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La ucraniana Anna Muzychuk es una gran maestra de ajedrez y triple campeona del mundo, que en diciembre de 2017 se negó a participar en el Mundial que se celebró en Arabia Saudí, renunciando a revalidar sus títulos porque no quería estar «donde a las mujeres se las trata como a ciudadanas de segunda». La campeona española Sabrina Vega y otras jugadoras también renunciaron al mundial como protesta ante las discriminación que sufren las mujeres en este país. El 23 de diciembre de 2022 la ajedrecista iraní Sara Khadem participó en el Mundial de Ajedrez Rápido en Kazajistán con la cabeza descubierta, representando a las mujeres que luchaban en Irán por la libertad. Como consecuencia de ello tuvo que exiliarse en España para no ser detenida al regresar a su país.

Defender los principios en los que crees implica renuncias, sacrificios, luchar y estar dispuesto a asumir pérdidas, e incluso dolor. Pero sin principios no somos nada. Ojalá estas mujeres sean un ejemplo a seguir, ojalá mi hija entienda los valores que promueven acciones como la de ajedrecistas y comprenda lo importante que es defender la dignidad, a pesar de las consecuencias.

Desafortunadamente, la libertad y la igualdad siempre estarán amenazadas, somos unos ilusos si creemos lo contrario.

En esta novela podrán comprobar que en la política y en el ajedrez, una mujer rompió las reglas establecidas y se alzó empoderada para dominar ambas por primera vez.

España es la cuna del ajedrez moderno y de la universalización, gracias a él, de una figura femenina como la más poderosa sobre el tablero. Un hecho revolucionario para la Edad Media. Desde nuestro país, el ajedrez moderno se expandió a los reinos europeos y llegó a América.

Las piezas de ajedrez más antiguas de Europa están en España. El ajedrez es parte esencial de nuestra cultura, sin embargo no hemos hecho gala de ello, a pesar de que desde 1988 es el país que organiza más torneos internacionales, y se prevé un numeroso aumento de participantes tras la pandemia.

El ajedrez ha ido evolucionando desde que se creó hace más de mil años. Dicen que ahora vive una edad de oro, que internet lo ha revolucionado, pues cualquier aficionado puede medirse con el mismísimo campeón del mundo en uno de los miles de torneos que hay en la red. Se ha puesto de moda el ajedrez rápido y el juego online. En internet priman más los reflejos que el análisis, y ha comenzado a retransmitirse en YouTube y Twitch. El ajedrez rápido (entre diez y veinticinco minutos por jugador) y el relámpago (unos pocos minutos) son una consecuencia de los nuevos tiempos que vivimos. Lo que demuestra la capacidad del juego para adaptarse a las nuevas épocas y circunstancias.

El ajedrez fue reconocido formalmente como deporte por el COI en el año 1999, con más de seiscientos millones de practicantes en el mundo. Ha sido candidato para los próximos Juegos Olímpicos de París 2024, pero injustamente rechazado.

Si me lo permiten, les daré un consejo antes de empezar esta lectura: no pierdan nunca el control del centro del tablero, enroquen al rey para protegerlo, todos querrán matarlo, y no duden en sacrificar las piezas necesarias para avanzar posiciones. Y piensen que hasta el último peón puede alcanzar la octava casilla y cambiar su destino. Comienza la partida, muevan ficha.

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El ajedrez al inicio de la segunda mitad del siglo XV

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Nos encontramos en tiempos de guerra civil en el reino de Castilla.

Las huestes rebeldes del joven infante Alfonso han logrado su primera gran victoria contra el rey.

En los últimos siglos, el ajedrez se ha convertido en un juego lento. Los alfiles se desplazan mediante un salto y solo pueden alcanzar ocho casillas de su diagonal, necesitan tres saltos para llegar a las dos más lejanas.

Además, no tienen la posibilidad de luchar contra el alfil contrario con el mismo color de casilla porque los «saltos» lo impiden.

Y las diagonales centrales son inaccesibles para todos ellos.

La reina todavía es llamada «alferza» en muchos lugares, sobre todo cuando se juega contra musulmanes.

Se desplaza solo una casilla cada vez en diagonal, adelante o atrás, excepto en su primer movimiento, en el que puede avanzar tres, incluso saltando otras piezas.

Solo los peones, la torre, el rey y el caballo se juegan como en la actualidad.

La mayoría de las partidas entre buenos jugadores se agotan sin un vencedor. El juego se ha tornado aburrido y ya no refleja el mundo en el que se vive.

Sin embargo, un profundo cambio se está gestando entre un reducido número de jugadores.

Ellos están convencidos de que el ajedrez debe cambiar y con él, la sociedad y la política, reflejar la nueva era que se está iniciando y difundirse por todo el mundo.

Prefacio

Se adentra con sigilo por una ventana del palacio, no hay nadie. Avanza por un interminable pasillo. Al final del mismo hay una puerta profusamente decorada, bajo un arco con yeserías.

Contiene la respiración y la empuja. Asoma la cabeza al interior y siente una enorme liberación, está solo. Cierra tras él, da varios pasos y mira a su alrededor.

Es la fabulosa biblioteca de la que tanto ha oído hablar. Han pasado siglos desde que el último cristiano tuvo acceso a ella. Pero Ruy es así, hace tiempo que descubrió que si quería conocer la verdad sobre los hechos históricos debía arriesgarse, abandonar la silla de su escritorio e ir al lugar donde pudiera hallar la luz que ilumine la oscuridad del pasado.

Ahora solo necesita encontrar la razón por la que ha venido hasta aquí.

Al entrar en contacto con aquellos manuscritos se queda embelesado, el labrado de los textos es una oda a la ornamentación: encuadernaciones recubiertas con piedras preciosas, pliegos perfumados, códices con exquisitos dibujos... Es una experiencia inigualable.

Intenta controlar su emoción, no puede distraerse. Busca un manuscrito muy concreto, una crónica de hace más de dos siglos que se creía perdida, hasta que descubrió que la última copia podía estar aquí.

Lástima que sea la biblioteca del rey de Granada y las relaciones de este reino con Castilla no estén en su mejor momento. Así que o se cuela en el palacio o nunca podrá leerla.

A Ruy le come por dentro su terca obsesión por querer saber lo que ocurrió realmente en otras épocas y poder contarlo, sin medir las consecuencias y sin darse cuenta de que revelar la verdad de la historia rara vez tiene recompensa. Es eso lo que ha motivado a Ruy a cruzar la frontera y adentrarse en el reino de Granada. Al pueblo no se le puede hurtar el derecho a conocer la verdad de su propia historia, cueste lo que cueste.

Comienza a revisar los textos y los va descartando rápidamente, no le interesan los escritos en árabe, que son la inmensa mayoría. Él sabe que tiene que haber otros en latín y en griego.

«¿Dónde pueden estar? Piensa, piensa», se dice.

Observa una estantería de una altura considerable. Siente un pálpito y va confiado hacia ella. Se sirve de una silla que toma de una esquina y logra alcanzarlos.

«Son latinos, tiene que estar aquí».

Hay más manuscritos de los que él imaginaba, así que ha de darse prisa. Va desechando uno a uno al tiempo que vigila de reojo que la puerta no se abra y le descubran.

«¡Este es!». No puede creerlo, lo tiene.

Entonces la puerta se abre. Ruy salta de la silla y echa a correr hacia las ventanas. Mira abajo y ve que no es posible saltar desde allí. Los árboles están lejos y no cree que pueda alcanzarlos.

Oye gritos en árabe y al volverse descubre a dos guardias que desenfundan sus sables de hoja curva. No hay tiempo para pensarlo más, coge carrerilla y se lanza al vacío ante la mirada de asombro de los vigilantes. El golpe contra las ramas es doloroso, pero se agarra a ellas como si le fuera la vida en ello y resbala por el tronco hasta caer, magullado, contra el suelo.

Es increíble que el salto haya tenido éxito.

Desde los ventanales le insultan y gritan para dar la alarma.

Teme no poder correr por la caída, sin embargo está acostumbrado a estos lances y se aleja antes de que nadie pueda apresarle. Le espera su fiel yegua, que responde al oír su silbido y sobre la que monta presto para salir al galope hacia la puerta más cercana de la ciudad.

Cuando se aproxima, serena el paso y cruza como si fuera un mero visitante, pero en cuanto está fuera oye de nuevo gritos de alarma a su espalda. Y antes de quedarse a descubrir la razón, espolea a la yegua para que arranque al galope.

PRIMERA PARTE

LOS PEONES

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1

Toledo, primavera del año 1467

Gadea está impaciente, lo tiene todo preparado. Ha colocado el tablero de manera minuciosa sobre la mesa, con la casilla blanca en el ángulo derecho, y ha situado las figuras en sus respectivos escaques. De todas ellas, las que más le atraen son las torres, porque le recuerdan a los imponentes castillos. Nunca ha estado dentro de uno, solo pueden acceder los hombres de armas, los nobles y los reyes, pero a ella le gustaría subirse a las murallas y recorrer el adarve para asomarse por las almenas y otear el horizonte en busca de enemigos.

Su abuelo llega tarde y esto no le gusta. Ella le espera en casa, una vivienda amplia intramuros de Toledo, en una sala presidida por un crucifijo de madera que cuelga de la pared, al que reza cada día como le ha enseñado su madre, que insiste en recordarle que la bautizaron en la iglesia de Santa Eulalia, la que dicen que es la más antigua de la ciudad.

Un gato pardo se sube al alféizar de la ventana y la mira, a Gadea le encantan los felinos.

Por fin entra por la puerta su abuelo, un hombre afable y divertido que siempre la hace reír. Sin embargo, ese día trae un semblante serio y compungido.

—¿Estás sola, Gadea?

—Sí, esperándote para jugar.

—Muy bien. —Desliza los dedos por el cabello de su nieta, despeinándolo.

—¡Abuelo! —Gadea se revuelve y le aparta la mano.

—Ya queda poco para tu boda, qué ganas tengo de que llegue ese día.

—Yo también —dice ella radiante.

—Cuando te cases y te vayas a vivir con tu esposo, ya no podremos jugar tanto al ajedrez. Ahora que estás aprendiendo tan rápido, si lo llego a saber te enseño antes... —pronuncia con cierta tristeza.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Pues... la culpa es solo mía. No pensé que una niña entendería tan bien el juego. Pero nunca es tarde si la dicha es buena.

Toma asiento y lo primero que hace su abuelo es tocar la figura de la reina con las yemas de los dedos. Es un ritual, Gadea es consciente de ello. Le agradan ese tipo de cosas porque son familiares, y a ella le complace la tranquilidad de lo cotidiano.

