Publicada en 1922, Babbitt fue la segunda novela importante que dio a la imprenta Sinclair Lewis, al comienzo de una década de enorme creatividad que culminó con la obtención del Premio Nobel de Literatura en 1930. Calle Mayor, la anterior, ya estaba en boca de todos por su provocador retrato de la vida en el medio oeste, y Babbitt siguió abonando la controversia. Para algunos, como el crítico H. L. Mencken, ninguna novela de entonces presentaba mejor «la Norteamérica real», pero otros vieron en su veta satírica un ataque a los valores de la pujante clase media. Nada de esto frenó su popularidad. Como ironizó el autor ante la Academia sueca, sus libros molestaban «tan hondamente la autosuficiencia de los estadounidenses» que miles de sus conciudadanos se sentían «impelidos a leer esos escandalosos documentos, les gustaran o no».
El escándalo puede ser difícil de discernir hoy en día, sobre todo ante la amabilidad de la novela, narrada con humor y cierto afecto hacia su protagonista, George F. Babbitt, un próspero agente inmobiliario que, al menos en las primeras páginas, parece llevar una vida modélica en la mediana ciudad de Zenith. Babbitt tiene esposa y dos hijos, es conservador, va a la iglesia, pertenece a los mejores clubes y se expresa casi sin falla con ideas compartidas por todos. Sin embargo, el retrato de su medianía acaba siendo mucho menos que elogioso, lo que impugna de manera implícita la presunta virtud del modelo. Por añadidura, los episodios de la historia exploran el nacimiento de una insatisfacción personal que refleja la contracara de toda una época obsesionada con el exitismo.
Lewis era muy consciente de que había dado con un arquetipo riquísimo en resonancias sociológicas. Así como Gustave Flaubert declaró que madame Bovary lloraba «en mil aldeas de Francia», nuestro autor entendía que el personaje de Babbitt se correspondía con «el soberano de Estados Unidos», el integrante de la clase que no solo dictaba las costumbres, sino que se sometía y sometía a otros a la tiranía del consenso. Dicho de otro modo, no solo aspiraba a contar una historia, sino a diagnosticar una faceta del carácter nacional. Y lo cierto es que la nación reconoció su diagnóstico al incorporar el nombre de «Babbitt» a su léxico cultural, utilizándolo, según el diccionario Merriam-Webster, para designar a «un hombre de negocios o un profesional que se adhiere sin pensarlo a los estándares imperantes de la clase media». Pese a la neutralidad de la definición, el término tuvo desde un principio connotaciones inequívocamente negativas.
Cabría matizar que Babbitt piensa bastante en los estándares de su clase. Su drama privado consiste en ser un conformista propenso a la rebeldía, un rasgo que también ha dejado su marca en la literatura de Estados Unidos. En este sentido, la influencia de Lewis se ve en novelas como Cita en Samarra (1934) de John O’Hara, El hombre del traje gris (1954) de Sloan Wilson, La vía revolucionaria (1961) de Richard Yates, Bullet Park (1967) de John Cheever y sobre todo en la saga de John Updike iniciada en Corre, Conejo (1960), cuyo protagonista no solo se apoda Rabbit —una rima inconfundible de Babbitt—, sino que comparte con este la impetuosidad, las ambiciones materiales y una reiterada afición al escapismo. Prototipo de incontables antihéroes de la pequeña y la gran pantalla, Babbitt proyecta su larga sombra hasta personajes de nuestra era como Don Draper.
Debido al arraigo de esta figura en el imaginario social, la presente novela puede parecer a los lectores de hoy extrañamente familiar, como esas ciudades extranjeras que se reconocen por efecto del cine. Pero entre lo familiar se oculta también su originalidad, en la medida en que Lewis conquistó un nuevo territorio narrativo; no por nada Erik Axel Karlfeldt, su sucesor en el palmarés del Nobel, lo llamó «pionero». La lectura revelará también a un maestro en el uso del diálogo, la ambientación y la psicología, con un ojo siempre puesto en el detalle revelador. Para quienes se interesen por el trasfondo de sus ideas, hemos incluido, a manera de apéndice, un prólogo inédito hallado entre sus papeles y nunca antes traducido al castellano, que solo vio la luz de forma póstuma en 1953. Aun inconcluso, el documento ilumina las intenciones de Sinclair Lewis, realzando su creencia de que no es tarea para un escritor avanzar por la senda del conformismo.
LOS EDITORES
A Edith Wharton
Las torres de Zenith se alzaban sobre la niebla matinal; austeras torres de acero, cemento y piedra caliza, firmes como rocas y delicadas como varillas de plata. No eran iglesias ni ciudadelas, sino pura y simplemente oficinas.
La niebla se apiadó de los caducos edificios de generaciones pasadas: la Casa de Correos con su buhardilla de ripias, viejos alminares de ladrillo, fábricas con mezquinas y hollinientas ventanas, viviendas de madera color barro. La ciudad estaba llena de semejantes visiones grotescas, pero las limpias torres las iban alejando del centro, y en las colinas más lejanas resplandecían casas nuevas, hogares donde, al parecer, se vivía alegre y tranquilamente.
Por un puente de hormigón corría una limusina de largo y silencioso motor. Sus ocupantes, vestidos de etiqueta, volvían de ensayar toda la noche en un teatro de aficionados, artística aventura considerablemente iluminada por el champán. Bajo el puente, la curva de un ferrocarril, un laberinto de luces verdes y rojas. El New York Flyer pasó retumbando, y veinte líneas de pulido acero surgieron a su resplandor.
En uno de los rascacielos, los telegrafistas de la Associated Press se levantaban las viseras de celuloide, cansados de hablar toda la noche con París y Pekín. La comunicación quedaba interrumpida. Por los pasillos se arrastraban, bostezando, las mujeres que fregaban los suelos. La niebla del amanecer se disipó.
Filas de obreros, con su comida en cajas de lata, se dirigían hacia inmensas fábricas nuevas, láminas de cristal y ladrillos huecos, relucientes talleres donde cinco mil hombres trabajaban bajo el mismo tejado en la fabricación de honestos artículos que habían de venderse en el Éufrates y en el Transvaal. Las sirenas vibraron a coro, alegres como el alba de abril. Era el canto del trabajo en una ciudad construida, al parecer, para gigantes.
Nada tenía de gigante el hombre que empezó a despertarse en la galería de una casa de estilo colonial holandés, situada en el elegante barrio de Zenith conocido como Floral Heights. Se llamaba George F. Babbitt. Tenía entonces cuarenta y seis años, en abril de 1920, y no hacía nada de particular, ni mantequilla, ni zapatos, ni poesía, pero era un águila para vender casas a un precio mayor del que la gente podía pagar.
Su cabeza era grande y rosácea; su pelo, fino y seco. Tenía cara de niño dormido, a pesar de las arrugas y de los rojos surcos de las gafas a ambos lados de la nariz. No era gordo, pero estaba excesivamente bien alimentado; sus mejillas parecían rellenas de algodón, y la tersa mano que yacía abandonada sobre la manta caqui era un tanto gordezuela. Se veía en él al hombre próspero, casado y nada romántico. Nada romántico, como la galería donde dormía al aire libre, una galería con vistas a un olmo de buen tamaño, a dos respetables cuadrados de césped, a un camino de cemento y a un garaje de metal acanalado. No obstante, Babbitt estaba soñando otra vez con el hada, un sueño más romántico que pagodas escarlatas junto a un mar plateado.
Durante años el hada había venido a visitarlo. Donde los demás no veían más que a Georgie Babbitt, ella descubría al joven galán. Lo esperaba en la oscuridad de misteriosas arboledas. Cuando al fin logró escabullirse de la casa atestada de gente, Babbitt voló a ella como una flecha. Su mujer, sus bulliciosos amigos trataron de seguirlo, pero él se escapó, la muchacha corrió a su lado, se acurrucaron juntos en la umbrosa ladera de una colina. ¡Era tan esbelta, tan blanca, tan apasionada! Lo llamaba valiente; decía que lo esperaría, que se irían juntos en barco...
Fragor y estrépito del camión de la leche. Babbitt gruñó, se dio la vuelta, trató de reanudar su sueño. Ya solo podía ver el rostro del hada, más allá de las aguas brumosas. El conserje cerró de golpe la puerta del sótano. Un perro ladró en el patio contiguo. Cuando Babbitt ya se hundía en una marea turbia y tibia, el repartidor de periódicos pasó silbando y el Advocate golpeó contra la puerta de la calle. Babbitt, con el estómago contraído por el susto, se incorporó. Apenas se tranquilizó, fue traspasado por el familiar e irritante chirrido de un Ford que alguien trataba de poner en marcha: crack-ah-ah, crack-ah-ah. Devoto automovilista él mismo, Babbitt daba vueltas a la manivela con el invisible conductor; con él esperaba impaciente el bramido del arranque; con él agonizaba cuando cesaba el bramido y empezaba de nuevo a fallar el motor con aquel infernal crack-ah-ah, sonido seco de mañana fría, sonido irritante del que no era posible escapar. Solo cuando el zumbido acelerado del motor le hizo comprender que el Ford estaba en marcha pudo librarse de la tensión nerviosa que lo angustiaba. Echó una mirada a su árbol favorito, el olmo cuyas ramas se destacaban contra la pátina dorada del cielo, y trató de reanudar el sueño, con el ansia de quien busca una droga. Él, que de muchacho había tenido una gran fe en la vida, no se interesaba ya por las posibles e improbables aventuras de cada nuevo día.
Escapó de la realidad hasta que el despertador sonó, a las siete y veinte.
