La inspectora de homicidios Indira Ramos está sentada al borde de la cama. Jamás le había importado tan poco que la habitación que ha reservado por una noche en un hotel con vistas al parque del Retiro de Madrid no esté impoluta. Se fija en que el cuadro que hay colgado en la pared de enfrente, que pretendía ser abstracto, está torcido y tiene el cristal cubierto de polvo. Al apartar la mirada, ve que detrás de la puerta —en la que hay pegado un plano con las esquinas levantadas y sobre el que anteriores inquilinos han dejado escritas sus dedicatorias— se notan las habituales marcas de suciedad que produce una fregona poco escurrida y utilizada en unos cuantos suelos de más. En cualquier otro momento, sufriría uno de sus ataques de ansiedad al ver todo aquel desastre, pero el trastorno obsesivo-compulsivo relacionado con el orden y la limpieza que rige su vida ha quedado relegado a un segundo plano desde hace días.
Abre el bolso y saca el teléfono. Tiene decenas de llamadas perdidas y mensajes de WhatsApp sin leer, tanto de su compañero y padre de su hija, el inspector Iván Moreno, como del abogado Alejandro Rivero, de su madre y de sus compañeras, la subinspectora María Ortega y la agente Lucía Navarro. Los ignora y va directa a la galería fotográfica. Antes, solo utilizaba la cámara del móvil para fotografiar escenas de crímenes y estudiar después las imágenes por si en el momento se le había escapado algo que pudiese conducirla al culpable. Pero desde que nació Alba hace ya casi tres años, ella ocupa todo el carrete.
Mira con tristeza las fotos que recorren la vida de la niña, esperando que algún día pueda comprenderla, perdonarla y deje de preguntarse los motivos que la llevaron a tomar esa decisión. Al terminar de examinar cada una de ellas, graba dos extensos mensajes de vídeo. El primero se lo envía a Alejandro Rivero y el segundo, al inspector Moreno. Cuando comprueba que los han recibido, apaga el teléfono y lo vuelve a guardar en su bolso.
Se levanta y sale a la terraza. Se sorprende al notar que el aire es menos frío de lo que esperaba al estar en un octavo piso y ya a mediados de otoño, aunque quizá lo que ocurre es que hoy su cuerpo es incapaz de sentir ni de padecer. Mira hacia el horizonte, donde destaca la torre de comunicaciones de Torrespaña, conocida popularmente como El Pirulí. Cuando fue inaugurada en 1982, con una altura de doscientos treinta metros, era el orgullo de los madrileños, y aunque sigue siendo una seña de identidad de la capital, hoy en día se diluye entre enormes edificios que la han convertido en un simple elemento pintoresco.
Después, Indira mira hacia abajo. Como había pedido en recepción, su terraza no da a la calle, sino a los jardines del propio hotel, desiertos en esta época del año. La excusa era que quería aislarse del ruido del tráfico, pero la verdad es otra.
Al tocar la barandilla, ve que está repleta de cagadas de pájaro. Piensa en regresar al interior para buscar una toallita hidroalcohólica con la que limpiarla, pero lo descarta, se apoya en ella y trata de pasar al otro lado. Una fuerza invisible tira de la inspectora hacia abajo, impidiendo que levante la pierna más allá de un par de palmos. Lo más seguro es que sea el instinto de supervivencia, que sale a flote hasta en los momentos más difíciles, incluso cuando ya está todo decidido y no hay vuelta atrás. Lo intenta una vez más y, a pesar de que el sentido común sigue poniéndoselo difícil, lo consigue.
En el exterior de la barandilla, aunque casi nada lo diferencie del interior, siente el viento soplar con más fuerza y saborea la sensación de llenar sus pulmones de aire por última vez. Descubre que un hombre la observa oculto entre los árboles, pero no da la voz de alarma ni hace nada por detenerla. Indira le dedica un último pensamiento a su hija Alba que le arranca una leve sonrisa y se dispone a saltar al vacío.
Cuando en mitad de una boda las puertas de la iglesia se abren de par en par, la gente sabe que solo puede ser alguien con ganas de hacerlo saltar todo por los aires. Si tienen algo que ocultar, los novios suelen temerse lo peor, y la inspectora Indira Ramos fue de las que aguantó la respiración con los ojos cerrados mientras el novio, los testigos, el cura y los invitados se giraban sobresaltados. Aunque tenía claro que quería a Alejandro Rivero, en el fondo deseaba ver aparecer al inspector Iván Moreno, de quien, por mucho que intentase ocultárselo tanto a los demás como a sí misma, seguía enamorada. Pudo haberle elegido a él, pero salió a flote su marcado sentido de la responsabilidad y se decidió por el hombre que les daría más estabilidad a ella y a Alba: un abogado honesto y trabajador con el que ya había estado a punto de casarse hacía años y a quien se reencontró cuando buscaba la manera de encerrar a Antonio Anglés para siempre. De haberse quedado con Moreno, la convivencia hubiese sido una constante batalla, una montaña rusa emocional con momentos de felicidad plena alternados con otros de rabia y de desasosiego. Con Alejandro, en cambio, sabía que todo le iría bien y que respetaría sus peculiaridades sin cuestionar por qué siente la necesidad de limpiar sobre limpio o de pisar solo las baldosas negras de la acera.
Aun así, se volvió con la esperanza de ver entrar a Moreno, seguramente borracho y con el chucho que adoptó para complacer a su hija en brazos, pero lo que entró fue polvo y confeti de una boda anterior, arrastrado por el golpe de aire. Uno de los invitados se apresuró a cerrar de nuevo las puertas e Indira sonrió a su futuro marido, con tanto alivio como decepción.
A pesar de que Indira detesta viajar y se resistía a ir de luna de miel, Alejandro la convenció y dejó a su hija a cargo de su madre y de Iván, esperando que no terminasen matándose. Pero aunque no podía imaginar a dos personas más opuestas que la abuela y el padre de Alba, estos consiguieron entenderse y llevarse de maravilla.
Para la pareja de recién casados, los problemas empezaron en el aeropuerto. Por megafonía anunciaron el embarque del vuelo a Grecia que tenían previsto coger e Indira tuvo un ataque de pánico. Cuando estaban a punto de perder el avión, Alejandro entró en el baño de la T-4 donde se había encerrado su esposa y llamó a la única cabina que estaba ocupada, soportando las miradas de censura de las demás mujeres.
—Indira, ¿estás ahí?
—Vete tú si quieres, Alejandro —respondió ella desde el interior—, pero yo no me subo a ese avión.
—¿Por qué no?
—Porque tengo el pálpito de que se va a caer.
Se hizo el silencio en el servicio. Las viajeras se miraban unas a otras contagiadas por la inseguridad de Indira. Sugerir eso en un aeropuerto es como sugerir que hay salmonelosis en un restaurante cuya especialidad es la ensaladilla rusa.
—No digas tonterías. Si no quieres, no volamos, pero deja de comportarte como una cría y sal de ahí.
Indira cedió y abrió la puerta. Alejandro prefirió callarse antes de decir algo de lo que se fuese a arrepentir —detalle que jamás hubiera tenido Iván Moreno— y se dirigió hacia el control de pasajeros, asumiendo que se quedaba sin vacaciones. Cuando iban a salir, Indira tuvo un momento de cordura.