Gadea recuerda la primera vez que vio las treinta y dos figuras, esas pequeñas esculturas talladas en madera de roble. Lo que sintió al mandar sobre caballos, torres y alfiles con los que atacar a su adversario. Tener que matar al rey le pareció terrible y, a la vez, asombroso. Gadea se creyó poderosa, dejó de ser una chiquilla, la hija de un tundidor, para imaginarse como una hábil gobernante.

Ella tiene un físico común, pero unos ojos demasiado grandes que han sido motivo de burla fácil desde su infancia. Le han puesto infinidad de apodos, pero lo que más la irrita es que le digan «cara pez». Por eso desea tanto olvidar el pasado y convertirse en una mujer. Por suerte descubrió hace poco el ajedrez, le entusiasma examinar las piezas cuando están ordenadas esperando el inicio de una partida y odia verlas sin orden ni concierto fuera del tablero.

Para ella, observar la sucesión de escaques blancos y negros le muestra una realidad en la que se siente protegida. No comprende todavía el mundo, ni las leyes, ni el poder de los nobles, ni el control de la Iglesia, y mucho menos las disputas, las traiciones, el desprecio y tantas otras cosas de las que hablan sus mayores, como la guerra que constriñe ahora el reino. En cambio, en esas sesenta y cuatro casillas ella lo que siente es armonía.

Jugar una partida le resulta maravilloso, dos rivales con las mismas armas y posibilidades de salir victoriosos. El tablero puede parecer un espacio reducido, incluso claustrofóbico, sin embargo las opciones son infinitas. Ella detesta el caos del día a día, por eso ama las reglas precisas del ajedrez.

Comienza la partida.

Gadea mueve su peón de rey. Su abuelo esboza una escueta sonrisa en su rostro y saca uno de sus caballos. A partir de entonces los movimientos se suceden. El anciano apenas habla, algo poco habitual en él. Gadea aún no ha logrado vencerle, estuvo a punto en dos ocasiones, pero finalmente no pudo superar la pericia de su querido abuelo, cuyo alfil derecho traza ahora una diagonal larga y profunda, filtrándose entre sus defensas, como si abriera un surco en el tablero. Apunta a una de las figuras más preciadas de Gadea, la torre, a la que fulmina de manera inmisericorde. Ella se enerva, no lo puede ocultar. Y su abuelo se percata y sonríe al ver cómo su nieta se enrabieta en silencio.

La partida está avanzada cuando llega su madre del mercado, se acerca y les da un beso en la mejilla a cada uno.

Gadea no se inmuta, se muerde el labio inferior y balbucea algo parecido a un saludo. No alza la vista, está enojada consigo misma, y también frustrada. Odia perder, y está convencida de que por fin hoy va a ganarle.

—Padre, he oído que ha habido altercados en una de las puertas de la catedral —comenta su madre.

—Nada fuera de lo normal, a los problemas de siempre se ha añadido la disputa por el trono. Parece que los cristianos viejos no tienen claro que la ciudad deba tomar partido por el infante Alfonso en contra del rey Enrique.

—¿Crees que fue buena idea apoyar al infante? —pregunta la madre de Gadea desde la cocina.

—Bueno, él también se ha coronado. Así que puede decirse que ahora mismo hay dos reyes en Castilla.

—¿Cómo es eso posible? ¡Es un despropósito!

—Lo han hecho en Ávila, montaron un cadalso y convocaron a toda la ciudad. Depositaron en un trono real un muñeco, relleno de paja y lana, con las facciones del rey Enrique. Lo insultaron y lo acusaron de mil barbaridades, incluso de que su hija no era suya. Lo humillaron y golpearon, y entronizaron a un crío, su medio hermano, el infante Alfonso.

—¿Y nos va a gobernar un crío? ¿Te parece bien, padre?

El abuelo de Gadea suspira despreocupado.

—Nunca se sabe. —Se queda pensativo—. No tengo claro qué es mejor para nosotros.

—¡Chisss! La niña... —La madre de Gadea le lanza una mirada punzante cortando lo que iba a decir y señala moviendo la cabeza hacia su hija, que está concentrada en la partida.

—Lo sé, perdona.

—A veces me desesperas, padre.

Su madre es una mujer de carácter fuerte y, a la vez, tiene gracia y desenfado para abordar cualquier cuestión grave o ligera; no como su padre, que es más callado y práctico. Es de esas mujeres que no se callan cuando están a disgusto, que dan su opinión sin dudarlo y siempre con acierto. Es la que manda en la casa, a pesar de que la mayoría de los que allí viven son hombres.

—¿De qué habláis? —inquiere Gadea.

—De nada —responde rápido su madre.

Entonces Gadea mueve su caballo, que salta sobre la línea de peones de su abuelo y ataca directamente al rey, que no ha tenido tiempo de enrocarse.

—¡Jaque!

—Gadea, ¿cómo es posible? —Su abuelo se pasa la mano desde la nuca hasta la sien y resopla—. Tu hija tiene un don para este juego, nunca he visto a nadie que en tan poco tiempo lograra dominar así el ajedrez. Creo que... —mira a su nieta—, estás dispuesta a ganarme, ¿verdad, pequeña?

Gadea sonríe de forma maliciosa y se encoge de hombros.

—Tienes que saber que el ajedrez es una metáfora de la vida. Al jugar buscamos diversión. Sin embargo, si abres bien los ojos, puedes aprender más de lo que te imaginas.

—¿Cómo? —inquiere ella con interés.

—A menudo incluimos en nuestras rutinas una serie de hábitos que repetimos de forma casi mecánica sin saber que tienen un significado más allá del que nosotros le damos.

Gadea observa el tablero, pero apenas entiende lo que le está explicando su abuelo.

—En este juego, las piezas se encuentran dispuestas en dos bandos —continúa—, blancas y negras, entroncando con la teoría de los opuestos: la luz y las tinieblas, el cielo y la tierra, el bien y el mal.

—¡Padre! No le digas esas cosas a la niña, que la vas a embolicar justo antes de su boda.

—Precisamente por eso —advierte él—, más vale que empiece a saber cómo funciona el mundo. Nuestra familia debe ser lista y precavida, ya lo sabes.

—Pero, padre, ¿Gadea también? Ella ya no es una... Y, además, ¡se casa con el hijo del médico!

—Para ellos nuestro linaje siempre estará manchado —sentencia el abuelo, que retira su rey para protegerlo—. Da igual las generaciones que pasen.

—Ella está fuera de peligro —insiste la madre.

—Qué ilusa eres, hija.

—Eso que insinúas no tiene ningún sentido, ¡no me marees, padre!

—¿Y quién ha dicho que deba tenerlo? —contesta el abuelo enervado.

—¡Estamos jugando, madre! —Gadea come un peón con su caballo y amenaza de nuevo al rey de su abuelo—. No nos despistes.

—Hoy te has propuesto hacérmelo pasar mal... El ajedrez es tan caballeroso que hasta el asesinato se anuncia con el jaque; no hay puñaladas traperas como en la vida.

Su abuelo vuelve a mover su rey y Gadea hace avanzar su alfil para comerse otro peón. El anciano se inclina sobre el tablero para ver mejor las posiciones y los escaques vacíos. Decide adelantar un caballo, pero antes de tocar la figura se detiene. Lo piensa mejor y acerca sus dedos al rey, aunque por el momento tampoco lo mueve. Se lleva la mano a la nuca y contempla ensimismado a su nieta.

Aún recuerda cuando solo era una niña que se dormía en su regazo. A la que cantaba canciones para que bailara y riera. Cuando Gadea tenía menos de dos años, tuvo que salir de viaje y no la vio en una semana. Al regresar temía que se hubiera olvidado de él, pero al verle de nuevo corrió a abrazarle con todas sus fuerzas. Y no dijo nada, ni se rio ni se movió, sino que permaneció por espacio de una hora aferrada a él con brazos y piernas. Era su manera de decirle: «Abuelo, no vuelvas a irte; abuelo, te quiero».

Ahora es una joven maravillosa y más inteligente de lo que nunca imaginó. No lo puede decir, pero lamenta que se vaya a casar. Sabe que es ser poco generoso por su parte, sin embargo no puede evitarlo, por eso no se pronuncia al respecto.

Finalmente mueve el rey una casilla a la derecha.

Huele a cebolla, su madre está haciendo una sopa y ella odia la cebolla.

Gadea observa con detenimiento el tablero, quiere estar segura de lo que va a hacer. Toma la torre que se halla en posiciones más retrasadas y la hace recorrer tres escaques hasta amenazar de nuevo al rey enemigo.

—Jaque mate, abuelo.

—¡Cómo! —Su madre, que tiene un oído finísimo, se acerca de inmediato para comprobarlo desde la cocina—. ¡Padre! ¿Así pretendes enseñarle algo? ¡Dejándote ganar!

—Hija, yo no... Jamás regalaría una derrota. A otro juego tal vez, pero nunca al ajedrez.

—¿Y entonces? —inquiere desconcertada la madre de Gadea—. Si apenas aprendió a jugar hace unas semanas.

—Lo sé.

Su abuelo, lejos de estar enojado por haber sido vencido, sonríe como si fuera el protagonista de la mayor de las victorias.

Al otro lado del tablero, Gadea le mira orgullosa con sus enormes ojos oscuros.

2

El tañido de las campanas despierta a Gadea en mitad de la noche. Es como si todos los repiques de la ciudad doblaran al unísono, pero sin orden ni concierto. Eso no puede significar nada bueno, jamás ha oído nada igual en Toledo.

Dirige su mirada hacia una esquina de la alcoba, donde aguarda colgado su vestido de novia. Se casará en una semana con Marcos, el hijo del médico. Lo conoce desde que eran críos, pero entonces no pensó que algún día sería su esposo. Sus familias acordaron el enlace hace unos meses. Es un buen hombre, más bajo de lo que a ella le gustaría, pero no ha podido elegir. Al menos es limpio y su familia está encantada con los desposorios. Se siente querida, tendrán muchos hijos y serán felices.

—¡Gadea! Vístete, ¡deprisa!

—¿Qué ocurre, madre?

—¿No me has oído? ¡Vamos! —Sus gritos se entremezclan con el incesante repicar de las campanas, de una manera tan estruendosa que le produce un terrible dolor en los oídos.

Obedece ayudada por su madre, que tiene el rostro desencajado por el miedo y le tiemblan las manos. Nunca ha visto esa impronta de terror en ella, ni siquiera cuando hace años la vio sujetando la mano de la abuela, la madre de su madre, mientras agonizaba instantes antes de fallecer.

A empujones, la hace bajar a la cocina, donde sus tres hermanos mayores aguardan junto a su padre. Portan palos, cuchillos y herramientas punzantes. La miran, todos la miran. Y ella se asusta, sus ojos están empañados de pánico. Sus hermanos no hablan ni la tratan como de costumbre. Su padre tampoco, él solo grita y blasfema. Habla de odio y venganza, de muerte y dolor.

