Prólogo

Maia

Enero

Siempre pensé que moriría siendo anciana. No sé, cuando tienes diecisiete años no te planteas que hay una posibilidad de que no llegues a cumplir la mayoría de edad. Quieres vivir rápido para quemar etapas y, al pensar en la muerte, lo único que acude es la certeza de tenerla lejos, muy lejos.

Pero no siempre es así.

Me trago el pánico cuando el suelo cruje bajo mis pies. No puedo gritar, porque no sé si el eco de mi voz dará el pistoletazo de salida definitivo para desencadenar mi muerte.

No quiero morir, joder.

Tengo mucho que hacer aún, y tengo mucho que decir.

Pienso en mi madre, en lo último que le dije, o más bien grité, antes de salir corriendo, y las ganas de llorar me asaltan con tanta fuerza que suelto un quejido. Me doy cuenta enseguida del error que ha sido, porque mi pésima estabilidad se ve afectada y oigo cómo la grieta que hay entre mis pies se ensancha. Se va a abrir. Esta maldita grieta de hielo se abrirá, creará un agujero, y el agua helada me engullirá para siempre.

Morir ahogada debe de ser horrible, pero morir ahogada después de decirle a mi madre que prefería haber muerto yo en vez de mi abuelo y que todo esto es culpa de ella... eso sería demasiado macabro.

Si pudiera volver atrás una hora, solo una hora, cambiaría tantas cosas... Abrazaría a mi madre de nuevo, solo porque podría. Me perdería entre sus brazos y apoyaría la mejilla en su pecho, como cuando era una niña. Dejaría que ella me convenciera de que todo va a estar bien, aunque sepa que no es así, y acabaría creyéndolo porque ¿acaso hay algo que las madres no sepan? Si pudiera volver atrás una hora, sabiendo que este era mi destino, dejaría de lamentar todo lo que he perdido y me preocuparía más por lo que aún podía recuperar.

Saldría a dar un paseo por el bosque con mi padre y no me quejaría ni una sola vez de los bichos, el frío o el maldito aire puro del que tanto le gusta presumir. Incluso puede que presumiera con él. O quizá no tanto, pero me encargaría de sonreír para que vea que no me importa que sea feliz aquí. Que me gusta que sea feliz, joder, aquí, en las montañas de Oregón, o donde él quiera.

Y abrazaría a Steve, a mis abuelos y a Kellan... A Kellan le diría tantas cosas... Como que adoro el modo en que los acordes de su guitarra me sanan y que su voz, aunque no lo crea, porque nunca lo he confesado, me ha hecho creer que había esperanza y la felicidad, después de todo, no era tan ajena a mí.

Pero no puedo volver atrás una hora. Ni siquiera treinta minutos. No puedo evitar las desastrosas consecuencias de mis últimas decisiones y no puedo salir de este maldito lago congelado sin provocar mi muerte. ¿Y lo peor? Quedarme aquí quieta, esperando lo inevitable, es tan agonizante que me pregunto si no sería mejor acabar con todo de una vez.

El problema es que no tengo el valor. He huido del pueblo, primero, y a través del bosque, después; he corrido tanto como me lo permitían las piernas y la visión de un manto blanco de nieve y no he mirado, ni por un segundo, si el camino era el correcto. No me he dado cuenta de lo mal que iba hasta que, al pisar, ha dejado de haber nieve blanda bajo mis pies. He querido frenar, pero iba tan rápido que ha sido imposible. En este momento siento más frío del que he sentido nunca, sé que estoy encima de un lago que, por tranquilo que parezca ahora, aguarda cobrarse una víctima, y lo peor es que ni siquiera creo que alguien me haya seguido hasta aquí. ¿Quién iba a seguirme? Mi padre estará consolando a mi madre y preguntándose qué demonios ha hecho tan mal para merecer a una hija que es capaz de gritar cosas tan horribles como las que he gritado yo. Y a una madre preguntándose si de verdad pienso que ojalá hubiera muerto yo y no...

Ahogo un sollozo, incapaz de controlarme, y oigo el hielo crujir al ritmo de mi desesperación.

El suelo se abre, claro que se abre, era evidente que iba a hacerlo, porque las nevadas han comenzado más tarde este año y el grosor no puede ser mucho. El agua me recibe tan helada como un millón de cuchillas acariciando mi piel.

Este es el final y, ahora que lo tengo claro, lo que de verdad lamento es no haber dicho a la gente que me importa que, pese al dolor, la rabia y las lágrimas, los quiero tanto como un ser humano es capaz de querer.

Solo espero que lo sepan y que, algún día, cuando yo no sea más que un recuerdo lejano, puedan pensar en mí con una sonrisa en los labios. Con un poco de suerte, hasta puede que me perdonen por esto.

Supongo que, si eso pasa, después de todo, morir en medio de un lago congelado habrá valido la pena.

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1

Maia

Unos meses antes

Estados Unidos tiene, según Google, 328 millones de personas.

Oregón tiene 4,218 millones de personas.

El condado de Marion posee 365.579 habitantes.

Salem, capital del estado, tiene 169.259.

Y Rose Lake, el lugar inmundo entre las montañas al que me han traído, tiene la friolera de 1.181 habitantes.

Joder, he estado en conciertos con más gente.

Me quiero morir.

—Vamos, Maia, intenta animarte un poco. ¿De verdad me vas a decir que no te impresiona este paisaje?

Observo los árboles de copas casi infinitas a través de la ventanilla del coche antes de centrar la mirada en mi madre.

—Es una mierda.

—Eh, Maia...

Pongo los ojos en blanco en cuanto oigo el tono repelente de mi padre. Me muerdo la lengua con rabia. Él ni siquiera tiene derecho a meterse en esto, nunca lo ha tenido, pero no entiendo por qué, de pronto, la única que lo ve soy yo. Me quedo mirando su nuca mientras conduce. Es una de esas camionetas americanas que tanto se ven en las películas. Ya sabes, una de esas con espacio en el maletero para cuatro de estos árboles y un par de mesas de pícnic. Bueno, quizá eso es exagerado, pero quiero decir que es un trasto enorme que, en Madrid, daría tanto el cante que la gente se lo quedaría mirando. ¡Y es difícil dar el cante en Madrid, donde todo el mundo va a su aire! Es lo bueno de las ciudades grandes. A nadie le importa lo que te ocurra, ni lo que hagas, ni cómo vistas, ni cómo seas ni si prefieres estar con chicas o con chicos. Bueno, a casi nadie. Y, de todos modos, da igual. Lo importante no es eso, sino que en este pueblo de mierda probablemente todos están al tanto de la vida de los demás.

Oh, me sé la peli. He visto demasiadas americanadas como para no hacerlo. Nada en contra, si es ficción, pero en el momento en que toda esta porquería salió de la pantalla de cualquier plataforma digital de esas que están tan de moda, dejó de ser divertido.

El traqueteo constante hace que me mueva en el asiento y pienso en la M-30. Si los madrileños tuvieran que pasar por aquí cada día, se quejarían muchísimo menos de ella. Esto está en medio de la nada. No, mentira, hasta la nada está más ubicada que esto.

—¿Cuántos kilómetros más tenemos que atravesar para llegar? —pregunto con impaciencia.

Observo el modo en que se cuadran y tensan los hombros de mi padre. ¡Ja! Que se atreva a protestar. ¡Que se atreva! Que, como empiece, va a darme la excusa perfecta para empezar yo también. ¡Y estoy completamente segura de que puedo ganar esa batalla! Después de todo no es él quien ha tenido que despedirse de todo lo que tenía, ni dejar su vida, a sus amigos y su piso. Él no ha perdido a la persona más importante de su vida. Él...

Aprieto los dientes con fuerza cuando siento el primer pinchazo de las lágrimas en los ojos. No, no voy a llorar delante de ellos. No quiero que sepan hasta qué punto me han jodido la vida. Sé que no se alegran de que esté mal, pero tampoco es como si les hubiera importado algo mi opinión. No preguntaron. O más bien fue mi madre la que no preguntó, y eso me dolió casi más, porque ella y yo siempre nos hemos llevado bien. Siempre ha hecho el esfuerzo de entenderme y todas mis amigas han envidiado nuestra relación desde pequeñas. Me tuvo muy joven, con dieciséis años, así que, para mis amigas, tener a los diecisiete años una madre con treinta y tres es un chollo. Mi madre era la hostia. En serio, la hostia. Entiende de mis gustos musicales y los comparte. Nos gusta la misma ropa, aunque no podamos compartirla porque ella tiene algunas tallas más que yo. Es, según la sociedad, una curvy. La sociedad es gilipollas. Mi madre no tiene un cuerpo supuestamente normativo, pero es preciosa, aunque a mí ahora mismo me caiga especialmente mal.

