C oncebí este libro como una larga pieza dramática dividida en seis actos, pero enseguida entendí que necesitaba varios interludios para fluir con la agilidad deseada. Aunque relata la historia de la filosofía, una novela fascinante con infinidad de personajes, no es una obra académica. Por eso ha prescindido de las notas a pie de página, limitándose a incluir al final una bibliografía «sentimental». Imagino que este proceder indignará a los que identifican el saber con la solemnidad y la grandilocuencia, pero este libro no está hecho para ellos. Estas páginas pretenden acercar la filosofía a los que buscan argumentos para celebrar la vida y afrontar con inteligencia las experiencias más dolorosas e ingratas. Entre los filósofos, hay auténticos maestros de la felicidad, pensadores que nos invitan a contemplar el mundo con optimismo y a juzgar al ser humano con indulgencia. Mi propósito es que sus ideas lleguen a todos los que se han cansado de escuchar que la vida es una porquería y nuestra especie, un error de la evolución.
He utilizado como telón de fondo mi experiencia como profesor de filosofía de enseñanza media, evocando las historias de algunos de mis alumnos, cuyos nombres he alterado por respeto a su intimidad. También he salpicado el texto con episodios de mi peripecia biográfica, que incluye una larga travesía por la depresión. A veces, llegué a pensar que mis vivencias carecían de interés y que alguno podría objetar que me tomaba a mí mismo demasiado en serio, pero mis dudas se resolvieron al reparar en que el aprendizaje del ser humano prospera gracias al contraste con las experiencias ajenas. La vida de los otros es una excelente escuela.
Mi paso por el mundo no es una epopeya, pero tampoco ha constituido un trayecto completamente anodino. Mis sesenta años acumulan muchos infortunios (pérdidas, fracasos, problemas de salud), pero también felices encuentros. He logrado sortear todas las calamidades, he aprendido de mis equivocaciones y ahora soy una persona feliz y optimista. No puedo alardear de haber visto cosas que otros no podrían imaginar, pero sí he asistido al renacer de la vida en mi interior. Desahuciado por la medicina, que auguró una estancia a perpetuidad en el pozo de la depresión, logré desprenderme definitivamente de la tristeza reeducando mis emociones. Conté con la ayuda de grandes educadores: Boecio, Marco Aurelio, Séneca, Francisco de Asís, Spinoza, Henri Bergson, Bertrand Russell. Podría citar muchos más, pero no quiero ser innecesariamente prolijo. Solo añadiré otro nombre: Etty Hillesum, una joven judía holandesa que murió en Auschwitz. Al igual que Virgilio a Dante, me guio durante mi largo peregrinaje desde la oscuridad hasta la luz. Siempre abrigaré una gratitud infinita hacia su Diario, que se convirtió en un faro mientras luchaba contra las tempestades desatadas en mi mente por el sufrimiento psíquico.
Me gustaría que este ensayo ayudara a transmitir esperanza, sobre todo a los que se han acostumbrado a vivir en la desesperación y han olvidado que el mundo es un surtidor de prodigios. Esta obra es mi última clase, una lección que desearía ser luminosa, alegre y nada tediosa. No sé si lo he conseguido, pero confío en la paciencia y generosidad de los que decidan acompañarme en este viaje personal por la historia de la filosofía.
Tal vez cada existencia tenga su propio sentido y se necesite una vida entera para encontrarlo.
ETTY HILLESUM, Diario
E tty Hillesum no es tan conocida como Anne Frank, quizás porque morir a los veintinueve años parece menos dramático que a los quince, pero lo cierto es que las dos ardieron en los crematorios del sistema de campos de concentración urdido por la Alemania nazi, una constelación de espanto que excede las peores fantasías de Dante. Anne Frank murió en Bergen-Belsen; Etty Hillesum, en Auschwitz. Las dos fueron deportadas desde los Países Bajos. Ambas nos dejaron unos diarios conmovedores que relataban sus penalidades y que evidenciaban la resistencia del espíritu humano a hundirse en la desesperación, el odio y el rencor, incluso cuando el viento de la historia se vuelve particularmente frío y áspero. El diario de Anne Frank vio la luz en 1947. El de Hillesum se demoró hasta 1981. Ninguna de las dos jóvenes pensó en el éxito, la fama, la gloria, todas esas quimeras que flotan en la mente de los escritores mientras trabajan en un manuscrito, dejándose llevar por pasiones pueriles. Hillesum y Frank recurrieron a la escritura para explorar sus almas y afrontar con dignidad y coraje la posibilidad nada remota de una muerte violenta y temprana. Hijas del «pueblo deicida», hostigado, segregado y diezmado durante siglos por la Europa cristiana, escribieron desde el filo del abismo, legándonos una lección de vida.
Anne Frank, escondida en la «casa de atrás», un recinto diminuto en el número 263 de la Prinsengrachtse, se negó a convertir su refugio en una «casa de melancolía». No quería pasarse todo el día llorando. Notaba un vacío muy grande oprimiendo a las ocho personas que se habían cobijado en una especie de madriguera habilitada en la antigua empresa de su padre, pero nunca perdió su capacidad de regocijarse con el pequeño campo de visión que podía observar desde su escondrijo: «Esta mañana, cuando estaba asomada a la ventana mirando hacia fuera, mirando en realidad fija y profundamente a Dios y a la naturaleza, me sentí dichosa, únicamente dichosa […]. Mientras uno siga teniendo esa dicha interior, esa dicha por la naturaleza, por la salud y por tantas otras cosas; mientras uno lleve eso dentro, siempre volverá a ser feliz». Por entonces, Anne ya no era una niña, sino una adolescente con un espíritu valiente y lúcido que oponía al odio de los nazis su pasión por la vida: «Creo que toda desgracia va acompañada de alguna cosa bella, y si te fijas en ella, descubres cada vez más alegría y encuentras un mayor equilibrio. Y el que es feliz hace feliz a los demás; el que tiene valor y fe nunca estará sumido en la desgracia». Anne Frank reivindica valores como el coraje, el amor a la naturaleza, el cuidado de los otros y la confianza en Dios. En el mundo actual, menos trágico que el suyo, esos valores despiertan escepticismo. Casi nadie se atreve a elogiar el coraje, la fe y el sacrificio. Alguien dirá que al menos sí hay una honda preocupación por la naturaleza. Es cierto. Hasta los Gobiernos intentan luchar contra el deterioro medioambiental, pero la conciencia ecológica no suele ir acompañada de esa mirada poética que apreciamos en las palabras de Anne Frank. En nuestro tiempo, líquido y cínico, ya no se cree en la vieja tríada compuesta por el bien, la verdad y la belleza.
Etty Hillesum compartía los valores de Anne. Era una mujer valiente que confiaba en Dios y se conmovía con la luz, el silencio, el sonido del agua y los cambios de color del cielo. Podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que las dos tenían densidad interior, es decir, una rica vida espiritual con grandes exigencias morales y una exquisita sensibilidad para las cosas bellas y sinceras. Aunque Etty contempla al ejército alemán desfilando por las calles, piensa que «el mundo creado por Dios, a pesar de todo, es hermoso». Confiesa que no podría vivir si el mundo solo fuera azar. Anhela sabiduría, no conocimiento. El conocimiento solo es acumulación, síntesis y deducción. La sabiduría es un lento aprendizaje que nos conduce a amar la vida y a ser indulgentes con nuestros semejantes. No espera que otros le proporcionen la fuerza necesaria para encarar la adversidad. Sabe que debe buscar esa fuerza en sí misma. «La gente —escribe— forja su propio destino desde su interior». Hacia finales de febrero de 1942, ya sabe que le espera la deportación y, probablemente, la muerte entre las alambradas de un campo de exterminio. Se habla de horribles matanzas en el este y de cámaras de gas. Aunque los nazis intentan obrar con discreción, los más de cuarenta mil campos repartidos por la Europa ocupada no pasan desapercibidos. Etty no se refugia en bellos sueños. Mira el mundo cara a cara y sigue amándolo: «La vida me parece bonita y me siento libre. El cielo se extiende ampliamente tanto dentro de mí como sobre mí. Creo en Dios, y creo en la gente y me atrevo a decirlo sin ninguna vergüenza». No responsabiliza a Dios de las calamidades desencadenadas por la guerra: «Dios no nos debe ninguna explicación, pero nosotros sí se la debemos a él». Su fe no se tambalea ante la expectativa de la muerte: «Creo en Dios, también cuando dentro de poco en Polonia me hayan devorado los piojos». No sueña con el martirio, como Simone Weil, pero no permite que la desgracia menoscabe sus convicciones, empujándola al nihilismo y la desesperanza. Piensa que «la vida es bella, tiene valor y está llena de sentido». No está dispuesta a que la rabia y el miedo mutilen su espíritu. No cree que la existencia sea injusta. Son injustos los que propagan la muerte y la destrucción. Cuando llega la hora de partir hacia Auschwitz, sueña con ser «el corazón pensante de los barracones» y poder actuar como «un bálsamo sobre las heridas».
No soy de los que divorcian la vida del pensamiento. Las ideas no son hijas de la especulación abstracta, sino de la experiencia. Por eso no me cuesta admitir que he pasado por muchas horas de oscuridad, he sentido en mi alma las dentelladas de la desesperación, he llegado a pensar que vivir era una condena, he deseado morir. Sin embargo, Anne Frank y Etty Hillesum siempre han acudido al rescate. No han sido las únicas, pero su ejemplo, su apuesta por la vida desde las alambradas y el cieno, su determinación de no dejarse contaminar por el odio ni renunciar al bien, la belleza y la verdad, me han permitido reconciliarme con el mundo. Un ejemplo es una enseñanza más valiosa que cualquier teoría. Anne Frank y Etty Hillesum están en mi corazón como dos pajarillos que demandan calor y ternura. Me siento responsable de ellas, como Etty se sentía responsable de Dios, al que pretendía ayudar, pues entendía que él no podía ayudar a las víctimas de la Shoá. La vida solo cobra sentido cuando nos hacemos cargo de los otros, cuando asumimos el cuidado de los vivos y los muertos, cuando nos convertimos en memoria y palabra, en testimonio y compromiso. Al igual que Anne Frank y Etty Hillesum, yo también creo que la vida es bella y tiene sentido. Y no me cansaré de proclamarlo. A pesar de las pérdidas y los vacíos, los fracasos y los desengaños, las abominaciones de la historia y las catástrofes naturales. Renegar de la vida, afirmar que es absurda e intrascendente, asegurar que solo hay ruido y furia, me parece el mayor fracaso de la inteligencia humana.
¿Qué disciplina ha convertido el sentido de la vida en el centro de sus reflexiones? La filosofía. Yo he sido profesor de filosofía durante casi dos décadas y he encontrado en ella argumentos para exaltar la vida. También para detestarla. No prestaré atención a estos últimos. En esta obra, que reconstruirá la historia de la filosofía desde una perspectiva muy personal, hablaré tan solo de las ideas que nos ayudan a vivir mejor, a no sufrir sin necesidad o a superar el dolor cuando es inevitable. La filosofía no es un manual de instrucciones, pero sí puede utilizarse como guía espiritual y camino de sanación. A mí me ha ayudado a vencer mis demonios interiores y me ha reconciliado con la existencia. Algunos sostienen que la filosofía es un saber caduco, pero yo creo que no lo es. El ser humano nunca dejará de hacerse preguntas. Sin embargo, la vieja disciplina —cuyo origen se remonta a la antigua Grecia, lo cual no significa que no existieran formas más o menos desarrolladas de pensamiento en otras civilizaciones— no atraviesa su mejor momento. Recluida en el estrecho círculo del saber académico, cada vez está más desligada de la realidad. Como en los períodos menos inspirados de su historia, ha concentrado casi todos sus esfuerzos en el estudio y la interpretación de los textos clásicos. Parece que le inspira temor la posibilidad de aventurarse en nuevos territorios, sumando perspectivas que extiendan los límites de su imperio invisible. Casi nadie se plantea emular a los grandes pensadores del pasado, que no se contentaron con leer a sus predecesores, sino que intentaron hallar respuestas alternativas. No puedo recriminar a mis colegas lo que yo no me atrevo a hacer, pero sí quiero reivindicar que la filosofía no es un saber muerto, mera arqueología reservada a los expertos, sino una disciplina que ha luchado por hacer el mundo más amable e inteligible. La historia de la filosofía es una apasionante novela sobre la conquista de la felicidad. Sócrates buscó implacablemente la verdad hasta el extremo de inmolar su vida por defender sus ideas. No fue un fanático, ni un mártir, sino un hombre que quiso disfrutar de una conciencia tranquila y en paz, algo que solo se consigue cuando obramos con valentía, sabiduría y coherencia.