Su madre también se une a la espiral de violencia, agarra a Gadea con fuerza y tira de ella para alejarla. Le hace daño en la muñeca y ella se queja, pero su progenitora hace oídos sordos y tira con más fuerza aún.

El sonido de las campanas es incesante y además se mezcla con gritos y espantosos ruidos que llegan desde la calle, de una manera insoportable para Gadea.

Entonces irrumpe un terrible estruendo y derriban la puerta de la casa usando como ariete una enorme viga, y entre las astillas surgen el hijo del carnicero, el del boticario y uno de los hermanos de los tinteros, todos portando distintas armas. Gadea los conoce bien, tienen casi la misma edad que sus hermanos, los ha visto cientos de veces, ha hablado con ellos y han jugado juntos de pequeños.

Sin embargo, el primero que entra atraviesa con una estaca el pecho de su hermano mayor, sin un atisbo de duda, y el segundo alza un hacha y se lanza gritando como un animal sobre los otros dos, produciéndoles cortes en el rostro y en el brazo. Ellos reaccionan y lo empujan contra el suelo; su hermano pequeño empuña un cuchillo de cocina y le atraviesa la garganta.

Gadea está paralizada, no es capaz de procesar lo que ven sus ojos.

Por la puerta entran más hombres, su padre toma una mesa y los empuja fuera de la casa. Su madre se ha arrodillado junto a su hermano mayor, que se desangra. Le tiene cogida la mano y llora sin cesar, pronunciando palabras ininteligibles.

Su padre resiste a duras penas bloqueando la puerta. Sus hermanos le ayudan y entre los tres logran apuntalarla y la refuerzan moviendo contra ella el voluminoso armario de la cocina. Respiran aliviados, hasta que ven a su madre rota de dolor sobre el cuerpo ya inerte de su hermano. Y entonces se oye un tremendo estallido, un fogonazo revienta la puerta y lo que hay tras ella. Su padre y sus hermanos salen despedidos y el impacto arranca a su madre de su hijo muerto, lanzándola contra la chimenea.

El interior se llena de una densa nube de humo, polvo y cenizas.

Gadea no puede parar de toser, se ahoga, le cuesta respirar. Cuando el humo se disipa un poco, logra coger una bocanada de aire. Alza la vista y observa a toda su familia ensangrentada. Un temblor recorre su cuerpo, su madre se halla tendida sobre el suelo, estira la mano y le señala la puerta que da al corral.

—Gadea, ¡vete! ¡Corre! —le dice con su último suspiro.

Y ella recibe esas palabras como una sacudida que la hace reaccionar. Una mano coge a su madre por el pelo y le levanta la cabeza. Es uno de los hijos del carpintero, que con la otra mano empuña un cuchillo.

La degüella sin titubear.

No puede creerlo, su mente no es capaz de asimilar lo que sucede.

Gadea se arrastra hacia ella, pero entonces siente un pinchazo en el pecho y jadea en busca de aliento. Le duele la cabeza, tanto que se lleva las manos a las sienes. ¡Es un dolor insoportable!

«¡Corre, Gadea!», escucha en su interior la voz de su madre.

En un acto reflejo, como cuando retiras la mano del fuego antes de quemarte, echa a correr hacia el corral de la casa, tropezándose con los muebles y chocando contra las paredes. Empuja la puerta, que cede de inmediato, y cae rodando. Se incorpora magullada, se trastabilla, pero logra llegar hasta el corral, un pequeño patio de planta cuadrada, con muros altos que lo mantienen a salvo de las miradas de vecinos y curiosos. En su centro hay un laurel frondoso, al que su padre se afana en podar las ramas inferiores y en darle forma a la copa para que dé buena sombra. Tras él se eleva una tapia sin aperturas al exterior.

Nunca la ha saltado, pero sí ha visto hacerlo a sus hermanos.

No tiene más remedio que intentarlo.

Escala por la desconchada pared, buscando los apoyos adecuados. No tiene la fuerza suficiente para trepar rápido, pero sí la habilidad para hacerlo a su ritmo.

Consigue coronarla y entonces aparecen en el corral los vecinos que han matado a su familia, la señalan y van a por ella.

Mira la calle al otro lado del muro, está más baja que el nivel de su patio. Demasiado, no puede saltar desde tanta altura. Sin embargo, se lanza.

Los pies caen firmes, pero lo hace con tanta fuerza que pierde el equilibrio y se da de bruces contra el suelo. Choca con el lado derecho de su rostro, del que comienza a brotar sangre.

Se la limpia con la mano, no es grave.

Ahora están ocurriendo cosas mucho peores, está en la calle de la Sal y las llamas devoran las casas a un lado y otro del barrio. Es un incendio como jamás ha visto antes. Se oyen gritos ensordecedores que provienen de casi cualquier parte. Es horrible.

Sabe que debe huir.

¿A dónde?

¡Marcos! Él la protegerá.

Así que corre hacia la casa del médico, que no se encuentra lejos. Tiene un portón con un pesado llamador que golpea de forma incesante, desesperada. La puerta no se abre, no responden.

Alza la mirada al ventanal que hay sobre ella y ve unos ojos brillantes.

¿Qué ocurre? ¿Por qué no abren?

No la habrán oído.

Insiste, golpea con más fuerza.

—¡Marcos! —grita con toda su alma—. ¡Abridme, por favor! ¡Soy Gadea!

No hay respuesta.

Se queda desolada, no sabe a quién recurrir.

Entonces abren la ventana. «¡Por fin!», piensa ella.

—¡Soy yo, Gadea! No sé lo que ocurre, han atacado mi casa, mis padres... —Intenta contener las lágrimas y hablar más despacio para que se la entienda—. Les han hecho algo horrible. ¡Abridme! Tengo miedo de que vengan a por mí.

Se asoma un rostro, el del padre de Marcos. El médico es un hombre atento, muy respetado en la ciudad. Siempre ha cuidado de ella, no solo desde que se prometió con su hijo. Cuando ha estado enferma, se ha desvivido por atenderla, en especial cuando tuvo una fiebre alta siendo niña. Su madre le recordaba que si no hubiera sido por sus atenciones, habría muerto entonces.

—¡Vete de aquí! —le grita ante su sorpresa.

—¿Cómo? Soy yo... ¡Gadea!

—¡Fuera de nuestro portal! —vuelve a gritar airado.

Gadea no entiende nada.

—Pero... voy a casarme con Marcos, ¿acaso no me reconocéis?

En su mirada lee que sí, ¿cómo no va a saber quién es? Y Gadea también comprende que no va a ayudarla.

Aparece por el otro extremo de la calle una multitud con antorchas, vociferando proclamas contra los conversos y los judíos. La ventana de la casa del médico se cierra de golpe. El gentío enfurecido se aproxima hacia ella en mitad de una noche iluminada por los incendios que asolan las calles.

En ese instante sabe que tiene que huir o morirá.

Echa a correr, no mira atrás, no mira a nadie porque no puede fiarse de ninguno, ni vecinos ni amigos. La ciudad se ha vuelto loca y se matan unos a otros. Sale de la calle del barrio de la Magdalena y llega a la puerta del Corral de Don Diego, más adelante hay una muchedumbre que se aproxima enfurecida desde la catedral. Así que se da la vuelta y corre hacia la plaza de Zocodover. Al llegar a ella descubre algo espantoso: el lugar donde se corren los toros y se organizan las cucañas en las fiestas que tanto le gustan es ahora un campo de batalla.

No sabe a dónde ir.

El camino hacia el castillo se encuentra bloqueado por unas barricadas, el puente de Alcántara es infranqueable porque tiene dos puertas fortificadas que lo guarnecen. También el de San Martín está tomado por decenas de hombres armados, y además es de mayor longitud.

—¡Gadea! ¿Qué haces aquí sola? —le inquiere un amigo de su padre, que lleva el rostro ennegrecido y las ropas manchadas de sangre, y porta una daga y una antorcha en cada mano—. ¿Dónde está tu familia?

Ella no responde, y el hombre parece entender lo que significa ese silencio.

—Es una carnicería, vienen a por nosotros.

—¿Quiénes? ¿Qué está pasando?

—Ve a la puerta del Sol, si tienes suerte, aún estará en manos de los nuestros. Diles quién es tu padre. ¡Y huye lo más rápido que puedas!

—Pero ¿por qué? ¿Qué está ocurriendo?

—Hazme caso, nos van a matar a todos.

Una enorme llamarada revienta el tejado de una de las casas más altas.

—¡Vete! ¡Ya!

Un gentío asciende hacia ellos gritando y él la abandona para salir a su encuentro y enfrentarse en una lucha sin cuartel.

Gadea siente de nuevo ese impulso que la hizo huir de su casa dejando allí a su familia. Y otra vez obedece a su instinto o lo que sea que tira de ella. Porque no entiende qué sucede, desde que esas campanas comenzaron a tañer nada tiene sentido.

Avanza entre el humo, esquivando a los que lanzan proclamas y amenazas, convencida de que algo maligno ha poseído a sus vecinos. Alcanza la puerta por la que muchos están huyendo, y ella también debe hacerlo para salvar su vida. Pero llegan decenas de hombres armados. Para no quedarse atrapada, echa a correr, aunque cuando llega a la salida ya es tarde.

—Es una de ellos —dice un hombre que no conoce y que sujeta un garrote.

—Sí, sé quién es —responde otro riéndose—. Ven aquí, marrana, ¡no te escapes!

Gadea mira atrás y el panorama es aún peor, pues un grupo de gente se acerca enfurecida.

Está perdida.

Entonces piensa en su madre, en su mirada sin vida.

«Pronto estaremos juntas», se dice.

Los dos bellacos alzan sus armas contra ella, indefensa e inmóvil.

Una vara golpea al primero en la cara, rompiéndole la nariz y varios dientes; al segundo le atiza en la boca del estómago, para luego repetir en la mandíbula, que se le queda desencajada. Para rematarlo, otro golpe en la sien le revienta media cabeza.

—¡Abuelo!

Gadea se abraza a él.

—Mi niña, ¡corre! ¡Por Dios, corre todo lo rápido que puedas!

—¿Y tú?

—Cariño, no queda más remedio que sacrificar una pieza.

—¡No, abuelo! ¡No! —grita y se aferra a su cuello.

Pero él la separa.

—¡Huye!

Gadea le mira con lágrimas en los ojos y niega con la cabeza como una cría pequeña. Él la toma por los hombros y coge su mano.

—Escucha, debes hacerlo. Confía en mí, por favor, Gadea. Corre, ¡vamos!

Ella da unos pasos alejándose temerosa de él, sus manos comienzan a soltarse de las de su abuelo hasta que solo las puntas de las yemas de los dedos se tocan, y finalmente se separan.

Entonces es como si de pronto hubiera miles de pasos de distancia entre ellos.

