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Me contaron una mentira.

No lo descubrí enseguida porque el hombre que me la contó también se la creía: Estoy seguro de que son los riñones. Bebes poco y comes mucha carne, ¿a que sí? La enfermera hizo que sí con la cabeza y me miró. Yo no supe contestar a eso y mamá dijo que cuando estoy en casa, bebo mucho, pero que cuando estoy en el colegio, tenía sus dudas; sobre la carne sí estaba segura, porque es cara. Él le alargó un papel con una dieta específica y recetas de medicamentos. Luego la enfermera nos acompañó fuera.

Cuando subí al coche, pregunté si podía no ir al colegio por la tarde, que no me encontraba muy bien; era verdad y también un poco mentira, porque quería ir a ver las vacas. Era las dos cosas.

Al final me quedé en casa, estaba cansada y miré a las vacas por la ventana. Estarían ahí unas semanas más y luego Vigio, que es mi vecino, las llevaría a trashumar, porque estábamos casi en mayo. Estoy segura de que se acuerdan de mí; cuando vuelva a casa, iré a acariciarles la rosa de la frente.

Eran las cuatro y me eché en el sofá con la manta, que es algo que me gusta, encendí la tele y me entró sueño. Me desperté porque notaba como alfileres en la espalda y pregunté si había alguien en casa. Mamá llegó de la cocina y se lo expliqué, me dio el paracetamol que había dicho el médico y me pasó la mano por la cabeza como si fuera a rascármela, pero suave. Pregunté si podía no ir al colegio a la mañana siguiente y ella dijo No.

O sea, que fui. Cuando me desperté me dio un poco de rabia encontrarme bien, porque no tenía excusa, pero a tercera hora empecé a notar los alfileres pinchándome. Demasiado tarde, ya estaba en clase. Esperé hasta la comida porque era el día de la pasta al horno, que a lo mejor también les gustaba mucho a los alfileres, porque empujaban más fuerte y más arriba, como si quisieran llegar al estómago. Después del recreo largo, volví a clase. A media tarde no aguantaba más sentada y entonces llamé a casa; ahora eran más malos y también me pinchaban en el pecho, yo no entendía por qué y me ponía nerviosa. Eso y los alfileres me hicieron llorar, y vi que las maestras se levantaban y se sentaban y se volvían a levantar mientras esperábamos que viniera alguien a recogerme.

En urgencias ya no estaba aquel hombre, había otro más joven que mandó que me hicieran un análisis, luego llamó a mamá para hablar a solas con ella y para mí no tenía sentido, porque la sangre era mía. Cuando volvió, me dijo que me vistiera y que me llevarían a otro hospital más grande para una prueba que no me podían hacer allí. Yo tenía unos tubos en el brazo para los calmantes y me puse la chaqueta por una manga sí y la otra no. Mamá llamó a papá y le dijo que dejábamos el coche en Ivrea, porque para ir a Turín nos llevaban los del hospital, y yo estaba encantada con tantas atenciones. Mientras hablaba, me miró y dijo en voz baja Vamos, Mina. Cogió el palo del gotero y empezó a andar hacia un hombre de rojo, yo la seguía solo por los tubos, porque no sabía quién era ese que me decía Hola, Martina, ¿quieres venir conmigo? Y me pidió que me tumbara en la camilla, porque los asientos de las ambulancias son así y llevan unos cinturones para atarlos alrededor de tu cuerpo (tres, de color naranja). Era la primera vez que iba en una y esperaba que al menos pusieran la sirena.

Al poco rato sonó el teléfono: papá iba detrás con mi hermana Olivia, nos seguían en coche. Ella quería hablar conmigo, porque dice que con siete años es lo bastante mayor para tener conversaciones por su cuenta, sin el manos libres. Creo que esta vez todos estuvieron de acuerdo, porque mamá me dio el móvil: Es Olivia, para ti. Me lo acerqué al oído y dije Hola, dime. Ella gritó que acababa de pasar cerca de la ambulancia un tractor con todas las luces encendidas rotando, y que si lo había visto. Le contesté que no, porque estaba tumbada, y ella me dijo Ya lo sé, pero vas más alta. ¿Tienes cerca las ventanillas?

Yo me volví y vi al hombre del uniforme rojo con franjas blancas hablando con mamá, ella me miraba a mí y de vez en cuando le sonreía, porque con los demás siempre es amable. Dije en voz baja Tengo delante al señor de la ambulancia.

Entonces Olivia resopló y oí un ruido de cafetera dentro del teléfono: Si pasa otro, te llamo.

Y colgó.

Entramos en el hospital sin apagar el motor. Yo no sabía que eso se podía hacer, quizá con las ambulancias sí. Noté que las ruedas de mi camilla temblaban al bajar por la rampa y luego rodaban bien por el suelo. Si no llega a ser por los alfileres, me habría divertido, aquello era como montar en el carro de la compra, con la diferencia de que nadie te grita si lo haces. Cuando pararon, estaba en una habitación azul claro, con nubes y globos dibujados en las paredes. Había una ventana que era como un agujero en el cielo, y dentro se veía la calle, con los coches arriba y abajo, todos del mismo color dorado, porque se estaba poniendo el sol, pero en aquel lado del hospital solo podías verlo desde atrás.

Entraron dos médicos, uno viejo, delgado y calvo y otro igual pero joven. Me dijeron que me quitara toda la ropa, y era la primera vez que estaba desnuda delante de alguien que no era Olivia ni mis padres, me notaba la cara caliente y no sabía a quién mirar. Mamá había ido a firmar unos papeles y no estaba, había dicho Voy y vuelvo.

Cuando terminaron de examinarme, salieron, y yo me quedé allí mirando el techo, que tenía las baldosas blancas y llenas de agujeros; conté una franja vertical y una horizontal: veintisiete por veintisiete. Levanté el brazo donde no tenía la vía y escribí los números en el aire con la punta del dedo índice. Los cálculos en columna normalmente son rápidos, pero en el aire me desaparecían las que me llevaba y tenía que volver a empezar.

Entró una enfermera, me preguntó cómo estaba, me cambió la botella del palo del gotero y se fue.

Había agujeritos redondos muy pequeños, por los que solo podían salir cosas muy finas, como la lluvia o los espaguetis. Los espaguetis habrían pasado muy justo, y solo blancos, porque no había espacio ni para la salsa. Así que escogí la lluvia, pero calentita, como en verano.

