En los primeros días de la pandemia de la COVID-19, quedó claro que Guayaquil, la ciudad más grande y capital empresarial de Ecuador, afrontaba serios problemas. Por un capricho del destino, más de veinte mil ecuatorianos acababan de regresar a casa después de sus vacaciones anuales. Muchos de ellos volvían de Italia y España, escenarios de dos de los primeros y más letales brotes del nuevo coronavirus. El presidente Lenín Moreno comprendió que la amenaza era grave, pero optó en primera instancia por no cerrar los aeropuertos del país y pidió a los viajeros que se aislaran en casa. «Si la gente pone de su parte, creo que podemos controlar esto», me dijo entonces.
Sin embargo, los viajeros, muchos de ellos miembros de la élite y de la clase media de Guayaquil, ignoraron en gran medida la petición del Gobierno. Algunos asistieron a una boda muy concurrida, que se convirtió en un evento de «alto contagio». Cuando los que habían estado de vacaciones y sus familiares padecieron de manera inexorable fiebre, tos y otros síntomas, buscaron y recibieron tratamiento en las clínicas privadas del país, que en general cuentan con buenos servicios. Sin embargo, en ese momento ya habían contagiado el virus a sus empleados domésticos, a taxistas, al tendero de la esquina, etc., miembros todos ellos de las clases populares.
La mayoría de quienes formaron parte de esta «segunda ola» de la pandemia no tenían la opción de trabajar desde su casa. Eran personas más propensas a padecer patologías previas, como la obesidad. Además, muchas de ellas solo tenían acceso al sistema de salud pública de la ciudad, que sufrió un colapso incluso en los mejores momentos. Allí, las tasas de mortalidad por el virus llegarían a ser hasta seis veces más altas que en las clínicas privadas, según datos de un estudio posterior.
A principios de abril, los hospitales y otros servicios de Guayaquil estaban tan desbordados que los cadáveres empezaron a amontonarse en las aceras, mientras se pudrían bajo el calor tropical, cubiertos tan solo por una sábana o una manta. En algunos casos, pasaron seis días antes de que los recogieran. Estas imágenes horribles aparecieron en la televisión y circularon por las redes sociales de todo el mundo.
En las semanas y meses siguientes, veríamos repetirse una y otra vez diferentes versiones de esta historia en toda la región, en Brasil, Colombia, México y en otras zonas. Incluso los países que intentaron «hacer lo correcto» y decretaron estrictas medidas de cuarentena o distanciamiento social, como Argentina y Perú, se convirtieron sin remedio en focos de enfermedad y muerte. A finales de 2020 ya no cabía ninguna duda: América Latina era la zona cero de la COVID-19, la región más afectada de acuerdo con casi todas las estimaciones. Teníamos seis de los doce brotes más graves del mundo, según la tasa de mortalidad registrada en una base de datos de la Universidad Johns Hopkins. A pesar de que América Latina solo tiene el 8 por ciento de la población mundial, la región sufrió casi un tercio de las muertes confirmadas relacionadas con la pandemia.
También en el plano económico las noticias fueron desastrosas. En 2020 las economías de América Latina se contrajeron por término medio más de un 7 por ciento, es decir, más que en cualquier otra gran región del mundo, con la posible excepción de la eurozona. El desempleo y el hambre se dispararon. Todo el progreso que habíamos logrado en cuanto a la reducción de la pobreza y el crecimiento de la clase media en los veinte años anteriores corría el riesgo de desvanecerse.
Hoy, mientras escribo estas palabras, el panorama sigue constituyendo un desafío mayúsculo. Si bien la COVID-19 ha retrocedido en gran parte del mundo, todavía no hemos superado sus efectos en América Latina. Nuestra economía ha estado en proceso de recuperación desde 2021, pero millones de personas han quedado al margen. En toda la región, el desempleo aún supera de media el 11 por ciento. Según algunas predicciones, la renta per cápita no se recuperará hasta 2025, más tarde que en cualquier otra región del planeta. De hecho, tanto a los inversores como a los ciudadanos de a pie les preocupa que estemos al comienzo de otra «década perdida» similar a la de 1980, cuando nuestra región sufrió una inflación desbocada, una criminalidad creciente y un devastador declive a largo plazo de su economía.
Es una situación muy compleja que no tiene una solución fácil. No importa con quién se hable hoy en día, desde los líderes empresariales de São Paulo hasta los políticos de Buenos Aires y la gente común y corriente de Lima o Ciudad de Guatemala, todos se plantean las mismas preguntas: ¿cómo llegamos hasta aquí?;¿por qué somos tan vulnerables?;¿hay alguna manera realista de solucionarlo?; ¿o es que América Latina está en cierto modo destrozada, sin esperanzas y condenada al fracaso?
