Hubo un breve tiempo, cuando yo tenía diez años, en que creí que solo se morían las personas desconocidas. En la época en que creí eso estaba de vacaciones de verano y vivíamos en las afueras, en Fort Road. Normalmente vivíamos en nuestra casa de Dickenson Bay Street, construida por mi padre con sus propias manos, pero como por entonces hubo que ponerle un tejado nuevo, estábamos viviendo en aquella casa alejada de Fort Road. Teníamos únicamente dos vecinos, la señora Maynard y su esposo. Aquel verano poseíamos una cerda que acababa de tener cerditos, algunas gallinas de Guinea y algunos patos que ponían unos huevos enormes y que según mi madre eran grandes incluso para ser de pato. A mí no me gustaba comer otra cosa que aquellos enormes huevos de pato, duros. Mi única ocupación diaria era dar de comer a las aves y a los cerdos, por la mañana y al anochecer. No hablaba más que con mis padres y a veces con la señora Maynard, si la veía cuando iba a recoger los restos de verdura que mi madre le había pedido que le guardase para la cerda y que eran lo que a la cerda más le gustaba. Desde nuestro corral se divisaba el cementerio. Yo no supe que era el cementerio hasta el día en que le conté a mi madre que a veces, al atardecer, mientras le daba de comer a la cerda, veía en la distancia unas figuras diminutas, unas de negro, otras de blanco, que avanzaban a saltitos como monigotes. Había notado, también, que a veces aquellas figuras como dibujitos blancos y negros aparecían por la mañana. Mi madre me dijo que probablemente se tratara del entierro de un niño, puesto que a los niños siempre se les enterraba por la mañana. Hasta entonces, yo no había sabido que los niños se morían.
Yo tenía miedo a los muertos, como toda la gente que conocía. Les teníamos miedo porque nunca podíamos predecir dónde podrían aparecérsenos. A veces se aparecían en un sueño, pero eso no era tan malo, porque por lo general solo venían a traer una advertencia, y en todo caso de un sueño te despiertas. Pero a veces se aparecían de pie bajo un árbol en el preciso momento en que pasabas por allí. Entonces podían seguirte a tu casa, y aunque no lograran entrar contigo, podían esperarte y seguirte donde quiera que fueses: en tal caso, no se daban por vencidos hasta que te unías a ellos. Mi madre sabía de mucha gente que había muerto de ese modo. Mi madre sabía de mucha gente que había muerto, incluyendo a su hermano.
Después de enterarme de lo del cementerio, montaba guardia fuera de la casa esperando la llegada de un entierro. Algunos días no había ninguno. «No ha muerto nadie», le decía a mi madre. Otros días, justo cuando estaba a punto de abandonar y meterme en casa, veía aparecer aquellas figurillas. «¿Cómo es que vienen tan tarde?», preguntaba yo a mi madre. «Probablemente alguien no se resignaba a ver colocada la tapa del ataúd, y el hombre de la funeraria, como un favor especial, ha permitido que las cosas se retrasaran tanto», decía ella. ¡La funeraria! De camino a la ciudad pasábamos por delante del local de la funeraria. Afuera, un pequeño cartel decía: «STRAFFEE & HIJOS, EMPRESA FUNERARIA - EBANISTAS». Yo siempre me daba cuenta de cuándo nos aproximábamos a aquel sitio por el olor a pino de tea y a barniz en el aire.