Y Gadea echa a correr.

Su abuelo sonríe al verla huir. Se gira hacia el gentío, flexiona sus viejas rodillas y se prepara para recibir al primero de los hombres que se abalanzan contra él.

3

Duquesa es una buena yegua. Ruy había oído a muchos asegurar que pueden entenderse con sus caballos, y él no lo creyó posible hasta que la encontró. Ha tenido que aprender qué significa cada uno de sus gestos y sonidos. Lo primero fueron los movimientos de sus orejas, Duquesa las mueve hacia delante cuando está de acuerdo con lo que él le pide. Si las adelanta en exceso es que algo le llama la atención y él debe ponerse alerta. Las orejas de los caballos tienen la particularidad de poder rotar sobre su eje, esto les permite localizar el lugar de donde proviene un sonido. Pero si Duquesa dirige una oreja hacia atrás, a un lugar donde su vista no alcanza, es que señala un peligro.

Ahora está fatigada, llevan días cabalgando desde que huyeron de Granada y no ven el momento de cruzar la frontera y entrar en el reino de Castilla. Ya les queda poco; ha sido arriesgado, pero ha valido la pena. Necesita la crónica que acaba de robar, ya que está trabajando en un libro sobre los principales monarcas del reino. Y desea comparar lo que cuenta la crónica de una batalla con el relato que él conoce. Porque tiene la impresión de que se ocultó vital información y la narración que ha pasado de generación en generación es errónea.

Se detiene en una balsa de agua que forma un riachuelo para que Duquesa beba antes de afrontar la última parte del viaje.

Su nombre es Rodrigo Muniesa, pero quienes le conocen le llaman Ruy. Su estatura le delata, pues es mayor de lo normal por estos lares. Además es espigado, no le agrada atracarse de comida y tampoco de vino. Hasta el guerrero más fiero se transforma en un crío indefenso cuando está borracho. Sobre el color de sus ojos, algunos dicen que son avellana, otros que pardos con destellos verdosos, pero lo cierto es que parecen cambiar según la vestimenta que usa y el tipo de luz de donde se encuentre en ese momento. Su pelo y su barba son oscuros, pero ya asoman algunas canas prematuras que le otorgan cierta respetabilidad.

Otea el horizonte y, para su sorpresa, descubre en poniente una nube de polvo que marcha hacia ellos, lo cual es extraño, pues es allí a donde se dirige.

Duquesa levanta el cuello y sus orejas señalan un peligro, pero no marcan la misma dirección. Se alza sobre sus patas traseras y relincha enervada. Ruy no se lo esperaba y le cuesta controlarla.

Media docena de hombres emergen a su alrededor, estaban ocultos entre los matorrales. ¡Es una trampa!

Una flecha silba a su derecha y tiene que inclinarse para salvarla, tanto que se cae de la yegua, rueda por el suelo y se incorpora con presteza. Corre a coger la espada de su montura y se pone en guardia para bloquear el primer acero que le busca. Tiene destreza y reacciona con varios ataques, hasta que logra hacer a su adversario un corte en el hombro. No tiene tiempo para celebrarlo, porque otra espada le llega por detrás, más enérgica y malintencionada. La porta un hombre con ropas cristianas y una densa barba sobre la que sobresalen unos ojos oscuros.

Son mercenarios, han puesto precio a su cabeza.

Ruy toma la empuñadura con ambas manos, alza el filo y suelta ataques a un lado y a otro, haciéndole retroceder. Pero no logra que la balanza caiga de su lado, y su rival contraataca con más contundencia y le desarma.

Suelta una carcajada.

Sin embargo, Ruy toma una daga de su cinto, lo que hace que su enemigo se burle más de él. Pero no conoce la habilidad de Ruy con ese filo, quien esquiva dos ataques de su oponente, se agacha, salta hacia atrás y luego gira sobre sí mismo y le clava la daga en medio del pecho.

Respira aliviado, pero entonces otros dos hombres le rodean con largas lanzas y el arquero que le ha derribado le apunta con una nueva flecha. Mientras, el primer espadachín husmea en su zurrón y le muestra el libro que robó de la Alhambra.

Deja caer la daga y alza ambas manos.

—No van a pagarnos más por llevarte vivo —dice el que porta el libro.

—Cristianos al servicio del rey de Granada... —murmura Ruy.

—El dinero no entiende de religiones.

En ese momento surgen numerosas monturas, son caballeros de la Orden de Santiago, con la cruz roja sobre fondo blanco. Sus yelmos calados y sus relucientes cotas de malla atemorizan a los mercenarios, que se apresuran a huir, pero están rodeados.

Tiran las armas de inmediato y se ponen de rodillas.

Uno de ellos monta un caballo blanco de porte fabuloso, se acerca y le pide el libro al mercenario. Lo toma y lo hojea brevemente.

—Solo a ti se te ocurriría jugarte la cabeza por un manuscrito, Ruy.

—Nunca me he alegrado más de verte —saluda él.

El que acaba de salvarle la vida es Jorge Manrique, hombre de letras, poeta y caballero. Su padre, Rodrigo Manrique, es maestre de la Orden de Santiago de facto, y uno de los hombres más poderosos del reino.

—No va a salirte gratis —le advierte Jorge Manrique—, he venido a salvarte por una razón. Sabes que estamos en medio de una guerra civil, ¿verdad?

—Yo no tengo nada que ver con eso.

—Te necesitamos —pronuncia con rotundidad Jorge Manrique.

—No soy un hombre de armas.

—Luchas mejor que la mayoría de los caballeros que conozco, casi mejor que yo. —Jorge Manrique sonríe—. Pero soldados tenemos muchos, necesitamos otra cosa.

—¿Cómo que otra cosa? —Ruy se queda confundido—, ¿de qué estás hablando?

—Toma. —Jorge Manrique le devuelve el manuscrito—. Tenemos la oportunidad de cambiar el destino del reino, pensé que te interesaría formar parte de ello. Tú que tanto hablas de la importancia de conocer nuestro pasado para entender el presente e imaginar el futuro.

—Cambiar el destino del reino, ¿cómo?

Jorge Manrique sonríe victorioso.

—Te espero dentro de diez días en el Alcázar Real de Segovia.

Alza la mano y sus hombres se alinean, listos para partir.

—¿Qué hay en Segovia? —pregunta Ruy.

—El nuevo rey de Castilla —contesta el otro, y parte al trote seguido de los caballeros santiaguistas.

4

El fuego de la Magdalena empezó el martes y no se extinguió hasta la noche del miércoles, quemándose cientos y cientos de viviendas donde vivían miles de habitantes de Toledo.

El enfrentamiento entre cristianos viejos y conversos se veía venir desde hacía tiempo. Más aún cuando aprovecharon la guerra abierta entre el rey Enrique y el infante Alfonso para que cada bando tomara parte por uno de los pretendientes a la Corona. La ciudad se había alineado en el bando del infante, pero los cristianos viejos se levantaron en armas, lograron tomarla y entregársela al monarca.

Los muertos se contaban en ambos bandos, pero además numerosos conversos habían abandonado la ciudad temerosos de las represalias de sus vecinos.

Y ese es el motivo por el que Gadea lleva días deambulando por las estribaciones de la sierra de Gredos. Es muy joven y nunca antes ha estado sola fuera de su ciudad. Tiene hambre, sed y, sobre todo, un dolor permanente que le oprime el pecho y no la deja respirar, como si alguien la estuviera ahogando.

Recuerda la mirada inerte de su madre a cada instante y sus últimas palabras revolotean dentro de su cabeza como unas palomas enjauladas que gorjean sin cesar.

La familia de quien iba a ser su marido, lejos de ayudarla, la dejó sola ante el peligro. Jamás ha sentido antes tal sensación de decepción, un latigazo que te rompe el alma. No lo entiende, el médico es una buena persona, ayuda a los demás. ¿Cómo pudo dejarla abandonada ante aquella muchedumbre enfurecida?

¿Y Marcos, su prometido?, ¿dónde estaba? ¿Dónde está ahora? ¿Por qué no ha ido a salvarla?

Su abuelo se sacrificó en el puente, escuchó los golpes y los gritos a su espalda. ¿Habrá sobrevivido? Duda si regresar a buscarlo, pero si volviese a Toledo, su generoso acto habría sido en vano y huir no hubiera servido de nada.

Gadea es un alma en pena, deambula como un muerto en vida por el bosque de carrascas y sabinas.

«¿Qué demonios ha ocurrido?», se pregunta a cada paso.

No asimila el desastre.

¿Y qué será ahora de ella? ¿Cómo va a valerse por sí misma?

Sus pies avanzan por inercia, sin nadie que los dirija. Así llega a una loma pedregosa desde donde lanza su mirada al valle. Junto a la orilla del río observa movimiento. Tiene la tentación de echar a correr hacia ellos, sin embargo el miedo ha calado hasta el tuétano de sus huesos. Teme por su vida a cada instante.

¿Y si esas personas que divisa son como sus vecinos?

¿Qué dirá cuando le pregunten de dónde procede?

Todo son dudas, pero ahora no le queda más remedio que decidir por sí misma, pues nunca más estará su madre para guiarla, ni ella ni posiblemente su abuelo, nadie de su familia. Todos debieron morir, su padre, sus hermanos, sus amigos... Y lo peor es que los asesinos fueron sus propios conocidos.

Es una locura, un sinsentido.

Al final decide bajar al llano, se acerca con sigilo a la orilla y descubre un camino transitado. Ahora se aleja una caravana numerosa. Medita si ir tras ella, sin embargo está muy cansada y hambrienta, no tiene fuerzas para echar a correr. Y le afligen los pies, le afligen mucho porque su calzado no es el adecuado para este terreno.

Apenas sin darse cuenta, un carromato aparece tras ella. Lo conduce un hombre entrado en carnes, con una voluminosa panza y una cara redonda y sonrojada.

—¿Qué hace una joven tan guapa como tú sola por estos lares?

—Nada —responde de forma tan torpe que hasta ella misma se percata de su error.

—Estás muy lejos de cualquier sitio para no hacer nada. ¿A dónde te diriges? —Al ver que Gadea no responde, el carretero muestra más interés y se fija en su aspecto—. ¿Y tus padres?

Ella comete un nuevo error al no responder. Nunca se le ha dado bien ocultar sus emociones, lo sabe, y cuando intenta remediarlo todavía se hace más evidente.

—Les ha pasado algo a tus padres, ¿verdad?

Gadea sigue sin contestar, su cabeza todavía no puede ordenar las ideas. Piensa y habla más lento de lo normal en ella. No es torpeza, aunque lo parezca, sino una mezcla de miedo, perplejidad y angustia. Desde la matanza le cuesta procesar la información. Porque lo que siente realmente son unas ganas enormes de echar a correr y huir de nuevo. Está a punto de hacerlo, sin embargo hasta eso le supone un terrible esfuerzo.

