1
Empezar por el final
2027
Notaba el corazón latiéndome en el cuello, en el pecho, en el estómago, en las muñecas y detrás de los ojos. Una parte de mí, la voz de la mala de Disney que vive en mi interior sin pagar alquiler y que me odia visceralmente, me decía que estar nerviosa era una tontería porque no tenía ninguna oportunidad.
Me miré el regazo, donde reposaban nuestras manos, y vi que mis nudillos estaban blancos; no era consciente de estar agarrándolo con tanta fuerza. Él, sin embargo, no se quejaba. No creo que sus manazas sintieran la más mínima molestia. Me observaba de reojo, sin buscar protagonismo, como si le interesase muchísimo algo que había descubierto posado sobre mi hombro, pero atento al ritmo de mi respiración.
—Pase lo que pase, para mí siempre serás la mejor —murmuró.
—Gracias —contesté con una sonrisa temblorosa—, pero tengo la leve sospecha de que no eres objetivo.
—Te quiero, pero independientemente de ello, eres la mejor.
Abrí la boca para responder, con la ilusión burbujeando en el estómago como una pócima en el caldero de una bruja, pero entonces, desde el escenario, emergió una voz:
—Y el Goya a la mejor actriz protagonista es para…
Siempre había pensado que la literatura exageraba cuando hablaba de lo elástico que puede llegar a ser el tiempo, pero el segundo que precedió al nombre de la ganadora duró, para mí, un par de años. Dentro cupieron la ansiedad con la que había enfrentado mis primeros rodajes de niña; las discusiones con mi madre, cuando me acusaba de no esforzarme lo bastante, y la eterna creencia de no ser suficientemente buena. En ese segundo, mi cuerpo revivió la desagradable sensación de fracaso que me invadió cuando mi carrera empezó a ir de mal en peor. El miedo al rechazo, la inseguridad, la culpa, la dañina autoexigencia…, todo daba volteretas dentro de mi estómago, a pesar de que ahora tenía todo aquello muchísimo más asumido y trabajado.
—Júlia Casanovas.
Levanté la barbilla y miré a mi alrededor con los ojos llenos de sorpresa. ¿Habían dicho mi nombre? ¿Había sido una alucinación auditiva?
—¡Tú! ¡Eres tú! —gritó él bajo el estruendo de los aplausos—. ¡Has ganado!
En su rostro encontré orgullo, felicidad y alegría. No había celos, competitividad ni miedo. Solo amor y admiración. Ese tipo de emoción que solo es capaz de transmitirte quien te ama de verdad.
Nos levantamos ambos, él para dejarme pasar, yo para ir a recoger algo que creí que jamás sostendría entre las manos. Antes de irme, lo besé con fuerza. Se escucharon silbidos en torno a nosotros, seguramente del equipo repartido por toda la sala, que nos jaleaba. Nos sonreímos el uno al otro, como si en ese instante no hubiera nadie más en aquel anfiteatro, y, tras ese momento de calma, puse rumbo al escenario, preocupada por no tropezarme y, a la vez, propulsada por una energía que me hacía sentir como si caminara sobre nubes.
Aproveché el paseíllo para alisar la tela de mi precioso vestido negro de Cherubina, con cuello y puños blancos y mangas y escote con transparencias. Me sentía muy cómoda con aquel vestido discreto, elegante, con un toque tan Chanel… y que mi madre nunca hubiera escogido. Se adaptaba a mis curvas de chica normal, el largo favorecía a mi metro sesenta y ocho y era cómodo. Confieso que dudé de mi elección cuando vi a otras actrices pasar por la alfombra roja; me dio miedo haberme fiado de mi criterio. Es una pena que tengamos que ser casi adultas para aprender a confiar en nosotras mismas.
Al llegar al escenario sonreí a Susi Sánchez y a Karra Elejalde, que me tendían la estatuilla (o debería decir «el cabezón»), y me lancé a abrazarlos, para la sorpresa de ambos y del público, que aplaudió aquel gesto espontáneo.
Agarré el goya, sorprendida por su peso, y lo alcé como si hubiera ganado la copa en un mundial de fútbol. Me reía nerviosa, sin saber si aquellas carcajadas terminarían siendo sollozos, porque era compatible sentirse tan sobrepasada y, a la vez, tan feliz. Frente al micro, observada por cientos de personas de la profesión a las que ni siquiera podía ver debido a los focos, temblorosa, sin tener preparado ningún discurso, solo sentí emoción de la buena. La página en blanco no siempre da miedo.
—Gracias. ¡Muchísimas gracias! —exclamé con un toque de histeria en la voz—. ¡Ni siquiera sé qué decir! Muchos entenderán que no tenga nada preparado para la ocasión; sobre todo, aquellas personas que pusieron el grito en el cielo cuando se enteraron de que yo iba a interpretar a María. Aquellos que señalaron que yo había sido una pésima actriz adolescente, que solo había hecho series y películas de mierda, que llevaba años sin trabajar y que ni siquiera era lo suficientemente sexy o guapa para merecerme una segunda oportunidad. En esta industria, a los prejuicios se les suma que, cuando una mujer cumple los treinta, parece que empieza a desaparecer; y yo me niego a creer que solo seamos un cuerpo que moldear al gusto del consumidor. Qué suerte la mía: ponerme en la piel de María ha supuesto mucho más que un papel para mi cuerpo y para mi alma. Pero ¡no quiero dedicar el momento más importante de mi vida profesional a esa gente! Aunque no lo parezca, no soy rencorosa —me reí nerviosa.
Miré el rostro del famoso pintor español de la estatuilla y protagonicé un segundo de silencio. Buscaba, en un suspiro, que el oxígeno llegara hasta ese punto del estómago donde se me concentraba el miedo. Y supe lo que quería decir. No lo que debía. No lo que esperaban que dijera. Solo lo que, en el futuro, me enorgullecería haber dicho.
—Me gustaría dedicar este goya a todas las niñas buenas. A todas aquellas mujeres a las que educaron para asentir, obedecer, sonreír y callar, pero no para ser felices. Ni para escoger su camino. A las que no saben decir que no y sufren por ello. A las que aprenden a reprimir su ira, su tristeza y su vacío. A las que buscan la aprobación del otro, aunque para ello tengan que olvidar su propio bienestar porque el mundo les ha dicho que esa es la única manera de que las quieran. A las que se infravaloran y creen que no tienen criterio ni valen la pena; a las que están seguras de que solo merecerán amor si son obedientes, discretas y complacientes. A todas vosotras, a las que solo os apreciaron cuando actuabais según los deseos de otros, os dedico este premio. Y lo hago para daros fuerza, porque soy una de vosotras. Dejadme deciros que si algo me ha enseñado este rodaje, este papel, este último año de mi vida es que lo contrario de una niña buena no es una niña mala: es una que se quiere lo suficiente como para escucharse a sí misma y tomar el control de su vida. Esto es por y para vosotras, niñas buenas, por nuestra revolución.
2
Juguete roto
2019
Dicen que todo el mundo tiene un momento «humilde» en el que, visto desde fuera, asume que su vida se está yendo a la mierda. A pesar de lo que pude pensar cuando llegó, el mío no fue cuando puse todas mis esperanzas e ilusiones en mi relación con Mateo y terminé, como un pasmarote, viéndolo traspasar el control de seguridad del aeropuerto para no volver jamás. El momento que me mantendría siempre humilde fue cuando, con veinticuatro años, el primer día de rodaje de la que sería mi última serie, me vi a mí misma en el camerino vestida como una bailarina erótica de los noventa, pasando el texto de un guion que podría haber escrito con caca un golden retriever. No es que yo hubiera sido una actriz revelación aspirante al Oscar, pero hasta ese momento mi carrera había ido bien; podríamos decir que había levantado el vuelo y planeó a cierta y buena distancia del suelo, al menos durante un tiempo. Aquella miniserie iba a ser mi fin, pero empezaban a escasear los papeles y tener de representante a tu madre —que ha hecho gala de una avaricia sin igual durante toda su vida— no es buena idea.
Aunque era mayorcita para tomar mis propias decisiones, siempre pensé que si hacía caso a los consejos me iría bien. Creía que los demás sabían mucho mejor que yo lo que se hacían.
Estaba sola en el camerino, esperando a que nos llamasen para rodar mientras me bebía la enésima infusión para «matar los nervios» que me suministraba mi madre. Me había dejado con la palabra en la boca y se había marchado para hacer unas llamadas cuando trataba de explicarle por qué aquel papel no me daba buena espina. Mi madre solía actuar así. Me hice adulta sabiendo que en casa siempre habría cosas mucho más importantes que mis sentimientos.
Cuando la puerta se abrió y vi la cara de pocos amigos de mi madre, deduje que la conversación estaba zanjada. Mi mejor amiga, Judith, la llama la Dolly Parton de Lloret de Mar y entiendo muy bien por qué: ojo a su melena platino rematada en tirabuzones; ríete tú de la performance de Jolene en los setenta. Los jeans ajustados, la camisa entallada, su cuerpo de veinteañera y el perfilador de labios siempre más oscuro que el labial son marca de la casa. Aunque en aquel momento su rostro ya empezase a mostrar signos de su verdadera edad —a pesar del bótox, los hilos tensores y las cremas de mil euros el bote—, siempre lucía una belleza que parecía completamente natural. Cuando alguien la piropeaba, mi madre solía responder, con fingido pudor, que su único mérito era tener la suerte de ser de las que «envejecen bien», como si hubiera una manera de envejecer mal. La muy perra; el dinero que me costó su coquetería.
Tras cerrar la puerta con más fuerza de la necesaria, se retiró la melena rubia hacia un lado y, con un gesto de fastidio, se sentó en una de las sillas del camerino.
—No has pasado el casting para la peli de Los Javis. Te lo dije.
En aquel momento, la peli de Los Javis me la sudaba lo más grande. Estaba ahogándome en un ataque silencioso de ansiedad por notar cómo uno de mis labios de abajo pugnaba por liberarse del pequeño bodi de lentejuelas que me habían puesto.
—Mamá, por favor —pedí con un hilo de voz que pareció sorprenderla.
—Mamá, por favor, ¿qué? De verdad, Júlia, te lo digo de verdad. ¿Otra vez con eso? —Se desesperó, como una madre a la que su hija no deja de montarle rabietas en cualquier lado y situación—. No sé a qué viene esa cara de sufrimiento. Ya querrían muchas estar en tu situación. Hay gente que mataría por tener esta oportunidad. ¿Desde cuándo eres una niña tan caprichosa?
—Tengo veinticuatro años. No soy una niña.
—Pues deja de comportarte como tal. Ya tenemos suficiente con que no te hayan cogido en el casting. A ver ahora qué hacemos.
Cruzó las piernas y estudió sus uñas, dejando que su pie se columpiara vagamente. Lanzaba aquí y allá la sombra de sus tacones altos, casi imposibles. Si me callé fue porque de sobra sabía que con ese humor no iba a escuchar ninguna queja; sin embargo, mi silencio también pareció molestarla.
—Pagaban muy pero que muy bien, Júlia. ¿No podrías haberte esforzado un poquito más? El vestido que te pusiste no te hizo ningún favor, pero si hubieras sonreído más, quizá…
Chasqueé la lengua y miré hacia el techo. Era verdad que pagaban muy bien por aquel papel perdido, pero tenía un problema mucho más inmediato: estaba a punto de protagonizar la mayor mierda jamás rodada en España y, además, no quería llorar. Por más ganas que tuviera, hasta yo sabía que deshacerme en lágrimas en aquel momento complicaría el inicio del rodaje. Ella pareció percatarse de que estaba a punto de perder la batalla contra el llanto y, endulzando la voz, intentó calmarme a su manera.