Después nos mudamos nuevamente a nuestra casa en la ciudad y ya no tuve el cementerio a la vista. Todavía no había muerto nadie a quien yo conociese. Un día, una niña menor que yo, una niña cuya madre era amiga de la mía, murió en brazos de mi madre. Como no conocía para nada a aquella niña, aunque puede que un par de veces le hubiera echado una ojeada a ella y a su madre saliendo de nuestro corral, traté de recordar todo cuanto había oído de ella. Se llamaba Nalda, era pelirroja, estaba en los huesos, no le gustaba ningún alimento. En realidad, le gustaba comer barro, y su madre tenía que vigilarla continuamente para impedir que lo hiciera. El padre fabricaba adobes, y su madre vestía de una manera que mi padre consideraba indecorosa. Oí cuando mi madre le describía cómo había muerto Nalda: le vino una fiebre y notaron un cambio en su respiración, por lo que llamaron un coche para llevarla a toda prisa a la consulta del doctor Bailey, pero cuando iban cruzando el puente, la niña lanzó un prolongado suspiro y desfalleció. El doctor Bailey declaró que estaba muerta, y al oír esto me alegré muchísimo de que no fuera mi médico. Mi madre le pidió a mi padre que fabricara el ataúd para Nalda, cosa que él hizo, tallando unos ramos de florecillas en los costados. La madre de Nalda lloraba tanto que mi madre tuvo que ocuparse de todo, y puesto que la funeraria jamás lo hace con los niños, tuvo que preparar ella a la pequeña Nalda para su entierro. Después yo empecé a mirar las manos de mi madre de un modo diferente. Habían acariciado la frente de la niña muerta, la habían lavado y vestido, y la habían depositado en el ataúd que había construido mi padre. Al regresar de la casa de la niña muerta, mi madre olía a ron de laurel, un olor que a partir de entonces me hace sentir mal. Durante algún tiempo, aunque no mucho, no pude soportar que mi madre me acariciase, o tocase mis alimentos o me ayudase a bañarme. Y, especialmente, no podía verle las manos inmóviles sobre el regazo.
En el colegio, le conté aquella muerte a todas mis amigas. Se lo conté a cada una por separado, para poder repetir los detalles una y otra vez. Me escuchaban con la boca abierta. Ellas a su vez me contaban de alguna persona a quien hubieran conocido, o de la que hubieran oído hablar, y que hubiera muerto. Yo las escuchaba con la boca abierta. Una había conocido muy bien a un vecino que había ido a nadar después de una comida abundante en un picnic y se había ahogado. Alguien tenía un primo que había caído muerto un día, en mitad de no sé qué. Otra sabía de un chico que se había muerto después de comerse unas bayas venenosas. «Curioso», nos dijimos entre nosotras.
Yo quería mucho —y por lo tanto la atormentaba hasta hacerla llorar— a una niña llamada Sonia. Era más pequeña que yo, a pesar de tener casi dos años más, y era mentalmente retrasada, la primera persona realmente retardada que yo conocía. Era tan retrasada que a veces no recordaba cómo se deletreaba su propio nombre. Yo trataba de llegar temprano al colegio y darle mis deberes para que pudiera copiarlos, y en clase le «soplaba» el resultado de las sumas. Mis amigas no le hacían caso, y cada vez que yo mencionaba su nombre en un contexto favorable, fruncían los labios y producían un sonido para expresar su desdén. Yo la encontraba hermosa y lo decía. Tenía abundante y largo vello negro extendido sobre la piel de brazos y piernas, y también bajándole desde la nuca, por el medio de la espalda, hasta donde dejaba ver el uniforme escolar, una línea del mismo vello espeso y negro, si bien allí aparecía más levantado, como si una leve brisa hubiera venido a apartarlo de la epidermis. A la hora del recreo le compraba una golosina —una cosa que llamaban «delicia garrapiñada»— con dinero robado del monedero de mi madre, e íbamos a sentarnos debajo de un árbol en el patio de juegos. Yo la contemplaba con fijeza, entrecerrando los ojos y abriéndolos mucho alternadamente, hasta que ella empezaba a ponerse nerviosa ante mi mirada. Entonces le tiraba del pelo de los brazos y de las piernas, con suavidad al principio y después con ensañamiento, manteniéndolo tirante con la punta de mis dedos hasta que ella rompía a llorar. Estuvo algunas semanas sin aparecer por el colegio, y nos dijeron que su madre, que estaba embarazada, había muerto repentinamente. Yo nunca pude decidirme a hablarle otra vez, a pesar de que fuimos compañeras durante dos años más. Me parecía una ignominia aquella niña cuya madre había muerto dejándola sola en el mundo.