—Espera, Alejandro... Tengo la sensación de que, si perdemos ese vuelo, jamás me lo perdonarás.
—Claro que te lo perdonaré —respondió él—, pero no entiendo qué te ha dado ahora con los aviones. He volado contigo unas cuantas veces y jamás habías tenido estas neuras.
—Según mi psicólogo, si no puedes controlar los miedos, al menos tienes que intentar despistarlos.
Indira se dirigió decidida hacia el duty free y compró una botella de vodka, que procedió a beberse de tres tragos ante la atónita mirada de su marido. Aquella tarde voló, pero los dos primeros días en Santorini los pasó encerrada en la habitación del hotel, con una resaca de campeonato. Cuando al fin pudo salir y comprobó que todo estaba bien en casa, algo cambió en ella y fue capaz de disfrutar de una romántica luna de miel, en la que hubo cenas al borde de acantilados, excursiones por el mar Egeo, submarinismo y hasta sexo al aire libre.
Volvió a la rutina quince días después y, al poco tiempo, se enteró de que el inspector Moreno había solicitado formar su propio equipo lejos de ella, por lo que pasó los siguientes cuatro meses trabajando mano a mano con la subinspectora María Ortega. A Iván solo lo veía en los pasillos de la comisaría o cuando iba a recoger o a llevarle a su hija. Aunque ambos se trataban con respeto por el bien de la niña, seguían recriminándose supuestas traiciones cada vez que se encontraban.
—Si no fuera porque te has casado hace nada —le dice Ortega mientras desayunan—, diría que quien te pone es Moreno.
—¿A qué viene eso, María? —pregunta Indira a la defensiva.
—Basta con miraros.
—No digas tonterías, anda. —Trata de disimular para enseguida cambiar de tema—: ¿Ya sabemos cuándo se reincorpora Lucía?
—Se supone que mañana.
—¿Cómo está?
—De las heridas del accidente se ha recuperado bien, pero yo todavía la veo tocada por la muerte de Jimeno.
—Ella conducía el coche, es normal que siga afectada.
No es fácil levantarse por las mañanas sabiendo que eres una asesina, y es peor aún cuando a quien has matado era tu compañero y mejor amigo. La agente Lucía Navarro ha estado muchas veces a punto de convertir la baja por las heridas sufridas en el accidente de tráfico —para todos fortuito, aunque lo cierto es que estrelló intencionadamente el coche para acabar con el oficial Jimeno porque este había descubierto su implicación en la muerte de su amante— en un abandono definitivo de la policía. Durante la rehabilitación ha querido tirar la toalla casi a diario, marcharse lejos en busca de algo que apacigüe su mala conciencia, aunque sabe que eso no lo encontrará ni en el último rincón del mundo, que solo dejará de sentir remordimientos acabando con todo. Pero si se lanzó contra aquel pilar de hormigón con el cinturón de seguridad puesto fue porque quería vivir.
A menudo se despierta en mitad de la noche empapada en sudor después de recibir la visita de los dos hombres a los que ha matado. El arquitecto Héctor Ríos viene a pedirle perdón por haber cargado a escondidas la pistola con la que solían jugar en la cama, para que así su muerte fuese tomada como un asesinato y no como un suicidio que impediría que su mujer y su hija cobrasen un seguro de vida que les sacaría de la ruina en la que él las había metido. El oficial Óscar Jimeno, en cambio, se limita a observarla con la mitad de la cabeza aplastada. Y la mirada que le dedica no es de odio ni de desprecio, sino de decepción, y eso es lo que más le afecta. Ella quiere decirle que lo siente, que no le dejó otra opción, pero las palabras se le quedan atascadas en la garganta. Lo que peor lleva es no tener la opción de disculparse y decirle que se arrepiente, que si pudiese volver atrás, aceptaría con gusto la condena que le impusieran.
Sale de la ducha y observa su cuerpo desnudo frente al espejo. Aunque hace rehabilitación a diario, se le nota la falta de actividad. A pesar de eso y de las numerosas cicatrices, sigue siendo una mujer muy atractiva. Pero en lo último que piensa ahora es en sexo. Se viste con ropa discreta y coge la pistola que desencadenó la tragedia. No la ha tocado en el último medio año y, si por ella fuera, no lo volvería a hacer. El problema es que ya tiene suficiente con disimular su culpabilidad y no le resultaría sencillo explicar por qué una policía ha desarrollado esa aversión por las armas.
—Bienvenida, Lucía —dice la inspectora Ramos al verla entrar en su despacho—. Tienes muy buen aspecto.
—¿Tú crees?
—Ya sabes que yo no soy muy de andarme con cumplidos.
Indira se levanta para saludarla con cariño y le ofrece asiento. La agente Navarro ocupa una silla frente a ella.
—¿Dispuesta a volver a cazar asesinos?
—El último al que perseguí se me escapó —responde Lucía.
—Héctor Ríos, cierto. Intenté reabrir el caso hace un par de meses, pero llegué al mismo callejón sin salida que María, Jimeno y tú. Quizá algún día tengamos un golpe de suerte y encontremos algo, pero por ahora lo mejor es que nos olvidemos. No será el primer crimen ni el último que quede sin resolver.
Lucía asiente. Es una buena noticia para ella, aunque en el fondo desearía que todo se descubriera para poder librarse de un secreto que nunca ha dejado de quemarle por dentro.
—Sé que es un momento complicado para ti, Lucía. Cuando yo me reincorporé después de la excedencia, lo pasé fatal, pero terminé adaptándome y no quería estar en ningún otro lugar que no fuera este.
—A mí se me ocurren decenas.
—Ser poli se lleva en la sangre, nos guste o no. ¿Cómo te has planteado esta nueva etapa?
—No entiendo la pregunta.
—Supongo que ya sabes que Moreno ha montado su propio equipo. Quizá prefieras irte con él.
—¿No me quieres contigo?
—Lo que no quiero es coaccionarte.
—Me gusta este equipo, aunque no seamos más que María, tú y yo.
—Estoy a punto de conseguir un buen fichaje, pero no pienso decir quién es antes de tiempo y que se gafe.
Lucía sonríe. Echaba de menos esas cosas de Indira.
—Y en cuanto a ti —continúa la inspectora—, ¿vas a seguir con el mismo rol que antes del accidente?
—¿Qué otras opciones tengo?
—Tienes estudios, experiencia y eres una buena policía. ¿Nunca has pensado en presentarte a las oposiciones para inspectora?
Unos días antes de disparar por accidente al arquitecto Héctor Ríos, Lucía había decidido que eso era lo que quería hacer. Aunque ascender varias categorías de golpe no era lo más habitual dentro de la Policía Nacional, ella cumplía todos los requisitos. Pero desde que su vida se complicó y se convirtió en una asesina, no había vuelto a pensar en ello.
—Ya habrá tiempo para discutirlo —resuelve Indira al percibir su indecisión—. Ahora reúnete con María. Tienes que ponerte al día.
A Juan de Dios Cortés —Jotadé para los que le conocen— le despierta un olor a comida muy familiar. La terrible resaca hace que tarde casi un minuto en lograr abrir los ojos para descubrir que está en su habitación de casa de sus padres. En las paredes siguen colgados los pósteres del Real Madrid, de Camarón de la Isla y la guitarra que nunca aprendió a tocar por más que le dijeran que siendo gitano llevaba el ritmo en la sangre. Le cuesta otro rato más recordar qué hace allí y por qué ha dormido vestido y con los zapatos puestos:
—La boda de la prima Maca...