La cosa es que ella se preocupaba de contar con mi opinión. Si discutíamos, hablábamos y me preguntaba qué pensaba del tema en cuestión, luego me contaba su versión y, de algún modo, llegábamos a un punto intermedio en el que las dos cedíamos y nadie perdía. Así fue siempre hasta que él murió y entonces su mundo se derrumbó, la tristeza se instaló en sus ojos y empezó a hacer las cosas «por mi bien» sin preguntarme qué pensaba yo de eso.

Odio que se haya distanciado de mí, aunque diga que no. Odio que esté triste, aunque diga que no. Y odio estar triste yo, aunque también lo niego. A veces pienso que nos sentimos igual, pero con la diferencia de que ella cree que, para sanar, lo mejor era dejarlo todo y venir a un pueblo remoto de Estados Unidos a vivir con mi padre, al que he visto un par de veces al año desde que nací. Y no es que se desentendiera, no puedo decir eso, porque llamaba por teléfono cada semana y se preocupaba de mis cosas, pero... joder, es complicado.

Yo quiero a mi padre, o eso pensaba hasta que me vi obligada a vivir con él.

Ahora solo quiero volver. Observo la carretera plagada de baches, los árboles, el río que corre bajo el puente de madera que atravesamos para entrar en el pueblo y las casas de madera con tejados grises, bonitas, pero tan distintas de Madrid que las odio, no por lo que son, sino por lo que representan.

La distancia.

El cambio radical de vida.

La tristeza.

—Eh, Maia, fíjate, ese será tu instituto.

Sigo la dirección que señala mi padre a un lado, entre los árboles. Entre los putos árboles. Es que ni la escuela de Harry Potter estaba tan escondida. ¿Cómo se llega ahí? ¿Escalando?

—Tienes que estar de coña —le digo.

—¡Te encantará! Naturaleza y educación: es lo mejor para un niño.

—¡No soy una niña! Y odio la naturaleza. Las serpientes me dan miedo, los mosquitos siempre me pican y me parece que los árboles huelen raro. Díselo, mamá.

Mi madre no se lo dice, sino que sonríe. ¡Sonríe! Su mero comportamiento es como una traición continua.

—Cariño, los árboles no huelen raro. Huelen a... árboles.

—No me gusta.

—Eres una chica de ciudad, lo sé, pero si le das una oportunidad a Rose Lake...

—No, ni lo sueñes. Tengo diecisiete años, aunque se te olvide. En cuanto cumpla la mayoría de edad pienso volver a Madrid y, si no vuelves conmigo...

No puedo acabar la frase. La voz me tiembla demasiado. ¿Volver a Madrid? ¿Sin mi madre? ¿Para qué? Allí ya no hay nada.

Allí ya no hay nadie esperando.

Siento un dolor sordo en el pecho y confirmo el descubrimiento más grande que he hecho este año: da igual las veces que pienses que tienes el corazón roto, siempre puede resquebrajarse un poquito más.

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2

Vera

La voz rasgada de Rayden resuena tan alto en los auriculares de Maia que puedo oírla desde el asiento delantero del coche. Después de enseñarle el que será su instituto se los ha puesto y no ha vuelto a decir ni una palabra. No puedo culparla, pienso mientras observo el paisaje. Es tan tranquilo que me asusta. Creo que es algo que desarrollamos las personas que vivimos en grandes ciudades: los pueblos pequeños rodeados de naturaleza nos relajan para unas vacaciones, pero nos dan miedo para estancias más largas. No sé bien cómo será nuestra vida aquí, sin las comodidades que teníamos en Madrid. No hablo del dinero, porque por desgracia eso nunca ha sobrado en casa, sino de salir a la calle y tener un mundo de posibilidades al alcance de la mano. Grandes centros comerciales, tiendas pequeñas, negocios sobre lo más extraño que puedas imaginar. Da igual lo que quieras comprar, en algún punto de Madrid alguien lo vende.

Aquí, según me ha contado Max siempre, hay un restaurante, el suyo, una tienda que vende de todo, una iglesia, un taller de mecánica y una serie de negocios con un máximo de una unidad por población. Miro la pantalla de mi teléfono móvil: al menos llega internet.

—En casa hay poca cobertura, pero internet va bien.

Miro a Max, que parece haberme leído el pensamiento. No despega los ojos de la carretera, lo que es una buena noticia, porque el asfalto es prácticamente un carril. Me concentro en su nariz recta, sus pestañas infinitas y su mentón moreno y atractivo. Todo él es atractivo. No me he preguntado nunca en qué estaba pensando para acostarme con él una noche loca de fiesta hace dieciocho años. No hay más que verlo para darse cuenta. Eso y la inexperiencia, la valentía desproporcionada y una inmadurez propia de una chica de dieciséis años que pensaba que lo sabía todo y, en realidad, no tenía ni idea de hasta qué punto una podía complicarse la vida por una decisión estúpida.

No usamos condón y, a la larga, creo que el menor de mis problemas fue quedarme embarazada, porque podría haber contraído cualquier enfermedad. No es que Max esté enfermo, no es eso, es que ahora, con los años, cuando pienso que Maia podría tener sexo con un chico cualquiera, una noche cualquiera, sin pararse a pensar en los peligros, hace que el vello de mi nuca se erice y el miedo me susurre al oído.

—Irá bien —murmura Max colocando una mano en mi pierna.

Sonrío por inercia, aprieto sus dedos y me pregunto qué hice para merecer un padre tan bueno para Maia. Max ha estado lejos, sí, es un hecho: ha visto a Maia dos veces al año, más o menos, durante toda su vida. A veces más, pero nunca menos. No puedo culparlo, los vuelos desde Estados Unidos son caros y, aunque le va bien, no es rico. Su familia, sí, pero él no. Max no ha estado muy presente físicamente, pero se ha preocupado de cada aspecto de la educación de Maia. Aceptó su responsabilidad desde el principio, aunque su vida estuviera a punto de dar un giro de ciento ochenta grados.

Descubrir que Max era virgen, igual que yo, fue relativamente fácil. Aquella primera y única vez fue tan torpe que acabamos riendo por no afrontar el bochorno de no saber hacer un preliminar en condiciones. Averiguar que aquello no estaba hecho para Max fue más fácil para mí que para él. Cuando aceptó su homosexualidad yo ya estaba embarazada e iba camino de convertirse en padre. No quiero ni pensar cómo fue para él asumir tantas verdades importantes en tan poco tiempo. Tenía diecisiete años y yo dieciséis, éramos demasiado jóvenes para un cambio tan radical.

Me giro en el asiento y miro a Maia. Ella no se enfrenta a un embarazo, pero ha tenido que dejarlo todo, como ya hice yo. No soy tonta, soy muy consciente de lo injusto que es que, de un modo u otro, sea la responsable de hacer que mi hija sufra, pero en realidad, esta es la única opción que me ha dejado la vida.

A veces los libros de autoayuda que tanto compra la gente están plagados de frases como «si quieres, puedes», pero la realidad no siempre es esa. Muchas veces, por mucho que quieras, no puedes. Yo quería quedarme en Madrid, tener una buena vida y ninguna preocupación. Quería salir de trabajar, llegar a casa, besar a mi padre en la mejilla y preparar la cena mientras Maia hacía los deberes y él se concentraba en el libro de turno, y pensaba que tendría a mi padre durante mucho tiempo, porque era muy joven. Demasiado joven.

Lo encontré en el suelo de la cocina junto a una taza de té derramada. Sus gafas estaban torcidas y aquello, por alguna razón, fue lo que hizo saltar todas mis alarmas. Era tan maniático que siempre se tocaba el puente de las gafas para colocárselas rectas. Sufrió un infarto fulminante, o eso dijeron los médicos cuando certificaron su muerte.

Me quedé, a mis treinta y tres años, huérfana de padre y madre, porque ella murió hace ya muchos años, cuando yo era muy niña. Me vi asimilando un duelo que no me correspondía, porque no dejaba de pensar que era demasiado pronto para aquello, y afrontando nuestra realidad monetaria: vivíamos en un piso de renta antigua y, con la muerte de mi padre, el precio se liberaba y no podíamos permitirnos pagar el alquiler que nos imponían. Ni de ese piso, ni de prácticamente ninguno sin vernos obligadas a compartir piso. ¡Compartir piso! La simple idea me hizo llorar durante horas, y me sentí tan mal por llorar por el dinero, en vez de por mi padre, que lloré más. Entré en un bucle del que solo salía cuando mi hija estaba presente, porque me obligaba a mantener la compostura, pero en cuanto me metía en la cama, o ella salía de casa para despejarse, las lágrimas me sobrevenían de nuevo.

Max fue a Madrid dos días después de la muerte de mi padre. En cuanto le conté la situación en la que estábamos, y que teníamos un mes y medio para abandonar el piso, porque el casero nos dejaba pagar un solo mes al precio antiguo, Max se puso en modo resolutivo: o dejaba que me pasara más dinero de la manutención para pagar algo decente, o me iba con él a Estados Unidos.