Mamá y papá entraron con Olivia, tenían que ir a hablar con los médicos y ella se quedó conmigo. Me preguntó ¿Estás mala? Y yo le dije que ya casi se me había pasado. Dio una vuelta por la habitación y luego se sentó a la mesa, cruzó los brazos y me dijo que el único tratamiento para mis alfileres era un mes de kiwis y supositorios.

La última vez que comí kiwis fue por culpa de Davide Villa. Davide Villa va a mi clase, aunque yo preferiría que no. Cuando me ve, muge, y una vez nos estrangulamos. Todos los de mi clase saben que soy alérgica a los kiwis, y cuando ponen macedonia en el comedor, a mí me dan helado, y él no lo soporta. Una vez, después del helado, empezó a picarme fuerte la cara y, mientras la boca se me ponía como una frambuesa, él venga a reírse. Sin dudarlo, cuando ya me encontraba mejor, le pegué un cromo de animales en la Game Boy mientras él estaba muy concentrado jugando. Era una viuda negra y casi se muere, porque es aracnofóbico. Ese fue el día que nos estrangulamos.

Llevábamos un rato esperando cuando llegaron mis padres con una médica que yo aún no conocía. Se llama doctora Bosco y me dijo Martina, tendrás que quedarte un tiempo aquí, con nosotros. Sonrió y se acercó más, entonces me di cuenta de que llevaba el pelo teñido, porque vi tres dedos de marrón antes del color ciruela. Dijo Ahora te llevaremos a la quinta planta, allí tenemos una habitación para ti.

Luego entró el enfermero con una silla de ruedas. Yo estaba segura de que no era para mí, que a mí me funciona todo, pero él me dijo que me sentara, porque allí los pacientes la utilizan para desplazarse, como si fuera un bus.

Papá y Olivia subieron en el ascensor con nosotros, pero se quedaron esperando fuera de la unidad. Lo primero que vi cuando abrieron la puerta fue un pasillo largo, estaba vacío y en silencio. Había unas luces azules, porque a partir de las diez de la noche no encienden las blancas.

Me instalaron en la habitación número dos, que sigue siendo la mía ahora. Dentro hay una mesa con su silla, un armario, un cuadro de una ballena con un chorro de agua en la cabeza, una mesilla de noche, un sillón que se abre y se convierte en un colchón, una tele colgada en la pared y una cama con las sábanas blancas. Las cambian casi todas las mañanas a las ocho y siempre las ponen iguales, en el dobladillo pone O. I. R. M. guion Santa Anna en un azul descolorido, porque Rita siempre las está lavando. Rita es la señora de la limpieza y es la primera vez que tengo una. En casa limpia mamá, pero mi habitación nos toca a Olivia y a mí, que quiere decir solo a mí, porque ella aún es pequeña, y solo está de acuerdo en eso cuando hay que hacer la cama: coge las mantas y hace como si no supiera ponerlas, las arruga, se le curva la boca y le tiembla, y entonces la hago yo, no quiero oírla llorar, le echa demasiada pasión y luego no puede parar.

Aquel día también se puso a llorar, porque era tarde y quería irse a casa conmigo. Entonces le dije a la doctora Bosco que después de lo que me habían puesto en la vía ya no notaba los alfileres y que igual era mejor que volviera a casa. Ella me dijo que me despidiera de mi hermana y que ya hablaríamos por la mañana.

Abracé a Olivia y ella me susurró al oído que no era verdad lo de los kiwis y los supositorios, y yo le contesté Menos mal, porque no me habría gustado.

Cuando volví dentro fui a hacer pis y me vi en el espejo, tenía la piel un poco amarilla, en parte era por la luz. Olivia me había dejado una tira de mocos en el hombro y me pasé un buen rato mirando cómo brillaba.

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2

Ahora ya no es un problema, porque estoy acostumbrada, pero aquí llaman a la puerta a las siete de la mañana. Dicen mi nombre, me dan los buenos días y entran tres en la habitación, tienen que comprobar los índices de sangre y orina. Cogen un par de tubos de esto y lo otro, y los llevan al laboratorio de abajo. Tienen que hacerlo rápido, si no, los resultados no llegan a tiempo para las visitas. Yo los saludo sin abrir los ojos y los dejo hacer. Si está mamá, ella se levanta y va a hacerse un café, porque ya no vuelve a dormirse si la despiertan, pero yo sí, y cuando se van, me duermo otra vez. Lo único que les pedí es que no encendieran las luces, porque a mí me gusta despertarme con luz natural y, si no hay suficiente, es que tengo que seguir durmiendo. Al principio aún no se lo había explicado, y la primera mañana me hicieron la extracción con todas las luces encendidas y luego entró la doctora Bosco y me dijo Ahora haremos un pequeño análisis más y ya te dejamos tranquila. Yo estaba mirando por la ventana, porque la noche antes estaba oscuro y no me había fijado en las vistas: la plaza Polonia no vale mucho, pero más allá está la Mole (muy bonita) y a la derecha el Po, que es el río más largo de Italia aunque tenga el nombre más corto. Me lo había explicado la maestra Alberta, aunque ese día fue la primera vez que lo vi en vivo. La doctora Bosco me lo señaló con el dedo y golpeó el cristal de la ventana, como si estuviera allí dentro: Es el río Po.

Luego me llevaron al primer piso y otra vez me desnudé, me pusieron una bata que parecía de papel de cocina, solo que de un verde agua. Se acercó un doctor que llevaba una igual sobre su bata blanca, me ayudó a subir a la camilla y me cambió la botella colgada del palo mientras decía Ahora respira y cuenta hasta tres. Lo vi hacerse cada vez más pequeño mientras llegaban otros verdes iguales y se inclinaban sobre mí. Ellos eran los liliputienses y yo Gulliver, y me daba miedo que me ataran todo el cuerpo.

Me desperté en la habitación dos, llevaba puesto el pijama de casa y, por un momento, creí que estaba allí. Vi a mamá en el sillón, con los ojos cerrados, pero no dormía, porque, en cuanto moví la sábana, los abrió y me preguntó cómo me encontraba. Me dolían la ingle y el trasero, pero no notaba los alfileres, quería saber qué hora era y me dijo Las cinco de la tarde. Le pregunté si ella también había dormido y me dijo que sí, que había estado descansando todo el rato y que ahora las dos estábamos despejadas.