Era el mejor y más anunciado de los despertadores fabricados a gran escala, un despertador con todos los accesorios modernos, incluso carillón, timbre de repetición y esfera fosforescente. Babbitt se enorgullecía de ser despertado por tan complicado mecanismo. En valor social competía con los neumáticos caros.
Reconoció que no había escapatoria, pero siguió acostado, pensando con odio en la compraventa de parcelas y en su familia. Se detestaba a sí mismo por detestarla. La noche anterior había jugado al póquer en casa de Vergil Gunch hasta las doce, y después de fiestas como aquella se irritaba fácilmente antes de desayunar. Quizá fuera la horrible cerveza casera de la era de Prohibición y los puros con los que había que acompañar esa cerveza; quizá fuera el disgusto de regresar de aquel espléndido mundo masculino a una mezquina región de esposas y mecanógrafas que le aconsejaban no fumar tanto.
Desde la alcoba contigua a la galería, la voz detestablemente jovial de su mujer, que gritaba: «Ya es hora de levantarse, Georgie, muchacho», y el inaguantable roce de la mano que limpiaba de pelos un cepillo duro, un sonido rápido y rechinante que atacaba los nervios.
Gruñó; sacó sus macizas piernas de debajo de la manta caqui y se sentó en el borde del catre, pasándose los dedos por la cabeza despeinada, mientras sus pies regordetes buscaban mecánicamente las zapatillas. Miró pesarosamente la manta, que siempre sería para él una sugestión de libertad y de heroísmo. La había comprado para una excursión que nunca llegó a realizar. Aquella manta simbolizaba la hermosa holganza, las hermosas palabrotas, las varoniles camisas de franela.
Se puso en pie. Las oleadas de dolor que sentía detrás de los ojos lo hacían refunfuñar. Con el temor de que se repitiesen, se asomó al patio. Le encantó, como siempre; era el patio aseado de un próspero negociante de Zenith, es decir, era la perfección, y lo hacía perfecto a él también. Se fijó en el garaje de metal acanalado y, como cada uno de los trescientos sesenta y cinco días del año, reflexionó: «Esa casucha de hojalata no tiene clase. Tengo que hacerme un garaje de madera. Pero, qué demonios, es lo único de la casa que no está a la última». Mientras lo miraba, pensó en un garaje público para su nuevo desarrollo urbanístico, Glen Oriole. Dejó de dar bufidos y puso los brazos en jarras. Las facciones de su cara petulante, hinchada de dormir, se endurecieron súbitamente. Reapareció el hombre de iniciativa, capaz de inventar, de dirigir, de hacer cosas.
Entusiasmado con su idea, se dirigió al cuarto de baño por un pasillo tan firme y tan limpio que parecía completamente nuevo.
Aunque la casa no era grande, tenía, como todas las casas de Floral Heights, un baño regio de porcelana, baldosas y metal bruñido. El toallero era una barra de cristal transparente montada en níquel. En la bañera cabía un guardia prusiano, y sobre el lavabo había una sensacional exhibición de cepillos de dientes, brochas, jaboneras, esponjeras y frascos, tan relumbrantes y tan ingeniosamente colocados que aquello parecía la repisa de un laboratorio. Pero Babbitt, cuyo dios era el Aparato Moderno, no estaba satisfecho. El olor de un dentífrico endemoniado hacía irrespirable la atmósfera del cuarto de baño. «¡Verona ha vuelto a las andadas! En vez de seguir con el litidol, como re-pe-ti-da-men-te le he dicho, se habrá agenciado alguna de esas malditas porquerías que lo ponen a uno malo».
La esterilla estaba arrugada, y el suelo, mojado. (Su hija Verona tenía de cuando en cuando la ocurrencia de tomar baños por la mañana). Resbaló en la esterilla y se dio contra la bañera. Soltó una palabrota y hecho una furia cogió el tubo de pasta para afeitarse. Se enjabonó, golpeándose furiosamente con la brocha espumosa, y furiosamente empezó a pasarse la maquinilla por sus gordos carrillos. Se hacía daño. La cuchilla estaba embotada. Y soltó otros dos tacos.
Buscó y rebuscó en la vitrina un paquete de cuchillas nuevas, pensando, como siempre: «Más barato sería comprarse un chisme de esos y afilarse las cuchillas uno mismo». Cuando lo descubrió detrás de la redonda caja de bicarbonato pensó mal de su mujer por haberlo puesto allí, y muy bien de sí mismo por no haber dicho otra palabrota. Pero la dijo inmediatamente después, cuando con los dedos llenos de jabón trató de sacar del horrible sobrecito la cuchilla nueva y quitarle el pegajoso papel que la envolvía.
Luego otro problema, mil veces planteado y nunca resuelto: ¿qué hacer con la cuchilla vieja, que era un peligro para los dedos de su hija menor? Como de costumbre, la puso encima del armarito, haciendo propósito de tirar las otras cincuenta o sesenta cuchillas que estaban, también temporalmente, amontonadas allí arriba. Siguió afeitándose con un humor de todos los diablos, aumentado por la jaqueca y por el vacío de su estómago. Cuando terminó, su cara, redonda y lisa, chorreaba agua de jabón, los ojos le picaban. Buscó una toalla. Las toallas de la familia estaban mojadas, pegajosas y sucias, descubrió mientras, a ciegas, iba tentándolas una por una: la suya, la de su mujer, la de Verona, la de Ted, la de Tinka y el solitario toallón del baño con el enorme verdugón de la inicial. Entonces George F. Babbitt hizo una cosa horrible: ¡se secó la cara con la toalla de los huéspedes! Era una baratija bordada de pensamientos, que siempre estaba allí colgada para indicar que los Babbitt pertenecían a la mejor sociedad de Floral Heights. Nadie la había usado nunca. Ningún huésped se había atrevido. Los huéspedes se secaban a hurtadillas con la punta de una toalla cualquiera, la más próxima.
Se puso furioso. «Caramba, aquí van y usan las toallas, todas las toallas, y las usan y las mojan y las dejan chorreando, y nunca me dejan una seca para mí... ¡Claro, yo soy el último mono...! Y yo necesito una y... Y soy la única persona en toda la casa que tiene un poquito de consideración para el prójimo y atención, y considero que puede haber otros que quieran usar el cuarto de baño después de mí, y considero...».
Estaba arrojando a la bañera aquellas gélidas abominaciones, por el placer de vengarse de algún modo, cuando, en medio de la operación, lo sorprendió su mujer, que le preguntó, con toda la calma del mundo:
—Pero, querido, ¿qué estás haciendo? ¿Vas a lavar las toallas? No es necesario que las laves, hombre. Oh, George, supongo que no habrás usado la toalla de los huéspedes, ¿verdad?
No se sabe lo que acertó a responder.
Por vez primera después de muchas semanas, su mujer lo puso lo bastante nervioso como para mirarla cara a cara.
Myra Babbitt —la señora Babbitt— era una mujer definitivamente madura. Las arrugas que tenía a ambos lados de la boca terminaban bajo la barbilla, y su cuello regordete se abolsaba. Pero lo que demostraba que había pasado la raya era que ya no tenía reservas con su marido y que ya no le importaba no tenerlas. Ahora estaba en enaguas y con un corsé abombado, pero completamente despreocupada de que la vieran así. Se había acostumbrado de un modo tan estúpido a la vida matrimonial que en su opulenta madurez resultaba tan carente de sexo como una monja anémica. Era una mujer buena, una mujer amable, una mujer diligente, pero nadie, exceptuando quizá a su hija Tinka, que solo tenía diez años, mostraba el menor interés por ella. Ni siquiera se daban cuenta de que existía.
Después de una discusión bastante completa sobre todos los aspectos domésticos y sociales de las toallas, disculpó a Babbitt en atención a su alcohólica jaqueca, y él se repuso lo bastante para soportar la busca de una camiseta interior BVD que había sido, dijo, malévolamente escondida entre sus pijamas limpios.
En la conferencia sobre el traje castaño estuvo bastante amable.
—¿Qué te parece, Myra? —Babbitt manoseaba ropas colgadas de una silla mientras ella iba y venía misteriosamente por el dormitorio, ajustándose las enaguas. A su marido le parecía que no acababa nunca de vestirse—. ¿En qué quedamos? ¿Me pongo hoy también el traje castaño?
—Te sienta divinamente.
—Ya lo sé, pero, pardiez, hay que plancharlo.
—Eso sí. Quizá tengas razón.
—Está pidiendo la plancha, no cabe la menor duda.
—Sí; quizá no le viniera mal un planchado.
—El caso es que la chaqueta no hay que plancharla. Es una bobada planchar el condenado traje entero cuando la chaqueta no lo necesita.
—También es verdad.
—Pero los pantalones, vaya si lo necesitan. Míralos..., mira qué arrugas... No, los pantalones hay, indudablemente, que plancharlos.
—Sí, sí. ¡Oh, George! ¿Por qué no te pones la chaqueta castaña con esos pantalones azules que no sabemos qué hacer con ellos?
—¡Santo Dios! ¿Me has visto tú alguna vez en mi vida llevar la americana de un traje con los pantalones de otro? ¿Qué te crees que soy yo? ¿Un pobre contable?
—Bueno, ¿por qué no te pones el traje gris oscuro hoy y dejas en la sastrería los pantalones castaños?
—Sí, indudablemente necesitan... Bueno, ¿dónde demonios está el traje gris? ¡Ah, aquí está!
Por fin pudo vestirse con resolución y calma relativas.
