1

Y tantas manos que han encerrado besos,
y tantas cosas que quiero olvidar

PABLO NERUDA

En la madrugada del 19 de enero de 1935, un gran estruendo reventaba los oídos de quienes vivían próximos al acueducto. El Viaducto de Madrid, tan sólido, se había hundido y tambaleaba los cimientos de las vidas de las hermanas Galiana.

Uno no entiende la vida de los adultos hasta que se hace mayor. De pequeños no comprendemos los actos de nuestros mayores, que aprendemos a interpretar a medida que crecemos y, entonces, llega el día en que los aborrecemos. Y en ese instante, solo en ese instante, uno repite los mismos movimientos, cayendo en los mismos errores. No somos más que una fila de botones parejos expuestos en el mostrador de la calle Carretas. La familia en la que naces, el tiempo, el lugar pueden marcar la vida de una persona. Dicen que la felicidad está hecha de un solo instante, y nosotros lo que más tememos es saltarnos ese preciso momento en el que podemos ser felices.

El griterío en el colegio al llegar al barrio de Argüelles la devolvía a los años de infancia, cuando jugaba a las muñecas con su hermana en la calle Sagasta. Ambas se tiraban del pelo, y no había dolor. Ahora el juguete y la golosina no servían de nada. Su madre las había protegido de todo mal con los abriguitos, lazos, sombreros, guantes, pero un día las niñas crecieron y decidieron su propio destino. A Carmen ya no le valía pasar las horas en el balcón tejiendo, con agujas largas, un punto del derecho y un punto del revés. La madeja se desmadejaba y parecía que quisiera escapar. Y vaya si lo hacía. Escapaba a un mundo nuevo en el que las letras se juntaban para dar forma a la poesía. Escapaba a conferencias en el Lyceum Femenino, donde escuchaba a Victoria Ocampo, la escritora argentina que impartía charlas sobre Harlem; mujeres así le demostraban que había otra vida al cruzar el charco. Escapaba a la Residencia de Señoritas y conocía a María de Maeztu, que con su cuerpo menudo podía levantar a todo un salón. Gracias a ellas, las mujeres no se vieron obligadas a alojarse en pensiones de mala muerte para poder estudiar, por fin contaban con un lugar decente en el que subsistir.

Tuvo también la gran suerte de ver por primera vez en escena Yerma, el drama lorquiano, con una de sus grandes actrices, Margarita Xirgu, de quien recordaba aquel texto que invitaba a «dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscaban [buscan] las azucenas». Aprendió que a la mujer le importaba mucho más el mundo de fuera que estar pendiente de perfilarse las cejas cuidadosamente depiladas, o de ladearse el sombrero. Escapaba por una ventana abierta y entonces encontraba un jardín repleto de azucenas.

Había nacido en una familia muy diferente a ella, o quizá ella era la diferente. Lo que sabía es que desde muy joven no encajaba en la sociedad que le había tocado vivir. Se percató de ello el día en que leyó el Romancero gitano en uno de los bancos de la Cuesta de Moyano y una corriente de emociones nuevas recorrieron su cuerpo. Desde ese momento supo que había alguien que podía explicar su mundo con versos. Alguien desconocido era capaz de poner nombre a todo lo que callaba su corazón. Le sorprendía que una persona ajena a su entorno supiera más de ella que su propia familia, lo que le provocaba un inmenso dolor. Pero, en lugar de quedarse cosiendo en la máquina Singer, optó por huir y unirse a una nueva familia. Una elegida por ella. Una alianza de intelectuales se había formado en torno a su corazón.

Aquella noche no pegó ojo, la habían invitado a pasar una velada en un sitio muy especial, la Casa de las Flores. Todo el mundo hablaba de ese edificio y de las manos prodigiosas del arquitecto Zuazo, que había construido algo muy diferente en el centro de Madrid. Estaba a medio camino entre la modernidad y la tradición. Se dirigió hacia ella, con el corazón en vilo, consciente de que iba a ser una de las tardes más importantes de su vida. Su amiga Aurora Casas no podía acompañarla, y eso la divertía aún más. Se sentía una chica rebelde rompiendo con lo que los demás esperaban de ella. Por fin descorría las cortinas de la vida sin el dolor de lo perdido. Ya no se veía forzada a medir las palabras o a cruzar las piernas como ellos querían que las cruzase. A veces, no nos salvaban las personas, nos salvaban los lugares, pero es verdad que, en esos mismos lugares, había personas que también nos salvaban.

