería maravilloso llevármelos a la cama. —Ella se ríe—. ¿Eso es sentir deseo?
—Pues sí —asume mordiéndose el carrillo interno derecho.
—Pero está claro que no voy a intentarlo con el primer hombre bueno que se me cruce. Y sí, a pesar de todo, sigo creyendo que hay hombres muy buenos. Hugo es uno de ellos. Pero no por eso nos iremos a la cama.
—Sigues siendo exigente, entonces.
—¿A qué te refieres?
—A que eres selectiva. Tienes veintisiete años, eres una profesional prolífica y con buena reputación en tu carrera, y muy guapa…
—Gracias.
—Es la verdad, Ares. Tu libido está intacta, eres una ilustradora conocida de cómic, y tu perfil de Instagram tiene muchos seguidores que bombardean tu obra con piropos y te dicen lo guapa que sales en las fotos. ¿Cómo te sientes al respecto? ¿Te incomoda?
—No. No me incomoda. Me siguen por mi trabajo y si les gusto yo, pues es algo bueno para mí y también para mis ventas. Además, que me sigan por eso no significa que me conozca todo el mundo. Ni siquiera aquí, en Badalona, me conocen. Aquí me hacen ghosting. —Ella vuelve a reír y niega con la cabeza—. El mundo del cómic es pequeño, impopular, pero está repleto de grandísimos seguidores. Y yo los disfruto, aunque estén muy lejos.
—¿Y no temes que se obsesionen contigo o que te hagan algo?
—Nunca tuve miedo a que me hicieran algo. Nunca pensé en eso. Hasta que me ocurrió en el lugar y en el momento más inesperado. Que me echen piropos en Instagram es el menor de mis problemas.
Sé que mi manera de contestar, nada tímida ni retraída, puede tomar por sorpresa a mi terapeuta. Pero creo que es un sello de las mujeres de mi familia. Las Parisi decimos la verdad siempre, aunque duela o disturbe.
—A las mujeres que pasan por tu situación les cuesta intimar y se sienten culpables por sentir deseo hacia cualquiera. Se sienten agredidas por los piropos o insinuaciones sexuales y no disfrutan de la compañía de un hombre o de estar en lugares demasiados expuestos o desprotegidos. Tu perfil, Ares, es completamente distinto.
—Yo no me siento culpable por eso —reconozco—. Me siento culpable por no poder recordar.
—Lo sé. Pero estoy hablando de la huella que deja en una mujer una experiencia de ese tipo. No concuerdas con nada de eso. Por eso es más difícil dar con la tecla que pueda desbloquearte.
—Yo no necesito que me desbloqueen. Tengo muchísima memoria, me quedo con muchos datos, no se me olvidarían cosas así a no ser que alguien se hubiese metido en mi cerebro y lo hubiese eliminado. Y estamos de acuerdo en que eso no ha podido suceder, ¿no?
—No.
Exhalo, agotada de discutir por algo que, después de tanto tiempo, sigue sin entender.
—Solo necesito justicia. Y la justicia no me creyó en ningún momento. Pero mi familia tampoco —asumo sin darle más importancia de la que hoy tiene.
—¿Te sientes juzgada? —Apunta un par de palabras nuevas en el cuaderno.
—Tú lo has dicho. Todas las mujeres que pasan por un episodio así se sentirán juzgadas de un modo u otro. Mi madre todavía tiene dudas de que me pasase algo, mi abuela prefiere callar y observar, mi mejor amiga, Lu, aún cree que fue un error de una noche en la que iba demasiado borracha. Yo soy la única que, sin tener pruebas, sabe la verdad, porque es algo que siento e intuyo muy dentro de mí. Todos creen que si me hubiese sucedido algo, tendría pavor por intimar o por tener relaciones con hombres, y no es mi caso. —Tener que dar explicaciones racionales siempre me agota, porque todas me llevan al mismo lugar—. Marga, no me da miedo el sexo. No me da miedo salir a la calle. Solo me siento desorientada porque tengo mucha rabia dentro y no sé contra quién o qué debo dirigirla. Así que, me sucediera lo que me sucediese, ni siquiera puedo sanar el trauma en condiciones para demostrar que sí estoy rota. Que sí me pasó algo. Sé lo contradictorio que suena todo, pero a mí me ocurrió algo que no tiene mucha explicación empírica y que, en cambio, sí ha transformado mi vida de cabo a rabo. Y lo veo todos los días. Y lo peor es que ni siquiera puedo lamentarlo.
Marga juega a darle vueltas al bolígrafo como si fuera una vedete experta. Frunce los labios y arquea las cejas rubias por encima de la montura de pasta negra de sus gafas.
—Ares…, todo pasa por la aceptación. Tienes que aceptar lo que te sucedió. Tu dificultad para admitirlo tiene efectos psicosomáticos incluso en tu cuerpo. Ya te ha pasado otras veces en las que te has negado a creer lo que te pasaba. Y mientras lo sigas haciendo, no podré ayudarte como mereces.
Asumo sus palabras con resignación. Pero no estoy de acuerdo con ella. Margarita me ha ayudado a encontrar un equilibrio en el que poder moverme con seguridad. Eso se lo agradezco. Pero pretende que afirme algo que no sucedió.
Ella baraja dos opciones. La primera: que alguien de mi círculo abusó de mí y que la negación me impide reconocerlo.
La segunda: que cometí un error que me causa mucha vergüenza, hasta el punto de haber querido ocultárselo a todos, y que me llevó a negar lo que estaba sucediendo en mi cuerpo.
Ambos casos reafirman que fui consciente de lo que pasó. Y que soy yo la que no quiere recordar.
En ningún caso nada de eso es cierto.