Este es un libro de filosofía, pero sobre todo es un libro sobre la esperanza. ¿Y eso qué significa? Que es un libro que se rebela contra los profetas del apocalipsis y los heraldos del pesimismo, un libro que no pretende perturbar, inquietar o desasosegar, sino confortar, serenar y curar. No es un libro ingenuo. Sabe que existen el dolor, la injustica, la desesperación. El mundo soporta grandes calamidades: hambre, guerras, epidemias. El sufrimiento no es algo lejano que afecta tan solo a los países hundidos en una pobreza crónica y sin esperanza. Para toparse con él, a veces no es necesario salir del portal. En una de esas colmenas donde se agrupan los seres humanos, siempre hay grandes dosis de insatisfacción: soledad no deseada, miedo a perder lo que se ha conseguido con mucho esfuerzo, frustraciones que se rumian en silencio, proyectos que se quedaron a medio camino, ilusiones que ya no se sostienen en pie, incomprensión entre personas de la misma familia. En muchas novelas y películas, se elude el aspecto más prosaico de la existencia: la necesidad de trabajar para comer y disfrutar de un techo. Ya no estamos en la selva, huyendo de depredadores, pero la lucha por la supervivencia continúa. La economía sufre crisis cíclicas que arrojan una sombra de precariedad sobre nuestras vidas, recordándonos nuestra fragilidad, haciéndonos saber que todos somos vulnerables, mostrándonos con crudeza que la seguridad absoluta no existe. En el fondo, todos vivimos cerca de un volcán que puede comenzar a vomitar lava en cualquier momento, coladas imparables que pueden enterrar todo lo que amamos. Sin embargo, el ser humano no es un objeto pasivo, una criatura programada para responder a los problemas con automatismos, sino un sujeto con libertad y creatividad, capaz de razonar y buscar alternativas. No hay vidas acabadas e irreversiblemente malogradas. Siempre es posible reinventarse. Siempre cabe abrir una ventana, y no para saltar al vacío, sino para que entre el aire fresco y para que nuestra mente, la máquina más perfecta que ha existido jamás, respire y se renueve, y pueda idear nuevas estrategias.
Mi primera experiencia del dolor se remonta al 2 de junio de 1972, cuando yo tenía ocho años. Mi padre, el escritor Rafael Narbona Fernández de Cueto, hoy olvidado, sufrió un infarto de miocardio en mi presencia, mientras descansaba poco antes de comer. Sentado a los pies de su cama, yo observaba su rostro fatigado, mientras mi madre bajaba la persiana. Un estertor partió mi mundo en dos. La muerte solo necesita un breve instante para provocar un cataclismo. Diez años más tarde, otro 2 de junio, mi hermano mayor se suicidó, enviándome a una penumbra donde permanecí varios lustros, convencido de que la vida solo era eso: oscuridad, miedo, insatisfacción. ¿Escogió mi hermano un 2 de junio para oponer una absurda simetría al desorden del mundo? Nunca lo sabré. Su despedida fue silenciosa, sin una nota que aclarara los motivos de su fatal decisión. Decisión que no fue tal, pues el suicidio nunca es un acto libre y racional. Un año más tarde yo caminaba por la Gran Vía hundido en una profunda tristeza, fantaseando con reunirme con mi padre y mi hermano. A los veinte años, la perspectiva de morir no me parecía una desgracia, sino una liberación. Mi ánimo sombrío no me impedía apreciar la belleza de una noche de junio, con un cielo que me recordaba el papel pintado con el que mi padre decoraba el belén familiar. El paisaje que acompañaba a los pastores y a los Reyes en su peregrinaje hacia el portal poseía un aire de ensueño digno de Las mil y una noches. Era el telón de fondo perfecto para un escenario que incluía palmeras, casas de adobe, pozos, ovejas, olivos de plástico y romanos con péplum. El conjunto parecía extraído de clásicos como Ben-Hur, Quo vadis o La túnica sagrada, hasta entonces tres citas ineludibles en los cines durante las vacaciones de Semana Santa. Sin saber por qué, yo sentía predilección por los burros que mi padre distribuía por el belén familiar. Ahora creo saber cuál era la razón. De niño y ahora, con sesenta años, se me antojan unas criaturas incomprendidas. Los hombres no aprecian su temperamento de filósofos, reflejado en su expresión melancólica y paciente.
Mi abatimiento se alivió un poco al descubrir que en el cielo de aquella noche de junio había ecos de mi niñez, recuerdos por los que merecía vivir y que se borrarían sin remedio si yo desapareciera. Sin embargo, la sombra de un suicidio es muy amarga y mi alivio duró poco. Cuando llegué a la plaza de Callao, me acordé de la aflicción de Jerjes al contemplar sus ejércitos y saber que el tiempo reduciría a polvo su esplendor. El tiempo se encargaría de que no quedara nada de esa fuerza colosal, compuesta por miles de hombres, carros y caballos. Al pensar en esa anécdota, mil veces referida para ilustrar la impotencia del ser humano frente al poder destructor del tiempo, la muerte me pareció sumamente injusta, el «horror de la naturaleza», tal como sostenía Pascal. Apenas había pasado un año desde el suicidio de mi hermano y el dolor de la pérdida aún era como una aguja que escarbaba bajo mi piel. Me detuve un instante y experimenté una desolación sin límites, quizás algo parecido a lo que sufre Roquentin, el protagonista de La náusea, la novela de Sartre, cuando repara en la raíz de un castaño en un jardín público. La existencia no le parece inocente y buena, sino brutal y absurda, como esa «masa negra y nudosa» que sobresale de la tierra. Aunque su presencia parece abrumadora y definitiva, no ignora que algún día también se desvanecerá, evidenciando que el ser y la nada apenas se diferencian. Pensé que no importaba demasiado nacer o morir. Solo eran dos pasos irrelevantes en una danza pueril. Olvidé el cielo, olvidé el paisaje del belén familiar y me dejé llevar por una desesperación ciega y autocomplaciente.
Nadie elige sufrir, pero cuando aparece la tristeza, descubres que puede ser adictiva. En la pena, solo estás tú y en ese estado puedes permitirte el lujo de ignorar a los demás y limitarte a observar tu angustia, una planta hipnótica y de una belleza morbosa. Comencé a bajar hacia la Puerta del Sol, sumido en una congoja pegajosa y obstinada. De repente, unas notas de música rompieron mi ensimismamiento. Detrás de un enorme centro comercial que ya había cerrado sus puertas —serían las diez—, una orquesta de cámara interpretaba piezas de música clásica. Había logrado atraerse a un grupo heterogéneo de transeúntes que escuchaban la música con expresión de felicidad. Una señora mayor con el pelo blanco y un elegante vestido lila sonreía con un perrito blanco en brazos. Una pareja de mi edad se abrazaba, con los ojos risueños y el semblante iluminado por una alegría tranquila. Un hombre con aspecto de oficinista extenuado por una larga jornada de trabajo se relajaba con la americana doblada bajo el brazo y la corbata ligeramente desanudada. Cada uno pertenecía a un mundo diferente, pero la música los había reunido, tejiendo un lazo invisible entre ellos. Los músicos eran jóvenes. Saltaban de Bach a Vivaldi, de Mozart a Brahms, siempre seleccionando piezas festivas y coloridas. Movían el arco de los violines, el contrabajo y la viola con un frenesí dionisíaco, como si ejercieran de oficiantes en un rito ancestral que celebrase la vida. Hicieron una pausa y se presentaron como estudiantes del conservatorio. Una cesta de mimbre con algunas monedas invitaba a recompensar su esfuerzo. Aunque yo también era un estudiante con escasos recursos, deposité unas pesetas de la época. Corría el año 83. Mi ofrenda, pues eso era lo que había dejado en la cesta, me pareció insignificante, ya que el tamaño de mi gratitud era inabarcable. La música me había rescatado de unas aguas sucias y arenosas que habían intentado ahogarme. Frente a la «masa negra y nudosa» que había asaltado mis ojos al llegar a la plaza de Callao, había emergido algo etéreo y de infinita luminosidad. La música es una vibración, un temblor en el aire. Algo minúsculo que aparentemente no afecta a la marcha del mundo, pero yo sentía que había sido bendecido con un gran acontecimiento. No podía expresar con conceptos lo que había vivido. No obstante, intuía que había experimentado la conjunción del bien y la belleza, su misteriosa connivencia. Unas notas de Bach habían propagado una inesperada simpatía entre desconocidos. No me atrevería a hablar de fraternidad, pero los rostros que había visto reflejaban ese entendimiento que a veces aproxima a los seres humanos, suspendiendo sus recelos y sus miedos. La monstruosa raíz del castaño que se retorcía en mi interior, luchando por reventar los diques que aún contenían mi desesperación, había retrocedido, mostrándome que la existencia no era una abominación, sino una extraordinaria oportunidad. ¿Acaso unas notas de Bach no eran más representativas que la náusea provocada por la expectativa de la nada? ¿Se borrarían realmente esas notas o ya eran una parte indeleble de la historia del universo? ¿Acaso Einstein no había dicho que el tiempo era una ilusión y que la realidad se parecía a una sinfonía eterna? No sé si pensé todas esas cosas durante aquella noche de junio, pero sí recuerdo con claridad que mi pesar se transformó en serenidad. Seguí caminando y concluí que Jorge Guillén no se había equivocado al escribir:
El mundo está bien
hecho. El instante lo exalta
a marea, de tan alta,
de tan alta, sin vaivén.
Yo acababa de vivir un instante que exaltaba el mundo, elevándolo hasta una cúspide invisible, pero que percibía tan real como el sol que irrumpe en los ojos de los esclavos fugados de la caverna platónica. Descartes había asociado la verdad a una percepción clara y distinta. Algunos han confundido este razonamiento con una apología del saber empírico, pero lo cierto es que Descartes habla más bien de emociones. En sus Meditaciones metafísicas, escribe: «… si yo estoy persuadido de algo, o meramente si pienso algo, es porque yo soy […]. Yo soy, yo existo; eso es cierto, pero ¿cuánto tiempo? Todo el tiempo que estoy pensando: pues quizás ocurriese que, si yo cesara de pensar, cesaría al mismo tiempo de existir». Se suelen despachar las emociones como experiencias subjetivas que carecen del valor de lo concreto, pero lo cierto es que Descartes convierte una emoción en una certeza. Presumir que existimos porque especulamos, aventuramos, dudamos no es un dato contrastable, sino una vivencia que verbalizamos. Vida y verdad son términos solidarios, como advirtió Ortega y Gasset. No es posible averiguar la verdad al margen de la vida y la vida acababa de mostrarme algo que no esperaba: la faz de la esperanza.