Llegó a la calle Princesa con un aire de chica pizpireta, adorablemente bella y graciosa, con su larga melena rubia recogida con una horquilla de concha que dejaba caer unos mechones por el lateral de los hombros. Esta vez no la recorría para coger el tranvía y acudir a Parisiana a patinar con su gorro de lana hasta las orejas. De hecho, no lo había vuelto a pisar desde aquel momento en el que la vida había dejado de tener sentido. Ahora vislumbraba otro mundo bajo sus pies. El destino le daba otra oportunidad. Quería zambullirse en otras charlas, en otros cafés y olvidar esos ojos chispeantes que le perseguían desde hacía algún tiempo.

Madrid estaba tan vivo que invitaba a ello. Carmen observaba cómo cambiaba su ciudad, le gustaba formar parte de ello: hablar con el vendedor ambulante, con el perro que la miraba embelesado e incluso con el transeúnte que pasaba por su lado.

La calle estaba llena de señoras con sus cabritillas sobre los hombros, y señores con sombreros de ala paseaban periódico en mano por alguna de las anchas avenidas, sorteando la locura del tráfico de viandantes. Parecía que nadie quería quedarse ni un solo día en casa, y mira que la situación no invitaba al chato, pero aquí en Madrid la gente era jacarandosa, le gustaba salir y deambular por las calles. Carmen miró de soslayo la esquina, cuántas tardes tomó café en esos soportales, entrelazando sus manos con otras manos que sostenían miradas furtivas. Un deseo que sabía que tenía que apagar, y qué mejor que sofocarlo con la excitación de gente nueva.

Cruzar la calle se convertía en una odisea; ese mismo año el ayuntamiento había tenido la brillante idea de quitar los semáforos, pretendían que los ciudadanos se rigieran por las normas tradicionales de tránsito y estacionamiento. Carmen se deslizó entre los coches y estos se detuvieron a su paso bajando la ventanilla. Era una mujer diferente al resto, no llevaba sombrero de rafia ni chales de batik, no solo era bonita, sino que dejaba escapar una impronta de seguridad, y eso resultaba cautivador para el género masculino. Transmitía una alegría sincera, nunca mostraba sus tristezas más profundas, era sin duda una mujer bella y natural con un mundo interior rico. Con las esposas hablaban, pero con ella las conversaciones subían a un estadio superior: se podía dialogar sobre el último estreno en el Teatro Calderón, el quinto gabinete Lerroux o la nueva sala del Museo del Prado. Todo en ella era fascinante; una mujer ilustrada que volvía locos a los hombres sin el menor esfuerzo. Ellos advertían que sus manos no estaban dedicadas al arte de la aguja. Al pasar por su lado, se oía siempre una ruidosa algazara. Veían a una mujer libre, y eso era la fuente de atracción más poderosa que había en el mundo.

Los pocos coches pasaban de largo, pero cuando veían la imagen de Carmen reflejada en los capós, paraban con aires lisonjeros para cederle el paso. Tenía algo que los enamoraba, una dulzura natural. Sus piernas terminaban en unos tobillos finos y sus andares desprendían ligereza. La raya de sus medias esbozaba la línea de una vida vertiginosa. Sin duda era una de las mujeres más bellas de su época. Una guapa interesante, de las que no se daban cuenta del huracán que provocaban a su paso, lo que la dotaba de un encanto especial. Su físico no encajaba con su manera de ser: mujer de aspecto frágil y delicado, pero con alma y sed de aventura. Un camaleón en mitad de la jungla de aquel Madrid de la época que podía hacer suspirar a tantas almas como se propusiera.

Llegó hasta la calle Gaztambide, ya se respiraba el aroma de las flores y la cultura que emanaba de aquel edificio. Su corazón latía con fuerza, por fin empezaba a vivir. Desde la terraza, se podía atisbar la ciudad repleta de cafés, de bullicio, de caminatas, de amigos, de tertulias culturales, de calles de esparteros, de toneleros. El Madrid cultural estaba en ebullición. El cine americano había llegado a los carteles de la Gran Vía y se podía ver a la Garbo en La Reina Cristina de Suecia; o a la Stanwyck en Siempre en mi corazón. En el teatro Fontalba estaban Los Hermanos de Betania con Martínez Kleiser y Del Palacio, y en el Calderón, Luces de verbena.