—¿Quieres repasar la separata?
Asentí. Era mejor ocupar la cabeza en algo mecánico, como recitar unos diálogos ya memorizados.
Mi madre cogió de dentro de su bolso la manoseada copia del guion y localizó la separata del día, que tenía subrayada en dos colores.
—Vale, tira. Yo te doy la réplica.
Me cerré el albornoz y tragué saliva. Intenté olvidar el vestuario de la escena que llevaba debajo y después me puse en pie.
—Lo supe en cuanto te vi; juro que tuve la certeza de que se me iba la vida a la mierda —murmuré entre dientes agarrándome el cinturón de la bata, a la altura del estómago—. Pero confié en ti… ¿Por qué? ¿Por qué tuve que confiar en ti?
—Estás haciendo una montaña de un grano de arena —respondió mi madre, metidísima en el papel.
—Me estás arruinando la vida.
—Solo tienes que salir ahí fuera y bailar. Es por lo que te pago: para bailar. Para ponerles la polla dura a esos viejos de ahí fuera; no es tan difícil.
Me tapé la cara con las dos manos, muerta de vergüenza. Me sabía aquel guion al dedillo, pero no me acostumbraba ni a lo malo que era ni a lo mucho que se parecía a mi vida en aquel momento. Se notaba a kilómetros que sería un fracaso y el hazmerreír del sector. ¿Qué iba a pensar Mateo si me veía? Que, en vez de cumplir años, estos me pasaban por encima. Iba a protagonizar una serie sobre bailarinas al más puro estilo Showgirls, pero a la española y ambientada en los dosmil. ¿Por qué mi madre y representante, la señora Dolly de Lloret, me había presionado tantísimo para aceptarlo? Bueno, por la pasta, supongo. Todo entre nosotras parecía reducirse siempre al dinero.
—¡¿Y ahora qué te pasa?! —estalló arrojando el guion contra la mesa.
—Mamá, ¡es horrible!
—¿Qué es horrible?
—El guion, la producción, el elenco…
—El elenco del que formas parte, quieres decir…
Me abrí la bata, esperando que su instinto de protección saltase al verme vestida con aquella especie de «nada» de pedrería y transparencias que me dejaba el culo al aire.
—¡Ni siquiera han consentido que me pusiera unas medias debajo!
—Y ¿qué tiene de malo? Para algo nos matamos en el gimnasio, ¿no?
¿Nos matamos? Ella hacía su media horita de pesas y elíptica y pasaba su ratito en el spa, mientras a mí un entrenador sádico, como solo puede serlo alguien que tiene una tuerca suelta ahí arriba, me hacía sudar y gemir de dolor durante dos horas.
Preferí no decir nada al respecto. Tenía que guardar energías para defender lo más importante.
—Seguro que aún estamos a tiempo de dejarlo y de decir que sí a esa película de bajo presupuesto con aquel guion tan bueno que…
—¿Dejarlo? ¿Película de bajo presupuesto? —Se tocó la sien de manera repetitiva—. Pero ¿te has vuelto loca? ¿Y de qué vivimos? A ver si te vas a creer que te voy a tener en casa mantenida, como una nini, que ni estudia ni trabaja. Júlia, del «arte y ensayo» no se vive.
—Habrá otros guiones.
—Ah, ¿sí? ¿Como el de Los Javis?
—Eso es cruel.
—La vida es cruel. Yo solo quiero protegerte, que hagas callo, seas fuerte y tengas capacidad de sacrificio. Es lo único que va a garantizarte el éxito.
—Este papel va a hacerme daño, mamá. Se ve venir. Este papel va a hacerme caer en desgracia.
—Escúchame bien, Júlia. Solo te lo voy a decir una vez. —Se puso en pie y se acercó a mí señalándome con el dedo—. Desde que se terminó Susurro, ya no eres una estrella. Cinco temporadas no te convierten en una actriz consagrada. Hiciste anuncios de Pantene, saliste en la portada de Cosmopolitan, te invitaron a desfiles, te regalaron ropa y maquillaje, pero eso ya pasó. Fuiste una moda. Y la prueba es que los papeles escasean.
—Pero coger lo primero que aparezca no me parece una estrategia inteligente para el futuro —me quejé.
—¿Tienes una idea mejor? Porque el dinero que ganamos no dura eternamente.
Cerré los ojos, respiré hondo e intenté olvidar que mis padres habían «gestionado» el dinero que gané desde mis primeros papeles, aunque se podría sustituir la palabra entrecomillada por «dilapidado». El resultado es el mismo.
—Quizá podría tomarme un tiempo, hasta que salga algo bueno, y estudiar.
—¿Estudiar? ¿Estudiar qué?
—Pues podría retomar la idea de estudiar Magisterio…
El silencio que siguió a mi propuesta fue muy elocuente, pero mi madre quiso remarcar lo que opinaba al respecto sin racanear vehemencia:
—¿Magisterio?
—Sí, mamá. Probar con una vida… normal. Aún no es tan tarde para mí…, ¿no?
—Tú quieres que a mí me dé algo. Tú quieres que yo me ponga enferma de los nervios, que no viva, que no haga más que preocuparme por ti. ¿Por qué me haces esto, Júlia? ¿Es que no he hecho siempre lo que era mejor para ti? ¿No me he sacrificado por tu carrera? ¿Quién te llevaba y te recogía de tus clases de ballet, de interpretación, de canto…? ¿Quién te ha acompañado en todos tus rodajes, aunque fueran de madrugada? ¿Quién te ha buscado y ha peleado todos los contratos?
—Pero ¿qué he dicho yo para que ahora salgas con eso? —me quejé.
—¿Qué quieres que hagamos? ¿Quieres que salga ahí fuera, busque al productor y le diga que tiene que encontrar otra protagonista porque no te dejan ponerte unas medias?
—No es eso.
—Entonces ¿qué es?
—¿No me escuchas? —me desesperé.
—Yo pensaba que ya habías pasado esta fase a los quince —murmuró—. De verdad que me pone muy triste esto. Muy triste. No esperaba esto de ti, es muy decepcionante.
El pellizco en el estómago, las palabras mágicas. Ella siguió.
—Es una miniserie, serán como mucho seis semanas de producción, mes y medio, ¿tanto te cuesta? ¿Sabes lo que van a pensar de nosotras si los dejamos ahora en la estacada? Me vas a hacer quedar terriblemente mal y en este mundo todo se sabe, Júlia. Todo se sabe. Hasta los lloriqueos en el camerino.
Me volví a sentar y me hice un ovillo, apoyando la cabeza en las rodillas. Si pensaba en poner un pie fuera, en colocarme frente a los focos, frente a las cámaras, frente a todo aquel equipo, vestida con aquello, recitando aquel texto…, me asfixiaba, se me salía el corazón por la boca, y lo único que repetía mi cerebro era «me quiero ir a casa». Sin embargo, no encontraba las palabras para explicarlo. No sabía cómo hacérselo entender a mi madre. Necesitaba marcharme de allí, abandonar aquel rodaje, aquel proyecto, buscar otras cosas y…, si no aparecían, estudiar. Matricularme en la universidad a distancia, usar algunos ahorros para buscar un piso de alquiler y salir del piso familiar que, claramente, había financiado mi carrera. Necesitaba tener una vida normal o, al menos, intentarlo.
Cogí una bocanada de aire exagerada, pero el oxígeno no pareció llegar a mis pulmones. Sentí que me temblaban las manos, las piernas, el estómago. Iba a vomitar. Miré hacia arriba de nuevo, esperando que así se abrieran mis vías respiratorias.
—Pero ¿qué te pasa? —preguntó como lo haría alguien que te ve dar un guantazo a tu jefe sin previo aviso.
—No puedo respirar.
—Se te está corriendo el maquillaje. Y, por favor, no montes un espectáculo.
—No puedo respirar —repetí.
Mi madre se acercó hasta donde yo había dejado la taza con la infusión y se sentó a mi lado en el sofá.
—Toma. Bebe un poco.
—No —sollocé—. No quiero beber. Quiero irme a casa.
Pensé que me iba a abofetear, pero, por el contrario, me frotó la espalda con su mano de uñas largas llena de anillos.
—Estás siendo irreflexiva —sentenció con calma.
—De verdad, mamá…, por favor…
—Si no hay papel, no hay dinero; si no hay dinero, no hay casa. ¿Es lo que quieres? ¿Que tengamos que vender las propiedades y vivamos de la miseria que cobra de jubilación tu padre?
Negué.
—Te enseñamos a ser responsable. Te inculcamos el trabajo duro, la amabilidad y ser una mujer de palabra…
Lloré un poco más.
—¿Vas a echar por tierra todo lo que hemos conseguido? ¿Quieres terminar sirviendo croquetas en un bar cutre? —Seguía frotándome la espalda con suavidad, pero yo notaba la dureza de sus anillos a través de la tela—. Venga, voy a pedir a la gente de maquillaje que te retoque. Diremos que estás nerviosa. Eso lo entenderán. Es el primer día de rodaje. Los nervios están a flor de piel. Piénsalo. Es eso lo que te pasa. Estás nerviosa porque temes no dar la talla y no superar las expectativas; eso es muy humano. Bebe un poco. Un sorbito. Hazlo por mí, por mamá.
Le di un trago.
—Eso es. —Se levantó y fue hacia la puerta—. Ahora vengo a por ti para que te retoquen. Mientras tanto, relájate un poco. Todo irá bien. Hazme caso, ¿vale?
Asentí, tragándome las lágrimas.
—Esa es mi chica —sentenció antes de salir.
No. Nada iba a ir bien. Todo estaba a punto de desmoronarse. Iba a perder lo poco que tenía, pero ¿qué tenía? Una carrera a medias como actriz y la responsabilidad de sacar adelante a mi familia. Por no tener no tenía ni un grupo de amigas en el que guarecerme, solo a Judith, la única que soportaba a mamá y se había quedado a mi lado cuando las cosas empezaron a ir mal. ¿Qué más tenía? Nada. Si Mateo no se hubiera marchado años atrás, ¿qué tendría? Quizá una vida propia, como cualquier chica de mi edad. Pero no, no tenía casi nada. Ni a Mateo.
Cerré los ojos e imaginé los brazos de Mateo rodeándome. Estaba segura de que, si fuera él quien me dijese que todo iba a ir bien, las cosas no tendrían más narices que ir bien. Pero Mateo ya no estaba a mi lado.
Mateo. Aunque hacía ya seis años que se había marchado, pensar en su abrazo seguía siendo lo único que me reconfortaba. Esperaba que Mateo estuviera tan tan tan lejos que jamás tuviera la oportunidad de verme hacer el ridículo en aquella serie.
Sé que mi madre no tuvo la culpa de que, en 2020, una pandemia mundial paralizase todo lo que conocíamos y lo dejase hecho un desastre, pero no puedo evitar cargarle la culpa de lo que pasó con mi carrera a partir de aquel trabajo. Ojalá, cuando me dijo «todo irá bien», hubiera sabido contestarle lo que se merecía: «Y una mierda bien gorda para ti, payasa».
3
La aventura que vivía entre las páginas de un libro
2025
Querida mamá: profecía cumplida. Terminé trabajando en un bar. Gracias por los buenos consejos.