Puede que este sea el último viernes que la visito.
Aunque, para ser sincera, llevo diciendo lo mismo cada viernes desde que la conocí. No voy a negar que me hace bien desahogarme y hablar con ella, pero sé que nunca, jamás, defenderá mi posición. Porque las terapeutas buscan grietas y heridas para empezar a sanarlas, y las buscan en el pasado, en el recuerdo.
Pero si yo no recuerdo, ¿cómo me va a ayudar?
Una de las cosas que hago los viernes de terapia es ir al lugar donde sucedió el incidente. Me acerco con la moto eléctrica, una Super Soco 125, y me interno hasta el lugar donde desperté.
No voy porque sea masoquista, ni porque me guste sufrir ni porque haya desarrollado algún tipo de dependencia emocional tipo Estocolmo. Lo hago porque necesito saber que puedo volver a caminar por esos lares, sin miedo. Como siempre he hecho.
Sí, también sé que eso no es muy común. La mayoría de las víctimas de un abuso nunca vuelven al lugar de los hechos, se encierran en sí mismas y, muchas veces, tienen miedo a adoptar roles de su vida pasada. Y es normal, porque temen volver a ser quienes eran por miedo a que les vuelva a suceder. Esa es una de las cruces principales con las que cargan las víctimas: con culparse de algo de lo que no fueron responsables.
Yo no me culpo. No le temo al lugar. Ni le temo a la persona que no vi.
Pero no le he mentido a Margarita. Tengo mucha ira en mi interior, demasiada frustración, y temo, ya no por mí, sino por todas las que puedan haber pasado por lo mismo que yo y por todas las que, en un futuro, vayan a pasar por eso. Hoy tengo más razones que nunca para preocuparme.
Por eso intento estar ahí, rodearme del olor, de las vistas, del ambiente para ver si así puedo rememorar algo, por ínfimo que sea, que me ayude a comprender mi presente.
Estoy sentada justo en la piedra en la que desperté casi cuatro años atrás con una brecha en la parte occipital de la cabeza.
Acababa de llegar de mi aventura universitaria en Estados Unidos, donde había estado estudiando gracias a una beca por mi brillante expediente académico del bachillerato artístico y también porque buscaban atletas. Resulta que tengo muy buena condición para correr. No sé qué pesó más, si una cosa o la otra. Pero la cuestión es que me fui a hacer la carrera de Ilustración a San Francisco y me quedé un año más para realizar el Máster en Cómic e Ilustración Editorial.
Cuando regresé a España y volví a Badalona hace cuatro años y medio, quise retomar mis rutinas. Me iba a comer el mundo. Trabajaba para DC Comics en la distancia, hacía lo que más me gustaba y vivía donde quería vivir, con mi familia y mis amigos cerca. Sentía que nada se me podía resistir.
Ojalá pudiera volver a sentirme así. Pero sentada desde donde estoy, con el Turó de l’Home a mi espalda y ese olor tan característico a pinos y a robles que colindan con la sierra de la Marina, sé que no podré sentirme así otra vez. Eso no quiere decir que sea una persona mejor o peor, solo que seré distinta porque hay una pieza que conformaba mi croquis personal en mi mente que ahora ya no está.
Hay cosas que no me cuadran. Tuve que resbalarme en algún sitio y después caer rodando hasta donde me encuentro ahora, desde donde veo también el mar y parte de la ciudad de Badalona.
El día del incidente participaba en la carrera nocturna de la Endemoniada, así se llama. Dieciocho kilómetros con un ochenta y cinco por ciento de tierra, quince de asfalto y una pendiente muy pronunciada. Siempre me ha gustado correr por la montaña y lo hago desde que soy jovencita y entendí que se me daba bien ir deprisa. Era como otra habilidad más. Mi madre, Nieves, siempre me ha dicho que tengo una Génesis de Alejandría muy peculiar, como si eso no fuera peculiar ya de por sí.
Me lo explicó una noche frente a la chimenea del salón mientras mi abuela Clara tejía una colcha para mi cama. Me dijo que había constancia del síndrome de Alejandría en las mujeres ancestrales de las Parisi. Hacía mucho que no se presentaba ese gen recesivo en las descendientes, hasta que nací yo con los ojos grises y piel blanquecina para que, al cabo del año, mi mirada se tornase violeta como por arte de magia. Las personas que lo desarrollamos tenemos los ojos de ese color, pero no solo eso; además, poseemos un sistema inmune a prueba de bombas, somos muy longevos, tenemos la piel clara y sin vello —excepto en la cabeza—, una menstruación muy irregular aunque podemos concebir sin problemas, y algunos, aunque creo que esto es un mito, desarrollamos dones o habilidades especiales.
Si os digo la verdad, acertó en casi todo. Nunca enfermo, me cuesta mucho controlar la regla y cuando me viene, a veces son pequeños sangrados sin durabilidad, y no tengo vello ni siquiera en mis partes íntimas. Acertó en todo, menos en lo de las habilidades. Correr no es una habilidad. Y dibujar es un talento que no creo que tenga que ver con el síndrome de Alejandría. Así que, a no ser que tenga algún don secreto que no me ha sido revelado todavía, diré que los dones y las habilidades son los padres. Sin embargo, el dibujo y el atletismo me facilitaron la beca estadounidense y siempre estaré orgullosa de ellos.
El día que todo cambió era 10 de abril, un sábado. Me había preparado para la carrera, que empezaba a las nueve y media de la noche. Salí sin problemas, iba a muy buen ritmo con la linterna en la frente y las zapatillas de senderismo que me ayudarían a no resbalarme por aquellos tramos del sendero más complicados. Al llegar a la torre de vigilancia Bravo y rodearla, se me apagó la luz de golpe. Como si alguien le hubiese dado a un interruptor y hubiesen fundido la noche.