Primero se puso una camiseta interior de cotonía sin mangas, marca BVD, con la cual parecía uno de esos niños que en las cabalgatas municipales salen vestidos con un tabardo de estopilla. Nunca se ponía aquella prenda sin dar gracias al dios del Progreso por no tener que llevar peleles ceñidos, largos y anticuados como su suegro y socio, Henry Thompson. Su segundo embellecimiento fue peinarse y alisarse el pelo hacia atrás. Con esto descubrió cinco centímetros más de frente. Pero la verdadera maravilla se operó al calarse los anteojos.
Dan carácter los anteojos, las presuntuosas gafas de concha, los humildes quevedos del maestro de escuela, los lentes con montura de plata del viejo pueblerino. Los anteojos de Babbitt, enormes, circulares, no tenían montura, y eran del mejor cristal; se los sujetaba a las orejas con dos finas varillas de oro. Con ellas era el hombre de negocios moderno, que daba órdenes a sus empleados, que conducía un automóvil, que jugaba al golf de cuando en cuando y que era casi un sabio en cuestiones comerciales. Su cara infantil tomó repentinamente un aire de importancia, destacándose entonces su nariz roma, su boca recta y gruesa, su barbilla excesivamente carnuda, pero enérgica. Quien lo hubiera visto con su uniforme puesto lo habría tomado respetuosamente por la personificación del Ciudadano Sólido.
El traje gris, bien cortado, bien hecho, carecía de distinción. Era un traje como los hay a millares. Una tirilla blanca en la V del chaleco daba a su dueño aspecto de abogado. Iba calzado con botas de cordones, botas buenas, botas fuertes, botas estándar, botas extraordinariamente desprovistas de interés. Su única frivolidad era la corbata de punto morada. Después de innúmeras observaciones sobre la cuestión dirigidas a su señora (que, haciendo acrobáticos esfuerzos para sujetarse por detrás la falda a la blusa con un imperdible, no oyó palabra de lo que le dijo), se decidió a llevar la corbata morada en vez de la otra, que ostentaba un complicado dibujo de arpas entre palmeras, y clavó en ella un alfiler, una cabeza de serpiente con ojos de ópalo.
Fue un acontecimiento sensacional trasladar del traje castaño al gris el contenido de los bolsillos. Estos objetos los tomaba él muy en serio. Eran de capital importancia, como el béisbol o el Partido Republicano. Entre ellos figuraban una estilográfica y un lapicero de plata (siempre sin minas de repuesto) que pertenecía al bolsillo superior derecho del chaleco. Sin su pluma y su lápiz se habría sentido desnudo. En la cadena de su reloj llevaba siete llaves (dos de las cuales no recordaba de dónde eran), un cortaplumas de oro, un cortacigarros de plata e, incidentalmente, un buen reloj. De la misma cadena pendía un largo y amarillento diente de alce, que lo proclamaba socio de la Benévola y Protectora Orden de los Alces. Lo más significativo de todo era su agenda de bolsillo, una moderna y práctica agenda, que contenía las señas de personas a quienes había olvidado, resguardos de giros postales llegados a su destino hacía meses, sellos que habían perdido la goma, recortes de versos de T. Cholmondeley Frink y de artículos de fondo, de los cuales sacaba Babbitt sus opiniones y sus palabras largas, notas para asegurarse de hacer cosas que no pensaba hacer, y esta curiosa inscripción: D. S. S. D. M. Y. P. D. F.
Pero no tenía pitillera. A nadie se le había ocurrido regalarle una, de modo que no estaba habituado a ella y las personas que gastaban pitillera le parecían afeminadas.
Por último, se puso en la solapa el botón del Boosters’ Club. Con él, Babbitt se sentía leal e importante. Lo asociaba con los Hombres de Bien, hombres simpáticos y humanos, e importantes en el círculo de los negocios. Era su Cruz Victoria, su cinta de la Legión de Honor, su llave del Phi Beta Kappa.
Con las complicaciones del vestirse vinieron a sumarse otras inquietudes.
—Me siento un tanto malucho esta mañana —dijo—. Creo que cené demasiado anoche. No deberías haberme dado esas frituras de plátano, que son tan pesadas.
—¡Pero si tú me las pediste!
—Ya sé, pero... te digo que cuando uno pasa de los cuarenta tiene que mirar por su digestión. Hay un montón de individuos que no se cuidan lo que se debieran cuidar. Te digo que a los cuarenta un hombre o es tonto o es su doctor...; quiero decir doctor de sí mismo, su propio médico. La gente no presta la debida atención a esto de la dieta. A mí me parece... Naturalmente, un hombre debe comer bien después de trabajar todo el día, pero no sería malo que, tanto tú como yo, hiciésemos un almuerzo más ligero.
—Pero, Georgie, aquí, en casa, siempre almorzamos ligeramente.
—¿Quieres decir que yo me atraco como un cerdo cuando como en el centro? ¡Sí, claro! ¡Divertida estabas si te tuvieras que comer el bodrio que el nuevo encargado nos sirve en el Athletic Club! Bueno, la verdad es que esta mañana me siento no sé cómo. Tengo un dolor aquí abajo, en el lado izquierdo...; no será apendicitis, ¿verdad? Anoche, cuando iba a casa de Verg Gunch, sentí un dolor en el estómago también. Aquí mismo fue... Un dolor agudo, una punzada. Yo... ¿Dónde habrán ido a parar esos diez centavos? ¿Por qué no sirves más ciruelas en el desayuno? Claro que yo me como una manzana todas las noches (si tomas a diario una manzana, nunca verás al médico en tu casa); sin embargo, deberías servir más ciruelas en vez de todas esas filigranas.
—La última vez que puse ciruelas, ni las probaste.
—Bueno, no me apetecerían, supongo. En realidad, creo que comí algunas. De todos modos... te digo que es de capital importancia el... Precisamente anoche le decía yo a Verg Gunch que la mayoría de las personas no se preocupan lo bastante de su diges...
—¿Invitaremos a los Gunch la semana que viene?
—¡Hombre, claro, no faltaba más!
—Pues mira, George: quiero que te pongas tu esmoquin esa noche.
—¡Demonios! Los demás no se van a poner elegantes.
—Pues claro que sí. Acuérdate de cuando no te vestiste para la cena de los Littlefield y todos los demás fueron de etiqueta. ¡Qué vergüenza pasaste!
—¿Vergüenza yo? ¡Qué va! Yo no pasé vergüenza. Todo el mundo sabe que yo me puedo poner un frac tan caro como cualquiera, y que no tengo que preocuparme de si lo llevo o no lo llevo tal o cual vez. Y, además, es un latazo. Bien está para una mujer que anda siempre por la casa, pero, cuando un hombre ha estado trabajando como una fiera todo el santo día, no le hace gracia embutirse en la camisa planchada, quieras o no quieras, por unos cuantos fulanos que ha visto con sus trajes de diario ese mismo día.
—No digas que no te gusta que te vean de etiqueta. La otra noche confesaste que te alegrabas de que yo hubiera insistido en que te pusieras elegante. Dijiste que te encontrabas mucho más a gusto. Y otra cosa, George: no quiero que digas frac. Es un esmoquin.
—¡Qué más da!
—Es lo que dice la gente bien. Figúrate que Lucile McKelvey te oyera decir frac.
—¡Bueno está eso! Lucile McKelvey no me la da a mí. Su parentela es de lo más ordinario que hay, aunque su marido y su padre sean millonarios. Supongo que estás tratando de refregarme tu alta posición social. Pues mira, permíteme que te diga que tu reverenciado progenitor, Henry T., ni siquiera lo llama frac. ¡Dice «chaqué rabón para monos con rabo», y no lograrás que se ponga uno como no lo cloroformices!
—¡Por favor, George, no te pongas así!
—Yo no quiero ponerme de ninguna manera, pero... ¡te estás volviendo más exigente que Verona! Desde que salió de la universidad está insoportable... No sabe lo que quiere... Bueno, yo sí sé lo que quiere... Quiere casarse con un millonario, y vivir en Europa, y estrechar la mano de algún ilustre predicador y, simultáneamente, al mismo tiempo, quedarse aquí, en Zenith, ser una de esas agitadoras socialistas o presidenta de alguna junta de caridad, ¡o qué sé yo qué demonios! ¡Y Ted, otro que tal baila! Quiere ir a la universidad y no quiere ir a la universidad. La única de los tres que tiene la cabeza en su sitio es Tinka. Sencillamente, no puedo comprender cómo he tenido un par de hijos tan tarambanas como Rona y Ted. Yo no seré ningún Rockefeller ni ningún James J. Shakespeare, pero sé dónde tengo la cabeza, y sigo dale que te dale trabajando en mi oficina, y... ¿no sabes lo último? Por lo que me figuro, a Ted le ha dado ahora la ventolera de ser actor de cine y... Y le he dicho cien veces que, si va a la universidad y estudia Derecho y se porta bien, lo meteré en los negocios y... Verona es tan calamidad como él. No sabe lo que quiere. ¡Bueno, bueno, vamos! ¿No estás lista aún? La muchacha ha tocado la campanilla hace tres minutos.
Antes de seguir a su mujer, Babbitt se quedó un momento mirando por la ventana de su cuarto. Aquel barrio residencial, Floral Heights, estaba en un alto, y aunque el centro de la ciudad distaba unos cinco kilómetros —Zenith tenía ahora entre trescientos mil y cuatrocientos mil habitantes—, podía ver desde allí el remate de la Second National Tower, un edificio de piedra caliza con treinta y cinco pisos.