—Pobrecilla. Anda, ven, sube —y le extiende la mano.

Ella, recelosa, no la coge. La última que agarró fue la de su abuelo y quiere conservar esa sensación en las yemas de sus dedos como un auténtico tesoro.

—Tendrás hambre, toma. —El hombre saca un buen trozo de pan y otro de carne.

Duda de nuevo y comienza a respirar de forma aparatosa. Está nerviosa, el hombre va a sospechar. Con mucho pudor, finalmente coge la comida. Lo hace despacio, y eso que jamás ha estado tan hambrienta. Antes solía discutir con su madre por su escaso apetito y ahora piensa que mejor comer hoy, a sabiendas de que mañana pueda no tener tanta suerte. La regañaba también por no querer ir a misa y la obligaba a aprenderse las oraciones y a cantarlas en voz alta durante la liturgia. ¿De qué le ha servido ser tan devota?

No deja de pensar en su madre, lo que ella daría ahora por volver a estar a su lado.

—Tranquila, que tengo más. —El hombre se ríe—. Conmigo nunca te faltarán buenas viandas, ¿no ves que tengo que llenar todo esto? —dice frotándose la barriga.

Gadea sonríe, es la primera vez que lo hace desde el fuego de la Magdalena. El carretero le hace un hueco a su lado y le ofrece de nuevo subir.

No sabe qué hacer, parece un buen hombre.

—Voy al norte, en Toledo las cosas no están bien ahora. —Hace un gesto de pesadumbre—. Han matado a mucha gente.

Ella intenta que su rostro no muestre lo que siente al oír esas palabras.

—Yo me quedé huérfano siendo un zagal, estaba solo y tuve que labrarme un futuro. Y ya me ves, ahora tengo mi propio negocio —afirma ufano—. Hay que superar los reveses de la vida, curar las heridas. Es verdad que una cicatriz nunca llega a ser lo mismo que la verdadera piel, pero la herida deja de sangrar igual, y eso es lo que importa de verdad.

Ella asiente.

—Sube, ¿qué vas a hacer aquí tú sola, en medio de la nada? Es peligroso, por estos caminos abundan los bandidos. Estarás mejor a mi lado, créeme.

Gadea echa un ojo a las estribaciones montañosas que la rodean, no quiere volver a dormir en la oscuridad del bosque, con frío, hambre y miedo. Se agarra al asidero y el carretero le alarga la mano para ayudarla, sin embargo ella la ignora orgullosa y, aunque está a punto de caer, logra subir por sus propios medios.

Juntos parten hacia el norte.

Le cuenta que se llama Salvador y que se dirige a Zamora para vender cera a unos frailes. Intenta ser gracioso durante el viaje, es un hombre bastante hablador y risueño. A Gadea eso no le importa, mejor demasiadas palabras que ninguna.

Él habla y ella asiente, y a veces pronuncia alguna palabra para no ser descortés. Realmente no le está escuchando, pero le agrada oírle hablar porque se imagina que se encuentra en su casa, y que esas frases son de sus padres y sus hermanos. Se frota las manos y recuerda a su abuelo. Es reconfortante no estar sola, por fin ha desaparecido el maldito silencio. Lo odia. El silencio la estaba volviendo loca. Ahora, con la conversación de Salvador, ya no escucha el eco de los gritos de su madre retumbar dentro de su cabeza.

Al caer el sol, Salvador le explica que no se fía de las posadas ni de las ventas, que son nidos de ladrones y malnacidos. Así que prefiere dormir en el bosque, aunque no al raso. Para ello extiende una manta desde su carromato hasta unos árboles, y así improvisa un techo bajo el que dormir. A veces, cuando ella está distraída, Salvador se queda observándola. Gadea siente sus ojos sobre ella, como cuando su madre la vigilaba.

Cae rendida. En la negrura más oscura de la noche, siente que debería tener miedo. Curiosamente, no es así.

Sueña que sus padres vuelven de entre los muertos, que vienen a darle un último abrazo, ese que no pudieron. Añora refugiarse entre los brazos de su madre, y aunque sea pecado, desearía poder ver sus fantasmas. Sabe que están muertos, pero ha oído las viejas historias de gentes que se aparecen por las noches. Al menos quiere eso, verlos aunque sean solo espectros. Mejor eso que la soledad más cruel.

5

Ruy ha viajado hasta Salamanca para investigar un asunto en su universidad y ahora avanza a lomos de Duquesa por la ribera del río Duero. Huele a quemado y a algo peor, a muerte. Es un hedor nauseabundo que lo impregna todo. Como una nieblilla invisible que extiende su putrefacción. En el campo de batalla, la tierra absorbe la sangre de los caídos con avaricia, sedienta de ella. La carne la devorarán las alimañas y desaparecerá, pero la sangre queda para siempre. Y luego están las almas de los muertos, nadie sabe a ciencia cierta qué sucede con ellas. Pero la realidad es que ningún hombre de armas desea pisar el lugar donde se ha vertido sangre, por algo será.

Los graznidos de los cuervos y los grajos son ensordecedores. Mira al cielo nublado, hacia poniente abundan los buitres volando en círculos, seguro que a la espera de algún festín. Reza una breve oración por los difuntos y prosigue su camino.

Al final del día llega a los pies de las murallas de la ciudad de Segovia. Desmonta y da unas palmadas en el lomo a Duquesa. Los guardias de las puertas le escrutan con recelo. Está acostumbrado, él es un hombre difícil de clasificar. Para empezar, no sirve a ningún señor; Ruy prefiere la libertad a la servidumbre, por mucho que esta última sea más placentera y segura. Los hombres valoran en exceso el calor de las certezas, en cambio él se mueve con familiaridad entre el frío de la incertidumbre.

Es un hombre al que la vida no le ha regalado nada. Nació en una aldea de Logroño, era el tercer hijo de un hidalgo, que fue quien le enseñó a tirar de espada y a montar. Su madre, en cambio, era hija de una familia noble que nunca vio con buenos ojos aquel matrimonio. Fue ella quien le enseñó a leer castellano y latín con solo cinco años, y luego lo llevó a un colegio de dominicos donde se destapó como un brillante estudiante. A pesar de la oposición de su padre, que insistía en que el muchacho estaba dotado por la naturaleza para el oficio de guerrear. Así que le hizo unirse a una leva en una campaña militar en el sur. Con apenas veinte años fue capaz de vencer en una escaramuza que le dio una enorme fama y el puesto de alférez. Y también algo mucho más inesperado. Sería el inicio de su interés por la historia, pues pasó a servir al conde de Haro, quien lo puso bajo su protección; además, disponía de una extensa biblioteca y era hombre interesado en las letras. Poco a poco su amor por la historia y los libros le hizo abandonar las armas, y el conde le ayudó cuando quiso ampliar sus estudios.

Tras la muerte del conde, decidió viajar por el reino para conocerlo mejor y comenzó a escribir crónicas de lo que veía y acontecía. Sus textos fueron adquiriendo importancia y llamaron la atención de la Corte, a la que fue llamado y donde trabajó hasta que sus desavenencias con los cronistas oficiales le hicieron dejarla y establecerse por su cuenta.

Ahora sobrevive obteniendo libros lujosos y raros para altos nobles y ricos comerciantes. Con eso sufraga su verdadera pasión, ser cronista y así investigar la historia pasada y narrar los hechos históricos que certifica dignos de pasar a la posteridad. Él se considera un historiador como el mismísimo Homero. Si bien no escribe cantos tan épicos y busca con ansia la veracidad. A Ruy le obsesiona contar los sucesos que le ha tocado vivir y entroncarlos con la historia anterior.

Cree que si volvemos la vista a la historia y a los libros, casi todo se ha vivido antes. Y ese hecho le hace sentirse menos solo en sus propias experiencias y le ayuda a planear el futuro, ya que está directamente relacionado con nuestro conocimiento del pasado.

Los avances en la construcción de catedrales o de barcos se logran a través de ir probando diferentes soluciones, a modo de ensayo y error, buscando siempre mejoras y respuestas para los problemas que se presentan. La historia no es tan empírica, pero es cierto que las experiencias del pasado nos ayudan a no reincidir en algunos errores. El fuego del futuro se alimenta con la madera caída del pasado.

Por eso es esencial la labor de un cronista que narra la verdadera historia.

¿Qué leerán en el futuro?

Las nuevas generaciones tomarán como cierto lo que esté escrito en las crónicas. Su responsabilidad es inmensa y eso no lo entienden sus coetáneos, que ignoran que no solo narran el presente, sino que están influyendo poderosamente en cómo será el desconocido futuro.

Además existe un problema añadido: él no es el cronista real de Castilla, un cargo que instauró el anterior rey, el padre de los dos hijos que ahora se disputan el trono. Es un nombramiento real, con un cuantioso sueldo que lleva implícita la sumisión total a la Corona.

Y Ruy no está dispuesto a corromperse ni a tergiversar la historia. Él precisa de libertad para narrar la verdad de lo que sucede. Por eso declinó el cargo, lo que le ha provocado un sinfín de calamidades y sinsabores. No le queda otra opción que lidiar con ellos, es el precio que debe pagar para poder desarrollar su oficio como él quiere.

Por conseguir un códice o un antiguo pergamino está dispuesto a todo: a peligrosos viajes, a colarse en palacios, monasterios o donde sea necesario. A luchar y a jugarse la vida. Es un auténtico cazador de manuscritos y sabe que la verdad merece cualquier sacrificio.

Deja a Duquesa en un establo y entra en Segovia. La dureza de la batalla se refleja en las calles, llenas de heridos que han ido llegando en busca de refugio y atención médica. Pero sobre todo destacan las huestes vencedoras, embriagadas de alegría y entusiasmo.

Son los hombres del infante Alfonso, autoproclamado monarca, que se ha levantado en armas contra su medio hermano, el rey Enrique, disputándole el trono de Castilla.

«Este reino nunca está en paz. El día que lo logre, sabe Dios de lo que será capaz», dice Ruy para sí mismo.

Pero... ¿quién lo verá?

Él ya ha perdido la esperanza. Los nobles de Castilla llevan décadas intrigando en contra de sus monarcas de forma obscena, buscando únicamente su propio beneficio.

Ahora en Segovia ondean los emblemas de las diferentes casas que han aupado al trono al infante Alfonso, apenas un crío. Las más numerosas son las armas de Alfonso Carrillo de Acuña, arzobispo de Toledo.

«Con la Iglesia hemos topado», piensa.