Es fácil adivinar que, si de entre todos los trabajos precarios a los que pude acceder escogí dedicarme a servir croquetas, fue por fastidiar a mis padres. Además, necesitaba desesperadamente un sueldo que me permitiera, al menos, compartir piso y salir de casa. No estaba tan mal. ¿No dicen que es en los bares donde ocurren las cosas que nos cambian la vida?
El leve parpadeo de una de las lámparas que colgaban sobre la barra y el tufo a fritanga que rezumaba la blusa holgada que llevaba puesta me estaban dando la noche. Lo mismo pasaba con mi pelo: siempre terminaba más aceitoso que los platos que servíamos en el bar, sin importar qué champú usase.
—Júlia, apúntame una de bravas y otra de puntilla para la quince —escuché graznar a voz en grito a Olga, mi compañera camarera.
—Oído.
Me acerqué el ordenador y lo marqué para que la comanda llegase a cocina. De todas formas, me volví para asegurarme de que Vilma, la cocinera, sacaba el papelito y lo colocaba en su lista de pendientes. A veces la tecnología falla, y un cliente sin sus bravas no deja propinas. Todos sabíamos que el jefe no se había gastado lo suficiente en aquella caja con pantalla táctil como para que no diese problemas.
Olga entró como un tornado y se puso a servir unos dobles para la pandilla de guiris que llenaba la mesa junto a la ventana, pero entre cerveza y cerveza se dedicó a analizarme mientras yo descargaba el lavavajillas.
—¿Qué te pasa, que estás mohína? —me preguntó.
—Mi madre.
—Tu madre es una bruja —sentenció entre dientes.
—Bueno, pero es mi madre.
—Sorpréndeme. ¿Ahora qué te ha hecho?
—Nada. En realidad, lo de siempre: contarme el bochorno que pasa en la peluquería cada vez que alguien le pregunta por mí y ella tiene que esconder que trabajo en un bar porque no supe mantener mi carrera a flote.
—Tu madre tiene unos ovarios que no sé cómo le caben en el cuerpo ese estrecho de anguila que tiene.
—Le caben porque duerme con unos corsés que le han debido desplazar las vísceras de sitio.
Olga me pegó un latigazo con un paño de cocina e intentó animarme.
—Que le den a tu madre. Cambio de tema: ¿has visto al tío de la mesa tres?
—¿Hay un tío en la mesa tres? —respondí volviendo a prestar atención a unos vasos que habían salido demasiado mojados del lavavajillas.
—Está para meterlo en la freidora y comérselo a cachitos.
—Lo que te gusta la fritanga.
—¡Que lo mires, coño! Al final va a tener razón Judith y se te va a cerrar el chocho de no usarlo.
Bufé y rogué al patrón de las camareras que me dejasen en paz con el temita de que tenía que echar un polvo, porque bien lo sabía yo. Mi cuerpo se dedicaba a recordármelo todos los días de manera bastante insistente. Hasta había empezado a verle un puntillo al quiosquero de mi barrio, al que apodaban El Gollum.
Olga dejó las cervezas sobre la barra, me cogió los hombros y me obligó a volverme hacia la mesa tres, la que estaba en el rincón, junto a la puerta, con tan mala suerte que mi mirada y la de su ocupante se cruzaron.
Me zafé de los brazos de Olga y me giré deprisa, como una niña.
—Para, idiota, que me ha pillado —me quejé, riéndome.
—Pero ¿te ha dado tiempo a verlo?
Le di un empujón cariñoso y con un gesto me insistió para que lo observara mientras se iba con las cervezas hacia la mesa de los guiris. Me escondí detrás de la columna de madera aceitosa que partía la barra en dos y le eché un vistazo. Tanta insistencia había conseguido despertar mi curiosidad.
Me dediqué a estudiarlo durante unos segundos, aprovechando que estaba inmerso en la lectura de un cuaderno. Llevaba el pelo, ni largo ni corto, con ondas naturales y aspecto desenfadado, incluso despeinado; tenía una maraña de cabellos castaños ondulada, agradecida, bien tupida. Pelazo, sin duda. ¿Qué champú usaría? El rostro era ovalado pero anguloso, y destacaban en él unas cejas pobladas que enmarcaban unos ojos que, desde donde estaba, parecían más o menos claros. Le cubría las mejillas y el mentón una cuidada barba castaña.
—¿Qué? —me preguntó Olga de vuelta al descubrir que lo estaba analizando con disimulo.
—Bueno, no está mal, pero tampoco como para tanto revuelo, ¿no?
Olga me contempló como si quisiera averiguar si me estaba dando un ictus.
—No ha entrado un tío así en el bar desde que abrió sus puertas, posiblemente a principios del siglo pasado.
—Así, sin exagerar —me burlé.
—¡¡Está buenísimo!!
—Pues a por él —la animé.
—¡Yo tengo novio!
—Ese novio no te va a durar y lo sabe todo el mundo —murmuré. Olga solía tener novio todos los meses y rara vez era el mismo.
—Esta vez estoy enamorada de verdad.
Conseguí no reírme. Olga estaba enamorada del subidón de enamorarse.
—Qué tiene de malo ese chico, en serio.
—Nada. —Me encogí de hombros—. Supongo que en términos heteronormativos es guapo.
—Cuando te pones así, te metería la cabeza en el congelador del pescado —gruñó.
La entendí. Me ponía insoportable hasta para mí misma. Pero ¿me dejarían en paz alguna vez con el tema de los tíos? Venga a intentar meterme a chicos por los ojos. ¿Para qué? Si después todos por hache o por be salían ranas (hache: a los tíos de ahora solo les molan las tías durante tres semanas; be: ninguno de ellos era Mateo). Aun así, volví a echarle una miradita.
—Es guapo —admití.
—Deberían pedirle semen para preservarlo, por si algún día mueren todos los hombres del mundo.
—Dices cosas rarísimas —murmuré analizando al desconocido.
Objetivamente, tenía muy buen aspecto. Guapo sin estridencias. También se adivinaba un toque macarra escondido bajo capas de una elegancia de ir por casa e incluso se apreciaba un buen cuerpo bajo su ropa. Todo junto, revuelto y sin fisuras.
—Está tremendo —terminé sentenciando.
Llevaba unos vaqueros viejos de tío bueno, de los que marcan el culo. Nada en su ropa era extravagante ni demasiado cuidado, pero todo combinaba a la perfección; eran ese tipo de prendas que te pones para una cita que quieres que salga bien. En Barcelona, por esas fechas, aún hacía un poco de calor, pero él había sabido vestirse sencillo, elegante y atemporal. Le quedaban de maravilla aquellos vaqueros Levi’s y aquella camiseta de algodón con el cuello redondo, lisa y con pinta de ser muy suave. Aquel desconocido tenía las manos grandes y una mirada penetrante que, de pronto, levantó y clavó en mí.
—¿Es posible que me esté mirando? —farfullé desviando los ojos hacia el suelo mientras me recolocaba el pelo detrás de las orejas en un gesto que mi madre siempre reprendía con un manotazo.
—Hostias. Sí. —Olga respiró hondo, como si tuviera que asumir que me había pasado lo más fuerte que le puede pasar a una camarera—. Tía, que sí, ¡que te está mirando! Dile con los ojos: «Quiero que me folles como un potro salvaje».
Iba a burlarme de ella, pero me acordé de que ella chingaba cada vez que quería y yo llevaba una temporadita… Quizá era hora de aprender algo de Olga.
—¿Eso cómo se hace?
—Así, de soslayo. Tú deja que los ojos se comuniquen. Los ojos se entienden entre ellos, hazme caso.
Me estaba preparando para dedicarle mi mejor sonrisa de «ven y pídeme otra de lo que sea que estés tomando» cuando la puerta del bar se abrió y entró la peor de las compañías.
—Ay, mierda. Ahí viene el jefe.
El dueño del local, después de tirar la colilla de su cigarro al suelo de mala manera, entró y dejó al desconocido a la izquierda. Era el perfecto estereotipo del putero español, con pinta de ser pringoso, con el bigote manchado de nicotina y una camisa tan sucia y deslavada que, sin duda, había sobrevivido al franquismo e iba adquiriendo cuerpo con los años y la roña.
—Se le marcan los pectorales en la camiseta —musitó Olga.
—¿Al jefe? —respondí horrorizada.
—¡Al de la esquina, gilipollas!
Las dos nos desternillamos de risa y llamamos la atención tanto del desconocido como, lamentablemente, del jefe.
—Julita —me saludó.
A Olga la ignoró por completo, seguramente porque no tenía mucho pecho, y a él, que no tenía educación alguna, le gustaban más las tetas que a un tonto una piruleta.
—Buenas noches, don Ramón.
Me lanzó una mirada de arriba abajo, no solo sin disimulo, sino con la intención de que me diera por observada, como si aquello fuera a alegrarme la noche; yo, aunque tendría que haberle llamado so asqueroso, esbocé una sonrisa correcta.
—Sonríe con un poquito más de gracia, reina, que estás más guapa.
Se giró hacia la cocina para llegar a su despacho y se perdió en su interior. Estaba claro que, a pesar de que nos decía que entraba para «poner en orden el papeleo», se dedicaba a jugar al bingo online. Cuando cerró la puerta, tanto nosotras, las camareras, como la cocinera erguimos el dedo corazón en su dirección intentando evitar que nos vieran los clientes; al parecer, con muy mal resultado.
Escuchamos un carraspeo a nuestras espaldas y, cuando ambas nos dimos la vuelta, el tío del que habíamos estado cotilleando estaba acodado en la barra, con una copa de vino casi terminada y una sonrisa en los labios.
—Está como un puto tren —musitó Olga entre dientes—. Como no te lo folles esta noche, le digo al jefe que robas salchichón y hago que te echen del bar.
Me empujó levemente con el codo en su dirección y yo me acerqué actuando como lo haría en el papel de la chica protagonista. Me eché toda chulita el paño que llevaba en las manos sobre el hombro, pero me arrepentí al instante: olía a perro mojado. Disimuladamente, me lo quité y lo retiré hacia un lado.
—Hola, ¿te pongo algo más?
En un primer momento no respondió, pero me mantuvo la mirada. Había en su gesto cierto reconocimiento, como si hubiéramos coincidido hacía muchísimo tiempo y la fortuna nos hubiera juntado de nuevo en un bar. Me acordé de Mateo, como siempre, del que el destino me separó hacía años. Como cada vez que conocía a un hombre, miraba a un hombre, hablaba con un hombre o me acostaba con un hombre: me acordé de Mateo. Con todo esto, se puede entender el «éxito» de mis relaciones posteriores a él.
—Perdona —contestó por fin, con un tono de voz que solo puede describirse con cualquier derivado de la palabra terciopelo—, ¿me decías?
—Te decía que si te pongo algo más.
Dudó. Dudó como si estuviera estirando el tiempo, evitando darme la peor de las noticias. ¿Estaría ante un héroe ligeramente torturado en su interior? ¿Eso le sumaba o le restaba atractivo?
Finalmente, asintió.
—Otra copa de tinto, por favor.
—¿Del mismo? ¿Qué estabas tomando? ¿Ribera? ¿Rioja?
—No sé…, ¿lejía? —Sonrió.
Eso había tenido gracia.
—Ya, es horrible —me reí—. He aliñado ensaladas con vinagres más untuosos.
—Esto se avisa —respondió con una sonrisa canalla.
—Lo primero es que no te la he servido yo, y lo segundo es que… te tendrás que ganar la confianza del servicio, ¿no?
—¿Y cómo hago eso?