Sus brillantes muros se elevaban contra el cielo abrileño rematados por una simple cornisa, que era una línea de fuego blanco. Había en la torre entereza y decisión. Llevaba su fuerza airosamente, como un soldado alto. Babbitt la contempló, y sus nervios se calmaron, su expresión se suavizó, su fofa barbilla se alzó con reverencia. Apenas articuló: «¡Qué hermosa vista!», pero se sintió inspirado por el ritmo de la ciudad, renació su amor por ella. Aquella torre era el templo de la religión de los negocios, una fe apasionada, exaltada, que estaba por encima del hombre vulgar, y bajó a desayunar silbando la balada «Oh, by gee, by gosh, by jingo» como si fuera un himno melancólico y noble.
El dormitorio, libre del moscardoneo de Babbitt y de los dulces gruñidos con que su mujer expresaba la compasión que era demasiado experimentada como para sentir y más que demasiado experimentada como para no demostrar, quedó instantáneamente sumido en una completa impersonalidad.
Comunicaba con la galería donde Babbitt dormía a la intemperie. En él se vestían los dos, y en las noches más frías el marido renunciaba al deber de ser valiente y se metía en la cama de dentro, donde, bien calentito, encogía los dedos de los pies y se reía de los temporales de enero.
El cuarto, modesto y alegre, estaba pintado según uno de los mejores diseños del decorador que «hacía los interiores» para la mayoría de los que construían casas en Zenith con fines especulativos. Las paredes eran grises; las molduras, blancas; la alfombra, de un azul sereno, y muy semejante a caoba era el mobiliario: la cómoda, con su grande y claro espejo; el tocador de la señora Babbitt, con objetos de plata casi maciza; las dos camas sencillas e iguales, entre las cuales había una mesilla con una lámpara eléctrica estándar, un vaso para agua y un libro, también estándar, con ilustraciones en color —no puede saberse qué libro era, porque nadie lo había abierto nunca—. Los colchones eran firmes, pero no duros, espléndidos colchones modernos que habían costado una barbaridad de dinero; el radiador tenía exacta y científicamente la superficie que correspondía a la capacidad del cuarto. Las enormes ventanas de guillotina se abrían fácilmente y tenían pestillos, cuerdas de la mejor calidad y cortinillas garantizadas. El dormitorio era una obra maestra recién salida de Casas Modernas y Alegres para Rentas Medianas. Solo que no tenía nada que ver con los Babbitt ni con nadie. Si alguien había vivido y amado alguna vez allí, si había leído novelas espeluznantes a medianoche, si se había quedado indolentemente en la cama un domingo por la mañana, no se veían trazas de ello. Tenía el aspecto de ser una habitación muy buena en un hotel muy bueno. Esperaba uno que la doncella fuera a entrar a arreglarla para personas que pasarían solo una noche, que se irían sin mirar atrás y que no volverían a pensar en ella nunca.
En Floral Heights, una casa sí y otra no tenía un dormitorio igual a aquel.
La casa de los Babbitt se había construido hacía cinco años. Toda ella era tan adecuada y tan lustrosa como aquel dormitorio. Modelo de buen gusto, tenía las mejores alfombras baratas, una arquitectura sencilla y recomendable y los últimos adelantos. Por todas partes, la electricidad sustituía a las velas y a las sucias chimeneas. En el rodapié de la alcoba había tres enchufes para lámparas eléctricas, ocultos por unas chapitas de latón. En los pasillos había enchufes para la aspiradora y en el gabinete enchufes para la lámpara del piano y para el ventilador. El pulcro comedor (con su admirable aparador de roble, su chinero de vidrieras emplomadas, sus paredes de estuco color crema y su conmovedora escena del salmón expirando sobre un montón de ostras) tenía enchufes para la cafetera y para el tostador.
En realidad, la casa de Babbitt tenía un solo defecto: no era un hogar.
Muchas mañanas Babbitt bajaba brincando y bromeando a desayunar. Pero aquel día, por algún misterioso motivo, todo andaba de través. Al pasar por el pasillo del piso superior miró la alcoba de Verona y exclamó en son de protesta:
—¿Para qué tener una casa de primera cuando la familia no la aprecia, para qué atender a los negocios y meterse en camisa de once varas?
Se dirigió hacia ellos: Verona, una muchacha de veintidós años, regordeta y de pelo castaño, recién salida de Bryn Mawr, estaba pendiente de su deber y de su sexo, de Dios y de los rebeldes pliegues del traje deportivo gris que llevaba puesto; Ted —Theodore Roosevelt Babbitt—, un decorativo jovenzuelo de diecisiete años; Katherine, todavía una niña, con pelo rojo brillante y una piel fina que la hacía sospechosa de comer demasiados bombones y demasiados helados. Babbitt no manifestó su vaga irritación cuando entró dando pisotones. Realmente, no le gustaba ser tirano con su familia, y sus arrebatos eran tan absurdos como frecuentes. Le gritó a Tinka:
—¿Qué hay, chipilina?
Era la única palabra afectuosa de su vocabulario, exceptuando los adjetivos «querida» y «vidita» con que distinguía a su mujer, y se la espetaba a Tinka todas las mañanas.
Apuró una taza de café con la esperanza de apaciguar su estómago y su alma. Su estómago se quedó como si no le perteneciera, pero Verona empezó a ponerse pesada y molesta, con lo cual Babbitt se sintió nuevamente asaltado por las dudas acerca de la vida, la familia y los negocios que se habían apoderado de él al desaparecer el hada de sus sueños.
Verona llevaba seis meses trabajando en las oficinas de la compañía de cueros Gruensberg con la perspectiva de llegar a secretaria del señor Gruensberg y, así, como decía Babbitt, sacar algún provecho de su costosa educación hasta que estuviera en disposición de casarse.
Pero ahora Verona decía:
—Papá, he estado hablando con una compañera mía que trabaja en la Junta de Beneficencia... Si vieras qué nenes más monos van allí a que les den leche, papá..., y me parece que yo también debería hacer algo así que valiera la pena.
—¿Que valiera la pena? ¿Qué dices? Si te hacen secretaria de Gruensberg (que no sería imposible si siguieras con la taquigrafía y no anduvieras cada noche de conciertos y tertulias), te encontrarás con treinta y cinco o cuarenta pavos por semana, que bien valen la pena.
—Ya lo sé, pero... ¡Oh, yo quisiera... contribuir...! Me gustaría trabajar en un grupo escolar. Tal vez pueda conseguir que uno de los grandes almacenes me deje instalar un departamento benéfico con una buena sala de espera con tapices y sillones de paja y demás. O podría...
—Bueno, mira. Lo primero que tienes que entender es que todas esas zarandajas de beneficencias y recreos infantiles no son más que la cuña de entrada del socialismo. Cuanto antes aprenda un hombre que no lo van a mimar, y que no puede esperar un montón de manduca gratis, y, eh, todas esas clases gratis y piruetas y zarandajas para sus hijos a no ser que se las gane, pues más pronto se pondrá manos a la obra y a producir..., ¡a producir! Eso es lo que necesita el país y no todas esas fantasías que debilitan la voluntad del obrero y dan a sus hijos un montón de ideas impropias de su clase. Y tú, si te ocuparas del trabajo en vez de andar haciendo la tonta de acá para allá... ¡Siempre igual! Cuando yo era joven me resolví a hacer una cosa y la hice a pesar de los pesares, y por eso estoy ahora donde estoy y... ¡Myra! ¿Por qué dejas a la niña trocear las tostadas de esa manera? No se pueden ni coger. ¡Y además están medio frías!
Ted Babbitt, estudiante de secundaria en el gran Instituto East Side, que había estado interrumpiendo la conversación con sonidos parecidos a hipidos, rompió a hablar abruptamente:
—Oye, Rona, tú vas a...
Verona se volvió rápidamente.
—¡Ted! ¿Me haces el favor de no interrumpirnos cuando hablamos de cosas serias?
—¡Anda esta! —dijo Ted con tono judicial—. Desde que se cometió la equivocación de sacarte de la facultad, Ammonia, siempre estás soltando tonterías sobre esto, lo otro y lo de más allá. ¿Vas a... ? Yo necesito el coche esta noche.
—¿Ah, sí? ¡Pues a lo mejor lo necesito yo! —bufó Babbitt.
Y Verona dijo en son de protesta:
—Conque el señorito quiere el coche, ¿eh?
—¡Oh, papá, nos dijiste que nos ibas a llevar a Rosedale —sollozó Tinka.
—Cuidado, Tinka —dijo la señora Babbitt—; estás metiendo la manga en la mantequilla.
Todos echaban llamas por los ojos. Verona gritó:
—¡Ted, eres un perfecto cochino!
—¡Y tú no! ¡De ningún modo! —dijo Ted con su desesperante suavidad—. Tú quieres llevártelo en cuanto acabemos de cenar y dejarlo parado toda la noche frente a la puerta de alguna de tus amigas, mientras tú gastas saliva hablando de literatura y de los pedantes con los que vas a casarte... ¡Aunque primero tendrán que declararse!
—¡Papá no debería dejártelo nunca! Tú y esos animales de los hermanos Jones corréis como locos. ¡Hay que ver cómo tomáis la curva de Chautauqua Place a sesenta por hora!
—Ay, pero ¿de dónde sacas tú eso? Tú tienes tal canguelo que cuando subes una cuesta metes el freno.
—¡No es verdad! Y tú... siempre hablando de lo mucho que sabes de motores, y Eunice Littlefield me contó que una vez dijiste que la batería alimentaba al generador.
—Pero si tú... tú, querida mía, no distingues un generador de un diferencial.
No sin razón le hablaba Ted con altanería. Era un mecánico nato, un constructor y reparador de máquinas de nacimiento, y si parecía afectar hablar en cianotipos era porque le salía de forma natural.
—¡Bueno, basta ya! —dijo Babbitt maquinalmente, respirando con satisfacción al encender el glorioso primer puro del día mientras echaba un vistazo a los titulares del Advocate Times, estimulantes como una droga.