Poco después entró la doctora Bosco junto a una mujer muy alta con el pelo rubio hasta los hombros. Me dijo que ella era la psicóloga de la unidad y que podía llamarla señora Milani, quería hablar conmigo. Mamá me dio un beso en la frente y me dijo Vuelvo en cuanto terminéis de charlar. La doctora Bosco le abrió la puerta y salieron.

La miré bien a la cara, la señora Milani tiene ojos de buena persona, pero en aquel momento yo aún no lo había decidido, le dije Bueno, dime.

Ella cogió la silla que había delante de la mesa y la acercó a la cama, se sentó y me preguntó cómo estaba. Me dijo que me dolían el trasero y la ingle porque me habían hecho una punción aspirativa de la médula y una biopsia escisional. Asintió. Solo es sacar un poco de tejido de la médula y de un pequeño ganglio linfático para saber cómo está tu cuerpo, y sentir náuseas después de la anestesia es normal. Tienes una enfermedad que se llama linfoma de Burkitt, por el cirujano que la estudió por primera vez en África. No, no se coge en África, es que él estaba allí cuando se dedicó a examinarla. Se coge por casualidad, puede ocurrir. No, se tarda un tiempo. Hay que hacer tratamientos un poco fuertes, sí, al menos seis meses. Más adelante volverás a casa en los descansos entre tratamientos, y de vez en cuando podrás llamar por teléfono a tus amigos y parientes, aquí, en la cocina, hay una línea fija para los que no tienen móvil. Sí, claro, aquí también hay maestros, enseñan lo mismo que haces en el colegio, no cambiará nada. No, excursiones no se hacen, pero se pueden hacer muchas actividades extraescolares, como pintura y découpage, hay voluntarios de la Unión de Padres y les puedes pedir que te traigan libros o cintas de vídeo. Pues, si no recuerdo mal, debemos de tener Robin Hood, sí, aunque mejor pregunta; de Geronimo Stilton tenemos un montón porque le gusta a todo el mundo. Sí, Robin Hood también, tienes razón, pero es mejor que preguntemos.

Me sonrió y dijo que, si sentía necesidad de hablar o tenía alguna duda, podía preguntar por ella en cualquier momento y que de todas formas pasaría a verme otro día.

Yo no tenía muchas ganas de volver a verla, solo quería saber una cosa antes de que se fuera. Le pregunté ¿Me voy a morir?

Ella me contestó que ahora hay un 80 por ciento de posibilidades de curarse y un 20 por ciento de no curarse, aunque los porcentajes cambian y no se puede decir con seguridad. Me puse a pensar, nunca se me había ocurrido que podía morir en porcentaje.

Mientras yo estaba callada añadió que lo importante es hacer lo que dicen los médicos y que puedo confiar en ellos, que tenía el apoyo de todos y siempre me ayudarían.

Me preguntó si tenía más preguntas y yo tenía dos, pero no eran para ella, así que dije No.

Se despidió de mí y la miré mientras salía. Pensé que no entendía nada de toda esa historia, y quizá ella tampoco.

Las preguntas eran:

¿Por qué yo y no Davide Villa?

¿Y quién cuidará de Olivia?

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3

A Olivia la cuido yo, y ahora también el abuelo.

Lo he nombrado sustituto hasta que yo vuelva, y tiene que encargarse de varias cosas.

En el jardín hay un cobertizo con un horno de leña que solo usamos en verano y el resto del año nada, que el techo está lleno de agujeros y a nadie le gusta la pizza regada. Pero es un sitio bonito, y nos parecía una lástima dejarlo parado, así es que Olivia y yo abrimos una hípica-pizzería, porque nos gustan los caballos y porque ellos no le hacen ascos a la pizza con agua de lluvia, al contrario, la masa blanda y empapada les gusta especialmente, porque les recuerda la hierba masticada.

Al abuelo no se le dan muy bien los caballos, dice Qué pelo tan bonito tiene este alazán, y le acaricia el lomo al aire, como si tuviera el caballo a un metro. Cuando se lo explicamos, se echa a reír y lo hace otra vez, dice Mira dónde estaba, qué hocico tiene este alazán, y le acaricia el trasero. Al caballo no le gusta mucho, pero hace como si nada porque tiene buen carácter. Nosotras también tenemos buen carácter y entonces le ponemos la mano al abuelo en el sitio correcto, y él se pone serio y dice que a lo mejor no ve los caballos, que debe de ser la edad.

Por eso quien se encarga de ellos es Olivia, pero, si yo no estoy, él tendrá que ayudarla con lo demás, sobre todo comprobar si hay bastante tierra y piedras rojizas en los cubos, si no, no podremos hacer la masa y tendremos que decirles que no a los clientes que quieran tomates cherry en la pizza.

Luego, los martes Olivia tiene deberes de magia y hay que corregírselos. No es nada complicado, porque aún es pequeña, y si le da una rabieta porque no quiere acabarlos, que le pregunte si quiere convertirse en gnomo o no. Tiene que medirla todas las semanas y marcar su altura en la pared del cobertizo. Cuando jueguen a espías, tiene que mirar si se ha tapado los ojos con la máscara negra, porque siempre se le olvida y no sirve de nada hacer de espías si se ve quiénes somos. Y por la noche, antes de acostarse, tiene que darle un beso.

Y si Olivia dice que noventa y nueve monos saltan a la vez, él tiene que contestar uno de ellos acaba de caer.

Cuando no sepa algo, que me llame por teléfono.

Hoy aún no me ha llamado, pero lo hace casi todos los días. No es un problema, yo sé que cuidar de Olivia no es sencillo, y además me alegra oír su voz, el abuelo arrastra las erres y escucharlo por teléfono es un masaje para los oídos. A veces se pone la abuela Piera, me dice que todas las noches sueña que aquí dentro me quedo muy delgada, pero no tiene de qué preocuparse, porque me he puesto bien gorda.