Según mi reloj, estuve una hora y media inconsciente.
Cuando recobré la conciencia, me levanté con una sensación extraña en el cuerpo además del mareo y el dolor que acompaña a un fuerte traumatismo en la cabeza. Estaba lloviendo, eran las doce de la noche y la carrera se había dado por suspendida por el riesgo de lesión que suponía para los corredores. Yo me sentía extraviada, con un hormigueo inusual en las manos, el culo dolorido del golpe y esa impresión de que algo no estaba bien. Mi cuerpo no me daba ninguna otra señal de alarma excepto por los rasguños de la caída.
Después de aquello, dos chicos de la organización pasaron con su coche buscando a posibles corredores que se hubiesen caído o resbalado dadas las condiciones del terreno. Me encontraron en el mirador cuando acababa de escalar la maleza para salir a flote.
Solo les dije que me caí y que me golpeé la cabeza, pero que estaba bien a pesar de la brecha. Ellos tuvieron la amabilidad de llevarme al hospital, donde me hicieron pruebas y me cosieron. Pero no tenía nada grave. Mi madre y mi abuela se quedaron muy preocupadas al verme llegar. Pude ir a pie hasta casa porque el hospital municipal está a solo cincuenta metros de donde vivo, en plaza de la Font.
Les expliqué lo sucedido, ambas me mimaron mucho y cuidaron de mí toda la noche. Pero el suceso se olvidó pronto. Solo había sido un golpe, una caída.
Aunque mi subconsciente me decía que no había sido solo eso.
La Génesis de Alejandría no es una virtud ni tampoco un milagro. En mí, en todo caso, supuso un hándicap para entender lo que le estaba sucediendo a mi cuerpo.
Tenía pocas reglas al año y nada abundantes, así que no me extrañó manchar muy poco los tres meses siguientes. Porque sangré casi de manera simbólica. Lo único que me notaba era una sensibilidad extraña en los pechos, pero nada fuera de lo habitual. Aun así, por casualidad, quise hacerme un test de embarazo porque sabía que algo no iba bien. Y dio negativo. Eso me tranquilizó. Hasta que al quinto mes me noté el vientre un poco más abultado. A mí me cuesta mucho coger peso. Voy a correr todos los días y como sin preocuparme mucho por lo que ingiero. Fui a la ginecóloga para asegurarme de que todo estaba bien, porque me dolían los pezones y tenía una sensación extraña en los ovarios y eso, añadido a la hinchazón, me preocupó.
La ginecóloga confirmó lo que yo había temido y sospechaba en silencio como si estuviera loca: estaba embarazada de cinco meses. Aquello fue un shock para mí. ¿Cómo iba a estar embarazada si no me había acostado con nadie en mucho tiempo? ¿De quién estaba embarazada? ¿De un ángel?
—Pero me hice un test de embarazo hace dos meses. Estaba de tres meses entonces, debió salir positivo —argumenté en ese momento.
Mi ginecóloga, que estaba tan sorprendida como yo, me contestó:
—A los tres meses las gonadotropinas bajan mucho y ya no se detectan en la orina. Por eso el test te salió negativo. No sabía que tenías pareja, Ares. ¿Quién es?
—No la tengo —respondí mirándola fijamente.
—Oh!
La ginecóloga se quedó tan cortada que no me quiso mirar más a la cara.
Salí de allí con la sensación de estar fuera de mi cuerpo. Sabía que algo no iba bien, pero no sabía lo que era ni por qué después de aquella carrera no dormía bien y estaba tan intranquila.
Cuando me dijeron que estaba embarazada se me cayó el mundo encima, porque ya no podía negar la verdad. Sabía que aquel día, en la Endemoniada, alguien abusó de mí.
Yo no me caí. Alguien me golpeó.
Me violaron mientras estaba inconsciente y me quedé embarazada.
Y siento que no tengo derecho ni a una pataleta porque, de aquel acto tan cobarde y terrible que me ha puesto en una situación delicada con mi familia, que me ha hecho sentir vulnerable, que no pudieron tomarse en serio en mi declaración porque no lo recuerdo y por el que estoy yendo a terapia desde hace tres años, nació la luz de mi vida.
Mi monito: Venus.
¿Entendéis ahora por qué estoy tan disociada y por qué no puedo odiar ni condenar lo que me pasó de una manera normal? Porque cuando miro los ojitos preciosos de mi pequeña Venus, no veo maldad ni abuso. Solo la veo a ella, tan buena, tan pizpireta e inocente que me sienta mal pensar en la malévola semilla que sembraron en mí. Porque Venus es toda luz y amor infinito, y he aprendido a amarla con tanta vehemencia que soy capaz de matar por ella. Por ese motivo es por el que quiero descubrir la verdad, por eso no quiero que lo que me pasó quede impune, porque ¿y si en el futuro se lo hacen a ella? No lo soportaría. No permitiría que ella pasase por lo que yo pasé, por las miradas entornadas, las risitas, los comentarios nocivos, los prejuicios de la Ley… No lo soportaría porque yo no mentí en ningún momento y a mí no me preñó un ángel mensajero, a mí me violó un hombre. O puede que más, y la sola idea de que ese hombre ande suelto me amarga la existencia. Un hombre que después de violarme me lavó meticulosamente, de ahí el olor a jabón tan peculiar que noté al abrir los ojos, y se encargó de dejarme en una posición en la que yo no sospechase nada.