—Puedo ofrecerte un trabajo, casa y una vida allí para ti: para vosotras. No tienes que estar aquí sola y pasándolo mal, Vera.

Lo pensé. De verdad pensé en mis opciones, pero no soy tonta. Maia tiene diecisiete años. Max pagaría su manutención un tiempo más, pero no sería suficiente. Además, yo nunca he querido tocar el dinero que pertenecía a mi hija. Cada euro que Max me ha dado en este tiempo ha sido invertido en cosas que Maia disfrutaba de un modo u otro. No podía convertirme en una mantenida del padre de mi hija. De modo que, al descontar, las opciones quedaron claras: empezar a compartir piso en Madrid mientras yo seguía matándome a trabajar en la mercería, en la que apenas rozaba los mil euros como dependienta, o volar a Estados Unidos con Max, donde tenía un trabajo, un hogar y la posibilidad de que Maia pasara tiempo con su padre. En aquellos días incluso me sentí hipócrita, porque eso podría haberlo hecho antes, pero es que antes estaba él. Y dejarlo a él no era una opción. Nunca. El problema es que, al final, ha sido mi padre quien nos ha dejado precipitadamente. Ya no hay nada. Ya no hay nadie por quien merezca la pena malvivir allí.

—Ya hemos llegado.

Salgo de mis pensamientos a tiempo de ver la casa de madera que hay junto al pequeño embarcadero, justo al lado del lago. Es preciosa. Tiene un porche delantero que rodea la casa, según veo, con un balancín que invita a sentarse y perder la vista en la naturaleza. A un lado hay un semicírculo vallado con madera, dentro hay una mesa redonda con sillas de madera. El tejado es plano, y da a la vivienda un aspecto rústico pero moderno. Sus ventanales robustos en madera y su luz cálida encendida consiguen algo que hacía mucho que no sentía: calientan mi alma.

Miro atrás de inmediato y el remordimiento por arrancar a mi hija de sus amigos y su ciudad se adormece un poco.

—Aquí seremos felices, Maia. Te lo prometo.

Ella sigue escuchando música a todo volumen, sus preciosos ojos azules se clavan en mí y el rencor que habita en ellos me pilla tan desprevenida que me quedo sin aire.

—Vamos a salir del coche —dice Max con suavidad—. Venga, cariño, solo necesita respirar este aire tan puro para enamorarse.

Sé que le ha tocado el papel más difícil de todos, que es el de mediador, pero le agradezco enormemente su dulzura infinita, porque no sé si yo sola podría cargar con el rencor y el odio de una adolescente que piensa que soy la peor persona del mundo por traerla aquí.

Oigo el portazo que da Maia cuando sale, la observo mientras va hacia el muelle, saca el teléfono de su bolsillo y lo pone frente a su cara. La esperanza se abre paso, al pensar que va a hacerse un selfi en este paisaje maravilloso, pero ella baja el brazo, se gira y nos mira con ese ceño que antes casi no existía y ahora parece permanente.

—No hay cobertura. Esta mierda cada vez se pone mejor.

Se va hacia la casa pisando con fuerza y suspiro con cansancio.

—Bueno, a lo mejor hace falta algo más que aire puro para que se enamore —susurra Max a mi lado.

Lo miro, tan guapo, sereno y fuerte en este instante y lo abrazo por instinto, con el corazón en un puño.

—Ojalá no fueras gay —le digo en un arrebato.

—La única vez que tú y yo intentamos algo, cuando no era capaz de asimilar que soy homosexual, tampoco es que saliera muy bien.

Me río, miro hacia el porche, donde Maia nos observa con gesto malhumorado, y suspiro.

—Iba a decirte que eso lo hicimos muy bien, pero creo que es mejor que simplemente entremos.

Max ríe entre dientes, tira de mi mano hacia el porche y, cuando abre la puerta, nos hace entrar con un dulce empujón.

—Señoritas, bienvenidas a casa. Bienvenidas a Rose Lake.

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3

Maia

La casa no está vacía. En cuanto entramos me doy cuenta. Podría describir los dos sofás enormes y de cuero, a juego con la decoración; las tres mesitas de madera, una en el centro y dos a los lados, con patas de hierro y sosteniendo lámparas grandes y preciosas; la impresionante chimenea incrustada en piedra y adornada con un cuadro de un paisaje precioso que, intuyo, es Rose Lake, o la increíble cocina abierta de madera que se entrevé al fondo, en un espacio separado por una mesa para unos diez comensales, pero lo que de verdad importa es que en la cocina hay un hombre sonriendo y removiendo algo en una sartén.

—¡Justo a tiempo! —exclama al vernos entrar, dejando lo que está haciendo y adentrándose en el salón.

Me quedo parada mirando a mis padres. No tengo ni idea de qué significa esto, pero él no tarda en aclararlo.

—Chicas, este es Steve. Mi... compañero.

—Su novio —rectifica el tal Steve—. Aunque antes verás a tu padre darse cabezazos contra cualquiera de nuestros frondosos árboles que reconocerlo.

—Steve... —El tono de advertencia de mi padre es conocido incluso para mí. Lo he oído muchas veces por teléfono y videollamada—. Por favor.

—¿Tienes novio? —pregunto incrédula.

No sabía nada de esto. Pensaba que sabía qué hacía mi padre, con quién iba, su vida aquí, en Rose Lake, pero en realidad, por muchas fotos que haya visto en todos estos años, no es lo mismo. Nunca he venido, ni siquiera de vacaciones. Cada vez que mi padre me lo ofrecía le decía que mi vida estaba en Madrid. Era una tontería, ni siquiera mis amigas entendían que no quisiera visitar Estados Unidos, pero es que yo sentía que aquí no se me había perdido nada. Y lo sigo sintiendo. Este no es mi hogar. Además, mi padre tampoco insistía porque decía que en Rose Lake todo era complicado. Supongo que se refería al hecho de que sus padres no saben que existo, porque, al parecer, su padre tiene veneno en lugar de sangre. A mí siempre me dio igual. No necesitaba un abuelo. Ya tenía uno y era el mejor. Tampoco necesitaba una abuela: no puedes echar de menos algo que no has tenido nunca. De todos modos, volviendo al presente, me concentro en mi madre, que sonríe mirando a mi padre.

—No sabía que fuera algo tan serio.

—¿Tú lo sabías? —pregunto un tanto herida.

Mi madre me mira con cara de culpabilidad. Por un momento pienso que no lo entiende. Estamos hablando todos en inglés y, aunque ella lo habla, porque está harta de escucharme hablar con mi padre, ha visto un millón de series conmigo y más de una vez mi padre le ha hablado en inglés para hacerla practicar, se aturrulla si tiene que hacerlo. Tiene miedo, inseguridad, y por un instante me planteo ser una buena hija y preguntarle si necesita que traduzca algo, pero es ella la que se ha metido en este marrón. ¡La que nos ha metido a las dos! Y no ha pedido perdón ni una sola vez. ¡Incluso por esto debería pedir perdón! ¿Sabía que mi padre tenía novio y no me lo ha dicho? ¿Cuántas cosas más me oculta?

—Tu padre me dijo que estaba conociendo a alguien, nada más —responde en un inglés tembloroso.

—Esperaba el momento oportuno para contártelo. —La tranquilidad que muestra mi padre me enerva más—. Apenas llevamos juntos unos meses y es... complicado.

—No es complicado —dice Steve volviendo a la cocina y rellenando dos copas de vino mientras lo seguimos: ofrece una a mi madre y otra se la queda él—. Tú eres menor de edad —me dice—. Y tú no te la mereces —se dirige a mi padre justo antes de chocar su copa con la de mi madre y dar un sorbo—. Tú eres bellísima —le dice a ella en español.

—Creo que me vas a caer bien —le digo a Steve antes de poder contenerme.

Él me mira, acaricia mi pelo y sonríe de un modo que me calma un poco. Tiene una cara amable. Es guapo, tiene algunas canas, los ojos azules y una sonrisa preciosa. No parece gay, pero tampoco es sorprendente, no es como si los homosexuales tuvieran que llevar una etiqueta en la espalda o su forma de ser debiera determinar lo que son.

—Espero que sí, porque quiero hacer muchos planes contigo, jovencita. —Se centra en mi madre y sonríe—. También contigo, preciosa.

—Eres muy amable, Steve.

—¿Vives aquí? —pregunto.

—Maia... —Mi madre intenta reprenderme.

—¿Qué? Tú has decidido cambiarme de casa, de país y de vida, ¿y yo no puedo preguntar si voy a vivir con mi madre, mi padre gay y su novio?

—Impertinente sí que es —dice Steve antes de reírse—. No, Maia, no vivo aquí. A tu padre le da miedo enfrentarse al círculo de la tabla.

—¿Círculo de la tabla? —pregunto.