Ha sido porque las dos primeras semanas me ponían cortisona, que servía para deshincharme los órganos, que se habían hecho muy grandes con la enfermedad. Eran tan grandes que tenía que moverme con cuidado para no aplastarme a mí misma, y durante unos días no me dejaron levantarme de la cama ni para hacer pis. Es un fármaco que da mucha hambre y, en cuanto abría los ojos por la mañana, me entraban unas ganas locas de comerme un bocadillo de tomate y mozzarella, y mamá iba a comprármelo a las máquinas que hay abajo, en la entrada del hospital. Seguí comiéndomelo después de la cortisona, porque había cogido la costumbre, pero ya lo he dejado. Tengo que hacer dieta, porque tengo el azúcar tan alta como el abuelo. Ya es hora de comer y no me apetece nada tomar caldo de pollo con pasta menuda. Oigo que llaman a la puerta y, aunque ya lo sé, pregunto quién es.

Imma. ¿Puedo pasar?

Depende.

Vamos, Mina, que se enfría.

¿Te acuerdas cuando nos dimos la mano?

Imma se queda callada un instante, abre un poco la puerta, lo justo para que me llegue su voz.

Te he puesto la lata debajo del vaso.

Luego entra con el carro y coge la mesa de cama, abre las patas plegables y me la coloca sobre las rodillas, dice Y se acabaron las latas de atún por unos días.

Imma es una mujer elástica: la primera vez que la miras, te parece muy poquita cosa, pero te equivocas. Las uñas le crecen de colores y cuando acaba su turno lleva zapatos de charol para ser alta. Tiene los dientes blancos y una boca que se ensancha para enseñarlos todos, unos ojos verdes que se agrandan cuando dice Mina, ¡devuélveme el atún que has robado! con una voz que no sé de dónde sale, porque en ese cuerpo tan delgado seguro que no cabe. Tiene mucho pelo, rizado, y siempre lo lleva aprisionado en un gorro de plástico que no lo deja respirar. Cuando llega con el carro de la comida, siempre me da miedo que los rizos se liberen, exploten en mi plato y vayan a relajarse en el caldo caliente, como la pasta de sopa de anillas pequeñas De Cecco.

El gorro rebota una vez cuando se inclina a coger la comida del carro y otra cuando se levanta a dejarla en la bandeja. Cuantos más platos me tocan, más cuidado tengo; hasta ahora el gorro resiste y mi caldo está a salvo, pero yo sé que estallará.

Tenemos un pacto: un caldo por una lata de atún, y ya no me pongo pesada con la comida.

Cuando acabo de comer, Imma pasa otra vez a recoger los platos y todo el plástico. Por cuestiones de higiene, lo empaquetan todo, hasta las manzanas, el pan y las servilletas, incluso los cubiertos, que ya son de plástico. Es como comer en un avión, pero sin ir a ninguna parte.

Antes de salir de la planta, me deja la hoja de comidas del día siguiente, tengo que rellenarla con crucecitas, así sabe qué me apetece comer. Se la doy y ella la coge con sus uñas largas y brillantes, que hoy son de un violeta intenso. Parece que se va, pero enseguida vuelve atrás, quizá esté a punto de ensancharse de otra manera, porque respira hondo y se hincha, luego me devuelve la hoja. Bajo la cabeza y la miro, dentro de las casillas no hay crucecitas, solo una X grande a bolígrafo que lo tapa todo.

Debajo pone: «Pizza frita con tomate, mozzarella de búfala y cebolla roja. El salchichón aparte, gracias».

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4

Papá dice que, cuando tenía mi edad, nunca le regalaban juguetes nuevos. Era el menor de cinco hermanos y se quedaba con los juguetes viejos que ya no utilizaban, porque, cuando le tocaba a él, el dinero había terminado hacía ya mucho. Con la ropa funcionaba igual y, en Nochebuena, cuando se hacían la foto de familia, siempre parecía que un hermano hubiera salido idéntico al año anterior, pero era él vestido con ropa de los demás cada Navidad.

Dice que yo tengo suerte, porque aquí hay cantidad de juguetes y muchos me los puedo quedar. Efectivamente, me estoy guardando varias cosas: tengo todos los libros de Geronimo Stilton, la taza nueva de Buscando a Nemo y la camiseta original del futbolista Totti, que es más bien un capricho, porque ahora solo llevo pijamas. También pedí ver a Arturo Brachetti, el ilusionista, y una tarde se presentó en la planta con su pelo de punta lleno de laca y me firmó un autógrafo en una postal amarilla donde salía él vestido de abeja. Además, todos los días vienen los voluntarios y les pido que me traigan una cinta de vídeo de la biblioteca, aunque no tenga ganas de verla, porque me gusta ver cómo vuelven con lo que les he pedido. A veces me siento muy poderosa, incluso más que papá.

Él es un hombre inteligente, habla poco y, cuando discute, gana sin levantar la voz. Además, es muy fuerte, de joven boxeaba y tiene un saco para entrenar en el trastero. Olivia y yo no lo podremos usar hasta que seamos mayores de edad, dice que es la ley, que, si no, se lo harán quitar, y nosotras no queremos eso. Desde que estamos aquí, he descubierto que se pone blanco al ver sangre. Cuando me limpian el Broviac, mira hacia otro lado y me acaricia un pie.

El Broviac es el tubo por donde pasa la quimioterapia, es como su carretera principal. Hay que limpiarlo a menudo. De eso se encarga Paolo, el enfermero que conozco mejor. Odio el momento de las curas, aunque él me cae bien. Tiene una voz bonita, grave, como si hablara siempre desde dentro de una cueva, muchos músculos en los brazos y unos dedos largos con los que se rasca la cabeza afeitada cuando piensa en algo difícil. Perdió el pelo sin estar enfermo y me dijo que nunca volverá a crecerle. O sea que Paolo tiene más mala suerte que yo, y por eso lo aprecio, aunque papá no esté de acuerdo. A él le molesta que Paolo lo llame conde Drácula en plan de broma; quiere hacerlo reír para que no piense en el miedo que le da la sangre, pero papá nunca se ríe. Asiente rápido y no sabe qué contestar, porque la sangre lo agobia. Me di cuenta el primer día de las curas, cuando Paolo me levantó la parte de arriba del pijama y empezó a explicarle cuál es la mejor manera de limpiar el Broviac. Papá no se enteró, tenía la cara como el papel y no oyó casi nada, es que cuando se pone blanco, también se vuelve sordo; hizo que sí con la cabeza, luego que no y luego se sentó, entonces Paolo le dio un zumo de naranja con azúcar. A mí al principio me dio risa, pero después me enfadé mucho, porque la enferma era yo, no él.