—Pues no sé. Qué menos que venir un par de veces, dejar buena propina, ser superamable. No vamos a compartir contigo todos los secretos de este bar a la primera de cambio.
—Es que no soy de por aquí.
—Me imagino.
—¿Y eso?
—Pues porque en este sitio, como habrás podido comprobar, solo entran guiris y los alcohólicos del barrio, y tú no tienes pinta de pertenecer a ninguno de los dos grupos.
—Gracias…, creo.
—De nada. —Sonreí—. Entonces ¿qué te pongo?
—¿Hay algún vino que no sepa a culo?
Se me escapó una carcajada que provocó que varios clientes se volvieran hacia mí, que a Olga se le escuchase una risita socarrona y que al desconocido le aparecieran dos atisbos de hoyuelos en las mejillas.
—Perdón —murmuré avergonzada—. Perdón, es que me ha hecho gracia lo del culo.
—Todo el mundo sabe que cualquier chiste que se precie debe llevar algo escatológico para seducir al público.
—Muy efectista, aunque supongo que sabrás que también da a entender que has hecho una buena cata de culos en tu vida.
—Oh, sí. Como cuando vas a una bodega en La Rioja, pero sin el queso.
Ambos nos partimos de risa, y, joder, qué simpático. Qué sonrisa tan bonita. Escuché a Olga trajinar más rápido de lo habitual, seguramente trabajando a destajo para que yo pudiera seguir con mis coqueteos. Porque estaba coqueteando, ¿no? Le sonreí.
—Te lo has ganado. Voy a ponerte una copa del vino bueno y hasta una tapita.
—Eso es muy amable por tu parte, Júlia.
Ya me estaba girando hacia la zona de la que colgaban las copas limpias cuando escuché mi nombre salir de entre sus labios. Me quedé congelada durante tres o cuatro segundos. Puede parecer poco, pero a tu interlocutor le da tiempo a darse cuenta de que te has puesto en guardia. Al volver a mirarlo de frente, me pareció que su expresión lo confirmaba.
—¿Cómo sabes mi nombre? No recuerdo habértelo dicho.
—Ya, es que…
Me sentí como cuando le mandas un pantallazo de una conversación de WhatsApp a la persona equivocada. Ese «tierra trágame», ese escalofrío que te recorre la espalda y las tripas. Poca cosa en comparación con lo que supone ser una actriz caída en desgracia y que alguien te reconozca.
Me volví de espaldas, serví una copa del primer vino tinto que pillé y contuve un suspiro. Tenía que atajar la situación de manera discreta si no quería que la sensación de querer desaparecer me sobrepasase. Cuando cruzamos de nuevo nuestras miradas, esbozaba una sonrisa triste.
—Esta corre de parte de la casa —cerré los ojos y supliqué en tono quedo—, pero, por favor, no me pidas ni una foto ni un autógrafo ni menciones Susurro. Han pasado diez años, y, no sé si te has dado cuenta, de aquello ya no queda nada.
Me había pasado un par de veces que algún nostálgico de la serie, casi siempre borracho, me reconocía en el bar y, desinhibido como estaba, trataba de conseguir una foto para su Instagram o para enseñar a sus amigos, armando jaleo y haciéndome sentir terriblemente avergonzada. Terriblemente avergonzada es un eufemismo: queriéndome morir, más bien. No sé por qué, de inmediato pensé que aquel chico era un periodista al que se le había ocurrido rescatarme del olvido para un reportajillo moralizante sobre los peligros del éxito y la juventud. También me habían buscado en alguna ocasión con esa intención. Yo quería salir adelante y me bastaba como lastre seguir anclada al recuerdo de Mateo.
Él deslizó un billete de diez euros sobre la barra y, con cara de circunstancias, negó suavemente con la cabeza.
—No quiero ni una foto ni hablarte de Susurro y mucho menos hacerte sentir incómoda. Pero tienes razón. Cóbrame, por favor. Me bebo el vino y me marcho sin molestarte más.
Apreté los labios uno contra el otro un poco arrepentida por mi reacción, pero convencida de que ya no podía echarme atrás. Agarré el billete, metí el importe en la caja, saqué el cambio y se lo ofrecí en un platillo plateado.
—De verdad que no quería molestarte —suspiró con educación.
—No me has molestado, perdona, es solo que… estoy intentando seguir con mi vida y…
—No te preocupes. Debes de estar muy harta de estas cosas.
—Un poco. No quiero parecer una maleducada, pero…
—Ni mucho menos. El error ha sido mío.
Dio un sorbo al vino, disimuló la mueca de disgusto y, después de dejar la copa sobre la barra, se alejó un paso hacia atrás, agarrado a la bandolera de piel que llevaba cruzada al pecho y de la que no me había percatado. Entonces la abrió, sacó un libro de su interior y lo colocó junto al platillo con el cambio.
—Buenas noches, Júlia. Ha sido un placer conocerte y perdóname: en mi cabeza todo esto salía muchísimo mejor. —Dio un par de golpecitos sobre la cubierta del libro—. No lo tires, ¿vale? Dale una oportunidad. Creo que te necesito.
4
Maniobra equivocada
Germán
Dicen que los hombres del norte somos fríos, pero no es verdad. Es posible que la culpa sea de la cultura popular y de Juego de tronos, aunque no voy a mentir: me gusta pensar que, si fuera un personaje del libro, sería alguien nacido entre las nieves de Invernalia. Quizá pecamos de un exceso de formalidad en la primera toma de contacto, o en las primeras. De los leoneses como yo, cazurros orgullosos (no confundir la palabra «cazurro» con nada despectivo; para nosotros es algo así como nuestro gentilicio), se dice que somos testarudos y cabezones como el que más, pero también nobles y muy trabajadores. Me siento bastante identificado con esta definición: desde pequeño, en mi casa me dijeron que no me fiara de la gente a la primera de cambio, pero que cultivase la lealtad. Los cinco hermanos (tres chicos y dos chicas) crecimos con consejos como ese y alentados por la cultura del trabajo. Estudiosos, algo brutos en la adolescencia, pero buenos hijos.
A cabezón no me gana nadie; no sé si es por ser leonés o por ser quien soy. La testarudez es uno de mis defectos, pero a veces se convierte en una de mis virtudes. Tengo las cosas claras y, cuando quiero algo, lo quiero de verdad. Algo o a alguien, pero en aquel momento lo de «alguien» me quedaba lejos.
No debí haber ido al bar. Ni siquiera debí haber invertido tiempo en averiguar dónde encontrarla, pero a menudo peco de soñador. Y de ingenuo. Tiendo a no considerar los peligros de mis galanterías. Pero ¿cómo iba ella a saber que mis intenciones eran buenas, que tenía un fin (más o menos) loable? Me tomé demasiadas confianzas, fue una salida de tiesto y… no soy de esos. Lo puedo jurar. Visto desde fuera, me doy una vergüenza tremenda.
Me costó dar con ella. Después de mucho navegar por foros llenos de gente con rabia (así los imaginaba yo, escribiendo sus mensajes de odio como perros rabiosos, con un montón de espuma brotando de entre los labios), conseguí saber que, tras dejar la televisión y el cine, Júlia Casanovas servía cañas en un bar barcelonés cercano a Las Ramblas.
Debí haberme quedado quietecito, lo sé, pero en mi cabeza todo sucedía de otra forma. Yo me acercaba, charlábamos, le daba el libro, le explicaba por qué tenía que ser ella y Júlia me sonreía y hasta me daba las gracias.
Los humanos somos brutalmente egocéntricos. Nunca pensé que, tal vez, ella no quería ser encontrada.
Terminé en el bar del hotel dándole vueltas a una copa de vino (por fin, un buen vino), intentando tragar, sorbo a sorbo, la vergüenza de haber sido un australopiteco sin tacto y sin ningún tipo de inteligencia emocional. ¿Cómo esperaba que se sintiera? ¿Halagada por la gracia de mi cara bonita? Después de firmar la consumición para que la añadieran a la cuenta de mi habitación, apoyé la frente en la barra y cerré los ojos. Lo que se iba a reír el equipo si algún día se enteraba. Ya me lo decían, ya:
—Ay, Germán, qué obsesión tienes con lo de Júlia Casanovas.
Sí. Qué obsesión.
5
Creo que te necesito
Ya habíamos terminado de recoger el bar. El despacho del jefe estaba vacío, como el salón y la cocina. Los suelos brillaban con la humedad reciente del último repaso de fregona y olía a desinfectante y fritanga. Las cortinas metálicas estaban bajadas al ochenta y cinco por ciento y ya habíamos hecho caja, pero Olga y yo seguíamos allí sentadas, bebiéndonos una cañita bien tirada, como hacíamos siempre que habíamos tenido mucho trabajo. Como sabíamos que nadie nos esperaba en casa, nos hacíamos las remolonas.
Yo jugueteaba con el libro sobre la mesa, dándole vueltas. Era una edición de las que cuestan casi treinta eurazos, con tapa dura, cantos tintados y cinta de lectura en un precioso color arcilla. En la cubierta, un decadente paisaje rural bajo la luz de un otoño frío y eterno servía como fondo para el título y el nombre del autor: Camino a ninguna parte, Germán Andazola.
«Creo que te necesito», había dicho. Y, para darle énfasis al mensaje, este volvía a repetirse de su puño y letra en una de las páginas interiores, justo debajo del título:
Querida Júlia:
Creo que te necesito.
Léelo con cariño, por favor.
—Ha sido raro —dijo Olga de pronto, como si hubiera estado escuchando mis pensamientos.
—Sí que lo ha sido.
—Porque en realidad era como creepy, pero no lo era. Igual porque el efecto de que te acose un guapo es diferente. No sé. Qué superficial es este mundo. —Se encogió de hombros—. La cosa es que me he quedado con la duda de qué es lo que quería. No lo ha dejado claro.
No respondí y ella siguió hablando.
—Sabe tu nombre; si tú no lo has reconocido, él sabe de ti por tu pasado como actriz, pero no quería una foto ni nada por el estilo. Viene, te saluda, luego te desliza un libro y te dice que cree que te necesita. Estoy por llamar al CNI.
—No creo que haga falta, Olga, hija mía.
Abrí el libro y lo giré hacia ella de manera que pudiera ver la foto del autor que aparecía en la solapa interior de la sobrecubierta: allí estaba, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión seria, Germán Andazola.
—¿Es el autor del libro?
—Eso parece.
Olga acercó hacia sí el ejemplar y analizó la foto.
—Está más bueno en persona —sentenció finalmente—. Esta foto no le hace justicia. En fin. —Se resignó y me devolvió el ejemplar firmado—. Ya nunca sabremos lo que quería. ¿Nos vamos?
Nos fuimos, pero, a diferencia de Olga, yo sí intuía lo que Germán Andazola quería de mí.
Cuando llegué a casa reinaba el más absoluto silencio y todo estaba a oscuras. No era ni de lejos el típico pisito pequeño y bien decorado en el que viven solas las protagonistas de las series, como Carrie Bradshaw. Yo vivía con una auditora y una corredora de seguros que se conocían desde hacía una década y que me ignoraban soberanamente como método para relacionarse conmigo. Pero para el tiempo que pasaba en casa, ¿qué más daba? Fue lo más barato que conseguí. Mis padres dijeron que los ahorros que me habían «gestionado» se habían terminado después de algunas inversiones poco acertadas. Inversiones como el cutis reluciente de mi madre, el Mercedes de mi padre y el pisazo en el que vivían los dos.