—Steve... —vuelve a advertir mi padre.

Mi madre no habla, creo que empieza a perderse un poco.

—Es una pequeña broma. Algunos vecinos y vecinas de Rose Lake parecen seguir más los mandamientos escritos en la famosa Tabla de Moisés que las leyes propias. A tu padre le da miedo que nos acaben arrojando al lago por pecadores.

—¿No saben que eres gay? —pregunto, sorprendida.

—Claro que lo saben. No me escondo.

—Tampoco lo dices a las claras —se queja Steve.

—Eso no es cierto.

—¿Qué pasó cuando quise bailar contigo en la fiesta del otoño pasado?

—No querer bailar un lento entre un público tradicional no es...

—Oh, vale, no voy a discutir sobre tu represión interna frente a la niña. Ni frente a su madre. —Steve mira a mi madre, que a su vez lo mira, pero conozco su expresión: ha desconectado.

Probablemente se ha perdido con todo eso de las tablas y ahora está tan nerviosa que le cuesta conectar. Siempre le pasa. Yo solía decirle que tenía que respirar, que el inglés no es tan complicado como ella piensa y todo es cuestión de calma. Eso lo hacía antes, cuando había complicidad entre nosotras. Ahora guardo silencio, aunque me duele verla sufrir, porque imagino que sufre. No soy una mala persona, pero ella ha querido venir aquí, a un país que habla un idioma que no domina. Si yo tengo que adaptarme, ella también tendrá que hacerlo.

—Necesito ir al baño —dice al final con voz trémula.

—Ven, cariño, te acompaño —responde mi padre en español—. Luego te enseñaré tu habitación. Tiene unas vistas fabulosas del bosque.

Se la lleva mientras yo me quedo mirándolos y luchando contra el remordimiento de no haber hecho de pilar para ella. Por un instante intento convencerme de que, en realidad, no he actuado mal, pero Steve, al parecer, no va a limitarse a ser el novio de mi padre, sino que piensa otorgarse el papel de Pepito Grillo.

—No seas tan dura con tu madre, Maia. Lo está pasando mal.

—Claro, yo no, ¿verdad? —pregunto enfadada antes de mirarlo mal—. Tú no sabes nada. No tienes ni idea de lo que he pasado.

Él, lejos de entrar en la pelea, me acaricia el cabello, me besa en la frente, me arrastra por la cocina rodeando la barra americana y abre la nevera enorme.

—He preparado un costillar de cerdo y unos rollitos de canela que son una delicia.

—Soy vegetariana.

—Oh. Bueno, en ese caso, voy a hacerte el mejor sándwich vegetal de tu vida. Y desde mañana me pondré las pilas con la cocina vegetariana.

Sonrío, agradecida de que no me juzgue por ello. En realidad, mi madre tampoco lo ha hecho nunca. Dije que quería ser vegetariana con quince años y desde el primer día respetó mis decisiones y empezó a cocinar dos menús: uno para ella y mi abuelo, y otro para mí. Valoro todo eso, aunque ahora esté enfadada. Quizá debería recordar todo lo bueno que ha hecho por mí siempre, que ha sido mucho, pero... no puedo. Siento que no puedo perdonarla por esto. Todavía no.

Y lo peor es que no sé si algún día podré hacerlo.

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4

Vera

—¿Sabes lo que más me gusta de estas vistas? Que puedes intentar contar las copas de los árboles, pero nunca lo consigues: el bosque parece infinito desde aquí.

Max acaricia mis hombros mientras miramos por la ventana de mi dormitorio. Es una habitación preciosa, con paredes de madera, igual que el cabecero de la cama. Pese a lo rústico del ambiente, no resulta recargado; al contrario, la madera, igual que la alfombra que hay a los pies de la cama o las lámparas de hierro forjado, dotan a la estancia de un toque hogareño. Acogedor. Está bien sentir que algo es acogedor desde que salimos de Madrid. La colcha de la cama es de colores y, cuando pregunto, Max me dice que la tejieron unas vecinas del pueblo y él la compró porque cree firmemente que estas cosas dan a las casas buena energía. Sonrío de inmediato.

—No te pega nada ser de esos que se guían por las energías.

—Tampoco me pega ser homosexual según mi padre y aquí estamos.

Sonrío, pero sé que este es un tema delicado. Todo lo que tenga que ver con su familia lo es, por lo general. Max no tiene relación con ellos, lo que supone un problema en un lugar como Rose Lake, si tenemos en cuenta que sus padres son prácticamente los dueños del pueblo. A mí, esto de que alguien pueda ser tan poderoso me sorprende, pero en realidad es así. De antepasados irlandeses e inmigrantes, la familia materna de Max creó el pueblo casi de la nada. Empezaron cuidando la tierra cedida por el gobierno, le pusieron el nombre de la hija que el matrimonio tenía por entonces, Rose, unida al lago que domina parte del escenario. Ellos cuidaron de las tierras y, más tarde, se ganaron la vida talando árboles y construyendo cabañas en Rose Lake. Con el paso de los años y las generaciones, la empresa había crecido hasta ser una de las mejores en las montañas de Oregón construyendo casas y cabañas con madera sostenible. Que ni Max ni su hermano quisieran seguir con el negocio fue motivo de disputa y, hoy en día, me consta que Max apenas se habla con su padre y va a ver a su madre solo cuando sabe que él no estará en casa.

De hecho, ellos no saben de la existencia de Maia, tema con el que nunca me he sentido cómoda. Max asegura que, de saberlo, su padre querría entrometerse en su educación, habría querido traerla por temporadas a Estados Unidos y, el miedo a que pudieran separarme de mi hija, aunque fuera en cortas temporadas, me hizo estar de acuerdo con la decisión de Max de mantener silencio. En cambio, me pregunto cómo lo haremos ahora, porque evidentemente, en un pueblo tan pequeño, pronto se sabrá todo. Joder, si hasta voy a trabajar en la cocina de Max como ayudante. Solo le pregunté una vez cómo pensaba hacerlo y, cuando me dijo que no me preocupara, desconecté, porque no podía con más preocupaciones. Ahora que estamos aquí, me arrepiento de no tener un mínimo plan con respecto a este tema. En realidad, me arrepiento de muchas cosas, pero pocas tienen solución.

—Tienes que relajarte —susurra Max—. Concéntrate en los árboles.

Le hago caso. Sé que solo quiere que me sienta un poco mejor, pero la vista del bosque, por bonita que sea, no hace que pueda dejar de pensar en todos los frentes que tenemos abiertos.

—¿Has hablado ya con tus padres? ¿Saben lo de Maia? —Su silencio tensa cada uno de mis músculos—. Max, tienes que decírselo.

—Lo haré. Es solo que... creo que es mejor hacerlo con Maia.

—¿En serio? ¿Piensas contarle a tus padres que tienen una nieta de diecisiete años con ella delante?

—Bueno, les costará más asesinarme con ella delante.

—Max...

—No te preocupes, Vera, de verdad. —Me gira hasta tenerme frente a él y frota mis hombros intentando, en vano, relajarme—. Todo irá bien.

Intento creerlo, de verdad lo intento, pero la realidad me está golpeando duramente.

—No me siento cómoda hablando en inglés, he arrancado a mi hija de su ciudad natal, sus amigos, y tus padres ni siquiera saben que existe. No sé... mierda, Max, no sé cómo hacer esto sin que parezca una completa locura.

—Hablarás bien el idioma antes de Navidad, estoy seguro.

—Estamos a finales de agosto, eso es ser demasiado optimista.

—Te prometo que todo irá bien.

—Si me hablan rápido en el trabajo...

—Vas a ser ayudante de cocina, Steve es el cocinero principal. ¿Por qué debería ir mal?

Tiene razón en eso. Él ya me dijo que no tenía que preocuparme, pues Steve maneja más o menos el español y será mi jefe directo. En principio, solo tendré que ayudarlo y no saldré de la cocina a servir mesas, por ejemplo. No habrá contacto directo con los clientes y lo agradezco. Sé que la exposición es la mejor forma de practicar y perfeccionar mi inglés, pero creo que con vivir aquí, salir, comprar y tratar de hablar el idioma todo el tiempo tengo más que suficiente.

—Y respecto a Maia... —Max me suelta los brazos y veo en sus ojos cierta preocupación, aunque se encarga pronto de ocultarla—. Irá bien. Mi madre se volverá loca al saber que tiene una nieta. Su alegría eclipsará la decepción que soy constantemente para mi padre.

Su tono es severo y lo abrazo, porque sé que su relación con su padre es casi inexistente y para él debe de ser muy duro. A veces me pregunto por qué no salió de aquí, pero la única vez que se lo pregunté me dijo que no podía dejar a su madre y a su hermano atrás. Este es su hogar, aunque tenga que compartirlo con alguien que no comprende prácticamente nada de lo que hace o es.