Esa noche, cuando volví a casa y la selva enmarañada del sufrimiento había comenzado a envolverme de nuevo, mis ojos se pasearon por las estanterías del pasillo, una especie de herradura de veinte metros colonizada por los libros. Gracias a mi padre, tenía a mi alcance más de diez mil títulos y yo siempre los merodeaba, con la impaciencia del que busca un oasis donde refugiarse, huyendo de las inclemencias del desierto. La tristeza es eso: un vacío donde el horizonte solo esconde más vacío, más desolación. Esa vez el azar —o quizás la providencia— me llevó a la Ética de Spinoza, un libro de apariencia árida, con un método de exposición basado en el rigor geométrico, pero que no cesa de invitar a la alegría. Me senté en el sofá de mi cuarto donde leía habitualmente, una especie de globo aerostático que me permitía viajar a los territorios más lejanos e inaccesibles. El libro tiene la forma de una pequeña caja, pero en realidad se parece más a un bosque, un océano o una montaña. Entre sus páginas, viven los paisajes más asombrosos. Me adentré en la Ética de Spinoza con la misma expectación con que había escuchado a Bach y, tras unos minutos de lectura, me topé con la proposición LXVII de la cuarta parte: «Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida». Spinoza no se conformaba con enunciar una idea. Dado que soñaba con emular a los geómetras, añadía una demostración: «Un hombre libre, esto es, un hombre que vive solo según el dictamen de la razón, no se deja llevar por el miedo a la muerte […] sino que desea el bien directamente […], desea obrar, vivir o conservar su ser poniendo como fundamento la búsqueda de su propia utilidad, y, por ello, en nada piensa menos que en la muerte, sino que su sabiduría es una meditación de la vida. Q. E. D.». Excomulgado por la sinagoga y execrado por su comunidad a causa de sus ideas filosóficas, Spinoza —al que la leyenda atribuye el oficio de pulidor de lentes— no se dejó abatir por la adversidad. Como Sócrates, como Epicuro, como David Hume, como Voltaire, como Ralph Waldo Emerson, conservó la alegría hasta el final. Puedo decir que aquella noche de junio, Bach y Spinoza alejaron de mi mente las ideas que me enemistaban con la vida y pude pensar en la muerte de mi hermano y de mi padre con una serenidad desconocida.
Y es que la filosofía es una de las mejores herramientas inventadas por el ser humano. Nos enseña a administrar nuestra libertad, nos ayuda a conocer quiénes somos, nos ofrece un amplio abanico de alternativas a la hora de establecer metas que dotan de sentido a nuestra existencia, nos salva de los callejones sin salida. Cioran, ferozmente nihilista, hizo apología del suicidio, pero no se suicidó. Prefirió seguir especulando hasta el fin de sus días. En El mito de Sísifo, Albert Camus afirma que la vida es absurda, una tarea inútil y reiterativa, pero señala que darse cuenta de ello ya nos exime de la desesperación, pues pone de manifiesto que no somos una cosa más, sino una criatura inteligente y capaz de rebelarse. La filosofía es una rebelión, una revuelta contra las razones que nos empujan a no indagar, no hacer, no esperar, no ser. Intentaré contar aquí su historia, pero no al modo tradicional, sino escarbando en aspectos de mi vida y realizando incursiones en el terreno de la literatura, el arte, la música y cualquier forma de conocimiento que ayude a justificar o clarificar la vida. La filosofía es un saber poroso, siempre abierto a otros saberes o disciplinas. Quizás el mayor error de Platón fue expulsar a los poetas de la ciudad ideal. Yo, humildemente, volveré a abrirles la puerta y los escucharé con enorme respeto, pues —como sostuvo el propio Platón— el bien y la belleza siempre han mantenido un estrecho parentesco.
Los griegos fueron los inventores de eso que se llama filosofía. ¿Por qué? Porque fueron los inventores, los descubridores de la razón, los que pretendieron que con la razón se puede hallar lo que las cosas son.
MANUEL GARCÍA MORENTE, Fundamentos de filosofía
S iempre he recordado con afecto mis dos décadas en la enseñanza. Algunos de mis antiguos alumnos siguieron mis pasos y ahora son profesores. Otros me escriben de vez en cuando por medio de las redes sociales y me cuentan sus peripecias. Cuando les di clases, tenían entre dieciséis y dieciocho años. Por entonces, las aulas no contaban con pizarras digitales ni ordenadores. Lo más moderno era un viejo televisor de tubo con un reproductor de VHS. No creo que la tecnología me hubiera ayudado mucho. Para mi tarea, una tiza, la palabra y unos cuantos libros eran suficientes. Como no podía ser de otro modo, la primera clase estaba dedicada a Grecia, ese país hoy poco influyente pero que en el pasado sentó las bases de nuestra tradición cultural.
La civilización no empieza en Grecia, pero esa constelación de ciudades que ahora evocamos como una unidad política y que no llegaron a constituir una nación hasta mucho más tarde marca el inicio del pensar racional y sistemático. Los pueblos que vivían en ese territorio que sobresale del extremo sur de los Balcanes y termina en la península del Peloponeso se llamaban a sí mismos «helenos». Para sus vecinos orientales eran «jonios», los hijos de Javán, personaje del Génesis que engendró cuatro hijos a los que se sitúa en el origen de cuatro grandes pueblos del Mediterráneo. Homero los llamó «argivos», «dánaos» y a menudo «aqueos». «Grecia» fue el nombre que utilizaron los romanos para referirse a los pueblos de la Hélade, y el resto de lo que hoy es Europa adoptó esa denominación. Atenas y Esparta fueron las dos ciudades que se repartieron la hegemonía de la Hélade tras enfrentarse en la guerra del Peloponeso. A pesar de sus querellas, los helenos dejaron una impronta indeleble en la historia de la humanidad.
La filosofía no se limita a lo particular. Quiere comprenderlo todo, identificar las causas primeras y las causas últimas, el origen y la finalidad de lo existente. Su meta es conocer el ser en su conjunto, desvelar todos los misterios y atar todos los cabos. Busca la razón última de los fenómenos: el logos. No se conforma con los hechos. Desea ir más allá. Su ambición es gigantesca, titánica, ilimitada. Los mitos no le parecen desdeñables. De hecho, Platón elabora muchos para explicar su pensamiento y los emplea para clarificar sus ideas. En la Antigüedad, el concepto de lo real no excluía lo fantástico o sobrenatural, pero con la filosofía los mitos ya no son simples relatos, sino formas de pensamiento. No se cuestiona la existencia de los dioses, pero se exploran sus motivaciones y se les atribuye un significado. En definitiva, el anhelo de comprender prevalece sobre cualquier otra consideración. Esa es la primera lección de la filosofía y quizás el primer paso hacia la felicidad y el optimismo.
No entender produce frustración e incrementa nuestra angustia. Los animales se aterrorizan cuando no saben interpretar una situación. A nosotros nos sucede lo mismo. Hasta hace poco, los médicos no explicaban sus procedimientos, pero ahora sí lo hacen, pues han descubierto que así sus pacientes se relajan. ¿Quién no ha temblado en el sillón del dentista, especialmente los que conocimos los tornos manuales, impulsados por el pie, que rompían las muelas con la brusquedad de un pequeño martillo? Yo desarrollé un miedo descomunal al dentista cuando me extrajeron una muela infectada y la anestesia no hizo efecto. Además, la pieza se fracturó. Tenía catorce años y juré no volver a pisar una consulta, pero una caries me impidió mantener mi promesa. Ocho o nueve años después, me atendió un odontólogo argentino de abuelos japoneses con apellido de estrella pop: Prince. Aficionado al jazz y la bossa nova, me explicó que disponía de material moderno mientras sonaba de fondo un disco de John Coltrane. Me dejó un espejito para que observara cómo el torno convertía mi caries en polvillo sin causarme apenas molestias. Un poco de anestesia ayudó a que la experiencia no resultara traumática. Mientras duró la intervención, sonaba «My Favorite Things», un tema particularmente delicioso que, en el saxofón de Coltrane, evocaba una apacible tarde de lluvia. Todo acabó muy rápido y, aunque no es agradable sentir que hurgan en tu boca, no lo pasé mal. La experiencia me pareció tan incómoda como subir las bolsas de la compra a un tercer piso. No fue placentero, pero tampoco insufrible. Desde entonces, el dentista dejó de ser una cita indeseable y se convirtió en un apetecible encuentro con un amigo que amaba el jazz y derrochaba humanidad.
Comprender, razonar, incluso negociar —elegí recibir una pequeña dosis de anestesia, si bien no era necesario—, espantó mi miedo. Superé una especie de fobia que me había hecho descuidar mi salud dental. Algún lector quizás pensará que le he hecho perder el tiempo con una anécdota banal, pero yo creo que no es así. Nuestros miedos casi siempre están provocados por no comprender, y no es razonable vivir con miedo. Es posible, claro, y muy habitual, pero se vive mal, humillado y abrumado por lo que nos desborda e intimida.
Para el instinto, solo hay estímulos y respuestas. En cambio, la razón acuña significados, teorías, interpretaciones, sistemas. No es lo mismo pensar que el entorno nos condiciona hasta el punto de anular nuestra autonomía que atribuir a la libertad la capacidad de superar cualquier determinación. Negar la libertad nos puede llevar —en el mejor de los casos— a la resignación estoica, a la impasibilidad, pero jamás nos permitirá ser felices, y yo creo que el ser humano solo logra la plenitud cuando alcanza la dicha. Un hombre infeliz nunca podrá desarrollar todo su potencial. O lo interrumpirá trágicamente, como les sucedió a Van Gogh, Sylvia Plath o Hemingway, que se suicidaron, incapaces de soportar la infelicidad.
Homero: la Ilíada y la pedagogía del coraje
Teme, oh, Aquiles, la cólera divina; piensa en tu propio padre y ten compasión de mí, que soy tanto más lastimoso porque he tenido que hacer acopio de ánimo como nadie lo hizo antes y llevar a mis labios la mano de aquel que mató a mi hijo.
HOMERO, Ilíada
C omo explicaba a mis alumnos, la filosofía no habría surgido sin los poemas homéricos, que no se limitaron a narrar hechos fantásticos o reales —aún se discute sobre la historicidad de Troya—, sino que asumieron una función educativa, elaborando valores y explorando conceptos como la armonía, la proporción, el límite y la medida. Todo lo que sabemos de Homero procede de narraciones legendarias. Se ha dicho que era un hombre ciego que vivía en la isla de Quíos, «la rocosa». Ni siquiera ese dato es fiable. Muchos han conjeturado que su ceguera es un homenaje al mitológico Tiresias, el adivino ciego de la ciudad de Tebas. Todo indica que la Ilíada y la Odisea fueron escritas en realidad por autores distintos y que entre cada poema media un siglo. En realidad, se trata de dos obras que recogen y ordenan un conjunto de relatos que se había transmitido oralmente durante siglos. La Ilíada exalta valores propios de una sociedad jerárquica y militarizada, como la fuerza, el coraje o la destreza con las armas. El hombre virtuoso es fuerte, astuto y, como el resto de sus semejantes, mortal. Tras la muerte, su alma se hunde en el reino de las sombras. Solo se le recordará por sus actos. El ideal del hombre que no quiere ser devorado por el tiempo es Aquiles, el gran héroe de Troya.
En tiempos de la Ilíada, se creía que el muerto se adentraba en el reino de Hades y Perséfone, una región subterránea donde pervivía como una sombra de su vida pasada. El valor de la existencia no se medía por la duración, sino por la excelencia. Es mejor vivir poco y ser recordado por una noble acción que disfrutar de una larga existencia sin acontecimientos dignos de ser celebrados. Los héroes de Troya no se limitan a despreciar la muerte, una actitud que también hallamos en los «bárbaros», sino que intentan hacer algo bello y glorioso. Quizás por eso, Aquiles devolvió a Príamo, rey de Troya, el cadáver de su hijo Héctor, al que había matado para vengar la muerte de Patroclo, su querido amigo, y, en menor medida, para garantizar la victoria de los aqueos. Príamo besó las manos que habían arrebatado la vida a su vástago. Es una de las escenas más conmovedoras de la literatura de todos los tiempos. Aún estaba muy lejos la idea de que la vida humana poseía un valor sagrado, pero los griegos ya situaban al hombre en el centro de su pensamiento, destacando así su importancia.