Ted optó por la diplomacia.
—De verdad, Rona, no quiero sacar el cacharro, pero les he prometido a dos chicas de mi clase que las llevaría al ensayo del coro y, qué quieres que te diga, no tengo maldita la gana, pero un caballero debe cumplir sus compromisos sociales.
—¡Con eso sales ahora! ¡Compromisos sociales, tú! ¡En el instituto!
—¡Vaya pisto que nos damos desde que fuimos a esa universidad de gallinitas! Permíteme que te diga que en todo el estado no hay un colegio privado donde se junte una pandilla como la que tenemos en Gamma Digamma este año. Hay dos chicos que tienen padres millonarios. Y yo debería tener un coche propio, como tantos otros de los muchachos.
Babbitt casi se levantó.
—¿Un coche, tú? ¿No quieres también un yate y una casa con jardín? No me hagas reír. ¡Un chico que no puede aprobar el latín, que cualquiera lo aprueba, y espera que yo le regale un coche, con chófer supongo, y hasta puede que un aeroplano, en premio al trabajo que se toma en ir al cine con Eunice Littlefield! Bueno, cuando veas que te compro un...
Poco después, con mucha diplomacia, Ted logró hacer confesar a Verona que aquella noche iba simplemente a ver una exposición de perros y gatos en el Armory. Verona, propuso Ted, dejaría el coche delante de una confitería frente al Armory y él iría allí a buscarlo. Hubo magistrales acuerdos acerca de dejar la llave y llenar el depósito de gasolina, y, como apasionados devotos del Gran Dios Motor, loaron el parche del neumático de repuesto y lamentaron la pérdida del mango del gato.
Terminada la tregua, Ted comentó que las amigas de ella eran «una panda de cotorras estiradas e ineptas». Los amigos de él, apuntó Verona, eran «unos mamarrachos de pacotilla y unas crías horribles, ignorantes y gritonas».
—Es un asco que fumes cigarrillos —añadió—, y ese traje que te has puesto esta mañana es completamente ridículo... Te sienta horrible, de verdad.
Ted se agachó para mirarse en el espejo del aparador y, encontrándose encantador, se sonrió con petulancia. Su traje, lo último de Old Eli Togs, era ceñidísimo, con unos pantalones raquíticos que apenas le llegaban a las botas, un talle de corista y, en la espalda, una trabilla perfectamente inútil. Su bufanda era un enorme retazo de seda negra. Llevaba el pelo, que era rubio y liso, planchado hacia atrás y sin raya. Cuando iba a la escuela se lo cubría con una gorra de visera más grande que una pala. Lo más extraordinario era el chaleco, conseguido a fuerza de ahorros, de ruegos y de maquinaciones: un verdadero chaleco de fantasía color cervatillo, con motas de un rojo marchito y puntas asombrosamente largas. En el borde inferior llevaba el botón del colegio, el botón de su clase y el alfiler de su fraternidad.
Y, sin embargo, nada de esto importaba. Ted era flexible, vivo, robusto; sus ojos (que él creía cínicos) tenían una vehemencia cándida. Pero no pecaba de tierno. Haciendo un ademán hacia Verona le dijo, arrastrando las palabras:
—Sí, creo que somos un tanto ridículos y repugnantículos, y me parece que nuestra nueva corbata es bastante chillona.
—¡Sí, señor! —ladró Babbitt—. Y, mientras te regodeas mirándote, te diré que tu viril belleza ganaría mucho si te limpiaras la boca, que la tienes manchada de huevo.
Verona se echó a reír, momentáneamente victoriosa en la peor de las guerras, que es la guerra familiar. Ted la miró desesperado; luego le gritó a Tinka:
—¡Por amor de Dios, niña, no vuelques todo el azucarero en los cereales!
Cuando Verona y Ted se fueron a la calle y Tinka al piso de arriba, Babbitt se puso a refunfuñar.
—¡Qué encanto de familia! —le dijo a su mujer—. Reconozco que no soy ningún corderito y hasta que me pongo a veces insoportable durante el desayuno, pero, cuando empiezan que si patatín que si patatán, no los puedo resistir. Creo que, cuando un hombre se ha pasado la vida tratando de dar a sus hijos una educación decente, es descorazonador verlos todo el santo día peleándose como hienas y nunca..., y nunca... ¡Tiene gracia! Dice aquí el periódico: «... nunca un momento de silen...». ¿Has leído ya el periódico?
—Todavía no, querido.
En los veintitrés años que llevaba casada, la señora Babbitt había leído el periódico antes que su marido sesenta y siete veces solamente.
—La mar de noticias. Un tornado horroroso en el sur. Mala suerte. ¡Pero esto, oye, esto es descacharrante! El principio del fin para esos sinvergüenzas. La Asamblea de Nueva York ha aprobado un proyecto de ley que proscribirá completamente a los socialistas. Y en Nueva York los estudiantes están manejando los ascensores desde que los empleados se han declarado en huelga. ¡Eso es! Y en Birmingham se pidió en un mitin que Mick, el agitador ese, y De Valera, sean deportados. ¡Bien hecho! A todos esos agitadores les pagan con oro alemán, ya se sabe. Y nosotros no tenemos nada que ver con los irlandeses ni con ningún otro Gobierno extranjero. No queremos meter baza en el asunto. Y corre el rumor, muy probable, de que en Rusia ha muerto Lenin. ¡Magnífico! No alcanzo a comprender por qué no nos plantamos allí y echamos a patadas a esos tunantes de bolcheviques.
—Pues sí.
—Y dice aquí que un sujeto fue nombrado alcalde y tomó posesión vestido con un mono de mecánico..., ¡y además era predicador! ¿Qué te parece?
—¡Muy bonito!
Babbitt buscó una actitud, pero ni como republicano ni como presbiteriano, ni como alce, ni como negociante de casas, pudo encontrar una opinión establecida de antemano sobre los alcaldes predicadores, de modo que gruñó y siguió leyendo. Su mujer parecía interesada, pero en realidad no oía una palabra. Más tarde leería los titulares, las columnas de sociedad y los anuncios de los grandes almacenes.
—¿Qué te parece esto? Charley McKelvey continúa haciendo la pirueta social, tan pelmazo como siempre. Oye lo que dice de anoche la cronista:
Nunca se siente la Sociedad, con S mayúscula, más halagada que cuando, como anoche, es invitada a participar de un festín en la distinguida y hospitalaria residencia de Charles L. Mckelvey y su esposa. Situada en medio de su espacioso parque, una de las vistas más notables de Royal Ridge, la casa, hogareña y alegre a pesar de sus enormes muros de piedra y de sus vastas habitaciones, famosas por la decoración, se abrió anoche de par en par con motivo del baile dado en honor de la ilustre huésped de la señora McKelvey, la señorita J. Sneeth, de Washington. El amplio comedor, gracias a sus holgadas proporciones, pudo convertirse en un espléndido salón de baile, cuyo parquet reflejaba en su pulida superficie la encantadora concurrencia que lo pisaba. Pero incluso los placeres del baile palidecían ante las tentadoras ocasiones de hablar a solas, tête-à-tête, junto a la señorial chimenea de la biblioteca, o en alguna de las cómodas poltronas del gabinete, cuyas discretas lámparas invitaban a cuchichear tímidamente dulces naderías deux-à-deux. Además, en la sala del billar podía uno coger un taco y lucir sus habilidades en un juego no apadrinado por Cupido ni por Terpsícore.
Había más, muchísimo más, todo en el mismo urbano estilo periodístico de la señorita Elnora Pearl Bates, la popular redactora del Advocate Times. Pero Babbitt no podía soportarlo. Refunfuñó. Arrugó el periódico. Protestó.
—¡Es el colmo! No tengo inconveniente en reconocer el mérito de Charley McKelvey. Cuando estábamos en el colegio, estaba tan necesitado como cualquiera de nosotros, pero ha ganado su buen millón de pavos en contratas, y no ha sido menos honrado que otros ni ha comprado más concejales que los necesarios. Y es una buena casa la suya..., aunque no tenga «enormes muros de piedra» ni valga los noventa mil que le ha costado. Pero que se hable como si Charles McKelvey y toda su pandilla de borrachines fueran un racimo de..., de..., de Vanderbilts, bueno, ¡me cansa!
—Con todo —murmuró tímidamente la señora Babbitt—, me gustaría ver el interior de su casa. Debe de ser preciosa. Nunca he estado.
—¡Pues yo sí! Un montón de... Un par de veces. De noche, para hablar de negocios con Chaz. No es lo que dicen. No necesito ir allí a cenar con esa panda de... de corruptos. Y apuesto a que yo hago mucho más dinero que algunos de esos fantasmones que se gastan todo en trajes de etiqueta y no tienen una prenda interior decente que puedan llamar suya. ¡Oye! ¿Qué te parece esto?
La señora Babbitt no se conmovía con las noticias que daba el Advocate Times en su columna de Compraventa y Construcción:
Ashtabula Street, 496
J. K. Dawson a Thomas Mullally, April 17, 15.7 X 112.2
hip. $ 4.000 ................ Nom.
Y, aquella mañana, Babbitt estaba demasiado inquieto para entretenerla con párrafos de los artículos sobre hipotecas registradas y contratos concedidos. Se levantó. Cuando la miraba, sus cejas parecían más peludas que de ordinario. De repente, dijo:
—Sí, quizá... sea una lástima no mantener relaciones con personas como los McKelvey. Trataremos de invitarlos a cenar alguna noche. ¡Bueno, qué diablos, no perdamos el tiempo en hablar de ellos! Nuestra pandilla pasa ratos mucho más divertidos que todos esos plutócratas. Compara a un ser verdaderamente humano, como tú, con pajarracas neuróticas como Lucile McKelvey..., que habla de forma tan pedante y se viste como un papagayo. ¡Tú sí que eres una buena mujer, cielito!