En esos momentos, tenía más hambre que sueño. A pesar de haber picado algo en el bar, después de una ducha, me dirigí en pijama hacia la cocina, me preparé un vaso de leche con chocolate y me corté un trozo del bizcocho de limón. Frente a mí, coloqué el libro y, por curiosidad, lo abrí por la página de la dedicatoria:
A todos mis alumnos, los únicos responsables de que este libro exista.
A la España vaciada, la de los pueblos, la que resiste.
A León Ruge, por alzar la voz.
Di un sorbo al vaso de leche, encogí las piernas sobre la silla y pasé página, hasta el inicio de la novela. Los ojos saltaron sobre las letras, al principio como quien repasa un paisaje, para después reconocerlo. Empecé a leer:
A padre no le gustaba que le llamáramos papá, pero tampoco quería que le habláramos de usted. Decía que una cosa era de memos y lo otro de estirados, y en casa ni se permitían ñoñerías ni teníamos lo suficiente como para andarnos con aires distinguidos.
—Yo no puedo ofrecer mucho, pero en esta casa siempre habrá un trozo de pan y una manta. Siempre. Más que me falte a mí.
Nos dio bastante más que eso…, y a todos nos llega la edad en la que toca devolver lo que un día hicieron por nosotros, aunque no sepamos cómo o qué se debe dar a quien te dio la vida.
La voz que narraba la historia era la de María, una chica que, después de pasar su infancia y adolescencia en un pequeño y apartado pueblo de la provincia de León, había escapado hacia la capital en busca de una vida más… ¿grande? Ella se preguntaba qué era lo que había ido buscando al marcharse. La novela comenzaba con el viaje de regreso a la casa en la que se crio, donde tendría que convencer a su padre, de edad ya avanzada, de que se mudase con ella o con su hermano y de que abandonase un pueblo que agonizaba por la amenaza en la que lo había sumido la migración hacia las ciudades.
La España vaciada. Ese era el susurro que te acompañaba página a página mientras te zambullías en la historia de una familia de clase media baja que había soñado con que era verdad eso de que para prosperar solo había que trabajar duro. Qué hermosa mentira sin la que el sistema no se sostendría, reflexionaba María. Los protagonistas eran ella, una mujer de treinta y pocos a la que le costaba echar la vista atrás, tanto para despedirse como para mirar con ojos adultos el pueblo en el que creció; su hermano ausente, centrado en su carrera, que daba la espalda a su origen; y un padre que no entraba en razón y empezaba a ser dependiente.
—Me obligarás a dejarlo todo para venir aquí a cuidarte y ¿sabes lo que sucederá? Que pararé mi vida para hacerlo y, cuando quiera volver, no tendré nada esperándome. Nada más que pena.
—Te refieres a cuando me muera, ¿no? A cuando me dejes dentro de un cajón.
Y, ante la respuesta de mi padre, me di cuenta de que era tarde: en mi vida ya todo era miseria.
Qué crudeza. Qué hermosa aquella disección de la complejidad que supone abordar los problemas de la familia, donde los rencores que se entierran tienden a revolver su tumba, cavada muy hondo en el jardín de la casa del amor incondicional. Qué fotografía tan descarnada y bella de la lenta muerte de los pequeños pueblos que se olvidan desde los gobiernos, que se secan sin escuelas, sin jóvenes, sin futuro. Un otoño gris cerniéndose sobre la historia de una aldea en la que la montaña, salpicada de verdor, lo envuelve todo.
Y luego estaba María. Qué personaje tan lleno de matices. Tenía el suficiente brillo como para que, si algún día ese libro llegaba al cine, pudiera cegar el pasado mediocre de una actriz, una carrera fallida, a una mujer frustrada…, e iluminar el camino hacia delante. En María se verían reflejadas muchas generaciones. Una mujer que podría ser cualquiera de nosotras. Incluso… yo.
«Creo que te necesito», había dicho.
Conforme fui avanzando en la lectura, sentí retorcerse en mis tripas la necesidad de reparación de la actriz que aún dormía en mi interior. Era como si María y esa parte de mí fueran la misma, rebuscando en sus raíces, reconociéndose en la angustia. Y ahora, no sabía cómo, el muy puto de Germán Andazola, catador de culos, había conseguido que fuera yo quien pensara que lo necesitaba. Resulta bastante perturbador necesitar a un desconocido que no sabes si es o no un buen tipo.
Terminé la novela tumbada en mi cama, con la luz de la mesilla encendida. A través de la ventana, en el pedazo de cielo lejano que se atisbaba entre los edificios si te retorcías lo suficiente sobre el colchón, despuntaba el día. Escuché tronar los despertadores en los dos dormitorios que quedaban al otro lado del pasillo mientras deslizaba la yema de los dedos por el canto de las últimas páginas. Los sonidos de la ducha y la cafetera me acompañaron cuando dejé el libro en la mesita de noche y apagué la luz. No quería que ninguna de mis compañeras se alertara con el brillo de la lamparita y que, por alguna casualidad del destino, entrase a pedirme cualquier cosa (para eso no me ignoraban) aprovechando que estaba despierta. Llevaba media hora llorando a moco tendido con el final de la novela y me daba vergüenza tener que explicar que un libro me había dejado toda la noche en vela y en ese estado. Definirme como una piltrafa humana en ese instante es quedarse corta.
Casi no pude dormir después de terminarla. La trama de la novela revoloteaba en mi cabeza junto a cierta excitación. Se entrelazaban, como en flashes, algunos de los pasajes de la novela, algunas frases y mi propia vida, mis planes, los frustrados y los que encajé con realismo, los sueños, lo que esperaba vivir.
Que el autor del libro hubiera venido a buscarme a aquel hoyo de grasa y guiris que era el bar donde trabajaba y me dijera que me necesitaba solo podía significar una cosa. Aunque me diera pavor y me paralizara el miedo, había despertado algo que creía muerto y enterrado. Una chispa. Una emoción. Una magia. La única explicación posible para su visita era que se estuviera preparando una adaptación cinematográfica de la novela y que Germán me quisiera en el papel de María.
Y yo quería ser María.
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09:47
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La novela Camino a ninguna parte tendrá adaptación cinematográfica
El mundo editorial despertó ayer con la noticia de que Camino a ninguna parte, la ópera prima del autor Germán Andazola, se adaptará para la gran pantalla de la mano de la productora española La buena nueva, responsable de éxitos como Palmatoria, el filme que más estatuillas recogió en los últimos premios Goya.
La novela Camino a ninguna parte, que aborda el drama de la España vaciada como consecuencia del éxodo hacia las grandes ciudades, fue considerada por muchos medios especializados el mejor libro publicado durante 2024, a pesar de tratarse de la obra de un autor novel. En opinión de algunos críticos literarios, Germán Andazola daba el primer paso en su carrera literaria con la carta de presentación más pulcra e impresionante de los últimos años.
Sin embargo, Andazola ha expresado en multitud de ocasiones su intención de no seguir escribiendo. Para él, «lo mejor es plantearse esta experiencia como un hecho puntual y no como el inicio de una carrera». Licenciado en Historia por la Universidad de León, trabajó en el Instituto Cervantes, en Madrid, gracias a una beca para la promoción de la enseñanza, y desde hace años ejerce como profesor de Historia en el mismo centro en el que estudió en su adolescencia, en la localidad en la que reside y se mantiene vinculado a la plataforma León Ruge, asociación dedicada a combatir la despoblación en la provincia de León, especialmente en las zonas montañosas.
Puede que su promesa de abandonar el mundillo literario se trate de un ardid para crear expectación de cara a un futuro nuevo trabajo, pero, si no lo es, los apasionados lectores podrán, al menos, regodearse en la adaptación cinematográfica de Camino a ninguna parte.
Aún no han trascendido detalles sobre el reparto de la película, pero sí sabemos que la producción estará encabezada por Guada Guerrero, productora de Palmatoria, El nogal y Te vi mirándome, entre otras, y será dirigida por Marina Cerecedo. Firmará el guion Ernesto Feito, que acumula a sus espaldas cuatro nominaciones a los Goya. Quizá este sea el proyecto que le permita llevarse, por fin, el premio.
A. Gómez
Redacción Cultumaníacos
9 de julio de 2025
6
Yo quiero ser María
No conté nada en el bar cuando volví por la tarde, ni a Olga ni a Vilma. De todas formas, Olga parecía haber olvidado por completo el episodio del escritor desconocido y ni siquiera me mencionó el tema, ocupada como estaba en relatarme la apasionada discusión con eróticas consecuencias que había mantenido con el más reciente «amor de su vida». Yo también traté de borrar el recuerdo de la visita de Germán, pero, aunque me avergüence confesarlo, me pasé toda la jornada mirando de reojo hacia la puerta. El tío me decía esas cosas, dejaba su libro sobre la barra y se marchaba sin más. Aquello se parecía demasiado a mi vida sentimental. Temí que todo fuera una broma pesada, pero no podía imaginar por qué motivo me la gastaría alguien como él. Ni por qué a mí.
Evidentemente, busqué durante toda la mañana información por internet sobre Germán Andazola y la adaptación de su novela, que se había anunciado a principios del verano. Me empapé de datos e incluso me zambullí en alguna que otra entrevista suya. Vivía en Villaquilambre, un pueblo de la provincia de León, de donde era oriundo y al que había vuelto como profesor después de aprobar una oposición y dar un par de tumbos por su comunidad autónoma. Pero tuvo la suerte de sustituir a su propio profesor de Historia cuando este se jubiló y, en todas las entrevistas, dejaba claro que no aspiraba a que aquel libro cambiase su vida lo suficiente como para dejar su trabajo o su hogar. Me resultaba sorprendente la seguridad con la que decía que no tenía ninguna intención de seguir escribiendo. ¿Por qué renunciar a una oportunidad así después de una primera novela con tan buenos resultados? Supongo que el hecho de que mis padres me obligaran a intentar mantener el éxito tan a la desesperada hacía que me llamase más la atención la determinación de Germán por no abandonar la vida sencilla. ¿Me habían mentido mis padres, entonces? ¿Ser una estrella no era, en realidad, la aspiración de cualquiera? ¿Habrían sido consideradas en otra familia mis ganas de matricularme en la universidad y probar suerte como maestra?
Maldito Germán Andazola. Suscitaba en mí muchas preguntas. Era un misterio. Debería saber que uno no despierta a la bestia y desaparece sin más. Y menos con ese atisbo de hoyuelos. Eso es trampa. Brujería.
Sobre las nueve de la noche, mi amiga Judith entró por la puerta del bar y me hizo esbozar una sonrisa, a pesar de no ser quien yo, secretamente, esperaba ver aparecer por allí.
Se acodó en la barra, saludó con dulzura a Olga y a Vilma y le serví su habitual Coca-Cola normal, con dos hielos y una rodaja de limón, tal y como le gustaba. Después, calenté un trozo de tortilla de patata y se lo puse delante. Estaba segura de que venía directamente del trabajo, sin pasar por casa y, conociéndola, habría malcomido durante todo el día. Tenía el pintalabios rojo un poco reseco y su melenita morena, siempre tan parisina, estaba levemente revuelta, señal de que había tenido una jornada ajetreada.
—Eres mi ángel de la guarda —me dijo sonriendo.
Atendí un par de mesas, recogí platos sucios, puse un lavavajillas y, cuando vi que podía dejar a Olga sola, me planté frente a mi amiga, que rebañaba con un trozo de pan los restos de tortilla.
—¿Qué te pasa? —me preguntó.