Venus se parece a mí cuando era pequeña, pero con tres años no hay rastro de la Génesis de Alejandría en ella, aunque tiene el pelo de mi mismo color y los ojos de un gris alucinante. La tuve muy joven, a los veinticuatro, y, ni mucho menos, estaba preparada para ella ni para los cambios que se avecinaban en mi vida. Y, para colmo, nació el mismo día que yo. Un 10 de enero. Hoy tiene tres años y casi tres meses.
Con el tiempo, he aprendido a sobrellevarlo todo. He aprendido a saber cuáles son sus necesidades y las mías, a tener nuestro espacio cada una, a encontrar un hueco para mí misma y a organizarme con mi trabajo del mejor modo posible. Cierto es que no me ha quedado otra que aprender a pedir ayuda y a dejar que mi madre y mi abuela me echen una mano con ella porque, aunque siempre me gustaron los niños, no era mi momento y hubo instantes en los que me sobrepasó.
Lo que me ocurrió fue una desgracia, una estrategia vilmente orquestada por alguien maquiavélico al que la sucia jugada le salió muy bien. Una violación perfecta, un delito difícilmente rastreable. Y mi único empeño hasta el día de hoy es intentar revivir la secuencia de mi violación, «supuesta» a todas luces para los Mossos, dado que denuncié cuando ya estaba embarazada y nadie se creyó mi versión.
Nadie creyó que no supiera que estaba embarazada hasta los cinco meses, que engordase tan poco, que no recordase nada y que denunciase que ese embarazo venía tras haberme quedado inconsciente en la Endemoniada. Pero así fue, porque no me acosté con nadie ni meses antes ni meses después de aquello. Lo sé, porque lo recordaba todo perfectamente.
Sea como sea, sé que no sanaré del todo hasta que demuestre lo que me sucedió y lo que hicieron conmigo. Pero estoy muy sola en esto.
Me levanto de la piedra y me limpio la parte de atrás de los pantalones. Es 1 de abril y ya hace semanas que el clima es cálido y soleado en Badalona.
Aunque aquí, lo de «abril, aguas mil» se cumple muy a menudo. De hecho, han confirmado que se esperan lluvias a partir de la semana que viene.
Salgo del lugar del incidente y escalo de nuevo entre los arbustos hasta llegar a la planicie donde reposa la torre de vigilancia forestal Bravo, que forma parte del parque de bomberos. Tiene un depósito de agua y está ahí para evitar posibles incendios. Para llegar hasta ella, tienes que estar bastante en forma de por sí. Las vistas desde La Coscollada son muy panorámicas, dado que puedes ver toda Badalona, el río Besós, Santa Coloma, el litoral de Barcelona e incluso, si hay mucha visibilidad, la montaña de Montserrat a lo lejos. Aquel punto de la carrera estaba, aproximadamente, a unos nueve kilómetros y si llegabas hasta allí, la mitad del trayecto casi estaba hecho. La torre se ubica en una especie de rotonda de tierra. En la carrera, la tenía que bordear para hacer un cambio de sentido y regresar al punto de partida por otro sendero distinto al de la ida.
No siento nada al estar aquí. Solo ira y vacío. No me asusta, no le tengo miedo a enfrentarme al lugar. Porque no lo puedo odiar ni temer. Para mí es un sitio en el que perdí el conocimiento por un golpe en la cabeza, y ese golpe en la cabeza, nueve meses después, me trajo a Venus.
He dejado la moto aparcada justo al lado de la torre. Llevo unos tejanos rotos por las rodillas, unas Nike Sportswear Blazer de color blanco, una camiseta holgada de manga larga y mi chupa, que no llega a ser motera, pero como si lo fuera. Me recojo el pelo en un moño desordenado pegado a la nuca, porque los nudos que se me hacen con el viento son peores que los marineros.
Hace nada me compré un casco Momo Jet Fighter de color blanco. Era precioso, hasta que Venus empezó a hacerle garabatos con unos rotuladores permanentes que tuve el error de dejar encima de la mesa baja del salón. Me dijo que había dibujado a mami. Mami es como un pene gigante en el lateral izquierdo. Lo demás digo que son flores, ella dice que no. A saber qué son. Pero si antes mi casco me gustaba, ahora que está personalizado me gusta mucho más.
Este es mi ritual del primer viernes de cada mes. Hablo con Margarita, discutimos sobre mi supuesto diagnóstico mental y después vengo aquí.
Este año, la Endemoniada se celebrará en junio. Y estoy dispuesta a hacerla porque es como mi grito de guerra y una declaración de intenciones contra todos los que abusan y violan. No me dan miedo y ahora, aunque nada se pueda hacer contra ataques tan cobardes, me sé defender.
Una de las cosas que decidí aprender, cuando Venus tenía seis meses, fue krav magá. No había oído hablar nunca de ello hasta que me explicaron que era el sistema de defensa personal que utilizaban las Fuerzas de Defensa y Seguridad israelíes. Me dio igual quiénes lo practicaban. Yo solo quería aprender a defenderme y a dar mamporros. Y eso he hecho. Si alguien me ataca, sé lo que tengo que hacer.
Mi moto no hace ruido, es eléctrica. Desciendo por el camino arenoso hasta llegar al cruce del camino de la Carrerada.
Y justo cuando voy a virar, no veo venir el coche de frente. No, mejor, él no me ve a mí, y tengo que dar un volantazo con la moto que me lleva directamente al suelo.
Más allá de la impresión, me he hecho daño en el codo y en la rodilla del resbalón. Como no iba rápido no ha sido nada, pero me levanto con el mal carácter que se le pone a uno cuando por culpa de un inepto te caes de la moto, y me dirijo con los puños apretados hacia el conductor, que se queda mirándome fijamente con las gafas de sol puestas.