Ese Madrid que vencía al Núremberg por 2-1 era una fiesta fuera. Pero las casas tenían pasillos de mármoles fríos y suelos de linóleos que provocaban las grietas. La ciudad también era muchas otras cosas. El Gobierno, o mejor dicho el abanico de los Gobiernos, no paraba de airear políticos de un lugar y de otro. La tasa de desempleo estaba haciendo mella, lo que provocaba numerosos altercados. Pero en el exterior la cosa no mejoraba: Hitler rompía el Tratado de Versalles, los aviones italianos comenzaban a bombardear ciudades de Abisinia y, en aquel caos político, el avión de Gardel se estrellaba dejándonos sin su comparsita.

Madrid era una olla exprés, y el corazón de Carmen, la válvula a punto de estallar por los aires. Tenía sed por conocer a uno de los hombres más carismáticos del panorama cultural al que habían cedido la cartera de cónsul en Madrid, tras abandonar Gabriela Mistral la ciudad por asuntos desleales. Dicen que los aires de cónsul no le distanciaban de la gente, sino todo lo contrario. Mantenía una mente abierta y cordial, lo mismo hablaba con el embajador como con el chico que despachaba fruta en el mercado de Argüelles, donde cada día elegía personalmente los tomates más frescos. En el último año había rogado mediante cartas a Carlos Morla-Lynch, consejero de la Embajada de Chile, venir a Madrid, y este movió cielo y tierra para traerle. Estaba harto de Java, de su clima, y quería estar tranquilo en la capital de España junto a su mujer y su hija. Aquí iba a encontrar lo que tanto ansiaba, lo que Carmen también anhelaba. Cultura a raudales a horas intempestivas en diferentes lugares, ya fueran casas, cafés o algún improvisado rincón de la ciudad. La gente quería saciarse de cultura y poder charlar sobre Góngora, Unamuno u Ortega con semejantes. Lo importante era detectar a esas personas afines y juntarlas una noche. Entonces Madrid explosionaba. Carmen lo había experimentado unos años antes por primera vez, y dicen que la primera vez que un poema toca el alma, uno ya se vende al diablo de su creador.

La Casa de las Flores era un lugar exclusivo, un espacio donde se juntaban diferentes artistas, escritores, pintores, grabadores, escultores, mentes prodigiosas reunidas bajo la figura de aquel hombre del que todo el mundo hablaba, del señor don Pablo Neruda. La elección de su casa no fue fácil, después de mirar un buen número por la zona de Argüelles quedó prendado de la Casa de las Flores. Un edificio singular, cuya construcción fue encargada por el Banco Hispano Colonial al gran arquitecto del momento, Zuazo, quien ya era reconocido por haber creado Nuevos Ministerios y el Palacio de la Música. La Casa de las Flores contrastaba con las casas madrileñas que rodeaban el barrio de Argüelles: ni un solo balcón; en su lugar, una cascada de diferentes terrazas cortadas en forma de peldaños de escaleras que daban a un gran patio de manzana donde crecían en libertad diferentes árboles. La casa se llenaba de cultura, vino, cante, arte y de todo lo bonito que traía siempre la creatividad, de libertad en definitiva.

Carmen sentía un gran nerviosismo. Tenía tanta curiosidad por conocer el sitio como al hombre ilustrado. La casa estaba bordeada por arcos y grandes soportales, donde a veces, si hacía buen tiempo, los artistas bajaban y charlaban sentados en los barriles.

La Casa de las Flores ocupaba toda la manzana. Lo más llamativo sin duda era su estructura, parecía un edificio metido en otro edificio, como esas muñecas matrioskas que albergan a otras más pequeñas, y de él emanaba un olor a geranios que se extendía por toda la calle. Un loro en la esquina daba la bienvenida cada vez que se acercaba alguien. Enredaderas de plantas recorrían las barandillas. Los edificios colindantes eran grises, pero este tenía una tonalidad de rojo vivo gracias a la cerámica San Antonio, que al licuarse con los primeros rayos del sol se convertía en una explosión de color en la esquina de Hilarión Eslava.