¿Cómo hacen las mejores amigas para saber que algo te pasa? Se supone que yo también debería adivinar sus estados de ánimo y sus preocupaciones, pero no me sucedía con aquella rapidez. ¿Se debía a su formación de letrada? ¿También sería brujería, como los hoyuelos de Germán?
—¿Qué me va a pasar? Si ni siquiera hemos cruzado dos palabras, tía.
—Te lo noto. Estás nerviosa. Haces eso con la boca, como Blake Lively en sus pelis, lo de poner el morrito de arriba un poco más adelantado que el de abajo. En el colegio siempre te pillaban copiando los deberes cuando ponías esa carita.
Apreté los labios el uno con el otro, intentando hacer de ellos un nudo que no comunicase nada, pero, a juzgar por su expresión, no iba a soltar la presa tan fácilmente.
—¡Que me lo cuentes!
—Baja la voz —le pedí—. Ayer me pasó una cosa rara, pero no quiero que Olga me escuche darle vueltas.
—¿Por qué? Pero ¿fue algo malo?
—Soy una exactriz adolescente de éxito que trabaja en un bar de tapas, ¿qué más podría pasarme? —bromeé, pero, al ver que ella no se reía, retomé la historia—. No es nada malo, pero me voy a sentir ridícula si aquí se enteran. Ya fue lo bastante extraño como para que yo ande haciéndome ilusiones como una niñata.
—No me entero de nada —sentenció Judith con un trozo enorme de pan en la boca.
Comencé a explicárselo, pero, bajo la música ambiente y el murmullo de las voces, un ruidillo llamó mi atención.
—Espera…
Me volví hacia el fondo de la barra, donde poníamos nuestros móviles a cargar, y le eché un vistazo al mío, que vibraba como un loco encima de un platillo de hojalata de los de dar las vueltas. En la pantalla brillaba madre, pero esperé a que colgase sin responder. Cuando lo hizo me sorprendió ver que tenía, en total, cinco llamadas suyas.
—¿Y ahora qué querrá?
—¿Quién? —quiso saber Judith.
—Mi alma mater. Me ha llamado cinco veces.
—Llámala, a ver si ha pasado algo.
—Si hubiera pasado algo, ya estaría aquí, reclamando lo mala hija que soy por no atenderla al primer tono.
Dejé el móvil donde estaba. Ya la llamaría después.
—Entonces ¿qué? —me interrogó mi mejor amiga.
—Anoche vino un tío. Olga decía que estaba buenísimo y que debía lanzarle una mirada en plan «hechizo sexual», pero yo no lo tenía claro… —Me fijé en la cara de incomprensión de Judith y decidí ir al grano—: Estuve coqueteando con él y de pronto me llamó por mi nombre sin que yo se lo dijera. Deduje que me conocía de la serie y me puse rara. No diré que le invité a irse, pero… casi. O sí, pero con la boca pequeña. Ya me conoces.
—¿Otro frikifán?
—No —negué y me acerqué un poco más a ella, susurrando—. Me pidió disculpas, pero notó que yo estaba incómoda y que no había vuelta atrás, y decidió marcharse.
—Bien, uno de los que tienen neuronas, menos mal.
—Antes de irse, me dio un ejemplar de un libro, me pidió que le diera una oportunidad y me dijo que creía que me necesitaba.
—¡No me digas más! ¡Un cienciólogo!
—¡No! Espera…
—¡Un testigo de Jehová!
—¡Que te digo que no! ¿Cómo iba a saber mi nombre?
—Se lo susurraron en sueños los extraterrestres. O escuchó a Olga llamarte. Todo puede ser. Tenemos ahora en el despacho el caso de un tío que le rompió una silla encima a su jefe porque dice que se lo pidió Melania Trump desde las noticias de La 1.
No pude evitar esbozar una mueca, aguantándome la risa.
—Judith, por favor…
—¿Qué? ¡Es verdad! Me lo estoy pasando teta hablando con psiquiatras e intentando conseguir un informe pericial que diga que el pobre no está en sus cabales.
—Es bastante evidente que no está en sus cabales.
—¿Tú le has visto la cara a Melania Trump? Esa está siempre como sospechando, como maquinando cosas. Tampoco me extrañaría, pero como abogada es difícil defender esa postura delante de un juez.
—¡Judith, para ya! Que te estoy contando una cosa en serio.
Levantó las manos en son de paz y proseguí.
—El tipo… era el autor del libro. Sale su foto en la solapa.
Frunció el ceño y se activó en ella todo el flujo sanguíneo que alimentaba su actividad neuronal. No tuve que decirle más. Vi pronto en su expresión que estaba sacando las mismas conclusiones que yo sobre la intención de Germán Andazola.
—Solo para asegurarme de que lo he entendido bien voy a hacer un resumen: anoche se plantó aquí el autor de una novela y te dijo que te necesitaba.
—Sí.
—Y ¿qué vas a hacer?
—Nada. No tengo manera de contactar con él.
—Me refería a si has leído el libro.
Asentí. Nos leíamos la mente como dos profesionales de la telepatía.
—¿Y? —me apremió.
—Brutal.
—¿Tienen ya productora?
—Sí. Al parecer han fichado a un buen guionista, así que el papel es carne de goya.
—¿Estás bromeando? —Levantó sus preciosas cejas diseñadas y cuidadas en el bar de cejas de Benefit.
—No. Tienes que leerlo.
—¿Lo tienes aquí?
Negué con la cabeza a la vez que echaba un vistazo al local: quería asegurarme de que nadie necesitaba nada y de que Olga se las apañaba.
—Vale, pues dime el título —respondió muy seria sacando el móvil de su bolso—. Lo compro ahora mismo por Amazon para que me llegue a la oficina mañana. Me gusta comprar en pequeñas librerías, pero, chica, esto es urgente. Con suerte salgo pronto del trabajo, que es viernes, y lo puedo tener leído para el domingo. Te llamo entonces e ideamos un plan.
—¿No nos estamos precipitando un poco? A esto me refería con lo de hacerme ilusiones como una niñata.
—Pero ¿cómo no te vas a hacer ilusiones? Está clarísimo. No hay otra explicación.
—¿Y si aparece por aquí?
Antes de que pudiera contestarme, una voz femenina llamó mi atención detrás de Judith. Justo a su espalda, apareció una señora elegante, con pelo blanco, gafas de pasta negras y vestida en tonos oscuros, que me sonrió de manera afable. Debía de haberse perdido; no era, ni de lejos, el tipo de clientela habitual.
—Disculpa…
—No, no, perdóneme usted —le respondí—. ¿Qué le pongo?
—¿Eres Júlia Casanovas?
Pero ¿qué perra le había dado a la gente por ir a verme al bar? Iba a resoplar, pero algo, no sé qué, me detuvo. Supongo que la voz de mi madre repitiendo, cuando era niña, que tenía que sonreír siempre o «¿qué pensará la gente de ti?».
—Sí —respondí sucinta.
—Hola. —Estiró el brazo por encima del hombro izquierdo de Judith y me tendió la mano para que la estrechara—. Soy Helena Navarro, directora de casting. Perdona que aparezca aquí a bote pronto, pero llamé a tu representante y no conseguí entenderme con ella. Le dije que necesitaba hablar contigo urgentemente y al final accedió a decirme dónde podía encontrarte.
¿Helena Navarro? ¿La misma Helena Navarro a la que contrataban en las mejores producciones del país para encargarse de dirigir la búsqueda del elenco perfecto? Escuché hablar de ella sin cesar durante mi carrera, pero nunca tuve la suerte de participar en ninguna de sus selecciones. ¿Se puede saber qué hacía allí?
Durante un segundo compartí con Judith el escalofrío de terror que me estaba azotando solo con imaginar la conversación entre esa elegante mujer y mi señora madre, que también era elegante, pero que en los negocios se convertía en una verdadera verdulera. Ya entendí el porqué de tanta llamadita…
—¿Tengo que pedirle disculpas en nombre de mi ma…, de mi representante por esa conversación?
—No —se rio quitándole importancia, con lo que dejó claro que sí—. Es solo que… ¡qué más da! ¡Ya estoy aquí, frente a ti! Sé que no es nada habitual esto que estoy haciendo y que no son horas, pero lo cierto es que nos corre mucha prisa y es… delicado. Por eso no he mandado a mi ayudante. Aunque todo esté pasando de forma un tanto extraña, esta oferta es seria y…
—Disculpe, Helena, pero no estoy entendiendo nada.
Sorteando el cuerpo de Judith y su plato vacío, se apoyó a su lado en la barra y sacó una tarjeta de visita, de esas que ahora ya se comparten de móvil a móvil, de modo digital, pero que en papel tenían un encanto especial. Era una mujer de negocios de la vieja escuela, y, no sé por qué, aquello me gustó.
—Como te decía, soy directora de casting. Ahora mismo estoy participando en el proceso de preproducción para la adaptación al cine de una novela, Camino a ninguna parte, de Germán Andazola.
Le hice una seña a Judith para que se callase cuando intuí que iba a hablar. La señora continuó sus explicaciones.
—Hemos hecho al menos una veintena de pruebas, pero, cuando llega el momento de escoger a la protagonista, siempre termina saliendo tu nombre.
—¿El mío?
—No va a ser el mío… —musitó por lo bajo Judith.
Quise matarla.
—Sí, el tuyo, mi amor —asintió Helena, sonriente—. Lo cierto es que vamos de cabeza. El lunes es el último día para presentar las opciones definitivas del casting y seguimos con el personaje de María en el aire y tu nombre resonándonos en los oídos… Sé que estás apartada del mundo del cine y de la actuación en general desde hace años, pero ¿podrías pasarte por mis oficinas para hacer una prueba?
—¿Cuándo?
—Mañana.
Me quedé mirándola sin saber muy bien qué contestar. Ella volvió a la carga.
—Por casualidad, ¿no habrás leído el libro?
—Sí. He terminado de leerlo esta mañana —puntualicé.
—¡Anda! Pero ¡si esto es el destino! ¡No me digas, qué serendipia!
Fruncí el ceño.
—Bueno, es que anoche se pasó por aquí el autor y…
Fue su turno para torcer el gesto en una mueca divertida.
—Ay, por Dios santo, este Germán. Bueno, entonces ya no hay que ser discreta. Hablaré claro: teníamos escogida ya una actriz para el papel de María, pero el autor de la novela no deja de insistir en que no dará su visto bueno hasta que no te hagamos la prueba. Está convencido de que el papel es para ti. No es que nosotros no creamos que serías una buena María, pero después de tanto tiempo alejada de las cámaras… habíamos supuesto que no querrías continuar con tu carrera. Sinceramente, ni siquiera se nos ocurrió.
—Lo entiendo —sentencié sintiéndome de todo menos dolida.
—No suele ser lo habitual, ¿sabes? Los autores de los libros que se adaptan no están tan implicados en el proceso. Normalmente, en una primera versión no tienen ni voz ni voto, pero si lo conoces ya lo entenderás. Es un tío espabilado, con don de gentes, y negoció muy buenas condiciones con la productora y la editorial. Dado el éxito del libro, se le está teniendo más en cuenta que en otras situaciones. Él fue quien dio a luz a ese personaje y está tan convencido de…
—¿A qué hora será la prueba mañana? —interrumpió Judith.
—¿A las diez? —me siguió respondiendo a mí Helena—. Sé que no tienes separatas que aprenderte y demás, pero como has leído el libro estás más o menos familiarizada con el tono. Mañana te daremos unas pocas líneas y lo vemos sobre la marcha.