Lleva un Porsche 911 todo negro y con los cristales laterales tintados. ¿Qué hace un coche así por este tipo de terrenos? Qué absurdo.
No le veo bien la cara.
Hasta que abre la puerta y sale de él. El dolor de la rodilla me está matando. Me la miro y me doy cuenta de que me la he desollado y tengo un trozo en carne viva. El codo está bien, la chaqueta ni siquiera se me ha roto, pero tengo un manchurrón lleno de grava de color tierra.
Me quito el casco y abro los brazos como si no entendiera qué ha hecho.
Pero cuando me doy cuenta lo tengo casi encima.
Es un hombre muy alto. Y, sinceramente, no es de esos que pasen desapercibidos. Tiene una complexión muy atlética, de hombros anchos, brazos marcados por valles y curvas musculosas y manos grandes. Lleva unos pantalones desgastados como si los hubieran rociado con lejía. Su cintura no es muy estrecha, pero al tener la espalda tan ancha parece que lo sea. Su camiseta negra de manga corta no disimula la potencia de su pectoral ni, sin duda, el fuerte abdomen que esconde. Lleva el pelo negro y ondulado, bastante largo, de ese modo que ya no se estila y que le puede dar un aire de rebelde grunge. Lo sujeta con una goma floja y las puntas le rozan el centro de la nuca.
Sus gafas de cristal reflectante me devuelven mi reflejo y no tengo modo de ver de qué color tiene los ojos. Pero sus facciones son duras, de mandíbula cuadrada, un hoyuelo perfecto que parece hecho con un punzón justo en el centro y una nariz recta más ancha en el tronco superior y puntiaguda que, sin ser muy redondeada, tampoco es demasiado fina. Es bonita. Joder, no sé cómo son sus ojos, pero sus rasgos faciales son pura armonía. Y yo sé mucho de eso.
Sin embargo, su actitud no me gusta nada. Tengo la sensación de que me está juzgando o de que cree que esto ha sido culpa mía, cuando ha sido suya, que no ha mirado. Yo sí he mirado en ambas direcciones y él ha pasado de todo y ha ido en línea recta.
—¿Estás bien? —me pregunta guardando las distancias.
Tiene un tono de voz grave y profundo. Y arisco.
—¡No has mirado! —le increpo—. ¡Podría haberme hecho mucho daño!
—Sí he mirado —contesta, me pasa de largo y va a por mi moto.
—No. No has mirado.
Va con sus andares seguros y viriles directo a levantar mi Super Soco sin problemas.
—Ya la levanto yo —le aseguro.
Él me mira de arriba abajo y no mueve ni un músculo de su apuesta cara. Me temo que no me cree capaz de levantarla sola.
—Tienes que mirar en este tipo de cruces —le reprocho limpiándome la grava del codo y volviendo a revisarme la rodilla.
—Sí, lo he hecho. Pero llevas una moto eléctrica, no haces ruido y es como si hubieras aparecido de la nada. —La coloca de pie y le pone el caballete.
—No he aparecido de la nada. Estaba justo ahí. —Señalo la esquina donde he girado—. Te has abierto mucho para girar.
—Mis disculpas —dice solemnemente. Revisa que la moto no tenga ningún rasguño y, por suerte, no tiene—. Tu juguete está bien —contesta torciendo el rostro hacia mí—. ¿Qué velocidad coge esto? ¿Veinte kilómetros por hora?
El tono de menosprecio que usa para hablar me parece soberbio y muy desagradable. Creo que nunca sería amiga de un hombre así.
—No, esa es la velocidad a la que iba para cuidar de que infractores como tú que conducen Porsches de hace cuarenta años no me pasen por encima.
Sé que mi respuesta no le ha hecho mucha gracia por cómo ha alzado la ceja derecha negra y espesa. No me gustan los jactanciosos ni los bravucones, y mucho menos los que me hablan con condescendencia. A lo largo de mi vida me he encontrado con muchos hombres que me han hablado así solo por ser mujer y resultarles atractiva. El mundo del cómic, por ejemplo, también es machista y sé cómo defenderme de esos comentarios que pretenden ser paternalistas pero siempre esconden entre líneas un despotismo velado.
La actitud de este hombre no llega a ser déspota, pero sí arrogante.
—Te pido perdón. Al menos no ha sido grave. —¿Ves? No habla como si realmente le importase.
—No ha sido grave gracias a mis reflejos.
—Tendrás que echarte un poco de alcohol en esa herida de la rodilla.
—Sí, ya me encargaré de eso.
Él se rasca la nuca y veo cómo asoma su bíceps hasta tensar la manga de la camiseta.
—Mira, tengo mucha prisa. Te doy mi teléfono. —Se saca una cartera del bolsillo trasero del pantalón. La abre y extrae una tarjeta de visita de color rojo. Me parece muy llamativa, aunque me temo que a él llamar la atención no le importa—. Y si tienes que pasarme cualquier cosa, mi seguro se hará cargo. No puedo ponerme a rellenar nada ahora.
—No te estoy pidiendo que rellenes nada. —Saco el móvil, grabo el número de teléfono de la tarjeta y lo llamo inmediatamente.
El sonido del móvil es un aullido. El aullido de un lobo. Por Dios, qué hortera.
Ahora mismo mi cara debe reflejar mi pensamiento.
Él frunce el ceño, sorprendido a la par que ligeramente incrédulo. Me mira y dice:
—¿Me estás llamando ahora mismo?
—Sí.
—Vaya… qué desconfiada. —Sé que está deslizando sus ojos por todo mi cuerpo. No sé lo que debo de parecerle, pero con el casco con una polla infantil y mi mirada cabreada debo resultarle un poco cómica.
—Piensa mal y acertarás.