Las bodas gitanas acaban con cualquiera: se empieza a beber mientras los novios se preparan, se continúa durante la ceremonia y, después de que la ajuntaora haya certificado la virginidad de la novia y enseñe a los invitados el pañuelo manchado de sangre, cuando los hombres se rompen las camisas para mostrar su felicidad, comienza una celebración que puede durar hasta cuatro días en los que no se para de beber, de cantar y de bailar. Lo único capaz de revivir a alguien que haya pasado por algo así es el potaje de la Flora. Jotadé busca su pistola y, cuando la localiza enredada entre las sábanas, se la guarda en la cintura y sale de la habitación.
—¿Ya has amanecido, hijo?
—Malamente. —Le da un beso a su madre, va a la cocina y retira la tapa de la olla—. Esto huele que alimenta.
—Todavía le falta una miaja para que los garbanzos estén tiernos. Sácale una cerveza a tu padre.
Jotadé coge un par de cervezas de la nevera, sale al patio trasero y observa a su padre, que está arrodillado en el suelo cuidando las tomateras. Hace no tanto, Paco era un patriarca al que los vecinos recurrían para solucionar los conflictos de la comunidad. Ahora, desde que todo se torció, se ha convertido en un fantasma que solo está vivo por el respeto y el miedo que le tienen a su hijo menor.
—No me gusta verte de rodillas, papa.
—Araña roja —responde el viejo contrariado, mostrándole el envés de las hojas, cubierto de pequeños huevos amarillentos—. Estos jodidos bichos están por todas partes.
—Sigo pensando que es mejor comprar los tomates en la frutería de la Encarni.
Jotadé le ofrece la cerveza y aguarda a que su padre se levante. No le ayuda, intentando no dañar más aún su orgullo, pero nota que cada vez le cuesta más esfuerzo moverse. La artrosis hace que sus sesenta y cinco años parezcan ochenta.
—Te oí llegar de madrugada —dice su padre tras darle el primer sorbo a la cerveza.
—Pensé en tirar para mi casa, pero le prometí a la mama que vendría a comer y me dio vagancia ir y volver.
—¿Estaba guapa tu prima Maca?
—Preciosa.
—Me hubiera encantado celebrarlo con toda la familia.
—Sabes que no puedes, papa.
—Tu madre tuvo que ir sola, como si ya fuese viuda —dice resignado. En momentos como este se arrepiente de lo que pasó, aunque si pudiera volver atrás, actuaría de la misma manera. Suspira y se apoya en el hombro de su hijo—. Entremos.
En el salón se encuentran a Flora con su hija Lorena, que se oculta para que su padre y su hermano no le vean la cara.
—¿Qué pasa?
—No pasa nada —se apresura a responder la madre—. ¿Por qué no te llegas a comprar una barra de pan, niño?
—He preguntado que qué pasa —insiste Jotadé.
Flora busca la ayuda de su marido con la mirada. Paco, al ver que la chica sigue dándoles la espalda, lo comprende de inmediato.
—Acércate a por el pan, anda —le dice a Jotadé—. Los pucheros de tu madre no saben igual si no se puede pringar.
—Cuando hago una pregunta, quiero que se me conteste. Mírame a la cara, Lorena.
—Déjalo estar, Juan de Dios —le ruega su madre.
—¡He dicho que me mires!
Jotadé agarra a su hermana del brazo, la gira y descubre que tiene media cara hinchada y amoratada. El ojo, inyectado en sangre, gotea lágrimas de color rosáceo.
—Hijo de la grandísima puta... —masculla apretando los dientes.
—Deja que yo lo arregle, por favor. —Lorena intenta frenar a la desesperada el arranque de su hermano—. ¡Ha sido culpa mía!
Jotadé sale decidido de casa, sin escuchar los gritos y las súplicas de su madre y de su hermana. Su padre le da otro trago a la cerveza, como si eso no fuese con él.
En cuanto ve aparecer el inconfundible Cadillac Eldorado negro del 89 derrapando por el extremo de la calle, el Manu sabe que tiene problemas muy serios. Su primera intención es plantarse frente a su cuñado y decirle que no se meta en lo que él hace con su mujer, pero eso solo empeoraría las cosas, así que echa a correr en dirección contraria, tratando de refugiarse en el portal más cercano. Jotadé adivina sus intenciones y le corta el paso con un volantazo que hace que su cuñado ruede por encima del capó. Se baja del coche y le persigue hasta la esquina donde hace unos minutos el Manu trapicheaba con sus amigos. A pesar de que todavía están allí, ninguno piensa mover un dedo por él: sabía lo que podía pasarle y aun así le dio una paliza a su mujer, cuyos gritos y súplicas se habían escuchado en todo el barrio a primera hora de la mañana. Y ahora le toca suplicar a él, aunque de nada le va a servir.
—Tu hermana se lo ha buscado, Jotadé —dice intentando justificar su cobardía cuando se ve acorralado—. ¡Me ha faltado al respeto delante de mis compadres!
—¡Me cago en tu puta madre y en tus muertos pisoteaos! ¡Te dije que si volvías a tocarla, te mataba!
El primer puñetazo lo da con tantas ganas que nota cómo sus nudillos se hunden en el pómulo de su cuñado, fracturándolo. Los siguientes diez o doce le hacen papilla los huesos. Cuando ya ha escupido varios dientes y su cara es un amasijo deforme bañado en sangre, Jotadé saca su pistola y le mete el cañón en la boca.
—No, por favor... —gimotea el Manu—. Te juro que no volveré a tocarla.
La docena de gitanos que observan la escena esperan con excitación a que apriete el gatillo, pero Jotadé no está tan loco ni piensa arruinarse la vida por un mierda como ese. Solo necesita que el Manu piense que puede hacerlo, y por el repentino olor a orín y a heces, sabe que lo ha logrado.
—¡Agua! —avisa uno de los chicos—. ¡La pasma!
—Has tenido suerte —le dice Jotadé mientras le saca la pistola de la boca y se la vuelve a guardar en la cintura.
Los dos policías que salen del zeta le apuntan con sus armas:
—¡Pon las manos en la cabeza!
Jotadé obedece y cruza los dedos por detrás de la nuca. Mientras un agente le esposa, su compañero pide por radio una ambulancia para el Manu. El hedor que desprende hace que los vecinos que se habían congregado a su alrededor se separen asqueados sin que los policías tengan que pedírselo. Desde ese mismo día, todos en el barrio empezarán a conocerle como «el enmierdao».
Los meses siguientes a la boda de Indira con el abogado Alejandro Rivero, el inspector Iván Moreno se ocupó de recuperarse del tiro que le había dado Antonio Anglés en la rodilla y de afianzar la relación con su hija Alba. Al principio, mientras los recién casados disfrutaban de su luna de miel, a la abuela de la niña no le hacía pizca de gracia dejarla a solas con él y se empeñaba en acompañarlos a todas partes. Las discusiones entre doña Carmen e Iván por todo tipo de asuntos relacionados con la pequeña estaban a la orden del día, pero pronto los dos comprendieron que solo pretendían lo mejor para ella. Ahora, todos los jueves por la tarde, mientras Alba está en clase de natación, meriendan juntos sin dejar de observarla a través de la cristalera de la cafetería de la piscina, donde han instaurado la tradición de tomarse un par de batidos detox.