El arzobispo Carrillo cuenta con las mejores huestes al sur de los Pirineos. Pocas veces la espada y la cruz se han sostenido con tanta fuerza por las mismas manos, las cuales agarran de manera firme ambas empuñaduras. Además, el arzobispo posee fama de audaz diplomático y tiene una estrecha relación con la Corona de Aragón, así que hay que andarse con buen ojo con él. Es zorro viejo, y de todos es sabido que el diablo sabe más por viejo que por diablo. Muchos piensan que si él gobernara el reino, los males se solucionarían aplicando su mano de hierro y su experiencia.

En esta guerra, los dos contrincantes aseguran ser el rey de Castilla; ambos son de la Casa de Trastámara, hijos del rey Juan, pero de distintas esposas. En este gran tablero que es el reino de Castilla, las reinas son figuras secundarias, sin ningún poder práctico.

Solo importan los hombres, los hijos, y eso precisamente pretenden dilucidar en esta guerra fratricida: quién debe ostentar la corona del padre.

Las familias son así, las peores disputas son siempre entre primos o hermanos, también las de la realeza.

La batalla se ha librado en los campos de la villa de Olmedo y ha sido tan ajustada que al parecer ambos reyes han proclamado la victoria. En una guerra nadie acepta nunca una derrota.

Sin embargo, la realidad tras la batalla es que Segovia se halla ahora bajo dominio del joven Alfonso, y en especial su Alcázar, que además de ser la fortaleza más importante de Castilla protege el tesoro real. Así que, para Ruy, el vencedor está claro.

Jorge Manrique le ha hecho venir hasta aquí, pues su amigo sigue los pasos de su padre en el campo de batalla. Entablaron amistad en un asedio a una fortaleza musulmana, cuando el joven Manrique le confesó que era poeta y le hizo escuchar sus versos, lo que provocó que a Ruy el largo sitio se le hiciera menos interminable.

A su amigo no le falta agudeza, es un buen escritor de composiciones amorosas, repletas de alegorías sobre temas obscenos, pero escritas con tal ingenio que nadie pueda echárselo en cara. Jorge Manrique destila aires de trovador, con el cabello largo y la mirada brillante, una nariz que parece esculpida por el mejor escultor del reino y unos ojos rebosantes de carácter.

En sus versos no duda en resaltar todas las virtudes de las mujeres y en hacer que los hombres las admiren. Aunque donde más se luce es en las composiciones burlescas, en ellas deja volar todo su talento, con una ironía más fuerte y descarada, y frases punzantes, a veces hasta ofensivas para los aludidos.

Ruy pregunta a varios hombres hasta que le indican dónde hallarlo, en una casona cerca del palacio arzobispal. Allí, Jorge Manrique le recibe con un jubón amarillo reluciente y una sonrisa que no le cabe en el rostro.

—Sabía que vendrías. —Se funden en un abrazo—. ¡Qué batalla! Hemos vencido, Ruy. ¿Te das cuenta? Segovia es nuestra y el Alcázar está en nuestras manos, ¡la morada de los reyes de Castilla!

—¿No me habrás traído aquí para invitarme a la fiesta de la victoria?

—¿Y por qué no? No todos los días se erige un nuevo monarca, y menos sobre la sangre de sus enemigos.

—¿Tan clara ha sido la victoria? ¿Seguro?

—Bueno... —Jorge Manrique le mira torciendo el gesto—. Hemos ganado, pero la guerra no ha terminado.

—Eso me parecía a mí, no es fácil derrocar a un rey —advierte Ruy.

—Un monarca sin descendencia.

—Tiene una hija —puntualiza Ruy arqueando una ceja, un gesto muy característico en él.

—Dicen que no es suya.

—Eso no puedes asegurarlo, Jorge.

—Sí puedo, Ruy. Ese hombre... no puede tener hijos.

—Habladurías.

—No, amigo. No lo son —dice con un tono rasgado Manrique—. ¿Sabes que envió una expedición a África en busca de... un cuerno de unicornio?

—¿Cómo has dicho?

—Cuentan por ahí —se acerca la mano a la boca para que nadie le escuche— que el polvo del cuerno de unicornio cura... la impotencia. Eres historiador, ¡deberías saber de esas cosas!

—¡Jorge, por favor!, que no soy una de esas damas de la Corte a las que engañas con tus versos.

—Ruy, te juro que es verdad. Que me lo contaron en Sevilla.

—A saber dónde, seguro que en una taberna.

—Un lugar magnífico para enterarse de lo que ocurre, allí a todos se les suelta la lengua al tercer vino, como mucho al cuarto. Yo de este rey me creo todo lo peor... ¡y más! —enfatiza alzando la mano—. Enrique no puede tener hijos y está entregando Castilla a débiles y advenedizos.

—Quieres decir, a la baja nobleza.

—Los está comprando, ¿entiendes? Les concede títulos, tierras y bienes para que hagan lo que él quiere sin que nadie se oponga —explica Jorge Manrique—. Una cosa es no mirar cuántos castillos tiene el escudo de armas de quien está a tu alrededor, y otra bien distinta es no apreciar la valía y rodearte de muertos de hambre para que sean tus siervos y obedezcan sin rechistar, mirando solo por sus intereses y no por los del reino. ¡Mi familia jamás caería tan bajo!

—Eso ya lo sé, tranquilo. —Ruy le da una palmada en la espalda—. Los reyes llevan siglos dividiendo a la nobleza, aúpan a unos y hunden a otros. Lo que sea para seguir conservando la corona sobre sus sesudas cabezas.

—Cualquiera que te oiga...

—Los señores os peleáis por sus favores —añade Ruy—. Si elige nobles de segundo grado lo hace precisamente porque no se fía de los más poderosos, esos que se creen con autoridad para decidir quién debe reinar. ¿Y a quién apoyáis en su lugar? Al infante Alfonso, que es solo un crío. ¿Estáis seguros de que es él la solución?

—Sin duda —responde Jorge Manrique con rotundidad—. Y ahora él es el rey, no te olvides.

—¿Qué beneficio obtiene tu familia estando de su lado?

—Ninguno —contesta el joven Manrique juntando mucho los labios y negando con la cabeza—. Insisto en que mi familia solo desea lo mejor para el reino.

—Eso decís todos...

—Me ofenden tus dudas, Ruy. —Jorge Manrique se lleva la mano al pecho.

—Seguro que sí. —Ruy le mira con reproche y él se echa a reír.

—Enrique está acabado, hazme caso. ¡Alfonso es el futuro! Es el único varón de los Trastámara que puede dar continuidad a la dinastía. Siempre se ha dicho que los Trastámara están designados para unir todos los reinos hispánicos, ¿o no es verdad?

—¡Claro que no! Eso no son más que habladurías... Cómo se nota que eres poeta y tienes alma de trovador.

—¡Ya estás otra vez! ¿Qué tienes contra los poetas?

—No me fío de vosotros, la poesía engaña a las gentes.

—¡La poesía las libera! —exclama haciendo aspavientos con las manos y dando una vuelta sobre sí mismo como si estuviera bailando.

—Jugáis con las palabras y perturbáis la percepción de la gente.

—Hacemos magia, que no es lo mismo. Y tú lo que tienes, querido amigo, son celos.

—¡Por Dios! Lo que me faltaba por oír.

—Sí, sí. Esas cosas que escribes aburren hasta a un muerto. Los textos deben tener vida, corazón, ¡deben palpitar!

—Jorge, soy cronista, investigo los hechos pasados y escribo los presentes.

—Pero puedes hacerlo de forma que cale en la gente, que llegue a sus sentimientos. ¿Qué me dices de Homero y la guerra de Troya?

—Esta conversación ya la hemos tenido antes, no vamos a llegar a ningún entendimiento. —Ruy tuerce el gesto.

—El mundo está cambiando, amigo mío. Ya no es posible seguir gobernando como hasta ahora, créeme. Ruy, está en nuestra mano decidir si queremos ser comparsas o protagonistas del cambio.

—¿Y por eso me has llamado, Jorge?

—Lo he hecho por nuestro nuevo rey, simboliza el futuro y necesita que alguien le instruya en la historia. Y he convencido a mi padre de que seas tú.

—Sabes que no deseo formar parte de ninguna corte.

—Esta vez es distinto, Ruy. Confía en mí, Alfonso puede llegar a ser el monarca con más trascendencia de Castilla, pero para lograrlo no debe dejarse influenciar ni por el arzobispo Carrillo ni por Pacheco. Ha de conocer la historia, lo que ocurrió, pues es esencial para entender el presente...

—... y vislumbrar el futuro. No me parafrasees, Jorge.

—Te duele que utilice lo que tanto pregonas. Me has hablado mil veces de la importancia de la historia y ahora te estoy ofreciendo que se la enseñes ¡a un rey! Que le muestres la grandeza de nuestro pasado, para que sean los cimientos de nuestro futuro.

—¿Y la Corte está de acuerdo? Me cuesta creerlo.

—Mi padre ha sido tu gran valedor y el arzobispo Carrillo está conforme, solo Pacheco ha mostrado alguna reticencia.

—Desde luego tienes el don de persuadir a la gente, incluso a la más poderosa.

—No conozco a nadie mejor para instruir al nuevo rey. Enséñale a pensar con sentido crítico, háblale de tus libros, de nuestra historia, pero también de Roma, de la guerra de Troya, de Homero y de Séneca. Dale las herramientas para que sea un buen rey.

—Maldito poeta... —Ruy niega con la cabeza—. Sabes cómo engatusar al más reticente.

—No, lo que ocurre es que tengo razón, y lo sabes. Ahora no perdamos más tiempo, tienes que prepararte. Pronto conocerás al nuevo rey de Castilla.

6

Durante varios días, Salvador y Gadea avanzan en el carromato por caminos embarrados a causa de las lluvias recientes. El caballo que tira es viejo, pero aún tiene fuerzas para seguir a pesar de las penurias del terreno. Finalmente, alcanzan una calzada pavimentada, ancha y bien aplanada. Gadea se reconforta de no tener que caminar, sus pies están aún doloridos.

—Esto es otra cosa, ¿verdad? —Salvador se comporta cada vez de forma más cariñosa y la cubre de atenciones—. Es uno de los caminos de la Mesta.

—¿De qué? —Gadea suelta su lengua, para satisfacción de Salvador.

—Por aquí pasan los ganaderos, son poderosos y de los más ricos del reino. Yo he conocido gente humilde que ahora vive en la abundancia porque hizo fortuna con el ganado. La Mesta es un concejo que creó un fabuloso rey, Alfonso X, que por algo le llaman el Sabio. Reunió a todos los pastores de los reinos de León y de Castilla y les otorgó importantes privilegios.

—Tú no eres ganadero, ¿puedes usarlo?

—Claro que sí, no mezcles churras con merinas. —Se ríe—. Sabes que son ovejas, ¿verdad? Las churras proporcionan una exquisita carne y una sabrosa leche. Por su parte, las merinas son famosas por su lana blanquecina y densa. Son exclusivas de nuestra tierra, no existen en ninguna otra parte del mundo, por eso la lana castellana es la mejor —afirma orgulloso—. La grandeza de este reino se ha hecho a base de lana de oveja. Ni oro, ni plata, ni especias ni gaitas.