Unas horas antes, la doctora Bosco me había dicho Te pondremos el Broviac, así no tenemos que pincharte más. Me pareció buena idea, porque es verdad que tengo las venas grasas, pero tenía tantos pinchazos en los brazos y las manos que me habían puesto una vía en los pies, y era incómodo hasta para ponerme las zapatillas. Pregunté cuánto tendría que estar dentro y ella me dijo que era una cosa rápida y que, además, me pondrían anestesia y me dormiría. Y era cierto, pero luego me desperté.

Me decían Quieta, estate quieta, como se hace con los caballos o los perros rabiosos. No es nada, calma, pero me entraba tos, porque una mano me echaba la cabeza hacia atrás y yo lloraba y me atragantaba. Tranquila, Martina, es solo un momento, y me entraban ganas de morderla, quería apretarla con los dientes y que gritara más fuerte que yo, porque me asustaba oír mi voz tan alta. Aguanta, ahora se te pasará, te ponemos un poco más de anestesia.

Me llevaron de vuelta a la quinta planta a última hora de la tarde, cuando respiraba hondo me tiraba el pecho, pero nada más. Estaba muy cansada y molesta, porque notaba la lengua como una gran esponja que me absorbía toda la saliva y todas las palabras que pasaban por allí, porque me hacían preguntas y yo no decía nada. La doctora Bosco me puso el pelo de lado para dejarme la frente descubierta, dijo Ya verás, pronto te encontrarás mejor. Cuando sonríe es toda encías y, como tiene espacio de sobra, creo que le regalaré una tercera fila de dientes, así podrá sonreír y masticar a la vez y nunca habrá nadie más contento a la hora de comer.

Yo al Broviac lo llamo Phil; me lo metieron dentro de la vena del corazón, sube hasta el cuello, vuelve atrás, al centro del pecho, y sale. Ahora ya está casi curado y me pica, pero aparte de eso es cómodo, aunque tengo que tener cuidado de no enredarme con los tiradores de las puertas o la barandilla de la cama. Siempre estoy conectada a un cable, como si funcionara con corriente. A veces me siento una radio o una televisión y estoy segura de que tengo todos los canales; si alguien encontrara el mando a distancia, podría encenderme y yo contaría un montón de cosas interesantes, como los documentales sobre los animales y la Tierra.

La verdad es que papá no puede hacer nada si le dan grima estas cosas, porque no es su trabajo, él es electricista, aunque le gustaría tener una tienda y cuando lo llamas a su número privado, contesta Ferretería, ¿diga?

Yo a veces le ordeno los taladros y algún tornillo, pero no siempre. Por ejemplo, ahora no, y le digo Hola, papi, ¿puedes ir a cogerme El método Chof, de uno que se llama Roddy Doyle?

Ayer te cogí los chistes de Geronimo Stilton.

Ya, es que hoy quiero cambiar.

Dice Primero termina el que tienes.

Es un libro de chistes, lo leo a ratos.

Él no contesta.

Por favor.

Sé que le gustaría decirme que no, pero no le sale.

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La doctora Bosco quiere saber el tamaño de mi corazón.

Ha dicho Tenemos que comprobar el grosor de las paredes. Entonces le he preguntado si tienen que ser anchas o estrechas o una cosa a medias, como las de mi habitación, que solo dejan pasar ruidos fuertes, como la voz de alguien que grita o la cisterna del baño. Ella se lo ha pensado un momento y me ha contestado Más finas, pero que la comparación no era adecuada, porque el corazón no es una pared.

Le he dicho Quizá el tuyo no, pero el del doctor Tozzi puede que sí.

Ella ha sonreído y me ha contestado Pero no se lo diremos a nadie.

He asentido, le he dicho que estaba de acuerdo en ir a hacerme la prueba a Cardiología para estar segura de que no soy como él, que es el jefe de la unidad y yo lo odio, así que no hablaré de él.

Me ha tocado la cara: Nos vemos más tarde, listilla.

Ahora estoy aquí con mamá, esperando mi turno para el ecocardiograma. Nos hemos sentado en las sillas de plástico del pasillo, que son cuadradas y están todas unidas, igual que las piezas de una dentadura sucia, porque son de un color amarillento, como el de mi cara y la del niño sentado delante de mí.

Tiene los ojos fijos en la Game Boy y está solo, en la silla de al lado hay un bolso de piel fucsia que debe de ser de su hermana o su madre y él tiene que hacer de vigilante, aunque no se le da muy bien el oficio, porque está muy concentrado en su juego. Pulsa los botones e imita el ruido de la explosión con la boca, y eso sí le sale bien, porque, si cierro los ojos, puedo creer que el hospital está saltando por los aires de verdad, y me pongo muy contenta.

Los abro cuando oigo que me llaman por mi apellido. Una enfermera pelirroja, con una melena muy larga, se asoma por la puerta que tenemos enfrente y nos pide que entremos. Pasen.

Mamá recoge su bolso y se pone de pie. Vamos, Mina.

El niño de delante levanta la vista y me observa mientras me acerco a la enfermera. Tiene los ojos de un verde oscuro y no deja de mirarme, tiene la cara llena de pecas y está calvo, como yo.

Lo miro también y, antes de entrar yo en la sala, levanta una mano y me saca el dedo corazón.

Mamá lo ve y cierra la puerta detrás de mí negando con la cabeza, abre los ojos como platos y dice Vaya con el niño.

La enfermera sonríe: ¿Todo bien?

¡Le ha sacado el dedo corazón!

¿Cómo?

El niño de ahí enfrente. Te ha sacado el dedo corazón, Mina, ¿lo has visto?

Me encojo de hombros: Idiota.

Mamá me mira y dice Habla bien. Luego me toca un hombro: Lo siento, es un maleducado.

Nada nuevo, la enfermera asiente rápido y suspira. Desenrolla el papel en la camilla que tenemos delante y lo extiende bien, aplanándolo con las manos. Nos cuenta que el niño está un poco aturdido, ha ido a muchos hospitales porque no encuentran el tratamiento adecuado para él, y ahora está aquí, pero lo tienen en el hospital de día, a la espera de que quede libre una habitación arriba, donde estamos nosotros.