—¿Crees que conseguiré que deje de odiarme? —pregunto en un susurro.

—No te odia, Vera. —Lo miro escéptica y sonríe—. Está muy enfadada, es normal. Hemos hecho que su vida dé un giro radical, pero estoy convencido de que esto le vendrá bien.

—No lo sé, Max. Es una chica de ciudad. Y esto es... —Vuelvo a mirar por la ventana, la infinidad de los árboles, parte del lago que se ve por un lateral, el cielo tan limpio y puro—. Es precioso, desde luego, pero no es su entorno habitual.

—Lo será. Si tú tienes la capacidad de adaptarte, aun sin manejar el idioma al cien por cien, ella, que lo habla perfectamente, lo hará. No te estoy diciendo que no vaya a echar de menos la gran ciudad y su vida, pero acabará por acostumbrarse. Tenemos que darle tiempo.

—No tenemos tanto, cumple dieciocho en un año. Si no hemos conseguido que se adapte para entonces, podrá decidir marcharse y...

—No se marchará. —Me agarra los brazos con tanta intensidad para reconfortarme que no puedo evitar derramar algunas lágrimas—. Te prometo que ahora que estáis aquí haré lo posible y lo imposible para que seáis felices. Ella es mi hija y tú, la mejor madre que podría haber tenido. Sois mi familia, Vera, y yo, al contrario que mi padre, no pienso abandonaros ni dejar de luchar por vuestra felicidad.

Sus palabras me emocionan aún más. Lo abrazo y cierro los ojos, perdiéndome en la red de seguridad que me ofrece. Sé que ahora mismo parece un tanto inútil, porque no es real y mi vida no dejará de ser complicada después de este abrazo, pero durante el tiempo que dure, durante los segundos que él me tenga abrazada, puedo cerrar los ojos y soñar con un futuro en el que el dolor se transforme en tranquilidad y Maia y yo recuperemos, aunque sea en parte, la relación que hasta hace muy poco teníamos.

Mientras Max me abrace de este modo puedo soñar que algún día recuperaré a mi hija.

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5

Maia

El primer amanecer en Rose Lake es una mierda. ¿Qué pensabas? ¿Que de pronto iba a salir al porche con una taza de chocolate caliente y viendo los árboles iba a tener una especie de visión de futuro idílico? No, ni hablar. He tenido pesadillas toda la noche. Una de ellas, muy gráfica, en la que me quedaba colgada de uno de estos árboles por culpa de una trampa para osos. No sé si hay osos aquí, pero en cualquier caso, no ha sido algo bonito de soñar.

Miro fijamente el techo abuhardillado de madera. Las paredes de madera. El suelo de madera. Las estanterías de madera del fondo repletas de libros. La maldita cama de litera DE MADERA. En serio, esta gente tiene un problema, vale que la familia de mi padre se dedica precisamente a esto, pero lo de hacer una cama litera escalonada, de un tamaño más grande del habitual como si fuera una torre, es pasarse. Mi padre asegura que no la ha hecho aposta para mí, porque de hecho había una habitación libre con cama de matrimonio, pero esta está alejada de todos, es más acogedora y tiene la estantería de libros que, intuyo, se convertirá en mi mejor amiga de aquí en adelante. Además, la cama está tan nueva que no tengo dudas de que esto antes era un despacho y mandó hacer esta litera cuando mi madre dijo que veníamos. Joder, si hasta ha tallado mi nombre en uno de los laterales. Es pequeño, muy pequeño, hay que fijarse para verlo, pero ahí está. Bueno, él no la habrá hecho, porque no se le da bien tallar, o eso dice. Lo suyo es llevar el restaurante que tiene en el pueblo, al que al parecer iremos hoy.

Anoche estábamos todos tan cansados que nos fuimos pronto a las habitaciones. Durante una fracción de segundo me planteé salir al pasillo e irme con mi madre. Posiblemente dormir con ella me hubiera evitado las pesadillas, pero no soy una niña pequeña. Y sigo enfadada. Suspiro, me restriego los ojos con los puños y pienso que va a ser muy jodido mantenerme cabreada con ella cuando, en realidad, tampoco hay mucha gente con la que pueda hablar, porque mi padre y Steve nos avisaron de que se marcharían pronto hoy a por unas compras para el restaurante. Me siento en la cama, por fin, y miro hacia la esquina de la habitación opuesta a la librería, donde dos sillones, una lámpara de pie y una mesilla reposan junto a un ventanal que deja ver el bosque de un modo precioso, como si el dormitorio se integrara en la naturaleza. Parece que hará sol y más me vale aprovecharlo porque, según he leído, en las montañas de Oregón el frío, la lluvia, la humedad y la nieve son los reyes del mambo. ¡Qué bien! (¿Se nota la ironía?).

Salgo de la cama, cojo algo de ropa y salgo al pasillo para ir al baño. Una vez dentro, descarto darme una ducha. Lo haré antes de dormir, a ver si así consigo evitar las pesadillas. Me lavo los dientes, la cara y me recojo el pelo en una coleta. Me visto con un pantalón vaquero y una camiseta básica, porque ni siquiera sé si vamos a salir. Y, en cualquier caso, por lo que he visto del pueblo, la sola idea de usar alguno de mis zapatos de tacón aquí es irrisoria. No digo esto en voz alta, porque no quiero quedar como una snob, pero empiezo a pensar que el pueblo ni siquiera está asfaltado. Además, para ser justas, yo suelo ir en zapatillas Converse a todas partes. Tengo dos pares de tacones que uso en ocasiones especiales y punto, pero de cara a la galería pienso usar eso para que se sientan mal por haberme traído hasta aquí. Y no, no siento ni un ápice de remordimiento por ello.

—¿Maia? —Los golpes en la puerta y la voz de mi madre consiguen que el anhelo y el rencor libren una nueva batalla.

Quiero abrazarla y, al mismo tiempo, quiero que me deje en paz. Aun así, abro la puerta del baño. Tiene mala cara, se nota que ha dormido fatal y no me alegro por ello. Una cosa es que esté enfadada y otra que me guste verla sufrir.

—Iba a ducharme, ¿te queda mucho?

—Ya he acabado.

—Bien, ¿quieres que desayunemos algo especial? Podemos buscar qué hay en la nevera e ir a dar una vuelta por el pueblo.

Por un momento, estoy tentada de decirle que no, que no necesito dar vueltas por ningún sitio y menos con ella, pero hasta yo sé dónde poner algunos límites y eso la heriría demasiado, así que asiento una sola vez, para dejarle claro que sí, pero que sigo molesta. Ella lo entiende, a juzgar por el modo en que se tuerce la esquina de su boca, como siempre que está disgustada o triste por algo. La dejo en el baño y bajo las escaleras de la casa sintiendo, esta vez sí, el remordimiento en las entrañas. Mi madre es la mujer más importante de mi vida, odio hacerla sentir así, pero tampoco sé cómo hacerlo para frenar la ira que me carcome a ratos.

Sobre la barra de la cocina me encuentro la documentación de mi instituto, junto a algunos folletos y una carpeta con mi nombre. Imagino que mi madre o mi padre la han dejado aquí a conciencia para que yo lo vea. Lo cojo todo y me siento en el taburete que hay al lado. En realidad, no hay mucho. El folleto no es del instituto, como pensaba, sino del restaurante, y por detrás hay un mapa en el que queda claro que este pueblo es probable que tenga menos calles que un barrio estándar de Madrid. Básicamente porque mucha gente vive entre los árboles, como nosotros. Aun así, me entretengo leyendo el número de comercios y lugares importantes de Rose Lake.

1. El restaurante de mi padre.

2. Una pequeña, pequeñísima, gasolinera a la entrada.

3. La iglesia.

4. La empresa de madera de la familia de mi padre.

5. Un taller mecánico.

6. Un supermercado.

7. Una biblioteca.

8. Un instituto, el mío, que ya he comprobado que está a tomar por culo, y un colegio que sí está en el centro del pueblo.

9. Una consulta médica.

10. Y no sé si esto cuenta como negocio, pero una tal Gladys hace bordados y los vende en el garaje de su casa.

Y ya está. ¡Eso es todo lo que compone el jodido Rose Lake!

Es genial. De verdad. Maravilloso. Un solo restaurante para todo el pueblo y es de mi padre. Mi vida social va a ser tan movida que no puedo esperar para empezar a disfrutarla.

Sí, sigo siendo irónica.

¿Si dejaré de serlo?

Mmm, puede, cuando estas malditas montañas se hundan en el infierno, y como al parecer nieva a lo bestia, hay pocas probabilidades de que eso ocurra en un futuro próximo.

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6

Vera

Bajo las escaleras de casa obligándome a sonreír, porque lo cierto es que solo quiero encerrarme en mi dormitorio y esperar que mi vida se solucione sola mientras leo un buen libro. Eso no va a pasar, sería demasiado fácil y está claro que nací para tener una vida complicada.