—Hum.
¿Eso ha intentado ser una sonrisa?
Me guardo la tarjeta en el pantalón y el móvil, dentro del bolsillo de la chaqueta. Cierro la cremallera y me doy media vuelta.
—Adiós. Y haz el favor de conducir mejor.
Él no me responde. Noto sus ojos clavados en mi persona. Lo miro por encima del hombro y me lo encuentro observándome, cruzado de brazos, apoyado en la capota de su coche.
—¿Qué? —le pregunto.
—Espero a que arranques eso.
Eso. Miro al frente, me coloco bien el casco y solo tengo que darle al botón de encendido. Diez segundos después ya me he alejado del cruce. Por el retrovisor veo a ese individuo haciéndose pequeñito, todavía vigilándome.
Ni siquiera sé su nombre.
Pero no me importa.
Solo quiero llegar a casa y ver a Venus.
Eso es algo que también me pasa todos los viernes.
Después de estar en el lugar del incidente y pensar en los cientos de miles de cosas que podría haber hecho para que nada de eso me hubiese sucedido, necesito ver a mi monito.
Porque cuando la veo, la furia que me arde en el pecho se me pasa.
Vivo en la plaza de la Font, en Dalt la Vila. En la antigua casa familiar del legado Parisi. Creo que todas las generaciones han pasado por ahí. Mi bisabuela, mi tatarabuela… hasta tiempos remotos. De hecho, hasta tenemos un escudo de armas sobre el marco de la puerta de la entrada.
En el centro de la plaza de la Constitución hay una fuente de dos metros de altura que reposa a la sombra de un platanero, tan común en Badalona, cuyo pedestal es de color blanco y al que han alicatado con mosaicos tipo tablero de ajedrez en tonos azules. En verano suelen posarse las mariposas sobre su grifo.
Mi casa es una de esas antiguas que rodean la plaza. Hace poco pintamos la fachada de color ocre y la reconstruimos porque hacía falta echarle una manita. Es un tríplex, en realidad. Tiene un jardín interior cuyo suelo se cubrió parcialmente de láminas de madera para levantar un porche, dos terrazas en la primera y la segunda planta, que dan a la plaza, y un estudio en la planta de arriba; en la segunda planta están las habitaciones, dos suites y tres individuales. El salón con chimenea, la cocina, el baño, la oficina y el jardín interior están en la planta de abajo.
Ahora ocupo el estudio como mi lugar de trabajo y, a veces, como si fuera una segunda casa. Lo tengo perfectamente adecuado para mis necesidades y me siento muy cómoda en ese espacio.
No es una casa de lujo, pero sí que es bastante señorial, como las que suele haber en el centro de la ciudad, con la diferencia de que Dalt la Vila es un pueblo dentro del centro y todo parece más cuco e íntimo en mi distrito.
Mi padre murió en un accidente de tráfico cuando yo era pequeñita; tenía tres años. Desde entonces, siempre fuimos tres mujeres en casa: mi madre, mi abuela y yo. Bueno, y también se añadió a la familia Lu, mi mejor amiga, a la que adoptamos no formalmente, pero como si fuera de nuestra misma sangre.
Mi madre y mi abuela regentan un negocio de lámparas de interiores y de exteriores en Barcelona. La tienda se llama Luces Sacras y es uno de esos lugares en los que uno entra y siente la buena energía.
Mi abuela Clara siempre ha sido muy mística. Es de esas señoras que aún llevan el pelo canoso largo y blanco y se hace trenzas como una india. Muchas veces me pone la piel de gallina y le gusta echar las cartas. Recuerdo que, la semana anterior a que muriese mi padre, mi abuela estuvo murmurando por lo bajini, persiguiendo escarabajos con la escoba, que se amontonaban en la puerta de entrada de casa. Decía que eran escarabajos del reloj y que siempre traían malos augurios relacionados con la muerte. Tenía razón. No sé si fue cosa de los escarabajos, lo que sí sé es que el camión que arrolló a mi padre y que acabó con su vida no llevaba escarabajos.
Mi madre, Nieves, es una mujer muy conservadora. Y sigue siendo muy hermosa y joven a sus cincuenta y cinco años. Es morena, de pelo largo y liso del color del ala de un cuervo, tiene los ojos oscuros y un poco rasgados y, cuando se ríe, le salen hoyuelos. Es muy elegante y sé que en el pueblo la adoran, y sus clientes más. Tiene en alta estima las tradiciones y entiende que las reglas sociales se deben seguir siempre. Pero también es una mujer llena de amor por la familia. Por eso sé que hay una grieta entre ella y yo. Porque hubo un conflicto en lo que a mí se refiere relacionado con el amor a la familia y las reglas sociales.
Sé que el que yo apareciese un día diciendo que estaba embarazada de cinco meses y que ni siquiera lo había sabido hasta entonces produjo un sisma en el núcleo familiar. Porque en el fondo, mi madre siempre creyó que fui una irresponsable y que me acosté con el tío que no debía. No la culpo por no creerme, porque nadie lo hizo. Sé que mi relato es inverosímil para muchos menos para mí. Ella nunca me lo dijo abiertamente, pero a mi madre no le hace falta hablarme para que yo la escuche. Con los ojos habla alto y claro, aunque no pronuncie palabra.
Después, Venus nació y toda la casa se llenó de alegría. Y fue como un bálsamo, como una tirita. Mi pequeña ama a su abuela Nieves y adora a yayita, como llama a mi abuela Clara.
Y creo que estamos bien, después de todo. No hay reproches, no hay malas caras y la sangre no llegó al río. Pero eso no quita que yo sepa la verdad y que mi madre sienta que la he decepcionado. Es injusto para mí, pero asumo que no puedo hacer nada para cambiarlo.