¿Podemos extraer alguna lección luminosa de la Ilíada, un poema que exalta la guerra? Quizás que vivir con miedo nos hace morir mil veces antes de que llegue nuestra hora. La temeridad es un gesto de irresponsabilidad, pero renunciar a cualquier gesto de valentía para alargar la vida solo nos lleva a un escenario de indignidad, como le sucedió a la Francia de Vichy, que capituló ante Hitler y colaboró con los nazis. En nuestro tiempo, la palabra «heroísmo» se asocia a menudo al ardor bélico, pero el valor no implica necesariamente violencia. Me viene a la mente un ejemplo conmovedor: Sophie Scholl, joven estudiante de Biología y Filosofía, que participó con su hermano Hans en la escasa resistencia organizada contra los nazis desde el interior de Alemania. Sophie solo tenía veintidós años cuando fue ejecutada en la guillotina, y los testimonios indican que afrontó la muerte con entereza. Fue detenida el 18 de febrero de 1943 en la Universidad de Múnich, mientras lanzaba octavillas en las que se pedía el fin de la guerra y los asesinatos en masa. Los hermanos Scholl y otros miembros de su grupo de resistencia, llamado la Rosa Blanca, no liberaron Auschwitz ni acabaron con el nazismo. Sin embargo, nos dejaron un admirable testimonio de la dignidad del espíritu humano. El coraje de los héroes de la Ilíada no obedece a ideales humanitarios, pero nos muestra que el valor menoscaba el poder de la muerte. Los gestos admirables continúan vibrando en la posteridad, desafiando al olvido. Son un eco persistente capaz de atravesar los siglos, como ha sucedido con las peripecias de Aquiles, Héctor o Áyax. Sophie Scholl es un símbolo de valor, como antes lo fue Aquiles. Hizo algo realmente hermoso y demostró que los griegos no se equivocaban al atribuir al ser humano una excelencia singular.
La Odisea : todo el mundo necesita un hogar
Yo soy Ulises, ya estoy aquí. He sufrido mucho, pero, por fin, pasados veinte años, he vuelto a mi patria.
HOMERO, Odisea
La Odisea recrea un mundo más moderno. No es un poema épico, sino una novela protagonizada por la nobleza rural, con valores «burgueses» como la cortesía y el decoro. La virtud sigue asociada al valor en el campo de batalla, pero además se ensalzan otras cualidades, como administrar bien la hacienda, respetar la tradición, cultivar el ingenio, hallar la palabra adecuada y educar el espíritu. Ulises es valiente, pero también astuto. Las mujeres ya no son el simple descanso del guerrero, como Helena o Briseida. Penélope destaca por su prudencia e inteligencia. Su estricta moralidad y su buen gobierno de la casa familiar mantienen a raya a los pretendientes que intentan usurpar el lugar de Ulises. Al igual que en las novelas de caballerías, la mujer es tratada con escrupulosa gentileza y honrada por su papel de madre, esposa y transmisora de la costumbre y la tradición. El episodio de las sirenas muestra la vulnerabilidad del ser humano, siempre tentado por pasiones ciegas e incontrolables. Ulises hace que sus hombres se tapen los oídos con cera para no oír su canto, pero él no quiere perderse la oportunidad de conocerlo y pide que lo aten al mástil. Así podrá escucharlo y no sucumbir a su letal hechizo, como les sucedía a todos los que cometían la imprudencia de exponerse a sus voces. La seducción, si no está acompañada de un propósito ético, es una trampa letal. Enajena nuestra libertad y nos convierte en siervos de impulsos irracionales.
Para la sabiduría oriental, la mejor forma de evitar el dolor infligido por las pasiones es cultivar el ascetismo, la abolición del deseo, la renuncia. En cambio, Ulises prefiere afrontar el peligro, experimentar su encanto fatal y superarlo heroicamente. Es un ideal práctico que implica la educación de la voluntad frente a una estrategia basada en una retirada preventiva. No es racional huir del mundo. Si no aprendes a enfrentarte a él, tarde o temprano te alcanzará y te impondrá sus condiciones. No es posible negociar con algo que te supera y ante lo que te sientes insignificante.
En los tiempos homéricos, la ética era muy distinta de la nuestra. No se combatía por amor a la patria, sino por el honor asociado al propio nombre. Aquiles defiende su reputación en el campo de batalla peleando con coraje, pero cuando Agamenón le arrebata a su esclava Briseida, deja las armas. Su honor ya no le obliga a luchar, sino a exigir el fin de la afrenta, lo cual justifica que se marche a su tienda y se desentienda de sus compañeros, a los que deja en situación de desventaja, pues es el guerrero más mortífero del contingente aqueo. De hecho, los troyanos contraatacan y llegan a incendiar una nave.
Para los contemporáneos de Homero, el robo, la rapiña y el secuestro eran procedimientos legítimos en la guerra contra otros pueblos. En el ámbito doméstico, el homicidio era un asunto privado. La familia podía vengarse, pero si carecía de recursos para hacerlo, el crimen quedaba impune. No había leyes ni instituciones que velaran por los derechos individuales. Tampoco existía el amor romántico, pero se admitían la homosexualidad y la bisexualidad. Eso sí, la pasión erótica podía cegar a un héroe y hacer que se comportara de forma indigna. No se trataba de una cuestión moral, pues no se apreciaba nada nefando en el sexo. Lo deplorable era perder la soberanía sobre uno mismo, permitir que la búsqueda del placer ofuscara la capacidad de controlar los propios actos. Quizás ese es el significado del mito de las sirenas en la Odisea. Podemos encontrar una lección semejante en películas clásicas de lo que se ha llamado cine negro o film noir.
Forajidos (The Killers, 1946), de Robert Siodmak, basada en un relato de Hemingway, narra la historia de Ole Anderson, el Sueco (Burt Lancaster), un antiguo boxeador —un guerrero, como Aquiles, como Ulises— que se enamora de Kitty Collins, una buscavidas interpretada por una primeriza Ava Gardner, tan peligrosa como las sirenas y, según John Huston, una mujer de «una belleza áspera, primaria, elemental». En su primera aparición, Ava Gardner se encuentra de espaldas, sentada frente a un piano y con un traje de noche que se ciñe a su cuerpo como una segunda piel. Sabe que el Sueco es boxeador, pero reconoce que no le gusta un deporte basado en la violencia. «No soportaría ver cómo pegan a un hombre que aprecio», afirma con un candor poco convincente. Se aleja un momento (Siodmak busca un pretexto para mostrarnos un plano completo de un cuerpo que no admite ninguna objeción) y regresa al instante con una copa y un cigarrillo, apoyándose sensualmente en el piano para iniciar una canción con una voz susurrante que hechiza al Sueco. Es el equivalente del canto de las sirenas, pero Burt Lancaster no adopta ninguna precaución. De hecho, no escucha las advertencias que le incitan a la prudencia. Solo tiene ojos para Kitty, que se ondula como un gato y lo aturde con la mirada. Siodmak acentúa la belleza de Ava Gardner en cada plano, escogiendo encuadres que muestran todo su poder de seducción. Tendida en una cama, con el pelo suelto, un jersey ajustado y una revista entre las manos, su encanto resulta irresistible. Siodmak recurre a los contrapicados para subrayar la corpulencia del Sueco, pero también para evidenciar su fragilidad frente a las artimañas de Kitty, que juega con él fingiendo dulzura, pasión o inocencia. Forajidos, saturada de pesimismo y violencia, es una película sobre las pasiones insensatas, la ambición y el fracaso. Si Ulises no hubiera adoptado la precaución de atarse al mástil, habría acabado como el Sueco, que muere violentamente.
La Odisea nos enseña muchas cosas que nos permiten mirar la vida con optimismo. Primera lección: el ingenio humano es inagotable y siempre puede encontrar un camino para sortear una trampa o una encrucijada. Ulises lucha con los citones, los lotófagos, los cíclopes y los lestrigones, y siempre sale vencedor. Sobrevive a tempestades, naufragios y monstruos marinos (las terroríficas Escila y Caribdis). Incluso desciende al Hades. Segunda lección: no hay que dejarse desbordar por las pasiones. Seguramente, el canto de las sirenas era bellísimo, pero contenía la semilla de la destrucción. Donde escribo «sirenas» se podrían escribir los nombres de todo lo que complace a los sentidos —o a nuestro orgullo— y que, sin embargo, puede destruirnos. Como se leía en el frontón del templo de Apolo en Delfos, «nada en exceso». El vino es un excelente estímulo: complace al paladar e inhibe nuestros miedos y timideces. Pero si nos embriagamos más allá de lo razonable, podemos llegar a hacer cosas vergonzosas. La sobriedad, la templanza, no son imposiciones que mutilan nuestra libertad formulando prohibiciones absurdas o antinaturales, sino virtudes que protegen nuestra libertad. Tercera lección: todo el mundo necesita un hogar, raíces, familia. Ulises no encuentra la felicidad hasta que regresa a Ítaca. Todos necesitamos una Ítaca que nos proteja de las inclemencias y el desarraigo, un paisaje donde nuestros ojos hallen la seguridad que nos proporciona la pertenencia a algo sólido y hermoso.
Las nuevas generaciones ya no se educan leyendo a Homero, pero eso no significa que la Ilíada y la Odisea solo sean clásicos reservados a los eruditos. En sus páginas aún podemos hallar grandes enseñanzas. El amor a la vida no es algo espontáneo. Si lo fuera, se parecería a la necedad. Es la última estación de un largo aprendizaje y en ese viaje hay que hacer una escala en Homero, cuyos poemas nos proporcionan valiosas armas para no sucumbir al peor enemigo de nuestra especie: el pesimismo. Yo hice un largo viaje por aguas tan peligrosas como las que surcó Ulises —me refiero a la depresión—, pero al cabo de los años retorné a Ítaca, es decir, a la salud. No hay que temer a los cíclopes. Siempre hay una forma de engañarlos y dejarlos atrás.
Hesíodo: una oda al trabajo
No es el trabajo lo que envilece, sino la ociosidad.
HESÍODO, Los trabajos y los días
Solía leer en clase fragmentos de la Ilíada y la Odisea, y obtenía buenos resultados. Los jóvenes responden bien cuando les hablas de escaramuzas sangrientas y aventuras exóticas. En cambio, necesitaba esforzarme mucho para que se interesaran por Hesíodo. Les decía que sabemos pocas cosas de su vida, pero que disponemos de suficientes datos para atribuirle un periplo biográfico, algo que no podemos hacer con Homero, sumido en la leyenda. Hesíodo nació en torno al siglo VIII a. C. en Ascra, un humilde pueblo de Beocia, y se dedicó a la agricultura y el pastoreo, como su padre, oriundo de Cumas, una ciudad de la costa occidental de Anatolia. Su vocación poética nació —según nos cuenta en el prefacio de su Teogonía— cuando las Musas se le aparecieron mientras cuidaba su rebaño en el monte Helicón y le entregaron el báculo de rapsoda. La leyenda sostiene que se enfrentó a Homero en un certamen poético. Se cuenta que los jueces le concedieron la victoria, pues cantó a favor de la paz, no como su rival, que celebró la guerra.
Desde el siglo VI a. C., los griegos leyeron con veneración las obras de Hesíodo, al que debemos el primer relato ordenado y clarificado de la vieja mitología transmitida hasta entonces de forma oral. Sus obras más importantes son la Teogonía, una de las cosmogonías más antiguas y la primera genealogía sistematizada de los dioses griegos, y Los trabajos y los días, una oda al trabajo. Hesíodo afirma que el heroísmo no se manifiesta solo en el campo de batalla. Luchar contra la tierra también es algo épico. En un país ocupado por cadenas montañosas, con valles estrechos y sin apenas grandes llanuras de tierra fértil y cultivable, utilizar el arado es tan admirable como blandir la espada y el escudo.