A veces reflexiono sobre ello. Perdí a mi madre cuando era niña y, aunque mi padre siempre fue maravilloso, sentí su falta durante mucho tiempo. Hoy en día la sigo sintiendo, a veces. Hasta los dieciséis años, pensé que crecer sin madre era lo más duro que me había pasado, pero entonces me quedé embarazada de Maia. Intenté pensar que mi maternidad no se cargaría mi adolescencia, que podría con todo, pero la realidad se impuso pronto. Mi padre no podía dejar su trabajo para cuidar de Maia mientras yo estudiaba, y no teníamos dinero suficiente para pagar a una cuidadora, mucho menos una guardería, así que el primer paso hacia el abandono de mi adolescencia fue dejar los estudios para hacerme cargo de un bebé, cuando mis amigas seguían saliendo de fiesta, conociendo a chicos y chicas, y preocupándose por la ropa que iban a ponerse el fin de semana.

Fueron tiempos muy complicados, no solo por el hecho de tener un bebé, que de por sí hizo que la inestabilidad se adueñara de mi vida. Entendí, la primera vez que sostuve a Maia entre mis brazos, que nunca iba a querer a nadie como la quiero a ella. Y unos días después, cuando llegué a casa y me di cuenta de lo sola que estaba y de que aquella niña me necesitaba al cien por cien, entendí que yo, Vera Dávalos, ya no era lo primero. Tenía un bebé que lloraba día y noche, un padre que me apoyaba y... nada más. Max lo intentaba, mandaba dinero desde Estados Unidos, pero no era lo mismo que estar presente.

Me tuve que adaptar a los cambios que trae consigo un bebé, a los gastos elevadísimos en vacunas, ropa, pañales..., que me llevaron a un trabajo que hacía por pura rutina y supervivencia. Lo importante era que pasara el mes rápido para cobrar. Y sé que se supone que la vida es eso para mucha gente, pero nunca ha dejado de parecerme triste. Quizá sigo siendo un poco tonta por soñar que podría haber hecho algo más.

No cambiaría a Maia por nada, pero no puedo negar que la maternidad adolescente es durísima. Me enfrenté a la mirada reprobatoria de las otras madres cuando Maia fue al cole. Tuve que luchar para que se consideraran mis opiniones, incluso en las reuniones, porque daban por hecho que no me implicaría como ellas. Nunca nadie me preguntó cómo lo llevaba o si necesitaba ayuda. Al contrario, prácticamente me señalaron con el dedo y tildaron de unas cosas horribles solo por haber tenido sexo con dieciséis años.

Mi padre fue mi único apoyo, y cada vez que pensaba que mi vida era un fracaso, porque no conseguía ser la mujer que quería, ni la madre que quería, ni la trabajadora que me gustaría ser, él me abrazaba y me prometía que estaba orgulloso de mí. Y solo con eso me sentía un poco mejor y sacaba fuerzas para seguir adelante. Ahora él se ha ido, yo estoy... perdida. Para colmo, mi hija adolescente me odia, así que... bueno, creo que da igual lo que pase, porque es evidente que mi vida siempre puede empeorar. A veces, el pensamiento de que ya solo me queda Maia y que podría perderla si no consigue superar el enfado me persigue, y aunque intento cerrarle las puertas, lo cierto es que siento un nudo en el pecho que no se afloja con nada.

En menos de un año Maia cumplirá dieciocho años y, si no se adapta a esto, podría ser que...

—En serio, esto es una mierda. ¿Sabes que el único bar que hay es el de papá? —En cuanto pongo un pie en la planta inferior, Maia me habla señalándome el folleto que tiene en la mano—. ¿Cómo se supone que voy a hacer amigos?

—Bueno, para ser sinceras, en Madrid no pisabas mucho los bares. Hasta donde yo recuerdo has ido a varios botellones y has pasado muchas horas muertas en la biblioteca, y de eso sí hay.

Maia me mira sorprendida un segundo antes de carraspear y darse la vuelta. Suelto un pequeño suspiro. Bueno, no es una tregua, pero al menos ha dejado de intensificar su enfado.

—A saber qué mierda hay en la biblioteca de este inmundo pueblo.

—Podemos averiguarlo. Si quieres, vamos primero ahí. Aunque en tu habitación hay un montón de libros. ¿Has mirado si te interesa alguno?

—No me interesan, son de papá.

En otro momento, insistiría, porque estoy segura de que Max ha tenido en cuenta los gustos de Maia y le ha comprado varios libros, pero sé que está enfadada y la entiendo, así que me limito a estar aquí para ella. Si necesita una diana, seré su diana. Y si necesita un abrazo, aquí lo tendrá sin dudar.

Una vocecita interior me pregunta entre susurros qué pasa si soy yo la que necesita una diana o un abrazo, pero resulta que, como no tengo respuesta para eso, la acallo y me limito a rodear a mi hija para mirarla de frente.

—Vamos a recorrer Rose Lake juntas, Maia. Estoy segura de que este lugar también tiene cosas buenas que darnos.

Mi hija no se niega, lo que ya es mucho. Asiente despacio, como si le costara hacer el movimiento, y yo ni siquiera tomo café porque no quiero que cambie de idea.

—¿No desayunas?

—¿Has desayunado tú? —pregunto mirando el lavaplatos vacío.

—No.

—Bien, supongo que podemos ir a la biblioteca y en segundo lugar al restaurante de tu padre. Siempre he querido probar uno de esos desayunos de los que tanto alardeaba por teléfono.

Eso hace que Maia sonría y juro por mi vida que algo se enciende en mi interior, como cada vez que veo a mi hija ser mínimamente feliz.

—Le voy a decir que le pongo tres estrellas solo para enfadarlo.

Me río, porque Maia tiene bien cogido el punto competitivo de su padre, y le digo que puede ponerle tres estrellas siempre que lo justifique.

—Ya sabes la norma —le recuerdo.

—Oh, sí: si vas a fastidiarla, al menos que sea de un modo inteligente.

Nos reímos y, por un segundo, es como si todo fuera como antes. Por desgracia, hay mucho que arreglar y vamos a necesitar más que un par de frases, así que salimos de casa dispuestas a conocer el pueblo.

El ánimo nos dura poco. Nuestra casa está a las afueras de Rose Lake, entre los árboles, y hasta alcanzar la carretera, tenemos un buen trecho que recorrer. Max me dijo que vendría pronto y nos llevaría al pueblo, pero pensé que dar un paseo era buena idea. Me doy cuenta del tremendo error que ha sido solo dos minutos después de empezar a caminar. Miro atrás, a la cabaña, y adelante, donde solo se ven... árboles. Bueno, árboles y otra casa, que imagino que es la del hermano de Max. Siempre me ha contado que es su único vecino y, como se llevan tan bien, es una gozada tenerlo cerca.

—Creo que es hora de que conozcas a tu tío —le digo a Maia repentinamente al ver que hay una camioneta negra e inmensa aparcada justo delante.

Mi hija, que iba murmurando algo acerca de que prefiere vivir en un estercolero que en este pueblo, me mira con el ceño fruncido.

—¿Eh?

—Tu tío vive en esa casa de ahí.

—¿Qué tío?

—Martin, el hermano de tu padre.

—Ah sí, ese al que mi padre adora, pero no ha contado que tiene una hija.

El resentimiento es patente en su voz. La verdad es que, por eso, no puedo juzgarla. Siempre he respetado que Max decidiera no decir nada de Maia a sus padres, pero no entendía por qué no se lo decía a su hermano, si tanto se quieren y tan bien se llevan. Justificaba sus viajes a España diciendo que estaba enamorado del país. Max ha sido tan hermético con nosotras como con su familia. Nos ha mantenido estrictamente separados, según él por el bien de Maia. Tiene pánico de que la influencia de su padre haga mella en ella, o así era antes, porque ahora nos ha convencido para vivir aquí y no sé hasta qué punto es consciente de que la noticia de la existencia de Maia ya no puede ocultarse más.

Miro a mi hija, enfadada y con ganas de venganza y decido que, por una vez, no voy a ser yo la diana.

—A estas alturas tu padre debería haber dicho a su familia que existes y, si no lo ha hecho, el tiempo se ha agotado.

—¿Qué quieres decir?

—¿No quieres plantarte en su puerta y dejarlo pasmado con la noticia? Vamos, Maia, eres adolescente, esos gestos dramáticos y desmesurados deberían llenarte el alma.

—Creo que te la llenan más a ti —dice mi hija riendo de verdad por primera vez en mucho tiempo.

—Puede ser.

—¡Eh!

Maia protesta cuando la cojo de la mano y tiro de ella hacia la casa, pero no me detengo. Si vamos a hacer esto, si de verdad vamos a vivir aquí, lo haremos sin mentiras, tapujos o medias verdades. Adoro a Max, pero espero por su bien que haya preparado a su hermano, porque no pienso detenerme.