¿Se podría decir que somos una familia puramente matriarcal? Pues sí. No hay hombres que pisen nuestra casa, excepto los de Glovo, Amazon y demás… Bueno, y también Hugo, que desde que estamos saliendo ya ha venido a cenar un par de veces. De hecho, esta noche está invitado a fajitas.
La casa de mi madre tiene un garaje propio que va con mando. Allí dejo siempre la moto y la pongo a cargar. Hay espacio suficiente para ella y para el Mini automático que no suelo usar, salvo si llueve.
Entro por la puerta del garaje que da al recibidor y saludo como siempre:
—¡Hola!
Cuento dos segundos mentalmente hasta que oigo:
—¡Mami! ¡Mami!
Sonrío, porque su voz me hace mucha gracia, tan aguda y tan de niña. Aparece por la puerta en arco que da al salón, corriendo como si hiciera footing, con el culillo en pompa y sacando pecho, sonriente, también con sus hoyuelos y su pelo castaño y liso, y me deshago.
Abro los brazos y ella se lanza como una luchadora de wrestling contra mí. Siempre nos fundimos en un abrazo sanador que no borrará nunca el pasado, aunque no me acuerde de él.
De Venus me gusta todo. Me gusta cómo le huele el pelo, me gusta cómo me toca la cara para que la mire a los ojos cuando me habla, me gusta cómo me cuenta los cuentos y me encanta el palique que tiene para ser tan pequeñita. Usa palabras que no son propias de una cría de su edad y creo que es porque me escucha hablar en voz alta cuando escribo los diálogos para la novela gráfica que estoy preparando. El otro día, mientras la duchaba y el chorro de agua le dio en la cara, dijo: «Mami, qué agobio». Y otro, que me vio un poco alterada por un dibujo que no me salía, me soltó: «¿Estás en crisis?». Solo tiene tres años. «Agobio» y «crisis» no deberían formar parte de su vocabulario.
—¿Cómo te ha ido la guarde, monito? —le pregunto achuchándola todo lo que puedo.
—Muy bien.
—¿Has merendado?
—Sí, galletas y goyur.
—Aaah… galletas y yogur —corrijo con una risita de adoración hacia ella—. ¡Qué suertuda! ¿No has dejado nada para mí?
—No.
—¿Seguro?
Ella se echa a reír.
—No, mami.
—A ver, abre la boca.
Venus abre el buzón que tiene por boca y le veo sus dientecitos de leche perfectos y muy blancos.
—Pues vaya, no me has dejado nada —refunfuño.
—Te lo he dicho —vuelve a reírse.
—Mi gordita que come mogollón. —Le empiezo a hacer cosquillas y ella se muere de la risa.
—Mami, ¿dibujamos?
—Venga. Trae el cuaderno y las ceras y llévalos a la mesita. Ahora voy.
La dejo en el suelo, me quito la chaqueta y compruebo que de verdad no se me haya agujereado por la caída. Está bien. La cuelgo en la percha y me crujo el cuello, que lo tengo contracturado del susto.
—Hola, cariño —me saluda mi abuela desde el sofá que hay de cara a la chimenea.
—Hola, abuela. —Me acerco a ella y le doy un beso en la mejilla.
—¿Qué tal te ha ido con Margarita hoy?
—Como siempre.
El salón es grande y las puertas que dan a la cocina son correderas y de color blanco, como todas. Toda la casa tiene suelo de parqué envejecido muy oscuro y brilla porque, cada pocos meses, mi madre lo barniza.
Hay un cuadro que siempre me llama la atención. Es viejo, de eso no cabe duda. Y era propiedad de la tatarabuela de mi abuela. Es decir, de cuando la época de los dinosaurios.
Es una mujer, con el pelo rizado y recogido, que parece romana y tiene un farolillo en la mano. Tras ella hay dos lobos guardándola y, más allá, a lo lejos, se ve un templo.
Es otro legado familiar, como la casa y el negocio de las luces.
Mi abuela está sentada en el sofá echando las cartas. Las echa a solas todos los días y después se apunta lo que ve en una libreta. Lleva haciéndolo así desde hace años. Siempre que la veo, procuro no orbitarla demasiado porque me acaba pidiendo que corte la baraja y cosas de esas y, cuando lo hago, sus expresiones son circunspectas al voltear los naipes, como si ella pudiera ver algo de mí que yo no veo. Me tira las cartas indirectamente, es una tramposa.
—¿Ares?
—¿Qué?
—¿Te ha pasado algo? —Sus ojos claros están fijos en la hilera de cuatro cartas que hay sobre la superficie de la mesa.
—¿Por qué lo preguntas?
—Te ha pasado algo —asumió—. Estas no mienten. —Señala las cartas.
—Un gilipollas me ha tirado de la moto —contesto sin más.
Ella se da la vuelta de golpe, con la habilidad de una señora de ochenta y cinco años y el horror de una abuela protectora.
—¡Ay, mi niña! ¿Estás bien?
—Sí, sí… No ha sido nada.
—¡¿Cómo que no?! Anda, ven. —Se levanta para acercarse a mí y revisarme la herida de la rodilla—. Mira lo que te ha hecho…
—Estoy bien.
—Calla y siéntate, que te voy a curar.
—Yaya, no hace falta, de verdad, ya me curo yo…
Venus llega corriendo con el cuaderno y el estuche de ceras, pero se detiene en seco cuando ve mi herida.
—¡Mami, te han herido! —grita asombrada. Dios mío, mi hija es muy rica en vocabulario—. ¡Es sangre! —señala la rodilla.
—Sí, pero estoy bien.