Nací en 1953 en Filadelfia, donde mi padre, un colombiano, estudiaba Medicina en la Universidad de Pensilvania. Sin embargo, mi familia regresó a Bogotá cuando yo tenía cinco años, y siempre me he considerado latinoamericano de alma y espíritu. Aunque he pasado gran parte de mi vida adulta en Estados Unidos, incluidos los últimos veintidós años en Washington D. C., todavía hablo inglés con un fuerte acento. Además, siempre he preferido las arepas a las hamburguesas con queso, a Tom Jobim antes que a Tim McGraw y las playas de la costa del Caribe colombiano, con sus majestuosas dunas de arena, su brisa fresca y sus paisajes de la Sierra Nevada, frente a las poco inspiradoras panorámicas de Malibú o Miami Beach.
Menciono esto porque los latinoamericanos de mi edad deberían saber muy bien que no tienen que creer en el fatalismo que tanto se percibe en estos días. La creencia de que nuestras naciones son en cierto modo incapaces de reformarse o de progresar no solo es contraproducente, sino incorrecta desde un punto de vista objetivo. Va en contra de todo lo que hemos visto desarrollarse a lo largo de nuestra vida, ante nuestros propios ojos.
Consideremos lo siguiente: hace poco, a finales de la década de 1970, América Latina era una región dominada por dictadores y juntas militares. La censura y la persecución política imperaban por doquier. En la actualidad, en cambio, más del 90 por ciento de los latinoamericanos viven en democracias dinámicas, aunque imperfectas. En toda la región, la esperanza de vida media se ha incrementado más de dos décadas durante mi existencia, y, con una media de setenta y cinco años, es superior al promedio que se registra en Asia (setenta y tres) y apenas inferior a la de Europa (setenta y ocho) y Norteamérica (setenta y nueve). Hace medio siglo, uno de cada tres adultos de América Latina no sabía leer y los automóviles y viajes en avión eran considerados un lujo. Hoy en día, la región goza de una tasa de alfabetización superior al 90 por ciento, casi la mitad de nuestros ciudadanos viajan en avión al menos una vez al año y los coches son un bien bastante accesible (como puede atestiguar cualquiera que haya quedado atrapado en el tráfico de una ciudad latinoamericana).

Mientras tanto, el porcentaje de jóvenes latinoamericanos matriculados en la educación superior ha aumentado más del doble desde 1990. Esto supone un avance increíble con un potencial transformador que ninguna otra región del mundo ha experimentado. Y, como señal de esperanza para sociedades aún infames por su machismo, las mujeres superan ahora en número a los hombres matriculados en las universidades latinoamericanas y representan alrededor de un tercio de los miembros de los parlamentos de la región. Esta cifra es superior a la de Estados Unidos, donde asciende solo al 23 por ciento.
La primera década de este siglo, la de 2000, fue una época de progreso singular. A medida que el precio del petróleo, el mineral de hierro y muchas otras materias primas latinoamericanas se disparaba, debido en parte a la demanda de China, nuestra economía creció al ritmo más acelerado por lo menos en medio siglo, en términos per cápita. Países como Brasil, México y Perú cosecharon los beneficios de las importantes reformas promercado que habían realizado en los años anteriores, gracias a las cuales millones de sus ciudadanos pudieron por primera vez ahorrar, invertir y acceder al crédito. Los programas sociales innovadores, como Bolsa Familia de Brasil, ayudaron a distribuir las ganancias inesperadas con la adjudicación de un pequeño estipendio mensual a los pobres y contribuyeron al crecimiento de una nueva clase de consumidores más solventes. En definitiva, el resultado fue que las economías de la región se beneficiaron de un aumento de la productividad y que la pobreza se redujo de manera considerable. Alrededor de cincuenta millones de personas, más del 10 por ciento de la población de la región, se incorporaron a la clase media.
Me parece que es importante recordar estos logros en un momento como este. Constituyen una prueba de que no hay razón para la desesperación; el progreso no solo es posible en América Latina, sino que es sin duda un elemento intrínseco de nuestra historia más reciente.
Pero al mismo tiempo...
También debo admitir que hablar hoy en día de estos avances resulta obsoleto; es como escuchar un álbum de «grandes éxitos» de una banda que no ha compuesto una canción impactante en mucho tiempo.
De hecho, el optimismo y la euforia que sentíamos apenas diez años atrás parecen ahora un recuerdo lejano. La década de 2010 fue un periodo de descontento, impotencia y escándalos de corrupción, como el famoso caso Lava Jato que envió a la cárcel a políticos y empresarios en toda América Latina. En esos diez años, nuestra economía creció apenas la mitad que la media mundial, más despacio que en cualquier otra parte del mundo. Ahora gozamos de la triste reputación de ser la región más violenta del planeta: tenemos un tercio de los homicidios; nuestro medio ambiente sufre los efectos del cambio climático y otros flagelos, pues no dejamos de agotar recursos naturales como el Amazonas y los océanos y nos estamos quedando rezagados en la carrera mundial para crear una economía más ecológica, inclusiva y sostenible; nuestras instituciones educativas suelen tener dificultades para formar estudiantes con las competencias necesarias para triunfar en el siglo XXI, y nuestras inequidades raciales y de género aún poseen una magnitud inaceptable.