Carmen dejó el sombrero en el recibidor, quería entrar sin que nada la atase, su corazón estaba hecho un nudo y ya nadie podía deshacerlo. El edificio contaba con inmensos portales distribuidos en diferentes arcos, y no sabía por dónde acceder. Era un espacio laberíntico, aun siendo abierto al público se cerraba como lo hace la cultura. Por la calle Rodríguez San Pedro, los números setenta y setenta y dos. Por Hilarión Eslava, los números seis, cuatro y dos. Por Meléndez Valdés, el cincuenta y nueve y el setenta y uno. Por Gaztambide, el diecisiete, el diecinueve y el veintiuno.

Extrajo del bolsillo un papelito doblado y leyó: «Hilarión Eslava, quinto piso». Sacó a continuación el encendedor de plata art déco de la marca Dupont que tenía un reloj incrustado, las horas ya no marcaban igual. Se acordaba de aquella tarde en la verbena de la Paloma, cuando se impregnó de su aroma y se sintió tan libre como una antorcha al viento. En ese instante un escalofrío le recorrió el cuerpo y le encogió el alma. Tomó el encendedor entre las manos y lo acarició. Abrió una cajetilla, escogió un cigarro y lo golpeó dos veces sobre la misma. Con aire coqueto colocó su uña pintada entre los dientes, dio dos caladas, una más lenta que otra, saboreando el deseo que había crecido en la ausencia. Lo tiró al suelo enfadada consigo misma y lo pisó con su tacón de aguja matando el deseo de volver a verle. Se atusó el pelo, se desprendió de la horquilla y lo ahuecó con gracia. Intuía que en esa casa olvidaría todo lo que amaba y le causaba tanto dolor.

Llevaba un vestido de crespón de China rojo que le sentaba admirablemente bien y destacaba con su melena rubia. Una estrella de cinco puntas ondeaba en una bandera roja y azul que le daba la bienvenida. Sentía que había llegado a Chile y que todos la estaban esperando. Una miríada de pájaros cruzaba el cielo en ese instante. El corazón de Carmen estaba a punto de saltar. Al entrar, varias niñas empujaban a otra que iba montada sobre una bicicleta, y dos vecinas discutían desde el altillo con otra del bajo sobre los vertidos de agua; se respiraba un ambiente de corrala.

Una mujer que fregaba el rellano la saludó muy amablemente.

—Viene usted a la casa de los hombres cultos, ¿no?

El ascensor estaba estropeado así que Carmen subió hasta el quinto piso con esfuerzo y la lengua fuera. Por la escalera se abrían pequeños ventanucos que daban al exterior y desde allí se veía a la gente paseando tranquilamente; mientras un abuelo ayudaba a su nieto a subir a un banco, otra mujer tejía concentrada en la tarea y unos niños jugaban con sus soldaditos de plomo. Sentía que el ambiente de aquella comunidad era mágico y que la había estado aguardando durante años, y ahora llegaba el momento de brotar como uno de esos geranios de la casa.

Llegó hasta la puerta. Un timbrazo resonó al otro lado con especial musicalidad. Tardaron tanto en abrirla que Carmen perdió la noción del tiempo, todavía podía percibir las manos de él rodeándole la cintura y el aroma de su piel palpitando en su cuello.

Al levantar la cabeza vio a un señor alto, grande y de manos inmensas que le dio la bienvenida fundiéndola en un gran abrazo. Su voz hueca y profunda retumbaba en la escalera.

—Mi nombre es Pablo Neruda. ¿Tú eres la que nos va a inmortalizar con alguna foto? Te estábamos esperando, como decís por aquí, como agua de mayo.

Carmen se quedó algo desconcertada porque no llevaba la cámara. Pensó que tal vez debería irse, que allí no necesitaban su presencia. Pero Pablo enseguida soltó unas grandes carcajadas, que inundaron la escalera, y la acogió como a una más con su aire campechano.