Mamá asiente mientras me ayuda a quitarme la parte de arriba del pijama, va con mucho cuidado para no molestar a Phil. Luego mira a la enfermera y responde Comprendo…, pero yo veo que no está nada convencida.

Me tumbo en la camilla y la enfermera me pega tres electrodos en el pecho, dice que ahora haremos unas bonitas fotografías de mi corazón y yo lo imagino como en los álbumes de las vacaciones, con una sonrisa, gafas de sol y los dedos en V. Me pide que me ponga de lado, como cuando voy a dormir, así yo también puedo verlas proyectadas en la pantalla del ordenador que tenemos delante.

Me doy la vuelta.

Mamá está sentada cerca de mí y me acaricia un tobillo, lo hace siempre, por eso me gusta estar en la camilla.

La enfermera, que en el cartelito dice que se llama Vanessa L., echa gel en un instrumento alargado que parece el cambio de marchas del coche, me lo pasa por el pecho haciendo una leve presión y en la pantalla se ve una imagen triangular, palpita rítmicamente y parece una llama en blanco y negro. Entonces lanzo un suspiro de alivio: está claro que no soy para nada como el doctor Tozzi, mi corazón está hecho de fuego porque es el corazón de un dragón.

Cuando terminamos, Vanessa L. me quita los electrodos uno por uno y me da un trozo de papel para que me limpie. Me lo paso por el pecho, lo tiro a la papelera y después me pongo la camiseta. Ella sonríe y dice Vuelvo enseguida, imprimo dos hojas y ya podréis marcharos.

Mamá dice Muy bien, y, cuando se va, le echa un vistazo a la puerta, luego me toca un brazo. Susurra que aquí todos los niños hacen lo que quieren con la excusa de que están enfermos, pero que yo, aparte de con el doctor Tozzi, soy amable y ella está contenta.

Le digo Gracias, ella asiente.

Vanessa L. vuelve con una carpeta amarilla para mamá, aunque las hojas que contiene hablan de mí y, personalmente, me gustaría tenerlas, no entiendo esta costumbre de no dármelas nunca. Las leeré de todas formas cuando esté en la habitación.

Nos abre la puerta y se despide, mamá dice Adiós y yo agito la mano, luego salimos.

El niño sigue ahí. Nos oye y aparta los ojos de la Game Boy.

Mamá lo mira un instante, me coge de la mano y tira, quiere irse ya.

Mientras ando, vuelvo la cabeza hacia él y veo que me mira, entonces le saco el dedo corazón y él hace lo mismo, como una despedida.

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Ha sido hace una hora, yo estaba sentada en la cama sin molestar a nadie. Han llamado rápido a la puerta y mamá ha dicho Adelante, y han entrado. Llaman porque es de buena educación, pero, si no contestas, se asoman igual. No les puedes decir No entren, gracias, porque creen que necesitas divertirte, aunque no lo sepas. Lo único que puedes hacer es fingir que estás durmiendo, y entonces pasan más tarde.

Se notaba que yo estaba despierta, porque tenía la tele encendida, con el volumen alto, estaba viendo un vídeo de Barbie, que esa vez se llamaba Clara y descubría un reino mágico en el fondo de la madriguera de un ratón excavada en la pared de un salón. El rey Ratón la había convertido en un ser muy pequeño, y ella iba al reino a recuperar su estatura junto a un cascanueces que había encontrado en el árbol de Navidad. El cascanueces se llamaba Eric y los ratones se lo querían comer. Ella lo ayudaba hasta que volviera a ser un hombre de verdad, porque a él también lo habían embrujado. Y, cuando se rompió el hechizo, yo creía que se casarían, porque estaban bailando una música preciosa y se tocaban con la punta de los dedos, pero al final ella se despierta en el salón de su casa y primero está triste y luego contenta, porque de repente lo ve llegar, y no se sabe si ha soñado lo de ahora, lo de antes o nada.

Cuando han entrado en la habitación estaba en la parte en que él dice Bienvenida a Partenia y ella recoge nieve del suelo con las dos manos, porque allí la nieve no está fría. Se han parado en la puerta muy sonrientes, me han saludado poniendo una voz que no era la suya. Eran tres: uno muy joven, con una camisa a cuadros amarillos y rojos y un sombrero con orejas de burro; una mujer que llevaba dibujadas unas pecas grandes como ojos y un lazo rosa en cada trenza; y el tercero era un señor de la edad de mi abuelo que tenía restos de blanco entre las arrugas, porque tenía la cara pintada. Llevaban una nariz de goma, como todos los payasos.

Me he vuelto hacia el rostro de ojos azules de Barbie-Clara. Ella, con su nariz diminuta, inspiraba el aire de Partenia, que olía a menta piperita; llevaba un pijama parecido al mío, porque había entrado en el agujero de los ratones de noche. He pulsado pausa.

Les he dicho Hola con mi voz normal. El de las orejas de burro ha sacado una varita de prestidigitador y me ha preguntado si creía en la magia. Claro que creo en la magia, le he dicho, y él parecía contento, ha dicho Vale, pues voy a hacer desaparecer al cabezón de mi amigo, y ha señalado al de las arrugas blancas, que le ha pisado un pie, se ve que no le gusta que lo llame cabezón. Entonces él ha gritado, se ha cogido el pie con las manos y ha empezado a saltar, ha empujado a la de las pecas como ojos, y ella lo ha mirado con todas las pupilas que tenía en la cara, ha cruzado los brazos y ha dicho No pienso venir nunca más con vosotros, y ellos dos han parado. Luego se han mirado y el de las orejas de burro ha dicho ¡Ahora verás!, ha inspirado profundamente y ha agitado la varita para golpear en la cabeza al de las arrugas, que estaba quieto y sonriente. Entonces la varita se ha puesto blanda y de la punta ha salido un ramo de tulipanes de plástico. Se lo ha dado y ella se ha puesto contenta. Luego se han inclinado a saludar.

Yo he sonreído y he dicho Gracias.

Mamá dice que hacen lo que pueden, y yo quiero ser amable. Discutí con Tommaso, de la tres, porque una vez, cuando estábamos en la sala de juegos, dijo que los payasos eran su momento favorito, yo le contesté que siempre hacen los mismos trucos y que ya me los sé, y él me dijo Tú siempre lo sabes todo, y yo le dije No, y él Sí, y yo Tú lo has dicho, y me fui, porque la verdad es que discutir no me gusta y encima me hace sudar. Tommaso se quedó en la sala de juegos, yo lo oía gritar solo, pero no le hice caso, porque discutir tampoco le hace ningún bien, que cuando se pone nervioso, se le acelera el corazón por culpa del neuroblastoma.