—Lana.

—Eso es, por eso Castilla es el reino más rico de la Cristiandad.

—Entonces ¿estos caminos son para esas ovejas? —pregunta Gadea.

—Exacto, son mejores que los de las personas. —Se vuelve a reír—. Los labradores comenzaron a roturar los pastos prohibiendo el paso del ganado por estas zonas. Ellos cultivan cereal, que es con lo que se alimenta al pueblo. Mientras que los ganaderos de ovejas merinas proporcionan la lana de los tejidos lujosos de los ricos y poderosos. Así que está claro quién tiene las de ganar.

Al final de la semana acampan cerca de un puente, Salvador monta el techo portátil, enciende un fuego y prepara una sopa con algo de carne. El carretero tiene buena mano para los guisos y este sabe especialmente delicioso.

—He utilizado unas especias de tierras lejanas, son costosas, pero nos merecemos disfrutar de la vida, ¿no crees, Gadea?

—Es lo más rico que he probado nunca.

—Me alegra oírte decir eso, a mi lado no tienes nada que temer. Yo me haré cargo de ti, no quiero que te suceda nada malo. Si no es por mí, a saber qué te hubiera pasado.

Ella no contesta, aunque sabe que Salvador tiene buena parte de razón.

—En la vida hay que ser agradecido, ¿entiendes? Nunca hay que morder la mano que te da de comer. Vamos a estar bien, mañana llegaremos a Zamora y te compraré una saya nueva.

—¿De verdad? —Gadea lleva aún las mismas ropas de cuando huyó de Toledo y esa noticia le ilumina el rostro—. ¿Y unas botas? —Se mira las roídas que calza.

—Bueno, las botas son caras. Ya veremos. —Le toca cariñosamente el cabello.

Tras la cena, cuando llega la hora de acostarse, Gadea disputa una cruenta lucha contra la melancolía. En realidad la tiene cada minuto del día, solo que al caer la noche se agudiza, las fuerzas le flaquean y el dolor la vence. Recuerda que de pequeña vio una vez a un pobre tullido en el mercado de Toledo que pedía caridad. Su abuelo se apiadó de él y le dio una moneda. Cuando ella le preguntó por qué le daba dinero a ese hombre, le contó que es terrible que te arranquen una parte de tu cuerpo; que los amputados sienten dolores, calambres, cosquillas en la pierna o el brazo que ya no tienen. Así se sentía ella sin su familia, como si le hubieran amputado una parte de su alma, sintiéndoles donde ya no están.

—No estés triste, pequeña. —Salvador la escucha sollozar, se acerca a ella y le pasa el brazo por encima del hombro abarcándola por completo—. Yo cuidaré de ti.

Gadea asiente agradecida.

Siente los dedos gruesos y fríos bajando hacia su pecho. El mismo impulso de la noche del fuego de la Magdalena la empuja a salir corriendo, aunque en esta ocasión se halla aprisionada por el pesado cuerpo de Salvador, que la impide moverse.

—¡Qué haces! —Intenta zafarse.

—Ya no eres una niña y yo soy un hombre, te he cuidado y alimentado, voy a comprarte ropa nueva. Ha llegado la hora de agradecérmelo. Este va a ser nuestro trato, pequeña.

—¡Suéltame!

Él la agarra más fuerte, tapándole la boca con su enorme mano abierta.

—Sé que vivías en Toledo, vi a muchos antes de dar contigo. Sois conversos y huíais del fuego de la Magdalena, los conversos y los cristianos viejos se han matado entre sí en Toledo —le susurra al oído—. Ha debido ser terrible, los que he encontrado hablan de combates encarnizados, que han llegado a usar fuego de artillería, y que familias enteras han perecido o han tenido que huir.

Gadea contiene las lágrimas con enorme esfuerzo.

—No hace falta que me digas que mataron a tu familia, sé que solo me tienes a mí. Sin mi ayuda te morirías de hambre, y de todas formas, si no haces lo que deseo, te entregaré a los que matan a los herejes como tú.

—¡Déjame! —El fuego crece y crece en el interior de Gadea, no puede contenerlo.

—Eres una conversa, tu sangre no es pura. Pero yo puedo ayudarte —dice con un tono de voz más apacible—. Conmigo nadie lo sabrá nunca, soy un cristiano viejo, te daré mi apellido. A cambio tienes que portarte bien, soy un buen hombre, no te faltará de nada, si obedeces y me haces feliz.

—Por favor... —implora desconsolada.

—Con el tiempo me querrás, ya lo verás. —Mete una mano por debajo de su ropa y le acaricia la piel—. Puedo comprarte unas botas nuevas de esas que tanto te gustan. —Con las yemas de los dedos de la otra mano recorre su cuello.

Entonces Gadea gira la cabeza y le muerde la mano, clavando los dientes con rabia en la carne hasta llegar al hueso, como una fiera encolerizada. Salvador la suelta, pero no logra liberarse de ella.

Aprieta aún más, y solo cuando siente el sabor salado de la sangre en su boca libera a su presa, se alza sobre sus manos y pies y le mira desafiante, como un felino de esos que ella tanto adora. Los ojos de Gadea brillan salvajes y poderosos bajo la luz de la luna.

El gemido de dolor de Salvador es tan profundo que espanta a los pájaros que dormitan cerca de ellos.

—¡Maldita seas! —Le propina tal bofetada que la tumba contra el suelo y le parte el labio inferior.

Salvador tiene la mano ensangrentada, le ha arrancado un trozo de piel. Ahora Gadea también sangra por la nariz y la boca.

—¡Serás desagradecida!

El carretero se alza sobre sus piernas mostrando su envergadura, ante la que Gadea, malherida y tirada en el suelo, parece insignificante.

Se agacha sobre ella y la vuelve a aprisionar con su pesado cuerpo. Gadea estira los brazos hacia atrás, siente su aliento fétido y repugnante. Toca algo con las yemas de sus dedos, se estira más, consigue agarrar una de las ramas del fuego aún ardiente y le golpea en la cabeza.

Salvador grita de forma descarnada mientras se tapa el rostro, retorciéndose de dolor.

Ella se incorpora y se lanza contra él, impactando en su abultada barriga, le hace perder el equilibrio y cae sobre las ascuas de la hoguera. El intento de agarrarse a algo, provoca que caiga sobre ellos la tienda.

Gadea logra liberarse de la lona y se incorpora rápida antes de que él pueda hacer lo mismo. Entonces las telas comienzan a prenderse y Salvador vocifera de manera desesperada.

Ella echa a correr, nerviosa y desorientada, se trastabilla y cae al suelo.

Saca fuerzas de donde puede, se yergue y llega al carro. Coge una bolsa y monta sobre el viejo caballo que se halla sin los arneses. El animal, sorprendido, alza el cuello lentamente y ella lo acaricia.

—Sácame de aquí —le susurra como si pudiera entenderla.

Debe hacerlo, porque escarba la tierra con una de sus patas delanteras y levanta la cola antes de salir al galope espoleado por Gadea. Parece dispuesto a rememorar tiempos pasados, cuando era un potro ágil y veloz. Mientras, ella escucha cada vez más lejanos los gritos de Salvador, que tiene media cara enrojecida por las quemaduras, y que jura y perjura que la muerte no será castigo suficiente para ella cuando la atrape.

7

Resulta imposible saber si hay alguien dentro del Alcázar de Segovia, si el rey se encuentra en sus aposentos o en la guerra. Erigido sobre la propia roca, su cara norte se halla al borde de un barranco que cae hasta el río, inexpugnable durante un asedio. Mientras que su flanco más próximo a la ciudad se ubica separado de la misma por un profundo foso excavado en la roca. La fortaleza es un entramado de torres y muros tan altos como las nubes, que desde fuera dibujan una férrea apariencia de impenetrabilidad.

No hay duda de que es el castillo más exuberante que se ha edificado jamás, los mandatarios extranjeros así lo atestiguan. Por eso los reyes siempre los reciben en él, para mostrarles el poderío del reino. Para hacerles sentirse insignificantes y minúsculos antes de conocer a su regio propietario.

Ahora pertenece al nuevo monarca, un muchacho del que Ruy no deja de recordar que solo tiene catorce años.

—Pocos tienen la oportunidad de entrar aquí —murmura Jorge Manrique, que avanza tras los pasos de cuatro guardias que los custodian desde que han atravesado el portalón de la fortaleza.

—Ojos que no ven, corazón que no siente. —Ruy observa con recelo todo a su paso—. Mejor que el pueblo viva sumido en la ignorancia, así es más fácil de gobernar.

—Tú siempre tan optimista, Ruy. —Jorge Manrique se mueve por las entrañas del Alcázar con una confianza inusual en otros, pero intrínseca a su persona.

Ante los ojos de Ruy, el Alcázar se descubre como una fortaleza sublime. Es la arquitectura del poder en mayúsculas, de ese poder del que el pueblo solo puede atisbar leves destellos en ocasiones contadas, y que por lo común percibe en forma de impuestos, leyes, prohibiciones y desfiles durante los días señalados. Es residencia de los reyes de varias dinastías desde tiempo inmemorial. Si sus piedras hablasen, contarían los secretos más ocultos que uno pueda imaginar. Dentro de sus muros, el mundo gira a un ritmo diferente al resto, ni más despacio ni más deprisa, solo distinto.

—Enrique ya llevaba años intentando tener descendencia, incluso cuando su padre aún vivía, y de eso hace quince años. ¿De verdad crees que el viejo rey don Juan deseaba dejarlo a él como heredero?

—De lo contrario lo habría expresado en su testamento —contesta Ruy, poco convencido.

—Un rey también es padre, desheredar a tu primogénito es quizá pedir demasiado, aunque sea lo mejor para el reino y lo que realmente quieres. Yo creo que el viejo rey soñaba con que su hijo pequeño, Alfonso, fuera su sucesor. Seguro que estaba al corriente del mal que aquejaba a su hijo mayor para tener descendencia, y un rey sin hijos no es un rey.

Al acercarse a la colosal torre que protege la única entrada, escuchan unos inesperados rugidos. Ruy se vuelve alarmado, no entiende de dónde procede el amenazante sonido, y entonces ve a Jorge Manrique asomarse al foso. Él hace lo mismo y descubre a varios osos observándolos desde el fondo.

—¿Qué hacen ahí?

—Son regalos —responde Jorge Manrique—, creo que hay cinco, y también un león y no sé qué más... Son presentes que recibió el inepto del rey Enrique.

—Pero ¿por qué los tienen aquí?

—Para impresionar a los que se acercan, como tú. —Se ríe—. Es una forma de atemorizar a los enviados de otros reinos. Un espectacular castillo con la torre más alta que existe y el más profundo foso donde habitan peligrosas bestias.