Poco después de que aquella otra niña muriese en los brazos de mi madre mientras la llevaban al médico, nuestra vecina de enfrente, la señorita Charlotte, sufrió un colapso y se murió mientras mantenía una conversación con mi madre. Si mi madre no la hubiese sostenido, habría caído al suelo. Ese día, cuando regresé del colegio, mi madre me dijo: «La señorita Charlotte ha muerto». Yo había conocido muy bien a la señorita Charlotte, e intenté imaginármela muerta. No pude. No sabía qué aspecto tenía una persona muerta. Conocía el aspecto de la señorita Charlotte viniendo del mercado. Y el de cuando iba a la iglesia. Sabía cuál era su aspecto cuando le ordenaba a su perro que no me asustara persiguiéndome de un lado a otro de la calle. Una vez, cuando la señorita Charlotte estaba enferma, mi madre me pidió que le llevara un cuenco con comida, así que la vi tendida en su cama en camisón. La señorita Charlotte fue enterrada en un ataúd que no había hecho mi padre, y a mí no me dejaron ir al entierro.
En el colegio, casi todos mis conocidos habían visto a una persona muerta, y no el fantasma de una persona muerta, sino una persona muerta de verdad. La niña que se sentaba en el pupitre vecino al mío dejó súbitamente de chuparse el pulgar porque su madre se lo había lavado en el agua en la que habían bañado a un muerto. Yo le dije que su madre debía de haberla engañado, que estaba segura de que el agua era un agua cualquiera, pues era la clase de engaño que mi madre habría empleado. Pero ella había conocido a mi madre y dijo que había visto que su madre y la mía no se parecían en nada.
Empecé a ir a los velatorios. No asistía en realidad como legítima doliente, puesto que no conocía a ninguna de las personas que habían muerto e iba sin permiso de mis padres. Acudía a las salas funerarias o a los salones de las casas, allí donde se exponía a los muertos a la vista de los dolientes. Cuando oía sonar las campanas de la iglesia del modo en que tañen cuando ha muerto alguien, procuraba averiguar quién había muerto y en qué lugar se realizaría el velatorio: si en la casa o en la funeraria. La funeraria me quedaba bastante de camino en dirección a casa, pero a veces tenía que ir en la dirección opuesta para llegar a la casa de alguno. Al principio, no entraba: me quedaba fuera, observaba entrar y salir a la gente, oía los lamentos y gemidos increíblemente fuertes de los deudos y los amigos, y a continuación contemplaba la procesión que se dirigía a la iglesia. Pero después empecé a entrar a echar una ojeada. La primera vez que vi realmente a un muerto no supe qué pensar. Como no era nadie a quien hubiera conocido, no podía hacer comparaciones. Jamás había visto a aquella persona reír o sonreír, o fruncir el ceño, o espantar a una gallina del huerto. De modo que miré y miré todo el tiempo que pude sin que nadie se diera cuenta de que yo estaba allí por mera curiosidad.