Al final, después de saludar, la de las pecas como ojos ha sacado un libro y me ha enseñado que tenía las páginas en blanco, yo sé que en la otra mitad hay dibujos y tenía muchas ganas de decírselo, porque Barbie-Clara me miraba desde la tele y quería seguir su viaje a Partenia. Ha cerrado el libro y me ha dicho que soplara encima. Mamá no dejaba de mirarme, luego les sonreía a los payasos y volvía a mirarme. Estaba sentada en el sillón cama, tenía los tobillos juntos y las piernas inclinadas a la izquierda, con el ordenador sobre las rodillas, porque trabaja desde aquí, organiza vacaciones. Vamos, Mina, ha dicho. Ellos sonreían con la boca muy abierta y los ojos como platos, con las cejas altas, como si no tuvieran suficiente con la piel de la cara. He cogido un poco de aire y ellos han asentido, sin darse cuenta de que no era para soplar encima del libro, sino para decirles ¿Sabéis?, esto no es magia, pero han llamado a la puerta y he vuelto la cabeza cuando ya tenía las palabras en las encías. Esto no es magia, ¿sabéis?, se lo quería decir, en serio. En cambio, he dicho ¿Quién es?, y ha aparecido la cara cuadrada del cura.

Me ha preguntado Mina, ¿cómo vamos?

El cura me gusta, viene aquí a charlar. Se sienta en una punta de la cama y yo tengo que echar los pies hacia atrás, porque es un hombre voluminoso, muy alto, robusto y lleno de pelos, cuando se va, siempre encuentro alguno en la sábana, como pasa con los gatos. Va con una cartera de cuero marrón en bandolera, y dentro lleva la Biblia, caramelos de eucalipto Lavagetti, con el papel negro y puntitos amarillos, pañuelos perfumados y crucigramas para mamá. Los dos tienen la misma edad: treinta y siete. Lo sé porque se lo he preguntado, contesta a todo lo que quiero saber y, cuando se ríe, en el fondo de la boca se le ven dos dientes de oro muy bonitos. Siempre me pregunta cómo estoy y si digo mis oraciones. Yo por la noche rezo el ángel de la guarda, pero al cura le respondo que no, y así él, cuando está en el hospital, siempre viene a verme. Suele regalarme atún, porque sabe que me gusta y porque quiere que diga mis oraciones. Por eso es el Señor del Atún.

Vamos bien, le digo, ¿y tú?

Dice que va tirando y luego saluda a mamá. Ella se levanta y deja el ordenador en mi mesa, porque quiere ir a la cocina a hacerse un café antes de bajar a por mis análisis, sale y deja la puerta abierta. Él empieza a hablar con los payasos y las voces de ellos ya suenan normales, me mira y dice Ahora me encargo yo de esta, y ellos sonríen. Se van en fila india, uno detrás de otro, y se despiden con la mano, yo hago lo mismo. Luego cierran la puerta.

Sabes, esto no es magia, le digo.

Ya, asiente.

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7

¿Crees que es un sueño?

No, no lo creo.

¿Todo es real?

Él se rasca la barbilla y oigo el ruido de las uñas en la barba. Dice Esto es lo bonito de las historias.

Coge el mando a distancia y apaga la tele, se pone de pie y me mira. Está delante de la ventana y detrás de su cabeza veo el cielo gris azulado. Se cuelga la cartera de cuero: ¿Vamos un rato a la sala de juegos?

No.

Anda, Mina, a ver quién hay por allí.

Antes quiero ver otra película.

Tanta tele estropea la vista, dice. Vamos.

El Señor del Atún no me gusta cuando insiste, ya se lo he explicado. Él me dice que no puede ser siempre simpático como cuando vemos Barbie-Clara en la tele. Quiere que salga a hacer amigos y yo le digo que, si salgo de aquí, ya tengo amigos, y él me dice que no se refiere a eso, y yo le respondo que ya lo sé. La última vez que le hice caso me presentó a Salomé, de la habitación doce, que tiene cinco años y un montón de animales de la jungla de plástico: tigres, elefantes, cocodrilos y un león, y también varios dinosaurios. Los pone en fila en los sofás para que hagan migraciones, ella es colombiana y dice que en su casa tiene todos esos animales de verdad. Me pidió que jugáramos juntas y yo le dije que sí si no iba a ser mucho rato, ella me dijo Vale, pero cada vez que yo decía Mira, ya hemos llegado, ella ponía la voz del pterodáctilo que iba a la cabeza de la fila y respondía No, te equivocas, la tierra aún está lejos.

El Señor del Atún me da dos golpecitos en la pierna con la palma de la mano, dice Vamos y volvemos.

Para eso mejor me quedo aquí.

Se sienta otra vez en la cama, mira a su alrededor: Está bien, asiente y abre la cartera de cuero, te cuento una historia. Yo recuesto la cabeza en el colchón. Lo he puesto alto porque de día prefiero estar incorporada, tengo un mando a distancia con cuatro botones: alto-bajo y cabeza-pies. Los pies los subo para que mamá me pinte las uñas, o cuando estoy a punto de desmayarme, o para echar a los que se sientan en mi cama sin pedir permiso.

Eso está mejor, le digo. Te escucho.

Él mete la mano en la cartera y saca el libro.

No, la Biblia no.

Solo tengo este. Hojea las finas páginas humedeciéndose la punta del dedo índice, sonríe y no me mira.

Usa mis libros.

Este es mejor, y se detiene en una página: Ah.

Cojo el mando de la cama y él me dice que ni lo intente y que además puede leer de pie y hasta cabeza abajo si fuera necesario.

Lee cabeza abajo si eres capaz.

No lo hago gratis. Se vuelve hacia mí y tengo la sensación de que quiere preguntarme algo, pero al final se calla.

Primero lo haces y luego vamos a la sala de juegos.

Ni hablar.

Pues entonces nada.

Se levanta como si fuera a marcharse. Leeré cabeza abajo, pero allí, dice.