Estos retos supondrían una gran dificultad incluso para los líderes más competentes, pero nuestra política actual es tóxica y está dominada cada vez más por líderes populistas que prometen el mundo y que demonizan a sus rivales, aunque en última instancia —como resulta previsible— no cumplen las expectativas. Las dictaduras de Venezuela, Cuba y Nicaragua han reprimido la disidencia y conducido sus economías a la ruina, lo cual ha propiciado una crisis migratoria de proporciones insospechadas. Además, otros países están enfrentado sus propios retos a la democracia. Incluso en naciones que antes considerábamos oasis de tranquilidad, como Chile, han estallado manifestaciones multitudinarias en las calles, a medida que los ciudadanos se indignan cada vez más con la corrupción y con la sensación de que no pueden alcanzar una vida de clase media segura para sus familias, y —en algunos casos— llegan a frustrarse con la propia democracia.
La conclusión ineludible es la siguiente: América Latina ya estaba convaleciente antes de que estallara la pandemia. La nuestra es una crisis que lleva décadas gestándose, que ninguna terapia o vacuna resolverá por completo.
Las causas de esta enfermedad son profundas y tan variadas y complejas como las treinta y tres naciones que componen América Latina y el Caribe. Resulta inevitable que una región de casi 650 millones de habitantes, distribuidos en una zona que va desde el río Bravo en México (conocido como río Grande en Estados Unidos) hasta Tierra del Fuego en Argentina, tenga historias dispares y afronte diferentes desafíos.
Sin embargo, hay muchos lazos en común. La historia sobre el desarrollo de la pandemia en Guayaquil insinúa muchos de ellos. Recordemos la forma en que el virus se propagó desde una élite con movilidad global hasta una clase popular más vulnerable. La nuestra es la historia de la mayor brecha del mundo entre ricos y pobres y de todas las tensiones sociales que ello puede causar; de una política disfuncional; del desprecio por el Estado de derecho; de democracias frágiles o enfermas; de años de escasa inversión en materia de salud, educación y otros servicios públicos, por nombrar solo algunos.
Es la historia de un statu quo que no funcionaba para la mayoría de las personas, ricas o pobres. Analicemos lo siguiente: antes de la pandemia, una encuesta mostró que el 27 por ciento de los habitantes de América Latina y el Caribe abandonarían su país de origen si tuvieran la oportunidad de elegir; un porcentaje que casi duplica la media a escala mundial. Nunca en mi vida he oído a tanta gente que esté dispuesta a abandonar su país de origen por Miami, Madrid, Nueva York o cualquier otro lugar en el que consideren que pueden vivir en paz.
Así pues, la elección es clara. Podemos rendirnos o podemos dedicarnos a reinventar América Latina donde el cambio sea más necesario y asegurarnos de que lo que surja de este terrible momento sea mejor que lo que teníamos antes.
Estoy convencido de que las soluciones ambiciosas son posibles. En los últimos veinte años he tenido la suerte de conocer y colaborar con algunas de las personas más extraordinarias de nuestra región. Como presidente del Banco Interamericano de Desarrollo desde 2005 hasta 2020, trabajé con una increíble variedad de colegas: economistas, analistas políticos y expertos en desarrollo que han dedicado su vida al estudio de estos interrogantes en torno a la manera de lograr que nuestra región prospere. También conocí a casi todos los jefes de Estado y ministros latinoamericanos, así como a innumerables artistas, empresarios y personas comunes y corrientes. En este libro comparto las enseñanzas que he recibido de todos ellos, con la esperanza de alumbrar el camino a seguir.
Cada capítulo de este libro gira en torno a una idea o propuesta diferente para hacer que la vida en América Latina sea algo mejor. No se trata de un texto académico, sino de una recopilación de ideas, datos, reflexiones e historias. Tengo la esperanza de que, al margen de que sea usted un ejecutivo o un universitario, un ministro o solo un ciudadano preocupado, de que viva en América Latina o en algún otro lugar del mundo, este libro le brinde un diagnóstico claro, realista y útil de los desafíos a los que nos enfrentamos, así como de algunos de los pasos que podríamos dar para abordarlos.
Es posible que en la actualidad seamos el convaleciente del mundo, pero sin duda no somos los únicos que nos enfrentamos a estos retos. El planeta entero ha sido sacudido por la COVID-19. Otros países que afrontaron profundos problemas estructurales en el pasado, desde España y Reino Unido en la década de 1970 hasta Alemania en la de 1990, se pusieron a la altura de las circunstancias, se esforzaron por progresar y, en cierto modo, son hoy irreconocibles. Quizá este sea el momento de que tomemos la iniciativa y le mostremos al mundo que existe un camino mejor. No necesitamos cambiarlo todo; de hecho, deberíamos vencer la tentación de derribar las instituciones, ideas y prácticas que tanto nos han beneficiado. Sin embargo, hay muchas cosas que deben transformarse antes de que nosotros, también, podamos tener nuestro momento bajo el sol.
Las dificultades de los últimos años, incluida la pandemia, dejarán un doloroso legado. A pesar de ello, si ese legado sirve para que América Latina aborde de forma adecuada los retos que se avecinan y, en última instancia, dé lugar a sociedades mejores y más justas, se podrá compensar parte del dolor.
LUIS ALBERTO MORENO
Washington D. C., enero de 2022