Disimuló su delatora dulzura con una queja:
—Oye, que no vuelva Tinka a comer más ese veneno de chocolate con nueces. ¡Por amor de Dios, procura que no se estropee el estómago! Te digo que la mayoría de las personas no comprenden lo importante que es hacer una buena digestión y tener hábitos regulares. Volveré a la hora de costumbre, supongo.
Babbitt besó a su mujer. En realidad no la besó: puso sus labios inmóviles sobre la mejilla impasible de ella. Y echó a correr hacia el garaje, murmurando:
«¡Dios mío, qué familia! Y ahora Myra se va a poner patética porque no alternamos con ese equipo de millonarios. ¡Oh, a veces me dan ganas de abandonarlo todo! Y el trabajo de la oficina igual o peor. Y yo me pongo desagradable... No lo hago con intención, pero... ¡estoy tan cansado!».
Para George F. Babbitt, como para la mayoría de los ciudadanos acomodados de Zenith, su automóvil era poesía y tragedia, amor y heroísmo. La oficina era su barco pirata, pero el automóvil era su peligrosa excursión a tierra.
Entre las tremendas crisis de cada día, ninguna más dramática que poner el motor en marcha. En las mañanas frías, era cosa de nunca acabar; el arranque zumbaba angustiosamente, y a veces tenía que echar unas gotas de éter en las llaves de los cilindros, lo cual era tan interesante que durante el almuerzo tenía que contarlo minuciosamente, calculando en voz alta cuánto le costaba cada gota.
Aquella mañana salió decidido a encontrar algo mal, y se sintió deprimido cuando la mixtura de aire y gasolina explotó con fuerza e instantáneamente, y el coche ni siquiera rozó la jamba de la puerta, rayada y astillada por los tropezones de los guardabarros. Se sentía confuso. Le gritó «¡Buenos días!» a Sam Doppelbrau con más cordialidad de la que se había propuesto.
La casa de Babbitt, verde y blanca, de estilo colonial holandés, era una de las tres que ocupaban aquella manzana de Chatham Road. A la derecha estaba la residencia de Samuel Doppelbrau, secretario de una excelente compañía dedicada a la instalación de accesorios en cuartos de baño. Era una confortable casa la suya, con pretensiones arquitectónicas, una enorme caja de madera con una torre rechoncha y un espacioso porche, todo ello pintado de amarillo yema de huevo. Babbitt calificaba a los señores Doppelbrau de «bohemios». A medianoche solían oírse en su casa música y risotadas; el vecindario murmuraba que tenían whisky de contrabando y que corrían en su coche como locos. A Babbitt le proporcionaban muchas felices noches de discusión, en las cuales proclamaba con firmeza: «Yo no soy mojigato, y no me importa ver a uno echarse una copa de tanto en tanto, pero, cuando se trata deliberadamente de armar la gorda a toda costa, como hacen los Doppelbrau, eso sí que ya no lo aguanto».
Al otro lado de Babbitt vivía Howard Littlefield, doctor en Filosofía, en una casa rigurosamente moderna. La parte baja era de ladrillo rojo oscuro y tenía un mirador emplomado; la parte superior era de estuco pálido, y el tejado, de tejas rojas. Littlefield era el gran erudito de la vecindad: una autoridad en todo, excepto bebés, cocina y automóviles. Se había graduado de bachiller en Blodgett College y había hecho su doctorado en economía política en Yale. Era gerente y consejero de publicidad de la Compañía de Tracción de Zenith. Podía, dándole diez horas de plazo, presentarse ante los concejales o ante la legislatura del Estado y demostrar definitivamente, con filas de guarismos y precedentes de Polonia y Nueva Zelandia, que la Compañía de Tranvías respetaba al público y se desvivía por sus empleados; que todas sus acciones estaban en poder de viudas y huérfanos; y que cualquier cosa que pretendiera hacer beneficiaría a los propietarios aumentando las rentas y ayudaría a los pobres rebajando el precio de los alquileres. Todas sus amistades acudían a él cuando deseaban saber la fecha del sitio de Zaragoza, la definición de la palabra «sabotaje», el porvenir del marco alemán, la traducción de «hinc illae lacrimae» o el número de productos procedentes del alquitrán. Aterrorizaba a Babbitt confesándole que a menudo se quedaba despierto hasta medianoche leyendo cifras y notas de informes del Gobierno, o examinando (divirtiéndose mucho con los errores del autor) los últimos volúmenes sobre química, arqueología e ictiología.
Pero el gran valor de Littlefield consistía en su ejemplaridad espiritual. A despecho de su extraño saber, era un presbiteriano tan estricto y un republicano tan firme como George F. Babbitt. Confirmaba a los hombres de negocios en la fe. Si sabían solamente por instinto que su sistema industrial y sus métodos eran perfectos, Howard Littlefield se lo demostraba con la historia, con la economía política y con confesiones de radicales reformados.
Babbitt se enorgullecía grandemente de ser vecino de tal sabio y también de la intimidad de Ted con Eunice Littlefield. A los dieciséis años, Eunice no mostraba el menor interés por las estadísticas, salvo las referentes a la edad y al sueldo de las estrellas cinematográficas, pero, como Babbitt declaró definitivamente, «era hija de su padre».
La diferencia entre un hombre ligero como Sam Doppelbrau y una persona verdaderamente refinada como Littlefield se reflejaba en su aspecto. Doppelbrau tenía un aspecto inconcebiblemente joven para ser un hombre de cuarenta y ocho años. Llevaba siempre el sombrero hongo en la coronilla, y en su cara roja había siempre una risa sin sentido. Pero Littlefield parecía viejo para sus cuarenta y dos años. Era alto, ancho, fuerte: sus lentes con montura de oro se hundían en los repliegues de su larga cara; su pelo tieso era un revoltijo negro y grasiento; gruñía y resoplaba al hablar; la llave de la Phi Beta Kappa relucía sobre su chaleco lleno de manchas; olía a pipas viejas; era completamente fúnebre y archidiaconal; y añadía a la profesión de agente inmobiliario y al oficio de instalar cuartos de baño un aroma de santidad.
Aquella mañana estaba delante de su casa inspeccionando la hierba plantada entre el bordillo y la ancha acera de cemento. Babbitt paró su coche y sacó la cabeza para gritar: «¡Buenos días!». Littlefield se acercó pesadamente y apoyó un pie en el estribo.
—Hermosa mañana —dijo Babbitt, encendiendo, indebidamente pronto, el segundo puro del día.
—Sí, hace una mañana espléndida —dijo Littlefield.
—La primavera se nos viene encima.
—Sí, esto es ya la primavera —dijo Littlefield.
—Sin embargo, las noches son frías aún. Tuve que echarme un par de mantas anoche en la galería.
—Sí, no hacía demasiado calor anoche en la galería —dijo Littlefield.
—Pero no creo que vayamos a tener ya frío de verdad.
—No, aunque ayer, sin embargo, nevó en Tiflis, Montana —dijo el erudito—, y recordará usted el temporal que tuvieron en el oeste hace tres días (casi ochenta centímetros de nieve en Greeley, Colorado), y hace dos años cayó una nevada aquí mismo, en Zenith, el veinticinco de abril.
—¡Cierto! Oiga, jefe: ¿qué piensa usted del candidato republicano? ¿A quién nombrarán para presentarse a la presidencia? ¿No cree usted que ya es hora de que tengamos una administración verdaderamente práctica?
—En mi opinión, lo que el país necesita, en primer lugar y principalmente, es una gestión política para los negocios. ¡Lo que necesitamos es una administración enfocada en los negocios! —dijo Littlefield.
—¡Hombre, me alegro de que diga usted eso! ¡Sí, señor, me alegro muchísimo! Yo no sabía qué pensaría usted, con todas sus relaciones universitarias y demás, pero me alegro mucho de que piense usted así. Lo que el país necesita, precisamente en este caso, no es un rector de universidad que se entremeta en asuntos extranjeros, sino una administración buena, sana, económica y práctica, que active los negocios.
—Sí. Por lo general, la gente no se da cuenta de que, hasta en China, los escolásticos están cediendo su puesto a hombres más prácticos, y, naturalmente, usted comprenderá lo que esto implica.
—¡Cierto! ¡Bueno, bueno! —respiró Babbitt, sintiéndose mucho más tranquilo y mucho más contento de cómo marchaban las cosas en el mundo—. Bueno, ha sido un placer parar y hablar con usted un momento. Ahora tendré que irme a la oficina y pinchar a unos cuantos clientes. Bueno, hasta luego, jefe. Esta noche lo veré. Hasta luego.
Habían trabajado aquellos sólidos ciudadanos. Veinte años antes, la colina en que se había desarrollado Floral Heights, con sus brillantes tejados, su inmaculado césped y su pasmosa comodidad, era un exuberante bosque de olmos, robles y arces. A lo largo de las calles, trazadas con extraordinaria precisión, se veían aún unos cuantos solares con árboles y un pedazo de antiguo huerto. Era un día luminoso; en las ramas de los manzanos, las hojas nuevas brillaban como antorchas de fuego verde. Las primeras flores de los cerezos blanqueaban en una hondonada y los petirrojos alborotaban.