—Comer, beber y ganas de declamar. Hoy no es día de trabajo, mujer —dijo a la vez que bajaba una silla de uno de los armarios y la desplegaba para ella—. Creo que conoces a todos. Rosales, el pintor, que lleva ya media botella de vino. Rafael está en la terraza dando de comer a una paloma. Su mujer, la bella dama, está en la esquina. Manuel, el que lleva dos horas escribiendo algo tan importante que no nos hace ni caso. Huidobro, el que levanta las palabras que creíamos muertas. Mi gran amiga y compatriota, Lola Falcón.

Esta última se levantó y la invitó a sentarse en el sofá. Carmen interrumpió con viveza.

—Yo creo que a alguno de vosotros os he visto en casa de Morla-Lynch y Bebé hace algunos años, en su piso de Alfonso XII. A Manuel, seguro. Creo que su mujer lo acompañaba aquel día.

Manuel, que escuchó su nombre, levantó la mirada y asintió.

—Sí, yo estuve con mi mujer Concha. Hoy está indispuesta. Me disculpo en su nombre —dijo Manuel Altolaguirre hablando de Concha Méndez.

María Teresa León, la mujer de Rafael Alberti, se levantó. Era sin duda una de las mujeres que más brillaba, con cara de niña mona, pero con unos ojos voraces que a Carmen enseguida le llamaron la atención.

—Me encantaría presentarte a Rafael, pero él y sus animales... Ahora mismo debe de encontrarse en la terraza cazando alguna paloma para sacar en su próximo espectáculo. Y vendrá en el momento menos inoportuno, como un moscardón.

Carmen se echó a reír. Enseguida congeniaron y comenzaron a charlar. Los temas se disparaban como escopetas de feria. Hablaron de todo, de cómo estaba Madrid en aquel momento. La situación parecía tensa, pero nadie se esperaba que muy pronto estallara en mil pedazos.

—¿Dónde vivís en Madrid?

Teresa se encogió de hombros.

—Por primera vez estamos en un sitio fijo, en la calle Marqués de Urquijo. La casa es espaciosa, con grandes ventanales, perfectos para escribir, y a un paso del paseo Rosales para tomarnos en cualquier momento una horchata. A Rafael le encanta ese paseo. —Y añadió—: Tienes que venir un día con nosotros. Nos han dicho que haces unas fotos fantásticas, que captas la esencia del que te mira desde el otro lado del objetivo.

—Vaya, no sabía que era tan conocida.

—Me habló de ti Maruja Mallo, la pintora.

—Sí, hemos salido juntas, incluso hemos ido de feria. Qué bien lo pasamos. —Sintió que se ahogaba recordando aquella plaza de San Andrés y esos farolillos que daban luz a su alma.

—Todo el mundo piensa que Madrid es el mar, pero es una pequeña charca.

—Donde hay demasiadas ranas —agregó Rafael, mientras desde atrás las cogía por los hombros.

—Mira, ya está aquí el desaparecido. Rafael, te presento a unas de las mujeres más creativas de Madrid, Carmen Galiana.

Carmen era, sin duda, una mujer con carisma, inteligente y llena de ingenio. Pero se sentía algo intimidada ante tanto esplendor, no era del todo ella. Los ambientes en los que estaba acostumbrada a moverse tenían mucho más de encorsetados y desde luego la gente no se mostraba tan natural y amigable. Se notaba extrañamente cómoda. Entre la excitación del momento, la novedad y el elenco de personalidades importantes concentradas en esa habitación, le costaba ser ella misma, aunque poco a poco se iba soltando.

Un detalle importante que contribuyó a su relajación fue liberar uno de los pies del apretado zapato.

—Déjame tu abrigo. —María Teresa se lo arrebató de las rodillas de forma amigable. A continuación la imitó y se quitó los dos zapatos—. Es una maravilla descalzarse. Si no lo hubieras hecho tú primero, creo que hubiera sido yo. Los pies deberían estar siempre desnudos, no somos cenicientas que buscan a su príncipe.

—Vengo andando desde la calle Sagasta y de verdad que no podía más.

—Acompáñame a la cocina y así me ayudas con algún canapé más. Estos, como verás, no paran de comer, y si viene luego el esperado a tocarnos alguna canción al piano va a necesitar un buen plato de jamón.

Se quedaron a solas en la cocina, que tenía una fresquera que daba al patio de manzana, sirvieron algún refresco y una botella de vino. Carmen partió algo de jamón y María Teresa echó dos hielos en su vaso y añadió un refresco. Estos quehaceres facilitaron que la reciente invitada se relajara un poco.