Le da una palmada en la espalda y prosiguen su camino cruzando el acceso del Alcázar.

—El rey Alfonso no solo garantiza la continuidad de la Casa de Trastámara, de hecho es el segundo en la línea de sucesión, sino que, como te decía antes, yo creo que su padre sí pensó en él como el heredero de la corona.

—¿Por qué dices eso?

—Porque le otorgó rentas, villas, ciudades y títulos, como el de Condestable de Castilla y el de Maestre de Santiago, que son una herencia propia de un rey.

—Nada es lo que parece en este reino —murmura Ruy—. Habéis ganado una batalla importante, pero la nobleza sigue enfrentada.

—Los nobles siempre están divididos —le recuerda Jorge Manrique—. Es inevitable, precisamente por eso es necesario un monarca fuerte. El rey Alfonso ha ganado la batalla decisiva y cuenta con el apoyo del arzobispo Carrillo, quien tiene como aliados a la Corona de Aragón y, por supuesto, al marqués de Villena, Pacheco.

—¿Y te fías de él? Era la mano derecha de Enrique y ahora mueve los hilos contra él —advierte Ruy, preocupado.

—Rectificar es de sabios.

—Tienes respuestas para todo, Jorge.

—Ya hace tres años que Alfonso fue coronado en Ávila —dice con seguridad—. Posee una Corte plenamente formada, una cancillería efervescente, una sólida administración y unos órganos de gobierno que permiten actos tan soberanos como el de acuñar moneda o expedir títulos nobiliarios. Castilla debe evolucionar, Enrique es el pasado. —Hace una pausa y carraspea.

—Aún tenéis frentes abiertos en Toledo y Galicia, ¿cierto?

—Siempre hay contratiempos —asiente Jorge Manrique.

A Ruy nunca le ha agradado en exceso la Corte, donde todos tienen sus intereses, aspiraciones y una ambición desmedida. Lo malo del poder es que quien lo toca, aunque sea poco y por escaso tiempo, corre el riesgo de corromperse. Es como la peste, a veces basta solo con inspirar su hedor para sucumbir a sus males.

Jorge Manrique en cambio se mueve con soltura, conoce a la perfección los protocolos y la forma de dirigirse a cada uno de los variopintos personajes que la pueblan. Porque esa es otra, la Corte está habitada por hombres y mujeres que no se ven por las calles, algunos son ejemplares tan extraños que no se sabe si son parte del decorado o tienen alguna función específica. Su amigo sabe cómo y a quién sonreír, de quién guardarse las espaldas y, sobre todo, en quién confiar. Lo ha aprendido de su padre a buen seguro, pero también le ayuda esa dote suya de trovador y hombre de armas.

Jorge Manrique es todo un personaje, su propio nombre es una rareza. Nadie en Castilla lo usa, suena extraño. Es más propio de la vecina Corona de Aragón, donde sus huestes se encomiendan a san Jorge antes de la batalla. Pero no en Castilla. Así que su elección no fue baladí, y es que su padre siempre ha tenido buenos contactos con los aragoneses.

Conforme avanzan por el laberinto de estancias, Ruy observa la decoración, ideada no solo para satisfacción de sus moradores sino para abrumar a sus visitantes: siervos, enemigos y dignatarios de otras tierras. Cualquier hombrecillo se desvanece en su interior, como si el peso de los muros te empujara hacia abajo.

Acceden a una nueva sala, levanta la vista y admira un asombroso artesonado de madera que recuerda al casco de una galera invertida; en su decoración se derrochó oro, azul y púrpura, colores exclusivos de la nobleza. Ruy nunca ha visto nada tan magnífico e intenta disimular su admiración.

La siguiente estancia es incluso más impresionante, en lo alto alberga las estatuas de reyes anteriores. No cabe duda de que está ideada para que a cada zancada se sienta uno más insignificante aún. Ruy desgaja los muros con la mirada y rebusca entre las columnas; olfatea los aromas que fluyen en el ambiente; escucha el eco lejano de las órdenes de los antiguos monarcas, desde Alfonso el Sabio hasta Pedro el Cruel. Siente clavados en su nuca los ojos de todos esos reyes difuntos.

Llegan a otra de la interminable sucesión de lujosas salas, cada vez más reducidas y que van empequeñeciéndoles también a ellos conforme las recorren.

Por fin, la última.

Ante ellos, un trono con un respaldo alto y coronado por el escudo real; sentado en él, un muchacho con una corona sobre su cabeza, de mirada profunda y compleja, que viste con una larga túnica dorada y de su pecho cuelga la cruz de Santiago.

A su derecha, de pie y con pose militar, un noble de mirada desafiante, como no podía ser menos, y rostro curtido, con un gesto inconfundible de poder. Ningún campesino puede mirarte así jamás, tampoco un hombre de armas o un comerciante. Es la mirada que se adquiere desde la niñez a base de ordenar y ser obedecido. También de infundir respeto, cuando no temor, y de creerse superior al resto. Un semblante que hace dudar de quién es el que preside realmente la sala regia.

—El que está más a la derecha es Pacheco, el marqués de Villena; mucho cuidado con él.

Se detienen a una distancia de unos veinte pasos de ellos y hacen la reverencia protocolaria. El monarca les indica que se incorporen.

—Es un placer teneros aquí, Jorge Manrique —saluda el joven rey con la voz forzada—. La ayuda de las huestes de vuestra familia ha sido esencial en la victoria, expresadle mi gratitud a vuestro padre. —El aludido asiente—. Ojalá podáis dedicar algunos de vuestros famosos versos a nuestra victoria.

—Contad con ello, majestad.

—¿Él es el hombre de quien me hablasteis?

—Rodrigo Muniesa, una de las mejores mentes que conozco, hombre de una inteligencia fuera de lo común y que ha leído todos los libros que podáis imaginar.

—Elogiosas palabras, sin duda —afirma el rey Alfonso—, ¿sois digno de ellas?

—Desde luego que no. —Ruy inspira, un gesto habitual en él antes de hablar, como si tuviera que retener las palabras que quiere decir—. Solo soy un humilde cronista e historiador, majestad.

—Sois cronista —interviene el marqués de Villena—, pero no el oficial del reino.

—En efecto, me satisface más considerarme historiador, pues dejo constancia de lo que mis ojos ven para que perdure nuestra historia en los tiempos venideros. Y también estudio el pasado para entender nuestro presente.

—¿Cómo sé que este hombre es el adecuado? —inquiere el rey.

—Lo es, creedme, majestad —se apresura a responder Jorge Manrique—. Receló siempre de vuestro... del anterior rey. Por lo cual es de fiar. No hallaréis en este reino, ni en ningún otro, a nadie que sepa más sobre los reyes que os precedieron en el trono.

Pacheco susurra algo al oído del monarca y este mantiene el rostro impertérrito. Se hace un largo silencio, los presentes aguardan las palabras del rey Alfonso, nadie se atreve a romperlo antes que él.

—Que así sea, me dará clases de historia. —El joven monarca se levanta de su trono—. Ahora tengo asuntos más importantes que tratar. Pacheco, lo que me preocupa es Toledo; los conversos fueron masacrados, no quiero que en mi reinado se permitan semejantes acciones. Los judíos y los conversos me han apoyado y debemos protegerlos.

—Majestad —interviene el aludido Pacheco—, es a los cristianos viejos a quienes debemos proteger, no a sucios conversos y herejes. Cuando el agua se mezcla con la tierra, ya nunca volverá a ser cristalina. Y cuanta más cantidad, peor, pues llega a convertirse en barro. Con la sangre y con la fe sucede exactamente lo mismo.

—Son mis súbditos, todos ellos —enfatiza el rey Alfonso—, y son mi responsabilidad.

Ruy se muestra complacido por esas palabras finales del monarca. Se inclina de nuevo, al igual que Jorge Manrique, y abandonan juntos el salón real.

Cuando salen del Alcázar, su amigo le coge del brazo.

—¿Qué me dices ahora?

—Es cierto que posee aptitudes y actitud, pero es un zagal y tiene a Pacheco susurrándole a la oreja —recela Ruy.

—Por eso te necesita.

—¿De verdad crees que cambiará el reino?

—Tiene el firme deseo, aunque resulta obvio que no será fácil —responde Jorge Manrique.

—Tú y tus obviedades...

—Los grandes nobles que ahora le apoyan intentarán manipularlo cuando esté asentado en el poder. Debemos lograr que desarrolle un criterio propio. Hazme caso, Ruy, el mundo va a cambiar, de nosotros depende ser espectadores o protagonistas. El rey Enrique representa continuar en el pasado, con nuestras guerras internas, sin avanzar en la conquista de Granada y sin expandir nuestra influencia por el mundo.

—Jorge, tienes razón en que es una ocasión única, pero ya sabes que todo rey debe ganarse la voluntad del pueblo.

—Lo sé —asiente su amigo—, la propaganda es esencial. El relato de Alfonso como monarca debe ser perfecto; ¿qué crees que ha hecho más daño a Enrique, la derrota en la batalla de Olmedo o los rumores de que es impotente y que su hija no es realmente suya?

—Eso es jugar muy sucio.

—No, amigo mío. Eso es usar todas las armas a nuestro alcance, y entre ellas están los símbolos. ¿Por qué crees que hemos empezado a acuñar moneda con su esfinge tan pronto? El pueblo necesita ver la cara de Alfonso en el dinero. ¿Y por qué promulgamos leyes y enviamos correspondencia a las ciudades? Un rey no solo debe serlo, sobre todo debe actuar como tal.

—Lo tienes bien atado.

—Solo me falta que su formación sea la de un rey, por eso estás tú aquí. —Se le queda mirando con una media sonrisa.

—Me has convencido, ¡maldito poeta! Le enseñaré lo que necesita conocer. —Ruy también sonríe.

—¡Lo sabía! —Jorge Manrique lo abraza y se ríe de manera tan jocosa que Ruy le imita—. Eso sí, no te fíes de nadie. Ten los ojos bien abiertos.

Él asiente.

—Todavía tengo miedo por este reino, Ruy. Alfonso es el único que puede evitar que colapse.

—Los colapsos ocurren y han ocurrido antes en la historia, a veces por razones similares a lo que nos sucede a nosotros —afirma Ruy—. También te digo que estoy convencido de que son siempre autoinfligidos. Los reinos se empeñan en una idea equivocada y mueren con ella.

—Eso no nos puede pasar a nosotros, debemos actuar. Y si lo hacemos, el futuro será maravilloso.

Jorge Manrique se despide cortésmente, es uno de esos hombres que parecen tenerlo todo bajo control. Como si su mente estuviera dos o tres pasos por delante de lo que ahora está pasando y el presente solo fuera un mero trámite.