Babbitt olfateaba la tierra, se reía de los histéricos petirrojos como se habría reído con una película cómica. Era, a simple vista, el perfecto oficinista que va a su oficina: un hombre bien alimentado, con un correcto sombrero de fieltro marrón y anteojos sin montura, que fumaba un largo cigarro y conducía un buen coche por el bulevar de los suburbios. El invierno había concluido; había llegado el tiempo de construir, de la producción visible, que para él era la gloria. Perdió su abatimiento; rojo de júbilo, paró en Smith Street para dejar los pantalones castaños y para llenar el depósito de gasolina.
La familiaridad del rito lo fortificó: la vista de la alta y roja bomba de gasolina, el garaje de ladrillo y terracota, la ventana llena de los más agradables accesorios —flamantes cubiertas, inmaculadas bujías de porcelana, cadenas doradas y plateadas para los neumáticos—. Se sintió halagado por la amabilidad con que Sylvester Moon, el más sucio y hábil de los mecánicos, salió a servirlo.
—Buenos días, señor Babbitt —dijo Moon.
Y Babbitt se sintió como una persona de importancia, alguien de cuyo nombre se acordaban hasta en los garajes, y no uno de esos mamarrachos de poca monta que andan de un lado para otro en un cacharro cualquiera. Admiró la ingenuidad con que la aguja del contador hacía tictac a cada galón que marcaba; admiró la agudeza del cartel: «Más vale llenar a tiempo que quedarse en la carretera. Gasolina: 31 centavos»; admiró el rítmico gorgoteo de la gasolina al caer en el depósito y la mecánica regularidad con que Moon daba vueltas al manubrio.
—¿Cuánta ponemos hoy? —preguntó Moon, en un tono que combinaba la independencia del gran especialista, la familiaridad del chismorreo y el respeto hacia un hombre de peso en la sociedad como George F. Babbitt.
—Llénelo.
—¿Quién cree usted que va a salir como candidato republicano, señor Babbitt?
—Es aún muy temprano para hacer predicciones. Después de todo, queda todavía un mes y dos semanas..., no; tres semanas..., deben de ser casi tres semanas...; bueno, en total faltan más de seis semanas para la convención republicana, y creo que uno debe ser imparcial y dar a cada candidato una oportunidad, estudiarlos a todos, sopesar lo que vale cada uno, y luego decidir con cuidado.
—Cierto, señor Babbitt.
—Pero le digo a usted..., y en esto mi actitud es la misma que hace cuatro años, la misma que hace ocho, y será mi actitud en cuatro años..., sí, y en ocho años, lo que le digo a todo el mundo, y no debe esto entenderse demasiado generalmente: que lo que necesitamos ahora y luego siempre es una administración buena y seria y enfocada en los negocios.
—¡Es verdad!
—¿Qué le parecen a usted los neumáticos delanteros?
—¡Bien, bien! No tendríamos mucho que hacer en los garajes si todo el mundo cuidara su coche como usted lo cuida.
—Bueno, se hace lo que se puede.
Babbitt pagó, dijo adecuadamente: «¡Bah! Quédese con la vuelta», y partió en un éxtasis de honesta satisfacción consigo mismo. Vio a un hombre de aspecto respetable que estaba esperando el tranvía y le gritó con tono de buen samaritano:
—¿Quiere subir?
Cuando subió el desconocido, Babbitt, condescendiente, le preguntó:
—¿Va usted directamente al centro? Siempre que veo a alguien esperando el tranvía, tengo por costumbre ofrecerme a llevarlo... a menos, claro está, que parezca un muerto de hambre.
—Ojalá hubiera más personas tan generosas con sus automóviles —dijo cumplidamente la víctima de la benevolencia.
—Oh, no es cuestión de generosidad; lo que pasa es que creo (la otra noche se lo decía a mi hijo) que el deber de los hombres es compartir las buenas cosas de este mundo con sus vecinos, y me molesta mucho que un presuntuoso cualquiera se dé pisto solo porque hace obras de caridad.
La víctima parecía incapaz de hallar la respuesta adecuada. Babbitt bramó:
—¡Vaya un servicio que nos da la Compañía en esta línea! Es absurdo que los tranvías de Portland Road pasen solo cada siete minutos; las mañanas de invierno se queda uno helado esperando en la esquina con el viento que le muerde a uno las pantorrillas.
—Es verdad. A la Compañía de Tranvías le importa un comino el trato que nos den. Les debería pasar algo.
Babbitt se alarmó.
—Sin embargo, no sería justo descargar todos los golpes contra la Compañía y no darse cuenta de las dificultades que tiene, como esos chalados que quieren que pase a propiedad del municipio. Es simplemente un crimen lo que hacen los obreros con la Compañía: no dejan de pedir aumento de salario, y, ¡claro!, los que perdemos somos usted y yo, que tenemos que pagar siete centavos por viaje. En realidad, el servicio es excelente en todas las líneas, considerando...
—Bueno... —dijo el otro, incómodo.
—Hermosa mañana —comentó Babbitt—. La primavera se nos echa encima.
La víctima no tenía originalidad ni ingenio, y Babbitt cayó en un gran silencio y se dedicó al juego de hacer carreras con los tranvías hasta la siguiente esquina. Correr a todo gas entre el enorme costado amarillo del tranvía y la quebrada fila de coches estacionados junto a la acera y acelerar en el preciso momento en que el tranvía se paraba: un deporte original y temerario.
Y, mientras tanto, era consciente del encanto de Zenith. Había pasado muchas semanas sin fijarse más que en los clientes y en los irritantes «se alquila» de sus rivales. Aquel día, no sabía por qué, pasaba de la rabia a la alegría con la misma nerviosa rapidez; y la luz de la primavera era tan adorable que levantó la cabeza y vio.
Le llenaba de admiración todo cuanto encontraba en la familiar ruta de la oficina: los bungalows, los arbustos, las serpenteantes calzadas de Floral Heights. Las tiendas de un solo piso en Smith Street: un resplandor de vidrios y ladrillos nuevos; tiendas de comestibles, lavanderías y drugstores para atender las necesidades más inmediatas de las amas de casa que vivían en el East Side. Las huertas de Dutch Hollow, sus casuchas remendadas con metal acanalado y puertas robadas. Carteleras con diosas carmesíes de tres metros de alto que anunciaban películas, tabaco de pipa y polvos de talco. Las viejas «mansiones» de la calle Novena, que parecían envejecidos dandis vestidos de lino mugriento; castillos de madera convertidos en casas de huéspedes, con caminos enlodados y vallas mohosas; entre las que se abrían paso garajes rápidamente intrusivos, casas de vecindad baratas y puestos de frutas cuidados por afables y zalameros atenienses. Al otro lado de la vía férrea, fábricas que producían leche condensada, cajas de cartón, aparatos de luz eléctrica, automóviles; luego, el centro comercial, el tráfico compacto y rápido, los tranvías atestados descargando, y los amplios portales de mármol y granito pulido.
Aquello era grande, y Babbitt respetaba el tamaño en cualquier cosa: en las montañas, en las joyas, en los músculos, en la riqueza o en las palabras. Durante un momento de encantamiento primaveral, fue el lírico y casi desinteresado amante de Zenith. Pensó en los suburbios industriales; en el río Challoosa, con sus orillas extrañamente erosionadas; en las colinas de Tonawanda, hacia el norte, salpicada de huertas; y en las opulentas tierras de leche, con sus grandes establos y sus tranquilizadoras vacadas. Cuando se apeó su pasajero, exclamó:
—¡Me siento divinamente esta mañana!
Tan épico como poner en marcha el coche era el drama de encontrar un sitio donde aparcar antes de entrar en la oficina. Al doblar la esquina de la avenida Oberlin para meterse en la calle Tercera, buscó con la mirada un espacio libre en la línea de automóviles estacionados. Vio un sitio, pero un rival le tomó la delantera. Delante, otro coche se despegó de la acera, y Babbitt redujo la marcha, sacando la mano a los que venían tras él; hizo señas a una anciana para que siguiera andando y esquivó un camión que lo embestía por un lado. Abollando con las ruedas delanteras el parachoques de acero del automóvil de delante, frenó, agarró el volante febrilmente, entró marcha atrás en el sitio vacío y, con medio metro de espacio para maniobrar, dejó el coche paralelo a la acera. Fue una hazaña viril magistralmente ejecutada. Puso un candado de seguridad en la rueda delantera y cruzó la calle en dirección a su oficina, instalada en el piso bajo del edificio Reeves.
El edificio Reeves era tan incombustible como una roca y tan práctico como una máquina de escribir; catorce pisos de ladrillo sin adorno ninguno. Estaba ocupado todo él por oficinas de abogados, médicos y agentes de maquinaria, de ruedas esmeriladas, de alambres para vallas y de acciones de minas. Sus letreros dorados brillaban en las ventanas. La entrada era demasiado moderna para estar decorada con flamantes columnas; era tranquila, solapada, pulcra. En el lado de la calle Tercera estaban la confitería Blue Delft, una sucursal de telégrafos de la Western Union, la papelería de Shotwell y la Compañía Inmobiliaria Babbitt-Thompson.
Babbitt podía haber entrado en su oficina por la puerta de la calle, como los clientes, pero lo hacía sentirse de la casa pasar por el corredor y entrar por la puerta trasera. De este modo lo saludaban los aldeanos.
Las personillas desconocidas que vivían en los corredores (los chicos del ascensor, el maquinista, el superintendente y el cojo de dudoso aspecto encargado del puesto de periódicos y puros) no eran en modo alguno ciudadanos. Eran rústicos que vivían en un reducido valle, interesados solamente en ellos mismos y en el edificio. Su calle Mayor era el vestíbulo, con su piso de piedra y su severo techo de mármol, adonde daban los escaparates interiores de las tiendas. El sitio más animado de la calle era la barbería, perpetua causa de remordimiento para Babbitt. Él era parroquiano de la flamante peluquería Pompeian, instalada en el hotel Thornleigh, y cada vez que pasaba ante la otra (diez veces, cien veces al día) se sentía infiel a su propia aldea.