Le parecía fascinante charlar con alguien con quien se podía hablar de todo, que había nacido en un ambiente militar y burgués en una ciudad pequeña como Burgos. Una mujer que rompía barreras, había dejado a su marido y una vida idílica para arrastrarse en el abismo poético de un hombre como Alberti.

Salieron a respirar aire fresco a la terraza. Era inmensa, daba la vuelta al edificio.

—Menudas vistas.

Las dos mujeres miraban el horizonte. Carmen, apoyada en la balaustrada, no se contuvo y sintió la necesidad de expresar su admiración.

—Todos hablan de tu valentía. De tu viaje a la Unión Soviética para asistir al Primer Congreso de Escritores Soviéticos. No sabes cuánto te envidio. Me gusta esa capacidad de ir de un lado a otro sin que nada te detenga, como si la escritura no tuviera un lugar para quedarse.

—Eso me enseñó mi tío Ramón Menéndez Pidal. Siempre me decía que uno debe luchar por los ideales desde cualquier lugar del mundo.

—Creo que yo soy más miedosa.

—El miedo se calla, no se habla, creo que se mastica. ¿Y a qué le temes?

—A olvidar y no guardar fidelidad a mis ideales. A anteponer a mi vida alguien que arrase la mía —respondió Carmen alisándose el pelo.

—Yo también tengo el mismo miedo. Una vez Rafael me preguntó si sería capaz de dejar todo por él.

—¿Y qué le contestaste?

—Siempre que lo dejase él primero.

Carmen se sonrió entre confidencias y canapés. Pablo entró con una bandeja de jamón serrano recién cortado. Y cogiéndoles de los hombros les dijo:

—Venga, chicas, que se enfría. ¿Os conocíais?

—María de Maeztu me habló muy bien de ella.

—¿Cuándo habla mal María de alguien? —rio María Teresa León.

Aquel ambiente de gente nueva traía a Carmen una ilusión perdida. En el centro de la mesa Pablo se disponía a hablar, agitando una cuchara contra un vaso. Un encantador de serpientes, un hombre que conectaba los hilos de todos sin que los vieran. Pasaba la puntada entre sus piernas y les amarraba allí con él, mientras las horas transcurrían.

En un rincón de la sala se hallaba Manuel Altolaguirre, tomando notas, corrigiendo y editando para el primer número de la primera revista que iban a lanzar, Caballo Verde.

El interior de la casa se mostraba desnudo. Había un sillón al fondo y sillas de madera carcomidas por el paso del tiempo, tal vez tomadas prestadas de alguna mudanza. Había corriente, las puertas estaban abiertas y se podía escuchar el tintineo del tranvía al pasar. Pablo Neruda, el autor de Residencia en la tierra, tenía una repisa repleta de souvenirs de diferentes países, entre ellos una colección de elefantes con las trompas hacia arriba.

—Siempre he creído que el elefante trae suerte a mi casa.

El salón era muy amplio, Neruda había tirado un tabique para hacerlo más grande. Con las sillas de madera descolocadas parecía una reunión informal y en la mesa se apreciaban varias botellas de vino abiertas, algo de queso y un poco de jamón. No sabía cómo había podido dormir aquella noche, era consciente de que le aguardaba algo importante, pero ahora que se encontraba allí con ellos su corazón se desbocaba. Neruda levantó su copa.

—Quiero daros las gracias por hacer de Madrid mi casa de acogida. Estoy feliz y también aterrorizado por todo lo que puede venir. Pero os digo una cosa, mientras haya poesía nada ni nadie nos amedrantará.

—¡Viva la poesía! —gritó un joven Rafael Alberti enfervorecido. A su lado estaba la mujer de belleza arrebatadora acariciándole el cuello.

Rosales se acercó hasta Carmen.

—Este tipo va a hacer algo grande y nosotros vamos a estar aquí para verlo —proclamó con total convencimiento.

Neruda, enérgico y alegre, relataba algunos secretos de cónsul, mientras paseaba por el salón con su gran oratoria y su carisma fuera de lo normal. Las paredes de aquella casa estaban repletas de máscaras asiáticas traídas de sus viajes. Su mujer deambulaba por allí, pero apenas ponía atención, se hallaba absorta en los lloros de la hija, que padecía hidrocefalia.