—¿Cómo que te vuelves al pueblo, Carmen?
—Ya estoy harta de vivir en Madrid, hijo. Aquí la gente parece que va con un petardo en salva sea la parte. Además, supongo que a mi yerno no le hará gracia tener que cargar conmigo.
—Estoy seguro de que le das menos problemas que Indira.
—Ya sé que a ti no te cae muy bien, pero es un santo varón.
—No tengo nada contra él. Al contrario, sé lo bien que trata a Alba, así que solo puedo estarle agradecido.
—Esa niña tiene suerte de poder contar con los dos. Ya puedo morirme tranquila.
Moreno se queda con el vaso de batido a unos centímetros de la boca mientras mira a la abuela de Alba, preocupado.
—No estarás queriendo decirme algo, ¿verdad?
—¿Algo como qué?
—No sé... como de repente quieres volver al pueblo y dices lo de morirte tranquila, pues he pensado que...
—No me seas cenizo, Iván —le interrumpe la abuela Carmen mientras toca la madera de la mesa con los dedos meñique e índice de ambas manos—. Yo no pienso morirme hasta dentro de muchos años, ¿te enteras?
—Me alegra oírlo... —responde él con alivio—. Echaré de menos estas charlas, te lo aseguro.
—Espero que vengas a visitarme de vez en cuando, muchacho. Si tengo que esperar a que Indira me lleve a Albita, lo llevo crudo.
—Cuenta con ello, Carmen.
En el vestuario de la piscina, las madres de los demás niños no le quitan ojo a Iván mientras ayuda a vestirse a Alba.
—¿Por qué te miran así esas mujeres, papá?
—Vigilan que te ponga bien la ropa.
Desde que ejerce como padre, Iván ha ligado más que nunca. Él jamás ha tenido problemas para relacionarse, pero lo de ahora es una exageración. Aunque quizá tenga mucho menos que ver con la existencia de Alba de lo que se imagina; el dolor que le produjo saber que Indira no le elegía a él se le ha quedado marcado en la mirada y siempre hay alguna mujer dispuesta a consolarle. Y él, para no sentirse tan solo durante las quinientas noches de las que hablaba Joaquín Sabina, no suele rechazar su compañía. Solo deja aparcada la vida de crápula cuando se queda a cargo de su hija. A estas alturas, ya tiene claro que no quiere hacerle daño a la verdadera mujer de su vida.
—¿Puedo acompañarte a sacar a Gremlin, papá?
—Mañana tienes cole, Alba. Tengo que llevarte a casa o tu madre me matará.
—Va a bañarme otra vez porque siempre dice que huelo a...
—Cloro —Iván la ayuda.
—Eso.
—Pues paciencia, hija. Aunque entre la piscina y las manías de tu madre, vas a terminar arrugada como una pasa.
Alba se parte de risa e Iván la deja en casa de Indira, donde Alejandro Rivero sale a recogerla. Los dos hombres cruzan un cordial aunque escueto saludo, y luego Iván vuelve a su apartamento, saca a pasear al perro y se pide algo para cenar a través de una aplicación con la intención de ver algún capítulo de las dos o tres series que tiene empezadas. Pero apenas le ha hincado el diente a la empanada gallega que ha pedido esa noche cuando llaman a la puerta.
—Hoy no tienes a la niña, ¿no? —le pregunta una atractiva mujer de unos cincuenta años que sujeta una botella de vino.
—No. Y por lo que veo, tú tampoco tienes a tu marido.
—Hoy le toca con su amante. Aunque, según él, está cenando con unos clientes.
En cuanto a su situación dentro de la policía, todos daban por hecho que, cuando se recuperase de su lesión, el inspector Moreno seguiría capitaneando junto a Indira Ramos el mejor equipo que se conocía, el mismo que había logrado acabar, entre muchos otros, con el mayor asesino de la historia contemporánea de España. Pero los roces entre ellos cada vez iban a más y, para que su rol como padres de Alba no terminara viéndose afectado, decidieron que lo mejor sería alejarse lo máximo posible. El problema es que trabajan a dos despachos de distancia el uno del otro y raro es el día que no terminan tirándose los trastos a la cabeza por los motivos más peregrinos. El comisario ha pensado muchas veces en deshacerse de uno de ellos y enviarlo a una comisaría en la otra punta de Madrid, pero su rivalidad tan infantil hace que intenten demostrar constantemente quién es mejor policía y los perjudicados son los criminales a los que tienen que perseguir.
A Iván le repatea haberse visto obligado a renunciar a la subinspectora Ortega y a la agente Navarro, pero siempre han formado parte del equipo de Indira y no le quedan fuerzas ni ganas de pelearse por ellas. Se conforma con el grupo que ha logrado reunir, que tiene una alta tasa de éxitos: el joven agente Lucas Melero, con más pinta de youtuber que de policía, y la oficial Verónica Arganza, que a sus veinticinco años recién cumplidos se ha convertido en su mano derecha. Al principio ella solo resolvía el papeleo, pero se ha dado cuenta de que tiene un don para trazar los perfiles psicológicos de los sospechosos. Le basta con hablar cinco minutos con ellos para saber si son o no culpables. Verónica ni oculta ni disimula su homosexualidad, algo que, en algunos de los ambientes en los que se mueve, le supone una presión extra. Pero ella no está dispuesta a dejarse doblegar por algo que ya debería estar superado hace años. Cuando algún gilipollas pretende ningunearla por su orientación sexual, tiene claro lo que responder:
—Según las estadísticas, aquí ahora mismo hay dos homosexuales aparte de mí, así que yo de vosotros me lo hacía mirar, porque más de uno se la casca pensando en el que tiene al lado...
Jotadé se ha acurrucado en el banquito de la celda, con la misma ropa que se puso hace más de veinticuatro horas para el cuarto día de fiesta de la boda de su prima Maca. Ha doblado la chaqueta con chorreras para utilizarla como almohada y para cubrirse con una manga de la potente luz de la bombilla, colocada aposta para que los detenidos no descansen. También se ha quitado los zapatos y han quedado a la vista los tomates de sus calcetines. Sabía que tendría que tirarlos después de tanto tute, así que se puso los más baratos que vende su familia en el mercadillo. Duerme tranquilo, sin remordimiento alguno por lo que le ha hecho al Manu. Lo único que le podría pesar es haberse perdido el puchero de su madre.
—¿Se puede saber qué hacemos aquí, Indira?
La agente Lucía Navarro y la subinspectora María Ortega miran a su jefa desconcertadas. Ella les ha pedido que la acompañasen sin decirles el motivo y ahora se ha quedado sin habla contemplando la escena. Los agujeros de los calcetines de Jotadé atraen la mirada de la inspectora Ramos como los agujeros negros atraen la materia.
—¿Jefa? —insiste Navarro.
—Sí... —reacciona al fin—. Este es Juan de Dios Cortés. El oficial Cortés. Un policía al que me gustaría incorporar a nuestro equipo.
—¿Estás segura? —pregunta Ortega perpleja.
—Hasta esta misma mañana... sí. ¿Podéis despertarle, por favor?
La agente Navarro se acerca a él y le zarandea sin demasiada delicadeza.