Hesíodo no se hace muchas ilusiones sobre el porvenir del género humano. Descree de la vida después de la muerte. A semejanza de otras civilizaciones, los pueblos de la Hélade presuponían que el mundo surgió del caos, de lo oscuro e indiferenciado. La irrupción de la vida trajo el equilibrio, la armonía, la plenitud. ¿Por qué existe entonces la muerte, que mantiene un estrecho parentesco con el caos y representa un regreso a lo indiferenciado? ¿Por qué la muerte contamina el reino de la vida, abocando al hombre a un imparable progreso hacia el no ser? Según Hesíodo, hubo una raza de oro que no sufría penalidades ni fatigas. Vivía una eterna primavera y, cuando acontecía la muerte, los individuos se transformaban en espíritus benignos y protectores. A la raza de oro sucedió la de plata y, más tarde, la de bronce, la de los héroes y la de hierro. Cada una representa una caída. El ser humano se degrada y su existencia se vuelve frágil y efímera. Hesíodo no dejaba un resquicio a la esperanza. Pensaba que a la raza de hierro solo le cabía esperar la desintegración después de la muerte y especulaba con que Zeus tal vez acabaría con nuestra especie en ese último período de oscuridad. Al reelaborar el mito, Ovidio transformó las razas en edades.
Si algo caracteriza a Hesíodo es su alta estima por el trabajo. No niega que puede resultar árido y extenuante, pero lo cree necesario. El trabajo ayuda a vertebrar la vida social y confiere legitimidad al individuo. Es el precio que se paga para ganarse el derecho a tener sobre la mesa pan, vino, queso, higos, membrillo o aceitunas. Hesíodo habría suscrito las palabras de san Pablo en la Segunda Carta a los Tesalonicenses: «Si alguno no quiere trabajar, que no coma» (3:10). Hesíodo también le habría dado la razón a Primo Levi, el famoso químico italiano que sobrevivió a Auschwitz y que reflejó su trágica experiencia en Si esto es un hombre, una de las obras esenciales del siglo XX. En La llave estrella, una novela sobre un montador de grúas que viaja por los distintos continentes con un espíritu alegre y meticuloso, siempre hambriento de desafíos, Levi sostenía que «el amor al propio trabajo (que, por desgracia, es privilegio de pocos) constituye la mejor aproximación concreta a la felicidad en la tierra». No hay nada comparable al trabajo bien hecho. La satisfacción que se experimenta se parece al primer amor. Para Levi, el trabajo nos hace libres. Si tenemos en cuenta que ese era el lema emplazado a la entrada de distintos campos de concentración, podríamos escandalizarnos, pero el que habla es un superviviente de ese infierno, no uno de sus arquitectos. Evidentemente, Levi no se refiere al trabajo esclavo, sino al vocacional, al que nace del amor a un oficio. En distintas entrevistas, manifestó que sus dos actividades (la química y la escritura) le habían proporcionado algunos de los mejores momentos de su vida. Yo podría decir lo mismo de la escritura y la lectura.
Pasé diez años hundido en una depresión que casi acaba conmigo, pero logré salir de ese lodo pegajoso y obstinado. Me adelanto a los que tal vez tuerzan el gesto, objetando que las incursiones autobiográficas son gratuitas e innecesarias. Les recuerdo que Hesíodo no excluyó su vida privada de sus libros. En Los trabajos y los días, habla de sus conflictos con su hermano Perses. Werner Jaeger justifica esta forma de proceder, alegando que «eleva un suceso real de su vida, que carece por sí mismo de importancia, al noble rango y la dignidad de una verdadera epopeya». No es que yo piense que mi vida es una epopeya, pero sí creo que casi todas las vivencias pueden suscitar reflexiones valiosas y de interés general. Desgraciadamente, la depresión es algo cada vez más común. Es la pandemia que no cesa. Según algunas estadísticas, salpica al quince por ciento de la población. Otras sitúan su incidencia en un veinticinco. Yo sufrí el zarpazo de la depresión a los cuarenta años. Se acumularon una serie de desgracias que desbordaron mi tolerancia al sufrimiento. Al principio, experimenté estupor. No sabía cómo reaccionar, pero no me resignaba a vivir así. Pasé por la consulta de varios psiquiatras y lo intenté con la terapia de grupo e individual. Algunos de los especialistas que visité parecían estar peor que sus pacientes. Los antidepresivos, lejos de ayudarme, empeoraron mi estado. Quiero aclarar que no sufría tan solo un ataque de melancolía. Había perdido realmente el deseo de vivir y fantaseaba con la muerte. Sufría un insomnio pertinaz y empecé a romper los puentes que me unían con los demás, buscando un aislamiento que me pusiera a salvo de cualquier conflicto. Por entonces, ya colaboraba con la prensa cultural, pero apenas había escrito un centenar de artículos, a veces breves reseñas condenadas a un olvido inmediato y quizás merecido. Aproveché que me encontraba de baja para incrementar mi producción. Logré que varias revistas aceptaran mis colaboraciones y abrí un blog. Al principio, me costó tanto como ascender por una pared helada, pero poco a poco logré recuperar el equilibrio. La pluma —bueno, el teclado del ordenador— se reveló tan fructífera como el arado de Hesíodo, pues extrajo de mi interior esos frutos que permanecían escondidos, esperando la oportunidad de madurar. Verdaderamente, el trabajo es el camino de la felicidad. Y, en algunos casos, el de la salud.
En la Teogonía, Hesíodo explica el origen del sufrimiento humano con el mito de Prometeo. Prometeo, hijo del titán Jápeto, despertó la ira de Zeus cuando le robó el fuego para entregárselo a los hombres. Zeus se vengó creando a Pandora, la primera mujer, que destapó una jarra o ánfora donde se hallaban todos los males: el trabajo, la enfermedad, la muerte. El árbol de la ciencia del Génesis es un mito similar, también con una mujer desempeñando un papel fatal. Su fruta, al igual que el fuego, representa la sabiduría, el conocimiento. Desde el albor de la civilización, la humanidad ha manifestado temor al hecho de conocer, quizás porque esa inteligencia que nos separa de otras especies también nos revela nuestra fragilidad. Muchos filósofos se han hecho eco de esa idea. Cioran fantaseaba con ser una piedra o un vegetal. Por el contrario, el neurólogo y ensayista Oliver Sacks se despidió de la vida celebrando haber sido un animal pensante. En una emotiva carta publicada el 9 de febrero de 2015 en The New York Times, escribió: «Mi generación se está marchando, y en cada muerte he sentido como un desprendimiento de placenta, una extirpación de una parte de mí mismo. No habrá nadie como nosotros cuando nos hayamos ido, pero tampoco habrá nadie como cualquier otra persona, nunca. Cuando las personas mueren, no pueden ser reemplazadas. Dejan agujeros que no se pueden llenar […]. No fingiré que no tengo miedo. Pero mi sensación predominante es de gratitud. He amado y he sido amado; se me ha dado mucho y he dado algo a cambio; he leído y viajado y pensado y escrito. He tenido una relación sexual con el mundo, el coito especial de escritores y lectores. Por encima de todo, he sido un ser consciente, un animal pensante en este hermoso planeta, y ha sido un enorme privilegio y una gran aventura».
Hesíodo es más pesimista que Sacks, pero nos deja otras lecciones. Nos recuerda que vivir bajo el imperio de la ley es un privilegio, que no debe prevalecer el derecho del más fuerte (pues entre los seres humanos no hay halcones y ruiseñores, sino iguales), que el éxito requiere sudor y esfuerzo, que solo el trabajo legitima la propiedad, que siempre hay que permanecer abierto a las enseñanzas ajenas, que los dioses aborrecen a los zánganos. Pese a su pesimismo, un poco apocalíptico, no desemboca en la apatía. Sus libros nos señalan un camino muy valioso para imprimir un sentido a nuestra vida: el trabajo. Y, en su caso, no se trata de un trabajo intelectual, sino de la dura labor del campo.
Arquíloco y la gestación de la polis
Corazón, corazón de irremediables penas agitado,
¡álzate! Rechaza a los enemigos oponiéndoles
el pecho, y en las emboscadas traidoras sostente
con firmeza. Y ni, al vencer, demasiado te ufanes,
ni, vencido, te desplomes a sollozar en casa.
En las alegrías alégrate y en los pesares gime
sin excesos. Advierte el vaivén del destino humano.
ARQUÍLOCO DE PAROS
La filosofía no habría surgido sin un clima de relativa libertad. No despuntó en Asia, donde la sociedad vivía sometida a un intolerante poder político y religioso que exigía obediencia incondicional. Tampoco en Esparta, donde los núcleos de población funcionaban como campamentos militares y se educaba a los hombres libres para que renunciasen a sus metas individuales y reservaran todas sus fuerzas para servir al Estado. La filosofía no se levantó y comenzó a caminar hasta que se produjeron una serie de cambios económicos y sociales entre los siglos VII y V a. C. No sucedieron en la metrópoli, sino en las colonias de Asia Menor y, un poco después, en la Italia meridional: Mileto, Samos, Éfeso, Elea. El desarrollo del comercio y la industria artesanal convirtió estos enclaves, hasta entonces sostenidos por la agricultura, en lugares prósperos y dinámicos. La circulación de mercancías, que exigía ingenio y capacidad de persuasión para lograr ventas e intercambios, propició el florecimiento de las ideas. La denostada economía de mercado se reveló desde sus inicios como una fuente de riqueza material e intelectual. Los comerciantes y artesanos presionaron para que la nobleza terrateniente renunciara al autoritarismo y se establecieran nuevas formas de gobierno basadas en la isonomía (igualdad jurídica) y la isegoría (libertad de expresión y participación en las asambleas). Más tarde, esos cambios se trasladarían a Atenas. Solón, poeta, legislador y estadista ateniense, aplicó una serie de reformas que mejoraron la situación de la clase media y aliviaron las cargas de los más humildes. Entre otras cosas, abolió la esclavitud por deudas o la posibilidad de que un hombre vendiera a su mujer y sus hijos. Se considera a Solón uno de los siete sabios de Grecia, pues sus reformas crearon un nuevo concepto de polis.
En Grecia, la democracia y la filosofía caminaron de la mano. No siempre fue un idilio fácil, pero en general la relación fue cordial y fecunda. La virtud o areté de la epopeya se reemplazó por la virtud ciudadana. La polis ya no se considerará un simple núcleo de convivencia, sino el único espacio donde es posible llevar una vida verdaderamente humana. El nombre propio se asociará a ella para dejar claro que el linaje no incluye solo a los ascendientes biológicos, sino también a la comunidad o familia social. La idea de comunidad prevalecerá sobre la preocupación por la fama individual. La fama ya no dependerá del coraje, sino del servicio prestado a la polis, que podrá consistir en escribir un poema, elaborar una ley o alumbrar una idea. En ese contexto surgen poetas como Arquíloco y Safo, que ironizan sobre los valores bélicos y exaltan el placer.
Arquíloco diluye lo heroico en el caldero del humor. Sabemos poco de su vida y solo conservamos fragmentos de sus obras. Nacido en Paros, contribuyó a la difusión del culto a Dionisos en la isla. A pesar de escarnecer a sus enemigos mediante poemas satíricos, empujándolos en algunos casos al suicidio, aconsejaba no prestar atención a los comentarios maledicentes, pues la vida es breve y no hay que desperdiciarla afligiéndose con chismes. Quizás es una de las lecciones más valiosas para mantener la llama del optimismo. La democratización de la sociedad griega —muy limitada si la comparamos con los estándares actuales— acarreó la irrupción de las «masas» en la vida pública, y con ellas surgieron las calumnias, los rumores, las envidias. El juicio sobre los actos no dependía ya de una minoría de espíritus nobles, sino de la crítica pública, que fue despiadada desde el primer instante. Pensamos que las redes sociales han fomentado el odio y la discordia, pero el fenómeno empezó dos mil setecientos años atrás.
Arquíloco aconseja no alardear de los éxitos ni hundirse ante los fracasos. Hay que saber disfrutar de las cosas buenas y no rendirse ante la fatalidad. Solo el hombre que conoce sus límites podrá vivir satisfactoriamente. El poeta fue cruel con sus adversarios, ridiculizándolos sin piedad, pero su poesía proporcionó al ciudadano —una figura inexistente en tiempos de Homero— un nuevo lenguaje capaz de expresar sus anhelos. La polis es una buena noticia, un argumento a favor del optimismo, pues su aparición significa que el hombre ha logrado trascender el estrecho horizonte del clan para agruparse en espacios donde se exalta —hasta cierto punto— la libertad y se tolera —relativamente— la diversidad.