Veo que cierra la puerta y oigo el ruido de los zapatos sobre el suelo de goma. Aparto la sábana y bajo de la cama, toco el suelo mientras me pongo las zapatillas, sé hacerlo a la vez. Salgo de la habitación con el palo del gotero y lo veo en mitad del pasillo.

Espera, le grito en voz baja.

¿A qué?

Él se para y se vuelve a mirarme. La sotana negra llega poco después que él, forma una especie de rueda.

¿De verdad que eres capaz?

No digo mentiras.

Pues entonces no quiero que lo hagas delante de todo el mundo.

Él levanta las cejas, se acerca con la Biblia debajo del brazo y se agacha a mi lado. Tiene un pie apoyado del todo en el suelo y el otro solo con la punta, pone los codos sobre las rodillas.

Pues llévala tú.

Mejor en la cartera, le digo. La sacas cuando volvamos a la habitación.

Él dice Trato hecho, y yo le respondo que me debe mil latas de atún si lo que dice no es cierto.

La sala de juegos está al final del pasillo. El suelo es amarillo, porque es el fondo del mar, con la arena, y hay conchas y cangrejos dibujados. En cambio, las paredes las han dividido en horizontal: una mitad es el cielo con nubes y la otra mitad, el mar con olas. El Señor del Atún es alto y puede respirar, yo estoy debajo del agua. A mi alrededor hay caballitos de mar que tiran el carruaje de una princesa sirena con el pelo muy largo y naranja, un pulpo que lee un libro entre las algas y unos peces payaso que están junto al áncora de un galeón de piratas y loros que navega hacia una isla muy verde, llena de palmeras y mariposas, que ocupa una pared entera. Allí hay un castillo de cinco puntas, son de oro, como las muelas del Señor del Atún. A él le gusta el arcoíris que hay arriba, dice que da buena suerte.

Mi parte favorita es la ventana junto a las mesas, es enorme, nunca había visto una tan grande. Tiene pegado el adhesivo de un avión rojo con gafas de aviador, y, cuando el Señor del Atún pasa por debajo, se agacha, como si creyera que puede darle en la cabeza. Yo, cuando no me ve nadie, lo rasco, porque me quedan las uñas rojas por debajo y me siento una bestia feroz. Soy un dragón verde, con los ojos rojos y las pupilas estrechas, tengo unas púas muy largas en las alas y la cola, y puedo ver en la oscuridad para escupirle fuego al doctor Guglielmo Tozzi tanto de día como de noche.

El Señor del Atún charla con el padre de alguien, están sentados en los sofás, cerca de la máquina de café. Esta tarde no hay casi nadie, solo él y Gloria, que está de pie junto a la ventana, con el teléfono en la oreja. Cuando me ve, sonríe y vuelve a mirar fuera. Ella es mayor, tiene catorce años, los ojos castaños y la piel clara, con pecas, es muy guapa, aunque ella diga que no.

Cojo un puzle de la repisa de los juguetes, es del Tío Gilito en Egipto con Jaimito, Juanito y Jorgito. Llevan sandalias y unas coronas con una serpiente, como Tutankamón, tienen los ojos abiertos como platos y señalan una momia con gorra de marinero que yo diría que es el Pato Donald, aunque no se han dado cuenta. Lo vuelco en la mesa y espero que ninguna pieza se haya quedado dentro de la nariz de algún niño. Oigo a Gloria decir Adiós, nos llamamos mañana. Miro hacia arriba cuando pasa junto a mí y me toca un hombro, me pregunta Cómo estás, sin pararse. Le digo Estoy bien, ¿y tú?, y ella asiente cerrando un poco los ojos, tiene una sonrisa bonita y a la vez cansada. Me gusta encontrármela, yo nunca le pediría jugar a las migraciones. La observo salir con su palo del gotero, se vuelve una vez más y se despide con la mano; lleva un anillo de plata en el dedo anular izquierdo, es un brillante de compromiso, una vez me lo enseñó de cerca. Quizá vuelva a su habitación, o a lo mejor va a la cocina, ya casi es hora de cenar y puede que le suenen las tripas. O quizá es por el Señor del Atún, que a ella no le gusta, cuando lo ve en la planta, nunca se alegra.

Hoy has tenido suerte.

El Señor del Atún se ha sentado a mi lado, dice que la sala de juegos está tranquila porque los payasos van directamente a las habitaciones, eso es lo que él cree. Luego alarga sus dedos gruesos dentro de la caja del puzle, se le forman pelos entre una falange y otra, separa las piezas con el borde liso de las piezas centrales, porque sabe que empiezo por el marco.

La próxima vez volvemos a intentarlo.

Prefiero que no.

Él inspira y se le ensancha la nariz. Mina, dice, hay un montón de niños simpáticos.

¿Cómo quién?

Pues…, se remueve en la silla, ¿no te gustan los de tu edad?

¿Quiénes son simpáticos?

Un montón de gente.

Aquí ni siquiera tú conoces a alguien simpático.

El Señor del Atún se ríe, busco los dientes de oro, pero no ha abierto lo bastante la boca. Dice Gloria, Tommaso, Michele… Los cuenta con los dedos.

Niego con la cabeza.

Tommaso grita, Michele me da cosa.

Me toco la frente y abro mucho los ojos porque me da asco la idea de tener la cabeza llena de bultos y hoyos. Parece el huerto de mi abuelo.

La única simpática es Gloria, pero nunca está aquí, porque cree que los otros niños son quejicas y dan miedo.

¿Eso te lo ha dicho Gloria?

Me encojo de hombros.

Me mira con sus ojos casi negros como si quisiera decirme algo y al final cambia de idea.

Le pregunto ¿Cuándo vas a volver?

Quizá dentro de un par de semanas, depende.

¿De qué?

De las misas, dice, del trabajo en el hospital. Y me promete que cuando esté de nuevo en esta unidad, llamará a mi puerta.

Luego terminamos el puzle. No tiene ningún hueco, me gustaría llevármelo.

Mientras me acompaña a la habitación, pasamos por delante de la tres, que está pegada a la mía. La puerta está abierta y el interior, vacío, con la cama hecha y la ventana cerrada. Ya casi es hora de cenar.

¿Dónde está Tommaso?

Miro al Señor del Atún, pero él no me mira.

Se ha curado, dice. Lo han mandado a casa.

Qué suerte.