Un día murió una niña de mi edad. No sabía su nombre ni nada relacionado con su intimidad: solo que tenía mi edad y que tenía chepa. Iba a otro colegio, y el día de su velatorio todo su colegio tuvo el día libre. En el mío era el único tema de conversación: «¿Conocías a la chica jorobada?». Yo me acordé de una vez en que había estado detrás de ella en una fila para sacar libros de la biblioteca: entonces había visto una mosca que aterrizaba en el cuello de su uniforme y se paseaba de un lado a otro por aquel cuello que le caía sobre la chepa. Al enterarme de que había muerto, lamenté no haberle dado unos golpecitos en la joroba para ver si era hueca. También recordé que llevaba el cabello separado en cuatro trenzas y que las trenzas estaban mal hechas. «Debía de habérselas peinado ella misma», dije. Por fin, pues, había muerto alguien a quien yo conocía. El día del velatorio salí disparada del colegio tan pronto como pronunciamos el último «amén» de nuestras oraciones de la tarde y me dirigí hacia la casa de duelo. Cuando llegué, la calle entera estaba llena de niñas de su colegio, todas con sus uniformes blancos. Eran una multitud arremolinada y hablaban quedamente entre ellas, con aires de importancia. No tuve tiempo de detenerme y sentir verdadera envidia de ellas: me abrí paso hacia la puerta y entré en la sala fúnebre. Allí estaba ella. Yacía en el ataúd normal de pino de tea barnizado, sobre una base de lilas de colores malva y blanco. Llevaba un vestido blanco que debía de cubrirla hasta los tobillos, pero yo no tenía tiempo para observarlo con atención. Lo que yo quería ver era su rostro. Me acordaba del aspecto que había tenido aquel día en la biblioteca: un rostro corriente, ojos negros, nariz vulgar, labios anchos. Tendida allí, su aspecto era el mismo, aparte de que tenía los ojos cerrados y estaba tan inmóvil. Yo había oído decir una vez a alguien, con referencia a otra persona muerta, que era como si estuviera dormida. Pero yo había visto personas dormidas, y aquella niña no parecía dormida. Mis padres me habían comprado hacía poco un View-Master. El View-Master venía con diapositivas de las pirámides, el Taj Mahal, el monte Everest y escenas del río Amazonas. Cuando el View-Master funcionaba correctamente, todas las escenas parecían reales, como si con dar un paso uno pudiera introducirse en el aparato y navegar por el Amazonas o detenerse al pie de las pirámides. Cuando el View-Master no funcionaba correctamente, era como si mirásemos una fotografía normal en colores. Contemplando a aquella niña era como si el View-Master no funcionara correctamente. La observé durante un largo rato: tan largo, que la fila de personas que desfilaban ante el ataúd creció y empezó a impacientarse. Por supuesto que mientras la contemplaba tenía mis dedos enroscados contra las palmas de las manos, porque no quería cometer el error de señalarla y que se me secaran y cayesen allí mismo al suelo. Después fui a sentarme entre los dolientes. La familia me sonreía, pensando, seguramente, que era una amiga del colegio, por más que vistiera el uniforme de otro. Entonamos un himno —«Todo es brillante y hermoso»— y su madre dijo que era el primer himno que la niña jorobada había aprendido a cantar de memoria.
Regresé andando a casa. Era ya muy tarde para llegar a casa desde el colegio, pero estaba demasiado excitada para preocuparme por eso. Me pregunté si un día, yendo sola a alguna parte, vería a la niña jorobada de pie debajo de un árbol, y si ella intentaría hacerme ir a nadar o que me comiese un trozo de fruta, y si cuando mi madre se diera cuenta ya le estaría pidiendo a mi padre que hiciera un ataúd para mí. Mi padre, desde luego, estaría tan abrumado por el dolor que no podría hacer el ataúd para mí y tendría que pedirle al señor Oatie que lo hiciera, por más que odiara pedirle un favor al señor Oatie porque, según le había oído decirle a mi madre, el señor Oatie era tan sanguijuela como para exprimirte haciéndote pagar dos veces por todo.
Cuando llegué a casa, mi madre me preguntó por el pescado que yo tenía que haber recogido en el puesto del señor Earl, uno de nuestros pescadores, camino de casa. Pero con la conmoción, yo me había olvidado por completo. En el apuro, contesté que en el mercado el señor Earl me había dicho que ese día no habían salido a la mar porque estaba muy agitada. «¿Ah, sí?», dijo mi madre, destapando una olla en la que yacían, lado a lado y cubiertos con zumo de limón, mantequilla y cebolla, tres pescados: un angelote para mi padre, un doctorfish para mi madre y una doctorfish para mí. Para cada cual su especie de pez favorita. Mientras yo estaba en la sala del velatorio, el señor Earl se había cansado de esperarme y había traído él mismo el pescado. Esa noche, como castigo, me mandaron a cenar afuera, debajo del árbol del pan, y mi madre dijo que no me daría el beso de buenas noches, pero cuando me metí en la cama vino y me besó igual.