Safo, la décima musa
Deseo morir, sinceramente.
Ella me ha abandonado derramando
un arroyo de lágrimas. Y me dijo:
«¡Ay de mí! ¡Cuán terribles penas nos asolan!
Safo, con el alma lo digo, te abandono muy a mi pesar».
Y yo le respondí:
«Parte contenta y acuérdate de mí
pues sabes cómo te he mimado […] y no olvides
cuánto de bueno y de bello hemos pasado juntas».
SAFO DE MITILENE
Safo, a la que Platón llamó la décima musa, elaboró una poesía hedonista y sensual. A pesar de su fama, solo disponemos de fragmentos de su obra, pues el papa Gregorio VII ordenó destruir todos los manuscritos que aún se conservaban en el siglo XI, alegando que eran inmorales. No conocemos mucho sobre su vida. Al parecer, nació en Mitilene, una ciudad de la isla de Lesbos, y murió en la isla de Léucade arrojándose al mar desde una roca por un fracaso amoroso. Su suicidio es quizás una leyenda. También está envuelta en el misterio su escuela, la Casa de las Servidoras de las Musas. Algunos sostienen que era un espacio dedicado al culto a Afrodita, donde las jóvenes nobles aprendían a recitar poesía, cantar y elaborar adornos florales. Otros afirman que era una casa de libertinaje y que Safo seducía a sus alumnas. De ahí que el nombre de la isla se utilizara posteriormente para designar el amor entre mujeres.
El «Himno a Afrodita» de Safo expresa una nueva forma de concebir la relación con los dioses. Ya no se trata de simple adoración o súplica, sino de un diálogo con un Tú invisible donde los afectos fluyen libremente, sin las inhibiciones impuestas por la presencia de otros seres humanos. Con Safo, la plegaria se convierte en un riguroso ejercicio de introspección que desemboca en lo íntimo y confesional. La subjetividad se exacerba y lo femenino se libera por primera vez de la tutela masculina. La mujer exige ingresar en el círculo de la poesía, pero no como un complemento del varón, sino como un ser autónomo y con personalidad propia. El eros no desempeña en la Casa de las Servidoras de las Musas una función meramente física. La pasión está al servicio de un ideal, no es simple concupiscencia. Puede interpretarse como un impulso hacia el bien y la belleza. Probablemente, Safo ejercía una labor educativa, una paideia orientada a conciliar lo espiritual y lo sensual. El eros de Safo no es el eros platónico. No incluye una metafísica, pero sí la pretensión de explorar las profundidades del alma, donde anidan los sentimientos más delicados. En una época en la que el matrimonio no se asociaba al amor, sino a la continuidad del linaje y el mantenimiento del hogar (oikos), los poemas eróticos de Safo crean un espacio similar al que luego aparecerá en el Banquete, el famoso diálogo de Platón. Un ámbito donde el amor es sinónimo de belleza y conocimiento.
El amor entre las mujeres del que habla Safo está abocado al dolor y la melancolía, pues nada contra la corriente. En su tiempo, aún había muchos que identificaban lo bello con un pelotón de guerreros o una escuadra de navíos. En cambio, Safo opinaba que lo más hermoso era el ser amado. Esa sensación de incomprensión que acompaña a su poesía pone de manifiesto una transformación radical en la civilización griega. Comienza a emerger el individuo. El ser humano ya no se considera el apéndice de un todo, sino una totalidad en sí misma, alguien capaz de elaborar un proyecto personal y llevarlo adelante, incluso cuando su propósito despierte rechazo. Safo se rebeló contra el destino que condenaba a las mujeres a vivir una existencia anónima y sumisa, casi impersonal. No quiso ser la servidora de un hombre, sino del Amor y la poesía, un ideal que presuponía independencia y libertad.
Dionisos: el arco y la lira
Las orgías dionisíacas de los griegos tienen el significado de festividades de redención del mundo y de días de transfiguración. Solo en ellas alcanza la naturaleza su júbilo artístico.
FRIEDRICH NIETZSCHE, El nacimiento de la tragedia
El miedo a la muerte es tan antiguo como los primeros destellos de conciencia. Todas las civilizaciones lo han combatido mediante ritos y creencias. Los egipcios momificaban a los muertos y los enterraban con sus viandas, armas, joyas o incluso carromatos para garantizar una cómoda vida de ultratumba. Los griegos no momificaban a sus muertos, pero en algunos casos creían que se alojaban en grutas o permanecían vivos en sus sepulcros, brindando su protección a territorios y ciudades. Lo esencial era preservar el hilo de la vida, no malograr la tibia esperanza de una cierta victoria sobre la muerte. Los misterios de Eleusis, una ciudad agrícola situada a unos treinta kilómetros al noroeste de Atenas, auguraban a sus participantes una vida inmortal y dichosa. Inicialmente reservados a las familias nobles, acabaron admitiendo a todos los helenos salvo a los que hubieran cometido delitos de sangre. Se especula que en sus ritos anuales en honor de las diosas Deméter y Perséfone participaron Sócrates, Platón, Sófocles y otras grandes figuras. Quizás ahí se gestó la creencia en la inmortalidad que Platón expone en el Fedón y otros diálogos. Nunca lo sabremos, pero sí podemos asegurar que en la Antigüedad el ser humano percibía su finitud con la misma angustia que nosotros.
Hasta la aparición del culto a Dionisos, la inmortalidad era una característica de los dioses, que a veces —magnánima y arbitrariamente— compartían con los humanos. El culto a Dionisos, un dios que nunca aparece en los poemas homéricos, surgió en Tracia, una región situada en la península de los Balcanes, al norte del mar Egeo. Se trataba, por tanto, de una divinidad extranjera. Los tracios le rendían culto mediante ritos orgiásticos. Acompañados por el sonido de cuernos de bronce, flautas y panderos, danzaban entonando cantos estridentes hasta que el agotamiento provocaba desfallecimientos y estados de enajenación. Finalmente, despedazaban a varios animales, comían su carne cruda y consumían bebidas embriagantes y sustancias alucinógenas. El objetivo último era alcanzar un éxtasis que permitiera entrar en contacto con los dioses. A los griegos de la época de Homero, estos ritos les parecían bárbaros y extraños, pero el culto a Dionisos acabó extendiéndose por la Hélade, tal vez porque sostenía que el alma era inmortal y la muerte, hermosa, ya que representaba la liberación del cuerpo, cárcel del alma. Heródoto cuenta que algunas tribus tracias lamentaban los nacimientos y celebraban las defunciones, pues nacer significaba quedar atrapado en la carne, imperfecta e impura, y morir, transitar hacia una vida nueva y perfecta.
Humanizado y helenizado, el antiguo Dionisos de los tracios se convirtió para los griegos en el protector de las cosechas y en la encarnación de la plenitud de la vida. Su culto se transformó en una exaltación de la alegría de vivir, y los coros que acompañaban a las fiestas que lo honraban inspiraron el nacimiento de la tragedia. Nietzsche emparejó a Dionisos con Apolo, dios de la belleza, la proporción, el equilibrio, la razón y la armonía, elaborando una interpretación de la cultura griega altamente especulativa, donde el culto a ambas deidades sintetizaba una actitud vital que celebraba trágicamente la existencia, sin la necesidad de trasmundos que minimizan el valor de lo terrenal. Según Nietzsche, esa filosofía se malogró con Sócrates, cuyo desprecio del cuerpo y la finitud preparó el terreno al cristianismo, una religión que consideraba fruto del resentimiento y del odio a la vida.
El culto a Dionisos ha sobrevivido bajo otras formas. ¿Acaso no seguimos organizando fiestas donde se bebe y se baila, buscando un pequeño éxtasis que nos fusione con la vida hasta el extremo de suspender temporalmente nuestra escisión con el mundo? Se acusó a Nietzsche de deformar la cultura griega para exponer sus pensamientos, pero lo cierto es que su interpretación puso el dedo en la llaga y señaló uno de los grandes temas de la filosofía: el conflicto entre el materialismo y, si podemos llamarlo de ese modo, el espiritualismo. O dicho de otro modo: la pugna entre los que piensan que no hay nada más allá de la materia y los que creen en una dimensión espiritual a la que no le afecta el tiempo y el espacio. El espiritualismo adquiere nuevos argumentos con el orfismo, una especie de herejía religiosa que cuestionaba las tradiciones de la polis griega. El orfismo asimila algunas de las creencias de los tracios, sistematizándolas y asociándolas a una cosmogonía. El ser humano está compuesto de cuerpo y alma. El cuerpo muere y se corrompe, pero el alma es indestructible y se reencarna una y otra vez (metempsicosis) hasta lograr la purificación definitiva y regresar al ámbito de lo divino. También es posible el trayecto inverso: una degradación progresiva. Esta visión se justifica con un mito que explica el sufrimiento humano como la consecuencia de una remota falta o pecado. Los antiguos titanes atrajeron al pequeño Dionisos, hijo de Zeus y Perséfone, con una serie de objetos sumamente tentadores —una peonza, un rombo, muñecas articuladas, tabas, un espejo— y lo mataron. Después, lo descuartizaron, asaron sus restos y los devoraron. Zeus castigó su crimen fulminándolos con un rayo. De las cenizas de los Titanes surgió el ser humano, con un componente titánico y otro dionisíaco. Dado que nuestra especie hereda una culpa, deberá purificarse, evitando derramar la sangre de hombres y animales. Solo así podrá liberarse de su parte titánica —el cuerpo— y permitir que su parte dionisíaca —el alma— retorne a su origen divino.
… cada trayectoria se compone también de nuestras pérdidas y nuestros desperdicios, de nuestras omisiones y deseos incumplidos […], quizás estamos hechos en igual medida de lo que fue y de lo que pudo ser.
JAVIER MARÍAS, Mañana en la batalla piensa en mí
J avier Marías no habría participado en los misterios de Eleusis, pues no creía en la inmortalidad del alma y, aparentemente, no le interesaba demasiado. Asumía que su destino, como el del resto de los humanos, era caer en el olvido. No se rebelaba contra esa perspectiva. Prefería aceptarla estoicamente.
No puedo alardear de haber sido amigo de Javier Marías. Solo hablé con él por teléfono en tres ocasiones —una de esas conversaciones fue una larga entrevista—. Además, intercambiamos cuatro cartas. Yo le enviaba mensajes mediante el correo electrónico y Mercedes, su secretaria y amiga, los imprimía para que los leyera. Marías, con esa elegancia que le caracterizaba, me respondía con breves cartas de su puño y letra. Mercedes las escaneaba y me las remitía en formato PDF. Marías sugirió quedar cerca de su casa en la plaza de la Villa, y yo fantaseaba con ese encuentro no sin cierto temor, pues soy algo tímido, un rasgo que se acentúa en la presencia de las personas a las que admiro. Me consolaba pensar que Marías también lo era un poco o, al menos, eso había creído yo advertir en nuestras conversaciones. Quizás era una impresión falsa, pero yo intentaba convencerme de que era así. Los tímidos suelen entenderse bien, pues comprenden sin esfuerzo las inseguridades ajenas y contemplan con indulgencia esas torpezas que otros reprueban con una mirada de horror.
Marías siempre postergaba la cita alegando que no se encontraba bien. Nunca sospeché que le sucedía algo grave. Por eso la noticia de su muerte me provocó una conmoción. Solo tenía setenta años, pero sus pulmones llevaban un tiempo causándole graves problemas, quizás por su afición desmedida al tabaco. Nuestro encuentro ya no se producirá, y esa certeza me parece tan hiriente como una cuchillada. Siempre he experimentado la sensación de llegar tarde a todo, y una vez más se ha cumplido ese temor. Ya no compartiré un café con Marías, ni pasearemos por la calle Mayor o la plaza de Oriente. Ya no tendré la oportunidad de escucharle divagando sobre Benet, Faulkner o Conrad. Ya no podré disfrutar de esa suave ironía que salpicaba sus conversaciones, tan alejada de la solemnidad de otros escritores que se toman a sí mismos demasiado en serio. Marías era uno de esos caballeros de otra época que atienden a todo el mundo con la misma deferencia, sin dejarse impresionar por la fama o el dinero. Me recordaba mucho a su padre, don Julián Marías, un gran filósofo al que España maltrató miserablemente, escatimándole el Premio Nacional de Ensayo y vetando su acceso a las aulas universitarias como catedrático.