Después de subir un pequeño montículo para atajar y dejar el camino, nos encontramos cara a cara con una preciosa cabaña con un tejado a dos aguas, un porche delantero elevado sobre piedras, con la mitad al aire libre y un árbol justo en el centro. Es increíble, pero hay un árbol que no debería estar ahí y, sin embargo, han construido el porche rodeándolo y respetando su derecho a estar en la tierra. Más adelante hay un porche justo en la puerta de la casa, techado y con varios sillones bajos de respaldo alto en verde musgo, a juego con los quicios de las ventanas, que están pintados en ese mismo color. Todo lo demás es madera. No sé cómo no me fijé en esta casa anoche, si es una verdadera pasada. Miro alrededor y me doy cuenta de que, en realidad, de noche, si no sabes dónde está, no es fácil verla a no ser que tenga luces encendidas, al igual que pasa con la de Max.

—¿Y bien? —pregunta mi hija—. ¿La liamos un poco o nos hacemos un selfi en la entrada? Como veo que no te mueves...

Me río nerviosa, camino hacia delante y subo los escalones del porche.

—Tú delante —le digo a mi hija.

—¿Y eso por qué?

—Eres su sobrina. Yo no soy nadie.

—Eres mi madre. Eso no es ser nadie. Eres más importante que él. Que todos ellos. —La miro impactada y con la emoción atravesándome el alma—. Aunque sigo enfadada contigo.

—Comprensible —murmuro.

—Pero no vuelvas a decir que no eres nadie.

—Lo prometo —contesto, emocionada.

—Bien.

Da un paso hacia delante, pero la detengo, estrechándola contra mí y abrazándola con fuerza.

—No hagas como yo: no permitas nunca que te hagan creer que no eres nadie. Eres mucho mejor que yo, cariño: demuéstralo.

Ella me mira un tanto emocionada y creo que las dos estamos pensando en lo mismo. Si Martin Campbell la rechaza cuando sepa la noticia, si es que no la sabe ya, será un golpe más que afrontar en este caótico cambio de vida. Subimos los tres escalones que llevan al porche delantero de la casa y Maia toca con los nudillos sobre la puerta gris de hierro. Miro a un lado, a los sillones, y descubro que hay un trozo de tronco a modo de mesa entre ellos. Original, práctico y bonito. Bajo nuestros pies, una alfombrilla con la palabra «welcome» impresa. Más vale que sea un presagio, porque si no...

No tengo tiempo de pensar más. La puerta se abre y ante nosotras aparece un hombre que no puede ser Martin Campbell. Es imposible. Me niego a que el hermano de Max sea un tío que podría ser contratado por el jodido Men’s Health para protagonizar una de sus famosas portadas. ¡Es que me niego!

—Hola. —Sonríe con franqueza y se apoya en el quicio de la puerta—. ¿Os puedo ayudar, chicas?

Esa voz. Joder, qué voz tiene. Me derretiría, si no fuera porque va sin camiseta y el pantalón corto de deporte negro deja ver un pecho lo suficientemente trabajado para marcar abdominales, pero no tanto para que resulte excesivo. Tiene tres estrellas tatuadas en el costado, igual que tres líneas negras en el antebrazo derecho y algo que no alcanzo a ver qué es en el otro antebrazo. El pelo castaño con betas claras, los ojos almendrados y marrones, y una sonrisa que estoy segura que sería capaz de derretir las malditas montañas de Oregón cuando la nieve llegue.

—Hola, ¿qué tal? —pregunta mi hija en inglés, haciendo que mi corazón se detenga—. Soy tu sobrina. ¡Sorpresa!

Bueno, nadie puede decir que no he criado a una hija directa.

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7

Maia

No quiero mirar a mi madre. No puedo. Si lo hago, me perderé cada cambio de expresión en el que ha resultado ser mi tío. Tengo que decir que si cualquiera de mis amigas lo conociera haría un charco en el suelo. ¡Está como un tren! Puede que tenga diecisiete y él más de treinta, porque se nota, pero eso no quita que sea un caramelo. Dios, menos mal que mis amigas no lo conocen, ya es suficiente que me digan lo guapo que es mi padre cada vez que ven una foto. No es que me moleste, porque lo es, pero prefiero no pensar mucho en el atractivo que hizo que mi madre y él...

—¿Perdón? —pregunta mi «querido» tío.

Extiendo la mano sin romper mi sonrisa, para dejar claro que no pienso amedrentarme ni por él, ni por nadie, y espero que él me la sujete.

—Maia Campbell. Tu sobrina.

—Eh... —Me mira, después se fija en mi madre y vuelve a mirarme a mí—. Eh...

Bien, no parece muy listo. Supongo que lo suple con ser guapo.

—Ella es Vera Dávalos, mi madre.

—Entiendo... ¿Y dices que eres mi sobrina?

Que no haya dejado de apretar nuestras manos y moverlas como si siguiéramos saludando es, incluso, enternecedor. Algún día debería mirar esta vena mía que disfruta descolocando a la gente.

—¿Te llamas Martin y tienes un hermano que se llama Max y vive en la cabaña siguiente a esta?

—Ajá.

—Entonces, sí, soy tu sobrina.

—Oh.

—Soy tu sobrina porque soy hija de Max, que es tu hermano, ¿lo entiendes?

—Maia, cielo... —susurra mi madre por lo bajini.

Sí, a veces puedo ser un poco repelente, pero es que este hombre es de reacción lenta. Recupero mi mano, porque es evidente que no está dispuesto a dármela por sí mismo, y ese gesto parece despertarlo del shock.

—Vale, necesito ponerme una camiseta, que paséis y me contéis qué demonios está ocurriendo aquí.

—Buena idea —le digo antes de entrar en casa haciéndolo a un lado. No es hasta que estoy dentro cuando me giro y veo a mi madre—. ¡Vamos!

Ella me mira, mira a Martin y sonríe señalando la puerta.

—¿Te apartas, por favor?

—Sí, perdón.

Se retira de inmediato y caigo en el detalle de que, de no haberlo hecho, ellos se habrían rozado, porque mi madre no es tan menuda como yo. De haber sido cualquier otro tío, le habría tomado el pelo a mi madre con eso de restregarse con unos buenos abdominales, pero este señor es mi tío y se supone que debemos tener una relación de ahora en adelante porque voy a vivir aquí, así que me guardo el comentario irónico.

Una vez dentro me quedo clavada en el sitio. Si hay algo que nadie puede reprocharles a los hermanos Campbell es el jodido sentido del gusto a la hora de decorar y amueblar. El suelo es de madera, como en la casa de mi padre, pero aquí, a la derecha y nada más entrar, hay un gran sofá de esquinera gris con una mesita redonda de cristal y patas de hierro negras. Juro que ese sofá llama a que te tumbes en él. Está frente a un televisor y, a mi izquierda, en el otro extremo del salón, hay una chimenea inmensa de piedra gris. Al lado, una cesta de hierro forjado llena de madera y justo arriba, un cuadro minimalista de tres montañas. Sobre el sofá, en la pared, un vinilo con la silueta de un bosque en negro. A mi tío le gusta vivir aquí, se nota. De frente hay una mesa grande de madera con ocho sillones grises y, al lado, una puerta que imagino que da a la cocina, lo cual me sorprende, porque pensaba que todos los americanos tenían la cocina abierta. Justo a mi lado están las escaleras que llevan al piso superior, donde supongo que están las habitaciones. Esta casa es más pequeña que la de mi padre, pero igualmente impacta. En Madrid tener algo así es impensable a no ser que te vayas a las afueras y a precio de sangre de unicornio, supongo. La verdad es que tampoco estoy segura, porque vivíamos en un piso de renta antigua viejo, aunque funcional e impoluto.

—¿Queréis tomar algo o...?

—Agua estará bien —le digo a mi tío.

—Vale. —Se encamina hacia la cocina, pero, en el último instante, se gira y pasa de nuevo por nuestro lado de camino a la planta superior—. Dadme un segundo.

Lo oímos subir las escaleras a toda prisa y baja en menos de un minuto con una camiseta a medio poner. Está completamente descolocado y sería gracioso de no ser porque creo que mi padre es un capullo por no haber hablado ya de mi existencia. Es ofensivo, si me preguntas mi opinión, pero, por otro lado, ahora tengo munición contra él, así que, después de todo, no está mal.

Se mete en la cocina y, un instante después, oímos un ruido de cristales. Se ha cargado algo, el sonido es inconfundible y, aunque debo admitir que estoy disfrutando bastante, mi madre no puede contenerse y se encamina hacia allí. Yo voy detrás, pero más por curiosidad que con ánimo de ayudar.

La víctima ha sido una botella de cristal, a juzgar por el agua y los cristales que hay en el suelo.