Cualquier otra actriz hubiera dicho que esas no eran condiciones para hacer una prueba, pero a mí quejarme en voz alta se me ha dado siempre fatal. He elevado lo de evitar el conflicto a la categoría de arte.
—Disculpa de nuevo tanta irregularidad. —Gesticuló como si aquello, en el fondo, la sacara de sus casillas, pero se lo hubiera tomado con buen humor. Intuí que Germán le había caído en gracia a pesar de sus exigencias—. Sabrás por experiencia que estos procesos llevan otros cauces, pero a grandes males, grandes remedios.
—Lo comprendo, de verdad.
—Te veo mañana. Tienes la dirección en la tarjeta.
—Allí nos veremos —sentenció Judith con seguridad.
Las dos la miramos y Helena hizo la pregunta que, en otro sentido (y otro tono), yo también me estaba haciendo.
—¿Y usted es…?
—Judith Torregrosa. A efectos prácticos, su abogada.
La madre que nos parió a todos.
7
Prueba de vida
No era precisamente novata en aquellas cosas. Había hecho decenas, si no cientos, de pruebas y castings, pero hacía demasiado tiempo de aquello. Una vez en la sala, con la separata en la mano, sentí que me flaqueaban las rodillas. Hay algo tan desangelado en los espacios donde se hacen estas pruebas que es fácil que, al entrar, se te caiga el alma a los pies, por muy segura de ti misma que seas. A pesar de ubicarse en una de esas oficinas antiguas, dentro de un elegante piso barcelonés, la habitación no dejaba de ser una sala despejada, algo triste, amueblada con tres sillas, una mesa simple y unos focos rudimentarios, y gobernada por una pequeña cámara colocada sobre su trípode.
Acomodada en el asiento central, Helena, tan bien arreglada como la noche anterior y con sus gafas de pasta negras, estaba acompañada por una mujer de unos cuarenta años y un chico de veintipocos. Ellas parecían atentas a mí, y él, a lo que ellas ordenaban. Claramente era el becario.
—Júlia, antes de empezar, ¿quieres charlar un poco sobre las líneas que te hemos pasado?
—Solo querría situarlas en la historia —pedí—. Creo recordar que se corresponden con la conversación telefónica entre María y su hermano, justo antes de emprender el viaje hacia el pueblo.
Judith asintió, apoyada en la pared detrás de ellas, como si diese su beneplácito a mi pregunta. Llevaba en la mano un vaso desechable de café que había comprado de camino en una de esas cafeterías de especialidad que te cobran cinco pavos por un latte. Ella normalmente no pisaría un lugar de estos ni hasta arriba de alprazolam. Estaba claro que quería hacerse la interesante, y eso me resultaba bastante gracioso, pero lo último que podía hacer era burlarme de ella. Para estar allí a mi lado, apoyándome, había llamado a su trabajo para decir que estaba enferma. Solo por eso le debía un mínimo de respeto.
Las dos mujeres repasaron juntas algo en un iPad y asintieron a la vez para dar respuesta a mi duda.
—Eso es. Estás hablando con tu hermano sobre la necesidad de convencer a vuestro padre de que deje el pueblo. Él no quiere mancharse demasiado las manos y tú, aunque en el fondo tampoco quieres, te sientes mal por ello.
—Entiendo —afirmé mientras echaba un último vistazo al papel que me habían facilitado—. ¿Puedo coger mi móvil para meterme un poco más en la escena?
—Por supuesto. Alberto te irá dando la réplica cuando toque —dijo la mujer más joven refiriéndose al becario.
Judith me acercó su teléfono rápidamente y me fijé en que lo había puesto en modo avión. Acepté que, como agente, hacía mejor trabajo que mi madre. Al menos era más amable y servicial; ojalá hubiese escuchado más sus consejos cuando acepté mis últimos papeles. Lo importante es que ahora estábamos ambas: ella infundiéndome seguridad y yo a punto de hacer un casting serio después de muuuuuucho tiempo. Le di las gracias, dejé el papel en el suelo y me situé delante de la cámara. El muchacho se levantó de su silla y encendió los focos, y todos en la sala se desdibujaron para mí.
Pronto se prendió el inconfundible piloto rojo. Estábamos grabando.
—Júlia Casanovas. Prueba conversación telefónica. Primera toma —pronunció el chico fundido en la oscuridad.
Abrí la boca, pero, antes de que empezara a hablar, la puerta se abrió a mi derecha y una figura, de la que solo pude entrever su silueta, cruzó la habitación. Musitó una disculpa casi inaudible y desapareció en la oscuridad. Tuve claro que Germán Andazola acababa de entrar en la sala. Yo aún no sabía a qué olía ni podría distinguir su voz en una rueda de reconocimiento, pero visceralmente lo supe. Él, sin tener claro exactamente qué significaba «él», estaba allí. La presión aumentó.
—Júlia —dijo Helena—, somos plenamente conscientes de lo irregular de esta prueba, de modo que no te agobies. Podemos hacer más de una toma, ¿vale?
—Vale.
—Júlia Casanovas. Prueba conversación telefónica. Primera toma —repitió el joven becario.
Respiré hondo y cerré los ojos. A mi alrededor se dibujó la pequeña cocina de un piso mal iluminado en un barrio obrero de la capital. Los azulejos de los años noventa, el zócalo pasado de moda, el zumbido de una nevera que los caseros deberían haber cambiado hace tiempo, la sensación de fracaso de quien quiso prosperar y aceptó, en algún momento, que tenía que contentarse con existir…
Con todo este cúmulo de imágenes dentro, presioné el teléfono contra la oreja y empecé mi prueba:
—Escúchame. La cuestión no es que padre se haya quedado tullido, Pedro. Sé perfectamente que fue una caída tonta, pero ¿tú te quedas tranquilo sabiendo que está allí solo? Ya no funciona ni el centro de salud.
—Es mayorcito para pedir ayuda si la necesita —me respondió una voz masculina.
Evoqué la rabia de María en el estómago, el peso de haber sido educada para cuidar, de sentir que no podía permitirse ser tan ambiciosa como su hermano en su trabajo. Ella no podía pasarle el problema a otro y lo sabía.
—Como si no supiéramos que lo que más tiene padre es orgullo —espeté.
—Pues se lo va a tener que tragar. Yo no puedo hacerme cargo de esto, María, tengo obligaciones. Tengo un trabajo, tengo unos hijos, una mujer… Si no lo quieres dejar allí, hay residencias en las que…
—Yo también tengo trabajo, pero como no tengo hijos, parece que no cuento con el privilegio de ser dueña de mi tiempo, como tú. Lo siento mucho, Pedro. Siento que consideres que no tienes obligaciones con quien sí las tuvo contigo. ¿Puedes dormir pensando que en el futuro tus hijos quizá decidan hacer lo mismo que te vieron hacer a ti? Porque yo no podría. Pero, claro, tú no piensas en eso. Solo crees que, si dejáramos a padre de lado, yo no podría pensar en otra puta cosa que no fuera que no tengo derecho a seguir con mi vida, como tú lo haces, porque no tengo otra familia a la que dedicarme.
—Nadie te obligó a estar sola. Piensa tú en por qué lo estás.
Acusé el golpe cerrando los ojos despacio y tragando saliva. A mí tampoco me obligó nadie a estar sola, a no tener nada de lo que algún día quise, pero las cosas pasan. La vida es así. Y eso no significa que no duela.
Mateo se marchó. Se marchó y no volvió. No volvió a llamar. No volvió a buscarme.
Fingí cortar la llamada, dejé el teléfono en la banqueta que tenía al lado, incliné el cuello de manera que mi mirada se dirigiera al techo y saqué de mi estómago la rabia de María, su pena, su vacío y el remordimiento por, en el fondo, anteponer sus sentimientos a las necesidades de un padre que se lo había dado todo. Él solo pedía seguir en su casa. Expulsé mi vacío con la esperanza de regalárselo al personaje y que se lo llevase consigo para siempre.
El silencio nos rodeó y, después de unos segundos, volví a intentar enfocar a las figuras que se recortaban detrás de la cámara. Seguían sentadas y no se escuchaba nada.
—¿Queréis que lo repita?
—No —dijo la voz de Germán desde el fondo.
Los focos se atenuaron y me di cuenta de que Alberto se había desplazado por la sala para controlar las luces. Helena se volvió sobre su hombro derecho y, aunque no podía verle la cara, la imaginé con una simpática expresión de sorna.
—Nos queda clara tu opinión, Germán. Pero, Júlia, ¿podríamos probar a improvisar una escena más?
—Sí, claro, no hay problema.
Helena se enfrascó en su iPad un momento, pero la chica sentada a su lado le colocó suavemente una mano sobre el brazo. Se miraron en silencio, como si estuvieran acostumbradas a comunicarse mediante bluetooth y, poco a poco, fueron esbozando una sonrisa.
—¿Qué tal se te da llorar? —indagó la más joven.
—Estupendamente —respondió Judith desde atrás.
¿Qué tipo de sortilegio hace que queramos tanto a gente a la que en ocasiones ahogaríamos con nuestras propias manos?
—Puedo hacerlo si es necesario —sentencié.
—¿Podemos improvisar la escena del entierro del padre?
—¿Cuáles son las líneas? —pregunté.
—No hay líneas.
Arqueé una ceja. Ah, qué bien. Sin líneas. Para mí, tener unas líneas a las que sujetarme era como saber que una red se interponía entre mi cuerpo y la caída. Helena siguió explicándose.
—Estás sola frente al nicho. Tu hermano y su familia están a tu lado, pero tú estás sola, ¿me entiendes? Terriblemente sola. La cámara irá cerrando el plano, desde el general con todos los presentes hasta centrarse en tu rostro, en tus ojos. Tienes que comunicar… Bueno, has leído el libro. Enséñanos cómo resumirías toda esa emoción en tu expresión. —Se volvió hacia su becario y con tono amable le dijo—: Alberto, necesitamos el monitor y que cierres el plano.
El chico se movió ágil por la sala y, en unos segundos, conectó un ordenador a la cámara, lo colocó frente a ellas y después rectificó el plano. Vi a Germán acercarse a las mujeres y acomodarse en cuclillas, apoyado en el respaldo de sus sillas. No quise pensar en el aspecto que tendría en un primerísimo primer plano. No quería acordarme de la desacertada decisión de haberme quitado a última hora el bigotillo con una banda de cera fría, que había dejado una estupendísima marca roja en la piel. En ese instante, ni yo ni el mostacho enrojecido debíamos estar allí. Podía ser María; tenía muchas cosas que demostrar. Cogí la goma de pelo que llevaba en mi muñeca, me recogí la melena en una coleta baja sin gracia, froté un poco la yema de los dedos en la zona de mis ojeras y asentí.
—Preparada, pero que vaya por delante que me parece sumamente complicado. No estoy segura de dar con la expresión de María en esa situación.
—Lo tenemos en cuenta. Probablemente esta es la escena más difícil.
—El más difícil todavía, señoras y señores. —Sonreí.
Ellas se rieron; Germán, no. Judith en qué andaría pensando.