Javier Marías decía que la posteridad no existe, que es un concepto del pasado y que su obra, como la de casi todos los autores, salvo grandes clásicos como Shakespeare, Dante o Cervantes, caería en el olvido. Escéptico en materia religiosa, no creía en la inmortalidad del alma. Yo no sé si se seguirá leyendo a Javier Marías dentro de un siglo. Me atrevo a aventurar que sí, pero en cualquier caso tengo muy claro que la muerte deja un vacío irreversible, especialmente cuando se trata de escritores y artistas que han ampliado el mundo con sus creaciones, obras que se superponen a la realidad e incrementan el espesor de la vida. Quizás sea un ingenuo, pero yo no descarto la posibilidad de la vida eterna. Durante siglos, esa esperanza ha acompañado al ser humano. ¿Podemos asegurar que hay más clarividencia en nuestro escepticismo que en Platón, san Agustín o Kant, firmes defensores de la inmortalidad?
Julián Marías sí creía en la inmortalidad. En La perspectiva cristiana, un breve ensayo, afirma que la inmortalidad «está más allá de la razón, pero no contra ella». La inagotable diversidad de la existencia le parecía la prueba inequívoca de su trascendencia. Y un indicio de cómo sería la eternidad. La plenitud no puede consistir en suprimir toda esa riqueza. La eternidad no debe ser imaginada como la pervivencia de un residuo, sino como el enriquecimiento y desarrollo de lo singular: «El hombre ha acontecido de manera fecunda y complejísima sobre la tierra; no parece lícito entender su destino más alto como una simplificación». La eternidad no es algo estático, sino «una empresa infinita e inagotable» que sobrepasa todos los límites. La salvación de la persona no es la preservación de una esencia, sino la persistencia de su faceta «proyectiva, imaginativa, interpretativa, libre, dramática». Julián Marías aventura que la inmortalidad se «puede entender como la realización de las trayectorias auténticas que no se han cumplido, o solo de modo deficiente, en la vida terrenal». Dado que nos sentimos llamados a hacer algo y a ser alguien, «nuestra realidad personal, inteligente, amorosa, carnal, ligada a formas históricas, hecha de proyectos de varia suerte, articulados en trayectorias de desigual autenticidad, es la que ha de perpetuarse, transfigurarse, salvarse. No puede imaginarse ninguna mutilación ni disminución».
Vivimos en una época que sonríe con escepticismo ante la posibilidad de la inmortalidad. «Nuestros contemporáneos prefieren lo único de que se puede tener seguridad: la nada. Acaso la escasez de amor es un factor que entibia el deseo, la necesidad, de otra vida: si no se ama, ¿para qué?». En 1977, Julián perdió a su esposa, Dolores Franco. Estaba muy unido a ella, y sobrellevó la muerte de su compañera con la ayuda de la fe, convencido de que «volvería a verla y a estar con ella», pues «la persona que era Lolita no podía haberse destruido por un proceso corporal». El amor que sentía por ella exigía un mañana compartido: «En la medida en que se ama, se necesita seguir viviendo o volver a vivir después de la muerte, para seguir amando». Pensar siempre es un ejercicio intempestivo. El escepticismo de Javier Marías goza hoy de más aceptación que el optimismo metafísico de Julián, su padre. Javier era un literato, Julián, un filósofo, y le correspondía ir contra la corriente.
El pensamiento es la vista y el oído espiritual del hombre. Aquellos que no lo siguen son como ciegos y sordos y se pierden en contradicciones sin salida.
WERNER JAEGER, Paideia: los ideales de la cultura griega
S e ha explicado el nacimiento de la filosofía como el tránsito del mito al logos. Quizás sería más correcto decir que en el mito ya despuntaba el logos, pues muchas historias o narraciones poseían un significado filosófico. De ahí que el mito perviva en los primeros filósofos e incluso en el pensamiento de Platón y Aristóteles. La filosofía aportó al mito una perspectiva más ambiciosa. Sus razonamientos mitigaban la arbitrariedad de las narraciones mitológicas y dilataban la comprensión del hombre y el universo. ¿Hay alguna diferencia entre los poetas y los filósofos? Según Werner Jaeger, cierto talante espiritual. Los filósofos postergan todo —honor, familia, riqueza— para dedicarse exclusivamente al conocimiento. Son sabios, pero también extravagantes e ingenuos. Los poetas anhelan el honor, la familia, la riqueza, la fama. Tienen los pies en el suelo. Por el contrario, los filósofos viven en las nubes. Una joven criada tracia se burla de Tales de Mileto cuando cae a un pozo por caminar observando el firmamento. La muchacha se ríe y comenta que su preocupación por las cosas del cielo le impide ver lo que tiene a sus pies. Cuando a Pitágoras le preguntan para qué vive, responde que para estudiar las estrellas. Anaxágoras, censurado por descuidar a su patria y a su familia, responde que el cielo es su patria, su hogar. Solo en un clima de libertad como el que se respiraba en las poleis de Jonia eran posibles estas conductas heterodoxas.
La filosofía debuta como reflexión sobre la naturaleza. La naturaleza no es un caos, sino una totalidad organizada, una physis. No es suficiente describir los fenómenos. Hay que buscar las leyes que los regulan y, de una forma aún más prioritaria, el origen o principio de todo, el arché. Los presocráticos son conocidos sobre todo por sus teorías cosmogónicas, pero nos aportaron algunas ideas que podemos aprovechar para vivir mejor. Tales de Mileto se cayó en un pozo porque miraba al cielo, sí, pero no perdía el tiempo con especulaciones inútiles, sino que abría el camino a una nueva forma de habitar la Tierra en la que la inteligencia se negaba a claudicar ante lo que no comprendía. El ser humano necesita entender, clarificar, despejar incógnitas. El pensamiento es algo más que una especulación abstracta. Es nuestra forma de convertir el mundo en nuestro hogar.
Heráclito de Éfeso y Pitágoras de Samos: urbanizar el universo
No encontrarás los confines del alma ni aun recorriendo todos los caminos; tal es su profundidad.
HERÁCLITO DE ÉFESO
Heráclito de Éfeso nos dejó aforismos asombrosos y de una gran profundidad. Adoptando un tono confesional, afirma: «Me he buscado a mí mismo». No se me ocurre una tarea más descomunal, como el propio Heráclito reconoce al señalar que si un viajero pudiera transitar por la psique, nunca encontraría límites. No obstante, ese viaje es necesario para averiguar hasta dónde llegan nuestras fuerzas, qué metas son razonables y cuáles no. La vida siempre será un enigma, y el papel de los filósofos consiste en descifrarla, pero sin ignorar que su destino es quedarse a medias o quizás a escasa distancia del punto de partida. No es una mala noticia. Sería peor habitar un universo semejante a la gigantesca esfera donde vive confinado Truman, el personaje de la película de Peter Weir. Un mundo con límites visibles y sin misterio se parecería a una cárcel. Es mejor pensar que hay un infinito esperando nuestras disquisiciones.
Según Heráclito, el universo es un devenir sostenido por la lucha entre los contrarios: «La guerra es madre de todas las cosas y de todas las cosas es reina». Los contrastes no son una desgracia, sino la matriz de la bella armonía cósmica, semejante a la del arco y la lira. Si no existieran, el mundo sería incomprensible. Conocemos la justicia y la salud porque hemos visto o sufrido los estragos de la injusticia y la enfermedad. Gracias a la tensa armonía que regula el cosmos, sabemos que el camino que sube y el camino que baja es el mismo; que en un círculo coinciden principio y fin; que el vivo y el muerto, el joven y el viejo, el durmiente y el insomne, son la misma cosa; que Dios es día y noche, invierno y verano, guerra y paz, saciedad y hambre; que todo es uno y del uno procede todo.
Pitágoras no escribió nada. En su época, la escritura se consideraba una forma degradada de conocimiento. Se valoraba más la palabra viva, que permite la controversia. Yo siempre intenté que mis alumnos dialogaran entre ellos y conmigo, rebatiendo mis puntos de vista si lo consideraban oportuno. Pedimos a los adolescentes que escuchen a sus profesores durante seis horas diarias, pero nuestra atención flota de un lado para otro, incapaz de permanecer mucho tiempo en una misma actividad. Abrimos un libro, lo dejamos para mirar el teléfono móvil, saltamos de un artículo a un vídeo, cambiamos de canal de televisión constantemente. Nuestra mente se ha acostumbrado a vivir bajo un bombardeo de estímulos. Por eso mi forma de dar clases se basaba en la breve exposición de un par de ideas, la lectura de un texto no muy largo y un debate donde examinábamos las teorías expuestas, contrastando opiniones. Las clases se pasaban volando.
La escuela pitagórica, próxima al orfismo, concebía el cuerpo como la cárcel del alma. El alma debía observar una serie de prácticas —no comer carne, abstenerse del sexo— para purificarse y liberarse de su unión antinatural con la realidad corporal. Por lo que sabemos, Pitágoras fue el primer filósofo en hablar de la reencarnación o metempsicosis. Debido a una culpa originaria, el ser humano está sujeto a la rueda de las reencarnaciones. Puede experimentar una trayectoria ascendente hasta lograr la liberación total o un recorrido descendente, transitando incluso por formas animales. A diferencia de los órficos, los pitagóricos creían que la purificación no se obtenía con ritos y prácticas religiosas, sino mediante el cultivo de la ciencia y un estricto código moral. Son los iniciadores de lo que se ha llamado «vida contemplativa» (bios theoretikos), una forma de vivir consagrada a la búsqueda del bien y la verdad y a la comunión con lo divino.
Los pitagóricos fueron los primeros en utilizar la palabra «cosmos» para afirmar que existía un orden —o armonía de las esferas— en el universo. Con la perspectiva de los siglos, podemos sostener que Pitágoras y sus seguidores convirtieron la realidad en un lugar más habitable. Al introducir la noción de cosmos u orden, nos mostraron que el mundo es inteligible. Actualmente, son muchos los que piensan que vivimos en un universo absurdo, sin ninguna finalidad o propósito, pero el hecho de que podamos expresar su funcionamiento con el lenguaje matemático y predecir con exactitud ciertos fenómenos menoscaba la angustiosa idea de que el ser humano fue arrojado a un caos inexplicable. Algunos opinan que Dios es un matemático o que la matemática constituye en sí misma algo divino, pues ningún poder sobrenatural puede alterar el resultado de una simple suma. El tomismo dijo que Dios no puede hacer cosas absurdas y opuestas a la razón, como que dos y dos sumen cinco o que la flecha del tiempo retroceda. Tal vez esta idea sea un pobre consuelo para muchos, pero yo creo que es sumamente tranquilizadora. Podemos decir que los pitagóricos urbanizan y humanizan el universo y lo transforman en el polo de un diálogo infinito.
En cuanto a la vida contemplativa, tantas veces confundida con la estéril molicie, realmente creo que es una fuente de felicidad y un ejercicio de purificación. Perdemos el tiempo corriendo detrás de cosas innecesarias que acaban provocándonos hastío. Pienso que un libro nos proporciona mucho más que un coche deportivo o un hotel de lujo. Cada capítulo es una morada que nos anima a progresar intelectualmente, un hallazgo que nos revela nuevos territorios, un paisaje que nunca se agota. Al finalizar el recorrido, hemos incorporado un bagaje a nuestra existencia que dejará un poso duradero. Olvidaremos muchas cosas, pero quedarán otras quizás más valiosas, como una capacidad de razonar más elaborada y una sensibilidad más despierta. La vida intelectual no es una huida de la realidad, sino una forma de vivir más intensa.