—Cortés, despierta.
Jotadé se incorpora mientras se limpia la baba con la manga de la camisa.
—¿Qué pasa?
Lucía ha regresado con María y con Indira. La inspectora Ramos mira al oficial espantada, empezando a convencerse de que se ha equivocado con su elección. Jotadé pasea la mirada por cada una de ellas.
—¿Qué? —pregunta desconfiado.
—Soy la inspectora Indira Ramos y ellas son la subinspectora María Ortega y la agente Lucía Navarro.
—Sé quién eres. En todas las comisarías se habla de ti... aunque no sabría decir si bien o mal.
—Continúa, por favor. No te cortes.
—Algunos dicen que eres una chivata lameculos y otros que solo eres honesta y haces lo que debes.
Navarro y Ortega se incomodan, sin saber cómo se lo va a tomar Indira. La inspectora sigue con la mirada clavada en el oficial, imperturbable.
—¿Y tú qué opinas?
—No me gustan los chivatos, aunque sé por propia experiencia que a veces no queda otra que irse de la lengua.
—Estoy de acuerdo.
—Lo que también he oído —continúa— es que eres una poli cojonuda. Tanto como insoportable.
—De eso doy fe —interviene la subinspectora Ortega, y enseguida nota la mirada asesina de Indira—. Tarde o temprano se iba a dar cuenta, jefa.
—Un día de estos discutiremos si la insoportable soy yo o vosotros, María. —Indira vuelve a Jotadé—: ¿Podrías decirnos por qué estás aquí?
—Problemas familiares.
—Según el informe de los agentes que te detuvieron, le diste una paliza a un tal Manuel Salazar. Le has roto la nariz, un pómulo y el arco superciliar y le has dislocado la mandíbula, aparte de saltarle cuatro dientes. ¿Qué narices había hecho, Cortés?
—Pegar a mi hermana. Y delante de mí, a una mujer no se la toca.
Las tres policías cruzan las miradas mientras Jotadé se calza y se pone la chaqueta. A ninguna de ellas le hace falta que un hombre la defienda, pero siempre es una alegría saber que un maltratador se ha llevado su merecido.
—¿Puedo irme ya?
—Como el tal Salazar se ha negado a denunciarte alegando que las heridas se las ha hecho al caerse por unas escaleras, no se van a presentar cargos —responde Indira—, pero los jefes están bastante hartos de tus salidas de tono y no quieren dejarlo pasar. A no ser que yo dé la cara por ti, claro.
—¿Y qué tengo que hacer para eso? Me gustaría irme a casa a darme una ducha y cambiarme de ropa.
—Todo depende de si aceptas o no una oferta que voy a hacerte, Juan de Dios.
—Mejor Jotadé. Te escucho.
—Nuestro equipo ha sufrido una serie de bajas en los últimos tiempos. Primero fue la desgraciada muerte del oficial Jimeno y después la emancipación del inspector Moreno. Y ahora toca reconstruirlo.
—¿Quieres que yo cubra alguna de esas bajas? —se sorprende él.
—Veo que lo has entendido. Solo tienes que saber que aquí nos gustan las cosas bien hechas. Nada de actuaciones solitarias ni mucho menos ir dando palizas a nadie. Si quieres estar con nosotras, tienes que cumplir las normas, que básicamente son las mismas que aparecen en el reglamento con alguna cosita más.
—¿Qué cosita?
—Tu estilo personal no nos importa, pero valoramos la buena presencia, o al menos la higiene. Por experiencia te digo que eso abre muchas puertas.
Jotadé se mira y comprende que va hecho un desastre.
—Es que vengo de una boda —se justifica.
—Tampoco nos interesa lo que hagas en tu vida privada, siempre y cuando no sea ilegal. Si aceptas, sería para incorporarte mañana mismo. ¿Qué me dices?
Jotadé la mira dubitativo.
—¿Esto lo has hablado con mi inspector?
—Se muere de ganas de perderte de vista.
La actriz Sara Castillo lo tiene todo para ser feliz, pero, por algún motivo, no consigue serlo plenamente. Desde muy niña tuvo claro cuál era su vocación y no se limitó a esperar a que un director de cine la descubriese por la calle. A los ocho años, mientras sus amigas jugaban con muñecas, ella formaba parte de una compañía teatral que representaba obras clásicas por todos los escenarios de España; con dieciséis protagonizó una popular serie de televisión y a los veinte ganó el primero de sus dos premios Goya. Ahora, pasados los cuarenta, sigue siendo una actriz muy conocida y respetada en la profesión, pero lo cierto es que ya no le llueven los contratos. Está en esa edad en la que ha dejado de ser joven para los papeles de hija, pero no es lo bastante mayor para que la tengan en cuenta en los de madre. Es un limbo que obliga a muchas actrices a aceptar trabajos de los que antes huían como de la peste... y desde hace varias temporadas, Sara ejerce como profesora de interpretación en un conocido reality que busca nuevos talentos, como si no hubiese ya suficientes juguetes rotos con sus sueños hechos añicos.
En lo relativo a su vida personal, tampoco tiene motivos para quejarse; después de varias relaciones tóxicas, encontró la estabilidad con José Miguel, un inspector de Hacienda con el que tiene dos hijos de seis y cuatro años. Él es quien le aporta la serenidad que necesitan muchas de las personas que se mueven en ese ambiente tan irreal y cargado de intereses. Gracias a que su marido gana un sueldo normal y tiene un horario estable, ella mantiene los pies en el suelo.
Sara nunca ha sido una mujer miedosa, quizá porque su fama le ha servido como protección al estar siempre escoltada por productores, periodistas o fans, pero desde hace algún tiempo tiene la sensación de que alguien está esperando la oportunidad de acercarse y hacerle daño.
La primera vez que lo notó fue un par de meses atrás, cuando se dirigía a la entrega de premios de una revista de moda. Una chica de la organización —que más tarde fue fulminantemente despedida— se equivocó con la hora de recogida y ella tuvo que esperar en la calle quince minutos a que apareciese el coche de producción. Pocas veces ha estado sola, ni siquiera cuando lo ha buscado; siempre hay alguien que se acerca a pedirle un autógrafo o una foto. Y aquella tarde no fue distinto, pero aparte de las acostumbradas miradas de curiosidad, de envidia e incluso de decepción que suscita a diario, percibió que alguien la observaba de una manera amenazante. No sabría decir si se trataba de un hombre o de una mujer, solo que esa sombra le puso los pelos de punta. La segunda vez que notó algo parecido fue durante una charla que dio invitada por una ONG. El lugar escogido estaba lleno, y aunque Sara no consiguió localizarla entre las decenas de espectadores que abarrotaban la platea, supo que aquella presencia volvía a rondarla.
—Deberíamos contratar a un guardaespaldas, Sara —le dijo por la noche José Miguel—. Así nos quedamos todos más tranquilos.
—Lo más seguro es que sean imaginaciones mías, cariño. Además, tener a un tipo vigilándome las veinticuatro horas me pondría todavía más nerviosa.
—Será una vigilancia muy discreta y solo cuando vayas a exponerte. Probemos unos días a ver cómo resulta, ¿de acuerdo?