Una mujer encantadora pero reservada. Los callados siempre esconden lo que gritan otros a voces, y en la mirada de esa mujer se podía ver dolor. La hija de los Neruda lloraba a ratos en el cuarto de al lado. Maruca, su mujer, no hacía más que levantarse para atenderla. Unos días antes, les había visitado Vicente Aleixandre y había quedado horrorizado al ver a la pequeña.

Neruda se levantó.

—Quiero leeros algo que he escrito, espero que os guste.

Y entonces comenzó a declamar. Todos sintieron una enorme transcendencia en ese momento, porque sin duda sabían que tenían ante ellos a uno de los poetas más importantes de su generación.

Pero no penetremos más allá de esos dientes,

no mordamos las cáscaras que el silencio acumula,

porque no sé qué contestar:

hay tantos muertos,
y tantos malecones que el sol rojo partía,
y tantas cabezas que golpean los buques,
y tantas manos que han encerrado besos,
y tantas cosas que quiero olvidar.

Su voz era engolada y potente, todos callaban, estaban absortos, protegidos en esa casa con olor a flores. Cuando terminó de recitar, Neruda tiró la hoja al suelo y la corriente la llevó debajo del sillón.

Carmen no pudo contenerse, una lágrima rodó por su rostro, como si las ruedas del tranvía se separaran de los rieles. Y entonces se acordó de él. Recordó esos rincones oscuros, que es donde había más luz, cuando en el silencio se lo decían todo; de los largos paseos por Las Vistillas, cómo se arropaba dentro su chaqueta y sus brazos la cobijaban. No había más mundo que él. Ella, que había dejado atrás una miríada entera de pájaros, le echaba de menos. Sería mejor que el aire le hiciera olvidar. No hay nada más doloroso que hallarse en un lugar donde se disfruta y que la persona a la que amas no esté a tu lado para vivirlo. Salió a la terraza y se sujetó a la barandilla con fuerza. Miró hacia la acera y sintió vértigo. De nuevo metió la mano en el bolsillo y acarició el encendedor, por una extraña razón buscaba el consuelo en aquel objeto material, quizá como si aquello la devolviera a lo vivido.

Detrás de ella salió Delia del Carril, una mujer con acento argentino. Le ofreció un pañuelo. Era una mujer serena, culta, parecía la madre de todos. Tal vez les llevara más de veinte años, pero no lo parecía por la piel, sino por la manera de comportarse.

—No he podido evitar observar cómo te emocionabas. No hay seres que merezcan nuestras lágrimas.

—Gracias, eres muy amable. No suelo emocionarme en público.

—No está bien visto. Mira estos geranios. Uno no tiene que detenerse en las plantas que están en la terraza.

La tomó de la barbilla y le dirigió la mirada hasta el horizonte, donde podía descubrir una de las vistas más impresionantes de Madrid. Podía divisar la ladera del Manzanares con un atardecer que parecía que ardía en llamas.

—Gracias por levantarme la barbilla.

—A mí también me gusta contemplar los geranios. Pero a veces hay que enfocar más allá, porque cuando uno mira hacia arriba dejan de importarle muchas cosas.

—¿Llevas mucho con ellos?

—Un tiempo largo, sí. Y la verdad es que uno se queda donde le acogen. Con Pablo me llevo más de veinte años, pero entiendo cada gesto, cada palabra suya como si perteneciéramos a la misma generación. Paso mis días en esta ciudad tan maravillosa yendo a perfeccionar mi pincel en la Academia de San Fernando o con estos locos. Les debo tanto... sobre todo al matrimonio Alberti. Y bueno, también a Pablo. Se han portado muy bien conmigo, haciéndome sentir una más en esta gran familia. Aquí nunca te sentirás sola, pero en tu pequeña isla —puntualizó, señalando su corazón— puede que sí.

Un silencio revelador sobrevolaba el ambiente.