Los focos volvieron a encenderse, cerré los ojos y, cuando volví a escuchar la voz del joven becario enunciando la escena para empezar la grabación, me lancé a abrazar lo único que me funcionó de verdad en su momento: el jodido método Stanislavski. Así que mi mente rescató del pasado todas las decepciones, las angustias y las penas de mi vida hasta aquel momento: la decepción de la marcha de Mateo. Madurar. Darme cuenta de que mi familia no era como las que aparecían en las series, esas en las que confiaban los unos en los otros y siempre lo solucionaban todo juntos y con un abrazo. La vergüenza de grabar la última serie, con un guion tan horrible que me hacía sentir una perdedora en cada secuencia. La sensación de ver cómo los demás habían sabido gestionar sus carreras y yo era un juguete roto. Sin Mateo. Sin la gran historia de amor que, al menos, me salvaría de la desidia de una vida que muchos consideraban mediocre. Sin ese amor que imaginé que podría tener, de los que salen en las novelas, en las películas, de los que cuentan las abuelas, con una guerra de por medio, un reencuentro entre lágrimas y final feliz. La soledad. Esa soledad en la que no estás solo, pero te sientes peor que si lo estuvieras, porque tienes que cargar con el remordimiento de que el amor que te dan no es suficiente para dejar de sentirte como una mierda; esa en la que no tienes a tanta gente a la que llamar cuando te encuentras mal. Esa soledad real, que no sale en la ficción, tan difícilmente recreable en un diálogo, en una imagen, porque crece en las tripas, se expande por los pulmones y te ahoga de noche. La necesidad de llorar y no saber hacerlo de tanto reprimirte, de tanto negar tus emociones. Esas lágrimas que se asoman, pero no caen, que quisieran precipitarse, pero se quedan allí, pegadas a tus pestañas, sin darte la oportunidad de vaciarte. Todo eso. Eso y más.
—Cortamos.
Respiré hondo de nuevo, me froté con cuidado los ojos para no emborronarme el poco maquillaje que llevaba y sonreí cuando apagaron los focos.
—¿Queréis que probemos algo más? —ofrecí.
Como respuesta, solo un cuchicheo del que no logré captar nada. Debían de estar debatiéndose entre mil asuntos; entre ellos, las prisas, la necesidad de hacer una «prueba de química» con el resto de los actores del elenco y la duda. Finalmente, alguna de estas cuestiones debió de ganar por goleada, porque ambas respondieron al unísono:
—No hace falta.
Un silencio de lo más ambiguo recorrió por completo la desangelada sala. Pude haber dicho algo, pero me limité a rezar para que Judith se quedase como estaba, calladita. Ya la veía venir haciendo un alegato, al más puro estilo abogado de película americana, en pro de mi elección como la actriz protagonista. Aun con todo, eso sería mejor que tener a mi madre allí. Ni que decir tiene que la noche anterior evité sus llamadas hasta que se cansó de insistir y conseguí ocultarle lo del casting, al menos por el momento. Pero todo eso no importaba; solo necesitaba saber que había salido indemne de aquello, sin hacer demasiado el ridículo. Lo único que sentía era el sabor amargo del fracaso en la garganta. Todas las personas que llenaban la estancia con su respiración eran plenamente conscientes de mi caída en desgracia y, pese a ello, me habían dado una oportunidad; me estaba jugando mucho, tenía que demostrar mi valía. Aquel momento fue aterrador.
Mis cejas se arquearon de manera interrogante y Helena cogió aire. Mi cabeza ya estaba reproduciendo un «gracias, Júlia; te llamaremos con lo que sea» cuando su voz real interrumpió la de mi imaginación.
—Querida, a falta de confirmación con producción y dirección, me atrevo a preguntarte: ¿cómo tienes los próximos meses?
—Perfectos para ser toda vuestra —respondí sin dudarlo.
—Qué bien suena eso.
La voz aterciopelada de Germán firmó la sentencia.
Es curioso que, en una situación como aquella, solo me atravesase la certeza de que daba igual cómo, pero tenía que conseguir alejar a mi madre de aquello. Ese papel era mío, solo mío, y significaba demasiado como para dejar que ella pasease sobre él sus largas y cuidadas uñas. «Lo siento, mamá, de esto no vas a llevarte el veinte por ciento». Debía encontrar la manera de evitarla hasta que supiera cómo hacerle entender que iba a hacerlo yo sola.
No pude agradecerle a Germán su confianza en mí porque, mientras hablaba con Helena, se escabulló tras un breve gesto de despedida. Estaba visiblemente avergonzado por su visita al bar y eso me pareció bastante tierno.
Otro habría actuado como si nada, pero Germán no hacía las cosas de ese modo. Al día siguiente, llegó a mi trabajo un mensajero cargado con una discreta caja a mi nombre. Al abrirla descubrí una botella de vino y un sobre. El vino era un Vega Sicilia Único, añada de 2014, que me dejó patidifusa. No sé demasiado de vinos, pero ¿quién no conoce la bodega Vega Sicilia? Pensé que podría ser un regalo de la productora, algo así como un «Bienvenida al equipo» elegante, pero, cuando abrí el sobre, me encontré con una caligrafía puntiaguda y sofisticada, firmada por otra persona:
Querida Júlia:
Por favor, acepta este vino como disculpa por mi invasión del otro día. Te prometo que en mi cabeza mi actuación parecía mucho más amable, aunque no es excusa.
Lo siento de veras. No soy así. Espero tener la ocasión de demostrártelo.
Enhorabuena y gracias, María.
Germán Andazola
8
Una pareja bien avenida
Arantxa, la chica de Judith, era preciosa, pero no solo porque tuviera una preciosa melena de un color entre el rubio y el pelirrojo, natural, ni por sus pequitas en las mejillas, ni por el estilazo que se gastaba vistiendo o por su dulzura, sino porque Arantxa tenía la virtud de hacerlo todo fácil.
—Excepto lo difícil —solía apuntar Judith siempre que podía.
Si fuera por Judith, habrían vivido en un piso con todos los vibes de casa de estudiantes, con muebles desparejados, feos pero útiles, y sin más decoración que algunas fotos enmarcadas. Sin embargo, Arantxa había convertido el pisito de dos habitaciones que encontraron en el Born en un hogar acogedor y muy bonito sin gastar demasiado dinero. Había tenido bastantes trabajos, pero casi todos con algo en común: la contrataban por su buen gusto. En aquel momento, formaba parte de la plantilla de diseñadores de una conocida marca española de pijamas, ropa interior y deporte. Cocinaba muy bien, siempre encontraba prendas monísimas en las tiendas de segunda mano, sabía hacer un montón de cosas creativas, como velas aromáticas, cerámicas chulísimas, olía siempre a tarde de verano y tenía la piel más suave del mundo. Era perfecta o, al menos, eso pensaba Judith mientras la veía preparar mafé, un estofado de ternera con salsa de cacahuete típico de África occidental.
—¿Por qué me miras con esa intensidad? —Arantxa, que llevaba un pañuelo anudado a la cabeza para apartarse el pelo, colocó la mano derecha como pantalla frente a su cara, riéndose.
—Estaba mirando lo guapa que estás —le respondió Judith.
—Tres años y sigues enamorada de mí. Guau…
—Y eso que he descubierto que los pelos de las piernas te salen pelirrojos.
—¿Eso es malo?
—Es raro. Admítelo.
Arantxa volvió a concentrarse en la preparación de aquel plato. Se había servido una copa de vino tinto, a la que daba sorbitos de vez en cuando, pequeños, delicados. A Judith la tenía completamente loca de amor.
Sonaba un vinilo de Richard Bona en el pequeño salón contiguo a la cocina, unido a ella por una especie de barra que Arantxa adoraba y a la que Judith tenía manía porque cada poco había que pintar la pared por la parte del salón, de tanto apoyar los pies cuando desayunaban sentadas en las banquetas altas.
—¿Cómo tienes este fin de semana? —preguntó Arantxa mientras añadía el tomate triturado a la cebolla ya pochada.
—En principio bien. ¿Propones algo?
—Me ha llamado Nuria esta tarde y me ha comentado que, si nos apetece, podríamos ir a cenar el sábado a su casa.
—¿Cocina ella? —preguntó Judith emocionada, porque nada le gustaba más que el buen comer—. Si va a preparar la cena su marido, paso. Siempre pone un bote de humus en medio de la mesa y llama cocinar a pelar unas zanahorias.
—Cocina ella —se rio Arantxa—. ¿Le digo que sí?
—Claro.
Judith se sirvió un poco de vino y quiso rellenar la copa de su chica, pero ella se la apartó.
—Suficiente vino por hoy, que estamos entre semana.
—Últimamente parece que quieres hacer de tu cuerpo un templo, hija. El mío también lo es, pero un templo católico, lleno de pan, vino y culpa.
—Ese chiste no es tuyo.
—Lo he leído en Instagram —se rio.
—Creo que Nuria quiere contarnos algo importante.
A Judith aquella vuelta al tema le pareció sospechosa, pero no quiso escamarse aún. Emitió un «hummm» en tono interrogativo que no implicase demasiado, esperando que o no fuera lo que sospechaba o que el tema se quedase ahí.
—Creo que está embarazada.
Judith estudió las posibilidades de escapar de la conversación, entre ellas fingir un desmayo, pero una voz en su interior le ordenó que se comportase como una persona adulta.
—Bien, así habrá más alcohol para nosotras en la cena —se atrevió a decir.
Arantxa le rio la broma, dejó el paño de cocina encima de la encimera y se acercó para abrazarle la cintura.
—Con esta ya van tres preñadas en el grupo. Bueno, si es que es eso lo que nos quiere contar —le susurró, haciéndole carantoñas en el cuello.
—Pues creo que ya se puede considerar epidemia —respondió Judith poniendo cara de pánico, ahora que no la veía.
—Qué raro, ¿no?
—Bueno, llegamos a una edad en la que o te casas o tienes hijos o te apuntas a cerámica.
—Yo ya me he apuntado a cerámica.
—Y no quieres casarte. Aún me duele tu rechazo.
Arantxa se echó a reír a carcajadas mientras volvía hacia los fogones, donde removió la mezcla.
—Me da vergüenza ser el centro de atención. Ya te dije que, si te quieres casar, vamos al juzgado un día las dos solas y andando.
Judith volvió a mirar a su alrededor buscando escapatoria. ¿Y si se lanzaba desde allí, en una especie de salto mortal, hacia el salón, a través de la barra? Sería lo suficientemente espectacular como para cambiar de tema, desde luego.
—Todas tomándose su ácido fólico, sin beber vino, hablando de lactancia materna… —siguió Arantxa.
—No va a ser paterna…
—No sé. Todo esto te hace pensar…
Era el momento. O huía, o el tema se materializaría y ya no podría hacer como que miraba hacia otro lado.
—Ay, Arantxa, una cosa. —Rebuscó en su memoria y, vaya suerte la suya, encontró material para cambiar el rumbo de la conversación—. Te tengo que contar la última de Júlia.
—¿Qué ha pasado? ¿Está bien?
—Sí, sí. Pero la han pillado para un papel y…
—¡¿La han pillado para un papel?! Pero ¡¿cómo no me das esta noticia antes?! ¡Qué fuerte! ¡Cómo me alegro!
—Como lo oyes. —Asintió poniendo morritos—. Si hasta le estoy haciendo de agente.
—¿Tú? Pero ¡Judith! ¿Se puede saber por qué te olvidas siempre de contarme las cosas importantes, pero estoy sobradamente informada de las veces que hace caca tu compañera de despacho?
—Yo creo que tiene colon irritable. No sé cómo decírselo.
—¡¡Cuéntame lo de Júlia!! ¡No, mejor! Vamos a llamarla y que nos lo cuente ella.
Judith no recordaba la última vez que se había alegrado tanto por tener que llamar a su mejor amiga.