Ahora, como persona de jerarquía, saludado respetuosamente por los aldeanos, entró en su oficina; la paz y la dignidad estaban con él y las disonancias matinales no se oían.
Pero se volvieron a oír inmediatamente.
Stanley Graff, uno de los empleados, hablaba por teléfono sin ese firme tono que aplica disciplina a los clientes.
—Oiga... eh... creo que tengo la casa que le conviene...: la casa Percival, en Linton... Ah, ya la ha visto. Bueno, y qué, ¿le gusta...? ¿Eh...? Ah —vacilante—, ah, ya comprendo.
Cuando Babbitt entró en su despacho privado, una jaula al fondo de la oficina con tabiques de roble y cristales escarchados, reflexionó sobre lo difícil que era encontrar empleados que tuvieran su misma fe en hacer ventas.
Sin contar a Babbitt ni a su suegro, Henry Thompson, que rara vez aparecía por la oficina, eran nueve los miembros de la compañía: Stanley Graff, el agente de calle, un jovenzuelo muy dado a los cigarrillos y al billar; el viejo Mat Penniman, conserje, cobrador de recibos y vendedor de seguros, un hombre agotado, silencioso y gris, un personaje misterioso de quien se decía que había tenido una oficina de su propiedad nada menos que en Brooklyn; Chester Kirby Laylock, destacado en el desarrollo urbanístico de Glen Oriole, persona entusiasta, que tenía un bigote sedoso y mucha familia; la señorita Theresa McGoun, la veloz y bastante guapa estenógrafa; la señorita Wilberta Bannigan, la gruesa, lenta y laboriosa contable; y cuatro comisionistas que trabajaban a tiempo parcial.
Mirando desde su jaula a la sala principal, Babbitt se lamentó: «McGoun es una buena estenógrafa, lista como una ardilla, pero Stan Graff y todos esos vagos...». El entusiasmo de la mañana primaveral se ahogó en el aire enrarecido de la oficina.
Generalmente admiraba su oficina con la agradable sorpresa de haber creado él mismo aquello tan hermoso; generalmente se sentía estimulado por la limpieza y el bullicio que reinaban allí, pero aquel día todo le parecía insulso: el suelo de baldosas de cuarto de baño, el techo de metal color ocre, las paredes de yeso llenas de mapas desteñidos, las barnizadas sillas de roble, los pupitres y los ficheros de acero pintados de un color verde pardusco. Era una cripta, una capilla de acero donde la vagancia y la risa constituían horribles pecados.
¡Ni siquiera le producía satisfacción la nueva nevera! Y era la mejor de las neveras, la última palabra en ciencia. Había costado un dineral (lo cual era ya por sí una virtud). Tenía un depósito de hielo de fibra aislante, un botellón de porcelana (completamente higiénico), un grifo sanitario que no podía gotear ni atascarse y decoraciones pintadas a máquina en dos tonos de oro. Se convenció de que ningún arrendatario del edificio Reeves poseía una nevera más cara, pero no pudo recobrar el sentimiento de superioridad social que le había dado. Y refunfuñó inexplicablemente: «Ganas tengo de largarme ahora mismo al bosque. Y pasarme el día ganduleando. E ir otra vez esta noche a casa de Gunch, y jugar al póquer, y soltar todos los tacos que me dé la gana, y beberme ciento nueve mil botellas de cerveza».
Suspiró; leyó su correspondencia; gritó: «¡Sritagoun!», que significaba «señorita McGoun», y empezó a dictar. He aquí su versión de la primera carta:
Omar Gribble, mándela a su oficina, señorita McGoun, recibí la suya del 20 y en respuesta le diré, mire usted, Gribble, me temo mucho que si nos andamos con vacilaciones vamos a perder la venta. Anteayer hablé con Allen y me fui derecho al grano y creo poder asegurarle... ¡eh, eh!, no cambie eso: mi experiencia me indica que se puede confiar en él, que va al negocio, consulte su récord financiero, que es excelente... esta frase me parece un poco liosa, señorita McGoun; pártala en dos si es necesario, punto y aparte. No tiene inconveniente ninguno en prorratear la tasa especial, y me choca, estoy absolutamente seguro de que no habrá dificultad en hacerle pagar el seguro, conque ahora, por amor de Dios, manos a la obra... no, ponga: conque ahora duro con ello, y vamos... no, basta eso... puede usted arreglar un poco estas frases cuando las copie a máquina, señorita McGoun... de usted, etcétera.
He aquí la versión de la carta que aquella misma tarde envió la señorita McGoun:
BABBITT-THOMPSON REALTY CO
Casas para la gente
Edificio Reeves, avenida Oberlin y calle Tercera, N. E.
Zenith
Señor Omar Gribble
576 Edificio North American
Zenith
Querido señor Gribble:
He recibido su carta del día 20. Mucho me temo que, si andamos con vacilaciones, vamos a perder la venta. Anteayer hablé con Allen y me fui derecho al asunto. Mi experiencia me indica que toma el negocio en serio. He consultado también su récord financiero, que es excelente.
No tiene inconveniente ninguno en prorratear la contribución especial y no creo que haya dificultad en hacerle pagar el seguro.
¡Conque adelante!
Suyo afectísimo.
Después de leerla y firmarla con su correcta y suelta escritura comercial, Babbitt reflexionó: «Muy bien; es una carta fuertecita, clara como el agua. Pero y por qué... ¡Yo no le dije a McGoun que pusiera aquí otro punto y aparte! ¡Ya podía dejarse de corregir lo que le dicto! Pero lo que no logro entender es esto: ¿por qué Stan, Graff o Chet Laylock no pueden escribir una carta así? ¡Con gracia! ¡Con nervio!».
La más importante que dictó aquella mañana fue la circular quincenal, que había que mimeografiar y enviar a un millar de posibles compradores. Era una perfecta imitación de los mejores modelos literarios del día, de los anuncios que «hablan al corazón», de las cartas «sacaventas», de los discursos sobre el «desarrollo de la voluntad» y de los campechanos prospectos tan fecundamente dados a luz por la nueva escuela de los poetas comerciales. Había escrito penosamente el primer borrador y lo leía ahora como un poeta delicado y distraído:
¡Oiga, amigo!
Puedo hacerle a usted un favor de órdago. ¡No es broma! Sé que está usted interesado en comprar una casa, no simplemente un sitio donde pueda colgar su viejo sombrero, sino un nido de amor para su mujer y sus nenes... Y hasta su coche puede tener un rinconcito en la parte de atrás... Diga, ¿se ha parado usted alguna vez a pensar que estamos aquí nosotros para ahorrarle molestias? Así es como nos ganamos la vida... ¡la gente no nos paga por nuestra cara bonita! Y, ahora, fíjese:
Siéntese en su hermoso escritorio de caoba tallada y díganos en cuatro líneas qué es lo que desea, y, si podemos encontrarlo, iremos presurosos a su residencia con la buena nueva, y, en caso contrario, no lo marearemos. Llene usted el impreso adjunto para ahorrarse tiempo. Disponemos también de locales para tiendas en Floral Heights, Silver Grove, Linton, Bellevue, y en todos los barrios del East Side. Prospectos a petición.
Siempre a su servicio.
P. D. He aquí algunas de las golosinas que podemos proporcionarle, verdaderas gangas descubiertas hoy mismo:
Silver Grove.— precioso bungalow de cuatro habitaciones, t. 1. a. m., garaje, estupendo árbol de sombra, excelente vecindario, tranvía próximo. 3.700 dólares, 780 dólares al contado y el resto a plazos, precios Babbitt-Thompson, más bajos que el alquiler.
Dorchester.— ¡El no va más! Artística casa para dos familias, molduras de roble, suelo de parquet, hermosa chimenea de gas, amplias galerías, estilo colonial, garaje con calefacción, una ganga, 11.250 dólares.
Terminado el dictado, que lo obligaba a estar sentado y a pensar en vez de danzar de un lado para otro armando ruido y haciendo verdaderamente algo, Babbitt se repantigó en su silla giratoria y se quedó mirando a la señorita McGoun. Se daba cuenta de que era una muchacha de melena negra y mejillas pudorosas. Un anhelo que no sabía si procedía de su soledad lo debilitaba. Mientras la chica esperaba, golpeando la mesa con la punta larga y precisa de un lápiz, Babbitt la identificó a medias con el hada de sus sueños. Se imaginó que los ojos de ambos se encontraban con terrorífico reconocimiento; se imaginaba que tocaba sus labios con tímida reverencia y que...
—¿Nada más, s’ior Babbitt? —gorjeó ella.
—No, creo que basta —gruñó Babbitt, y le volvió la espalda.
A pesar de todos sus extraviados pensamientos, nunca habían llegado a mayor intimidad. A menudo reflexionaba: «Jamás olvidaré lo que Jake Offutt decía: “Un hombre prudente no se pone a ligar en su propia oficina o en su propia casa. Eso trae problemas. Sí, es verdad. Pero...».
Los veintitrés años que llevaba de casado se los había pasado atisbando con incomodidad cada pantorrilla bien hecha y cada hombro mórbido; en su imaginación los había poseído, pero ni una sola vez había arriesgado su reputación con la aventura. Ahora, mientras calculaba el coste de empapelar de nuevo la casa Styles, se sentía nuevamente inquieto, descontento de nada y de todo, avergonzado de su descontento y suspirando por el hada.