Neruda salió a la terraza, pálido, descuidado, con los ojos brillantes. Tenía los pantalones anchos y llenos de papeles, apareció como si las hubiera estado escuchando; era un ser omnipresente, estaba pendiente de todos y de todo. Encendió un cigarro y miró a Delia de una manera diferente. Como si ella fuera lo más preciado de aquel lugar entre los souvenirs. Y entonces también Carmen pudo entender a Delia. Neruda se marchó, sabía que la conversación terciaba entre asuntos de mujeres.

—Es difícil, Carmen, amar en lo prohibido —dijo Delia—.No sé qué pude ver, o sí. Morla-Lynch lo definió a la perfección, yo no lo hubiera descrito mejor: «Su voz lenta, monótona, nostálgica, como cansada, pero sugestiva y llena de encanto». Recuerdo cómo lo conocí. Vino un día al bar Correos y me puso su mano sobre mi hombro y entonces sentí que había llegado a casa. Ahí donde le ves, tan rudo, le da miedo el ruido de Madrid y los tranvías. ¡Ah! Y es un apasionado del tenis. Qué difícil cuando hay una red que separa a las personas.

Hablaba de él con una delicadeza extrema. Carmen escuchaba con atención, entendía muy bien las palabras de Delia del Carril, no podía ocultar lo evidente. Ella sentía esa red en su mundo.

—No sabes cómo te entiendo. Uno no quiere, pero cuando le llevan al cuarto de la luz roja y comienza a ver cómo se revela la foto, se produce un pequeño milagro, y entonces ya no quiere salir de allí y ver la luz natural. Te ciega más la luz de fuera que la de dentro.

—Has descrito muy bien lo que es la dicha, se nota que eres fotógrafa y estás muriendo de amor. Seguro que podrías escribir, no todo el mundo tiene una sensibilidad especial al arte.

—He escrito algún pensamiento, pero soy una aficionada. Lo mío es mirar por el objetivo. Captar ese instante en el que la persona se halla más en su mundo, más despistada que nunca, entonces es cuando es más ella. Sobre morir de amor, estoy aprendiendo a olvidarle.

—Eso es otro arte. Entremos adentro. Parece que la niña de Pablo está llorando y se va haciendo tarde. A Pablo le cuesta mucho sobrellevar la enfermedad de su hija; creo que le pasa como a ti, la poesía y la fotografía nos esconden y nos salvan. En el fondo no deja de ser un niño al que le dan miedo las responsabilidades.

—Delia, no pares de mirar por encima de los geranios.

—Creo que todos somos un poco Pablo. Cuando nos tocan algo nuestro, tampoco queremos exponerlo. Si no te importa, voy a ver si ayudo a recoger un poco la casa. Al final vamos a terminar antes de lo previsto. El esperado no ha venido. Y sin él, a la fiesta le falta alma.

—¿A quién esperabais?

—Al chico de Granada.

Al entrar Rosales dijo:

—Hormiguita, cierra la ventana, los de dentro estamos con frío.

—¿Te llaman así?

—Es una larga historia. Muchos dicen que es por mi tamaño, aunque yo prefiero pensar que es porque escarbo bien en la arena y puedo pasar desapercibida.

Aquella noche comprendió muchas cosas; entre ellas, que debía buscar una vida propia, que no podía seguir pensando en algo que no conducía a nada, que los pecados y culpas se quedaban en un baúl. Supo de la existencia de mujeres con inquietudes, con vidas agitadas como la suya y con corazones que querían latir y oler a flores. Que había casas dispares en Madrid, y que no por eso eran menos bellas. Al contrario, en lo diferente estaba lo puro. Conocer de cerca la Casa de las Flores y a un grupo de artistas tan influyentes fue una de las experiencias más mágicas en la vida de Carmen Galiana.

Con los años se hablaría de la generación del 27, pero ellas, aquellas que los acompañaban, llenarían páginas en la mente de otras féminas en años posteriores, serían las grandes escritoras de la silenciada edad de plata de las mujeres. Y Carmen tenía el privilegio de empezar a pertenecer a ese grupo. Su sentido común le advertía que no tenía que mostrar ningún sentimiento en alto. Ahora era un tiempo para callar, vivir y disfrutar de la poesía, del arte, de la literatura y, en su caso, de la fotografía, y olvidarse de una vez por todas del amor que, aunque fuera una fuerza liberadora, también le había minado la energía vital. Reconstruirse era lo más difícil, pero tenía que intentarlo.