José Miguel contrató a un guardaespaldas que, aunque incomodaba a la actriz, cumplía a rajatabla la discreción que se le había exigido. A las pocas semanas, y puesto que no volvió a sentir esa inseguridad, Sara se convenció de que todo había sido producto de su imaginación y decidió prescindir de él. Pero lo cierto era que, con protección o sin ella, esa presencia seguía muy cerca, y, después de tantos meses, ya conocía sus rutinas a la perfección.
Cuando Lola termina su turno de cajera en un supermercado y llega a casa agotada y harta de clientes que se creen que está allí para resolver sus problemas, se encuentra a Jotadé esperándola sentado en el descansillo. El traje que el oficial se puso para la boda, después de tantas horas, ya ni merece la pena llevarlo al tinte.
—¿Tú qué haces aquí? —pregunta Lola a la defensiva—. Tu hijo hoy está en el fútbol, así que ya te estás largando.
—Me han dicho que tienes las llaves de mi coche.
—No sé por qué me traen nada tuyo si llevamos separados dos años...
Lola entra en casa y deja la puerta abierta, una especie de invitación para que Jotadé la siga. Cada vez que atraviesa ese pasillo, se siente fatal al ver que sus fotos han sido sustituidas por las de Pablo, un payo que se dedica a la construcción. En muchas de ellas sale con Joel y el niño parece feliz a su lado. Solo podría darle las gracias por cuidarle tan bien, pero su existencia le escuece demasiado como para hacerlo. Al entrar en la cocina, Lola coge las llaves del Cadillac de la encimera y se las tiende.
—¿Cuándo vas a cambiar ese cacharro?
—Nunca.
Jotadé las coge y ella le mira de arriba abajo.
—Vas hecho una mierda, Jotadé.
—Todavía no he podido ir a casa a cambiarme.
—Ya me he enterado de lo del Manu. Le has destrozado la cara.
—Él se lo ha buscado.
Jotadé mira a su alrededor y localiza la cazuela de donde proviene el olor que tanto ha llamado su atención.
—¿Has hecho conejo?
—Solo han quedado tres tajadas.
—Menos da una piedra.
—Te las comes y te largas.
Jotadé se sirve un vaso de vino mientras espera a que se caliente el conejo en el microondas. Se queja de que el payo compre vino peleón y Lola le manda a tomar por culo. Si no fuese porque le tiene tanta tirria, le enviaría una caja de un buen reserva como agradecimiento por cuidar tan bien de las dos personas que más quiere en el mundo. Cuando suena la campanilla, se sienta a comer mientras observa a su ex, que, a pesar de los años y del cansancio, le sigue pareciendo tan guapa como el día que la conoció. Ella trajina en la cocina fingiendo que le ignora, pero su sola presencia continúa poniéndole nerviosa.
—¿Cómo te va con el payo?
—El payo se llama Pablo —responde con sequedad—. Y me va de lujo. Me trata mejor de lo que tú me trataste en tu vida.
—Yo nunca te traté mal, Lola.
—No estabas en casa ni para eso.
Él calla, sabe que ella tiene razón en reprocharle sus ausencias. Pero para conseguir ser respetado hay que estar en la calle, y de ello dependía la seguridad de su padre, de su hermana e incluso la de Lola y su hijo.
—Estaba cojonudo —dice refiriéndose al conejo—. Mañana te ingreso lo de Joel, ¿vale?
—Le hace falta ropa de invierno. Y de marca, que ya no quiere ir de mercadillo.
Jotadé asiente y se marcha tras decirle sin mala intención que se cuide, que la ve desmejorada. Alguien, en una muestra de cuánto se le aprecia en el barrio, ha aparcado bien su coche. El motor, un V8 de 305 CV, ronronea al arrancar como si acabase de salir de la planta de Míchigan donde se fabricó. Encontró el Cadillac en el garaje de una víctima de asesinato y fue amor a primera vista. Vio que apenas tenía ochenta mil kilómetros y le hizo una generosa oferta a la viuda del dueño. Desde entonces lo ha cuidado mejor que a su hijo, y no digamos que a su ex.
Al llegar a casa, un pequeño apartamento alejado del barrio en el que siempre había vivido, se quita por fin el traje y se mete en la ducha. Después, se sienta a tomar una copa delante de la tele, pero no aguanta despierto ni cinco minutos.
—Llegas tarde, Jotadé.
Aunque su aspecto nada tiene que ver con el del día anterior, Indira le mira entrar en la sala de reuniones con la misma censura que cuando le encontró en la celda de la comisaría con el traje hecho un cristo y los calcetines agujereados.
—Me he pasado por mi comisaría a despedirme de mis compañeros y les he convidado a desayunar, que no se puede ir de sieso.
La subinspectora Ortega y la agente Navarro se miran divertidas, presintiendo que la relación entre su jefa y el recién llegado va a ser todavía más complicada que la que tenía con Moreno. Indira se ha tirado la noche entera pensando si no se habrá equivocado escogiendo a Jotadé entre las decenas de candidatos, y cada minuto que pasa junto a él parece confirmárselo.
—Nosotros estamos aquí para atrapar asesinos, no para hacer vida social. Te ruego que, de ahora en adelante, seas puntual.
—A la orden, jefa.
—Puedes sentarte. —Jotadé se sienta e Indira continúa con la reunión—. Les decía a María y a Lucía que tenemos varios casos abiertos; aunque no presentan demasiadas complicaciones porque los hechos están claros, debemos rematar la documentación para pasársela a la fiscalía. ¿A ti cómo se te dan esas cosas?
—Yo soy más de calle, la verdad. Además, a mí los fiscales como que no. Me ven más como imputado que como poli.
—A todos nos gusta más la acción, Jotadé, pero aquí cumplimos.
—En mis casos, descuida que cumpliré. Pero tampoco soy de comerme los marrones de los demás.
Un agente de uniforme se asoma tras dar un par de toques con los nudillos en la puerta. Lleva un papel en la mano:
—Han dado un aviso de una obra de Getafe. Al parecer han encontrado un fiambre.
—Conduzco yo, que me conozco Getafe como el salón de mi casa —dice Jotadé, mientras le arranca el papel al agente y sale decidido de la sala de reuniones.
Indira alucina.
—Id vosotras con él —dice la subinspectora Ortega—. Yo me quedo intentando organizar el papeleo.
Jotadé aparca el Cadillac junto a la valla de la obra de Getafe. La agente Navarro y la inspectora Ramos se bajan del vehículo, esta última conteniendo la irritación que le produce que, en la hora que lleva en su equipo, el oficial Cortés ya haya impuesto más normas que ella. Y la principal es que él solo se desplaza en su coche. Los prejuicios y el aspecto que tenía cuando le conoció en la celda de la comisaría le hicieron pensar que el coche sería una pocilga, pero tiene que admitir que se ha llevado una agradable sorpresa. Aun así, sigue pensando que la policía debería trasladarse en coches oficiales, procurando no llamar tanto la atención.
—No entiendo por qué tienen que colocar esa clase de carteles —dice la agente Navarro fijándose en un aviso que dice: «Ojo primo vijilante jitano».
—Para que los ladrones sepan con quién se la juegan —responde Jotadé.
—¿Y hace falta poner tantas faltas de ortografía?
—Así da más miedo...