Parménides de Elea: una sinfonía infinita
La mente es el único medio para conocer la verdad.
PARMÉNIDES DE ELEA
Fundador de la metafísica, padre de la lógica, creador de los principios de identidad y no contradicción, Parménides de Elea perteneció a una familia aristocrática y, según los historiadores, participó en el gobierno de su ciudad, Elea, elaborando leyes que mejoraron su administración. Quizás fue médico, pues salpicó sus reflexiones de observaciones anatómicas y fisiológicas. Al igual que Homero, Parménides utilizó el hexámetro. Conservamos ciento sesenta versos de su poema Sobre la naturaleza que nos permiten hacernos una idea bastante precisa de su pensamiento. Parménides sostiene que hay dos caminos en el ámbito del conocimiento: el de la verdad o aletheia y el de la opinión o doxa. Llamamos «nada» a la extinción de algo, pero en el universo nada desaparece. Solo se transforma. Mueren los individuos, no la vida. Los individuos son efímeros, pero el ser permanece. La nada es una ilusión. Ni siquiera podemos hablar de ella, pues las palabras siempre designan algo. El cero es un concepto matemático, no una realidad física. No hay «cero» árboles.
En «Las ruinas circulares», un cuento de Borges publicado en su libro Ficciones, un mago engendra un hijo en sus sueños. No lo hace de forma inconsciente, sino deliberada. Quiere emular a los dioses, experimentar la ebriedad de crear una vida, pero le horroriza que su vástago pueda descubrir su condición de mero fantasma. Tarda muchas noches en lograr su objetivo. Cuando lo consigue, despierta y descubre que un incendio lo ha cercado. El fuego alcanza su carne, pero la ausencia de dolor y combustión le revelan que él también es el sueño de otro. Parménides se habría irritado con ese cuento, que insinúa nuestra condición de fantasmas o meras fantasías de una mente superior, y no se habría impacientado menos con Calderón de la Barca al escucharle proclamar que «la vida es sueño». La vida es, y, de un modo u otro, siempre permaneceremos en ella. Quizás no como conciencia, pero sí como energía, alimentando otras vidas. El cosmos es vida eterna, existencia sin fin. Parménides parece decirnos: «No pensemos en la muerte, que no es nada». La vida es un corazón que nunca dejará de latir y deberíamos celebrarlo. Formamos parte de algo grandioso y divino. Somos un latido más en ese milagro eterno que nunca se interrumpirá. Supuestamente, Heráclito explica la realidad como un devenir, mientras que Parménides niega el cambio. Lo cierto es que los dos creen que el Ser constituye una unidad esencial, una especie de sinfonía infinita con notas que introducen oposiciones y diferencias, contrastes y singularidades, pero sin interrumpir en ningún momento la continuidad de la vida.
Parménides fue el primer filósofo que inventó algo parecido a un método, estableciendo dos vías de conocimiento y un acceso gradual a la verdad. Frente a la impotencia del hombre ante el destino, el azar o el capricho de los dioses, ideó un procedimiento para apaciguar la inquietud y explicar racionalmente el mundo. Sus resultados son puramente intuitivos y especulativos, pero la física posterior ha confirmado algunas de sus ideas. Sin embargo, eso no es lo más importante, sino la conquista que representa comenzar a organizar el pensamiento. Nuestra mente siempre puede oponer al caos y la infelicidad una alternativa racional, capaz de transformar la frustración y la perplejidad en serenidad y certeza.
Zenón de Elea: somos un punto de clarividencia
Borges afirmó que Zenón de Elea era «incontestable». Si reparamos en que sus paradojas niegan el movimiento y la multiplicidad, la afirmación nos resultará chocante. ¿Quién era Zenón de Elea? ¿Un terrorista intelectual? ¿Un provocador? No conservamos ninguna de sus obras. Solo conocemos sus ideas por los comentarios de otros autores. Como otros presocráticos, su vida está rodeada de leyendas. Dicen que era un hombre alto y apuesto. Según algunos, se implicó en una conspiración fallida. Torturado para averiguar el nombre de sus cómplices, fingió confesar, acusando a los más fieles colaboradores del tirano al que pretendía derribar. Su ardid provocó ejecuciones en cadena y la caída del déspota, que perdió sus apoyos más valiosos. El ingenio puede ser más útil que la fuerza bruta, pero ¿es un buen aliado en la filosofía?
Las paradojas más famosas de Zenón de Elea son la de la flecha y la carrera de Aquiles contra la tortuga, según las cuales el movimiento es ilusorio, pues el espacio es infinitamente divisible y no es posible recorrer una distancia sin atravesar primero la mitad de ese trayecto, pero antes hay que cubrir la mitad de esa mitad y previamente la mitad de la mitad de la mitad. Y así hasta el infinito, luego la flecha no se mueve y Aquiles nunca alcanza a la tortuga. Mis alumnos se reían con las paradojas de Zenón. Intentaban refutarlas de forma cómica, haciendo rodar una moneda. «Se mueve, ¿lo ves? Y va más rápido que una tortuga». Yo les contestaba que el movimiento es relativo y que, sin un punto de referencia, puede pasar inadvertido. ¿Cuántas veces hemos experimentado la sensación de que el vagón de tren o el coche en que viajamos se mueven, a pesar de estar quietos? El movimiento del tren situado en una vía paralela o del coche del carril contiguo produce esa ilusión.
Zenón de Elea nos enseñó que la mente y la realidad no siempre coinciden, lo cual nos puede ayudar a relativizar nuestras impresiones y emociones. Nuestra mente se parece a la caja de un ilusionista. Coge unos cuantos elementos, los agita y sale algo que nos parece real pero que solo es un trampantojo, un espejismo. Durante catorce siglos, se creyó que la Tierra ocupaba el centro del universo, y con ese dato falso se predijeron eclipses, se calcularon con exactitud los movimientos de los planetas y se elaboraron cartas de navegación. Eso sí, para realizar esos cálculos y predicciones hizo falta un increíble despliegue de ingenio matemático, que inventó curvas llamadas epicicloides y excéntricas. Esta paradoja de la historia de la ciencia nos sugiere que debemos poner siempre entre paréntesis nuestra interpretación de la realidad. Ser humildes es el primer requisito para conocer la verdad o, al menos, para aproximarse a ella. Quizás Zenón de Elea solo quiso decirnos eso. No es un precursor de Kafka, como creía Borges, sino de Karl Popper, según el cual una teoría solo es verdadera mientras resiste nuestros intentos de refutarla.
Aristóteles reprochó a la escuela de Elea que hubiera exaltado la razón hasta el extremo de haber desarrollado tesis irracionales que bordeaban la «locura» y la «embriaguez». Creo que Aristóteles no advirtió que las paradojas de Zenón evidencian el poder de la razón. Gracias a esta, podemos darle la vuelta a cualquier argumento. Saberlo puede aplacar el sufrimiento y la ofuscación. La vastedad del universo nos hace sentir insignificantes, pero nuestra capacidad de comprenderlo y explicarlo revela que no somos algo irrelevante en la historia del cosmos, sino una forma de trascendencia. Exista o no exista Dios, el universo se piensa mediante nosotros. Somos un punto de clarividencia en una inmensidad fría y silenciosa. Quizás haya otras inteligencias que hacen lo mismo, pero todo indica que la vida racional no es un fenómeno frecuente. Formar parte de algo excepcional es un buen motivo para sentirse optimista, y saber que esa racionalidad que nos hace tan especiales puede llegar a reírse de sí misma nos ayuda a contemplarnos con una mezcla de asombro e ironía.
Empédocles y Demócrito: vivir sin miedo ni prejuicios
Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa.
DEMÓCRITO DE ABDERA
Friedrich Hölderlin escribió una obra de teatro inacabada sobre Empédocles de Agrigento que narra su suicidio. Según la leyenda, Empédocles se arrojó al Etna, incapaz de soportar el desengaño que le había producido el ser humano. Empédocles compuso una obra titulada Sobre la naturaleza y un Poema lústrico. Solo nos han llegado fragmentos. Al igual que Parménides, niega el movimiento y la muerte. Todo lo que existe procede de cuatro elementos eternamente iguales e indestructibles: el agua, el aire, la tierra y el fuego. Son las raíces de todas las cosas. Empédocles afirma: «Fui un joven y una muchacha, un arbusto, un pájaro y un pez mudo en el mar». No es una desgracia, pues en el Ser todo es divino: los cuatro elementos, el amor y la discordia, las almas. Cada vez que una conciencia se apaga, vuelve a encenderse en otra parte. Empédocles creía que el pensamiento no es una facultad exclusivamente humana. El cosmos es una totalidad viva y cognoscente, no materia inerte.
Los atomistas explicaron el universo como una conjunción de átomos, vacío y movimiento, y excluyeron cualquier finalidad o propósito. Su visión anticipa la concepción del universo del hombre contemporáneo, que ya no cree en la providencia o el destino, sino en un azar ciego regido por las leyes naturales y la intervención humana. Todo lo que existe procede de la agregación y disgregación de los átomos. Las distintas combinaciones que se producen por azar explican la diversidad de lo real. Se trata de un modelo mecanicista sin ningún componente sobrenatural o teleológico. Este planteamiento libera al hombre del capricho de los dioses. No hay que temer su ira, pero tampoco esperar su protección. El ser humano es infinitamente responsable, pues está solo frente al universo y nadie más que él posee la capacidad de interpretar, razonar y fijar normas morales.
Demócrito de Abdera es el máximo representante de la escuela atomista. Precursor del epicureísmo y de las ideas ilustradas, se mofaba de la ignorancia y consideraba que el objetivo de la sabiduría debía ser la alegría. Está claro que se trataba de un filósofo optimista. Se dice que vivió cien años, que viajó por Egipto, la India y toda la Hélade, y que se arrancó los ojos para que el mundo no le distrajera de sus especulaciones, algo poco compatible con su exaltación de la alegría. Se afirma que fue un autor prolífico y el hombre más culto de su tiempo. Fue el primer filósofo en negar cualquier forma de inmortalidad. Dado que somos agregados de átomos, cuando morimos los átomos vuelven a circular y la persona desaparece. No hay nada más allá de la muerte. Ni siquiera una sombra o un pálido reflejo de lo que fuimos. Con esa perspectiva, lo más sensato es cultivar la ataraxia, la serenidad que solo aparece cuando logramos dominar nuestras pasiones. Ya que no podemos aguardar la eternidad, aprendamos a vivir con calma, sin dejar que nos perturbe el deseo o la adversidad. No somos dioses, pero sí podemos ser sabios.
Cuando aboga por la felicidad, Demócrito no piensa en los placeres mundanos. La auténtica dicha procede de la euthymía, es decir, del ánimo tranquilo que solo puede proporcionar el cultivo de la inteligencia. Demócrito hubiera despreciado la consigna del movimiento contracultural, según el cual la felicidad surge de la combinación de sexo, drogas y rock and roll. Ese lema le habría parecido tan bárbaro como las fiestas dionisíacas, que obnubilan el juicio y nos devuelven al terreno del instinto. La inteligencia es nuestro bien más preciado. Nos orienta en todos los aspectos de la vida. Nos ayuda a vivir sin miedo ni prejuicios. Nos hace amar la libertad y odiar la guerra. Nos revela que la patria del hombre sabio es el mundo entero, no un territorio acotado por fronteras.
Demócrito niega la posibilidad de la inmortalidad, pero nos muestra la importancia del ser humano. Somos los administradores del cosmos. Carecemos del poder de los dioses, pero podemos esculpir el futuro. No debemos sentir nostalgia de la omnipotencia divina, pues nuestra inteligencia creadora es una fuerza asombrosa que —entre otras cosas— ha alumbrado las bellas artes. Cuando alguien denigre a la especie humana por sus errores e infamias, siempre podemos recordarle que ha creado maravillas como las sinfonías de Beethoven, los poemas de Keats, la Capilla Sixtina o el pensamiento presocrático.