—Se me ha resbalado, lo siento.

—Tranquilo —responde mi madre—. Te ayudo.

—No hace falta, no te preocupes. —Mi madre se agacha, coge un cristal y él se pone más tenso de lo que ya estaba—. En serio, por favor, no te preocupes.

Mi madre sigue, yo creo que porque está aturrullada y, de nuevo, se ha perdido un poco con el idioma.

—Si está nerviosa, su inglés se resiente —le informo—. Somos españolas.

Martin me mira y, acto seguido, mira a mi madre.

—No te preocupes por esto. Lo limpio después —le dice en español, dejándonos a las dos a cuadros.

Es un español con acento inglés, sí, pero es español y muy correcto. No solo lo chapurrea.

—¿Hablas español? —pregunto, dejando clara la evidencia.

—Hablo español. Es importante para mi trabajo y Max lo sabe.

Su sonrisa es sincera, pero en sus ojos está desatándose una tormenta y no puedo culparlo por ello. Para mí es una putada estar aquí, pero no puedo imaginar cómo será que tu hermano, con el que supuestamente te llevas mejor que con nadie en el mundo (dicho por mi padre) te mienta en algo tan gordo como esto.

Al final, mi madre deja los cristales, tal como le ha pedido él, y Martin saca una botella nueva de un frigorífico que tiene el ancho de tres españoles, más o menos. La coloca sobre una bandeja esquivando los cristales del suelo, pone tres vasos limpios y se la ofrece a mi madre.

—Por favor, id al salón. Iré rápido.

Sonrío, porque es el típico guiri que en cualquier bar de España pide paella y sangría, solo que, pese al acento, conoce bien el idioma y se nota. Bueno, eso, y que no estamos en España y, aquí, las guiris somos mi madre y yo.

Nos sentamos en el sofá, servimos un poco de agua y bebemos mientras oímos cómo mi recién estrenado tío recoge los cristales entre maldiciones que probablemente piensa que no oímos, pero sí.

Al final, con la tontería, mi primer día oficial en Rose Lake está siendo muy interesante.

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8

Martin

Es una puta locura. Una broma de mal gusto. Tiene que serlo, pero cuando salgo de la cocina y veo a Maia y a Vera sentadas en mi sofá pienso que tal vez no lo sea. ¿Por qué iban a mentir? Me acerco a ellas y acepto el vaso de agua que me ofrece Maia.

Me siento en el sofá y las miro de nuevo. ¿Cómo van a ser madre e hija? La madre es joven. Muy joven. Joder, parece de mi edad, más o menos y es... atractiva. Sin duda, lo es. Tiene el pelo oscuro, igual que los ojos, y su sonrisa es franca. Su cuerpo no entra en lo que la sociedad considera normativo, pero no le hace falta y siempre he pensado que lo que opina la sociedad es basura. Vera es jodidamente sexy con todas esas curvas y... Bueno, digamos que entiendo bien que Max se acostara con ella. O lo entendería si mi hermano no fuera homosexual.

—¿Qué edad tienes? —pregunto directamente a Vera.

—Eso no se le pregunta a una señora —contesta su supuesta hija.

En serio, no me encaja que una chica adolescente, casi adulta, sea su hija.

—Tengo treinta y tres años —responde en un inglés lento y rígido. No puedo ocultar mi sorpresa, pero ella sonríe—. Lo sé, es difícil creer que tengo una hija de diecisiete. Cuando nació, yo tenía dieciséis.

—O sea, cuando ella tenía mi edad, yo ya tenía un año —añade Maia.

—Oh. Guau...

Me siento estúpido por no haberme dado cuenta de eso. Obviamente, sé que existen los embarazos adolescentes, por desgracia, aunque a esa edad la vida debería ser mucho más sencilla y no tener la responsabilidad de criar a un bebé, pero no dudo de que lo haya hecho bien. Por lo menos se puede decir que ha educado a una joven irónica, inteligente y respondona. Sonrío, porque, en realidad, esas cualidades también encajan bien con mi hermano.

—Pensé que, a estas alturas, Max te habría hablado de nosotras. Me prometió hacerlo —admite Vera.

—A mi hermano le cuesta poner encima de la mesa los temas complicados —la tranquilizo.

No es ninguna mentira. Me duele que mi hermano no me haya hablado de esto, pero del mismo modo que a Steve le fastidia que no diga claramente que es su pareja. Por un momento pienso que a mi padre le molesta igualmente su forma de ser, pero no..., eso es distinto. Muy distinto. Entiendo que no haya dicho nada a nuestro padre, pero ¿a mí? Joder, a mí tenía que habérmelo contado. Me siento estúpido intentando asimilar que, a mis treinta y cinco años, tengo una sobrina de diecisiete, y que su madre tenga solo dos años menos que yo.

—¿Estáis aquí de visita o...?

—Hemos venido aquí a vivir. La idea fue de papá, por eso es una mierda que no te haya dicho nada —aclara Maia.

—¿Vais a vivir aquí? ¿En Rose Lake?

—¿Supone algún problema? —pregunta mi sobrina con un tono un tanto agresivo.

—No, claro que no.

Es mentira. Claro que supone un problema. No, uno no: ¡muchos! Para empezar, será imposible que mis padres no se enteren, y no quiero ni imaginarme cómo será su reacción. Y luego está el hecho de que Rose Lake es un lugar pequeño, donde todos sus vecinos se conocen y saben, o eso creen, los secretos de los demás. Esta noticia supera con creces el cotilleo actual, que es, básicamente, que Gladys ha tejido para su perro un jersey naranja con piedras que brillan en la oscuridad porque está harta de perderlo. El perro de Gladys nunca ha sido atractivo, pero ahora no puedo evitar compadecerme de él cada vez que lo veo.

—¿Vais a vivir con él o...?

—Sí —contesta Vera—. En realidad, no entraba en nuestros planes, pero estamos atravesando una etapa... difícil. —Su mirada es tan sombría que me compadezco en el acto—. Mi padre murió hace...

—Los detalles no son importantes. —El modo en que Maia corta a su madre, junto a la postura rígida que adopta, me deja claro que hay un duelo presente y, al menos ella, está muy lejos de superarlo—. Lo importante es que tenemos que ir a Rose Lake y, como hemos visto ahí fuera un coche, nos preguntábamos si podrías llevarnos.

—Maia... —advierte su madre.

—A no ser que pases de ejercer de tío, en cuyo caso tendremos constancia de que eres un capullo e iremos caminando.

Me río, y eso las sorprende, pero es que los adolescentes encabronados siempre me han caído bien. No puedo culpar a Maia por estar enfadada, yo también lo estaría si mi abuelo hubiera muerto y me hubiesen hecho cambiar de país. Es evidente que no quiere estar aquí, a juzgar por la mirada de su madre, que deja muy claro lo mal que se siente, así que decido hacer justo lo contrario a lo que ella piensa.

—En realidad, no solo os llevaré, sino que me ocuparé de que conozcáis los mejores lugares de nuestro pueblo.

—Será una visita rápida, a juzgar por el tamaño que tiene.

Me río otra vez, pero Vera se ruboriza y Maia está... intrigada. Se ve que no esperaba que me comportara así.

—Solo deja que vaya a cambiarme, ¿de acuerdo? Aunque no lo parezca, en el pueblo tengo una imagen y no suelo ir por ahí con un pantalón sudado. Acababa de llegar de correr cuando habéis venido.

—Ah, por eso el olor.

Suelto una carcajada, convencido de que no huelo mal y Maia solo lo ha dicho para fastidiar y, cuando veo su pequeña sonrisa, me doy cuenta de que, en realidad, esta chica tiene un humor muy incisivo. Me gusta y, ahora que la miro bien, creo que tiene algunos rasgos de mi hermano. La piel pálida, por ejemplo, pues su madre es más morena, y los ojos azules, desde luego.

Subo, me doy una ducha rápida y me pongo un pantalón vaquero y una camiseta blanca. Cuando bajo, cojo la chaqueta y me fijo en ellas.

—¿No habéis cogido nada? A veces las temperaturas bajan de pronto.

—Qué bien, este sitio cada vez me gusta más.

Ignoro a Maia esta vez, abro la puerta de entrada y salgo tras ellas. Subimos al coche y hacemos el camino hacia Rose Lake en silencio. Todo esto es impactante, eso es indudable, pero una parte de mí empieza a disfrutar de este cambio radical en mi vida. Me gusta vivir en Rose Lake, pero reconozco que es rutinario y tranquilo. Miro a mi lado, a Vera, y pienso que ella parece tranquila, pero cuando me concentro en mi sobrina por el espejo retrovisor la veo farfullando algo sobre los árboles de mierda y no puedo evitar reír entre dientes.

Puede que me guste la tranquilidad, pero no puedo esperar a ver el modo en que Maia Campbell Dávalos va a poner Rose Lake patas arriba.