Indira saca de su bolso unas calzas, guantes, gorro, gafas de sol y una mascarilla FFP3, que procede a colocarse ante la estupefacta mirada de Jotadé y la indiferencia de Navarro. Sin pararse a responder a las miradas de curiosidad, la inspectora enseña su placa y atraviesa el cordón policial que ha instalado la Policía Local. Los tres se dirigen al lugar donde trabaja el equipo del forense y la Policía Científica.
—Buenos días, inspectora Ramos —dice el médico al verla llegar—. Debería ponerse la placa en la frente para que pudiéramos reconocerla.
—Mi atuendo es precisamente lo que hace que se me reconozca —responde ella sin entrar al trapo—. ¿Qué han encontrado?
—La excavadora ha empezado a trabajar en esta zona y lo primero que ha sacado ha sido un cadáver. Es de un varón de entre cuarenta y cincuenta años. Por el estado de los restos, debe de llevar aquí enterrado unos diez o doce meses.
—¿Cómo murió? —pregunta Navarro.
—Hasta que no le practiquemos la autopsia, no lo sabremos.
—Ve a hablar con el vigilante, Jotadé. Quizá a ti te diga algo.
—Una especie de compadreo entre gitanos, ¿no?
—No te lo tomes por donde no es —responde Indira con cierta incomodidad—, pero hay que interrogarle para saber si ha visto algo.
—No le vamos a sacar ni su nombre, jefa. Y menos yo, que seguro que me tiene por un traidor por hacerme poli.
—¿Lo intentas, por favor?
Jotadé se encoge de hombros y va a hablar con el vigilante, que fuma a unos metros mientras chatea por el móvil. Se sienta a su lado, charlan unos cinco minutos y luego regresa con sus compañeras.
—Dice que no sabe nada, pero que de todas maneras trabaja en esta obra solo desde hace un par de meses.
El oficial mira pensativo el perímetro de la obra y, sin decir una palabra, recorre los alrededores de la tumba examinando el suelo con detenimiento, agachándose para observar alguna planta o piedra cada pocos metros.
—¿Qué coño hace? —pregunta Lucía mirándole extrañada.
—No tengo ni idea —responde Indira—. Solo espero que algo útil, porque lo último que necesitamos es a alguien que genere muchos conflictos y dé pocas soluciones.
—Eso debiste pensarlo antes de ficharle, ¿no crees?
—A la vista está que es problemático, pero su expediente no deja lugar a dudas y sus superiores me han confirmado que es un tipo muy perspicaz.
Jotadé se acerca a un operario que está junto a una grúa, habla unos segundos con él y se encarama en la pluma. Cuando comprueba que está bien sujeto, le hace una seña al operario y este le empieza a subir.
—Vértigo no tiene, eso está claro... —dice Navarro.
—¡Jotadé! —La inspectora se sobresalta—. ¿Se puede saber qué narices pretendes?
—¡Compruebo una cosa, jefa!
—¡Bájate de ahí! ¡Solo falta que te mates el primer día!
—¡Tranqui! —responde, y se dirige al operario—: ¡Dale más arriba, quillo! ¡Tú no te cortes!
El operario obedece y eleva la pluma. Cuando está a varias decenas de metros del suelo, Jotadé mira hacia la tumba. Saca el móvil y hace una foto.
El teléfono de Indira vibra en su bolso. Al sacarlo y ver que ha recibido una imagen por WhatsApp, frunce el ceño.
—No me lo puedo creer.
—¿Quién es? —pregunta Navarro.
—Jotadé... —responde mientras abre la imagen, muy contrariada—. Se debe de creer que estamos de cachondeo y... —De pronto, se calla—. Joder.
—¿Qué?
Indira le muestra la fotografía. Alrededor de la tumba abierta, sobre la que trabajan los miembros del equipo del forense y la Policía Científica, se pueden adivinar varias zonas donde parece que han removido la tierra, algo que apenas se percibe a ras de suelo.
—¿Qué se supone que estamos mirando, jefa? —pregunta Navarro.
—Fíjate en estos rectángulos de aquí y de aquí... —responde Indira ampliando la fotografía—. ¿Qué ves?
—No me jodas que son...
—Tumbas —se adelanta—. Hay por lo menos tres más.
Ya han pasado cuatro años desde que Indira disparó contra el narcotraficante y asesino colombiano Walter Vargas cuando este se disponía a matar al entonces subinspector Iván Moreno. Fueron a detenerle a su casa de La Moraleja y logró hacerse con una pistola. Cuando iba a ejecutar a Moreno, la inspectora Ramos le voló literalmente la mano. Desde entonces, Vargas cumple condena en la cárcel de Alcalá de Henares, donde —siempre por la espalda— todos le conocen como el Manco. Y él no olvida a quién se lo debe. Un recorte de periódico en el que se ve a los dos policías causantes de su desgracia en el entierro de un compañero así lo atestigua. Lo tiene pegado en la pared que hay frente al retrete para verlo cada mañana mientras evacúa.
La vida de alguien tan poderoso como él dentro de prisión es apacible; aparte de los numerosos privilegios que puede pagarse y que hacen más llevaderos sus días, tiene a una cuadrilla de hombres a su servicio las veinticuatro horas. Varios de ellos se ocupan de lavarle la ropa y de limpiarle la celda, otro más de conseguirle todo lo que se le antoja —ya sea legal o ilegal—, y los más pendencieros y leales le procuran protección. Pero lo que nadie puede ofrecerle es justo lo que más ansía: libertad. Su abogado le visita una vez por semana para informarle de la marcha de sus negocios, pero nunca para decirle lo que él quiere oír.
—¿Cuándo saldré de aquí?
El letrado traga saliva; representar a este tipo de clientes les da mucho dinero, pero a menudo también les pone en situaciones muy comprometidas.
—Le he hecho una pregunta.
—Me temo que no soy portador de buenas noticias, señor Vargas —responde al fin, midiendo sus palabras—. Hemos agotado los recursos y...
—A mí hábleme en cristiano, carajo —le interrumpe con dureza—. ¿Cuándo saldré de esta pocilga?
—En cuanto podamos, pediremos los permisos correspondientes, pero lo más seguro es que no vuelva a poner un pie en la calle hasta que cumpla dieciocho o veinte años de condena.
La mirada asesina de Vargas hace que su abogado sienta la necesidad de justificarse, aunque la culpa de estar allí dentro sea entera de su cliente, que lleva años delinquiendo.
—Tenga en cuenta que ha sido condenado por asesinato, tráfico de estupefacientes, extorsión, secuestro... Con sus antecedentes, es difícil que logremos reducir la pena, pero seguiremos trabajando en ello.
—Usted lo que quiere es seguir exprimiéndome como a un limón, hijueputa.
Walter Vargas no puede permitirse estar deprimido. Si alguno de los que quieren hacerse con su parcela de poder vieran una mínima debilidad en él, podría considerarse hombre muerto. Pero la perspectiva de pasar allí encerrado quince años más, sin viajar, sin disfrutar de sus amantes o sin ver crecer a sus hijos hace que se plantee si merece la pena seguir viviendo en esas condiciones. Unas voces provenientes de la galería interrumpen su lectura, afición a la que dedica cada día más horas. Durante una época le dio por pintar, pero pronto asumió que no era lo suyo.
—¿A qué viene ese alboroto, Matías? —le pregunta al preso encargado de hacerle la colada.
—No tengo idea, señor Vargas.
—Salte afuera y me lo averiguas.