—Llama a Barman —propone.
Venus sabe que dibujo a superhéroes muchas veces y siente predilección por el hombre murciélago. Pero se cree que pone copas.
—Se llama Batman —le recuerdo.
—A ese, al murciégalo. ¡Hay mucha sangre! ¿Te vas a morir?
—No, monito. Es solo una herida. Mami se ha caído de la moto y ya está —carraspeo. Venus es un poco propensa a los dramas y no quiero que se preocupe—. ¿Ayudas a la abuela a curarme?
Venus deja el cuaderno y el estuche encima de la mesa, sobre las cartas, y tira media baraja al suelo.
—¡Sí! ¡Vamos!
Cinco minutos después, tengo a las dos de urgencias inspeccionando mi rodilla y poniéndome agua oxigenada y Betadine.
—¿Y quién ha sido? —pregunta mi abuela con el algodón empapado de sangre.
—Pues un capullo con un Porsche. No me ha visto y he tenido que dar un volantazo para esquivarlo, pero he acabado en el suelo.
—¿Lo habías visto?
—Badalona es gigantesca, yaya. No conozco a nadie que no sea vecino de Dalt la Vila. Lo que sí sé es que creo que tiene dinero.
—¿Y entonces?
—Entonces ¿qué?
—¿No tenéis que hacer el papeleo del seguro y esas cosas?
—No le ha hecho nada a la moto. Yo solo me di un golpe en un codo y me raspé la rodilla. No creo que haga falta hacer nada. Además, no me ha caído nada bien.
—Mami, un hombre malo te ha hecho daño. —Venus me habla como si me regañase—. Hay que hacerle pam pam.
—Tengo una hija de la Camorra.
Mi abuela se ríe por el comentario, pero no deja de mirar de reojo las cartas en el suelo. No pienso preguntarle nada. Le tengo mucho respeto a lo que dicen porque sé que la mayoría de las veces acierta y cuando no, es porque las personas que piden su ayuda la han engañado.
—Ares —mi abuela, que está sentada a mi lado, recoge las gasas y los algodones y, alzando el dedo índice, deja caer todo el poder de su mirada en mí—, tienes que estar alerta. Las cosas van a cambiar.
—Abuela, en serio… —Pongo los ojos en blanco—. No empieces.
—Sí empiezo. Te ronda el zorro y hay algo oculto detrás del sol. Algo cuya oscuridad no se ve porque el sol la esconde. Y no es buena señal. Tú y yo tenemos que hablar.
—No sé a lo que te refieres. No conozco a ningún zorro, solo conozco a Antonio Banderas.
—Deja de bromear, Ares.
—¿Y qué quieres que diga? —Dejo escapar una risita nerviosa.
—El zorro está a la vuelta de la esquina. Y solo el fuego lo mantendrá alejado.
Todo lo que me dice mi abuela me deja como si viera un capítulo de Expediente X: entre fascinada y muerta de miedo.
—De verdad, abuela, ojalá te entendiera mejor.
—Lo harás, cariño. —Me golpea la rodilla buena con suavidad—. Cuando sea el momento, me entenderás.
Me la quedo mirando mientras se levanta y va a tirar los apósitos a la basura. Entonces me llaman al móvil. Es Hugo.
—Hola, bellezón.
—Hola, Hugo.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Ya has ido a terapia?
—Sí. Te esperamos para cenar, no faltes.
—Por eso te llamaba. —Su voz suena arrepentida—. Me encantaría ir, pero tengo trabajo.
—Oh, qué pena.
—Oh, qué pena —repite el loro de Venus.
—¿Te ha surgido algo de última hora?
—Algo peliagudo, sí. Llevo aquí desde esta mañana.
—¿Es grave?
—Es delicado.
—¿Dónde?
—En el Besós.
—El Besós es muy grande, Hugo.
—En la desembocadura de Sant Adrià.
—Vaya —eso está cerca—, pues estaremos atentas, a ver si sale por la tele.
Sé que Hugo está sonriendo. Le gusta que valoren su trabajo.
—Tenía muchas ganas de verte, Ares.
—Bueno, nos veremos mañana o pasado, cuando puedas.
Sé que Hugo intenta que yo sea más cariñosa, que le diga todo lo que él quiere oír, pero voy a mi ritmo. Y espero que lo entienda.
—Está bien. Un beso, guapa.
—Un beso. Adiós.
Cuando cuelgo, me quedo mirando el teléfono con curiosidad. No soy nada morbosa, pero nunca he oído a Hugo hablar así sobre un tema que estuviera investigando.
Me llama la atención.
—Mami, ya estás buena —dice Venus feliz.
—Gracias, monito. Eres la mejor enfermera del mundo. —La siento sobre mis piernas y le lleno los mofletes de besos.
—Ah. —Mi abuela vuelve a aparecer en el salón y se planta delante de mí para decirme—: Lu ha pasado por casa antes y me ha dicho que, si puedes, te acerques a la excavación. Tiene algo que le gustaría enseñarte y sabe que te gustará dibujarlo.
—Ah…, qué bien. Vale, pues ahora voy. —Me levanto del sofá con Venus en brazos—. Yaya, ¿te puedes quedar con Venus un momento?
—Claro que sí. Vete, niña —dice mi abuela y alarga los brazos hacia la pequeña, que no duda en irse con ella.
—Ahora vengo, monito. —Le beso la frente y le pellizco la mejilla a mi yaya—. Qué guapa eres.
—Anda, zalamera. Que eres una zalamera.
Una de las cosas que más me gustan es ver trabajar a mi amiga Lu en la excavación.
Es la jefa, no solo de la excavación, sino en muchos sentidos.
Por eso es mi mejor amiga.