El preso obedece y Vargas vuelve a centrarse en su libro, una biografía de Steve Jobs con la que intenta comprender cómo es posible hacerse rico sin necesidad de mancharse las manos de sangre. Matías regresa al cabo de unos minutos.
—Los rumanos se están cobrando una deuda, patrón.
—¿A por qué desgraciado han ido esta vez?
—A por un negro.
—Que se anden con cien ojos, porque si a los negros les da por unirse y organizarse, nos aniquilan a todos los demás.
—Si se revuelven, saldríamos hasta en el noticiero.
Las palabras de Matías arrojan luz sobre una idea que lleva semanas rondándole la cabeza, pero que hasta ese mismo instante no era sino una quimera. El mismo día que su abogado le dijo que no saldría de aquella cárcel hasta cumplir veinte años de condena, tuvo claro que la única manera de no morir allí dentro sería fugándose. El problema es que las cárceles españolas son bastante seguras y no es sencillo sobornar a los funcionarios. Lleva noches en vela pensando en cómo hacerlo, pero ninguna de las ideas que se le ocurren —casi todas relacionadas con un traslado al hospital previa ingesta de algún tipo de veneno— termina de convencerle. Hasta ahora.
Después de meditarlo con calma, hace llamar a Samuel Quintero, un caleño condenado por triple asesinato que se ocupa desde hace varios años de su protección.
—¿Tenemos algún asunto con los negros? —le pregunta.
—Apenas. Ellos con quien tratan es con los rumanos.
—Perfecto. Quiero que encuentres al que más aprecio tengan, que lo liquides y que todos se piensen que han sido los rumanos en un ajuste de cuentas.
Samuel no tiene ningún problema en obedecer esa clase de órdenes, pero no deja de sorprenderle que sea ahora, que viven una paz prolongada, cuando su patrón disponga tal cosa.
—Desencadenaremos una guerra.
—Esa es mi intención, Samuel —responde Vargas con frialdad—. Quiero que esta cárcel arda por los cuatro costados. Que tengan que enviar al ejército a sofocar un motín como nunca antes se haya visto en este país. Y cuando ya esté en marcha y los presos tengamos el control de las instalaciones, harás saber que se le pagarán cincuenta mil euros a todo aquel que logre escapar.
—Por cincuenta mil euros, muchos le cortarán el cuello a los funcionarios que se crucen en su camino.
—Que corra la sangre entonces...
Lo que en un principio iba a ser el simple levantamiento de un cadáver anónimo enterrado en una obra se ha convertido en el centro de la atención mediática. Cuatro horas después de que Jotadé hiciese la foto desde lo alto de la grúa, ya han sacado tres cuerpos más. Y de cada una de las extracciones han sido testigos la decena de periodistas que se agolpan detrás de la valla, junto al coche del oficial Cortés y al cartel plagado de faltas de ortografía que avisa a los ladrones de lo que se pueden encontrar si se les ocurre entrar a robar allí. De momento, han localizado los restos de dos hombres y dos mujeres, todos ellos en distintos grados de descomposición. Indira aborda al forense cuando este se retira para tomarse un café en el tenderete que ha montado la policía.
—¿Cómo va la cosa?
—Mal. No tenemos suficientes efectivos para hacernos cargo de algo así.
—¿Algún indicio de quién puede haber hecho esto?
—Eso os corresponde averiguarlo a vosotros, pero lo que sí puedo decirte es que alguien lleva tiempo utilizando este descampado como su cementerio particular.
—¿Cuánto tiempo?
—El primer cadáver que encontramos debía de llevar aquí alrededor de doce meses. Los dos siguientes son un pelín más recientes, y el cuarto fue enterrado hace poco más de medio año.
—¡Aquí! —avisa un joven miembro de la Policía Científica desde el extremo norte del recinto, muy excitado—. ¡Aquí hay otro!
La masa de periodistas intenta acercarse lo máximo posible mientras los fotógrafos y cámaras de televisión buscan el ángulo adecuado para captar alguna instantánea de los restos recién encontrados.
—¿No decían que en España no hay asesinos en serie? —pregunta el forense apurando su taza de café.
—Ha habido más de los que nos imaginamos, empezando por el Sacamantecas, pasando por la Vampira de Barcelona o el Arropiero y terminando por alguna que otra envenenadora, el Mataviejas, el Matamendigos, el Asesino de la Baraja...
—Pues ahora ya tenemos otro más.
El forense tira el vaso de papel al cubo de basura y va a comprobar el nuevo hallazgo y a pedirle al joven agente que sea más discreto a la hora de comunicar lo que sea que haya encontrado.
No es hasta tres días después cuando terminan de examinar cada palmo de la parcela. Para desgracia de la constructora que pretendía hacer ahí la piscina de la urbanización que iban entregar el verano siguiente, aún tardarán bastantes semanas en poder retomar la obra. Y, cuando lo hagan, el lugar quedará marcado para siempre y muchos compradores se echarán atrás; nadie quiere bañarse donde antes había un cementerio. Si la gente supiera la cantidad de cosas que se encuentran enterradas y nunca se denuncian, no tendría tantos escrúpulos.
La agente Lucía Navarro entra en la sala de reuniones con una carpeta en la mano. Allí le esperan la subinspectora Ortega, la inspectora Ramos y el oficial Cortés. En estos días los dos últimos no han logrado hacer buenas migas; son incapaces de entenderse aunque hablen el mismo idioma. Ambos ven la vida de una manera distinta, pero al menos reconocen que son dos buenos policías.
—Ya ha llegado el informe.
—Ya era hora... —dice Jotadé levantándose del ordenador.
Mientras Lucía y sus compañeros se acomodan en la mesa de reuniones y la agente abre la carpeta, Indira coloca perfectamente alineados con la mesa el teclado, la pantalla y la silla que ha utilizado Cortés. Una vez que todo queda cuadrado, se sienta junto a sus ayudantes.
—¿Y bien?
—En total hay cinco cadáveres —responde Lucía colocando las fotografías de las víctimas sobre la mesa y, al lado de cada una de ellas, las de los restos correspondientes—, dos hombres y tres mujeres. El más joven era un hombre de treinta y nueve años y las mayores, dos hermanas de cincuenta y ocho y sesenta. Los otros dos tenían cuarenta y siete y cuarenta y seis años cuando se denunciaron sus desapariciones. Todos murieron de un disparo, aunque solo hemos podido recuperar los proyectiles de tres de ellos: calibre 9 milímetros Parabellum, lo más común del mundo.
—Por ahí no creo que saquemos nada —dice Jotadé.
—No... —Indira asiente, conforme—. ¿Se ha podido establecer alguna relación entre las víctimas?
—Salvo las dos hermanas, ninguna. Vivían en diferentes partes de España y tenían profesiones dispares; hay una diseñadora, un empresario, un arquitecto y las dos hermanas eran amas de casa, solteras y herederas de una enorme fortuna. Los cinco tenían un buen nivel económico.
—¿A quién pertenecía el terreno antes de que lo comprase la constructora? —pregunta la subinspectora Ortega.
—A un tal Eduardo Soroa. Según consta en el registro, vendió la parcela en cuanto fue declarada urbanizable, hace seis meses.
—O sea que cuando se deshizo de ella ya iba con bichos —apunta Jotadé—. Tendremos que hacerle una visita, ¿no?